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Unidad #1 HEyS Mundial 2021 Virtual

La Unidad Nº 1 del curso HEyS Mundial 2021 Virtual aborda la definición y el objeto de la historia, diferenciando entre historia económica y social, y su evolución hacia un conocimiento científico. Se examinan las etapas de la historiografía desde la narrativa hasta la historia genética, así como la importancia de las ciencias auxiliares y la periodización histórica. La historia económica y social se presentan como disciplinas interrelacionadas que estudian los cambios en la economía y la estructura social a lo largo del tiempo.
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Unidad #1 HEyS Mundial 2021 Virtual

La Unidad Nº 1 del curso HEyS Mundial 2021 Virtual aborda la definición y el objeto de la historia, diferenciando entre historia económica y social, y su evolución hacia un conocimiento científico. Se examinan las etapas de la historiografía desde la narrativa hasta la historia genética, así como la importancia de las ciencias auxiliares y la periodización histórica. La historia económica y social se presentan como disciplinas interrelacionadas que estudian los cambios en la economía y la estructura social a lo largo del tiempo.
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UNIDAD Nº 1 HEyS Mundial 2021 Virtual

1.1. Introducción a la Historia: Historia Económica e Historia Social:


Nos proponemos aquí repasar algunas ideas que tienen que ver con la definición y el objeto de la
ciencia histórica, que si bien se acostumbra a presentarlas someramente en los cursos de nivel medio,
una vez finalizado éste suele terminar imponiéndose una percepción distorsionada de ella. De esta
ubicación general desprenderemos un concepto de historia económica y social, entendida como un
campo de especialización de la primera, para concluir con un comentario sobre la historia del comercio
internacional, la que a su vez sería una orientación de la historia económica, a la cual dedicaremos
particular interés a lo largo de todo el curso.
Historia:
Comenzaremos por la etimología del vocablo, que deriva del griego "histos" al cual puede traducírselo al
español como sucedido, testimonio, etc. También se lo deriva del término griego "isorein", que significa
ver en el sentido de quien cuenta algo de lo que ha sido testigo ocular.
Existe una gran cantidad y variedad de definiciones de Historia. Así, para el francés Marc Bloch, la
historia sería "la ciencia de los hombres en el tiempo"; mientras que para el holandés Joan Huizinga es
"la forma espiritual en que una cultura rinde cuenta de su pasado". Sin embargo, J.L.Cassani y A.Pérez
Amuchástegui, dos estudiosos argentinos, nos brindan un concepto más completo. Para ellos, la historia
"es la re-creación intelectual presente de un pasado específicamente humano, logrado mediante una
minuciosa pesquisa de acciones a partir de pruebas testimoniales y coronadas con la exposición
congruente de sus resultados".
Desde una perspectiva epistemológica, observamos que la historia es una ciencia -tanto por su objeto y
campo de estudio, como por el método que emplea-, que intenta reconstruir los hechos ocurridos en la
realidad social de una manera objetiva, es decir, mediante el empleo de un método científico que
permita la interpretación sistematizada y analítica de esos hechos. El marco conceptual de la Historia
comprende diversas categorías analíticas, siendo las principales las de causalidad, cambio, continuidad
y tiempo histórico. La primera, tiene que ver con los cambios trascendentes que se han producido en los
grupos humanos en el transcurso del tiempo. Estrechamente vinculado a ésta se encuentra el concepto
de cambio social, interesado en establecer las causas que determinan los cambios que a través del
tiempo ocurren en el seno de las sociedades humanas. La idea de continuidad nos remite a los
elementos de un fenómeno social dado que, tras un proceso de cambio, permanecen o continúan
existiendo no obstante haberse transformado, de manera general, el ambiente social que los rodeaba.
Por último, el tiempo histórico es el espacio temporal en el que ocurren los fenómenos sociales
investigados por los historiadores y se expresa en términos de edades, eras, fases, períodos, siglos,
décadas, lustros, años, etc. Asimismo y aportado por la geografía -una de sus disciplinas auxiliares
fundamentales-, se añade el concepto de espacio geográfico, que no es otra cosa que el lugar o
escenario

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físico en el que ocurren los fenómenos sociales estudiados y que se expresa en términos de área
cultural, región, zona, etc.
Cuando se trata de incluir a la Historia dentro de la clasificación general de las ciencias, no cabe duda
que corresponde insertarla dentro del conjunto de las ciencias sociales, con las cuales mantiene
intensas interacción y reciprocidad. Por ejemplo, la antropología social, que brinda información sobre las
expresiones culturales de distintas sociedades y grupos étnicos; la economía, que informa sobre la
producción y otros procesos conexos, permitiendo así el análisis del desarrollo material de las
sociedades; la política, que hace lo propio con las actividades humanas relacionadas con el gobierno y
los Estados; la arqueología, que recupera y analiza los restos de la cultura material que constituyen
fuentes para el estudio de la Historia; la geografía, que describe las características del ambiente natural
donde se desarrollan los grupos humanos; la sociología, que aporta datos sobre la estructura y el
funcionamiento de las sociedades contemporáneas, y así por el estilo.
La evolución que experimenta la Historia hasta convertirse en un conocimiento científico, reconocería
tres etapas bien definidas. La primera, corresponde a la historia narrativa, siendo su principal exponente
Herodoto, en la antigua Grecia. Vale aclarar que si bien suele aludirse a él como el padre de la Historia,
el criterio que preside la redacción de sus escritos es eminentemente literario y estético, notándose
asimismo una mixtura entre el dato fáctico y el legendario. También en Grecia pero ya en la época
clásica, ubicamos la segunda etapa, a saber, la historia pragmática. Esta, -a diferencia de la anterior
que sólo se propone relatar los hechos, sin reparar demasiado en su veracidad-, busca extraer
enseñanzas aplicables a la vida política. El caso más característico de este modo de hacer historia es el
de Tucídides con la "Historia de la Guerra del Peloponeso", en la que no obstante sus evidentes
limitaciones técnicas y carácter tendencioso es posible constatar algún progreso, pues se advierte una
preocupación por el sentido causal de los sucesos que se están refiriendo. El largo camino transitado
desde entonces hasta el siglo XIX -que es el momento en el que la Historia aparece con serias
pretensiones de erigirse en un conocimiento rigurosamente científico-, está jalonado por las
historiografías romana, medieval y renacentista, las cuales asumen las características propias de la
ideología dominante en cada momento, del mismo modo que se manifiesta el racionalismo en el
quehacer histórico de la Ilustración. Arribamos de esta manera a la tercera etapa, la de la historia
genética o evolutiva, que pretende aplicar los principios del método científico a la investigación histórica
y que encuentra en Hegel, Ranke, Comte y Marx, a sus principales exponentes.
George Hegel (1770-1831), representante del idealismo alemán, enuncia el método dialéctico, mediante
el cual concibe el proceso lógico de la Historia en diversas etapas, en una continuidad progresiva que,
actuando en libertad, habría de conducir a una era final, al absoluto. Leopold Von Ranke (1795-1886),
considerado uno de los más importantes teóricos e historiadores alemanes del siglo XIX, es el fundador
de la historia científica y del historicismo. Para él, la Historia sólo debe ser escrita basada sobre
documentos de primera mano, pues la concibe como una disciplina heurística cuya finalidad principal es
la búsqueda de la objetividad; motivo por el cual, el historiador no debe pretender más que la
reconstrucción fiel de lo sucedido. Como una reacción frente al idealismo alemán

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surge el positivismo, enunciado por el francés Auguste Comte (1798-1857), que parte de una
concepción de las ciencias experimentales basada en el empirismo, que consiste en dos sistemas de
operaciones: 1) el establecimiento de los hechos, y 2) su explicación a través de leyes, aportadas por la
sociología. Para los positivistas cada hecho debía considerarse independiente del investigador, de
manera que se eliminaran todos los elementos subjetivos del punto de vista del historiador, quien no
debía pronunciar juicios sobre los hechos: sólo tenía que decir lo que eran. Karl Marx (1818-1883), por
su parte, es el creador del materialismo histórico, teoría evolucionista y economicista que, basada en el
método dialéctico, explica el proceso histórico de la humanidad determinado por las relaciones
socioeconómicas en los sistemas de producción. Las fuerzas motoras del orden social se basan en los
factores materiales del desarrollo económico, los cuales determinan, en última instancia, la formación de
toda la estructura social. Para él, la lucha entre clases sociales antagónicas es el motor de la historia
que ha venido generando los cambios por los que ha pasado la humanidad durante su proceso
evolutivo, a través de varios períodos: comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo, capitalismo.
Ingresando al siglo XX, la construcción de la historia como conocimiento científico aparece marcada por
la confluencia del marxismo con una escuela francesa conocida como el grupo de Annales, fundada por
Mar Bloch y Lucien Febvre en 1929 y que alcanzará su mayor expansión bajo la dirección de Fernand
Braudel. Esta corriente postulaba el abandono de la Historia centrada en hechos aislados y la adopción
de una apertura que privilegiara los aspectos colectivos, sociales y cíclicos de lo sociohistórico, en lugar
de concentrarse en los individuos, élites dominantes y hechos irrepetibles. Paralelamente, surge en
Estados Unidos a fines de la década de 1950 la New Economic History, cuando algunos investigadores
de ese país tomaron conciencia de la necesidad de conciliar la Historia con el análisis económico,
basándose en los avances de la econometría, la estadística y la computación. Esta escuela proponía la
utilización de hipótesis alternativas como medio de control de las explicaciones causales, lo que
implicaba el recurso de la simulación histórica o contrafáctico. Finalmente y como un desprendimiento
del grupo de Annales, surge en la década de 1970 la corriente denominada Nouvelle Histoire, a partir de
la publicación de una colección de ensayos dirigida por el medievalista francés Jacques Le Goff. La
nueva historia, basada en la idea de que todo es historia, se interesa por estudiar aspectos que
anteriormente se consideraban ajenos a la ciencia histórica. Estudia también la “historia desde abajo”,
es decir, las actividades de la gente común y su contribución al cambio social.
El conocimiento histórico es indirecto, pues depende de la información que el historiador obtiene de las
diversas fuentes históricas, entendiéndose por éstas a todas las huellas dejadas por la actividad de los
seres humanos a través del tiempo.
Se clasifican por lo general en orales, escritas y monumentales, atribuyéndose a las segundas el mayor
grado de fiabilidad. Otro criterio de clasificación pasa por agruparlas en primarias o directas y
secundarias e indirectas. Las primeras tienen que ver con información de primera mano sobre
acontecimientos históricos en su versión original, contemporánea o casi a los sucesos que se están
investigando. Las segundas, en cambio, son descripciones, interpretaciones o comentarios

