C apítu lo 18
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS
Valores y sistemas de valores
Las actitudes políticas de un sujeto suelen mantener entre sí una rela
tiva coherencia (cfr. IV. 17). ¿Cómo explicar esta coherencia? ¿Qué elemento
«organiza» —por hablar de este modo— las actitudes de un individuo? El
concepto de valor nos facilita una explicación. El conjunto de los valores
que un sujeto respeta y sostiene estaría en la raíz de su cuadro general de
actitudes y les daría una cierta unidad. Así, cuando un sujeto aprecia
de modo preferente el valor «igueildad» cuenta con un sistema de actitudes
que le diferencia de quien sitúa por encima de todo el valor «orden».
• ¿Qué entendemos por valor? Sin entrar en la problemática filosófica que
plantea el interrogante, nos contentaremos con definir un valor como la
cualidad atractiva o apreciable que asignamos a determinadas situacio
nes, acciones o personas. O, en sentido contrario, hablamos de un desva
lor para referimos a una cualidad rechazable o repulsiva que vemos en
ellas. Atribuimos, pues, valor o desvalor a un objeto o a una situación
cuando declaramos que nos parece bien o, por el contrario, que nos pare
ce mal. Por ejemplo, habrá quien atribuya valor a la igualdad entre razas
o entre géneros: aprobará la igualdad sin discriminaciones de color o de
sexo. En cambio, habrá quien juzgue negativamente esta igualdad, la de-
sapmebe y sostenga la conveniencia de mantener tratamientos desigua
les entre colectivos de distinta raza o género, invocando criterios biológi
cos, religiosos, económicos, etc.
• Los valores han sido presentados como generadores de coherencia en el
sistema de actitudes de un sujeto y, en consecuencia, como los últimos
factores explicativos de sus comportamientos. Un sujeto puede inclinarse
por valores de igualdad o de jerarquía, de libertad o de seguridad, de
competición o de solidaridad, de cambio o de tradición, etc. Su respuesta
ante determinados estímulos exteriores no será la misma según opte por
unos u otros. De la selección que haya realizado se desprenderá la orien
tación de sus opiniones, silencios, actos o inhibiciones. Es, pues, el siste
ma de valores preferidos de cada individuo o de cada gmpo el que orien
ta los fines de su actividad y, con ello, la dirección de su conducta.
274 LA POLÍTICA COMO PROCESO; ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
• Según la perspectiva filosófica que se adopte se atribuye a los valores un
fundamento diferente. Puede residir en el placer o en la utilidad que pro
duce en el propio sujeto, en el acuerdo con la propia conciencia del deber,
en el amor divino, en la realización de un proyecto personal, etc. Sin en
trar en este debate, en el terreno del comportamiento político nos intere
san los valores como fenómenos sociales y como fenómenos históricos.
Los valores no son construcciones individuales: son resultado de un diá
logo colectivo en el seno de un grupo generacional, familiar, religioso, so
cial, etc. Ello explica que podamos referimos al cuadro de valores predo
minante de la juventud o al de la ancianidad, al cuadro de valores de la
aristocracia o al de la burguesía, al de los habitantes de las zonas rurales
o al de las zonas urbanas, etc. De cada cuadro de valores se desprende
también un sistema compartido de actitudes políticas y las conductas que
derivan de ellas. La figura IV. 18.1 presenta un esquema con las relaciones
entre valores, cultura política y conducta.
Transformaciones históricas y cambios de valores
El uso de la tortura como instrumento procesal aceptado por la ley se
mantuvo en muchos países europeos hasta principios del siglo xix: ¿por qué
empezó a introducirse su prohibición legal y por qué repugna hoy a la opi
nión pública general? Porque de manera gradual se dio un cambio social en
el valor atribuido a la integridad fi'sica de las personas. Al tratarse de crea
ciones sociales, los valores y las normas que los encaman son también pro
ducto de la historia y evolucionan con ella. La esclavitud, la pena de muer
te, la segregación racial o la denegación del sufragio a la mujer son también
ejemplos de conductas avaladas legalmente porque se sostenían sobre un
determinado sistema de valores: cuando este sistema de valores se debilita,
aquellas conductas e instituciones empiezan a ser percibidas como recha
zables y pueden llegar a desaparecer del panorama político de una determi
nada sociedad.
Las grandes mutaciones técnicas y económicas han comportado cam
bios en los sistemas de valores dominantes. En menos de cien años, hemos
asistido a dos grandes evoluciones: el tránsito de las sociedades agrarias a
las sociedades industriales y el tránsito de estas últimas a las llamadas so
ciedades postindustriales o de la información.
• En las sociedades agrarias, basadas en economías de subsistencia, predo
mina un cuadro de valores constituido por el respeto a la tradición, el or
den, la jerarquía, la deferencia ante la autoridad, la visión religiosa del
mundo y de sus estmcturas sociales, la solidaridad familiar o la renuncia
resignada al bienestar inmediato en espera de una recompensa en un
«más allá» intemporal. Es una respuesta fatalista y conservadora de una
humanidad insegura ante los límites de su conocimiento sobre el mundo
y la sociedad.
