a sus compañeros.
—Debemos partir por la mañana —dijo el Guardián, inclinándose para hacer
llegar su voz entre el ruido reinante— y necesitaremos estar bien reposados.
—Hay un tipo que ha estado mirándome —explicó Mat—. Un hombre con una
cicatriz en la cara. ¿Creéis que podría ser un… uno de los amigos de cuya existencia
nos avisasteis?
—¿Así? —inquirió Rand, dibujando con el dedo una línea que atravesó su nariz
hasta la comisura de sus labios—. A mí también me observaba. —Miró el recinto a su
alrededor. La gente se iba y la mayoría de los que quedaban estaban apiñados en
torno a Thom—. Ahora no está aquí.
—Ya lo he visto —repuso Lan—. Según maese Fitch, es un espía que trabaja para
los Capas Blancas. No tenemos por qué preocuparnos de él.
Tal vez Lan decía la verdad, pero Rand advirtió inquietud en su rostro.
Rand miró de soslayo a Mat, quien presentaba una rígida expresión en el rostro
que indicaba que ocultaba algo. «Un espía de los Capas Blancas. ¿Era posible que
Bornhald estuviera tan ansioso por contraatacar?»
—¿Nos iremos pronto? —preguntó—. ¿Muy pronto? —Quizá ya habría
abandonado la ciudad antes de que ocurriera algo.
—Al amanecer —repuso el Guardián.
Mientras abandonaban la sala, Mat tarareaba retazos de canciones y Perrin se
detenía de vez en cuando para ensayar un nuevo paso que había aprendido; Thom se
unió a ellos con grandes dosis de entusiasmo. La cara de Lan era inescrutable cuando
se dirigían a las escaleras.
—¿Dónde duerme Nynaeve? —preguntó Mat—. Maese Fitch dijo que nos había
cedido las últimas habitaciones.
—Le han puesto una cama —respondió secamente Thom— en el dormitorio de la
señora Alys y la chica.
Perrin silbó entre dientes y Mat murmuró:
—¡Rayos y truenos! ¡No me pondría en el lugar de Egwene ni por todo el oro que
hay en Caemlyn!
Por enésima vez, Rand deseó que Mat fuera capaz de pensar seriamente en algo
por espacio de más de dos minutos. Su propia posición no era precisamente
halagüeña en aquellos momentos.
—Voy a tomar un poco de leche —dijo.
Posiblemente lo ayudaría a conciliar el sueño. «Tal vez esta noche no tendré
ninguna pesadilla».
Lan lo miró con severidad.
—Esta noche tiene un halo maligno. No te alejes. Y recuerda: partiremos tanto si
estás lo bastante despierto para sostenerte sobre el caballo como si hemos de atarte a
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él.
El Guardián comenzó a subir las escaleras y los demás lo siguieron, desaparecido
en ellos todo rastro de regocijo. Rand permaneció solo en el corredor, que por cierto
se hallaba solitario después de haber estado ocupado por tanta gente.
Se apresuró a caminar hacia la cocina, donde una fregona se afanaba aún. Ésta le
sirvió una jarra de leche de un gran cántaro de piedra.
Cuando salía de la cocina, bebiendo, una sombra de color negro apagado
comenzó a andar hacia él por el pasadizo, levantando unas pálidas manos para bajar
la capucha que le encubría la faz. Su capa pendía inmóvil al tiempo que avanzaba la
figura y el rostro… Era la cara de un hombre, pero de una palidez cadavérica, como
la de una babosa bajo una piedra, y no tenía ojos. Desde los grasientos cabellos
negros a las hinchadas mejillas era tan lisa como la cáscara de un huevo. Rand se
atragantó y roció el suelo de leche.
—Tú eres uno de ellos, muchacho —dijo el Fado en un ronco susurro, como el de
una lima que rozase suavemente un hueso.
Rand retrocedió, dejando caer la jarra. Quería correr, pero sólo alcanzaba a
obligar a sus pies a dar torpes pasos. No podía desprenderse de aquel semblante
desprovisto de ojos que le retenía la mirada y le helaba las entrañas. Trató de gritar
pidiendo socorro, pero tenía la garganta petrificada. Le dolía el aire que inspiraba.
Jadeaba.
El Fado se aproximó a él, sin apresurarse. Sus zancadas poseían un maléfico y
sinuoso donaire, como el de una serpiente, cuyo semejanza se veía incrementada por
las escamas negras que componían el peto de su armadura. Sus finos labios exangües
dibujaban una cruel sonrisa, que resultaba más insultante al advertir la lisa y pálida
piel que ocupaba el espacio donde debieran encontrarse las cuencas oculares. Su voz
tornaba la de Bornhald en algo amable y dulce.
—¿Dónde están los otros? Sé que están aquí. Habla, muchacho, y te dejaré vivir.
La espalda de Rand chocó contra algo de madera, una puerta o una pared… No
podía volverse para averiguarlo. Ahora que sus pies se habían detenido, no lograba
imprimirles movimiento. Se estremeció, observando al Myrddraal que se deslizaba
hacia él. Su agitación crecía con cada uno de sus pasos.
—Habla, te digo, o…
En el piso de arriba se oyó un rápido claqueteo de botas y el Myrddraal se detuvo
y giró sobre sí. La capa colgaba inmóvil. Por un instante, el Fado ladeó la cabeza,
como si su mirada ciega fuera capaz de penetrar la pared de madera. Una mano de
palidez mortal desenfundó una espada de hoja tan negra como la capa. La luz del
corredor pareció difuminarse en presencia de aquella arma. El martilleo de las botas
arreciaba y el Fado se volvió hacia Rand con un movimiento parecido al de un cuerpo
sin osamenta. La negra hoja se alzó en el aire; sus estrechos labios se retrayeron en un
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rictus al tiempo que emitía un gruñido.
