LyL 4to
LyL 4to
LENGUA Y
LITERATURA
Propósitos:
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Agitadores de la lectura
Entre la palabra libro y la palabra libre hay apenas una letra de diferencia, lo cual quizá no es
simple casualidad, ya que el libro nos hace libres. No está de más recordarlo en un momento en
que se confunde con frecuencia y con liviandad la conexión (un fenómeno tecnológico) con la
comunicación (un fenómeno que involucra nuestros atributos emocionales, espirituales, psíquicos e
intelectuales y que no necesita necesariamente aparatos). Hasta tal punto llega la confusión que
un fanático, en nuestro país, escribió que, si se puede salvar un disco rígido, para nada importa que
se quemen todos los libros del mundo. Eso sí, para comunicar su propuesta se valió de un medio
impreso.
Desde que en el siglo XV el alemán Gutenberg inventó la imprenta, el libro no sólo se consagró
como uno de los más formidables inventos de la humanidad, sino que también empezó a vivir bajo
el presagio de que pronto desaparecería, ya fuese porque no interesaría a nadie o porque sería
desplazado por otros recursos (la fotografía, la radio, el cine, la televisión, internet y la
computadora). La mayoría de esos agüeros ha desaparecido, desmentidos por el tiempo y los
acontecimientos.
Mientras tanto, las grandes ideas que perduran, las historias que nos conmueven por sus
contenidos y por la belleza y la calidad de su narración, las más profundas exploraciones de la
experiencia y la existencia humana perduran en forma de libro. También, muchas de las grandes
estupideces y las ideologías más perversas se han divulgado a través de ese medio.
Así como (más allá de sus usos útiles) muchas veces las pantallas estrechan nuestros horizontes,
nos aíslan del mundo, comen nuestro tiempo, aplanan nuestra imaginación y, en el afán de la
velocidad, de la multiplicidad, de cosechar la “amistad” de multitudes anónimas y virtuales, van
destruyendo nuestra sintaxis, empobreciendo nuestro lenguaje, secando nuestra capacidad de
crear metáforas, el libro nos lleva en la dirección opuesta. “El que lee nunca está sólo”, decía el
Negro Fontanarrosa. Y es así. El que lee conoce gente, la concibe junto con el escritor (un mismo
personaje es distinto en la fantasía de cada lector), toma palabras y, procesándolas en su
imaginación, ahonda conceptos, funda mundos, se alimenta de ideas y argumentos, se embaraza
de temas de conversación que luego comparte o divulga, enriquece su vocabulario, se deleita con
el silencioso sonido de las palabras. La lectura fomenta la actividad emotiva, intelectual e
imaginativa; las pantallas nos reducen a la pasividad al entregamos todo dicho o todo visto.
Mientras que la conexión virtual destruye vocablos abreviándolos de un modo patético, el libro es
el soporte que conserva, nutre, celebra y enaltece el lenguaje, la más poderosa herramienta de
comunicación humana, cuya forma actual fue concebida hace cinco mil años por los sumerios y
desarrollada luego a lo largo de la historia de la especie. Y pueden conservar, incrementar y
contagiar el único vicio que nutre, que mejora la vida y que hasta puede permitir vislumbrar su
sentido: el vicio de la lectura.
“¿Un libro puede salvar una vida?”, le preguntaron a Paul Holdengraber, director de la Biblioteca
Pública de Nueva York. “Incluso una sola línea puede hacerlo respondió”. “Pero para eso hay que
leer con humor”. ¿Y qué es leer con humor? “No identificarse con una sola mirada y permitir que
todas te cosquilleen, teniendo una mirada golosa y juguetona. Un fanático es alguien que ha leído
sin humor”. Holdengraber se llama a sí mismo “agitador de la lectura”, dice que el libro es un tercer
pulmón que nos permite respirar el mundo y recuerda que “el libro es algo que se puede tocar, que
emborracha por el tacto. Y, precisamente en un mundo cada vez más virtual y televisual, su
presencia táctil ganará aura. ¡Una biblioteca será el Palacio del Aura!”.
Sergio Sinay
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El lector
En uno de sus cuentos, Soriano imaginó un partido de fútbol en algún pueblito perdido en la
Patagonia. Al equipo local, nunca nadie la había metido un gol en su cancha. Semejante agravio
estaba prohibido, bajo pena de horca o tremenda paliza. En el cuento, el quipo visitante evitaba la
tentación durante todo el partido; pero al final el delantero centro quedaba solo frente al arquero y
no tenía más remedio que pasarle la pelota entre las piernas.
Diez años después, cuando Soriano llegó al aeropuerto de Neuquén, un desconocido lo estrujó en
un abrazo y lo alzó con valija y todo:
- ¡Gol, no! ¡Golazo! -gritó- ¡Te estoy viendo! ¡A lo Pelé lo festejaste! -y cayó de rodillas, elevando los
brazos al cielo. Después, se cubrió la cabeza:
-¡Que manera de llover piedras! ¡Qué biaba nos dieron!
Soriano boquiabierto, escuchaba con la valija en la mano.
-¡Se te vinieron encima! ¡Eran un pueblo! -gritó el entusiasta. Y señalándolo con el pulgar, informó a
los curiosos que se iban acercando:
-A éste, yo le salvé la vida.
Y les contó, con lujo de detalles, la tremenda gresca que se había armado al final del partido: ese
partido que el autor había jugado en soledad, una noche lejana, sentado ante una máquina de
escribir, un cenicero lleno de puchos y un par de gatos dormilones.
Eduardo Galeano, Bocas del tiempo
Cuando Lucía Peláez era muy niña, leyó una novela a escondidas. La leyó a pedacitos, noche tras
noche, ocultándola bajo la almohada. Ella la había robado de la biblioteca de cedro donde el tío
guardaba los libros preferidos.
Mucho caminó Lucía, después, mientras pasaban los años.
En busca de fantasmas caminó por los farallones sobre el río Antioquia y en busca de gente
caminó por las calles de las ciudades violentas.
Mucho caminó Lucía, y a lo largo de su vida iba siempre acompañada por los ecos de los ecos de
aquellas lejanas voces que ella había escuchado, con sus ojos, en la infancia.
Lucía no ha vuelto a leer ese libro. Ya no lo reconocería. Tanto le ha crecido adentro que ahora es
otro, ahora es suyo.
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.
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Latinoamérica
Latinoamérica de Maná (2011) Hay que soñar, Latinoamérica
Si no aprendemos de nuestra historia No
¡Alerta! Esto es un llamado habrá forma de progresar Cometeremos los
Es valiosa su atención mismos errores Atrasados nos vamos a
Están discriminando latinos quedar
No me parece que tienen razón Ahora es nuestro momento
Somos gente que nunca se raja De brillar como el Sol
ante cualquier situación Tenemos todo para hacerlo
Vamos a mostrar quiénes somos Con cojones, dignidad y valor
Con coraje y valor No vamos, no vamos A quejarnos jamás
No vamos, no vamos a quejarnos jamás Latino tú, latino yo
Latino tú, latino yo La misma sangre y corazón
La misma sangre y corazón Esto es mi Latinoamérica
Esto es mi Latinoamérica Hay que luchar, Latinoamérica
Hay que luchar, Latinoamérica Y si nos quieren marginar
Y si nos quieren marginar Nunca nos vamos a dejar
Nunca nos vamos a dejar Sólo existe una América
Sólo existe una América Hay que soñar, Latinoamérica
Jamás se te olviden tus raíces.
Latinoamérica de Calle 13
Tengo los lagos, tengo los ríos.
Tengo mis dientes pa` cuando me sonrío.
Soy, Soy lo que dejaron,
La nieve que maquilla mis montañas.
soy toda la sobra de lo que se robaron.
Tengo el sol que me seca y la lluvia que me baña.
Un pueblo escondido en la cima,
Un desierto embriagado con peyote
mi piel es de cuero por eso aguanta cualquier clima.
un trago de pulque para cantar con los coyotes,
Soy una fábrica de humo,
Todo lo que necesito.
mano de obra campesina para tu consumo.
Tengo mis pulmones respirando azul clarito.
Frente de frío en el medio del verano,
La altura que sofoca
el amor en los tiempos del cólera, mi hermano.
Soy las muelas de mi boca mascando coca
El sol que nace y el día que muere,
El otoño con sus hojas desmalladas
con los mejores atardeceres.
Los versos escritos bajo la noche estrellada
Soy el desarrollo en carne viva,
Una viña repleta de uvas
un discurso político sin saliva.
Un cañaveral bajo el sol en Cuba
Las caras más bonitas que he conocido,
Soy el mar Caribe que vigila las casitas
soy la fotografía de un desaparecido.
Haciendo rituales de agua bendita
Soy la sangre dentro de tus venas,
El viento que peina mi cabello
soy un pedazo de tierra que vale la pena.
Soy todos los santos que cuelgan de mi cuello
soy una canasta con frijoles ,
El jugo de mi lucha no es artificial
soy Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles.
Porque el abono de mi tierra es natural
Soy lo que sostiene mi bandera,
Estribillo
la espina dorsal del planeta es mi cordillera.
Trabajo bruto, pero con orgullo
Soy lo que me enseñó mi padre,
Aquí se comparte, lo mío es tuyo
el que no quiere a su patria no quiere a su madre.
Este pueblo no se ahoga con marullos
Soy América latina,
Y si se derrumba yo lo reconstruyo.
un pueblo sin piernas pero que camina.
Tampoco pestañeo cuando te miro
Tú no puedes comprar al viento.
Para que te recuerde' de mi apellido
Tú no puedes comprar al sol.
La Operación Cóndor invadiendo mi nido
Tú no puedes comprar la lluvia.
Perdono, pero nunca olvido, ¡oye!
Tú no puedes comprar el calor.
Aquí se respira lucha
Tú no puedes comprar las nubes.
(Vamos caminando) Yo canto porque se escucha
Tú no puedes comprar los colores.
(Vamos dibujando el camino) Oh, sí, sí, eso
Tú no puedes comprar mi alegría.
(Vamos caminando) Aquí estamos de pie
Tú no puedes comprar mis dolores.