• El avance de la industrialización trajo consigo, en cambio, la hegemonía
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 275
ESTÍMULO CULTURA CONDUCTA
POLÍTICA
Una situación, FILTRO Una opinión,
un conflicto un acto
una persona, Conjunto de una adhesión,
un símbolo ACTITUDES una inhibición
t t
Fig. IV. 18.1. Valores, ideologías y actitudes: un esquema simple de relaciones.
de valores de progreso y cambio, competitividad socioeconómica, pro-
ductivismo, racionalidad y secularidad, solidaridades de clase social,
afán de bienestar material inmediato, libertad política, etc. Este cuadro
se corresponde con el optimismo que nace con la Ilustración: el hom
bre se siente capaz de construir el futuro de la sociedad, de hacerla avan
zar hacia un progreso ilimitado basado en la aplicación de la ciencia y la
tecnología.
• Finalmente, la llamada sociedad postindustrial —en condiciones de re
lativa seguridad económica para una gran parte de la población— ha
puesto en primer plano valores de realización personal, diferenciación
individual frente al grupo, autonomía en el trabajo, libertad en las for
mas de relación social y sexual, mayor preocupación por la calidad de
vida y la preservación del medio, etc. Todo ello puede llevar a un mayor
relativismo en los valores —a un pensamiento «débil» o más fragmen
tado—, provocado por un nuevo tipo de inseguridad. Ya no se trata de la
inseguridad por riesgos ignorados o incontrolables. Ahora se trata de
los riesgos de futuro que el mismo ser humano genera con su acción:
nuclear, química, biogenètica. La humanidad sabe de qué es capaz,
pero duda razonablemente de que sean siempre positivos o controla
bles los resultados que su capacidad transformadora puede acarrear
para la propia humanidad.
Estos cambios sociales y la modificación de los cuadros de valores tie
nen repercusión en las orientaciones políticas. Por ejemplo, la aceptación
de una jerarquía política natural —propia de las sociedades agrarias— dio
paso al igualitarismo y a la formación de solidaridades de clase encamadas
276 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
en partidos y organizaciones sociales, protagonistas de la política en las so
ciedades industriales. Por su parte, la sociedad postindustrial asiste ahora a
la revalorización del individuo que rehúye o rechaza el encuadramiento en
grupos, organizaciones o partidos, desconfía de las ideologías cerradas y
opta por formas flexibles e intermitentes de presencia política.
En cada momento histórico de cambio de valores se han producido cri
sis de legitimidad del poder político —cfr. 1.2.— en sus diferentes manifesta
ciones. En el último tercio del siglo xx se ha subrayado el contraste entre los
llamados valores «materiíJistas» propios de la sociedad de hegemonía indus
trial y los valores «posmaterialistas» que emergen en las sociedades postin
dustriales o del conocimiento. La figura IV. 18.2 describe dicho contraste.
• El predominio de los valores «materialistas» corresponde a la experien
cia acuciante de las necesidades básicas del individuo y de los grupos: en
especial, seguridad fi'sica y seguridad económica. En cambio, cuando es
tas necesidades se hallan razonablemente satisfechas —como ha ocurri
do en las sociedades occidentales a partir de la segunda mitad del si
glo XX — se despiertan otras exigencias: autorrealización personal en lo
intelectual y en lo afectivo, tratamiento singularizado de cada individuo,
nuevos equilibrios entre trabajo y ocio, calidad del medio natural y cultu
ral, etc. Estas exigencias se encuentran en la base de los conflictos «pos
materialistas» que cuentan en la política de las sociedades avanzadas a
finales del siglo xx: participación política personal frente a encuadra
miento organizativo, protección del medio ambiente frente a productivis-
mo industrial, reivindicación del tiempo libre frente a reivindicación
salarial, etc. Quienes actúan desde este cuadro de valores predominante
mente posmaterialista han ido aumentando en las sociedades occidenta
les y, de modo especial, entre sus generaciones más jóvenes y entre los
grupos con mayor nivel de instrucción.
La s grandes encuestas sobre valores
La evolución de los sistemas de valores ha sido objeto de investigación
empírica, mediante la realización de encuestas intemacionales orienta
das a identificar las tendencias de aquella evolución. En 1981 se llevó a
cabo un primer Estudio Europeo de Valores (EVS, del inglés European
Valúes Study), que fue ampliándose en años sucesivos hasta convertir
se en un Estudio Mundial de Valores (WVS, del inglés Woríd Valúes
Study) en la década de los noventa. En su última versión, el análisis abar
ca a ochenta y un países que comprenden el 85 % de la población mun
dial. El principal impulsor de estas investigaciones ha sido Ronaid Ingle
hart (Universidad de Michigan), autor de varias obras sobre el cambio de
valores y su relación con las transformaciones sociales y políticas
([Link]).
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 277
Satisfacción Calidad urt)ana y del paisaje
estética
Aprecio por las ideas
Conocimiento
VALORES Intelectual
POSMATERIALISTAS Libertad de expresión
(Necesidades sociales
y de autorrealización)
Sociedad menos impersonal
Identidad
Más capacidad en el trabajo
Autoestima y en la comunidad
Igualdad de género
Fuerzas armadas potentes
Lucha contra la delincuencia
Mantenimiento del orden
Economía estable
Crecimiento económico
Lucha contra la carestía
de la vida
Fig. IV. 18.2. Valores «materialistas» y «posmaterialistas» (Adaptado de Inglehart, 1977).
