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Homilias Noviembre 2022

Las lecturas de la semana destacan las enseñanzas de Jesús sobre las bienaventuranzas, la Eucaristía y la misericordia. Se enfatiza la importancia de vivir según los principios del Reino de Dios, siendo misericordiosos y buscando la justicia. Además, se reflexiona sobre la necesidad de ser administradores responsables de los dones que Dios nos ha confiado.

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Homilias Noviembre 2022

Las lecturas de la semana destacan las enseñanzas de Jesús sobre las bienaventuranzas, la Eucaristía y la misericordia. Se enfatiza la importancia de vivir según los principios del Reino de Dios, siendo misericordiosos y buscando la justicia. Además, se reflexiona sobre la necesidad de ser administradores responsables de los dones que Dios nos ha confiado.

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LECTURAS DEL MARTES 1 DE NOVIEMBRE DE 2022


(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 5, 1-12
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el
Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda
forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo;
de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.»

Reflexión
El mundo nuevo, ya está en marcha; la llegada del Reino exige decisiones...
Por eso el Señor nos exhorta a ser misericordiosos, rectos, sinceros. Las bienaventuranzas
son camino a la eterna bienaventuranza.
Jesús promulga en un cerro, su Ley, ¨el programa del Reino¨
Esta ley de Jesús, ¨la nueva ley¨ no es un mandato de obligaciones, sino una invitación, un
llamado libre.
Es la invitación a seguirlo, a ser como él.
Y esta invitación, no es sólo para sus discípulos, es también para la muchedumbre, en la
que estamos representados todos nosotros.
Las Bienaventuranzas, son las puertas de entrada en el reino de Dios, las leyes del nuevo
pueblo de Cristo.
Y en nuestro mundo, que es tan contrario a estas leyes, necesitamos la luz y la fuerza del
Espíritu Santo, para comprenderlas y asimilarlas.
Dice Jesús: felices los que eligen ser pobres; felices los que sufren; felices los sometidos;
felices los no violentos; felices los que tienen hambre y sed de justicia, del bien.
Las bienaventuranzas son una invitación a seguir el camino de Jesús. Son un llamado para
todos los cristianos.
El mundo catalogaría las bienaventuranzas como las siete locuras de Cristo, pero para el
cristiano son siete fuentes de alegría.
El primer fruto de las Bienaventuranzas es el comenzar ya a adivinar en esta tierra la
presencia del Dios vivo, el poder del Espíritu Santo en nuestras vidas. Muchos no
cristianos, como Ghandi, entendieron que ése es el camino para la verdadera liberación.
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Hay muchos cristianos que viven hoy las Bienaventuranzas, que son pobres de espíritu,
que comparten con el necesitado, que tienen una vida luminosa y transparente, que son
solidarios con los oprimidos, que entregan su vida por el reino de Dios y su justicia.
Hoy cabría preguntarnos, si nosotros vivimos las bienaventuranzas o si pensamos que son
para otros.
María, nuestra Madre, las vivió plenamente, y su canto el Magnificat es la mejor expresión
de que así fue.
Y muchos cristianos, las vivieron y no se equivocaron.
Decidámonos hoy a hacer vida las bienaventuranzas, con la seguridad de que sus frutos los
recibiremos ya aquí en la tierra, buscando el Reino de Dios y su justicia.

LECTURAS DEL MIÉRCOLES 2 DE NOVIEMBRE DE 2022


(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Juan 6, 51-58
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan
vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su
carne?» Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y
no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi
carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la
misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que
coma de este pan vivirá eternamente.»
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

Reflexión
Hermanos y hermanas, nos reunimos hoy aquí en la iglesia para recordar y para rezar por
nuestros difuntos y por todos los fieles difuntos. Lo hacemos con fe y con confianza,
porque sabemos que Dios nos ama siempre y nos llena siempre de su amor. Por esto le
podemos pedir, con el corazón lleno de paz, que tenga con Él para siempre a los familiares
y amigos nuestros que han muerto, y también todos los difuntos, conocidos y
desconocidos, hombres y mujeres de cualquier lugar del mundo, hermanos nuestros.
Este recuerdo y esta plegaria la hacemos en la celebración de la Eucaristía. Jesús se hace
presente hoy en medio nuestro con su palabra y con su Cuerpo y su Sangre, que son
alimento de vida eterna. Y nosotros nos unimos a Él y renovamos nuestra fe y nuestra
esperanza.
El día de nuestra muerte es incierto
Todos sabemos el día que nacimos, pero no sabemos el día que moriremos. Algunas
personas mueren jóvenes, otras ya tienen edad avanzada, pero todos tenemos el deseo de
vivir para siempre.
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Este deseo, Dios lo ha puesto en nuestro corazón.
Nuestra vida se puede comparar a la vida de los árboles, a los cuales en otoño le caen las
hojas ya envejecidas. Parece como si la muerte les hubiera tragado; los frutos desaparecen.
Pero después de un largo invierno, la primavera estalla y los llena de vida nueva
exuberante; la esperanza renace y la vida se rehace y se multiplica.
En la vida de las personas ya adultas, en la mayoría, les caen los dientes y se las tienen que
poner postizas; la vista disminuye y tienen que ponerse gafas; los cabellos se vuelven
blancos o desaparecen. Aquella agilidad que tenían en la juventud desaparece y tienen que
andar despacio y sin correr; y otras cosas más que podríamos añadir.
Jesucristo nos da esperanza
Cuando el corazón de una persona amada deja de latir, parece el fin de aquel que ha
muerto. Parece que la persona está condenada a la destrucción total, pero nuestra fe en
Jesucristo nos dice que la vida de la persona no acaba con la muerte, sino que está
destinada a vivir eternamente en la presencia del Señor.
Recordamos aquellas palabras de Jesucristo: Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en
mi aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre y aquellas
otras: Yo soy el camino, la verdad y la vida.
La Reflexión de la fe va iluminando la mente y el corazón y vamos encontrando la
serenidad que dan la esperanza y la certeza del amor incondicional de Dios, que no nos
fallará.
Jesús resucitado es la garantía que la muerte nos abrirá las puertas de la vida eterna con
Dios, a todos los hermanos y hermanas.
Será el momento de encuentro definitivo con la familia en la casa del Padre, donde
viviremos plenamente la comunión de los Santos.
Sabemos que el Padre nos acogerá con los brazos abiertos y aunque, como el hijo pródigo,
lleguemos a casa con los vestidos echados a perder y sucios, si nosotros aceptamos su
abrazo, su amor nos revestirá de gracia y entraremos a su casa , que también es la nuestra.

LECTURAS DEL JUEVES 3 DE NOVIEMBRE DE 2022


(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 15, 1-10


Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los
escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja
acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta
encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al
llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: Alégrense conmigo, porque
encontré la oveja que se me había perdido.
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador
que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.»
Y les dijo también: «Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la
lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama
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a sus amigas y vecinas, y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se
me había perdido.
Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador
que se convierte.»

Reflexión
Las parábolas que leemos en el evangelio de la misa de hoy, junto con la del Hijo pródigo,
constituyen las llamadas parábolas de la misericordia, que nos muestran que el amor y el
interés de Dios por cada uno de nosotros. Jesús nunca abandona al hombre, ni aun cuando
nos alejamos de sus caminos. En las tres parábolas, la enseñanza y la estructura es la
misma: algo se pierde, una oveja, una moneda o un hijo, que es encontrado después de una
intensa búsqueda, y entonces surge la alegría. Lo más importante de estas parábolas no es
la historia de la oveja o de la moneda, sino la alegría del Señor cuando se produce el
encuentro.
Como vemos, los dos casos parecen que nos dejan la misma enseñanza, pero cado uno
tiene características particulares.
La oveja se ha perdido lejos del rebaño, en una región desierta. Corre el riesgo de caer en
el precipicio o ser comida por los lobos. Su situación es grave y el Buen Pastor la rescata
del peligro.
En cambio, el problema de la moneda extraviada es menor. Su valor es pequeño, y la
dueña tiene todavía otras nueve. Además, se ha caído dentro de su casa. Seguramente se
encontrará un día u otro. En realidad no se ha perdido, pero la mujer la quiere recuperar
inmediatamente. Por el momento le falta.
Esto mismo es lo que hace el Señor con nosotros. Si bien no descansa hasta recuperar a
quien se ha alejado del rebaño y corre riesgos graves, no es menor su preocupación por
quien, sin haber abandonado del todo el camino, se le ha escapado de sus manos.
Cuando el evangelio nos habla de los pecadores que se convierten, debemos pensar que si
no somos la oveja perdida, seguramente tengamos algo de la moneda perdida. Pensemos si
no tendrá Jesús que estar buscándonos con insistencia, como la mujer buscaba a la
moneda.
Dios nos busca. Ha enviado al mundo la Luz que ilumina al hombre. La pone ante nuestros
ojos en cada momento con la palabra del Evangelio. «Quien me sigue -dice Jesús- no
andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
La parábola de la moneda perdida nos muestra la preocupación del Señor por recuperarnos
cada vez que nos alejamos aunque sea por un corto tiempo de sus manos.
Pidamos a María que cada vez que nos alejamos, nos dejemos encontrar rápidamente por el
Señor y volvamos a estar más cerca de Él.

LECTURAS DEL VIERNES 4 DE NOVIEMBRE DE 2022


(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 16, 1-8


Jesús decía a sus discípulos:
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«Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus
bienes. Lo llamó y le dijo: ¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu
administración, porque ya no ocuparás más ese puesto.
El administrador pensó entonces: ¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo?
¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer
para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ¿Cuánto debes a mi
señor? Veinte barriles de aceite, le respondió. El administrador le dijo: Toma tu recibo,
siéntate en seguida, y anota diez.
Después preguntó a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Cuatrocientos quintales de trigo, le
respondió. El administrador le dijo: Toma tu recibo y anota trescientos.
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque
los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.»

Reflexión
San Lucas es el único evangelista que nos relata esta parábola.
El protagonista de la parábola es el mayordomo, el administrador.
Y cada uno de nosotros somos delante de Dios, precisamente eso, somos administradores.
Todo lo que poseemos: nuestros bienes materiales, nuestra riqueza intelectual, nuestra
moral, los aspectos de nuestro carácter, nos fueron dados por Dios, y de todo eso, el Señor
nos pedirá cuenta. Dios nos confía un montón de beneficios, pero no son nuestros, siguen
perteneciéndoles a Dios.
Y nosotros, no tenemos derecho a malgastar los dones de Dios.
Él nos va a pedir cuentas de todo lo que nos dio.
Pero en esta parábola, cuando el patrón le pide al administrador cuentas de su conducta, el
administrador rápida y astutamente, comienza a asegurar su futuro. Se preocupa por
asegurar su futuro.
Y el Señor, aunque nos parezca muy extraño, alaba irónicamente el proceder de este
administrador deshonesto.
¿Por qué?
Porque se esfuerza por asegurar su futuro.
El administrador infiel se las ingenia para resolver su situación futura de indigencia. El
Señor dá por supuesta la inmoralidad de tal actuación que resulta evidente. En cambio,
resalta y alaba la agudeza y el empeño que este hombre demuestra para sacar provecho en
un aspecto material de su antigua condición de administrador.
Lo que Jesús nos enseña en esta parábola es que para la salvación de nuestras almas y para
la propagación del Reino de Dios, apliquemos al menos la misma sagacidad y el mismo
esfuerzo que el que ponen los hombres en sus negocios materiales, o en la lucha para hacer
triunfar algún ideal humano.
El hecho de contar con la gracia de Dios no significa que no tengamos que poner todos los
medios humanos honestos que sean posibles para que nuestras tareas de apostolado
alcancen el mayor éxito.
En nuestras vidas, a lo mejor somos como el administrador deshonesto, ¨previsores¨, para
las cosas del mundo.
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Pero muchas veces, no ponemos ni la misma eficacia, ni la misma inteligencia, para
asegurar nuestros asuntos espirituales.
Por eso el Señor nos dice a cada uno de nosotros con mucha dureza, que ¨los Hijos de este
mundo¨ son más astutos para sus cosas que los ¨Hijos de la Luz¨
El Señor nos invita hoy, a través de esta parábola a poner todas nuestras cualidades
humanas, todo nuestro ingenio,... al servicio del Reino.
Él nos invita a hacer en virtud de la luz, lo que otros hacen por el poder de las tinieblas.
Nos invita a no quedarnos en los hermosos principios. Quiere que nos preocuparnos por
ser eficaces en nuestra misión de colaborar en la construcción de su Reino.

