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Junto A La Cruz

El documento reflexiona sobre la crucifixión de Jesús y su importancia en la fe cristiana, analizando las reacciones de diversas personas involucradas, como los líderes religiosos, la multitud, los soldados, y los discípulos. Se destaca el contraste entre el legalismo de algunos creyentes y la verdadera espiritualidad que se basa en la misericordia y el amor. A través de estas historias, se enfatiza la necesidad de reconocer a Jesús como Salvador y la transformación que su sacrificio trae a la humanidad.

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Junto A La Cruz

El documento reflexiona sobre la crucifixión de Jesús y su importancia en la fe cristiana, analizando las reacciones de diversas personas involucradas, como los líderes religiosos, la multitud, los soldados, y los discípulos. Se destaca el contraste entre el legalismo de algunos creyentes y la verdadera espiritualidad que se basa en la misericordia y el amor. A través de estas historias, se enfatiza la necesidad de reconocer a Jesús como Salvador y la transformación que su sacrificio trae a la humanidad.

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Junto a la Cruz

Charles Stanley

La crucifixión de nuestro Señor y Salvador es


fundamental para la fe cristiana, reflexionemos más
profundamente sobre el regalo maravilloso de lo que
Jesús hizo por nosotros

La crucifixión de nuestro Señor y Salvador es fundamental para la fe cristiana.

Reunimos aquí estos breves bosquejos de algunas de las personas que


estuvieron involucradas en lo que sucedió aquel Viernes Santo, con la
esperanza de que reflexionemos más profundamente sobre el regalo
maravilloso de lo que Jesús hizo por nosotros.

Los líderes religiosos

, muchas personas han enfrentado el temor y la crisis que se producen cuando


se pierde un empleo.

Los principales sacerdotes, los ancianos y los escribas lo habrían entendido.


Esa inquietante perspectiva los había estado preocupando durante tres años y
medio cuando Jesús comenzó a enseñar y contrastar su mensaje con el de
ellos
(Mt 5.20; 5:20 Porque os digo que si vuestra justicia no
fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no
entraréis en el reino de los cielos.
La Justicia de los escribas y fariseos era solamente
exterior, guardaban muchos preceptos, oraban, alababan,
ayunaban, leían la palabra de Dios y asistían a los cultos
de adoración. Sin embargo sustituían las actitudes
correctas del Espíritu, por las obras externas de la carne.-

Pero Jesús dijo que la justicia que Dios exige del creyente
es mayor.-
No tenemos que ser unos legalistas
LEGALISTA=Interés o tendencia a cumplir con minuciosida
de las leyes y sus formalidades.
Como cristianos tenemos que tener la sabiduría y el
discernimiento para poder separar el error de la verdad, la
mentira de la realidad, la luz de las tinieblas
Unos cristianos legalistas interpretan y aplican la Biblia como si fuese un código legal.

. En vez de eso, somos enseñados a ser misericordiosos unos con otros. “Recibid al
débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones.” (Romanos 14:1).

Tristemente y Lamentablemente, Existen cristianos que se sienten tan seguros de su


posición escatológica, de su teología, que te excluirán de su círculo, antes de permitirte
que expreses otra opinión.

Eso, también, es legalismo. Muchos creyentes legalistas de hoy cometen el error de


demandar solidaridad incondicional a sus propias interpretaciones bíblicas, y aún a sus
propias tradiciones.

Por ejemplo, hay aquellos que sienten que para ser espirituales, uno simplemente debe
evitar el tabaco, las bebidas alcohólicas, los bailes y el cine, etc. La verdad es que el evitar
esas cosas no es ninguna garantía de espiritualidad.

Vamos a leer Marcos 7:6 Respondiendo él, les dijo:


Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está
escrito: Este pueblo de labios me honra, Mas su
corazón está lejos de mí.
Los fariseos y los escribas eran culpables del pecado de
legalismo
El que es legalista sustituye con palabras y actos externos
las actitudes internas
MAT. 7.29).

