La desgracia de zeran
Relato hecho por: Destroya, el panfeta 🍞
En un rincón sombrío del universo, donde la luz
fue desterrada y el tiempo se desdibujaba en un
interminable crepúsculo, Fallen se erguía como el
azote de los desdichados. En su presencia, el aire
se volvía denso, como si cada respiro reclamara
un precio. La galaxia, un vasto escenario de
desesperanza, se convirtió en su teatro, donde
las almas eran las marionetas de un titiritero
sádico.
En un planeta llamado zeran, sus habitantes, una
vez rebosantes de vida, habían sucumbido a la
desesperación. Las ciudades, ahora ruinas llenas
de eco y sombras, eran el reflejo de un mundo
que había conocido la luz pero que ahora
languidecía bajo el yugo de “el Terror Sin Alma”.
Fallen había llegado para cosechar, para usar a
los vivos como piezas de un grotesco
rompecabezas; cada grito de dolor, cada lágrima
derramada, era una nota en la sinfonía de su
tortura.
La noche en zeran se convirtió en un laberinto de
pesadillas. Fallen, vestido con su túnica de
“Oscuridad Primordial”, se movía entre las
sombras como un espectro. Su maza, “CAOS”,
resonaba con el eco de antiguos lamentos
mientras aplastaba cráneos y quebraba huesos.
En cada golpe, un susurro de agonía se alzaba,
alimentando su sed de sufrimiento. Los que
intentaron resistir fueron atrapados en su mirada
helada y desprovista de compasión; sus mentes
se desmoronaban, y la locura se convertía en su
única compañera.
Pero lo más atroz era su guitarra, “La Aberración
Sinfónica”, que gemía con los ecos de los ángeles
caídos. Las cuerdas, hechas de tendones y
nervios, vibraban con una melodía que evocaba
recuerdos de luz y esperanza, transformando
cada nota en un lamento desgarrador. Los
supervivientes, aquellos que aún se aferraban a
la vida, se veían obligados a escuchar su música,
un recordatorio de lo que habían perdido. Con
cada acorde, Fallen evocaba visiones de sus
seres queridos, aquellos que habían sido
devorados por el terror, creando una agonía que
se anidaba en lo más profundo de sus almas.
Las noches se alargaban en un ciclo interminable
de sufrimiento. Las calles eran un mar de
cuerpos inertes, y el aire se impregnaba de un
hedor a muerte y desolación. Las leyendas de
Fallen se contaban en susurros temerosos, como
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advertencias para aquellos que aún creían en la
posibilidad de una salvación. Pero en esa
oscuridad, la esperanza era un concepto ajeno,
un eco distante en la mente de aquellos que
habían sido marcados por su maldad.
La nave de Fallen, “La Jaula de los
Desafortunados”, flotaba en el espacio como un
monstruo voraz, esperándolo todo. Aquellos que
se atrevían a abordar su embarcación se
hallaban atrapados en un reino de
desesperación, donde el tiempo se desvanecía
junto con sus almas. Cada uno se convertía en
una nota más en la sinfonía de su tortura, un
chivo expiatorio en su danza macabra.
En el ocaso de su vida, los sobrevivientes de
zeran se unieron en una última resistencia, un
intento desesperado por recuperar lo que habían
perdido. Pero Fallen, consciente de su debilidad,
se regocijó en su sufrimiento. Con cada intento
de rebelión, su risa resonaba en la oscuridad, una
burla cruel que se convertía en un himno de
desesperación.
Así, en el corazón de zeran, el ciclo de horror
continuaba. Fallen, el Terror Sin Alma, se erguía
como un dios olvidado, un terror que nunca
cesará, alimentándose de la desesperanza y la
angustia. Pues el aprendió hace mucho que, la
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vida era una forma de tortura, y el verdadero
horror no residía en la muerte, sino en la eterna
agonía del vivir.