¡Qué viva la América! 5
No puedes comprar mi vida
La literatura precolombina es una creación artística totalmente original de un mundo virgen no contaminado por la
cultura oriental ni la occidental. El hombre precolombino se preguntaba acerca de la vida, la muerte, el más allá, la
existencia y se expresaba con recursos retóricos (metáforas, paralelismos, etc.) De la unión de las ideas religiosas,
del ritual, de los mitos, de las leyendas junto con la tendencia innata para crear belleza y expresar los sentimientos
de la colectividad y los individuales, nació la literatura precolombina. En ella encontramos las raíces de la literatura
hispanoamericana.
La actitud etnocentrista del conquistador español lo llevó a desvalorizar estas culturas primitivas, en el sentido de
primeras, no de incivilizadas. Las juzgó inferiores porque no supo interpretar lo diferente. La cultura precolombina
quedó así truncada y desconocida. El indio se encontró en una encrucijada: no podía abandonar lo propio ni asimilar
lo ajeno. Fue desposeído, discriminado y desvalorizado.
Los principales pueblos precolombinos fueron los aztecas, los mayas y los incas.
Popol Vuh
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Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la
extensión del cielo. Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal,
pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.
No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión. No había nada
que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia.
Solamente había inmovilidad y silencio en la obscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu,
Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules,
por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía
el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.
Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la obscuridad, en la noche, y hablaron entre sí
Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus
palabras y su pensamiento.
Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los arroyos se fueron
corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando aparecieron las altas montañas. Así
fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, que así son
llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida dentro
del agua. De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre su feliz
terminación. Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de
la montaña,5 los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles [víboras], guardianes de los
bejucos. Y estando terminada la creación de todos los cuadrúpedos y las aves, les fue dicho a los cuadrúpedos y
pájaros por el Creador y el Formador y los Progenitores:
-- Hablad, gritad, gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra especie, según la variedad de cada uno -- . Así les
fue dicho a los venados, los pájaros, leones, tigres y serpientes. -- Decid, pues, vuestros nombres, alabadnos a
nosotros, vuestra madre, vuestro padre. ¡Invocad, pues, a Huracán, Chipi-Calculhá, Raxa-Calculhá, el Corazón del
Cielo, el Corazón de la Tierra, el Creador, el Formador, los Progenitores; hablad, invocadnos, adoradnos! -- les
dijeron.
Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo chillaban, cacareaban y gramaban; no se manifestó
la forma de su lenguaje, y cada uno gritaba de manera diferente. Cuando el Creador y el Formador vieron que no era
posible que hablaran, se dijeron entre sí : -- No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus
creadores y formadores. Esto no está bien --, dijeron entre sí los Progenitores. Entonces se les dijo : -- Seréis
cambiados porque no se ha conseguido que habléis. Hemos cambiado de parecer : vuestro alimento, vuestra
pastura, vuestra habitación y vuestros nidos los tendréis, serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido
lograr que nos adoréis ni nos invoquéis. Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros [seres] que sean
obedientes. Vosotros aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán trituradas. Así será. Esta será vuestra suerte--.
Así dijeron cuando hicieron saber su voluntad a los animales pequenos y grandes que hay sobre la faz de la tierra.
Luego quisieron probar suerte nuevamente; quisieron hacer otra tentativa y quisieron probar de nuevo a que los
adoraran.
Pero no pudieron entender su lenguaje entre ellos mismos, nada pudieron conseguir y nada pudieron hacer. Por
esta razón fueron inmoladas sus carnes y fueron condenados a ser comidos y matados los animales que existen
sobre la faz de la tierra. Así, pues, hubo que hacer una nueva tentativa de crear y formar al hombre por el Creador, el
Formador y los Progenitores. -- ¡A probar otra vez! Ya se acercan el amanecer y la aurora; hagamos al que nos
sustentará y alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados, para ser recordados sobre la tierra? Ya hemos probado
con nuestras primeras obras, nuestras primeras criaturas; pero no se pudo lograr que fuésemos alabados y
venerados por ellos. Probemos ahora a hacer unos seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y alimenten --
. Así dijeron. Entonces fue la creación y la formación. De tierra, de lodo hicieron la carne [del hombre]. Pero vieron
que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba
aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio
hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener. Y dijeron
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el Creador y el Formador: -- Bien se ve que no podía andar ni multiplicarse. Que se haga una consulta acerca de esto,
dijeron.
Entonces desbarataron y deshicieron su obra y su creación. Y en seguida dijeron: -- ¿Cómo haremos para
perfeccionar, para que salgan bien nuestros adoradores, nuestros invocadores?-- Así dijeron cuando de nuevo
consultaron entre sí. -- Digámosles a Ixpiyacoc, Ixmucané, Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú : ¡Probad suerte otra vez!
¡Probad a hacer la creación! -- Así dijeron entre sí el Creador y el Formador cuando hablaron a Ixpiyacoc e Ixmucané.
En seguida les hablaron a aquellos adivinos, la abuela del día, la abuela del alba, que así eran llamados por el
Creador y el Formador, y cuyos nombres eran Ixpiyacoc e Ixmucané. Entonces hablaron y dijeron la verdad : --
Buenos saldrán vuestros muñecos hechos de madera; hablarán y conversarán vuestros muñecos hechos de madera,
hablarán y conversarán sobre la faz de la tierra. -- ¡Así sea! -- contestaron, cuando hablaron. Y al instante fueron
hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superfcie
de la tierra.
Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni
entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas. Ya no se
acordaban del Corazón del Cielo y por eso cayeron en desgracia. Fue solamente un ensayo, un intento de hacer
hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos no tenían consistencia; no tenían
sangre, ni substancia, ni humedad, ni gordura; sus mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos, y amarillas sus
carnes. Por esta razón ya no pensaban en el Creador ni en el Formador, en los que les daban el ser y cuidaban de
ellos. Estos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre la faz de la tierra. Pero no pensaban,
no hablaban con su Creador, su Formador, que los habían hecho, que los habían creado. Y por esta razón fueron
muertos, fueron anegados. Una resina abundante vino del cielo. El llamado Xecotcovach llegó y les vació los ojos;
Camalotz vino a cortarles la cabeza; y vino Cotzbalam y les devoró las carnes. El Tucumbalam llegó también y les
quebró y magulló los huesos y los nervios, les molió y desmoronó los huesos. Y esto fue para castigarlos porque no
habían pensado en su madre, ni en su padre, el Corazón del Cielo, llamado Huracán. Y por este motivo se obscureció
la faz de la tierra y comenzó una lluvia negra, una lluvia de día, una lluvia de noche. Así fue la ruina de los hombres
que habían sido creados y formados, de los hombres hechos para ser destruidos y aniquilados: a todos les fueron
destrozadas las bocas y las caras. Y dicen que la descendencia de aquellos son los monos que existen ahora en los
bosques; éstos son la muestra de aquellos, porque sólo de palo fue hecha su carne por el Creador y el Formador. Y
por esta razón el mono se parece al hombre, es la muestra de una generación de hombres creados, de hombres
formados que eran solamente muñecos y hechos solamente de madera.
Y dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores, que se llaman Tepeu y Gucumatz: "Ha llegado el tiempo del
amanecer, de que se termine la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar, y nutrir, los hijos esclarecidos,
los vasallos civilizados; que aparezca el hombre, la humanidad, sobre la superfcie de la tierra." Así dijeron. Se
juntaron, llegaron y celebraron consejo en la oscuridad y en la noche; luego buscaron y discutieron, y aquí
refexionaron y pensaron. De esta manera salieron a luz claramente sus decisiones y encontraron y descubrieron lo
que debía entrar en la carne del hombre.
Poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre los Creadores y Formadores. De Paxil, de
Cayalá, así llamados, vinieron las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas. Estos son los nombres de los animales
que trajeron la comida Yac [el gato de monte], Utiú [el coyote], Que [una cotorra vulgarmente llamada chocoyo] y
Hoh [el cuervo]. Estos cuatro animales les dieron la noticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les
dijeron que fueran a Paxil y les enseñaron el camino de Paxil. Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en
la carne del hombre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la sangre del hombre. Así entró
el maíz [en la formación del hombre] por obra de los Progenitores.
Y moliendo entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, hizo Ixmucané nueve bebidas, y de este
alimento provinieron la fuerza y la gordura y con él crearon los músculos y el vigor del hombre. Esto hicieron los
Progenitores, Tepeu y Gucumatz, así llamados.
A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la formación de nuestra primera madre y padre.
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Mitología Inca
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Algunas Crónicas de Indias
Quiero hablar del descubrimiento que el yo hace del otro. […] Uno puede descubrir a los otros en uno
mismo, darse cuenta de que no somos una sustancia homogénea y radicalmente extraña a todo lo que
no es uno mismo: yo es otro. Pero los otros también son yos: sujetos como yo, que sólo mi punto de
vista, para el cual todos están allí y sólo yo estoy aquí, separa y distingue verdaderamente de mí. Puedo
concebir a esos otros como una abstracción, como una instancia de la configuración psíquica de todo
individuo, como el Otro, el otro y otro en relación con el yo; o bien como un grupo social concreto al que
nosotros no pertenecemos. Ese grupo puede, a su vez, estar en el interior de la sociedad: las mujeres
para los hombres, los ricos para los pobres, los locos para los “normales”; o puede ser exterior a ella, es
decir, otra sociedad, que será, según los casos cercana o lejana: seres a los que todo acerca a nosotros
en el plano cultural, moral, histórico; o bien desconocidos, extranjeros cuya lengua y costumbres no
entiendo, tan extranjeros que, en el caso límite, dudo en reconocer nuestra pertenencia común a una
misma especie. Esta problemática del otro exterior y lejano es la que elijo […].
Fragmento de La Conquista de América, de Tzvetan Todorov (1982).
