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Le Rouge Et Le Gris

El documento reflexiona sobre la influencia de Raymond Aron y Jean-Paul Sartre en la vida de los lectores, destacando cómo sus obras y pensamientos han marcado generaciones. Se analiza la trayectoria de Aron como un demócrata liberal crítico del socialismo soviético y su enfoque en la filosofía de la historia, contrastándolo con la figura de Sartre y su impacto en la literatura y la filosofía. A través de experiencias personales, el autor explora la evolución de sus propias identificaciones y pasiones intelectuales a lo largo del tiempo.
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Le Rouge Et Le Gris

El documento reflexiona sobre la influencia de Raymond Aron y Jean-Paul Sartre en la vida de los lectores, destacando cómo sus obras y pensamientos han marcado generaciones. Se analiza la trayectoria de Aron como un demócrata liberal crítico del socialismo soviético y su enfoque en la filosofía de la historia, contrastándolo con la figura de Sartre y su impacto en la literatura y la filosofía. A través de experiencias personales, el autor explora la evolución de sus propias identificaciones y pasiones intelectuales a lo largo del tiempo.
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LE ROUGE ET LE GRIS

La presencia teórica de Raymond Aron en la actualidad da para pensar no sólo en los


avatares de la política, siempre tan cambiante, no sólo en la variación de mundos y
pensamiento, los que corresponden a la guerra frías y los que se ajustan al mundo de la
globalización, sino a la vida de un lector. Leer no es una operación inocente, ni culpable,
sino una experiencia de vida. Podemos leer libros de tantos modos como los que
empleamos en nuestro conocimiento de la gente. No todo es igual, a veces nos detenemos,
otras nos perdemos. Pero hay encuentros que marcan nuestra vida, hay libros que lo hacen,
hay autores que lo hacen también.
Sartre ha sido un escritor que ha marcado la vida de miles de lectores. La cantidad no es
un dato despreciable, no nos atrevemos a decir millones porque decirlo así resultaría
increíble. El ágora de Sartre es el mundo entero. A esta visión macroscópica del filósofo
más influyente del siglo, el que removió más conciencias – si exceptuamos a Marx
convertido en doctrina de Estado, o quien sabe, Tomás de Aquino por la misma razón - , el
que lo hizo con las más variadas formas de expresión, más aún que Nietzsche, la
completamos con otra microscópica, la del sujeto lector.
Leer a Sartre cuando Sartre estaba vivo, hacerlo en la década del sesenta en la
Argentina era un ritual de iniciación. Una ceremonia solitaria por un lado, pero integradora
en una comunidad por el otro, imaginaria y real, las dos. Sartre es un mundo, como todo
gran novelista nos presenta un mundo al cual somos invitados y nos permite ver con nuevos
ojos la rutina doméstica y social. El novelista es un capitán de barco y su relato se compara
con los viajes. Pero además Sartre es un personaje de los libros de su compañera Simone
de Beauvoir, de las sucesivas memorias en las que nos enterábamos de la vida del escritor.
Por un lado Mateo y Bruno, por el otro su creador, nos hablaban de una vida ejemplar, de
una épica de la desolación, de una lírica de la rebelión. Rebelión y desolación, que yunta
maravillosa en la vida de un adolescente!
Si la figura de Sócrates en la prosa de Platón, me dió una idea técnica de la filosofía, si
la muerte de Sócrates añadió su toque de tragedia a esta misma técnica, Sartre era un
Sócrates vivo, en plena efervescencia y pelea con los males de este mundo. Sartre era el
filósofo, la promesa de una vida filosófica, una mago de la literatura, un creador de
personajes que también se paseaban entre nosotros; teatro, novela, ensayo, teoría, cuento,
relato de viajes, denuncia, panfleto, música, mujeres, Boris Vian, Juliette Grecco, Fidel
Castro, un mundo de maravillas.
Por eso fui a estudiar a Francia, por eso quise ser filósofo. Si como dice Aira, la vocación
literaria nace con la promesa de ser Rimbaud, la del filósofo era la de ser Sartre.
