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Cuento Ashaninka

Zenón, un niño que vive cerca de un río, decide pescar solo mientras sus padres están en el pueblo. Atraído por unos montones que cree que son huevos de caimán, provoca la llegada de estos reptiles, pero logra escapar trepando a un árbol y asustándolos con un rugido. Finalmente, regresa a casa con su captura de peces, demostrando su valentía y astucia.

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Cuento Ashaninka

Zenón, un niño que vive cerca de un río, decide pescar solo mientras sus padres están en el pueblo. Atraído por unos montones que cree que son huevos de caimán, provoca la llegada de estos reptiles, pero logra escapar trepando a un árbol y asustándolos con un rugido. Finalmente, regresa a casa con su captura de peces, demostrando su valentía y astucia.

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Cierta vez un niño llamado Zenón viviva con sus padres cerca al rio, su

padre era pescador que pescaba con cordel grueso de hilo semejante a los
que se usan para amarrar caballos, con anzuelo grandazo que llevaba
como carnada un pollo entero. Un día sus padres de Zenón se fueron al
pueblo a hacer compras, recomendando a Zenón que no se moviera de la
choza. Su padre enrolló el cordel del gran anzuelo y lo colocó en un rincón.
Pero Zenón, decidió ir a pescar en el río con su pequeño anzuelo de caña. -
¿Llevaré a mi perro? - se preguntó Zenón, -. Mejor será que no - se
contestó. - Porque me molestará. Y amarró a Otorongo, a un horcón de la
choza. - ¿Me llevaré la cerbatana? - Mejor será que no -. Es muy larga. Y
después de sacar lombrices, para carnada, cavando con su machete en la
tierra húmeda de la chacra, se marchó río arriba en busca de un sitio
apropiado. Encontró una amplia y linda playa, con agua remansada. Cortó
una adecuada ramita para ensartar en ella, por las agallas, los peces que
cogiera. Zenón empezó a pescar, tanto que tenía cubierta de peces de toda
clase y tamaño la ramita de más de un metro de longitud. De pronto, el
muchacho se fijó en unos montoncitos de arena y hojarasca que se
levantaban en la playa no muy lejos de él. "Huevos de caimanes", se dijo y
siguió pescando, sin hacer caso del fuerte sol de la media mañana, ni de
las mariposas que no se posaban en su desnuda cabeza de pelos erizados,
ni de los tábanos que le picaban en los pies descalzos y en las manos. Pero
esos montoncitos de hoja y arena, que encerraban huevos de caimán
sonaban como campanillas al ser tocados, y que antes ese sonido aparecía
furiosos los caimanes, le atraían; había oído a contar que los huevos de
caimán sonaban como campanillas al ser tocados, y que antes ese sonido
aparecería furiosos los caimanes, sobre todo los caimanes. ¿Sería cierto?
Sin embargo, ¿dónde estaban los caimanes? No los veían en el río. Solo
había visto pasar por la otra orilla una boa. Los caimanes estarían cerca,
indudablemente, andando en el bosque o descansando. ! ¡No, no! De
ninguna manera tocaría él esos peligrosos montoncitos......¡Si hubiera
traído la carabina! Y tenía una gran sarta de pescados, sumergió dos veces
la sarta en el agua. Y se iba... pero esos montoncitos de hoja y arena,
¿bah? ¿por qué no hacer la prueba? Después correría, correría, ¿acaso no
sabía correr? Los caimanes no lo alcanzarían ......Y el atrevido Zenón tocó
rápidamente con la punta de su caña no sólo un montoncito, sino tres, de
modo que se produjo un simultáneo campanilleo…. Y muchos caimanes,
los ojos chispeantes y con tremendo ruido, se vinieron contra él del
bosque, de agua arriba de la otra rivera.... Zenón, felizmente, trepó como
un mono aun árbol. Los caimanes, rabiosos gruñendo, ojos encendidos,
rodearon el árbol. Zenón estaba rodeado por las fieras. El muchacho, sin
embargo, no perdió el ánimo, desde las ramas del árbol, agachándose, les
provocaba a los caimanes con su caña......... hasta que se acordó que esos
animales tenían pánico al rugido del tigre, rugió tan a la perfección, que
los caimanes se hicieron humo, se tiraron al río, desaparecieron en las
aguas. El vivarracho Zenón, sonriendo, bajó del árbol y con su sarta de
pescados a la espalda regresó a su casa.

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