Reflexiones sobre la vida y la muerte
Reflexiones sobre la vida y la muerte
Soy coleccionador, bibliómano o anticuario; no sé cuál de las tres cosas será; pero, sea
lo que fuere, le confieso con rubor, porque no se me oculta el ridículo que sigue a estos
oficios serviles en nuestra tierra. (...)
Pues iba diciendo que yo soy bibliófilo o cosa parecida; y por esta razón poseo impresos
en abundancia y variedad. Una de estas variedades es la de esquelas de convites a
entierros y bautismos: de ofrecimiento de nuevo estado y de despedida. ¡Qué cosas he
visto! ¡Sobre cuántas boletas han caído lágrimas que se me han saltado a traición e
impensadamente! "Dionisio Rodríguez y Zoila Díaz se ofrecen a usted en su nuevo
estado", dice una esquela fechada en 1841. "Dionisio Rodríguez y su señora ofrecen a
usted un nuevo servidor", dice otra, fechada en 1842. "Ha muerto la señora Zoila Díaz,
dice otra. Su inconsolable esposo y sus huérfanos suplican a usted que asista a las
exequias mañana a las once". La fecha es 1853. Estas esquelas recibidas a largos
intervalos no causan sino una impresión sencilla; ¡pero unidas así en un libro! sin más
distancia entre el matrimonio y la muerte que una hoja de papel, ¡y sin más tardanza que
la necesaria para volver una foja! Así, amigo mío, la impresión es completa y el sabor que
queda en el alma, es un sabor a asco de la vida. La vida es una canallada, es un robo
cuatrero, ¡es una miseria! Esaú vendió su derecho de primer nacido por un plato de
lentejas; si hubiera sido su nacimiento el que vendía debiera haberlo vendido por el plato
solo: darlo como lentejas hubiera sido un despilfarro horrible.
¿Quieres que sigamos fojeando? Mira lo que sigue. Un amigo mío me convida en 1849 a
comer en su tornaboda, ¡y en la foja siguiente me convida su esposa a acompañar el
cadáver de mi amigo al cementerio! Yo acepté ambas cosas: brindé en el convite y lloré
en el entierro.
¿Quieres que sigamos fojeando? ¡Mira lo que sigue! Es un convite para unos certámenes
de niñas. Una de las sustentantes es Clementina Forero, de edad de ocho años. ¿Sabes
quién era la abuela de esta niña? Zoila Díaz, a quien vi casar yo, que, según mi fe de
bautismo y mis barbas negras que peino, soy joven todavía; pero que según el estudio de
estas boletas soy un Matusalén detestable. Y yo mismo, ¿qué seré mañana para el que
me herede estas colecciones, sino una antigualla curiosa, un ente mitológico que existió?
¿Quién hará vivir mis ideas, mis sentimientos?
Preguntas:
1. ¿Quién cuenta esta historia?
2. ¿Por qué se refiere a diversos eventos del pasado en el segundo párrafo?
3. ¿Cuál consideras el tema del relato?
La vida, si no es más que este tutilimundi, en que pasan y repasan figurillas, no vale ni el
plato vacío de Esaú. No vale nada, absolutamente nada. Cualquier negocio es a pura
pérdida, mientras no haya negociantes que garanticen la perpetuidad. Lo que más humilla al
hombre es la muerte; es vivir de arrendatario de la vida; es no tener nada propio. Cuando
menos lo piense, viene el dueño y le pide lo que posee. Esta es una humillación por
excelencia… Dichosos los que dicen, quitando así a la muerte su humillación sin nombre:
"La vida es una prueba, es un recodo del camino, es un tambo en la ruta para descansar a
su sombra un momento. Nadie se va a vivir a un tambo; pues bien, la vida no ha sido nunca
de cal y canto tambo. Venimos de Dios, hacemos un viaje alrededor de la tierra y nos
volvemos a Dios. ¿No hay franceses que salen de París, viajan, y vuelven a los diez o doce
años a París? Pues así sucede al hombre respecto de Dios". ¡Oh! esta sed de inmortalidad
del hombre, si no hubiera Dios, sería un veneno delante del cual el ácido prúsico sería un
caramelo pectoral y calmante. Si los volcanes rugen como rugen y braman como braman,
será porque se les ha figurado que no hay Dios. Yo en pellejo de ellos, y con tal idea, no me
estaría ni una hora sin un terremoto: me divertiría en matar al mundo a fuerza de estrujones.
¡Pero hay Dios! Aguantemos humildes la prueba de la vida. Padezcamos la prueba de las
boletas y déjame divertir un poco la imaginación, porque allí alcanzo a ver al principio del
tomo una esquela en papel florete que me sonríe. Mírala, ¡qué cuca! El papel es un florete,
español de lo más florete que puede hacer el hombre, criatura nacida para hacer siempre
papel. El largo de la esquela es una cuarta, medida española: el ancho, media; y el margen
tiene cuatro dedos. ¿Quieres que la lea?
Doña Tadea Lozano
saluda a Ud. y le ruega que venga esta noche a tomar en ésta su casa el refresco que ofrece en obsequio
de algunos amigos.
Señor don Cristóbal de Vergara.
Santafé y mayo 13 de 1813.
