HASTINAPURA
diario para el alma
Año 10, Número 58, Septiembre Octubre 2009
Índice
Editorial: Atención...................................................................................................1
Treinta y dos de diciembre.......................................................................................3
Enseñanzas de los místicos judíos: acerca del conocimiento y la acción................6
Enseñanzas de Meister Eckhart...............................................................................8
Evangelio del maestro..............................................................................................9
Convivencia...........................................................................................................11
Señor, hazme oír Tu Voz.......................................................................................13
Editorial: Atención
Muchas veces te he dicho, Corazón, que la Vida colabora con el despertar de tu
conciencia celeste; si la pierdes en banalidades, te pierdes en realidad tú mismo para lo
trascendente.
Es muy difícil dilapidarla estando solo; se te escurre como arena entre los dedos
cuando estás en compañía. En verdad, la compañía de los hombres derrama tu energía,
ellos te imponen sutilmente su voluntad y así pierdes la tuya. Hoy será la charla sobre
tal situación o acontecimiento de última hora; mañana una consulta sobre algo, una
invitación a cenar, a viajar. Ingenuamente, inconscientemente, irás vertiendo tus días en
odres sin fondo. Dios te reclamará luego por esas montañas de horas arrojadas al
abismo. Nada serio e imperecedero habrás construido, nada habrás hecho.
Prefiere la lectura de un buen libro a la charla inútil, riega una planta de Nuestro
Señor, da de comer a un pájaro, cultiva una huerta, antes que asociarte al charlatán que
nada te da, pero sí es mucho lo que te quita, puesto que te extrae de ti mismo para
ahogarte en cuestiones del mundo. Si no estás más alto, más elevado, más cercano al
último Sendero, es porque de tu tiempo has hecho un mercado de disparates... Hoy es
una película, mañana una obra de teatro, pasado una visita, un “amigo”, una compra... y
así te vas quedando desnudo de horas, lo cual equivale a desnudarte de sabiduría, de
coloquio silencioso con tu interioridad. Por el camino de tu tiempo muerto es Dios
quien muere en ti, puesto que no lo despiertas asociándote con la pureza de la soledad
que Él reclama para manifestarse.
¡Cómo te dejas convencer Corazón, con qué facilidad, por las compañías! Mas,
pesa lo que te dejan, mide lo que tú mismo das, y conocerás el rostro del abismo. Los
discursos te separan de tu esencia, te conectan con el viento de las palabras, te vacían de
Realidad. Tu naturaleza es ser gentil, y así caes, pues creyendo hacer el bien, lo que en
realidad construyes son caminos hacia tu propia perdición, y cuando te pierdes, es el
mundo entero quien se pierde en ti.
Debes estar siempre vigilante y atento. Esta última, la atención, es don de Dios a
los que anhelan su compañía. Sagrado báculo del caminante, con ella se detectan las
piedras y las espinas del sendero. Nadie pondrá sus pies sobre un zarzal: así, ningún
hombre atento perderá su camino en las ciénagas que se abren a su paso. La atención es
el vaso de oro donde se vierte el licor de la realización interior. Ninguna criatura de
atención dejará jamás de beberlo extasiada. Pero la atención de que te hablo, Corazón,
ha de ser ejercida por ti desde un principio, y para ello has de matar algunos miedos
diabólicos; el peor de todos, el temor a la soledad; más aún, el miedo a quedarte solo.
Imaginas que si te quedas así, como te digo, solo, te acoges a la muerte, y es cierto; te
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acoges a la muerte de la muerte, te acoges al fin de las sombras, de lo perecedero, lo
nefasto, te acoges a la abolición en ti de lo superficial y carente de esencia... Es ello lo
que teme tu mente inquieta, que arroja sus opiniones sobre tu ser, débil aún, instándole a
buscar salidas epidérmicas, haciéndose acompañar por algún payaso predilecto de este
gran circo al que llamamos mundo... “Todo es vanidad”, Corazón. ¡Aprende el arte de
quedarte solo contigo, que es estar solo con Dios Nuestro Señor! Sentirás al principio
repulsa y horror, querrás huir para guarecerte en los brazos del mundo y nada te causará
mayor espanto que el vacío de toda compañía. Pero luego, cuando hayas aprendido a
andar ese sendero, cuando seas perito en el arte de contentar tu espíritu con el espíritu...
¡Qué auroras se abrirán a tu paso, qué de luces, qué de cielo!
Conocerás la verdadera alegría, sabrás cuáles son las puertas de la felicidad. Lo
auténticamente bueno nace siempre de tu interior, y así, purificado en las aguas del
reencuentro, donde las voces de los otros no llegan, donde nada es sino tu propio
murmullo, sabrás Corazón que el Reino de los Cielos estaba en ti, y te parecerá pequeño
el sacrificio hecho por conquistarlo.