LECTURAS DEL SÁBADO 5 DE NOVIEMBRE DE 2022


(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 16, 9-15


Jesús decía a sus discípulos:
«Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos
los reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco,
también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto,
¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará
lo que les pertenece a ustedes?
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o
bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y
al Dinero.»
Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús. Él
les dijo: «Ustedes aparentan rectitud ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones.
Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta despreciable para Dios.»

Reflexión
Hoy oímos de labios de Jesús, un comentario de la parábola de ayer «el administrador
astuto». A través de fórmulas claras unas, bastante enigmáticas otras, Jesús expone su
punto de vista sobre «el dinero».
Todos hemos notado, en otros pasajes del evangelio de qué modo Jesús nos pone en
guardia contra la riqueza, como si fuera un obstáculo absoluto para la vida cristiana.
Hoy en el evangelio, encontramos el mismo punto de vista, pero con indicaciones muy
positivas sobre el uso del dinero.
Primero el Señor nos indica que el dinero no es «algo importante». Lo importante, para
Jesús, es la «vida eterna», son los bienes divinos, las cosas espirituales. Por el contrario, el
dinero es «poca cosa».
Partiendo de esa constatación, Jesús nos aconseja aquí ser buenos gerentes, buenos
«administradores» «de ese algo sin importancia» que es lo temporal, a fin de ser también
dignos de administrar asuntos de mayor importancia, de orden espiritual.
En segundo lugar Jesús nos dice que el dinero no es un «verdadero bien» del hombre. No
es lo que hace que un hombre sea hombre. La riqueza material no hace que un hombre sea
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bueno, ni inteligente, ni dichoso, ni humanamente grande. El verdadero valor del hombre
está en otra parte.
Lo que cuenta no es «el Tener», sino «el Ser»... Se puede «Tener» mucho y ser infeliz, ser
malo, ser desgraciado.
Jesús no condena el tener dinero, sino que nos invita a «administrar ese bien «extraño» al
hombre –que es el dinero-, porque el administrar bien ese bien «extraño» al hombre, puede
ser un buen aprendizaje para llegar a ser capaz de «administrar nuestro verdadero bien».
También el Señor nos hace reparar en que el dinero es a menudo «injusto».
Jesús coincide aquí con el buen sentido popular: el dinero que es tan difícil de ganar y tan
útil, ese dinero fruto del trabajo... es a menudo desgraciadamente, fruto de la opresión y de
la avaricia. Aquí se da lo «injusto» del dinero, que hace que la avaricia de unos lleve a
otros a no tener nada.
Pero también nos dice Jesús que el dinero puede «servir» y llegar así a ser un símbolo del
amor. Nos dice:
«Gánense amigos con el dinero injusto»
En el fondo, éste era el sentido profundo de la parábola del «administrador astuto». Con un
humor sorprendente, la parábola acumulaba las cuatro «apreciaciones» de esta explicación
de Jesús sobre el dinero en el evangelio de hoy. El dinero que es «no importante», que es
«un bien ajeno» al hombre, un «bien mal adquirido» en general por el hombre, pero «con
el cual se puede servir».
Hoy el Señor nos invita a darle al dinero su verdadero valor. El dinero no es malo, si lo
tenemos para darlo y ganar así amigos en el cielo.
Pidámosle hoy a María que nos ayude a no hacer del «tener» el centro de mis vidas, que
siempre prefiramos «ser» mejores personas.

LECTURAS DEL DOMINGO 6 DE NOVIEMBRE DE 2022


(32ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 20, 27-38


Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro,
Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano,
para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El
primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero.
Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer.
Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por
mujer?»
Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean
juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no
pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la
resurrección.
Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza,
cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él
no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él.»
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Reflexión
Los saduceos formaban una especie de movimiento o asociación, de la que formaban parte
las familias de la nobleza sacerdotal. Desde el punto de vista teológico eran
conservadores... rechazaban toda evolución del judaísmo. Por ejemplo permanecían
anclados en las viejas concepciones de los patriarcas que no creían en la resurrección... y
no admitían algunos libros recientes de la Biblia, como el libro de Daniel
Para atacar la creencia en la resurrección, los Saduceos tratan de ridiculizarla ¡aportando
una cuestión doctrinal que se discutía entonces, como era el caso de una esposa que lo
había sido de siete hermanos. Quieren demostrar con eso que la resurrección no tenía
ningún sentido.
En tiempos de Jesús, mientras los saduceos no creían en la resurrección, los fariseos,
pensaban en la vida de resucitados como simple continuación de su vida terrestre. Jesús
entonces, les dice a ambos, que la resurrección existe y supone un cambio radical.
Ese mundo de resucitados es un mundo donde la gente no muere más y donde entonces no
es necesario engendrar nuevos seres.
Al referirse Jesús al libro del Éxodo donde Moisés dice que el Señor es el Dios de
Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, aclara que Dios es un Dios de vivos.
Es la afirmación referida a una escritura no cuestionada por los saduceos, deja clara la
certeza de la resurrección. Si Abraham, Isaac y Jacob estuviesen muertos, esas
afirmaciones serían irrisorias.
Nuestros difuntos son unos «vivientes», viven «por Dios».
Y para tener esa fe, es preciso «creer en Dios». Es preciso creer que es Dios quien ha
querido que existiésemos, quien nos ha dado la vida. Es preciso creer que es Dios quien ha
inventado la maravilla de la «vida»; quien llama a la vida a todos los seres que Él quiere
ver vivos. Dios no desea encontrarse un día solamente con cadáveres y cementerios.
¿Cómo será esa nueva vida a la que nos llama?
No lo sabemos. ¡Es preciso confiar!
¿Acaso somos capaces de comprender todo lo creado por Dios?
¡Hay tantas maravillas inexplicadas en la creación!
Por eso más que preocuparnos por pensar cómo va a ser nuestra resurrección, ocupémonos
más bien de agradar a Dios mientras tenemos este corto paso por el mundo y ¡creámosle a
Él!, cuando nos habla de las maravillas que el Padre tiene preparadas para quienes le aman.
Pidámosle hoy a María a ella que fue capaz de creerle a Dios como ninguna otra criatura
humana,- también como nosotros sin «entender» todo-, que nos ayude a vivir de cara a
Dios para merecer un día esa resurrección prometida.

LECTURAS DEL LUNES 7 DE NOVIEMBRE DE 2022


(32ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 17, 1-6


Jesús dijo a sus discípulos:
«Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que
le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a
uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado!
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Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día
contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: Me arrepiento, perdónalo.»
Los Apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe.»
El respondió: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa
morera que está ahí: Arráncate de raíz y plántate en el mar, ella les obedecería.»

Reflexión
Es tan radical lo que Jesús exige en cuanto a la reconciliación, que los discípulos le piden:
Señor, auméntanos la fe.
La práctica de los judíos era perdonar tres veces, Jesús, perfecciona la ley y suprime todo
límite en el precepto: se debe perdonar siempre.
Es difícil para el cristiano vivir esa actitud de constante perdón. Para poder vivirlo,
debemos vivir los valores del Evangelio y tener sintonizadas constantemente las
Bienaventuranzas.
Esta actitud de perdón, implica una gran apertura, porque significa que debemos acoger
cordialmente aún a los hombres que nos contradicen y nos perjudican.
Para poder vivir esta actitud de perdón, necesitamos una vida de oración, necesitamos estar
arraigados en Cristo.
La fe no es otra cosa más que la adhesión a la Persona de Jesús, como Salvador. Y si lo
aceptamos, aceptamos también un cambio de vida, con una nueva escala de valores.
Los apóstoles piden a Jesús que aumente su fe, que aumente la cantidad y calidad de su fe.
Que aumente la confianza inquebrantable en el poder y en la bondad de Dios.
La fe vence todos los obstáculos y dificultades y supera todos los contratiempos. Cuando
contamos sólo con nuestras propias fuerzas, nuestras obras pueden no ser fecundas. Si en
cambio, realizamos nuestras tareas con espíritu de fe y movidos por la acción del Espíritu,
se realizan fácilmente y son realmente productivas.
Por eso hoy, vamos a proponernos pedirle sinceramente al Señor, que aumente nuestra fe,
y que aprendamos a perdonar de corazón.
Dios perdona siempre, cuando estamos realmente arrepentidos. Jesús nos espera en el
sacramento de la Reconciliación, para perdonar nuestras ofensas a Dios y reconciliarnos
con Él.
Dios en su infinita misericordia siempre acoge a quien se arrepiente. Si tomamos
conciencia de todo lo que Dios nos perdona a cada uno de nosotros, nuestra actitud para
con los demás, deberá cambiar.
Nada de cuanto nos hagan los demás, se compara a lo que nosotros hacemos a Dios y sin
embargo, Él siempre nos ofrece su perdón.
Quien reconoce sus faltas ante Dios, disculpa más fácilmente y perdona a su prójimo.
Hoy vamos a pedirle a Jesús, presente en la Eucaristía, que nos fortalezca para aprender a
perdonar, para que en nuestro corazón, no guardemos rencor y vamos a pedirle a la Virgen
nuestra Madre, que tome de su mano a todos los que están alejados de Dios, mueva sus
corazones y los acerque a la Confesión.

LECTURAS DEL MARTES 8 DE NOVIEMBRE DE 2022


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(32ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 17, 7-10


El Señor dijo:
«Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando
este regresa del campo, ¿acaso le dirá: Ven pronto y siéntate a la mesa? ¿No le dirá más
bien: Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y
bebido, y tú comerás y beberás después? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor
porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: Somos simples
servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber.»

Reflexión
Este evangelio nos enfrenta con una realidad cotidiana de nuestra vida. No es que Jesús, en
esta parábola, preste su aprobación a ese trato abusivo y arbitrario del empleador para
quienes trabajan para él. Pero se sirve de una situación que se repite desde entonces hasta
nuestros días para enseñarnos cuál debe ser nuestra disposición ante Dios.
Somos criaturas y Dios es el Creador. Desde nuestra existencia hasta la esperanza de la
vida eterna, todo procede de Dios como un inmenso regalo. De ahí que el hombre siempre
debe agradecer al Señor, y por más que lo sirva fielmente, no pasan sus acciones de ser una
correspondencia incompleta a los dones de Dios.
El orgullo ante Dios no tiene sentido en el hombre. Lo que nos enseña Jesús en esta
parábola, lo vemos hecho realidad en nuestra Madre, la Virgen, y en tantos santos. Ellos se
hicieron servidores de Dios.
San Ambrosio nos dice: «No te creas más de lo que eres. Debes reconocer, sí, la gracia de
ser Hijo de Dios. Pero no debes olvidarte de tu naturaleza, ni llenarte de soberbia por haber
servido con fidelidad, ya que era tu deber.»
Los hombres no tenemos ningún derecho a hacer valer ante Dios.
Los fariseos habían acabado por persuadirse que a fuerza de buenas obras, adquirían
derechos sobre Dios, por sus propios méritos.
Nosotros no debemos olvidar que sin mérito de nuestra parte, Dios nos ha dado la dignidad
de hijos, pero somos simples instrumentos, simples siervos, que no debemos gloriarnos de
nuestras obras ante Dios. Esas obras son sólo hacer lo que debemos hacer.
Somos como un pincel en manos del artista. Las obras que Dios quiere realizar con nuestra
vida deben ser atribuidas al Artista y no al pincel. La gloria del cuadro pertenece al pintor.
El pincel, si tuviera vida, tendría la alegría de haber colaborado con el autor del cuadro,
pero no tendría sentido que pretendiese el mérito de la obra.
Si somos humildes, deberíamos pedir siempre al Señor las gracias y ayudas necesarias para
cada obra que iniciamos. Ser humildes significa depositar nuestra confianza en el Señor.
Nos despedimos con una imagen de la Madre Teresa de Calcuta que nos dice:
Siempre digo que soy un pequeño lápiz en las manos de Dios.
El piensa y escribe. Él lo hace todo.
Y a veces es realmente difícil.
A veces su lápiz no tiene punta y Él tiene que sacarle la punta nuevamente.
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Traten todos de convertirse en un pequeño instrumento en sus manos, para que Él pueda
usarlos cuando quiera y donde quiera.... Para ello es suficiente decirle SI.

