El Romanticismo
El Romanticismo
Inestabilidad social, guerras civiles, ideas irreconciliables acerca de cómo organizar el país…
En Argentina y en toda Hispanoamérica se produjeron hacia la misma época, grandes tensiones
sociales en busca de un orden más justo que garantizara la construcción de las nacionalidades. La
anarquía primero y tras ella la irrupción de los caudillos fue el resultado de la ruptura de las
estructuras coloniales después de las guerras de la independencia. Había un clima de efervescencia y
búsqueda de un nuevo orden. En ese marco histórico y, principalmente, en el período que transcurre
entre 1830 y 1860, se desarrolló el Romanticismo en América, aunque sus postulados siguieron
vigentes durante algunas décadas más en la literatura gauchesca.
El Romanticismo fue un intenso movimiento cultural que abarcó las artes plásticas, la
literatura, la música, la política. Su cosmovisión fue sentimental, es decir, tenía como centro el
sentimiento y la emoción por sobre la razón. Se originó en Alemania a fines del siglo XVIII, se
expandió por el resto de Europa y extendió su influencia a América.
Tanto en Argentina como en el resto de Hispanoamérica, este movimiento se adhirió
intensamente a una de las corrientes del Romanticismo europeo: la social. La otra corriente, la del
Romanticismo sentimental, se manifestó entre 1860 y 1890, cuando el país ya se había organizado
políticamente. Dos novelas ejemplifican cada una de ellas: Amalia, de José Mármol y María de Jorge
Isaac, respectivamente. Pero en sus comienzos, la realidad americana no permitió a los románticos
abandonarse a la contemplación egocéntrica; por el contrario, les exigió dar una respuesta a las
necesidades colectivas.
En lo literario, los románticos buscaron la originalidad a través de una literatura nacional con
rasgos propios, diferentes de los europeos. Por eso, la naturaleza se vuelve protagonista.
Además de los temas, intentaron renovar el lenguaje. Plantearon la necesidad de una lengua nacional,
liberada de las convenciones de la Real Academia Española y más ligada a las expresiones
regionales y coloquiales. Dijo Sarmiento: «El idioma de América deberá ser suyo, propio, con su
modo de ser característico y sus formas e imágenes tomadas de las virginales, sublimes y gigantescas
que su naturaleza, sus revoluciones y su historia indígena le presentan.»
Características del Romanticismo en América:
El individualismo: el romántico europeo exaltaba su yo, y buscaba la originalidad dentro de
sí mismo, en sus sentimientos.
El sentimentalismo: Se actuaba con pasión, con heroísmo, con coraje. Lo sentimental
acompañó a la afirmación de ideales de libertad, progreso y democracia.
El historicismo: Los románticos afirmaban que hay que conocer la realidad presente, sus
contradicciones, su proceso para poder realizar cambios que posibiliten la organización y la
conducción de un país hacia el progreso, la civilización y la libertad.
Los temas románticos:
La patria: los escritores sienten que su destino individual está ligado al destino de la patria.
El amor: En el Romanticismo sentimental se presenta un amor idealizado, ennoblecido. En el
Romanticismo social éste queda siempre condicionado a las exigencias de la realidad
histórica, expuesto a los riesgos del momento político. Su posibilidad de realización depende,
más que de las libertades individuales, del clima social en el que se genera.
El amor romántico termina casi siempre en muerte o en pérdida. Es un amor irrealizable.
La mujer: adquiere suma importancia porque es la generadora de la pasión. Se la presenta
como mujer ángel o como mujer demonio según ennoblezca al hombre o lo condene a la
destrucción.
La naturaleza: en el paisaje americano y en su gente el romántico encuentra rasgos de lo
propio, de lo diferente. Como la naturaleza en Hispanoamérica asombra por su generosidad y
su tamaño, el romántico la identifica con lo exótico. El desierto, la pampa, la selva, los
grandes bosques, la magnitud de las montañas, permiten explorar el color local y su paisaje
humano.
La primera literatura nacional
Estudiar la literatura romántica argentina tiene una significación especial, ya que, para
muchos autores y críticos posteriores, se trata de la primera literatura genuinamente argentina,
surgida precisamente en el momento en que, transcurridas algunas décadas desde la declaración de la
independencia, el país comenzó a definirse como tal. En consecuencia, es imposible estudiar la
literatura argentina de ese momento sin realizar, al mismo tiempo, un análisis del contexto histórico
en el que tuvo lugar, ya que la principal intención de esa literatura fue expresar ese contexto.
