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Actividad Asincrónica 2°i PL

El cuento 'Esa cosa al final de la escalera' de Ray Bradbury narra la historia de Emil Cramer, quien regresa a su pueblo natal y enfrenta sus miedos infantiles relacionados con una entidad aterradora que lo acechaba en su casa. A medida que explora su antigua vivienda, recuerda su infancia y la angustia que sentía por la presencia de esta 'cosa', que simboliza sus temores y traumas no resueltos. La historia culmina en un enfrentamiento con sus miedos, donde Emil busca respuestas y confronta su pasado.
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Actividad Asincrónica 2°i PL

El cuento 'Esa cosa al final de la escalera' de Ray Bradbury narra la historia de Emil Cramer, quien regresa a su pueblo natal y enfrenta sus miedos infantiles relacionados con una entidad aterradora que lo acechaba en su casa. A medida que explora su antigua vivienda, recuerda su infancia y la angustia que sentía por la presencia de esta 'cosa', que simboliza sus temores y traumas no resueltos. La historia culmina en un enfrentamiento con sus miedos, donde Emil busca respuestas y confronta su pasado.
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ACTIVIDAD ASINCRÓNICA 1: Leer cuentos

fantásticos
1- Leer el siguiente cuento de Ray Bradbury las veces que lo creas necesario y luego
resolver las actividades que se encuentran a continuación.

ESA COSA AL FINAL DE LA ESCALERA


DE RAY BRADBURY

Tenía que hacer trasbordo de trenes.