LECTURAS DEL MIÉRCOLES 9 DE NOVIEMBRE DE 2022


(32ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Juan 2, 13-22
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los
vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.
Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus
bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los
vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa
de comercio.»
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?»
Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar.»
Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este
Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y
creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Reflexión
El apóstol San Pablo, en la epístola a los Corintios, nos compara a nosotros con el Templo
de Dios, porque en nosotros habita también el Espíritu, y eso hace que nuestros cuerpos,
así como el Templo sean sagrados.
Pero el Templo del Antiguo Testamento era solo un anticipo imperfecto de la realidad
plena de la presencia de Dios que ocurre en cada una de las Iglesias y capillas con la
institución de la Eucaristía.
Y en el pasaje del Evangelio vemos la indignación de Jesús al ver la situación en que se
encontraba el Templo de Jerusalén, y la manera que expulsó de allí a los que vendían y
compraban.
Hacía mucho tiempo que Moisés había dispuesto que nadie se presentase en el Templo sin
nada que ofrecer. Para hacer más fácil este precepto a los que venían de lejos, se permitió
que a la entrada del Templo, en atrio, hubiese un servicio de venta de animales para ser
sacrificados y ofrecidos. Y, con el correr de los años esto terminó siendo un verdadero
mercado.
Lo que al principio empezó bien, había degenerado de tal forma que la intención de
favorecer a los peregrinos se había vuelto un vil comercio.
El Templo dejó de ser un lugar de encuentro con Dios, para convertirse en una feria de
ganado.
El Señor, al expulsar a los mercaderes del Templo, nos quiso inculcar cuál ha de ser la
veneración y el comportamiento que se debe al Templo, por su carácter sagrado.
12
Mucho mayor habrá de ser nuestra actitud de respeto y devoción en nuestras Iglesias y
Capillas donde se celebra la Eucaristía y donde Jesús, verdadero Dios y verdadero
Hombre, está realmente presente en cuerpo y alma en el Sagrario.
Para un cristiano, la vestimenta, los gestos y las posturas litúrgicas, las genuflexiones ante
el Sagrario, etc. son manifestaciones concretas del respeto debido al Señor en sus Templos.
El Papa Juan Pablo II señala la influencia que tuvo en él la piedad de su padre al hacer
oración.
El Papa cuenta que «el simple hecho de verlo arrodillado frente al Sagrario tuvo una
influencia decisiva en mis años de juventud».
San Lucas narra sobre este pasaje que Jesús, al expulsar a los mercaderes también les dijo:
«Está escrito, Mi casa será una casa de oración». Con esa devoción debemos ir siempre a
la Iglesia. A rezar, ... a encontrarnos con el Señor que está allí verdaderamente presente,
esperándonos. .... A confiarle a Jesús, en el Sagrario, nuestras preocupaciones, nuestras
esperanzas, nuestras dificultades.

LECTURAS DEL JUEVES 10 DE NOVIEMBRE DE 2022


(32ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 17, 20-25


Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. Él les respondió: «El Reino
de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: Está aquí o Está allí. Porque el
Reino de Dios está entre ustedes.»
Jesús dijo después a sus discípulos: «Vendrá el tiempo en que ustedes desearán ver uno
solo de los días del Hijo del hombre y no lo verán. Les dirán: Está aquí o Está allí, pero no
corran a buscarlo. Como el relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el
Hijo del hombre cuando llegue su Día.
Pero antes tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta generación.»

Reflexión
El Reino de Dios. La palabra mágica, que tenía concentrada toda la espera febril de Israel:
Un día, Dios tomaría el poder y salvaría a su pueblo de todos sus opresores...
Era la espera de «días mejores», la espera de la «gran noche», el deseo de «una sociedad
nueva», el sueño de una humanidad feliz.
No eran solo los fariseos los que deseaban ese Día. También los apóstoles, en el momento
en que Jesús iba a dejarles se acercaron a preguntarle ¿Es ahora cuando vas a restaurar el
Reino de Israel?
Todos,... esperaban el Reino.
¿Nosotros también?
¿No deberíamos también nosotros, como la gente de la época de Jesús, estar ansiosos por
darle a este mundo nuestro,... tan alejado de Dios,... el Reino de Dios?
Y el Señor les contestó, que el Reino de Dios viene sin dejarse sentir.
Y esa respuesta los decepcionó.
Tal vez a nosotros nos esté pasando hoy lo mismo.
13
Sería más fácil si ese Reino que el Señor prometió, viniese en forma espectacular. Pero
Dios no lo ha querido así. Dios quiso reinar de una manera discreta, modesta, «sin dejarse
sentir»
Y nos enseña a nosotros, que para promover el Reino de Dios, no necesitamos hacer
grandes cosas. El reino de Dios lo vamos gestando en las pequeñas cosas, en esas cosas sin
apariencia.
El Reino de Dios no está solamente entre nosotros, sino está fundamentalmente en
nosotros, es decir, dentro nuestro.
Muchas veces quedamos encandilados por las cosas exteriores, por el mundo de la
apariencia. Nos seducen el movimiento, las luces, la agitación, los espectáculos, las
diversiones. Nos atrae lo que se mira, lo que se oye y lo que se siente. Todo lo de afuera.
Y a pesar de eso, de ese vivir extrovertidamente, ese llenarse de todo lo de afuera, de vivir
de todo lo ajeno,... a pesar de eso,... o a lo mejor debería decirse, precisamente por eso, no
estamos satisfechos de nosotros mismos, y con frecuencia vivimos soledad y sentimos
como un vacío.
El interior de cada hombre es su verdadera casa, lo que propiamente le pertenece. El
reducto al que solamente él entra con derecho propio; los demás y lo demás, entran en ese
interior, pero lo hacen usurpando un derecho,... violentando una propiedad.
No debemos olvidarnos. El Reino de Dios está dentro de nosotros. No debe ser buscado
afuera ni lejos. Somos nosotros quienes debemos instalar el Reino de Dios en el mundo,
pero para eso lo debemos instaurar previamente en nuestros corazones, en nuestras obras y
en nuestras vidas.
El Reino de Dios se instaurará en nosotros si nos dejamos amar por Cristo, si
permanecemos siempre unidos a Él, si vivimos de las riquezas que el Espíritu Santo va
constantemente regalándonos.
El que busque siempre y en cada circunstancia seguir a Jesús, ese tendrá el Reino de Dios.
Para los judíos del tiempo de Jesús, el Reino de Dios constituía el centro de sus esperanzas.
Con él se iniciaría la época mesiánica. Para nosotros, los cristianos de hoy, el Reino de
Dios está dentro de nosotros, en medio de nosotros y somos nosotros los que debemos
consolidarlo, viviendo la fe y la esperanza.
Y somos nosotros los que debemos propagarlo en los ambientes en los que nos toque
movernos y actuar, llenándolos del Evangelio, preparándolos para que puedan recibir el
Reino de Dios.
Siempre tendremos la tentación de ir a buscar los signos de Dios en otra parte, sin embargo
es en nuestra vida cotidiana donde se encuentra a Dios. Vamos a pedirle hoy a María, que
nos ayude a abrir nuestro corazón al Señor, para que habite en nosotros, para que venga a
nosotros el Reino de Dios.

LECTURAS DEL VIERNES 11 DE NOVIEMBRE DE 2022


(32ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 17, 26-37


Jesús dijo a sus discípulos:
14
«En los días del Hijo del hombre sucederá como en tiempo de Noé. La gente comía, bebía
y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca y llegó el diluvio, que los hizo morir a
todos.
Sucederá como en tiempos de Lot: se comía y se bebía, se compraba y se vendía, se
plantaba y se construía. Pero el día en que Lot salió de Sodoma, cayó del cielo una lluvia
de fuego y de azufre que los hizo morir a todos. Lo mismo sucederá el Día en que se
manifieste el Hijo del hombre.
En ese Día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en la casa, no baje a buscarlas.
Igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. El
que trate de salvar su vida, la perderá; y el que la pierda, la conservará.
Les aseguro que en esa noche, de dos hombres que estén comiendo juntos, uno será llevado
y el otro dejado; de dos mujeres que estén
moliendo juntas, una será llevada y la otra dejada.»
Entonces le preguntaron: «¿Dónde sucederá esto, Señor?»
Jesús les respondió: «Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres.»

Reflexión
Cuándo el año litúrgico se acerca a su fin, en esta terminación del milenio, el pasaje del
Evangelio nos invita a que nuestros pensamientos se orienten también hacia una Reflexión
sobre el «fin» de todas las cosas.
A medida que Jesús subía hacia Jerusalén, su palabra se orientaba hacia el último fin. Cada
vez que a algo le llega «su fin», deberíamos ver en eso un anuncio y una advertencia.
Cuando muere uno de nosotros, es un anuncio de nuestra propia muerte... Cuando arde un
gran inmueble es un signo de la profundo de la fragilidad de las cosas.
Y a Jesús no le interesa satisfacer la curiosidad de la gente respecto al lugar en que se
producirá el fin de los tiempos. Jesús quiere moverlos a ellos y movernos a nosotros a la
conversión.
El Señor espera de nosotros que nos decidamos a cambiar de vida.
Cuando el Hijo del Hombre vuelva, será un día gozoso para los hombres y mujeres de
buena voluntad que han buscado el Reino de Dios en una forma o en otra.
Será un día maravilloso para los que se han decidido a seguir a Jesús y han hecho del
Reino el ideal de su vida.
También será un buen día para aquellos que sin conocer a Jesús, a ojos cerrados han
buscado la luz y la verdad y han hecho el bien a sus semejantes.
Sin embargo, el Señor nos advierte que será un mal día para los egoístas, para los que han
hecho el mal, para los que obraron injustamente.
El que se encierre sobre sí mismo, y no se preocupe por los demás, se perderá. La suerte de
cada uno, dependerá de su propia decisión.
El aceptar a Jesús resucitado, el comprometerse en el servicio de los hermanos, nos pone
en la línea de la salvación.
Hay siempre sorpresa en la última venida del Hijo del Hombre, por eso hay que vigilar
nuestro obrar. El Señor nos invita a tener las lámparas prendidas, vigilando nuestra actitud
de amor hacia los demás, nuestra oración y nuestro servicio fraterno.
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LECTURAS DEL SÁBADO 12 DE NOVIEMBRE DE 2022
(32ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 18, 1-8


Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:
«En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la
misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: Te ruego que me hagas justicia
contra mi adversario.
Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: Yo no temo a Dios ni me
importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga
continuamente a fastidiarme.»
Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus
elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un
abrir y cerrar de ojos les hará justicia.
Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?»

Reflexión
San Lucas comienza esta parábola revelando el objetivo que el Señor tiene al relatarla:
Transmitir a sus discípulos la necesidad que tenemos todos de orar siempre y no
desfallecer. Este resumen previo que el evangelista hace de la parábola del juez injusto nos
indica la importancia que el Señor predicó a sus discípulos sobre la perseverancia en la
oración.
La parábola es una enseñanza muy expresiva sobre la eficacia que tiene la insistencia de la
oración. El Señor destaca el contraste entre Dios Padre y el juez que no temía a Dios ni
respetaba a los hombres, ... y nos dice que si hasta quien se desempeña injustamente
termina haciendo justicia a aquel que insiste con perseverancia, cuánto más escuchará Dios
nuestras oraciones, Él que es infinitamente justo y es Padre nuestro.
Tenemos necesidad de orar todo el tiempo y no desfallecer.
Debemos orar, primero de todo, porque somos creyentes. La oración es el reconocimiento
de que venimos de Dios, somos criaturas de Dios y retornaremos a Él. Y esta convicción
nos lleva a abandonarnos al Señor con total confianza.
La oración es, ante todo, un acto de la inteligencia que se conjuga con un sentimiento de
humildad y de reconocimiento.
Es una actitud de confianza y abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor.
La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios. Es un diálogo de confianza y
amor.
Tenemos que rezar como creyentes que somos. Pero además, por ser cristianos, debemos
orar como cristianos. El cristiano es discípulo de Jesús. Es el que cree verdaderamente que
Jesús es Hijo de Dios y Salvador nuestro.
Y la vida de Jesús en la tierra fue una vida de oración continua. En innumerables pasajes,
el evangelio nos muestra al Señor haciendo oración. Son muchas las veces que los
evangelistas nos refieren que Jesús pasó la noche haciendo oración.
16
Los cristianos sabemos que todas nuestras oraciones parten de Jesús. Es Él quien ora en
nosotros, con nosotros y por nosotros. Todos los que creen en Dios, rezan. Pero los
cristianos oramos en Jesucristo, porque Él es nuestra oración.
Nuestra oración ha de ser, primero, de alabanza y adoración a Dios.
Rezamos también al Señor en agradecimiento por cuánto hemos recibido de Él. Por ser
cristianos, bautizados, hijos del Padre. Por todos los bienes espirituales y materiales que
gratuitamente nos ha dado.
Rezamos al Señor pidiendo por nuestras necesidades, y las de nuestros familiares y
amigos.
Rezamos al Señor pidiéndole perdón por nuestras faltas.
Hoy, vamos a proponernos rezar más y mejor en la confianza de que el Señor siempre
escucha la oración humilde y perseverante.

