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LyL 4to

El documento aborda el desarrollo de competencias lingüísticas y literarias en estudiantes de cuarto año, enfatizando la importancia de la lectura y la producción escrita. Se discuten obras literarias latinoamericanas y su contexto histórico, así como la relevancia del libro en la comunicación y la cultura. También se menciona la literatura precolombina y el 'Popol Vuh' como ejemplos de la rica herencia literaria de la región.

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LyL 4to

El documento aborda el desarrollo de competencias lingüísticas y literarias en estudiantes de cuarto año, enfatizando la importancia de la lectura y la producción escrita. Se discuten obras literarias latinoamericanas y su contexto histórico, así como la relevancia del libro en la comunicación y la cultura. También se menciona la literatura precolombina y el 'Popol Vuh' como ejemplos de la rica herencia literaria de la región.

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4to año

LENGUA Y
LITERATURA

Prof. Soledad Olmos


Objetivo General:

Se deberán adquirir competencias lingüísticas en el uso de


diferentes tipos de discursos orales y escritos.
Se deberán leer y analizar en su contexto literario e histórico,
obras latinoamericanas clásicas y contemporáneas.

Propósitos:

Mejorar técnicas y normas conversacionales.


Desarrollar el hábito de la lectura y la producción escrita.
Elaborar con mayor autonomía textos, respetando los
procedimientos de coherencia y cohesión y el proceso de
escritura: planificación- borrador- revisión- edición-
versión final.
Leer, analizar con pensamiento crítico las obras literarias
latinoamericanas y su contexto histórico y social.
Reconocer y usar propiedades textuales en producciones
personales.

2
Agitadores de la lectura
Entre la palabra libro y la palabra libre hay apenas una letra de diferencia, lo cual quizá no es
simple casualidad, ya que el libro nos hace libres. No está de más recordarlo en un momento en
que se confunde con frecuencia y con liviandad la conexión (un fenómeno tecnológico) con la
comunicación (un fenómeno que involucra nuestros atributos emocionales, espirituales, psíquicos e
intelectuales y que no necesita necesariamente aparatos). Hasta tal punto llega la confusión que
un fanático, en nuestro país, escribió que, si se puede salvar un disco rígido, para nada importa que
se quemen todos los libros del mundo. Eso sí, para comunicar su propuesta se valió de un medio
impreso.
Desde que en el siglo XV el alemán Gutenberg inventó la imprenta, el libro no sólo se consagró
como uno de los más formidables inventos de la humanidad, sino que también empezó a vivir bajo
el presagio de que pronto desaparecería, ya fuese porque no interesaría a nadie o porque sería
desplazado por otros recursos (la fotografía, la radio, el cine, la televisión, internet y la
computadora). La mayoría de esos agüeros ha desaparecido, desmentidos por el tiempo y los
acontecimientos.
Mientras tanto, las grandes ideas que perduran, las historias que nos conmueven por sus
contenidos y por la belleza y la calidad de su narración, las más profundas exploraciones de la
experiencia y la existencia humana perduran en forma de libro. También, muchas de las grandes
estupideces y las ideologías más perversas se han divulgado a través de ese medio.
Así como (más allá de sus usos útiles) muchas veces las pantallas estrechan nuestros horizontes,
nos aíslan del mundo, comen nuestro tiempo, aplanan nuestra imaginación y, en el afán de la
velocidad, de la multiplicidad, de cosechar la “amistad” de multitudes anónimas y virtuales, van
destruyendo nuestra sintaxis, empobreciendo nuestro lenguaje, secando nuestra capacidad de
crear metáforas, el libro nos lleva en la dirección opuesta. “El que lee nunca está sólo”, decía el
Negro Fontanarrosa. Y es así. El que lee conoce gente, la concibe junto con el escritor (un mismo
personaje es distinto en la fantasía de cada lector), toma palabras y, procesándolas en su
imaginación, ahonda conceptos, funda mundos, se alimenta de ideas y argumentos, se embaraza
de temas de conversación que luego comparte o divulga, enriquece su vocabulario, se deleita con
el silencioso sonido de las palabras. La lectura fomenta la actividad emotiva, intelectual e
imaginativa; las pantallas nos reducen a la pasividad al entregamos todo dicho o todo visto.
Mientras que la conexión virtual destruye vocablos abreviándolos de un modo patético, el libro es
el soporte que conserva, nutre, celebra y enaltece el lenguaje, la más poderosa herramienta de
comunicación humana, cuya forma actual fue concebida hace cinco mil años por los sumerios y
desarrollada luego a lo largo de la historia de la especie. Y pueden conservar, incrementar y
contagiar el único vicio que nutre, que mejora la vida y que hasta puede permitir vislumbrar su
sentido: el vicio de la lectura.
“¿Un libro puede salvar una vida?”, le preguntaron a Paul Holdengraber, director de la Biblioteca
Pública de Nueva York. “Incluso una sola línea puede hacerlo respondió”. “Pero para eso hay que
leer con humor”. ¿Y qué es leer con humor? “No identificarse con una sola mirada y permitir que
todas te cosquilleen, teniendo una mirada golosa y juguetona. Un fanático es alguien que ha leído
sin humor”. Holdengraber se llama a sí mismo “agitador de la lectura”, dice que el libro es un tercer
pulmón que nos permite respirar el mundo y recuerda que “el libro es algo que se puede tocar, que
emborracha por el tacto. Y, precisamente en un mundo cada vez más virtual y televisual, su
presencia táctil ganará aura. ¡Una biblioteca será el Palacio del Aura!”.
Sergio Sinay

3
El lector
En uno de sus cuentos, Soriano imaginó un partido de fútbol en algún pueblito perdido en la
Patagonia. Al equipo local, nunca nadie la había metido un gol en su cancha. Semejante agravio
estaba prohibido, bajo pena de horca o tremenda paliza. En el cuento, el quipo visitante evitaba la
tentación durante todo el partido; pero al final el delantero centro quedaba solo frente al arquero y
no tenía más remedio que pasarle la pelota entre las piernas.
Diez años después, cuando Soriano llegó al aeropuerto de Neuquén, un desconocido lo estrujó en
un abrazo y lo alzó con valija y todo:
- ¡Gol, no! ¡Golazo! -gritó- ¡Te estoy viendo! ¡A lo Pelé lo festejaste! -y cayó de rodillas, elevando los
brazos al cielo. Después, se cubrió la cabeza:
-¡Que manera de llover piedras! ¡Qué biaba nos dieron!
Soriano boquiabierto, escuchaba con la valija en la mano.
-¡Se te vinieron encima! ¡Eran un pueblo! -gritó el entusiasta. Y señalándolo con el pulgar, informó a
los curiosos que se iban acercando:
-A éste, yo le salvé la vida.
Y les contó, con lujo de detalles, la tremenda gresca que se había armado al final del partido: ese
partido que el autor había jugado en soledad, una noche lejana, sentado ante una máquina de
escribir, un cenicero lleno de puchos y un par de gatos dormilones.
Eduardo Galeano, Bocas del tiempo

La función del lector

Cuando Lucía Peláez era muy niña, leyó una novela a escondidas. La leyó a pedacitos, noche tras
noche, ocultándola bajo la almohada. Ella la había robado de la biblioteca de cedro donde el tío
guardaba los libros preferidos.
Mucho caminó Lucía, después, mientras pasaban los años.
En busca de fantasmas caminó por los farallones sobre el río Antioquia y en busca de gente
caminó por las calles de las ciudades violentas.
Mucho caminó Lucía, y a lo largo de su vida iba siempre acompañada por los ecos de los ecos de
aquellas lejanas voces que ella había escuchado, con sus ojos, en la infancia.
Lucía no ha vuelto a leer ese libro. Ya no lo reconocería. Tanto le ha crecido adentro que ahora es
otro, ahora es suyo.
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.

4
Latinoamérica
Latinoamérica de Maná (2011) Hay que soñar, Latinoamérica
Si no aprendemos de nuestra historia No
¡Alerta! Esto es un llamado habrá forma de progresar Cometeremos los
Es valiosa su atención mismos errores Atrasados nos vamos a
Están discriminando latinos quedar
No me parece que tienen razón Ahora es nuestro momento
Somos gente que nunca se raja De brillar como el Sol
ante cualquier situación Tenemos todo para hacerlo
Vamos a mostrar quiénes somos Con cojones, dignidad y valor
Con coraje y valor No vamos, no vamos A quejarnos jamás
No vamos, no vamos a quejarnos jamás Latino tú, latino yo
Latino tú, latino yo La misma sangre y corazón
La misma sangre y corazón Esto es mi Latinoamérica
Esto es mi Latinoamérica Hay que luchar, Latinoamérica
Hay que luchar, Latinoamérica Y si nos quieren marginar
Y si nos quieren marginar Nunca nos vamos a dejar
Nunca nos vamos a dejar Sólo existe una América
Sólo existe una América Hay que soñar, Latinoamérica
Jamás se te olviden tus raíces.

Latinoamérica de Calle 13
Tengo los lagos, tengo los ríos.
Tengo mis dientes pa` cuando me sonrío.
Soy, Soy lo que dejaron,
La nieve que maquilla mis montañas.
soy toda la sobra de lo que se robaron.
Tengo el sol que me seca y la lluvia que me baña.
Un pueblo escondido en la cima,
Un desierto embriagado con peyote
mi piel es de cuero por eso aguanta cualquier clima.
un trago de pulque para cantar con los coyotes,
Soy una fábrica de humo,
Todo lo que necesito.
mano de obra campesina para tu consumo.
Tengo mis pulmones respirando azul clarito.
Frente de frío en el medio del verano,
La altura que sofoca
el amor en los tiempos del cólera, mi hermano.
Soy las muelas de mi boca mascando coca
El sol que nace y el día que muere,
El otoño con sus hojas desmalladas
con los mejores atardeceres.
Los versos escritos bajo la noche estrellada
Soy el desarrollo en carne viva,
Una viña repleta de uvas
un discurso político sin saliva.
Un cañaveral bajo el sol en Cuba
Las caras más bonitas que he conocido,
Soy el mar Caribe que vigila las casitas
soy la fotografía de un desaparecido.
Haciendo rituales de agua bendita
Soy la sangre dentro de tus venas,
El viento que peina mi cabello
soy un pedazo de tierra que vale la pena.
Soy todos los santos que cuelgan de mi cuello
soy una canasta con frijoles ,
El jugo de mi lucha no es artificial
soy Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles.
Porque el abono de mi tierra es natural
Soy lo que sostiene mi bandera,
Estribillo
la espina dorsal del planeta es mi cordillera.
Trabajo bruto, pero con orgullo
Soy lo que me enseñó mi padre,
Aquí se comparte, lo mío es tuyo
el que no quiere a su patria no quiere a su madre.
Este pueblo no se ahoga con marullos
Soy América latina,
Y si se derrumba yo lo reconstruyo.
un pueblo sin piernas pero que camina.
Tampoco pestañeo cuando te miro
Tú no puedes comprar al viento.
Para que te recuerde' de mi apellido
Tú no puedes comprar al sol.
La Operación Cóndor invadiendo mi nido
Tú no puedes comprar la lluvia.
Perdono, pero nunca olvido, ¡oye!
Tú no puedes comprar el calor.
Aquí se respira lucha
Tú no puedes comprar las nubes.
(Vamos caminando) Yo canto porque se escucha
Tú no puedes comprar los colores.
(Vamos dibujando el camino) Oh, sí, sí, eso
Tú no puedes comprar mi alegría.
(Vamos caminando) Aquí estamos de pie
Tú no puedes comprar mis dolores.
¡Qué viva la América! 5
No puedes comprar mi vida
La literatura precolombina es una creación artística totalmente original de un mundo virgen no contaminado por la
cultura oriental ni la occidental. El hombre precolombino se preguntaba acerca de la vida, la muerte, el más allá, la
existencia y se expresaba con recursos retóricos (metáforas, paralelismos, etc.) De la unión de las ideas religiosas,
del ritual, de los mitos, de las leyendas junto con la tendencia innata para crear belleza y expresar los sentimientos
de la colectividad y los individuales, nació la literatura precolombina. En ella encontramos las raíces de la literatura
hispanoamericana.
La actitud etnocentrista del conquistador español lo llevó a desvalorizar estas culturas primitivas, en el sentido de
primeras, no de incivilizadas. Las juzgó inferiores porque no supo interpretar lo diferente. La cultura precolombina
quedó así truncada y desconocida. El indio se encontró en una encrucijada: no podía abandonar lo propio ni asimilar
lo ajeno. Fue desposeído, discriminado y desvalorizado.
Los principales pueblos precolombinos fueron los aztecas, los mayas y los incas.

Popol Vuh

El "Popol Vuh", "Las antiguas Historias del Quiché", es el libro


sagrado de los indios quichés que habitaban en la zona de
Guatemala. Se explicaba en él, el origen del mundo y de los indios
mayas. También se relataba la historia de todos los soberanos. Se
puede señalar que hay allí una conjunción de religión, mitología,
historia, costumbres y leyendas. Es esencialmente una
descripción del conjunto de tradiciones mayas de quienes
habitaban la región guatemalteca; pero también aparecen
agregadas algunas ideas cristianas, lo que hace suponer que el
autor conocía a misioneros católicos. No se conoce el nombre del
autor pero por datos sacados del contenido de la obra, se supone
que ha sido escrito hacia 1544.

6
Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la
extensión del cielo. Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal,
pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.

No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión. No había nada
que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia.
Solamente había inmovilidad y silencio en la obscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu,
Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules,
por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía
el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.

Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la obscuridad, en la noche, y hablaron entre sí
Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus
palabras y su pensamiento.

Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los arroyos se fueron
corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando aparecieron las altas montañas. Así
fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, que así son
llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida dentro
del agua. De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre su feliz
terminación. Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de
la montaña,5 los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles [víboras], guardianes de los
bejucos. Y estando terminada la creación de todos los cuadrúpedos y las aves, les fue dicho a los cuadrúpedos y
pájaros por el Creador y el Formador y los Progenitores:
-- Hablad, gritad, gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra especie, según la variedad de cada uno -- . Así les
fue dicho a los venados, los pájaros, leones, tigres y serpientes. -- Decid, pues, vuestros nombres, alabadnos a
nosotros, vuestra madre, vuestro padre. ¡Invocad, pues, a Huracán, Chipi-Calculhá, Raxa-Calculhá, el Corazón del
Cielo, el Corazón de la Tierra, el Creador, el Formador, los Progenitores; hablad, invocadnos, adoradnos! -- les
dijeron.

Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo chillaban, cacareaban y gramaban; no se manifestó
la forma de su lenguaje, y cada uno gritaba de manera diferente. Cuando el Creador y el Formador vieron que no era
posible que hablaran, se dijeron entre sí : -- No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus
creadores y formadores. Esto no está bien --, dijeron entre sí los Progenitores. Entonces se les dijo : -- Seréis
cambiados porque no se ha conseguido que habléis. Hemos cambiado de parecer : vuestro alimento, vuestra
pastura, vuestra habitación y vuestros nidos los tendréis, serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido
lograr que nos adoréis ni nos invoquéis. Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros [seres] que sean
obedientes. Vosotros aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán trituradas. Así será. Esta será vuestra suerte--.
Así dijeron cuando hicieron saber su voluntad a los animales pequenos y grandes que hay sobre la faz de la tierra.
Luego quisieron probar suerte nuevamente; quisieron hacer otra tentativa y quisieron probar de nuevo a que los
adoraran.

Pero no pudieron entender su lenguaje entre ellos mismos, nada pudieron conseguir y nada pudieron hacer. Por
esta razón fueron inmoladas sus carnes y fueron condenados a ser comidos y matados los animales que existen
sobre la faz de la tierra. Así, pues, hubo que hacer una nueva tentativa de crear y formar al hombre por el Creador, el
Formador y los Progenitores. -- ¡A probar otra vez! Ya se acercan el amanecer y la aurora; hagamos al que nos
sustentará y alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados, para ser recordados sobre la tierra? Ya hemos probado
con nuestras primeras obras, nuestras primeras criaturas; pero no se pudo lograr que fuésemos alabados y
venerados por ellos. Probemos ahora a hacer unos seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y alimenten --
. Así dijeron. Entonces fue la creación y la formación. De tierra, de lodo hicieron la carne [del hombre]. Pero vieron
que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba
aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio
hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener. Y dijeron

7
el Creador y el Formador: -- Bien se ve que no podía andar ni multiplicarse. Que se haga una consulta acerca de esto,
dijeron.
Entonces desbarataron y deshicieron su obra y su creación. Y en seguida dijeron: -- ¿Cómo haremos para
perfeccionar, para que salgan bien nuestros adoradores, nuestros invocadores?-- Así dijeron cuando de nuevo
consultaron entre sí. -- Digámosles a Ixpiyacoc, Ixmucané, Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú : ¡Probad suerte otra vez!
¡Probad a hacer la creación! -- Así dijeron entre sí el Creador y el Formador cuando hablaron a Ixpiyacoc e Ixmucané.
En seguida les hablaron a aquellos adivinos, la abuela del día, la abuela del alba, que así eran llamados por el
Creador y el Formador, y cuyos nombres eran Ixpiyacoc e Ixmucané. Entonces hablaron y dijeron la verdad : --
Buenos saldrán vuestros muñecos hechos de madera; hablarán y conversarán vuestros muñecos hechos de madera,
hablarán y conversarán sobre la faz de la tierra. -- ¡Así sea! -- contestaron, cuando hablaron. Y al instante fueron
hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superfcie
de la tierra.

Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni
entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas. Ya no se
acordaban del Corazón del Cielo y por eso cayeron en desgracia. Fue solamente un ensayo, un intento de hacer
hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos no tenían consistencia; no tenían
sangre, ni substancia, ni humedad, ni gordura; sus mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos, y amarillas sus
carnes. Por esta razón ya no pensaban en el Creador ni en el Formador, en los que les daban el ser y cuidaban de
ellos. Estos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre la faz de la tierra. Pero no pensaban,
no hablaban con su Creador, su Formador, que los habían hecho, que los habían creado. Y por esta razón fueron
muertos, fueron anegados. Una resina abundante vino del cielo. El llamado Xecotcovach llegó y les vació los ojos;
Camalotz vino a cortarles la cabeza; y vino Cotzbalam y les devoró las carnes. El Tucumbalam llegó también y les
quebró y magulló los huesos y los nervios, les molió y desmoronó los huesos. Y esto fue para castigarlos porque no
habían pensado en su madre, ni en su padre, el Corazón del Cielo, llamado Huracán. Y por este motivo se obscureció
la faz de la tierra y comenzó una lluvia negra, una lluvia de día, una lluvia de noche. Así fue la ruina de los hombres
que habían sido creados y formados, de los hombres hechos para ser destruidos y aniquilados: a todos les fueron
destrozadas las bocas y las caras. Y dicen que la descendencia de aquellos son los monos que existen ahora en los
bosques; éstos son la muestra de aquellos, porque sólo de palo fue hecha su carne por el Creador y el Formador. Y
por esta razón el mono se parece al hombre, es la muestra de una generación de hombres creados, de hombres
formados que eran solamente muñecos y hechos solamente de madera.

