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Tuatha'an

Perrin y Egwene reflexionan sobre sus experiencias y sueños, mientras avanzan junto a Elyas. Nynaeve, por su parte, se siente frustrada con Moraine y su insistencia en llevarla a Tar Valon, mientras percibe una tensión creciente en el ambiente. La presencia del Oscuro se siente como una amenaza latente que afecta a todos los personajes en su viaje.

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Tuatha'an

Perrin y Egwene reflexionan sobre sus experiencias y sueños, mientras avanzan junto a Elyas. Nynaeve, por su parte, se siente frustrada con Moraine y su insistencia en llevarla a Tar Valon, mientras percibe una tensión creciente en el ambiente. La presencia del Oscuro se siente como una amenaza latente que afecta a todos los personajes en su viaje.

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referían. Al Oscuro. Estaban hablando del sueño que había padecido.

Del sueño que


habían padecido todos.
Se estremeció al tiempo que los lobos avanzaban para explorar la senda. Egwene
cumplía su turno a lomos de Bela y él caminaba a su lado. Elyas iba en cabeza, como
de costumbre, y caminaba a grandes zancadas.
Perrin no quería recordar aquella pesadilla. Había abrigado la creencia de que los
lobos los guardaban del peligro. «No del todo. Acepta. Con todo el corazón. Con toda
la conciencia. Todavía te debates. Sólo será total cuando aceptes».
Se esforzó por apartar a los lobos de su mente y pestañeó sorprendido. No sabía
que tenía la capacidad de hacerlo. Resolvió no dejarlos volver a ocupar su
pensamiento. «¿Incluso en los sueños?» No estaba seguro de si aquella objeción era
suya o de los animales.
Egwene todavía llevaba el collar de cuentas azules que le había regalado Aram y
un pequeño ramito de hojas de un rojo intenso que adornaba sus cabellos, otro
agasajo del joven Tuatha’an. Perrin tenía la certeza de que Aram había tratado de
convencerla para que permaneciera con el Pueblo Errante. Él estaba contento de que
ella no hubiera cedido a sus demandas, pero deseaba que no acariciara con tanto
entusiasmo las cuentas.
—¿De qué hablabais durante todo el tiempo que pasabas con Ila? —preguntó por
fin—. Cuando no bailabas con ese tipo de piernas largas estabas conversando con ella
como si compartierais una especie de secreto.
—Ila me daba consejos sobre cómo ser una mujer —repuso distraídamente
Egwene.
Perrin comenzó a reír y ella le asestó una fiera mirada que él no acertó a ver.
—¡Consejos! Nadie nos recomienda a nosotros qué hay que hacer para ser un
hombre. Lo somos de manera natural.
—Ése —replicó Egwene— es seguramente el motivo por el que hacéis tan poco
honor a vuestra condición.
Elyas soltó una sonora y aguda carcajada.

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CAPITULO
28

Huellas en el aire

N
ynaeve contempló con asombro la estructura que se elevaba sobre el río, el
Puente Blanco que resplandecía con un brillo lechoso a la luz del sol. Otra
leyenda, reflexionó, mirando de soslayo al Guardián y a la Aes Sedai, que
cabalgaban justo delante de ella. Otra leyenda, y ellos no parecen siquiera advertirla.
Decidió no mirar mientras ellos pudieran verla. «Se reirían si me vieran boquiabierta
como un patán de pueblo». Los tres avanzaban en silencio hacia el renombrado
puente.
Desde la mañana posterior a su estancia en Shadar Logoth, cuando había
encontrado a Moraine y a Lan en la orilla del Arinelle, apenas podía decirse que
había mantenido una conversación normal con la Aes Sedai. Habían hablado, desde
luego, pero de asuntos intrascendentes, al parecer de Nynaeve. Por ejemplo, Moraine
había intentado convencerla en más de una ocasión de que fuera a Tar Valon. Iría allí,
si ello era necesario y seguiría un curso de aprendizaje, pero no impulsada por los
motivos que creía la Aes Sedai. Si Moraine había sido la causante de que Egwene o
los chicos hubieran sufrido algún daño…
A veces, en contra de su voluntad, Nynaeve cavilaba sobre las posibilidades que
se abrirían a una Zahorí capaz de esgrimir el Poder Único. No obstante, siempre que
descubría aquellos pensamientos en su interior, los rechazaba presa de ira. El Poder
era algo inmundo y ella no iba a consentir entrar en contacto con él, a menos que se
viera obligada.
Aquella maldita mujer sólo quería hablar de llevarla a Tar Valon para
aleccionarla. ¡Moraine no tenía nada que decirle! De todas maneras, ella no quería
inquirir gran cosa.
—¿Cómo planeáis encontrarlos? —recordó haber preguntado.
—Como ya os he explicado —repuso Moraine sin molestarse en volver la mirada
hacia ella—, lo sabré cuando me halle cerca de los dos que han perdido las monedas.

