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Lan, un Guardián, salva a Perrin y Egwene de Byar, un Capa Blanca, en medio de la oscuridad y el caos de una tormenta. Tras liberar a Perrin, se escapan del campamento de los Hijos, disfrazándose con capas blancas para evitar ser detectados. Finalmente, se reúnen con Nynaeve y Moraine, quienes les instan a partir rápidamente en busca de Rand y Mat.

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Lan, un Guardián, salva a Perrin y Egwene de Byar, un Capa Blanca, en medio de la oscuridad y el caos de una tormenta. Tras liberar a Perrin, se escapan del campamento de los Hijos, disfrazándose con capas blancas para evitar ser detectados. Finalmente, se reúnen con Nynaeve y Moraine, quienes les instan a partir rápidamente en busca de Rand y Mat.

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Entonces la oscuridad que invadía la luz se transformó en Lan, cuyos

movimientos hacían oscilar el color de los pliegues de su capa entre sombras grises y
negras. El hacha que empuñaba Byar se descargó como un rayo… y Lan se inclinó
hacia un lado tranquilamente, dejando que la hoja pasara tan cerca de su cuerpo como
para escuchar el silbido del aire que hendía. Byar abrió desmesuradamente los ojos
cuando la fuerza de su descarga le hizo perder el equilibrio, mientras el Guardián lo
golpeaba con manos y pies en una rápida sucesión, tan veloz que Perrin no estaba
seguro de haberla visto. De lo que sí tuvo certeza era de que Byar se había
derrumbado como una marioneta. Antes de que el Capa Blanca se abatiera en el
suelo, el Guardián ya se había postrado de hinojos y apagado la linterna.
Con el súbito retorno de la oscuridad, Perrin parpadeó enceguecido. Al parecer,
Lan había desaparecido de nuevo.
—¿Es real…? —Egwene emitió un sollozo—. Os creíamos muertos a todos.
—Aún no —contestó el Guardián con un susurro.
Sus manos tocaron a Perrin, palpando sus ataduras. Un cuchillo sesgó las cuerdas,
devolviéndole la libertad. Sus doloridos músculos protestaron cuando se sentó. Se
frotó las muñecas, mientras contemplaba el bulto grisáceo que componía la figura de
Byar.
—¿Lo habéis…? ¿Está…?
—No —repuso la calmada voz de Lan desde las tinieblas—. No doy muerte a
menos que ésa sea mi intención. En todo caso no molestará a nadie durante un buen
rato. Parad de hacer preguntas y tapaos con sus capas. No disponemos de mucho
tiempo.
Perrin se arrastró hasta donde yacía Byar. Le supuso un esfuerzo tocarlo, y,
cuando sintió su pecho que subía y bajaba, casi apartó las manos compulsivamente.
La piel le hormigueaba mientras desataba la capa blanca. A pesar de lo afirmado por
Lan, se imaginaba al hombre de huesudas facciones incorporándose inopinadamente.
Tanteó deprisa a su alrededor hasta encontrar el hacha y luego se acercó a otro
centinela. Le pareció extraño, al principio, no sentirse reacio a sentir el tacto de aquel
hombre inconsciente, pero pronto dedujo el motivo. Todos los Capas Blancas lo
odiaban, expresando así una emoción humana. Byar en cambio no los odiaba, no
tenía ningún sentimiento; sólo pensaba que debían morir.
Con las dos capas en la mano, giró sobre sí… y el terror se apoderó de él. La
oscuridad le había hecho perder de improviso el sentido de la orientación y se veía
incapaz de encontrar a Lan y los demás. Sus pies permanecían clavados en el suelo,
sin osar moverse. Incluso Byar yacía oculto por la noche sin su capa blanca. No había
nada que pudiera orientarlo. Sus pasos podían adentrarlo en el campamento.
—Aquí.
Caminó a trompicones hacia el lugar donde Lan había emitido el susurro, hasta

