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Egwene descubre su potencial como Aes Sedai gracias a Moraine, quien la anima a estudiar y trabajar duro. Mientras el grupo se prepara para continuar su viaje hacia Baerlon, Rand y sus amigos reflexionan sobre su hogar y la incertidumbre que enfrentan. A pesar de las preocupaciones, comienzan a albergar la esperanza de haber escapado de sus perseguidores.

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Egwene descubre su potencial como Aes Sedai gracias a Moraine, quien la anima a estudiar y trabajar duro. Mientras el grupo se prepara para continuar su viaje hacia Baerlon, Rand y sus amigos reflexionan sobre su hogar y la incertidumbre que enfrentan. A pesar de las preocupaciones, comienzan a albergar la esperanza de haber escapado de sus perseguidores.

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en los labios de Moraine—. Ese último destello lo has producido tú sola.

—¿Yo? —repuso Egwene, para volver a sumirse en la melancolía—. Pero era casi
insignificante.
—Ahora te comportas como una ignorante muchacha de pueblo. La mayoría de
las que van a Tar Valon deben estudiar durante meses para poder lograr lo que tú
acabas de hacer. Puedes llegar muy lejos. Tal vez a la Sede Amyrlin, si te aplicas con
afán en el estudio y el trabajo.
—¿Queréis decir que…? —Con un grito gozoso, Egwene rodeó con los brazos a
la Aes Sedai—. Oh, gracias. Rand, ¿has oído? ¡Voy a ser una Aes Sedai!

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CAPITULO
13

Elecciones

A
ntes de acostarse, Moraine se arrodilló junto a cada uno de ellos y dejó
reposar las manos sobre sus cabezas. Lan rezongó diciendo que no lo
necesitaba y que ella no debía malgastar sus fuerzas; sin embargo, no
hizo intento alguno de detenerla. Egwene aguardaba con avidez aquella experiencia,
mientras que Mat y Perrin sentían una clara aprensión, si bien el propio temor les
impedía rechazarla. Thom dio un respingo; logró zafarse del contacto de la Aes
Sedai, pero ésta tomó su cabeza canosa con una mirada tajante que no dejaba margen
a insensateces. El juglar soportó el proceso con rostro ceñudo y Moraine esbozó una
sonrisa burlona al terminar. El hombre arrugó aún más el entrecejo, aun cuando era
evidente el renovado vigor en su rostro. Todos mostraban una nueva frescura.
Rand se había retirado a una oquedad de la irregular pared donde confiaba
permanecer inadvertido. A pesar de la pesadez en los párpados que lo inducía a cerrar
los ojos, una vez que se hubo recostado contra la maraña de leña se obligó a observar
el acontecimiento. Se llevó un puño a la boca para contener un bostezo. Un rato de
sueño, una o dos horas, bastarían para aplacar su cansancio. Pero la Aes Sedai no se
olvidó de él.
Al sentir el frescor de los dedos de Moraine en la cara, Rand se encogió e intentó
decir algo:
—Yo no…
Pero de inmediato abrió desorbitadamente los ojos, estupefacto: su fatiga era
absorbida como el agua que corre colina abajo, y las magulladuras y el dolor,
desvanecidos, pasaron al rincón de los recuerdos. La miró boquiabierto. Ella se limitó
a sonreírle mientras retiraba las manos.
—Ya está —dijo al incorporarse, con un suspiro de cansancio que recordó a Rand
el hecho de que no podía aplicar aquel remedio sobre ella misma.
La Aes Sedai bebió un poco de té y rehusó el pan y el queso que Lan insistía en

