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Valores e Ideologías en la Política

El capítulo aborda la relación entre valores, ideologías y actitudes políticas, destacando cómo los valores individuales y colectivos influyen en la coherencia de las actitudes y comportamientos políticos. Se analizan las transformaciones históricas que han llevado a cambios en los sistemas de valores, desde sociedades agrarias hasta postindustriales, y cómo estos cambios afectan la legitimidad del poder político y las demandas sociales. Además, se discute la coexistencia de diferentes sistemas de valores en una misma sociedad y cómo esto genera tensiones políticas, ejemplificadas en el debate sobre el uso del jihab en contextos multiculturales.
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Valores e Ideologías en la Política

El capítulo aborda la relación entre valores, ideologías y actitudes políticas, destacando cómo los valores individuales y colectivos influyen en la coherencia de las actitudes y comportamientos políticos. Se analizan las transformaciones históricas que han llevado a cambios en los sistemas de valores, desde sociedades agrarias hasta postindustriales, y cómo estos cambios afectan la legitimidad del poder político y las demandas sociales. Además, se discute la coexistencia de diferentes sistemas de valores en una misma sociedad y cómo esto genera tensiones políticas, ejemplificadas en el debate sobre el uso del jihab en contextos multiculturales.
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C apítu lo 18

LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS


Valores y sistemas de valores
Las actitudes políticas de un sujeto suelen mantener entre sí una rela­
tiva coherencia (cfr. IV. 17). ¿Cómo explicar esta coherencia? ¿Qué elemento
«organiza» —por hablar de este modo— las actitudes de un individuo? El
concepto de valor nos facilita una explicación. El conjunto de los valores
que un sujeto respeta y sostiene estaría en la raíz de su cuadro general de
actitudes y les daría una cierta unidad. Así, cuando un sujeto aprecia
de modo preferente el valor «igueildad» cuenta con un sistema de actitudes
que le diferencia de quien sitúa por encima de todo el valor «orden».
• ¿Qué entendemos por valor? Sin entrar en la problemática filosófica que
plantea el interrogante, nos contentaremos con definir un valor como la
cualidad atractiva o apreciable que asignamos a determinadas situacio­
nes, acciones o personas. O, en sentido contrario, hablamos de un desva­
lor para referimos a una cualidad rechazable o repulsiva que vemos en
ellas. Atribuimos, pues, valor o desvalor a un objeto o a una situación
cuando declaramos que nos parece bien o, por el contrario, que nos pare­
ce mal. Por ejemplo, habrá quien atribuya valor a la igualdad entre razas
o entre géneros: aprobará la igualdad sin discriminaciones de color o de
sexo. En cambio, habrá quien juzgue negativamente esta igualdad, la de-
sapmebe y sostenga la conveniencia de mantener tratamientos desigua­
les entre colectivos de distinta raza o género, invocando criterios biológi­
cos, religiosos, económicos, etc.
• Los valores han sido presentados como generadores de coherencia en el
sistema de actitudes de un sujeto y, en consecuencia, como los últimos
factores explicativos de sus comportamientos. Un sujeto puede inclinarse
por valores de igualdad o de jerarquía, de libertad o de seguridad, de
competición o de solidaridad, de cambio o de tradición, etc. Su respuesta
ante determinados estímulos exteriores no será la misma según opte por
unos u otros. De la selección que haya realizado se desprenderá la orien­
tación de sus opiniones, silencios, actos o inhibiciones. Es, pues, el siste­
ma de valores preferidos de cada individuo o de cada gmpo el que orien­
ta los fines de su actividad y, con ello, la dirección de su conducta.
274 LA POLÍTICA COMO PROCESO; ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
• Según la perspectiva filosófica que se adopte se atribuye a los valores un
fundamento diferente. Puede residir en el placer o en la utilidad que pro­
duce en el propio sujeto, en el acuerdo con la propia conciencia del deber,
en el amor divino, en la realización de un proyecto personal, etc. Sin en­
trar en este debate, en el terreno del comportamiento político nos intere­
san los valores como fenómenos sociales y como fenómenos históricos.
Los valores no son construcciones individuales: son resultado de un diá­
logo colectivo en el seno de un grupo generacional, familiar, religioso, so­
cial, etc. Ello explica que podamos referimos al cuadro de valores predo­
minante de la juventud o al de la ancianidad, al cuadro de valores de la
aristocracia o al de la burguesía, al de los habitantes de las zonas rurales
o al de las zonas urbanas, etc. De cada cuadro de valores se desprende
también un sistema compartido de actitudes políticas y las conductas que
derivan de ellas. La figura IV. 18.1 presenta un esquema con las relaciones
entre valores, cultura política y conducta.

