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Embrollo

El capítulo analiza el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en Bolivia entre 1952 y 1964, destacando su ascenso al poder tras derrocar a una junta militar y su consolidación mediante la unión de diversas élites y sectores obreros. Se detalla la implementación de reformas significativas, como la nacionalización de las minas y la reforma agraria, que fortalecieron su base de apoyo popular, aunque también sembraron las semillas de su eventual caída. A pesar de su éxito inicial, el MNR enfrentó desafíos políticos y sociales que culminaron en su derrocamiento en 1964.
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Embrollo

El capítulo analiza el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en Bolivia entre 1952 y 1964, destacando su ascenso al poder tras derrocar a una junta militar y su consolidación mediante la unión de diversas élites y sectores obreros. Se detalla la implementación de reformas significativas, como la nacionalización de las minas y la reforma agraria, que fortalecieron su base de apoyo popular, aunque también sembraron las semillas de su eventual caída. A pesar de su éxito inicial, el MNR enfrentó desafíos políticos y sociales que culminaron en su derrocamiento en 1964.
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Capitulo uno.

El Movimiento (1952-1964)

p. 27-90

PLAN DÉTAILLÉ

TEXTE INTÉGRAL

El 9 de abril de 1952, los habitantes de La Paz escuchan por la radio que


los insurgentes del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR),
dirigidos por Hernán Siles Suazo, con el apoyo de los carabineros, han
derrocado a la junta militar que se había instalado en el gobierno hacia
apenas un año, precisamente, con el fin de detener al candidato del
MNR, que había ganado las elecciones presidenciales. En efecto, Víctor
Paz Estenssoro había obtenido 54.049 votos frente a 52.940 del conjunto
de la oposición tradicional, dispersa en varias tendencias rivales.

¿Cómo se llegó a esa instancia? Desde la Guerra del Chaco contra el


Paraguay (1932-1935), la historia política boliviana que encamina al país
hacia la Revolución de Abril de 1952 se puede resumir, sencillamente,
como la del nacimiento y, luego, consolidación de una contra-élite civil y
militar (intelectuales, maestros, empleados, oficiales jóvenes) que, a la
larga, es capaz de derrotar a la oligarquía minera —la de los llamados
“los barones del estaño”—, que, por su parte, contaba con el apoyo de
los hacendados, los importadores y la mayoría de los oficiales del
ejército.

A partir de 1936, los gobiernos favorables a una u otra de estas dos


élites en pugna alternan: socialista militar (1936-1939), de partida,
conservador militar (1939-1943), luego, nacionalista reformista militar-
civil (1943-1946) y, finalmente, reaccionario civil-militar (1946-1952).

Cada uno de estos gobiernos adopta políticas opuestas en lo que a los


reglamentos y las prerrogativas estatales, por un lado, y, por otro, en lo
que al trato relativo a las organizaciones sindicales se refiere. En el
período reformista, se multiplican las prerrogativas y reglamentaciones
pro-estatales, debilitando desde arriba los poderes de la oligarquía, y se
fomentan y remuneran a las organizaciones sindicales, las que, a su vez,
minan los poderes patronales desde abajo. Así, los “barones del estaño”
y sus epígonos se encuentran atenazados entre los administradores del
Estado y sus aliados obreros. A la inversa, durante los períodos
conservadores, la oligarquía tiende a reconquistar sus posiciones,
alegando controles y saneamientos estatales en nombre del liberalismo.

Los nacionalistas del MNR se instalan finalmente en el poder porque


fueron los únicos capaces de conjuncionar la contra-élite civil y militar,
por un lado, y, por otro, los obreros —principalmente los mineros. Esta
coalición es posible debido al descrédito que sufrió la principal
organización política de la postguerra con arraigo popular, el Partido de
la Izquierda Revolucionaria (PIR), marxista, porque colaboró con los
gobiernos conservadores del “sexenio” (1946-1952) y, también, gracias
al acercamiento que se produce, por intermedio de los sindicatos
mineros, entre el Partido Obrero Revolucionario (POR), troskista, y el ala
izquierda de los nacionalistas. Esta alianza eclosiona entre el 9 y el 11
de abril, cuando el golpe de estado del MNR parecía condenado al
fracaso: entonces, el pueblo de las barriadas de La Paz y los mineros de
Oruro aúnan sus fuerzas con las del Movimiento para asegurarle un
triunfo definitivo.

El MNR se constituye entre 1936 y 1944. Su primer programa político se


hace público en 1942. Incorpora diversos núcleos: una logia de
excombatientes de la Guerra del Chaco, la “Estrella de Hierro,”
conservadora (Víctor Andrade), un círculo de periodistas e intelectuales
reunidos en torno al periódico La Calle, harto virulentos en relación a los
“barones del estaño,” y antiimperialistas (Augusto Céspedes, Carlos
Montenegro); y, en fin, un conjunto de abogados, profesores
universitarios, altos funcionarios (Víctor Paz Estenssoro, Walter Guevara,
Hernán Siles Suazo). Este grupo inicial es notablemente homogéneo:
todos sus miembros —o casi todos— provienen de familias ya inmersas
en la vida política y sólo 10 años separan a los mayores (Céspedes: 37
años en 1941) de los más jóvenes (Monroy Block).
Podemos echarle una mirada a la doctrina del MNR, resumiendo las
Bases y principios del MNR, publicados en junio de 1942 (cf. Anaya
1966). Los males de Bolivia son atribuidos a enemigos extranjeros: los
“barones del estaño” (los dos de origen boliviano se habrían, en cierta
forma, expatriado) y los judíos. Por eso, el partido busca el “consenso”
entre los bolivianos para eliminar los grandes monopolios y para que el
comercio minorista quede exclusivamente “en manos de los
bolivianos”;1 por otra parte, demanda que se dé fin a la inmigración
judía. La otra cara de esta xenofobia es un nacionalismo teñido de
indigenismo, en nombre del cual las prerrogativas del Estado deben ser
ampliadas para que éste se convierta en el principal artífice de la
construcción nacional; un Estado donde el agente privilegiado es el
individuo de raza indomestiza.

A fines de 1944, el Movimiento tiene una primera ocasión de poner en


práctica sus ideas políticas cuando un grupo de jóvenes militares
reformistas, conducidos por el Teniente Gualberto Villarroel, toma el
poder e incluye en su gabinete a varios miembros del MNR, entre ellos, a
Paz Estenssoro, nombrado ministro de Finanzas. Efectivamente, este
gobierno dicta medidas destinadas a reforzar el poder del Estado
(aumento de impuestos en las exportaciones mineras, obligación del
depósito de divisas en el Banco Central, grandes proyectos lanzados por
medio de nuevas empresas del Estado...); por otro lado, también
promueve una importante legislación social y, finalmente, fomenta la
expresión de las reivindicaciones populares: en junio de 1944, surge la
Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y, en
marzo de 1945, se organiza un primer Congreso Campesino, que
culmina en la supresión del “pongueaje,” o sea, el servicio personal
gratuito campesino.

Expulsados del poder en julio de 1946, como consecuencia de un golpe


de estado, los movimientistas se ven luego perseguidos y muchos de
ellos se ven obligados a vivir en la clandestinidad o en el exilio. Desde
ya, acumulan y fermentan los beneficios del descontento popular. Pese a
su difícil posición, sus candidatos participan en todas las elecciones
convocadas, pero, cuando logran ganarlas, se las anula inmediatamente.
No les queda otra salida que la conspiración y, en efecto, entre 1946 y
1952, realizan una docena de intentos.
Durante esta travesía por el desierto, abandonan sus posiciones
profascistas y xenófobas, ya muy atenuadas luego de su paso por el
gobierno, y, en 1946, optan por una revolución nacional no marxista,
como la única capaz de crear las condiciones para una democracia
boliviana.

A partir de 1952, el MNR logra tres presidencias sucesivas y, en los tres


casos, respetando las normas constitucionales. Una serie excepcional,
dicho sea de paso, en el problemático contexto de la vida política
boliviana. Pero, en 1964, un golpe de estado militar lo expulsa del poder.
Es necesario analizar, entonces, tanto las razones de su longevidad
como las de su fracaso.

Por razones de claridad en la exposición, centraré el análisis del arraigo


del MNR en el período gubernamental que va de 1952 a 1956 (primera
presidencia de Paz Estenssoro), y, el de su caída, siguiendo las
dificultades políticas y sociales del período siguiente 1956-1964
(presidencia de Siles Suazo, segunda y tercera presidencias de Paz
Estenssoro).

El triunfo movimientista

Los gobiernos de la prerrevolución representaban los limitados intereses


de la denominada “La Rosca”: “[T]res barones de, estaño y sus
secuaces, no más de 524 latifundistas en la agricultura; y algo así como
50 'grandes' capitalistas en la industria y el comercio” (COB 1954: 21).
Una tarea que fue posible gracias al juego combinado de la limitación
preestablecida del número de electores (211.000 en 1951) y los
periódicos golpes de estado.

La revolución cambia radicalmente las reglas del juego. Desde ya,


instituye el Voto Universal, a partir del 21 de julio de 1952; pero también
institucionaliza la presencia de los sectores obrero y campesino, tanto en
el gobierno como en el seno mismo del partido, y ejerce el control del
movimiento sindical.
La inclusión de los sectores populares en las instancias políticas asegura,
durante un tiempo, un amplio reconocimiento del nuevo régimen y, en
consecuencia, garantiza su continuidad. Pero, también contiene los
gérmenes de su futura pérdida. Por eso es fundamental examinar con
detalle la organización política y sindical.

De partida, la movilización revolucionaria provoca una ola de


sindicalización al mismo tiempo que una reestructuración total de las
organizaciones sindicales. El 17 de abril se funda la Central Obrera
Boliviana (COB). Impulsada por la FSTMB y dirigida por ella, la nueva
Central arrasa con la Confederación Sindical de Trabajadores de Bolivia
(CSTB), influida por los marxistas del PIR, integra a los sindicatos de los
trabajadores ferroviarios, antes contestatarios, y, muy pronto, absorbe al
conjunto de las organizaciones sindicales del país. Central única, se
transforma en una verdadera tribuna popular, en la que los partidos
políticos opuestos, más o menos favorables al élan revolucionario,
nacionalista y marxista, pueden debatir entre ellos.

La preeminencia de los mineros en la Central se traduce en que el


secretario ejecutivo de la FSTMB, Juan Lechín, es nombrado también
secretario ejecutivo de la COB. La fuerte representación de los mineros
en el I Congreso de la COB, en octubre de 1954, también revela esta
preeminencia: 60 delegados en un total de 310, o sea, un tercio de los
delegados obreros.

Bajo la presión de la FSTMB, respaldada por la COB, el gobierno decreta


la Nacionalización de las Minas de los tres “barones,” el 31 de octubre
de 1952, en Catavi. Esta nacionalización se acompaña de una otra
medida que claramente simboliza el poder de los mineros: el “control
obrero,” con derecho a veto, entra en vigor el 16 de diciembre de 1953,
en el seno de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) que integra a
las minas nacionalizadas. En virtud de esta disposición, los sindicatos de
los diversos distritos mineros, y la Federación a escala nacional, eligen
representantes para las diversas direcciones de la compañía, los que
tienen derecho a veto sobre las decisiones que estimen contrarias a los
intereses de los mineros o de la nación.
Sin embargo, la más sorprendente estructuración sindical es la que se
da en el campo, más precisamente, entre los colonos de hacienda.
Inmediatamente después de la revolución, las huelgas y las tomas de
tierras explotan en el valle de Cochabamba. Al principio, escapan al
control del MNR, pero una vez resuelto del problema de la
nacionalización de las minas, y cuando la ola de agitación llega a otras
regiones, el Ministerio de Asuntos Campesinos, creado el 12 de abril de
1952, decide tomar cartas en el asunto y emprende el proceso de
sindicalización campesina. Desde ya, la organización de los sindicatos
campesinos le es confiada a un “estado mayor” de empleados del
ministerio, integrado, sobre todo, por antiguos mineros, los que recorren
el campo seleccionando cuadros e instalando oficialmente los
respectivos sindicatos locales. Se conforman las Federaciones
Departamentales (La Paz, Cochabamba, desde el segundo semestre de
1952) y la Confederación Nacional de Trabajadores Campesinos de
Bolivia (CNTCB) ve la luz el 15 de julio de 1953. De esta manera, no sólo
la sindicalización campesina gana terreno sino, también, los partidarios
de una “revolución agraria” con apropiación tierras, apoyados por los
troskistas, desaparecen dentro de la ahora vastísima clientela del MNR.

