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Romero-Primera Parte

El documento explora la historia de las poblaciones indígenas en Argentina, destacando su conexión con la naturaleza y sus diversas costumbres. Describe cómo estas comunidades, desde los pampas hasta los diaguitas, vivieron en aislamiento y desarrollaron sus propias culturas hasta la llegada de los conquistadores españoles, que impusieron nuevas formas de vida. A pesar de la dominación, las tradiciones y legados de estas poblaciones perduran en la identidad cultural argentina.

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Romero-Primera Parte

El documento explora la historia de las poblaciones indígenas en Argentina, destacando su conexión con la naturaleza y sus diversas costumbres. Describe cómo estas comunidades, desde los pampas hasta los diaguitas, vivieron en aislamiento y desarrollaron sus propias culturas hasta la llegada de los conquistadores españoles, que impusieron nuevas formas de vida. A pesar de la dominación, las tradiciones y legados de estas poblaciones perduran en la identidad cultural argentina.

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Primera parte: La era indígena

¿Cuántos siglos hace que está habitada esta vasta extensión de casi tres millones de
kilómetros cuadrados que hoy llamamos la Argentina? Florentino Ameghino, un esforzado
investigador de nuestro remoto pasado, creyó que había sido precisamente en estas tierras
donde había aparecido la especie humana. Sus opiniones no se confirmaron, pero hay huellas
de muchos siglos en los restos que han llegado a nosotros. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta
si estas poblaciones que fueron en un tiempo las únicas que habitaron nuestro suelo llegaron a
él desde regiones remotas, tan lejanas como la Polinesia, o tuvieron aquí su origen. Sólo
sabemos que un día, muchos siglos antes de que llegaran los conquistadores españoles, se
fijaron en nuestro territorio y permanecieron en él hasta identificarse con su paisaje.

De esas poblaciones autóctonas no conocemos la historia. Las que habitaron el noroeste del
país revelan una evolución más intensa y parece que aprendieron con duras experiencias el
paso del tiempo y la sucesión de los cambios que es propia de la historia de la humanidad. Las
demás, en cambio, se mantuvieron como grupos aislados y perpetuaron sus costumbres
seculares o acaso milenarias, sin que nada les hiciera conocer la ventura y la desventura de los
cambios históricos.

Eran, ciertamente, pueblos adheridos a la naturaleza. Ésta de nuestro suelo es una naturaleza
generosa. La Argentina es un país de muy variado paisaje. Una vasta llanura —la pampa—
constituye su núcleo interior; pero en la planicie continua se diferencian claramente las zonas
fértiles regadas por los grandes ríos y las zonas que no reciben sino ligeras lluvias y están
pobladas por escasos arbustos. Unas tierras son feraces --praderas, bosques, otras estériles, a
veces desérticas. Pero la llanura es continua como un mar hasta que se confunde con la
patagónica del Sur, o hasta que se estrella contra las altas montañas de los Andes hacia el
Oeste una de esas regiones se fijaron viejos y misteriosos pueblos que desenvolvieron
oscuramente su vida en ellas.

Eran pueblos de costumbres semejantes en algunos rasgos, pero muy diferentes en otros,
porque estaban encadenados a la naturaleza, de cuyos recursos dependían, cuales variaban
sus hábitos. Cuando comenzó la conquista española, las poblaciones autóctonas fueron
sometidas y atadas a las formas de vida que introdujeron los conquistadores. Durante algún
tiempo, algunos grupos conservaron su libertad replegándose hacia regiones no frecuentadas
por los españoles. La pampa y la Patagonia fueron su último refugio. En un último despertar,
constituyeron una de las llanuras cuando la desunión de las provincias argentinas les permitió
enfrentarlas con ventaja. Pero, cuando la lanza se mostró inferior al fusil, cayeron sometidos y
fueron incorporados a las nuevas formas de vida que les fueron impuestas.

Acaso ellos no creían que las formas europeas fueran superiores a las suyas, heredadas y
mantenidas durante largos siglos. Y acaso la melancolía que la música y su mirada oculte el
dolor secular de la felicidad perdida.
I Poblaciones Autóctonas

Desde el Río de la Plata hasta la cordillera de los Andes, la pampa inmensa y variada estaba
habitada por los pueblos que le dieron su nombre: los pampas. Estaban divididos en diversas
naciones, desde los araucanos, que traspasaban los valles andinos y se extendían hacia la otra
ladera de la cordillera, hasta los querandíes que habitaban las orillas del Río de la Plata. Eran
cazadores o pescadores según las regiones, de costumbres nómadas, diestros en el uso del
arco y de las boleadoras, con las que acertaban a los avestruces que cruzaban la llanura. Y para
descansar y guarecerse construían toldos rudimentarios que se agrupaban formando
pequeñas aldeas.

Más favorecidos por la naturaleza los guaraníes que habitaban la región de Corrientes y
Misiones aprendieron a cultivar la tierra con instrumentos de madera y cosechaban zapallo,
mandioca y especialmente maíz; con eso completaban su alimentación hecha también de caza
y pesca. Cuando se establecían en algún lugar durante largo tiempo construían viviendas
duraderas de paja y barro. Eran hábiles y sabían fabricar cacharros de alfarería, un poco
elementales, pero capaces de servir a las necesidades de la vida cotidiana; y con las fibras que
tenían a su alcance hacían tejidos para diversos usos, entre los cuales no era el más frecuente
el de vestirse, porque solían andar desnudos.

