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Trabajo Práctico

El relato narra la experiencia de Juan Seguer y Mario Guitián, quienes son contratados por la viuda de Ortiz para sacar un animal del galpón, que resulta ser una criatura aterradora. Durante la búsqueda, descubren un cementerio de huesos humanos y son atacados por la criatura, resultando en la desaparición de Guitián y la huida herida de Seguer. A la mañana siguiente, la policía no encuentra evidencia de lo ocurrido, y la viuda parece haber ocultado la verdad.

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Trabajo Práctico

El relato narra la experiencia de Juan Seguer y Mario Guitián, quienes son contratados por la viuda de Ortiz para sacar un animal del galpón, que resulta ser una criatura aterradora. Durante la búsqueda, descubren un cementerio de huesos humanos y son atacados por la criatura, resultando en la desaparición de Guitián y la huida herida de Seguer. A la mañana siguiente, la policía no encuentra evidencia de lo ocurrido, y la viuda parece haber ocultado la verdad.

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TRABAJO PRÁCTICO

Lee el siguiente texto

VISCOSO EN LA OSCURIDAD

Juan Seguer prometió que nos contaría todo tal cual como se lo había referido en su momento al
comisario, cuando fue a exponer la denuncia.
Los había contratado la viuda de Ortiz, a él y a Mario Guitián, para que sacaran algo que se le había metido
en el galpón. Por los datos que les dio, pensaron que era un animal. Una comadreja, quizá.
Ellos no solían efectuar trabajos de esa clase, pero la viuda pagaba bien. Según les explicó, el animal se
había instalado allí hacía muchos años, poco después de morir el marido.
Don Ortiz era un pan de bondadoso, pero jamás tuvo habilidad para manejar el ingenio. Y desde que él
falleció, a la viuda empezaron a irle bien las cosas. Ahora era una de las personas más ricas de la zona.
La mujer relató que al principio el bicho se escondía cada vez que alguien subía, pero con el tiempo fue
tomando confianza y permanecía quieto en medio del galpón mirando con curiosidad a las personas. Más
tarde la mirada se hizo desafiante. La última vez que la hija menor fue allá con sus amiguitas para jugar, el
animal les gruñó. Las niñas bajaron asustadas y le contaron a la madre. La señora entonces decidió hacerlo
sacar.
Seguer y Guitián subieron de noche, por no contradecir a la viuda, porque ella decía que sería más fácil si lo
sorprendían dormido.
Llevaron linternas, sogas para enlazarlo, una jaulita de medio metro de largo, y dos cuchillos y un revólver
por si se retobaba. Aunque como la mujer les rogaba que le tuvieran paciencia y trataran de no lastimarlo,
estaban dispuestos a no usar las armas. Ella se conformaba con que lo soltaran lejos, en el monte, porque
estaba fastidiada de tenerlo frente a la casa.
Los hombres treparon por la escalera con cuidado de no hacer ruido. Juan Seguer iba adelante. Apoyó las
cosas en la primera superficie plana que encontró y, haciendo fuerza con sus brazos, subió de un salto.
Luego ayudó a Mario Guitián. Arriba había un olor caliente y nauseabundo, como a carne podrida, y apenas
se podía respirar.
Prendieron las linternas y comenzaron la búsqueda. Guitián fue hacia el fondo y Seguer hacia el frente.
Habían quedado de acuerdo en que, si lo veían, se avisarían sin hablar, sólo iluminando el techo.
Seguer caminó despacio sobre los tablones del piso. No siempre podía evitar que crujieran. Pocos metros
atrás de él, escuchaba también las pisadas de Mario. Llegó hasta las aberturas que daban al exterior. Lo
sorprendió hallarlas clausuradas con unas tremendas vigas clavadas a los marcos. Afuera graznó un zorro
del agua. Se sentó en un fardo de pasto y recorrió con la linterna todos los rincones. Vio algunas
herramientas en desorden y una rata enorme, pero ningún indicio del animal. Decididamente no estaba en
el sector que le había tocado revisar.
De pronto, el techo se iluminó. Mario Guitián lo había localizado. Fue hasta allá lo más rápido que pudo y
