0% encontró este documento útil (0 votos)
34 vistas11 páginas

Jackson - Capitulo I - Resumen

El capítulo analiza la vida cotidiana en las aulas, destacando la rutina y la estructura que los estudiantes experimentan diariamente. Se enfatiza la importancia de la asistencia obligatoria y cómo los alumnos deben adaptarse a un entorno social y físico estable, donde la evaluación y la interacción son constantes. Además, se abordan las dinámicas de poder entre alumnos y profesores, así como los desafíos de la vida en grupo, como la espera y la paciencia.

Cargado por

Nahuel Bottcher
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
34 vistas11 páginas

Jackson - Capitulo I - Resumen

El capítulo analiza la vida cotidiana en las aulas, destacando la rutina y la estructura que los estudiantes experimentan diariamente. Se enfatiza la importancia de la asistencia obligatoria y cómo los alumnos deben adaptarse a un entorno social y físico estable, donde la evaluación y la interacción son constantes. Además, se abordan las dinámicas de poder entre alumnos y profesores, así como los desafíos de la vida en grupo, como la espera y la paciencia.

Cargado por

Nahuel Bottcher
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La vida en las aulas - Capitulo 1: Los Afanes Cotidianos - Philip Jackson

TITULO 1
La asistencia de los niños a la escuela es en nuestra sociedad una experiencia tan
corriente que poco de nosotros nos detenemos apenas a considerar lo que sucede
cuando están allí.
Nuestra indiferencia desaparece ocasionalmente. Cuando algo va mal o se nos informa
de un logro importante, podemos reflexionar por un instante, al menos sobre el significado
de la experiencia para el niño en cuestión.
Las preguntas que habitualmente se les hacen a los alumnos sobre su vida escolar tienen
que ver con los hitos de esta experiencia, sus aspectos infrecuentes. Los padres se
preocupan por el condimento de la vida escolar más que por su propia naturaleza.
Los profesores también se interesan sólo por un aspecto muy limitado de la experiencia
escolar de un pequeño. Es probable que se concentren en aspectos específicos de mala
conducta o de logros como representación de lo que un determinado alumno hizo ese día
en la escuela. Aunque estos actos en cuestión sean solo una pequeña fracción del tiempo
que el chico dentro del colegio.
Cómo los padres, los profesores rara vez reflexionan sobre el significado de los millares
de acontecimientos fugaces que se combinan para formar la rutina del aula. Lo mismo
sucede con el propio alumno, para él también se ha reducido el día en la memoria un
pequeño número de acontecimientos señalados.
La rutina cotidiana y los tediosos afanes cotidianos pueden quedar iluminados de vez en
cuando por acontecimientos que proporcionan color a una existencia por lo demás gris.
Pero esa monotonía de nuestra vida cotidiana tiene un poder abrasivo peculiar.
Los antropólogos lo entienden así, mejor que la mayoría de los restantes científicos
sociales. Sus estudios de campo nos han enseñado a apreciar el significado cultural de
los elementos monótonos de la existencia humana. Esta es la lección que debemos tener
en cuenta cuando tratamos de comprender la vida en las aulas de primaria.
Para apreciar el significado de los hechos triviales del aula es necesario considerar la
frecuencia de su aparición, la uniformidad del entorno escolar y la obligatoriedad de la
asistencia diaria. Hay que reconocer que los niños permanecen en la escuela largo
tiempo, que el ambiente en el que operan es muy uniforme y que están allí, así les guste o
no. Cada uno de estos 3 hechos nos ayudan a comprender la forma en que los alumnos
sienten su experiencia escolar y la abordan.
La cantidad de tiempo que los alumnos pasan en la escuela puede ser señalada como