Al bajarse en Chicago, vino a descubrir que tenía cuatro horas de espera.
Pensó en visitar el museo; los Renoir y los Monet, siempre habían deleitado sus ojos y conmovido sus
espíritus. Pero está inquieto. L cola de taxis fuera de la estación lo hizo parpadear
¿Por qué no, pensó, tomar un taxi y viajar treinta millas al Norte, pasar unas hora en su pueblo natal, luego
despedirse por segunda vez en su vida, y regresar sin apuro al ten que lo llevaría a Nueva York, más feliz y
quizás más sabio?
Demasiada plata por el capricho de unas pocas horas, pero que cuernos importaba Abrió la puerta de un
taxi, metió la valija y dijo:
-Green Town, ida y vuelta.
El conductor insinuó una espléndida sonrisa y bajó la bandera del taxímetro, al mismo tiempo que Emil
Cramer se acomodaba de un salto en el asiento trasero y cerraba la puerta de un golpe.
Green Town, pensó, y...
Esa cosa al final de la escalera.
¿Qué?
Mi Dios, pensó, ¿qué me hizo acordarme de “eso” en esta apacible tarde de primavera?
Y fueron hacia el Norte, seguidos por las nubes, hasta parar en la calle principal de Green Town a las tres en
punto. Se bajó, le dio al taxista cincuenta dólares de depósito, le pidió que lo esperara, y levantó la vista.
La marquesina del viejo teatro Gense anunciaba en letras rojo sangre: DOS PELÍCULAS ESCALOFRIANTES: La
Casa Desquiciada y Doctor
Muerte. ANIMESE A ENTRAR, PERO NO INTENTE SALIR.
No, no, pensó Cramer, el Fantasma era mejor. Cuando tenía seis años, todo lo que él tenía que hacer para
dar miedo era ponerse rígido, girar, abrir la boca, y mirar hacia la cámara con su cara espectral. “Eso” era
terror.
Me pregunto, pensó, si fueron el Fantasma, más el Jorobado, más el Vampiro los que hicieron miserables
mis noches de infancia.
Y caminando por el pueblo, se rió quedamente del recuerdo...
De cómo su madre lo miraba por encima de su desayuno de cereales:
-¿Qué "pasó" durante la noche? ¿Lo "has visto"? ¿Estaba "allí", en la "oscuridad"? ¿Es muy alto? ¿De qué
color? ¿Cómo te las ingeniaste esta vez para no gritar y despertar a tu padre? ¿Qué, "qué viste"?
Mientras tanto, su padre, asomándose desde el abismo del periódico, los miraba a ambos y pasaba la vista
por la cinta de cuero para afilar navajas que colgaba cerca de la pileta de la cocina deseando ser usada.
Y él, Emil Cramer, de seis años, se sentaba allí, recordando el dolor punzante en su débil lomo de cangrejo,
si no llegaba al final de las escaleras a tiempo dejaba atrás a la bestia mounstrosa que acechaba en la
medianoche del altillo, y el alarido del último instante en que caía como un perro aterrorizado o un gato
escalado, para acabar destrozado y ciego al pie de la escalera gimiendo;
-¿Por qué? ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué me castigan? ¿Qué es lo que he hecho?
Y gatear, arrastrarse en la oscuridad del pasillo hasta alcanzar a tientas la cama y yacer en la agonía de las
aguas a puro estallar, rezando para que llegase el amanecer, cuando esa Cosa tal vez dejaría de esperarlo y
se conformaría con las manchas del empapelado, o sería aspirada por la rendija inferior de la puerta del
altillo.
Una vez había tratado de esconder una escupidera debajo de la cama. Cuando fue descubierta, fue hecha
añicos y desechada. Otra vez, usarla; pero las antenas de su padre lo captaron, lo escucharon; y se levantó
con una furia ensordecedora.
-Si, si, fue así-dijo- y caminó por el pueblo en un día que iba tomando color de tormenta. Llegó a la calle en
la que había vivido. El sol se apagó. El cielo era todo crepúsculo invernal. Contuvo el aliento.
Es que una gota de lluvia fría resbaló por su nariz.
-¡Mi Dios!-dijo riendo-. Aquí está. ¡Mi casa!
Y estaba vacía y en la vereda había un cartel que decía: EN VENTA.
Allí estaba su fachada protegida de la lluvia por tablones blancos, con un amplio vestíbulo en uno de los
lados y otro más allá, la sala donde él yacía con su hermano en la cama plegable, sudando las horas
nocturnas, mientras los demás dormían y soñaban. Y a la derecha, el comedor y la puerta que conducía el
pasillo y a la escalera que subía a la noche eterna.
Se acercó a la senda que llevaba al pasillo lateral.
¿Esa Cosa, ahora, qué forma, qué color, qué tamaño había tenido? Tenía un rostro humeante, y dientes
cavernosos y los llameantes ojos infernales del sabueso de Baskreville ¿Alguna vez susurró algo, murmuró
algo, o simplemente gemía?
Después de todo, esa Cosa no había existido nunca en realidad ¿No es cierto?
¡Era exactamente por eso que el padre apretaba los dientes cada vez que clavaba la vista en esa rareza sin
agallas que era su hijo!
¿No podía ver el niño que el pasillo estaba vacío? ¡Vacío! ¿No se daba cuenta el endemoniado muchacho
de que era la maquinaria cinematográfica de sus propias pesadillas, dentro de su cabeza, la que proyectaba
esas neviscas centelleantes hacia arriba, a través de la noche, que terminaban derritiéndose en el aire
terrible?
Golpe tras golpe. Los nudillos de su padre le desgarraron la ceja para exorcizar al fantasma. Golpe tras
golpe.
Emil Cramer abrió enormes los ojos, sorprendido de haberlos cerrado.
Entró al pequeño vestíbulo.
Tocó el picaporte.
¡Dios mío!, pensó.
La puerta, sin llave, comenzó a deslizarse silenciosamente.
La casa y el oscuro pasillo aparecían vacíos y expectantes.
Empujó. La puerta se abrió aún más, con un delicado suspiro de sus goznes.
La misma noche que entonces había colgado allí sus cortinas funerarias aún llenaba el angosto ataúd del
pasillo. Olía a lluvias de otros años, y estaba lleno de penumbras que habían venido de visita y jamás se
marcharon..
Entró.
En ese preciso instante, afuera, comenzó a llover. El aguacero apagó el mundo. El aguacero empapó las
maderas del piso del vestíbulo y ahogó su respiración. Dio un paso más hacia la noche total.
Ninguna luz encendida del pasillo, tres pasos más allá...
¡”Sí”! ¡”Ése” había sido el problema!
Para ahorrar dinero, no dejaban nunca la maldita lamparilla encendida.
Para ahuyentar a esa Cosa, tenía que correr, saltar, agarrar la cadena y prender la luz de un tirón.
De modo que a ciegas y dándote contra las paredes, intentabas saltar.
¡Pero nunca encontrabas la cadena!
¡No mires para arriba!, pensaba uno. ¡Si “la ves” y si “te ve”! No, ¡NO!
Pero entonces, levantabas la cabeza y mirabas. ¡Y gritabas!
Porque esa Cosa oscura latía en el aire lista para derribarse sobre tu grito como la tapa de un sarcófago.
-¿Hay alguien en casa...?, -llamó suavemente. Un viento húmedo sopló desde arriba. Un olor a tierra de
sótano y polvo de altillo acarició sus mejillas.
-Estés lista o no -susurró- aquí voy.
Detrás de él, lenta y blandamente, la puerta de entrada se deslizó, enmudecida, hasta cerrarse por
completo.
Emil quedó inmóvil.
Luego se obligó a dar otro paso y otro más.
Y, ¡Dios mío! Sintió que se encogía. Se derretía de una pulgada a la vez, se hundía en la pequeñez, y hasta
sus facciones se achicaban y su traje y sus zapatos le resultaban demasiado grandes.
¿Qué estoy “haciendo” yo aquí?, pensó, ¿qué estoy “buscando”?
Respuestas. Sí. Eso buscaba. Respuestas.
Su zapato derecho tocó...
El pie de la escalera.
Se detuvo jadeante. Su pie retrocedió de un tirón. Luego, lentamente, lo obligó a tocar de nuevo el escalón
inicial.
Tranquilo. No mires hacia arriba, pensó.
¡Tonto!, pensó, si ésa es la razón por la que viniste. La escalera. Y esa Cosa al final de la escalera. Esa es la
razón...
“Ahora”...
Muy cuidadosamente levantó la cabeza.
Para mirar la oscura lamparilla hundida en su blanca fosa, muerta, seis pies encima de su cabeza.
Era tan inalcanzable como la luna.
Sus dedos temblaron.
En algún lugar entre las paredes de su casa, su madre sacudía en sueños, su hermano dormía envuelto en
pálidas mortajas, y su padre dejaba de roncar para... “escuchar”.
¡Rápido! Antes de que “se despierte”. ¡Salta!
Con un terrible resuello, pegó el salto. Su pie cayó sobre el tercer escalón. Su mano se extendió para
alcanzar la cadena de la luz, allí arriba.
¡Tira! ¡Una vez más!
¡Muerta! ¡Dios mío! ¡No hay luz! ¡Muerta! Como todos aquellos años perdidos.
La cadena se escurrió culebreando entre sus dedos.
Su mano cayó.
Noche. Oscuridad.
Afuera, la lluvia helada caía detrás de la puerta sellada de la mina
Abrió los ojos, los cerró, los abrió, los cerró, como si el parpadeo pudiera tirar de la cadena y encender la
luz. Su corazón golpeaba no sólo en su pecho, sino que en martilleaba en sus axilas y en su dolorida
entrepierna.
Tambaleó y cayó.
-No -gimió silenciosamente-. ¡Líbrate! ¡Mira!
Y al fin, alzó la cabeza para mirar arriba, al final, donde la oscuridad se yergue sobre la oscuridad.
-¿“Estás” ahí? –susurró.
La casa se inclinó sobre una enorme balanza, bajo su peso.
Alta en la medianoche una negra bandera, como un oscuro estandarte, plegaba y desplegaba su tela
funeraria, su crespón murmurante.
Recuerda que afuera es un día de “primavera”, pensó.
La lluvia golpeó apenas la puerta a sus espaldas, muy suavemente.
-¡Ahora! -susurró.
Y haciendo equilibrio entre las paredes frías y sudorosas, comenzó a trepar la escalera. -Estoy en el cuarto
escalón -susurró-. Ahora estoy en el quinto...
-¡Sexto! ¿Me oyes, allí arriba?
Silencio. Oscuridad.
¡Dios mío, pensó, corre, salta, sal a la lluvia, a la luz!
¡No!
-Séptimo. Octavo.
-El corazón le palpitaba bajo los brazos, entre las piernas.
Décimo.
Su voz temblaba. Respiró hondo y...
¡Se echó a reír! ¡Sí! ¡A “reír”!
Era como estrellar vidrio. Su miedo se hizo añicos, se desvaneció.
-Once -exclamó-.
-¡Doce! ¡Trece! -gritó-.
¡Maldita sea! ¡Al diablo contigo, si señor, al mismísimo diablo contigo! ¡Y catorce!
¿Por qué no se me ocurrió antes, a los seis años? ¡Simplemente saltar, reír, para matar esa Cosa para
siempre!
-¡Quince! -resopló, casi rebuznando de placer. Y el fantástico salto final-.
-¡Dieciséis!
Aterrizó. No podía dejar de reír.
Levantó el puño hacia el aire frío, sólido y oscuro.
Se le congeló la risa, se le atragantó el grito.
Aspiró toda la noche invernal.
-¿Por qué? -dijo el eco de una voz infantil desde abajo, venida de otros tiempos-.
-¿Por qué me castigan? ¿Qué es lo que he hecho?
Su corazón se detuvo; luego volvió a latir.
Sintió una convulsión en la entrepierna. Un disparo de agua hirviente se precipitó en torrente, entre sus
piernas, sacudiéndolas.
-¡NO! -gritó.
Por que sus dedos habían tocado algo...
Era esa Cosa al final de la escalera.
Que se preguntaba dónde había estado.
Que había esperado todos estos largos años...
Que él volviera a casa.