Angustiados por el cambio que veían venir, los líderes religiosos concluyeron:
“Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y
destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (Jn 11. 48). Les gustaba
su estilo de vida. Un nuevo régimen podía significar pérdida de posición,
o al menos un nivel social menos prestigioso.

A menudo, pensamos en los líderes religiosos como personas que


rechazaban a Cristo, pero muchos de ellos realmente creían en Él. Sin
embargo, temían tomar posición a favor del Señor (Jn 12.42, 43).

Por eso, aunque con frecuencia estaban en desacuerdo entre ellos sobre
filosofía religiosa, fariseos y saduceos se unieron en su común deseo de
preservar el statu quo. ¿Su solución? Deshacerse de Jesús.
"Muy a menudo, los amigos de toda la vida son aquellos
que comparten un pasado de errores similares, y un
testimonio de redención común."
Junto a la cruz, los líderes religiosos asumieron que sus valiosas posiciones
estaban ahora a salvo. No fueron capaces de reconocer que su posición
espiritual era igual a la de todos los demás: pecadores necesitados de un
Salvador. Solo tenían que renunciar a su apreciado estatus humano para
recibir otro mucho más grande: de herederos de Dios y partícipes de su gloria
(1 P 5.1).

La multitud
El Señor había llegado a ser muy conocido por los milagros que llevaba a cabo
entre el pueblo (Lc 23.8). Pero la gente consideraba también que algunos de
sus comentarios eran escandalosos, como su afirmación de que era el Hijo de
Dios, y las palabras que ellos distorsionaron, como la amenaza de que
destruiría el templo (Jn 2.19-21; 10.30, 31).

Debido a que mucha gente estaba de acuerdo con los milagros y las
enseñanzas de Cristo, los líderes religiosos, que sintieron que Él era una
amenaza a su autoridad, tramaron su muerte en secreto para no despertar
sospechas (Lc 22.2). Más tarde, los principales sacerdotes “incitaron a la
multitud para [pedir a Pilato que] les soltase más bien a Barrabas” en vez
de Jesús (Mr 15.11). Y el fluctuante populacho obedeció.

Sin embargo, a pesar de su influencia, el poder no le pertenecía al pueblo. Le


pertenecía al supremo Juez, quien permitió que un débil e indigno tribunal
crucificara, no simplemente a un hombre famoso, sino a la única Persona que
tenía el poder de liberar a la humanidad de las ataduras del pecado y la
muerte.

Los soldados
Primero azotaron a Jesús. Luego se burlaron de Él llamándolo “Rey de los
judíos”, poniéndole una corona de espinas puntiagudas, y vistiéndolo de
púrpura, el color de la realeza. Finalmente, lo clavaron en una cruz junto a dos
delincuentes. Mientras Jesús colgaba delante de ellos, los soldados se
dedicaron a tener una vulgar exhibición de codicia: ¿Quién se quedaría con sus
vestiduras?
Partieron sus vestidos, pero decidieron que la túnica del Señor era demasiado
valiosa para hacer lo mismo (Jn 19.23, 24). Al echar suertes por su ropa, su
acción revela unos corazones que se habían vuelto insensibles a la vida
humana, y endurecidos a las cosas divinas.

Al ocuparse de Cristo sin más esfuerzo del que requerían sus obligaciones, se
burlaron de su muerte, rifándose sus pertenencias —una distracción
momentánea de su trabajo, con el moribundo Jesús simplemente como
trasfondo de su frívolo entretenimiento. Insensibles al profundo sufrimiento en
su entorno, los soldados demostraron, sin proponérselo, su necesidad de un
Salvador para que volvieran a ser verdaderos seres humanos. Cristo era el
Único que podía restaurar en ellos la imagen y semejanza del Dios
misericordioso y dador de vida.

El centurión

Ejecutar a criminales en Palestina era el trabajo del oficial romano que presidió
la crucifixión del Señor Jesucristo. La coraza que cubría su corazón tenía el
sello de su amo, César, el emperador de Roma. Era un honor ser un centurión,
un valeroso guerrero a cargo de cien valientes soldados entrenados para
defender al Imperio Romano. En cruces como las que estaban frente a él, se
habían cumplido innumerables sentencias con el propósito de preservar la paz.