He oído contar en casa que este refresco fué de lo sonado, de lo grande. Asistieron
cincuenta personas de lo más escogido que había en la ciudad: Nariño, Baraya, Torres,
Madrid y otros personajes por el estilo. Nariño estaba en vísperas de marchar al Sur con su
valiente ejército; y la marquesa de San Jorge quería darle por despedida, lo que se llamaba
entonces un refresco, es decir, una taza de chocolate.
Pues en uno de sus salones fué donde se reunió la sociedad que iba a tomar un refresco la
noche del 13 de mayo de 1813. Treinta caballeros y veinticinco señoras y señoritas,
asistían. Era el traje de los caballeros, zapato de hebilla, media de seda, pantalón rodillero
con hebilla de oro, chaleco blanco y casaca sin solapas, según la última moda, y que era
llamada Bonapartina. El traje de las señoritas consistía en camisón de seda de talle muy alto
y descotado, mangas corridas, falda estrecha.
La gran sala estaba colgada de tela de seda recogida en profusos pliegues. El mobiliario
consistía en tres canapés con prolija obra de talla dorada, y cuyos brazos semejaban
culebras que mordían una manzana. Fuera de los canapés había unas cincuenta sillas de
brazos, también doradas y forradas como aquéllos, de damasco de Filipinas. Del techo
colgaban tres grandes cuadros dorados en que se veían los retratos del conquistador
Alonso de Olaya, fundador del marquesado; de don Beltrán de Caicedo, último marqués de
San Jorge, por la rama de Caicedos; y de don Jorge de Lozano, poseedor del marquesado
en 1813.
El refresco tuvo lugar a las ocho de la noche, en el vasto comedor. La mesa, cubierta con un
mantel de alemanisco de resplandeciente blancura, soportaba el enorme peso de los platos
de colaciones, las botellas de aloja y los botellones de vino español. Sobre las servilletas
dobladas reposaban grandes platos: entre éstos había platos pequeños; y entre los
pequeños había pozuelos en que hacía visos azules y dorados la espuma de un chocolate
que estaba guardado en pastillas hacía ocho años, en grandes arcones de cedro. El cacao
había venido desde Cúcuta, y para molerlo se habían observado todas las reglas del arte,
tan descuidadas hoy por nuestras cocineras. Se había mezclado a la masa del cacao canela
aromática, y se había humedecido con vino. En seguida cada pastilla había sido envuelta en
papel, para entrar en el arcón en que iba a reposar ocho años. Para hacer el chocolate no
se habían olvidado tampoco las prescripciones de los sabios. El agua había hervido una vez
cuando se le echaba la pastilla; y después de esto se le dejaba hervir otras dos, dejando
que la pastilla se desbaratara suavemente. El molinillo no servía para desbaratar la
respetable pastilla a porrazos como lo hacen hoy innobles cocineras; no, en aquella edad de
oro el molinillo no servía sino para batir el chocolate
después de un tercer hervor, y combinando científicamente sus generosas partículas,
hacerle producir esa espuma que hacía visos de oro y azul, que ya no se ve sino en las
casas de una que otra familia que se estima. Preparado así el chocolate, exhala un
perfume… ¡un perfume…! ¡Musa de Grecia, la de las ingeniosas ficciones, házme el favor
de decirme cómo diablos se pudiera hacer llegar a las narices de mis actuales
conciudadanos el perfume de aquel chocolate colonial! Esto en cuanto al olfato; ¡pero en
cuanto al sabor…! Es de advertir que la regla usada entonces por aquellas venerables
cocineras, era la de echar dos pastillas por jícara, y ninguna de aquellas sabias cocineras,
se equivocaba. Si los convidados eran diez, se echaban veinte pastillas. Hoy… ¡llanto
cuesta el decirlo! hay cocineras que echan a pastilla por barba. ¿Qué digo? ¡Hay casas en
que con una pastilla despachan tres víctimas!
Pero el sabor de aquel chocolate era igual a su perfume; la cucharilla de plata entraba en el
blando seno de la jícara con dificultad. No se hacían buches de chocolate como ahora, no;
ni se tomaba de prisa, ni con los ojos abiertos y el espíritu cerrado. Cada prócer de aquéllos
cerraba un poquillo los ojos, al poner la cucharita de plata llena de chocolate en la lengua:
le paladeaba, le tragaba con majestad; y don Camilo de Torres dijo al gran Nariño al acabar
de vaciar su jícara: El dedo de Dios ha tocado este chocolate.
Con tales jícaras de chocolate fué que se llevó a cabo nuestra gloriosa emancipación
política. Si hubiera sido el té su bebida favorita, el acta del 20 de julio de 1810 no hubiera
tenido más firmas que la del Virrey Amar, que nunca quiso firmarla.
Olvidaba decir que la vajilla en que se sirvió aquel chocolate de que vengo hablando, era
toda de plata de martillo y que no era prestada. En el fondo de cada plato estaba grabado el
blasón de aquella ilustre casa con el nombre de "Marqués de San Jorge", que diez años
más tarde había de cambiar su dueño por el título de "Say Bogotá", haciendo así de sus
blasones un bodoque y tirándoselos a la cara a Fernando VII al través de esos mares, que
recorrieron sus altivos antepasados armados de todas sus armas.