Llegué a la tierra prometida y lo primero que hice fue ir a una librería a comprar un libro
reciente, no traducido al castellano, una primera muestra de las ventajas que significaba
estar en La Meca, creo que eran Les Cahiers pour la Morale. De todos modos mi francés
aún no me permitía recorrerlo con fluidez, pero al menos lo tenía. Cuando mostré el trofeo a
un profesor de filosofía argentino a quien había conocido sartreano en Buenos Aires, y que
estaba radicado en Francia, lo miró seriamente, y luego me apuntó con la siguiente
sentencia: “para gastar plata en esto, mejor volvé a Buenos Aires”.
Quedé desconcertado y mal parado ante un jefe de secta, pero fue generoso, me dió un
nuevo nombre: Althusser; tenía que dejar esas pendejadas porteñas y ponerme a estudiar
marxismo althusseriano, Sartre era una vaca vieja.
Sin duda que esta nueva meta implicaba un vida filosófica ausente de anécdotas y
vaciada de lirismo. Iniciaba un emprendimiento con la misión de comprender la novedad
revolucionaria del marxismo, leer sus más duros textos teóricos, y convertirme en un
dirigente teórico de la vanguardia revolucionaria mundial en su lucha contra el Imperialismo
norteamericano. Así que me puse a leer.
Mi vida de estudiante fue paralela a esta misión. Inscripto en la carrera de sociologia en
la Sorbonne , la materia introductoria del profesor Jean Duvignaud, tenía como lectura
obligatoria Les étapes de la pensée sociologique de Raymond Aron. De Aron poco sabía,
pero lo suficiente para rememorar como lector devoto de las Mémoires de Simone De
Beauvoir y las Situations de Sartre, que era un reaccionario, es decir un ser sumamente
desagradable, abominable.
El libro es un texto escrito en un francés tal que hasta un novato de la lengua como era
yo, lo comprendía perfectamente. De una claridad expositiva profesoral, un modo de
desplegar los temas que respetaba las reglas de la disertación francesa: planteo del
problema, antecedentes, argumentos en pro y en contra, nueva reflexión superadora del
problema, y apertura a nuevos horizontes y problemas. Si lo comparaba con otro libro
obligatorio como los textos de Georges Gurvitch, sin duda que era un néctar estilístico.
La temática era la que mejor se amoldaba a esas primera letras sociológicas:
Montesquieu, Tocquevillle, Marx, Weber. No sé si estaba Durkheim, referente obligado para
los sociólogos franceses, pero no sería de extrañar su ausencia, en todo caso, su nombre
rara vez aparece en los trabajos de Aron, más inclinado que estaba por las referencias de la
filosofía hermenéutica alemana, la filosofía política anglosajona, y de los franceses los
pocos que se podían considerar fundamentales para la constitución teórica de la
democracia liberal.
Aron era un demócrata liberal, que para el mundo francés hasta 1980, durante tres
décadas y media, de 1945 a 1980, podía ser considerado algo así como una combinación
de una dama anticuada agria y puritana, y un burgués conservador ahíto de principios.
No fue sino con ése espíritu que lo leí, un texto para estudiar y para rendir exámen. Los
filósofos a los que él atribuía importancia como Montesquieu, Tocqueville, esos adalides de
la democracia republicana, de la división de poderes y de las libertades públicas, no eran
más que una clara exposición de la hipocresía burguesa y una justificación sofística de la
democracia formal. Pero era en su interpretación de Marx en donde se veía la cola del
diablo. Era un Marx de profesores, elaborado con pensamiento de abogado, pulcro, lógico
como la lógica un razonamiento de pediatra, mostrando sus preciosas innovaciones y sus
lamentables errores, su cuota de análisis científico y su malsano profetismo, su importancia
teórica en un listado del que sin duda no era el más descollante ni el más importante para la
reflexión social y política contemporánea, en fin, un gran pensador del siglo XIX, un analista
audaz e inteligente de una lucha de clases propia de la era de la industrialización, que
trasladado mecánica o dialécticamente al siglo XX, había provocado errores y
desencadenado horrores.
Pero había que estudiarlo, y de paso, me ayudaba mucho en mi aprendizaje del francés.