Y dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores, que se llaman Tepeu y Gucumatz: "Ha llegado el tiempo del
amanecer, de que se termine la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar, y nutrir, los hijos esclarecidos,
los vasallos civilizados; que aparezca el hombre, la humanidad, sobre la superfcie de la tierra." Así dijeron. Se
juntaron, llegaron y celebraron consejo en la oscuridad y en la noche; luego buscaron y discutieron, y aquí
refexionaron y pensaron. De esta manera salieron a luz claramente sus decisiones y encontraron y descubrieron lo
que debía entrar en la carne del hombre.

Poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre los Creadores y Formadores. De Paxil, de
Cayalá, así llamados, vinieron las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas. Estos son los nombres de los animales
que trajeron la comida Yac [el gato de monte], Utiú [el coyote], Que [una cotorra vulgarmente llamada chocoyo] y
Hoh [el cuervo]. Estos cuatro animales les dieron la noticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les
dijeron que fueran a Paxil y les enseñaron el camino de Paxil. Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en
la carne del hombre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la sangre del hombre. Así entró
el maíz [en la formación del hombre] por obra de los Progenitores.

Y moliendo entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, hizo Ixmucané nueve bebidas, y de este
alimento provinieron la fuerza y la gordura y con él crearon los músculos y el vigor del hombre. Esto hicieron los
Progenitores, Tepeu y Gucumatz, así llamados.

A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la formación de nuestra primera madre y padre.

8
Mitología Inca

Mito de Wakón y los Willkas


El Dios del Cielo «Pacha Kamac», esposo de la diosa de la tierra «Pacha Mama», engendró dos hijos
gemelos, varón y mujer, llamados «Willcas». El dios «Pacha Kamac» murió ahogado en el mar de Lurín y se
encantó en una isla; por este hecho quedó viuda la diosa «Pacha Mama» y sufrió con sus dos hijitos muchas
penalidades. Era una noche interminable cuando la viuda salió de Kappur por las fragosidades de
«Gasgachin» de la quebrada de «Arma» y descansó al pie de la roca de «Pumaquihuay». Sobre las altas
cumbres acechaban monstruos horrendos; los felinos hambrientos rugían en el fondo de la quebrada.
Llenos de terror, los «Willcas» lloraban inconsolablemente.
La luz coruscante de una llama muy leve sobre un lejano picacho llenó de esperanza a la atribulada madre
de los mellizos. Después de beber en la laguna de «Rihuacocha», la viuda y sus hijitos, continuaron su viaje
hacia el sitio donde brillaba la luz. Los «Willcas» no sabían que su padre «Pacha Kamac» había muerto, y
dijeron a su madre: «¡Vamos pronto al sitio donde arde la leña y allí encontraremos a nuestro padre!». La
caverna de «Wakonpahuain» del cerro «Reponge» era el sitio donde ardía una hoguera: allí vivía un hombre
semidesnudo, llamado «Wa-Kón».
--¡Pasad! le dijo, y sentaos sobre este «tuto» mientras yo cocino.
El «tuto» era un tejido de crin vegetal que todavía conservaba las espinitas. Los niños se hallaban
incómodos sobre este asiento.
El «Wa-Kón» sancochaba papas en una olla de piedra; y dirigiéndose a los mellizos les dice. «Id al puquio y
traedme agua en ese cántaro». Los niños obedecieron; pero la vasija que llevaron a la fuente estaba rajada,
y por esta causa los mellizos tardaron mucho en regresar a la caverna.
Mientras los «Willcas» se demoraban en la fuente, el antropófago «Wa-Kón» quiso seducir a la madre de
los mellizos; más, no pudiendo efectuar su intento, devoró a la diosa «Pacha Mama», quien pagó con la
muerte su gran fidelidad al dios de los cielos, «Pacha Kamac». El maligno Wa-kón se nutrió de la carne y de
la sangre codiciadas de la madre de los mellizos y guardó una parte de su cuerpo sacrificado en un olla muy
grande.
Cuando los mellizos llegaron del manantial, se dirigieron a «Wa-Kón» y preguntaron por su madre. Wa-Kón
les contestó: «Muy lejos de este sitio ha ido vuestra madre; pero, llegará muy pronto ella.» Más los días
pasaban interminables y la madre de los «Willcas» no llegaba. Los niños lloraban amargamente la ausencia
de su madre.
El Huay-chau, el ave que anuncia la salida del sol, que canta armoniosamente durante la aurora matutina,
tiene un graznido agorero como las «lechuzas», anuncia la muerte de alguna persona; compadecido de la
desgracia de los «Willcas» les comunicó detalladamente la muerte de su madre y les anunció el peligro que
ellos corrían en la compañía del sanguinario «Wa-Kón». Luego de referir a los niños el episodio de la muerte
de la diosa «Pacha Mama», el pajarillo «Huay-chau» les dio un consejo: «Id, les dice, fuera de la Caverna de
«Yagamachay» y debajo de una huanca (que era una piedra muy larga), se halla el «Wa-Kón» durmiendo.
Atadlo con su abundante cabellera hacia la piedra mientras está dormido y luego huid de este sitio; porque,
si el «Wa-Kón» se da cuenta de lo que vosotros le habéis hecho, os matará». Los niños obedecieron este
mandato, y mientras el «Wa-kón» dormía atado a la piedra con sus propios cabellos, echáronse a correr
vertiginosamente.
En esta desesperada peregrinación encontráronse los «Willcas» con el Añas, la madre de los «zorrillos», la
cual les dijo: ¿Por qué emprendéis la carrera, quién os persigue?...Los «Willcas» contaron a la madre de los
zorrillos la tragedia de la viuda.
El Añas, al igual que su compañero de la mañana, el «Huay-chau», se compadeció de los infortunados
huerfanitos y los adoptó como a nietos, escondiéndolos en su madriguera. Por fin, se despertó el «Wa-Kón»
de su profundo letargo y, después de libertarse con dificultad de su prisión, buscó a los «Willcas» por todas
partes. En su viaje de investigación el genio maligno encontró a varios animales del campo y conversó con
las aves del cielo: preguntó al Puma, al Cóndor y al Amaru [serpiente] si habían visto a los «Willcas». Pero
estos animales no le dieron respuesta satisfactoria.
9
Por último, encontró a la astuta madre de los Añacos y le preguntó si había visto a los Willcas». El Añas
contestóle: «Sí, los he visto que han seguido por ese camino; si tú quieres encontrarlos con mayor rapidez,
sube sobre esa cumbre y entona una canción, fingiendo la voz de la madre de los «Willcas». Al eco de esa
voz acudirán presurosos lo mellizos...». El «Wa-Kón» subió al cerro sin comprender que allí, la «Zorrillo»
había puesto una trampa: comenzó a entonar la canción convenida con débil y angustiosa voz llamando a
los «Willcas» como madre cariñosa; y, al fin, puso el pie sobre la piedra fatal de la trampa y rodó al abismo.
Su muerte fue seguida de un espantoso terremoto.
Libres los niños de su cruel perseguidor y asesino de su madre, vivían muy felices en compañía de su
abuela adoptiva, el Añas, que les alimentaba con su propia sangre. Pero los «Willcas» hastiados de la sangre
que era su único alimento, suplicaron a su abuelita que les dejara ir al campo a «Shanar», o sea, a sacar las
papas que habían quedado ocultas en la tierra al hacer la cosecha. La abuelita Añas les concedió permiso
para ello; y cuando se entretenían en su labor, encontraron una oca muy dulce que por su forma de
muñeca les llamó la atención. Los «Willcas» se pusieron a jugar con la oca, la que se rompió en varios
pedazos y, no teniendo un juguete semejante, prorrumpieron en llanto. Cansados de llorar se quedaron
dormidos; cuando despertó la niña contó a su hermanito lo siguiente: «Estábamos jugando, dijo, y yo
arrojaba un sombrero al cielo donde se quedaba; aventaba mis vestidos y allí se quedaban. ¿Que significará
todo esto?»...Los «Willcas» estaban pensativos, cuando, de improviso descendió del Cielo una soga,
«huascar» [sic] y el Añas les aconsejó que por allí treparan...Subieron todo juntos al Empíreo, donde el gran
dios Pacha Kamac les esperaba.
El «Willca» varón se transformó en el Sol, y el «Willca» mujer, en la Luna. Pero, la vida de peregrinación que
llevaron en la Tierra nunca terminó. El Sol seguirá su viaje astral, enviando su luz en el día, y la Luna,
durante la noche, caminará iluminando el sendero que les tocó seguir acompañados de su infortunada
madre viuda...La diosa «Pacha-Mama» se quedó encantada en aquel cerro cubierto de nieves perpetuas,
como un blanco sudario, que hasta ahora recibe el nombre de «La viuda».La divinidad suprema
«Pachacamaq», queriendo premiar la fidelidad de esta diosa que con sus hijitos sufrieron tanto, comunicó a
la diosa «Pacha-Mama» la facultad generadora…
Desde la cumbre del picacho de «la Viuda» la diosa «Pacha-Mama» envía sus favores a todos lo habitantes
de esta región, por ella, el dios del cielo envía las lluvias, fertilizando la tierra hace que broten las plantas y
haya muchas mieses; por ella, los animales nacen y crecen para servir de sustento al hombre; ella es la
madre de los mellizos en las especies del hombre y de los otros animales.
La divinidad suprema «Pacha Kamac», también, premió al Añas haciendo que este animalito pudiera
esconder a sus hijitos en su madriguera, de la misma manera como había protegido a los «Willcas» durante
su estadía sobre la Tierra. Premió al Puma, haciéndole el rey de las quebradas y de los bosques, al Cóndor,
como señor de las alturas, a la Víbora, haciendo que esta serpiente pudiera defenderse de sus enemigos
por medio de su ponzoña y fuera el símbolo de la fecundidad y de la riqueza.
Con el reinado de los «Willcas» transformados en los semidioses el Sol y la Luna, triunfó la Luz y fue
vencido para siempre el dios de la noche, el Wa-Kón, vengándose de esta manera la muerte de la diosa
«Pacha-Mama», llamada por antonomasia, «La Viuda»

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Algunas Crónicas de Indias

Diario de a bordo Cristóbal Colón. Libro de la primera navegación


"Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió,
y tanbién las mujeres, aunque no vide más de una harto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos,
que ninguno vide de edad de más de 30 años. Muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas
caras. Los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballos, y cortos. Los cabellos traen por encima de
las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. Ellos no traen armas ni las conocen,
porque les mostré espadas y las tomaban por el filo, y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro.
Sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pece, y otras de otras
cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi
algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos, y les hize señas que era aquello, y ellos me
mostraron como allí venían gente de otras islas que estaban cerca y los querían tomar y se defendían. Y yo
creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de
buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía. Y creo que ligeramente se harían
cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al
tiempo de mi partida seis a Vuestra Alteza para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera
vi, salvo papagayos en esta Isla."

Brevísima relación de la destruición de las indias. Fray Bartolomé de las Casas"


"Todas estas universas e infinitas gentes a todo género crió Dios los más simples, sin maldades ni
dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más
humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos, no querulosos, sin
rencores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo. Son asimismo las gentes más delicadas,
flacas y tiernas en complisión e que menos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente mueren de
cualquiera enfermedad, que ni hijos de príncipes e señores entre nosotros, criados en regalos e delicada
vida, no son más delicados que ellos, aunque sean de los que entre ellos son de linaje de labradores. Son
también gentes paupérrimas y que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales; e por esto no
soberbias, no ambiciosas, no codiciosas. Su comida es tal, que la de los sanctos padres en el desierto no
parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus vestidos, comúnmente, son en cueros,
cubiertas sus vergüenzas, e cuando mucho cúbrense con una manta de algodón, que será como vara y
media o dos varas de lienzo en cuadra. Sus camas son encima de una estera, e cuando mucho, duermen en
unas como redes colgadas, que en lengua de la isla Española llamaban hamacas"

Primera relación (Carta de Veracruz). Hernán Cortés


"Tienen sus mesquitas y adoratorios y sus andenes todo a la redonda muy ancho, y allí tienen sus ídolos
que adoran, dellos de piedra y dellos de barro y dellos de palo, a los cuales honran y serven en tanta
manera y con tantas ciromonias [sic] que en mucho papel no se podría hacer de todo ello a Vuestras Reales
Altezas entera y particular relación. Y estas casas y mesquitas donde los tienen son las mayores y mejores y
más bien obradas que en los pueblos hay, y tiénenlas muy ataviadas con plumajes y paños muy labrados
con toda manera de gentileza. Y todos los días antes que obra alguna comiencen queman en las dichas
mesquitas encienso, y algunas veces sacrifican sus mesmas personas cortándose unos las lenguas y otros
las orejas y otros acuchillándose el cuerpo con unas navajas. Y toda la sangre que del los corre la ofrecen a
aquellos ídolos, echándola por todas partes de aquellas mesquitas y otras veces echándola hacia el cielo y
haciendo otras muchas maneras de cerimonias, por manera que ninguna obra comienzan sin que primero
hagan allí sacrisficio. Y tienen otra cosa horrible y abominable y dina de ser punida loque hasta hoy [no se
ha] visto en ninguna parte, y es que todas las veces que alguna cosa quieren pedir a sus ídolos, para que
más aceptasen su petición toman muchas niñas y niños y aun hombres y mujeres de mayor edad, y en
11
presencia de aquellos ídolos los abren vivos por los pechos y les sacan el corazón y las entrañas y queman
las dichas entrañas y corazones delante de los idolos ofresciéndoles en sacrificio aquel humo."
EL PROBLEMA DEL OTRO

Quiero hablar del descubrimiento que el yo hace del otro. […] Uno puede descubrir a los otros en uno
mismo, darse cuenta de que no somos una sustancia homogénea y radicalmente extraña a todo lo que
no es uno mismo: yo es otro. Pero los otros también son yos: sujetos como yo, que sólo mi punto de
vista, para el cual todos están allí y sólo yo estoy aquí, separa y distingue verdaderamente de mí. Puedo
concebir a esos otros como una abstracción, como una instancia de la configuración psíquica de todo
individuo, como el Otro, el otro y otro en relación con el yo; o bien como un grupo social concreto al que
nosotros no pertenecemos. Ese grupo puede, a su vez, estar en el interior de la sociedad: las mujeres
para los hombres, los ricos para los pobres, los locos para los “normales”; o puede ser exterior a ella, es
decir, otra sociedad, que será, según los casos cercana o lejana: seres a los que todo acerca a nosotros
en el plano cultural, moral, histórico; o bien desconocidos, extranjeros cuya lengua y costumbres no
entiendo, tan extranjeros que, en el caso límite, dudo en reconocer nuestra pertenencia común a una
misma especie. Esta problemática del otro exterior y lejano es la que elijo […].
Fragmento de La Conquista de América, de Tzvetan Todorov (1982).

LA MIRADA EXTRAÑADA SOBRE EL OTRO


Esto que se sigue son palabras formales del Almirante, en su libro de su primera navegación y del
descubrimiento destas Indias: «Yo (dice él) porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era
gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra santa fe con amor que no por fuerza, les di a algunos
de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas
muchas de poco valor, con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla.
Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían
papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras
cosas que nos les dábamos, como cuentas de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y daban de
aquello que tenían de buena voluntad, mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan
todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más de una harto moza.
Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años. Muy bien
hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruesos casi como sedas de cola de
caballo, y cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos,
que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto y ellos son del color de los canarios, ni negros ni blancos,
y de ellos se pintan de blanco y de ellos de colorado y de ellos de lo que hallan. Y de ellos se pintan las
caras y de ellos todo el cuerpo, y de ellos solos los ojos y de ellos sólo el nariz. Ellos no traen armas ni
las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No
tienen algún fierro, sus azagayas son unas varas sin fierro y algunas de ellas tienen al cabo un diente de
pez y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos,
bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos y les hice señas sobre qué era
aquello, y ellos me mostraron cómo allí venía gente de otras islas que estaban cerca y los querían tomar
y se defendían. Y yo creí, creo, que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser
buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy pronto dicen todo lo que les decía. Y creo que
ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, para dar placer a
Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a vuestras altezas para que aprendan a
hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos en esta isla». Todas son palabras del
Almirante.