una presión considerable. Almargen del sueño y quizás del juego, no existe otra actividad
que ocupe tanto tiempo del niño como la que supone su asistencia a la escuela. Aparte
del dormitorio en donde duermen, no existe un recinto en que pase tanto tiempo como en
el aula. Otro modo de estimar lo que significan todas esas horas de clase consiste en
preguntar cuánto costaría acumularlas en otra actividad familiar y recurrente. La
asistencia a la Iglesia permite una comparación interesante. Si bien la comparación con la
Iglesia es espectacular y quizás excesiva, nos permite reflexionar que no existe al margen
de la escuela, otro entorno físico en el que se congreguen personas de todas las edades
con tanta regularidad como en la iglesia. Esto nos permite considerar una semejanza
importante entre las dos instituciones: escuela e iglesia. Quienes visitan ambas se hallan
en un entorno estable y muy convencional. Podemos observar que en las dos podemos
encontrar elementos de repetición, redundancia y acción ritualista que se expresan.
Ambos lugares tienen características propias y son lugares que todo el mundo
reconocería fácilmente. Incluso desprovistas de gente, una iglesia es una iglesia y un aula
es un aula.
La clase es un entorno físico relativamente estable y proporciona además un contexto
social bastante constante. Tras las mismas mesas, se sientan los mismos alumnos, frente
al pizarrón en donde se encuentra su maestro. En la mayoría de las aulas de primaria la
composición social no sólo es estable, sino que está dispuesta físicamente a una
considerable regularidad. Cada alumno tiene su sitio asignado. Cada miembro está tan
acostumbrado a la presencia del otro, que con una sola mirada al aula saben cuándo
están ausentes.
Existen las escuelas una intimidad social que no guarda paragón con cualquier otro lugar
en nuestra sociedad. Sólo en las escuelas pasan varias horas, 30 o más personas,
literalmente codo a codo. Cuando abandonemos la escolaridad, rara vez se nos exigirá
tener de nuevo contacto con tanta gente durante tanto tiempo. Un aspecto final de la
estabilidad experimentada por los jóvenes alumnos es la calidad ritualista y cíclica de las
actividades realizadas en el aula. Existe un horario semanal dividido por horas de clase
en las cuales se especifica qué materias tendrán que estudiar. Si bien el contenido de lo
trabajado cambia de un día a otro. No deja de ocurrir que los lunes, por ejemplo, tendrán
primero matemática, después lengua y por último inglés. Existe una estabilidad. Si bien
tienen una diversidad de materias, las formas identificables de actividad en clase no son
muy numerosas. Pueden ser trabajos individuales, debates en grupo, explicación del
profesor, preguntas y respuesta y cada tanto, representaciones audiovisuales, juegos y
exámenes. Cada una de estas actividades principales se ejecuta conforme a unas normas
que suelen ser muy precisas y que supuestamente entenderán y obedecerán
los alumnos.
Cada vez que los chicos asisten a la escuela por la mañana se introducen en un ambiente
con el que están excepcionalmente familiarizados gracias a una larga permanencia. Se
trata de un entorno bastante estable en donde los objetos físicos, las relaciones sociales y
las actividades principales siguen siendo los mismos días tras día, semana tras semana e
incluso en ciertos aspectos año tras año.
En relación con la vida del alumno, existe un hecho bastante importante. Es el que los
pequeños deben estar en la escuela, tanto si quieren como si no. En este sentido, los
estudiantes poseen algo en común con los miembros de otras dos instituciones sociales,
con asistencia obligatoria: las prisiones y los hospitales mentales. Si bien es una analogía
dramática, el escolar, como el adulto encerrado, es en cierto sentido un prisionero. Tienen