¿Qué te da la compañía de los demás? Muchas veces desazón y amargura. ¡No te
mientas a ti mismo! ¿Por qué los buscas, por qué te buscan? Uniones de palabras, de
gestos y sonrisas, tienen por base sentimientos superficiales. Di a tus amigos,
“recojámonos en el silencio, quedémonos sin hablar durante las horas que dure nuestro
encuentro”... y los verás huir despavoridos, como si se enfrentaran a un loco, y si no
huyen de ese modo, pues te darán excusas para irse marchando uno tras otro. No eras tú
quien les importaba, sino tu “clown”, tu máscara, tu superficie, tu nadidad... importaba
tu persona desnuda de tu esencia; y Tú, Corazón, eres esencia más que persona... ¿Con
qué, entonces, buscan comerciar tus amistades? Con tu intrascendencia. Es lo que
quieren de ti, el vacío de Ser, para cubrirlo con las sombras del parecer. Pero si estás
atento, Hijo querido, si te bañas en las aguas de la divina atención, no caerás en error, y
así irás concienciando poco a poco la gloria que se esconde en la vida del hombre
solitario, del que ha cambiado la riqueza de la compañía, por esa otra inmensísima
fortuna del que se tiene a sí mismo por mejor amigo. Esta última es la amistad que Dios
nos exige para ponerse a nuestro lado y alumbrarnos el camino del regreso a la Patria,
que perdimos precisamente cuando nos olvidamos que a Ella, es menester que
regresemos siendo Uno, habiendo dado muerte para siempre al desdichado infortunio de
la multiplicidad.
Del libro “La Paz del Corazón”
de Ada Albrecht
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Treinta y dos de diciembre
del libro "Cuentos para el Alma"
de Ada Albrecht
La mayoría de las veces, los hombres más inteligentes razonan como niños. Se
acepta como algo absolutamente natural que en esta Tierra nuestra existan Reyes y
presidentes, ministros y jueces, campesinos y pescadores. Sí, todo aquí, sobre la Tierra,
pero... digámosle a cualquier intelectual que en los mundos sutiles también existen
Reyes y presidentes como en la Tierra, y ministros, y campesinos, y los veremos sonreír
de modo escéptico, como si estuvieran escuchando las palabras de un paranoico.
Opinarán que toda esa jerga sobre los mundos sutiles es simple mitología ya trascendida
por el hombre de razón. Sin embargo, allende nuestras opiniones, en la corona de Dios
brilla majestuosamente el diamante de la Verdad, y la verdad es que nuestro
quasimódico orden, mal estructurado, defectuoso, es apenas un cómico remedo del
orden perfectísimo que existe en los mundos invisibles, mundos tan abstractos, tan
inverosímiles para nuestra razón que ni el más grande de los pensadores podría
imaginar. Cierta vez, desde ese mundo, descendieron a la Tierra las almas diamantinas
que lo habitan, y fue a causa de un santo... sí, esa vez, esa única vez. Yo les hablaré de
ello a todos ustedes.
Estas fueron las palabras introductorias del sabio Maestro Rama a sus discípulos
de Mahabalipuram. Comenzó entonces su narración:
Contaban los viejos sacerdotes del Ashram de Mathura que existió en él una
criatura humana realmente santa. Por regla general, escasísimos hombres pueden
entender eso de la santidad. Preguntad vosotros a cualquiera y escucharéis opiniones
como:
“Un santo es un hombre bueno”.
“Es aquel que se halla sumido en oración”.
“Es aquel que ama a Dios sobre todas las cosas”.
“Es el más puro de los hombres”.
“El ecuánime”... “el que todo lo perdona y todo lo comprende”... etc., etc.
En verdad, mis queridos discípulos, ninguno de ellos es un santo. En todo caso
se direccionan hacia la santidad. Por cierto, nosotros también, lo sepamos o no, nos
dirigimos hacia ella... La verdad es que el santo, se adueña de Dios. No sé si pueden
comprender lo que quiero decir; esto es, no lo busca, no lo piensa, no se purifica para
alcanzarlo. ¡Ay, ni siquiera podemos decir que lo Ama! Se halla tan poseído por Dios
que de modo misterioso e ininteligible para nosotros, meros andariegos del camino
espiritual, lo que sucede realmente es algo inverso: se halla tan poseído por Dios -como
digo- que Dios termina siendo, a su vez, posesión suya. Mueren los “tú” y “yo”, cesa el
dualismo y se pasa a la dimensión de la Verdad Brillante. Su luz no es para nuestros
ojos, porque de enfrentarnos a ella acabaríamos ciegos, que todo en esta vida tiene su
medida y tiene su tiempo.
Este santo del que os hablo se llamaba Kumar, y había nacido de padres ilustres.
La noche de su nacimiento, siete estrellas parecieron desprenderse de su altísima
morada para adornar la cuna del pequeño con sus rayos de luz. Hubo conmoción en toda
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la naturaleza. Temblaron las impenetrables raíces de las montañas y los árboles, en
pleno invierno, se cubrieron de dorados frutos. Los campesinos de la aldea donde
naciera Kumar juraban una y otra vez que escucharon hablar a los vientos, hablar a los
vientos con las aguas del mar, y hablar al mar con sus hijas la olas, y a los pájaros en los
pinares. ¿Fantasía?, ¿imaginación? La aldea donde naciera Kumar era extremadamente
pobre, pero, el mismo día de su nacimiento, se encontró en ella un tesoro real. La
riqueza, pues, cubrió a todos con su manto dorado, y desde las cumbres del Espíritu,
hasta los cuerpos manifiestos, se llenaron de regocijo y contentamiento.