La ola de apoyos al MNR se ve aún más fortalecida cuando, el 2 de


agosto de 1953, el nuevo gobierno promulga el decreto de la Reforma
Agraria. Este decreto permite la expropiación de los latifundios (grandes
propiedades explotadas extensa e intensamente) y la consolidación de
los derechos de propiedad para los pequeños y medianos productores, o
las empresas agrícolas. Desde ya, también se reconoce la propiedad
comunitaria. Así, los colonos de las haciendas pueden convertirse en los
propietarios de las parcelas en las que habían trabajado y las
comunidades ven confirmados sus tradicionales derechos. Este
reconocimiento los inclina a conformarse con las instrucciones
gubernamentales y a emprender los trámites que culminan en la
efectiva posesión de un título de propiedad. La Reforma Agraria calma,
entonces, la agitación en el campo o, mejor dicho, la canaliza,

La gran habilidad del MNR consiste, entonces, en ligar todas las


demandas de títulos con la pertenencia sindical, logrando, así, que los
sindicatos sean intermediarios obligatorios. De esta manera y desde el
Ministerio de Asuntos Campesinos, el MNR teje una red de pertenencia
que, progresivamente, abarca todo el campo.

Mientras tanto, la CNTCB se ha integrado a la COB, como también el


resto de los sindicatos profesionales. En el primer Congreso de la COB,
los campesinos cuentan con 50 delegados sobre 310; una débil
proporción si se la compara con la de los mineros y se tiene en cuenta el
número de los representados, pero, de todas maneras, refleja la
emergencia del sindicalismo campesino.

La irradiación del sindicalismo también llega hasta las otras ramas del
trabajo: los fabriles, desde ya, pero también al conjunto de los
asalariados y, notablemente, a los funcionarios. En 1956, el número de
los sindicalizados en el conjunto de los sectores no agrícolas alcanza a
150.000 personas. Si a ello se le añade los 600.000 campesinos
organizados en sindicatos entre 1952 y 1956, nos vemos ante cerca de
la mitad de la población activa boliviana (García 1966). Ahora bien,
como es obvio que la COB se considera el apoyo mayoritario al gobierno
—“somos parte del gobierno y sólo conduciría a un suicidio político el
abandonar sus ventajas”—, también pretende ejercer un papel de
vigilancia para “impedir que se hagan maniobras contra-revolucionarias
desde dentro o fuera de él y el debilitamiento, o fractura de la
revolución”; de ahí su “apoyo crítico o condicionado” a la política del
MNR (COB 1954). Para controlar, canalizar, sea, utilizar para provecho
propio esta movilización sindical, el gobierno institucionaliza de dos
maneras la efervescente emergencia de las capas populares en la
escena política. Por un lado, crea nuevas instancias representativas o
amplía las atribuciones de las ya existentes (Ministerio de Asuntos
Campesinos, Ministerio de Minas y Petróleo, Ministerio del Trabajo, Caja
Nacional de Seguridad Social, ...), y, por otro, confía cuatro ministerios a
responsables de la COB: Juan Lechín recibe a su cargo el Ministerio de
Minas y Petróleos; Germán Butrón, secretario ejecutivo de la
Confederación de Trabajadores Fabriles de Bolivia (CSTFB), obtiene el
Ministerio del Trabajo; Angel Gómez, secretario ejecutivo de la
Confederación Sindical de Trabajadores Ferroviarios, Ramas Anexas y
Transportes Aéreos de Bolivia (CSTFRATA) recibe el Ministerio de Trabajos
Públicos; y Ñuflo Chávez Ortiz, secretario ejecutivo de la CNTCB, es el
ministro de Asuntos Campesinos. Es a esta fusión —también: confusión
— de los cargos directivos que se denomina el “co-gobierno” MNR-COB.

En la medida en que el MNR se vincula con sólo la cumbre del


sindicalismo, existe una amenaza de ruptura; por ello, el partido también
intenta incorporar a los sindicalistas militantes en este co-gobierno. Pero
enfrenta una doble desventaja: su organización prerevolucionaria no
está hecha para recibir el flujo de los nuevos sindicalizados y,
enfrascado en las tareas gubernamentales, ha dejado que los sindicatos
lo precedan en la tarea de incorporar a las capas populares movilizadas.
Cuando al fin aprueba sus nuevos estatutos en diciembre de 1954, la
COB ya había aprobado los suyos tres meses antes. La COB optó por una
estructura centralizada y por ramas, en la que las centrales obreras
departamentales (COD) sólo juegan un papel secundario. Ahora bien,
esta arquitectura interna no le conviene en nada a un partido cuyo
objetivo es la incorporación militante, sobre todo, territorial. Finalmente,
el MNR termina adoptando una organización bastarda que recubre el
territorio nacional, pero también engloba, tal cual, a las confederaciones
sindicales. El esquema circular elaborado por Christopher Mitchell (1971:
99) ilustra bien esta imbricación.

GRAFICO 1. Diagrama de la Estructura del MNR (1952 -1956)

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Fuente: Mitchell 1971:99

En el centro, “El jefe,” Víctor Paz Estenssoro. En torno a él, el Comité


Político Nacional (CPN), compuesto por diez miembros y un secretario
ejecutivo. Luego, están los “Comandos” del partido, que son de dos
tipos: territorial y funcional. La organización territorial refleja la división
administrativa departamental del país: consta, pues, de nueve
“comandos departamentales”, a los que se subordinan los “comandos
zonales” que constituyen las células de base. Hay ciertos “comandos
especiales” en algunas grandes poblaciones, principalmente los
campamentos mineros y los núcleos ferroviarios. En cuanto a los
“comandos funcionales,” éstos corresponden a cada rama importante
del mundo del trabajo (fabriles, mineros, empleados ferroviarios...), los
comandos especiales nacionales coronan el conjunto de los comandos
especiales locales.

De acuerdo a los estatutos, los comandos departamentales y especiales


dirigen y representan a todos los comandos locales que pertenecen a su
zona geográfica. En realidad, su radio de acción no va más allá de la
aglomeración en la que se implantan: mantienen fugaces contactos con
los sindicatos campesinos y no logran incorporar a las organizaciones
obreras. En las minas, los comandos especiales coexisten junto a los
sindicatos y, en verdad, no los incluyen; su reclutas provienen, sobre
todo, del personal periférico y administrativo de la mina y, menos, de los
mineros propiamente dichos. El MNR se presenta, entonces, como una
coalición de organizaciones que permanecen relativamente
independientes y mal integradas aunque centralizadas; el partido en sí
mismo sólo recluta en una fracción de las capas medias urbanas:
artesanos, empleados, funcionarios, sobre todo.

La adhesión obrera es indirecta, o sectorial, según la conceptualización


de Christopher Mitchell quien define al sector como: “una organización
social cuya membrecía es directa y exclusiva, y única. En este tipo ideal,
los individuos pertenecen directamente a un sector (de acuerdo,
generalmente, al lugar que éste ocupa en el orden económico), sólo a
éste y también pertenecen a él todos los situados de manera análoga.
Muchos sectores tienen una dimensión nacional (e.g. las federaciones
fabriles nacionales) mientras otros serían únicamente locales (e.g. los
sindicatos campesinos)” (1971: 101). Si bien es cierto que los
campesinos y los obreros son los más representativos de una adhesión
sectorial al partido, tampoco son los únicos: según este criterio, los
profesionales, universitarios, militares... y aún los comerciantes
importadores se adhieren al partido. En estos últimos casos, sin
embargo, la organización sectorial no siempre es un sindicato. Y, a
menudo, sólo son fracciones, más o menos representativas, del mundo
del trabajo las que entran al partido. Por lo tanto, el MNR no divide los
sectores, al contrario, los acompaña (Mitchell 1971). Es tributario de su
movilización, pero tiene dificultades en movilizarlos para sus fines.

Sin embargo, en esta época, para numerosos obreros y campesinos, las


fronteras entre estos dos tipos de organización no están del todo claras.
Resultan aún más difíciles de discernir pues tanto los líderes “sobre
todo” sindicalistas como los cuadros “sobre todo” políticos están
interesados en mantener la confusión: los primeros para lograr el
reconocimiento del gobierno revolucionario y, los segundos, para
acumular los beneficios de la adhesión para con agrupaciones que,
hasta entonces, eran específicamente populares. Y, en la medida que los
sindicalistas o los militantes del partido suscriben los ideales del
nacionalismo revolucionario y se reconocen en jefes comunes que, a la
vez, son dirigentes sindicales, miembros de CPN y ministros, los diversos
pedazos del movimiento tienden a fundirse en un vasto bloque de apoyo
al gobierno.

“En el campo de la política,” escribía André Siegfried en 1934, “el Nuevo


Mundo se ha mostrado creador, ha inventado el presidente” (1934: 89).
Bolivia no escapa a esa regla y las 14 Constituciones elaboradas entre
1825 y 1967 adoptan “regímenes de preponderancia presidencial”.2

Cuando Paz Estenssoro se convierte en presidente de la República, es,


pues, heredero de esta larga tradición, que no sólo asume sino también
explícita al gobernar sin Congreso desde 1952 hasta 1956. En efecto,
seguro de su legitimidad revolucionaria, decide prescindir del Congreso
elegido en 1949, en su mayoría hostil, por otra parte, al MNR.

¿Quién es, pues, este hombre que la multitud paceña aclama cuando
retorna del exilio? Nació el 2 de octubre de 1907 en Tarija, en una familia
de terratenientes, que ya cuenta entre sus miembros a varios hombres
políticos. Hizo estudios de derecho en La Paz y obtuvo el título de
Abogado.
En 1929, fue nombrado Redactor en la Cámara de Diputados. Participa
en la Guerra del Chaco, en la artillería. Durante la presidencia del
Coronel Toro (mayo de 1936-julio de 1937), ejerció por un tiempo el
cargo de oficial mayor en el Ministerio de Finanzas. Luego trabajó como
abogado en la Empresa Minera Patiño. Es elegido diputado por Tarija,
durante la presidencia del teniente coronel Germán Busch (julio de 1937-
agosto de 1939) y es reelegido en 1940, en la oposición al general
Peñaranda. Es en esta época que se vincula con los miembros
fundadores del futuro MNR.

Desde entonces, Paz Estenssoro se destaca gracias a múltiples talentos:


sus dones de oratoria,3 sus capacidades de trabajo, su orden y método,
sus conocimientos jurídicos y financieros. Y sus amigos del MNR no
cesan de promoverlo.

A sus 36 años es nombrado ministro de Finanzas durante el gobierno de


Villarroel “en un gobierno de su elección o, mejor dicho, de su factura”
(Patch 1964). Después del fin trágico de Villarroel, el 21 de julio de 1946,
Paz Estenssoro sale al exilio y se refugia en Buenos Aires. Más adelante,
como candidato en las elecciones presidenciales de 1949 encabeza el
número de sufragios, aunque se ve obligado a permanecer en la
Argentina e imposibilitado, por lo tanto, de realizar su campaña.

Aunque no participó en las jornadas de abril, fue objeto, sin embargo, de


una entusiasta bienvenida popular. El exilio no sólo no le había
perjudicado sino, como si lo cuidara en la distancia, había más bien
contribuido a convertirle en una figura mítica, una especie de mesías,
cuyos milagros aguardaba el pueblo.

Sus amigos del MNR no cesan de contribuir a ese engrandecimiento: “Es


necesario hacer de él una figura de singular autoridad, le guste o no. El
Movimiento debe tener un dirigente indiscutible, por razones obvias.
Además, si fuera inevitable realizar cambios en la política del partido, es
necesario tener un dirigente con suficiente prestigio para llevarlos a
cabo. De esta manera, bien, podríamos evitar una contrarrevolución,”
declaró Guevara Arze, en 1953, ante una periodista extranjera (Linke
1965: 42). Paz Estenssoro goza, entonces, de una situación política
altamente favorable: “Apoyo fanático por parte del pueblo, condiciones
de arranque inmejorables, poder real derivado de una esencia popular
que sobrepasa cualquier entusiasmo, simpatía continental, oposición
interna casi nula en un comienzo; en fin, todas las circunstancias, todas
las condiciones, todos los requisitos que las multitudes le brindaron a
este caudillo engreído y mimado como ningún otro” (Pando Monje 1969:
219).

Siguiendo a René Zavaleta Mercado, podemos afirmar que, a pesar de su


organización partidaria, el MNR se asemeja a una montonera: “la
resurrección de un modo tradicional, de una manera local de encarar la
guerra. La montonera de los analfabetos bolivianos no puede ni intenta
organizarse como partido científico” (1967: 147); las muchedumbres
movilizadas se aglomeran detrás de aquél que se impone como “El Jefe.”