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que lo detuvieron unas manos. Egwene era una lóbrega sombra y el rostro de Lan una
mancha borrosa sin solución de continuidad con el resto de su cuerpo, que parecía no
encontrarse allí. Sintió sus ojos prendidos en él y se preguntó si debía darles una
explicación.
—Poneos las capas —ordenó Lan—. Rápido. Plegad las vuestras. Y no hagáis el
más leve ruido. Todavía no estáis a salvo.
Perrin entregó enseguida una de las prendas a Egwene, aliviado por no tener que
confesar sus temores. Luego cambió su capa por una de las blancas, que le produjo un
hormigueo en los hombros, una punzada de desasosiego entre las clavículas. ¿Sería la
capa de Byar la que le había tocado en suerte? Casi creía percibir el olor de aquel
enjuto individuo.
Lan les indicó que se dieran la mano y Perrin aferró el hacha con una de ellas y la
de Egwene con la otra, deseoso de que el Guardián dispusiera su pronta huida para
contener el desafuero de su imaginación. Sin embargo, permanecieron inmóviles,
rodeados por las tiendas de los Hijos, conformando un grupo de sombras envueltas en
capas blancas y otra cuya presencia se detectaba, pero no se veía.
—Pronto —musitó Lan—. Muy pronto.
Un relámpago quebró la noche sobre el campamento, a tan corta distancia que
Perrin sintió que se le erizaban los pelos de los brazos y la cabeza. Justo detrás de las
tiendas la tierra entró en erupción a consecuencia de la descarga, entremezclando su
explosión con la del cielo. Antes de que la luz se apagara, Lan los condujo hacia
adelante.
Con el primer paso un nuevo centelleo sesgó la oscuridad. Los rayos caían como
la lluvia, entre cuyos destellos se entreveían momentáneamente las tinieblas. Los
truenos, encadenados entre sí, producían un fragor incesante. Los caballos,
despavoridos, emitían relinchos que apagaban las detonaciones. Los hombres
tropezaban al salir de las tiendas, algunos con sus capas blancas, otros a medio vestir,
unos corriendo de un lado a otro y los demás inmóviles, de pie, como petrificados.
Lan los guiaba al trote en medio de la confusión. Los Capas Blancas los miraban
pasar con estupor. Algunos los llamaban, confundiendo sus voces con el estrépito del
cielo, pero, al estar envueltos en las capas blancas, nadie trató de detenerlos.
Cruzaron las tiendas y abandonaron el campamento para perderse en la noche, sin
que nadie alzara la mano contra ellos.
El suelo se volvió irregular bajo los pies de Perrin y la maleza lo arañó, mientras
dejaba que tiraran de él. El relámpago parpadeó antes de apagar su luz. Los ecos de
los truenos retumbaron en el cielo antes de que ellos desaparecieran también. Perrin
miró hacia atrás. Entre las tiendas crepitaban varios fuegos, producidos tal vez por los
rayos o por las lámparas caídas entre la barahúnda. Los hombres todavía gritaban,
con voces que sonaban apagadas en la noche, intentando restablecer el orden y

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averiguar lo ocurrido. El terreno comenzó a formar una pendiente de subida, mientras
los alaridos y las tiendas quedaban atrás.
De repente casi tropezó con los tobillos de Egwene, al pararse Lan. Más adelante
se veían tres caballos.
Una sombra se movió y luego se oyó la voz de Moraine, impregnada de irritación.
—Nynaeve no ha vuelto. Me temo que esa joven habrá cometido alguna
insensatez. —Lan giró sobre sus talones como si fuera a deshacer el camino
recorrido, pero una única palabra de Moraine, emitida como un restallido, lo contuvo
—. ¡No! —Permaneció inmóvil, mirándola de soslayo, con las manos y el rostro
únicamente visibles, aunque reducidos a unas manchas sombreadas. La Aes Sedai
prosiguió con un tono menos imperativo, que no dejaba de reflejar una inflexible
firmeza—. Algunas cosas son más importantes que otras, ya lo sabes. —El Guardián
continuó quieto y la voz de Moraine volvió a adoptar su dureza—. ¡Recuerda tus
juramentos, al’Lan Mandragoran, Señor de las Siete Torres! ¿Qué vale el juramento
de un señor que lleva la diadema de guerra de los malkieri?
Perrin pestañeó. ¿Lan era todo aquello? Egwene estaba murmurando, pero él no
podía apartar los ojos de la escena que se desarrollaba ante sí, en la que Lan
permanecía paralizado como un lobo de la manada de Moteado, un lobo mantenido a
raya por la diminuta Aes Sedai, tratando en vano de escapar a su destino.
Un crujido de ramas quebradas en la espesura interrumpió aquel mudo forcejeo.
En dos largas zancadas Lan se halló entre Moraine y la fuente del sonido, reflejando
en la hoja de su espada la pálida luz de la luna. Entonces dos caballos surgieron de
entre los árboles, uno de ellos con un jinete sobre su lomo.
—¡Bela! —exclamó Egwene.
—Por poco no os encuentro —confesó Nynaeve desde la silla de la yegua—.
¡Egwene! ¡Gracias a la Luz que estás viva!
Desmontó, pero, cuando caminaba hacia los dos muchachos, Lan la agarró del
brazo y ella se detuvo en seco, levantando la mirada hacia él.
—Debemos partir, Lan —dijo Moraine, con voz tan imperturbable como antes.
Al oír a la Aes Sedai, el Guardián soltó a Nynaeve.
Frotándose el brazo, ésta corrió a abrazar a Egwene, pero Perrin creyó haberla
oído emitir una queda carcajada antes. Aquello lo desconcertó, dado que le pareció
que aquella risa no guardaba ninguna relación con su alegría por volver a verlos.
—¿Dónde están Rand y Mat? —preguntó.
—En otro lugar —respondió Moraine, mientras Nynaeve murmuraba algo que
produjo asombro en Egwene. Perrin dio un respingo; había escuchado parte de un
rudo juramento de carretero—. Quiera la Luz que estén bien —prosiguió la Aes Sedai
como si no lo hubiera advertido.
—Ninguno de nosotros estará bien —terció Lan— si nos encuentran los Capas