A los diez años, y ya pasada su primera infancia plena de milagros, Kumar era
un niño encendido de sabiduría como un fuego de luz. Jamás se apartó de lo que él
llamaba “mi casa”, esto es, el Templo del Ashram. En Él vivía, dormía, comía, y
siempre hablaba con alguien a quien nadie veía. A veces, se reía a carcajadas, y otras
lloraba amargamente, razón por la cual, pensaban algunos, que se había convertido en
un loco, mientras otros guardaban silencio, recordando los extraños acontecimientos que
habían tenido lugar cuando naciera. Kumar nunca se casó, y para no hacerlo, la
simpática renunciación, esa dama que tanto atrae a los inocentes aspirantes del Sendero
no se encontraba en él. Seguramente estaba de visitas en la celda de algún anacoreta,
que luchaba todavía con el gigante llamado “Falta de Determinación”, el que a su vez es
hijo de un ilustre cojo: el Amor Imperfecto. En fin, que en esa afortunada aldea, donde
el oro parecía inacabable, y los bienes materiales infinitos, el único que vestía túnica
humilde, era Kumar, no porque la buscara, sino porque estaba tan lejos de su apariencia
personal, que ni recordaba que poseía una. Toda su vida era dialogar con Alguien dentro
del Templo, cantar a ese Alguien dentro del Templo, vivir, en fin, para ese Alguien.
Cierta vez, según cuentan, en que Kumar se alejó unos metros de su amado santuario,
persiguiendo a un cervatillo para alimentarlo, escucharon todos, dentro del recinto,
quejidos y llantos, como proferidos por una persona, al sentirse abandonada por un ser
inmensamente querido. Tal vez, éste haya sido el único pecado de Kumar, y la única vez
que se separó de su amado Templo, porque al escuchar el llanto de Alguien, regresó a su
alegre confinamiento, y nunca más se apartó de él. Llegado a los sesenta años de su
vestidura física, los habitantes del Ashram dejaron de escuchar la voz de Kumar. Se
acercaron entonces, ingresando al recinto, y allí presenciaron algo absolutamente
increíble. Un cortejo de seres luminosos, arrodillados ante el cuerpo de Kumar que
yacía a los pies de su Dios Narayana dialogaban apasionadamente:
“Como Rey del Cielo”, dijo el más hermoso de todos ellos, “me opongo
terminantemente a que este sea su último nacimiento. Creo que le será necesaria a esta
alma una vida más... o tal vez dos o tres. Porque si bien es cierto que abandonó su vida a
los pies del Señor, es cierto también que descuidó de manera imperdonable acercarse
fraternalmente a sus semejantes. Descuidó el amor por los más pequeños, y es algo que
deberá aprender renaciendo”.
“¡No!”, dijo otro de los Luminosos, que extrañamente poseía el rostro de un
simio (se trataba de Hanuman, el Dios de la Devoción). “Me opongo terminantemente a
que este ser perfecto regrese nuevamente a un cuerpo”. Y como los Luminosos no
lograban ponerse de acuerdo, tomó la palabra el Dios Yama, Señor de la Arcana
sabiduría, y dijo:
“Todavía le quedan unos minutos de vida. Hemos de decirle que el Rey de los
Cielos, Indra, cree necesario su regreso a la vida manifiesta. Eso sí, le daremos la
libertad de elegir el día que a él le plazca para tomar nuevamente forma humana”.
Interrogado Kumar sobre el particular, éste, sonriendo, dijo:
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“¿Me dais vuestra palabra de honor de que yo renaceré el día que os pida?”
“Sí”, dijeron a coro. “El Rey Indra, aquí presente, y toda su corte de ministros
celestiales, te prometemos que así será. Dinos en qué fecha quieres regresar a la Tierra,
y ese será tu día de nacimiento”.
“Entonces”, dijo Kumar, “debéis hacerme nacer el treinta y dos de Diciembre.
Escuchadme bien lo que os digo. El treinta y dos de Diciembre no es el primero de
Enero. Yo quiero nacer en la fecha que os digo”.
“¡Pero eso es imposible!” -exclamó el Rey Indra-, “porque no existe en el
calendario esa fecha que tú has elegido como día de tu futuro nacimiento”.
“Pues nazco el treinta y dos de Diciembre porque vosotros me habéis dado
vuestra palabra, y ese es el día que yo quiero tomar un nuevo cuerpo”.
Se alejaron entonces los Perfectos del Cielo para discutir el asunto. De todo se
habló, y cada quien expuso sus razones y soluciones a la diatriba que se les había
presentado, pero no hallaban solución al problema. Fue entonces que el sagrado lugar se
cubrió de una luz diferente a la de esos extraños y maravillosos seres que ya de por sí
poseían el sutil encanto que irradia la perfección. Alguien ingresó al Templo, y todos
cayeron a sus pies.