En suma, la fuerza de Paz Estenssoro radica en su carisma de caudillo


revolucionario: él encarna y simboliza la revolución. Como, por otra
parte, él corona el aparato ejecutivo del gobierno-partido-COB con el
consenso de las otras grandes figuras del MNR, él hace posible la unidad
y dominio de ese “demiurgo formidable de piel popular” (Zavaleta
Mercado 1967) que en ese entonces es el MNR. Mientras él sea
presidente, es capaz de vencer con su sola presencia a los peligros de
una dislocación centrífuga y, con él, el futuro de la revolución puede
considerarse asegurado.

Después de su humillación en abril, el ejército se desintegra


espontáneamente. Los oficiales huyen o se esconden y los soldados
desertan en gran número. Varios regimientos son desarmados y
saqueados los cuarteles.

Pese a todo, el ejército subsiste y su destino queda en manos de los


oficiales fieles al MNR, los antiguos compañeros de Villarroel, miembros
de la logia Razón de Patria,4 o los insurgentes de la guerra civil de
1949,5 53 de ellos, que fueron puestos en reserva durante el sexenio, se
reintegran a partir del 19 de abril. Pero estos oficiales, al frente de un
ejército derrotado y desquiciado, se debaten ante un clima
extraordinariamente hostil. Se encuentran atenazados entre sus colegas
vencidos por la revolución y los insurgentes de abril para quienes el
ejército sólo puede entenderse al servicio de la oligarquía. Al principio, la
COB opina que el ejército sea reemplazado por milicias sindicales,
aunque finalmente admite a los militares siempre y cuando reemplacen
sus metralletas por útiles de producción (Camacho Peña 1971). El
todavía joven y ralo Partido Comunista afirma que el país no necesita de
otra fuerza armada que la que surgió en la insurrección del 9 de abril
(“Manifiesto,” 27.12.1952). Por su parte, los troskistas del POR intentan
liquidar al ejército para armar al pueblo (Lucha Obrera 03.08.1952). Sin
embargo, el ala moderada del MNR, dirigida por Paz Estenssoro, opta por
la conservación de un ejército nacional, controlado por el partido. Así, el
gobierno anuncia la reorganización del Colegio Militar de La Paz, a partir
del 17 de mayo de 1952, y al año siguiente, el 31 de mayo, en Santa
Cruz, se inaugura el Colegio Militar de Aviación “Germán Busch,”
destinado a formar a los oficiales de la fuerza área.

Comprendiendo la necesidad de probar su fe en la revolución nacional y


su compromiso ante el gobierno, los nuevos jefes del ejército deciden
depurarlo (cf. Malloy 1970): de entre los 26 oficiales promovidos a
generales en 1949, sólo 2 permanecen después de 52 (Corbett 1972).
Se abre una prisión militar en La Paz y, luego, varios cuarteles
clausurados se transforman en otros tantos lugares de reclusión:
Corocoro, Uncía, Catavi, Curahuara de Carangas.6

El Alto Mando militar también decide cambiar la odiada imagen del


“ejército asesino,” reemplazándola con la de un ejército volcado hacia el
desarrollo nacional (Cataldi 1952), presto a hacerse cargo de actividades
productivas y de formación técnica. Un decreto del 24 de julio de 1953
legaliza la existencia de estas nuevas fuerzas armadas de la revolución,
encargadas de contribuir al “bien de la población boliviana.”

Efectivamente, durante algunos años, los militares consagran la mayor


parte de su tiempo a la tarea de abrir caminos, a realizar trabajos de
desmonte en las zonas de colonización, a la construcción de edificios
públicos, pistas de aterrizaje, etcétera. Todas estas tareas civiles los
alejan de los centros urbanos. Fuera de su eventual utilidad para el
desarrollo del país, es evidente que todas estas actividades tienen por
objetivo impedir que los oficiales sueñen con nuevas aventuras golpistas
y, sobre todo, tornarlas imposibles.

Con este mismo fin, las Fuerzas Armadas operan en un estado de


extrema pobreza: la parte del presupuesto que les corresponde no cesa
de disminuir hasta 1957. Así, no sólo no pueden rearmarse sino,
también, los militares se ven obligados a vivir en condiciones frugales y
precarias.7 Conservándolas y dándoles su lugar, entonces, el MNR logra
controlar completamente a la Fuerzas Armadas. ¿Logra, por lo tanto,
cimentar una verdadera alianza ente las Fuerzas Armadas y el partido?
Aparentemente, un paso de gigante en esa dirección se logra cuando los
oficiales deciden ingresar al MNR. El 30 de junio de 1953, contando con
la presencia del presidente de la República se organiza una primera
ceremonia para esas inscripciones, y, el 31 de octubre del mismo año,
los nuevos militantes crean una célula militar. Pero, según el general
Gary Prado, muchos oficiales deciden entrar al MNR para asegurar su
permanencia en las Fuerzas Armadas (1984: 55) y lograr así un retiro
asegurado, sin por ello suscribir la ideología del nacionalismo
revolucionario.

Siempre con el fin de crear un cuerpo de oficiales fieles, se presta un


especial cuidado al reclutamiento de nuevos oficiales. Los cadetes del
Colegio Militar Gualberto Villarroel, inaugurado el 22 de setiembre de
1952, son admitidos en base a su pertenencia política y su origen social.
Las cuotas prescritas son las siguientes: “30% de hijos de obreros, 20%
de hijos de campesinos y 50% de miembros de la clase media,”
militantes del MNR, por lo menos, durante “seis años” (Alexander 1961:
158). Además, parte de ellos ingresan antes de haber finalizado sus
estudios secundarios. Obviamente, si se los quiere jóvenes, de
extracción popular o de la misma familia ideológica es para modelarlos
más durablemente en el espíritu revolucionario y convertirlos en fieles al
partido. Sin embargo, inexplicablemente, el contenido de la formación se
dejó a la libre iniciativa de los militares y éste cambió muy poco en
relación al del período prerevolucionario.
En suma, es por eso difícil de medir la real interpelación del MNR en el
seno de esas Fuerzas Armadas. Y, por ahí, parece que el éxito logrado
por el MNR para anular las contraofensivas militares se haya debido,
sobre todo, más a la extrema debilidad en la que éstos se encontraban
que a un verdadero compromiso de las Fuerzas Armadas con la
revolución y sus fines.

Estas Fuerzas Armadas que, pese a todo, se las arreglan para sobrevivir
y hasta cuentan con un reconocimiento oficial, tienen dos fuerzas rivales
a sus flancos: la policía y las milicias.

La Escuela Nacional de Policía, creada en 1937, cuenta con un cuerpo de


oficiales y de tropas entrenadas y eficaces. Sin embargo, se halla bajo la
tutela de los oficiales superiores del ejército y sus tareas no están
claramente definidas pues el ejército también realiza tareas policiales. Y,
los policías, mal pagados, se sienten como una especie de sub-militares.
Existe una animosidad entre los dos cuerpos, la que se transforma en
abierta rivalidad (Roberts Barragán 1971). Si, además, tenemos en
cuenta que los oficiales de policía se distinguen de los militares por su
más humilde origen (Bedregal 1971), se comprende porqué la policía
participó en el golpe de estado de abril del 52.

En consecuencia, el cuerpo de carabineros se ve favorecido por el


gobierno revolucionario. Aunque la policía no se libra de las purgas
internas y los policías también realizan, como los militares, tareas
productivas (Dirección de Informaciones 1956), la policía es ahora
independiente —una Escuela Nacional de Carabineros forma a oficiales
especializados en el mantenimiento del orden—, su presupuesto es muy
cercano al de las Fuerzas Armadas y sus efectivos aumentan
notablemente. Así, la policía se encuentra en una situación igual, si no
dominante, respecto a la de las Fuerzas Armadas.

En el caso de la policía, hay que añadir la creación de la Oficina del


Control Político, que depende directamente de la presidencia y es la
encargada de vigilar y castigar a los opositores políticos, civiles o
militares. Una vez que las primeras ofensivas contrarrevolucionarias
condujeron al gobierno hacia una posición capaz de acabar con los
rebeldes, es el Control Político el que se ocupa de llenar las prisiones y
los campos de concentración.

Pero, la verdadera fuerza armada revolucionaria, la que en verdad surge


de la revolución, son las milicias populares. Nacen bajo el fuego de la
batalla, obtienen sus primeras armas de la policía, poco antes del
enfrentamiento, y ganan las restantes en los combates. Luego,
desarman a ciertas unidades del ejército y hasta saquean varios
cuarteles (López Murillo 1966). El gobierno mismo arma a algunas de
estas milicias, en la zona rural, sobre todo; otras se constituyen o
fortalecen adquiriendo sus armas en el mercado negro (Antezana
Ergueta 1982: 91). Es así como se crean 15 regimientos de milicias
campesinas, 8 de mineros, 5 de ferroviarios y 3 de fabriles (cf. López
Murillo 1996 y Lechín 1955). En 1956, en el apogeo de su poder, las
milicias agrupan a entre 50.000 y 70.000 hombres; una masa
impresionante ante unas Fuerzas Armadas reducidas a 8.000 hombres.8

Estas milicias andan lejos de conformar un conjunto articulado.


Simplificando un poco, se las puede clasificar en tres grupos: las milicias
del partido que quedan bajo la tutela del presidente de la República y
rápidamente controladas por oficiales del ejército (el regimiento escolta
Waldo Ballivián y el regimiento José Félix Soria); las unidades dirigidas,
sobre todo, por la COB, obreras en su mayor parte,9 finalmente, las
milicias campesinas, relativamente autónomas, marcadas, sobre todo,
por la personalidad política de sus dirigentes.

Inicialmente, la emulación-competición entre la COB y el MNR se


traduce, sobre todo, en una especie de carrera armamentista, en la que
las Fuerzas Armadas pagan, como se dice, “los platos rotos” (López
Murillo 1966: 54). Pero, después de la reorganización de las Fuerzas
Armadas, esta carrera se inclina cada vez más a favor de estas últimas,
las que, por otra parte, se hallan asociadas a las milicias campesinas,
fieles, en su mayoría, al MNR en la lucha contra la subversión
contrarrevolucionaria. Progresivamente, las Fuerzas Armadas también
logran infiltrarse en las milicias de la COB y atenuar su potencial
subversivo (Prado Salmón 1984: 54).
Finalmente, la imagen que podemos retener es la de una pluralidad de
milicias, fuertemente armadas, poco coordinadas entre ellas, pero, en su
conjunto, fieles al régimen y a su presidente.

La estabilidad del gobierno de Paz Estenssoro obedece, pues, a este


doble hecho: por un lado, rige apoyado por un conjunto de grupos
movilizados y armados de diversos orígenes (las Fuerzas Armadas
mismas, una vez expurgadas y controladas, la policía y, sobre todo, las
milicias), y, por otro lado, estos diversos grupos desconfían unos de
otros y se neutralizan entre ellos, de donde resulta una especie de
equilibrio.

A continuación, ocupémonos de la oposición al MNR, comenzando por el


partido que agrupa a los expoliados por el régimen: la Falange Socialista
Boliviana (FSB). Fundada en Chile en 1936, la Falange realiza su primer
congreso en 1942. En dicha ocasión, elige a su jefe (Oscar Unzaga de la
Vega) y asume un programa prácticamente derivado del de su prima
española. Se declara enemiga del comunismo en todas sus formas,
quiere ser un partido de combatientes y predica la violencia para
regenerar al país. Recluta, sobre todo, entre los colegiales y estudiantes;
pero, después de 1952, se integran a ella adherentes que
tradicionalmente representaban a la oligarquía —principalmente
aquéllos del Partido de la Unión Republicana (PURS) y del Partido Liberal,
divididos y desprestigiados—: ex-latifundistas, grandes comerciantes,
empresarios, oficiales expulsados del ejército.

