El consecuencialismo es una teoría ética que juzga si algo es bueno tomando
en cuenta sus consecuencias. Por ejemplo, la mayoría de las personas creen
que mentir está mal, pero si decir una mentira ayudaría a salvar una vida, el
consecuencialismo dice que es lo correcto.
Dos ejemplos del consecuencialismo son el utilitarismo y el hedonismo. Bajo
el utilitarismo se juzgan las consecuencias de las acciones tomando en
cuenta el estándar de “hacer el mayor bien para el mayor número de
personas.” Bajo el hedonismo, por lo contrario, se sostiene que algo es
“bueno” si las consecuencias producen placer o previenen el dolor.
El consecuencialismo se critica en ocasiones porque puede llegar a ser difícil
si no imposible saber el resultado de una acción de manera anticipada o
prevista. Claro, nadie puede predecir el futuro, y en algunas situaciones el
consecuencialismo puede llevarnos a tomar decisiones cuestionables,
aunque las consecuencias sean “buenas.”
Por ejemplo, digamos que los economistas puedan comprobar que la
economía mundial sería más fuerte, y que la mayoría serían más felices,
saludables y prósperos si esclavizáramos a 2% de la población. Aunque la
mayoría de las personas se beneficiarían gracias a esta propuesta, la mayoría
nunca estaría dispuesta a llevarla a cabo. No obstante, si se juzga
simplemente a base de sus resultados, como lo haría la teoría
consecuencialista, se puede decir que “el fin justifica los medios.”
En ética, el consecuencialismo, también conocido como ética teleológica (del
griego τέλος telos, 'fin', en el sentido de finalidad) se refiere a todas aquellas
teorías de la ética normativa que sostienen que la corrección o incorrección de
nuestras acciones está determinada por el valor o desvalor que ocurre debido a
ellas. Para las teorías consecuencialistas, una acción se juzga correcta si genera
el mayor bien posible o un excedente de la cantidad de bien sobre el mal. Así, en
la visión consecuencialista el buen proceder es el que optimiza algunos valores
dados axiológicamente por una metaética, siempre que los valores hagan
referencia a un efecto en el mundo. 1
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Un aspecto destacado es la existencia del consecuencialismo negativo, el cual
otorga prioridad absoluta a la reducción de desvalores como el sufrimiento. Según
esta perspectiva, no existe valor positivo en sí mismo que pueda compensar el
daño inherente de los desvalores. Este enfoque puede clasificarse en dos
variantes principales: el consecuencialismo negativo pleno, que sostiene que
solo se puede reducir el desvalor sin fomentar directamente valores positivos, y
el consecuencialismo negativo moderado, que permite la promoción de valores
positivos siempre que no interfiera con la reducción prioritaria de desvalores
(Broome, 1991; Slote, 1984).
Otra división clave es entre el consecuencialismo directo y el indirecto. El
primero aboga por evaluar cada acción de forma individual en función de las
consecuencias inmediatas, mientras que el segundo plantea que seguir
estrategias o reglas que produzcan mejores resultados a largo plazo es más
efectivo, incluso si estas no maximizan el valor positivo en situaciones específicas.
El consecuencialismo de las reglas, una variante del indirecto, sugiere que
debemos actuar conforme a un conjunto de reglas cuya implementación continua
garantice mejores resultados globales (Hooker, 2000).
El consecuencialismo satisfaccionista añade otra capa de matiz, al proponer
que no es necesario maximizar siempre el impacto positivo, sino actuar hasta
alcanzar un nivel suficiente de impacto positivo. En contraste,
el consecuencialismo maximizador sostiene que las acciones correctas son
aquellas que logran el mejor resultado posible en todas las circunstancias (Slote,
1984). Estas diferencias no solo reflejan debates sobre la intensidad del
compromiso ético que demanda el consecuencialismo, sino también cómo deben
equilibrarse los intereses individuales y colectivos en la práctica moral.
Por último, las críticas al consecuencialismo señalan su potencial para justificar
actos que en otros contextos serían inaceptables, como sacrificar a unos pocos
para beneficiar a muchos. No obstante, los defensores argumentan que este
enfoque permite evitar resultados catastróficos y maximizar el bienestar colectivo,
adaptándose a la incertidumbre inherente de las decisiones humanas al basarse
en expectativas razonables en lugar de resultados garantizados (Railton, 1984).