12
LA MIRADA EXPLORADORA SOBRE EL OTRO

Quiso Dios mostrarnos nueva tierra el 17 de agosto de 1501. Anclamos a media legua de la orilla,
descendimos en nuestros botes y fuimos a ver si la tierra estaba habitada por gentes y qué tal eran. La
encontramos habitada por gentes que eran peores que animales; sin embargo, Vuestra Majestad
entenderá que al principio no vimos gente, pero nos dimos cuenta de que estaba poblada por las
muchas señales que encontramos. Tomamos posesión de estas tierras en su nombre, serenísimo Rey, y
encontramos que la tierra era muy amena y verde y de buena apariencia; estaba cinco grados fuera de
la línea equinoccial hacia el austro. Por ese día volvimos a las naves; y porque teníamos gran necesidad
de agua y de leña acordamos retornar a tierra al día siguiente para proveernos de lo necesario; y
estando en tierra, vimos unas gentes en la cumbre de un monte que nos estaban mirando y no se
atrevían a descender. Estaban desnudas y eran del mismo color y apariencia que las otras que describí
en crónicas anteriores; y aunque estuvimos tratando de que vinieran a hablar con nosotros, jamás
pudimos atraerlos, porque no confiaban en nosotros; y vista su obstinación y que ya era tarde, volvimos
a las naves dejándoles en tierra, a su alcance, muchos cascabeles, espejos y otras cosas. Y cuando nos
alejamos en el mar, bajaron del monte y vinieron por las cosas que les habíamos dejado, las cuales los
admiraron mucho; y por ese día no nos proveímos sino de agua. A la mañana siguiente vimos desde las
naves que las gentes de tierra hacían muchas humaredas, y pensando que nos llamaban, fuimos a
tierra, donde encontramos que había venido gran multitud; y todavía estaban lejos de nosotros, y nos
hacían señas de que fuésemos con ellos tierra adentro. Dos cristianos del grupo fueron a pedirle al
capitán que les diese su licencia, pues deseaban arriesgarse a ir a tierra adentro con ellos para ver qué
gentes eran, y si tenían riquezas, especies, o cualquier otro bien material. Tanto suplicaron que el
capitán estuvo conforme; y se prepararon con muchos objetos de rescate, separándose de nosotros con
orden de que no tardasen más de cinco días en regresar, porque eso los esperaríamos; y tomaron su
camino por tierra, y nosotros hacia las naves a esperarlos. Casi todos los días venían gentes a la playa,
pero nunca nos quisieron hablar. El séptimo día fuimos a tierra y encontramos que habían traído con
ellos a sus mujeres, y así como saltamos a tierra, los hombres de la tierra mandaron a muchas de sus
mujeres a hablar con nosotros; y viendo que no tenían confianza, acordamos mandarles a uno de
nuestros hombres, que era un joven muy esforzado. Para no estorbar, nos fuimos hacia los botes y él se
fue hacia las mujeres. Cuando se llegó junto a ellas le hicieron un gran círculo alrededor, y tocándolo y
mirándolo, se maravillaban. Y estando en esto vimos venir una mujer del monte que llevaba un gran
palo en la mano; y cuando llegó donde estaba nuestro cristiano, se le acercó por detrás y, alzando el
garrote, le dio tan gran golpe que lo tendió muerto en tierra. En un instante las otras mujeres lo
cogieron por los pies, y lo arrastraron así hacia el monte; los hombres corrieron hacia la playa con sus
arcos y sus flechas a dispararnos, e infundieron tanto miedo a la gente nuestra que estaba en tierra que
ninguno atinaba a tomar las armas. Sin embargo, les disparamos cuatro tiros de arcabuz que no
acertaron, pero cuando escucharon los estampidos de nuestras armas todos huyeron hacia el monte,
donde ya estaban las mujeres despedazando al cristiano, y en un gran fuego que habían hecho, lo
estaban asando a nuestra vista, mostrándonos muchos pedazos y comiéndoselos. Los hombres nos
hacían señas con sus gestos, de cómo habían muerto a los otros dos cristianos y se los habían comido;
lo que nos pesó mucho, viendo con nuestros ojos la crueldad que tenían para con el muerto, cosa que
fue para todos una injuria intolerable; y teniendo el propósito, más de cuarenta de nosotros de saltar a
tierra y vengar muerte tan cruel y acto bestial e inhumano, el capitán mayor no quiso consentirlo, y se
quedaron ufanos de tanta afrenta. Nos alejamos de ellos de mala gana, y con mucha vergüenza a causa
de nuestro capitán.
Fragmento de Crónicas de Indias, cartas escritas por Américo Vespucio en sus viajes (1501).

13
LA MIRADA CONQUISTADORA SOBRE EL OTRO

La gente desta tierra que habita desde la isla de Cozumel y punta de Yucatán hasta donde nosotros
estamos es una gente de mediana estatura, de cuerpos y gestos bien proporcionada, excepto que en
cada provincia se diferencian ellos mismos los gestos, unos horadándose las orejas y poniéndose en
ellas muy grandes y feas cosas y otros horadándose las ternillas de las narices hasta la boca, y
poniéndose en ellas unas ruedas de piedra muy grandes, que parecen espejos, y otros se horadan los
besos de la parte de abajo hasta los dientes, y cuelgan dellos unas grandes ruedas de piedra o de oro,
tan pesadas, que les traen los besos caídos y parecen muy diformes, y los vestidos que traen es como de
almaizales muy pintados, y los hombres traen tapadas sus vergüenzas, y encima del cuerpo unas
mantas muy delgadas y pintadas a manera de alquizales moriscos, y las mujeres y de la gente común
traen unas mantas muy pintadas desde la cintura hasta los pies y otras que les cubren las tetas, y todo
lo demás traen descubierto; y las mujeres principales andan vestidas de unas muy delgadas camisas de
algodón muy grandes, labradas y hechas a manera de roquetes; […]. Y tienen otra cosa horrible y
abominable y digna de ser punida, que hasta hoy visto en ninguna parte, y es que todas las veces que
alguna cosa quieren pedir a sus ídolos, para que más aceptación tenga su petición, toman muchas
niñas y niños y aun hombres y mujeres de más mayor edad, y en presencia de aquellos ídolos los abren
vivos por los pechos y les sacan el corazón y las entrañas, y queman las dichas entrañas y corazones
delante de los ídolos, ofreciéndoles en sacrificio aquel humo.
Fragmento de Cartas de la conquista de México, de Hernán Cortés (1519)

LOS EUROPEOS TAMBIÉN ERAN “OTROS”

Los peligros
El que hizo al sol y a la luna avisó a los taínos que se cuidaran de los muertos.
Durante el día los muertos se escondían y comían guayaba, pero por las noches salían a pasear y
desafiaban a los vivos. Los muertos ofrecían combates y las muertas, amores. En la pelea, se esfumaban
cuando querían; y en lo mejor del amor quedaba el amante sin nada entre los brazos. Antes de aceptar
la lucha contra un hombre o de echarse junto a una mujer, era preciso rozarle el vientre con la mano,
porque los muertos no tienen ombligo.
El dueño del cielo también avisó a los taínos que mucho más se cuidaran de la gente vestida. El jefe
Cáicihu ayunó una semana y fue digno de su voz: Breve será el goce de la vida, anunció el invisible, el
que tiene madre pero no tiene principio: Los hombres vestidos llegarán, dominarán y matarán.

La telaraña
Bebeagua, sacerdote de los sioux, soñó que seres jamás vistos tejían una inmensa telaraña alrededor de
su pueblo. Despertó sabiendo que así sería, y dijo a los suyos: Cuando esa extraña raza termine su
telaraña, nos encerrarán en casas grises y cuadradas, sobre tierra estéril, y en esas casas moriremos de
hambre.

El profeta
Echado en la estera, boca arriba, el sacerdote-jaguar de Yucatán escuchó el mensaje de los dioses. Ellos
le hablaron a través del tejado, montados a horcajadas sobre su casa, en un idioma que nadie más
entendía. Chilam Balam, el que era boca de los dioses, recordó lo que todavía no había ocurrido: -
Dispersados serán por el mundo las mujeres que cantan y los hombres que cantan y todos los que
cantan... Nadie se librará, nadie se salvará... Mucha miseria habrá en los años del imperio de la codicia.
Los hombres, esclavos han de hacerse. Triste estará el rostro del sol... Se despoblará el mundo, se hará
pequeño y humillado... 14
Fragmento de Memorias del fuego I, de Eduardo Galeano (2012).
Brecha sobre la conquista
¿Cristóbal Colón descubrió América en 1492? ¿O antes que él la descubrieron los vikingos? ¿Y antes que los
vikingos? Los que allí vivían, ¿no existían?
Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de
Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?
¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a
los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos?
Nos han dicho, y nos siguen diciendo, que los peregrinos del Mayflower fueron a poblar América. ¿América
estaba vacía?
Como Colón no entendía lo que decían, creyó que no sabían hablar.
Como andaban desnudos, eran mansos y daban todo a cambio de nada, creyó que no eran gentes de
razón.
Y como estaba seguro de haber entrado al Oriente por la puerta de atrás, creyó que eran indios de la India.
Después, durante su segundo viaje, el almirante dictó un acta estableciendo que Cuba era parte del Asia.
El documento del 14 de junio de 1494 dejó constancia de que los tripulantes de sus tres naves lo
reconocían así; y a quien dijera lo contrario se le darían cien azotes, se le cobraría una pena de diez mil
maravedíes y se le cortaría la lengua.
El notario, Hernán Pérez de Luna, dio fe.
Y al pie firmaron los marinos que sabían firmar.
Los conquistadores exigían que América fuera lo que no era. No veían lo que veían, sino lo que querían ver:
la fuente de la juventud, la ciudad del oro, el reino de las esmeraldas, el país de la canela. Y retrataron a los
americanos tal como antes habían imaginado a los paganos de Oriente.
Cristóbal Colón vio en las costas de Cuba sirenas con caras de hombre y plumas de gallo, y supo que no
lejos de allí los hombres y las mujeres tenían rabos.
En la Guayana, según sir Walter Raleigh, había gente con los ojos en los hombros y la boca en el pecho.
En Venezuela, según fray Pedro Simón, había indios de orejas tan grandes que las arrastraban por los
suelos.
En el río Amazonas, según Cristóbal de Acuña, los nativos tenían los pies al revés, con los talones adelante y
los dedos atrás, y según Pedro Martín de Anglería las mujeres se mutilaban un seno para el mejor disparo
de sus flechas.
Anglería, que escribió la primera historia de América pero nunca estuvo allí, afirmó también que en el
Nuevo Mundo había gente con rabos, como había contado Colón, y sus rabos eran tan largos que sólo
podían sentarse en asientos con agujeros.
El Código Negro prohibía la tortura de los esclavos en las colonias francesas. Pero no era por torturar, sino
por educar, que los amos azotaban a sus negros y cuando huían les cortaban los tendones.
Eran conmovedoras las leyes de Indias, que protegían a los indios en las colonias españolas. Pero más
conmovedoras eran la picota y la horca clavadas en el centro de cada Plaza Mayor.
Muy convincente resultaba la lectura del Requerimiento, que en vísperas del asalto a cada aldea explicaba a
los indios que Dios había venido al mundo y que había dejado en su lugar a San Pedro y que San Pedro
tenía por sucesor al Santo Padre y que el Santo Padre había hecho merced a la reina de Castilla de toda
esta tierra y que por eso debían irse de aquí o pagar tributo en oro y que en caso de negativa o demora se
les haría la guerra y ellos serían convertidos en esclavos y también sus mujeres y sus hijos.
Pero este Requerimiento de obediencia se leía en el monte, en plena noche, en lengua castellana y sin
intérprete, en presencia del notario y de ningún indio, porque los indios dormían, a algunas leguas de
distancia, y no tenían la menor idea de lo que se les venía encima.

Hasta no hace mucho, el 12 de octubre era el Día de la Raza.


Pero, ¿acaso existe semejante cosa? ¿Qué es la raza, además de una mentira útil para exprimir y exterminar
al prójimo?
En el año 1942, cuando Estados Unidos entró en la guerra mundial, la Cruz Roja de ese país decidió que la
sangre negra no sería admitida en sus bancos de plasma. Así se evitaba que la mezcla de razas, prohibida
en la cama, se hiciera por inyección. 15
¿Alguien ha visto, alguna vez, sangre negra?
Después, el Día de la Raza pasó a ser el Día del Encuentro.
¿Son encuentros las invasiones coloniales? ¿Las de ayer, y las de hoy, encuentros? ¿No habría que llamarlas,
más bien, violaciones?
Quizás el episodio más revelador de la historia de América ocurrió en el año 1563, en Chile. El fortín de
Arauco estaba sitiado por los indios, sin agua ni comida, pero el capitán Lorenzo Bernal se negó a rendirse.
Desde la empalizada, gritó
¡Nosotros seremos cada vez más!
¿Con qué mujeres? –preguntó el jefe indio.
Con las vuestras. Nosotros les haremos hijos que serán vuestros amos.
Los invasores llamaron caníbales a los antiguos americanos, pero más caníbal era el Cerro Rico de Potosí,
cuyas bocas comían carne de indios para alimentar el desarrollo capitalista de Europa.
Y los llamaron idólatras, porque creían que la naturaleza es sagrada y que somos hermanos de todo lo que
tiene piernas, patas, alas o raíces.

Y los llamaron salvajes. En eso, al menos, no se equivocaron. Tan brutos eran los indios que ignoraban que
debían exigir visa, certificado de buena conducta y permiso de trabajo a Colón, Cabral, Cortés, Alvarado,
Pizarro y los peregrinos del Mayflower.

Eduardo Galeano

16
Barroco Literario
Latinoamericano

Sor Juana Inés de la Cruz (México 1651-1695)

Religiosa e intelectual más destacada de la época. Su poesía se convirtió en


un ejemplo de los condicionamientos que sufrían los intelectuales por el
poder de la corte y además en una denuncia de la posición de inferioridad
de la mujer con respecto al nombre, en la decisiones personales y políticas.
Si bien, Sor Juana pertenece al clero, su lugar se encuentra limitado por su
condición de mujer, sin acceso libre al conocimiento. En 1960 escribe la
Carta Atenagórica en el Convento de Santa Paula de la Orden de San
Jerónimo (México), para expresar sus sentimientos y para criticar el sermón
del sacerdote Antonio Vieyra.
El Obispo de Puebla, por su parte, bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz escribe una carta donde la
amonesta por sus dichos. Ella, en su miedo al Santo Tribunal de la Inquisición, le contesta con su texto,
“Respuesta a Sor Filotea dela Cruz”, donde denuncia además la falta de libertad intelectual. Que alguien
de género femenino se interesara por el saber era revolucionario en la época, Sor Juana comprendió
siempre que el conocimiento era liberador y se anticipó a los tiempos.

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?


¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,


y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.

Yo no estimo hermosura que vencida


es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor en mis verdades


consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

17
Redondillas - Sor Juana Inés de la cruz

Hombres necios que acusáis Con el favor y el desdén ¿Cuál mayor culpa ha tenido
a la mujer sin razón tenéis condición igual, en una pasión errada:
sin ver que sois la ocasión quejándoos, si os tratan mal, la que cae de rogada,
de lo mismo que culpáis: burlándoos, si os quieren bien. o el que ruega de caído?

si con ansia sin igual Opinión, ninguna gana; ¿O cuál es más de culpar,
solicitáis su desdén pues la que más se recata, aunque cualquiera mal haga:
¿por qué queréis que obren bien si no os admite, es ingrata, la que peca por la paga,
si las incitáis al mal? y si os admite, es liviana. o el que paga por pecar?

Combatís su resistencia Siempre tan necios andáis Pues ¿para qué os espantáis
y luego, con gravedad, que, con desigual nivel, de la culpa que tenéis?
decís que fue liviandad a una culpáis por crüel Queredlas cual las hacéis
lo que hizo la diligencia. y otra por fácil culpáis. o hacedlas cual las buscáis.

Parecer quiere el denuedo ¿Pues cómo ha de estar templada Dejad de solicitar,


de vuestro parecer loco la que vuestro amor pretende y después, con más razón,
al niño que pone el coco si la que es ingrata, ofende, acusaréis la afición
y luego le tiene miedo. y la que es fácil, enfada? de la que os fuere a rogar.

Queréis, con presunción necia, Mas, entre el enfado y pena Bien con muchas armas fundo
hallar a la que buscáis, que vuestro gusto refiere, que lidia vuestra arrogancia,
para pretendida, Thais, bien haya la que no os quiere pues en promesa e instancia
y en la posesión, Lucrecia. y quejáos en hora buena. juntáis diablo, carne y mundo.

¿Qué humor puede ser más raro Dan vuestras amantes penas
que el que, falto de consejo, a sus libertades alas,
él mismo empaña el espejo y después de hacerlas malas
y siente que no esté claro? las queréis hallar muy buenas.

Tu me quieres blanca

Tú me quieres alba, Tú que en el banquete Huye hacia los bosques, Habla con los pájaros
me quieres de espumas, cubierto de pámpanos vete a la montaña; y lévate al alba.
me quieres de nácar. dejaste las carnes límpiate la boca; Y cuando las carnes
Que sea azucena festejando a Baco. vive en las cabañas; te sean tornadas,
Sobre todas, casta. Tú que en los jardines toca con las manos y cuando hayas puesto
De perfume tenue. negros del Engaño la tierra mojada; en ellas el alma
Corola cerrada . vestido de rojo alimenta el cuerpo que por las alcobas
corriste al Estrago. con raíz amarga; se quedó enredada,
Ni un rayo de luna bebe de las rocas; entonces, buen hombre,
filtrado me haya. Tú que el esqueleto duerme sobre escarcha; preténdeme blanca,
Ni una margarita conservas intacto renueva tejidos preténdeme nívea,
se diga mi hermana. no sé todavía con salitre y agua: preténdeme casta.
Tú me quieres nívea, por cuáles milagros,
tú me quieres blanca, me pretendes blanca Alfonsina Storni
tú me quieres alba. (Dios te lo perdone),
me pretendes casta
Tú que hubiste todas (Dios te lo perdone),
las copas a mano,
de frutos y mieles
¡me pretendes alba!
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los labios morados.
Y Dios me hizo mujer

Y Dios me hizo mujer, nacieron así las ideas,


de pelo largo, los sueños,
ojos, el instinto.
nariz y boca de mujer. Todo lo que creó suavemente
Con curvas a martillazos de soplidos
y pliegues y taladrazos de amor,
y suaves hondonadas las mil y una cosas que me hacen mujer
y me cavó por dentro, todos los días
me hizo un taller de seres humanos. por las que me levanto orgullosa
Tejió delicadamente mis nervios todas las mañanas
y balanceó con cuidado y bendigo mi sexo.
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre Gioconda Belli
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;

Si me quieres, quiéreme entera Fortuna


Si me quieres, quiéreme entera, Por años, disfrutar del error o legal lapidación.
no por zonas de luz o sombra... y de su enmienda, No desfilar ya nunca
si me quieres, quiéreme negra haber podido hablar, caminar libre, y no admitir palabras
y blanca. Y gris, y verde, y rubia, no existir mutilada, que pongan en la sangre
no entrar o sí en iglesias, limaduras de hierro.
quiéreme día, leer, oír la música querida, Descubrir por ti misma
quiéreme noche... ser en la noche un ser como en el día. otro ser no previsto
No ser casada en un negocio, en el puente de la mirada.
¡Y madrugada en la ventana abierta! medida en cabras, Ser humano y mujer,
Si me quieres, no me recortes: sufrir gobierno de parientes ni más ni menos.
¡quiéreme toda... o no me quieras!
Ida Vitale
Dulce María Loynaz

Sobrevivientes

Somos locas rebeldes, Locas de mil edades Locas solas,


locas de estar vivas, llenas de rabia y gritos, tristes,
locas maravillosas, buscadoras de verdades, plenas.
estrafalarias, floridas. locas fuertes, Mujeres locas, intensas,
poderosas, locas mujeres ciertas.
Ovejas negras locas tiernas,
descarriadas sin remedio, vulnerables. Rosa María Roffiel
vergüenza de la familia,
piezas de seda fina, Cada día una batalla,
amazonas del asfalto, una norma que rompemos,
guerrilleras de la vida. un milagro que creamos,
para poder seguir siendo.