La primera tentativa de golpe de estado falangista se realiza en


noviembre de 1953. En La Paz, el intento aborta rápidamente. Pero, en
Cochabamba, los insurgentes logran ocupar la prefectura y la sede de la
policía, tomando prisioneros a Lechín, uno de los principales dirigentes
del valle, y varios oficiales. Entonces, las milicias intervienen
espontáneamente y derrotan a los insurgentes. A continuación, en las
grandes ciudades, se organizan desfiles de intimidación que convocan a
enormes multitudes.10
Este episodio revela una situación política completamente nueva. Para
triunfar en un golpe de estado, no es suficiente tomar al enemigo por
sorpresa, ocupar algunos lugares estratégicos y apresar a algunos
responsables, es también necesario tener la capacidad de enfrentar y
vencer al pueblo levantado en armas. Este primer intento preludia otras
nueve conspiraciones más. Todas ellas fracasan y, desde lejos, parecen
otras tantas tentativas de suicidio. Pero, la revolución no sólo se halla
asediada desde fuera; también se encuentra amenazada desde dentro.
El MNR conjuga una variedad de puntos de vista opuestos, con los
marxisantes materialistas a la extrema izquierda y los nacionalistas
cristianos a la derecha: una derecha ideológicamente próxima a la
Falange, varios de cuyos miembros fueron antes militantes falangistas.
También, cuando está claro que Paz Estenssoro, como el hábil político
que es, decide apoyarse en las masas movilizadas y, en consecuencia,
concederles algunas de sus reivindicaciones, moderando hasta los
límites de lo posible los alcances de las reformas —en verdad, cualquier
otra salida hubiera sido suicida—, la derecha del partido se declara en
abierta sedición. Esta explota el 6 de enero de 1953, la conducen
algunos ministros del gobierno, varios prestigiosos militares (como los
jefes del Estado Mayor del ejército y la fuerza área), oficiales de policía,
etcétera. Explícitamente, se propone detener “el avance comunista” —el
plan contempla el arresto de Lechín y de otros dirigentes de izquierda—,
pero, algunos también quisieran alejar a Paz Estenssoro de la
presidencia. La traición de un oficial y la rápida respuesta popular
organizada por la izquierda del MNR hacen abortar el golpe de estado.

Las dos tentativas golpistas de 1953 fortalecen, en consecuencia, a las


tendencias de izquierda en el seno del partido y del gobierno. También,
inclinan a este último hacia una mayor severidad y provocan nuevas
depuraciones en el seno de las fuerzas armadas y la policía.

Parodiando al Marx de La lucha de clases en Francia, se diría que el MNR


se afirma en el poder al crearse un enemigo, al permitir el surgimiento
de una contrarrevolución; mejora su aparato coercitivo y se alia con los
mineros y campesinos —con esta (considerable) diferencia: en el caso
boliviano, la revolución es triunfante y los campesinos se inclinan hacia
el “lado bueno.”
En la lógica marxista, el movimiento social debía haber continuado hasta
la toma total del poder por parte de la clase obrera; pero, ya sabemos
que los obreros junto a sus aliados campesinos y empleados apoyan
masivamente al partido, aunque poseen una organización político-
sindical propia, la Central Obrera Boliviana. Dicho en otras palabras, los
otros partidos de izquierda, marxisantes, se muestran incapaces de
encauzar la movilización popular.

Desde ya, es fácil comprender porqué el recientemente creado Partido


Comunista, heredero del PIR, constituido en su mayoría por jóvenes
universitarios, tiene tan escasa audiencia: sus antecesores se
desprestigiaron mucho durante el “sexenio,” cuando gobernaron junto a
la Rosca.

En cuanto al POR, mejor anclado en el mundo obrero, intenta convertir a


la COB en un soviet para así radicalizar la revolución, arrebatarle el
poder al “Kerensky” Paz Estenssoro y confiarla a un gobierno
conformado por obreros y campesinos. Pero, es víctima del élan popular
que apoya al MNR: es el Movimiento el que ha tomado el poder y dictado
las primeras grandes reformas, y no el POR. Por otra parte, una vez en el
poder, el MNR dispone del dinero y las armas, nervios de la guerra, que
le permiten reducir a la impotencia a los diversos bastiones poristas.

Hay que añadir que varios cuadros poristas entran al MNR y que, luego,
el POR se fracciona en varios grupos. Si bien las corrientes de
pensamiento troskistas continúan inspirando a ciertas acciones obreras,
han perdido toda capacidad de organizar al proletariado. Uno puede
medir su caída con esta simple cifra: en las elecciones presidenciales de
1956, el candidato del POR sólo obtiene 2.529 votos sobre un total de
955.412 sufragios.

A la larga, el MNR logra, pues, encauzar fácilmente a los sectores


populares movilizados. En su caso, prácticamente, no necesita recurrir a
la fuerza y, en cambio, castiga duramente a los representantes de la
reacción.
El MNR logra asentarse en el poder porque también responde a las
diversas y apremiantes demandas sociales y políticas y porque, por lo
menos en un primer momento, sus arbitrajes satisfacen a los diversos
grupos movilizados. En efecto, las grandes reformas se suceden
rápidamente —Nacionalización de las Minas de los tres barones del
estaño (31 de octubre de 1952), Sufragio Universal (21 de julio de 1952),
Reforma Agraria (2 de agosto de 1953), Reforma Educativa (21 de enero
de 1955), Código de Seguridad Social (14 de diciembre de 1956)— y en
beneficio de los grupos sociales hasta ese entonces desfavorecidos; los
campesinos, principalmente, que de súbito acceden a un pedazo de
tierra, al derecho al voto y a la educación.

Además, el gobierno contenta a los sectores sociales movilizados al


implementar una amplia política redistributiva que se realiza, a la vez,
por medio de los canales del partido y los sindicatos. Se crean
numerosos empleos. Así, por ejemplo, en las minas nacionalizadas, el
número de empleos aumenta de 28.973 en 1952 a 36.558 en 1956. Y la
administración se abre a numerosos postulantes, fieles al partido.

Muy pronto, el sindicalismo se parece a una gigantesca empresa de


promoción social. De acuerdo a una estadística del Ministerio del
Trabajo, existen 5.100 sindicatos —no-campesinos— que cuentan con un
total de 150.000 miembros; de éstos, 5.100 son dirigentes, o sea, 10 por
sindicato (cf. García 1966), que se benefician, por supuesto, de las
prerrogativas de sus cargos: fuero sindical,11 acceso a los “cupos” de
importación a precio reducido, gestión de las pulperías en las minas,
etcétera. Se puede juzgar mejor los beneficios anexos que pueden sacar
de sus actividades con la ayuda de un ejemplo: “Entre 1957 y 1958 [...],
las liberaciones aduaneras para varios sindicatos comprendían 6168
máquinas de coser, 700 receptores de radio y 612 bicicletas; los
sindicatos mineros de Siglo xx y Huanuni y el ferroviario de Uyuni
disponían del 42 % de las máquinas de coser y un solo sindicato — el
minero de Catavi— obtenía la totalidad de liberaciones aduaneras de
bicicletas” (cf. García 1966). El conjunto de este proceso de promoción
social provoca la hipertrofia de la “burocracia” sindical y una “corrupción
cancerosa” (García 1966), pero, mientras no falten los recursos, el
aparato y las tropas sindicales apoyan el régimen.
Los asalariados no son los únicos destinatarios de esta redistribución.
Los comerciantes importadores, organizados en un sector específico al
interior del partido, también reciben su tajada de los fondos públicos. Y
los campesinos están lejos de ser los peor tratados: tienen acceso a la
propiedad, al poder local, incluidos ciertos pueblos de los que han
expulsado a los vecinos, y también a los célebres cupos (Heath 1959a).
A la larga, esta práctica del “rociado” beneficia a la mayoría de la
población.

Una modalidad semejante regula esta redistribución de los recursos


nacionales y las relaciones que los dirigentes revolucionarios mantienen
con sus tropas: la relación de clientela. Las más importantes medidas
revolucionarias son ciertamente universalistas por principio, pero su
aplicación es discrecional y el beneficio que puede gozar el público se
encuentra limitado por procedimientos semi-institucionalizados, en los
que los clientes ceden su autonomía de acceso a estos derechos a la
intermediación de los patrones.12

Pero, las relaciones clientelísticas impregnan —-también— la vida social


y política boliviana prerrevolucionaria y todavía son omnipresentes hasta
nuestros días; sin embargo, el país ha pasado por fases contrastadas de
estabilidad relativa e inestabilidad. Más aún, a momentos, el
clientelismo parece frenar la inestabilidad política y, en otros, parece
alimentarla.

Para salir de ese dilema e intentar comprender el efecto contrastado del


clientelismo en la vida política, retomemos los análisis de Vincent
Lemieux relativos a esta categoría particular del clientelismo que es el
patronato político (cf. Lemieux 1977). El autor destaca dos nociones
centrales: la noción de “conectidad” [connexité]—a la que liga la de
autoridad— y la noción de “cohesión.” Para entender la noción de
“conectidad,” es conveniente proyectar en gráficos la relación entre
patrones y clientes.

GRAFICO 2. Connectidad y Autoridad


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En un gráfico, existe una conectidad fuerte cuando uno puede ir, de un


punto hacia cualquier otro en ambos sentidos; una conectidad
semifuerte cuando se puede ir en un sólo sentido, desde todo punto
hacia cualquier otro; una conectidad casi-fuerte cuando desde un punto
—y desde sólo un sólo punto— se puede ir a todo par de otros puntos, y
una a-conectidad cuando un punto queda aislado. Pero, la fuerza de la
conectidad expresa únicamente la densidad de las relaciones; también
nos interesa tener en cuenta la fuente de la conectidad. Para ello,
Lemieux utiliza la noción de autoridad. La autoridad está más o menos
centrada de acuerdo al tipo de gráficos. En el caso de conectidad fuerte,
la autoridad está descentrada. En el caso de conectidad semi-fuerte, se
la considera semidescentrada. Y, está centrada en el caso de la
conectidad casi-fuerte porque, entonces, sólo hay un actor que puede
inducir la acción de todo par de otros actores. La a-conectidad
corresponde a la ausencia de autoridad.

Según Vincent Lemieux, para que haya relación patronal es necesario


que, entre dos clientes potenciales (A y B) y un patrón (P), la relación
establecida vincule ya sea a Ay Poa B y P, sea a (A y P) y (B y P),es decir,
que la relación sea disyuntiva. Ciertamente, así se pone en reheve el
carácter discrecional, informal, de la relación; el tratamiento preferencial
al cliente.

La relación patronal cambia el vínculo de poder entre dos personas.


“Existe poder de A ante B cuando A hace hacer a B una determinada
acción, o, también, cuando no hace una acción que B le demanda.”
Partiendo de esta definición, Lemieux distingue 4 modelos de relaciones
de poder:

las relaciones de co-potencia signadas por el valor positivo de los dos


actores (=);

las relaciones de suprapotencia o, a la inversa, de infrapotencia cuando


uno de los dos actores ejerce poder positivo o negativo ante el otro,
quedando éste reducido al no-poder (>,<);
las relaciones de sobrepotencia o, a la inversa, de subpotencia, “cuando
uno de los actores ejerce generalmente el poder positivo o negativo ante
el otro, ejerciendo éste, en la ocasión, el poder positivo sin que
generalmente logre imponer el poder negativo” (>,<);

las relaciones de co-impotencia, “signadas generalmente por el poder


negativo, sin más, de cada uno de los actores” (=).

La relación de infrapotencia en la que se encuentra el candidato a la


clientela se transforma en relación de subpotencia a causa de aquélla.
En otras palabras, el cliente en situación de indigencia de poder
adquiere una parcela del mismo gracias a la relación de clientela.

La operación de clientela le sirve al patrón para transformar sus


relaciones de poder con sus rivales o, más exactamente, “gracias a los
medios obtenidos del cliente, el patrón intenta transformar su no-
suprapotencia en relación a sus rivales en supra-potencia.”

El conjunto de las condiciones del patronato se resume en la siguiente


definición: “el patronato es una operación que crea relaciones
disyuntivas de patrón a cliente, por medio de la cual el patrón
transforma una relación de infrapotencia del cliente en una relación de
subpotencia en relación a sí, el patrón, quien, gracias a los medios
obtenidos del cliente, intenta transformar su no-suprapotencia en
relación a rivales en supra-potencia.”

En cuanto al concepto de cohesión social, que se refiere al equilibrio


dentro de un conjunto social, proviene de Ribeill (cf. Ribeill 1979: 192-
202, sobre todo). Significa que, dentro del conjunto, habrá tendencia a
“la conjunción de 1, 2, 3,... n bloques, los que [...] serán o individuales o
bien coalicionados al interior de sí mismos por medio de relaciones
cooperativas.” A menor cantidad de bloques, tanto mayor la cohesión.

Con estos instrumentos —que no dejan de ser difíciles de manejar—,


tratemos de ver, a continuación, cuáles son las transformaciones que se
producen en torno a 1952.