Transformaciones históricas y cambios de valores


El uso de la tortura como instrumento procesal aceptado por la ley se
mantuvo en muchos países europeos hasta principios del siglo xix: ¿por qué
empezó a introducirse su prohibición legal y por qué repugna hoy a la opi­
nión pública general? Porque de manera gradual se dio un cambio social en
el valor atribuido a la integridad fi'sica de las personas. Al tratarse de crea­
ciones sociales, los valores y las normas que los encaman son también pro­
ducto de la historia y evolucionan con ella. La esclavitud, la pena de muer­
te, la segregación racial o la denegación del sufragio a la mujer son también
ejemplos de conductas avaladas legalmente porque se sostenían sobre un
determinado sistema de valores: cuando este sistema de valores se debilita,
aquellas conductas e instituciones empiezan a ser percibidas como recha­
zables y pueden llegar a desaparecer del panorama político de una determi­
nada sociedad.
Las grandes mutaciones técnicas y económicas han comportado cam­
bios en los sistemas de valores dominantes. En menos de cien años, hemos
asistido a dos grandes evoluciones: el tránsito de las sociedades agrarias a
las sociedades industriales y el tránsito de estas últimas a las llamadas so­
ciedades postindustriales o de la información.
• En las sociedades agrarias, basadas en economías de subsistencia, predo­
mina un cuadro de valores constituido por el respeto a la tradición, el or­
den, la jerarquía, la deferencia ante la autoridad, la visión religiosa del
mundo y de sus estmcturas sociales, la solidaridad familiar o la renuncia
resignada al bienestar inmediato en espera de una recompensa en un
«más allá» intemporal. Es una respuesta fatalista y conservadora de una
humanidad insegura ante los límites de su conocimiento sobre el mundo
y la sociedad.
• El avance de la industrialización trajo consigo, en cambio, la hegemonía
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 275

ESTÍMULO CULTURA CONDUCTA


POLÍTICA
Una situación, FILTRO Una opinión,
un conflicto un acto
una persona, Conjunto de una adhesión,
un símbolo ACTITUDES una inhibición

t t

Fig. IV. 18.1. Valores, ideologías y actitudes: un esquema simple de relaciones.

de valores de progreso y cambio, competitividad socioeconómica, pro-


ductivismo, racionalidad y secularidad, solidaridades de clase social,
afán de bienestar material inmediato, libertad política, etc. Este cuadro
se corresponde con el optimismo que nace con la Ilustración: el hom­
bre se siente capaz de construir el futuro de la sociedad, de hacerla avan­
zar hacia un progreso ilimitado basado en la aplicación de la ciencia y la
tecnología.
• Finalmente, la llamada sociedad postindustrial —en condiciones de re­
lativa seguridad económica para una gran parte de la población— ha
puesto en primer plano valores de realización personal, diferenciación
individual frente al grupo, autonomía en el trabajo, libertad en las for­
mas de relación social y sexual, mayor preocupación por la calidad de
vida y la preservación del medio, etc. Todo ello puede llevar a un mayor
relativismo en los valores —a un pensamiento «débil» o más fragmen­
tado—, provocado por un nuevo tipo de inseguridad. Ya no se trata de la
inseguridad por riesgos ignorados o incontrolables. Ahora se trata de
los riesgos de futuro que el mismo ser humano genera con su acción:
nuclear, química, biogenètica. La humanidad sabe de qué es capaz,
pero duda razonablemente de que sean siempre positivos o controla­
bles los resultados que su capacidad transformadora puede acarrear
para la propia humanidad.
Estos cambios sociales y la modificación de los cuadros de valores tie­
nen repercusión en las orientaciones políticas. Por ejemplo, la aceptación
de una jerarquía política natural —propia de las sociedades agrarias— dio
paso al igualitarismo y a la formación de solidaridades de clase encamadas
276 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
en partidos y organizaciones sociales, protagonistas de la política en las so­
ciedades industriales. Por su parte, la sociedad postindustrial asiste ahora a
la revalorización del individuo que rehúye o rechaza el encuadramiento en
grupos, organizaciones o partidos, desconfía de las ideologías cerradas y
opta por formas flexibles e intermitentes de presencia política.
En cada momento histórico de cambio de valores se han producido cri­
sis de legitimidad del poder político —cfr. 1.2.— en sus diferentes manifesta­
ciones. En el último tercio del siglo xx se ha subrayado el contraste entre los
llamados valores «materiíJistas» propios de la sociedad de hegemonía indus­
trial y los valores «posmaterialistas» que emergen en las sociedades postin­
dustriales o del conocimiento. La figura IV. 18.2 describe dicho contraste.
• El predominio de los valores «materialistas» corresponde a la experien­
cia acuciante de las necesidades básicas del individuo y de los grupos: en
especial, seguridad fi'sica y seguridad económica. En cambio, cuando es­
tas necesidades se hallan razonablemente satisfechas —como ha ocurri­
do en las sociedades occidentales a partir de la segunda mitad del si­
glo XX — se despiertan otras exigencias: autorrealización personal en lo
intelectual y en lo afectivo, tratamiento singularizado de cada individuo,
nuevos equilibrios entre trabajo y ocio, calidad del medio natural y cultu­
ral, etc. Estas exigencias se encuentran en la base de los conflictos «pos­
materialistas» que cuentan en la política de las sociedades avanzadas a
finales del siglo xx: participación política personal frente a encuadra­
miento organizativo, protección del medio ambiente frente a productivis-
mo industrial, reivindicación del tiempo libre frente a reivindicación
salarial, etc. Quienes actúan desde este cuadro de valores predominante­
mente posmaterialista han ido aumentando en las sociedades occidenta­
les y, de modo especial, entre sus generaciones más jóvenes y entre los
grupos con mayor nivel de instrucción.

