PROSA CANÍBAL
Juan Carlos Kreimer
PROSA CANÍBAL
Kreimer, Juan Carlos
Prosa caníbal / Juan Carlos Kreimer. - 1a ed . - Buenos Aires :
Interzona Editora, 2018.
232 p. ; 21 x 13 cm.
ISBN 978-987-3874-85-7
1. Novela. 2. Literatura Argentina. I. Título.
CDD A863
© Juan Carlos Kreimer, 2018
© interZona editora, 2018
Pasaje Rivarola 115
(1015) Buenos Aires, Argentina
www.interzonaeditora.com
[email protected] Coordinación editorial: Leila Gamba
Composición de interior: Brenda Wainer
Ilustración y composición de tapa: Juan Pablo Cambariere
Corrección: Mónica Campos
ISBN 978-987-3874-85-7
Libro de edición argentina.
Impreso en Argentina. Printed in Argentina.
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el
alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier
forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante
fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y
escrito del editor y herederos. Su infracción está penada por las leyes
11.723 y 25.446.
1
Es en Harrods. Vamos a dejarle una carta a Papá Noel. Me tiene
sentado sobre las rodillas cuando descubro que debajo del traje
rojo asoma el cuello de una camisa blanca y una corbata oscura.
—Te habrá parecido —dice mamá.
No le respondo. Pum. Mamá no existe.
El carro tirado por un caballo nos trae del jardín de infantes,
a los que hacemos lío Ponce nos amenaza con tirarnos a un pozo
ciego. Juancho, mi amigo, mira a su papá limpiar un pozo de la
cloaca, se cae y lo sacan recubierto de mierda. De una piña le
rompo la nariz a Antonito, el chico de enfrente, no hay ningún
motivo para que le pegue, empieza a chorrearle sangre. Tengo
errores de ortografía. La chica del ómnibus que siempre me da
la mitad de su alfajor de un día para otro deja de venir, otra que
baja después me hace burla. La tía Jaroise tiene dos pelos que le
salen de un lunar en la mejilla. Escucho que mamá grita y abro
la puerta de su dormitorio, papá se da vuelta y me clava los ojos
rojos. Primero el sujeto, después el verbo, al final el predicado,
dice la Srta. García. Dioni llora arriba, en el cuarto de servicio.
Leer es jugar solo. Cuatro chicas de la cuadra, apenas mayores que
yo, me dicen: Vení al fondo del jardín, queremos mostrarte algo:
una gira y me da la espalda, se levanta la pollera y me muestra la
cola, otra le pega con una ramita, las demás no respiran, yo no puedo
dejar de mirarle una mancha de nacimiento. Me aburro, qué hago
aquí, escribo en el margen del cuaderno de tercer grado, mientras
la Srta. García nos muestra cómo se lee una lectura (sic). Ahora voy
9
al colegio en el tren, a cada pasajero le invento una historia, esa
señora está triste porque no consiguió los remedios, ese hombre
sueña con tener un auto, esos muchachos que se ríen de las chicas
no saben que las chicas se ríen de ellos. Alguien de los que va en
este vagón va a morir antes de fin de año. Algunas cosas mejor no
las digo. Vi quién se metió en el bolsillo las bolitas transparentes.
El abuelo se va a morir, en casa piensan que no me doy cuenta de
por qué todos están así. Cuando la Srta. García nos da una compo-
sición tema escribo de esta manera, otra no me sale, siempre me
pone regular más.
—Yo te la hago para que veas cómo se hace —mamá escribe la
siguiente tarea, yo la paso al cuaderno de clase con mi letra más
pareja. Nos ponen Muy bien 10. Con signos de admiración.
El abuelo va a seguir viniendo los fines de semana, aunque esté
muerto. Algunas personas caminan a veinte centímetros del piso.
Hay bichos que nacen de la nada. Todo lo que hacemos y decimos
queda guardado en algún lugar. Muchos chicos y compañeros de
la escuela se apartan cuando me oyen decir estas cosas. Cortala,
cortala. Un ojo en mí capta detalles y arma mundos paralelos.
Historias no del todo ajenas a lo que vivo.
No las invento, salen de mi forma de ver. De tanto en tanto me
parece que pasa algo raro en mi cabeza. Que es de otro, no mía. Me
asusta, claro. Y al mismo tiempo no. Quizás por eso tartamudeo.