GRAFICO 3. Clientismo y Estabilidad (1952 -1956)


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Sin duda alguna, la llegada del MNR al poder fortalece la conectidad y la


autoridad: segmentos sociales enteros, el campesinado sobre todo, se
ven articulados con el centro por medio de las redes clientelisticas. Se
puede argüir que, antes, los colonos campesinos también se
encontraban vinculados con el centro, en el sentido que practicaban
relaciones clientelares con los hacendados, los que, a su vez, eran
clientes de los gobernantes, salvo cuando ellos mismos eran los
gobernantes. Pero, el patrón hacendado no utilizaba al cliente colono en
su juego político; no lo precisaba porque éste último no podía votar.
Podía, sin embargo, utilizarlo para entablar batallas contra los
hacendados o comuneros vecinos. También es evidente que el
hacendado debía parte de su poder a su contingente de colonos:
cuantos más “poseía,” tanto más fuerte era. Pero, estas observaciones
operan, más bien, en contra de la conectidad, si se la entiende a nivel
nacional, y a favor de una autoridad descentrada. A la inversa, el MNR,
que fortalece el centro, simbolizado en la figura de Paz Estenssoro, que
elimina los intermediarios hacendados e instituye otros más
dependientes —directamente designados, en la mayoría de los casos—,
instituye una autoridad centralizada.

También garantiza una mayor cohesión, en la medida en que el país se


encuentra dividido en dos bloques enemigos y solamente dos: la
montonera favorable al MNR, ampliamente mayoritaria,
clientelísticamente vinculada a la figura de Paz Estenssoro, por un lado,
y, por el otro, la oposición, minoritaria, es cierto, pero lo suficientemente
activa como para motivar un aumento de conectidad en los poseedores
del poder.

Recojamos, uno por uno, los argumentos de la demostración, no sin


antes destacar que están íntimamente ligados unos con otros. El
gobierno del MNR se mantiene en el poder y refuerza sus posiciones:
porque representa a la mayoría de la población del país y,
particularmente, a las capas populares movilizadas (obreros, empleados,
campesinos...), y signa su entrada en la escena política al crear nuevas
instituciones encargadas de no descuidar sus reivindicaciones
específicas: sindicatos, comandos, milicias, en la base, y co-gobierno, en
la cumbre;

porque, después de haber quebrado el aparato coercitivo de “La Rosca,”


dispone de un nuevo aparato coercitivo, fiel a su causa, compuesto, es
cierto, pero en el que los diversos miembros se neutralizan mutuamente;

porque logra eliminar todas las tendencias centrífugas en su seno


gracias a un aparato clientelista, que consiste en conjuncionar cada
segmento social organizado con la figura carismática del presidente Paz
Estenssoro, por medio del partido;

porque responde a las diversas aspiraciones populares promoviendo


ciertas reformas fundamentales (Nacionalización de las Minas, Reforma
Agraria, Voto Universal,...) y, más ampliamente, porque abre a la
sociedad boliviana y permite, por lo tanto, nuevos caminos para la
movilización social.

Este equilibrio es, de todas maneras frágil, y el primer período


presidencial también abriga, en germen, las semillas de las divisiones
que provocarán la caída del partido. Algunas, implícitas, son fáciles de
discernir en la demostración precedente: ¿cómo podrá la transición
presidencial tener éxito, teniendo en cuenta el particular esplendor de
Paz Estenssoro y su lugar central en el edificio clientelista? Ya realizadas
las grandes reformas, ¿qué pasará si el gobierno no es capaz de
satisfacer las demandas de los sectores movilizados? ¿No tenderán,
entonces, a fortalecer su autonomía o, aún más, pasarse al campo de la
oposición? Y, ¿cómo reaccionará el aparato coercitivo?

El populismo en jaque

El 17 de junio de 1956, Siles Suazo es elegido presidente de la República


por un período de 4 años y obtiene el 82 % de los votos emitidos. En la
misma ocasión, también se elige al primer Congreso de la post-
revolución. No incluye sino 5 diputados de oposición, todos falangistas, y
el Senado está íntegramente compuesto por movimientistas.
Aparentemente, Siles Suazo se encuentra, por lo tanto, en excelentes
condiciones para ejercer su mandato. Pero, de hecho, su candidatura a
la presidencia fue el resultado del enfrentamiento entre dos tendencias
claramente diferenciadas al interior del partido, la de Guevara Arze,
partidario declarado de una economía de mercado y la de Lechín,
favorable a las nacionalizaciones. El compromiso entre las dos corrientes
consistió en designar a Siles Suazo, más próximo a Guevara Arce, como
candidato a la presidencia y a Chávez Ortiz, ex-militante troskista, más
próximo a Lechín, como candidato a la vicepresidencia. La posición de
Siles Suazo resulta aún más incómoda en la medida que Lechín y la COB
lograron imponer una amplia mayoría de los candidatos del partido en el
Congreso y que, además, eran parte del núcleo de la CPN.

Además, el nuevo presidente hereda una delicada situación económica,


signada por una producción estancada, hasta decreciente, en el sector
minero y por una inflación galopante. El índice del costo de vida,
asentado sobre una base de 100 en 1952 sube hasta 2.270 a fines de
1956, y el alza afecta, sobre todo, a los productos alimenticios y a la
vestimenta.

Generalmente, la inflación se la atribuye al deterioro de la industria


minera (cf. Alexander 1961: 215): la producción disminuye y el precio del
estaño baja, mientras los gastos sociales crecen. En consecuencia, la
COMIBOL debe prestarse más y más del Banco Central, el que, por otra
parte, es “la vaca lechera” de todas las instituciones estatales y, cada
día que pasa, imprime más dinero.

La diferencia entre el cambio oficial y el del mercado negro es tal que


fomenta todo tipo de tráficos y, cada vez más, más personas abandonan
los trabajos productivos para dedicarse a más rentables aunque dudosas
actividades (Zondag 1968: 85). Y una cáfila de parásitos se dedica a la
caza y pesca de la inflación: contrabandistas, traficantes de cupos,
funcionarios corruptos.

Para encontrarle un remedio a esta crisis económica, Paz Estenssoro se


había dirigido al FMI y al gobierno de los Estados Unidos. Este último
subordina su ayuda a la aplicación de las medidas dictadas por una
comisión técnica, encabezada por un funcionario norteamericano,
Jackson Eder, las que se pusieron en marcha en la vigilia de la toma de
posesión de Siles Suazo. Su trabajo arranca con una serie de medidas
económicas, decretadas el 15 de diciembre de 1956.

Resumamos rápidamente las principales. El peso boliviano es ahora


flotante (hasta entonces, había un cambio oficial con tasas diferenciadas
para ciertos productos de importación). Se busca eliminar el
desequilibrio en el presupuesto (reduciendo en un 40 % los gastos
presupuestarios y aumentando los impuestos) así como también los
déficits de las agencias autónomas del Estado. Se suprime el control de
precios y todas las restricciones a la importación y exportación. El
crédito bancario se limita drásticamente. Se elimina el sistema de
economato en las minas. En compensación, se aumentan los salarios,
pero permanecen congelados durante un año. Un fondo de estabilización
de 25 millones de dólares, otorgado por el FMI y los Estados Unidos,
sirve para financiar el conjunto del plan.

Este plan, netamente liberal, ataca de frente a los parásitos del sector
público y de la clase política que se enriquecían gracias a la inflación,
pero también afecta a los salarios, sobre todo los mineros, que aunque
se incrementan en un 50 % son insuficientes pues el costo de vida crece
brutalmente. Rápidamente, Siles Suazo se encuentra acosado por la
terca oposición de los sindicatos, apoyados por el ala izquierda del
partido y encabezados por Lechín.

Siles Suazo no sólo ha heredado una situación económica que le deja un


muy estrecho margen de maniobra sino también debe imponerse ante
un partido y un país para los que la figura de Paz Estenssoro es sin duda,
ahora más que nunca, la figura dominante. Empresa tanto más peligrosa
en la medida que Siles, a pesar de las cualidades que se le reconocen:
coraje, audacia —¿no fue él acaso la principal figura de la lucha
clandestina durante el “sexenio” y el jefe de la insurrección de abril?— y
honestidad, carece del carisma de “El Jefe.” Desde ya, el “maestro”
Lechín le gana en popularidad. Y el pensador, el ideólogo Guevara Arze,
que supo ganarse la buena voluntad de los norteamericanos, ¿no
merece también él acceder a la suprema magistratura? Si bien Paz
Estenssoro toma el avión a Londres para representar al país, no
abandona, por ello, toda pretensión de influir en el destino del partido y
el país. En consecuencia, la presidencia de Siles marca el punto de
partida de una guerra de jefes, cada vez más abierta y hecha de
traiciones en cadena.

A Guevara Arze, a quién hemos visto dedicado al servicio del Jefe, éste
le habría asegurado que él sería el candidato del MNR para la
presidencia en 1956. Engañado y decepcionado, las emprende, a la vez,
en contra de Paz Estenssoro y de la pareja Siles-Lechín, covunturalmente
aliados pese a sus diferencias ideológicas (Patch 1964). Luego, obligado
de enfrentar a Lechín, Siles convoca a Guevara Arze para que se haga
cargo del Ministerio del Interior (agosto 1958-febrero 1960). En este
cargo, ideal para organizar las elecciones, Guevara Arze cree que al fin
le llegó la hora de acceder a la presidencia. Pero, Paz Estenssoro, cuya
ascendencia subsiste en el seno del MNR, intenta volver a candidatear.
Le ofrece la vicepresidencia a Guevara Arze quien la rechaza en virtud
del acuerdo tácito de rotación entre los líderes históricos del partido,
acuerdo del que sólo él parece acordarse. Entonces, Paz Estenssoro se
alia con Lechín y fácilmente obtiene la mayoría en la Convención del
partido de 1960. Guevara Arze se ve obligado a fundar su propio partido
y se presenta para la presidencia en contra de Paz Estenssoro.

Pero, la historia no acaba ahí. Parece que Paz Estenssoro obtuvo el


apoyo de Lechín a cambio de la promesa de que el “Maestro” sería el
próximo candidato a la presidencia, en 1964. En todo caso, Lechín está
convencido de que ya le toca el turno. Pero, habiendo obtenido lo que
quería, Paz Estenssoro busca luego deshacerse de Lechín, atacándolo
duramente.13 Y, en vísperas de las elecciones de 1964, al “Maestro” no
le queda otra opción que la de fundar su propio partido.

Para su tercer mandato, Paz Estenssoro busca imponer a uno de sus


fieles servidores, Federico Fortún, secretario ejecutivo del CPN (1960 a
1964), como su compañero de fórmula. Los militares deciden de otra
forma y, en definitiva, es el dúo Paz-Barrientos el que se presenta a las
elecciones.
Finalmente, una vez dada esta última postergación, los “tenientes” Siles,
Guevara, Lechín y el nuevo vicepresidente Barrientos aunan sus
esfuerzos para derrocar a “El Jefe.”

¿Cómo hace el presidente Siles para afirmarse en la dirección del


Movimiento? Su táctica consiste principalmente en colocar a sus más
fieles seguidores en los puestos clave del aparato del partido; de
partida, a la cabeza de los comandos departamentales. Para hacerlo,
recurre a un texto de los estatutos, aprobados por el partido en 1954,
que le otorga el derecho de nombrar a “interventores” en reemplazo de
los dirigentes elegidos. Es así que, sucesivamente, los comandos
departamentales de La Paz, Chuquisaca, Beni, Oruro, Cochabamba,
luego Santa Cruz, son, pues, intervenidos. Pero para que esta
intervención sea duradera es también necesario que modifique la
composición interna del Comité Político Nacional (CPN), donde Lechín y
Paz Estenssoro tienen la mayoría. Con este fin, fomenta el surgimiento
de corrientes al interior del seno del partido. Y, es asegurando la
presencia de estas corrientes en el seno del CPN, que logra remodelarlo
a su favor.

Una primera corrientes “silista,” la “Acción de Defensa del MNR,” de


tinte conservador, asocia a miembros del partido que habían participado
junto Siles en la Revolución del 52 —y que después se rebelaron contra
Paz en 1953— con otros prestigiosos militantes, mientras que una
segunda corriente, también silista, la “Izquierda Nacional del MNR,”
agrupa a personalidades que, previamente, ninguna había demostrado
especial atracción por las ideas de izquierda (Mitchell 1971: 183-184).

Ante esta ofensiva, Lechín no puede permanecer quieto y, entonces,


saca a relucir el “Sector de Izquierda,” que incluye entre sus miembros a
numerosos reconocidos militantes y a la totalidad de los diputados
pertenecientes a la COB.