La s grandes encuestas sobre valores

La evolución de los sistemas de valores ha sido objeto de investigación


empírica, mediante la realización de encuestas intemacionales orienta­
das a identificar las tendencias de aquella evolución. En 1981 se llevó a
cabo un primer Estudio Europeo de Valores (EVS, del inglés European
Valúes Study), que fue ampliándose en años sucesivos hasta convertir­
se en un Estudio Mundial de Valores (WVS, del inglés Woríd Valúes
Study) en la década de los noventa. En su última versión, el análisis abar­
ca a ochenta y un países que comprenden el 85 % de la población mun­
dial. El principal impulsor de estas investigaciones ha sido Ronaid Ingle­
hart (Universidad de Michigan), autor de varias obras sobre el cambio de
valores y su relación con las transformaciones sociales y políticas
([Link]).
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 277

Satisfacción Calidad urt)ana y del paisaje


estética
Aprecio por las ideas
Conocimiento
VALORES Intelectual
POSMATERIALISTAS Libertad de expresión
(Necesidades sociales
y de autorrealización)

Sociedad menos impersonal


Identidad
Más capacidad en el trabajo
Autoestima y en la comunidad

Igualdad de género

Fuerzas armadas potentes

Lucha contra la delincuencia

Mantenimiento del orden

Economía estable
Crecimiento económico

Lucha contra la carestía


de la vida

Fig. IV. 18.2. Valores «materialistas» y «posmaterialistas» (Adaptado de Inglehart, 1977).


Diversidad de valores y conflictos políticos
Los cambios de valores que señalamos no se producen siempre de modo
general en todas las sociedades. Ni tampoco siguen el mismo ritmo en cada
una de ellas. El examen preciso de cada caso nos revela que en una misma so­
ciedad coexisten sistemas de valores diferentes, que se disputan la hegemoma
entre la población. Esta disputa es esencialmente política: ya vimos en su mo­
mento que la política expresa un conflicto entre los valores o sistemas de valo­
res que una sociedad alberga. Más sintéticamente, puede afirmarse que la po­
lítica se origina en el desacuerdo sobre lo que es justo y lo que es injusto, sobre
lo que corresponde a unos y sobre lo que corresponde a otros en el seno de una
comunidad. De ahí que la poh'tica haya sido definida como la actividad colec­
tiva que asigna y distribuye valores de manera vinculante (Easton).
Un ejemplo contemporáneo de esta discrepancia nos lo presenta la dife­
rente sensibilidad por los problemas medioambientales: allí donde prevalece
el productivismo industrial y el afán —o la necesidad— de un progreso mate­
rial inmediato, las cuestiones medioambientales no se abordan del mismo
modo que en sociedades donde la primacía del sector industrial ha dado paso
278 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
al sector de los servicios y donde los niveles de seguridad económica son ya
razonablemente satisfactorios para la gran mayoría de la población.
Esta tensión se produce tanto en el interior de una misma comunidad
política como en el plano planetario, donde coexisten y se relacionan socie­
dades en las que predominan diferentes sistemas de valores. El mal llamado
«choque» de civilizaciones revela esta permanente interrelación entre mun­
dos que años atrás mantenían pocos contactos. Hoy, en cambio, las grandes
migraciones intemacionales, los medios de comunicación de alcance mun­
dial y la densidad creciente de los flujos económicos globales hacen más
evidente —y a menudo más problemática— la relación entre individuos y
gmpos con sistemas de valores diferenciados.
De ahí la mayor dificultad para dar respuestas políticas satisfactorias a
una gama de demandas muy diversas. Junto a las posiciones «postmateria­
listas» que experimentan un crecimiento sostenido subsisten también en di­
chas sociedades los valores tradicionales. Este panorama de conjunto exige
la adaptación de las actuales instituciones políticas —que ven erosionada
su legitimidad— y la entrada en escena de otras, capaces de facilitar la ex­
presión de nuevas demandas y nuevas formas de comportamiento.
V al o r e s , no rm a s so ciales y po lític a : el uso del jihab

Los contrastes en los sistemas de valores y de normas sociales se han


manifestado recientemente de manera aguda allí donde las grandes mi­
graciones han puesto en contacto a poblaciones con tradiciones cultura­
les diferentes. En algunos casos, estos contrastes han tenido inmediata
repercusión política, en forma de polémica o de intervención directa de
las autoridades para regular determinadas prácticas. Veamos, por ejem­
plo, lo que ha ocurrido con el uso del jihab en determinados países. En
Francia, los tribunales de justicia han intervenido para dictaminar si las
muchachas de cultura musulmana tenían derecho a usar el jihab en la es­
cuela pública francesa, caracterizada desde su origen por una rigurosa
laicidad. En esta polémica, a quienes propugnaban la prohibición del jihab
se les ha opuesto el argumento de que hasta hoy no se ha impedido a los
escolares el uso de medallas o cruces de inspiración cristiana. En Dina­
marca —país reputado por su tolerancia— se han enfrentado el derecho
de las empresas a señalar algunas normas sobre atuendo del personal y
el derecho de las empleadas al uso del jihab en los puestos de atención al
público. En Turquía — país de tradición musulmana, pero con legislación
estrictamente laica— no se permitió que una diputada usara el jihab en el
parlamento elegido en 1999. Por su parte, otros países islámicos con le­
gislación de base religiosa siguen obligando a todas las mujeres — inclui­
das las extranjeras residentes o visitantes— al uso del jihab o de prendas
similares y castigan con sanciones más o menos severas las infracciones
a esta regla. ¿Qué soluciones políticas daría usted a las situaciones des­
critas y con qué argumentos las justificaría?
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 279

T ransformaciones sociales y cambio de valores

Un indicador de las transformaciones estructurales y de valores puede


darlo la distribución de la población activa ocupada en cada uno de los
sectores económicos. Esta distribución nos da una pista sobre la presen­
cia de diferentes sistemas de valores en el seno de una misma sociedad
y la posición respectiva que puede tener cada uno de ellos. Una compa­
ración entre las situaciones muy contrastadas de algunos países se pre­
senta en el cuadro IV.18.1. ¿Puede comentar las posibles consecuencias
de la situación revelada por los datos del cuadro con respecto a los valo­
res dominantes en cada sociedad?