Diversidad de valores y conflictos políticos
Los cambios de valores que señalamos no se producen siempre de modo
general en todas las sociedades. Ni tampoco siguen el mismo ritmo en cada
una de ellas. El examen preciso de cada caso nos revela que en una misma so
ciedad coexisten sistemas de valores diferentes, que se disputan la hegemoma
entre la población. Esta disputa es esencialmente política: ya vimos en su mo
mento que la política expresa un conflicto entre los valores o sistemas de valo
res que una sociedad alberga. Más sintéticamente, puede afirmarse que la po
lítica se origina en el desacuerdo sobre lo que es justo y lo que es injusto, sobre
lo que corresponde a unos y sobre lo que corresponde a otros en el seno de una
comunidad. De ahí que la poh'tica haya sido definida como la actividad colec
tiva que asigna y distribuye valores de manera vinculante (Easton).
Un ejemplo contemporáneo de esta discrepancia nos lo presenta la dife
rente sensibilidad por los problemas medioambientales: allí donde prevalece
el productivismo industrial y el afán —o la necesidad— de un progreso mate
rial inmediato, las cuestiones medioambientales no se abordan del mismo
modo que en sociedades donde la primacía del sector industrial ha dado paso
278 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
al sector de los servicios y donde los niveles de seguridad económica son ya
razonablemente satisfactorios para la gran mayoría de la población.
Esta tensión se produce tanto en el interior de una misma comunidad
política como en el plano planetario, donde coexisten y se relacionan socie
dades en las que predominan diferentes sistemas de valores. El mal llamado
«choque» de civilizaciones revela esta permanente interrelación entre mun
dos que años atrás mantenían pocos contactos. Hoy, en cambio, las grandes
migraciones intemacionales, los medios de comunicación de alcance mun
dial y la densidad creciente de los flujos económicos globales hacen más
evidente —y a menudo más problemática— la relación entre individuos y
gmpos con sistemas de valores diferenciados.
De ahí la mayor dificultad para dar respuestas políticas satisfactorias a
una gama de demandas muy diversas. Junto a las posiciones «postmateria
listas» que experimentan un crecimiento sostenido subsisten también en di
chas sociedades los valores tradicionales. Este panorama de conjunto exige
la adaptación de las actuales instituciones políticas —que ven erosionada
su legitimidad— y la entrada en escena de otras, capaces de facilitar la ex
presión de nuevas demandas y nuevas formas de comportamiento.
V al o r e s , no rm a s so ciales y po lític a : el uso del jihab
Los contrastes en los sistemas de valores y de normas sociales se han
manifestado recientemente de manera aguda allí donde las grandes mi
graciones han puesto en contacto a poblaciones con tradiciones cultura
les diferentes. En algunos casos, estos contrastes han tenido inmediata
repercusión política, en forma de polémica o de intervención directa de
las autoridades para regular determinadas prácticas. Veamos, por ejem
plo, lo que ha ocurrido con el uso del jihab en determinados países. En
Francia, los tribunales de justicia han intervenido para dictaminar si las
muchachas de cultura musulmana tenían derecho a usar el jihab en la es
cuela pública francesa, caracterizada desde su origen por una rigurosa
laicidad. En esta polémica, a quienes propugnaban la prohibición del jihab
se les ha opuesto el argumento de que hasta hoy no se ha impedido a los
escolares el uso de medallas o cruces de inspiración cristiana. En Dina
marca —país reputado por su tolerancia— se han enfrentado el derecho
de las empresas a señalar algunas normas sobre atuendo del personal y
el derecho de las empleadas al uso del jihab en los puestos de atención al
público. En Turquía — país de tradición musulmana, pero con legislación
estrictamente laica— no se permitió que una diputada usara el jihab en el
parlamento elegido en 1999. Por su parte, otros países islámicos con le
gislación de base religiosa siguen obligando a todas las mujeres — inclui
das las extranjeras residentes o visitantes— al uso del jihab o de prendas
similares y castigan con sanciones más o menos severas las infracciones
a esta regla. ¿Qué soluciones políticas daría usted a las situaciones des
critas y con qué argumentos las justificaría?
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 279
T ransformaciones sociales y cambio de valores
Un indicador de las transformaciones estructurales y de valores puede
darlo la distribución de la población activa ocupada en cada uno de los
sectores económicos. Esta distribución nos da una pista sobre la presen
cia de diferentes sistemas de valores en el seno de una misma sociedad
y la posición respectiva que puede tener cada uno de ellos. Una compa
ración entre las situaciones muy contrastadas de algunos países se pre
senta en el cuadro IV.18.1. ¿Puede comentar las posibles consecuencias
de la situación revelada por los datos del cuadro con respecto a los valo
res dominantes en cada sociedad?
C u ad ro IV. 18.1. Transformaciones sociales y cambio de valores
Población activa Población activa Población activa
ocupada en la agricultura ocupada en la industria ocupada en servicios
(%) y construcción (%) (%)
España 8,6 27,7 63,7
Afganistán 60,1 13,8 26,1
Alemania 3,3 36,7 60,0
Angola 69,4 10,5 20,1
Argentina 12,0 31,3 56,7
Armenia 33,3 26,7 40,0
Austria 4,7 20,7 74,6
Encyclopaedia Britannica, 1998, Yearbook.