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LA MIRADA EXPLORADORA SOBRE EL OTRO
Quiso Dios mostrarnos nueva tierra el 17 de agosto de 1501. Anclamos a media legua de la orilla,
descendimos en nuestros botes y fuimos a ver si la tierra estaba habitada por gentes y qué tal eran. La
encontramos habitada por gentes que eran peores que animales; sin embargo, Vuestra Majestad
entenderá que al principio no vimos gente, pero nos dimos cuenta de que estaba poblada por las
muchas señales que encontramos. Tomamos posesión de estas tierras en su nombre, serenísimo Rey, y
encontramos que la tierra era muy amena y verde y de buena apariencia; estaba cinco grados fuera de
la línea equinoccial hacia el austro. Por ese día volvimos a las naves; y porque teníamos gran necesidad
de agua y de leña acordamos retornar a tierra al día siguiente para proveernos de lo necesario; y
estando en tierra, vimos unas gentes en la cumbre de un monte que nos estaban mirando y no se
atrevían a descender. Estaban desnudas y eran del mismo color y apariencia que las otras que describí
en crónicas anteriores; y aunque estuvimos tratando de que vinieran a hablar con nosotros, jamás
pudimos atraerlos, porque no confiaban en nosotros; y vista su obstinación y que ya era tarde, volvimos
a las naves dejándoles en tierra, a su alcance, muchos cascabeles, espejos y otras cosas. Y cuando nos
alejamos en el mar, bajaron del monte y vinieron por las cosas que les habíamos dejado, las cuales los
admiraron mucho; y por ese día no nos proveímos sino de agua. A la mañana siguiente vimos desde las
naves que las gentes de tierra hacían muchas humaredas, y pensando que nos llamaban, fuimos a
tierra, donde encontramos que había venido gran multitud; y todavía estaban lejos de nosotros, y nos
hacían señas de que fuésemos con ellos tierra adentro. Dos cristianos del grupo fueron a pedirle al
capitán que les diese su licencia, pues deseaban arriesgarse a ir a tierra adentro con ellos para ver qué
gentes eran, y si tenían riquezas, especies, o cualquier otro bien material. Tanto suplicaron que el
capitán estuvo conforme; y se prepararon con muchos objetos de rescate, separándose de nosotros con
orden de que no tardasen más de cinco días en regresar, porque eso los esperaríamos; y tomaron su
camino por tierra, y nosotros hacia las naves a esperarlos. Casi todos los días venían gentes a la playa,
pero nunca nos quisieron hablar. El séptimo día fuimos a tierra y encontramos que habían traído con
ellos a sus mujeres, y así como saltamos a tierra, los hombres de la tierra mandaron a muchas de sus
mujeres a hablar con nosotros; y viendo que no tenían confianza, acordamos mandarles a uno de
nuestros hombres, que era un joven muy esforzado. Para no estorbar, nos fuimos hacia los botes y él se
fue hacia las mujeres. Cuando se llegó junto a ellas le hicieron un gran círculo alrededor, y tocándolo y
mirándolo, se maravillaban. Y estando en esto vimos venir una mujer del monte que llevaba un gran
palo en la mano; y cuando llegó donde estaba nuestro cristiano, se le acercó por detrás y, alzando el
garrote, le dio tan gran golpe que lo tendió muerto en tierra. En un instante las otras mujeres lo
cogieron por los pies, y lo arrastraron así hacia el monte; los hombres corrieron hacia la playa con sus
arcos y sus flechas a dispararnos, e infundieron tanto miedo a la gente nuestra que estaba en tierra que
ninguno atinaba a tomar las armas. Sin embargo, les disparamos cuatro tiros de arcabuz que no
acertaron, pero cuando escucharon los estampidos de nuestras armas todos huyeron hacia el monte,
donde ya estaban las mujeres despedazando al cristiano, y en un gran fuego que habían hecho, lo
estaban asando a nuestra vista, mostrándonos muchos pedazos y comiéndoselos. Los hombres nos
hacían señas con sus gestos, de cómo habían muerto a los otros dos cristianos y se los habían comido;
lo que nos pesó mucho, viendo con nuestros ojos la crueldad que tenían para con el muerto, cosa que
fue para todos una injuria intolerable; y teniendo el propósito, más de cuarenta de nosotros de saltar a
tierra y vengar muerte tan cruel y acto bestial e inhumano, el capitán mayor no quiso consentirlo, y se
quedaron ufanos de tanta afrenta. Nos alejamos de ellos de mala gana, y con mucha vergüenza a causa
de nuestro capitán.
Fragmento de Crónicas de Indias, cartas escritas por Américo Vespucio en sus viajes (1501).
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LA MIRADA CONQUISTADORA SOBRE EL OTRO
La gente desta tierra que habita desde la isla de Cozumel y punta de Yucatán hasta donde nosotros
estamos es una gente de mediana estatura, de cuerpos y gestos bien proporcionada, excepto que en
cada provincia se diferencian ellos mismos los gestos, unos horadándose las orejas y poniéndose en
ellas muy grandes y feas cosas y otros horadándose las ternillas de las narices hasta la boca, y
poniéndose en ellas unas ruedas de piedra muy grandes, que parecen espejos, y otros se horadan los
besos de la parte de abajo hasta los dientes, y cuelgan dellos unas grandes ruedas de piedra o de oro,
tan pesadas, que les traen los besos caídos y parecen muy diformes, y los vestidos que traen es como de
almaizales muy pintados, y los hombres traen tapadas sus vergüenzas, y encima del cuerpo unas
mantas muy delgadas y pintadas a manera de alquizales moriscos, y las mujeres y de la gente común
traen unas mantas muy pintadas desde la cintura hasta los pies y otras que les cubren las tetas, y todo
lo demás traen descubierto; y las mujeres principales andan vestidas de unas muy delgadas camisas de
algodón muy grandes, labradas y hechas a manera de roquetes; […]. Y tienen otra cosa horrible y
abominable y digna de ser punida, que hasta hoy visto en ninguna parte, y es que todas las veces que
alguna cosa quieren pedir a sus ídolos, para que más aceptación tenga su petición, toman muchas
niñas y niños y aun hombres y mujeres de más mayor edad, y en presencia de aquellos ídolos los abren
vivos por los pechos y les sacan el corazón y las entrañas, y queman las dichas entrañas y corazones
delante de los ídolos, ofreciéndoles en sacrificio aquel humo.
Fragmento de Cartas de la conquista de México, de Hernán Cortés (1519)
Los peligros
El que hizo al sol y a la luna avisó a los taínos que se cuidaran de los muertos.
Durante el día los muertos se escondían y comían guayaba, pero por las noches salían a pasear y
desafiaban a los vivos. Los muertos ofrecían combates y las muertas, amores. En la pelea, se esfumaban
cuando querían; y en lo mejor del amor quedaba el amante sin nada entre los brazos. Antes de aceptar
la lucha contra un hombre o de echarse junto a una mujer, era preciso rozarle el vientre con la mano,
porque los muertos no tienen ombligo.
El dueño del cielo también avisó a los taínos que mucho más se cuidaran de la gente vestida. El jefe
Cáicihu ayunó una semana y fue digno de su voz: Breve será el goce de la vida, anunció el invisible, el
que tiene madre pero no tiene principio: Los hombres vestidos llegarán, dominarán y matarán.
La telaraña
Bebeagua, sacerdote de los sioux, soñó que seres jamás vistos tejían una inmensa telaraña alrededor de
su pueblo. Despertó sabiendo que así sería, y dijo a los suyos: Cuando esa extraña raza termine su
telaraña, nos encerrarán en casas grises y cuadradas, sobre tierra estéril, y en esas casas moriremos de
hambre.
El profeta
Echado en la estera, boca arriba, el sacerdote-jaguar de Yucatán escuchó el mensaje de los dioses. Ellos
le hablaron a través del tejado, montados a horcajadas sobre su casa, en un idioma que nadie más
entendía. Chilam Balam, el que era boca de los dioses, recordó lo que todavía no había ocurrido: -
Dispersados serán por el mundo las mujeres que cantan y los hombres que cantan y todos los que
cantan... Nadie se librará, nadie se salvará... Mucha miseria habrá en los años del imperio de la codicia.
Los hombres, esclavos han de hacerse. Triste estará el rostro del sol... Se despoblará el mundo, se hará
pequeño y humillado... 14
Fragmento de Memorias del fuego I, de Eduardo Galeano (2012).
Brecha sobre la conquista
¿Cristóbal Colón descubrió América en 1492? ¿O antes que él la descubrieron los vikingos? ¿Y antes que los
vikingos? Los que allí vivían, ¿no existían?
Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de
Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?
¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a
los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos?
Nos han dicho, y nos siguen diciendo, que los peregrinos del Mayflower fueron a poblar América. ¿América
estaba vacía?
Como Colón no entendía lo que decían, creyó que no sabían hablar.
Como andaban desnudos, eran mansos y daban todo a cambio de nada, creyó que no eran gentes de
razón.
Y como estaba seguro de haber entrado al Oriente por la puerta de atrás, creyó que eran indios de la India.
Después, durante su segundo viaje, el almirante dictó un acta estableciendo que Cuba era parte del Asia.
El documento del 14 de junio de 1494 dejó constancia de que los tripulantes de sus tres naves lo
reconocían así; y a quien dijera lo contrario se le darían cien azotes, se le cobraría una pena de diez mil
maravedíes y se le cortaría la lengua.
El notario, Hernán Pérez de Luna, dio fe.
Y al pie firmaron los marinos que sabían firmar.
Los conquistadores exigían que América fuera lo que no era. No veían lo que veían, sino lo que querían ver:
la fuente de la juventud, la ciudad del oro, el reino de las esmeraldas, el país de la canela. Y retrataron a los
americanos tal como antes habían imaginado a los paganos de Oriente.
Cristóbal Colón vio en las costas de Cuba sirenas con caras de hombre y plumas de gallo, y supo que no
lejos de allí los hombres y las mujeres tenían rabos.
En la Guayana, según sir Walter Raleigh, había gente con los ojos en los hombros y la boca en el pecho.
En Venezuela, según fray Pedro Simón, había indios de orejas tan grandes que las arrastraban por los
suelos.
En el río Amazonas, según Cristóbal de Acuña, los nativos tenían los pies al revés, con los talones adelante y
los dedos atrás, y según Pedro Martín de Anglería las mujeres se mutilaban un seno para el mejor disparo
de sus flechas.
Anglería, que escribió la primera historia de América pero nunca estuvo allí, afirmó también que en el
Nuevo Mundo había gente con rabos, como había contado Colón, y sus rabos eran tan largos que sólo
podían sentarse en asientos con agujeros.
El Código Negro prohibía la tortura de los esclavos en las colonias francesas. Pero no era por torturar, sino
por educar, que los amos azotaban a sus negros y cuando huían les cortaban los tendones.
Eran conmovedoras las leyes de Indias, que protegían a los indios en las colonias españolas. Pero más
conmovedoras eran la picota y la horca clavadas en el centro de cada Plaza Mayor.