Eran las doce de la noche, dadas en el gran reloj de cuco que sonaba en la recámara, y los
convidados se prepararon para retirarse. Los hombres pidieron a sus pajes sus ricas capas
de paño de grana, su espada y su sombrero de castor: las mujeres pidieron a los caballeros
sus mantos y sus pastoras, y salieron precedidos de sus lacayos que llevaban grandes
faroles para alumbrar las calles solitarias por donde se retiraban los elegantes tertulianos.
Cuatro años después todos los hombres de aquella tertulia, menos dos, habían sido
fusilados: todas las mujeres, menos tres, habían sido desterradas.
Morillo hizo su cosecha de sangre. Pasó aquella tempestad y vino Bolívar. Con Bolívar
vinieron los ingleses de la legión británica, y con ellos, ¡cosa triste! el uso del café, que vino
a suplir la taza de chocolate.
Segunda taza
Santafé de Bogotá
"Juan de las Viñas saluda a usted y le ruega que concurra esta noche a su casa a tomar una taza de café"
Esta boleta, en papel azul, de carta, con una viñeta que representa un amor dormido, tiene,
como lo ves, la fecha 1848.
El café me era conocido como un remedio excelente, feo como todo remedio; mas no lo
conocía bajo la faz de bebida tan deliciosa que mereciese un convite. En un jueves santo,
día de ayuno y de abstinencia, había solido tomar una tacita de café; y en una que otra
indisposición de estómago, se me había propinado una tacita de agua en que se habían
hervido tres granos de café. No comprendía, cómo mi amigo el señor de las Viñas y sus
convidados, mozos de excelente humor y mejor salud, que de seguro no habían ayunado
ese día, fueran a gastar una noche tomando café. Mi estómago sollozaba con la idea de
renunciar esa noche a mi chocolate de media canela, aromático y alimenticio. El chocolate
era para mí un amigo de infancia; pero me halagaba la idea de ir a conocer aquel extranjero
a la moda. ¡Perra naturaleza humana! ¿Qué necesidad tenía yo de nuevas amistades?
Sea como fuere, yo no renuncié al convite. A las siete de la noche me dirigí a la casa de
Viñas, armado de punta en blanco. El traje de baile que se usaba en aquel tiempo, y era el
que yo llevaba, consistía en zapato sin tacón, pantalón con ancha trabilla, lleno de pliegues
en la cintura y sumamente angosto en su parte inferior.
1. Señala del siguiente texto las palabras que no entiendas y buscalas en el diccionario.
2. ¿Qué piensa el narrador sobre el café? ¿Te gusta el café?
La sala del señor y la señora Viñas era de una sencillez patriarcal. Las blancas paredes no
tenían más adorno que el que le ponen a los difuntos cuando su inconsolable viuda, sus
afligidos huérfanos y sus inconsolables amigos les dicen: quede usted con Dios. Ya se
entiende que hablo de la cal.
A propósito del café, me había olvidado de que estaba describiendo una sala.
Los canapés forrados en zaraza, los taburetes de vaqueta, las mesas pintadas de mala
mano, todo indicaba una medianía de esas que se llaman con el adjetivo decentes. Para mí
no hay ni puede haber medianía que no sea indecorosa. Un lujo había en la sala, y eso no
pertenecía al amigo Viñas: las parejas. Veinte muchachas que ni bajaban de los diez y ocho
ni pasaban de los veinticuatro años: veinte muchachas rollizas, de caras ovaladas llenas de
hoyuelos, de mejillas pintadas por la salud y la juventud, de ojos pícaros pero inocentes,
amorosos pero señoriles, de bocas frescas que se perecían por hablar, pero que callaban
modestas; de cuerpos rollizos vestidos con humildes camisones de zaraza, y sin más
adornos en las cabezas que dos trenzas de abundante pelo; veinte doncellas listas para ser
buenas esposas y buenas madres; tales eran las parejas con que se puso una contradanza
que hizo estremecer la tierra en sus ejes, y se bailaron unos sendos valses que hicieron
estremecer los ejes entre sus bocines.
Las parejas hombres, o sean parejos, eran de lo más disparejo que puede darse en vestidos
y en figuras. Unos gastábamos casaca; pero yo vi a uno que bailó con chaqueta. Era una
tertulia casera. La contradanza, gloria de nuestros padres y gloria nuestra, de que se han
privado nuestros hijos por... pepitos, era y es (si se vuelve a bailar) el más decoroso y
galante, el más vistoso y caballeresco de todos los bailes. Cuando la pareja que iba
poniendo la contradanza llegaba al fin de la hilera, era de verse aquel concertado desorden,
aquella sistemática anarquía, aquel arreglado movimiento con que se movían cuarenta
personas ejecutando a un tiempo las vistosas figuras. Y si la contradanza era obligada, es
decir, compuesta de figuras muy difíciles, había un momento, aquel en que se ejecutaba el
paso más obligado, en que hasta el espectador gozaba como no han soñado gozar estos
pepitos que corcovean hoy en las alfombradas salas. El registro de los clarinetes despertaba
los corazones: el redoble en la tambora los hacía saltar, y al romper la música con la
primera parte de la contradanza, los hacía hablar. Puestos en hilera, el afortunado mortal a
quien tocaba poner la contradanza aguardaba a que la música tocase la primera parte para
romper el baile, y mientras tanto decía algunas palabras a su compañera, que bien gratas
habían de ser, puesto que la veíamos remilgarse bajando los párpados sobre sus alegres
ojos. El que estaba de segunda pareja aguardaba con los dedos pulgares metidos entre el
chaleco, y haciendo abanico con la mano abierta; y otros de los que habían quedado más
abajo divertían su impaciencia llevando con los pies el compás de la retumbante música de
viento, que aquella noche era de vendaval.