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acerca de las fuentes primarias, que son elaboradas por personas que no participaron en los hechos y
algún tiempo después de que éstos ocurrieran. El análisis de las fuentes, requiere del concurso de otras
disciplinas las que, a este solo efecto, se denominan ciencias auxiliares de la Historia. A las ya
mencionadas cuando hicimos referencia a la interacción entre la Historia y las ciencias sociales,
deberíamos añadir la cronología, la física radioactiva, la heráldica, la numismática, la geología, la
demografía histórica y otras.
Finalmente, el estudio de la Historia impone la utilización de criterios de periodización, dada la vastedad
del ámbito temporal que abarca. Si bien existen diversos principios para periodizar la historia,
emplearemos aquí el más usual. Así, hablamos de protohistoria y prehistoria, siendo la línea de
separación entre ambas la aparición de los primeros homínidos, a quienes se atribuye una antigüedad
de un millón de años. La Prehistoria -con sus períodos paleolítico, mesolítico, neolítico, edad de los
metales-, corresponde a la etapa de la evolución humana en la que se gestan las primeras formas de
vida material, cultural y social del homo sapiens. La línea demarcatoria entre ésta y la Historia
propiamente dicha, está dada por la aparición de la escritura, alrededor del 4000 AC.
En lo que hace a la Historia propiamente dicha, suele ser periodizada de la siguiente forma: Edad
Antigua (4000 AC-476 DC); esto es, desde la aparición de la escritura hasta la caída del Imperio
Romano de Occidente. La Edad Media (476-1453); desde la caída del Imperio Romano de Occidente
hasta la caída del Imperio Romano de Oriente. La Edad Moderna (1453-1789); desde la caída del
Imperio Romano de Oriente hasta la Revolución Francesa. Finalmente, la Edad Contemporánea, desde
este último año en adelante. Cabe añadir que estos criterios de periodización que hemos esbozado son
además de convencionales francamente arbitrarios, motivo por el que son objeto de permanentes
cuestionamientos debido a su talante eurocentrista. Sin embargo, han alcanzado tal difusión que se
impone seguir empleándolos si bien teniendo presente esta salvedad.
Historia Económica :
Ya nos hemos referido a la amplitud del campo de estudio de la Historia; de ahí, entonces, que se
imponga la especialización en ramas o campos particulares, lo que nos lleva a hablar de historia
económica, historia social, historia del arte, historia política, etc. Las dos primeras, constituyen el área
temática involucrada en este texto, por lo que haremos algunas consideraciones en torno a ellas.
En efecto, la importancia de la economía en los procesos históricos fue resaltada por el materialismo
histórico a mediados del siglo XIX. La historia económica fue la primera en ser reconocida como una
especialidad dentro del amplio campo de la Historia, por lo que a comienzos del siglo XX ya había sido
definida como área de estudio en varios países. Asimismo, en varias universidades norteamericanas la
historia económica comenzó a abordarse no como una parte de la Historia general sino en relación con
la economía, ciencia social que en esos momentos lograba su reconocimiento como disciplina
académica. Hacia mediados del siglo XX floreció un tipo de historia cuantitativa, que utiliza sistemas
estadísticos y matemáticos para determinar la clasificación de los fenómenos relacionados con la
economía mediante comparaciones y análisis de éstos a partir de datos cuantificados. Los principales
temas de interés son el desarrollo de la producción,

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el comercio, las finanzas, el empleo, y todo aquello que se refiera a los procesos de cambio en el ámbito
de la economía, desde el punto de vista nacional o internacional. Asimismo, la historia económica
mantiene una estrecha relación con la demografía histórica, que también utiliza métodos cuantitativos
para el estudio de las poblaciones humanas y su nivel de vida.
Veamos seguidamente, algunas caracterizaciones que de la Historia Económica realizan diversos
estudiosos:
"Dentro de la Historia General existe la Historia Económica como disciplina subordinada, de la que se
encuentra separada por su objeto y método propio. Tiene el carácter de Historia Especial, por el
conocimiento de la especialidad que trata de considerar.
Ha sido cultivada desde la antigüedad, pero más intensamente en los últimos siglos, apreciándose el
desarrollo de la historiografía económica.
La Historia de la Economía, como la llama Bauer, tiene por objeto exponer los cambios experimentados
por las circunstancias económicas en el curso del tiempo, y en su relación causal con los demás
cambios históricos. Tiende a examinar de qué modo han actuado las circunstancias económicas sobre
la política y la sociedad, y a la inversa, de qué manera estas últimas han actuado sobre la economía.
Coincidiendo con otros autores, Bauer, dice que la Historia de la Economía, o mejor dicho, Historia
Económica, parte de la actividad mutua de Economía, Estado y Sociedad, y la considera como parte del
suceder histórico total." (Cutolo, I, p.13)
"El historiador norteamericano N.S.B.Gras define la Historia Económica y explica su importancia, al
decir que, ella es la historia de los varios modos con los cuales el hombre ha logrado sobrevivir. Agrega
que es una parte de la historia de la civilización, parangonable a la historia política, eclesiástica, jurídica
y literaria. Pero como a la larga el elemento económico, no sólo influye, sino que determina a los otros,
resulta que la Historia Económica es llamada a ser la parte fundamental de la historia de la humanidad"
(Ibídem).
Historia Social:
Estrechamente vinculada a la historia económica, la historia social tiene por finalidad estudiar los
procesos de cambio que se dan en la estructura social por efecto de la dinámica interna de las
sociedades, para lograr una visión integral de la evolución histórica de cada comunidad. Estructura
social es un concepto sociológico que se refiere a la distribución vertical de los diversos grupos que
integran la población de una sociedad global de acuerdo con la clase social correspondiente, es decir,
en relación con sus ingresos económicos y actividades productivas.
Para nosotros, el estudio de la historia económica y de la historia social van juntos, toda vez que si bien
es posible abordar su estudio como campos autónomos del conocimiento, no es menos cierto que entre
las condiciones materiales y las condiciones sociales de la vida humana existe una conexión íntima y
prácticamente indisoluble. No obstante ello, para el historiador y sociólogo francés Charles Morazé,
debe darse prioridad a la historia económica: "el conocimiento de

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las condiciones generales de la vida humana debe preceder al estudio de las cuestiones sociales, y a
ese título la historia económica debe ser primordial".
Las fuentes de que se vale la historia económica y social son variadas: legislación comercial, aduanera,
laboral, escrituras, contratos, censos, testamentos, sentencias judiciales, libros contables, registros
impositivos, correspondencia comercial, cartografía, itinerarios, actas de nacimientos y defunciones, etc.
También son variados los criterios de periodización, así se habla de economías de subsistencia,
economía agraria, economía industrial, economía postindustrial, etc.
Historia del Comercio Internacional:
La hemos propuesto como una rama especializada dentro de la historia económica y, si se nos permite
enunciar una definición personal, diremos que: Estudia la evolución del comercio en el tiempo y en el
espacio, atendiendo a los factores geográficos, materiales, tecnológicos, jurídicos y culturales
involucrados en el fenómeno comercial, relacionándolos con su respectivo contexto histórico.
Con relación a las fuentes para su estudio, reiteramos lo dicho para la historia económica. Respecto a la
periodización de la historia del comercio internacional, podemos hablar de la antigüedad, el medioevo,
la revolución comercial del S.XVI, el apogeo del capitalismo comercial, la revolución industrial, la
división internacional del trabajo, globalización y cooperación internacional.
Son sumamente interesantes las observaciones que formula el historiador austriaco R.Mayr, quien llama
nuestra atención respecto de la crucial importancia que debe asignarse al estudio del clima, el relieve,
las distancias y los medios de comunicación cuando se quiere estudiar la historia del comercio sobre
bases científicas. Lo propio hace en relación al valor estratégico que por mucho tiempo tuvieron las
rutas a Oriente, de donde se traían piedras preciosas y especias.
Mayr nos habla de los motivos originarios que habría tenido el comercio y distingue un motivo natural y
un motivo histórico. Por motivo natural, entiende la desigual distribución de los recursos naturales,
circunstancia que provoca de suyo la necesidad de intercambio entre las diversas regiones geográficas.
El motivo histórico, por su parte, estaría dado por el diferente grado de civilización entre los pueblos,
con su evidente repercusión en la industria y el comercio.
Finalmente, transcribiremos un pensamiento del estudioso que venimos citando, el que entendemos
resultará esclarecedor para una mejor comprensión del fenómeno del intercambio comercial:
“El comercio no comenzó con el intercambio de productos de primera necesidad, sino con los de lujo
que, con volumen y peso reducidos, representaban un alto valor. El comercio internacional fue, pues,
originado por las exigencias del lujo”.
Por último y a modo de justificación del valor instrumental que del conocimiento de la Historia
Económica y Social se desprende para el futuro profesional de ciencias económicas, transcribimos una
reflexión del eminente historiador económico italiano Carlo M. Cipolla:

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"A estas alturas supongo que habrá quien se pregunte para qué sirve estudiar historia. A mi modo de
ver, la búsqueda de conocimiento se justifica por sí misma. En el caso concreto de la historia me resulta
difícil concebir una sociedad civilizada que no se interesase por el estudio de sus propios orígenes. La
historia nos dice quiénes somos, de dónde venimos y por qué somos quienes somos. Todo eso me
parece elemental. Pero estoy convencido de que algunos pensarían que esa postura es elitista y
socialmente injustificable. A estas personas, enfermas de utilitarismo Benthamiano o de las actuales
ganas de parecer modernas, debería decírseles que el estudio de la historia tiene un significado
eminentemente formativo. Como escribió Huizinga, la historia no es sólo una rama del saber, sino
también una forma intelectual de entender el mundo. Además, el estudio de la historia permite
contemplar en su auténtica dimensión los problemas actuales que se nos plantean, y, como escribió
Richard Lodge en 1894, proporciona al hombre el único medio de entender bastante bien el presente.
El estudio de la historia supone un ejercicio práctico de comprensión del hombre y su sociedad. Todos
nosotros tendemos a ser provincianos, intolerantes y etnocéntricos. Por ende, todos necesitamos
realizar constantes esfuerzos por estar informados y ser comprensivos con sistemas de vida, escalas de
valores y formas de comportamiento diferentes de los nuestros. Después de todo, esta es la base
misma de toda convivencia civilizada, tanto en una sociedad como entre sociedades. El estudio de la
historia es esencial a este respecto. Estudiar historia significa realizar un viaje por el pasado. El hecho
de viajar abre los ojos, aporta conocimientos, invita a la apertura mental. Cuanto más largo sea el viaje y
más lejanos los países visitados, más fuerte será el desafío a nuestra visión del mundo". (Cipolla,
pp.28/29).
Bibliografía:
Cutolo,V.(1976). Manual de Historia Económica y Social.. Elche,
Pereira Pinto,J. C.(1976). Breve Historia Económica y Social. El Coloquio.
Cipolla,C.(1991). Entre la Historia y la Economía -introducción a la historia económica. Crítica,
Delagado,G.(2001). Historia Universal –de la era de las revoluciones al mundo globalizado. Prentice
Hall.

1.2. La economía en Egipto y el Cercano Oriente:


La agricultura es la actividad económica más importante durante la Antigüedad, si bien ha sido
precedida por la actividad pastoril. Entre los cultivos principales sobresalían los cereales, que
proporcionaban lo esencial en orden a la subsistencia. También eran importantes los viñedos,
especialmente en el área mediterránea y por último las oleaginosas. Estas brindaban utilidad no solo
como alimento sino también como combustible para iluminación y como base para elaborar sustancias
medicinales. Respecto al tipo de empresa que predominaba en la explotación agrícola, los estudiosos
discuten si se basaba sobre la propiedad