C u ad ro IV. 18.1. Transformaciones sociales y cambio de valores


Población activa Población activa Población activa
ocupada en la agricultura ocupada en la industria ocupada en servicios
(%) y construcción (%) (%)
España 8,6 27,7 63,7
Afganistán 60,1 13,8 26,1
Alemania 3,3 36,7 60,0
Angola 69,4 10,5 20,1
Argentina 12,0 31,3 56,7
Armenia 33,3 26,7 40,0
Austria 4,7 20,7 74,6

Encyclopaedia Britannica, 1998, Yearbook.

Ideologías: los sistemas de valores como instrumento para la acción


Junto a actitudes y valores, las ideologías ocupan también un lugar im­
portante en el contexto cultural de la acción política. Con frecuencia, el com­
portamiento político de un sujeto o de un grupo se justifica expresamente
como una derivación necesaria de la ideología a la que se adscriben: «ser li­
beral obliga a...», «los progresistas tenemos que...», «este gobiemo adopta po­
siciones conservadoras en materia de...». Las alusiones a la ideología liberal,
progresista o conservadora son constantes en la escena política contemporá­
nea. Pero mucho menos claro es el sentido que se da al término: nuevamente,
nos encontramos ante un concepto político controvertido.
• ¿Qué entendemos aquí por ideología? Entendemos por ideología política
un conjunto compartido de conceptos y valores que pretenden describir
el universo político, señalar objetivos para intervenir en el mismo y defi­
nir las estrategias necesarias para alcanzarlos. Este conjunto de concep­
tos y valores presenta algunos rasgos característicos:
— las ideologías procuran ofrecer un aspecto sistemático, ordenando con­
ceptos y normas relativos al conjunto de las relaciones sociales y políticas:
280 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
— las ideologías tienen una clara función instrumental, puesto que sirven
para señalar objetivos, para distinguir entre amigos y adversarios, para
movilizar apoyos y para vencer resistencias;
— las ideologías simplifican la gran complejidad de elementos del universo
político, seleccionando los que convienen a sus fines y dejando a un lado
los que no le convienen;
— las ideologías suelen manifestarse explícitamente: cuando se interroga a
un ciudadano por las razones de su conducta política es probable una
respuesta basada en alusiones a su ideología, más fácil de expresar que
un sistema de valores;
— finalmente, las ideologías son compartidas: no pertenecen a un indivi­
duo o a un pequeño grupo. Son propias de un colectivo numeroso, cu­
yos miembros las utilizan para actuar en la escena política.
Así pues, las ideologías pretenden explicamos la realidad social y polí­
tica tal como creen que es y, al mismo tiempo, nos señalan cómo debería
ser. Por ello, tienen carácter militante: no sólo se presentan explícitamente,
sino que hacen proselitismo para conseguir su máxima difusión. En cierto
modo, transforman los sistemas de valores en instrumentos para la acción
política directa, justificando determinadas intervenciones —de cambio o de
bloqueo— en el proceso de regulación de los conflictos.
Este afán proselitista explica que el gran éxito de una ideología consis­
ta en ser adoptada por el mayor número posible de individuos y colectivos.
Hasta el punto de convertirse —si puede— en el «sentido común» de una
gran parte de una comunidad política, que la adopta como esquema com­
partido e indiscutido de entender y practicar la política. Cuando una ideo­
logía se difunde hasta este extremo, se convierte en pieza esencial para legi­
timar los resultados del sistema político que sustenta.

La s vicisitudes de la ideología

El término es atribuido al filósofo francés Antoine Destutt de Tracy (1754-


1836). Figura en su obra Elementos de ideología (1801-1815), un tratado
sobre la formación de los conceptos a partir de las sensaciones, según al­
gunas teorías epistemológicas y psicológicas de la época. Pero fueron Karl
Mane (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) quienes situaron el térmi­
no en el terreno político.
En su obra La ideología alemana (1845-1846), critican la filosofía alemana
de su tiempo como manifestación del dominio de una clase social y no
como conocimiento verdadero: «Las ideas de la clase dominante son en
cada época las ideas dominantes, es decir, la clase que es la fuerza materi­
al dominante es al mismo tiempo la fuerza espiritual dominante. La clase
que tiene a su disposición los medios de producción material dispone tam­
bién de los medios de producción intelectual... Las ideas dominantes no
son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominan­
tes concebidas como ideas... [Los miembros de la clase dominante] domi-
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 2 81
nan también como pensadores, como productores de ideas que regulan la
producción y la distribución de las ideas de su tiempo...». Esta ideología
dominante se impone a la sociedad como interpretación válida de las rela­
ciones sociopolíticas y sirve a la clase que la produce para reforzar su do­
minio. Para Marx y Engels la ideología, por tanto, no tiene que ver con el co­
nocimiento o con la ciencia, sino con el poder. A partir de este momento, el
uso del término se extiende en la teoría y en la polémica política.
Poco a poco adquiere un sentido más amplio: se calificará con este término
a todo intento de interpretación de la realidad social que contenga también
un proyecto político, ya sea de conservación, ya sea de cambio. En cierto
modo, todos los actores requieren un esquema de interpretación del mundo
que les rodea cuando desean intervenir en el mismo con algún proyecto: en
otras palabras, cada actor necesita su ideología. Sin embargo, la palabra
«ideología» sigue afectada de una connotación negativa que se refleja en el
uso del término: a menudo son los adversarios los que tienen ideología —
falsa, se supone— , mientras que «nosotros» tenemos ideas —verdaderas,
se sobreentiende— . Sin embargo, la historia de las ideas políticas califica
hoy como ideologías a concepciones sociales tales como el liberalismo, el
socialismo o el nacionalismo. ¿En qué medida es legitimo aplicar también
el término al ecologismo o al feminismo?