Como eran aquellos años sesenta, para mí una época situada entre el golpe de Estado de
Onganía, mi trampolín para irme del país, y lo que habia de ser el mayo del 68, aún tenía
frescas en mi memoria ciertas aversiones argentinas. Aron me hacía acordar a Mariano
Grondona – que no oficiaba de benevolente pastor mediático como se presenta hoy - , su
prosa tenía un similiar aire aristotélico, un modo de distribuir ganancias y pérdidas, de dividir
para reinar, un sadismo retórico que oficiaba de razonamiento consistente, no sólo trataba
de condenar a víctima sino de aportar las palabras para su degradación lógica, un
maquiavelismo de la razón que se mostraba con la etiqueta del equilibrio. Me daba rabia,
una gran rabia ideológica y visceral, la existencia de estos personajes, eran peores que los
fanáticos, porque eran cínicos, se mostraban como buscadores de verdad para esconder su
robo indigno, el robo de la justicia, del clamor del débil, de la verdad de la opresión.
Claro que esta superposición era absurda, no sólo por el desnivel teórico entre uno y
otro, sino por la diferencia entre quien fue un crítico intransigente de todas dictaduras y
aquel que se sumó a ellas. Pero eso lo digo hoy, y no lo decía ayer, muchas cosas digo hoy
que no decía ayer, no porque me haya aburguesado, soy menos burgués hoy que en mi
juventud, sino porque se fisuró mi sistema de identificaciones, no hay espejo liso al que
pegarme, y una cierta fragmentación me dió aire y luz para detenerme en los intersticios
que se muestran entre las piezas. Tampoco es madurez, no he progresado, no creo en los
ascensos, me he mudado. No estoy en la derecha ni en la izquierda, me gusta la vereda de
enfrente, se tiene mejor perspectiva y mayor amplitud. En fin, Aron hoy me resulta
interesante, pero no despierta mi pasión. Sartre aún me resulta interesante, pero tampoco
despierta mi pasión, mis pasiones tienen otros nombres.
Lo que sucede con esto que llamo fisura en el mosaico de las identificaciones tiene que
ver con lo que dije en el inicio acerca de la vida de un lector. La pasión del lector. Hoy Aron
me parece un intelectual valiente y Sartre bastante más confortable, basta recorrer la
historia. La defensa de los valores de la democracia liberal que hizo Aron durante tres
décadas, su preferencia por el modelo cultural y político de los EE.UU frente al de la URSS,
no le valieron excesivos premios. Fue un bicho absolutamente raro en el panorama
intelectual de Francia durante tres décadas. Despreciado por la izquierda independiente,
considerado un enemigo por el partido comunista, un hombre sospechoso para los
gaullistas, y poco leal por los liberales, no comulgaba con la revolución ni con la dictadura
del proletariado, no consideraba que la misión del intelectual es denunciar al sistema, no se
hacía eco del chauvinismo francés y de la xenofobia que incluía el desprecio de la
vulgaridad y la voluntad de poder de los EE.UU, ni creía que le debía fidelidad especial a
gente como Giscard que representaba la modernidad administrativa de los negocios
públicos. Su simpatía iba con un Mendés France, un hombre de izquierda democrática, de
una seriedad intelectual, de una moralidad de hierro y de poica voluntad de poder, una
personalidad rara en el escenario político francés. Aron era keynesiano, creía una
democracia republicana con un Estado activo y flexible, poco burocrático y descentralizado,
menos respetuoso de las jerarquías que de la movilidad social Era un fenómeno intelectual
extraño en el mundo conservador de derecha y reaccionario de izquierda del panorama
nacional francés.
Conservador de derecha y reaccionario de izquierda no son dos ejemplos de oxímoron,
lo eran hasta el 80, luego podemos considerarlos lugares comunes.
Además Aron tenía otra singularidad. Abandonó años una brillante carrera académica a
la que lo destinaba el primer puesto en la camada de l´ École Normale Superieure - tenía de
compañeros a Lévi Strauss, Canguilhem, Sartre, Paul Nizan, Daniel Lagache - y fue
periodista profesional. Escribió para Le Figaro, un periódico de derecha, lo hacía todos los
días, y sus artículos era leídos con interés por la derecha. La izquierda y los progresistas ni
lo usaban para envolver la verdura. Cuenta su ayudante, amigo por un tiempo, y colega,
Paul Veyne - uno a quien le ofrezco mi pasión de lector - que a veces se paraba en los
kioskos para leer la columna de Aron porque jamás compraría ese pasquín reaccionario.