19
Romanticismo
María. Jorge Isaacs
Fragmento 1

Al levantarnos de la mesa, se acercó a mí para decirme:


-Tu madre y yo tenemos que hablar algo contigo; ven luego a mi cuarto. (...)
-Hay algo en tu conducta que es preciso decirte no está bien: tú no tienes más que veinte años, y a esa
edad un amor fomentado inconsideradamente podría hacer ilusorias todas las esperanzas de que acabo
de hablarte. Tú amas a María, y hace muchos días que lo sé, como es natural. María es casi mi hija, y yo
no tendría nada que observar, si tu edad y posición nos permitieran pensar en un matrimonio; pero no lo
permiten, y María es muy joven. No son únicamente éstos los obstáculos que se presentan; hay uno
quizá insuperable, y es de mi deber hablarte de él. María puede arrastrarte y arrastrarnos contigo a una
desgracia lamentable de que está amenazada. El doctor Mayn se atreve casi a asegurar que ella morirá
joven del mismo mal a que sucumbió su madre: lo que sufrió ayer es un síncope epiléptico, que tomando
incremento en cada acceso, terminará por una epilepsia del peor carácter conocido: eso dice el doctor.
Responde tú ahora, meditando mucho lo que vas a decir, a una sola pregunta; responde como hombre
racional y caballero que eres; y que no sea lo que contestes dictado por una exaltación extraña a tu
carácter, tratándose de tu porvenir y el de los tuyos. Sabes la opinión del médico, opinión que merece
respeto por ser Mayn quien la da; te es conocida la suerte de la esposa de Salomón: ¿si nosotros
consintiéramos en ello, te casarías hoy con María?
-Sí, señor -le respondí.
-¿Lo arrostrarías todo?
-¡Todo, todo!

Fragmento 2

María continuaba siendo para conmigo solamente lo que había sido hasta entonces: aquel casto misterio
que había velado nuestro amor, lo velaba aún. Apenas nos tomábamos la libertad de pasear algunas
veces solos en el jardín y en el huerto. Olvidados entonces de mi viaje, retozaba ella a mi alrededor,
recogiendo flores que ponía en su delantal para venir después a mostrármelas, dejándome escoger las
más bellas para mi cuarto, y disputándome algunas que fingía querer reservar para el oratorio.
Ayudábale yo a regar sus eras predilectas, para lo cual se recogía las mangas dejando ver sus brazos,
sin advertir que tan hermosos me parecían.
(...)
Pero si la más leve circunstancia nos hacía pensar en el viaje temido, su brazo no se desenlazaba del
mío, y deteniéndose en ciertos sitios, me buscaban sus miradas húmedas, después de espiar en ellos
algo invisible para mí.
Una tarde, ¡hermosa tarde que vivirá siempre en mi memoria! la luz de los arreboles moribundos del
ocaso se confundía bajo un cielo color de lila con los rayos de la luna naciente, blanqueados como los
de una lámpara al cruzar un globo de alabastro. Los vientos bajaban retozando de las montañas a las
llanuras: las aves buscaban presurosas sus nidos en los follajes de los sotos. Los bucles de la cabellera
de María, que recorría lentamente el jardín asida de mi brazo con entrambas manos, me habían
acariciado la frente más de una vez; ella había intentado reclinar la sien sobre mi hombro; nada nos
decíamos... De repente se detuvo en el extremo de una calle de rosales; miró por algunos instantes
hacia la ventana de mi cuarto, y volvió a mí los ojos para decirme:
-Aquí fue; así estaba yo vestida; ¿lo recuerdas?
-¡Siempre, María, siempre!... -le respondí cubriéndole las manos de besos.
-Mira: aquella noche me desperté temblando, porque soñé que hacías eso que haces ahora... ¿Ves este
rosal recién sembrado? Si me olvidas, no florecerá; pero si sigues siendo como eres, dará las más lindas
rosas, y se las tengo prometidas a la Virgen con tal que me haga conocer por él si eres bueno siempre.
Sonreí enternecido por tanta inocencia.
20
Fragmento 3

“«—Vente, —me decía, ven pronto, o me moriré sin decirte adiós. al fin me consienten que te confiese la
verdad: hace un año que me mata hora por hora esta enfermedad de que la dicha me curó por unos
días. sino hubieran interrumpido esa felicidad, yo habría vivido para tí. «Si vienes... sí vendrás, porque yo
tendré fuerzas para resistir hasta que te vea; si vienes hallarás solamente una sombra de tu María; pero
esa sombra necesita abrazarte antes de desaparecer. si no te espero, si una fuerza más poderosa que
mi voluntad me arrastra sin que tú me animes, sin que cierres mis ojos, a Emma le dejaré para que te lo
guarde, todo lo que yo sé se te será amable: las trenzas de mis cabellos, el guardapelo donde están los
tuyos y los de mi madre, la sortija que pusiste en mi mano en vísperas de irte, y todas tus cartas. «Pero
¿a qué afligirte diciéndote todo esto? Si vienes, yo me alentaré; si vuelvo a oír tu voz, si tus ojos me
dicen un solo instante lo que ellos solos sabían decirme, yo viviré y volveré a ser como antes era. yo no
quiero morirme; yo no puedo morirme y dejarte solo para siempre».”

Amalia. José Mármol


En aquel momento Amalia estaba excesivamente pálida, efecto de las impresiones ines­peradas que
estaba recibiendo; y los rizos de su cabello castaño claro, echados atrás de la oreja pocos momentos
antes, no estorbaron a Eduardo descubrir en una mujer de veinte años una fisonomía encantadora, una
frente majestuosa y bella, unos ojos pardos llenos de expresión y sentimiento y una figura hermosa,
cuyo traje negro parecía escogido para hacer resaltar la reluciente blancura del seno y de los hombros,
si su tela no revelase que era un vestido de duelo.

Hay una cosa más bella y amorosa todavía. Hay un contraste más vivo y más latente; una mistificación
de la fortuna o de la desgracia; o mas bien, una bellísima ironía de cuanto está sucediendo en esos
momentos: Amalia.

Amalia mintiendo felicidad, sin creerla ella misma.


Amalia bella como nunca.
Apasionada como el alma del poeta. Tierna como la tórtola en su nido. Derramando una lágrima del
corazón sobre su propia felicidad, y feliz con su llanto. Misterio de Dios y del destino. Presa disputada
por la desgracia y por la dicha, por la vida y la muerte.
Entremos.
El salón de la encantada quinta ha recobrado su elegancia y su brillo. La luz del sol, bañando,
amortiguada por las celosías y cortinas, el lujo de los tapices y los muebles; las nubes de ámbar que
exhalaban las rosas y violetas entre canastas de filigrana, jacintos y alelíes entre pequeñas copas de
porcelana dorada, y el silencio interrumpido apenas por el murmullo cercano del viento entre los
árboles, todo hacía el salón de Amalia una mansión, al parecer destinada a las citas del amor, de la
poesía y la elegancia.
Allí no estaba la diosa de aquella gruta. Con su cabello destrenzado pero rodeando en desorden su
espléndida cabeza, vestida con un batón de merino azul oscuro con guarniciones de terciopelo negro,
sujeto a su cintura por un cordón de seda, que hacía traición al seno de alabastro, y al pequeño pie,
oculto entre unas chinelas colchadas de raso negro, la joven estaba en su tocador, con su pequeña
Luisa. Y estaba allí entre un mundo de encajes, de riquísimas telas y de trajes extendidos, unos sobre
los sofás, otros sobra las sillas, y otros colgados en los espejos de los roperos.
Bella siempre, bella de todos modos, su fisonomía estaba más animada que de costumbre. El cabello de
sus sienes levantado, la naturaleza parecía hacer alarde de las perfecciones de aquella cabeza, de
quien la imaginación no halla modelo sino en las imágenes bíblicas. Sus ojos, que parecían siempre
alumbrados por una luz celestial, que se escurría por la sombra aterciopelada de sus pestañas, como
el primer rayo del alba por las sombras que aún bordan el oriente, participaban también de la animación
de su rostro.
21
Todo era extraño en ella.
En el momento en que nos acercamos estaba parada delante a uno de sus guardarropas, en cuya
puerta de espejo había colgado un magnífico vestido de blondas, con lazos de ancha cinta, blanca
también, a la cintura y a las mangas.
Lo miraba. Tomaba la halda con sus dedos de rosa, y la alzaba un poco, como examinando mejor
aquella nube, aquel vapor de un precio y de un gusto inestimables; mientras que la niña seguía todos
sus movimientos tocando y examinando también cuanto miraba y tocaba su señora.

Amor Secreto - Manuel Payno


Mucho tiempo hacía que Alfredo no me visitaba, hasta que el día menos pensado se presentó en mi
cuarto. Su palidez, su largo cabello que caía en desorden sobre sus carrillos hundidos, sus ojos lánguidos
y tristes y, por último, los marcados síntomas que le advertía de una grave enfermedad me alarmaron
sobremanera, tanto, que no pude evitar el preguntarle la causa del mal, o mejor dicho, el mal que
padecía.
—Es una tontería, un capricho, una quimera lo que me ha puesto en este estado; en una palabra, es un
amor secreto.
—¿Es posible?
—Es una historia —prosiguió— insignificante para el común de la gente; pero quizá tú la comprenderás;
historia, te repito, de esas que dejan huellas tan profundas en la existencia del hombre, que ni el tiempo
tiene poder para borrar.

El tono sentimental, a la vez que solemne y lúgubre de Alfredo, me conmovió al extremo; así es que le
rogué me contase esa historia de su amor secreto, y él continuó:
—¿Conociste a Carolina?
—¡Carolina! … ¿Aquella jovencita de rostro expresivo y tierno, de delgada cintura, pie breve?
—La misma.
—Pues en verdad la conocí y me interesó sobremanera… pero…
—A esa joven —prosiguió Alfredo— la amé con el amor tierno y sublime con que se ama a una madre, a
un ángel; pero parece que la fatalidad se interpuso en mi camino y no permitió que nunca le revelara esta
pasión ardiente, pura y santa, que habría hecho su felicidad y la mía.

La primera noche que la vi fue en un baile; ligera, aérea y fantástica como las sílfides), con su hermoso y
blanco rostro lleno de alegría y de entusiasmo. La amé en el mismo momento, y procuré abrirme paso
entre la multitud para llegar cerca de esa mujer celestial, cuya existencia me pareció desde aquel
momento que no pertenecía al mundo, sino a una región superior; me acerqué temblando, con la
respiración trabajosa, la frente bañada de un sudor frío… ¡Ah!, el amor, el amor verdadero es una
enfermedad bien cruel. Decía, pues, que me acerqué y procuré articular algunas palabras, y yo no sé lo
que dije; pero el caso es que ella con una afabilidad indefinible me invitó que me sentase a su lado; lo
hice, y abriendo sus pequeños labios pronunció algunas palabras indiferentes sobre el calor, el viento,
etcétera; pero a mí me pareció su voz musical, y esas palabras insignificantes sonaron de una manera tan
mágica a mis oídos que aún las escucho en este momento. Si esa mujer en aquel acto me hubiera dicho:
Yo te amo, Alfredo; si hubiera tomado mi mano helada entre sus pequeños dedos de alabastro y me la
hubiera estrechado; si me hubiera sido permitido depositar un beso en su blanca frente… ¡Oh!, habría
llorado de gratitud, me habría vuelto loco, me habría muerto tal vez de placer.
A poco momento un elegante invitó a bailar a Carolina. El cruel, arrebató de mi lado a mi querida, a mi
tesoro, a mi ángel. El resto de la noche Carolina bailó, platicó con sus amigas, sonrió con los libertinos
pisaverdes; y para mí, que la adoraba, no tuvo ya ni una sonrisa, ni una mirada ni una palabra. Me retiré
cabizbajo, celoso, maldiciendo el baile. Cuando llegué a mi casa me arrojé en mi lecho y me puse a llorar
de rabia. 22
A la mañana siguiente, lo primero que hice fue indagar dónde vivía Carolina; pero mis pesquisas por
algún tiempo fueron inútiles. Una noche la vi en el teatro, hermosa y engalanada como siempre, con su
sonrisa de ángel en los labios, con sus ojos negros y brillantes de alegría. Carolina se rio unas veces con
las gracias de los actores, y se enterneció otras con las escenas patéticas; en los entreactos paseaba su
vista por todo el patio y palcos, examinaba las casacas de moda, las relumbrantes cadenas y fistoles de
los elegantes, saludaba graciosamente con su abanico a sus conocidas, sonreía, platicaba… y para mí
nada… ni una sola vez dirigió la vista por donde estaba mi luneta, a pesar de que mis ojos ardientes y
empapados en lágrimas seguían sus más insignificantes movimientos. También esa noche fue de
insomnio, de delirio; noche de esas en que el lecho quema, en que la fiebre hace latir fuertemente las
arterias, en que una imagen fantástica está fija e inmóvil en la orilla de nuestro lecho.

Era menester tomar una resolución. En efecto, supe por fin dónde vivía Carolina, quiénes componían su
familia y el género de vida que tenía. ¿Pero cómo penetrar hasta esas casas opulentas de los ricos? ¿Cómo
insinuarme en el corazón de una joven del alto tono, que dedicaba la mitad de su tiempo a descansar en
las mullidas otomanas (de Turquía) de seda, y la otra mitad en adornarse y concurrir en su espléndida
carroza a los paseos y a los teatros? ¡Ah!, si las mujeres ricas y orgullosas conociesen cuánto vale ese
amor ardiente y puro que se enciende en nuestros corazones; si miraran el interior de nuestra
organización, toda ocupada, por decirlo así, en amar; si reflexionaran que para nosotros, pobres hombres
a quienes la fortuna no prodigó riquezas, pero que la naturaleza nos dio un corazón franco y leal, las
mujeres son un tesoro inestimable y las guardamos con el delicado esmero que ellas conservan en un
vaso de nácar las azucenas blancas y aromáticas, sin duda nos amarían mucho; pero… las mujeres no son
capaces de amar el alma jamás. Su carácter frívolo las inclina a prenderse más de un chaleco que de un
honrado corazón; de una cadena de oro o de una corbata, que de un cerebro bien organizado.

He aquí mi tormento. Seguir lánguido, triste y cabizbajo, devorado con mi pasión oculta, a una mujer que
corría loca y descuidada entre el mágico y continuado festín, de que goza la clase opulenta de México.
Carolina iba a los teatros, allí la seguía yo; Carolina en su brillante carrera daba vueltas por las frondosas
calles de árboles de la Alameda, también me hallaba yo sentado en el rincón oscuro de una banca. En
todas partes estaba ella rebosando alegría y dicha, y yo, mustio, con el alma llena de acíbar y el corazón
destilando sangre.
Me resolví a escribirle. Di al lacayo una carta, y en la noche me fui al teatro lleno de esperanzas.
Esa noche acaso me miraría Carolina, acaso fijaría su atención en mi rostro pálido y me tendría lástima…
era mucho esto: tras de la lástima vendría el amor y entonces sería yo el más feliz de los hombres. ¡Vana
esperanza! En toda la noche no logré que Carolina fijase su atención en mi persona. Al cabo de ocho días
me desengañé que el lacayo no le había entregado mi carta. Redoblé mis instancias y conseguí por fin que
una amiga suya pusiese en sus manos un billete, escrito con todo el sentimentalismo y el candor de un
hombre que ama de veras; pero, ¡Dios mío!, Carolina recibía diariamente tantos billetes iguales;
escuchaba tantas declaraciones de amor; la prodigaban desde sus padres hasta los criados tantas
lisonjas, que no se dignó abrir mi carta y la devolvió sin preguntar aun por curiosidad quién se la escribía.

¿Has experimentado alguna vez el tormento atroz que se siente, cuando nos desprecia una mujer a quien
amamos con toda la fuerza de nuestra alma? ¿Comprendes el martirio horrible de correr día y noche loco,
delirante de amor tras de una mujer que ríe, que no siente, que no ama, que ni aun conoce al que la
adora?