De acuerdo a la terminología propuesta por Christopher Mitchell, esta


reorganización se realiza por “faccionalismo,” o sea, “el dominio de la
política interna de un partido por la coalición de grupos de líderes con
muy débiles raíces sociales o ninguna” (1971: 182). Las facciones no
representan a los intereses de los sectores sociales organizados en otras
partes de la sociedad sino a los de la facción en sí misma. Y los líderes
cooperan entre ellos sólo “para lograr el peso numérico que les permita
lograr la ventaja coyuntural que les asegure puestos y empleos”

La estrategia faccional consiste sea en apoyar al poderoso en ejercicio,


para así obtener los cargos, responsabilidades y honores deseados, o, si
esto no es posible, pues este tipo de sinecura es generalmente bastante
escaso, sea buscando integrar una facción rival o, también, intentar
crear una otra junto a otros olvidados por el poder, vociferar con
suficiente ardor como para lograr ser escuchado, y así atrapar un
cualquier empleo prestigioso o lucrativo, y después, eventualmente, por
medio del juego político y las alianzas, reencontrarse muy pronto en los
primeros planos de la vida política.

Los jefes de facciones no se dedican sino de mala gana a la búsqueda de


aliados sectoriales y, si logran su apoyo, no se esfuerzan por cimentar
esta alianza en una organización; esta base miserable les repugna y no
les gusta encontrarse vinculados con las masas en caso de conflictos
sociales. En breve, ante todo, sólo buscan la manera más rápida de
acceder al prestigio y la riqueza.

El Sector de Izquierda se distingue de los demás en que éste no sólo es


una facción, deriva su fuerza del sector social obrero y también puede
contar con algunas tropas campesinas, en la región de Achacachi y, en
cierto momento, en el Valle Alto de Cochabamba. Pero, en relación a la
nueva situación política provocada por Siles Suazo, la creación del
Sector de Izquierda no es más que un paliativo que permite a los
lechinistas mantenerse como grupo de presión, en un momento en el
que el CPN ya no cumple sus funciones de control, que el sector obrero
ya no se halla representado en el gobierno y que los sindicatos,
divididos, recurren a demostraciones de fuerza, a menudo ineficaces,
para hacerse escuchar. Y si bien los vínculos entre la facción lechinista y
el sindicalismo obrero son evidentes, no hay que confundir, sin embargo,
la COB y el Sector de Izquierda, los sindicatos y el partido. El Sector de
Izquierda está en realidad constituido por una especie de élite política,
en la que los representantes obreros se encuentran subrepresentados.

A medida que se intensifica la faccionalización, que se acumulan las


rivalidades y los rencores internos, el partido pierde cada vez más su
arraigo popular. La vida política tiende a convertirse, cada vez más, en el
affaire de un reducido grupo de profesionales.

Es en torno a las elecciones presidenciales, sobre todo, que el


faccionalismo revela su juego, a tal punto que motiva las primeras
escisiones en el Movimiento. En 1960, Walter Guevara Arce,
considerando que le había llegado el tumo de acceder a la presidencia,
organiza su propia facción desde el Ministerio del Interior: el MNR
auténtico. Después, expulsado del partido, funda el Partido del MNR
Auténtico (PMNRA) con el que se presentará en las elecciones
presidenciales.

La tercera candidatura de Paz Estenssoro a la presidencia provoca la


ruptura definitiva entre el MNR y es Lechín quien transforma el Sector de
Izquierda en un partido independiente, el Partido Revolucionario de la
Izquierda Nacional (PRIN).

Entre 1960 y 1964, el juego presidencial induce una serie de otras


facciones: las que apoyan a Paz Estenssoro (el Frente de la Unidad
Nacionalista, el sector explícitamente “pazestenssorista,” la “máquina”
del CP dirigida por Fortún Sanjinés, el grupo de los jóvenes ministros
“técnicos,” el Sector “intransigente” de Chávez Ortiz) y las que se le
oponen (el Sector “socialista” favorable a Siles, el grupo de los “viejos
militantes,”...).

Es fácil imaginar que esta “faccionalización” del MNR no sólo le priva de


un verdadero apoyo popular sino, aún más, provoca el desencanto y la
desmovilización de los militantes. Según un informe de la época, “existe
una gran confusión en las filas del MNR debido a la organización del FUN
(el Frente Unido Nacionalista de Fellman) y el sector Intransigente, en
oposición a la izquierda que cuenta con una organización bien
organizada [...]. Los militantes del partido se encuentran dispersos y
confundidos [...]. Hay distritos en el país donde el reemplazo sistemático
de los miembros más antiguos alcanza extremos insospechados. Oruro y
Potosí son dos casos que tipifican el abandono en el que se encuentran
los miembros que cuentan con toda una tradición de lucha y una sólida
fidelidad al partido” (Mitchell 1971: 212).

Con el correr de los años, se cumplen cada vez menos dos de las
condiciones de la estabilidad de los gobiernos del MNR: la unidad de
mando, con un jefe indiscutible, y un amplio apoyo popular de base.

Si bien la movilización de los primeros años de la postrevolución ha


consolidado considerablemente el poder de los sectores obrero y
campesino, no es menos cierto que se llevó a cabo de manera harto
heterogénea: en el mundo obrero, los mineros son los mejor organizados
y, también, los mejor armados —y, entre los mineros, el enclave de Siglo
xx-Catavi asume el papel protagónico—, y, en el mundo campesino, sólo
unos cuantos enclaves pueden considerarse verdaderamente
movilizados: el Alto Valle de Cochabamba y la región de Achacachi en el
Altiplano son los más conocidos. Los segmentos sociales están
dominados por líderes, a menudo carismáticos, caciques campesinos
aquí, dirigentes mineros allá, caudillos urbanos más allá, todos ellos
articulados con el centro por medio de vínculos de clientela.

GRAFICO 4. El MNR y la Sociedad Boliviana en 1960

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Fuente: Mitchell 1971: 199 .

Entonces, las luchas entre facciones no pueden sino repercutir en


cascada hasta la base misma de las diversas instancias del partido y los
sindicatos. Estas luchas degeneran en enfrentamientos de clientelas y
en batallas de campanario, de modo que el país se ve atrapado en un ir
y venir de elecciones fraudulentas y anuladas, de escaramuzas y de
ataques armados, de golpes y contragolpes, hasta de homicidios, por el
control de los comandos del partido, de los sindicatos y de las
poblaciones. A menudo, las divisiones faccionales aprovechan de
antiguas querellas locales, contribuyendo, por supuesto, a revivirlas:
problemas de límites en el campo, antagonismos entre poblaciones,
rivalidades familiares, etcétera.

Antes de acabar en la caída del partido, las luchas entre facciones y el


combate de los jefes conducen a una especie de guerrilla civil, con sus
momentos de fiebre y sus fases de reposo. Dicho de otra manera, la
decadencia del MNR pasa por una fase de segmentación del partido y,
en consecuencia, de segmentación del país, ahora dividido en enclaves
más o menos autónomos y más o menos rivales.

Después de la promulgación del Plan de Estabilización Monetaria, Lechín,


empujado por la FSTMB, exige al gobierno la derogación de la ley. El
presidente Siles rechaza este pedido. Inmediatamente, los mineros de
Siglo xx entran en huelga. Siles responde con una espectacular huelga
de hambre, mostrando así su determinación de no ceder ante esas
presiones (Pardo Valle 1957: 143-144). Pero, sólo logra detener y
retardar momentáneamente sus acciones reivindicativa. Y, después del
VIII Congreso de la FSTMB (Pulacayo, abril de 1957), el II Congreso de la
COB (junio de 1957), decide una huelga general para obtener una justa
compensación salarial ante las nuevas medidas económicas. En el
Congreso de la COB, los mineros también logran que un Comité
Ejecutivo, opuesto al gobierno, dirija esta Central sindical. Pero esta
victoria, obtenida por pequeña mayoría, provoca la eliminación de la
representación de diversas federaciones obreras en la más alta instancia
sindical: la de los obreros de la construcción, los fabriles, los
trabajadores petroleros, los transportistas... Además, las tendencias
procomunistas (PCB) deciden no enfrentar directamente al gobierno. En
consecuencia, el Comité Ejecutivo de la COB se ve obligado a suspender
su declaración de huelga general.
Aprovechando esta su ventaja, el presidente de, la República estimula
una reestructuración de la COB. Se conforma un “Bloque
Reestructurado,” al que se plegan los sindicatos progubernamentales y
los controlados por el PCB.14 Lechín se encuentra de pronto en una
situación muy incómoda: aliado obligado de los troskistas, sólo puede
contar con sus bases mineras.

A partir de principios de 1958, los partidarios de Siles se dedican a la


toma de este último bastión de la resistencia antigubernamental,
creando un comité de reorganización de la propia FSTMB. Es pues fácil
de comprender que el LX Congreso de la FSTMB, realizado en Colquiri,
haya transcurrido bajo una atmósfera muy tensa. Los comandos
especiales del MNR, arma en mano, atacan a los delegados, quienes se
ven obligados a retirarse a la mina de San José para continuar con sus
deliberaciones. Al final del Congreso, demandan la total abrogación del
Plan Eder, acusan de “antipopular” y “proimperialista” al gobierno de
Siles, y declaran una guerra abierta a las milicias movimientistas, en
nombre de un sindicalismo “democrático y desburocratizado.”
Finalmente, se conciben como la punta de lanza de un movimiento
revolucionario de clase.

En esta coyuntura, la combinación de las escisiones faccionales y las


medidas económicas en vigencia obliga al sector más movilizado del
mundo obrero a replegarse hacia sus posiciones sectoriales de clase, en
franca oposición a un gobierno ahora entendido como un simple
instrumento del imperialismo. Parece que se hubiera retornado a una
situación comparable a la de la prerrevolución: el “barón” estatal
representa al enemigo de la clase obrera.

A fines de 1959, la oposición radical gana las elecciones sindicales de


Huanuni. Este hecho posee un alto valor simbólico, en la medida en que
Huanuni, importante centro minero muy próximo a Siglo xx, no había
hasta entonces escapado a la tutela gubernamental. En el momento de
la posesión de la nueva directiva sindical, el jefe del comando del MNR
hiere con un disparo de revólver a uno de los mineros presentes en la
sala. Las autoridades recientemente elegidas piden que el agresor sea,
pues, arrestado y juzgado. Pocos días después, la inercia de las
autoridades lleva a los mineros a declarar una huelga por 24 horas. Este
es el momento que el líder “silista” de Huanuni, Celestino Gutiérrez,
elige para convocar a una asamblea que decide desconocer a la nueva
directiva y reemplazarla por la de los derrotados (1.300 contra 700
votos); y, luego, ataca la sede sindical, arma en mano. Al día siguiente,
una manifestación de la oposición radical es dispersada con ráfagas de
metralla. Los mineros de Siglo xx acuden al socorro de los opositores en
Huanuni. Luego de tres horas de combate, que deja un saldo de 12
muertos y 32 heridos, la coalición de los sindicalistas de Siglo xx y
Huanuni resulta vencedora. El cadáver de Celestino Gutiérrez, muerto
durante el combate, es colgado por las mujeres de Huanuni.

Después de este enfrentamiento en la cumbre, retorna una relativa paz


a las minas, debido, sobre todo, a la proximidad de las elecciones
presidenciales. La oposición lechinista realiza su campaña en favor de
Paz Estenssoro —Lechín es candidato a la vicepresidencia— y, por un
tiempo, los mineros y sus dirigentes tienen la esperanza de recuperar las
ventajas económicas y políticas, que disfrutaban entre 1952 y 1956.

Pero, muy pronto, sus esperanzas se ven frustradas. Y uno no puede


evitar quedarse sorprendido ante el paralelismo existente, en la
evolución de la situación política y social del país, entre este segundo
período de Paz Estenssoro y el de los cuatro años de mandato de Siles.

En efecto, Paz Estenssoro se decide resueltamente por una economía


liberal, a cuyo nombre solicita la inversión de capitales nacionales y
extranjeros, y la creciente ayuda de los Estados Unidos. En las minas, en
agosto de 1961, esta reorientación se traduce por la puesta en marcha
de un plan de reestructuración de COMIBOL, el denominado “Plan
Triangular,” así llamado en vista de su triple financiamiento: por el
gobierno de los Estados Unidos, el de la Alemania Federal y el Banco
Interamericano de Desarrollo (BID). El desembolso de 37.8 millones en
tres anualidades está destinado a la explotación de nuevos yacimientos,
a la modernización de las operaciones de preconcentración y
concentración de minerales, a la renovación de herramientas... a
condición de que la COMIBOL reforme su administración, imponga una
más rigurosa disciplina de trabajo y despida la mano de obra
excedentaria.