Próximos a ellos, en los bosques chaqueños, los matacos y los guaycurúes alternaban también
la caza y la pesca con una rudimentaria agricultura en la trabajaban preferentemente las
mujeres. Y por las regiones vecinas se extendían otros pueblos menos evolucionados, los tobas
o los chanés, que conocían sin embargo, como sus vecinos el difícil arte de convertir un tronco
de árbol en una embarcación con la que diez o doce hombres solían navegar grandes ríos en
busca de pesca.

Menos evolucionadas aún eran las poblaciones de la vasta meseta patagónica. Allí vivían los
tehuelches, cazadores seminómadas, que utilizaban las pieles de los que lograban atrapar para
cubrirse y para techar las chozas en que habitaban, luego de haber comido cruda su carne.
Onas y yaganes poblaban las islas meridionales como nómadas del mar, y en él ejercitaban su
extraordinaria habilidad para la pesca con arpón, a bordo de ligerísimas canoas de madera y
corteza de haya.

Escasas en número, con muy poco contacto entre si -y a veces ninguno—, las poblaciones de
las vastas llanuras de las duras mesetas, de las selvas o de los bosques, perpetuaban sus
costumbres y sus creencias tradicionales sin que su vida sufriera alteraciones profundas. Iban a
las guerras que se suscitaban entre ellos para defenderse o para extender sus áreas de
predominio, y en el combate ejercitaban los varones sus cualidades guerreras, encabezados
por sus caciques, a quienes obedecían respetuosamente. Para infundir temor a sus enemigos y
para señalar su origen, cubrían con adornos o lo tatuaban con extraños dibujos, y algunos
solían colocarse en el labio inferior un disco de madera con el que lograban adquirir una
extraña fisonomía. La tierra entera les parecía animada por innumerables espíritus misteriosos
que la poblaban, y a sus designios atribuían los avatares de la fortuna: el triunfo o la derrota en
la guerra, el éxito o el fracaso en la caza o la pesca, la crueldad o la benignidad de las fuerzas
de la naturaleza. Sólo los hechiceros mirar conocían sus secretos y parecían capaces de
conjurarlos para tornarlos propicios y benévolos. Gracias a eso gozaban de la consideración de
los suyos, que los admiraban y temían porque constituían su única esperanza frente a las
enfermedades o frente a las inciertas aventuras que entrañaban la cotidiana busca de los
alimentos y la continua hostilidad de los vecinos.

Más compleja fue, seguramente, la existencia de las poblaciones que habitaban en las regiones
montañosas del noroeste. Allí, los valles longitudinales de la cordillera abrían caminos
prometedores que vinculaban regiones muy distantes entre sí, y hubo pueblos que 5 se
desplazaron y conocieron las alternativas de la victoria y la derrota, esta última acompañada
por el forzoso abandono de las formas tradicionales de vida y la aceptación de las que les
imponían sus vencedores. Tal fue, seguramente, el destino de los diaguitas, que habitaban
aquellas comarcas.

A lo largo de los valles, los diaguitas vivían en pequeñas aldeas formadas por casas con muros
de piedra. Era el material que les ofrecía su paisaje. Hábiles alfareros, usaban platos, jarras- y
urnas de barro cocido en cuyo decorado ponían de manifiesto una rica imaginación y mucho
dominio técnico; pero utilizaban además para sus utensilios cotidianos la madera, el hueso, la
piedra y el cobre. Estaban firmemente arraigados a la tierra y sabían cultivarla con extremada
habilidad, construyendo terrazas en las laderas de las sierras para sembrar el zapallo, la papa y
el maíz, que eran el fundamento de su alimentación. Criaban guanacos, llamas y vicuñas, y con
su lana hacían tejidos de rico y variado dibujo que teñían con sustancias vegetales.

Los adornos que usaban solían ser de cobre y de plata. En piedra esculpieron monumentos
religiosos: ídolos y menhires. Y con piedra construyeron los pucaráes, fortificaciones con las
que defendían los pasos que daban acceso a los valles abiertos hacia los enemigos.

Sin duda se virtió mucha sangre en la quebrada de Humahuaca y en los valles calchaquíes,
pero no con las alternativas de esa historia. Los pasos que miraban al Norte vieron llegar,
seguramente más de una vez, los ejércitos de los estados que se habían constituido en el
altiplano de Bolivia o en los valles peruanos: desde el Cuzco el imperio de los incas se extendía
hacia el Sur y un día sometió a su autoridad a los diaguitas. Signo claro de esa dominación fue
el cambio que introdujeron en sus creencias religiosas, abandonando sus viejos cultos
animalísticos para adoptar los ritos solares propios de los quichuas. Y el quichua, la lengua del
imperio inca, se difundió por los valles hasta tornarse el idioma preponderante.

Propias o adquiridas, la música y la poesía de los diaguitas llegaron a expresar una


espiritualidad profunda y melancólica. Acaso la fuerza del paisaje montañoso las impregnó de
cierta resignación ante la magnitud de los poderes de la naturaleza o ante el duro esfuerzo que
requería el trabajo cotidiano. Pero no estaban ausentes de su canto ni el amor ni la muerte, ni
el llamado de la alta montaña ni la evocación de la luna nocturna. En el seno de comunidades
de rígida estructura, vivían vueltos sobre sí mismos y sobre su destino con una vigilante
conciencia.

Por eso constituían los diaguitas un mundo tan distinto del de las poblaciones de la llanura, de
la meseta de las selvas y de los bosques. Cuando llegaron los españoles y los sometieron y
conquistaron sus tierras, unos y otros dejaron muy distinto legado a sus hijos, y a los hijos de
sus que sus mujeres dieron a los conquistadores que las poseyeron, mestizos a los que quedó
confiado el recuerdo tradicional de su raza.

BREVE HISTORIA DE LA ARGENTINA JOSÉ LUIS ROMERO PRIMER TOMO (1965 )pags 13-17

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