Maese Gill entró varias veces, primero a encender las lámparas, luego a traerles la
comida en persona y más tarde para informarles de lo que acontecía en el exterior.
Los Capas Blancas estaban vigilando la posada por las dos bocacalles. Se había
producido un tumulto en las puertas del casco antiguo, durante el cual los guardias de
la reina habían arrestado tanto a portadores de escarapelas blancas como rojas.
Alguien había tratado de grabar el Colmillo del Dragón en la puerta principal y
Lamgwin lo había echado de un puntapié.
Si el posadero consideró extraño que Loial se encontrara en su compañía, no dio
señales de ello. Respondió a las escasas preguntas que le formuló Moraine, pero sin
intención de averiguar sus planes, y, cada vez que iba a la biblioteca, llamaba a la
puerta y aguardaba a que Lan la abriera, como si no se tratara de su propia posada.
Durante su última visita, Moraine le entregó el pergamino cubierto por la nítida
escritura de Nynaeve.
—No será fácil a esta hora de la noche —comentó, mientras daba una ojeada a la
lista—, pero me encargaré de ello.
Moraine le dio también una pequeña bolsa de gamuza que produjo un tintineo al
quedar suspendida por los cordeles que la cerraban.
—Bien. Y ocupaos de que nos despierten antes del amanecer. Los vigilantes
habrán bajado la guardia entonces.
—Los dejaremos con un palmo de narices, Aes Sedai —auguró maese Gill con
una sonrisa en los labios.
Rand estaba bostezando cuando, junto a sus compañeros, abandonó con paso
vacilante la habitación en dirección al baño y los dormitorios. Mientras se frotaba con
un burdo paño en una mano y una gran pastilla de jabón amarilla en la otra, sus ojos
se desviaron hacia el taburete situado junto a la bañera de Mat. La punta dorada de la
daga de Shadar Logoth emergía debajo del borde de la chaqueta doblada. Lan
también le dirigía una mirada de tanto en tanto. Rand se preguntó si realmente sería
tan seguro tenerla tan cerca como Moraine pretendía.
—¿Crees que mi padre llegará a dar crédito a sus oídos? —preguntó Mat, riendo,
mientras se cepillaba la espalda—. ¿Yo, salvando el mundo? Mis hermanas no sabrán
si echarse a reír o a llorar.
Hablaba como el Mat de siempre. Pero Rand, no lograba apartar de su mente
aquella daga.
La noche, con las estrellas veladas por nubarrones, estaba oscura como una boca
de lobo cuando por fin él y Mat subieron a su habitación, situada bajo el alero. Por
primera vez en mucho tiempo, Mat se desvistió antes de entrar en la cama, pero
también colocó la daga debajo de la almohada. Rand apagó de un soplo la vela y se
acostó. Sentía una emanación maligna procedente del otro lecho, no de Mat, sino del
objeto que yacía bajo la almohada. Todavía se inquietaba por ello cuando cayó
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dormido.
Desde el primer instante tuvo conciencia de que aquello era un sueño, una de esas
pesadillas que no eran tales. Estaba de pie, contemplando la puerta de madera, con su
oscura superficie agrietada y erizada de astillas. El aire era frío y húmedo,
impregnado del olor a decadencia. En la distancia, el agua goteaba, produciendo un
monótono sonido que encontraba su eco en los corredores de piedra.
«Renegad de él. Renegad de él y su voluntad de dominio resultará fallida».
Cerró los ojos y se concentró en la Bendición de la Reina, en su cama, en sí
mismo dormido sobre ella. Al abrirlos, la puerta se hallaba todavía allí. El eco de las
salpicaduras se ajustaba al latido de su corazón, como si su pulso les marcara el
ritmo. Trató de visualizar la llama y el vacío, tal como le había enseñado Tam, y halló
la paz interior, pero nada acusó ninguna modificación en su entorno. Lentamente,
abrió la puerta y atravesó el umbral.