que desarrollar estrategias para abordar el conflicto que frecuentemente surge entre sus
deseos e intereses naturales por un lado, y las expectativas institucionales, por el otro.
Las miles de horas pasadas en el entorno altamente convencional de las aulas de
primaria no son una cuestión de elección.
Las aulas son lugares especiales, lo que allí sucede y la forma en que en que acontece se
combinan para hacer estos recintos diferentes de todos los demás. Desde muchos
aspectos, las aulas son como los hogares, las iglesias y las salas de los hospitales. Pero
no en todos. Lo que hace diferente a las escuelas de otros lugares no es solamente la
enseñanza y el aprendizaje y el contenido educativo de los diálogos que allí se producen.
Existen rasgos mucho menos evidentes, aunque igualmente omnipresentes que
contribuyen a construir una realidad virtual, por así decirlo, a la que deben adaptarse los
alumnos. Para comprender el impacto de la vida escolar en el estudiante, algunos
aspectos de la clase que no resultan visibles de inmediato son realmente tan importantes
como los que se perciben.
Hay que comprender 3 hechos vitales que hasta el más pequeño debe aprender a
abordar y que vamos a presentar con las palabras: masa, elogió y poder.
Aprender a vivir en un aula supone, entre otras cosas, a primera aprender a vivir en el
seno de una masa. La mayor parte de las actividades de una escuela se hacen con otros
o al menos en presencia de otros.
Las escuelas son básicamente recintos evaluativos. Lo importante no es sólo lo que
hacemos, sino lo que los otros piensan que realizamos. La adaptación a la vida escolar
requiere del estudiante que se acostumbre a vivir bajo la condición constante de que sus
palabras y acciones son evaluadas por otros.
La escuela es también un lugar en donde la división entre el débil y el poderoso está
claramente trazada. ¿Hay una separación clara entre profesores y alumnos? Los
profesores son claramente más poderosos que los alumnos en el sentido de poseer una
mayor responsabilidad en la conformación de los acontecimientos del aula. Y está
marcada una clara diferencia en autoridad.
Los alumnos se enfrentan principalmente de tres maneras, como miembros de una masa
como receptores potenciales de elogios o reproches, y como peones de las autoridades
institucionales. Se da una atención especial a la forma en que los alumnos abordan estos
aspectos de su vida cotidiana.
TITULO 2
El aula es un lugar activo. En un estudio sobre las aulas de primaria, hemos descubierto
que el profesor llega a tener hasta 1000 interacciones personales diarias. Otra tarea que
consume tiempo el profesor, al menos en la escuela primaria, es la de servir como
proveedor. El espacio y los recursos materiales del aula son limitados y debe distribuirlo
juiciosamente. La tarea de distribuir los recursos materiales se halla estrechamente
relacionada con la de otorgar privilegios especiales a alumnos que los merecen.
Otra responsabilidad del docente y que exige prestar atención a otro importante aspecto
de la vida del aula es la de servir como cumplidor oficial del horario. Él es quien se
encarga de que las cosas comiencen y acaben a tiempo. Son profundas las aplicaciones
de la conducta de observación horaria por parte del profesor para determinar cómo en la
vida escolar. Está conducta hace que las cosas sucedan a menudo no porque los
alumnos la deseen, sino porque ha llegado el momento de que se produzcan.
Todas las acciones del profesor descritas hasta ahora están ligadas por un tema común,
responden de un modo u otro a la condición de hacinamiento del aula. Si el profesor trata
con un alumno a la vez, la mayor parte de las tareas mencionadas antes serían
innecesarias. Es la presión del número y del tiempo lo queman tiene tan ocupado al
profesor.