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hacerle comer; luego se hizo un ovillo junto al fuego. Al parecer, quedó dormida en
el preciso instante en que se arropó con la capa.
Los demás, excepto Lan, conciliaban el sueño en cualquier espacio que hallaron
libre para tumbarse. Rand, sin embargo, no alcanzaba a imaginar el porqué. Él se
encontraba tan despejado como si hubiera dormido durante toda la noche. No bien
hubo apoyado la espalda en la pared, no obstante, el sueño se adueñó de él. Cuando
Lan lo despertó una hora después, se sentía como si hubiera descansado tres días
seguidos.
El Guardián los hizo levantar a todos, salvo a Moraine, y atajó con gesto severo
cualquier ruido que pudiera despertarla. Con todo, no les permitió permanecer más de
unos minutos en la confortable cueva de troncos. Antes de que el sol hubiera
alcanzado el doble de su propia altura en el horizonte, habían borrado todo rastro de
que alguien hubiera pernoctado allí y, ya en sus monturas, avanzaban en dirección
norte hacia Baerlon, aunque lo hacían despacio para preservar los caballos. La Aes
Sedai tenía ojeras muy marcadas, pero se mantenía erguida y firme en la silla.
La niebla aún se cernía sobre el río que dejaban atrás, formando una pared que
neutralizaba los esfuerzos del débil sol por penetrarla. Rand miraba por encima del
hombro mientras cabalgaba, con la esperanza de captar una última imagen de su
tierra, aunque fuese del Embarcadero de Taren, hasta que perdió de vista el banco de
brumas.
—Nunca pensé encontrarme tan lejos de casa —comentó cuando por fin los
árboles taparon a un tiempo el río y la neblina—. ¿Os acordáis del tiempo en que la
Colina del Vigía parecía un sitio tan lejano?
Aquella época, que ahora se le antojaba remota, había durado hasta hacía tan sólo
dos días.
—Volveremos dentro de un mes o dos —respondió Perrin con voz forzada—.
Piensa en todo lo que tendremos para contar.
—Ni siquiera los trollocs pueden perseguirnos siempre —afirmó Mat—.
Demonios, no pueden hacerlo. —Se estiró y, tras emitir un profundo suspiro, se
hundió en la silla como si no creyera ni una palabra de lo dicho.
—¡Los hombres! —se mofó Egwene—. Estáis viviendo la aventura de la que
siempre estabais parloteando y, ya habláis de regresar a casa.
Tenía la cabeza erecta, pero aun así Mat percibió un temblor en su voz, ahora que
ya no alcanzaban a ver nada de Dos Ríos.
Ni Moraine ni Lan realizaron ningún gesto para tranquilizarlos, ni pronunciaron
una sola palabra para asegurarles que sin duda regresarían. Procuró no pensar en el
significado que podía tener aquella actitud. Aun liberado del cansancio, la
incertidumbre lo roía de modo tan implacable como para no desear incrementarla.
Hundió la cabeza entre los hombros y se sumió en una ensoñación poblada por su

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propia persona, que guardaba los corderos junto a Tam en un prado de verdes y
lujuriantes pastos, mientras el canto de la alondra amenizaba aquella mañana de
primavera. También imaginó un viaje al Campo de Emond y los festejos de Bel Tine
de antaño, cuando su única preocupación era no tropezar al danzar en el Prado. Logró
perderse en el recuerdo durante largo rato.
El recorrido hasta Baerlon les llevó casi una semana. Lan protestaba acerca de la
lentitud de la marcha, pero era él quien marcaba el paso y obligaba a mantenerlo a los
demás. Consigo mismo y con su semental, cuyo nombre, Mandarb, decía que
significaba «espada» en la antigua lengua, no escatimaba tanto las energías. El
Guardia cubría doble trecho que los otros; se adelantaba al galope, con su capa de
color cambiante ondulando al viento, para explorar el terreno, o se rezagaba para
examinar el rastro que dejaban. Cualquier otro que intentara avanzar a un ritmo que
no fuera al paso recibía una tajante reprimenda acerca de la irresponsabilidad de
agotar a los caballos, o crudas palabras que invocaban la situación de tener que huir a
pie ante una manada de trollocs. Ni siquiera Moraine se hallaba a salvo de la
mordacidad de su lengua si dejaba aligerar lo más mínimo las zancadas de su yegua
blanca. La yegua se llamaba Aldieb, «viento del este» en la antigua lengua; el viento
que acarreaba las lluvias de primavera.
Los reconocimientos del terreno realizados por el Guardián no advirtieron en
ninguna ocasión señales de persecución o celada. Únicamente a Moraine refería el
resultado de sus pesquisas, lo cual hacía en voz baja para no ser oído, y ésta
informaba a los otros de lo que le parecía conveniente poner en su conocimiento. Al
principio, Rand miraba hacia atrás con igual frecuencia que frente a sí. No era el
único. Perrin apretaba a menudo el mango del hacha y Mat cabalgaba con una flecha
aprestada en el arco. Sin embargo, en la tierra que dejaban a sus espaldas seguían sin
aparecer trollocs ni personajes vestidos con capas negras y el cielo continuaba libre
de la presencia del Draghkar. Poco a poco, Rand comenzó a abrigar la esperanza de
haber escapado.
Incluso las más espesas partes del bosque tenían poco resguardado que ofrecerles.
El invierno persistía con igual pertinacia al norte del Taren que en Dos Ríos. Algunos
bosquecillos de pinos, abetos o cedros y, cada tanto, algunos laureles, salpicaban de
verdor la desnudez de la floresta. Ni de los propios saúcos había brotado una hoja.
Sólo algunos retoños diseminados destacaban su tonalidad sobre los parduscos prados
arrasados por las nieves invernales. En aquellos parajes lo único que crecía eran,
asimismo, ortigas, cardos y plantas hediondas. En la desolada tierra del lecho del
bosque todavía quedaban retazos de nieve en los rincones umbríos y debajo de las
copas de ejemplares de hoja perenne. Todos se arrebujaban en las capas, puesto que
el mortecino sol no desprendía calor y la gelidez de la noche penetraba hasta los
huesos. Tampoco allí volaban más aves que en Dos Ríos, ni siquiera cuervos.

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