Esteban Echeverría (1805-1851) y Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) son autores
inaugurales de la literatura argentina. El escritor y crítico Ricardo Piglia, en su libro La Argentina en
pedazos, señala que la narrativa argentina comienza, precisamente, con Echeverría y Sarmiento, y
con sus obras El matadero y Facundo, las cuales cuentan una misma historia de violencia y luchas de
poder desde perspectivas diferentes.
Ambos textos tratan el enfrentamiento entre «civilización y barbarie», ambos denuncian y
critican con igual pasión la situación sociopolítica de la época y proponen los cambios necesarios
para la concreción del país que sueñan. Plantean, en definitiva, la causa de los males de la
argentinidad y así están definiendo el «ser argentino» en sus dos versiones antagónicas: los que
ejercen el poder y los sojuzgados, los que persiguen sólo intereses personales y los que luchan por
altos ideales sociales, los que oprimen y los que defienden la libertad.
Buenos Aires vs. las provincias
Entre 1820 y 1830, la Argentina estaba independizada, pero disgregada enfrentando estallidos
de guerra civil. La inestabilidad política era el resultado de las posturas encontradas entre el interior
y Buenos Aires y su permanente medición de fuerzas.
Las provincias, lideradas por caudillos que buscaban una organización federal de la Nación,
se oponían a las pretensiones de Buenos Aires de ejercer un poder centralizado y hegemónico,
basado en la supremacía económica estratégica que le daba el puerto. Esta etapa se caracterizó por
la sucesión de períodos en los que existía un gobierno nacional y otros en los que las provincias se
declaraban autónomas. Federales y unitarios chocaban, en congresos y batallas, tratando de imponer
sus ideas acerca de un gobierno nacional unificado. Entre los primeros, se destacaron Juan Manuel
de Rosas, hacendado bonaerense, y Facundo Quiroga, caudillo riojano que llegó a tener un poder
militar y político muy importante en el interior.
En 1826, se promulgó una Constitución de marcado tinte unitario, fue rechazada por parte de
las provincias. El país vivía una situación crítica por la imposibilidad de lograr la organización
nacional y por los problemas económicos y de política exterior (la guerra con el Brasil por la Banda
Oriental). El gobierno nacional no existía, y la capacidad para manejar las relaciones exteriores
recayó en Buenos Aires, a cargo del federal Manuel Dorrego.
La guerra civil
La paz con el Brasil, firmada en 1828, originó un levantamiento unitario comandado por el
general Juan Lavalle, quien asesinó a Dorrego. Las provincias consideraron esta muerte una traición
y decidieron enfrentarse al poder unitario. Así se inició la guerra civil. Lavalle se unió a José María
Paz, quien luchaba contra los caudillos; mientras, en Buenos Aires, el poder de Rosas crecía y
comenzaba el exilio de los unitarios.
En 1829, la Junta de Representantes eligió a Rosas gobernador de la provincia y le dio
facultades extraordinarias para enfrentar los conflictos internos. La escena política nuevamente
planteaba un cambio: Buenos Aires, gobernada por un poderoso caudillo federal que contaba con el
apoyo incondicional del campo; el interior, bajo el dominio unitario logrado con la campaña exitosa
de Paz, quien había vencido a Juan Bautista Bustos y a Facundo Quiroga.
La Liga Unitaria reunió a Córdoba, Salta, Tucumán, Catamarca, Mendoza, San Juan, San
Luis y Santiago del Estero, con el fin de constituir un gobierno nacional. Como contrapartida,
Buenos Aires y las provincias del litoral firmaron, en 1831, el Pacto Federal en el que se
comprometieron a actuar conjuntamente frente a toda agresión externa y a organizar el país bajo el
sistema federal cuando las condiciones de paz lo permitieran.
Mientras tanto, nada se planificaba sobre economía, y la industria nacional sufría la entrada
irrestricta de mercaderías del exterior. Las provincias signatarias del Pacto declararon la guerra a Paz
y lo vencieron. El Pacto Federal recibió a las provincias de la vencida Liga Unitaria y formaron una
Confederación, base de la futura organización nacional.
El primer gobierno de Rosas
Durante el primer gobierno de Rosas, el país no estaba organizado como una nación, sino que
las provincias se habían enfrentado firmando por un lado la Liga Unitaria (Córdoba, Santiago del
Estero, Catamarca, La Rioja, San Juan, San Luis, Tucumán, Salta y Mendoza) y por el otro lado el
Pacto Federal (Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes).