1- Indicar con V las afirmaciones verdaderas, con F las falsas y con D las dudosas.
a- Los recuerdos de la infancia de Emil son muy agradables.
b- Emil vuelve a Green Town porque tiene que hacer unos trámites.
c- La casa está casi abandonada y en venta.
d- En la casa lo espera su familia
e- Emil cree que ha superado sus miedos.
f- La cosa al final de la escalera es un monstruo que lo estaba esperando.
g- La cosa al final de la escalera es producto de su imaginación.

2- Señalar con un  la o las opciones correctas para completar las oraciones.


a. Emil Cramer recuerda…
 a esa cosa al final de la escalera.
 a sus amigos del barrio.
 el miedo que le producía su padre.
 las cenas familiares.
b. El padre de Emil lo retaba porque….
 se escapa del colegio.
 se levantaba a la noche para ir al baño.
 consideraba que era irrespetuoso.
 tenía demasiada imaginación.
c. Emil cree que puede vencer a la cosa…
 gritando que no existe.
 con un anillo mágico.
 llamando a un cazafantasma.
 echádonse a reír.

3- Responder:
a. ¿Qué motiva a Emil a regresar a su pueblo?
b. ¿Por qué sus padres no dejaban la luz del pasillo encendida?
c. ¿Qué sucede cuando llega al final de la escalera?

ATENCIÓN!
Estas actividades deben estar resueltas en la carpeta y este archivo impreso y pegado, en hoja aparte.

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