Pero el Señor Jesús no era como otros criminales que él había visto. Desnudo,
azotado y ensangrentado, este Hijo del Hombre no había luchado por su vida
como otros. Tampoco había rogado o maldecido. Incluso, después de que los
militares echaron suertes sobre sus ropas y mojaron con vinagre su boca
reseca, no imploró clemencia.

Cuando el Señor Jesucristo, finalmente, dio un grito con el último aliento


que le quedaba (Lc 23.46) y la tierra comenzó a temblar, algo pareció
cambiar en el corazón y la mente del centurión. Lo único que pudo decir,
fue: “¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!” (Mr 15.39 NVI).

María Magdalena

Ella observó la crucifixión desde lejos. ¿Qué significaría la crucifixión para ella,
ahora que Jesús había muerto?

Antes de encontrarse con Cristo, María Magdalena había estado poseída por
siete demonios. Es difícil imaginar una condición espiritual peor que ser
prisionera dentro del propio cuerpo: la de ser juzgada tan mal del todo, que
tenía que vivir marginada del resto de la sociedad.

Jesús le había dado a María una nueva vida, no solo al expulsar de ella los
demonios, sino además al acogerla en su redil. De ser una mujer marginada
por la sociedad, pasó a ser parte del grupo de los acompañantes de Cristo en
los viajes que Él hacía enseñando y sanando a las personas (Lc 8.1, 2).

A ciertos espectadores que estuvieron junto a la cruz pudo haberles parecido


que María se había dejado engañar por las palabras de un lunático, de un
hombre que se creía Dios. Pero en ese momento, Jesús estaba probando que
era realmente Dios al enfrentar y derrotar a los peores enemigos del hombre: el
pecado y la muerte. Solo tres días después Él volvería y le pediría a María
Magdalena que le acompañara una vez más compartiendo el milagro de la
nueva vida, libre ella ya de las garras de Satanás (Jn 20.17).

Las mujeres que ayudaban a Jesús

Entre los muchos seguidores del Señor Jesucristo, había un grupo de mujeres
fieles que acompañaron al Señor hasta el final, algunas de los cuales daban
ayuda económica al ministerio del Señor. Lea más sobre ellas en el artículo “Un
dolor santo”, en la página 16 de esta revista.

María, la madre de nuestro Señor

La primera preocupación de una madre es proteger a su hijo. Ese hecho hace


que sea difícil imaginar cuán doloroso debió ser para María soportar la
crucifixión. Al igual que las otras personas que estaban junto a la cruz, ella
miraba a su hijo colgado en el instrumento romano de humillación y tortura.
Pero, a diferencia de los que estaban allí para ver el espectáculo de su muerte,
o incluso de quienes lo habían amado como Maestro, María lo había llevado en
su vientre y experimentado el gozo de mecerlo entre sus brazos. Ella había
aliviado sus heridas, y lo había visto crecer en sabiduría —guardando y
atesorando todo en su corazón (Lc 2.19, 47-51). Durante treinta años, habían
compartido juntos las sencillas comodidades del hogar y disfrutado del
compañerismo y el amor mutuos. Mientras ella se ocupaba de sus necesidades
físicas, Él proveía para ella con su trabajo de carpintero, el oficio que había
aprendido de su padre terrenal, José. Tal vez esos recuerdos de su bebé
envuelto en pañales la sostenían, ahora que debía enfrentar el verlo en ropa
mortuoria. Pero, lo que era más importante, podía confiar en las promesas del
Todopoderoso. Porque ella sabía, desde que era muy joven, que “su
misericordia es de generación en generación a los que le temen” (Lc 1.50).