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individual o colectiva. Esto habría variado de una región a otra. Lo concreto es que en general la unidad
de cultivo tendía a la autosuficiencia en el marco de una economía doméstica cerrada. En cuanto a las
técnicas agrícolas empleadas por los pueblos antiguos, cae de su peso que eran muy rudimentarias.
Los arados eran de madera, sin rueda, enganchados a bueyes o a mulas. Para la cosecha se utilizaba
la hoz, a fin de no perder granos, los que eran molidos en mortero con un pilón, o con una muela
movida por esclavos o asnos. No se conocía el abono y se practicaba el barbecho bienal, es decir, cada
dos años se dejaba descansar la tierra un año.
En cuanto a las condiciones que presentaba la rudimentaria industria propia del mundo antiguo,
notemos que la misma comprendía básicamente cuatro clases. Por un lado, la construcción, tanto civil
como naval. Luego, la industria textil, la cerámica y la metalurgia. En lo que respecta a esta última, se
orientaba hacia la fabricación de herramientas de labranza, de armas de guerra y de objetos de lujo. La
materia prima era de origen local, dentro de las posibilidades y, en su defecto, era preciso importarla de
otras regiones, lo que dio lugar al transporte a distancia. Las más buscadas fueron los metales, tanto
nobles como rústicos, pero también las maderas, en especial los cedros del Líbano. Las técnicas
utilizadas eran muy básicas, no contaban con fuerza motriz ni siquiera animal al tiempo que la mano de
obra era por lo general muy abundante y barata.
El panorama que ofrece la evolución económica en los seis milenios anteriores a Cristo presenta a juicio
de Jean-Philipe Lévy, tres etapas distintas: a) la economía doméstica, sin división del trabajo y total
identificación entre productores y consumidores; b) la economía urbana, donde los productores llevaban
sus bienes sin intermediarios, a los consumidores de las ciudades y; c) la economía internacional,
realizada únicamente con objetos de lujo: marfiles, alhajas, especias, sal, metales y maderas preciosas.
Arribada a esta última etapa, la cuestión del transporte era vital para asegurar la circulación. Según nos
refiere el mismo autor, los transportes se realizaban por tres vías: terrestres, fluviales y marítimas. Los
transportes terrestres se hacían sobre las espaldas de hombres o bestias. La rueda apareció en la
Mesopotamia alrededor del año 3000 AC. Los animales de carga más comunes eran los bueyes y los
asnos. El camello, oriundo de Asia, fue llevado a Egipto pocos siglos antes de nuestra era; el caballo
llegó con las invasiones de los indoeuropeos pero solamente era utilizado para la guerra. Desde
tiempos inmemoriales se navegaron los grandes ríos como el Nilo y el Eufrates y a partir del 2000 AC
los fenicios, los dorios y los cretenses comenzaron a navegar el Mediterráneo oriental. También fueron
navegados el Mar Rojo, el Mar Negro, el Golfo Pérsico y el Océano Indico, por donde floreció el
comercio.
Según observa el estudioso anteriormente citado, el comercio internacional presenta como
características salientes durante la Antigüedad el hecho de no haber sido practicado, en general, por
comerciantes profesionales. Asimismo, las formas mediante las cuales se lo ejercía habrían sido en
primer lugar la piratería, seguida por las expediciones militares, concluyendo por la diplomacia. En
efecto, a través de la primera se obtenían entre otros recursos, gran cantidad de esclavos, mientras que
por conducto de la tercera los reyes intercambiaban regalos y presentes. Vemos que en ninguno de
estos casos la moneda era imprescindible

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para poder comerciar. Los rubros objeto de comercio internacional podrían agruparse en tres clases.
Primero, los artículos de lujo, de reducido volumen y alto valor agregado; explicándose por la extrema
precariedad de los transportes y las vías de comunicación que fueran los preferidos por los
comerciantes. Entre estos podrían mencionarse a las especias, el marfil, la púrpura, tejidos teñidos,
animales exóticos, etc. En segundo lugar, los esclavos y por último los metales, de los cuales no es
posible prescindir. Cualquier otra mercadería fuera de estos rubros quedaba restringida al mercado
interno. El comercio de productos alimenticios prácticamente no existe, lo que puede entenderse por las
limitaciones que presentaba la circulación a las que ya se ha hecho referencia.
Egipto:
Esta civilización, situada geográficamente en el extremo nordeste del continente africano, se disputa
con las mesopotámicas el honor de ser la más antigua, toda vez que sus orígenes temporales se ubican
en torno al 4000 AC.
Constituye un lugar común referir que Egipto es un “don del Nilo". Es que dicho río fue un factor
geográfico de primer orden, al determinar la prosperidad de la agricultura. En otras palabras, de no ser
por el Nilo, Egipto no hubiese sido un país eminentemente agrícola y, en consecuencia, hubiera
quedado reducido a una región desértica, sin mayores posibilidades de desarrollar una civilización de
importancia.
La historia primitiva de Egipto nos revela la existencia de un feudalismo agrario bien caracterizado, que
tras varios siglos de luchas cedió el paso a dos reinos (Alto y Bajo Egipto), que terminaron uniéndose
bajo la dominación faraónica. Los faraones conformaron una monarquía autocrática, teocrática, vitalicia
y hereditaria. Junto a la clase sacerdotal, acaparaban la mayor parte de la riqueza nacional, quedando
las clases inferiores a un nivel de vida que apenas llegaba al de subsistencia.
Durante la mayor parte de la historia, la población de Egipto se dividió en cinco clases: la familia real,
los sacerdotes, los nobles, la clase media, compuesta por escribas, comerciantes, artesanos y
labradores; y los siervos. Durante el Imperio se agregó una sexta clase, la de los soldados
profesionales, situados inmediatamente después de los nobles. En ese período fueron capturados
millares de esclavos, los cuales formaron una séptima clase. La posición de las diferentes clases
sociales variaba de vez en cuando. En el Reino Antiguo, los nobles y los sacerdotes tenían supremacía
sobre todos los súbditos del Faraón. En el Reino Medio, las clases plebeyas reclamaron sus derechos,
obligando al gobierno a hacerles algunas concesiones. Llama la atención, el papel dominante que
desempeñaron los comerciantes e industriales en este período. El establecimiento del Imperio,
acompañado por la ampliación de las funciones gubernamentales, trajo como consecuencia la influencia
de una nobleza nueva formada principalmente por burócratas. También creció el poder de los
sacerdotes a medida que se difundía la magia y la superstición. Sobresale dentro de la estructura social
egipcia, el abismo que separaba a las clases superiores de las inferiores. Mientras las primeras vivían
en medio de la abundancia y el lujo, las segundas apenas sobrevivían.

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El sistema económico egipcio se basaba principalmente en la agricultura. Esta era variada y se hallaba
muy desarrollada; la tierra daba excelentes cosechas de trigo, mijo, verduras, frutas, lino y algodón. La
tierra pertenecía en teoría al rey, pero en la práctica estaba casi toda en poder de particulares. El
comercio no fue muy intenso con anterioridad al 2000 AC, pero después creció rápidamente y llegó a
adquirir gran importancia. Se realizaba un intercambio muy activo con la isla de Creta, Fenicia, Palestina
y Siria. Los principales productos de exportación eran el trigo, los tejidos de lino y la alfarería fina. Las
importaciones se limitaban al oro, la plata, el marfil y la madera. La industria no tenía menos importancia
que el comercio como rama de la vida económica. Ya en el 3000 AC, un gran número de personas se
dedicaba a empresas industriales de distintos tipos. Posteriormente se establecieron fábricas que
empleaban a veinte o más personas bajo el mismo techo, con cierta división del trabajo. Las industrias
principales eran la explotación de las canteras, la construcción de barcos y la fabricación de objetos de
cerámica, vidrio y textiles.
Los egipcios perfeccionaron muy pronto los medios que facilitaban el comercio. Conocieron los
principios fundamentales de las cuentas y la contabilidad. Los comerciantes extendían órdenes y
recibos por las mercaderías. Inventaron las escrituras de propiedad y los contratos y testamentos por
escrito. Aunque carecían de moneda acuñada, contaban, no obstante, con una economía monetaria.
Como medio de intercambio circulaban anillos de cobre o de oro de un peso determinado. Esta moneda
egipcia en forma de anillos, parece ser el sistema de moneda circulante más antiguo de la historia de
las civilizaciones. Es probable que no fuese utilizado sino en las transacciones más importantes. Las
que realizaban los campesinos y los ciudadanos más pobres se basaban indudablemente en el trueque.
El sistema económico egipcio fue siempre colectivista. Desde los primeros tiempos las energías del
pueblo habían estado al servicio de los intereses sociales. Los del individuo se identificaban con los de
la sociedad. Las actividades productivas de la nación entera giraban alrededor de las grandes empresas
oficiales y el gobierno siguió siendo el que empleaba a mayor número de personas. Debe advertirse, no
obstante, que ese colectivismo no lo abarcaba todo; dejaba un campo considerable a la iniciativa
privada. Los comerciantes manejaban sus propios negocios, muchos artesanos contaban con sus
tiendas propias y, a medida que pasaba el tiempo, eran cada vez más los campesinos que adquirían la
condición de labradores independientes. El gobierno seguía explotando las canteras y las minas,
construyendo pirámides y templos y cultivando las tierras pertenecientes al rey.
El desarrollo máximo de la fiscalización oficial se produjo al fundarse el Imperio. El nacimiento del
absolutismo militar y la creciente frecuencia de las guerras de conquista aumentaron la necesidad de
ingresos y de una producción ilimitada de mercaderías. Para satisfacer esta necesidad el gobierno
extendió su fiscalización a todos los aspectos de la vida económica.
Mesopotamia:
La segunda de las dos civilizaciones más antiguas fue la que tuvo origen en el valle de los ríos Tigris y
Eufrates hacia el 4000 AC., región conocida como la

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"media luna de las tierras fértiles". Esta civilización fue llamada anteriormente babilónica o asirio-
babilónica. Sin embargo, se sabe ahora que no fue fundada ni por los asirios ni por los babilonios, sino
por los sumerios, por eso hablamos genéricamente de civilización mesopotámica. Esta se distinguió de
la egipcia en muchos aspectos. Su historia política se caracterizó por interrupciones más violentas. Su
composición étnica era menos homogénea, y su estructura social y económica dejaba un campo más
amplio para la iniciativa individual.
El sistema económico sumerio era relativamente sencillo. La tierra nunca fue propiedad exclusiva del
rey. Tampoco eran monopolios del gobierno el comercio y la industria. Los templos, sin embargo,
parecen haber cubierto muchas de las funciones de un estado colectivista. Poseían gran parte de la
tierra y realizaban operaciones comerciales. Además, dado que los sacerdotes eran los únicos que
tenían conocimientos técnicos para calcular las estaciones y trazar canales, controlaban el sistema de
irrigación. El pueblo llano tenía un acceso muy limitado a la propiedad. Eran numerosos los siervos,
pero tampoco los hombres libres estaban mucho mejor, pues tenían que pagar altos impuestos y
trabajar en las obras públicas. La esclavitud, en el sentido estricto de la palabra, no fue una institución
muy importante, pues no se trataba de una economía propiamente esclavista. La vida de los esclavos
era bastante llevadera y a menudo éstos podían alcanzar la manumisión como premio a servicios
extraordinarios y al buen comportamiento.
La agricultura constituía la principal ocupación económica de la mayoría de la población. Gracias a su
conocimiento del riego, producían cosechas asombrosas de cereales y frutos subtropicales. Como la
mayor parte de la tierra cultivable estaba dividida en grandes propiedades pertenecientes a los reyes,
sacerdotes y oficiales del ejército, el campesino medio era arrendatario o siervo. La segunda en
importancia de las fuentes de riqueza nacionales era el comercio. Se realizaba un intercambio muy
activo con todos los países vecinos y consistía en el trueque de metales y maderas del norte y el oeste
por productos agrícolas y manufacturas del valle inferior. Su técnica comercial era bastante
desarrollada, empleando regularmente las facturas, los recibos, pagarés y letras de crédito. También la
legislación fue muy importante. Sobresale el Código del Rey Hamurabi, cuya filosofía jurídica se explica
fundamentalmente a partir de la ley del talión. Dicho código contiene numerosos artículos dedicados al
comercio, los cuales regulan el tráfico fluvial, los fletes, los salarios, el alquiler de animales y de
personas, destacando en ellos un principio de reciprocidad entre las partes contratantes.
Es interesante notar, a partir de la observación que hace Vázquez de Prada, que el perfil comercial de
estos pueblos se habría consolidado a partir de dos circunstancias estructurales, a saber, la falta de
materias primas y su ubicación geográfica en un cruce de caminos. La red de ríos y canales facilitaba el
transporte, completado por medio de mulas, asnos y camellos. Se procuraban las materias primas
requeridas por su economía de diversas regiones. Así, Fenicia les proveía de madera y basalto; Asiria,
piedra de construcción; India, piedras preciosas y marfil; Chipre, cobre; el Cáucaso, estaño, mientras
que Egipto les suministraba metales preciosos. Estas compras se cubrían con el producido por el
excedente agrícola, por la rentabilidad que arrojaba el transporte y con la producción artesanal de
textiles, cueros y otros objetos de lujo.