Las cosas que éste hace cuando opera dentro de los límites físicos, temporales y sociales
del aula poseen un efecto limitador sobre los acontecimientos que podrían ocurrir si se
diese rienda suelta a los impulsos individuales. Estos controles resultan necesarios para
alcanzar los objetivos de la escuela y evitar el caos social.
En situaciones de hacinamiento es en donde las personas se ven obligadas a observar
turnos para el uso de materiales limitados. Algunos tendrán que aguardar que otros hayan
acabado. En el momento de desplazarse como grupo, algunos lo hacen más rápido que
otros, y eso hace inevitable que algunos miembros tengan que aguardar a que otros
lleguen. Todos estos tipos de demora son corrientes en el aula. Los ejemplos más obvios
pueden encontrarse en la práctica de hacer cola. Generalmente la clase hace cola para el
recreo, el almuerzo y la salida, y luego existen pequeñas colas constituidas de modo
esporádico por diferentes razones. En las aulas también está presente la idea de los
turnos durante los periodos de debate y contestación. En los periodos de intercambio con
los docentes, en la formulación de preguntas y la de mostrar trabajos. Otro pode
demora que se presentan en el aula corresponde a la situación en el que se asignan
trabajos grupales y algunos terminan de resolverlo antes que otro y deben esperar al resto
de los grupos. Nadie sabe a ciencia cierta el tiempo que pierde estudiante medio, pero
tienen que ser considerable para numerosos alumnos de muchas escuelas. El retraso es
sólo una de las consecuencias de la vida dentro de una masa y quizás ni siquiera la más
importante desde el punto de vista de las limitaciones que impone al individuo. Esperar no
es tan malo y puede resultar incluso beneficioso cuando suceden las cosas que
aguardamos.
En las aulas, donde los alumnos gozan de una considerable libertad para desplazarse
durante el trabajo individual y en los periodos de estudio, el propio profesor se convierte a
menudo en centro de pequeños grupos de alumnos que aguardan. Una de las
disposiciones sociales más picas de estos ambientes es aquella en la que el profesor
charla con un alumno o examina su trabajo mientras esperan 2 o 3 chicos con libros o
papeles en la mano a que éste evalúe su trabajo, les proporcione una orientación,
responda a sus preguntas, o de alguna otra manera les permita seguir adelante.
El rechazo de un deseo es un resultado último de muchas de las demoras que tienen
lugar en el aula. A veces se ignora la mano alzada, en algunas ocasiones no se atiende a
la pregunta formulada al profesor y en otras se niega el permiso solicitado. Hay que poner
en claro que parte del aprendizaje de la vida en la escuela supone aprender a renunciar a
deseos y a esperar a que se cumplan.
Las interrupciones de muchos tipos son un rasgo importante en la vida del aula que
provienen de las condiciones sociales de hacinamiento. Hay interrupciones de todo tipo,
comentarios relevantes, malas conductas, visitantes ajenos portadores de mensajes.
Pequeñas interrupciones en forma de alumnos que acuden demandando la orientación
del profesor. Las cosas en las escuelas suceden en el momento determinados y esto cree
interrupciones de otro género. Someterse a un horario exige a menudo que las
actividades comiencen antes de haberse suscitado un interés y terminen antes de que
ese interés desaparezca. No existe otro medio sino detener y comenzar las cosas
conforme al horario previsto, aun aquello signifique interrumpir constantemente el flujo
natural del interés y del deseo para los estudiantes. Otro aspecto de la vida escolar
relacionado con los fenómenos generales de distracciones e interrupciones es la
respetada demanda de que el alumno ignore a los que tiene alrededor. En cierto modo,
los alumnos deben comportarse como si estuviesen solos, cuando la realidad es bien
distinta. Tendrán que aprender a estar solos en el seno de una masa si pretenden triunfar
en sus estudios. En las aulas los estudiantes se conocen y desarrollan una amistad, y es
probable que la tendencia a comunicarse con los demás sea algo más fuerte en clase que
en otras situaciones de hacinamiento.
Existen cuatro rasgos de la vida escolar: demora, rechazo, interrupción y distracción
social. Cada uno está determinado, en parte por las condiciones de hacinamiento de la
clase. Son cosas inevitables cuando 20 o30 personas han de vivir y trabajar juntas
durante 5 o 6 u 8 horas diarias dentro de un espacio limitado. Estas condiciones tienen
una capacidad de penetración y una frecuencia que las hace demasiado importantes
paraque puedan ser ignoradas.
Es dudoso que exista alguna clase en donde no resulten frecuentes los fenómenos aquí
mencionados. El espacio, la abundancia de recursos y una actitud liberal hacia normas y
reglas pueden reducir un tanto la presión del hacinamiento, pero desde luego no era
la eliminarán por completo.
En la mayoría de las instituciones la quintaesencia de la virtud se contiene en una sola
palabra: Paciencia. Carente de esa cualidad, la vida podría ser angustiosa para quienes
han de pasar el tiempo en nuestras prisiones, fábricas, oficinas y escuelas. En todos esos
ambientes, los participantes deben aprender a trabajar y esperar. Se espera de ellos que
soporten estoicamente los continuos rechazos, demoras e interrupciones de sus
anhelos y deseos personales.
Pero la paciencia es más un atributo moral que una estrategia de adaptación. No se pide
a una persona que lo haga, sino que lo sea. La paciencia se determina más claramente
por lo que el sujeto no hace que por loque hace. La paciencia se refiere, sobre todo al
control del impulso o a su abandono.
Las escuelas los alumnos han de enfrentarse equilibradamente con las exigencias de la
vida en el aula y tienen que aprender a ser pacientes. Esto significa que deben ser
capaces de ligar su sentimiento de sus acciones. También tienen que poder volver a unir
sentimientos y acciones cuando las condiciones sean apropiadas. En otras palabras,
los alumnos aguardarán con paciencia a que llegue su turno. Pero cuando esto suceda
tienen que ser capaces de participar afanosamente. En la mayoría de las aulas operan
poderosas sanciones sociales para obligar al estudiante a mantener una actitud de
paciencia.