Muy convincente resultaba la lectura del Requerimiento, que en vísperas del asalto a cada aldea explicaba a
los indios que Dios había venido al mundo y que había dejado en su lugar a San Pedro y que San Pedro
tenía por sucesor al Santo Padre y que el Santo Padre había hecho merced a la reina de Castilla de toda
esta tierra y que por eso debían irse de aquí o pagar tributo en oro y que en caso de negativa o demora se
les haría la guerra y ellos serían convertidos en esclavos y también sus mujeres y sus hijos.
Pero este Requerimiento de obediencia se leía en el monte, en plena noche, en lengua castellana y sin
intérprete, en presencia del notario y de ningún indio, porque los indios dormían, a algunas leguas de
distancia, y no tenían la menor idea de lo que se les venía encima.
Y los llamaron salvajes. En eso, al menos, no se equivocaron. Tan brutos eran los indios que ignoraban que
debían exigir visa, certificado de buena conducta y permiso de trabajo a Colón, Cabral, Cortés, Alvarado,
Pizarro y los peregrinos del Mayflower.
Eduardo Galeano
16
Barroco Literario
Latinoamericano
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Redondillas - Sor Juana Inés de la cruz
Hombres necios que acusáis Con el favor y el desdén ¿Cuál mayor culpa ha tenido
a la mujer sin razón tenéis condición igual, en una pasión errada:
sin ver que sois la ocasión quejándoos, si os tratan mal, la que cae de rogada,
de lo mismo que culpáis: burlándoos, si os quieren bien. o el que ruega de caído?
si con ansia sin igual Opinión, ninguna gana; ¿O cuál es más de culpar,
solicitáis su desdén pues la que más se recata, aunque cualquiera mal haga:
¿por qué queréis que obren bien si no os admite, es ingrata, la que peca por la paga,
si las incitáis al mal? y si os admite, es liviana. o el que paga por pecar?
Combatís su resistencia Siempre tan necios andáis Pues ¿para qué os espantáis
y luego, con gravedad, que, con desigual nivel, de la culpa que tenéis?
decís que fue liviandad a una culpáis por crüel Queredlas cual las hacéis
lo que hizo la diligencia. y otra por fácil culpáis. o hacedlas cual las buscáis.
Queréis, con presunción necia, Mas, entre el enfado y pena Bien con muchas armas fundo
hallar a la que buscáis, que vuestro gusto refiere, que lidia vuestra arrogancia,
para pretendida, Thais, bien haya la que no os quiere pues en promesa e instancia
y en la posesión, Lucrecia. y quejáos en hora buena. juntáis diablo, carne y mundo.
¿Qué humor puede ser más raro Dan vuestras amantes penas
que el que, falto de consejo, a sus libertades alas,
él mismo empaña el espejo y después de hacerlas malas
y siente que no esté claro? las queréis hallar muy buenas.
Tu me quieres blanca
Tú me quieres alba, Tú que en el banquete Huye hacia los bosques, Habla con los pájaros
me quieres de espumas, cubierto de pámpanos vete a la montaña; y lévate al alba.
me quieres de nácar. dejaste las carnes límpiate la boca; Y cuando las carnes
Que sea azucena festejando a Baco. vive en las cabañas; te sean tornadas,
Sobre todas, casta. Tú que en los jardines toca con las manos y cuando hayas puesto
De perfume tenue. negros del Engaño la tierra mojada; en ellas el alma
Corola cerrada . vestido de rojo alimenta el cuerpo que por las alcobas
corriste al Estrago. con raíz amarga; se quedó enredada,
Ni un rayo de luna bebe de las rocas; entonces, buen hombre,
filtrado me haya. Tú que el esqueleto duerme sobre escarcha; preténdeme blanca,
Ni una margarita conservas intacto renueva tejidos preténdeme nívea,
se diga mi hermana. no sé todavía con salitre y agua: preténdeme casta.
Tú me quieres nívea, por cuáles milagros,
tú me quieres blanca, me pretendes blanca Alfonsina Storni
tú me quieres alba. (Dios te lo perdone),
me pretendes casta
Tú que hubiste todas (Dios te lo perdone),
las copas a mano,
de frutos y mieles
¡me pretendes alba!
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los labios morados.
Y Dios me hizo mujer
Sobrevivientes
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Romanticismo
María. Jorge Isaacs
Fragmento 1
Fragmento 2
María continuaba siendo para conmigo solamente lo que había sido hasta entonces: aquel casto misterio
que había velado nuestro amor, lo velaba aún. Apenas nos tomábamos la libertad de pasear algunas
veces solos en el jardín y en el huerto. Olvidados entonces de mi viaje, retozaba ella a mi alrededor,
recogiendo flores que ponía en su delantal para venir después a mostrármelas, dejándome escoger las
más bellas para mi cuarto, y disputándome algunas que fingía querer reservar para el oratorio.
Ayudábale yo a regar sus eras predilectas, para lo cual se recogía las mangas dejando ver sus brazos,
sin advertir que tan hermosos me parecían.
(...)
Pero si la más leve circunstancia nos hacía pensar en el viaje temido, su brazo no se desenlazaba del
mío, y deteniéndose en ciertos sitios, me buscaban sus miradas húmedas, después de espiar en ellos
algo invisible para mí.
Una tarde, ¡hermosa tarde que vivirá siempre en mi memoria! la luz de los arreboles moribundos del
ocaso se confundía bajo un cielo color de lila con los rayos de la luna naciente, blanqueados como los
de una lámpara al cruzar un globo de alabastro. Los vientos bajaban retozando de las montañas a las
llanuras: las aves buscaban presurosas sus nidos en los follajes de los sotos. Los bucles de la cabellera
de María, que recorría lentamente el jardín asida de mi brazo con entrambas manos, me habían
acariciado la frente más de una vez; ella había intentado reclinar la sien sobre mi hombro; nada nos
decíamos... De repente se detuvo en el extremo de una calle de rosales; miró por algunos instantes
hacia la ventana de mi cuarto, y volvió a mí los ojos para decirme:
-Aquí fue; así estaba yo vestida; ¿lo recuerdas?
-¡Siempre, María, siempre!... -le respondí cubriéndole las manos de besos.
-Mira: aquella noche me desperté temblando, porque soñé que hacías eso que haces ahora... ¿Ves este
rosal recién sembrado? Si me olvidas, no florecerá; pero si sigues siendo como eres, dará las más lindas
rosas, y se las tengo prometidas a la Virgen con tal que me haga conocer por él si eres bueno siempre.
Sonreí enternecido por tanta inocencia.
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Fragmento 3
“«—Vente, —me decía, ven pronto, o me moriré sin decirte adiós. al fin me consienten que te confiese la
verdad: hace un año que me mata hora por hora esta enfermedad de que la dicha me curó por unos
días. sino hubieran interrumpido esa felicidad, yo habría vivido para tí. «Si vienes... sí vendrás, porque yo
tendré fuerzas para resistir hasta que te vea; si vienes hallarás solamente una sombra de tu María; pero
esa sombra necesita abrazarte antes de desaparecer. si no te espero, si una fuerza más poderosa que
mi voluntad me arrastra sin que tú me animes, sin que cierres mis ojos, a Emma le dejaré para que te lo
guarde, todo lo que yo sé se te será amable: las trenzas de mis cabellos, el guardapelo donde están los
tuyos y los de mi madre, la sortija que pusiste en mi mano en vísperas de irte, y todas tus cartas. «Pero
¿a qué afligirte diciéndote todo esto? Si vienes, yo me alentaré; si vuelvo a oír tu voz, si tus ojos me
dicen un solo instante lo que ellos solos sabían decirme, yo viviré y volveré a ser como antes era. yo no
quiero morirme; yo no puedo morirme y dejarte solo para siempre».”
Hay una cosa más bella y amorosa todavía. Hay un contraste más vivo y más latente; una mistificación
de la fortuna o de la desgracia; o mas bien, una bellísima ironía de cuanto está sucediendo en esos
momentos: Amalia.
El tono sentimental, a la vez que solemne y lúgubre de Alfredo, me conmovió al extremo; así es que le
rogué me contase esa historia de su amor secreto, y él continuó:
—¿Conociste a Carolina?
—¡Carolina! … ¿Aquella jovencita de rostro expresivo y tierno, de delgada cintura, pie breve?
—La misma.
—Pues en verdad la conocí y me interesó sobremanera… pero…
—A esa joven —prosiguió Alfredo— la amé con el amor tierno y sublime con que se ama a una madre, a
un ángel; pero parece que la fatalidad se interpuso en mi camino y no permitió que nunca le revelara esta
pasión ardiente, pura y santa, que habría hecho su felicidad y la mía.
La primera noche que la vi fue en un baile; ligera, aérea y fantástica como las sílfides), con su hermoso y
blanco rostro lleno de alegría y de entusiasmo. La amé en el mismo momento, y procuré abrirme paso
entre la multitud para llegar cerca de esa mujer celestial, cuya existencia me pareció desde aquel
momento que no pertenecía al mundo, sino a una región superior; me acerqué temblando, con la
respiración trabajosa, la frente bañada de un sudor frío… ¡Ah!, el amor, el amor verdadero es una
enfermedad bien cruel. Decía, pues, que me acerqué y procuré articular algunas palabras, y yo no sé lo
que dije; pero el caso es que ella con una afabilidad indefinible me invitó que me sentase a su lado; lo
hice, y abriendo sus pequeños labios pronunció algunas palabras indiferentes sobre el calor, el viento,
etcétera; pero a mí me pareció su voz musical, y esas palabras insignificantes sonaron de una manera tan
mágica a mis oídos que aún las escucho en este momento. Si esa mujer en aquel acto me hubiera dicho:
Yo te amo, Alfredo; si hubiera tomado mi mano helada entre sus pequeños dedos de alabastro y me la
hubiera estrechado; si me hubiera sido permitido depositar un beso en su blanca frente… ¡Oh!, habría
llorado de gratitud, me habría vuelto loco, me habría muerto tal vez de placer.