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Hacia el 3000 AC, los sumerios inventaron la escritura logográfica que con toda probabilidad habría
surgido como consecuencia de los requerimientos contables, permitiendo así la correcta registracción
de las transacciones económicas. La profesión de comerciante gozaba de una buena reputación y, dado
los riesgos que suponía su ejercicio, los beneficios devengados eran muy importantes. Por lo general,
se formaban empresas dirigidas por tres socios en las que uno se ocupaba de la operatoria itinerante,
mientras los otros dos proveían el capital necesario. A partir de su sistema de pesas y medidas, así
como también de documentos que se han conservado hasta la actualidad, podemos advertir el elevado
nivel técnico y jurídico que alcanzaron teniendo en cuenta le época. Si bien no conocieron la moneda
acuñada, emplearon metales preciosos y rústicos en forma de anillos, con una especie de sellado que
garantizaba su peso y valor. Para el comercio interno se utilizaba la cebada como unidad de pago.
Tuvieron bancos que recibían depósitos y realizaban transferencias y pagos en otras ciudades, a través
de un sistema rudimentario de compensación bancaria.
En lo que se refiere a la industria, predominaban las fábricas de ladrillos y los talleres de objetos de
bronce y orfebrería, faceta ésta en la que emplearon técnicas muy avanzadas. Elaboraban tejidos de
lana y lino, sobre la base del trabajo de las mujeres y bajo la administración de los templos. Emplearon
asiduamente el cuero, con el que confeccionaban calzados, sacos, odres, elementos para carruajes,
etc.
Los asirios, por su parte, trascendieron históricamente merced a su exacerbado militarismo, lo que los
llevó a descuidar los demás aspectos de la vida social. No desarrollaron la industria y el comercio, pues
ellos las despreciaban al considerarlas actividades indignas de un pueblo guerrero. La pequeña
industria y el comercio muy limitado de esa época estaban a cargo de los arameos, pueblo
estrechamente emparentado con los fenicios y hebreos. Los asirios preferían vivir de la agricultura. El
sistema agrícola incluía propiedades públicas y particulares. Los tempos poseían la mayor parte de las
tierras laborables. Aunque las propiedades de la corona eran también muy extensas, disminuían
constantemente en virtud de las concesiones a los oficiales del ejército.
Ni el sistema económico ni el social eran sólidos. Las interminables campañas militares agotaban las
energías y recursos de la nación. La influencia establizadora de una clase media era excluida por una
ley que disponía que sólo los extranjeros y esclavos podían dedicarse al comercio. El tratamiento dado
a las clases inferiores, siervos y esclavos era muy rígido. Los primeros constituían la mayor parte de la
población rural, sin acceso a la propiedad de la tierra. Los segundos, ocasionalmente ejercían el
comercio por cuenta de sus amos. Los prisioneros de guerra, sujetos con pesadas cadenas, eran
obligados a trabajar hasta el agotamiento en la construcción de caminos, canales y palacios.
Fenicia:
Los fenicios eran un pueblo de lenguaje semítico, estrechamente vinculado con los canaanitas. Su
localización primaria, habría sido a orillas del Golfo Pérsico, en donde habrían erigido factorías que
cumplían además funciones de santuarios y refugios contra piratas y tempestades. Los grandes
movimientos migratorios producidos con la llegada de los elamitas a la región caldea, los obligaron a

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abandonar su asentamiento primitivo, para establecerse en la costa de Siria allá por el 2750 AC.
Hacia el siglo XVI AC ocuparon íntegramente Palestina, pero debido a sucesivas guerras, la invasión de
los hicsos en tránsito hacia Egipto y la posterior dominación hebrea dirigida por Saúl y David, les
impidieron penetrar más profundamente en el interior. La solución política provino de Hiram, importante
líder que concertó alianzas y promovió la expansión marítima hacia Occidente. Alrededor de 1000 AC
sus travesías habían pasado del estrecho de Gibraltar llegando hasta las actuales islas británicas.
Desarrollaron un limitado genio creativo, pero fueron destacados adaptadores de las realizaciones de
los demás. No produjeron ningún arte original y sus contribuciones literarias fueron menores. Su
religión, al igual que la de los canaanitas, estaba caracterizada por sacrificios humanos y ritos
licenciosos. Su organización política consistía en una confederación de ciudades-estado, de entre las
cuales sobresalieron Biblos, Tiro y Sidón. Si bien perdieron sucesivamente su independencia a manos
de los imperios de turno (Egipto, Alejandro Magno, Roma), este hecho terminó potenciando
extraordinariamente su comercio, desde el momento que pudieron servirse para él de las importantes
estructuras erigidas por éstos.
En estas condiciones, no tardaron en relacionarse con las naciones vecinas adquiriendo gran
preponderancia en el Mediterráneo, situación que se vio favorecida por la decadencia de Egipto y de
Creta. El comercio con el Cercano Oriente se realizaba mayormente por la vía de Damasco, a través de
una ruta que atravesaba el reino de Israel y llegaba hasta el río Eufrates a través del desierto del Sinaí y
Arabia, alcanzando a Egipto y el Mar Rojo. No cabe duda que fue en el mar donde su primacía se
evidenció con mayor intensidad, mediante el establecimiento de factorías, cuya función era netamente
comercial, más que colonizadora; Chipre, con su plata, cobre y hierro; Rodas, Melos y Tasos. En el
oeste fundaron factorías en Cerdeña, Sicilia y Malta. Estaban orgullosos de haber fundado más de
trescientas ciudades, en las costas del norte de Africa, la más importante de las cuales fue Cartago;
Cádiz, en España y hasta en Britania.
Inicialmente pescadores, los fenicios se acostumbraron a la vida del mar, comprendieron el valor de las
corrientes, en particular la que va desde la desembocadura del Nilo hacia el norte, que facilitó las
relaciones entre las ciudades establecidas en el litoral y cuyas comunicaciones terrestres eran
obstaculizadas por las montañas. Así, entraron en contacto con Babilonia y con todo el próximo Oriente
asiático, con la Hélade, las ciudades del Helesponto y el Mar Negro. Al sur, el desierto de Siria y el Sinaí
estaban dominados por Israel y Egipto y por allí llegaban las caravanas de Arabia, las riquezas de Africa
y del Océano Indico, como venían por Babilonia las del Asia Central y de la India.
Si los fenicios se hubieran contentado con recibir las mercancías del resto del mundo y distribuirlas a
través de sus factorías, ya deberían, por ello, ser considerados como los primeros y mejores
negociantes de la Historia. Pero su acción llegó más lejos; no solamente continuaron la explotación de
las rutas conocidas, sino que buscaron nuevos caminos para la expansión comercial. Exploraron la
costa de Africa, a la que circunnavegaron unos dos mil años antes

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de que lo hicieran los portugueses, rebasando el Ecuador. Se han encontrado monedas e inscripciones
que atestiguan su paso por el Turquestán, Ceilán e Indochina.
Este pueblo contribuyó como pocos a modificar la estructura económica del mundo. Por primera vez,
estamos ante unos hombres que ven en el comercio una verdadera actividad nacional, independiente
de la producción. Negociar no es ya solamente organizar los intercambios necesarios para la vida, ni
prever los abastecimientos y mercados. Toda una población produce y ofrece mercancías, que ha
obtenido de lejos, que él mismo ha elaborado o transformado, usando la intermediación comercial en
forma organizada y consistente, ensanchando los mercados hasta llegar al establecimiento de ciudades,
verdaderas sucursales colectivas, en los países clientes.
Tal consideración supone un sistema político distinto al de los primeros imperios. Un pueblo de
negociantes no puede ser gobernado por sistemas feudales o teocráticos; prefiere una ciudad
corporativa, dirigida por los más notables de la comunidad, generalmente una oligarquía familiar. Cada
aglomeración urbana se configura con autonomía y autarquía propias.
En realidad, como ya hemos expuesto, no existió una verdadera unidad política entre esas ciudades,
madres a su vez de las innumerables factorías y colonias de la expansión ultramarina. Se hizo sentir, no
obstante, la necesidad de cierta cohesión para la defensa de intereses comunes, acentuada por el
deseo de alguna de dichas ciudades por dominar, por lo menos comercial y moralmente a las demás.
Una cierta hegemonía fue ejercida primero por Sidón, que alcanzó su apogeo durante el segundo
milenio. Su influencia se extendió hacia Siria meridional, hasta Sarepta, llegando más atenuada a las
islas egeas. Muy pronto, la supremacía pasó a Tiro, cuando Sidón fue conquistada por los sirios,
mientras que a ella le libró de igual suerte su condición insular. Más tarde, cuando Tiro fue asediada por
el rey caldeo Nabucodonosor, salvó a su flota enviándola a Chipre, en donde los tirios fundaron
numerosas factorías. En Cerdeña y Malta, los fenicios permanecieron aún después de haber cedido el
control de Italia a los griegos. En Africa, exploraron todo su litoral norte a partir del siglo XIII AC, siendo
éste el camino seguido para llegar a la Península Ibérica, sobre todo de regreso, ya que la corriente
Atlántica les empujaba a sus costas. España era particularmente rica en minas de oro, plata, cobre y
estaño, explotadas ya desde mucho antes por los celtas. Estos cedían el metal fundido a cambio de
mercancías de mucho menor valor, pero raras para ellos. A tal punto eran relevantes las importaciones
fenicias desde la Península Ibérica, que llegaron a provocar la caída del precio del metal en Egipto.
Más lejos aún, los fenicios llegaron hasta el Mar del Norte, el Senegal y las Islas del Cabo Verde, de
cuyas rutas guardaban celosamente el secreto. Oportunamente, la primacía entre las ciudades fenicias
recayó en Cartago, fundada en 813 AC en el norte del Africa. A partir de la asunción del poder político
por parte de la familia Barca: Amílcar, Asdrubal y Aníbal, los cartagineses se desligan de su lealtad a
Tiro, convirtiéndose en la primera potencia del Mediterráneo, en permanente rivalidad con griegos y
romanos.
Tanto su ubicación geográfica -costera y con numerosos puertos naturales-, como los recursos
naturales con que contaban -madera apta para la construcción naval-,