TITULO 3
En la escuela El Niño tiene que aprender a adaptarse al espíritu continuado y penetrante
de la evaluación que dominará en sus años escolares. La evaluación constituye, pues,
otro hecho importante de la vida en el aula de primaria. El proceso de evaluación que se
desarrolla en el aula es completamente distinto al que acontece en otros ambientes.

La diferencia más potente entre la forma en que se produce la evaluación en la escuela y


en otras situaciones es en que los exámenes se aplican en ella con más frecuencia que
en cualquier otro sitio. Los exámenes son tan característicos del ambiente escolar como
los libros de textos. En los cursos inferiores los exámenes formales son casi inexistentes,
aunque igualmente se produzca una clara evaluación. De esta manera, se puede
observar una atmósfera específicamente evaluativa que penetran en el aula a partir de los
primeros cursos.
Las dinámicas de la evaluación en clase son difíciles de describir, principalmente por su
complejidad. La evaluación procede de más de una fuente, las condiciones de su
comunicación pueden variar de forma muy diversas, es posible que tengan uno o más
referentes y puede que su calidad se extienda desde lo intensamente positivo a lo
intensamente negativo. Estas variaciones corresponden solo a los rasgos objetivos o
impersonales de la evaluación. Cuando se consideran los significados subjetivos o
personales de tales acontecimientos, la imagen se hace aún más compleja.
La fuente principal de evaluación en el aula es, sin duda, el profesor. Se le exige
continuamente que, como le juicios sobre el trabajo y la conducta de los alumnos y que
lo comunique a estos y a otras personas. En la mayoría de las aulas los alumnos llegan a
saber cuándo las cosas son acertadas o erróneas, buenas o malas, bonitas o feas, en
muy buena parte como resultado de lo que le dice el profesor. Pero el profesor no es el
único que formula juicios a Menudo. Participan también los compañeros. A veces, se le
permite indirectamente a toda una clase evaluar a un compañero. Existe una tercera
fuente de evaluación en el aula. Este tipo de evaluación, que supone una autovaloración,
tiene lugar sin la intervención de un juez exterior. Por ejemplo, cuando un alumno no
puede escribir alguna de las palabras de una prueba de ortografía, estima su fracaso,
aunque el profesor no vea el papel. Las condiciones bajo las que se comunican las
evaluaciones se suman a la complejidad de las demandas con que se enfrenta el
estudiante. Pronto llega a comprender que no siempre se le comunica en alguno de
los juicios más importantes sobre él y su trabajo. Varios de estos juicios “secretos” se
transmiten a los padres.
Pero existen al menos otros dos referentes de evaluación muy comunes en las clases de
primaria. Uno centrado en la adaptación del estudiante a las expectativas institucionales.
Y el otro en su posesión de rasgos específicos del carácter. Los alumnos aprenden a muy
pronta edad, que lo que realmente le molesta a los profesores son las violaciones de las
expectativas institucionales. Generalmente suele retarlo por llegar tarde o por hacer
mucho ruido, por no prestar atención o por empujar en la la.
La evaluación de las cualidades personales de los alumnos por parte del profesor aborda
frecuentemente en materia como la capacidad intelectual general, el nivel de motivación y
su contribución al mantenimiento de un aula bien regida.
La distinción entre evaluaciones en clase referidas al logro académico, la de adaptación
institucional y las relativas a cualidades personales, no debería hacer olvidar que,