Al pasar por la juguetería de Harrods ya no me interesa ninguno
de los autitos Matchbox que iba a pedirle a Papá Noel. Mamá
insiste con que al menos escuchemos uno de los villancicos que
cantan en la puerta de la calle Florida. Me suelto de su mano.
Dioni es la primera que lo tuvo en brazos. Era la única que sabía
mecerlo para que se durmiera. Nunca nadie menciona que ella le
haya dado de mamar. El chico parece recordarlo: cada vez que Dioni
lo abraza o sus tetas asoman por el escote, él siente un cosquilleo
10
agradable en todo el cuerpo. Desea permanecer acurrucado entre
sus brazos.
De la cocina nace una escalera que sube a una sala diminuta
donde están el lavarropas, la mesa de planchar y un par de sillas.
Ella duerme en un pasillo que está detrás, su cama es angosta. Para
ir a la terraza hay que caminar de costado contra la pared.
Muchas tardes el chico juega en ese primer piso mientras Dioni
plancha o está recostada. Ella suele sentarse en una de las sillas,
apoya los pies sobre la otra y lee alguna Selecciones vieja.
El chico estaciona los autitos debajo de la pileta de lavar. Le
gusta inventar que uno está roto y necesita ir al mecánico. El taller
funciona debajo de las piernas de Dioni. Gatea empujando el
autito, ella levanta las rodillas, el cuerpo del chico cabe justo bajo
la carpa formada por su pollera. Todo en ese cuarto huele a jabón
de lavar la ropa.
Desde el taller el chico oye cómo Dioni da vuelta las páginas
y cuando chupa de la bombilla. Para probar cómo anda el autito
lo pasa a lo largo de las piernas de ella, desde los tobillos hasta
las nalgas, para un lado, para otro. Dioni no tiene cosquillas. El
chico cada vez se acerca más a la oscuridad que hay entre sus
piernas. Cuando llega al elástico de la bombacha una mano lo
atrapa por encima de la pollera. Coche arreglado puede volver
al garaje, dice la voz de Dioni. Ella puede tener veinticinco años
entonces, yo cinco.
Si estaban ahí desde hace mucho, digo cuando me preguntan por
qué saqué las monedas que había en el cajón de los repasadores.
¿Qué necesidad tenés de irte tan lejos con la bici? ¿Para qué pensás
esas cosas? ¿Por qué no querés venir con nosotros a lo de tío Idale?
Cada vez que les respondo por que no me da la gana suspiran y
ponen cara de con éste no hay nada que hacerle.
Lo sé: no les gusta mi manera de razonar. Ni de comportarme.
Ni cómo soy. No puedo hacer nada por cambiarme.
11
Demasiado soñador. Mis viejos recurren a esas dos palabras
para descalificarme o justificar ante otros que no soy como los
demás chicos. Está ido. Tiene un mundo propio. Se distrae, no
presta atención. Padece síndromes atencionales, esto lo apunta un
psicopedagogo escolar. Hace preguntas que no tienen nada que
ver con lo que estoy explicando, escribe la maestra en la columna
Observaciones del boletín. No quiere entender que dos o juntas se
pronuncian u, se queja la de inglés.
Una prima lejana, muy rara, bebe agua caliente, camina descalza
sobre el pasto, mira fijo al sol. Pasa unos días en casa e intenta
calmar a mis viejos: Al chico le cuesta encarnar, les dice. O quizás
sea un alma antigua.
—Tiene voluntad perezosa —diagnostica un médico.
—No hay píldoras para los hechizados por la luna de Valencia
—construcción típica de las que hace mi viejo.
—Tenés que esforzarte. Cuando ves que la mente se está yendo,
traela de vuelta —me aconseja mamá—. Mirá cómo hacen los
demás chicos. Imitalos.
El viejo es más rotundo:
—Si no cambiás ahora que te estás desarrollando, después será
tarde: no vas a poder manejarlo…
—Te lo decimos por tu propio bien —ambos.
Como son “grandes˝, supongo que más allá de los reproches
saben de qué hablan. Les creo.
¿Y si eso que dicen no fuera como dicen?