El golpe estaba dado, la situación era dramática. Por pronunciar dos zetas y la palabra café
había gastado Viñas cincuenta pesos redondos. Nos lanzamos a tomar los brazos de las
hermosas convidadas, y nos dirigimos al comedor. Viñas nos precedía llevando del brazo a
su esposa, Magdalena Parra, que ya es muerta. Un manojo de plumas se necesitarían para
describir aquel comedor. Un baño de tierra blanca había enlucido las paredes. Donde la
pared por su altura estaba incólume, corriente; pero cómo habría sentado la blanca tierra en
la zona húmeda, es decir, en dos varas de altura, donde el verde de la humedad atropellaba
las fórmulas, saltando a la cara como un cigarrón. Había taburetes de todas formas, platos
de todos colores, gente de todas clases y niños de todas edades; porque las señoritas
convidadas habían ido con sus padres, éstos con sus hijos chiquitos, y éstos últimos con
todas las criadas de la casa. Los convidados eran cuarenta y los asistentes cuarenta mil.
Nos sentamos, sí; aunque me pese el decirlo, nos sentamos cuarenta personas en treinta
taburetes. El refresco empezó por ajiaco, el modesto, el irreemplazable ajiaco, que si
figurara en algún lenguaje debería tener por significado: mérito sólido. Tras del ajiaco
siguieron unos hermosos pollos asados, dignos de un príncipe convaleciente. Tras de los
pollos hubo vinos: vino tinto, vino dulce y vino de consagrar. Tomamos más de lo justo,
aunque no tomamos con injusticia: nos alegramos y nos enternecimos. En esta delicada
situación de ánimo se oyó en la cercana cocina un ruido de molinillos, y acto continuo
entraron tres criadas bien vestidas, trayendo en tres grandes azafates pastusos, muchos
pozuelos blancos llenos de café.
Fué el segundo momento solemne. Todos mirábamos con curiosidad aquel licor negro y
espeso que venía entre sus sepulcros blancos, como las almas de los fariseos. Nos pusieron
por delante a cada convidado nuestro pocillo de café hervido y batido, y cada uno dio el
primer sorbo.
Por no recibir el café en la crisma y también porque vio que todo el pueblo estaba contra él,
se echó a reír al fin, y dijo subiéndose sobre un cajón, y tomando el pocillo de chocolate que
estaba apurando su inocente esposa. ¡Pido la palabra! -La tiene Viñas, con tal que no hable
de café, contestó el insolente.
-Señores, dijo sin zeta ninguna y en el más puro castellano el buen Viñas, que había estado
a la moda, durante un momento, y que por un accidente volvía a su lenguaje, a su tono y a
su felicidad habitual: señores, propongo un brindis con chocolate contra el café.
6. ¿Por qué crees que los personajes rechazan tan rápidamente el café?
7. ¿Qué piensas de esta situación y que el café sea una bebida tan común en la actualidad?
8. Después de leer toda esta historia, ¿Qué hicieron los personajes luego del fracaso del
café?
9. ¿Te parece que esta situación es comparable con lo que sucede en las fiestas
colombianas?
10. Haz una lista de las acciones tomadas por los personajes para esta reunión que terminó
a las 4am. Compara la lista con las acciones para una fiesta típica colombiana.
Viñas quedó resarcido de sobra con aquel triunfo oratorio y aquella ovación fraternal, del
fracaso de su café.
Tomamos buen chocolate improvisado y nos fuimos a la sala para que vinieran a cenar los
músicos. La mitad de los hombres se volvió con ellos, y la otra mitad se dividió por mitades:
una que se quedó en la sala, y la otra que se vino con los músicos. De la mitad que quedó
en la sala, una mitad se apareció a pocos momentos en el comedor. Comimos más,
bebimos más, y fumamos con un furor homérico. A los músicos los cuidamos con un furor
intermitente: los hacíamos tomar ajiaco después del dulce, o interrumpir una jícara de
chocolate, para contestar a un brindis con vino seco. Les alcanzábamos cigarro encendido
cuando empezaban a tomar frito, y les hacíamos tomar agua después de tomar aguardiente.
Concluyeron al fin, volvieron sumamente complacidos a tomar sus instrumentos musicales y
tocaron con una fuerza descomunal durante dos horas seguidas. A las tres de la mañana
gritábamos durante el baile: ¡oído! ¡viva mi pareja! ¡viva el buen humor! ¡viva quien baila! Los
peinados de las mujeres, que se mantenían modestas y tolerantes, era lo único
descompuesto que había en ellas.
Hubo un momento sublime de reposo y de respetuoso silencio. Habíamos bailado tres horas
seguidas sin intermisión, y era la una y media de la mañana. Dejar acabar el baile hubiera
sido delito: prolongar el interregno, atrocidad; seguir bailando, suicidio. ¿Qué hizo el buen de
Viñas? Fue e inventó una cosa que no estaba en el programa de la fiesta; sacó una guitarra,
mudo testigo de sus ex-amores con su esposa cuando ésta no lo era aún, y propuso a
Juliana que cantara.