Formulaciones
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Existen tantas éticas consecuencialistas como concepciones del valor. Así, hay
posiciones consecuencialistas prioritaristas, igualitaristas, perfeccionistas y de
muchos otros tipos. Entre ellas se pueden encontrar también muchas formas
de utilitarismo (las mejores consecuencias para el mayor número), el egoísmo
moral (las mejores consecuencias para mí mismo) y la ética del altruismo (las
mejores consecuencias para el otro) de Auguste Comte.
Las éticas consecuencialistas son un grupo de teorías éticas que emana deberes
u obligaciones morales que buscan lograr un fin último, que presume bueno o
deseable. También se le conoce como ética consecutiva, ya que se basa el juicio
de los actos en sus consecuencias, y se opone a la éticas deontológicas (del
griego δέον, deber), que sostienen que la moralidad de una acción es
independiente del bien o mal generado a partir de ella. 2
[ ]
El consecuencialismo sostiene que la moralidad de una acción depende solo de
sus consecuencias (el fin justifica los medios); 3 4 cabe recalcar que las acciones
[ ][ ]
también son importantes por sí mismas, ya que pueden ser consecuencias. El
consecuencialismo no se aplica solo a las acciones, pero estas son el ejemplo
más prominente. 3 Creer que la moralidad se trata solo de generar la mayor
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cantidad de felicidad posible, o de aumentar la libertad lo más posible, o de
promover la supervivencia de nuestra especie, es sostener una postura
consecuencialista; porque aunque todas estas creencias difieren en cuanto a los
valores que importan, están de acuerdo en que lo deseable toma forma de alguna
consecuencia.4 Por ejemplo, la teoría consecuencialista hedonista identifica el
[ ]
bien con placer y el mal con el dolor; y la eudemonista tiene como objetivo la
realización plena de la felicidad.
Una manera de clasificar a los distintos tipos de consecuencialismos es a partir de
los agentes que se deben tener en cuenta cuando se consideran las
consecuencias de las acciones. Esto da lugar a tres categorías de
consecuencialismo:5 6 [ ][ ]
• Egoísmo moral: una acción es moralmente correcta si produce consecuencias
positivas para el agente.7 [ ]
• Altruismo: una buena acción es aquella que produce el bien de los demás, a
expensas del agente.
• Utilitarismo: una acción es moralmente correcta si predominan los resultados
favorables sobre los indeseables, independientemente de quiénes sean los
beneficiarios. Por tanto, la mejor acción posible es aquella que produce el
mayor bien; tal y como sería medido por un observador imparcial.8
[ ]
En contra de las éticas consecuencialistas se ha argumentado que es imposible
estimar completamente las consecuencias de una acción, por lo que es difícil
alcanzar juicios seguros sobre estas.
La respuesta que daría el consecuencialismo a tal objeción sería que el valor de
una acción no estaría determinado por las consecuencias reales de tal acción sino
por los presupuestos sobre la probabilidad de sus resultados. La probabilidad es la
que crea nuestras creencias y por lo tanto, la que nos conduce a actuar, por eso
es lo que se debe tener en cuenta. El riesgo de caer en un pragmatismo excesivo
es otra posible objeción contra las éticas consecuencialistas, pues la explotación o
subordinación de unos grupos pudiera parecer justificada en función de algunas
consecuencias benéficas para individuos u otros grupos. Aunque es importante
mencionar que el consecuencialismo solo está de acuerdo en causar daño a un
grupo si el grupo beneficiado es mayor y si el disfrute obtenido es superior al
sufrimiento causado al grupo perjudicado.
Comparación con otras éticas normativas
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El consecuencialismo ha sido tradicionalmente identificado como una de las tres
grandes aglomeraciones de teorías de ética normativa; siendo las otras dos
la deontología y la ética de la virtud. Se distingue de la deontología en que esta
última enfatiza la inquebrantabilidad de los deberes independientemente de los
resultados. También difiere de la ética de la virtud, la cual se centra en la
importancia de las motivaciones del agente moral.