El 6 de diciembre de 1829 la legislatura eligió a Rosas gobernador y le
otorgaron facultades extraordinarias. Desde el principio declaró enemigo al partido unitario, y utilizó
la famosa divisa: «El que no está conmigo, está contra mí» para atacarlos. Por lo que puso a su favor
a los burgueses, conservadores y reaccionarios, a los católicos, a los gauchos descontentos, a los
indios, a la plebe urbana y a parte de la población rural. Rosas apareció como un restaurador, debido
a la actitud de desprecio, de violación de derechos que habían dado los anteriores gobiernos. En su
contra aparecieron los unitarios, los jóvenes ilustrados, los liberales, los militares y viejos patricios
de la revolución.
Su gobierno era centralista, respetuoso de los señores feudales siempre y cuando estos le
estuviesen sometidos. Tenía un criterio proteccionista antieuropeo, de un nacionalismo estrecho, y
reacio a los cambios y a lo extranjero. Su primera medida en el gobierno, de hecho, fue suprimir la
libertad de prensa y adueñarse de ella. Sin embargo este primer periodo fue solo una imagen de lo
que sería el segundo término, ya que aquí Rosas no tenía experiencia verdadera en la política.
Así es que en 1832 Rosas impide que la Comisión Representativa convoque a un congreso
general para organizar la república. La idea de Rosas era que el país no estaba en condiciones de
entrar en una organización general; debía mantenerse la unión de las provincias sólo con el Pacto
Federal. «Debemos existir y después organizarnos», era su argumento.
El segundo gobierno de Rosas
Rosas terminó su primer gobierno en 1831 y no aceptó la reelección, pues no se le renovarían
las facultades extraordinarias.
En 1834, se produjo una guerra civil entre Tucumán y Salta, provincias federales. Rosas
envió a controlar la situación a Quiroga, quien murió asesinado en Barranca Yaco, en 1835. Ese
mismo año, la Legislatura nombró gobernador a Rosas; le otorgó, dado el recrudecimiento de las
luchas, la suma de los poderes públicos y extendió su mandato a cinco años. Pero este segundo
período, comenzado en 1835, culminó recién diecisiete años después, en 1852, con la batalla de
Caseros.
Rosas ejerció un gobierno conservador de carácter paternalista y cerrado a todo lo exterior.
La organización fue centralista, a pesar de que se hablaba del país como de una Federación, y esto
acrecentó el sentido de unidad. Si bien Rosas era gobernador de Buenos Aires, reunía las
atribuciones de un presidente y su mandato, de hecho, tenía alcance nacional: así, por ejemplo,
manejaba las relaciones exteriores, el vínculo con la Iglesia y la economía a partir del control de la
Aduana e intervenía las provincias que se le opusieran. Algunas de estas condiciones vigentes
durante un período de tiempo tan extenso fueron conformando la unidad nacional.
El Romanticismo en la Argentina
El Romanticismo irrumpió en la Argentina de la mano de Esteban Echeverría en una fecha muy
precisa, 1830, cuando dio a conocer sus primeras producciones poéticas en la prensa porteña.
Echeverría volvía de una residencia de cinco años en Francia, donde había seguido un régimen de
estudios poco claro, pero cuyo principal beneficio parece haber consistido en permitirle seguir de
cerca los debates que entonces agitaban el mundo literario francés -en cuyo interior se destacaba
progresivamente la figura de Víctor Hugo.
Luego de su estadía en Francia, entre los años 1825 y 1829, Esteban Echeverría introdujo las
ideas románticas en América latina. Por primera vez en la historia de la cultura latinoamericana,
entró en estas tierras un movimiento artístico de origen europeo que no venía desde España. Esto se
debió a que, luego de su independencia política, la Argentina buscaba la independencia cultural y,
por eso, rompió cualquier lazo que la uniera a la península.
`Echeverría, al asumir en su propia persona la figura emblemática del poeta romántico y -lo que
es más importante aún- la figura del primer poeta romántico argentino, actuó como catalizador de la
nueva corriente en un ambiente que ya estaba preparado para su aparición.