“¡Narayana! ¡Narayana!”, exclamaron, abrazando al recién llegado, que era
Mahavishnu, Señor del Universo.
“Hijos míos, tú, Indra, Rey de los Cielos y tu corte de ministros. Nunca podrán
hallar solución al problema que se os presenta, porque es tan perfecta el alma de esta
criatura, que hoy parte en su viaje hacia Mi corazón, que ni vosotros poseéis la
suficiente claridad como para daros cuenta del por qué el santo Kumar ha pedido nacer
el treinta y dos de Diciembre. Un Realizado sabe que esa fecha no existe. Por lo tanto,
lo que Kumar desea, y he venido a concedérselo, es nacer para la Eternidad. El treinta y
uno de Diciembre, Mi servidor, el Tiempo, se deshace de una de sus vestiduras, para
cubrir su cuerpo con un manto nuevo, el repetido manto de otro año. No interesa cómo
dividamos los meses o milenios en el cuerpo de los Soles, o aquí, sobre la Tierra. Lo
cierto es que el treinta y dos de Diciembre es el día en que se abren las puertas de Mi
alma para que un Hijo Mío regrese a Ella.
Y Kumar sonriendo, y emocionados los Devas1, y mudos de asombro los
habitantes del Ashram, vieron cómo se producía el milagro del único abrazo que buscan
las criaturas en tantos miles y miles de abrazos que se prodigan los unos a los otros: el
abrazo único de la Re-Unión del espíritu del hombre con Su Gran Adorado.
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Enseñanzas de los místicos judíos: acerca del conocimiento y la acción
por Claudio Dossetti
A continuación damos algunas enseñanzas de los místicos judíos concernientes
al camino espiritual y en especial a la forma en que el aspirante debe actuar a fin de
tornarse apto para la Comunión con Dios.
Según rezan las enseñanzas de los Maestros, el estudio cotidiano de las
Escrituras es uno de los principales medios para elevar el alma hacia los Planos Divinos.
Sin embargo, ello debe hallarse unido con las buenas obras, las cuales purifican mente y
corazón. Recordemos que también en la filosofía mística de la India se nos dice que el
aspirante espiritual no debe evitar realizar Karma Yoga, o Yoga a través de la acción, ya
que éste es un paso imprescindible para lograr la quietud mental. De otro modo existe el
riesgo de caer en la holgazanería y todos los males que ello acarrea. Sobre ello, Rabí
Iehudá Hanasí dice:
“El estudio de los Libros Sagrados debe complementarse con el trabajo, pues la
dedicación a ambos es lo que nos aleja del error. Todo estudio que no va acompañado
con un trabajo se torna improductivo, y finalmente conduce al camino equivocado”.
También con respecto a ello, el Rabí Ben Azariá decía:
“Aquel que posee un gran conocimiento y sabiduría, pero que es renuente a
realizar buenas acciones, se asemeja a un árbol con un gran follaje y una inmensa copa,
pero cuyas raíces son débiles. Apenas sople un viento el árbol perderá su sostén, y
caerá. Pero, aquel que hace el bien y se ocupa en buenas obras, aunque su sabiduría y
conocimiento no sean muy grandes, se asemeja a un árbol cuyo follaje es pequeño, pero
sus raíces son grandes y poderosas. Aunque todos los vientos de la Tierra soplen sobre
él, permanecerá inamovible, y crecerá.”
Los Maestros dan gran importancia no sólo a las obras que se realizan, sino
también a la intención que se halla detrás de ellas. Una acción realizada con un corazón
puro lleva en sí la semilla de la santidad, florecerá en el Cielo y sus frutos serán dulces
como la miel. En cambio, si detrás de una acción aparentemente buena se esconde el
interés personal, sus frutos serán amargos y sólo causarán dolor. Sobre ello Iehudá
Hanasí dice:
“Debemos tener presente siempre esta gran verdad: Dios considera nuestras
intenciones como si fueran realizaciones concretas.”
Con respecto al saber y su relación con el discernimiento y la rectitud en el obrar
Rabí Ben Dosá solía decir:
“En aquel que antepone su conciencia a su ciencia, su ciencia perdurará; pero, en
aquel que antepone su ciencia a su conciencia, su ciencia no perdurará.”
“Aquel en quien sus buenas acciones superan a su sabiduría, su sabiduría
perdurará; mas aquel en quien su sabiduría supera a sus buenas acciones, su sabiduría
no perdurará.”
Acerca de las personas que centralizan toda su vida en torno a los bienes
materiales y se olvidan de Dios, Rabí Ben Azariá decía:
“En verdad, si el ser humano no tiene pan, no podrá estudiar los Libros
Sagrados; pero... si no estudia los Libros Sagrados, ¿para qué come el pan?”
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Ben Zomá decía:
¿Quién es sabio?, sólo aquel que aprende de todos sus semejantes.
¿Quién es valiente?, aquel que domina sus pasiones.