¿De qué está hecha una ideología?


¿Qué elementos contiene una ideología? En el amplio cuadro de con­
ceptos y valores que incluye una ideología podemos señalar cuatro grandes
capítulos, que quieren dar respuesta a cuestiones centrales de la organiza­
ción social y política. Cada ideología procurará:
— defender una determinada concepción de la naturaleza humana. Según
algunas ideologías, el hombre o la mujer son resultado de la biología
—un sujeto es lo que marca su nacimiento—; otras, en cambio, ponen el
acento en el efecto de la cultura —un sujeto es lo que aprende a lo largo
de su existencia—;
— definir una visión de las relaciones entre individuos. Algunas ideologías
subrayan las diferencias que se dan entre sujetos y seleccionan alguna
de ellas como valor dominante: el género, la edad, la raza, el estatuto so­
cial, etc.; otras, por el contrario, acentúan la idea de igualdad como
principio de sus relaciones y buscan hacerla efectiva;
— proponer un esquema de relaciones entre cada individuo y el colectivo
social. Mientras que algunas ideologías insisten en la primacía indiscu­
tible del individuo, de su identidad personal y de su bienestar, otras
apuestan por subrayar la necesidad de un colectivo fuerte y bien inte­
grado como garantía del desarrollo de sus miembros; y, finalmente,
— sostener un determinado punto de vista sobre la capacidad de la acción
política para influir sobre el desarrollo de cada sociedad. En algunas
ideologías se considera que es ilusoria la pretensión política de orientar
282 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
la evolución social; en otras, por el contrario, se señala que depende de
esta acción política el mantenimiento y el desarrollo de la propia comu­
nidad.
Combinando categorías y valores en cada uno de estos cuatro grandes
capítulos, se van configurando las diferentes ideologías. Cada una de ellas
puede presentarse en la práctica de manera diversa. Adopta a veces una for­
ma muy estructurada, especiídmente cuando se formula en la exposición de
intelectuales o teóricos. En otros casos aflora en afirmaciones y propuestas
de carácter más impresionista, que surgen de la experiencia política de un
partido o de un líder Las ideologías contemporáneas cuentan con contribu­
ciones de los dos tipos, combinadas en dosis variables según el momento y
el lugar. La ideología socialista no se explica sin atender a las aportaciones
intelectuales de autores del siglo xix y, de manera especial, a la obra de
Marx. Pero también depende de la contribución de líderes políticos que, a lo
largo del siglo xx, desarrollaron programas de gobiemo bajo la etiqueta so­
cialista. Lo mismo puede decirse del liberalismo: las aportaciones de Adam
Smith, Stuart Mili o Hayek han sido traducidas y adaptadas en la práctica
política por los partidos y gobiemos de orientación liberal.

¿Cómo se forman y cómo evolucionan las ideologías?


Hemos señalado qué elementos integran una ideología. Pero cabe pre­
guntarse también dónde se encuentra el punto de arranque que desencade­
na su cristalización. O, en otros términos, cuáles son los factores que posi­
bilitan la combinación de categorías y valores hasta tomar la forma de un
sistema.
• Para la visión más extendida, el factor determinante en la formación de
una ideología es la defensa de intereses propios. En la versión más mda
de esta aproximación, ideología equivale a engaño deliberado de los de­
más en beneficio propio. Quien atribuye a determinadas ideas una vali­
dez universal no lo haría para revelar la verdad a sus conciudadanos: lo
haría para enmascarar sus intenciones y, en la medida de lo posible, con­
fundirles de tal manera que le fuera más fácil conseguir los propios obje­
tivos. En una versión moderada, la ideología de un gmpo se identifica
con la racionalización —el reflejo— de sus intereses: un gmpo sostiene
determinada visión del mundo como la más recomendable para todos,
porque —sin tener clara conciencia de ello— resulta ser la más conve­
niente para su propia situación. Este empeño no sería siempre conscien­
te, de tal modo que contiene un elemento de autoengaño, y no sólo de ca­
muflaje frente a los demás. En todo caso, las ideologías acompañan ine­
vitablemente al conflicto político: cada uno de los actores se pertrecha
con la suya, intentando convencerse a sí mismo y a los demás de la vali­
dez de sus argumentos y de la legitimidad de sus pretensiones.
• Otras aproximaciones prefieren localizar el origen de una ideología en
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 283
una situación histórica determinada, en la que las aspiraciones mayorita­
nas de la sociedad no son satisfechas por el sistema político. En estas
condiciones de frustración, algunos sectores sociales «segregan» una ideo­
logía como sistema de creencias y valores que refuerza sus aspiraciones
de seguridad, ya sea consolidando lo existente, ya sea promoviendo un
cambio. La sobreexplotación de las clases trabajadoras por el capitalismo
industrial del siglo xix favorecería la elaboración del socialismo; la inse­
guridad de la crisis económica y nacional en Alemania después de la Pri­
mera Guerra Mundial facilitaría la eclosión y arraigo del fascismo; la
marginación de determinados sectores sociales en los procesos de mo­
demización de algunos países de tradición musulmana daría lugar al
fundamentalismo islámico. Desde esta perspectiva, la ideología expresa
un modelo social a conseguir y no tanto el reflejo de intereses sociales a
preservar.