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los predispusieron inmejorablemente para el comercio marítimo, actividad en la que descollaron. Una
pieza fundamental dentro del esquema comercial fenicio era la factoría, suerte de depósito fortificado
que servía para almacenar mercancías hasta su embarque con destino a los respectivos mercados.
Muchas de estas factorías sirvieron de punto de partida a ciudades luego muy poderosas, como por
ejemplo Memphis y Cartago, en el norte del Africa.
Los fenicios se destacaron en la producción de manufacturas especializadas, en geografía y en el arte
de la navegación. Eran reconocidos en el mundo antiguo por sus industrias del vidrio y del metal y por
sus tinturas púrpuras. Desarrollaron el arte de la navegación hasta un punto tal que podían navegar
guiándose durante la noche por las estrellas. Para pueblos menos aventurados, la estrella del norte fue
conocida durante mucho tiempo como "la estrella de los fenicios". Se cree que una tripulación de
fenicios logró circunnavegar Africa. Las embarcaciones y navegantes fenicios eran reculutados por
todas las grandes potencias. La realización más duradera de los fenicios, sin embargo, fue la
complementación y difusión de un alfabeto basado en los principios descubiertos por los que
representaban los sonidos de la voz humana.
Como conclusión, digamos que todos los estudiosos de esta civilización coinciden en que el principal
legado fenicio a la cultura occidental pasaría, más que por sus importantes aportes como el comercio, la
navegación y el alfabeto, por el rol de transmisores de cultura que habrían cumplido eficazmente.
Israel:
Ninguno de todos los pueblos del Oriente antiguo, si se exceptúa al egipcio, ha tenido más importancia
que el hebreo para el mundo moderno. Fue él, el que nos proporcionó gran parte del fondo de la religión
cristiana. La ética y la teoría política de los hebreos han influído también profundamente en las naciones
modernas, sobre todo en aquellas donde ha predominado el calvinismo.
Desde el punto de vista económico, el reino de Israel, situado entre el Mediterráneo, el Mar Rojo y el
desierto, cruzaba los caminos de Africa y, a esta circunstancia debe su prosperidad comercial ocurrida
bajo el reinado de Salomón, hacia el 900 AC. Al margen de ello, los hebreos fueron un pueblo
básicamente agrícola.
El comercio se practicaba bajo la forma jurídica de empresa fiscal, siendo sus principales medios los
siguientes: cobro de peaje a las caravanas y monopolio de diversos productos egipcios, tales como el
hilo, los carros y los caballos.
También -posiblemente por influencia o en asociación con los fenicios-, el rey Salomón armó una flota
que, navegando por el Mar Rojo se dirigió a Ofir, de donde regresó al cabo de tres años con oro, plata,
marfil, piedras preciosas, animales exóticos, etc. Estos hechos permitirían sostener que durante su
reinado los hebreos mantuvieron relaciones comerciales regulares con los príncipes de Arabia
meridional.
Bibliografía:
Mc Nall Burns, E. (1983). Civilizaciones de Occidente. Vol.1. 14ª edición. Siglo XX.
Pereira Pinto, J. C. (1976). Breve Historia Económica y Social. El Coloquio.
Levy, J-F (1969). La economía antigua. Columba.

1.3. La economía y la sociedad en Grecia:

En el transcurso de esta sección, vamos a considerar el desarrollo experimentado por la economía y la


sociedad en Grecia, dividiendo el tema de acuerdo a las periodizaciones más usuales de la historia
griega. Comenzando por la época homérica o heroica, a la que delimitaremos tentativamente entre los
siglos X-VI AC. Luego, la época clásica, en la que la filosofía, el arte y la política griegas alcanzan su
apogeo, entre los siglos VI-IV AC. Por último, la época helenística -siglos IV AC-I DC, que presencia la
extensión de la cultura griega por prácticamente todo el mundo antiguo, como consecuencia de las
conquistas militares llevadas a cabo por Alejandro Magno. Precederá a estos desarrollos, una breve
referencia a la civilización cretense.
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Civilización Cretense:
Tuvo como epicentro la isla de Creta, ubicada en el cruce de las rutas marítimas entre Siria y Egipto. Se
desarrolló entre los años 3000-1500 AC, alcanzando su apogeo durante los dos últimos siglos de dicho
período. Al tratarse de una isla montañosa y árida, los recursos de que disponía para asegurar la
subsistencia eran más bien escasos: olivo, almendro, vid, ganadería transhumante y productos de mar,
lo que obligaba a importar cereales para mantener a la numerosa población. La arqueología ha
permitido tener información sobre los imponentes palacios de Knossos y Faistos, provistos de pinturas y
piezas de orfebrería en oro y cerámica, a partir de los cuales es posible inferir la destreza y buen gusto
de sus arquitectos y artífices.
Los cretenses se dedicaron fundamentalmente al comercio marítimo, al cual estaban determinados por
la geografía. De esta circunstancia surge el concepto de thalassocracia cretense en el área del
Mediterráneo. Mantuvieron relaciones comerciales y establecieron factorías en las islas del mar Egeo y
Chipre, en el sur de Italia y en España, de donde extrajeron metales nobles y rústicos, pescado salado y
productos agrícolas, dejando a cambio objetos de metal, cerámica y orfebrería, tanto de fabricación
propia como originarios de Egipto y Mesopotamia, a quienes sirvieron como intermediarios. La
extensión alcanzada por su comercio habilita a suponer que debieron poseer una organización mercantil
y jurídica considerable. Finalmente, los griegos, cuya evolución cultural se basó en el contacto con los
cretenses, terminaron sometiendo la isla hacia el 1450 AC.
Epoca Homérica:
Los primitivos habitantes de Grecia se establecieron en ella hacia el 2000 AC, provenientes de las
llanuras europeas. En contacto con los cretenses se fueron civilizando y conformaron su organización
política sobre la base de ciudades-

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estado cuyas características variaban según la mentalidad de sus habitantes. La agricultura y la
ganadería constituían por entonces las bases de la economía. La industria tenía muy escaso desarrollo
y sólo servía para satisfacer las necesidades esenciales de la vida cotidiana. Es seguro que ni ella, ni
mucho menos el comercio, fueron actividades generadoras de excedente económico. Era una economía
natural, en la que el trueque significaba la forma más difundida de relación comercial. Los griegos
primitivos utilizaban también animales domésticos como medio de pago, al igual que metales no
acuñados, importados en su mayor parte. No conocieron la moneda, ni parecen haber tenido mayor
necesidad de ella. El comercio interno tenía por finalidad el abastecimiento de las poblaciones y se
practicaba mayormente por vía terrestre. El comercio exterior consistía básicamente en la importación
de mercancías extranjeras, que luego se revendían. Sobresalían entre ellas los metales preciosos,
manufacturas, vinos, púrpura, marfil y esclavos. Las regiones con las cuales mantenían relaciones
comerciales eran Tracia, Asia Menor, Chipre, Fenicia y Egipto. La navegación marítima estaba limitada
a breves trayectos bordeando las costas.
El exceso de población, las sucesivas oleadas inmigratorias que recibieron y la pobreza del suelo los
empujaron al mar en procura de mayores recursos, a través de la piratería o del comercio. Tras la
conquista de Creta en 1450, su área de actividad comprendía el mar Egeo y el Mediterráneo Oriental.
La invasión de pueblos provenientes del norte obligó a muchos griegos a establecerse en la costa del
Asia Menor adyacente al mar Egeo, en donde establecieron ciudades que pronto alcanzarían un gran
desarrollo, como por ejemplo Efeso y Mileto, las que a su vez sirvieron de origen a numerosas colonias
y factorías. Esta primera colonización griega del mundo mediterráneo reconoce como su centro
dinámico a la llamada Jonia Asiática, que tiene como eje a las dos ciudades mencionadas.
Idénticos factores a los indicados para la primera colonización fueron los que hacia mediados del siglo
VIII AC determinaron una segunda colonización griega del mundo mediterráneo, que dio lugar a la
formación de colonias desde el Mar Negro hasta España. Las más importantes fueron las establecidas
en el sur de Italia y en Sicilia, conocidas como la Magna Grecia. Este proceso de colonización tuvo
importantes consecuencias pues, además de acelerar la decadencia de los fenicios –como señala el
Prof.Lévy-, dio lugar a una verdadera revolución económica en la esfera de la agricultura, de la industria
y del comercio, respectivamente. En efecto, por un lado la valorización de las tierras, especialmente en
la Magna Grecia. La industria encontró abundantes y variadas materias primas, así como también
mercados para dar salida a su producción. El comercio por su parte, asistió a una primera experiencia
de transporte de mercancías pesadas destinadas a la alimentación o a la industria, como por ejemplo,
maderas, metales, cueros, pescado, cereales, etc., en lo que también jugó un papel importante el
perfeccionamiento logrado en las embarcaciones y técnicas de navegación. Concluye el autor citado
que la expansión marítima griega abrió las puertas a la economía internacional.
Epoca Clásica:
Asistimos en esta época a una importante transformación de la economía, debida principalmente a las
nuevas condiciones de la producción agrícola y al desarrollo experimentado por la industria. El avance
de industrias más especializadas, y la

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diferencia, cada vez más patente, entre la producción y el consumo, determinaron la evolución
económica, que alcanza su apogeo en el siglo V y durante los dos primeros tercios del siglo IV.
El comercio adquiere gran importancia, siendo su expresión urbana los almacenes y mercados que
satisfacen las necesidades del consumo local. Las ferias, periódicas o no, amplían el panorama y, tanto
los ejércitos como las flotas durante las campañas bélicas, eran seguidas por sus similares de
comerciantes, quienes proveían a los combatientes de cuanto pudieran necesitar. Los principales rubros
comerciales, tanto en el tráfico local como en el exterior, eran sustancias alimenticias, materias primas y
manufacturas a partir de metales, madera, lanas, pieles, marfil, telas, armas, etc.
Significativa influencia tuvo en la evolución económica la aparición y difusión de la moneda. Se entiende
por ésta, a una fracción de metal pesada y garantizada por el Estado. Las monedas más antiguas
datarían del siglo VII AC., siendo su probable origen las colonias griegas del Asia Menor. Por lo general,
eran acuñadas en oro o plata, reservándose el uso de metales menos nobles como el cobre para las de
uso cotidiano. La unidad monetaria más difundida en Atenas era la tetradracma. Si bien coexistieron
diversos sistemas monetarios, las operaciones cambiarias no parecen haber sido demasiado
complicadas y sí, en cambio, facilitadas como consecuencia del extraordinario auge que experimentaba
el comercio externo.
Hasta el siglo V AC predominó en la Grecia continental el carácter agrícola de la economía, pero
gradualmente las ciudades costeras comenzaron a adaptarse a la nueva coyuntura comercial. Las dos
primeras en hacerlo fueron Corinto y Atenas. Esta última, fortalecida tras el triunfo sobre los persas en
las guerras médicas, había construído el puerto de El Pireo, provisto de almacenes y grandes muelles,
lo que le valió convertirse en el puerto griego más importante. Desde allí exportaba productos agrícolas,
textiles, cerámicos y armas. Recibía como contrapartida pescado seco, granos de Italia y Egipto, cueros
de las regiones al norte del Mar Negro, ámbar de los países bálticos, paños, calzado y otras
manufacturas de la Magna Grecia, así como también esclavos de diversas procedencias. Para
compensar esta balanza comercial deficitaria, Atenas contaba con la exportación de moneda,
proveniente de las ciudades que le eran tributarias y de sus minas de plata de Laurion, las más
importantes de la antigüedad.
El desarrollo de la industria y del comercio, juntamente con la introducción del numerario metálico,
provocaron el surgimiento y progreso del sistema bancario. Aparece el préstamo a interés, con tasas
que iban del 10 al 48% anual. Gran difusión tuvo el "préstamo a la gruesa", muy extendido en el
comercio marítimo y que consistía en liberar al deudor de su obligación de pago en caso que la
mercadería no llegara a destino debido a algún siniestro. Obviamente, recaían sobre el mismo intereses
muy elevados.
Los cambistas o trapezistas, fueron los primeros banqueros que se conocieron en Atenas. Instalaban
sus mesas en el mercado o en las inmediaciones de los santuarios, brindando asesoramiento financiero
a sus clientes, anticipaban fondos, abrían cuentas corrientes, cambiaban moneda extranjera y
efectuaban préstamos a particulares. Sus operaciones más importantes parecen haber sido la