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No era aquélla la primera vez que Nynaeve le hacía la misma pregunta, pero la
voz de la Aes Sedai continuaba sonando con tanta placidez como la superficie de un
remanso que se obstinaba en permanecer lisa por más piedras que Nynaeve arrojara
sobre ella; Nynaeve sabía que hallaría el modo de hacerla zozobrar.
—Cuando más tiempo transcurra —prosiguió Moraine—, más cerca deberé
encontrarme, pero llegado el momento tendré la certeza. En cuanto al que todavía
conserva el lazo de unión, mientras lo conserve en su poder, puedo seguir sus pasos
por medio mundo si es necesario.
—¿Y entonces? ¿Qué tenéis pensado para cuando los encontréis, Aes Sedai? —
No creía que Moraine se tomara tan en serio el cometido de hallarlos si no tenía
planes posteriores.
—Tar Valon, Zahorí.
—Tar Valon, Tar Valon. Siempre decís lo mismo y estoy comenzando a…
—Una parte del entrenamiento que recibiréis en Tar Valon, Zahorí, os ayudará a
controlar vuestro genio. No puede hacerse nada con el Poder Único cuando la mente
está gobernada por la emoción. —Nynaeve abrió la boca, pero la Aes Sedai prosiguió
—. Lan, debo hablar contigo un momento.
Ambos pegaron sus cabezas, apartaron su atención de Nynaeve y de la furiosa
mirada que les dirigía, una mirada que ella misma detestaba siempre que la advertía
en su rostro, y esto sucedía con demasiada frecuencia cuando la Aes Sedai desviaba
sus preguntas hacia otro tema, se zafaba tranquilamente de ella con ardides verbales o
desoía sus gritos hasta que por fin ella misma se sumía en el silencio. Su semblante
ceñudo la hacía sentir como una muchachita que hubiera sido sorprendida poniéndose
en ridículo por alguna de las mujeres del Círculo. Aquélla era una sensación a la que
no estaba habituada Nynaeve y la plácida sonrisa de Moraine sólo servía para
empeorar las cosas.
Si al menos hubiera algún modo de deshacerse de aquella mujer… Lan tendría
mejor comportamiento sin ella —un Guardián sabría enfrentarse a cualquier albur, se
dijo apresuradamente, con súbito rubor; no había otros motivos—, pero no había
Guardián sin Aes Sedai.
Sin embargo, Lan la enfurecía aún más que la propia Moraine. No comprendía
cómo lograba irritarla con tanta facilidad. Rara vez decía algo, en ocasiones no más
de diez palabras al día, y nunca participaba en ninguna de las… discusiones que
sostenía con Moraine. A menudo se hallaba alejado de las dos mujeres, ocupado en
efectuar su reconocimiento del terreno, pero incluso cuando se encontraba cerca se
mantenía ligeramente apartado y las observaba como si presenciara un duelo. Si
aquello era realmente un duelo, ella no había conseguido vencer en ninguna ocasión,
y Moraine no parecía percatarse de que estuvieran peleando. Nynaeve habría podido
prescindir de sus fríos ojos azules, y del mudo auditorio que él representaba.

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El silencio había sido el rasgo distintivo de su viaje, un silencio que sólo se veía
truncado cuando ella perdía los estribos o en las veces que gritaba y el sonido de su
voz parecía hendir la quietud como si quebrara un vidrio. La tierra también
permanecía callada, como si el mundo se hubiera tomado una pausa para recobrar
aliento. El viento gemía en los árboles pero el resto estaba aletargado en la más
absoluta calma. El propio viento parecía distante, aun en los momentos en que sus
ráfagas le golpeaban la cara.
Al principio, aquella inquietud resultó tranquilizadora después de todo lo
sucedido. Tenía la impresión de no haber disfrutado de un instante de paz desde la
Noche de Invierno. No obstante, al finalizar la primera jornada de trayecto con la Aes
Sedai y el Guardián, miraba por encima del hombro y se revolvía en la silla como si
tuviera una comezón en un punto de la espalda al cual no llegaban sus manos. El
silencio se le antojaba un cristal destinado a hacerse añicos y la espera del primer
estallido le ponía los pelos de punta.
Aquel peso también oprimía a Moraine y Lan, a pesar de su apariencia
imperturbable. Pronto advirtió que, bajo su apacible actitud exterior, su tensión se
incrementaba horas tras hora. Moraine parecía prestar oído a sonidos que no se
producían allí y lo que escuchaba le hacía arrugar la frente. Lan escrutaba la floresta
y el río como si los desnudos árboles y las mansas aguas transmitieran señales de
emboscadas que lo aguardaran en el camino.
Una parte de sí misma se alegraba de no ser la única que percibía aquella
sensación de precario equilibrio a punto de desmoronarse en el mundo, aunque el
hecho de que a ellos también los afectara significaba que era algo real, y la otra
deseaba que aquello fuera tan sólo fruto de su imaginación. Algo hormigueaba en los
recovecos de su mente, al igual que cuando escuchaba el viento, pero ahora sabía que
eso guardaba relación con el Poder Único y no podía atraer de modo consciente a la
claridad aquellos murmullos que ocupaban el fondo de su pensamiento.
—No es nada —dijo con tranquilidad Lan en respuesta a una de sus preguntas.
No la miraba al hablar; sus ojos no cesaban de escrutar. Después, contradiciendo su
anterior afirmación, añadió— Deberíais volver a Dos Ríos cuando lleguemos a
Puente Blanco, de donde parte el camino de Caemlyn. Esto es demasiado peligroso.
En cambio, si regresáis, nada se interpondrá en vuestra senda. —Aquélla fue la
ocasión en que habló más durante toda la jornada.
—Ella forma parte del Entramado, Lan —intervino Moraine, con la mirada
centrada también en otro lugar—. Es el Oscuro, Nynaeve. La tempestad nos ha
concedido una tregua… por ahora al menos. —Levantó una mano como si palpara el
aire y luego la frotó inconscientemente en su vestido, como si hubiera tocado algo
sucio—. Sin embargo, todavía vigila y su mirada es más intensa. No sólo va dirigida
a nosotros, sino a toda la tierra. ¿Cuánto tiempo habrá de transcurrir hasta que haga

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