en muchas situaciones, se producen al mismo tiempo los 3 tipos de estimación.
Se le elogia, aunque sea indirectamente, por saber algo, por haber hecho lo que el
profesor le dijo, por escuchar con atención, por ser un miembro cooperador de un grupo
etcétera. La felicitación del docente pretende inducir al alumno (y a los que escuchan) a
que realice en el fututo ciertas conductas, pero no simplemente a que repita el
conocimiento que se le acaba de enseñar. Muchas de las evaluaciones que parecen
relacionarse sólo con cuestiones académicas, implícitamente suponen la evaluación de
muchos aspectos no académicos de la conducta del estudiante.
Aprender a vivir en el aula supone no sólo aprender a manejar situación en la que se
evalúan el trabajo o la conducta propios, sino también aprender a presenciar y en
ocasiones a participar de la evaluación de otros.
Las evaluaciones connotan un valor. En consecuencia cada una puede describirse según
el tipo y el grado de valor que connota. Algunas son positivas, otras negativas. En el aula
se realizan y comunican a los alumnos estimaciones tanto positivas como negativas. Los
profesores regañan y elogian, los compañeros alaban y también critican.
Aunque las prácticas docentes corrientes faciliten la adaptación del estudiante a la
evaluación, aún le restan a este tres tareas. La primera y más evidente, consiste en
comportarse de manera que promueva la probabilidad del elogio y reduzca la del castigo.
Una segunda tarea consiste en tratar de difundir las evaluaciones positivas y ocultar las
negativas. Una tercera tarea consiste en tratar de ganar la aprobación de las dos
audiencias al mismo tiempo (profesor/compañeros). Para algunos el problema estriba en
convertirse en un buen estudiante sin dejar de ser un buen compañero. En hallarse a la
cabeza de la clase mientras se permanece en el centro del grupo.
En las escuelas ser bueno consiste principalmente en hacer lo que manda el profesor.
Algunas de sus indicaciones resultan más fáciles de cumplir que otras. Pero generalmente
sus expectativas no son irrazonables y la mayoría de los alumnos las acepta bastante
bien para asegurarse de que sus horas en clase abunde más los elogios que los castigos.
Es esta aceptación la única estrategia que un estudiante utiliza para desenvolverse en el
entorno evaluativo de la clase. Otra trayectoria que siguen la mayoría de los alumnos, al
menos en algún momento, es comportarse de modo que se disimule en los fallos en el
cumplimiento: en conclusión, engañar. Aprender a desenvolverse en la escuela supone,
en parte, aprender a falsificar nuestra conducta. No otro medio de hacer frente a las
evaluaciones supone la depreciación de las evaluaciones hasta un punto en que ya no
importen mucho. El alumno que ha preferido esta alternativa a la de sometimiento y
falseamiento, ha aprendido a no perder la serenidad en clase. Ni se siente exaltado por
el éxito, ni deprimido por el fracaso.
Hay una distinción que ha logrado un gran interés en los debates educativos. Se trata de
la distinción entre motivación extrínseca (realizar el trabajo escolar por las gratificaciones
que aportará en forma de buenas notas y aprobación del profesor) y la motivación
intrínseca (realizar el trabajo escolar por el placer que surge de la propia tarea).
TITULO 4
El hecho de la desigualdad de poder es una tercera característica de la vida en el aula a
la que deben acostumbrarse a los estudiantes. La diferencia de autoridad entre el profesor
y sus alumnos se corresponde muy claramente con los aspectos evaluativos de la vida
en el aula.