LECTURAS DEL DOMINGO 13 DE NOVIEMBRE DE 2022


(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 21, 5-19


Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y
ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra
sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a
suceder?»
Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en
mi Nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca.» No los sigan. Cuando
oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes,
pero no llegará tan pronto el fin.»
Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes
terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y
grandes señales en cielo.»
«Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los
llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que
puedan dar testimonio de mí.
Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una
elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.
Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a
muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni
siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas.»

Reflexión
La liturgia de la misa de este domingo 33 del tiempo ordinario, nos habla de los obstáculos
y sufrimientos que acompañan el testimonio del cristiano; pero también de la recompensa
final que espera a quienes perseveran en la fe hasta el final.
17
El Profeta Malaquías, en la primera lectura nos presenta el cambio de situación de injustos
y justos. Para ambos hay un fuego: para unos el fuego que los devora como paja. Para
otros el fuego del sol de justicia que trae la salud con sus rayos.
Con el evangelio de las bienaventuranzas, que escuchamos el domingo pasado, la vida del
cristiano se transforma de la opresión a la libertad de los hijos de Dios.
Jesús, antes de su pasión, quiere anunciar a sus discípulos cómo hay que prepararse para el
día de su venida definitiva en la gloria. Jesús nos habla de ese día con una imagen que
usaron también los profetas: la de Jerusalén, la ciudad santa, pero asediada una y otra vez,
y que espera la liberación definitiva.
Pero Jerusalén es también la ciudad que no supo aguardar el día de su visita y el Señor
proclama la inminente caída de la ciudad y de su templo, que era orgullo de todo Israel.
El templo hablaba por sí solo de una larga historia de mil años, que habían comenzado con
David y Salomón. Ahora Jesús hace este anuncio inesperado y escandaloso: este templo
será destruido.
En el Evangelio de este domingo, Jesús nos recuerda que llegará el día del Juicio sobre su
pueblo y sobre todo el mundo y que nadie podrá quedar indiferente. Jesús anuncia algo
serio, aunque misterioso. Un fin que nos toca a todos. Vamos hacia un fin del mundo y un
juicio universal, pero estos se realizarán primero en la vida personal de cada uno de
nosotros. Todos estamos llamados a recibir al Señor, o a rechazarlo. Nuestra decisión a
favor o en contra del Reino deberemos hacerla en nuestra vida a lo largo del tiempo.
Muchos hombres de aquel tiempo, y también del nuestro, en vez de mirar con seriedad la
llegada del fin para convertirse y esperar así la venida del Señor, se detienen en aspectos
secundarios, que les desvían la mirada del objetivo principal. Se detienen en lo que
despierta curiosidad. Les preocupa cuándo y cómo sucederá todo esto, como quien mira
algo que no le toca muy de cerca. Como se puede mirar de lejos un incendio en un
noticiero de televisión, con curiosidad, pero sin darle importancia porque ocurre en un país
lejano y no hay nadie que podamos conocer en medio de las llamas. Jesús no quiere que
nos dediquemos a hacer investigaciones futurológicas ni mucho menos astrológicas, sin
que lo que quiere es abrirnos a lo que viene con esperanza y profundo deseo de estar
preparados aunque no seamos ni el día ni la hora.
Jesús nos quiere atentos a su presencia, a su reino y su gloria. Teme que mirando falsos
mesías dejemos pasar el único Mesías. Que el gusto de los terrores apocalípticos nos haga
olvidar el mundo nuevo que se acerca.
Jesús quiere mover nuestras conciencias para que cambiemos, pero no pretende
aterrorizarnos con anuncios catastróficos. Lamentablemente, el mundo contemporáneo ha
creado terrores y desastres mucho más grandes de los que quienes escuchaban al Señor en
los comienzos del cristianismo hubiesen podido imaginar. Y sin embargo todas esas son
realidades del mundo y no el paso a una realidad nueva. El cuadro apocalíptico que se
refleja en este pasaje de San Lucas nos invita a estar vigilantes y preparados. A saber ser
testigos en un mundo de incrédulos. A que muchos puedan escuchar el llamado de
salvación.
A Jesús no le interesa tanto el fin del mundo sino la finalidad de la historia.
Este camino en medio de las incertidumbres de la vida y de las persecuciones tiene sin
embargo una última palabra llena de esperanza: «ni siquiera un cabello se les caerá de sus
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cabezas». Esta es la esperanza con que la Iglesia invita a todos los hombres a entrar en el
tercer milenio.
Jesús no es un profeta apocalíptico. Más bien nos invita a la Reflexión y a la cordura. No
es el momento del fin todavía. No hay que centrarse en este aspecto trágico. El fin de la
historia será en todo caso el nuevo comienzo de algo distinto. Un acontecimiento que no
podemos reducir a nuestra imaginación, influenciada por tantas imágenes del cine o de la
televisión.
El Reino de Dios, como lo enseña Jesús, no es algo del más allá sino algo de la historia
presente: «el Reino de Dios está en medio de ustedes». El Reino viene en la medida que lo
construyamos. La Escritura acaba con la aclamación: «¡Ven, Señor Jesús!. Cada día
volvemos a pedir la llegada de ese Reino. El Reino comienza aquí, y se manifiesta en la
Iglesia, pero recibirá su plenitud en la gloria cuando Cristo sea todo en todos. La Iglesia no
es el Reino pero lo anuncia y lo hace presente en medio de la humanidad. El Reino
comienza, para San Lucas, cuando los cristianos aceptan convertirse en testigos, y lo
realizan por medio de su entrega hasta el fin. La existencia cristiana es para los verdaderos
cristianos un testimonio continuo y por eso ellos deben vivir persecuciones, cárceles y
muerte. Pero no hay que perder el ánimo porque el tiempo de la liberación está cerca.
Esta mirada sobre el fin nos la propone la Iglesia preparándonos para la fiesta del próximo
domingo en la que terminado el año litúrgico seremos invitados a participar del Reino ya
realizado junto a Cristo, Rey del
Universo

LECTURAS DEL LUNES 14 DE NOVIEMBRE DE 2022


(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 18, 35-43


Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo
limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía. Le respondieron que
pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión
de mí!» Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte:
«¡Hijo de David, ten compasión de mí!»
Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: «¿Qué
quieres que haga por ti?» «Señor, que yo vea otra vez.»
Y Jesús le dijo: «Recupera la vista, tu fe te ha salvado.» En el mismo momento, el ciego
recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a
Dios.

Reflexión
El evangelio de hoy nos muestra el milagro que Jesús hace en premio a la fé y a la
constancia del ciego de Jericó, que sin preocuparse de la opinión de los que los rodeaba,
grita pidiendo a Jesús que tenga compasión de él.
La fe y la tenacidad del ciego de Jericó nos enseñan a nosotros la manera de pedir en
nuestras oraciones al Señor.
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Jesús lo escuchó desde el principio, pero lo dejó insistir en su petición. Dejó que el ciego
perseverase en su pedido y demostrase su fe. Dejó también que enfrentase las dificultades
del ambiente que lo rodeaba.
El evangelio nos dice que: Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él
gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!
La situación se repite todos los días. El ambiente que nos rodea, la opinión pública, la
televisión y tantas cosas parecen que trataran de acallar nuestras manifestaciones de fe.
Pero Jesús recompensa la tenacidad del ciego, lo premia por no desfallecer, y le devuelve
la vista.
Acudamos nosotros también, en forma confiada, al Señor, teniendo la certeza que si
pedimos con fe lo es conveniente para nosotros, Jesús nos lo concederá.
Pero este evangelio tiene también para nosotros otra enseñanza. El Señor nos hace ver el
dolor físico. La vida de este ciego estaría llena de penalidades: problemas económicos,
rechazos de la sociedad, mil limitaciones diarias, grandes y pequeñas.
Triste es la ceguera del cuerpo, pero más triste aún es la ceguera del alma: la falta de fe.
Aquellos que no tienen fe no ven nada del mundo sobrenatural. No saben quién es Jesús, ni
quien es la Virgen. Quien no tiene fe tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos
dimensiones. La fe nos da la tercera dimensión, la altura.
Es lamentable la ceguera del que nunca tuvo fe, pero más aún es la del que la tuvo y la
perdió. Porque la fe no se pierde sin culpa propia.
Dios no niega a nadie el don de la fe, pero hay que estar dispuesto a recibirla, y poner los
medios para perseverar en ella.
También nosotros somos a veces ciegos a la vera del camino. Con frecuencia no vemos
claro, y nos apartamos del camino del Señor. Es necesario que Jesús mismo nos dé ojos
nuevos. Vamos a darle gracias al Señor por la fe recibida y a pedirle que esa fe crezca cada
día en nosotros.

LECTURAS DEL MARTES 15 DE NOVIEMBRE DE 2022


(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 19, 1-10


Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado
Zaqueo, que era el jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a
causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un
sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.
Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy
tengo que alojarme en tu casa.» Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador.» Pero
Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres,
y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más.» Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado
la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo
del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»
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Reflexión
No sólo los pobres son marginados, lo son también muchos ricos esclavizados por la
riqueza y acosados por la conciencia.
Zaqueo era muy rico pero estaba marginado por la gente porque era cobrador de
impuestos.
Esto lo hacía ser un pecador público en aquella pequeña ciudad de Jericó.
Además era muy bajo., por eso se sube a un árbol para ver a Jesús.
Jesús alza los ojos y se hace invitar, y Zaqueo lo recibe contento.
Jesús hoy también quiere encontrarse con nosotros, y alojarse en nuestro hogar, con
nuestra familia.
Zaqueo da el primer paso, busca encontrarse con Jesús, y nosotros también tenemos
necesidad de dar el primer paso. Entonces el Señor se nos va a invitar hoy a nuestras casas.
Nosotros, igual que Zaqueo, tenemos que disponer todo para servirle.
Cuando alguien recibe en su casa a quien más quiere, lo recibe con alegría, como Zaqueo a
Jesús. Por eso en nuestro hogar, debemos experimentar la alegría de recibir a Jesús
Pero Zaqueo nos prueba que no bastan los buenos deseos para convertirse de veras a Dios.
Hay que tomar decisiones y ponerlas en práctica.
Zaqueo había robado y promete devolver cuadruplicado a los que ha perjudicado, y del
resto de los bienes dar la mitad a los pobres.
Zaqueo ha dicho sí al llamado de Jesús y ha recibido la salvación. En Zaqueo, surge un
hombre nuevo y surge la necesidad de reparar el mal que se ha hecho.
Jesús también alcanza su salvación a los ricos, que muchas veces como Zaqueo, viven
esclavizados por la injusticia. Allí también se necesita la salvación de Dios y Jesús la
ofrece.
Tal vez nos sintamos un poco envidiosos de Zaqueo. Pero nosotros podemos recibir a Jesús
en nuestra casa, gozar de su compañía, recibir sus consejos.
Cristo vienen a nosotros en la Sagrada Comunión y nosotros como Zaqueo tenemos que
preparar nuestra casa para recibir bien al Señor.
Para preparar nuestra casa, recurramos frecuentemente a la oración, y a la lectura de la
palabra de Dios, y por cierto, no desaprovechemos los sacramentos, que Cristo nos dejó
para perfeccionar nuestra vida..., para preparar adecuadamente nuestra alma para
hospedarlo.

LECTURAS DEL MIÉRCOLES 16 DE NOVIEMBRE DE 2022


(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 19, 11-28


Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y la gente pensaba que el Reino
de Dios iba a aparecer de un momento a otro.
Él les dijo: «Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura
real y regresar en seguida. Llamó a diez de sus servidores y les entregó cien monedas de
plata a cada uno, diciéndoles: Háganlas producir hasta que yo vuelva. Pero sus
conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir No
queremos que este sea nuestro rey.
21
Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado
el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y le dijo: Señor,
tus cien monedas de plata han producido diez veces más. Está bien, buen servidor, le
respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades.
Llegó el segundo y le dijo: Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces
más. A él también le dijo: Tú estarás al frente de cinco ciudades.
Llegó el otro y le dijo: Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas
en un pañuelo. Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir
lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado. Él le respondió: Yo te juzgo
por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigente, que quiero
percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré, ¿por qué no entregaste mi dinero
en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses.
Y dijo a los que estaban allí: Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces
más.
¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!
Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en
mi presencia.»
Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.