En un principio, el Romanticismo argentino se definió principalmente por aquello que
rechazaba. En las primeras declaraciones programáticas de Echeverría, relacionadas con los
objetivos y los medios de la poesía; en las discusiones entabladas entre «clásicos» y «románticos»;
en la abundante producción de artículos periodísticos de reflexión literaria, un temario de
recusaciones fundamentales pronto emergió: el neoclasicismo, la influencia literaria española, y la
filosofía «materialista» de la generación anterior. La nueva escritura romántica debía encarnar un
ideal de originalidad en la producción artística, y por ello la estética neoclásica se le presentaba
como inaceptable -ya que enfatizaba el valor de la imitación de los modelos literarios de la
antigüedad griega y romana, y porque concebía al arte como actividad portadora de una clara función
social, la de reforzar y expandir sus ideales de decoro y moralidad. En este sentido, la originalidad
proclamada por los defensores rioplatenses del romanticismo se definía más por el sistema de
exclusiones que establecía que por cualquier contenido específico propio.
La necesidad de crear una literatura nacional exigía que se rompiera el vínculo con la literatura
de la antigua metrópoli; y la necesidad de crear una literatura original, portadora de conocimientos y
formas de expresión nuevos, imponía también la ruptura con una tradición literaria que, en el
pensamiento de los románticos argentinos, era incapaz de pensar nada novedoso.
La literatura romántica, en la Argentina, tomó casi exclusivamente un tinte político. Esto no
fue casual: las ideas románticas se adecuaban al momento histórico y a las necesidades de los autores
que, en general, eran hombres de acción comprometidos con su realidad y que hicieron de su
producción literaria un instrumento de lucha, como Juan Bautista Alberdi (1810-1884), Esteban
Echeverría, Domingo F. Sarmiento, José Mármol (1817-1871) y José Hernández (1834-1886), entre
otros. Sus posturas políticas podían diferir, pero lo que los unía era su adhesión al gran objetivo
romántico: la búsqueda, la lucha por la libertad. Libertad que no podía separarse de conceptos como
independencia e identidad nacional y que el Romanticismo defendió en todos los órdenes de la vida:
libertad de ideas, política, religiosa, idiomática.
El ideario romántico local
En la Argentina, la lucha romántica en el plano político se caracterizó por la valoración del
proceso que llevó a la independencia y por el enfrentamiento acérrimo a la figura de Rosas. En lo
religioso, se destacó por su oposición a la Iglesia cada vez que esta limitaba las libertades
individuales; en lo idiomático, por la defensa de las formas propias que toda lengua de una
comunidad adopta. La libertad perseguida, finalmente, se expresó en lo económico por medio del
liberalismo, doctrina en pleno auge en la sociedad europea. Independencia política, económica,
ideológica y afán de progreso conformaron el ideario romántico argentino y su proyecto político.
En relación con la ideología del movimiento, los autores crearon personajes con
características particulares. Sus héroes son generalmente seres perseguidos, incomprendidos, que
sufren el destino de quienes han nacido en un mundo que no reconocen como propio. En Echeverría
y en Sarmiento, esos héroes fueron los unitarios; en Hernández, el gaucho. Los primeros crearon
héroes que encarnaban los ideales de libertad individual y social. Activos, capaces de luchar hasta la
muerte en la consecución de sus fines, se oponen a todo lo que sea uniformidad, represión, censura,
encierro económico y cultural; en suma, atraso. La subjetividad romántica se manifiesta en su modo
de ver la realidad hostil que los rodea. Los autores tenían mucho en común con sus personajes:
sufrieron el mundo que les tocó vivir, se le opusieron, defendieron sus ideas por las armas y,
también, por medio de su obra periodística y literaria. El exilio fue, para mucho ellos, una salida
frente a la persecución política.
La naturaleza romántica
El Romanticismo concibió la naturaleza como una forma de expresión de la propia
sensibilidad y un reflejo del modo de percibir la realidad histórica. En las obras de los argentinos, la
pampa ilimitada y la naturaleza salvaje son símbolos de libertad, en el sentido de que no han sido
modificadas por el hombre, y los desórdenes de la naturaleza son siempre un correlato de los
desórdenes sociales.
El costumbrismo apareció en la literatura romántica como otro modo de expresar lo genuino,
lo propio de cada localidad y, así, lo nacional. Es constante la descripción de los habitantes típicos,
de sus modos de vida, creencias, vestimentas, hábitos y hablas regionales.