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recaudación de impuestos y la contratación de servicios estatales. El origen de estos primeros
banqueros habría sido muy humilde, incluso podría haberse tratado de esclavos en no pocos casos, lo
que explica que su consideración social fuese bastante baja.
La intervención del Estado en la economía era muy limitada y consistía en vigilar que no se cometieran
abusos con los precios de los productos de primera necesidad, como por ejemplo los granos. Los
funcionarios gubernamentales, llamados agoránomos, mantenían el orden en los mercados e
intervenían como jueces ante litigios suscitados entre vendedores y compradores. Prevenían asimismo
abusos por parte de los emporios o grandes comerciantes. Alrededor del cincuenta por ciento de la
población estaba constituido por extranjeros, quienes no gozaban de derechos políticos. A cambio de
pagar los respectivos tributos, se les permitía ejercer el comercio y la industria. Los griegos conocieron
los derechos de aduana, aplicables tanto a la importación como a la exportación, consistentes por lo
general en el 2% del valor de la mercadería. Estos derechos tuvieron un carácter más fiscal que
económico, siendo su finalidad esencial la de proveer de recursos al Estado.
Algunos autores consideran que ya en esta época, si bien embrionariamente, los rasgos característicos
de la economía han sido fijados y que, hasta la Revolución Industrial del siglo XVIII, no habrán de
modificarse significativamente.
En materia social, la época clásica se caracterizó por los constantes conflictos entre las clases
acomodadas y las menos favorecidas. En el caso de Atenas, los eupátridas, acaparaban la mayor parte
de los privilegios en desmedro de los otros sectores sociales que luchaban por mejorar su situación.
Durante todo el período y hasta la conquista romana, la historia política de Atenas estará jalonada por
las alternancias en el poder de regímenes oligárquicos y democráticos. En el caso de estos últimos, el
recurso a la demagogia fue bastante habitual: el precio del pan se establecía a un valor muy bajo y se
repartía entre las clases modestas subsidios para adquirir alimentos y entradas para los espectáculos
teatrales. El ejército y la marina también constituían fuentes de empleo para los más modestos. Esta
política distribucionista cambió drásticamente tras la derrota de Atenas en la Guerra del Peloponeso,
con el consiguiente descalabro de las finanzas públicas. Otro caso fue el de Esparta, donde los
espartiatas tenían todos los derechos y la situación de los demás sectores sociales era verdaderamente
penosa.
Epoca Helenística:
Atenas, Esparta y Tebas, las polis griegas más importantes, fueron librando sucesivas guerras que
terminaron debilitándolas lo que posibilitó su absorción por parte del rey Filipo II de Macedonia. A la
muerte de éste, su hijo Alejandro Magno derrotó al imperio persa y llegó a dominar prácticamente todo
el mundo conocido, dando lugar a que la lengua y la cultura griegas se difundieran por Asia, Egipto y
por Oriente hasta las fronteras con China e India. No obstante la temprana desaparición de Alejandro
(323 AC) y el reparto de su imperio en diversos reinos, la unidad cultural y económica legada por los
griegos persistió incluso tras su conquista a manos de Roma (168 AC). El término helenismo remite a la
cultura griega con influencias orientales.

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Desde el punto de vista estrictamente económico significó un primer ensayo de internacionalización de
la economía, al articular efectivamente a Oriente y Occidente. En efecto, por una parte se mantuvieron
los caracteres básicos de la economía configurados durante la época clásica, por lo que los cambios
tienen una connotación más que nada cuantitativa. Pero, por la otra, hay que tener en cuenta que el
acceso a inmensas regiones del Oriente permitió a los monarcas helenísticos dar con un amplio espacio
geográfico, rico en recursos naturales, densamente poblado y echar mano a considerables reservas de
metales preciosos que habían sido acumuladas por los reyes orientales. El modelo de monarquía
absoluta también será tomado de éstos, dándole así a los nuevos reinos helenísticos su impronta
particular. El aporte que habrían hecho los griegos a estos nuevos territorios conquistados habría
consistido, en la apreciación de Lévy, en su dinamismo, su espíritu de empresa y de iniciativa, sus
métodos comerciales y bancarios y la abundante circulación monetaria. Numerosas e importantes
ciudades surgirán como resultado de este proceso, siendo la más destacada Alejandría, en Egipto.
En efecto, comenzando por Delos, que a mediados del siglo II AC.conoció un momento de esplendor.
Tenían factorías en ella egipcios, fenicios e italianos. La creación de un puerto franco le valió la
supremacía comercial en la región. No obstante, Rodas llegó a ser mencionada como la "reina de las
ciudades comerciales". Aprovechando la cobertura brindada por el imperio alejandrino, llegó a
concentrar casi todo el comercio entre Europa y Asia. Sus habitantes lograron una excelente reputación
como negociantes, como marinos y por su ética en los negocios, debiéndoseles la promulgación de
numerosas leyes comerciales y marítimas. También fueron considerados los protectores de la marina
mercante, debido a su exitosa lucha contra la piratería. Contaron con arsenales y depósitos, siendo el
comercio de tránsito el que les proporcionaba mayores ganancias, en razón de los derechos aduaneros
que percibían por el mismo.
El Egipto helenizado, encuentra en Alejandría, su nueva capital, un importantísimo polo de desarrollo
económico, merced a sus puertos -fluvial y marítimo-, así como también al carácter cosmopolita de su
población, compuesta por griegos, egipcios, judíos y orientales. El movimiento general de los negocios
llegó a ser intensísimo. Los egipcios aplican derechos aduaneros, que si bien ya se habían aplicado
previamente en Grecia, es con ellos cuando su imposición se generaliza. En efecto, exigían un doble
derecho a las mercancías que circulan por su territorio, de entrada y de salida. El primero, alcanzaba al
25% del valor de la mercancía. A esto se sumaban los derechos de circulación, peajes, monopolios
estatales sobre determinados rubros, etc. Sobre el comercio local también pesaban fuertes
gravámenes. Sin perjuicio del costado rentístico que entrañaba la cuestión, estaba presente la
necesidad de justificar la naturaleza divina de la monarquía egipcia.
Durante la época helenística observamos un creciente predominio de la economía monetaria por sobre
la economía natural, que fue favorecido por el aumento de las reservas de metales preciosos y por la
institución de sistemas monetarios compatibles. Al momento de producirse la conquista de Oriente por
Alejandro Magno, el patrón monetario vigente en la mayoría de las ciudades griegas era el sistema
ático, que tomaba como base la dracma de 4,25 grs.y, la moneda más común era la tetradracma de
plata, equivalente a 4 dracmas. Alejandro adopta

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básicamente este sistema, al que impone su efigie y que persistirá hasta la conquista romana del Asia.
La banca y las finanzas prosiguieron el ascenso iniciado durante la época clásica. Así, en muchas
ciudades griegas en Asia Menor y en Egipto, existían bancos públicos y privados, que recibían
depósitos -a menudo en especie-, abrían cuentas corrientes, efectuaban transferencias de fondos,
otorgaban cartas de crédito y fundaban sucursales en otras regiones. El uso del cheque se hace cada
vez más común. Aparecen las primeras formas de sociedades comerciales, constituídas por grandes
comerciantes y banqueros, a los fines de acometer negocios de gran envergadura cuya ejecución
demanda cuantiosos capitales.
Bibliografía:
Mc Nall Burns, E. (1983). Civilizaciones de Occidente. Vol.1. 14ª edición. Siglo XX.
Toutain, J. (1929). La economía en la Edad Antigua. Cervantes.
Levy, J-F (1969). La economía antigua. Columba.
Vázquez de Prada, V. (1999). Historia Económica Mundial. EUNSA.
1.4. La economía en Roma:
Podríamos periodizar la historia romana en torno de las formas de organización política que
sucesivamente adoptó: monarquía (S.VIII-VI AC); república (S.VI AC-I DC); imperio (S.I-V). El período
monárquico corresponde al del nacimiento de Roma, en el contexto de una fuerte rivalidad entre latinos,
etruscos, galos, griegos y otros habitantes primitivos de la península itálica, período que al abordarlo
requiere diferenciar entre el dato histórico y el elemento legendario. La época republicana nos remite a
la consolidación de Roma frente a los restantes pueblos itálicos y su victoria sobre las ciudades de la
Magna Grecia. Asimismo, al dominio del mundo Mediterráneo; tras vencer a los cartagineses en las
guerra púnicas, a las polis griegas y a la monarquía egipcia de los Tolomeos, por citar sus triunfos más
relevantes. Al mismo tiempo, Roma que había adoptado la cultura helenística, configura un cuerpo de
instituciones y especialmente un Derecho, permitiéndole este último trascender culturalmente. Por
último, la etapa imperial que coincide con la expansión de las conquistas a prácticamente todo el mundo
conocido, al que estructuró firmemente bajo su autoridad e instituciones, inaugurando así una suerte de
globalización a la que históricamente se alude como la "la paz romana".
No obstante la singularidad de su legado cultural, es evidente la deuda que contrajo Roma respecto de
la civilización helenística, tal como lo señala Rondo Cameron, para quien antes de emprender la
conquista del mundo mediterráneo los romanos herederan o bien se apropiaron de las instituciones
económicas helenísticas. El mismo autor nos refiere que en sus orígenes fueron un pueblo agricultor en
el que predominaba la pequeña hacienda y en el que se respetaba celosamente el derecho de
propiedad. La ampliación de sus dominios territoriales les fue llevando a interesarse en los asuntos
militares y administrativos, sin que por ello desapareciera su tradicional apego a la tierra. Al igual que lo

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ocurrido con otros pueblos antiguos, el comercio no constituía inicialmente una actividad socialmente
estimada, por lo que solía delegarse su ejercicio en los integrantes de las clases sociales subordinadas,
en los extranjeros y hasta en los esclavos. El Derecho romano reconoció como primer contexto el de
una sociedad agraria, pero fue adaptándose gradualmente a las necesidades que imponía la expansión
de la economía, valiéndose de aportes griegos. Así, llegó a permitir un considerable grado de libertad de
empresa, al tiempo que no penalizaba el ejercicio de actividades comerciales.
Notoria influencia en esta transición de la agricultura al comercio tuvieron las conquistas emprendidas
por los romanos, las que también depararon graves consecuencias sociales. En efecto, la población
patricia que se enrolaba en las legiones de combatientes, dejaba su pequeña propiedad rural a cargo de
su familia quien en no pocas ocasiones se veía obligada a endeudarse para mantenerla, siendo
frecuente el hecho que terminaran rematándola por ese motivo. Por otra parte, la afluencia masiva de
cereal barato de los territorios conquistados hacía que la producción agrícola local perdiera todo grado
de competitividad. Se calcula que el trigo importado de Africa resultaba hasta ocho veces más barato
que el cosechado en la península Debido a ello, muchos pobladores rurales terminaron estableciéndose
en las ciudades. Los menos, vivían de renta pero, en la mayoría de los casos, sea porque habían
perdido su propiedad o bien porque se habían visto obligados a venderlas a precio vil, acabaron
recibiendo el subsidio del Estado a través de la provisión gratuita de cereales y de entradas para los
espectáculos públicos, circunstancia que dio lugar al célebre “pan y circo”. Vale aclarar que esta plebe
urbana conformaba una base clientelística para cuanto político aspirase a acceder a posiciones de
poder, a través de la coptación de su voto. Así, de un lado podríamos hablar de un despoblamiento del
campo y, del otro, de un acusado proceso de concentración territorial en manos de unos pocos
acaparadores, quienes luego de adquiridas, ponían a trabajar las tierras por los esclavos lo que les
permitía explotarlas a muy bajo costo. De hecho Roma fue una de las civilizaciones más esclavistas de
la Antigüedad, pues tenía una abrumadora cantidad de esclavos y de todas las clases, algunos de ellos
personas de cultura y destreza superiores, que a menudo servían como mano de obra especializada. Es
verdad que algunos dirigentes políticos intentaron revertir este cuadro de situación y en esa línea se
inscribirían los intentos reformistas de los hermanos Graco en el siglo II AC, pero la violenta resistencia
opuesta por las estructuras oligárquicas impidió que los mismos fructificaran.
En los comienzos de la era cristiana el imperio romano, tomado en su conjunto, estaba en condiciones
de autoabastecerse gracias a la diversidad de regiones que lo componían y, como consecuencia de la
"pax romana", el mundo mediterráneo había logrado un equilibrio de verdadera estabilidad. Mucho tuvo
que ver en ello, el establecimiento de una densa red de vías de comunicación perfectamente adaptada
a las necesidades económicas y militares. A su vez, las principales arterias eran complementadas por
numerosos caminos secundarios, permitiendo así el enlace de todas las poblaciones de alguna
importancia.
Si bien el sistema de rutas terrestres, que en no pocos casos se veía complementado con vías fluviales
(Rhin, Danubio, Eufrates, Nilo, etc.), potenciaba las posibilidades del comercio, no cabe duda que las
rutas marítimas siguieron siendo las más importantes. La propia ciudad de Roma, gracias al puerto de
Ostia