¿Quién es rico?, aquel que es feliz con lo que posee.
El discípulo espiritual ha de atesorar como a su más preciada joya la oportunidad
de realizar una buena acción, y a su vez, debe evitar por todos los medios el realizar un
mal acto. Acerca del fruto de las buenas y las malas acciones, Ben Azai dice:
“Corre en pos de la buena acción, no importa si ésta es grande o pequeña, y
elude la trasgresión, pues una buena acción lleva a otra, y una mala acción acarrea otra.
En verdad, la recompensa de una buena acción es otra buena acción, mientras que el
castigo por una mala acción es otra mala acción”.
Si una persona se ocupa en demasía de las cuestiones del mundo, si
continuamente se halla a la caza de novedades, si realiza obras para “progresar en el
mundo”, indefectiblemente se alejará de Dios. Porque las fuerzas del ser humano
solamente se pueden dirigir en una dirección, no en dos. Sobre ello Rabí Meir decía:
“Trata de disminuir tus ocupaciones en el mundo y dedícate al estudio de los
Libros Sagrados, y sé humilde con todos tus semejantes”.
Hemos de tratar de guardar estas enseñanzas en lo profundo de nuestro corazón.
Leámoslas y recordémoslas una y otra vez, ya que el fin de la vida humana no es otro
que la Unión del alma con Dios. Enseñanzas como éstas son las barcas que nos
conducen hacia Él a través del vasto océano de la ilusión que habremos de cruzar
guiados por la brillante Luz de la Devoción.
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Enseñanzas de Meister Eckhart
Parte V
Meister Eckhart ha sido uno de los mayores místicos del medioevo europeo.
Sus enseñanzas trascienden la religión cristiana y pasan a formar parte de la
maravillosa sabiduría universal
que conduce a todos los hombres hacia la re-unión con su Padre Celeste.
Aquí hacemos una breve reseña de sus enseñanzas.
DE LAS OBRAS INTERIORES Y EXTERIORES
Si tienes defectos, pídele a menudo a Dios que te libere de ellos, si ello resulta
en Su honor, y si así Él lo quiere, porque sin Él, nada puedes. Si Él te libra de ellos,
agradécele; pero, sino lo hace, sopórtalo, no ya como la deficiencia de un pecado, sino
como una gran prueba por la cual has de merecer recompensa y practicar la paciencia.
Permanece satisfecho tanto si te otorga dones como si no lo hace.
Para concluir recordemos:
EN LA MEDIDA QUE ESTÁS EN DIOS, ESTÁS EN PAZ. EN LA MEDIDA
EN QUE ESTÁS LEJOS DE DIOS, NO ESTÁS EN PAZ. AQUEL QUE NO ESTÁ
MÁS QUE EN DIOS, TIENE LA PAZ. HASTA QUE PUNTO ESTÁS EN DIOS O
NO LO ESTÁS, RECONÓCELO POR EL HECHO DE TENER PAZ O NO
TENERLA. SI NO TIENES PAZ, ELLO SIGNIFICA QUE NO ESTÁS EN DIOS
PORQUE LA AUSENCIA DE PAZ VIENE DE LA CRIATURA, NO DE DIOS. NO
HAY EN DIOS NADA QUE TEMER. TODO LO QUE ESTÁ EN DIOS, NO PUEDE
MÁS QUE SER AMADO. DEL MISMO MODO, NO HAY NADA DE ÉL QUE
PUEDA PRODUCIR TRISTEZA.
El hombre que quiere comenzar una nueva vida o una nueva acción debe ir hacia
su Dios y pedirle con mucha fuerza y con toda su piedad que Él disponga lo mejor y
según lo que le parezca lo mejor y lo más digno: el hombre mismo no quiere ni busca su
propio bien, tan sólo la carísima Voluntad de Dios y ninguna otra cosa. Lo que entonces
Dios le envíe, que lo reciba directamente de Dios, que lo considere como lo que más
vale para él y que con ello se sienta total y plenamente satisfecho.
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Evangelio del maestro
"El método"
por Ada Albrecht
Como Maestro, me aferraré al método más infalible para enseñar a mis niños: se
halla en mi corazón, y es mi deseo de Servir al Hombre, con lo mejor y más puro de mí
mismo.
¿Qué es esa prisa metodológica, para que el niño aprenda cuanto antes a sumar,
a leer y escribir, siendo que nadie tiene la misma premura para que el pequeño aprenda
a amar, a observar, a dar?.
“Mis niños –dicen, con orgullo los Maestros- ya saben dividir por dos cifras, ya
leen de corrido”... Y agregan: “Es porque yo sigo tal método, que es más veloz, o tal
otro, que es más positivo”...
Pueda, Señor, yo decir: “Mi pequeño lee mal los libros escritos por los hombres
pero ama las leyes de la naturaleza, acaricia la rosa, se da todo entero por ayudar a quien
lo necesita”. Pueda yo decir: “Le enseñé a pensar, antes que a leer; desperté su Esencia
Inmortal, antes que el simple mecanismo de su inteligencia; y le enseñé a sentirse amigo
del hombre, hermano de la flor, discípulo eterno de la Verdad y de lo Bello”.