En síntesis, la literatura romántica local, por medio de la descripción de los habitantes del
país y de la exposición de su ideología política, muestra cómo era la sociedad argentina a la vez que
manifiesta el proyecto de sus autores sobre cómo debía ser. Esta tensión entre opuestos -civilización
y barbarie- definió la identidad nacional de la época. La naturaleza inhóspita e inabarcable fue un
símbolo de libertad para los románticos.
La literatura nacional
En la Argentina, la literatura anterior a la de la llamada Generación del 37 no expresó la
realidad histórica en que tuvo lugar. Con Esteban Echeverría, el panorama cambió. El paisaje
argentino y la lengua particular de la región ya habían aparecido en las obras de Bartolomé Hidalgo
(1788-1822) y de los payadores, poetas gauchos que improvisaban escenas cantadas de la vida del
pueblo. Pero fue Echeverría quien, por primera vez, concibió la literatura nacional como una
disciplina que se nutrió de sus propias fuentes -la realidad- y expresó lo que la nación era. Lo
siguieron, entre otros, Alberdi y Sarmiento.
Las condiciones que posibilitaron este nacimiento fueron varias: la existencia de un grupo
homogéneo de autores a quienes unía el origen social, la educación, la experiencia común del exilio
y el impacto que les causó la figura de Rosas. El destierro les permitió ver a la Argentina a la
distancia y les produjo un sentimiento de añoranza y de admiración por su grandeza virgen, al mismo
tiempo que la urgencia de actuar sobre ella y de construirla. Rosas les generó sentimientos
contradictorios: su origen popular, sus actitudes irracionales y su poder los fascinó, a la vez que les
provocó rechazo.
El Romanticismo se asoció en la Argentina con la necesidad de construir una nación a través
de una literatura propia por medio del enfrentamiento a los gobiernos totalitarios. Pero en este
aspecto surgió una contradicción: en el afán de oponerse a Rosas, terminaron identificando lo
popular tradicional con el atraso y, en su afán de progreso, se volvieron reaccionario y
extranjerizantes. Fueron americanistas en lo literario y anti americanistas en lo político. Plantearon el
rechazo de lo español, impulsaron la inclusión de los escenarios locales y el uso de un lenguaje
propio en oposición, de las formas puras del castellano peninsular.
La nueva generación surgió durante el segundo gobierno de Rosas. Formado en los tiempos
revolucionarios, el grupo volvió a impulsar los ideales de Mayo y pensó que la inmigración era un
modo de acelerar el desarrollo. En 1837, a dos años de haber accedido Rosas por segunda vez al
poder, su victoria aparecía como un hecho irreversible. Fue entonces cuando un grupo de jóvenes
provenientes de las elites ilustradas de Buenos Aires y el interior, se proclamó destinado a tomar el
relevo de la clase política que había guiado al país desde la independencia hasta la organización
unitaria entre 1824 y 1827.
El Romanticismo constituyó una expresión cultural, pero también un modo de vida, que
reaccionó contra el mundo industrial y urbano emergente. Este mundo nuevo, decían los románticos,
privaba al hombre de una relación más auténtica con los seres humanos y la naturaleza. El
romanticismo se opuso a una visión del mundo calculada y elaborada en términos racionales. Por ello
combatieron la opresión política, nacional y social. Deseaban abolir el sufrimiento, se opusieron a la
esclavitud, a la pena de muerte e incluso a la ley, considerada, según ellos, un agente de opresión.
Los jóvenes del ‘37 ejercieron su influencia desde dos agrupaciones: el Salón Literario
inaugurado en 1837, cuyo cierre fue ordenado por Rosas, y “La Joven Argentina” sociedad secreta
fundada por Echeverría en 1838. Adherían a las ideas del romanticismo europeo y la democracia
liberal de la primera mitad del siglo XIX.
La mayoría de los integrantes de esta generación había nacido entre 1805 y 1821 y comenzaron a
formarse intelectualmente durante la etapa revolucionaria y en las instituciones laicas creadas
durante el período rivadaviano (Colegio de Ciencias Morales y Universidad de Buenos Aires). Se
sentían portadores de un pensamiento revolucionario, asociado a la sensibilidad romántica y a su
concepción de la nación y de la identidad nacional como producto del proceso revolucionario. Los
jóvenes del ‘37 creían necesario emprender la tarea de completar y concretar el proceso
transformador iniciado con la Revolución construyendo una nueva sociedad con nuevas formas de
convivencia y de acción. La tarea interpretativa de descubrir el sentido de la nacionalidad, como
condición previa a todo planteo político, dadas las características del medio local, adquirió en la obra
del grupo un lugar central y dio cabida a un profundo análisis de la realidad social y material del
país.