A poco momento un elegante invitó a bailar a Carolina. El cruel, arrebató de mi lado a mi querida, a mi
tesoro, a mi ángel. El resto de la noche Carolina bailó, platicó con sus amigas, sonrió con los libertinos
pisaverdes; y para mí, que la adoraba, no tuvo ya ni una sonrisa, ni una mirada ni una palabra. Me retiré
cabizbajo, celoso, maldiciendo el baile. Cuando llegué a mi casa me arrojé en mi lecho y me puse a llorar
de rabia. 22
A la mañana siguiente, lo primero que hice fue indagar dónde vivía Carolina; pero mis pesquisas por
algún tiempo fueron inútiles. Una noche la vi en el teatro, hermosa y engalanada como siempre, con su
sonrisa de ángel en los labios, con sus ojos negros y brillantes de alegría. Carolina se rio unas veces con
las gracias de los actores, y se enterneció otras con las escenas patéticas; en los entreactos paseaba su
vista por todo el patio y palcos, examinaba las casacas de moda, las relumbrantes cadenas y fistoles de
los elegantes, saludaba graciosamente con su abanico a sus conocidas, sonreía, platicaba… y para mí
nada… ni una sola vez dirigió la vista por donde estaba mi luneta, a pesar de que mis ojos ardientes y
empapados en lágrimas seguían sus más insignificantes movimientos. También esa noche fue de
insomnio, de delirio; noche de esas en que el lecho quema, en que la fiebre hace latir fuertemente las
arterias, en que una imagen fantástica está fija e inmóvil en la orilla de nuestro lecho.
Era menester tomar una resolución. En efecto, supe por fin dónde vivía Carolina, quiénes componían su
familia y el género de vida que tenía. ¿Pero cómo penetrar hasta esas casas opulentas de los ricos? ¿Cómo
insinuarme en el corazón de una joven del alto tono, que dedicaba la mitad de su tiempo a descansar en
las mullidas otomanas (de Turquía) de seda, y la otra mitad en adornarse y concurrir en su espléndida
carroza a los paseos y a los teatros? ¡Ah!, si las mujeres ricas y orgullosas conociesen cuánto vale ese
amor ardiente y puro que se enciende en nuestros corazones; si miraran el interior de nuestra
organización, toda ocupada, por decirlo así, en amar; si reflexionaran que para nosotros, pobres hombres
a quienes la fortuna no prodigó riquezas, pero que la naturaleza nos dio un corazón franco y leal, las
mujeres son un tesoro inestimable y las guardamos con el delicado esmero que ellas conservan en un
vaso de nácar las azucenas blancas y aromáticas, sin duda nos amarían mucho; pero… las mujeres no son
capaces de amar el alma jamás. Su carácter frívolo las inclina a prenderse más de un chaleco que de un
honrado corazón; de una cadena de oro o de una corbata, que de un cerebro bien organizado.
He aquí mi tormento. Seguir lánguido, triste y cabizbajo, devorado con mi pasión oculta, a una mujer que
corría loca y descuidada entre el mágico y continuado festín, de que goza la clase opulenta de México.
Carolina iba a los teatros, allí la seguía yo; Carolina en su brillante carrera daba vueltas por las frondosas
calles de árboles de la Alameda, también me hallaba yo sentado en el rincón oscuro de una banca. En
todas partes estaba ella rebosando alegría y dicha, y yo, mustio, con el alma llena de acíbar y el corazón
destilando sangre.
Me resolví a escribirle. Di al lacayo una carta, y en la noche me fui al teatro lleno de esperanzas.
Esa noche acaso me miraría Carolina, acaso fijaría su atención en mi rostro pálido y me tendría lástima…
era mucho esto: tras de la lástima vendría el amor y entonces sería yo el más feliz de los hombres. ¡Vana
esperanza! En toda la noche no logré que Carolina fijase su atención en mi persona. Al cabo de ocho días
me desengañé que el lacayo no le había entregado mi carta. Redoblé mis instancias y conseguí por fin que
una amiga suya pusiese en sus manos un billete, escrito con todo el sentimentalismo y el candor de un
hombre que ama de veras; pero, ¡Dios mío!, Carolina recibía diariamente tantos billetes iguales;
escuchaba tantas declaraciones de amor; la prodigaban desde sus padres hasta los criados tantas
lisonjas, que no se dignó abrir mi carta y la devolvió sin preguntar aun por curiosidad quién se la escribía.
¿Has experimentado alguna vez el tormento atroz que se siente, cuando nos desprecia una mujer a quien
amamos con toda la fuerza de nuestra alma? ¿Comprendes el martirio horrible de correr día y noche loco,
delirante de amor tras de una mujer que ríe, que no siente, que no ama, que ni aun conoce al que la
adora?
Cinco meses duraron estas penas, y yo constante, resignado, no cesaba de seguir sus pasos y observar
sus acciones. El contraste era siempre el mismo: ella loca, llena de contento, reía y miraba al drama que
se llama mundo al través de un prisma (punto de vista, perspectiva) de ilusiones; y yo triste, desesperado
con un amor secreto que nadie podía comprender, miraba a toda la gente tras la media luz de un velo
infernal.
Pasaban ante mi vista mil mujeres; las unas de rostro pálido e interesante, las otras llenas de robustez y
brotándoles el nácar por sus redondas mejillas. 23
Veía unas de cuerpo flexible, cintura breve y pie pequeño; otras robustas de formas atléticas; aquellas de
semblante tétrico y romántico; las otras con una cara de risa y alegría clásica; y ninguna, ninguna de estas
flores que se deslizaban ante mis ojos, cuyo aroma percibía, cuya belleza palpaba, hacía latir mi corazón, ni
brotar en mi mente una sola idea de felicidad. Todas me eran absolutamente indiferentes; sólo amaba a
Carolina, y Carolina… ¡Ah!, el corazón de las mujeres se enternece, como dice Antony, cuando ven un
mendigo o un herido; pero son insensibles cuando un hombre les dice: ‘Te amo, te adoro, y tu amor es tan
necesario a mi existencia como el sol a las flores, como el viento a las aves, como el agua a los peces.’ ¡Qué
locura! Carolina ignoraba mi amor, como te he repetido, y esto era peor para mí que si me hubiese
aborrecido.
La última noche que la vi fue en un baile de máscaras. Su disfraz consistía en un dominó de raso negro;
pero el instinto del amor me hizo adivinar que era ella. La seguí en el salón del teatro, en los palcos, en la
cantina, en todas partes donde la diversión la conducía. El ángel puro de mi amor, la casta virgen con quien
había soñado una existencia entera de ventura doméstica, verla entre el bullicio de un carnaval, sedienta de
baile, llena de entusiasmo, embriagada con las lisonjas y los amores que le decían. ¡Oh!, si yo tuviera
derechos sobre su corazón, la hubiera llamado, y con una voz dulce y persuasiva le hubiera dicho: ‘Carolina
mía, corres por una senda de perdición; los hombres sensatos nunca escogen para esposas a las
mujeres que se encuentran en medio de las escenas de prostitución y voluptuosidad; sepárate por piedad
de esta reunión cuyo aliento empaña tu hermosura, cuyos placeres marchitan la blanca flor de tu inocencia;
ámame sólo a mí, Carolina, y encontrarás un corazón sincero, donde vacíes cuantos sentimientos tengas en
el tuyo: ámame, porque yo no te perderé ni te dejaré morir entre el llanto y los tormentos de una pasión
desgraciada.’ Mil cosas más le hubiera dicho; pero Carolina no quiso escucharme; huía de mí y risueña daba
el brazo a los que le prodigaban esas palabras vanas y engañadoras que la sociedad llama galantería.
¡Pobre Carolina! La amaba tanto, que hubiera querido tener el poder de un dios para arrebatarla del
peligroso camino en que se hallaba.
Observé que un petimetre de estos almibarados, insustanciales, destituidos de moral y de talento, que por
una de tantas anomalías aprecia y puede decirse venera la sociedad, platicaba con gran interés con
Carolina. En la primera oportunidad lo saqué fuera de la sala, lo insulté, lo desafié, y me hubiera batido a
muerte; pero él, riendo me dijo: ‘¿Qué derechos tiene usted sobre esta mujer?’ Reflexioné un momento, y
con voz ahogada por el dolor, le respondí: ‘Ningunos.’ ‘Pues bien —prosiguió riéndose mi antagonista—, yo
sí los tengo y los va usted a ver.’ El infame sacó de su bolsa una liga, un rizo de pelo, un retrato, unas cartas
en que Carolina le llamaba su tesoro, su único dueño. ‘Ya ve usted, pobre hombre —me dijo alejándose—,
Carolina me ama, y con todo la voy a dejar esta noche misma, porque colecciones amorosas iguales a las
que ha visto usted y que tengo en mi cómoda, reclaman mi atención; son mujeres inocentes y sencillas, y
Carolina ha mudado ya ocho amantes.’
Sentí al escuchar estas palabras que el alma abandonaba mi cuerpo, que mi corazón se estrechaba, que el
llanto me oprimía la garganta. Caí en una silla desmayado, y a poco no vi a mi lado más que un amigo que
procuraba humedecer mis labios con un poco de vino.
A los tres días supe que Carolina estaba atacada de una violenta fiebre y que los médicos desesperaban de
su vida. Entonces no hubo consideraciones que me detuvieran; me introduje en su casa decidido a
declararle mi amor, a hacerle saber que si había pasado su existencia juvenil entre frívolos y pasajeros
placeres, que si su corazón moría con el desconsuelo y vacío horrible de no haber hallado un hombre que la
amase de veras, yo estaba allí para asegurarle que lloraría sobre su tumba, que el santo amor que le había
tenido lo conservaría vivo en mi corazón. ¡Oh!, estas promesas habrían tranquilizado a la pobre niña, que
moría en la aurora de su vida, y habría pensado en Dios y muerto con la paz de una santa.
Pero era un delirio hablar de amor a una mujer en los últimos instantes de su vida, cuando los sacerdotes
rezaban los salmos en su cabecera; cuando la familia, llorosa, alumbraba con velas de cera benditas, las
facciones marchitas y pálidas de Carolina. ¡Oh!, yo estaba loco; agonizaba también, tenía fiebre en el alma.
¡Imbéciles y locos que somos los hombres!”
—Y ¿qué sucedió al fin?
—Al fin murió Carolina —me contestó—, y yo constante la seguí a la tumba, como la había seguido a los
teatros y a las máscaras. Al cubrir la fría tierra los últimos restos de una criatura poco antes tan hermosa,
tan alegre y tan contenta, desaparecieron también mis más risueñas esperanzas, las solas ilusiones de mi
vida. Alfredo salió de mi cuarto, sin despedida.