Esta diferencia proporciona el rasgo más importante de la estructura social de la clase y


sus consecuencias se relacionan con las condiciones más amplias de libertad, privilegio y
responsabilidad. Una de las primeras lecciones que debe aprender un niño es el modo de
cumplir con los deseos de los otros. La autoridad de los padres se complementa
gradualmente con el control de los profesores. El segundo grupo más importante de
adultos en su vida. Las diferencias principales entre la relación de los padres con su hijo y
la del profesor con su alumno se refieren a la intimidad y duración del contacto. Los
miembros de un hogar llegan a conocerse tanto sica como psicológicamente, de un
modo que casi nunca acontece en el aula.
La relativa impersonalidad y limitación de la relación profesor-alumno ene
consecuencias en el modo en que se ejerce la autoridad en clase. Es allí donde
los estudiantes deben aprender a recibir órdenes de unos adultos que no los conocen
muy bien y a quienes ellos mismos tampoco conocen íntimamente.
Las diferencias principales entre la autoridad de padres y de profesores radica en los
propósitos por lo que se utiliza el poder. La autoridad del profesor radica en su dominio de
la atención de los alumnos. Se esperade ellos que atiendan a ciertas materias mientras
están en clase y el profesor invierte buena parte de sus energías en lograrlo. En el hogar
el niño debe aprender a detenerse, en la escuela a mirar y escuchar.
Las escuelas se asemejan a las instituciones sociales llamadas totales como prisiones,
hospitales mentales, etc. en cuanto que un subgrupo de su clientela (los estudiantes)
están involuntariamente comprometidos con la institución, mientras que otros
subgrupos (el personal) disfruta de una mayor libertad de movimientos y, lo que es más
importante aún, de la libertad de abandonar totalmente la institución.
La inflexibilidad y la diferencia de poder entre profesores y alumnos puede reforzarse o
aminorarse en función de la política de la escuela y de las predilecciones personales de
los docentes.
Se confía en que los chicos se adaptarán a la autoridad del profesor, convirtiéndose en
“buenos trabajadores” y en “estudiantes modélicos”. Esta destreza no es un
emprendimiento de la autoridad educativa, es doblemente importante porque se exigirá al
alumno a que el ejerza en muchos ambientes fuera de la escuela.
Los alumnos muchas veces se ven obligados a recurrir a prácticas “turbias” respecto a la
autoridad del profesor. Una primera táctica es la de la adulación, el halago y otra forma de
deshonestidad social. Una segunda táctica supone la práctica de ocultar palabras y
hechos que pudieran desagradar a las autoridades. Supone el esfuerzo de crear una
buena impresión, pero requiere el trabajo de evitar una mala imagen.
En cuanto a la estructura del poder se refiere, las aulas no son demasiado diferentes de
fábricas u oficinas. Esas omnipresentes organizaciones en donde transcurre gran parte de
vida de los adultos. Así podría decir sede la escuela que es una preparación para la vida.
Puede que se abuse del poder en las escuelas como en otros lugares. Es un hecho
vital al que debemos adaptarnos.