Para la nueva generación, el primer mal de la Argentina era la tierra, “el desierto”, de donde surgía el
espíritu de la montonera, la banda armada que seguía al caudillo, lo elevaba al poder y condicionaba
el destino político del país. La mejor manera para erradicarlo era desarrollar las comunicaciones,
poblar las vastas extensiones del territorio nacional y multiplicar los centros urbanos. La solución se
centraba en el fomento de la inmigración, solución que quedó inmortalizada en la famosa frase de
Alberdi “gobernar es poblar”.
Para ellos, la inmigración era un factor fundamental de transformación social, económica,
cultural y política porque sostenían que los grupos étnicos locales, los gauchos, los aborígenes, los
mestizos y los españoles eran absolutamente “incapaces” de impulsar la modernización y el
desarrollo de un país que soñaban industrial y recorrido por los modernos medios de comunicación.
Pero los hombres del ‘37 no pensaban en cualquier inmigración. Rechazaban a la proveniente del sur
de Europa, a los españoles, italianos y a los del centro y este como polacos
la herencia colonial fue señalada por los jóvenes del ‘37 como otro factor de atraso. según ellos, ese
modo de pensar, mantenido por las masas rurales y grupos conservadores, había conducido a la
tiranía rosista. Solo pensaban en la introducción de inmigrantes del industrioso norte anglosajón
como la mejor forma para remediar el atraso estructural y provocar la modificación de los hábitos y
las costumbres tradicionales. Era una visión ingenua ya que para que vinieran los industriosos había
que generar previamente las industrias que demandaran esa mano de obra, cosa que no estaba en los
planes de nuestra burguesía agroexportadora que sólo pensaba en mano de obra barata para sus
estancias sin importar su procedencia ni su nivel de capacitación.
La herencia colonial también fue señalada por los jóvenes del ‘37 como otro factor de atraso. Esta
herencia, mantenida con vigor por las masas rurales y los grupos conservadores, había conducido –
según ellos– a la tiranía rosista, verdadera traición al espíritu revolucionario. De esta manera, el
retorno a los ideales de Mayo no suponía solamente una vuelta a la única autoridad nacional
considerada legítima sino que también constituyó un objetivo ideológico: la idea de que los errores
de las generaciones previas podían ser borrados, y una nueva Argentina podía surgir de las ruinas del
gobierno de Rosas, así como Mayo había sacudido el yugo colonial.
En el marco de la disputa entre unitarios y federales, inicialmente no tomaron partido. No
obstante sentían mayor simpatía hacia los primeros. De los unitarios, rechazaron los medios con que
habían querido imponer sus ideas y su imitación de las costumbres europeas; de los federales, la
continuación de las formas coloniales de vida y la oposición a organizar constitucionalmente el país.
En consecuencia, se mostraron partidarios de una forma mixta de gobierno que no pusiera en peligro
la unidad del país. Todos estuvieron de acuerdo en la necesidad de lograr la organización política de
la Nación. Para que ésta se hiciese efectiva, era necesario dotarla de una Constitución, un Parlamento
y un sistema político en el cual actuasen partidos políticos ilustrados. El ideario de la Generación del
´37 alcanza su consagración en 1853, año en que la sanción de la Constitución dio inicio a la
organización política nacional.
Literatura gauchesca
En la literatura hispanoamericana nos encontramos con un subgénero literario muy
particular y con características muy concretas: la literatura gauchesca o gaucha. Se trata de un tipo de
composición que pretende dar visibilidad a un personaje muy común en las zonas rurales de países
latinoamericanos como es el caso de la Pampa argentina. En estos escritos se pretendía recrear tanto
la vida de estas personas como su lenguaje y, de esta forma, comenzar a describir la realidad más
particular y concreta de la sociedad de Latinoamérica.
Literatura gauchesca vs literatura gaucha
Aunque los términos se parezcan, lo cierto es que literatura gaucha no es lo mismo que
literatura gauchesca.
Literatura gauchesca. Son autores cultos que imitan a los gauchos.
Literatura gaucha. Es un tipo de literatura básicamente oral, de carácter popular, compuesta
por los gauchos.
¿Quiénes eran los gauchos?