El periodismo le dió a Raymond Aron la dimensión de lo cotidiano, las dificultades de lo
que llama la `servidumbre de la acción´, el peso de las cosas y de la historia corta,
coyuntural, le mostraron también la decepción del poder. Esta tarea la desarrolló
paralelamente a la labor docente que retomó a mediados de la década del 50, y de sus
libros teóricos.
Retomemos el camino de Aron. Fue él quien le consiguió una beca a Sartre para que
fuera a estudiar fenomenología a Francia y descubriera en Husserl y Heidegger, quienes
serían los primeros inspiradores de su elaboración filosófica. Aron era un conocedor de la
filosofía alemana. Le interezaba la filosofía de la historia. Su libro Introducción a la filosofía
de la historiaes una muestra de sus intereses de aquel momento, la década de treinta.
Analiza el tema de la causa en la historia, los límites y fallas de la concepción determinista.
Le interesan Dilthey y el historicismo. Las discusiones sobre progreso y evolución, el sentido
de la historia, la relación entre las acciones de los hombres y la coacción social. Es un texto
de tesis que padece el virus del estilo denso y prolongado de las letras filosóficas alemanas.
Afirma que la historia es un terreno incierto, que la sociedad y sus valores constituyen el
`habitus´de los individuos, que todo es historia y sociedad, y que esto no conlleva
necesariamente a un relativismo de los valores.
De Weber extrae la irrestricta separación entre análisis científico y compromiso político.
El análisis de los hechos debe hacerse independientemente de nuestra escala de valores.
Aron dice que con frecuencia su temperamento está en contradicción con sus conclusiones
teóricas. El análisis debe excluir la emoción. No se debe escribir por catársis o para purgar
emociones. Si se hace política, el objetivo es otro: ganar, claro que esto no quiere decir que
el fin justifica los medios, sino que el fracaso en política no es un punto a favor ni un triunfo
de los principios. En política hay que modificar lo real, es un trabajo prosaico, y no poético,
de cambio en las condiciones de vida, y mejoramiento social. Puede decirse que Aron es
demócrata liberal por deducción histórica. Las democracias liberales son, para él, los
mejores modelos políticos, económicos y sociales. No porque no tengan falencias sino
porque sus fallas pueden ser gradualmente corregidas. Las democracias liberales y la
economía capitalista producen más riqueza sin afectar a las libertades individuales. Frente a
este modelo social existía el Imperio Soviético, cuna del socialismo, que para Aron
fracasaba en lo económico, era totalitario en lo político, y corrupto en lo moral.
Aron en los años cincuenta no discute con el mundo cultural progresista a la manera de
Camus. El Hombre Rebelde que sufrió la condena de Sartre y sus amigos, se enfrentaba a
la proclama de la violencia necesaria, la violencia revolucionaria partera de la historia,
desde un punto de vista moral. Para Camus ninguna supuesta redención justifica el empleo
del terrorismo, la delación, la tortura y los fusilamientos del stalinismo. Aron toma otra vía.
No sólo, nos dice, el socialismo soviético y las sociedades que se organzian en nombre de
Marx, son malas para el hombre porque lo oprimen y lo esclavizan, sino que se equivocan.
Van de error teórico a desastre práctico. El sovietismo en la época de la guerra fría sólo vale
por su poder nuclear, pero nada puede ofrecer a la tradición de las sociedades occidentales
basadas en la cultura lberal, pluralista y pragmática.
Para Aron la diferencia entre izquierda y derecha es la que existe entre dos concepciones
del cambio. La derecha no es estancamiento, defensa del statuo quo, y la izquierda cambio
social y lucha por la justicia en nombre de los débiles y oprimidos. Esta separación
ideológica inapelable entre reaccionarios y revolucionarios que no reconoce los valores de
las libertades individuales y de la ley republicana como constitutiva de una sociedad
democrática, es propia, repite, de Francia.
Aron, lo dice varias veces, el mundo cultural francés es aldeano, provinciano, ni siquiera
es francés, es parisino, ni siquiera es parisino, es barrial, se extiende desde el Bld S. Michel
hasta Saint Germain y rue de Rennes. Unas diez cuadras y unos veinte cafés. Este es el
fondo del cráter del existencialismo revolucionario francés cuya lava vuelve a su origen a
pesar de que puede montarse sobre la moda y la explosión revolucionaria en otras partes
del mundo.