Cinco meses duraron estas penas, y yo constante, resignado, no cesaba de seguir sus pasos y observar
sus acciones. El contraste era siempre el mismo: ella loca, llena de contento, reía y miraba al drama que
se llama mundo al través de un prisma (punto de vista, perspectiva) de ilusiones; y yo triste, desesperado
con un amor secreto que nadie podía comprender, miraba a toda la gente tras la media luz de un velo
infernal.
Pasaban ante mi vista mil mujeres; las unas de rostro pálido e interesante, las otras llenas de robustez y
brotándoles el nácar por sus redondas mejillas. 23
Veía unas de cuerpo flexible, cintura breve y pie pequeño; otras robustas de formas atléticas; aquellas de
semblante tétrico y romántico; las otras con una cara de risa y alegría clásica; y ninguna, ninguna de estas
flores que se deslizaban ante mis ojos, cuyo aroma percibía, cuya belleza palpaba, hacía latir mi corazón, ni
brotar en mi mente una sola idea de felicidad. Todas me eran absolutamente indiferentes; sólo amaba a
Carolina, y Carolina… ¡Ah!, el corazón de las mujeres se enternece, como dice Antony, cuando ven un
mendigo o un herido; pero son insensibles cuando un hombre les dice: ‘Te amo, te adoro, y tu amor es tan
necesario a mi existencia como el sol a las flores, como el viento a las aves, como el agua a los peces.’ ¡Qué
locura! Carolina ignoraba mi amor, como te he repetido, y esto era peor para mí que si me hubiese
aborrecido.
La última noche que la vi fue en un baile de máscaras. Su disfraz consistía en un dominó de raso negro;
pero el instinto del amor me hizo adivinar que era ella. La seguí en el salón del teatro, en los palcos, en la
cantina, en todas partes donde la diversión la conducía. El ángel puro de mi amor, la casta virgen con quien
había soñado una existencia entera de ventura doméstica, verla entre el bullicio de un carnaval, sedienta de
baile, llena de entusiasmo, embriagada con las lisonjas y los amores que le decían. ¡Oh!, si yo tuviera
derechos sobre su corazón, la hubiera llamado, y con una voz dulce y persuasiva le hubiera dicho: ‘Carolina
mía, corres por una senda de perdición; los hombres sensatos nunca escogen para esposas a las
mujeres que se encuentran en medio de las escenas de prostitución y voluptuosidad; sepárate por piedad
de esta reunión cuyo aliento empaña tu hermosura, cuyos placeres marchitan la blanca flor de tu inocencia;
ámame sólo a mí, Carolina, y encontrarás un corazón sincero, donde vacíes cuantos sentimientos tengas en
el tuyo: ámame, porque yo no te perderé ni te dejaré morir entre el llanto y los tormentos de una pasión
desgraciada.’ Mil cosas más le hubiera dicho; pero Carolina no quiso escucharme; huía de mí y risueña daba
el brazo a los que le prodigaban esas palabras vanas y engañadoras que la sociedad llama galantería.
¡Pobre Carolina! La amaba tanto, que hubiera querido tener el poder de un dios para arrebatarla del
peligroso camino en que se hallaba.
Observé que un petimetre de estos almibarados, insustanciales, destituidos de moral y de talento, que por
una de tantas anomalías aprecia y puede decirse venera la sociedad, platicaba con gran interés con
Carolina. En la primera oportunidad lo saqué fuera de la sala, lo insulté, lo desafié, y me hubiera batido a
muerte; pero él, riendo me dijo: ‘¿Qué derechos tiene usted sobre esta mujer?’ Reflexioné un momento, y
con voz ahogada por el dolor, le respondí: ‘Ningunos.’ ‘Pues bien —prosiguió riéndose mi antagonista—, yo
sí los tengo y los va usted a ver.’ El infame sacó de su bolsa una liga, un rizo de pelo, un retrato, unas cartas
en que Carolina le llamaba su tesoro, su único dueño. ‘Ya ve usted, pobre hombre —me dijo alejándose—,
Carolina me ama, y con todo la voy a dejar esta noche misma, porque colecciones amorosas iguales a las
que ha visto usted y que tengo en mi cómoda, reclaman mi atención; son mujeres inocentes y sencillas, y
Carolina ha mudado ya ocho amantes.’
Sentí al escuchar estas palabras que el alma abandonaba mi cuerpo, que mi corazón se estrechaba, que el
llanto me oprimía la garganta. Caí en una silla desmayado, y a poco no vi a mi lado más que un amigo que
procuraba humedecer mis labios con un poco de vino.
A los tres días supe que Carolina estaba atacada de una violenta fiebre y que los médicos desesperaban de
su vida. Entonces no hubo consideraciones que me detuvieran; me introduje en su casa decidido a
declararle mi amor, a hacerle saber que si había pasado su existencia juvenil entre frívolos y pasajeros
placeres, que si su corazón moría con el desconsuelo y vacío horrible de no haber hallado un hombre que la
amase de veras, yo estaba allí para asegurarle que lloraría sobre su tumba, que el santo amor que le había
tenido lo conservaría vivo en mi corazón. ¡Oh!, estas promesas habrían tranquilizado a la pobre niña, que
moría en la aurora de su vida, y habría pensado en Dios y muerto con la paz de una santa.
Pero era un delirio hablar de amor a una mujer en los últimos instantes de su vida, cuando los sacerdotes
rezaban los salmos en su cabecera; cuando la familia, llorosa, alumbraba con velas de cera benditas, las
facciones marchitas y pálidas de Carolina. ¡Oh!, yo estaba loco; agonizaba también, tenía fiebre en el alma.
¡Imbéciles y locos que somos los hombres!”
—Y ¿qué sucedió al fin?
—Al fin murió Carolina —me contestó—, y yo constante la seguí a la tumba, como la había seguido a los
teatros y a las máscaras. Al cubrir la fría tierra los últimos restos de una criatura poco antes tan hermosa,
tan alegre y tan contenta, desaparecieron también mis más risueñas esperanzas, las solas ilusiones de mi
vida. Alfredo salió de mi cuarto, sin despedida.
24
NATURALISMO - HORACIO QUIROGA
A la deriva

El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el


pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú
que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque. El hombre echó
una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban
dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la
amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral;
pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y
durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos
puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente
se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o
tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la
pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed
quemante, le arrancó un nuevo juramento. Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda
de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero.
La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en
un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto
alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no
sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre
la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz
sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de
palo. Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la
popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones
del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos
dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una
mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El
hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con
grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a
Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban
disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar.
Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el
25
silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la
corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan
fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque,
negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río
arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en
él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad
única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío.
Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas,
la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno comenzaba a irse, no
había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del
rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú. El bienestar
avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el
vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú- Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister
Dougald, y al recibidor del obraje. ¿Llegaría pronto?
El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la
costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en
penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio
hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el
borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en
el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos
años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración
también... Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto
Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.

La gallina degollada
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los
cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la
lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza
con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por
un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco
metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los
ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los
idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención
al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin
estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad
ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otras veces, alineados en el banco,
zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su
inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre
estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con
las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años, y
el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado
maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de
casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un
porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada
26
consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es
peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron
cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el
vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a
sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las
causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados
recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había
quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le
permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay
allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar
bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que
pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo
más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y
limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del
primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda
desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él,
veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían
más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez
para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso
de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran
compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus
almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse.
Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos.
Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando
veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba,
radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada
más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años
desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera
aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en
razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte
que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro
bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es
patrimonio específico de los corazones inferiores. Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y
como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener
más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!...
¡No faltaba más!... —murmuró. 27
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se
unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a
flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella
toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si
aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo
de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con
el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo
para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera.
Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se
siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona.
Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a
sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos
sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba
de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados
frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa
noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo
algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . . ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre
como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo
hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién
tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron
cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la
una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los
matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto
más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala
noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró
desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta
que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba
en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen
modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. 28
Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la
operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad
reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los
raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las
quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su
hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el
cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas
paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería
trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió
entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual
triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente
dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus
manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada
de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los
ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus
rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco.
La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado,
seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron
miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero
sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si
fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había
desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y
mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible
presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso
un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y
respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso,
conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a
lo largo de él con un ronco suspiro.

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Realismo - Juan Rulfo
Nos han dado la tierra

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una
semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría
después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura
rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que
ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la
gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se
asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:
—Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro.
Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: “Somos
cuatro.” Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido
desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros. Faustino dice:
—Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y
pensamos: “Puede que sí.”
No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con
el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se
calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el
resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un
salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay
ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa.
El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota
caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí
se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá
se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el
llano, lo que se llama llover.
No, el Llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches
trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina.
Ahora no traemos ni siquiera la carabina.
Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar
armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con “la 30” amarrada a las correas. Pero los caballos
son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros
estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos
aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.
Vuelvo hacia todos lados y miro el Llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no
encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus
agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero
nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros
nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.

30
Nos dijeron:
—Del pueblo para acá es de ustedes.
Nosotros preguntamos:
—¿El Llano?
—Sí, el Llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir que el Llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del
río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No
este duro pellejo de vaca que se llama Llano.
Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles
en la mano y nos dijo:
—No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
—Es que el Llano, señor delegado...
—Son miles y miles de yuntas.
—Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
—¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el
maíz como si lo estiraran.
—Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como
cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así
es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.
—Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que
les da la tierra.
—Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano...
No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho... Espérenos usted para explicarle. Mire,
vamos a comenzar por donde íbamos...
Pero él no nos quiso oír.
Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si
algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba,
volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se
mueve y por donde uno camina como reculando. Melitón dice:
—Esta es la tierra que nos han dado.
Faustino dice:
—¿Qué? Yo no digo nada. Yo pienso: “Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace
hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que
dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los
remolinos.”
Melitón vuelve a decir:
—Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.
—¿Cuáles yeguas? —le pregunta Esteban.
Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega
al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como
una gallina. Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el
pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:
—Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?
—Es la mía— dice él.
—No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?
—No la merque, es la gallina de mi corral.
—Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?
—No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje.
Siempre que salgo lejos cargo con ella.
—Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.
Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:
—Estamos llegando al derrumbadero.
Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero
31
adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no, golpearle la
cabeza contra las piedras
. Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que
bajará por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la
dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a
tierra.
Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso
también es lo que nos gusta. Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento
que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos. Esteban ha vuelto a abrazar su
gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su
gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.
—¡Por aquí arriendo yo! —nos dice Esteban.
Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.
La tierra que nos han dado está allá arriba.

No oyes ladrar los perros

—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves
alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo,
trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla
del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.

La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.


—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas
las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba
detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros.
Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo
de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde
entonces.
— ¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le
agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como
espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera
una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
— ¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: «Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me
reponga un poco.» Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía.
Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y
oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba. 32
El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca.
Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien. Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
—Éste no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y
Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme que ves, tú
que vas allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí.
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré
con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes
sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió
los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo
hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para
llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a
usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy
seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se
vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He
maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: «¡Que se le
pudra en los riñones la sangre que yo le di!» Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los
caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que
lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde
entonces dije: «Ése no puede ser mi hijo.»
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el
pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie
me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu
madre te daba agua, porqué ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso.
Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que
descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más
que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas
alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los
33
pies, balanceándolos de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
— ¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por
ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya
ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos
bien hubieran podido decir: «No tenemos a quién darle nuestra lástima.» ¿Pero usted, Ignacio?
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el
peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaban, se
recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó
cómo por todas partes ladraban los perros.
— ¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

La realidad se cuenta en todo tiempo

Réquiem con Tostadas - Mario Benedetti


Sí, me llamo Eduardo. Usted me lo pregunta para entrar de algún modo en conversación, y eso puedo
entenderlo. Pero usted hace mucho que me conoce, aunque de lejos. Como yo lo conozco a usted. Desde la
época en que empezó aencontrarse con mi madre en el café de Larrañaga y Rivera, o en éste mismo. No
crea que los espiaba. Nada de eso. Usted a lo mejor lo piensa, pero es porque no sabe toda la historia. ¿O
acaso mamá se la contó? Hace tiempo que yo tenía ganas de hablar con usted, pero no me atrevía. Así que,
después de todo, le agradezco que me haya ganado de mano. ¿Y sabe por qué tenía ganas de hablar con
usted? Porque tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente.
No hablábamos mucho de ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra mi padre. Pero el Viejo
hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea casi todas las noches, y entonces más bien
gritaba. Los tres le teníamos miedo: mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y
aprendí muchas cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos
pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía. Mirta no lo sabe ni siquiera ahora,
pero ella es tres años menor que yo, y sé que a veces en la noche se despierta llorando. Es el miedo. ¿Usted
alguna vez tuvo miedo? A Mirta siempre le parece que el Viejo va a aparecer borracho, y que se va a quitar
el cinturón para pegarle. Todavía no se ha acostumbrado a la nueva situación. Yo, en cambio, he tratado de
acostumbrarme. Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se emborrachaba desde hace mucho
más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele
bastante, pero a mamá le pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa
estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había esperado despierta hasta
las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchado de tanto llorar. Después, con el tiempo, mamá
dejó de llorar. Yo no sé cómo hacía, pero cuando él le pegaba, ella ni siquiera se mordía los labios, y no
lloraba, y eso al viejo le daba todavía más rabia. Ella era consciente de eso, y sin embargo prefería no llorar.
Usted conoció a mamá cuando ella ya había aguantado y sufrido mucho, pero sólo cuatro años antes (me
acuerdo perfectamente) todavía era muy linda y tenía buenos colores. Además era una mujer fuerte.
Algunas noches, cuando por fin el Viejo caía estrepitosamente y de inmediato empezaba a roncar, entre ella
y yo lo levantábamos y lo llevábamos hasta la cama. Era pesadísimo, y además aquello era como levantar a
un muerto. La que hacía casi toda la fuerza era ella. Yo apenas si me encargaba de sostener una pierna, con
el pantalón todo embarrado y el zapato marrón con los cordones sueltos.
Usted seguramente creerá que el Viejo toda la vida fue un bruto. Pero no. A papá lo destruyó una porquería
que le hicieron. Y se la hizo precisamente un primo de mamá, ese que trabaja en el Municipio.
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Yo no supe nunca en qué consistió la porquería, pero mamá disculpaba en cierto modo los arranques del
Viejo porque ella se sentía un poco responsable de que alguien de su propia familia lo hubiera perjudicado
en aquella forma. No supe nunca qué clase de porquería le hizo, pero la verdad era que papá, cada vez que
se emborrachaba, se lo reprochaba como si ella fuese la única culpable. Antes de la porquería, nosotros
vivíamos muy bien. No en cuanto a la plata, porque tanto yo como mi hermana nacimos en el mismo
apartamento (casi un conventillo) junto a Villa Dolores, el sueldo de papá nunca alcanzó para nada, y mamá
siempre tuvo que hacer milagros para darnos de comer y comprarnos de vez en cuando alguna tricota o
algún par de alpargatas. Hubo muchos días en que pasábamos hambre (si viera qué feo es pasar hambre),
pero en esa época por lo menos había paz.
El Viejo no se emborrachaba, ni nos pegaba, y a veces hasta nos llevaba a la matinée. Algún raro domingo en
que había plata. Yo creo que ellos nunca se quisieron demasiado. Eran muy distintos. Aún antes de la
porquería, cuando papá todavía no tomaba, ya era un tipo bastante alunado. A veces se levantaba al
mediodía y no le hablaba a nadie, pero por lo menos no nos pegaba ni la insultaba a mamá. O jalá hubiera
seguido así toda la vida. Claro que después vino la porquería y él se derrumbó, y empezó a ir al boliche y a
llegar siempre después de media noche, con un olor a grapa que apestaba. En los últimos tiempos todavía
era peor, porque también se emborrachaba de día y ni siquiera nos dejaba ese respiro.
Estoy seguro de que los vecinos escuchaban todos los gritos, pero nadie decía nada, claro, porque papá es
un hombre grandote y le tenían miedo. También yo le tenía miedo, no sólo por mi y por Mirta, sino
especialmente por mamá. A veces yo no iba a la escuela, no para hacer la rabona, sino para quedarme
rondando la casa, ya que siempre temía que el Viejo llegara durante el día, más borracho que de costumbre,
y la moliera a golpes. Yo no la podía defender, usted ve lo flaco y menudo que soy, y todavía entonces lo era
más, pero quería estar cerca para avisar a la policía. ¿Usted se enteró de que ni papá ni mamá eran de ese
ambiente? Mis abuelos de uno y otro lado, no diré que tienen plata, pero por lo menos viven en lugares
decentes, con balcones a la calle y cuartos con bidet y bañera. Después que pasó todo, Mirta se fue a vivir
con mi abuela Juana, la madre de mi papá, y yo estoy por ahora en casa de mi abuela Blanca, la madre de
mamá. Ahora casi se pelearon por recogernos, pero cuando papá y mamá se casaron, ellas se habían
opuesto a ese matrimonio (ahora pienso que a lo mejor tenían razón) y cortaron las relaciones con
nosotros. Digo nosotros, porque papá y mamá se casaron cuando yo ya tenía seis meses. Eso me lo
contaron una vez en la escuela, y yo le reventé la nariz al Beto, pero cuando se lo pregunté a mamá, ella me
dijo que era cierto.
Bueno, yo tenía ganas de hablar con usted, porque (no sé qué cara va a poner) usted fue importante para
mí, sencillamente porque fue importante para mi mamá. Yo la quise bastante, como es natural, pero creo
que nunca podré decírselo. Teníamos siempre tanto miedo, que no nos quedaba tiempo para mimos. Sin
embargo, cuando ella no me veía, yo la miraba y sentía no sé qué, algo así como una emoción que no era
lástima, sino una mezcla de cariño y también de rabia por verla todavía joven y tan acabada, tan agobiada
por una culpa que no era suya, y por un castigo que no se merecía. Usted a lo mejor se dio cuenta, pero yo
le aseguro que mi madre era inteligente, por cierto bastante más que mi padre, creo, y eso era para mi lo
peor: saber que ella veía esa vida horrible con los ojos bien abiertos, porque ni la miseria ni los golpes ni
siquiera el hambre, consiguieron nunca embrutecerla. La ponían triste, eso sí. A veces se le formaban unas
ojeras casi azules, pero se enojaba cuando yo le preguntaba si le pasaba algo. En realidad, se hacía la
enojada. Nunca la vi realmente mala conmigo. Ni con nadie. Pero antes de que usted apareciera, yo había
notado que cada vez estaba más deprimida, más apagada, más sola. Tal vez por eso fue que pude notar
mejor la diferencia. Además, una noche llegó un poco tarde (aunque siempre mucho antes que papá) y me
miró de una manera distinta, tan distinta que yo me di cuenta de que algo sucedía. Como si por primera vez
se enterara de que yo era capaz de comprenderla. Me abrazó fuerte, como con vergüenza, y después me
sonrió. ¿Usted se acuerda de su sonrisa? Yo sí me acuerdo. A mí me preocupó tanto ese cambio, que falté
dos o tres veces al trabajo (en los últimos tiempos hacía el reparto de un almacén) para seguirla y saber de
qué se trataba. Fue entonces que los vi. A usted y a ella. Yo también me quedé contento. La gente puede
pensar que soy un desalmado, y quizá no esté bien eso de haberme alegrado porque mi madre engañaba a
mi padre. Puede pensarlo. Por eso nunca lo digo. Con usted es distinto. Usted la quería. Y eso para mí fue
algo así como una suerte. Porque ella se merecía que la quisieran. Usted la quería ¿verdad que sí? Yo
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los vi muchas veces y estoy casi seguro. Claro que al Viejo también trato de comprenderlo. Es difícil, pero
trato. Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre.
Cuando nos pegaba, a Mirta y a mi, o cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror yo sentía
lástima. Lástima por él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora, ahora que él ha matado a mamá
y quién sabe por cuanto tiempo estará preso. Al principio, no quería que yo fuese, pero hace por lo menos
un mes que voy a visitarlo a Miquelete y acepta verme.
Me resulta extraño verlo al natural, quiero decir sin encontrarlo borracho. Me mira, y la mayoría de las
veces no dice nada. Yo creo que cuando salga, ya no me va a pegar.
Además, yo seré un hombre, a lo mejor me habré casado y hasta tendré hijos. Pero yo a mis hijos no les
pegaré, ¿no le parece? Además estoy seguro de que papá no habría hecho lo que hizo si no hubiese estado
tan borracho. ¿O usted cree lo contrario? ¿Usted cree que, de todos modos hubiera matado a mamá esa
tarde en que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con ustedes dos? No me parece. Fíjese que a
usted no le hizo nada. Sólo más tarde, cuando tomó más grapa que de costumbre, fue que arremetió contra
mamá. Yo pienso que, en otras condiciones, él habría comprendido que mamá necesitaba cariño,
necesitaba simpatía, y que él en cambio sólo le había dado golpes. Porque mamá era buena. Usted debe
saberlo tan bien como yo. Por eso, hace un rato, cuando usted se me acercó y me invitó a tomar un
capuchino con tostadas, aquí en el mismo café donde se citaba con ella, yo sentí que tenía que contarle
todo esto. A lo mejor usted no lo sabía, o sólo sabía una parte, porque mamá era muy callada y sobre todo
no le gustaba hablar de sí misma. Ahora estoy seguro de que hice bien. Porque usted está llorando, y, ya
que mamá está muerta, eso es algo así como un premio para ella, que no lloraba nunca.