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adyacente a ella, se había convertido en la práctica en puerto marítimo y en la plaza reguladora del
mercado mundial. Además, comienzan a destacarse los puertos atlánticos de Cádiz en Hispania, y
Boulogne y Burdeos en la Galia.
La circulación comercial no era libre, gravándose las mercancías con un derecho conocido como
portoriun, que equivalía a un gravamen aduanero y a un peaje simultáneamente. Desde el punto de
vista aduanero, el imperio se hallaba dividido en diez circunscripciones. La carga impositiva sobre el
precio final de un producto era considerable. Así, una mercancía originaria de la India podía centuplicar
su precio al llegar a Occidente. Evidentemente, el cobro del portoriun revestía gran importancia para las
finanzas del Estado.
La organización del comercio interno se basaba sobre el macellum, suerte de mercado público
conformado por puestos de vendedores que se ubicaban en una plaza rectangular, a veces bajo los
pórticos de la ciudad. También existía el nundinaeo o mercado extraordinario, que se reunía dos veces
al mes tanto en las ciudades como en la campiña. En lo que respecta al comercio internacional, el
imperio romano contó con plazas especializadas que por lo general se erigían en los puertos más
importantes.
Los comerciantes se agrupaban en corporaciones, algunas de las cuales llegaron a ser muy influyentes.
Tengamos en cuenta que el espíritu de asociación era uno de los rasgos más característicos de la
economía romana. Así, también estaban colegiados los barqueros -transportistas fluviales y lacustres- y
los armadores de los puertos de mar. La existencia de estas corporaciones de navegantes atestigua la
gran importancia que tuvo la navegación marítima y fluvial en la circulación económica del imperio
romano. Los grupos de armadores, formados en los puertos más activos, cumplían entonces el rol que
hoy tienen las compañías de navegación.
La economía monetaria y financiera, prosiguió su avance que databa de la época helenística. El
emperador Augusto procuró imponer en todo el imperio el sistema monetario romano. Sólo él podía
emitir monedas de oro y plata, quedando a su criterio autorizar a otras ciudades a hacerlo, con la
condición que la moneda acuñada llevara la efigie del emperador. Fue este el caso de Alejandría y de
Rodas, cuyas tetradracmas y dracmas estaban en fácil relación con los denarios romanos.
Las operaciones bancarias más importantes estaban a cargo de los argentarii, cuyos puestos situados
en las cercanías del foro se conocían con el nombre de tabernae argentariae. Junto a ellos encontramos
a los mummularii, que se ocupaban del examen y cambio de las monedas. Ambos estaban sujetos a
una legislación muy estricta y expuestos a la intervención estatal.
Finalmente, la organización monetaria y bancaria, la organización del transporte y las comunicaciones,
la implementación de un sistema universal de pesas y medidas, la organización político-administrativa y
el eficaz dispositivo de defensa montado, permitieron un crecimiento económico sin precedentes al
tiempo que morigeraron los inconvenientes derivados de la gran extensión territorial del imperio romano.
Sin embargo, como observa Vázquez de Prada, la mayor contribución de Roma al desarrollo económico
habría sido el largo lapso de paz y

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orden establecidos, los que permitieron prosperar al comercio iniciado por cretenses, fenicios y griegos
y que los intercambios se extendieran a regiones nuevas. De esta expansión territorial y comercial
surgieron nuevas áreas cultivadas, así como también nuevas ciudades y rutas cuya construcción creó
empleo para mucha gente. La población en Occidente se acreció notablemente, beneficiándose los
romanos a partir de sus provincias que les proveían de metales preciosos, alimentos, mercancías varias
y numerosos esclavos.
Dentro del esquema económico sobre el cual se asentaba la prosperidad romana el rol cumplido por las
provincias imperiales habría sido fundamental. Así, para Vázquez de Prada, el sistema pudo
mantenerse mientras las provincias fueron capaces de sostenerlo, a la par que los romanos se
mostraron competentes para preservar las fronteras, asegurando la circulación comercial libre en el
Mediterráneo, vital para sus abastecimientos, a la par de mostrar moderación en los gastos que le
demandaba mantener sus fuerzas militares, la burocracia imperial y el mantenimiento de la plebe
ociosa. Cuando este sistema comenzó a tambalear, las autoridades trataron de ejercer un férreo control
de la economía, particularmente sobre el comercio con las provincias, dando lugar a una virtual
estatización del sistema productivo y de las corporaciones de artesanos y de transportistas de bienes de
consumo. El desmesurado crecimiento del gasto público obligó a aumentar la presión tributaria, que por
lo general recaía sobre los sectores más débiles, arruinando a muchos pequeños productores,
empresarios y artesanos, mientras que la inflación incontenible de los precios acabaría licuando el nivel
de vida de la población modesta. Esta grave situación económica, en la que subyacen factores morales,
políticos y sociales, dejaría inerme al Imperio frente a las invasiones de los pueblos “bárbaros”.
Bibliografía:
Cameron, R. (1990). Historia Económica Mundial. Alianza. .
Mc Nall Burns, E. (1983). Civilizaciones de Occidente. Vol.1. 14ª edición. Siglo XX.
Toutain, J. (1929). La economía en la Edad Antigua. Cervantes.
Vázquez de Prada, V. (1999). Historia Económica Mundial. EUNSA.

1.5. El quiebre de la economía antigua:

La desarticulación del esquema económico que se había configurado en el apogeo del mundo antiguo,
está estrechamente asociada al derrumbe del Imperio Romano en Occidente, proceso que fue
contemporáneo al surgimiento y expansión del Cristianismo; que se vio considerablemente potenciado –
que no causado- por la afluencia de las migraciones germánicas, y que antecederá a un momento de
florecimiento económico y cultural en el Cercano Oriente, concretamente en Bizancio y en Arabia.
Consecuentemente, el plan de trabajo al que nos vamos a ajustar para el desarrollo de esta sección
contempla efectuar un paneo sobre estos cuatro bloques.

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Cristianismo:
El cristianismo, que en sus orígenes durante el primer siglo de la era había sido una religión marginal en
el ámbito del imperio romano, alcanzó hacia el siglo IV un importante grado de difusión. Resistido al
principio, sufrirá las mayores persecusiones en este período, siendo la más cruenta de ellas la dispuesta
por el emperador Dioclesiano, que se extendió entre los años 303-313 y que finalizó con la
promulgación del Edicto de Milán de ese último año, que estableció la tolerancia religiosa en todo el
imperio.
Los valores introducidos por la nueva religión suponían una colisión muy fuerte con los de la cultura
religiosa hasta entonces dominante, cuya nota sobresaliente era el sincretismo pagano. Paralelamente,
el grave retroceso que en todos los órdenes venía experimentando el imperio, llevaron a imputar a la
influencia de estas nuevas ideas religiosas la responsabilidad por la ruina imperial, como consecuencia
del abandono de las creencias tradicionales.
Así, la antigua prosperidad romana fue cediendo terreno frente a la acción de factores internos y
externos. En cuanto a los primeros, debemos mencionar además de la disidencia religiosa, las luchas
desatadas entre los diversos aspirantes al trono imperial y la anarquía militar consecuente, junto con la
agitación que existía en muchas ciudades en protesta por los continuos saqueos. Los factores externos,
nos remiten básicamente a la acción de las invasiones, protagonizadas mayormente por tribus
germánicas que, atraídas por las riquezas del imperio romano, rebasaban sus fronteras y se establecían
en en su interior. Estos pueblos venían siendo desplazados de sus lugares de origen por la explosión
demográfica y la consecuente falta de medios de subsistencia. El peso ejercido por estos hechos sobre
la economía fue considerable.
Justamente, los beneficios que en su momento se derivaron de la "pax romana", pasaban por la
seguridad en las fronteras, orden y paz en el interior, unidad política y flexibilidad administrativa,
fomento inteligente y eficaz de las obras públicas, y difusión de la vida urbana y sedentaria en casi
todas las provincias del imperio. En efecto, tanto Roma como el resto de las ciudades importantes
tenían en común un comercio importante, una moneda vigente en todo el territorio, un Derecho uniforme
y un disciplinado ejército. Pero, a raíz de las invasiones, las diversas regiones del antiguo imperio
quedaron separadas, siendo arrasadas por las continuas guerras. Las ciudades eran saqueadas en
procura de botín, por lo que comenzaron a despoblarse y las artesanías locales a paralizarse.
El Mediterráneo, que era la principal vía de comunicación, empezó a verse infestado de naves piratas
del nuevo imperio vándalo, lo que obligó a interrumpir el comercio. También en el Mar del Norte y en el
Mar Negro cesó totalmente la navegación. Los caminos se hicieron intransitables, sin que nadie se
ocupara de su mantenimiento, mientras que las ciudades fueron abandonadas pues la vida en ellas ha
perdido todo atractivo al tiempo que se ha vuelto muy insegura. Los espectáculos públicos y el reparto
gratuito de alimentos, típicos de los tiempos de esplendor imperial, pasan a la historia. Roma desciende
bruscamente en su número de habitantes, tanto es así que del millón que llegó a tener en su apogeo,
sólo mantiene treinta y cinco mil en el siglo VI.

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Las autoridades romanas, en el poco tiempo que le dejaban las luchas por el poder y contra los pueblos
invasores, intentaron frenar la decadencia económica a través de diversas medidas, como por ejemplo
obligar a que cada sector económico o laboral quedara atado a su respectiva actividad, queriendo evitar
de esta manera que las distintas funciones de la vida económica fueran abandonadas. Por supuesto,
estas medidas tuvieron muy pocos efectos prácticos. Otro recurso igualmente infructuoso, consistió en
fijar precios máximos para los bienes y servicios, con vistas a evitar la disparada del costo del nivel de
vida. El emperador Dioclesiano publicó en 301 su famoso Edicto del Máximo, estableciendo los precios
respectivos en denarios y previniendo severísimas penalidades -que en algunos casos contemplaban la
muerte- para los transgresores. Los resultados de esta medida fueron un encarecimiento mayor,
acaparamiento y desabastecimiento.
Asimismo, como señala Vázquez de Prada, la desaparición de las ciudades desarticuló los mercados y
la red de cambios, quedando restringido el comercio a determinadas regiones y para mercancías de alto
precio. Las autoridades imperiales ofrecieron a los pueblos germánicos vecinos la posibilidad de ocupar
territorios libres, a cambio de que las explotaran y las defendieran de la amenaza de los mongoles, pero
estas medidas no dieron los resultados esperados debido a que los nuevos ocupantes carecían de
técnicas y elementos apropiados para desarrollar dicha tarea. Además, la irresistible presión de las
hordas mongólicas les empujó cada vez más hacia el interior del Imperio. En efecto, en 406 rebasan la
frontera del Rhin y en 409, bajo el mando del rey Alarico saquean la otrora inexpugnable ciudad de
Roma. El último acto, tendrá lugar formalmente en 476, cuando el caudillo Odoacro depone al
emperador romano Rómulo Augustulo.
Germanos:
Venimos haciendo referencia en los párrafos precedentes, a las invasiones que se registraban sobre
distintos puntos del Imperio Romano, más que nada a partir del siglo V. Los pueblos que las llevaron a
cabo eran de raza germánica y, poco tiempo después de establecidos en territorios romanos,
constituyeron reinos independientes de la autoridad imperial, los que servirán de antecedente histórico e
institucional de los actuales estados de Europa Occidental. Los suevos, alanos y vándalos, se
establecieron en la península ibérica; pasando los últimos al norte de Africa. Los anglos, los sajones y
los jutos, se ubicaron en las islas británicas. Los burgundios, los francos y los visigodos ocuparon
Francia, pasando los últimos a la península ibérica, de donde desplazaron a los vándalos. Los alamanes
y los francos, ocuparon el actual territorio alemán y adyacencias, mientras que los ostrogodos y los
longobardos hicieron lo propio con el de la península itálica. Entre la población local, de cultura
romanizada y los recién llegados, culturalmente inferiores, fue conformándose una civilización mixta.
Estos pueblos asumieron el control de la economía romana, pero no supieron qué hacer con ella, al
menos racionalmente hablando. Tomaron posesión de sus riquezas, sus reservas de oro y acuñaron
monedas semejantes a las romanas. Impusieron su lengua, sus costumbres y su régimen impositivo. Su
inferioridad cultural les privaba, sin embargo, de la aptitud para la administración civil y económica de
los extensos territorios que habían ocupado, por lo que el proceso de despoblamiento urbano prosiguió
sin solución de continuidad. El comercio