El discípulo Juan

La última instrucción de Jesús antes de la resurrección, fue dirigida a María y a


su discípulo amado. El doble mandato: “Mujer, he ahí tu hijo… [y a Juan] he ahí
a tu madre”, fue una orden que simbolizaba el nuevo lugar de los creyentes en
su reino (Jn 19.26, 27). En este momento, fue revelada la promesa de Juan
14.20: “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros
en mí, y yo en vosotros”. El decir que Juan era el hijo de María, significaba que
el discípulo participaba ahora en la vida de su Maestro, y que era coheredero
de la vida en Dios (Ro 8.17). En cierto modo, este momento es simbólico para
todos los creyentes que proclaman a Jesús como Señor: crecemos en la
semejanza a Cristo como hijos e hijas del Padre celestial, y como coherederos
con el Hijo en su reino.

La declaración era también una afirmación de perdón y compasión. Juan, al


igual que los otros discípulos, había abandonado a su Maestro en el
Getsemaní, pero solo él regresó para presenciar el sacrificio de Cristo. En este
momento, Jesús no solo perdonó la falta de convicción de Juan, sino que
también le confió a su amada madre. Pensemos en esto: aun en el Gólgota,
mientras experimentaba un sufrimiento que nadie es capaz de comprender,
Jesús impartió gracia y misericordia. Él sigue haciendo esto con todos los que
vienen al Calvario. Quienes están dispuestos a ponerse al pie de la cruz y
aceptar su voluntad para sus vidas, pueden, al igual que Juan, experimentar las
incontables bendiciones que dan generosamente esas manos perforadas por
los clavos.

El ladrón

Viendo cómo marchaba Jesús a su muerte en el Gólgota, y a la multitud que


iba detrás de Él, en un primer momento el ladrón se unió a los que se burlaba
de Jesús, diciendo: “¡Bah! Tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo
reedificas, sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz” (Mt 27.44; Mr 15.29, 30).

Pero, por alguna razón, en lo más profundo de este criminal cuyo nombre no
sabemos, algo cambió, quizás cuando escuchó orar a Jesús, respirando
trabajosamente: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23.34).

En medio de la ceguera del mundo, la revelación de Dios vino a un criminal


colgado en una cruz: Este hombre era realmente el Mesías, el Rey, el
Salvador, el Señor. El ladrón fue tocado por Cristo, y sus ojos fueron abiertos.
Su última petición estuvo llena de humildad y esperanza, aun cuando
osadamente llamó al Hijo de Dios con una familiaridad inesperada. “Jesús”, le
dijo, “acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (v. 42).

Mientras que los discípulos de Jesús habían perdido la esperanza, sin entender
su misión, este delincuente entendió que su reino no era de este mundo, y que
su muerte, de alguna manera, sería parte del triunfo de Jesús. Este desvalido
pecador, que estuvo tan consciente de su imposibilidad de salvarse a sí mismo,
nos mostró el camino a todos: él fue el primero en ser sacado de la oscuridad a
la luz gloriosa, por el victorioso Jesús.

Nicodemo y José de Arimatea

Muy a menudo, los amigos de toda la vida son aquellos que comparten un
pasado de errores similares, y un testimonio de redención común. Nicodemo y
José de Arimatea eran, posiblemente, dos hombres así. Cuando cada uno
escuchó a Jesús enseñar, algo profundo dentro de ellos les dio testimonio de
su origen celestial. Él hablaba como alguien con autoridad, lleno de gracia y de
verdad, satisfaciendo la sed profunda que había en ellos. Pero, al mismo
tiempo, había un dilema. Otros amigos influyentes de ellos criticaban al
hacedor de milagros y satanizaban a quienes lo seguían. Así que, al parecer,
los dos decidieron “guardarse sus opiniones” y optar por la seguridad de la
aprobación de sus amigos (Jn 19.38, 39).