Esa otra cosa no podía ser sino volver a bailar, y lo hicimos con gozo hasta las cuatro de la
mañana, en que empezamos a despertar a los chiquitos que dormían en los canapés, a
rebullir a las criadas que dormían en el corredor para que encendieran las linternas, y a
buscar los pañolones perdidos o confundidos.
Las madres se cobijaron la cabeza con el pañolón y se pusieron los sombreros amarrándose
el barboquejo. Las señoritas buscaron los brazos de sus galanes, y salimos bien arropados
todos a la fría atmósfera de la calle, cantando a voz en cuello los hombres.
Hoy son huérfanos de padre y madre los hijos de Viñas; de aquellas hermosas jóvenes con
quienes tomé o iba tomando una taza de café, once han muerto; una (Juliana) está hace
años loca; tres son ricas y felices; seis piden limosna vergonzante; dos son monjas y están
expatriadas.
¡Triste campo es el de los recuerdos! Cada vez que entra uno entre su triste memoria, se
espanta de ver tantas lápidas. Aquí yace… aquí yace… es lo que va leyendo. Como en el
cementerio.
Tercera taza
¡Todo ha variado! decía yo no hace muchos días, reclinado de codos sobre mi mesa, y
teniendo por delante una esquela de convite. Amigos, costumbres, esquelas, alimentos;
¡todo ha variado! ¡Qué triste es quedarse uno poco a poco atrás! ¡Qué triste y qué desolador
es encontrarse uno de extranjero en su patria!
Tales reflexiones las hacía yo sobre un cuadro de papel porcelana, duro como los corazones
de hoy, frío como las almas de hoy, inmaculado como los corazones de antes, que decía así
en lindísimos y pequeñísimos tipos:
Los marqueses de Gacharná hacen sus cumplimientos a José María Vergara, caballero, y le avisan que el
30 del mes entrante, siendo el cumpleaños de señora la marquesa, se hará música en el hogar y se tomará
el té en familia.
(Traje de etiqueta.)
¿Qué demonios es esto? repetía yo, aludiendo a un estribillo de bambuco, y llorando sobre
mí y sobre mi patria: ¿qué demonios es esto? Yo que he jurado no salir de Bogotá y morir
aquí encerrado entre las retrógradas costumbres de mis cariñosos amigos, ¿cómo me
encuentro de repente trasladado a un puerto de mar?¿Quiénes son estos marqueses? ¿Qué
idioma es éste? ¿Por qué hacen música? ¿Por qué toman el té en familia y no en taza? Y
sobre todo, ¿por qué toman el té en lugar de tomar agua de borraja, que era de sudorífico
que enantes se usaba? Y gabán (en lugar de decir otra vez y sobretodo) ¿por qué sudan o
quieren sudar?¡Ay, mi Bogotá! ¿Dónde estás, arrabal de mis entrañas? ¿Quién me diera
que en vez de este té fuera un chocolate en casa de Samper, con asistencia de Carrasquilla,
Marroquín, Quijano, Valenzuela, Pombo, Guarín, Salvador Camacho y otros que no sudan?
Y esta lista la hacía yo por buscar algunos de esos nombres entre la lista de convidados que
me acompañaban los marqueses, seguramente para que viera yo con quién tenía que
habérmelas,pues no había de ser para que escogiera, como quien escoge plato en la carta
de un hotel.
Ahora que él tiene veinticinco y yo treinta y siete, ambos somos jóvenes y el me trata de tú y
me llama José María a secas, como conviene entre personas de una misma edad. La edad,
pues, nos ha apartado y nos ha juntado: esos doce años de diferencia que le llevo se
acortan o se alargan. Hoy somos iguales; pero volverá otra época en que vuelvan a
aparecer los doce años en cuestión; cuando él tenga cincuenta y yo sesenta y dos, él será
apenas un hombre maduro y yo un viejo achacoso. Quién sabe si entonces vuelva a
llamarme señor y don y a tratarme de usted. Pero como ahora somos de la misma edad, al
encontrar su nombre sentí grande alborozo; iba a tener un compañero, y por eso grité ¡un
paisano!
Siendo tan raras las soirées que daban, y siendo tan refinada su elegancia, todos deseaban
concurrir a aquella casa que no se abría sino tres veces al año; por este motivo sus convites
eran recibidos con gratitud. Tal sistema de vida, además de hacerlos felices, influía
notablemente en los negocios.
A las cinco de la tarde en que los mortales nos dirigimos a pasear los pies por el camellón y
los ojos por el campo, Monsieur de Gacharná cierra su vasto almacén y se va solo y todo
morno a pasearse de prisa en el altozano, porque a los inmortales se les enfrían mucho los
pies. Allí camina solo y de prisa hasta las seis de la noche, en que es hora de comer, y se va
a su casa a comer papas asadas en el horno, que ese no es alimento vulgar como las papas
cocidas que comemos los hijos de los hombres. A veces se le junta en el altozano algún
valiente que no le tiene miedo a su grave aspecto y se toma la libertad de conversarle. El
otro, que es un joven talentoso, y espiritual hablador, despilfarra su rica imaginación; y
Monsieur de Gacharná contesta de vez en cuando ¡Oh! -¡Sí! ¡Bah! -¡Yes! -¡Pues! ¡Of-Not!