La aplicación de este plan no puede sino suscitar la hostilidad de los


mineros y desubicar a Lechín. En 1963, el enfrentamiento ya es
inevitable. En junio, el presidente de COMIBOL impone un lock out en
Siglo xx, para efectuar los despidos previstos por el Plan: en sólo la
empresa de Catavi se despide cerca de mil trabajadores. Después, en
agosto, se prescinde del derecho a veto del Control Obrero. En diciembre
de 1963, luego del XII Congreso de la FSTMB en Colquiri, reelecto
secretario ejecutivo de la FSTMB, Lechín rompe con el MNR. Al finalizar el
congreso, el gobierno hace arrestar a dos dirigentes sindicales de Siglo
xx. La FSTMB responde convocando a la huelga y, en Siglo xx, los
sindicalistas toman como rehenes a varios técnicos y a empleados de la
embajada de los Estados Unidos. Inmediatamente, el gobierno declara
“zona militar” a las minas y el complejo Siglo xx-Catavi es rodeado por
la fuerza combinada del ejército y las milicias. Finalmente, la FSTMB
capitula para evitar el choque armado. Con los mineros derrotados, el
gobierno de Paz Estenssoro, imitando la actitud de Siles en 1957, se
dedica a impulsar la estructuración de una contra-organización sindical
obrera, la Central Obrera de Unidad Revolucionaria (COBUR), que pone
en entredicho la legitimidad de la dirección de la COB, elegida en el III
Congreso, el de 1962. Orquestada desde el Ministerio del Trabajo, esta
nueva Central recibe dinero de la embajada de los Estados Unidos
(Whitehead 1970), gracias al cual logra ganar el apoyo de diversos
sectores obreros (Ponce García 1968: 99-104).

Los pocos datos estadísticos disponibles15 relativos a los ritmos de


huelgas entre 1956 y 1964 permiten tener una visión más sintética de la
amplitud de la protesta obrera y sus movimientos de flujo y reflujo. El
año 1958 es el año más agitado, todo el país se encuentra en un estado
de efervescencia; en 1959, los mineros son prácticamente los únicos
que siguen en la brega, y, en 1960, año de las elecciones, se da una
especie de tregua generalizada.16 En 1961, la agitación recomienza en
las minas con motivo de la aplicación del Plan Triangular; alcanza su
cénit en 1963 y después, en 1964, el número de huelgas disminuye una
vez más; la batalla propiamente política es la preponderante.
A la larga, la política económica liberal de los gobiernos del MNR, así
como también las querellas de facciones que estos gobiernos practican y
fomentan, acaban enfrentándolos con una fracción de la clase obrera,
conducida por los mineros, mientras que apenas logran mantener, con
mucho esfuerzo y por períodos cada vez más cortos, una clientela en
algunos sectores de esta misma clase obrera. Si la ruptura entre el
gobierno y la clase obrera no se hace definitiva, si la clase obrera no
logra finalmente una verdadera movilización de clase, todo esto se
debe, en gran medida, al ambiguo papel que juegan Lechín y sus
partidarios. En efecto, ellos oscilan permanentemente entre una posición
de activa participación en el gobierno —intentando restablecer el co-
gobierno del primer período— y una lucha frontal (Lora 1979: 67). Pero,
esta facción lechinista, sometida al régimen de la “ducha escocesa,” es,
en rigor, más prisionera que conductora de sus bases mineras:
continuamente, Lechín se ve obligado a suscribir y hacer suyas sus
reivindicaciones, a pesar de su ambición de ser parte del gobierno. Dicho
de otra manera, uno se encuentra ante una situación bastarda, en la
cual, progresivamente, ni el gobierno como tampoco la “burocracia” de
la COB controlan realmente sus fragmentadas tropas obreras,
movilizadas, a veces, según esquemas de clase, otras, según esquemas
clientelistas y que hasta llegan a enfrentarse unas con otras.

Las repercusiones de las luchas de facciones en el mundo campesino


son, sin duda alguna, mucho más difíciles de analizar, en la medida que
ese mundo se movilizó de manera muy desigual y con modalidades
diferentes, de acuerdo a las regiones. Teniendo en cuenta que el valle de
Cochabamba fue el primero en sublevarse y organizarse después de la
revolución, y, también, que los sindicatos campesinos de este valle
lograron hacerse dueños del conjunto del mundo rural de este valle,
incluidas las poblaciones, es lógico tomarlo como punto de referencia.
Esta perspectiva resulta más que justificada si tenemos en cuenta que
aquí no se trata de comprender los motivos de la movilización
campesina sino de explicar la inestabilidad política; es necesario,
entonces, seleccionar los segmentos campesinos susceptibles de jugar
un efectivo rol político y dejar a un lado aquellos otros cuyo grado de
organización y de movilización es muy débil como para pretender
ejercer ese papel.
Se trata, entonces, del campesinado del valle de Cochabamba y, más
precisamente, el del Valle Alto controlado por el líder José Rojas, cuyo
centro de operaciones estaba en el poblado de Ucureña, el mismo en el
que fue firmado y luego celebrado el decreto de la Reforma Agraria. José
Rojas es el secretario ejecutivo de la Federación Campesina de
Cochabamba desde 1954, ejerce una secretaría en la Confederación a
partir de ese mismo año y el elegido diputado en 1956. La milicia de
Ucureña que sirve bajo su inmediata dirección no cuenta con más de
500 hombres, pero, en un par de horas, puede convocar hasta 10.000
hombres armados suplementarios. Es decir, un cuerpo de “tenientes” le
colabora en toda esa su zona de influencia.

Cuando, como consecuencia de las medidas de la estabilización


monetaria tomadas por Siles, se produce una ruptura entre la COB y el
Bloque Restaurador, los campesinos de Ucureña, relativamente
beneficiados por estas reformas,17 permanecen fieles al gobierno. Los
sindicatos y las milicias del valle son reorganizados en el marco de este
nuevo bloque. Y, entre 1956 y 1959, se convierte en uno de los más
importantes instrumentos del orden gubernamental. Es así que, en mayo
de 1958, son enviados a Santa Cruz para sofocar una tentativa
insurreccional de la Falange, junto con el ejército.18

Con el fin de sellar la nueva alianza campesino-gubernamental, en


marzo de 1959, Siles nombra a Rojas ministro de Asuntos Campesinos.
Una de las primeras tareas del novel ministro consiste en enviar sus
tropas a intimidar a los mineros de Siglo xx y de otras minas cercanas a
Oruro, que se encontraban en huelga. En suma, la táctica de Siles —
lograda, por otra parte— consiste en apoyarse en los campesinos
movilizados y transformarlos en gendarmes del régimen.

Pero, la proximidad de la justa electoral de 1960 complica y altera los


vínculos que unen al gobierno con los campesinos vallunos porque la
lucha de las facciones en la cumbre reaviva las rivalidades campesinas
en la base. Estas fricciones acaban por convertirse en un sangriento
enfrentamiento, la llamada “Guerra del Valle,” entre los pueblos vecinos
de Cliza y Ucureña.
Jorge Dandler detalla así las varias razones que, conjugadas, oponen
localmente a las dos poblaciones (cf. Dandler 1984: 201-241):

Poco después de la revolución, el valle de Cochabamba se divide en dos


distintos y concurrentes dominios de influencia: el de José Rojas en el
Valle Alto y el de Sinforoso Rivas en el Valle Bajo. Desde el principio,
Rojas no acaba de conquistar el apoyo de todos los sindicatos de su
zona: en 1953, se constituye en Cliza una organización rival, la Central
“2 de Agosto,” con Sinforoso Rivas a la cabeza.

Cliza es un pueblo tradicional, antigua capital de provincia, que sufre con


la dinámica competencia que le hace Ucureña, una ex-ranchería
promovida al rango de Centro Nacional de la Reforma Agraria.

Con el correr de los años, aumenta la oposición a Rojas, cuando ésta se


incrementa con la de los “piqueros,” o sea, de los pequeños propietarios
de tierra locales que no se beneficiaron con la Reforma Agraria. A
mediados de 1959, casi la mitad de los sindicatos asociados a la Central
de Cliza están constituidas por piqueros, mientras que los de Ucureña
agrupan, sobre todo, a los excolonos de haciendas.

Cuando Guevara —nativo de Cochabamba— empieza a promover su


candidatura presidencial a principios de 1959, obtiene el apoyo de la
mayoría de las organizaciones sindicales campesinas de Cochabamba.
Pero, cuando ya es evidente que Paz Estenssoro intenta retornar al
gobierno,19 los sindicatos vallunos se dividen en dos campos rivales.
José Rojas apoya a Paz Estenssoro en tanto que su ex-“comandante”
Miguel Veizaga apoya a Guevara Arze. Los partidarios de Rojas controlan
la Federación, pero Veizaga se parapeta en Cliza donde reorganiza la
Central “2 de Agosto,” en la que coordina toda la red de la oposición en
el valle.

La tensión crece a medida que se acercan las elecciones presidenciales


(junio de 1960). El primer enfrentamiento armado sucede en octubre de
1959; tiene una duración de cuatro días y provoca muertos en ambos
campos. Después, entre Cliza y Ucureña, se abre una trinchera de varios
kilómetros y una franja de cien metros es declarada “tierra de nadie.”
Los enfrentamientos son extremamente violentos y los habitantes de la
región viven bajo el terror.20 Para poner fin a las hostilidades, en marzo
de 1960, el gobierno declara “zona militar” a las provincias de Jordán y
Punata e instruye al ejército de restituir el orden en la zona; un ejército
cuyos jefes ostensiblemente se inclinan en favor de Paz Estenssoro.

Pero, la historia de la “Guerra del Valle” no se acaba ahí y su


prolongación nos permitirá entender aun mejor los mecanismos del
clientelismo existente entre las figuras nacionales del MNR y los
caciques campesinos.

El Sector de Izquierda del MNR y los sindicatos obreros favorables a


Lechín aprovechan la campaña electoral de 1969 para recuperar sus
fuerzas. En el valle, se da una reestructuración político-sindical, la que
permite la constitución de una base política favorable al nuevo
vicepresidente, todo lo que finalmente se formaliza en un pacto obrero-
campesino, en 1961, más conocido como el “Pacto del Morro” (cf.
Dandler 1984: 201-204). Los aliados de Lechín controlan la Federación
Campesina de Cochabamba y Miguel Veizaga transita del campo de
Guevara, vencido, al de Lechín que ahora aparece como el vencedor. Y,
en 1962, recomienza la lucha entre Veizaga, cliceño ahora partidario de
Lechín, y Rojas, ucureño favorable a Paz Estenssoro. El ejército
interviene una vez más. Y, poco a poco, el Sector de Izquierda pierde sus
apoyos y sus líderes.

En julio de 1963, cuando se realizaban las primeras proclamaciones en


favor del binomio presidencial Paz Estenssoro-Barrientos, se organiza la
“caza” de cliceños y se desmantelan sus bastiones. Luego, el 6 de
setiembre, las Fuerzas Armadas toman Cliza, declarada, una vez más,
“zona militar.”

¿Qué rescatar de este relato? Ya he mencionado el engranaje que


vincula las luchas sociales con las querellas de facciones. También se
puede medir cómo la clientela “oficial,” es decir, aquélla que sigue al
poderoso del momento, el presidente de la República notablemente,
tiene todas las chances de ganar la partida. También se observa la
facilidad con la que los caciques-clientes cambian de patrón, de acuerdo
a las circunstancias políticas en curso y sin importarles la ideología del
susodicho patrón. También es cierto que no es nada fácil discernir las
diferencias ideológicas existentes entre los grandes jefes históricos del
MNR : Paz Estenssoro, Siles Suazo y Guevara Arze andan muy cerca unos
de otros y Lechín tampoco anda muy lejos, pues siempre se desmarca
de los partidos inspirados en el marxismo, aunque algunas veces se alíe
con ellos.

Simplificada al extremo, esta versión de los hechos no explícita


apropiadamente la existencia de cohortes de líderes locales vinculados
con los grandes caciques o con sus más próximos comandantes, en
conflicto unos con otros, en permanente búsqueda por integrarse en los
niveles superiores, mientras se benefician de los apoyos prestados. En
suma, existen cadenas de clientelas fluctuantes que llegan hasta el más
pequeño caserío y que se activan en y durante las agudas faces de la
“Guerra del Valle” de Cochabamba.

Si bien este valle es el escenario de los enfrentamientos más violentos y


duraderos, no es el único en ser víctima de las consecuencias
dislocantes y fratricidas de la lucha entre facciones. Combates de una
magnitud comparable ocurren en la región de Achacachi y alrededor de
las minas de Siglo xx y Catavi.