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quedó reducido a su mínima expresión y era ejercido por extranjeros, judíos y griegos, sobre todo,
provenientes del Imperio de Oriente.
Como observa Pereira Pinto, el signo característico de la época era la inseguridad. La población
prefería establecerse en el campo, bajo la protección de algún jefe militar, en cuyo recinto fortificado
buscaba refugio en los momentos de peligro. En torno al mismo, se levantaba una pequeña comunidad
en la que existían artesanos, herreros, carpinteros, etc., quienes satisfacían las necesidades cotidianas
de la misma. Era ésta una economía de subsistencia, en la que los intercambios quedaron reducidos a
su mínima expresión, donde la moneda era escasa y en la que la campaña predominaba ampliamente
sobre la ciudad.
El trigo y los otros cereales cosechados eran consumidos por la población del dominio y por los que
vivían en al fortaleza. Cuando los alimentos eran insuficientes, se los debía racionar y no era raro que
se pasara hambre. No existía la posibilidad de importarlos de otras comarcas. En primer lugar, por la
falta de comunicaciones; en segundo lugar, por la falta de moneda y, por último, porque nadie
cosechaba más de lo necesario en su propia comunidad.
Los efectos de las invasiones germánicas sobre el Imperio Romano de Occidente, pesaron más que
nada sobre la cultura y el comercio, provocando el traslado de estos rubros a Constantinopla, la antigua
ciudad de Bizancio levantada a orillas del Bósforo, que había sido convertida por el emperador
Constantino en su nueva capital y que por estas causas terminó convirtiéndose en la ciudad más culta y
comercial del mundo entonces conocido.
Bizantinos:
El Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino, mantendrá su vitalidad política, económica y militar
durante varios siglos posteriores a la caída del Imperio en Occidente y alcanzará su momento de mayor
esplendor bajo el reinado de Justiniano, quien más allá del código que lleva su nombre propició un
importante desarrollo comercial a lo largo del siglo VI, a la par que ejercía un autoritarismo político,
religioso y económico. La ciudad de Constantinopla, su capital, era una urbe magnífica y gigantesca,
protegida por imponentes murallas, que aseguraron su superviviencia pese a los constantes embates de
los reinos enemigos.
A diferencia de lo que por esos años ocurre en Occidente, el Imperio Bizantino propulsó una expansión
de la agricultura, especialmente en Egipto y otras provincias orientales, en donde el régimen de
explotación señorial alcanzó un elevado grado de eficiencia merced al concurso de numerosos
empleados administrativos, los cuales se ocupaban de organizar y dirigir el trabajo de los siervos, las
obras de riego, el levantamiento de la cosecha y la producción de los rebaños. En Egipto, estas
explotaciones solían contar con su propia flotilla que daba salida a la producción por el puerto de
Alejandría, ciudad que contaba con un sistema de correo propio y con un hipódromo.
La economía dirigida es característica del Imperio, donde prevalecen los monopolios del Estado para la
fabricación de armas, manufacturas de seda y otros productos vinculados a éstos. Sin perjuicio de ello,
se admitía la existencia de talleres privados cuando la demanda interior y exterior superaba las
posibilidades de los talleres estatales. El tráfico de aquellos artículos considerados críticos,

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como el oro, metales, armas, cereales, etc., estaba vedado a los particulares, a quienes se estimulaba a
impulsar el comercio de objetos de lujo, dada la incesante demanda externa de los mismos así como
también su alta rentabilidad. Este dirigismo económico deparó importantes consecuencias sociales,
pues al reglamentar estrictamente el trabajo de las corporaciones de artesanos y comerciantes dio lugar
a un virtual pleno empleo. Toda persona apta para el trabajo podía albergar una razonable expectativa
de empleabilidad, gracias a la vitalidad demostrada por el comercio de exportación.
El comercio bizantino estaba dirigido a Occidente, siguiendo las antiguas rutas abiertas por fenicios y
griegos. En Oriente, los mercaderes bizantinos seguían las rutas trazadas por los griegos, pero cuando
los árabes tomaron Alejandría, sólo les quedaron dos caminos: el de Siria, por Antioquía y Damasco, y
el del Mar Negro y la Tartaria. Comerciaron con los pueblos eslavos. Los principales rubros que
abarcaba el comercio con Occidente, tenían que ver con objetos preciosos como pintura en mosaico,
miniaturas e ilustraciones de los escritos bíblicos, trabajos en metal como relieves de bronce, sedas,
marfiles, etc., los cuales eran muy solicitados especialmente por las iglesias. Esta etapa de auge se
verá interrumpida a partir de la emergencia de los pueblos árabes, que le arrebatan el dominio sobre
Egipto y Siria, provincias productoras de trigo, cortando asimismo las rutas que comunicaban con Asia y
provocando que el Comercio en el Mediterráneo se contraiga considerablemente
Arabes:
Coincidentemente con el surgimiento y posterior expansión de la religión islámica fundada por Mahoma,
tuvo lugar el mayor esplendor cultural y también económico de los árabes, quienes mediante la práctica
sistemática de la guerra santa llegaron a dominar el Cercano Oriente, el norte del Africa y buena parte
de Europa Sudoccidental, a partir del siglo VIII. La propia Europa Occidental fue seriamente amenazada
por la aparentemente incontenible expansión islámica. Por lo pronto, en 711 se apoderan de la
península ibérica en la que permanecerán por espacio de ocho siglos, hasta su derrota a manos de los
Reyes Católicos en 1492. Sin embargo, el intento de controlar Francia fracasó tras la derrota sufrida a
manos de Carlos Martel, rey de los francos, en la batalla de Poitiers (732).
Vale aclarar que dentro del vasto imperio conformado a partir de la prédica del Profeta, los árabes eran
solo un pueblo más entre muchas etnias y religiones, que a poco fueron conduciéndose en forma
autónoma. De todas maneras, el orden musulmán reunió algunas de las características que antes había
poseído el Imperio Romano, como por ejemplo la extensión y diversidad geográfica, con la consiguiente
abundancia y variedad de recursos, el intercambio cultural, la unidad idiomática, religiosa y monetaria.
Asimismo, los musulmanes lograron el control del Mediterráneo y practicaron la coexistencia pacífica
con sirios y judíos, quienes ejercían libremente el comercio dentro de sus fronteras
En términos generales, puede afirmarse que la influencia comercial y económica que ejercieron sobre
los territorios bajo su dominio fue beneficiosa. En efecto, fueron responsables del renacimiento de la
agricultura, en la que introdujeron nuevos cultivos tales como el azúcar, el algodón, el azafrán, la mora,
el naranjo, el limonero, la palma, etc. Introdujeron las técnicas de regadío, que eran

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desconocidas hasta entonces en Occidente, con lo cual lograron una mayor productividad. La ganadería
también tuvo un importante desarrollo, basada en la cría de la oveja y del camello. La leche y el queso
obtenidos constituían ingredientes centrales en los hábitos alimenticios de los musulmanes.
Asimismo, comienza a gestarse gradualmente un proceso de concentración territorial como
consecuencia del progreso económico y de la conquista militar, que beneficia a la burgueía comercial y
a las clases militares. La situación de los pequeños propietarios se torna difícil, dado que pesa sobre
ellos la obligación de pagar los impuestos establecidos por el ocupante musulmán y así, ante el fracaso
de alguna cosecha, se ven obligados a recurrir al auxilio financiero de los grandes propietarios, que en
no pocos casos terminan quedándose con las tierras de los deudores, ante la imposibilidad de éstos
para saldar sus cuentas, quedando reducidos a la condición de colonos. De aquí a la servidumbre de la
gleba –no obstante que no estuviera institucionalizada- hay apenas un paso. Como resultado de este
proceso, los grupos dominantes de la economía rural acabaron conformando una aristocracia
terrateniente.
El comercio y la industria eran actividades muy valoradas, teniendo en cuenta la categórica
reivindicación que de las mismas hacía el Corán. El propio profeta Mahoma, que había hecho varios
viajes como mercader, santificó el comercio en sus doctrinas. Las grandes peregrinaciones a La Meca
contribuirían en sumo grado a la prosperidad mercantil de los árabes. La ciudad sagrada se convirtió así
en la feria más importante de aquellos tiempos, en la que se intercambiaban productos de Asia, Africa y
Europa. De entre los productos que los árabes exportaban a Occidente sobresalían las telas de seda,
cuya principal compradora era la Iglesia. También vendían tejidos de algodón de la India, porcelana fina,
cristales y sus magníficos tapices. No menos importante era el comercio de especias, que se realizaba
por la vía de Constantinopla y que comprendía la pimienta, la canela, la nuez moscada y el alcanfor.
Junto con ellas, se practicaba el tráfico de perfumes y de piedras preciosas. Importaban de Europa
armas, objetos de metal, de cuero, maderas, pieles y sobre todo esclavos. La extracción de perlas al sur
de Arabia era impulsada por capitales judíos.
A diferencia de la Cristiandad Occidental, los musulmanes constituyeron una civilización esencialmente
urbana. En las ciudades, los comerciantes y artesanos, ubicados en calles de acuerdo al ramo que
explotaban, confeccionaban y ofertaban sus mercancías en sus propias tiendas o mercados públicos,
los cuales recibían el nombre de bazares. Tenían una organización corporativa, inspirada en modelos
helenísticos y bizantinos. Las actividades productivas, a excepción de la minería, el azúcar y el papel,
tenía carácter artesanal. Mantuvieron relaciones comerciales con regiones de Africa y del Lejano
Oriente.
Digamos finalmente, que tras la disolución de la romanidad sobrevino en lo que hoy conocemos como
Europa Occidental, una era de regresión material y cultural, a partir del asentamiento de las tribus
germánicas pero que, muy diferente, fue la situación en la parte oriental del Imperio, donde los
bizantinos, como hemos visto, desarrollan una civilización notable. Otro tanto ocurre en el Cercano
Oriente bajo el impulso del Islam, tal como hemos sintetizado en las líneas precedentes. La caída del
Imperio Romano en Occidente no fue, indudablemente, la causa de la expansión de bizantinos y
árabes, pero no cabe duda que la favoreció considerablemente.

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Bibliografía:
Toutain, J. (1929). La Economía en la Edad Antigua. Cervantes..
Pereira Pinto, J. C. (1976). Breve Historia Económica y Social. El Coloquio.
Vázquez de Prada, V. (1999). Historia Económica Mundial. EUNSA.

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