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NATURALISMO - HORACIO QUIROGA
A la deriva
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o
tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la
pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed
quemante, le arrancó un nuevo juramento. Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda
de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero.
La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en
un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto
alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no
sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre
la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz
sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de
palo. Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la
popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones
del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos
dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una
mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El
hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con
grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a
Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban
disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar.
Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el
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silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la
corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan
fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque,
negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río
arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en
él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad
única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío.
Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas,
la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno comenzaba a irse, no
había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del
rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú. El bienestar
avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el
vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú- Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister
Dougald, y al recibidor del obraje. ¿Llegaría pronto?
El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la
costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en
penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio
hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el
borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en
el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos
años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración
también... Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto
Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.
La gallina degollada
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los
cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la
lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza
con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por
un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco
metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los
ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los
idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención
al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin
estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad
ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otras veces, alineados en el banco,
zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su
inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre
estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con
las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años, y
el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado
maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de
casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un
porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada
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consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es
peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron
cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el
vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a
sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las
causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados
recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había
quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le
permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay
allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar
bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que
pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo
más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y
limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del
primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda
desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él,
veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían
más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez
para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso
de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran
compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus
almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse.
Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos.
Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando
veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba,
radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada
más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años
desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera
aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en
razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte
que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro
bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es
patrimonio específico de los corazones inferiores. Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y
como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener
más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!...
¡No faltaba más!... —murmuró. 27
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se
unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a
flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella
toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si
aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo
de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con
el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo
para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera.
Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se
siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona.
Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a
sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos
sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba
de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados
frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa
noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo
algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . . ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre
como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo
hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién
tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron
cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la
una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los
matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto
más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala
noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró
desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta
que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba
en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen
modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. 28
Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la
operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad
reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los
raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las
quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su
hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el
cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas
paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería
trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió
entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual
triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente
dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus
manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada
de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los
ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus
rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco.
La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado,
seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron
miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero
sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si
fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había
desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y
mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible
presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso
un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y
respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso,
conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a
lo largo de él con un ronco suspiro.
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Realismo - Juan Rulfo
Nos han dado la tierra
Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una
semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría
después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura
rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que
ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la
gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se
asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:
—Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro.
Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: “Somos
cuatro.” Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido
desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros. Faustino dice:
—Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y
pensamos: “Puede que sí.”
No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con
el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se
calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el
resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un
salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay
ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa.
El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota
caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí
se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá
se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el
llano, lo que se llama llover.
No, el Llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches
trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina.
Ahora no traemos ni siquiera la carabina.
Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar
armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con “la 30” amarrada a las correas. Pero los caballos
son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros
estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos
aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.
Vuelvo hacia todos lados y miro el Llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no
encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus
agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero
nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros
nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.
30
Nos dijeron:
—Del pueblo para acá es de ustedes.
Nosotros preguntamos:
—¿El Llano?
—Sí, el Llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir que el Llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del
río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No
este duro pellejo de vaca que se llama Llano.
Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles
en la mano y nos dijo:
—No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
—Es que el Llano, señor delegado...
—Son miles y miles de yuntas.
—Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
—¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el
maíz como si lo estiraran.
—Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como
cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así
es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.
—Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que
les da la tierra.
—Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano...
No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho... Espérenos usted para explicarle. Mire,
vamos a comenzar por donde íbamos...
Pero él no nos quiso oír.
Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si
algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba,
volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se
mueve y por donde uno camina como reculando. Melitón dice:
—Esta es la tierra que nos han dado.
Faustino dice:
—¿Qué? Yo no digo nada. Yo pienso: “Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace
hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que
dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los
remolinos.”
Melitón vuelve a decir:
—Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.
—¿Cuáles yeguas? —le pregunta Esteban.
Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega
al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como
una gallina. Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el
pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:
—Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?
—Es la mía— dice él.
—No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?
—No la merque, es la gallina de mi corral.
—Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?
—No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje.
Siempre que salgo lejos cargo con ella.
—Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.
Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:
—Estamos llegando al derrumbadero.
Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero
31
adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no, golpearle la
cabeza contra las piedras
. Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que
bajará por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la
dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a
tierra.
Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso
también es lo que nos gusta. Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento
que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos. Esteban ha vuelto a abrazar su
gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su
gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.
—¡Por aquí arriendo yo! —nos dice Esteban.
Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.
La tierra que nos han dado está allá arriba.
—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves
alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo,
trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla
del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
– ¿Pero te pega? -me pregunta la policía, una chica jovencita, con el pelo recogido que me hace acordar un
poco a mi hija.
– ¿Te pega o no te pega, mamita? Decidite, porque no podemos andar tomando denuncias por boludeces-
No sé qué decirle. Mi amiga me dijo que diga que sí, porque si no, no me van a dar pelota, pero no sé qué
decir.
Porque Dardo nunca me dio un puñetazo. Ni una cachetada, ni una patada, ni siquiera me empujó. Pero le
tengo miedo, igual le tengo mucho miedo cuando hago algo que no le gusta y él me mira y hace ese gesto
con las manos, como que aprieta algo, y después descarga un puñetazo contra la pared, cerquita, cerquita,
de donde está mi cabeza, pero no me pega.
-Estúpida- me dice- Estúpida de mierda, gorda pelotuda, te tendría que echar a la mierda, a ver quién te
aguanta, quién te da de comer- me dice, pero no me pega.
A mí me gustaría tener mi plata, pero él no quiere que trabaje. Dice que soy una inútil, y que le va a salir
más caro el collar que la perra, porque va a tener que pagar los juicios de mis clientas. Yo soy cosmetóloga y
maquilladora profesional, dos años estudié, antes, cuando no lo conocía, pero ahora él no quiere que
trabaje. Igual, a veces algunas de las chicas venían a casa para que las arregle, o les haga una limpieza de
cutis, pero él se aparecía en la cocina y les decía -«Mirá que sos valiente vos, ésta te va a quemar toda la
cara con esas meadas de perro que te pone» y se reía fuerte. Las clientas no vienen más, y mis amigas
tampoco, porque soy una aburrida, ellas son todas pibas jóvenes, lindas, y yo soy una gorda culo caído y una
bruta. Así me dice, y me clava un dedo en la panza fofa, en las nalgas blandas y se ríe, pero no me pega.
Nunca me pega.
Él sí tiene amigos, a veces vienen a casa, y yo les cocino empanadas de pollo que a él le gustan. Antes me
gustaba que vinieran, porque por lo menos veía gente, pero ya no me gusta más que venga nadie, porque él
se pone gracioso y me dice «la ballena» o les pregunta a los amigos qué hizo para merecer esto, él que tuvo
siempre las pibas de familia, las más lindas, y se pone a recordar las novias que tenía antes de conocerme.
-Me agarró con un hijo, la gorda- les dice, y se ríe- Ninguna boluda, aunque parece, se hizo preñar y se
aseguró la buena vida- y se ríe solo, porque nadie más se ríe. Ahora sus amigos tampoco vienen más, y él
dice que es porque mis empanadas son un asco. Pura grasa, igual que yo.
-¿Y, te pega o no te pega?- repite la señorita de uniforme, que está perdiendo la paciencia, y empieza a
poner el mismo gesto de Dardo cuando le sirvo el almuerzo y me dice que le falta sal, o que está crudo, que
con lo que me gusta comer como no voy a saber cocinar.
No, no me pega, nunca me pega, pero igual quiero que se vaya, igual quiero vivir sin miedo, igual necesito
no sobresaltarme cuando escucho el motor del auto, igual quiero vivir sin ese dolor de estómago que me
quedó desde aquella vez que Lauti, mi hijo, trajo una gatita y él la ahogó en la bañera, porque dijo que ya
bastantes vagos daba de comer. Ahí supe que quería que se fuera. O que se muera. O morirme yo, como la
gatita que lo arañó un poquito antes de quedarse quieta, con los ojos muy abiertos.
Si tuviera adónde me iría yo, pero no tengo. La casa está a mi nombre porque era de mi abuela, y me la dejó
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antes de morir porque yo la cuidé en sus últimos años, y es lo único que tengo. Eso y doscientos pesos que
fui escondiendo de los vueltos de los mandados, sin que él se diera cuenta.
El otro día me encontré con Sandra, mi mejor amiga de la escuela de maquillaje, y me dijo que me veía mal,
triste. Me largué a llorar como una boba y le conté todo, pero rápido, porque tenía que volver antes de que
él llegara, si no, me iba a dejar encerrada como esa vez que me demoré en el súper porque había mucha
gente y se enojó. Me tuvo encerrada en el dormitorio una semana, solo cuando él venía me dejaba salir para
ir al baño. Pero no me pegó.
Sandra dice que lo puedo denunciar, que soy víctima de violencia económica, emocional y verbal, que la
policía lo puede sacar porque la casa es mía.
Pero ahora la señorita dice que no pueden hacer nada, que trate de hablar con él, porque esto no es cosa
para la policía, porque no me pega, aunque me esté matando.
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Realismo Mágico
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá, o una nieta
o, en fin, cualquier pariente, feliz con su peso, dice y comenta:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y porqué es un tonto?
-Porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy
con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Y su madre le dice:
- No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen...
Una pariente oye esto y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: "Deme un kilo de carne", y en el
momento que la está cortando, le dice: "Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y
lo mejor es estar preparado".
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice: "Mejor lleve
dos, porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y
comprando cosas". Entonces la vieja responde: "Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos..." Se lleva los
cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra
vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo,
está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
Tanto calor, que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban
siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.
-Si, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: "Hay un pajarito en la
plaza". Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Si, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y
no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy. 40
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo
el pueblo lo ve. Hasta que todos dicen: "Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos". Y empiezan a
desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que
abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa", y entonces
la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora
que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado: "¿Viste mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en
este pueblo?".
Talpa
Juan Rulfo
Natalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto
aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a
sentirse con ganas de consuelo.
Sin embargo, antes, entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un
pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras
fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos -dándonos
prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su
aire lleno de muerte-, entonces no lloró.
