El Susurro de Mis Recuerdos miedo se apoderó de ella, pero la desesperación por conectarse con su
hija la impulsó a quedase.
En un pequeño pueblo anidado entre montañas cubiertas de niebla,
donde el tiempo parecía ralentizar su curso y el aire se impregnaba del
aroma a pino y tierra húmeda, se alzaba una antigua mansión. Llamada "¿Valentina?" susurró, su voz apenas audible. El silencio en respuesta
la Casa de los Olvidados, sus paredes estaban cubiertas de hiedra y sus fue ensordecedor.
ventanas, cubiertas de polvo, parecían ser los ojos de un ser que había
presenciado siglos de dolor. Se decía que en su interior habitaban De repente, escuchó un susurro, un eco que parecía provenir de las
espíritus que no podían descansar, almas errantes atadas a los ecos de paredes mismas. "Mamá..." La palabra, suave y delicada, le hizo latir el
su pasado. corazón con fuerza. Era la voz de su hija, pero el sonido se desvaneció
tan rápido como había llegado. Marta, con la respiración entrecortada,
La leyenda se había transmitido de generación en generación, y aunque se levantó y se aventuró por los muebles cubiertos de polvo y telarañas,
muchos se atrevieron a acercarse, pocos regresaron. Aquellos que lo guiándose por la tenue luz que entraba a través de las rendijas de las
hicieron, estaban marcados con un temor palpable, como si una sombra ventanas.
persistente hubiera encontrado refugio en sus corazones. A pesar del
miedo, la curiosidad siempre lograba atraer a algunos audaces A medida que avanzaba por el pasillo, los susurros se hicieron más
visitantes que, en su ignorancia, creían que podían desafiar las fuerzas claros, formando frases fragmentadas que la envolvían:
que habitaban en la mansión.
"Estamos aquí... no te vayas... escúchanos..."
Una noche de tormenta, Marta, una mujer de cuarenta años, llegó al
Marta sintió un tirón en su pecho. Cada palabra resonaba con su dolor.
pueblo. Había escuchado historias sobre la Casa de los Olvidados, y tras
La casa parecía hablarle de las almas atrapadas dentro de sus muros,
sufrir una profunda pérdida personal, decidió enfrentar sus propios
seres que al igual que ella, habían experimentado la pérdida. Con cada
fantasmas. La muerte de su joven hija, Valentina, había dejado un vacío
paso, las historias de los fantasmas tomaban forma en su mente;
en su vida que nunca podría ser llenado, y pensó que tal vez, al
recuerdos de viejas tragedias, amores rotos y promesas olvidadas.
acercarse a lo desconocido, encontraría respuestas. Con un diario en
mano y una linterna parpadeante, se dirigió hacia la mansión. Finalmente, llegó a una habitación al final del pasillo, la cual tenía la
puerta entreabierta. Al empujarla, un frío glacial la envolvió. Las paredes
Una vez dentro, el aire se tornó pesado, como si cada rincón estuviera
estaban adornadas con espejos rotos, y en el centro, una cama antigua
cargado de sufrimiento y secretos. Las paredes estaban adornadas con
parecía ser el lecho de un tiempo perdido. En aquel lugar, la atmósfera
retratos descoloridos de rostros que parecían seguirla con la mirada.
estaba cargada de un aire peculiar.
Con cada paso que daba, los crujidos del suelo resonaban como
lamentos lejanos. Se sentó en una de las viejas sillas del vestíbulo, la Marta se acercó al espejo más grande y, al mirarse en él, no vio su
cual, al tocarla, parecía vibrar con la energía de quienes habían estado reflejo, sino el de una niña. Valentina sonreía desde el otro lado, con una
allí antes que ella. luz resplandeciente que parecía proceder del mismo reflejo. "Mamá,
estoy bien", dijo, pero la voz no era sólo un lamento; tenía una
Marta abrió su diario y comenzó a escribir, dejando fluir sus
serenidad que Marta no había escuchado en mucho tiempo.
pensamientos. Sin embargo, una repentina corriente de aire frío recorrió
la habitación y apagó su linterna. La oscuridad la envolvió, pero también Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Marta. "No puedo
sintió una presencia. Era como si alguien estuviera allí, observándola. El vivir sin ti", confesó, su corazón desgarrado por la tristeza. "La vida me
ha dejado vacía."
La imagen de su hija pareció moverse, girando hacia el espejo, y como
si una sabiduría antigua fluyera de su ser, respondió: "A veces, lo que
nos mantiene atados no es nuestra ausencia, sino el miedo a soltar. No
estoy perdida, mamá. Estoy aquí. Aprende a recordarme sin dolor. Deja
que mis recuerdos te guíen."
Los murmullos alrededor de Marta se transformaron en un coro
armonioso, voces llenas de amor y comprensión. En ese instante,
comprendió que cada alma en la casa había pasado por una pérdida y
habían encontrado su camino hacia la paz a través de la aceptación.
El llanto de su hija resonó en su corazón, y por primera vez, sintió una
sensación de alivio. Entendió que el destino no siempre era cruel; a
veces, simplemente era un ciclo de energía que debía ser liberado. Con
su mente en calma, dejó caer el diario al suelo y, con un profundo
suspiro, comenzó a reír, una risa que brotó desde el fondo de su ser,
como un río que finalmente había encontrado su cauce.
La mansión, resonando con la nueva energía de Marta, pareció tomar
vida. Las paredes que antes habían sido testigos de tristeza comenzaron
a vibrar con una luz suave y cálida. Los ecos susurrantes de los
fantasmas se transformaron en melodías, llenando el aire con un canto
de esperanza y renovación.
Marta finalmente dejó la Casa de los Olvidados, no como una mujer rota
por el sufrimiento, sino como una madre que había encontrado una
nueva conexión con su hija. El pueblo que la había recibido con
desconfianza, la vio salir con una sonrisa, y en su interior, sabía que
nunca volvería a la mansión, pero siempre llevaría consigo el eco de
aquellos que habían quedado atrás, susurros de amor entrelazados con
la vida misma.
Y así, la Casa de los Olvidados continuó su existencia, albergando los
recuerdos de aquellos que la habitaron y ofreciendo consuelo a los que,
como Marta, se atrevían a enfrentar sus propios fantasmas.