No. No llevará a la Escuela esa prisa de nuestro siglo veinte, de hacer la mayor
cantidad de cosas en el menor tiempo posible. Mi niño no es una máquina para que yo
acelere su rendimiento, no es una pieza de exposición para mostrarla a la ignorancia del
mundo, exclamando: “¡Tiene siete años, pero ya sabe lo que uno de once!”.
No seré mejor Maestro porque enseñe la mayor cantidad de cosas en el menor
tiempo posible. ¿Por qué se ha de ir a la Escuela sólo a aprender a leer en un cuaderno,
y no en el libro eterno de la Naturaleza, primer abecedario divino, Evangelio inmortal,
calco del Cielo? ¿Por qué sabrá mi niño cuál es la letra “a”, inventada por los hombres,
e ignorará el lenguaje del árbol, la ley de la semilla, la cartilla de la flor?.
¿Quién fue el primer equivocado que aseguró al hombre, con falsedad, que el
conocimiento empieza a ser hallado deletreando símbolos prefabricados y
convencionales? ¿Cómo nadie se da cuenta de que el símbolo suple la cosa que
representa, por ausencia de la cosa en sí? ¿Por qué deseamos la sabiduría, sino porque
no la poseemos? ¿Por qué en todo buscamos a Dios, sino porque no lo hemos hallado
todavía? ¿Por qué nos enseñan las letras a escribir la palabra “DAR”, a no ser para que,
viéndola formada ante nosotros, recordemos la misión a la que mil veces escapa nuestra
conciencia, poco sumisa a la Verdad? Pero si, dejando la palabra, llevara yo a mis niños
hasta el “DAR” de la Naturaleza, y les explicara cómo hasta el más robusto de los
troncos debe velar por la más diminuta de sus hojas, cómo la estrella “DA” su luz, y el
arroyo “DA” su agua, no haciéndoles ver todas estas cosas como si fueran un dulce
cuento, sino seriamente, a fin de que tomen conciencia de esta realidad, más inefable
que ninguna ¿no estaré acaso yo preparando en esos niños las alas del filósofo, no estaré
forjando en ellos un nuevo Sócrates para el mundo?
Muchos dirán: ¡Pero, si enseñamos también eso!... ¿No tienen los niños
Botánica, desde segundo grado? ¿No tienen Zoología? ...
También tiene en su flauta las siete notas musicales el ebrio que, con ella,
remeda malos sones; y no por eso es un artista. No es ésa la Botánica ni la Zoología que
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yo quiero enseñar. No quiero desmenuzar la flor para que mi niño sepa lo que es el
pistilo o el pecíolo, ni abrir la entraña de una rana para enseñarle la ubicación de los
riñones. Antes que ciencia, mi niño hará filosofía; y lo uniré al alma de las cosas, antes
que a los cuerpos donde ellas se cobijan.
Sabrá que el mundo es ideación divina, y mi misión primera será enseñarle a
respetar y admirar la Inteligencia que formó pájaro y rosal. Acariciará las cosas con
sentido respeto; y cuando se haya ubicado en ellas, con la plenitud permitida por sus
años, haré que eleve su mirada al Hombre, y le enseñaré a amarlo y defenderlo; y, por
él, a querer Ser, para ayudarlo, de tal modo que, sabiendo, de la mejor manera posible,
el lugar de cada cosa, fácil le sea encontrar en el fondo de su alma, ya crecida, el
misterio de Dios.
Yo sé que es mucho lo que pretendo hacer para mi niño. ¿Pero no soy, acaso, su
Maestro? Es menester, sin embargo, construirme previamente a mí mismo.
Pertenezco a un siglo presuroso, materialmente dinámico. El ingeniero ha
matado al filósofo y al poeta, la máquina ocupó el sitio del sacrificio y la acción. Niño
grande, el hombre envía sus naves espaciales tratando de conquistar y fraternizar otros
mundos, otras humanidades, cuando todavía, no aprendió a vivir en paz con su vecino,
ni sabe cómo conquistarse a sí mismo.
Como Maestro, tengo el deber de escapar, de salirme del tiempo, de apartarme
del presente y conquistar para mí –a fin de compartir lo conquistado con aquellos que
educo- los Valores Eternos, esos Valores florecidos en el Alma de Anaxágoras, que no
perdió la fe en su Idea, ni aun bajo el martirio que le infligieron los treinta tiranos; o de
Jesús, que supo morir por su Verdad; o de Gautama el Divino, que despreció el oro de
un Imperio, para vestir la túnica del anacoreta, y enseñar a los Hombres, que lo habían
olvidado, el Camino hacia la Luz.
Esa es mi responsabilidad. Porque soy Maestro de Hombres, mi voluntad ha de
ser fuerte como roca, inquebrantable, y, aun, inflexible con mis propios caprichos; de tal
modo, que la enseñanza y el método han de comenzar conmigo, si el éxito corona mis
esfuerzos, ofrecerlas al niño que me espera.