Esperar la tormenta de Juan Solá


Todas las tardes a las cinco y cuarto, mi papá y yo salíamos a pasear. Él me batía la chocolatada con mucha
fuerza, para que le quede un montón de espuma, y me la servía en mi vasito de Aladín, que tenía una tapita
para que la chocolatada no se me caiga en el guardapolvo del jardín, que es azul y dice Matías.
Salíamos a caminar por la avenida y yo iba mirando los autos y le preguntaba a mi papá cuáles eran las
letras de la patente. La eme, la ese y la de, me decía mi papá, y yo repetía despacito, para aprendérmelas, y
mi papá se moría de risa y me apretaba la mano más fuerte, porque teníamos que cruzar la calle, y después
cruzar otra calle. Y la equis, la be de bebé y la ele, y entonces venía un bulevar, que es como una calle pero
con una plaza en el medio, y por ahí pasaba una patente que era la ce, la efe y la ka.
Teníamos que cruzar como mil novecientas calles, porque el supermercado donde trabajaba mi mamá
quedaba lejísimos. Por eso veíamos tantas patentes, porque salíamos a las cinco y cuarto para llegar
puntuales y ver cómo mi mamá salía por el portón, que es verde y alto, como los de los hospitales.
Cuando mamá salía, siempre tenía cara de que se iba a quedar dormida, porque estaba muy cansada. Era
como si se hubiese pasado todo el día trepándose a los árboles del supermercado. Por eso, mi papá le decía
hola mi amor y le daba la mano bien fuerte, como a mí, porque teníamos que cruzar de nuevo las mil
novecientas calles para llegar a nuestra casa.
Mi papá le agarraba la mano a mi mamá todo el camino y mientras tanto le iba preguntando cosas sobre
sus amigos del supermercado y mamá le respondía todo, aunque estuviera muy cansada y las palabras le
salieran como si fueran suspiritos.
Todas las tardes a las cinco y cuarto, mi papá y yo salíamos a pasear, pero la tarde de la tormenta no
pudimos, porque mi papá tenía miedo. Él quería, pero no se animaba. Iba hasta la puerta y volvía y el cielo
estaba como la noche y amenazaba con tirarse de panza sobre las casas y los autos. Había empezado a
llover fuerte y mi papá se rascaba la cabeza y tragaba saliva. Cuando para, vamos a buscar a mami, Mati, eh,
me dijo, y puso una sonrisa que le temblaba un poco, como si fuera un telón blanco que esconde un nido de
arañas. Entonces, explotaba un trueno y papá también explotaba un poco, pero para adentro, como
haciéndose chiquitito. Miraba por la ventana y los rayos eran como sonrisas de monstruos, con lenguas
hechas de electricidad. Cuando para, vamos a buscar a mami y la encontramos por el camino, eh, repetía
papá, y se secaba el sudor del cuello con el repasador de la cocina.
La tarde de la tormenta papá y yo nos sentamos en la galería a esperar a mamá y se hicieron las seis y
después las seis y cinco, las seis y diez y las seis y cuarto. Yo todavía no sé los relojes con agujas, pero mi
papá me iba diciendo qué hora era a cada rato. Le temblaban las piernas y los brazos y miraba fijo la lluvia y
yo le pregunté si tenía frío y me respondió que eran las siete menos diez.
La tormenta de esa tarde duró hasta que se hizo de noche, bien de noche. Hasta las once menos 36
veinticinco.
Pasó la hora de la cena y pasó la hora de ir a dormir y mi mamá no llegaba y mi papá miraba fijo la calle y
murmuraba con los dientes bien apretados que dónde mierda está esta reverenda hija de puta y que
cuando la agarre la destrozo. Papá estaba muy nervioso, por eso no me animé a preguntarle si me hacía una
hamburguesa y me fui a dormir con las ganas.
A veces, mi papá destroza las cosas cuando se pone muy nervioso. Una vez, destrozó un termo, una silla del
comedor y dos dedos de la mano de mi mamá. Otro día, destrozó un inflador de bicicleta, una maceta de
cedrón y un buzo de mi mamá. Mi mamá no volvió nunca más y por suerte mi papá no la pudo destrozar. Él
dice que, como no la fuimos a buscar, se perdió y no pudo encontrar el camino a nuestra casa.
Algunos días la extraño más que otros, pero ya me estoy acostumbrando. Igual, yo tengo el presentimiento
de que muy pronto, mamá me va a venir a buscar a la salida del jardín. Solamente tenemos que esperar que
haya tormenta, para perdernos del camino de casa y que papá no pueda destrozarnos.

Un pedazo de lo suyo - Nicolás Burgos Coronel


La mañana de aquel lunes, mi Ciudad, Limpio; se volvió tranquila. Los ajetreos de las elecciones internas
partidarias dejaron papeletas de propagandas diseminadas por las calles de los alrededores del local de
votación. Ya nadie hablaba del perdedor, sino la forma como el vencedor festejaba su triunfo.
A una cuadra del mismo local, se encuentra un hospital de nativo, discriminado en la sociedad distrital por
su servicio a aborígenes. En el llegan de diferentes partes del país – Paraguay -; familias enteras, niños,
jóvenes y adultos quienes viajan un largo trayecto del interior para alojar a su pariente enfermo, en un lugar
del nosocomio y vivir la espera en su vereda, hasta que alguien: funcionario, doctor o quien sea se le ocurra
informarles del destino de su familiar.
Un día, a un poblador se le ocurrió obsequiar una pelota a un niño nativo. Y éste como si nunca la hubiera
visto, quedó maravillado, y no sólo él sino toda la parentela comenzó a entretenerse con ella. A la madre, la
vi ocupando el puesto de guarda metas.
El padre –de un zumo de remedios yuyos y sin la yerba –, se servía un remedo de “Tereré” - mate fría,
costumbre paraguaya, pero con yerba -, para aplacar la sed en aquel caluroso día de febrero limpeño del
2006, y de allí observar los entretienes del juego peloteril.
Pasé el martes, el miércoles,... es el camino que acostumbró utilizar las primeras horas para llegar a mi
lugar de trabajo docente y por supuesto,... volver de siesta a casa.
Una de esas siestas, vi a toda la familia en torno a montones de mangos –arrancadas de las matas del lugar
– hacerse de ellas su almuerzo. Y hasta su cena, engañando el hambre estomacal. Cuando del mangal se
agotó sus maduras frutas, aun las verdes consumían y esto en ves de aliviar el hambre, dejaba huellas de
llagas en los labios de los comensales.
Una de las criaturas se me acerco por el camino y suplico:
- Mil ´i por favor –en un guaraní casi inentendible, pues ni éste ni el castellano son su lengua materna. Mi
respuesta fue:
- no tengo,
- Entonces, quinientos, es para comer – me respondió con voz llorosa.
Metí la mano al bolsillo, le pasé unos billetes, sin pretender siquiera contar, pero eso sí... con un dolor de los
pecados. Habían pasado los días y la familia seguía en la misma vereda del hospital, esta vez ya débil y
desganada; la madre casi sin ánimo recostada por la pared que daba a la calle. Ya no había pelota, ya no mas
mangos,.... los niños casi desnudos y muy hambrientos escudriñaban entre las basuras, para poder así
encontrar un pedazo de pan y aplacar el hambre y es más golpeabas puertas de vecinos pidiendo algo que
comer. Pasada las dos semanas una ambulancia se apresta a devolver a la familia a su comunidad de origen.
Todos sentados, menos uno. Miré al cielo y me acerqué a preguntar:
- Y el enfermo.
Había muerto. Muerto en la indigencia de los responsables. Muerto la esperanza de los que siempre
esperan.
- Bueno, volverá la calle a tener la misma experiencia que antes -dije en mi interior y con un dolor que
oprimía mi corazón, mi razón y.... mi conciencia.
Al día siguiente, me topé con la misma realidad, una nueva familia aborigen era huésped de la vereda y con
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una nueva esperanza. Suspiré y exclamé: - la historia se repite- y pensé que ellos sólo vienen a reclamar un
pedazo de lo suyo y nosotros permanecemos indiferentes ante tan grave problema, participando de nuestra
interna partidaria democrática.
Nunca me pega - Cecilia Solá

– ¿Pero te pega? -me pregunta la policía, una chica jovencita, con el pelo recogido que me hace acordar un
poco a mi hija.
– ¿Te pega o no te pega, mamita? Decidite, porque no podemos andar tomando denuncias por boludeces-
No sé qué decirle. Mi amiga me dijo que diga que sí, porque si no, no me van a dar pelota, pero no sé qué
decir.
Porque Dardo nunca me dio un puñetazo. Ni una cachetada, ni una patada, ni siquiera me empujó. Pero le
tengo miedo, igual le tengo mucho miedo cuando hago algo que no le gusta y él me mira y hace ese gesto
con las manos, como que aprieta algo, y después descarga un puñetazo contra la pared, cerquita, cerquita,
de donde está mi cabeza, pero no me pega.
-Estúpida- me dice- Estúpida de mierda, gorda pelotuda, te tendría que echar a la mierda, a ver quién te
aguanta, quién te da de comer- me dice, pero no me pega.
A mí me gustaría tener mi plata, pero él no quiere que trabaje. Dice que soy una inútil, y que le va a salir
más caro el collar que la perra, porque va a tener que pagar los juicios de mis clientas. Yo soy cosmetóloga y
maquilladora profesional, dos años estudié, antes, cuando no lo conocía, pero ahora él no quiere que
trabaje. Igual, a veces algunas de las chicas venían a casa para que las arregle, o les haga una limpieza de
cutis, pero él se aparecía en la cocina y les decía -«Mirá que sos valiente vos, ésta te va a quemar toda la
cara con esas meadas de perro que te pone» y se reía fuerte. Las clientas no vienen más, y mis amigas
tampoco, porque soy una aburrida, ellas son todas pibas jóvenes, lindas, y yo soy una gorda culo caído y una
bruta. Así me dice, y me clava un dedo en la panza fofa, en las nalgas blandas y se ríe, pero no me pega.
Nunca me pega.

Él sí tiene amigos, a veces vienen a casa, y yo les cocino empanadas de pollo que a él le gustan. Antes me
gustaba que vinieran, porque por lo menos veía gente, pero ya no me gusta más que venga nadie, porque él
se pone gracioso y me dice «la ballena» o les pregunta a los amigos qué hizo para merecer esto, él que tuvo
siempre las pibas de familia, las más lindas, y se pone a recordar las novias que tenía antes de conocerme.
-Me agarró con un hijo, la gorda- les dice, y se ríe- Ninguna boluda, aunque parece, se hizo preñar y se
aseguró la buena vida- y se ríe solo, porque nadie más se ríe. Ahora sus amigos tampoco vienen más, y él
dice que es porque mis empanadas son un asco. Pura grasa, igual que yo.
-¿Y, te pega o no te pega?- repite la señorita de uniforme, que está perdiendo la paciencia, y empieza a
poner el mismo gesto de Dardo cuando le sirvo el almuerzo y me dice que le falta sal, o que está crudo, que
con lo que me gusta comer como no voy a saber cocinar.
No, no me pega, nunca me pega, pero igual quiero que se vaya, igual quiero vivir sin miedo, igual necesito
no sobresaltarme cuando escucho el motor del auto, igual quiero vivir sin ese dolor de estómago que me
quedó desde aquella vez que Lauti, mi hijo, trajo una gatita y él la ahogó en la bañera, porque dijo que ya
bastantes vagos daba de comer. Ahí supe que quería que se fuera. O que se muera. O morirme yo, como la
gatita que lo arañó un poquito antes de quedarse quieta, con los ojos muy abiertos.
Si tuviera adónde me iría yo, pero no tengo. La casa está a mi nombre porque era de mi abuela, y me la dejó
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antes de morir porque yo la cuidé en sus últimos años, y es lo único que tengo. Eso y doscientos pesos que
fui escondiendo de los vueltos de los mandados, sin que él se diera cuenta.
El otro día me encontré con Sandra, mi mejor amiga de la escuela de maquillaje, y me dijo que me veía mal,
triste. Me largué a llorar como una boba y le conté todo, pero rápido, porque tenía que volver antes de que
él llegara, si no, me iba a dejar encerrada como esa vez que me demoré en el súper porque había mucha
gente y se enojó. Me tuvo encerrada en el dormitorio una semana, solo cuando él venía me dejaba salir para
ir al baño. Pero no me pegó.
Sandra dice que lo puedo denunciar, que soy víctima de violencia económica, emocional y verbal, que la
policía lo puede sacar porque la casa es mía.
Pero ahora la señorita dice que no pueden hacer nada, que trate de hablar con él, porque esto no es cosa
para la policía, porque no me pega, aunque me esté matando.

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Realismo Mágico

Algo muy grave va a suceder en este pueblo


Gabriel García Márquez
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene
dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una
expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les
responde: "No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave
va a sucederle a este pueblo".
El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola
sencillísima, el otro jugador le dice: "Te apuesto un peso a que no la haces". Todos
se ríen. El se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le
preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Y él contesta: "es cierto, pero
me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana
sobre algo grave que va a sucederle a este pueblo".

Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá, o una nieta
o, en fin, cualquier pariente, feliz con su peso, dice y comenta:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y porqué es un tonto?
-Porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy
con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Y su madre le dice:
- No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen...
Una pariente oye esto y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: "Deme un kilo de carne", y en el
momento que la está cortando, le dice: "Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y
lo mejor es estar preparado".
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice: "Mejor lleve
dos, porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y
comprando cosas". Entonces la vieja responde: "Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos..." Se lleva los
cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra
vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo,
está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
Tanto calor, que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban
siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.
-Si, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: "Hay un pajarito en la
plaza". Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Si, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y
no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy. 40
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo
el pueblo lo ve. Hasta que todos dicen: "Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos". Y empiezan a
desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que
abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa", y entonces
la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora
que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado: "¿Viste mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en
este pueblo?".

Un señor muy viejo con alas enormes


Gabriel García Márquez
Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su
patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se
pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una
misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían
convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo
regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se
quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que
estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque
se lo impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole
compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un
callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el
cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había
desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban
encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se
sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a
hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así
como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago
solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una
vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del
error.
- Es un ángel –les dijo-. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la
lluvia.
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso.
Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos
de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo
toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del
lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia,
Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de
comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y
provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las
primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor
devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura
sobrenatural sino un animal de circo.
El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya
habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas
sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de
espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las
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guerras.
Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una
estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser
cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía
pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una
enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas
extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores.
Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su
dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la
primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus
ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de
intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por
vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los
ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos
de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval
para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las
diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin
embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo
que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al
cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas
para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de
tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la
entrada para ver al ángel.
Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó
zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran
de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe:
una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los
números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un
sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos
otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y
Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los
dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado
del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando
acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de
sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que,
de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los
despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca
se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única
virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las
gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban
plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se
levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el
costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron
muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par
de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico
que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de
dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era
la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.
El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica,
mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había
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perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto
tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería
simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los
siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al
pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La
entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda
clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie
pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la
cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera
aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la
casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la
noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el
relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las
almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y
de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se
dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto
desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del
paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron
girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de
burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de
aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a
quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los
dormitorios.
Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una
mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los
cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo
estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo
de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda
tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero
fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de
mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya
andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el
niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron
olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había
metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos
displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una
mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que
atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y
tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin
embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano,
que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero.
El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos
de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al
mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la
exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles.
Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con
los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima
una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la
noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que
se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué
se hacía con los ángeles muertos. 43
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se
quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de
diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que
más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios,
porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes
que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el
almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la
ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas
un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos
indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda
exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas,
sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando
acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque
entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.