Ideologías: los sistemas de valores como instrumento para la acción
Junto a actitudes y valores, las ideologías ocupan también un lugar im
portante en el contexto cultural de la acción política. Con frecuencia, el com
portamiento político de un sujeto o de un grupo se justifica expresamente
como una derivación necesaria de la ideología a la que se adscriben: «ser li
beral obliga a...», «los progresistas tenemos que...», «este gobiemo adopta po
siciones conservadoras en materia de...». Las alusiones a la ideología liberal,
progresista o conservadora son constantes en la escena política contemporá
nea. Pero mucho menos claro es el sentido que se da al término: nuevamente,
nos encontramos ante un concepto político controvertido.
• ¿Qué entendemos aquí por ideología? Entendemos por ideología política
un conjunto compartido de conceptos y valores que pretenden describir
el universo político, señalar objetivos para intervenir en el mismo y defi
nir las estrategias necesarias para alcanzarlos. Este conjunto de concep
tos y valores presenta algunos rasgos característicos:
— las ideologías procuran ofrecer un aspecto sistemático, ordenando con
ceptos y normas relativos al conjunto de las relaciones sociales y políticas:
280 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
— las ideologías tienen una clara función instrumental, puesto que sirven
para señalar objetivos, para distinguir entre amigos y adversarios, para
movilizar apoyos y para vencer resistencias;
— las ideologías simplifican la gran complejidad de elementos del universo
político, seleccionando los que convienen a sus fines y dejando a un lado
los que no le convienen;
— las ideologías suelen manifestarse explícitamente: cuando se interroga a
un ciudadano por las razones de su conducta política es probable una
respuesta basada en alusiones a su ideología, más fácil de expresar que
un sistema de valores;
— finalmente, las ideologías son compartidas: no pertenecen a un indivi
duo o a un pequeño grupo. Son propias de un colectivo numeroso, cu
yos miembros las utilizan para actuar en la escena política.
Así pues, las ideologías pretenden explicamos la realidad social y polí
tica tal como creen que es y, al mismo tiempo, nos señalan cómo debería
ser. Por ello, tienen carácter militante: no sólo se presentan explícitamente,
sino que hacen proselitismo para conseguir su máxima difusión. En cierto
modo, transforman los sistemas de valores en instrumentos para la acción
política directa, justificando determinadas intervenciones —de cambio o de
bloqueo— en el proceso de regulación de los conflictos.
Este afán proselitista explica que el gran éxito de una ideología consis
ta en ser adoptada por el mayor número posible de individuos y colectivos.
Hasta el punto de convertirse —si puede— en el «sentido común» de una
gran parte de una comunidad política, que la adopta como esquema com
partido e indiscutido de entender y practicar la política. Cuando una ideo
logía se difunde hasta este extremo, se convierte en pieza esencial para legi
timar los resultados del sistema político que sustenta.
La s vicisitudes de la ideología
El término es atribuido al filósofo francés Antoine Destutt de Tracy (1754-
1836). Figura en su obra Elementos de ideología (1801-1815), un tratado
sobre la formación de los conceptos a partir de las sensaciones, según al
gunas teorías epistemológicas y psicológicas de la época. Pero fueron Karl
Mane (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) quienes situaron el térmi
no en el terreno político.
En su obra La ideología alemana (1845-1846), critican la filosofía alemana
de su tiempo como manifestación del dominio de una clase social y no
como conocimiento verdadero: «Las ideas de la clase dominante son en
cada época las ideas dominantes, es decir, la clase que es la fuerza materi
al dominante es al mismo tiempo la fuerza espiritual dominante. La clase
que tiene a su disposición los medios de producción material dispone tam
bién de los medios de producción intelectual... Las ideas dominantes no
son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominan
tes concebidas como ideas... [Los miembros de la clase dominante] domi-
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 2 81
nan también como pensadores, como productores de ideas que regulan la
producción y la distribución de las ideas de su tiempo...». Esta ideología
dominante se impone a la sociedad como interpretación válida de las rela
ciones sociopolíticas y sirve a la clase que la produce para reforzar su do
minio. Para Marx y Engels la ideología, por tanto, no tiene que ver con el co
nocimiento o con la ciencia, sino con el poder. A partir de este momento, el
uso del término se extiende en la teoría y en la polémica política.
Poco a poco adquiere un sentido más amplio: se calificará con este término
a todo intento de interpretación de la realidad social que contenga también
un proyecto político, ya sea de conservación, ya sea de cambio. En cierto
modo, todos los actores requieren un esquema de interpretación del mundo
que les rodea cuando desean intervenir en el mismo con algún proyecto: en
otras palabras, cada actor necesita su ideología. Sin embargo, la palabra
«ideología» sigue afectada de una connotación negativa que se refleja en el
uso del término: a menudo son los adversarios los que tienen ideología —
falsa, se supone— , mientras que «nosotros» tenemos ideas —verdaderas,
se sobreentiende— . Sin embargo, la historia de las ideas políticas califica
hoy como ideologías a concepciones sociales tales como el liberalismo, el
socialismo o el nacionalismo. ¿En qué medida es legitimo aplicar también
el término al ecologismo o al feminismo?
¿De qué está hecha una ideología?