Reflexión
Los contemporáneos de Jesús esperaban un Reino muy inmediato. Los judíos pensaban
que la llegada del Reino de Dios consistiría en la entrada de Jesús triunfal en Jerusalén,
después de vencer al poder romano. Y ellos especulaban con recibir un lugar privilegiado
cuando llegara ese momento. Para corregir ese error, el Señor les narra la parábola del
Evangelio de hoy.
Jesús quiere que comprendan que habrá un tiempo, antes de la llegada del Reino, un
tiempo durante el cual, se nos van a confiar responsabilidades.
Y nos muestra, que no basta soñar, con la venida del Reino, hay que hacer negocios, hacer
producir, lo que Dios deja en nuestras manos, hasta que él vuelva.
Era costumbre que los reyes de los territorios dependientes del imperio romano fueran
coronados por el emperador, y para eso a veces tenían que ir a Roma. En la parábola, el
futuro rey, les deja la administración de su país a diez hombres de su confianza, y se
marcha a recibir su investidura.
Les entregó cien monedas a cada uno y les encargó, trabajar con ellas hasta su vuelta.
Se trataba de hacer rendir este capital. Y estos hombres cumplieron con el encargo.
Trabajaron bien para su Señor durante semanas, meses y años..
Y esto es lo que sigue haciendo la Iglesia, y todos los que pertenecemos a ella, desde
Pentecostés, donde recibimos al Espíritu Santo; desde que Jesús nos dejó su palabra y los
sacramentos.
Nos toca a nosotros, a cada cristiano, hacer rendir el tesoro de gracias que el Señor
deposita en nuestras manos. Este es nuestro mandato mientras el Señor vuelve para cada
uno, al final de la vida.
22
Al cabo de un tiempo, dice el evangelio, volvió aquel Señor hecho rey. Entonces
recompensó espléndidamente a aquellos que se preocuparon de hacer rendir lo que
recibieron.
Por el contrario, aquel que no trabajó y no multiplicó lo que había recibido, aquel que no
glorificó a su amo, fue castigado.
Glorificar a Dios es dedicar las facultades que Él nos da, para conocerle, amarle y servirle.
Este es el fin de nuestra vida: Amar a Dios y a nuestro prójimo, con obras y de verdad.
Tenemos que proponernos hacer crecer todos los días de nuestra vida las cualidades y los
talentos que el Señor nos dió a cada uno de nosotros, y emplearlas constantemente para
ayudar material y espiritualmente a nuestro prójimo.

LECTURAS DEL JUEVES 17 DE NOVIEMBRE DE 2022


(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 19, 41-44


Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: «¡Si tú también
hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te
sitiarán y te atacarán por todas partes. Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de
ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que
fuiste visitada por Dios.»

Reflexión
En este Evangelio, Jesús, al llegar a Jerusalén y contemplar el exterior y el interior de la
ciudad, con todas sus injusticias y todas sus inmoralidades, lloró.
Esa Jerusalén que produce la tristeza del Señor es hoy nuestra alma, cada vez que estamos
alejados de Dios.
Por eso nosotros no tenemos que ocuparnos de los males que recayeron en la ciudad de
Jerusalén hace casi 20 siglos, sino que tenemos que meditar sobre nosotros, sobre cómo
está nuestra alma, porque la ciudad de Jerusalén, para nosotros hoy, es nuestra alma.
Cuando estamos alejados de Dios, nos hacemos merecedores del castigo y nuestra alma se
destruye
Cuando el cristiano rechaza a Jesús, rechaza su fe, su gracia, su amor, entonces le
sobrevienen todas las penas.
En cambio, cuando estamos cerca de Dios, el Espíritu Santo, penetra nuestra alma, la
purifica y empieza a levantar en ella un edificio de virtudes, hasta que se instale en nuestra
alma el amor y entonces vamos a conseguir en nuestra vida PAZ .
Sólo cuando tengamos Paz en nosotros, vamos a poder escuchar a Dios. Escucharlo cuando
nos dice que está contento con nosotros, que está contento con lo que hacemos de nuestras
vidas.
Cada día debemos analizar nuestra vida y preguntarle a Jesús, si cuando el Padre ve
nuestra alma, cuando ve nuestra vida, siente ganas de llorar, o si estamos en el camino
correcto.
23
Cuando en este Evangelio dice que Jesús lloró sobre Jerusalén, pensemos también cómo
reaccionaría Jesús con nuestras ciudades hoy.
Jesús amaba su patria, su ciudad, y le duele que ella haya rechazado la salvación, y por eso
se haya condenado. Jerusalén va a ser destruida unos años más tarde.
Si miramos un poco nuestra ciudad, sin buscar demasiado, encontramos maldad,
inmoralidad, soberbia, egoísmos, y sobre todo mucha falta de amor, y entonces, no puede
hacerse acreedora a la Paz de Cristo.
Hoy vamos a pedirle al Señor su Paz, porque nosotros queremos que aquí en nuestro
pueblo, todos podamos convivir en armonía, porque queremos que nuestros gobernantes
sean rectos, porque queremos compartir con aquellos que necesitan más que nosotros.
Nos proponemos hoy, analizar un poco si nosotros amamos a la gente de nuestra ciudad, si
amamos a nuestra patria, a nuestro pueblo, como Jesús amó al suyo.
Y si lo amamos, entonces miremos un poco qué podemos hacer qué podemos aportar para
solucionar algunos de los problemas de su gente.
Por eso vamos también a pedirle a María que nos ilumine para que siempre sepamos
descubrir y rechazar en nosotros y en nuestro pueblo, las cosas que nos apartan de Dios,
porque nuestra vida queremos construirla sobre los valores del Reino, y muchas veces
estamos ciegos y no nos damos cuenta de que nos alejamos del camino del Señor.

LECTURAS DEL VIERNES 18 DE NOVIEMBRE DE 2022


(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 19, 45-48


Jesús al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Está escrito: Mi
casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»
Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más
importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo,
porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.

Reflexión Jesús entró en el templo, dice el Evangelio.


Y ese era el objetivo de la subida a Jerusalén.
Toda la gloria de Jerusalén se encontraba allí, en ese templo, signo de la Presencia de Dios.
Y Jesús entró en el Templo –podemos imaginarnos-, con todo el derecho de quien llega a
su propia casa. Pero la encontró convertida en un refugio de ladrones.
Entonces, lo primero que hace es ejercer su autoridad, purificando el lugar, echando de allí
a los vendedores.
El Señor manifiesta su celo por la gloria del Padre, que debe reconocerse en el respeto al
Templo.
Porque la casa de Dios, es precisamente una casa de oración.
En aquel tiempo, a fin de que todo judío pudiera cumplir con el impuesto sagrado en
moneda del templo, estaban allí los cambistas. Luego se permitió el acceso a los
mercaderes, que ofrecían las víctimas que se adquirían para ofrecerlas en el templo –
bueyes, ovejas, palomas-
24
Y el Señor, al ver aquel espectáculo, hizo un látigo con las cuerdas y expulsó a los
comerciantes y a los que compraban.
El Señor, no quiere que convirtamos su casa en una cueva de bandidos.
Y nosotros hoy, también somos merecedores de los reproches de Jesús, cuando no
hacemos de nuestro Templo un lugar de oración.
Nosotros, que tenemos en nuestros templos, la presencia real de Dios en el Santísimo
Sacramento, con mayor razón aún tenemos que respetar la casa de Dios.
Tenemos que adoptar la actitud de respeto que merece nuestro Señor.
Acudamos con frecuencia a la casa de Dios a rezar al Señor, a visitarlo.
Él nos espera en el sagrario
Este evangelio nos enseña que el Templo, que es la casa de Dios, es el lugar donde él desea
especialmente ser adorado y reverenciado de un modo particular, ya que allí se encuentra
sacramentalmente presente.
Continúa el pasaje del evangelio diciéndonos que «Todos los día estaba Jesús en el Templo
enseñando». El Señor fue al Templo a enseñar. Jesús inauguró un nuevo culto, ese culto
donde la palabra es prioritaria.
Jesús valorizó la palabra por sobre los ritos, y nos enseña que el verdadero culto que Dios
espera de nosotros es la obediencia a su Palabra, y ese culto no se cumple en un santuario
sino en la vida de cada día.
Jesús aprovechó toda ocasión para enseñar a la gente la doctrina del evangelio, y nos
enseña a nosotros, que debemos alimentarnos de su palabra
Vamos a pedirle hoy a Jesús, que sepamos gustar de sus enseñanzas, que dediquemos
nuestro tiempo a escucharle a través de su evangelio y que busquemos en familia las
oportunidades para compartir su palabra con los que nos rodean.

LECTURAS DEL SÁBADO 19 DE NOVIEMBRE DE 2022


(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 20, 27-40


Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro,
Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano,
para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El
primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero.
Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer.
Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por
mujer?»
Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean
juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no
pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la
resurrección.
Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza,
cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él
no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él.»
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Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» Y ya no se
atrevían a preguntarle nada.

Reflexión
Los saduceos formaban una especie de movimiento o asociación, de la que formaban parte
las familias de la nobleza sacerdotal. Desde el punto de vista teológico eran
conservadores... rechazaban toda evolución del judaísmo. Por ejemplo permanecían
anclados en las viejas concepciones de los patriarcas que no creían en la resurrección... y
no admitían algunos libros recientes de la Biblia, como el libro de Daniel
Para atacar la creencia en la resurrección, los Saduceos tratan de ridiculizarla ¡aportando
una cuestión doctrinal que se discutía entonces, como era el caso de una esposa que lo
había sido de siete hermanos. Quieren demostrar con eso que la resurrección no tenía
ningún sentido.
En tiempos de Jesús, mientras los saduceos no creían en la resurrección, los fariseos,
pensaban en la vida de resucitados como simple continuación de su vida terrestre. Jesús
entonces, les dice a ambos, que la resurrección existe y supone un cambio radical.
Ese mundo de resucitados es un mundo donde la gente no muere más y donde entonces no
es necesario engendrar nuevos seres.
Al referirse Jesús al libro del Éxodo donde Moisés dice que el Señor es el Dios de
Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, aclara que Dios es un Dios de vivos.
Es la afirmación referida a una escritura no cuestionada por los saduceos, deja clara la
certeza de la resurrección. Si Abraham, Isaac y Jacob estuviesen muertos, esas
afirmaciones serían irrisorias.
Nuestros difuntos son unos «vivientes», viven «por Dios».
Y para tener esa fe, es preciso «creer en Dios». Es preciso creer que es Dios quien ha
querido que existiésemos, quien nos ha dado la vida. Es preciso creer que es Dios quien ha
inventado la maravilla de la «vida»; quien llama a la vida a todos los seres que Él quiere
ver vivos. Dios no desea encontrarse un día solamente con cadáveres y cementerios.
¿Cómo será esa nueva vida a la que nos llama?
No lo sabemos. ¡Es preciso confiar!
¿Acaso somos capaces de comprender todo lo creado por Dios?
¡Hay tantas maravillas inexplicadas en la creación!
Por eso más que preocuparnos por pensar cómo va a ser nuestra resurrección, ocupémonos
más bien de agradar a Dios mientras tenemos este corto paso por el mundo y ¡creámosle a
Él!, cuando nos habla de las maravillas que el Padre tiene preparadas para quienes le aman.
Pidámosle hoy a María a ella que fue capaz de creerle a Dios como ninguna otra criatura
humana,- también como nosotros sin «entender» todo-, que nos ayude a vivir de cara a
Dios para merecer un día esa resurrección prometida.