Escenarios como el de la mentira piadosa, el dilema del tranvía o la legitimidad de
la redistribución de la riqueza capturan la distinción entre consecuencialismo y
deontología. Mientras que para el consecuencialismo los medios empleados solo
importan en la medida que desencadenan consecuencias indeseables, restando a
la bondad neta del acto completo, para la deontología existen algunos medios que
bajo ninguna circunstancia se verían justificados.
Por otro lado, se ha dicho que el consecuencialismo es capaz de explicar la
importancia del carácter de la persona (propio de la ética de la virtud) en términos
de la instrumentalización del consecuencialismo. Según algunos
consecuencialistas los motivos son acciones en potencia: revelan información
acerca de las posibles acciones venideras de un agente y por lo tanto también
tienen relevancia moral, si bien no son buenos o malos per se. No obstante, el
partidario de la ética de la virtud dura podría defender la realidad de la bondad o
maldad de un pensamiento aislado, y la existencia de pecados y crímenes de
pensamiento. Mientras que para el consecuencialismo la mentira a veces podría
ser el menor de los males, para la deontología nunca es admisible, y para la ética
de la virtud incluso tomar la decisión de mentir y nunca concretarla ya es
literalmente malvado.
Origen del término
El término consecuencialismo fue acuñado por G.E.M. Anscombe en su ensayo
"filosofía moral moderna" en 1958. Desde entonces es común en la teoría moral
de lengua inglesa. Sus raíces históricas se hallan en el utilitarismo, aunque teorías
éticas anteriores consideraban a menudo las consecuencias de las acciones
relevantes para la deliberación ética. Debido a este lazo histórico con el
utilitarismo, estos dos términos se superponen, lo cual es comprensible si se tiene
en cuenta que el utilitarismo presenta la importante característica formal que
asumen las teorías consecuencialistas: se trata de la importancia de las
consecuencias de las acciones. Por otro lado, en 1979 Amartya Sen propone la
idea de separar el consecuencialismo como un elemento del utilitarismo, en donde
este mismo tiene tres elementos: primero, el "bienestarismo" (welfarism), o el
interés en el bienestar personal para definir la utilidad; segundo, la "ordenación
mediante la suma" (sum ranking), o la evaluación al sumar la utilidad individual; y
por último, el "consecuencialismo" o la tesis de evaluar las opciones y acciones
exclusivamente a través de los estados de cosas que éstas generen, o al
contrario, que los estados de cosas alternativos se evalúen estrictamente en
términos de sus componentes, excluyendo las intenciones y la identidad de sus
responsables.9[ ]
Definición
El consecuencialismo, como sugiere su nombre, sostiene que los resultados de
una acción compensan cualquier otra consideración en la deliberación moral. En el
consecuencialismo, lo correcto es definido como "la maximización de lo bueno", y
esta maximización es definida "independientemente de lo correcto", ya sea como
utilidad, felicidad, placer o de alguna otra manera.9 La mayoría de las teorías
[ ]
consecuencialistas se centran en la maximización de las situaciones óptimas -
después de todo, si algo es bueno, más de lo mismo será mejor. Sin embargo, no
todas las teorías del consecuencialismo adoptan esta postura.
Aparte de este perfil básico, hay poco más que se pueda decir de forma
inequívoca sobre el consecuencialismo. Algunos problemas, sin embargo,
reaparecen en un número considerable de teorías del consecuencialismo. Por
ejemplo:
• ¿Qué determina el valor de consecuencias? es decir ¿qué elementos
componen una buena situación? Pero es la axiología la disciplina que se
ocupa de estudiar el valor, no el consecuencialismo.
• ¿Quién o cuál es el beneficiario primario de la acción moral? Pero es una
cosmovisión particular (antropocentrismo, sensocentrismo, biocentrismo, etc.)
la que determina qué seres son los pacientes morales de una acción.
• ¿Quién juzga cuáles son las consecuencias de una acción y cómo? Pero
podemos conocer cuáles son las consecuencias de una acción mediante
la causalidad, pues une una acción y lo que sucede a continuación (las
consecuencias de dicha acción).