Talpa
Juan Rulfo

Natalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto
aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a
sentirse con ganas de consuelo.
Sin embargo, antes, entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un
pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras
fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos -dándonos
prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su
aire lleno de muerte-, entonces no lloró.
Ni después, al regreso, cuando nos vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas
como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo. En ese entonces,
Natalia parecía estar endurecida y traer el corazón apretado para no sentirlo bullir dentro de ella. Pero de sus
ojos no salió ninguna lágrima.
Vino a llorar hasta aquí, arrimada a su madre; sólo para acongojarla y que supiera que sufría,
acongojándonos de paso a todos, porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera
exprimiendo el trapo de nuestros pecados.
Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se
muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos empujándolo
entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.
La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años
que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas
moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por
donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa. Desde
entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener ya remedio. Para eso quería ir a
ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y
que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches de marzo, así y todo
quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía
hacer eso: lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente a
Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso pensaba él.
Y de eso nos agarramos Natalia y yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano.
Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que ayudarlo llevándolo del brazo,
sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre sus hombros, mientras él arrastrara su esperanza.
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Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus
piernas redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo.
Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba:
sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera
cuidando. Y así sería siempre mientras él estuviera vivo.
Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará
del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber que Tanilo se hubiera
muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues
casi es seguro de que se hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá, porque
todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y el coraje y todo, todas esas cosas
juntas fueron las que lo mataron más pronto. Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones,
cuando él ya no quería seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo regresáramos. A
estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera caminando, diciéndole que ya no podíamos volver
atrás.
“Está ya más cerca Talpa que Zenzontla.” Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más
allá de muchos días.
Lo que queríamos era que se muriera. No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde
antes de salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa. Es algo que no
podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos me acuerdo muy bien.
Me acuerdo de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza
oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del
cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche.
Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella
eso le servía de remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se quedaba
adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.
Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de
mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos
quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían
por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si
quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el
viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de
Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.
Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir. Ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le
costaba vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida que le salía
por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy
despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía
asustados.
Pero ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea,
desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma. Ella dice que ha sentido la cara
de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre
por el sudor en que lo dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su boca,
escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya
se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor. Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a
estar contigo", dizque eso le dijo.
Acabábamos de salir de Talpa, de dejarlo allí enterrado bien hondo en aquel como surco profundo que
hicimos para sepultarlo.
Y Natalia se olvidó de mí desde entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos
alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como si la hubiera revolcado
en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había
cuidado mientras estuvo vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse.
Tardamos veinte días en encontrar el camino real de Talpa. Hasta entonces habíamos venido los tres
solos. Desde allí comenzamos a juntarnos con gente que salía de todas partes; que había desembocado
como nosotros en aquel camino ancho parecido a la corriente de un río, que nos hacía andar a rastras,
empujados por todos lados como si nos llevaran amarrados con hebras de polvo. Porque de la tierra se 45
levantaba, con el bullir de la gente, un polvo blanco como tamo de maíz que subía muy alto y volvía a caer;
pero los pies al caminar lo devolvían y lo hacían subir de nuevo; así a todas horas estaba aquel polvo por
encima y debajo de nosotros. Y arriba de esta tierra estaba el cielo vacío, sin nubes, sólo el polvo; pero el
polvo no da ninguna sombra.
Teníamos que esperar a la noche para descansar del sol y de aquella luz blanca del camino. Luego los
días fueron haciéndose más largos. Habíamos salido de Zenzontla a mediados de febrero, y ahora que
comenzaba marzo amanecía muy pronto. Apenas si cerrábamos los ojos al oscurecer, cuando nos volvía a
despertar el sol el mismo sol que parecía acabarse de poner hacía un rato.
Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de
gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la
cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados. Los ojos
seguían la polvareda; daban en el polvo como si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el
cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a veces,
cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y
renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que
sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo,
cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido entre todos.
Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se
trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos.
Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de
tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando
estemos muertos.
En eso pensábamos Natalia y yo y quizá también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa,
entre la procesión; queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le acabaran los milagros.
Pero Tanilo comenzó a ponerse más malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir. La carne de sus pies
se había reventado y por la reventazón aquella empezó a salírsele la sangre. Lo cuidamos hasta que se
puso bueno. Pero, así y todo, ya no quería seguir:
“Me quedaré aquí sentado un día o dos y luego me volveré a Zenzontla.” Eso nos dijo.
Pero Natalia y yo no quisimos. Había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima
por ningún Tanilo. Queríamos llegar con él a Talpa, porque a esas alturas, así como estaba, todavía le
sobraba vida. Por eso mientras Natalia le enjuagaba los pies con aguardiente para que se le deshincharan,
le daba ánimos. Le decía que sólo la Virgen de Talpa lo curaría. Ella era la única que podía hacer que él se
aliviara para siempre. Ella nada más. Había otras muchas Vírgenes; pero sólo la de Talpa era la buena. Eso
le decía Natalia. Y entonces Tanilo se ponía a llorar con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara
y después se maldecía por haber sido malo. Natalia le limpiaba los chorretes de lágrimas con su rebozo, y
entre ella y yo lo levantábamos del suelo para que caminara otro rato más, antes que llegara la noche.
Así, a tirones, fue como llegamos con él a Talpa.
Ya en los últimos días también nosotros nos sentíamos cansados. Natalia y yo sentíamos que se nos iba
doblando el cuerpo entre más y más. Era como si algo nos detuviera y cargara un pesado bulto sobre
nosotros. Tanilo se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y a veces llevarlo sobre los hombros.
Tal vez de eso estábamos como estábamos: con el cuerpo flojo y lleno de flojera para caminar. Pero la
gente que iba allí junto a nosotros nos hacía andar más aprisa.
Por las noches, aquel mundo desbocado se calmaba. Desperdigadas por todas partes brillaban las
fogatas y en derredor de la lumbre la gente de la peregrinación rezaba el rosario, con los brazos en cruz,
mirando hacia el cielo de Talpa. Y se oía cómo el viento llevaba y traía aquel rumor, revolviéndolo, hasta
hacer de él un solo mugido. Poco después todo se quedaba quieto. A eso de la medianoche podía oírse que
alguien cantaba muy lejos de nosotros. Luego se cerraban los ojos y se esperaba sin dormir a que
amaneciera.
Entramos a Talpa cantando el Alabado. Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los
últimos días de marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a que Tanilo se puso a
hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que llevaban pencas de nopal colgadas como
escapulario, él también pensó en llevar las suyas. Dio en amarrarse los pies uno con otro con las mangas
de su camisa para que sus pasos se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una corona de 46
espinas. Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los últimos trechos del camino, se hincó en la
tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa
aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de
sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.
Y cuando menos acordamos lo vimos metido entre las danzas. Apenas si nos dimos cuenta y ya estaba allí,
con la larga sonaja en la mano, dando duros golpes en el suelo con sus pies amoratados y descalzos. Parecía
todo enfurecido, como si estuviera sacudiendo el coraje que llevaba encima desde hacía tiempo; o como si
estuviera haciendo un último esfuerzo por conseguir vivir un poco más.
Tal vez al ver las danzas se acordó de cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y
bailaba la noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de eso se acordó y quiso
revivir su antigua fuerza.
Natalia y yo lo vimos así por un momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el
suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo sacamos a rastras,
esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre
las piedras y brincaban aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos.
A horcajadas, como si estuviera tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a ella,
enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y Tanilo comenzó a rezar y dejó que se le
cayera una lágrima grande, salida de muy adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus
manos. Pero no se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí había le cortó esa cosa
con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno. Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a
gritos para oír que rezaba.
Pero no le valió. Se murió de todos modos. “...
Desde nuestros corazones sale para Ella una súplica igual, envuelta en el dolor. Muchas lamentaciones
revueltas con esperanza. No se ensordece su ternura ni ante los lamentos ni las lágrimas, pues Ella sufre con
nosotros. Ella sabe borrar esa mancha y dejar que el corazón se haga blandito y puro para recibir su
misericordia y su caridad. La Virgen nuestra, nuestra madre, que no quiere saber nada de nuestros pecados;
que se echa la culpa de nuestros pecados; la que quisiera llevarnos en sus brazos para que no nos lastime la
vida, está aquí junto a nosotros, aliviándonos el cansancio y las enfermedades del alma y de nuestro cuerpo
ahuatado, herido y suplicante. Ella sabe que cada día nuestra fe es mejor porque está hecha de sacrificios...”
Eso decía el señor cura desde allá arriba del púlpito. Y después que dejó de hablar, la gente se soltó rezando
toda al mismo tiempo, con un ruido igual al de muchas avispas espantadas por el humo.
Pero Tanilo ya no oyó lo que había dicho el señor cura. Se había quedado quieto, con la cabeza recargada en
sus rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara ya estaba muerto.
Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue
cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos
su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza.
Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me olvida.
Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada;
ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros y le ha contado
de esa manera todo lo que pasó.
Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para
descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí
estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.
Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de
Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate
enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un
gran ronquido que saliera de la boca de él; de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de
Natalia y míos, y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello. De aquel Tanilo a quien ya nada le
dolía, pero que estaba como adolorido, con las manos y los pies engarruñados y los ojos muy abiertos como
mirando su propia muerte. Y por aquí y por allá todas sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel
olor que se derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera saboreando una miel
espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada bocanada de aire. Es de eso de lo que quizá nos
acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que
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Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.
ENSAYOS
Hacia dónde va el amor. Marina Gambier

Con la intención de aumentar las ventas, el comercio ha decretado que febrero es el mes más romántico del año.
La excusa es la leyenda de San Valentín, que lleva a las parejas más devotas a exaltar sus sentimientos mediante
regalos simbólicos, como chocolates, objetos en forma de corazón, flores, poemas o tarjetas con mensajes que
derriten a cualquiera. ¡Ah, el amor! Sin embargo, esa materia tan universal y explorada por las disciplinas que
indagan los sentires humanos sigue siendo una experiencia misteriosa acerca de la cual sabemos menos de lo que
suponemos. Cuando alguien nos pregunta cuánto abarca en nuestras vidas, o qué significa amar en estos tiempos
tan aciagos, solemos quedarnos unos segundos buscando algún concepto que nos rescate.
Es que en la actualidad, los elementos del vínculo afectivo se combinan sin cesar, a la manera de las partículas de
la física, lo que deviene miles de formas de querer, tal como sostiene el psiquiatra cubano Alberto Orlandini en su
ensayo El enamoramiento y el mal de amores, editado por el Fondo de Cultura Económica. Atrás quedaron las
ataduras sociales, las barreras que le impedían al sentimiento adoptar el aspecto que quisiera o que pudiera. Esa
democratización que los historiadores definen como un cambio civilizatorio se traduce en la cantidad de uniones
que a muchos asustan y a otros sorprenden por innovadoras: hay parejas que deciden no tener hijos o vivir cada
uno por su lado aunque se lleven bien, verse una vez por semana para mantener la independencia o dormir en
cuartos separados en la misma casa, compartir la vivienda por simples razones de apoyo mutuo o convenir de
entrada una amable separación de bienes antes de firmar el acta nupcial, por si acaso, como es moda entre las
estrellas pudientes de Hollywood (al estilo Catherine Zeta-Jones y Michael Douglas).
Claro, ninguna de estas novedades garantiza que en el futuro seamos más felices. Los psicoanalistas reciben en
sus consultorios a cientos de hombres y mujeres que tienen problemas para adaptarse a las nuevas reglas que
imperan en el universo de las relaciones modernas. La organización familiar ha cambiado abruptamente desde
que la revolución sexual alteró aquel modelo de felicidad que pregonaban las abuelas, donde en el último
capítulo sonaban los violines y los novios se empachaban comiendo perdices. El afecto se ha convertido en la única
prioridad a la hora de concretar –al contrario de épocas pasadas, cuando las contrayentes admitían la unión por
razones materiales o simplemente para no quedarse a vestir santos–, pero hoy se tiene la certeza de que, si no se
trabaja, el amor dura menos de lo que planeamos.
Un ejemplo clarísimo de que las perdices caen mal si no están bien cocidas lo ilustra la triste historia de la
princesa de Gales, lady Diana Spencer, mejor conocida como Lady Di, cuya opípara vida hizo suspirar de envidia en
su momento. A la princesa, que no se resignó a cumplir con la tradición del matrimonio por conveniencia, las cosas
no le salieron como todos esperábamos, incluida ella. Cuando después de una boda romántica el príncipe Carlos
notó que seguía amando a su antigua compañera de equitación, y que prefería cultivar lechugas orgánicas antes
que conversar con su esposa, comenzó a engañarla sistemáticamente. Presa de la angustia, la mujer se volvió
anoréxica, enfrentó a su poderosa familia política, lloró en público y en privado, y ventiló su calvario en todas las
pantallas de televisión. A los plebeyos se nos partió el corazón... ¿cómo ella que lo tenía todo podía ser tan infeliz?
Después de encontrar consuelo en unos cuantos brazos amantes, creyó alcanzar la felicidad con el hijo de un
magnate árabe, que la paseaba en yate por el Mediterráneo y que, a su decir, era el único hombre que la había
respetado como mujer. Tarde. Al poco tiempo, el cuento de hadas se estrelló bajo un puente parisiense, y de su
patética leyenda sólo quedaron dos huérfanos.
Existe una brecha profunda entre los ideales del amor romántico y las relaciones de amor informales y libres que
vemos en la actualidad –sostiene el psicoanalista Emiliano Galende, autor del libro Amor y sexo, anhelos e
incertidumbre de la intimidad actual–. Por ahora, no están asegurando formas estables y placenteras de pareja.
Pero está claro que tampoco lo aseguraba la forma tradicional. El encuentro libre entre dos personas sin que
medie la exigencia de un proyecto de futuro ni un compromiso de continuidad, muestra valores contradictorios.
El ritmo frenético de esta sociedad ha contribuido a que los vínculos sean cada vez más inestables. Este fenómeno
que todos advertimos tiene su correlato en las estadísticas de las últimas décadas, donde las cifras acabaron por
sepultar viejos clichés: un soltero ya no es un solterón, un divorciado no es un bicho raro, y una mujer sin hijos está
muy lejos de ser considerada una fracasada. Según la encuesta sobre Condiciones de Vida realizada por el
Ministerio de Desarrollo Social, y elaborada en 1999 por la demógrafa Mabel Ariño, un 13,4% de los hogares de las
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áreas urbanas de la Argentina está integrado por un solo individuo. Por otro lado, una investigación coordinada
por Susana Torrado –titular de la cátedra de Demografía Social en la Universidad de Buenos Aires– advierte una
tendencia entre las nuevas generaciones a compartir el techo sin pasar por el Registro Civil: en 1980, del 69,7% de
mujeres de entre 20 y 64 años que vivía en pareja, sólo el 7,7% lo hacía sin estar legalmente casada. En 1999, el
20% no tenía libreta. Los divorcios y rupturas de uniones de hecho se advierten fácilmente en la cantidad de
hombres de 35 para arriba que viven en soledad, y es ese segmento el que reincide, por lo general, uniéndose a
personas con hijos de otros matrimonios, lo que conduce al incremento de familias ensambladas, más conocidas
como los tuyos, los míos, los nuestros.
La ventaja de estas nuevas formas es que son más auténticas: hoy se está sólo con quien uno ama –sostiene
Orlandini–. Pero en cierto modo es desventajoso para el ser humano. Fomenta una especie de egoísmo,
narcisismo e histeria y relaciones con menos compromiso. Los más propensos son por lo general los muy jóvenes,
que suelen no tener paciencia.
En algunos casos, por su inmadurez, suelen terminar su relación cuando desaparece la idealización y queda la
realidad. Tienen dificultades para aceptar cómo es verdaderamente la persona que eligieron.

Lo fugaz del amor


Ocurre que lo que se desvanece en contacto con la realidad es la pasión, ese ingrediente que ha alimentado esa
percepción generalizada que se tenía en la antigüedad de que el amor era un promotor de catástrofes, una
potencia irreflexiva que conducía a la desmesura y al escándalo. (…) Exactamente en este punto vale recordar que
el enamoramiento es un estado que involucra aspectos biológicos y psicológicos, que se manifiestan en distintas
etapas.
La primera es la más turbulenta, cuando aparecen esos primeros síntomas del flechazo y uno anda por un largo
tiempo creyendo que los burros vuelan; en otras palabras, convencidos de que el objeto de nuestros desvelos es
todo brillo: el ser más inteligente, sensible, bello, honesto, bueno, simpático, etcétera. Por mucho que intenten
hacernos bajar al terreno humano, seguimos prendados de ese ideal. Los psicoanalistas creen que la elección de
la pareja está sobredeterminada por la relación que hemos tenido con los padres y por un anhelo de plenitud:
buscamos en el otro lo que a nosotros nos falta.
Ante la aparición del individuo que responde al modelo que construimos en la imaginación a lo largo de nuestra
existencia, sobreviene un caprichoso y agradable engaño porque, visto de ese modo, el amor es un espejismo: uno
se enamora de la idea que se hace del otro. En ese ínterin se activa el sistema nervioso central y el vegetativo,
donde se estimulan la segregación de dopamina por parte del cerebro, y aumenta la frecuencia cardíaca y
respiratoria, los latidos epigástricos (esos inoportunos silbidos de estómago), alteraciones del sueño y del
contenido de los ensueños, aumento de la fantasía y el apetito. Pero esa sensación hasta entonces indescriptible
comienza a moderarse con el paso de los días, y los biólogos más optimistas dicen que al cabo de tres años ¡pum!,
desaparece. Un estudio demográfico de las Naciones Unidas demostró que en 61 culturas de todo el mundo, la
mayoría de los divorcios sucedía al cuarto año de casados, y en los Estados Unidos, en 1980, la mayor proporción
de rupturas se produjo al segundo y tercer año de la boda.
El trabajo posterior a ese período epifánico es tal vez el más difícil, pero es quizá cuando afloran los sentimientos
auténticos. Porque una relación genuina es la que se construye cada día, la que soporta los momentos de rutina y
aburrimiento, las peripecias para pagar la hipoteca y llegar a fin de mes, satisfacer las necesidades de los chicos, y
también las del perro. Aunque, por descabellado que parezca, las dificultades no siempre entorpecen el camino.
Los psicólogos han constatado que cualquier situación límite activa las emociones y favorece el vínculo amoroso.
Existe un umbral emocional: en situaciones extremas uno puede enamorarse con facilidad, o bien, lo opuesto.
Las crisis deprimen y agotan, uno llega a su casa después de trabajar doce horas sin ganas de hablar, aunque eso
no significa que los sentimientos se deterioren. Es natural que en un estado de angustia extrema se pierda
contacto con los afectos. Pero la gente se sentiría más compensada si en vez de estar pendiente del precio del
dólar se diera cuenta de que lo mejor que tiene es su familia, sus hijos, su mujer o su amor.
Evidentemente, la fórmula salud, dinero y amor ha dejado de ser un lugar común, al menos, en estas latitudes.
Valga el ejemplo de Matilde B., cuyos modestos ahorros quedaron capturados en el corralito, igual que los de su
marido Juan y los de muchos argentinos. Pero ese tiempo que por imposición de la economía les ha quedado libre
se ha convertido en un motor de su vínculo. Viven en en el Gran Buenos Aires y las noches frescas salen a caminar
de la mano por la costa del río, y como la ceremonia de la comida ha sido desde siempre sagrada, y ya no pueden
salir muy seguido, ahora cenan en el balcón a la luz de las velas. “El cariño no decayó nunca en los ocho años que
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llevamos juntos –dice Matilde, mientras cocina bohios, un plato típico de la cocina judía–. Intentamos no trasladar
los problemas económicos al terreno personal. Por ejemplo, si uno está muy metido frente al televisor, el otro trata
de sacarlo. Además, cuando apagamos la luz nos divertirnos más, nos hacemos mimos muy seguido.
Pero es verdad, hay que poner un poquitito más de voluntad. Sabemos que el amor es algo que se construye
todos los días, pero en estos momentos exige poner una cuota adicional de energía. Mientras estemos juntos y
haya salud, lo demás es menos grave.” Amar hoy es un desafío. Siempre lo fue, pero en mar picado se convierte
en una aventura aún más exigente. (Aunque para los optimistas, aún más excitante.) Hay que saltar corralitos,
desempleo y, en algunos casos, hasta mitigar la tristeza de separarse de los seres queridos para buscar fortuna
en otra parte. Pero el amor –dicen– tiene una resistencia medular.