Yo probaré primero la medicina que pretendo dar al que es más débil. Yo me
haré sabio antes de enseñar el Camino a la Sabiduría. ¿No soy Maestro, acaso? Guío a
puerto seguro a cientos de navecitas vírgenes que surcan el océano de la Vida, siguiendo
el rumbo que yo, su timonel, les marco.
Es menester que conozcan primero la ruta, para poder enseñarla a los demás...
¡Abatan el casco de mi nave los furiosos vientos que nada comprenden de mi
Ideal! ¡Se agite el mar embravecido contra mi timón, buscando desviarlo! Yo le diré
que, con el último resto de madero que me quede, señalaré la ruta al que me siga. Todos
pueden caer, y todos fracasar; pero ¡jamás! Un Maestro.
Cuando un Maestro se vuelve, derrotado, el corazón del mundo cesa de latir; se
apagan las lámparas de la Vida Verdadera, tiembla en su trono la Verdad, se inquieta la
Justicia. ¡Ay, pobre de nuestra ciega humanidad, si en su sendero pierde el lazarillo que
la guía!
Tenga yo conciencia de esto, minuto tras minuto; piense en el Hombre que
duerme en mi niño y que yo construyo, y muera mil veces, con la más total de las
muertes, antes de tomar de la Escuela, sin estar preparado para transitarla.
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Convivencia
por Claudio Dossetti
¿Dónde comienza el camino hacia la realización de Dios? ¿Comienza tal vez con
una vida austera? ¿O con largas meditaciones? ¿Quizás con meticulosos razonamientos
filosóficos? ¿Comenzará, tal vez, con profundos estudios de los Libros sagrados? ¿Con
la continencia? ¿Con el vegetarianismo? ¿Con el Hatha Yoga? ¿O con el control de la
respiración? ¿Comenzará con el voto de silencio? ¿Dónde comienza el Camino hacia la
realización de Dios?
Comienza –nos enseñan los Grandes Maestros– con algo mucho más cercano a
cada uno de nosotros, pero, a su vez, mucho más difícil de realizar. Austeridades,
estudios, meditaciones, etc., etc., de nada valen sin haber alcanzado esa Joya Suprema
de la Espiritualidad. ¿Su nombre? CONVIVENCIA. ¿Por qué? Porque austeridades,
estudios, meditaciones, méritos acumulados, etc., etc., se destruyen completamente en
un instante de enfrentamiento con nuestros semejantes. Nada queda de nuestra vida
virtuosa en un solo segundo durante el cual no sepamos convivir con nuestros
hermanos.
“El Hombre es Dios en Esencia”, proclama mi lengua; “María es una engreída”,
dice mi corazón. “Todo este Universo es Dios”, reflexiona mi mente; “Pedro me trató
mal”, dice mi corazón. “Dioses sois y lo habéis olvidado”, enseña mi boca; “José es un
haragán que nunca trabaja”, dice mi corazón. Estos oscuros pensamientos sobre los
Josés, los Pedros y las Marías se llevan muy, muy lejos nuestras aspiraciones
metafísicas, tan lejos que casi las vemos como irreales. Tan sólo quedaron de ellas
algunas palabras huecas y sin substancia. ¡Tanto esfuerzo perdido a causa de unos pocos
pensamientos nacidos de nuestra incapacidad de convivir!
Claro es que debemos tener presente que “convivir” no significa “llevarse bien”.
Pensar de este modo sería algo bastante pueril. No es posible “llevarse bien” todo el
tiempo con todo el mundo. Si pensásemos así nuestro ideal sería convertirnos en
piedras; ellas nunca discuten entre sí. No. La convivencia es, ante todo, un trabajo
continuo, interno, paciente y personal que linda estrechamente con el desarrollo de las
cualidades discipulares en el corazón. De allí que los Guías de la Humanidad nos hayan
brindado por sobre todo enseñanzas tales como “el odio no cesa con el odio, cesa con el
Amor”, “amaos los unos a los otros”, “no malquieras a ser alguno”, “ama a tu prójimo
como a ti mismo”, ya que son ellas, y no otras, las que nos abren las puertas hacia la
realización de la Verdad.
Los seres humanos poseemos aristas con las cuales constantemente nos herimos
mutuamente. Tales aristas se van puliendo –no sin dolor– en la medida en que nos
relacionamos unos con los otros. Ello siempre sucede. Debemos colaborar con el
desarrollo espiritual de nuestros compañeros en el Sendero, debemos aprender a ayudar
y a servir del mejor modo posible. Tenemos que estar siempre pendientes de la
necesidad interna del otro. Hemos de tomar consciencia de que –lo sepamos o no– todos
en este mundo “transitorio y aflictivo” nos hallamos en búsqueda de nuestra Esencia
Espiritual, y es nuestra obligación como almas vivientes el colaborar con ese
develamiento en cuantos nos rodean. Esta entrega de nosotros mismos, por amor, a los
demás, es lo que se llama, en verdad, CONVIVIR. Ya que ese “vivir”, lejos de referirse
a la vida de este cuerpo efímero, se refiere a la VIDA REAL DE NUESTRA ALMA.