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Blancas. Cambiaos las capas y subid a caballo.
Perrin montó el caballo que Nynaeve había traído detrás de Bela. La ausencia de
silla no le molestaba en absoluto, puesto que, si bien no montaba a menudo en el
pueblo, cuando lo hacía era siempre a pelo. Todavía conservaba la capa blanca,
ahora: enrollada y atada a la cintura. El Guardián había dicho que no debían dejar
más rastros que los imprescindibles. Aún creía percibir el olor de Byar en aquella
prenda.
Cuando emprendían la marcha, Perrin sintió nuevamente la llamada de Moteado
en su cerebro. «Hasta otro día». Era más un sentimiento que una frase articulada, en
el que percibía un suspiro y a la vez la promesa de un encuentro preestablecido, una
previsión de un hecho futuro y la resignación por lo que había de suceder, todo
dispuesto en capas superpuestas. Intentó preguntar cuándo y por qué, apresurado e
invadido por un súbito temor. La huella de los lobos se debilitaba, amortiguándose.
Sus frenéticas preguntas únicamente recibieron la misma respuesta cargada de
significados. «Hasta otro día». Aquella despedida ocupó su cerebro hasta mucho
después de que se hubiera quebrado la comunicación con los lobos.
Lan se dirigió hacia el sur con paso lento, pero regular. La espesura encubierta
por la noche, con el terreno ondulante, la maleza que no se percibía hasta hollarla y la
profusión de árboles no admitían, en todo caso, una gran velocidad. El Guardián se
separó de ellos en dos ocasiones y retrocedió en dirección a la luna con su semental,
que al igual que él, se confundía con la propia noche. Las dos veces regresó con la
información de que no había señales de persecución.
Egwene permanecía al lado de Nynaeve. Perrin percibía retazos de una excitada
charla mantenida en voz baja. Ellas dos estaban tan animadas como si se encontraran
en casa. Él se mantenía a la zaga de la reducida comitiva. La Zahorí se volvía de vez
en cuando para mirarlo y él la saludaba con la mano, como para asegurarle que se
encontraba perfectamente, y permanecía en el mismo lugar. Tenía mucho en que
pensar, aun cuando no lograra poner orden en su mente. «¿Qué va a ocurrir? ¿Qué va
a ocurrir?»
Según los cálculos de Perrin fue poco antes del amanecer cuando Moraine
consintió en realizar una parada. Lan halló un barranco donde poder encender fuego,
en una oquedad de una de las vertientes.
Finalmente les fue permitido deshacerse de las capas blancas, enterrándolas en un
hoyo cavado cerca de la fogata. Cuando se disponía a arrojar la prenda que había
utilizado, sus ojos toparon con el sol dorado bordado en el pecho y las dos estrellas
debajo. Tiró la capa como algo pestilente y se alejó, limpiándose las manos con la
suya, para sentarse a solas.
—Y ahora —insistió Egwene, mientras Lan cubría con tierra el agujero—, ¿va
alguien a decirme dónde están Rand y Mat?

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