El socialismo revolucionario es un error para Europa que ya sufre la bota roja en los
países ocupados del Este. Respecto de los países subdesarrollados, Aron los deja en el
limbo del análisis. Ve el mundo como zonas de influencias de grandes potencias, la guerra
fría, y la suerte de los países pobres es poca. Y de poca importancia geopolítica, no
corresponde a la lucha nacional francesa. Lo que sí le interesa es el tema de las colonias.
Francia es una metrópoli colonial y los años cincuenta son los de las luchas anticoloniales
en Indochina, Argelia, Egipto. Aron toma partido por la independencia de Argelia después
de intentar demostrar que la ocupación colonial no era beneficiosa para Francia. No lo hace
desde una posición de principios sino como resultado de un análisis realista. Cuando se le
interroga acerca de ese realismo tan limitado, por esa parsimonia, indiferencia y silencio
acerca de vejámenes y torturas de las fuerzas francesas, dice que poco sentido tiene para
él sumarse a lo que casi todos los intelectuales dicen, que mejor le parece pensar,
argumentar, frente a los que piensan distinto. Además, le parece casi ridículo condenar la
tortura, algo así como una falta de pudor. Aron se plegó alas fuerzas libres de Francia en
Londres contra el ejército de ocupación nazi. Su trayectoria en defensa de los derechos del
hombre es consecuente. Pero tiene sus peros. A veces parece la réplica en negativo de
Sartre. Sartre silenciaba el gulag y los campos de concentración sovièticos, los juicios
sumarios, el terrorismo de Estado stalinista, por una apuesta filosófica hacia una sociedad
más justa. Hasta ese momento había que guiarse por la violencia necesaria y los límites de
la moral. Aron también medía sus juicios por razones estratégicas confiando en los bienes
de la democracia liberal. Mientras Sartre era un extremista que pedía fusilamientos para los
reaccionarios, justificaba excesos hechos en nombre de la revolución, Aron medía sus
críticas a los EE.UU, tanto en la guerra de Corea como en la de Vietnam.
Pero no se trata de extremismos sino de temperamentos y filosofías. Aron creía en la
paz, es decir en un orden razonable en el que los argumentos tienen peso de decisión y
convicción. Por eso le hablaba al poder y al gobierno, creía ser escuchado y que sus
palabras podían cambiar u originar decisiones. Sartre era un hombre de guerra, es decir
que pensaba en términos de intereses e ideologías. Estas visiones determinaban las
conductas de ambos frente a los acontecimientos mundiales.
La fuerza de los argumentos de Aron residía en sus conocimientos, en su raciocinio
paciente, en el tiempo que se tomaba para recorrer todas las posibilidades de réplica, en su
tono moderado. Respecto de sus conocimientos, hay que tomar en cuenta que de la
filosofía de la historia pasó a la sociología. El estudio de las ciencias sociales implicaba una
red que enlazaba a la historia, las ciencias políticas, la filosofía de la historia y la filosofía
politica, la sociología, y, de extrema importancia la economía política, la de Walras y Pareto,
la economía de los economistas y no sólo la economía de los intelectuales.
Aron comparaba perfomances entre naciones, pero además sabía hacer finos análisis
sociales de lo que llamaba la sociedad industrial. La situación de la clase obrera, el rol de
los sindicatos, la organización de las empresas, la distribuciñón de las ganancias, la división
técnica del trabajo, el rol de los distintos sectores en las decisiones de empresa, las
realidades observables de la cogestión y la autogestión, las imposiciones objetivas del
sistema industrial que hacía ineludibles ciertas formas de organzación. Los límites que la
técnica impone a la política y a las idelogías, la enfermedad del voluntarismo. Discutía
teóricamente la noción de proletariado, la idea de revolución, el mito del sentido de la
historia, la noción de igualdad y la de representación. Su lucha contra los marxistas durante
décadas no la hacía con un tono alarmante ni apocalíptico, no lo movía el espanto como a
otras derechas, a los cristianos papistas, a los conservadores de la aristocracia de las
letras. Su estilo era el del razonamiento, el de exponer realidades, el de invitar a la reflexión.