El derecho de soñar - Eduardo Galeano


Ya está naciendo el nuevo milenio. No da para tomarse el asunto demasiado en serio: al fin y al cabo, el año
2001 de los cristianos es el año 1379 de los musulmanes, el 5514 de los mayas y el 5762 de los judíos. El
nuevo milenio nace un primero de enero por obra y gracia de un capricho de los senadores del imperio
romano, que un buen día decidieron romper la tradición que mandaba celebrar el año nuevo en el comienzo
de la primavera. Y la cuenta de los años de la era cristiana proviene de otro capricho: un buen día, el papa de
Roma decidió poner fecha al nacimiento de Jesús, aunque nadie sabe cuándo nació. El tiempo se burla de los
límites que le inventamos para creernos el cuento de que él nos obedece; pero el mundo entero celebra y
teme esta frontera.
Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los oradores de inflamada verba peroren sobre el
destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón
general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio.
La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así, por arbitraria que sea, cualquiera siente la
tentación de preguntarse cómo será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única
certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos nosotros seremos gente del siglo pasado y, peor
todavía, seremos gente del pasado milenio.
Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que
queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos
humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal
si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a
clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:
❖ En las calles, los automóviles serán pisados por los perros.
❖ El aire estará limpio de los venenos de las máquinas, y no tendrá más contaminación que la que emana de
los miedos humanos y de las humanas pasiones.
❖ La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada
por el supermercado, ni será mirada por el televisor.
❖ El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el
lavarropas.
❖ El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el
lavarropas.
❖ La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar.
❖ En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a hacer el servicio militar, sino los que quieran
hacerlo.
❖ Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad
de cosas.
❖ Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.
❖ Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.
❖ Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.
❖ El mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar
no tendrá más remedio que declararse en quiebra por siempre jamás.
❖ Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión.
❖ Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle.
❖ Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.
❖ La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla. 50
❖ La policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla.
❖ La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas,
espalda contra espalda.
❖ Una mujer, negra, será presidente de Brasil y otra mujer, negra, será presidente de los Estados Unidos de
América. Una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú.
❖ En Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar
en los tiempos de la amnesia obligatoria.
❖ La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las piedras de Moisés. El sexto mandamiento ordenará:
"Festejarás el cuerpo". El noveno, que desconfía del deseo, lo declarará sagrado. La Iglesia también dictará un
undécimo mandamiento, que se le había olvidado al Señor: "Amarás a la naturaleza, de la que formas parte".
❖ Todos los penitentes serán celebrantes, y no habrá noche que no sea vivida como si fuera la última, ni día que
no sea vivido como si fuera el primero.

Garantía de Felicidad - Agustina Eizmendi


Es difícil comprender la importancia desmedida que toda la sociedad le da a una sola etapa de la vida, la
juventud. Es cierto que los jóvenes tenemos a nuestra disposición una enorme oferta de productos y
posibilidades en el mercado, ya que éste está orientado hacia un grupo de consumidores jóvenes. Sin
embargo “se ha creado la ilusión de que lo mejor de la vida es ser joven y tratar de serlo para siempre”.
Todas las generaciones buscan pertenecer a ese momento tan codiciado; los niños ansían crecer para ser
jóvenes y los adultos no aceptan haber atravesado esa etapa, y por lo tanto buscan rejuvenecerse a
cualquier costo.
Muchos hacen hasta lo imposible por ser o parecer jóvenes; hay quienes consumen la misma ropa o
música, o van a los mismos boliches que los adolescentes, usan cremas que prometen desacelerar o evitar
el paso del tiempo y hasta se someten a cirugías estéticas para buscar otra apariencia.
Por otro lado, niños cada vez menores imitan las actitudes y gustos de los jóvenes y acortan la etapa en la
que están para pasar a otra, fogoneados por la “cultura” de los medios. Además, a través de las tiendas de
ropa adoptan una imagen igual a la adolescente, pero en miniatura.
Hoy en día, “el modelo social es el joven y no parece tan interesante convertirse en adulto”, como si ser
joven fuera la única garantía de felicidad.
Peter Pan quiere vivir para siempre en “El país de Nunca Jamás” y de esa manera ser joven eternamente. Al
momento en el cual se le presenta una oportunidad para volver a la vida real y enfrentar sus
responsabilidades y crecer, lo rechaza. De la misma manera, hay personas que, al igual que el personaje
mencionado, quieren permanecer jóvenes por siempre sin aceptar los cambios de la niñez a la adultez.
Alejandra Folgarait, en El eterno encanto de ser adolescente dice: “Hoy la cuestión de los jóvenes no pasa
tanto por los raros peinados nuevos sino por la perplejidad ante quienes como émulos de un Peter Pan
entrado en años, pasaron ya, a veces largamente, los 18, tienen una autoestima bien alta pero no dan
indicios de aceptar los roles de la adultez”.
En algunos casos esto es extremo, pero la preocupación y resistencia a superar la juventud y buscar
distintos métodos para poder evitarlo parece ser un deseo común a la mayoría de la sociedad. La búsqueda
constante de una nueva imagen se puede asociar con el narcisismo actual de la sociedad. Según Freud, “[el
hombre] no quiere renunciar a la perfección narcisista de su niñez, y ya que no pudo mantenerla ante las
enseñanzas recibidas durante su desarrollo y ante el despertar de su propio juicio, intenta conquistarla de
nuevo bajo la forma del ideal del yo. Aquello que proyecta ante sí mismo con su ideal es la sustancia del
perdido narcisismo de su niñez, en el cual era él mismo su propio ideal”.
Todos los cambios por una apariencia joven que importan y marcan la diferencia son externos y
superficiales. Esto puede llevar a la preocupación sólo por uno mismo y muestra la importancia que se le da
a la belleza exterior y el narcisismo de la sociedad, ya que Narciso se enamora de la imagen que ve de sí
mismo y no de toda su persona, y en realidad hay cosas mucho más valiosas en cada uno, más allá de la
apariencia física.
“[...] la sociedad contemporánea puede definirse con propiedad como narcisista: vive en el éxtasis de la
imagen. La televisión, las gigantografías y carteles publicitarios que saturan la ciudad son los espejos de
Narciso hoy. Ahí nos miramos, con la ilusión de encontrar en los rostros y cuerpos de los modelos de 51
belleza, un reflejo de la apariencia que nos gustaría tener”.
Todos buscamos la apariencia de ideales que vemos en distintas propagandas o en películas y programas
de televisión, y nos encontramos desilusionados si somos diferentes a ellos, sin reflexionar en el hecho de
que la personalidad, los valores y la honestidad de una persona deberían ser considerados más relevantes
a la hora de juzgar u opinar sobre alguien. “Refiriéndose a las apariencias, Gracián, en El Discreto decía: [...]
a la persona que no conocemos por el porte la juzgamos”.
En la actualidad, los medios de comunicación, la programación de la televisión y la publicidad crean la
ilusión de que es primordial mantener una imagen joven y que esta apariencia es fundamental para la vida
de la sociedad, sin mostrar las consecuencias de esto, que así como en el caso de Narciso llevó a la muerte,
lleva a la gente a darle relevancia solamente a la estética y la belleza superficial y olvidamos la interioridad y
el espíritu humanos. Pues, a pesar de los aspectos positivos de la juventud, ésta también tiene otros
negativos al igual que cualquier etapa de la vida, contrariamente a lo que nos quieren vender. “El drama de
la sociedad es que habitamos un mundo modelado por Narciso, vivimos en un presente sin arraigo ni
proyecto, confundiendo la felicidad con la satisfacción de apetitos primarios y pasajeros, en la brillante
superficie de un espejo que tiene un reverso oscuro de soledad y depresión”.
Sin embargo, a pesar del aislamiento y el egoísmo que se produce en la sociedad, existe la posibilidad de
una sociedad con valores y preocupaciones más allá de la imagen, como plantea Enrique Rojas en El
hombre light, “existe la solidaridad y su consolidación en el hombre actual, que es consciente de su estado
de microcosmos, pero es capaz de unirse con otros en un proyecto común para hacer un mundo mejor, en
el que primen el amor, el trabajo y la cultura”.

No voy a dar una crítica - Santiago Giménez

Ser joven y no ser revolucionario,


es una contradicción hasta biológica
Salvador Allende
Los jóvenes se están implicando en la política...
¡Sí! Los jóvenes se están implicando en la política...
Y quién más que los jóvenes, que son los que enjambran y abastecen plazas y movilizaciones.
Y quién más que los jóvenes, que pueden sacar todo adelante y cortejar con hechos todo lo que les agrada.
Y quién más que los jóvenes, que se sienten identificados con un gobierno y con su política.
Y quién más que los jóvenes, que militan y militan bajo un ideal en el siglo XXI.
La juventud no se pierde, sino que se transforma en todo aquel que desea cambiar, modificar lo que está
dado... en palabras políticas hacer una revolución...
No voy a dar una crítica... sino a dar cuerda a algo que se está dando...
Pero no de esas revoluciones masivas, de dar vuelta el sistema dado, sino una revolución de cabeza, y de
pensamiento. Y de cambiar e incentivar a la política.
No voy a dar una crítica, sino a darle cuerda a algo que se está dando...
Pensar en la política e impulsar una política hace que los jóvenes y no tan jóvenes se agrupen y participen,
movilizándose por algo, y porque entienden que las cosas están funcionando de alguna manera; su atributo
es apoyar, alentar e insistir con esto. La política se hace en todos lados, no en un lugar particular, tal vez se
ve en algo pequeño y reducto, pero es política al fin.
No voy a dar una crítica, sino a darle cuerda a algo que se está dando...
¿Por qué no militar, hoy, en el siglo XXI? Lo dejo como pregunta.
En escena van a parecer dos hombres llamados Señor de Acá y Señor de Allá:
El Sr. de Acá y el Sr. de Allá están sentados en una confitería, bebiendo café y mirando por la ventana hacia
la plaza, en silencio, hasta que el Sr. de Acá irrumpió diciendo:
-Vamos, hombre, ¡basta de mentiras! Seamos honestos, toda esa gente es cínica, alguien los convoca, no
puede ser que vayan por conciencia propia, o porque ellos quieren ir. Encima, mire usted esta plaza, es un
hormiguero donde no paran de salir hormigas con trapos― dijo el Sr. de Acá, haciendo referencia a la gente.
-Disculpe señor, no opino lo mismo que usted, pero respeto su pensamiento. No, no van porque alguien los
convoca, sino porque quizás... quizás... ven las cosas mejor que nunca y porque avalan esto.
-¿Sabe qué? ¿Sabe lo que le falta a Ud.? ¿Sabe que me parece una total farsa lo que me está diciendo? 52
Encima no me trate de convencer de algo... que al fin y al cabo no me terminará de convencer. Así que,
mejor hágame un favor... ¿por qué no tira una bomba y los vuela a todos por el aire?―, dijo el Sr. de Acá.
El Señor de Allá lo miró con cara de asombro y se lamentó de su pensamiento.
-¿Sabe cuál es el inconveniente que veo?― dijo el Sr. de Acá.
-No, señor―, contestó el Sr. de Allá.
-Que todas estas hormigas, son jóvenes, ¿y sabe por qué hay que aniquilar a los jóvenes?
-La verdad que no, Señor― reiteró el Sr. de Allá.
-Porque son el futuro, y a estos jóvenes con esas ideas raras que les metieron en la cabeza hay que sacarlos
del medio para que no exista ese futuro, para que no se crean que van a ser partícipes de ese futuro―, dijo
el Señor de Acá, con entusiasmo y enojo.
Después de la escucha que hizo el Señor de Allá, terminó el café, le dio con firmeza la mano al Señor de Acá,
se levantó de la silla y le dijo:
-A pesar de que no comparto su ideología, lo respeto.
El Señor de Allá sorprendido del pensamiento de aquel hombre, se retiró de la confitería y se fue a la marcha
que se estaba efectuando en la plaza.
No voy a dar una crítica, sino a darle cuerda a algo que se está dando...
Cuando elegí este tema de la política en los jóvenes en Argentina, sentí esa idea de desahogarme y escribir
sobre esa necesidad en la vida de los jóvenes, porque los jóvenes actúan en el presente y seguramente
actuarán en el futuro. No voy a dar una crítica, sino a darle cuerda a algo que se está dando...
Me parece fantástica la idea de que personas militantes, periodistas y todos aquellos que vivieron en carne
propia la política nefasta del 76 sean el puente generacional que tal vez estemos necesitando. Que las ideas
de esas generaciones, acaso viejas, sirvan de motor, de disparador y de inspiración a la juventud de hoy para
incentivar la lucha y la protesta.
No voy a dar una crítica, sino a darle cuerda a algo que se está dando...
Los jóvenes se están implicando en la política, porque ellos quieren ser partícipes de algo y porque militan o
hacen política, a su manera, hoy en el siglo XXI.
Sí, los jóvenes nos estamos implicando, porque queremos ser partícipes de algo, porque queremos militar o
hacer política aunque sea a nuestro modo, hoy, en el siglo XXI.

Un supersónico en 1976 - Katherine Isla


Supongamos que a un chico de mi escuela se lo premie con un viaje al pasado y sólo se le permite llevar
consigo un anotador y lo que tiene puesto. El viaje durará una hora y su estadía en el pasado será de
veinticuatro horas. Viajará solo y se le repite que no podrá poseer ningún tipo de tecnología electrónica que
no se ajuste a la fecha de esa visita.
Llega el día, lleva un anotador que compró en el kiosco poco antes de salir –dado que este joven rara vez ha
escrito en algo que no tuviese un teclado o una pantalla táctil– y lleva, además, un par de saludos que le
mandan sus padres a los abuelos de aquella época.
Al chico se le advierte que tenga cuidado y “que no se asuste de los ruidos”.
Éste parte pensando en “espiar” a sus padres de jóvenes cuando se veían a escondidas y también pensando
en la posibilidad de inventar o patentar un celular, cosas que le gustaría hacer a un joven de 16 años. El reloj
corría.
Sesenta minutos después, se encuentra en el punto de partida treinta y cinco años atrás. No lo notó
enseguida, porque el lugar tenía dos pisos menos, parecía que se había hecho un campamento y el edificio
había sido la fogata, él todo lo anota.
El día, de 1976, era gris; sin nubes ni sol, ni nada. Gris.
Recorre la manzana y se da cuenta de que estaba a tres calles de “su casa”. Al llegar, observa que le faltan
las rejas negras, la pintura blanca, la ventana del frente y que, aquello que en su tiempo era un quincho, era
por aquel entonces un cuarto de chapa; él todo lo anota.
Sale una persona que reconoce como la famosa tía Clara fallecida en aquellos años, se contiene las ganas de
decirle que no vaya a la escuela, pues él sabía que nunca más volvería, pero sólo la para y le pide unas
referencias. Apreció esa voz como ninguna otra. Van juntos a la escuela, ella le cree la versión de chico

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nuevo en el barrio que comenzaba las clases, anota el brillo y la sonrisa inocente de su tía. Cuando ingresan
a la escuela, se escucha el murmullo de quejas por la falta de determinados textos de autores de literatura
argentina, así como también de cierto material de historia en la biblioteca.
El joven aconseja que le digan a la regente; pero los demás lo miraron incomodándolo y lo ignoran.
Él todo lo anota.
A la salida de la escuela, un tumulto de policías acecha una transmisora de radio llevándose al que parece el
vocero de la misma; aún tenía los auriculares antiguos puestos en el cuello. Los chicos susurraban “otro
menos” y él mira todo confundido.
¿Por qué la gente agacha la cabeza? La tía le explica lo que estaba pasando desde hacía tiempo en el país y
le confiesa que esa misma noche se planea una pintada en la universidad, y pegar panfletos en los autos. Él
piensa: “yo crearía un grupo en Facebook”.
Llega la noche y nota la desolación de la ciudad, ni un auto en movimiento, solo patrulleros que,
cada vez que pasan, hacen que Clara se tape disimuladamente la cara.
Al llegar a la casa, ve a su madre de joven; tenía la frente sangrando justo donde hoy en día tiene la cicatriz
que jamás le confesó de qué era. Clara le cuenta que a la salida de la escuela, con frecuencia se enfrentaban
los canas con su grupo de amigos. Él todo lo anota.
Pasadas las primeras diez horas de su premio, se va con la tía a la confitería (eso es lo que le decía a sus
padres). En el camino se oye un ruido aturdidor, jamás antes escuchado por nuestro anfitrión, pero deduce
que se trata de una bomba. Asustado, empieza a recordar lo que había aprendido en la escuela y lo que su
madre le había contado sobre esa época. Insiste en volver, pero Clara no le hace caso; él presiente que algo
malo pasará, corre y se esconde, la sigue y se vuelve a esconder, justo enfrente del lugar donde se planeó la
junta. A la hora y unos minutos, llegan tres autos y un camión, bajan varios hombres armados que entran a la
confitería, se oyen gritos, tiros y más gritos. Luego ve que traen encapuchada a su tía y la suben a uno de los
autos junto con otros jóvenes. Él, del miedo, no reacciona; pasa todo muy rápido, no le da tiempo para
pensar. Deseó tener un celular para avisar a la policía. Temblando y sorprendido anota todo. Él todo lo
anota.
Vuelve a su casa y entra sin que lo vean. La abuela cosía y aunque no tiene tantas arrugas se la nota
distinta, su mirada no es tan triste como la que tiene todos los días de su vida siempre que la ve; luego,
suena el teléfono.
La abuela empieza a llorar y a gritar, deja de tener esa mirada de paz en comparación a la actual. Está tan
caída y marchita como las flores en pleno invierno.
Pasadas las veinticinco horas, nuestro joven premiado vuelve al punto de partida y anota dos palabras. Su
gente lo recibe con la mayor de las alegrías, en su rostro tenía una mirada de dolor.
Un periodista de la radio le pregunta: “¿Volverías a vivir esta experiencia?” El joven lo esquiva y deja caer su
anotador abierto en la última hoja. El periodista lo levanta y lee las últimas dos palabras: “Nunca más”.
Este ensayo nos recuerda que tenemos una herida sin sanar, y que en todo nuestro país hay una demanda
de memoria. Hay que recordar lo importante que es la democracia.
Creo que la democracia es un privilegio, pero tengo muchas razones para decir que muchos jóvenes no
tenemos muy claro el concepto de democracia. ¿Será porque jamás nos faltó?
Cada 24 de marzo se nos eriza la piel hablando de la dictadura, pero no se trata de recordar los nombres de
los que hicieron algo tan atroz, sino los nombres de los que faltan por culpa de “los dinosaurios”, que aún no
se extinguieron.
¿Qué es lo que sigue infectando esa herida para que no se cierre?
Debemos recordar lo que pasó constantemente, no solo un 24 de marzo.
El hecho de pedir que nunca más vuelva a ocurrir, abarca los 365 días de todos los años; de este, del
siguiente y todos los que vendrán. No es la revancha un fin. El juicio que procese a los culpables no va a ser
nunca el desinfectante del dolor que cargan familiares, amigos, vecinos, ciudadanos, todos los que sabemos
lo que ocurrió y lo que se sigue pagando por ello.
Si perdemos la orientación, si perdemos el significado de la democracia esto va a volver a ocurrir; por eso y
más que nunca, tenemos que seguir recordando.
Con mis jóvenes 17 años, no sé si hubiese sobrevivido en 1976, no podría callarme o agachar la cabeza ante
algo con lo que no estoy de acuerdo, algo evidentemente injusto para todos. Pienso que el cambio grande
está por venir y deseo verlo. Tal vez no pueda apreciarlo del todo, pero sé que voy a hacer lo imposible por
contribuir con mi objetivo, en conjunto con mi generación.
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“Hoy un lector,
mañana un líder”.
(Margaret Fuller)

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