Me resisto a aceptar que todo es como ellos lo ven, o como
quieren que entienda. Cuando les doy el gusto, se tranquilizan
y me sacan los ojos de encima. Pero al poco tiempo otra de mis
conductas provoca un nuevo cortocircuito. Dioni me perdona todo.
El chico duerme abrazado a Dioni. Ella lo lleva a pasar las vacaciones
a casa de sus padres, en el campo. Lo que ocurre, ocurre natural-
mente, no hay otra cama. En casa del chico cada uno tiene la suya. En
12
casa de Dioni no hay sillones. Y el piso es tierra apisonada. En cada
respiro su panza se infla y desinfla, el chico la siente contra la suya.
Le recorre toda la piel con la punta de los dedos, le pasa la lengua por
el pecho, huele su sudor. Dioni dejó abandonada una pierna sobre
las de él. La escena puede haber ocurrido a la hora de la siesta, el
chico la recuerda con nitidez. O bien de noche. Una o varias veces.
Aunque ya tenía ocho años, al volver de esas vacaciones mamá no
vio nada raro en que durmiera en el primer piso cuando ellos salían.
La tierra no es la arena. La pala de plástico roja que tío Yaco le
trajo de Norteamérica se quiebra al querer meterla entre las raíces
de los yuyos que asoman en los bordes de la acequia. El chico
quería hacer una bajada para los autitos. Dioni alcanza a rescatar
unos metros más allá el pedazo que se lleva la corriente. Antes del
almuerzo, el padre de Dioni mete una cuchara entre los leños de
la cocina, saca un poco de cenizas y las vuelca sobre un papel.
Casca un huevo con una mano, deja caer la clara sobre las cenizas
y revuelve la mezcla con el mango de un tenedor.
Junto al papel, sobre la mesa, están las dos aletas rotas. Del
líquido pegajoso que se estira sobre las cenizas va apareciendo
una pasta gris. Después lo pasa sobre los bordes rotos y los junta
cuidando de que queden a la misma altura. El chico lo mira hacer.
Durante el almuerzo nadie se sienta en esa parte de la mesa.
Cuando terminan y sacan los platos, la pala roja sigue ahí. Al levan-
tarse de la siesta, el resto de la tarde, durante la cena, y cuando se van
a dormir, nadie se atreve a moverla. Recién al día siguiente el padre
de Dioni la toma y con una lima de uñas rosada raspa la rebarba.
De los dos lados queda solo una línea gris finita sobre el rojo
brillante.
El día que trasplantan los nomeolvides que crecieron en unas
latas oxidadas el chico clava la pala en la tierra seca. Otro verano
un primo menor la pierde en la playa.
13
Leer me hace creer que soy grande, que no tengo mi edad. En casi
todos los libros encuentro alguien igual a mí. Mowgli, Huckleberry
Finn, David Crockett… sus vidas pueden ser la mía. Nada de lo
que ocurre en la escuela me parece interesante. Odio ser un chico.
Quiero que el tiempo pase lo más rápido posible.
Dioni duerme, el chico ni siquiera tiene que hacerse el dormido.
Mientras no mueva el cuerpo ni salga de su abrazo, puede realizar
cualquier movimiento. Baja la mano hasta donde termina el
camisón y la sube imperceptiblemente, sin rozarle la pierna, sola
se le desliza hacia los pelitos y los toca. Él todavía no tiene. Los
de ella son muy suaves, se dejan acariciar, se van abriendo, sus
dedos llegan hasta la piel, descubren una zona de pliegues, muy
húmeda, recogen algo de esa humedad. El chico se lleva la mano
a la boca. Su lengua no conoce ese sabor. Es algo de este mundo y
de otro.
El chico no sabe qué palabra se usa para decir eso que siente. ¿Cómo
hablar de lo que me produce ese contacto —lo que le produce al
chico de cinco años que está en la cama de Dioni?
No quiero hablar de ningún pecado, ninguna violación a un
menor, ningún niño herido, ni siquiera del amor genuino que ella
pudo sentir por mí. El umbral de libertad que descubro ese verano
no se cierra más. Escribo más adelante en mi diario:
Todavía no escribo desde ahí. Pero ya vivo ahí.