en el trayecto tropezó con algo y cayó haciendo bastante ruido. Señaló con la linterna para ver. Primero no
comprendió bien qué era lo que estaba en el piso: parecían pedazos de género desflecado, endurecidos
por el polvo. Luego aquel olor asqueroso golpeó más fuerte su nariz y acomodó mejor las imágenes: se
trataba de huesos, grandes huesos con pedazos de carne adheridos. Investigó un poco más allá y vio una
cabeza. Era un cráneo humano.
Tuvo un presentimiento: iluminó alrededor y descubrió más huesos y cabezas. Aquello era un cementerio.
A los tumbos, alcanzó una de las paredes. Alguien tocó su hombro y se sobresaltó.
Iba a gritar, pero una mano le tapó la boca.
—Soy yo —susurró Mario Guitián.
Seguer asintió y el otro lo soltó.
—Lo encontré —dijo Guitián.
Tartamudeando, Seguer intentó contarle lo que había visto.
—Cálmate —murmuró Mario sin prestarle atención, y enfocó con su linterna una pila de leña—. Mirá.
El redondel de luz bajó y mostró una parte del animal, la cola o algo; el resto estaba oculto tras la leña. Era
como una serpiente del grosor de un árbol adulto, anillado y cubierto de pelos. De vez en cuando se
retorcía muy lentamente.
—Mejor vamos —le dijo Seguer.
Pero Guitián quería ganar aquel dinero como fuera. Sacó el revólver, le quitó el seguro y avanzó hacia la
leña. Juan Seguer confiesa que no sabe qué sucedió entonces. Ya a esa altura no tenía ideas. Se había
convertido en una porquería que temblaba muerta de miedo. Él cree que la montaña de troncos cayó
sobre ellos, mejor dicho, que aquella cosa la empujó para que los aplastara.
Juan Seguer y Guitián rodaron y terminaron en sitios distintos. Las linternas volaron por el aire y se
apagaron al golpear contra el piso.
—Mario —llamó Seguer.
—Aquí estoy —respondió él unos metros atrás.
Seguer iba a levantarse para caminar hasta su compañero, pero algo se movió a su izquierda, muy cerca.
Sintió una respiración pesada y sostenida. El terror lo congeló, no dijo más nada; si hubiera podido, habría
detenido el corazón para hacer menos ruido. El ser permaneció a su lado unos segundos y luego por algún
motivo se alejó. Seguer lo escuchó deslizarse, viscoso, en la oscuridad.
Por un rato todo pareció calmo y se incorporó.
Entonces sonaron dos disparos y escuchó que Mario hablaba en voz alta unas palabras. Insultos, primero.
Después gritó y le pidió ayuda. Aquello lo había atrapado y lo arrastraba. Juan Seguer podía oír cómo se lo
llevaba, haciendo rebotar su cuerpo entre los tablones. Mario chillaba desesperadamente y él tanteaba por
todas partes buscando la linterna.
De pronto se hizo el silencio. Seguer se quedó rígido otra vez. Hubo un último grito de Mario Guitián y
empezaron los chasquidos. Era como si una boca muy grande estuviera masticando.
Juan Seguer se puso de pie y corrió hacia la escalera. Quiso bajar; las piernas no le respondieron y se
precipitó desde cinco metros de altura. Se rompió un brazo y varias costillas. Pero aun así logró huir.
A la mañana siguiente, la policía fue a investigar al galpón y no encontró nada.
El comisario pensó que Seguer se había emborrachado en algún almacén y se había imaginado la historia.
Sin embargo, el hombre insistía en que la señora Ortiz había limpiado todo y ocultado al bicho en otra
parte. Suplicaba que revisaran los sótanos del ingenio.
La viuda aseguraba que, al rato de que él escapara corriendo, Mario Guitián bajó con una comadreja en la
jaula, cobró el dinero y se fue tranquilamente.
Sollozando por la angustia, Juan intentaba hacerles entender que Guitián estaba muerto, que lo había
devorado el demonio, y que el plan consistía en que los comiera a los dos. Que no estaba previsto que él
sobreviviera.
Jorge Accame
CONSIGNAS

1. Elabora la secuencia narrativa del relato


2. Identifica la estructura narrativa
3. Señala qué tipo de narrador aparece en el relato. Justifica tu respuesta
4. Completa el siguiente cuadro
Personajes Tiempo Espacio

5. Extrae fragmentos del relato donde se presente lo “fantástico” en el cuento.

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