Año 10, Número 58, Septiembre Octubre 2009 11
HASTINAPURA
diario para el alma
Así, CON-VIVIR es CON-VIVIR EN DIOS, a quien descubro en mi hermano. Este, y
no otro, es el secreto de la convivencia.
Como Miembros de Hastinapura, debemos hacer nuestra esta Obra Sagrada de la
convivencia que abre el camino hacia la verdadera Paz, Felicidad y Bienaventuranza
Universal.
Que los celestiales Devas iluminen nuestros corazones para que podamos
transitar unidos por el Sagrado Sendero de la Fraternidad y el Amor Real.
Año 10, Número 58, Septiembre Octubre 2009 12
HASTINAPURA
diario para el alma
Señor, hazme oír Tu Voz
Por el Prof. Ing. Agustín Balbontín
Mi Señor… tu Voz nos llega a través de las edades, a través de una larga cadena
de maestros que se pierde en la noche de los tiempos, maestros que nos hablan en textos
milenarios, recordándonos nuestro divino origen, nuestra tarea sagrada y nuestro
glorioso destino.
Pero nuestros oídos están sordos para la grandeza que sus palabras encierran,
ofuscadas nuestras mentes por el resplandor del enjambre de miles de ideas y opiniones
de hombres nacidos en el seno del positivismo y la tecnología, que sólo buscan el
bienestar y la entretención, la posesión de bienes y la estimación, que den un atisbo de
emoción a sus vidas, y no morir de aburrimiento.
Tu Voz nos llega a través del Sol y de la belleza que esparciste sobre nuestro
planeta. Sus montañas majestuosas, sus frondosos bosques que se mecen al ritmo de las
brisas, ora al de los grandes vientos, sus enormes océanos y lagos y sus pequeños
charcos pletóricos de insectos, sus extensas llanuras verdes coloreadas por flores
multicolores y sus interminables desiertos de amarillas arenas obscurecido por el polvo
levantado por las ventiscas.
Tu Voz nos llega a través de la maravilla sin par de la infinidad de seres con que
poblaste nuestra tierra y el universo, seres con quienes compartimos la existencia en tan
disímiles paisajes, desde los grandes elefantes que con sus pasos hacen retumbar el
suelo de la abigarrada jungla hasta la grácil y juguetona mariposa que con sus vivos
colores y sus impredecibles zigzagueos atrae nuestra atención y alegra nuestros
momentos en el jardín de nuestra casa.
Pero nuestros oídos están sordos para tu Voz. Al contemplar el universo, en
lugar del permanente y divino sonido primordial, del dulce y vivaz canto de la
Eternidad, de la celeste música de las esferas, acuden a nuestra mente el caótico
estruendo del big bang que ciegamente engendra el universo y este sol y esta tierra, y la
interminable clasificación darwiniana de la vida y las especies en cuya cúspide
asentamos el trono de nuestra vanidosa concepción del hombre como corona
evolutiva… y Dios sigue lejos, muy lejos.
Tu Voz nos llega a través a veces desde lo más profundo de nuestra propia alma
en aquellos momentos en que algún suceso inesperado ha tronchado las alas de nuestros
sueños y proyectos… y estamos sumidos en la angustia, inseguros del suelo que
pisamos, o cuando la insatisfacción de la vida que llevamos corroe nuestra alma con su
tedio y su cansancio. Pero seguimos adelante sin escuchar, no nos detenemos ni siquiera
un instante para escuchar tu Voz. Seguimos adelante, llenando nuestros momentos con
la droga de las entretenciones que nos hagan olvidar y nuestra mente, con eruditos
conceptos que permitan una pseudo-explicación de esos ingratos estados del alma.
Y el tiempo se nos va, mientras así dormimos…
¡Oh, Señor bendito! Ten compasión de nuestra inconsciencia. Danos fuerza y
energía para despertar y estar atentos a tu Presencia, para aquietar el ruido ensordecedor
e incesante de nuestros pensamientos y así poder escuchar el suave murmullo de tu Voz
que nos llama desde lo Infinito.
Año 10, Número 58, Septiembre Octubre 2009 13
HASTINAPURA
diario para el alma
Mucho hemos leído, estudiado, pensado… mucho hemos creído, opinado,
afirmado o discutido, pero todo eso no es más que un juego, un deporte intelectual que
de nada sirve si no hemos despertado a tu Amor, a tu Ser, a tu Luz…
¡Oh, Señor bendito! Enciende nuestro corazón con el fuego de tu Santo Espíritu
y llénanos del deseo de encontrarte, de servirte en cada momento que vivimos, en cada
ser con que compartimos nuestro instante, en cada pensamiento que tenemos, en cada
palabra que pronunciamos.
Haz Señor, que cada momento de nuestra vida sea un canto de alabanza a la
gloria de tu Ser, único Ser de todo cuanto existe.
Año 10, Número 58, Septiembre Octubre 2009 14