LECTURAS DEL DOMINGO 20 DE NOVIEMBRE DE 2022


(34ª Semana. Tiempo Ordinario)
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+ Lucas 23, 35-43
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros:
¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!»
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían:
«Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!»
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos.»
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías?
Sálvate a ti mismo y a nosotros.»
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma
pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no
ha hecho nada malo.»
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino.»
Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

Reflexión
En este domingo de la trigésimo cuarto domingo del tiempo ordinario, festividad de Cristo
Rey.
La fiesta de Cristo Rey, corona el año litúrgico como corona toda la historia universal.
Nuestra fe, reconoce a Cristo como el rey divino que instaura en el mundo la paz y la
reconciliación por medio del servicio de amor a los hermanos.
En la primera lectura el segundo libro de Samuel puede parecer intrascendente o un simple
referencia histórica a las raíces de un pueblo que se reconoce hijo de David.
Sin embargo, no es así.
Tiene un enorme contenido, reconocer que uno pertenece a un linaje concreto, con una
familia a la que está vinculado y un pueblo que se identifica.
Hoy celebramos a Cristo Rey y recordamos en esta lectura, un pueblo que supo
reconocerse bajo la tutela del rey David.
Y nos enseña a nosotros, que tal vez si nos reconociéramos con esa misma sinceridad
miembros vivos de este reino de Dios, muchas cosas podrían cambiar en nuestra sociedad,
y nuestra mirada también sería diferente.
Cuenta el Padre Martín Weichs, que no hace muchos se encontró una ilustración que data
de los primeros tiempos del cristianismo.
El dibujo, rayado en una piedra, muestra un burro colgado de una cruz y delante un
hombre.
La inscripción decía: Alexámenos, adora a su Dios.
Evidentemente esta burla quiso dejar en ridículo al cristiano Alexámenos, porque el que
adora un burro, tiene que ser él mismo un burro.
Y tengamos presente que el burro se lo tiene como un animal muy tonto.
El Evangelio de este Domingo también comienza con burlas.
Todos: tanto los jefes de los judíos, como los soldados romanos se ríen de Jesús.
Para ellos, ese rey sin vestido de seda, colgado de la cruz, sin palacio, sin sirvientes, sin
soldados, es... una caricatura.
Según su parecer, Jesús merece la inscripción irónica que hay sobre su cabeza: Jesús
Nazareno Rey de los Judíos. El famoso INRI que aparece en muchos crucifijos.
27
Y Jesús... no obligó, ni obliga a nadie a creerle o seguirlo.
Quien no quiso creer, podía seguir mirándolo como el hijo del carpintero, o burlándose de
él. Jesús no obliga a creer en él, pero tampoco se desvía de su camino por las ironías de la
gente.
Jesús con su ejemplo, nos enseña a nosotros, que queremos ser sus discípulos, que es
frecuente que cuando tratamos de tomar en serio la fé, nos encontremos con los que se
sonríen diciendo: qué tontería; con los que lo quieren ridiculizar.
Y tal vez, esas cosas a nosotros, nos hacen flaquear, pero el Señor nos enseña que tenemos
que seguir en nuestro camino hasta las últimas consecuencias.
Y en este evangelio hay un episodio que es un mensaje real de esperanza para todos
nosotros.
Durante su vida pública, Jesús evitó el que lo llamaran rey y huyó de la gente para no
serlo.
Sin embargo desde la cruz, cuando uno de los ladrones le dice: Acuérdate de mí cuando
llegues a tu reino; el Señor no niega su reino, y le contesta: Hoy mismo estarás conmigo en
el paraíso.
Este ladrón, había comprendido que Jesús vino como Rey para salvar a los demás, y por
eso estaba clavado en la cruz.
El trono de nuestro Señor fue la cruz, y su corona una corona de espinas.
El Reino de los cielos no es de este mundo, porque se maneja con valores que nos son
apreciados por nuestra sociedad. Pero es de este mundo en la medida que ya está entre
nosotros y tenemos el compromiso de vivir su justicia para hacer realidad el mensaje
liberador de Jesús.
El Señor reina sobre la cruz y desde la cruz; allí encuentra su supremo vínculo de unidad
toda la humanidad.
Los reyes de este mundo pasan inevitablemente al olvido, pero el reinado de Jesús no pasa
ni puede pasar. Penetramos a través de la cruz y de la resurrección del Señor en el misterio
de Dios.
Dice el prefacio de la misa de Hoy:
Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del Universo
A tu hijo único, nuestro Señor Jesucristo
Para que, ofreciéndose a sí mismo en el altar de la cruz
Como Víctima inmaculada y pacificadora,
Consumara el misterio de la redención humana Y sometiendo a su poder la creación entera,
Entregará a tu soberana grandeza:
El Reino eterno y universal,
El Reino de verdad y de vida,
El Reino de la santidad y la gracia, El Reino de la justicia, el amor y la paz.
Esta fiesta de hoy, fue especialmente instituida, para mostrar a Jesús como el único
soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios.
Cristo vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la
bondad y mansedumbre de el pastor.
Con este espíritu buscó Jesús a los hombres dispersos, a los hombres alejados de Dios por
el pecado.
28
Jesús, curó, Jesús sanó sus heridas. Jesús los amó y nos amó, dando por nosotros la vida.
Y Cristo como Rey viene para revelar el amor de Dios.
Por eso quienes queremos seguir a Jesús, debemos ser fermento y signo de salvación, para
construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario. Para construir un mundo
inspirado en los valores evangélico de la esperanza, de la Vida verdadera a la que todos
fuimos llamados.
Así es el Reino de Cristo, y cada uno estamos llamados a trabajar por él, para extenderlo.
Tenemos que hacer presente a Cristo en nuestro mundo.
Tenemos que poner al Señor de cara a quienes los tienen contra la pared o en un rincón de
su alma.
Tenemos la misión de afirmar, con nuestras palabras y con nuestras obras, que aspiramos a
hacer de Cristo un auténtico Rey de todos los corazones.
Pidámoselo hoy especialmente a nuestra Madre María, que seamos capaces de extender el
Reino de su Hijo

LECTURAS DEL LUNES 21 DE NOVIEMBRE DE 2022


(34ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 12, 46-50


Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera,
trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y
quieren hablarte.»
Jesús le respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y señalando con
la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que
hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi
madre.»

Reflexión
Jesús en su predicación, es rechazado por los jefes del pueblo, y seguido por mucha gente,
y el Señor ha formado una nueva familia, distinta de la familia natural, un nuevo pueblo. Y
esa familia de Jesús, está abierta a todos los que lo quieren seguir y aceptar la voluntad del
Padre.
El episodio de que nos habla el evangelio, ocurre cuando Jesús se halla rodeado de esa
nueva familia que eran sus discípulos, la gente que lo seguía. Hoy la familia de Jesús es la
Iglesia, de la que todos nosotros formamos parte desde nuestro Bautismo.
Cada uno de nosotros, somos familia de Jesús,.. pero el Señor nos dice que lo somos, en
tanto cumplamos la voluntad de nuestro Padre del Cielo.
Jesús se dirige a la gente y les dice que su madre y sus hermanos, son los que hacen la
voluntad del Padre. Y esas palabras son un elogio para María. Ella fue la mejor de los
discípulos del Señor, porque fue la criatura humana más obediente a la voluntad del Padre.
María dijo siempre Sí, a la voluntad de Dios.
Las palabras de Jesús, más que un desprecio a su Madre, son una ALABANZA, a quien
mejor ha sabido escuchar y poner en práctica la palabra del Señor.
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María es más madre de Jesús, por su obediencia a Dios, que por ser físicamente la Madre
de Jesús.
Y este evangelio, nos lleva a pensar en qué lugar estamos cada uno de nosotros.
En el momento de nuestro bautismo, nos hicimos Hijos de Dios y hermanos de Cristo,..
pero hoy ¿realmente seguimos siendo familia de Jesús?
Haber recibido el Bautismo, no es suficiente, para ser hermanos de Jesús, tenemos que
abrirnos al Espíritu Santo y abrazar con alegría la causa de Jesús y comprometernos con el
Reino.
Nos une un Padre común, y seremos sus hijos y hermanos de Jesús, si en cada momento de
nuestra vida, decimos como María, Sí, que se cumpla en mí tu palabra.
Vamos a pedirle hoy a ella, a nuestra Madre, que nos ayude a ser dóciles a la voluntad de
Dios, para hacernos merecedores a ser familia de Jesús.

LECTURAS DEL MARTES 22 DE NOVIEMBRE DE 2022


(34ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 21, 5-11


Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y
ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra
sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a
suceder?»
Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en
mi Nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca.» No los sigan. Cuando
oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes,
pero no llegará tan pronto el fin.»
Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes
terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y
grandes señales en cielo.»

Reflexión
Comienza hoy la lectura del último discurso de Jesús.
En estos pasajes, están mezcladas dos perspectivas: el fin del Jerusalén...
y el fin del mundo...-
La primera es simbólica respecto de la segunda.
El acontecimiento que Jesús tiene a la vista –la destrucción de Jerusalén- nos da una clave
para interpretar muchos otros acontecimientos de la historia universal.
En tiempos de Jesús, el Templo estaba recién edificado, incluso no terminado del todo.
Era considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. Sus mármoles, su oro, sus
tapices, sus artesonados esculpidos, eran la admiración de los peregrinos.
Se decía: Quien no ha visto el santuario, ése no ha visto una ciudad verdaderamente
Hermosa.
Y Jesús, profetiza su destrucción.
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En las palabras de Jesús se entrelazan tres cuestiones relacionadas entre sí: la destrucción
del Templo de Jerusalén, que va a ocurrir cuarenta años después cuando es arrasado por las
tropas del emperador Tito en el año 70; el final del mundo y la segunda venida de Cristo,
con toda su gloria y majestad.
En espera de que ocurran estas tres realidades, el Señor nos invita a vivir siempre unidos a
Él por los sacramentos y la oración
Los discípulos, al oír que Jerusalén iba a ser destruida, preguntan cuál será la señal que
anuncie este acontecimiento, ya que, para la mentalidad de los judíos de la época, esta
destrucción iba a coincidir con la del fin del mundo. Jesús les contesta a ellos y a nosotros,
con una advertencia: «No se dejen engañar», no se dejen llevar por los falsos profetas, ...
permanezcan fieles a Mí.
También hoy existen quienes pretenden engañarnos. Con frecuencia, falsos profetas tocan
a nuestra puerta y pretenden que dejemos al Señor por otros objetivos. Muchas veces
somos tentados a modificar nuestra fe o nuestra doctrina.
Jesús nos previene que estos falsos profetas se presentarán afirmando que son el Mesías y
anunciando que el tiempo está cerca. El Señor nos advierte de que no confundamos
cualquier catástrofe - hambres, terremotos, guerras- con las señales que anuncian el fin del
mundo. Estas ruinas, explica Jesús, prefiguran el fin de los tiempos, pero no indican su
inminente cercanía. La ruina del Templo de Jerusalén tuvo sus signos propios y ocurrió a
los pocos años de ser anunciado por el Señor. El fin del mundo, en cambio, permanece en
el secreto de Dios, y el tiempo de este acontecimiento final ni siquiera Jesús quiso
revelárnoslo.
La enseñanza práctica que nos deja el evangelio de hoy nos debe llevar a no preocuparnos
por el momento del fin del mundo, ni aún el fin de nuestras vidas, sino de ocuparnos de
vivir constantemente cerca de Jesús, frecuentando los sacramentos y cumpliendo sus
mandamientos.
Pidamos a María, nuestra Madre, que nos ayude a perseverar en la verdadera fe, y que por
más que falsos profetas se presenten en su nombre, no abandonemos nunca el camino del
Señor.

LECTURAS DEL MIÉRCOLES 23 DE NOVIEMBRE DE 2022


(34ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 21, 12-19


Jesús dijo a sus discípulos:
«Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los
llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que
puedan dar testimonio de mí.
Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una
elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.
Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a
muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni
siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas.»
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Reflexión
Jesús prepara en este pasaje del evangelio a sus discípulos para las pruebas. Muchos de
esos hombres murieron mártires.
Hoy en nuestro tiempo y en nuestros países, son pocos los que sufren martirio.
Sin embargo, mártir quiere decir «Testigo» y cada uno de nosotros tiene muchas
oportunidades de dar testimonio de Cristo, y eso es lo que el Señor nos pide en el
Evangelio de hoy. Nos pide ser valientes, ser capaces de confesar a Jesucristo en nuestro
medio y en los ambientes que desarrollamos nuestras vidas delante de los hombres. Aún a
pesar de que el precio de confesar nuestra fe sean las persecuciones, que también se dan en
nuestra época de una forma diferente, más encubierta que la que existía en tiempos del
Señor.
Si examinamos nuestra vida, veremos que hay muchas circunstancias en que tenemos
ocasión de confesar a Jesús y su Evangelio. La forma de hacerlo es con nuestro actuar,
manifestando con nuestros actos y con nuestra palabra oportuna, que somos cristianos. Es
usando en nuestro trabajo y en nuestra relación con la sociedad criterios y principios
verdaderamente cristianos.
El verdadero cristiano debe ser todo de Cristo. Su vida debe estar en todos sus ámbitos,
regida por los criterios del evangelio.
La fortaleza necesaria para vivir nuestra fe, nos la da Jesús a través de su Espíritu Santo
con su dones.
Para permanecer fieles a las exigencias de nuestra fe necesitamos fortaleza. Pío XII dijo
que él le tenía más miedo que a la acción de los malos, al cansancio de los buenos.
Para no cansarnos, para no ser tibios, para no dejarnos estar, el Señor nos envió en su
Espíritu la virtud de la fortaleza, que recibimos y renovamos con los sacramentos y la
oración. Por eso aunque estemos cansados, acudamos al Señor que nos espera en la
Confesión y en la Eucaristía, y volvamos a empezar. El triunfo lo conseguiremos con
esfuerzo. Sólo cuando somos perseverantes en la lucha podremos vencer.
Hoy vamos entonces a pedirle al Señor, que nos dé fortaleza para vivir nuestra fe.
Jesús resucitado nos asegura que si perseveramos en la fe, tenemos reservado un lugar en
el banquete celestial. Pero eso no significa que todo nos vaya bien siempre. Lo que el
Señor nos asegura es el triunfo final, la vida eterna.