Viéndolo tan inofensivamente bestia, un cónsul de Noruega lo propuso para sucesor suyo
cuando tuvo que regresar a Europa; y el gobierno de Noruega, teniendo informe de que era
tan bestialmente inofensivo, le acreditó cónsul noruego en esta ciudad. Monsieur de
Gacharná contestó aceptando el destino, renunciando el sueldo que pudiera tener, pidiendo
su carta de naturaleza en Noruega y ofreciendo comprar un título, si tenían a bien dárselo. El
gobierno de Noruega le contestó remitiéndole un título de marqués y la condecoración del
Águila Coja, que consiste en una cinta negra con puntadas de seda azul. El gozo de
Monsieur de Gacharná al saber que ya no era colombiano, fue limitado, como su
entendimiento, pero profundo como su gravedad. Hé ahí cómo Monsieur de Gacharná logró
hacerse extranjero en su misma patria.
Tal era el hombre de quien decía una tía suya, cuando le vio recién llegado de Europa:
"Miguel no ha crecido; pero ha enflacao".
Por lo que hace a la señora marquesa, pasaba su vida encerrada para no vulgarizarse.
Gastaba las mañanas en estropear un piano de buen carácter y en alarmar a la vecindad
cantando la casta diva. Leía francés y le hacía piedad ver procesiones u oír hablar español.
Llegó por fin el 30 del mes entrante. A medio día me hice afeitar y peinar por Saunier, y a
las ocho de la noche comencé a vestirme. Calcé botín de cabritilla: siete centímetros más
angosto que la planta de mi pie, vestí pantalón negro de satín, camisa de holán batista,
chaleco y corbata blancos y casaca negra abrochada de un botón. Eché violette en mi
pañizuelo que no resistía incólume un estornudo; suspendí de un cordón de oro un
French, parado por costumbre, y me calcé unos guantes tan blancos, que delante de ellos
se hacía negro el marfil y morenita la nieve. Me abstuve de refrescar, puesto que iba a
tomar té y en familia nada menos, que así debía tocarme gran cantidad. Eran las diez de
la noche y me dirigí a la casa de señores los marqueses, sita en el boulevar del Cuartillo
de Queso, abajo del malecón de la Carnicería. El zaguán estaba de par en par, y entré
hasta la galería de cristales, en donde encontré un ujier que recibió mi carta. Penetré al
salón e hice tres saludos: uno en la puerta, otro en la mitad del camino y el tercero al
tomar asiento. Había diez o doce convidados; pero los demás no acabaron de entrar hasta
las doce de la noche. Estuvimos dos horas en una tertulia deliciosa; nadie hablaba. Los
hombres estábamos en medio taburete esterilla, el cuerpo echado hacia adelante y el
sombrero sobre las rodillas, todo a la última moda. Las señoras y señoritas conservaban
igual postura, y habían dejado sus boas en la galería. Cada hora decía por turno una
palabra algún convidado, y todos nos reíamos de prisa para volver a quedar en silencio.
La palabra que se decía y que hacía reír era ésta u otra semejante: esta noche hace frío.
Al cabo de una hora decía otro convidado: no ha llegado el paquete; y volvíamos a reírnos
en tres notas: do, re y sol.
El traje de las señoras era muy notable. Gastaban camisón de larguísima cola, lo que,
unido al peinado, les daba aspecto de un endriago. El peluquero francés había hecho
aquel edificio sobre sus cabezas vacías. Con almohadas y colchones había abultado dos
cachos que corrían por encima de la oreja, terminando en puntas muy adelante de la
frente; y detrás había otro promontorio sin modelo conocido. Una vez que la dama está
peinada, hacen caminar por encima de su peinado un gato, para que quede despelucada y
tome la dandy un airecillo de mulata.
Esa noche cuando señora la marquesa concluyó concluyó su toilette, fue a dar un beso a
su hijo, antes de venirse a la sala; y el marquesito al ver a mamá con aquellos cachos y
aquella cola, se tapó la cara gritando: ¡el coco! ¡el coco!
A las doce se pusieron las mesas de juego: dos tomaron un ajedrez, cuatro un dominó, que
es uno de los juegos más complicados que se conocen; y otros nos pusimos a jugar
ecarté. Yo ignoraba ese juego; pero lo afronté con valor, porque Casimiro me advirtió en
voz baja que era burro sin figuras.
A la una de la mañana entró un caballero vestido a la última moda, y con guantes blancos.
Yo me levanté para saludarlo; pero todos los otros se quedaron quedos, y Casimiro me dijo
en voz pianísima; ¡no seas bruto! -Yo le repliqué en pianísimo que no comprendía, y él me
contestó en flautinísimo que era el criado que entraba a servir el té. Acabáramos, dije en
do mayor. Todos volvieron a mirarme sorprendidos de aquella inconvenence y yo me
ruboricé como una novicia. El caballero vestido de criado volvió a entrar trayendo la tetera
de plata alemana, y los marqueses se levantaron gravemente a servir el té humeante. Un
terrón de azúcar refinado, más blanco que mis guantes, estaba en el fondo de una taza
más blanca que el azúcar; y sobre el terrón cayó un chorro de agua hirviendo y un poquillo
de leche tan blanca como el azúcar o la taza. Yo apuré mi taza, y como el agua estaba
caliente y yo en ayunas, comencé a sudar prodigiosamente, que bien lo necesitaba, y un
suave calor me subió hasta el cerebro. Tenía un hambre tiránica, y dirigí la vista buscando
a quién comerme. Los dueños de la casa estaban muy flacos, y me lancé sobre una
bandeja que contenía bizcochuelos extranjeros marcados con el sello de la fábrica. Aunque
sabían a enfermedad, me comí con disimulo catorce ocenas, que vienen a ser tanto como
un cuartillo de nuestros biscochuelos bogotanos. Al rebullir el té con la cuchara tuve la
imprecaución de dejarla dentro de la taza, por lo cual el criado me la volvió a llenar en
dácame estas pajas: tomé la segunda taza sin quitar la cuchara y el criado me la volvió a
llenar mientras me limpié un ojo.