L a TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN COMO IDEOLOGÍA TRANSFORMADORA

Afínales de los años sesenta del pasado siglo y durante la renovación que
significó el Concilio Vaticano II, algunos sectores de la Iglesia Católica la­
tinoamericana combinaron el análisis sociológico con la reflexión teológi­
ca. Consideraron que la lucha contra la pobreza y contra la opresión polí­
tica no podía separarse del mensaje original de un cristianismo liberador,
vinculado a la reivindicación de los derechos humanos y políticos. Sacer­
dotes y laicos comprometidos compartieron las condiciones de vida de los
sectores explotados. Con la creación de comunidades eclesiales de base,
se crearon espacios de debate, formación y solidaridad de los que emer­
gía posteriormente una gran cantidad de líderes que nutrirían las filas de
las formaciones sociales y políticas de carácter progresista. La lucha con­
tra las injusticias y los abusos de poder les situó en el punto de mira de los
poderes establecidos, porque la llamada «teología de la liberación» for­
mulaba un modelo social alternativo que ponía en tela de juicio los privile­
gios de los poderes tradicionales: la oligarquía económica, los ejércitos y
la jerarquía eclesiástica. No debe sorprender, por tanto, que dirigentes y
seguidores de la teología de la liberación fueran víctimas de la represión
política y de la censura vaticana.