Es esencial que, antes de adentrarnos en este resumen de la literatura gauchesca,
comprendamos quiénes eran los gauchos pues, como ya hemos dicho, se trata de un tipo de
persona muy común en las sociedades latinoamericanas y que, gracias a estos textos, comenzaron
a ser visibles en el resto del mundo.
Los gauchos eran las personas que vivían en zonas rurales de países como Argentina. Se
encargaban de conrear los campos y eran muy diestros en el manejo de los caballos como medio de
transporte. Debido a su posición social, solían ser personas humildes que disponían de pocos
recursos económicos pero una libertad absoluta al vivir en plena naturaleza.
El gaucho es visto por muchos románticos como un hombre ideal, una persona en contacto
constante con la naturaleza y despojado de todo el entorno que puede hacer daño y perturbar el alma
del poeta. Además, no debemos olvidar que los gauchos tenían muchas canciones populares y que,
por ello, para muchos románticos eran considerados como poetas auténticos.
Gaucho: mestizo descendiente de los españoles con indígenas. Apareció en el curso del siglo
XVIII hasta mediados del siglo XIX y fue un habitante semi-nómada de gran personalidad
La literatura gaucha: breve introducción
Con el auge del Romanticismo y la voluntad de los poetas y escritores de reflejar las
peculiaridades de su nación, comenzó a florecer la literatura gaucha. Este subgénero es inédito en
Latinoamérica y, sobre todo, refleja las particularidades de vida de un tipo de sociedad que estaba
establecida en la Pampa Argentina. Con estos escritos literarios, los escritores pretendían hacer
visible esa realidad que formaba parte de su sociedad y que, además, estaban mal vistos entre los más
eruditos o las personalidades burguesas.
Los gauchos eran las personas que trabajaban en el campo y, para los Ilustrados, eran
personas que estaban fuera de las esferas intelectuales de la sociedad, por tanto, eran marginados de
la cultura y su figura fue desprestigiada. Sin embargo, con la llegada del movimiento de los
románticos, los poetas volvieron la vista hacia sus naciones y quisieron remarcar sus características
y sus tradiciones más auténticas. Y así fue como la figura del gaucho comenzó a ocupar una
posición destacada dentro del ámbito cultural.
Sin embargo, el proceso no fue sencillo. Los prejuicios acerca de la ignorancia de los gauchos
y de su "simplicidad" eran difíciles de derrocar. De hecho, no fue hasta la aparición de "Martín
Fierro" que no podemos hablar de un escrito que, realmente, habla de los gauchos con cariño,
respeto y mucha admiración. Hasta el momento, la gran mayoría de las veces que el gaucho aparecía
en la literatura lo hacía en sentido peyorativo.
¿Qué es la literatura gaucha?
Se trata de un tipo de creación literaria en la que el autor se centra en presentarnos la vida de
los gauchos y sus costumbres. Por tanto, es un texto en el que abundan las descripciones del paisaje
y del día a día de estos campesinos. Además, debido al contexto histórico en el que surge , estos
textos suelen relatar a otros muchos personajes típicos de la época como son los indios, los criollos,
los mestizos, los negros, los gringos, etcétera.
En la literatura gaucha, el autor suele presentar la figura del gaucho de una manera un tanto
idealizada en contraposición a como se había presentado hasta el momento. Se nos habla acerca de
un tipo de persona que está fuertemente vinculada a la naturaleza, que es fuerte, valiente y que,
además, es cantor. Por tanto, es el ideal del héroe romántico, una persona tradicional y folklórica
que, además, está unida fuertemente con la naturaleza.
Uno de los temas relevantes dentro del Romanticismo es la exaltación de la propia cultura y
costumbres, por eso, autores hispanoamericanos comenzaron a fijarse en su propia realidad y a darle
el valor y la dignificación que necesitaba. En lugar de ver a los campesinos como seres incultos o
poco refinados, se les vio como los portadores de la sabiduría nacional, de las costumbres y como a
seres libres que vivían en la más plena naturaleza.
La literatura gaucha comenzó en el XVIII pero no es hasta el XIX cuando se comienza a
hablar realmente de este subgénero de forma plena.
¿Qué es la literatura gauchesca?
Es importante diferenciar la literatura gaucha de la que se conoce como "gauchesca". Y es
que esta última hace referencia a la imitación procedente por parte de autores cultos que imitaban
el estilo de los gauchos, pero trataban otros temas y no tenía carácter oral.
La literatura gaucha es la original, la popular y la cantada; en cambio, la gauchesca era la
literaria, los textos que imitaban estas raíces, pero escritos por autores cultos.