¿Qué elementos contiene una ideología? En el amplio cuadro de con
ceptos y valores que incluye una ideología podemos señalar cuatro grandes
capítulos, que quieren dar respuesta a cuestiones centrales de la organiza
ción social y política. Cada ideología procurará:
— defender una determinada concepción de la naturaleza humana. Según
algunas ideologías, el hombre o la mujer son resultado de la biología
—un sujeto es lo que marca su nacimiento—; otras, en cambio, ponen el
acento en el efecto de la cultura —un sujeto es lo que aprende a lo largo
de su existencia—;
— definir una visión de las relaciones entre individuos. Algunas ideologías
subrayan las diferencias que se dan entre sujetos y seleccionan alguna
de ellas como valor dominante: el género, la edad, la raza, el estatuto so
cial, etc.; otras, por el contrario, acentúan la idea de igualdad como
principio de sus relaciones y buscan hacerla efectiva;
— proponer un esquema de relaciones entre cada individuo y el colectivo
social. Mientras que algunas ideologías insisten en la primacía indiscu
tible del individuo, de su identidad personal y de su bienestar, otras
apuestan por subrayar la necesidad de un colectivo fuerte y bien inte
grado como garantía del desarrollo de sus miembros; y, finalmente,
— sostener un determinado punto de vista sobre la capacidad de la acción
política para influir sobre el desarrollo de cada sociedad. En algunas
ideologías se considera que es ilusoria la pretensión política de orientar
282 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
la evolución social; en otras, por el contrario, se señala que depende de
esta acción política el mantenimiento y el desarrollo de la propia comu
nidad.
Combinando categorías y valores en cada uno de estos cuatro grandes
capítulos, se van configurando las diferentes ideologías. Cada una de ellas
puede presentarse en la práctica de manera diversa. Adopta a veces una for
ma muy estructurada, especiídmente cuando se formula en la exposición de
intelectuales o teóricos. En otros casos aflora en afirmaciones y propuestas
de carácter más impresionista, que surgen de la experiencia política de un
partido o de un líder Las ideologías contemporáneas cuentan con contribu
ciones de los dos tipos, combinadas en dosis variables según el momento y
el lugar. La ideología socialista no se explica sin atender a las aportaciones
intelectuales de autores del siglo xix y, de manera especial, a la obra de
Marx. Pero también depende de la contribución de líderes políticos que, a lo
largo del siglo xx, desarrollaron programas de gobiemo bajo la etiqueta so
cialista. Lo mismo puede decirse del liberalismo: las aportaciones de Adam
Smith, Stuart Mili o Hayek han sido traducidas y adaptadas en la práctica
política por los partidos y gobiemos de orientación liberal.
¿Cómo se forman y cómo evolucionan las ideologías?
Hemos señalado qué elementos integran una ideología. Pero cabe pre
guntarse también dónde se encuentra el punto de arranque que desencade
na su cristalización. O, en otros términos, cuáles son los factores que posi
bilitan la combinación de categorías y valores hasta tomar la forma de un
sistema.
• Para la visión más extendida, el factor determinante en la formación de
una ideología es la defensa de intereses propios. En la versión más mda
de esta aproximación, ideología equivale a engaño deliberado de los de
más en beneficio propio. Quien atribuye a determinadas ideas una vali
dez universal no lo haría para revelar la verdad a sus conciudadanos: lo
haría para enmascarar sus intenciones y, en la medida de lo posible, con
fundirles de tal manera que le fuera más fácil conseguir los propios obje
tivos. En una versión moderada, la ideología de un gmpo se identifica
con la racionalización —el reflejo— de sus intereses: un gmpo sostiene
determinada visión del mundo como la más recomendable para todos,
porque —sin tener clara conciencia de ello— resulta ser la más conve
niente para su propia situación. Este empeño no sería siempre conscien
te, de tal modo que contiene un elemento de autoengaño, y no sólo de ca
muflaje frente a los demás. En todo caso, las ideologías acompañan ine
vitablemente al conflicto político: cada uno de los actores se pertrecha
con la suya, intentando convencerse a sí mismo y a los demás de la vali
dez de sus argumentos y de la legitimidad de sus pretensiones.
• Otras aproximaciones prefieren localizar el origen de una ideología en
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 283
una situación histórica determinada, en la que las aspiraciones mayorita
nas de la sociedad no son satisfechas por el sistema político. En estas
condiciones de frustración, algunos sectores sociales «segregan» una ideo
logía como sistema de creencias y valores que refuerza sus aspiraciones
de seguridad, ya sea consolidando lo existente, ya sea promoviendo un
cambio. La sobreexplotación de las clases trabajadoras por el capitalismo
industrial del siglo xix favorecería la elaboración del socialismo; la inse
guridad de la crisis económica y nacional en Alemania después de la Pri
mera Guerra Mundial facilitaría la eclosión y arraigo del fascismo; la
marginación de determinados sectores sociales en los procesos de mo
demización de algunos países de tradición musulmana daría lugar al
fundamentalismo islámico. Desde esta perspectiva, la ideología expresa
un modelo social a conseguir y no tanto el reflejo de intereses sociales a
preservar.
L a TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN COMO IDEOLOGÍA TRANSFORMADORA
Afínales de los años sesenta del pasado siglo y durante la renovación que
significó el Concilio Vaticano II, algunos sectores de la Iglesia Católica la
tinoamericana combinaron el análisis sociológico con la reflexión teológi
ca. Consideraron que la lucha contra la pobreza y contra la opresión polí
tica no podía separarse del mensaje original de un cristianismo liberador,
vinculado a la reivindicación de los derechos humanos y políticos. Sacer
dotes y laicos comprometidos compartieron las condiciones de vida de los
sectores explotados. Con la creación de comunidades eclesiales de base,
se crearon espacios de debate, formación y solidaridad de los que emer
gía posteriormente una gran cantidad de líderes que nutrirían las filas de
las formaciones sociales y políticas de carácter progresista. La lucha con
tra las injusticias y los abusos de poder les situó en el punto de mira de los
poderes establecidos, porque la llamada «teología de la liberación» for
mulaba un modelo social alternativo que ponía en tela de juicio los privile
gios de los poderes tradicionales: la oligarquía económica, los ejércitos y
la jerarquía eclesiástica. No debe sorprender, por tanto, que dirigentes y
seguidores de la teología de la liberación fueran víctimas de la represión
política y de la censura vaticana.