En ambos casos, es la situación política y social la que engendra ideo­


logías. Se convierten en uno de los recursos a los que acuden los diferentes
actores sociales para perseguir sus objetivos, a veces de cambio, a veces de
conservación. Ello explica que haya que entender la ideología, no como un
sistema inmutable y congelado, sino como un conjunto sujeto a cambios y
adaptaciones en función de las circunstancias de tiempo y lugar: conser­
vando un núcleo central que permite identificarlo como tal, la ideología li­
beral, conservadora, socialista, etc., de finales del siglo xix no es idéntica a
las versiones que cada una de ellas presenta a principios del siglo xxi.
284 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
Las grandes ideologías contemporáneas: los principsdes «ismos»
En las sociedades occidentales, la orientación política de la gran mayo­
ría de sus ciudadanos se apoya en una serie de corrientes ideológicas cuyo
origen se sitúa a finales del siglo xviii o en la primera mitad del siglo xix.
Cada una de dichas corrientes presenta diversas variantes que han seguido
vigentes hasta el momento presente. Es recomendable acudir a los textos de
historia de las ideas políticas para hacerse con una visión más completa de
las mismas. Como simple introducción desarrollamos a continuación algu­
nas referencias esquemáticas a las ideologías más importantes.
• Los liberalismos. Nacen de la primera ideología que se propone expre­
samente la fundación de un orden político diferente al que representaban
las monarquías absolutas de corte tradicional. Se originan en la Ilustra­
ción europea e inspiran las revoluciones americana y francesa de finales
del siglo xviii. Resaltan el papel protagonista del individuo: su libertad es
el valor supremo, que no tiene otro límite que la libertad de los demás.
Del acuerdo entre individuos libres nace la comunidad política. El pro­
greso de esta comunidad no puede ser programado: hay que dejarlo al re­
sultado espontáneo de la competencia entre individuos libres y raciona­
les, porque de esta tensión de intereses nace un equilibrio beneficioso
jara todos. La autoridad política debe limitarse a garantizar las reglas
Dásicas de aquella competencia. Su legitimidad deriva de la adhesión li­
bre que obtiene entre los miembros de la comunidad. Sin embargo, a fi­
nales del siglo XIX, algunos sectores liberales —especialmente, en Gran
Bretaña— se percataron de que la evolución del capitalismo industrial y
financiero había generado grandes desigualdades sociales, que dejaban
sin sentido la defensa de la libre iniciativa individual propuesta por el
propio liberalismo. Desde entonces, determinadas variantes del liberalis­
mo político han aceptado la intervención del estado para corregir los
efectos más negativos de la competencia económica. En Estados Unidos,
por ejemplo, se conoce como liberales a los sectores del Partido Demó­
crata que —desde la presidencia de E D. Roosevelt— se inclinan por un
sector público más activo y demuestran una mayor preocupación por dis­
minuir las desigualdades sociales.
• Los conservadurismos. Aparecen como la reacción al liberalismo por
parte de quienes se sienten amenazados en su condición social privilegia­
da: nobleza terrateniente, jerarquías eclesiásticas. Su punto de partida es
la primacía de la comunidad social, entendida como un organismo vivo
cuya existencia es «natural» y no fruto de un acuerdo libre entre sus
miembros. Los elementos constitutivos de esta comunidad no son los in­
dividuos, sino colectivos de distinto tipo: familias, aldeas, ciudades, co­
munidades religiosas, estamentos, gremios. El orden social se basa en el
respeto a las tradiciones por parte de todos los actores. La autoridad po­
lítica, que se funda en un principio de jerarquía, debe garantizar este res­
peto a las tradiciones, de donde obtiene su legitimidad. El conservaduris­
mo manifiesta poca o nula confianza en el progreso. Por esta razón, la
preocupación principal de la autoridad ha de consistir en evitar los males
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 285
que —según su pesimismo antropológico— acompañan a toda innova­
ción política o social. Gradualmente, la corriente dominante del pensa­
miento conservador acepta el liberalismo económico, aunque combina­
do con el autoritarismo político y social: no desea la intervención del
estado en el ámbito económico, pero propugna un estado «fuerte» en la
lucha contra la delincuencia, en la protección de la familia tradicional, en
la alianza con los sectores confesionales más intolerantes, etc.
Los socialismos. Reaccionan también contra los resultados del libera­
lismo; explotación, desigualdad, marginación. Pero —en lugar de propo­
ner un improbable regreso al pasado como hacen los conservaduris­
mos— entienden que hay que actuar deliberadamente para conducir a
las sociedades a nuevos estadios de desarrollo que aseguren su bienestar
colectivo. El ser humano es eminentemente social: sólo se define en rela­
ción a los demás, con quienes debe mantener relaciones de igualdad y no
de subordinación. El orden social no se basa ni en la competencia libre,
ni en la tradición: se basa en la solidaridad humana y en una comunidad
igualitaria de bienes y recursos. Para alcanzar este orden solidario, la in­
tervención de la autoridad política es decisiva. El debate sobre esta inter­
vención dividió desde un principio al movimiento socialista entre los par­
tidarios de la vía revolucionaria y de la imposición drástica y por la fuer­
za de sus propuestas y los partidarios de introducirlas gradualmente
mediante la participación en el sistema político liberal-democrático.
Igualmente, la discrepancia sobre la intervención pública en la economía
separó a las corrientes favorables a su completa estatalización de las que
hacían compatible una mayor acción estatal con la continuidad de la ac­
tividad privada. Comunismo y socialdemocracia han encamado en la
arena política estas dos versiones de la ideología socialista, que —frente
al pesimismo de los conservadores y al escepticismo de los liberales— tie­
ne confianza en la capacidad de la humanidad para constmirse un futuro
a la medida de sus aspiraciones.
Los anarquismos. En sus diferentes variantes, entienden que una socie­
dad libre y armónica ha de ser resultado del acuerdo voluntario entre su­
jetos. Cualquier forma de autoridad o coacción perturba el orden social,
al introducir formas —a veces duras, a veces sutiles— de coacción de
unos individuos o de unos gmpos sobre otros. La cohesión social sólo
puede derivarse del pacto voluntario y de la libre asociación entre indivi­
duos, municipios, cooperativas productivas, comunas agrarias, etc., re­
chazando vínculos legales u obligaciones de otro tipo. Cada una de estas
entidades debe autogestionarse mediante la participación directa de sus
componentes en la toma de decisiones, sin someterse a instmcciones o
consignas ajenas: la igualdad entre los miembros de cada colectivo debe
reflejarse en la eliminación de todo principio de jerarquía y de todo lide­
razgo personal.
Los fascismos. Se presentan como solución que supera el enfrenta­
miento entre liberales y socialistas. Construyen una visión del mundo po­
lítico, en la que el individuo se debe a la comunidad nacional y al líder in­
discutible que la encama. El orden político y social se basa en ciertas je­
rarquías «naturales» —entre elite y masa, entre razas superiores y razas
286 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
inferiores, entre hombre y mujeres, etc.— y tiene su pieza esencial en la
obediencia inquebrantable a la voluntad del dirigente supremo, capaz de
interpretar el destino histórico que corresponde a la comunidad nacio­
nal. Esta comunidad debe imponerse —mediante la violencia y la guerra,
si conviene— a todas las resistencias que brotan de los «demás»: de ahí la
hostilidad a los diferentes y, con ello, el rechazo a minorías étnicas o reli­
giosas, a extranjeros e inmigrantes.
• Los nacionalismos. La nación —como comunidad con pasado histórico
propio y como proyecto colectivo común— se convierte en expresión
simbólica central y en protagonista de la acción política. Según el nacio­
nalismo, los individuos se sitúan políticamente en relación a la nación a
la que pertenecen: sus oportunidades de desarrollo personal están ínti­
mamente vinculadas a la evolución histórica de la comunidad. La unidad
nacional se convierte en el fundamento del orden social: por consiguien­
te, todo lo que se percibe como amenaza —interior o exterior— a la uni­
dad nacional ha de ser combatido por todos los medios. Entre estas ame­
nazas se cuentan tanto otras naciones como las minorías internas que no
se identifican con la misma visión nacional. La mejor garantía de conso­
lidación nacional es contar con un estado propio: la nación sin estado es,
en cierta manera, un proyecto inacabado que debe completarse a toda
costa.
• Los fundamentalismos religiosos. Se ha denominado de esta forma a las
ideologías en las que el sujeto político principal está constituido por la
comunidad de los creyentes de una determinada confesión religiosa. Las
creencias que unen a los miembros de esta comunidad determinan sus
formas de organización familiar, económica y política. Leyes e institucio­
nes derivan de forma directa de sus ideas y normas religiosas, contenidas
en los textos sagrados —Biblia, Torah, Corán— y en las interpretaciones
que de ellos hacen las correspondientes jerarquías religiosas. Dado que el
orden social depende de la coincidencia confesional, los disidentes reli­
giosos significan para estas ideologías un riesgo social y, por tanto, son
difícilmente tolerados y ven limitadas —a veces hasta la eliminación—
sus libertades como individuos y como colectivos.
Ya hemos señalado la diversidad de matices que presenta cada una de
las grandes familias ideológicas, adaptándose a momentos y lugares dife­
rentes: el liberalismo de los revolucionarios franceses no coincide exac­
tamente con el que proclaman los liberales norteamericanos de hoy, el so­
cialismo de Marx no se identifica del todo con el que proclamó el régimen
soviético o con el que ha elaborado una tradición socialdemócrata que ha
llegado hasta hoy, los fascismos se ajustaron a condiciones culturales y po­
líticas singulares de cada sociedad, etc. Un conocimiento más preciso de es­
tas variantes exige asomarse a las obras de sus autores intelectuales y a los
textos programáticos de partidos o grupos que las han convertido en su doc­
trina política.
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 2 87

N uevas id eo lo g ía s : f e m in is m o , ec o l o g is m o , alter m u nd ism o

Algunos autores resaltan que, junto a las ideologías clásicas —en buena
parte originadas en las ideas de la Ilustración y de quienes las rechaza­
ron— , se dan ahora otras nuevas que han aparecido en el último tercio del
siglo XX. Así sucede, por ejemplo, con el feminismo, el ecologismo o el al­
termundismo. los movimientos que luchan por la emancipación de la mujer,
la preservación de los recursos naturales no renovables o la oposición al
proyecto de globalización neoliberal han conquistado una presencia cre­
ciente en el escenario político. Algunas de sus manifestaciones más radica­
les quieren ofrecer una interpretación general de la sociedad y de la política.
Lo hacen al modo de las ideologías tradicionales, que pretenden desbordar
el tratamiento de un aspecto determinado de la conflictividad social.