Monsieur de Gacharná nos sirvió en copas chatas licor de oro. Este licor es un aguardiente
de Europa, blanco, blanquísimo, en el cual nadan unas partículas de oro que producen
muy bello efecto a la vista y ninguna diferencia en el sabor. Como el licorcillo aquel es
sabrosito, y yo estaba en ayunas y sudando, me achispé como un quídam, y ejecuté mil
impertinencias que fueron miradas con bondad hasta por el señor duque de la Peniere.
De repente me quedé sin auditorio, porque un pepito vino a sacar a la señorita para un
strauss que ejecutoriaba en ese momento el diletanti alemán. El espectáculo que pasó
entonces por mis ojos era sumamente animado y campesino: seis pepitos y tres extranjeros
corcoveaban un strauss, de tal manera, que yo, de acuerdo con un autor ilustre que se
oculta bajo el velo del anónimo, calculaba que ellos solos podrían trillar veinte cargas de
trigo en un día. Cuando los bailarines acabaron de echar parva, se bailó un muy indecente
baile, cuyo nombre ignoro y que consiste en bailar extremadamente abrazados, con otras
circunstancias deplorables.
Hice algunas consideraciones científicas, entre las cuales merecen lugar especial las
siguientes:
Todas las mujeres hablaban de la guerra de Austria y de la política de Napoleón como de
una cosa familiar.
Todos los hombres hablaban de las modas de París para mujeres, como de una ciencia
conocida.
Cada tres palabras, se atravesaba algún equívoco insoportablemente libre, y las mujeres se
reían de él acaso más que los hombres.
Las noticias de la Colombí, como ellos llamaban a la patria, las tenían de buena tinta, de los
periódicos franceses que allí se leyeron.
No había ni una sola mamá ni un solo papá, si se exceptúan los pepitos bailarines. Las
señoritas habían ido solas con sus hermanitos pepitos. Una señora casada había ido con un
general de la Colombí, muy amigo suyo y poco amigo de su marido.
Las despedidas no eran aquellas largas pero divertidas escenas que "El Duende" ridiculizó
con mucha gracia. En lugar de aquellos cordiales abrazos de antaño, había sólo
reverencias. La despedida se limitaba a un Bonne nuit, madame Bonne nuit, monsieur -
Bonímadam -Bonímosie.
Miserere mei, Deus, que es lo que conviene a un difunto que no va a bailar ni a leer un
libreto muy romántico. Otra de las razones es porque tengo curiosidad de llegar a la cuarta
época de Bogotá, para ver a qué se convida entonces.
En 1813, se convidaba a tomar una taza de chocolate, en taza de plata y había baile,
alegría, elegancia y decoro.
En 1848, se convidaba a tomar una taza de café, en taza de loza, y había bochinche,
juventud, cordialidad y decoro.En 1866, se convida a tomar una taza de té en familia, y hay
silencio, equívocos, indecentes, bailes de parva, ninguna alegría y mucho tono.
Espero que así como en 1866 se me ha convidado a tomar el té en familia, en 1880 se
convidará a tomar quinina entre amigos. Están de moda los sudoríficos y antiespasmódicos;
¿por qué no les ha de llegar su sanmartín a los febrífugos y antihepáticos?
Preguntas:
1. ¿Cuál es la historia de los marqueses? Describe características de como parecen ser en
su personalidad y físicamente.
2. Describe cómo fue la fiesta de té de los marqueses, es decir, qué tipo de personas
asistieron, si fue una fiesta agradable, etc.
3. ¿Cómo se comporta el narrador en esta fiesta?
4. ¿Por qué crees que los marqueses parecían preferir todo del extranjero? ¿Crees que
este comportamiento se puede ver en la actualidad?
5. ¿Te parece que este tipo de fiestas se dan en la actualidad?
6. Hacía el final de la historia, el narrador hace una comparación entre tres bebidas
distintas, en tres tiempos distintos, ¿Qué puedes concluir de sus observaciones? ¿Cuál
es la bebida y el momento más agradable?
7. ¿Has probado el té? ¿Crees que es una bebida agradable? ¿Para qué momento se
reserva beber un té?
Simón el mago, Tomás Carrasquilla.
Al darme cuenta de que yo era una persona como todo hijo de vecino, y que podía ser
querido y querer, encontré a mi lado a Frutos, que, más que todos y con especialidad,
parecióme no tener más destino que amar lo que yo amase y hacer lo que se me antojara.