Pero, a la luz de la cruz, donde comienza siempre la redención, sus corazones


deben de haber sentido menos miedo. Aunque habían temido la pérdida de su
prestigio social, Aquel que colgaba en la cruz nunca le temió a la pérdida de la
vida. Ellos habían evadido la crítica, pero Aquel irreconocible ensangrentado la
aceptó, y mucho más, por amor a ellos. Después que Jesús fue retirado de la
cruz, José y Nicodemo, movidos por amor, pidieron su cuerpo. Y, como sucede
a menudo en los funerales, estos hombres estuvieron más cerca de su Señor
en su muerte que lo que habían estado en su vida, y lo sepultaron; su devoción
a Él ya no era vacilante, sino plena, realizada.

Un pensamiento final

Al pensar en las personas presentes el día en que nuestro Señor fue


crucificado, considere cómo podemos vernos reflejados en cada una de ellas,
para bien o para mal. Aunque las actitudes de algunas son más deseables que
las de otras, podemos ver que nuestros corazones no están siempre en el lugar
que deben estar. ¿Permaneceremos cerca de Él, devotamente, sin importar las
consecuencias? ¿O dejaremos que nuestras circunstancias empañen nuestro
amor? Cualquiera que sea nuestra situación, hay esperanza para acercarse a
Aquel que es poderoso para hacer abundantemente más de lo que somos
capaces de pedir o entender (Ef 3.20) cuando nos arrepentimos de nuestros
pecados, tomamos nuestra cruz, y le seguimos.

Les predicaba la Palabra y los alimentaba, pero me


encontraba preso de evidentes contradicciones, porque el
Dios del que había estudiado en el seminario parecía sólo
el Dios del futuro.
Yo no daba con el Dios del presente para presentárselo a
esas personas que vivían en tal pobreza y desolación.
¿Dónde estaría el Dios del presente en Corea? Esa era la
pregunta que se agitaba en mi corazón. Difícilmente podría
impresionar a esa gente describiendo al Dios del pasado.
Por lo tanto clamé a Dios. Y clamé no sólo por causa de
ellos sino de mí mismo:'
"Oh mi Señor, ¿dónde se encuentra el Dios del presente?
¿Con qué podré infundir esperanza y nueva vida a esta
gente que está desesperada, muerta de hambre y apenas
vestida? ¡Oh, Señor!
¿Dónde estás Tú en este momento? Tú, que eres el Dios
de ellos tanto como el mío?"
Oré y lloré día tras día, derramando lágrimas, buscando
intensamente.
Luego de pasar mucho tiempo suplicando a Dios,
El me habló al corazón. Sus palabras, cálidas, llenas de
esperanza, fueron un descubrimiento para mí.
La palabra que Dios me envió contenía la verdad de la
bendición triple que está escrita
en III Juan 2 y que consiste en salvación, salud y
prosperidad:
"Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las
cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma."
Desde entonces esa verdad ha sido la base de todos mis
sermones y he colocado como fundamento de mi ministerio
ese versículo. Cuando mi interpretación de toda la Escritura
tomó la perspectiva de la luz de la verdad que arroja este
versículo en particular, Dios comenzó a manifestarse no
solamente como el Dios del pasado y del futuro, sino como
el Dios del presente, aquel que vive en el tiempo presente.
Posteriormente, a causa del poder de este mensaje,
nuestra iglesia se ha expandido internacionalmente
y continuará creciendo en el futuro.
La realidad es que hoy por todo el mundo la gente enfrenta
muchos problemas a causa de sentir un el vacío, la
pobreza y la maldición; constantemente se oye su clamor
por el miedo a la enfermedad y a la muerte. Estas personas
necesitan la triple bendición de Cristo. Después de treinta
viajes al extranjero,
en los que visité Estados Unidos, Inglaterra, Alemania,
Francia y los países escandinavos, percibí claramente que
la
gente en todas partes estaba en una situación tal que
precisaba
una revelación acerca de esta triple bendición. Cuando era
predicado
este mensaje, muchos cambios maravillosos sucedían y
comenzaba a arder el fuego del avivamiento.
Cuando comprendemos cabalmente la triple bendición,
podemos interpretar la Escritura desde Génesis hasta
Apocalipsis
basándonos en los pasajes que enfocan estas verdades.
Entonces la verdad de la Biblia revive y reluce al resplandor
de
14

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