En ambos casos, es la situación política y social la que engendra ideo
logías. Se convierten en uno de los recursos a los que acuden los diferentes
actores sociales para perseguir sus objetivos, a veces de cambio, a veces de
conservación. Ello explica que haya que entender la ideología, no como un
sistema inmutable y congelado, sino como un conjunto sujeto a cambios y
adaptaciones en función de las circunstancias de tiempo y lugar: conser
vando un núcleo central que permite identificarlo como tal, la ideología li
beral, conservadora, socialista, etc., de finales del siglo xix no es idéntica a
las versiones que cada una de ellas presenta a principios del siglo xxi.
284 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
Las grandes ideologías contemporáneas: los principsdes «ismos»
En las sociedades occidentales, la orientación política de la gran mayo
ría de sus ciudadanos se apoya en una serie de corrientes ideológicas cuyo
origen se sitúa a finales del siglo xviii o en la primera mitad del siglo xix.
Cada una de dichas corrientes presenta diversas variantes que han seguido
vigentes hasta el momento presente. Es recomendable acudir a los textos de
historia de las ideas políticas para hacerse con una visión más completa de
las mismas. Como simple introducción desarrollamos a continuación algu
nas referencias esquemáticas a las ideologías más importantes.
• Los liberalismos. Nacen de la primera ideología que se propone expre
samente la fundación de un orden político diferente al que representaban
las monarquías absolutas de corte tradicional. Se originan en la Ilustra
ción europea e inspiran las revoluciones americana y francesa de finales
del siglo xviii. Resaltan el papel protagonista del individuo: su libertad es
el valor supremo, que no tiene otro límite que la libertad de los demás.
Del acuerdo entre individuos libres nace la comunidad política. El pro
greso de esta comunidad no puede ser programado: hay que dejarlo al re
sultado espontáneo de la competencia entre individuos libres y raciona
les, porque de esta tensión de intereses nace un equilibrio beneficioso
jara todos. La autoridad política debe limitarse a garantizar las reglas
Dásicas de aquella competencia. Su legitimidad deriva de la adhesión li
bre que obtiene entre los miembros de la comunidad. Sin embargo, a fi
nales del siglo XIX, algunos sectores liberales —especialmente, en Gran
Bretaña— se percataron de que la evolución del capitalismo industrial y
financiero había generado grandes desigualdades sociales, que dejaban
sin sentido la defensa de la libre iniciativa individual propuesta por el
propio liberalismo. Desde entonces, determinadas variantes del liberalis
mo político han aceptado la intervención del estado para corregir los
efectos más negativos de la competencia económica. En Estados Unidos,
por ejemplo, se conoce como liberales a los sectores del Partido Demó
crata que —desde la presidencia de E D. Roosevelt— se inclinan por un
sector público más activo y demuestran una mayor preocupación por dis
minuir las desigualdades sociales.
• Los conservadurismos. Aparecen como la reacción al liberalismo por
parte de quienes se sienten amenazados en su condición social privilegia
da: nobleza terrateniente, jerarquías eclesiásticas. Su punto de partida es
la primacía de la comunidad social, entendida como un organismo vivo
cuya existencia es «natural» y no fruto de un acuerdo libre entre sus
miembros. Los elementos constitutivos de esta comunidad no son los in
dividuos, sino colectivos de distinto tipo: familias, aldeas, ciudades, co
munidades religiosas, estamentos, gremios. El orden social se basa en el
respeto a las tradiciones por parte de todos los actores. La autoridad po
lítica, que se funda en un principio de jerarquía, debe garantizar este res
peto a las tradiciones, de donde obtiene su legitimidad. El conservaduris
mo manifiesta poca o nula confianza en el progreso. Por esta razón, la
preocupación principal de la autoridad ha de consistir en evitar los males
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 285
que —según su pesimismo antropológico— acompañan a toda innova
ción política o social. Gradualmente, la corriente dominante del pensa
miento conservador acepta el liberalismo económico, aunque combina
do con el autoritarismo político y social: no desea la intervención del
estado en el ámbito económico, pero propugna un estado «fuerte» en la
lucha contra la delincuencia, en la protección de la familia tradicional, en
la alianza con los sectores confesionales más intolerantes, etc.
Los socialismos. Reaccionan también contra los resultados del libera
lismo; explotación, desigualdad, marginación. Pero —en lugar de propo
ner un improbable regreso al pasado como hacen los conservaduris
mos— entienden que hay que actuar deliberadamente para conducir a
las sociedades a nuevos estadios de desarrollo que aseguren su bienestar
colectivo. El ser humano es eminentemente social: sólo se define en rela
ción a los demás, con quienes debe mantener relaciones de igualdad y no
de subordinación. El orden social no se basa ni en la competencia libre,
ni en la tradición: se basa en la solidaridad humana y en una comunidad
igualitaria de bienes y recursos. Para alcanzar este orden solidario, la in
tervención de la autoridad política es decisiva. El debate sobre esta inter
vención dividió desde un principio al movimiento socialista entre los par
tidarios de la vía revolucionaria y de la imposición drástica y por la fuer
za de sus propuestas y los partidarios de introducirlas gradualmente
mediante la participación en el sistema político liberal-democrático.