Ni después, al regreso, cuando nos vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas
como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo. En ese entonces,
Natalia parecía estar endurecida y traer el corazón apretado para no sentirlo bullir dentro de ella. Pero de sus
ojos no salió ninguna lágrima.
Vino a llorar hasta aquí, arrimada a su madre; sólo para acongojarla y que supiera que sufría,
acongojándonos de paso a todos, porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera
exprimiendo el trapo de nuestros pecados.
Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se
muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos empujándolo
entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.
La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años
que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas
moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por
donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa. Desde
entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener ya remedio. Para eso quería ir a
ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y
que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches de marzo, así y todo
quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía
hacer eso: lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente a
Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso pensaba él.
Y de eso nos agarramos Natalia y yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano.
Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que ayudarlo llevándolo del brazo,
sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre sus hombros, mientras él arrastrara su esperanza.
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Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus
piernas redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo.
Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba:
sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera
cuidando. Y así sería siempre mientras él estuviera vivo.
Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará
del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber que Tanilo se hubiera
muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues
casi es seguro de que se hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá, porque
todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y el coraje y todo, todas esas cosas
juntas fueron las que lo mataron más pronto. Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones,
cuando él ya no quería seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo regresáramos. A
estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera caminando, diciéndole que ya no podíamos volver
atrás.
“Está ya más cerca Talpa que Zenzontla.” Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más
allá de muchos días.
Lo que queríamos era que se muriera. No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde
antes de salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa. Es algo que no
podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos me acuerdo muy bien.
Me acuerdo de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza
oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del
cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche.
Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella
eso le servía de remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se quedaba
adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.
Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de
mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos
quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían
por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si
quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el
viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de
Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.
Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir. Ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le
costaba vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida que le salía
por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy
despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía
asustados.
Pero ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea,
desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma. Ella dice que ha sentido la cara
de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre
por el sudor en que lo dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su boca,
escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya
se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor. Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a
estar contigo", dizque eso le dijo.
Acabábamos de salir de Talpa, de dejarlo allí enterrado bien hondo en aquel como surco profundo que
hicimos para sepultarlo.
Y Natalia se olvidó de mí desde entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos
alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como si la hubiera revolcado
en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había
cuidado mientras estuvo vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse.
Tardamos veinte días en encontrar el camino real de Talpa. Hasta entonces habíamos venido los tres
solos. Desde allí comenzamos a juntarnos con gente que salía de todas partes; que había desembocado
como nosotros en aquel camino ancho parecido a la corriente de un río, que nos hacía andar a rastras,
empujados por todos lados como si nos llevaran amarrados con hebras de polvo. Porque de la tierra se 45
levantaba, con el bullir de la gente, un polvo blanco como tamo de maíz que subía muy alto y volvía a caer;
pero los pies al caminar lo devolvían y lo hacían subir de nuevo; así a todas horas estaba aquel polvo por
encima y debajo de nosotros. Y arriba de esta tierra estaba el cielo vacío, sin nubes, sólo el polvo; pero el
polvo no da ninguna sombra.
Teníamos que esperar a la noche para descansar del sol y de aquella luz blanca del camino. Luego los
días fueron haciéndose más largos. Habíamos salido de Zenzontla a mediados de febrero, y ahora que
comenzaba marzo amanecía muy pronto. Apenas si cerrábamos los ojos al oscurecer, cuando nos volvía a
despertar el sol el mismo sol que parecía acabarse de poner hacía un rato.
Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de
gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la
cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados. Los ojos
seguían la polvareda; daban en el polvo como si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el
cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a veces,
cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y
renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que
sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo,
cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido entre todos.
Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se
trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos.
Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de
tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando
estemos muertos.
En eso pensábamos Natalia y yo y quizá también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa,
entre la procesión; queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le acabaran los milagros.
Pero Tanilo comenzó a ponerse más malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir. La carne de sus pies
se había reventado y por la reventazón aquella empezó a salírsele la sangre. Lo cuidamos hasta que se
puso bueno. Pero, así y todo, ya no quería seguir:
“Me quedaré aquí sentado un día o dos y luego me volveré a Zenzontla.” Eso nos dijo.
Pero Natalia y yo no quisimos. Había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima
por ningún Tanilo. Queríamos llegar con él a Talpa, porque a esas alturas, así como estaba, todavía le
sobraba vida. Por eso mientras Natalia le enjuagaba los pies con aguardiente para que se le deshincharan,
le daba ánimos. Le decía que sólo la Virgen de Talpa lo curaría. Ella era la única que podía hacer que él se
aliviara para siempre. Ella nada más. Había otras muchas Vírgenes; pero sólo la de Talpa era la buena. Eso
le decía Natalia. Y entonces Tanilo se ponía a llorar con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara
y después se maldecía por haber sido malo. Natalia le limpiaba los chorretes de lágrimas con su rebozo, y
entre ella y yo lo levantábamos del suelo para que caminara otro rato más, antes que llegara la noche.
Así, a tirones, fue como llegamos con él a Talpa.
Ya en los últimos días también nosotros nos sentíamos cansados. Natalia y yo sentíamos que se nos iba
doblando el cuerpo entre más y más. Era como si algo nos detuviera y cargara un pesado bulto sobre
nosotros. Tanilo se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y a veces llevarlo sobre los hombros.
Tal vez de eso estábamos como estábamos: con el cuerpo flojo y lleno de flojera para caminar. Pero la
gente que iba allí junto a nosotros nos hacía andar más aprisa.
Por las noches, aquel mundo desbocado se calmaba. Desperdigadas por todas partes brillaban las
fogatas y en derredor de la lumbre la gente de la peregrinación rezaba el rosario, con los brazos en cruz,
mirando hacia el cielo de Talpa. Y se oía cómo el viento llevaba y traía aquel rumor, revolviéndolo, hasta
hacer de él un solo mugido. Poco después todo se quedaba quieto. A eso de la medianoche podía oírse que
alguien cantaba muy lejos de nosotros. Luego se cerraban los ojos y se esperaba sin dormir a que
amaneciera.
Entramos a Talpa cantando el Alabado. Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los
últimos días de marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a que Tanilo se puso a
hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que llevaban pencas de nopal colgadas como
escapulario, él también pensó en llevar las suyas. Dio en amarrarse los pies uno con otro con las mangas
de su camisa para que sus pasos se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una corona de 46
espinas. Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los últimos trechos del camino, se hincó en la
tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa
aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de
sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.
Y cuando menos acordamos lo vimos metido entre las danzas. Apenas si nos dimos cuenta y ya estaba allí,
con la larga sonaja en la mano, dando duros golpes en el suelo con sus pies amoratados y descalzos. Parecía
todo enfurecido, como si estuviera sacudiendo el coraje que llevaba encima desde hacía tiempo; o como si
estuviera haciendo un último esfuerzo por conseguir vivir un poco más.
Tal vez al ver las danzas se acordó de cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y
bailaba la noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de eso se acordó y quiso
revivir su antigua fuerza.
Natalia y yo lo vimos así por un momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el
suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo sacamos a rastras,
esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre
las piedras y brincaban aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos.
A horcajadas, como si estuviera tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a ella,
enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y Tanilo comenzó a rezar y dejó que se le
cayera una lágrima grande, salida de muy adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus
manos. Pero no se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí había le cortó esa cosa
con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno. Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a
gritos para oír que rezaba.
Pero no le valió. Se murió de todos modos. “...
Desde nuestros corazones sale para Ella una súplica igual, envuelta en el dolor. Muchas lamentaciones
revueltas con esperanza. No se ensordece su ternura ni ante los lamentos ni las lágrimas, pues Ella sufre con
nosotros. Ella sabe borrar esa mancha y dejar que el corazón se haga blandito y puro para recibir su
misericordia y su caridad. La Virgen nuestra, nuestra madre, que no quiere saber nada de nuestros pecados;
que se echa la culpa de nuestros pecados; la que quisiera llevarnos en sus brazos para que no nos lastime la
vida, está aquí junto a nosotros, aliviándonos el cansancio y las enfermedades del alma y de nuestro cuerpo
ahuatado, herido y suplicante. Ella sabe que cada día nuestra fe es mejor porque está hecha de sacrificios...”
Eso decía el señor cura desde allá arriba del púlpito. Y después que dejó de hablar, la gente se soltó rezando
toda al mismo tiempo, con un ruido igual al de muchas avispas espantadas por el humo.
Pero Tanilo ya no oyó lo que había dicho el señor cura. Se había quedado quieto, con la cabeza recargada en
sus rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara ya estaba muerto.
Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue
cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos
su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza.
Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me olvida.
Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada;
ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros y le ha contado
de esa manera todo lo que pasó.
Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para
descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí
estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.
Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de
Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate
enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un
gran ronquido que saliera de la boca de él; de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de
Natalia y míos, y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello. De aquel Tanilo a quien ya nada le
dolía, pero que estaba como adolorido, con las manos y los pies engarruñados y los ojos muy abiertos como
mirando su propia muerte. Y por aquí y por allá todas sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel
olor que se derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera saboreando una miel
espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada bocanada de aire. Es de eso de lo que quizá nos
acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que
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Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.
ENSAYOS
Hacia dónde va el amor. Marina Gambier
Con la intención de aumentar las ventas, el comercio ha decretado que febrero es el mes más romántico del año.
La excusa es la leyenda de San Valentín, que lleva a las parejas más devotas a exaltar sus sentimientos mediante
regalos simbólicos, como chocolates, objetos en forma de corazón, flores, poemas o tarjetas con mensajes que
derriten a cualquiera. ¡Ah, el amor! Sin embargo, esa materia tan universal y explorada por las disciplinas que
indagan los sentires humanos sigue siendo una experiencia misteriosa acerca de la cual sabemos menos de lo que
suponemos. Cuando alguien nos pregunta cuánto abarca en nuestras vidas, o qué significa amar en estos tiempos
tan aciagos, solemos quedarnos unos segundos buscando algún concepto que nos rescate.