LECTURAS DEL JUEVES 24 DE NOVIEMBRE DE 2022


(34ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 21, 20-28


Jesús dijo a sus discípulos:
«Cuando vean a Jerusalén sitiada por los ejércitos, sepan que su ruina está próxima. Los
que estén en Judea, que se refugien en las montañas; los que estén dentro de la ciudad, que
se alejen; y los que estén en los campos, que no vuelvan a ella. Porque serán días de
escarmiento, en que todo lo que está escrito deberá cumplirse.
¡Ay de las que estén embarazadas o tengan niños de pecho en aquellos días! Será grande la
desgracia de este país y la ira de Dios pesará sobre este pueblo. Caerán al filo de la espada,
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serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos,
hasta que el tiempo de los paganos llegue a su cumplimiento.
Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa
de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán
de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán.
Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria.
Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por
llegarles la liberación.»

Reflexión
Después de un siglo de ocupación romana, la revuelta que se estaba incubando terminó por
explotar, en los alrededores del año 60. En ese tiempo, los zelotes –que habían tratado de
arrastrar a Jesús a la insurrección- multiplicaron los atentados contra los ejércitos romanos.
El día de Pascua del 66, los Zelotes tomaron el palacio de Agripa. Todo el país se subleva,
y Vespaciano es el encargado de sofocar la revolución.
Luego el emperador deja a su hijo Tito encargado de terminar la guerra.
Jerusalén, la antigua fortaleza inexpugnable, está sitiada durante un año.
El 17 de julio del año 70 por primera vez después del exilio en Babilonia, dejan de
celebrarse sacrificios en el Templo.
Desde entonces, nunca más los ha habido.
Y Jesús profetiza con dolor esa destrucción de Jerusalén, y llora por ese pueblo – su pueblo
- pero da un mensaje de esperanza: Jerusalén será pisoteada por las naciones, hasta que se
cumplan los tiempos de las naciones.
¿Nosotros, compartimos esa esperanza?
Los psicólogos dicen que lo más característico del hombre de nuestra época es la ansiedad.
Hay más gente que se preocupa y angustia por un mayor número de cosas, que en
cualquier otra etapa de la historia humana.
Puede ser cierto este diagnóstico, pero esto ocurre porque fallamos en nuestra fe en Dios y
en su providencia.
No es que hayamos seriamente renunciado a nuestra fe. Intelectualmente seguimos
creyendo en Dios y en lo que Él nos enseña, sin embargo, nuestras obras nos llevan al
borde del ateísmo. Nuestra fe no es una fe activa ni operativa. Nuestras creencias no
impregnan nuestras actitudes y sentimientos.
Decimos que creemos que Dios es infinitamente poderoso, que ha creado y controla todo el
universo. También confesamos que Dios es infinitamente sabio y que sabe siempre que es
lo mejor para el cumplimiento de sus fines. Afirmamos que sabemos que Dios nos ama a
cada uno con un amor individual y personal, que busca siempre lo mejor para nosotros, es
decir, lo mejor para llevarnos a la unión con El para siempre.
Si sabemos todo esto ¿cómo podemos ser víctimas de las preocupaciones?
La única respuesta posible es que vivimos nuestras vidas a dos niveles. A nivel de la
oración, y las prácticas de piedad, vivimos la fe. A nivel de la actividad diaria, somos unos
ateos prácticos. Y por eso creemos que todo el peso del futuro recae sobre nuestras
espaldas.
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Preocuparse no es cristiano. La preocupación deshonra a Dios, porque presupone que Dios
no es providente, y no tiene las cosas bajo control. Que Dios no se interesa por mí.
Tenemos si, la obligación de ocuparnos.
Pero nuestra ocupación debe ser generosamente complementada por la esperanza. Si no se
convierte en preocupación. Nuestra confianza en Dios y en su constante y amoroso
cuidado no debe disminuir.
Pidamos hoy a María, a ella que supo vivir plenamente la ¨voluntad de Dios¨, que nos
enseñe a vivir ocupados de que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios, para que
podamos contemplar la segunda venida del Señor a nuestras vidas, habiendo sido fieles a
Dios y así poder compartir su Reino.

LECTURAS DEL VIERNES 25 DE NOVIEMBRE DE 2022


(34ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 21, 29-33


Jesús hizo a sus discípulos esta comparación:
«Miren lo que sucede con la higuera o con cualquier otro árbol. Cuando comienza a echar
brotes, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que
suceden todas estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca.
Les aseguro que no pasará esta generación hasta que se cumpla todo esto. El cielo y la
tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.»

Reflexión
Cuando vemos en los árboles los brotes, sabemos que se acerca el verano. El verano lo
manda Dios. El verano representa al Reino de Dios. Dios dispondrá el momento de la
llegada del Reino y a nosotros no nos está permitido conocerlo. Nosotros somos el
jardinero, que creemos en el verano y podamos la higuera cuando todavía no vemos los
signos del verano. Con esa poda la preparamos para que cuando llegue el verano brote y se
cubra de flores y de frutos.
Si el jardinero espera a ver los brotes tiernos y verdes del árbol, ya no podría podarlo, y
entonces el verano llegaría pero el árbol no dará fruto abundante.
Pero para podar, cuando todo está muerto, el jardinero debe creer, la poda exige tener fe en
la llegada del verano. Nosotros también debemos creer, debemos tener fe en la llegada del
Reino y así preparar nuestro corazón, cuando todavía no vemos señales de la cercanía de la
venida del Señor.
Podemos ver en esta higuera a los jóvenes.
Muchas veces, los padres, vemos que nuestros hijos están entrando en la lucha y en la
crisis de la adolescencia, que los hace sacudir, y no nos comprenden, se vuelven agresivos,
cambian hasta la manera de mirarse a sí mismos y de mirar la vida.
Frente a esa realidad, es tarde para comenzar la poda, la poda debe realizarse antes.
Ese momento es el momento en que debemos simplemente acompañarlos, ser respetuosos
y confiar en que el viento de la vida, sacudirá su follaje y arrancará muchas cosas.
En ese momento es cuando habiendo podado antes, debemos confiar en Dios, y tener fe en
nuestros hijos.
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Esa fe es la que nos va a permitir defenderlos de lo que viene de afuera, y a lo mejor,
podarlos un poquito para defenderlos de la exuberancia que les brota de adentro.
Hoy vamos a pedirle al Señor por todos los padres, para que sepan acompañar a sus hijos
en su crecimiento, para que sean capaces de podar a tiempo y después tengan confianza en
Dios y en su Reino.
Y vamos a pedir por los jóvenes para que descubran a Dios, para que descubran cómo Dios
actúa en sus vidas y en el mundo, y para conozcan también lo que Dios le espera de ellos
Cada uno de nosotros tiene su pequeña misión en la construcción del Reino, pidamos a
María, fiel servidora del Señor, y Madre nuestra que acompañe nuestro esfuerzo silencioso
en la construcción del Reino de su Hijo Jesús.

LECTURAS DEL SÁBADO 26 DE NOVIEMBRE DE 2022


(34ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 21, 34-36


Jesús dijo a sus discípulos: «Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la
embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre
ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.
Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir.
Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.»

Reflexión
En el último día del tiempo ordinario, cuando se cierra el último año litúrgico, el Señor nos
dice que tenemos que estar prevenidos. Mañana, con el comienzo del Tiempo de Adviento,
la Iglesia nos invitará a comenzar la preparación para la Navidad. Y parece que el pasaje
del evangelio de hoy nos va poniendo en clima con estas predicaciones del Señor sobre
nuestro comportamiento de todos los días.
Jesús nos exhorta a «no dejarse aturdir por los excesos y las preocupaciones de la vida».
No es nada raro ni difícil que suceda. La urgencia de los asuntos temporales, que por un
lado no pueden descuidarse ya hay que ocuparse con esmero y dedicación, puede incidir en
el descuido de nuestra vida espiritual y de nuestra labor de apóstoles del Señor.
Hay cosas de las que no podemos prescindir en nuestra vida física, y otras que también son
absolutamente imprescindibles para nuestra vida del alma.
El Señor nos dice en el Evangelio: «Estén prevenidos y oren incesantemente». ...
Si no rezamos, si no rezamos con frecuencia, no nos debemos extrañar que nuestra vida
espiritual vaya desfalleciendo. De que se vaya asfixiando por nuestras preocupaciones,
desorientada por nuestra visión meramente natural.
Si no rezamos de continuo, no nos puede extrañar que a veces sintamos pesados nuestros
pies y frío nuestro corazón. Entonces, no tendremos derecho a quejarnos cuando
descubrimos que hemos perdido el entusiasmo por nuestros ideales, y ha desaparecido toda
ilusión en el cumplimiento de nuestros deberes de hijos de Dios.
Orar es hablar con nuestro Padre Dios. Y la oración nos libera de las cargas que nos
oprimen, ... de las limitaciones que nos anulan, ... de los defectos que nos amargan, ....
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No debemos caer en la tentación de eludir nuestra obligación y necesidad de orar,
absorbiéndonos con las obligaciones del trabajo. Si es cierto que tenemos la obligación de
trabajar, no es menos cierto que la oración es indispensable para nuestra vida. El tiempo
que dedicamos al trabajo debe ser la medida del tiempo que dedicamos a la oración.
A mayor tiempo de trabajo, mayor tiempo de oración. Solamente así vamos a conseguir
que nuestro trabajo sea fructífero para la vida eterna.
Si trabajamos sin orar, llegamos rápidamente al agotamiento y al cansancio desalentador.
Si oramos sin trabajar, nuestra oración pierde su eficacia.
Orar no es decir muchas palabras o pronunciar muchas fórmulas o rezos. Orar es ponerse
en presencia de Dios y hablarle con palabras sencillas, como son siempre las palabras que
brotan de un corazón sincero. Y finalmente, orar es hacer silencio en nosotros mismos para
escuchar la Palabra de Dios que nos habla en el fondo de nuestros corazones.
Vamos a pedir al Jesús como Samuel: Habla Señor que tu siervo escucha, y a María,
Señora del Silencio y de la Escucha, que nos enseñe a hacer silencio para poder dialogar
con el Señor.

LECTURAS DEL DOMINGO 27 DE NOVIEMBRE DE 2022


(1 ª Semana. Tiempo de Adviento)

+ Mateo 24, 37-44


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Así como sucedió en tiempos de Noé, así
también sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Antes del diluvio, la gente comía,
bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban,
sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del
hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será
dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.
Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por
cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y
no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados,
porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre».

Reflexión.
Hoy comenzamos el tiempo de Adviento.
El Adviento es una espera. Es un tiempo litúrgico que prepara la venida del Señor en la
Noche Buena. No es muy largo, ya que dura menos de cuatro semanas, desde hoy hasta
Navidad.
No es que el Adviento sea fundamentalmente un tiempo de penitencia, pero es un tiempo
de privaciones, como lo es cualquier tiempo de preparativos.
El Adviento es una espera activa. Somos invitados a preparar el ambiente y a disponernos
nosotros mismos para poder recibir en plenitud al que va a llegar.
Por eso este tiempo es tiempo para acompañar la vida. Nuestra memoria tiene guardados
muchos momentos de espera ya vividos, y la Biblia nos ha dejado muchos textos que
narran esperas cumplidas. La Iglesia en este tiempo de Adviento nos va a hacer reflexionar
sobre esas esperas cumplidas.
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Alguna vez quizás nos haya pasado de tener que caminar en la noche, y ver una luz en la
lejanía sin poder decir si está a unos pocos cientos de metros o nos faltan todavía
kilómetros para llegar a ella. En esta situación se encontraban los profetas del antiguo
testamento cuando miraban para adelante, en espera de la redención de su pueblo. No
podían decir, ni con una aproximación de cien años, cuando habría de venir el Mesías.
Sólo sabían con certeza que la luz que divisaban como un punto débil en el horizonte, se
ensancharía al fin hasta convertirse un día perfecto de pleno sol. El pueblo de Dios debía
estar a la espera.
Esa misma actitud expectante es la que tenemos que tener nosotros en nuestra vida. La
Iglesia nos alienta a que caminemos como pastores, en plena noche, vigilantes, dirigiendo
nuestra mirada hacia aquella luz que sale de la gruta de Belén.
Este tiempo de Adviento debe ser para nosotros un tiempo de atención y de oración.
Y en el evangelio, San Mateo nos recuerda los tiempos de Noé, en que poco antes del
diluvio la gente inadvertidamente seguía comiendo y bebiendo, el Señor representa el
estado de despreocupación y de insensibilidad de los hombres frente a lo sobrenatural. Y
estas circunstancias no corresponden solo a aquel entonces, ni son exclusivas tampoco del
momento actual. Son de siempre. Pero el Señor nos predice que así como fue en tiempos
del diluvio, así será el final del mundo.
El tiempo final para el mundo o para cada uno de nosotros, se cumplirá en un momento
inesperado, sorprendiéndonos a cada uno en lo que estamos haciendo, sea bueno o malo. Y
es tentar al Señor esperar al último instante para cambiar nuestra disposición.
El Señor dice que de dos hombres que estén en el campo, o de dos mujeres que estén juntas
moliendo trigo, una será tomada y la otra no. Jesús nos enseña que en medio de los
trabajos más corrientes de la vida, las labores en el campo, los trabajos en casa, etc.- tiene
lugar el llamado de Dios y la respuesta del hombre. Se decide allí el destino final de cada
uno de nosotros. Para alcanzar la vida eterna no hacen falta condiciones o circunstancias
extraordinarias de la vida. Sólo basta ser todos los días fieles al Señor en medio de nuestra
vida y nuestro trabajo normal.
Y agrega Jesús: Por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor.
La consecuencia que saca el mismo Jesucristo de esta revelación sobre el final de los
tiempos es que todos nosotros, como cristianos, debemos vivir vigilantes cada día, como si
fuera el último de la vida.
Lo importante no es elucubrar sobre cuándo y cómo serán los acontecimientos últimos,
sino vivir de tal forma que nos encuentren en gracia de Dios.
En este día de comienzo del Adviento, vamos a proponernos a utilizar todos sus días como
preparación para la venida del Señor. María, nuestra madre nos va ayudar a mejorar y a
acercarnos más al Señor. Junto a ella nos será fácil disponer nuestra alma para que la
llegada del Señor no nos encuentre dispersos en otras cosas, que tienen poca o ninguna
importancia ante Jesús.