Igualmente, la discrepancia sobre la intervención pública en la economía
separó a las corrientes favorables a su completa estatalización de las que
hacían compatible una mayor acción estatal con la continuidad de la ac
tividad privada. Comunismo y socialdemocracia han encamado en la
arena política estas dos versiones de la ideología socialista, que —frente
al pesimismo de los conservadores y al escepticismo de los liberales— tie
ne confianza en la capacidad de la humanidad para constmirse un futuro
a la medida de sus aspiraciones.
Los anarquismos. En sus diferentes variantes, entienden que una socie
dad libre y armónica ha de ser resultado del acuerdo voluntario entre su
jetos. Cualquier forma de autoridad o coacción perturba el orden social,
al introducir formas —a veces duras, a veces sutiles— de coacción de
unos individuos o de unos gmpos sobre otros. La cohesión social sólo
puede derivarse del pacto voluntario y de la libre asociación entre indivi
duos, municipios, cooperativas productivas, comunas agrarias, etc., re
chazando vínculos legales u obligaciones de otro tipo. Cada una de estas
entidades debe autogestionarse mediante la participación directa de sus
componentes en la toma de decisiones, sin someterse a instmcciones o
consignas ajenas: la igualdad entre los miembros de cada colectivo debe
reflejarse en la eliminación de todo principio de jerarquía y de todo lide
razgo personal.
Los fascismos. Se presentan como solución que supera el enfrenta
miento entre liberales y socialistas. Construyen una visión del mundo po
lítico, en la que el individuo se debe a la comunidad nacional y al líder in
discutible que la encama. El orden político y social se basa en ciertas je
rarquías «naturales» —entre elite y masa, entre razas superiores y razas
286 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
inferiores, entre hombre y mujeres, etc.— y tiene su pieza esencial en la
obediencia inquebrantable a la voluntad del dirigente supremo, capaz de
interpretar el destino histórico que corresponde a la comunidad nacio
nal. Esta comunidad debe imponerse —mediante la violencia y la guerra,
si conviene— a todas las resistencias que brotan de los «demás»: de ahí la
hostilidad a los diferentes y, con ello, el rechazo a minorías étnicas o reli
giosas, a extranjeros e inmigrantes.
• Los nacionalismos. La nación —como comunidad con pasado histórico
propio y como proyecto colectivo común— se convierte en expresión
simbólica central y en protagonista de la acción política. Según el nacio
nalismo, los individuos se sitúan políticamente en relación a la nación a
la que pertenecen: sus oportunidades de desarrollo personal están ínti
mamente vinculadas a la evolución histórica de la comunidad. La unidad
nacional se convierte en el fundamento del orden social: por consiguien
te, todo lo que se percibe como amenaza —interior o exterior— a la uni
dad nacional ha de ser combatido por todos los medios. Entre estas ame
nazas se cuentan tanto otras naciones como las minorías internas que no
se identifican con la misma visión nacional. La mejor garantía de conso
lidación nacional es contar con un estado propio: la nación sin estado es,
en cierta manera, un proyecto inacabado que debe completarse a toda
costa.
• Los fundamentalismos religiosos. Se ha denominado de esta forma a las
ideologías en las que el sujeto político principal está constituido por la
comunidad de los creyentes de una determinada confesión religiosa. Las
creencias que unen a los miembros de esta comunidad determinan sus
formas de organización familiar, económica y política. Leyes e institucio
nes derivan de forma directa de sus ideas y normas religiosas, contenidas
en los textos sagrados —Biblia, Torah, Corán— y en las interpretaciones
que de ellos hacen las correspondientes jerarquías religiosas. Dado que el
orden social depende de la coincidencia confesional, los disidentes reli
giosos significan para estas ideologías un riesgo social y, por tanto, son
difícilmente tolerados y ven limitadas —a veces hasta la eliminación—
sus libertades como individuos y como colectivos.
Ya hemos señalado la diversidad de matices que presenta cada una de
las grandes familias ideológicas, adaptándose a momentos y lugares dife
rentes: el liberalismo de los revolucionarios franceses no coincide exac
tamente con el que proclaman los liberales norteamericanos de hoy, el so
cialismo de Marx no se identifica del todo con el que proclamó el régimen
soviético o con el que ha elaborado una tradición socialdemócrata que ha
llegado hasta hoy, los fascismos se ajustaron a condiciones culturales y po
líticas singulares de cada sociedad, etc. Un conocimiento más preciso de es
tas variantes exige asomarse a las obras de sus autores intelectuales y a los
textos programáticos de partidos o grupos que las han convertido en su doc
trina política.
LOS VALORES Y LAS IDEOLOGÍAS 2 87
N uevas id eo lo g ía s : f e m in is m o , ec o l o g is m o , alter m u nd ism o
Algunos autores resaltan que, junto a las ideologías clásicas —en buena
parte originadas en las ideas de la Ilustración y de quienes las rechaza
ron— , se dan ahora otras nuevas que han aparecido en el último tercio del
siglo XX. Así sucede, por ejemplo, con el feminismo, el ecologismo o el al
termundismo. los movimientos que luchan por la emancipación de la mujer,
la preservación de los recursos naturales no renovables o la oposición al
proyecto de globalización neoliberal han conquistado una presencia cre
ciente en el escenario político. Algunas de sus manifestaciones más radica
les quieren ofrecer una interpretación general de la sociedad y de la política.