Todo permanecía tal como lo recordaba en aquella estancia que parecía esculpida
en la roca. Unos grandes ventanales arqueados daban a un balcón, más allá del cual
unos jirones de nubes superpuestos discurrían como un río desbordado por una
crecida. Las negras lámparas metálicas, que despedían unas llamas demasiado
brillantes para fijar la vista en ellas, relucían con su color negro, que, de algún modo,
presentaba el mismo destello de la plata. El fuego rugía, pero sin aportar calor a aquel
pavoroso lugar, rodeado de aquellas piedras que semejaban vagamente rostros
humanos atormentados.
Todo seguía igual, con una salvedad: sobre la pulida mesa había tres minúsculas
figuras, toscas reproducciones de formas humanas, como si el escultor hubiera
moldeado apresuradamente la arcilla. Una de ellas iba acompañada de un lobo, cuyos
contornos detallados contrastaban con la imperfección de las siluetas de los hombres;
otra asía una diminuta daga, en cuya empuñadura había un punto rojo que reflejaba la
luz. La última empuñaba una espada. Con los cabellos de la nuca erizados, se
aproximó lo suficiente para distinguir la garza, representada con exquisita fidelidad,
en aquella pequeña hoja.
Levantó la cabeza, presa de pánico, y miró directamente el solitario espejo. La
imagen proyectada continuaba siendo borrosa, pero no tan indefinida como la vez
anterior. Casi podía reconocer sus propias facciones. Si imaginaba que entornaba los
ojos, casi podía decir quién era.
—Has estado ocultándote a mis ojos durante demasiado tiempo.
Se volvió de la mesa, con la garganta atenazada. Un momento antes se hallaba
solo, pero ahora Ba’alzemon estaba de pie delante de las ventanas. Al hablar, sus ojos
y boca quedaron sustituidos por cavernas llameantes.
—Demasiado tiempo, pero no se prolongará mucho.
—Reniego de ti —dijo Rand con voz ronca—. Niego que tengáis cualquier clase
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de poder sobre mí. Niego vuestra existencia.
—¿Piensas que es tan sencillo? —replicó Ba’alzemon, y prorrumpió en sonoras
carcajadas que atravesaban su ardiente boca—. De todas maneras, siempre te has
comportado igual. En cada ocasión en que nos hemos encontrado, te has creído capaz
de desafiarme.
—¿A qué os referís, en cada ocasión? ¡Reniego de vos!
—Siempre lo haces. Al principio. Esta contienda que mantenemos se ha
reproducido infinidad de veces. En cada ocasión tu rostro es distinto, así como tu
nombre, pero eres tú invariablemente.
—Reniego de vos. —Aquél era un susurro de desesperación.
—En cada ocasión diriges tu insignificante fuerza contra mí y al final siempre
acabas reconociendo quién es el amo. Era tras era, te postras de rodillas ante mí, o
pereces deseando poseer el vigor necesario para caer de hinojos. Pobre necio, jamás
puedes vencerme.
—¡Embustero! —gritó—. Padre de las Mentiras. Padre de los Necios si no eres
capaz de obtener resultados mejores. Los hombres te encontraron en la última era, la
Era de Leyenda, y te confinaron a tu lugar de pertenencia.
Ba’alzemon volvió a reír, con imparables carcajadas burlonas, hasta que Rand
sintió el impulso de taparse los oídos para no escucharlo. Se esforzó por conservar las
manos en sus costados. A pesar del vacío logrado, estaban trémulas cuando las
risotadas por fin enmudecieron.
—Gusano, tú no sabes nada de nada. Eres tan ignorante como un escarabajo que
vive bajo una piedra y tan vulnerable como él ante un eventual pisotón. Los hombres
lo consideran, sin excepción, una nueva guerra, cuando no es más que la misma que
acaban de descubrir de nuevo. Pero ahora el cambio se aproxima con el soplo del
viento de los tiempos. Esta vez no habrá retroceso. A esas altaneras Aes Sedai que
piensan hacerte rebelar contra mí, las vestiré de cadenas y las haré correr desnudas a
cumplir mi voluntad o arrojaré sus almas al Pozo de la Condenación para que emitan
eternos alaridos. A todas menos a las que ya me obedecen ahora. Ellas sólo se
encuentran a un paso tras de mí. Tú puedes elegir sumarte a ellas y dejar que el
mundo se humille a tus pies. Te lo ofrezco una vez más, la última. Puedes alzarte
sobre ellas, sobre todos los poderes y dominios salvo el mío. Se han dado ocasiones
en las que has tomado esa vía, ocasiones en las que has vivido lo suficiente para
conocer tu poderío.