LECTURAS DEL LUNES 28 DE NOVIEMBRE DE 2022


(1 ª Semana. Tiempo de Adviento)
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+ Mateo 8, 5-11
Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión, rogándole: «Señor, mi sirviente está en
casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente.» Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo.»
Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que
digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un
oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: Ve, él va, y a otro:
Ven, él viene; y cuando digo a mi sirviente: Tienes que hacer esto, él lo hace.»
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he
encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. Por eso les digo que muchos vendrán de
Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino
de los Cielos.»

Reflexión.
Este relato de la curación del siervo del centurión, nos muestra que la fé en Jesús no está
destinada sólo a los judíos. El centurión era un soldado romano, que nos muestra aquí una
sólida fe en Jesús.
En este caso, no llevan al enfermo ante Jesús y ni siquiera el centurión va a pedirle en
forma personal a Jesús que cure a su siervo.
Es más, cuando le piden a Jesús por el enfermo, el Señor, para dar satisfacción al pedido,
se dirige a casa del centurión. Pero antes de llegar, este soldado le hace decir: ¨Señor, no te
molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso, ni siquiera me
consideraré digno de salir a tu encuentro. ¡Mándalo con tu palabra y que quede sano mi
criado!¨.
Éstas palabras del centurión, fueron rescatadas por la liturgia, que nos invita a repetirlas
antes de la comunión cuando decimos: ¨Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero
una palabra tuya bastará para sanarme¨.
Cada vez que nos acercamos a comulgar, y nos presentan al ¨cordero de Dios que quita los
pecados del mundo¨, repetimos la confesión de fe de aquel centurión anónimo que pasó a
la historia porque percibió en Jesús un poder superior,... el poder de Dios.
Fue capaz de reconocer ese poder divino, por encima del poder humano que ese centurión
representaba.
Y ese hombre no se sintió digno, ni tan siquiera de pedirle a Jesús el favor en forma
personal. Se lo hizo pedir a aquellos que le eran más cercanos naturalmente al Señor; los
ancianos-judíos- de Cafarnaún.
El centurión se nos muestra humilde... y es precisamente esa humildad la que le permite
tener fe.
Y es por esa fe, que reconoce el poder de Jesús.
Ese centurión percibe que Jesús tiene un poder superior y que no necesita tan siquiera
acercarse al enfermo para curarlo. Sólo tenía que decirlo y así sería.
Y Jesús quedó admirado de la fe de este hombre y produjo el milagro.
Jesús puede hoy también sanar nuestras dolencias físicas y morales; sanar a quienes nos
rodean. Tal vez si no hace el milagro se debe a que no tenemos esa ¨fe¨ y esa humildad que
mostró el centurión.
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Pidámosle hoy con confianza a nuestro Señor que nos regale una fe en su poder, como la
del centurión.

LECTURAS DEL MARTES 29 DE NOVIEMBRE DE 2022


(1 ª Semana. Tiempo de Adviento)

+ Lucas 10, 21-24


En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo:
«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios
y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como
nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»
Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos:
«¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! ¡Les aseguro que muchos profetas y reyes
quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!»

Reflexión.
San Lucas, en el Evangelio narra que el Señor dice:
Yo te bendigo Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has
mostrado a los pequeños
Estas palabras de Jesús al Padre, están dichas cuando los setenta y dos discípulos volvieron
contentos y le dijeron que hasta los demonios se les habían sometido en el nombre de
Jesús.
Jesús les dice que estén alegres porque sus nombres están escritos en el cielo.
Y entonces Jesús da gracias al Padre, porque ha ocultado esos misterios del Reino a los
sabios y poderosos y se los ha descubierto a los pequeños.
El Señor nos habla en este Evangelio de un ocultamiento y de una revelación, ambos,
ocultamiento y revelación queridos por el Padre. A Dios no lo conoce el que quiere sino
que lo conoce aquel a quien Él se le da a conocer.
Hay conocimientos de las cosas del mundo, y esas cosas las conocen los sabios y los
prudentes, pero el conocimiento de las cosas de Dios, las comunica Dios a los que quiere.
Los más grandes misterios del Reino de Dios son revelados a los sencillos y a los
humildes, a los pequeños. Vale decir, a los que se tienen por pequeños, pero que en
realidad son los únicos grandes en la presencia de Dios.
En cambio, lo más escondido del amor de Dios queda oculto para los soberbios, para los
que a sí mismos se tienen por sabios y poderosos.
Ya en los tiempos de Jesús los escribas y los fariseos, por su soberbia y autosuficiencia, no
alcanzaron a comprender que Jesús era el Mesías, y en cambio los apóstoles, sencillos y
pobres, hombres del pueblo sufrido, sin mayor cultura, de humilde corazón, que no
presumían de sí mismos, porque no tenían de que presumir, tuvieron acceso a las íntimas
conversaciones y trato con el Señor.
Es que la sabiduría del mundo no basta para conocer los secretos y los misterios de Dios.
Si queremos entrar en el corazón del Señor, debemos dejarnos llevar por el amor, por la
acción del Espíritu Santo.
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Podemos imaginarnos la gente que seguía a Jesús. Era un pueblo que a fuerza de soportar
humillaciones había aprendido a ser humilde, y esa humildad los transformó en un pueblo
creyente. La humildad es condición necesaria para la fe.
Esa humildad tiene su origen en la humildad de Cristo
Este evangelio nos exhorta a esforzarnos por ser sencillos de corazón. Sólo así se nos
revelarán las cosas del Reino.
Sólo en los corazones sencillos, pueden penetrar en nosotros las cosas de Dios. Si en
nosotros gana el orgullo o la soberbia, con seguridad, no nos será dada la sabiduría de
Dios.
Porque las cosas de Dios no se entienden con criterios puramente humanos, sino por la fé.
Y la fé es un don de Dios.
El Señor nos muestra además, una consecuencia de la humildad: la infancia espiritual. Así,
dice Jesús en otro lugar del evangelio: «En verdad les digo que si no se convierten y se
hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos». Pero la infancia espiritual no
es sinónimo de debilidad, de flojera o de ignorancia.
La infancia espiritual no está reñida con la fortaleza, porque exige voluntad, madurez y
carácter. Hacernos niños significa renunciar a la soberbia y a la autosuficiencia, reconocer
que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia y del poder de nuestro
Padre Dios para aprender a caminar y a perseverar en el camino. Ser pequeño exige
abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños y pedir como piden
los niños.
Se trata de ser sencillos, sin complicaciones. Sin tener un corazón lleno de laberintos.
Mostrarse a los demás tal cual uno es. Olvidarse de tratar de quedar bien en forma
permanente. Tener sencillez en la inteligencia para aceptar las verdades del Señor. Tener
sencillez en la lengua, para hablar de Dios sin vergüenza.
Ser sencillos en las obras, para mostrar con ellas nuestro amor.
Dice el Salmo que Dios resiste a los soberbios y a los humildes les da su gracia. El Señor
no cambia sus modos de obrar, sigue hoy ocultándose a los soberbios y sigue revelándose
a los humildes.
Pidamos hoy a María que interceda ante su hijo para que nos conceda a cada uno de
nosotros un corazón manso y humilde como el de Jesús

LECTURAS DEL MIÉRCOLES 30 DE NOVIEMBRE DE 2022


(1 ª Semana. Tiempo de Adviento)

+ Mateo 4, 18-22
Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón,
llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran
pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.
Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su
hermano Juan, que estaban en la barca de Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús
los llamó.
Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.
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Reflexión
Este tiempo de adviento es tiempo de alegría y de preparación para el advenimiento
especial de Jesús a nuestra alma el día de Navidad.
Dos aspectos distintos marcan al tiempo de adviento: la alegría porque esperamos el
Nacimiento del Redentor, y la penitencia y conversión que hacemos para prepararnos para
recibirlo.
Y hoy celebramos la fiesta de San Andrés, apóstol, y pedimos al Señor, especialmente que
llame hoy también a muchos jóvenes a seguirlo desde el sacerdocio y la vida consagrada
Jesús no es un profeta solitario, que deja alguno que otro discípulo y desaparece. Él
pretende formar una comunidad que siga anunciando el reino de Dios; que proclame la
salvación hasta que él vuelva a recoger a los suyos. Y ¨quiere¨ asociar a otros hombres a su
obra. Él los llama y ellos, dejándolo todo, lo siguen sin dudar.
Llama a los que quiere... Quien elige es Jesús, Jesús que llama,... Jesús que invita a
seguirlo.
Y ellos... podrían haber dicho no, o ponerle condiciones.
La mayoría de los primeros, de los doce, ya habían tenido contacto con Jesús, y aun
cuando todavía con limitaciones creen en Jesús.
Van a vivir con él, dejando su pueblo, su familia, su trabajo. Y ya no retrocederán. Para
ellos no hay marcha atrás. La misión de Jesús va a ser su misión. Ya han comprometido su
vida.
¿Y nosotros? Todos los cristianos estamos también llamados por el Señor a ser pescadores
de hombres, a anunciar la Buena Noticia del reino. Nuestra vocación apostólica parte de
nuestro Bautismo y Confirmación, por eso los laicos estamos llamados a dar testimonio.
Pero hay otros hombres a los que el Señor llama «especialmente» a dejarlo todo para
seguirlo y ser pescadores de hombres. Esos hombres reciben de Dios esa «vocación». La
vocación no se inventa, se recibe de Dios.
Tal vez Pedro y Andrés, estaban distraídos en sus ocupaciones y no esperaban lo que iba a
suceder y sucedió, que el Señor los llamó.
¡Así es Dios!, sorpresivo en sus llamados. Y es absolutamente libre de llamar a quien
quiera, dónde Él quiera y como Él quiera.
Y ese llamado, esa vocación, es en primer lugar para estar al lado de Jesús, para gozar de
su intimidad. Sólo después se puede salir a «pescar» hombres, porque se necesita
compartir el gozo de estar junto a Jesús, atrayendo otros hombres hacia Él. Nadie nace
pescador de hombres, es el Señor el que hace pescadores de hombres. Y es un oficio que
hay que aprender como cualquier otro.
La vocación es un llamado que tenemos que saber escuchar, que tenemos que distinguir.
Es tarea de todos, ayudar a nuestros jóvenes a discernir su vocación y apoyarlos totalmente
si esa vocación es seguir al Señor desde el sacerdocio.
Aproximadamente treinta años después de esta escena que relata el evangelio, Andrés pago
con su sangre la fidelidad a Jesús, por quien se apasionó este joven.
El instrumento de su martirio fue una cruz en forma de aspa conforme cuentan los
antiguos. Al ver la cruz cuentan que Andrés exclamó:
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¡Salve, Cruz bendita! Mereciste tanto esplendor y belleza por los miembros sagrados del
Señor, que te tocaron. Por ti el Señor me rescató. Por ti llegaré donde Él está ahora.
Hoy vamos a pedirle a María, que seamos capaces de reconocer el llamado del Señor y no
dudar en dejar todo y seguirle.

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