Lo hacen al modo de las ideologías tradicionales, que pretenden desbordar
el tratamiento de un aspecto determinado de la conflictividad social.
¿El fin de las ideologías?
Con este título, el sociólogo norteamericano Daniel Bell publicó en
1960 una obra de gran impacto en la que denunciaba el agotamiento de las
grandes ideas políticas que habían marcado la historia del mundo occi
dental hasta aquel momento. Para Bell, se estaba revelando que la política
se planteaba en términos mucho más pragmáticos, tanto por parte de los
ciudadanos, como por parte de los dirigentes políticos. Importaban los re
sultados más que las ideas y, en especial, los resultados económicos en tér
minos de crecimiento y bienestar material. Otros autores apuntaron en la
misma dirección, subrayando la creciente pérdida de capacidad de movili
zación de doctrinas como el socialismo, el comunismo o el fascismo.
Bastaron unos pocos años —en la misma década de los sesenta— para
poner en tela de juicio esta visión crepuscular de las ideologías. La lucha
por los derechos civiles de la minoría negra, la oposición a la guerra del
Vietnam o la revuelta estudiantil de mayo de 1968 en Francia y en otros paí
ses europeos significaron una reaparición de las polémicas ideológicas en
tre los partidarios del cambio político radical y los defensores del status
quo. En este contexto, no sólo se recuperaron y actualizaron viejas doctri
nas —neomarxismos de diferentes escuelas, neoanarquismos en varias ver
siones, neoliberalismos militantes favorables al desmantelamiento de lo pú
blico y del estado del bienestar, neofascismos, etc.—, sino que se pusieron
en circulación nuevas interpretaciones de las relaciones sociales, centradas
en tomo a la igualdad de géneros o en tomo a la conservación de los recur
sos naturales: feminismo y ecologismo aparecían ahora como nuevas pro
puestas ideológicas sumándose a las ya existentes.
En 1989, otro autor norteamericano —Francis Fukuyama— analizó
las consecuencias de la caída del imperio soviético en un artículo titulado
«¿El fin de la historia?». Para este analista, la derrota política de la Unión
Soviética y del marxismo-leninismo que la inspiraba significaban que el li
2 88 LA POLÍTICA COMO PROCESO: ( 1 ) EL CONTEXTO CULTURAL
beralismo democrático se había convertido en el único sistema doctrinal
capaz de legitimar las estructuras políticas y económicas: no había lugar
para las soñadas alternativas de otros tiempos y la humanidad entraba en
un período de apacible estabilidad ideológica.
Es innegable la pérdida de peso de algunas ideologías de pretensión uni
versal que pretendían interpretar y dar respuesta a todos los problemas de
una sociedad: este carácter simplifícador es cada vez menos efectivo allí don
de la complejidad de conflictos y la diversidad de actores ponen en juego in
tereses y alternativas muy dispares. También es cierto que son —^y siempre
han sido— minoría los ciudadanos que asumen de manera integral el conjun
to de creencias y valores que se combinan en una ideología: sólo los acérri
mos militantes se adhieren a ella de manera total y sin reservas, frente a una
mayoría que participa de ellas de manera parcial y fragmentaria.
Pero el vaticinio de un segundo final de las ideologías fue de nuevo
desmentido por la realidad. No sólo se afianzaron alternativas ideológicas
al liberalismo, como las que representa el fundamentalismo islámico en
varios países asiáticos y africanos. También en Europa despertaron de
nuevo los nacionalismos como ideologías capaces de alimentar las expec
tativas y los proyectos políticos de muchos ciudadanos. Desde la devolu
tion a Escocia y Gales en Gran Bretaña hasta la desintegración de Checos
lovaquia, la URSS o Yugoslavia, los nacionalismos han justificado episo
dios de separación amistosa o han alimentado sangrientas guerras civiles.
Asimismo, en la última década del siglo xx toman cuerpo las propuestas de
resistencia al movimiento de la globalización neoliberal y de las institucio
nes que la encaman (FMI, Banco Mundial, Fòrum de Davos), elaborando
propuestas alternativas de carácter universal que se amparan bajo el eslo
gan de «otro mundo es posible».
Parece, pues, que el hecho de que algunas ideologías muden su apa
riencia, desaparezcan del primer plano de la escena o sean acogidas sólo
parcialmente no autoriza para decretar los funerales de todas ellas. Estos
funerales anticipados han sido denunciados como empeños políticos para
justificar la resistencia al cambio: la «ideología del fin de la ideología» sería,
desde este punto de vista, la más conveniente para los intereses de quienes
cuentan ya en sus manos con los principales resortes del poder económico,
político y mediático y no desean grandes transformaciones en el status quo.
En todo caso, anunciar la muerte de las ideologías es ignorar que los
conflictos que son objeto de la política no dejarán de estar siempre acom
pañados por creencias y juicios de valor: de ellos obtienen los ciudadanos
—y todos los actores políticos— las razones y los pretextos necesarios para
motivar su intervención en la gestión de los asuntos colectivos.