TITULO 5
La multitud, el elogio y el poder que se combinan para dar un saber específico a la vida en
el aula forman colectivamente un currículum oculto que cada alumno debe dominar para
desenvolverse satisfactoriamente en la escuela.
Las demandas creadas por estos rasgos de la vida en el aula pueden contrastarse con las
demandas académicas (curriculum oficial) a la que los educadores tradicionalmente han
prestado mayor atención. Los dos tipos de curriculum se relacionan entre sí de diversos
importantes modos.
Muchos de los premios y castigos que parecen dispensado sobre la base del éxito y del
fracaso académico en realidad se relacionan más estrechamente con el dominio del
currículum oculto.
Una práctica docente habitual es la de atribuir mérito a los alumnos por intentarlo, señalan
esencialmente que cumplen las expectativas de procedimiento en la institución. Es un
estudiante modelo, aunque no necesariamente bueno.
En las escuelas como en las prisiones, la buena conducta produce beneficios.
De la misma manera que la conformidad con las expectativas institucionales puede
conducir al elogio, Su ausencia puede determinar conflictos. En realidad, la relación entre
el currículum oculto y las dificultades del estudiante es más sorprendente que la relación
entre dicho currículum y el éxito del alumno.
Se regaña a los alumnos, más bien por llegar tarde, por hacer mucho ruido, por no
atender las explicaciones del profesor o por empujar a las las. La ira del docente se
desencadena con mayor frecuencia debido a las violaciones de las normas institucionales
y de las rutinas consiguientes que a causa de indicios de deficiencias intelectuales en los
estudiantes.
Las exigencias del currículum oculto acechan en el fondo, incluso cuando consideramos
dificultades más profundas que suponen claramente un fracaso académico.
Se podría decir que algunos alumnos son expertos en la escuela o expertos en el profesor
cuando han descubierto cómo responder con un mínimo esfuerzo y comodidad a
las demandas tanto oficiales como no oficiales de la vida en el aula. Las escuelas, como
los elementos de una prueba, poseen reglas y tradiciones propias que sólo
pueden dominarse a través de una prolongada experiencia. Pero no todos los estudiantes
son igualmente hábiles con estas reglas escolares, como con las pruebas. Se pide a
todos que respondan, pero no todos captan las reglas del juego.
Cuando aprende a vivir en la escuela, nuestro alumno aprende a someter sus propios
deseos a la voluntad del profesor y a supeditar sus propias acciones al bien común.
Aprende a ser pasivo y aceptar el conjunto de reglas, normas y rutinas en que está
inmerso, a tolerar frustraciones mínimas y aceptar planes y políticas de autoridades
superiores, incluso cuando su razón queda inexplicada y su significado no está claro.
Las cualidades personales que desempeñan un papel en el dominio intelectual resultan
muy diferentes de las que caracterizan al sumiso. Hay una problemática que son las
diferencias entre las exigencias del conformismo institucional y las demandas del saber.
Muchos alumnos logran claramente mantener su agresividad intelectual al tiempo que se
someten a las leyes que gobiernan el tráfico social de nuestras aulas.
A medida que se multiplican los ambientes institucionales y se convierten en áreas en
donde se desarrolla una parte significante de sus vidas, necesitaremos conocer mucho
más de lo que ahora sabemos sobre el modo de lograr una síntesis razonable entre las
fuerzas que impulsan a alguien a buscar una expresión individual y la que le empujan a
someterse al deseo de los otros.
La escuela es la primera gran institución fuera de la familia, en la que casi todos nos
vemos inmersos. A partir de la escuela Infantil, los alumnos empiezan a aprender que la
vida es realmente como una empresa.
PowerPoint

La vida en las aulas | PPT ([Link])

La Vida en Las Aulas. Capítulo 1 Los Afanes Cotidianos. | PDF | Salón de clases | Prueba
(evaluación) ([Link])

También podría gustarte