Otras veces que intento atravesar ese umbral y creerme un
relato, aparece una voz que insiste en que lo abandone. Lo estás
interpretando pero no lo comprendés, me dice. En algún plano, lo
que para cualquier censor fue mal, para el chico fue bien.
Escribo a escondidas. Sobre las mismas hojas de carpeta que uso
para el colegio, y la misma letra. Acostumbro a dejarme ir por mis
abstracciones con el libro de Geografía para primer año abierto
14
en la cuenca hídrica de la provincia de Buenos Aires. Anoto las
ideas y frases que se me ocurren en formato de cuadro sinóptico,
después las pongo una después de otra. ¿Es eso escribir? Hacerlo
me resulta tan mío como mirar por la ventana. Paso horas con la
lapicera en la mano.
—Se empieza por ahí y nunca se sabe en dónde termina, miralo
a Enrique... —Mamá se refiere a su primo escritor, único antece-
dente familiar en quebrar normas. Lo consideran un bohemio.
Bohemio = piantado.
—Enrique es un schleper. —La frase, más que pintarlo, justifica y
da otro significado a cualquier cosa que haga.
En el grupo de amigos despierto la típica sospecha varonil: si escribe
poemas = ha de ser medio putito. ¿Qué más se esconde detrás de
esa sensibilidad? Jamás les doy a leer nada. A las chicas sí les gusta
saber que escribo, todas esperan que les dedique unos versos.
Los poemas y pequeños relatos que armo crean puntos de contacto
con lo real, con algo que ocurrió o alguien cercano. O conmigo. En
uno transcribo un sueño que me horrorizó. Con el cuchillo de mango
negro que hay en el otro cajón de la cocina, le corto el cuello a mi
mamá. Ella no dice nada. Ni antes ni después hay otras oraciones.
Quiero que el personaje del cuento se despierte y huya sin saber a
dónde va. Al escribirlo siento que me robo el sueño. No termino de
desarrollarlo, me digo no, no puede ser posible. Doblo la hoja por la
mitad y la deslizo entre la tapa y el forro del cuaderno. El cuaderno
cabe justo entre el fondo del placar y la pared. Ponerlo es fácil, para
sacarlo hay que atraerlo con el mango del plumero. Es lo que debe
haber usado mamá.
—¿Cómo pudiste imaginar eso? ¿Qué hice para que quieras
matarme…? —me pregunta aterrada. Miro al piso. Cree que no le
quiero responder y se horroriza aún más—. Por Dios, decime que
lo inventaste…
—Bueno, lo inventé.
15
Mamá pone cara de no creerme. A partir de ese día, mi mayor
problema no es lo que escribo, sino dónde esconderlo. Error. El
mayor problema es que, al escribir, un Pepe Grillo ya se me para
en el hombro y parlotea: Cri cri mejor no lo digas. Cri cri esto no
les va a gustar que se sepa Cri cri esto te expone demasiado. Dirán
que no fue tan así… que de dónde lo sacaste…
Ese límite me fija a un idioma tácito que, además de callar y no
revelar algunos secretos, “evita” pasar por los verdaderos nudos de
conflicto, disgustos, situaciones que me dejan mal parado. Tiende a
acomodar los hechos descriptos. Relativiza percepciones. Lo que
podría considerar autocensura deviene falta de contacto.
Nunca le dije a Dioni ni me dije a mí mismo que la quería. Ésta
es la primera vez que lo escribo.
16
¿Disfrutaste el libro que comenzaste a leer?
Podés adquirirlo en www.interzonaeditora.com y en cientos de
librerías.
Gracias por apoyar con tu lectura y recomendaciones este proyecto
editorial.
interZona es una editorial literaria independiente fundada en
Buenos Aires en 2002 que se ha convertido en uno de los espacios de
publicación más innovadores y reconocidos de Latinoamérica por la
diversidad de autores y de títulos que publica.
En interZona verán reunidos a escritores noveles con otros ya
consagrados; a los de habla hispana con los de otras lenguas; a
los poetas con los ensayistas, los dramaturgos y los novelistas; en
suma, a todos aquellos que hacen posible una conversación de voces
múltiples, desprejuiciada, vivaz, arriesgada, pero siempre orientada
por el estilo y la marca de calidad con la que intentamos perfilar
nuestra línea editorial.