Rand temblaba, sabiendo que iba a morir. El tenebroso acero se abalanzó sobre su
cabeza… y se detuvo.
—Perteneces al Gran Señor de la Oscuridad. —El jadeante carraspeo de aquella
voz sonaba como uñas que raspasen una pizarra—. Eres suyo. —Girando cual una
mancha negra, el Fado se alejó de Rand. Las sombras del final del corredor se
adelantaron y lo abrazaron para hacerlo desaparecer. Lan bajó de un salto el último
escalón, con la espada en mano. Rand se esforzó por recobrar el habla.
—Fado —musitó—. Era…
De improviso recordó su espada. Cuando tenía al Myrddraal delante, no había
pensado en ella. Desenfundó la hoja con la marca de la garza, sin importarle la
inutilidad de aquel gesto en aquellos momentos.
—¡Se ha ido corriendo por allí!
Lan asintió distraídamente. Parecía que prestaba oídos a otra cosa.
—Sí, se ha ido; está esfumándose. Ahora ya no hay tiempo para perseguirlo. Nos
marchamos, pastor.
De las escaleras llegaban más repiqueteos de botas; Mat, Perrin y Thom bajaban
cargados con mantas y albardas. Mat todavía doblaba la manta, con el arco bajo un
brazo.
—¿Nos marchamos? —preguntó Rand. Después de Envainar la espada, tomó sus
pertenencias de manos de Thom—. ¿Ahora? ¿A medianoche?
—¿Quieres esperar a que vuelva el Semihombre, pastor? —espetó
impacientemente el Guardián—. ¿A que vengan media docena? Ahora sabe dónde
estáis.
—Cabalgaré con vosotros de nuevo —informó Thom al Guardián—, si no tenéis
nada que objetar. Demasiada gente recordará que llegué aquí en vuestra compañía.
Me temo que, antes de despuntar el alba, éste será un lugar inhóspito para alguien
considerado amigo vuestro.
—Podéis cabalgar con nosotros o cabalgar hasta Shayol Ghul, juglar. —La funda
de Lan resonó a causa de la fuerza con que éste envainó la espada.
Un mozo de cuadra pasó precipitadamente ante ellos procedente de la puerta
trasera, por la que entraron entonces Moraine y maese Fitch, seguidos de Egwene,
que llevaba su hatillo bajo el brazo. Y Nynaeve. Egwene parecía a punto de estallar
en sollozos a causa del miedo, pero el rostro de la Zahorí era una máscara de fría
furia.
—Debéis tomar en serio lo que os digo —advertía Moraine al posadero—.
Mañana, sin duda, tendréis que enfrentaros a algo desagradable. Amigos Siniestros,
tal vez, o algo peor. Cuando aparezcan, apresuraos a decirles que nos hemos ido. No
ofrezcáis ninguna resistencia. Limitaos a hacerles saber que hemos partido de noche y
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así no os molestarán más. Es a nosotros a quienes buscan.
—No os inquietéis por eso —respondió con jovialidad maese Fitch—. En
absoluto. Si viene alguien a la posada con intención de causar algún daño a mis
huéspedes… bien, mis criados y yo los despacharemos deprisa. En un abrir y cerrar
de ojos. Y no pienso decirles si os habéis ido, ni cuándo, ni si estuvisteis siquiera
aquí. No soporto a ese tipo de gente. Aquí no se dirá ni una palabra referente a
vosotros. ¡Ni una palabra!
—Pero…
—Señora Alys, debo ocuparme de los caballos si debéis partir como la Luz
manda. —Se zafó de la mano de Moraine, que lo retenía por la manga, y corrió en
dirección al establo.
Moraine exhaló un suspiro de impaciencia.
—Qué hombre más obstinado. No hay modo de que escuche.
—¿Creéis que podrían venir los trollocs a buscarnos aquí? —preguntó Mat.
—¡Trollocs! —exclamó Moraine—. ¡Por supuesto que no! Debemos guardarnos
de cosas peores, no siendo la más desdeñable la manera como nos han encontrado. —
Haciendo caso omiso del respingo de Mat, prosiguió— el Fado no creerá que nos
quedamos aquí, ahora que sabemos que nos ha descubierto, pero maese Fitch toma
demasiado a la ligera a los Amigos Siniestros. Tiene la imagen de que son unos
desgraciados agazapados tras las sombras, pero pueden hallarse Amigos Siniestros en
las tiendas y en las calles de cualquier ciudad, y también en los más altos Consejos.
Tal vez el Myrddraal los envíe para ver si pueden averiguar cuáles son nuestros
planes.
Entonces giró sobre sus talones y salió, seguida de Lan.
De camino a las caballerizas, Rand se halló junto a Nynaeve, quien llevaba
asimismo sus mantas y albardas.
—De manera que vienes, después de todo —comentó, pensando que Min estaba
en lo cierto.
—¿Había algo aquí abajo? —preguntó en voz baja—. Ella ha dicho que era… —
Calló de súbito y lo miró.
—Un Fado —respondió, sorprendido de que pudiera decirlo con tanta calma—.
Estaba en el pasillo conmigo, hasta que ha llegado Lan.
Nynaeve se arrebujó en la capa para protegerse del viento al salir de la posada.
—Quizás haya algo que os persigue. Pero yo he venido para encargarme de que
regresarais sanos y salvos al Campo de Emond y no me iré hasta que llegue ese
momento. No os dejaré solos con una mujer de su clase.
En el establo, donde los mozos de cuadra ensillaban los caballos, se movían luces.
—¡Mutch! —gritó el posadero desde la puerta, junto a la que se encontraba
acompañado de Moraine—. ¡Afánate más!
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