Pero no era un blando ni un académico tradicional. Su pensamiento era político. De Sartre
decía que era tan feo como él. Pero, agregaba, cuando Sartre hablaba desaparecía su
fealdad. Admiraba su talento, veía desfilar a sus admiradores, aunque lo consideraba un
irresponsable moral y un fanático.
Paul Veyne dice que Aron se presentaba como el hombre del equilibrio y de la sensatez.
Pensaba que había una solución para los problemas siempre y cuando los hombres usaran
la razón y la buena voluntad. No pensemos en un kantiano candoroso, ni en un filósofo
analítico que cree en las virtudes terapéuticas de un reordenamiento semántico, menos en
alguien como Habermas que arma teoremas éticos. Aron era realista, es decir que sabía
analizar sin dulzuras los intereses que mueven a los poderes, pero creía que la sociedad
puede ser una y que a pesar de las divisiones sociales o las fragmentaciones, existe una
mejor solución para la serie de problemas y conflictos que presenta la dinámica de las
sociedades. Los `preferibles´, como decían los estoicos, la mejor via para hallar salidas en
este mundo sublunar.
Esta es una visión de la política en términos de paz. La admisión del conflicto, de la
desigualdad, de las jerarquías, manteniendo los desniveles pero con un potencial de
crecimiento que permita la mobilidad social. La de Aron es una visión escéptica de la
historia y de la vida que no espera en esta tierra un paraíso de justicia. Pero es un
escepticismo optimista en la medida en que hay soluciones si es que se plantean con
correción los problemas.Existen los beneficios de la comunidad en su conjunto porque se
creen en un conjunto. Es lo que señala Veyne, ve en Aron.- y ya utilizando un lenguaje
crítico e irónico – un portador del instinto de rebaño, alguien quien ante los conflictos da el
alerta sobre los peligros de disolución. Nuevamente el espanto de la guerra civil, real o
imaginaria. De ahí la posición de Aron de situarse en tanto intelectual crítico y periodista del
lado de los que gobiernan y preguntarse qué es lo que haría en caso de tener que tomar
decisiones en su lugar. Una ética de la responsabilidad en la que Veyne tampoco cree sin
condiciones ya que la ve trasmutarse en una etica de la irresponsabilidad cuando frente al
riesgo de una acción con resultado incierto y que entraña algún peligro, se actúa con
escapismo y pusilanimidad.
El realismo puede provocar un exceso de precaucionismo que es conservador y fatalista.
Aron en la época de mayo del 68 decía que la explosión estudiantil era una pendejada, lo
mismo decía De Gaulle aunque fue por esos pendejos que su figura se derrumbó. Tiene
razon Aron , era un pendejada si se creía que con una rebelión así podía construirse una
nueva sociedad que barre los poderes ancestrales e instala una fraternidad de goces y
libertad. El llamado a la sensatez y a una política de reformas educativas cuya parálisis sin
duda era irritante, habría evitado el estallido que podía degenerar en la tan temida
disolución. Ése es el punto, si bien es cierto que la rebelión no hizo carne de su utopía, es
cierto también que la estructura burocrática y arcaica de la educación francesa habría
resistido no se sabe cuánto tiempo más. La irrupción de los estudiantes en el escenario
político francés fracasó en sus objetivos pero fue lo único que hizo remover los cimientos de
los privilegios de los sectores conservadores.
Esta es una realidad que muchas veces se da en la historia, el éxito o el fracaso de las
acciones no depende ni se mide por las intenciones de sus protagonistas. El cambio no
siempre, quizás las menos de las veces, con la limpieza, la sensatez, la cordura, y la
razonabilidad, que deseamos. El costo del cambio puede dar por tierra el buen cálculo y su
costo puede ser alto. Hay algo de derroche en la historia, el deseo de revolución, aquella
virtualidad irrefrenable de la que hablaba Kant, quizás haga que en el postre de la historia
no puedan evitarse la leche derramada.
Pero volviendo al principio y al cambio de pasiones de lector, veo que hoy en día,
inimaginable antes, la lectura del gris Aron me despierta más inquietudes que las del rojo
Sartre.

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