¿El fin de las ideologías?


Con este título, el sociólogo norteamericano Daniel Bell publicó en
1960 una obra de gran impacto en la que denunciaba el agotamiento de las
grandes ideas políticas que habían marcado la historia del mundo occi­
dental hasta aquel momento. Para Bell, se estaba revelando que la política
se planteaba en términos mucho más pragmáticos, tanto por parte de los
ciudadanos, como por parte de los dirigentes políticos. Importaban los re­
sultados más que las ideas y, en especial, los resultados económicos en tér­
minos de crecimiento y bienestar material. Otros autores apuntaron en la
misma dirección, subrayando la creciente pérdida de capacidad de movili­
zación de doctrinas como el socialismo, el comunismo o el fascismo.
Bastaron unos pocos años —en la misma década de los sesenta— para
poner en tela de juicio esta visión crepuscular de las ideologías. La lucha
por los derechos civiles de la minoría negra, la oposición a la guerra del
Vietnam o la revuelta estudiantil de mayo de 1968 en Francia y en otros paí­
ses europeos significaron una reaparición de las polémicas ideológicas en­
tre los partidarios del cambio político radical y los defensores del status
quo. En este contexto, no sólo se recuperaron y actualizaron viejas doctri­
nas —neomarxismos de diferentes escuelas, neoanarquismos en varias ver­
siones, neoliberalismos militantes favorables al desmantelamiento de lo pú­
blico y del estado del bienestar, neofascismos, etc.—, sino que se pusieron
en circulación nuevas interpretaciones de las relaciones sociales, centradas
en tomo a la igualdad de géneros o en tomo a la conservación de los recur­
sos naturales: feminismo y ecologismo aparecían ahora como nuevas pro­
puestas ideológicas sumándose a las ya existentes.
En 1989, otro autor norteamericano —Francis Fukuyama— analizó
las consecuencias de la caída del imperio soviético en un artículo titulado
«¿El fin de la historia?». Para este analista, la derrota política de la Unión
Soviética y del marxismo-leninismo que la inspiraba significaban que el li­
2 88 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
beralismo democrático se había convertido en el único sistema doctrinal
capaz de legitimar las estructuras políticas y económicas: no había lugar
para las soñadas alternativas de otros tiempos y la humanidad entraba en
un período de apacible estabilidad ideológica.
Es innegable la pérdida de peso de algunas ideologías de pretensión uni­
versal que pretendían interpretar y dar respuesta a todos los problemas de
una sociedad: este carácter simplifícador es cada vez menos efectivo allí don­
de la complejidad de conflictos y la diversidad de actores ponen en juego in­
tereses y alternativas muy dispares. También es cierto que son —^y siempre
han sido— minoría los ciudadanos que asumen de manera integral el conjun­
to de creencias y valores que se combinan en una ideología: sólo los acérri­
mos militantes se adhieren a ella de manera total y sin reservas, frente a una
mayoría que participa de ellas de manera parcial y fragmentaria.
Pero el vaticinio de un segundo final de las ideologías fue de nuevo
desmentido por la realidad. No sólo se afianzaron alternativas ideológicas
al liberalismo, como las que representa el fundamentalismo islámico en
varios países asiáticos y africanos. También en Europa despertaron de
nuevo los nacionalismos como ideologías capaces de alimentar las expec­
tativas y los proyectos políticos de muchos ciudadanos. Desde la devolu­
tion a Escocia y Gales en Gran Bretaña hasta la desintegración de Checos­
lovaquia, la URSS o Yugoslavia, los nacionalismos han justificado episo­
dios de separación amistosa o han alimentado sangrientas guerras civiles.
Asimismo, en la última década del siglo xx toman cuerpo las propuestas de
resistencia al movimiento de la globalización neoliberal y de las institucio­
nes que la encaman (FMI, Banco Mundial, Fòrum de Davos), elaborando
propuestas alternativas de carácter universal que se amparan bajo el eslo­
gan de «otro mundo es posible».
Parece, pues, que el hecho de que algunas ideologías muden su apa­
riencia, desaparezcan del primer plano de la escena o sean acogidas sólo
parcialmente no autoriza para decretar los funerales de todas ellas. Estos
funerales anticipados han sido denunciados como empeños políticos para
justificar la resistencia al cambio: la «ideología del fin de la ideología» sería,
desde este punto de vista, la más conveniente para los intereses de quienes
cuentan ya en sus manos con los principales resortes del poder económico,
político y mediático y no desean grandes transformaciones en el status quo.
En todo caso, anunciar la muerte de las ideologías es ignorar que los
conflictos que son objeto de la política no dejarán de estar siempre acom­
pañados por creencias y juicios de valor: de ellos obtienen los ciudadanos
—y todos los actores políticos— las razones y los pretextos necesarios para
motivar su intervención en la gestión de los asuntos colectivos.

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