La literatura gauchesca nació como genero a partir de las luchas por la independencia,
declarada en 1816, y evoluciono hasta la consolidación de lo que se llamó Estado Liberal en 1880.
El género gauchesco inaugura en la historia de la literatura argentina un pacto social: dar voz
a este personaje desprestigiado y no querido socialmente.
Características de la literatura gauchesca:
1. El gaucho como protagonista: por supuesto, una de las características esenciales de este tipo
de escrito es que el protagonista es el gaucho del que se narran sus aventuras y sus hábitos
más cotidianos
2. Escenario natural: también es habitual que, debido a la condición del gaucho, el escenario
en el que tiene lugar la novela o el poema sea en medio de la naturaleza. La Pampa
Argentina es uno de los espacios más recurrentes
3. Personalidad gauchesca: por lo general, el personaje del gaucho se suele presentar como un
hombre solitario, sencillo pero muy conectado con la naturaleza y que es capaz de moverse
naturalmente por el entorno
4. Elementos imprescindibles: para poder terminar de configurar mejor la figura del gaucho
tradicional, es habitual que los autores nos presenten esta figura acompañada con elementos
característicos como su caballo, su poncho, un cuchillo y, por supuesto, el mate
5. Campo vs. ciudad: en la gran mayoría de textos gauchos suele aparecer la comparación
entre la vida en el campo (idealizada por los románticos al más puro estilo paraíso perdido) y
la vida en la ciudad (que suele aparecer descrita desde un prisma pesimista y negativo)
6. Abundantes descripciones: en la literatura gauchesca también abundan las descripciones en
todos los sentidos. Tanto del entorno, como del gaucho, de las tradiciones, de las labores
campesinas, etcétera. Los autores querían dignificar la figura del gaucho y, para ello, le
dieron un lugar destacado en la literatura
7. Lenguaje adaptado: además, en este tipo de texto, el autor suele presentarnos a un gaucho
de una manera muy real, es decir, el lenguaje que se usa cuando el autor le da voz a su
personaje es un lenguaje coloquial, informal y lleno de barbarismos. Además, es importante
destacar que en este tipo de obra suele predominar el monólogo al diálogo pues, como ya
hemos dicho, el gaucho era una persona solitaria
8. Crítica social: en la gran mayoría de obras gauchas nos encontramos con que el autor quería
lanzar una fuerte crítica a la sociedad de la época que había marginado y tratado mal al
gaucho cuando, en realidad, en su figura se escondía toda la tradición más pura de la
sociedad
Autores de la literatura gauchesca:
Los autores más destacados de este subgénero literario son:
Hilario Ascasubi (1807-1875)
Se considera el primer poeta gauchesco. De hecho, en el 1829 comenzó a editar el primer diario
político y gaucho que tituló "El arriero argentino". No fue hasta 1833 cuando publicó su primera
obra gaucha que consistía en un diálogo entre Jacinto Amores y Simón Peñalva.
Estanislao del Campo (1834 - 1880)
En "Los debates", periódico político, es donde comenzó a participar este otro autor de la
literatura gauchesca. Usaba el pseudónimo "Anastasio el Pollo" para firmar los primeros textos y en
1866 es cuando publicó "Fausto", su obra más destacada y que, además, es una de las más
importantes de este subgénero.
Antonio D Lussich (1848 - 1928)
Se considera la obra de este autor uruguayo, "Los tres gauchos orientales" que apareció en
1872, una posible influencia que hizo que José Hernández, publicara su obra "Martín Fierro".
José Hernández (1834-1866)
Este autor se convirtió en el máximo representante de la literatura gauchesca gracias a la
publicación en el 1872 se "El gaucho Martín Fierro". Esta obra tuvo un éxito de forma inmediata,
no solo por su calidad estilística sino, sobre todo, porque Hernández colocó en un lugar prestigioso y
reconocido a un personaje marginal de la sociedad argentina. Este personaje se convirtió en un
"héroe" argentino y del movimiento romántico por su ya mencionada vinculación a la naturaleza, su
carácter y su sencillez bucólica.
A los siete años de la publicación de su éxito, Hernández publicó la segunda parte titulada
"La vuelta de Martín Fierro" (1879) en el que hace hincapié en que el gaucho no pretende
convertirse en nadie importante, que no tiene delirios de grandeza. Él es así: sencillo, humilde y de
verdad.
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