«¡Reniega de él!» Rand salió al paso de lo que podía negar.
—Ninguna Aes Sedai sirve tu causa. ¡Es otra de tus mentiras!
—¿Es eso lo que te han dicho? Hace dos mil años envié a mis trollocs a través del
mundo e incluso entre las Aes Sedai encontré a aquellas que sucumbieron a la
desesperación, conscientes de que el mundo era incapaz de resistir los embates de
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Shai’tan. Durante dos milenios el Ajah Negro ha convivido con los otros, inadvertido
entre las sombras. Tal vez incluso me sirven quienes pretenden querer ayudarte.
Rand agitó la cabeza, tratando de desprenderse de las dudas que lo asaltaban, la
incertidumbre que abrigaba respecto a Moraine, respecto a lo que las Aes Sedai
buscaban de él, sus verdaderas intenciones referentes a su persona.
—¿Qué queréis de mí? —gritó. «¡Reniega de él! ¡Luz, ayúdame a negarlo!»
—¡Arrodíllate! —Ba’alzemon apuntó al suelo, ante sus pies—. ¡Arrodíllate y
reconóceme como amo! Al final, lo harás. Serás una de mis criaturas o morirás.
La última palabra resonó en toda la habitación, reproduciendo indefinidamente su
eco, hasta que Rand levantó los brazos como si quisiera protegerse la cabeza de un
golpe. Retrocedió, tambaleante, hasta chocar con la mesa y gritó, tratando de ahogar
el sonido que hería sus oídos.
—¡Nooooooooooo!
Entre tanto, giró sobre sí, y arrojó las figuras al suelo. Sintió un pinchazo en la
mano, del que hizo caso omiso, mientras machacaba la arcilla, hasta convertirla en
una informe masa bajo sus pies. No obstante, cuando cesó su alarido, el eco
continuaba resonando, incrementando su intensidad.
—…morirás-morirás-morirás-morirás-MORIRÁS-MORIRÁS-MORIRÁS-
MORIRAS-MORIRÁS-MORIRÁS-MORIRÁS-MORIRÁS-MORIRÁS-
MORIRÁS…
El sonido lo sumía en una especie de torbellino, lo absorbía, desgarraba en jirones
el vacío creado en su mente. La luz se difuminó y su campo de visión se redujo a un
estrecho túnel al fondo del cual se hallaba Ba’alzemon iluminado por el último rayo
de claridad; fue menguando hasta adoptar el tamaño de su mano, de su dedo, y al fin
desapareció. El eco seguía envolviéndolo, como un negro sudario.
El ruido que produjo su cuerpo al chocar con el suelo lo despertó, mientras
todavía forcejeaba por desprenderse de la oscuridad. La habitación estaba en
penumbras, pero la oscuridad no era total. Trató de aferrarse frenéticamente a la
imagen de la llama y arrojar sus temores en ella, pero la calma del vacío lo rehuía. Le
temblaban los brazos y las piernas, pero porfió en su intento hasta que la sangre dejó
de martillearle los oídos.
Mat se revolvía en la cama, gruñendo en sueños.
—…reniego de vos, reniego de vos, reniego de vos… —Su voz se difuminó en
ininteligibles gemidos.
Rand lo zarandeó para despertarlo, y al primer contacto Mat se sentó con un
gruñido estrangulado. Por espacio de un minuto, Mat miró con ojos desorbitados a su
alrededor; luego espiró largamente, estremeciéndose, y hundió la cabeza entre las
manos. De repente se volvió, buscando a tientas debajo de la almohada, y luego se
echó con la daga aferrada con ambas manos sobre el pecho. Volvió la cabeza para
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