En Santa Cruz, una ciudad dominada por una oligarquía de carácter


rural, la revolución provoca el surgimiento de varios ejes conflictivos,
cuyos polos se encuentran en permanente oposición, más o menos
aguda según las circunstancias, que se entrecruzan, combinan y
finalmente explican la extraordinaria crisis de autoridad que aflige a la
ciudad durante el período de los gobiernos del MNR. De 1952 a 1964,19
diferentes prefectos y otros 19 alcaldes se suceden a la cabeza del
gobierno del departamento y de la ciudad, respectivamente; algunas de
estas sucesiones suponen actos de violencia.

¿Cuáles son, entonces, los ejes de este conflicto?21 En primer lugar,


aquí como en el resto del país, el MNR local se opone a la oligarquía
tradicional; las grandes familias y lo que les resta de clientela apoyan a
la Falange Socialista Boliviana. En segundo lugar, hay que tener en
cuenta la oposición poder central vs. poder regional. El gobierno del MNR
tiene proyectos para Santa Cruz. Quiere hacer de la región un polo de
desarrollo agrícola y, al mismo tiempo, el motor de la colonización de las
tierras vírgenes del Oriente boliviano. Con este fin, busca más
conciliarse con la oligarquía local que combatirla. De hecho, algunas
familias colaboran con el gobierno.

Evidentemente, esta estrategia gubernamental choca de frente ante un


MNR local cuyas bases militantes se reclutan, sobre todo, de las capas
medias y populares, que, de lejos, constituyen la mayoría. Al respecto,
se logra a una especie de muy precario equilibrio por medio de la
nominación de prefectos y alcaldes: los primeros se escogen de entre las
familias tradicionales —salvo que sean militares, donde la mayoría son
de origen colla— y los segundos de entre los grupos de extracción social
más modesta, representativos estos últimos de la población movilizada a
favor del partido (cf. Palmer 1979).

Finalmente, la corriente favorable a la revolución se encuentra


estructurada, como a nivel nacional, en dos instancias asociadas/rivales:
el partido y el sindicato. Ya en el lugar, la competencia degenera
rápidamente en oposición; una oposición que toma la forma de una
rivalidad entre familias. La familia Barbery Justiniano funda la Central
Obrera Departamental (COD) con los sindicatos de choferes, tipógrafos,
trabajadores del petróleo, artesanos —en rigor, la clase obrera
propiamente dicha era por entonces ínfima en Santa Cruz— y crea la
Federación Departamental de Trabajadores Campesinos. Mientras tanto,
los hermanos Sandóval Morón organizan el aparato del partido, los
comandos zonales, y se hacen cargo de la dirección del Comando
Departamental. Otras familias (Velarde, Roca, Julio) complican aún más
las luchas internas en el campo revolucionario.

Veamos a continuación el famoso caso de las regalías del petróleo, tan


importante que, durante muchísimos años, no sólo afecta al destino
económico de la región sino de todo el país. El asunto arranca en
octubre de 1957, cuando el juego entre las facciones, la batalla de los
jefes y los efectos de las medidas monetarias se conjugan para
incrementar las tensiones políticas y sociales existentes y minar la
interpelación del MNR.
De acuerdo a una ley previa a la revolución, reformulada multitud de
veces, el 11% del producto de los hidrocarburos corresponde al
departamento productor a fin de promover trabajos públicos.
Evidentemente, ésta es una gran ventaja para Santa Cruz que produce
casi la totalidad de los hidrocarburos. Pero, el nuevo Código del Petróleo,
promulgado por el MNR el 26 de agosto de 1955, sólo establece, sin
mayores precisiones, la obligación que tiene el concesionario de revertir
al Estado un monto equivalente al 11% del producto bruto. La vaguedad
de esta formulación y las interpretaciones contradictorias que suscita
sirven de catalizador en el conflicto.

El Comité Pro-Santa Cruz (CPSC) asume el liderazgo en el combate. Este


Comité fue fundado el 30 de octubre de 1950 (Ibáñez Franco 1978: 23-
25) a iniciativa de la Federación Universitaria Local (FUL) con el fin de
contribuir a resolver los problemas urbanos de la ciudad de Santa Cruz,
la que, por aquel entonces, se encontraba muy rezagada. Su labor es
discreta durante los primeros años de gobierno del MNR. Pero, en 1957,
siempre bajo la iniciativa de la FUL cruceña, el Comité se revitaliza: se
reformulan sus estatutos y se elige un nuevo presidente.22 En realidad,
es la Falange la que se esconde detrás de estas organizaciones; una
Falange que también incluye una fracción armada, La Unión Juvenil
Cruceñista. La habilidad del CPSC consisten en vincular los trabajos de
urbanización que tanto necesita la ciudad con una urgente reversión del
famoso 11%. Por supuesto, no es necesario tener mucha imaginación
para inventar ese vínculo pues, en principio, para ese tipo de gastos
estaban destinadas las regalías.

Comienza una serie de negociaciones con el gobierno, las que poco


después fracasan. El presidente Siles recuerda a los cruceños que ellos
ya han recibido mucho más que los otros departamentos (en materia de
distribución de agua potable, equipos para la construcción y
mantenimiento de caminos y ferrocarriles, en inversiones agro-
industriales, etcétera) e insiste en que concederles estas demandas
daría origen a una reacción en cadena pues los otros departamentos
productores de riquezas exigirían condiciones análogas. A fines del mes
de octubre, el CPSC convoca a un cabildo abierto23 en la plaza principal
de Santa Cruz. Ahí se decide paralizar la ciudad por medio de una
huelga general a partir del 1o de noviembre y apropiarse de la
maquinaria pesada de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos para
efectuar con ellos trabajos en las calles. El 1o de noviembre, los
miembros de la Unión Juvenil toman por asalto las oficinas de la
municipalidad y las del Control Político. Muere uno de los asaltantes. El
CPSC cuenta con su primer mártir. Siles Suazo se traslada a Santa Cruz
para intentar calmar los ánimos, pero es vilipendiado por la
muchedumbre. Acaba por concederle sus demandas al CPSC y Santa
Cruz obtiene que el 11% le sea otorgado por decreto, el que se dicta el
12 de diciembre de 1957.

¿Cómo puede la Falange, por intermedio del CPSC, surgir de esta manera
en los primeros planos de la escena política cruceña? Sobre todo, debido
a las disensiones internas del MNR. Las medidas de la estabilización
monetaria que oponen a los partidarios del presidente con los del Sector
de Izquierda del partido no sólo se traducen en la división de la COB y el
marginamiento de Lechín sino también en la renuncia del vicepresidente
Ñuflo Chávez Ortiz, cruceño, cuyo hermano es senador por el
departamento de Santa Cruz. Es muy probable que el vicepresidente
cesante haya alertado al CPSC acerca del problema de las regalías: un
comportamiento paradojal, por decir lo menos, por parte de alguien que,
en su calidad de presidente del Senado, había dirigido las sesiones
parlamentarias de 1956 en las que el Código del Petróleo (“Código
Davenport”) se había transformado en ley (Sandóval Morón s.f.: 141).

De hecho, toda la izquierda del MNR, luego de su derrota en el seno de


la COB (anulación de la orden de huelga en julio, conformación del
Bloque Restaurador), encuentra ahí un nuevo caballo de batalla para
debilitar el poder presidencial. También, la COD cruceña permanece
callada durante el conflicto y algunos de sus sindicatos —los camioneros
y choferes de taxi, sobre todo— apoyan abiertamente al CPSC.

En cuanto a Sandóval Morón, mientras se anuda la crisis cruceña, a


principios de octubre de 1957, es enviado a Nueva York como embajador
ante las Naciones Unidas. ¿Implica esta nominación-promoción una
medida de Siles para intentar asentar, mal que bien, su dominio en el
partido? o ¿habrá que entenderla como un intento por calmar al CPSC?
Sea como sea, por el momento, el MNR cruceño se encuentra, a la vez,
dividido y privado de uno de sus más poderosos líderes.

No hay que dejar de subrayar el hecho que todas las tendencias del MNR
local andan desubicadas. La crisis, más las medidas de la estabilización
monetaria, han logrado sembrar el descontento en grandes sectores
sociales y, por otra parte, los pedidos para un mejoramiento urbano son
tan legítimos que el partido, en todas sus tendencias, no puede dejar de
apoyarlos. Aun Sandóval Morón es partidario de la entrega del 11% para
el departamento (Sandóval Morón s.f.: 147). Pero son los portavoces del
CPSC los que cosechan todos los beneficios de la victoria.

Una victoria aún más brillante pues se acompaña con el debilitamiento y


alejamiento de Sandóval Morón. Este, alarmado por el endurecimiento
de la situación cruceña, retorna de su dorado exilio neoyorquino en los
primeros días de noviembre. El gobierno le retiene en La Paz durante
casi un mes, después decide ignorar las instrucciones del gobierno para
poder recuperar su poder en Santa Cruz. Llega a la capital oriental el 29
de noviembre pero es luego desalojado, después de una semana de
escaramuzas con las milicias de la Unión Juvenil.

Su fracaso se debe al hecho que se enfrenta a la hostilidad conjugada


del gobierno, representado por el prefecto, del CPSC manipulado por la
Falange y del Sector de Izquierda que pacta con el Comité. A su partida,
los hermanos Barbery y los hermanos Julio retoman la dirección del
comando departamental. Pero, Santa Cruz en manos de la Falange se
convierte en una especie de republiqueta de la Rosca.

Fuera del empequeñecimiento de las bases que apoyan al MNR y al


gobierno, que resulta de todo este imbroglio, y el subsecuente
crecimiento de Falange, para nuestro propósito, la lección más
importante que podemos sacar de este episodio cruceño es la relativa a
la naturaleza de las alianzas coyunturales que se producen en esta
ocasión. La más sorprendente, una que podría considerarse tan contra
natura como la célebre entre la carpa y el conejo, es la que asocia al
CPSC, es decir, a la Falange, con el Sector de Izquierda, es decir,
individualidades como Lechín, Ayala Mercado (ex-troskista), Ñuflo y
Omar Chávez Ortiz, etc. (cf. Ibáñez Blanco 1978: 41). Una asociación
que, en el fondo, muestra hasta qué punto la ideología pasa a segundo
plano en las luchas tácticas de cada facción en su afán por conservar o
lograr la cuota de poder que, desde su perspectiva, estima que le
corresponde, tanto a nivel local como nacional.

Finalmente, no olvidemos el carácter regionalista de la reconquista de


los falangistas. Es exaltando una bandera cruceñista, anticentralista, en
un momento de crisis política y económica, que la reacción se abre un
camino y logra movilizar grandes segmentos de la población. En esta
compleja dialéctica del centro paceño y su periferia cruceña, el
problema de las regalías marca una importante etapa: Santa Cruz
reagrupada en mayoría en torno a su Comité toma consciencia de su
fuerza; a partir de entonces, siempre habrá que tenerla en cuenta. De
hecho, hasta 1964, la vida cruceña continúa siendo agitada. Los
falangistas tratan de consolidar su dominio local y nacional. Sandoval
Morón no se considera definitivamente derrotado y los reagrupamientos
que se suceden en el seno del MNR repercuten a nivel local (cf.
Whitehead 1973).

En suma, a partir de 1957, hasta 1964, una verdadera guerrilla civil


agita al país con episodios agudos y fases de un relativo reposo. Los
casos de enfrentamiento arriba descritos son harto esquemáticos: en las
regiones seleccionadas, numerosos líderes secundarios intervienen en
batallas cuyas peripecias no han sido mencionadas y que afectan hasta
el más pequeño poblado y al más mínimo sindicato. Además, también
otros sectores, en muchas otras partes del territorio, sufren las
consecuencias de la “faccionalización.”

A modo de conclusión provisoria, hay que insistir, en primer lugar, en el


poder de dislocación afín a la lucha de facciones. En esta incesante
batalla por ganar posiciones —o por no perderlas—, no hay organización
que quede afuera. En efecto, la faccionalización puede enfrentar a un
sector contra otro (campesinos de Ucureña y del norte de Potosí contra
los mineros), oponer los sindicatos o comandos funcionales del partido a
los comandos territoriales (minas, Santa Cruz), provocar la alianza de un
comando local o de una facción con un partido enemigo (caso de las
regalías en Santa Cruz), partir a un sector en dos (la COB opuesta al
Bloque Reestructurador, luego a la COBUR); aún el segmento minero, el
mejor estructurado del sector obrero, se divide por un momento en dos
campos rivales.

En segundo lugar, es claro que la faccionalización convierte en vedettes


a los caciques, los caudillos y los dirigentes sindicales locales. En esta
coyuntura, en la que el centro no dispone de otros medios para
mantener el orden…

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