Es que en la actualidad, los elementos del vínculo afectivo se combinan sin cesar, a la manera de las partículas de
la física, lo que deviene miles de formas de querer, tal como sostiene el psiquiatra cubano Alberto Orlandini en su
ensayo El enamoramiento y el mal de amores, editado por el Fondo de Cultura Económica. Atrás quedaron las
ataduras sociales, las barreras que le impedían al sentimiento adoptar el aspecto que quisiera o que pudiera. Esa
democratización que los historiadores definen como un cambio civilizatorio se traduce en la cantidad de uniones
que a muchos asustan y a otros sorprenden por innovadoras: hay parejas que deciden no tener hijos o vivir cada
uno por su lado aunque se lleven bien, verse una vez por semana para mantener la independencia o dormir en
cuartos separados en la misma casa, compartir la vivienda por simples razones de apoyo mutuo o convenir de
entrada una amable separación de bienes antes de firmar el acta nupcial, por si acaso, como es moda entre las
estrellas pudientes de Hollywood (al estilo Catherine Zeta-Jones y Michael Douglas).
Claro, ninguna de estas novedades garantiza que en el futuro seamos más felices. Los psicoanalistas reciben en
sus consultorios a cientos de hombres y mujeres que tienen problemas para adaptarse a las nuevas reglas que
imperan en el universo de las relaciones modernas. La organización familiar ha cambiado abruptamente desde
que la revolución sexual alteró aquel modelo de felicidad que pregonaban las abuelas, donde en el último
capítulo sonaban los violines y los novios se empachaban comiendo perdices. El afecto se ha convertido en la única
prioridad a la hora de concretar –al contrario de épocas pasadas, cuando las contrayentes admitían la unión por
razones materiales o simplemente para no quedarse a vestir santos–, pero hoy se tiene la certeza de que, si no se
trabaja, el amor dura menos de lo que planeamos.
Un ejemplo clarísimo de que las perdices caen mal si no están bien cocidas lo ilustra la triste historia de la
princesa de Gales, lady Diana Spencer, mejor conocida como Lady Di, cuya opípara vida hizo suspirar de envidia en
su momento. A la princesa, que no se resignó a cumplir con la tradición del matrimonio por conveniencia, las cosas
no le salieron como todos esperábamos, incluida ella. Cuando después de una boda romántica el príncipe Carlos
notó que seguía amando a su antigua compañera de equitación, y que prefería cultivar lechugas orgánicas antes
que conversar con su esposa, comenzó a engañarla sistemáticamente. Presa de la angustia, la mujer se volvió
anoréxica, enfrentó a su poderosa familia política, lloró en público y en privado, y ventiló su calvario en todas las
pantallas de televisión. A los plebeyos se nos partió el corazón... ¿cómo ella que lo tenía todo podía ser tan infeliz?
Después de encontrar consuelo en unos cuantos brazos amantes, creyó alcanzar la felicidad con el hijo de un
magnate árabe, que la paseaba en yate por el Mediterráneo y que, a su decir, era el único hombre que la había
respetado como mujer. Tarde. Al poco tiempo, el cuento de hadas se estrelló bajo un puente parisiense, y de su
patética leyenda sólo quedaron dos huérfanos.
Existe una brecha profunda entre los ideales del amor romántico y las relaciones de amor informales y libres que
vemos en la actualidad –sostiene el psicoanalista Emiliano Galende, autor del libro Amor y sexo, anhelos e
incertidumbre de la intimidad actual–. Por ahora, no están asegurando formas estables y placenteras de pareja.
Pero está claro que tampoco lo aseguraba la forma tradicional. El encuentro libre entre dos personas sin que
medie la exigencia de un proyecto de futuro ni un compromiso de continuidad, muestra valores contradictorios.
El ritmo frenético de esta sociedad ha contribuido a que los vínculos sean cada vez más inestables. Este fenómeno
que todos advertimos tiene su correlato en las estadísticas de las últimas décadas, donde las cifras acabaron por
sepultar viejos clichés: un soltero ya no es un solterón, un divorciado no es un bicho raro, y una mujer sin hijos está
muy lejos de ser considerada una fracasada. Según la encuesta sobre Condiciones de Vida realizada por el
Ministerio de Desarrollo Social, y elaborada en 1999 por la demógrafa Mabel Ariño, un 13,4% de los hogares de las
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áreas urbanas de la Argentina está integrado por un solo individuo. Por otro lado, una investigación coordinada
por Susana Torrado –titular de la cátedra de Demografía Social en la Universidad de Buenos Aires– advierte una
tendencia entre las nuevas generaciones a compartir el techo sin pasar por el Registro Civil: en 1980, del 69,7% de
mujeres de entre 20 y 64 años que vivía en pareja, sólo el 7,7% lo hacía sin estar legalmente casada. En 1999, el
20% no tenía libreta. Los divorcios y rupturas de uniones de hecho se advierten fácilmente en la cantidad de
hombres de 35 para arriba que viven en soledad, y es ese segmento el que reincide, por lo general, uniéndose a
personas con hijos de otros matrimonios, lo que conduce al incremento de familias ensambladas, más conocidas
como los tuyos, los míos, los nuestros.
La ventaja de estas nuevas formas es que son más auténticas: hoy se está sólo con quien uno ama –sostiene
Orlandini–. Pero en cierto modo es desventajoso para el ser humano. Fomenta una especie de egoísmo,
narcisismo e histeria y relaciones con menos compromiso. Los más propensos son por lo general los muy jóvenes,
que suelen no tener paciencia.
En algunos casos, por su inmadurez, suelen terminar su relación cuando desaparece la idealización y queda la
realidad. Tienen dificultades para aceptar cómo es verdaderamente la persona que eligieron.
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nuevo en el barrio que comenzaba las clases, anota el brillo y la sonrisa inocente de su tía. Cuando ingresan
a la escuela, se escucha el murmullo de quejas por la falta de determinados textos de autores de literatura
argentina, así como también de cierto material de historia en la biblioteca.
El joven aconseja que le digan a la regente; pero los demás lo miraron incomodándolo y lo ignoran.
Él todo lo anota.
A la salida de la escuela, un tumulto de policías acecha una transmisora de radio llevándose al que parece el
vocero de la misma; aún tenía los auriculares antiguos puestos en el cuello. Los chicos susurraban “otro
menos” y él mira todo confundido.
¿Por qué la gente agacha la cabeza? La tía le explica lo que estaba pasando desde hacía tiempo en el país y
le confiesa que esa misma noche se planea una pintada en la universidad, y pegar panfletos en los autos. Él
piensa: “yo crearía un grupo en Facebook”.
Llega la noche y nota la desolación de la ciudad, ni un auto en movimiento, solo patrulleros que,
cada vez que pasan, hacen que Clara se tape disimuladamente la cara.
Al llegar a la casa, ve a su madre de joven; tenía la frente sangrando justo donde hoy en día tiene la cicatriz
que jamás le confesó de qué era. Clara le cuenta que a la salida de la escuela, con frecuencia se enfrentaban
los canas con su grupo de amigos. Él todo lo anota.
Pasadas las primeras diez horas de su premio, se va con la tía a la confitería (eso es lo que le decía a sus
padres). En el camino se oye un ruido aturdidor, jamás antes escuchado por nuestro anfitrión, pero deduce
que se trata de una bomba. Asustado, empieza a recordar lo que había aprendido en la escuela y lo que su
madre le había contado sobre esa época. Insiste en volver, pero Clara no le hace caso; él presiente que algo
malo pasará, corre y se esconde, la sigue y se vuelve a esconder, justo enfrente del lugar donde se planeó la
junta. A la hora y unos minutos, llegan tres autos y un camión, bajan varios hombres armados que entran a la
confitería, se oyen gritos, tiros y más gritos. Luego ve que traen encapuchada a su tía y la suben a uno de los
autos junto con otros jóvenes. Él, del miedo, no reacciona; pasa todo muy rápido, no le da tiempo para
pensar. Deseó tener un celular para avisar a la policía. Temblando y sorprendido anota todo. Él todo lo
anota.
Vuelve a su casa y entra sin que lo vean. La abuela cosía y aunque no tiene tantas arrugas se la nota
distinta, su mirada no es tan triste como la que tiene todos los días de su vida siempre que la ve; luego,
suena el teléfono.
La abuela empieza a llorar y a gritar, deja de tener esa mirada de paz en comparación a la actual. Está tan
caída y marchita como las flores en pleno invierno.
Pasadas las veinticinco horas, nuestro joven premiado vuelve al punto de partida y anota dos palabras. Su
gente lo recibe con la mayor de las alegrías, en su rostro tenía una mirada de dolor.
Un periodista de la radio le pregunta: “¿Volverías a vivir esta experiencia?” El joven lo esquiva y deja caer su
anotador abierto en la última hoja. El periodista lo levanta y lee las últimas dos palabras: “Nunca más”.
Este ensayo nos recuerda que tenemos una herida sin sanar, y que en todo nuestro país hay una demanda
de memoria. Hay que recordar lo importante que es la democracia.
Creo que la democracia es un privilegio, pero tengo muchas razones para decir que muchos jóvenes no
tenemos muy claro el concepto de democracia. ¿Será porque jamás nos faltó?
Cada 24 de marzo se nos eriza la piel hablando de la dictadura, pero no se trata de recordar los nombres de
los que hicieron algo tan atroz, sino los nombres de los que faltan por culpa de “los dinosaurios”, que aún no
se extinguieron.
¿Qué es lo que sigue infectando esa herida para que no se cierre?
Debemos recordar lo que pasó constantemente, no solo un 24 de marzo.
El hecho de pedir que nunca más vuelva a ocurrir, abarca los 365 días de todos los años; de este, del
siguiente y todos los que vendrán. No es la revancha un fin. El juicio que procese a los culpables no va a ser
nunca el desinfectante del dolor que cargan familiares, amigos, vecinos, ciudadanos, todos los que sabemos
lo que ocurrió y lo que se sigue pagando por ello.
Si perdemos la orientación, si perdemos el significado de la democracia esto va a volver a ocurrir; por eso y
más que nunca, tenemos que seguir recordando.
Con mis jóvenes 17 años, no sé si hubiese sobrevivido en 1976, no podría callarme o agachar la cabeza ante
algo con lo que no estoy de acuerdo, algo evidentemente injusto para todos. Pienso que el cambio grande
está por venir y deseo verlo. Tal vez no pueda apreciarlo del todo, pero sé que voy a hacer lo imposible por
contribuir con mi objetivo, en conjunto con mi generación.
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“Hoy un lector,
mañana un líder”.
(Margaret Fuller)
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