Frutos corría con la limpieza y arreglo de mi persona; y con tal maña y primor lo hacía, que ni
los estregones de la húmeda toalla me molestaban cuando me limpiaba "esa cara de sol", ni
sufría sofocones cuando me peinaba, ni me lastimaba cuando con una aguja y de un modo
incruento extraía de mis pies una cosa que ... no me atrevo a nombrar.
Frutos me enseñaba a rezar, me hacía dormir y velaba mi sueño; despertábame a la
mañana con el tazón de chocolate.
¿Qué más? Cuando, antes del almuerzo, llegaba de la escuela, ya estaba Frutos
esperándome con la arepa frita, el chicharrón y la tajada.
Lo mejor de las comidas delicadas en cuya elaboración intervenía Frutos -que casi siempre
consistían en chocolate sin harina, conservón de brevas y longanizas-, era para mí.
De cualquier tablita y con cerdas o hilillos de resorte me fabricaba unas guitarras de tenues
voces; y cátame a mí punteando todo el día.
¡Y los atambores de tarros de lata! ¡Y las cometillas de abigarrada cola!
Con gracejo para mí sin igual contábame las famosas aventuras de Pedro Rimales -Urde,
que llaman ahora-, que me hacían desternillar de risa; transportábame a la "Tierra de
Irasynovolverás", siguiendo al ave misteriosa de "la pluma de los siete colores", y me
embelesaba con las estupendas proezas del "patojito", que yo tomaba por otras tantas
realidades.
Con vocecilla cascada y sólo para solazarme entonaba Frutos unos aires del país -dizque se
llamaban "Corozales"-, que me sacaban de este mundo: ¡tan lindos y armoniosos me
parecían!
Respetadísimos eran en casa mis fueros. Pretender lo contrario estando Frutos a mi lado era
pensar en lo imposible. Que "¡Este muchacho está muy malcriado!", decía mi madre; que
"¡Es tema que le tienen al niño!", replicaba Frutos; que "¡Hay que darle azote!", decía mi
padre; que "¡Eso sí que no lo verán!", saltaba Frutos, cogiéndome de la mano y alzando
conmigo; y ese día se andaba de hocico, que no había quién se le arrimase.
¡Y cuando yo le contaba que en la escuela me habían castigado! ¡Virgen Santa! ¡Las cosas
que salían de esa boca contra ese judío, ese verdugo de maestro; contra mamá, porque era
tan madre de caracol y tan de arracacha que tales cosas permitía; contra mi padre, porque
era tan de pocos calzones que no iba y le metía unos sopapos a ese viejo malaentraña! Con
ocasión de uno de mis castigos escolares se le calentaron tanto las enjundias a Frutos, que
se puso a la puerta de la calle a esperar el paso del maestro; y apenas lo ve se le encara
midiéndole puño, y con enérgicos ademanes exclama: "¡Ah, maldito! ¡Pusiste al niño com'un
Nazareno! Mío había de ser... pero mirá: ¡ti había di'arrancar esas barbas de chivo!". Y en
realidad parecía que al pobre maestro no le iba a quedar pelo de barba. El dómine, que
fuera de la escuela era un blando céfiro, quedóse tan fresco como si tal cosa; y yo "me la
saqué", porque Frutos en los días de azote o férula me resarcía con usura, dándome todas
las golosinas que topaba y mimándome con mil embelecos y dictados a cual más tierno:
entonces no era yo "El niño" solamente, sino "Granito di'oro", "Mi reinito", y otras cosas de la
laya.
En casa el de más ropa que relevar era yo, porque Frutos se lamentaba siempre de que "el
niño" estaba en cueros, y empalagaba tanto a mi madre y a mis hermanas, que, quieras que
no, me tenían que hacer o comprar vestidos; no así tal cual, sino al gusto de Frutos.
De todo esto resultó que me fui abismando en aquel amor hasta no necesitar en la vida sino
a Frutos, ni respirar sino por Frutos, ni vivir sino para Frutos; los demás de la casa, hasta
mis padres, se me volvieron costal de paja.
¿Qué vería Frutos en un mocoso de ocho años para fanatizarse así? Lo ignoro. Sólo sé que
yo veía en Frutos un ser extraordinario, a manera de ángel guardián; una cosa allá que no
podía definir ni explicarme, superior, con todo, a cuanto podía existir.
¡Y venir a ver lo que era Frutos!
Ella -porque era mujer y se llamaba Fructuosa Rúa- debía de tener en ese entonces de
sesenta años para arriba. Había sido esclava de mis abuelos maternos. Terminada la
esclavitud se fue de la casa, a gozar, sin duda, de esas cosas tan buenas y divertidas de la
gente libre. No las tendría todas consigo, o acaso la hostigarían, porque años después hubo
de regresar a su tierra un tanto desengañada. ¡Y cuenta que había conocido mucho mundo,
y, según ella, disfrutado mucho más!
Encontrando a mi madre, a quien había criado, ya casada y con varios hijos, entró a nuestra
casa como sirvienta en lo de carguío y crianza de la menuda gente. Por muchos años
desempeñó tal encargo con alguna jurisdicción en las cosas de buen comer, y llevándola
siempre al estricote con mi madre a causa de su genio rascapulgas y arriscado, si bien muy
encariñada con todos allá a su modo, y respetando mucho a mi padre a quien llamaba "Mi
Amito".