Unamuno y Cervantes: Dos Visiones del Quijote
Unamuno y Cervantes: Dos Visiones del Quijote
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1
Recuérdense, entre otros, la “Letanía a Nuestro Señor Don Quijote” o el “Soneto a Cervantes” de Rubén Darío,
incluidos en sus Cantos de vida y esperanza (1905); La ruta de Don Quijote (1905) escrita por Azorín o sus
innumerables artículos recopilados en dos tomos: Con Cervantes (1947) y Con permiso de los cervantistas
(1948); de Ramiro de Maeztu, y precediendo a su Don Quijote, Don Juan y la Celestina (1926), no deben
olvidarse sus artículos “El libro de los viejos”(1901), publicado en La Correspondencia de España, y “Ante las
fiestas del Quijote” (1903) en Alma española; y, por último, dejando al margen por ahora la figura de Unamuno,
las Meditaciones del Quijote (1914) de José Ortega y Gasset.
2
Cfr. Alberto Navarro, “El Cid y Don Quijote” en El Quijote español del siglo XVII, Madrid, Rialp, 1964, pp.
322-405.
3
Cfr. Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, Madrid, Alianza, 1987, p. 19. En adelante, las citas se
harán siempre por esta edición, indicándose entre paréntesis la página correspondiente a la misma. Las referencias
en nota, sin reproducción textual, aparecerán con las siglas VDQS, seguidas del número de página.
4
De ese amplio conjunto, citaremos algunos fundamentales: “¡Muera Don Quijote!” (1898), “El sepulcro de Don
Quijote” (1906), “Don Quijote y Bolívar” (1907), “La traza cervantesca” (1917), “En un lugar de La Mancha…”
(1932). Cfr. Miguel de Unamuno, Obras completas, introducción, bibliografía y notas de Manuel García Blanco,
Madrid, Escelicer, 1966-1970, 8 vols. (Véase, especialmente, el tomo VII: Meditaciones y ensayos espirituales,
pp. 1191- 1256).
5
Existen indicios del interés de don Miguel por escribir una obra como la publicada en 1905 desde el año 1899,
si bien la redacción definitiva tiene lugar en dos fases: el verano de 1904, en el que desarrolla el plan general de la
obra, y las vacaciones navideñas de dicho año, en las que amplía lo anterior, añadiendo numerosas citas y
Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 145
Por otra parte, su autor se manifestó en múltiples ocasiones afirmando que la novela
original no había sido entendida satisfactoriamente ni por la crítica, ni por el propio
Cervantes; afirmación ésta que es, sin duda, sorprendente para quienes se enfrentan por
primera vez con el ensayo unamuniano. Así, de un lado, su postura contra el cervantismo se
inserta dentro de una línea más amplia, que aflora en muchos de sus escritos, contra una
erudición estéril que convierte la obra literaria en monumento arqueológico, preocupada por
la filiación historicista de aspectos nimios que distraen al amante de la literatura de la
comprensión de la obra que es objeto de estudio y hace de la palabra viva letra muerta. De
otro, el rector salmantino se opone tanto a aquéllos que deifican a Cervantes, como a los
que se contentan con afirmar que el escritor alcalaíno no pasó de ser un ingenio lego, cuya
obra apenas fue el fruto afortunado de un autor mediocre que acertó a plasmar unos
personajes sin igual6. Unamuno, siguiendo esta última senda, da un paso más y coloca a
Cervantes por debajo de sus criaturas, le achaca endeblez de ingenio, le atribuye el papel de
mero copista del relato7, incapaz de comprender a sus protagonistas8 y, en el extremo, en
una de sus logradas paradojas, hace de él un personaje de ficción9. En definitiva, a don
Miguel de Unamuno no le preocupan ni Cervantes ni los cervantistas, a ninguno de ellos
dedica su atención10. Su interés se centra sólo en los dos personajes principales; de este
modo, su obra es, exclusivamente, un conjunto de comentarios personales sugeridos por una
lectura atenta de la novela original.
extendiéndose en el comentario de determinados pasajes, sobre todo con referencias a la realidad contemporánea.
Para la génesis de la obra unamuniana y su publicación, véase Manuel García Blanco, “Introducción” al tomo III:
Nuevos ensayos en Obras completas, cit., pp. 7-15. Sobre el autógrafo, conservado en la Casa Museo de
Unamuno en Salamanca, véase Alberto Navarro, “Introducción” a Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y
Sancho, Madrid, Cátedra, 1988, pp. 120-123.
6
Véase Alberto Navarro, “Introducción”, cit., pp. 17-68.
7
VDQS, p. 284.
8
Al comentar la aventura de los galeotes, apostilla Unamuno: “Mi fe en Don Quijote me enseña que tal fue su
íntimo sentimiento, y si no nos lo revela Cervantes, es porque no estaba capacitado para penetrar en él. No por
haber sido su evangelista hemos de suponer fuera quien más adentró en su espíritu. Baste que nos haya
conservado el relato de su vida y hazañas” (p. 96).
9
VDQS, p. 284-285.
10
Don Miguel insistirá en esta idea en múltiples ocasiones. Así, en la conclusión a Del sentimiento trágico de la
vida, titulada “Don Quijote en la tragicomedia europea contemporánea”, escribe refiriéndose a la obra que
estudiamos: “Escribí aquel libro para repensar el Quijote contra cervantistas y eruditos, para hacer obra de vida de
lo que era y sigue siendo para los más letra muerta. ¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí
y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que allí yo descubro, pusiéralo o no Cervantes, lo que yo allí pongo y
sobrepongo y sotopongo, y lo que ponemos allí todos” (Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida,
introducción de Pedro Cerezo-Galán, Barcelona, Óptima, 1997, p. 304).
146 Manuel Romero Luque
Ahí radica la peculiaridad y el éxito del ensayo unamuniano. Bien pronto, los lectores
supieron reconocer que no se trataba de una obra crítica sino de una texto literario que,
partiendo, a su vez, de otra obra literaria, elevaba su vuelo con ritmo propio. La fuerte
intertextualidad que se establece entre la Vida de Don Quijote y Sancho y El ingenioso
hidalgo Don Quijote de La Mancha permite al lector ir trazando puentes entre ambas
orillas, desde los cuales puede observar paisajes diferentes de un mismo lugar, aquél por el
que discurre el río de la vida del enjuto caballero y su confidente. Al igual que Cervantes
hiciera trescientos años antes, don Miguel nos va mostrando, ya en el siglo XX, nuevas
facetas de estos dos personajes según su particular visión, según su teoría vivencial y
literaria. Ese aliento vivificador que insufla de nuevo a los protagonistas los hace aparecer
como criaturas coetáneas del lector. No son, pues, espectros arrancados de sus tumbas, —
contra los que ya Cervantes intentó precaverse al final de su Segunda Parte—, son seres al
natural que permiten la observación detallada de sus acciones y la introspección minuciosa
a la que Unamuno los somete. El escritor bilbaíno es, por tanto, señor de su obra, como
Cervantes lo fue de su novela. Estos aspectos quedaron recogidos en las palabras liminares
a la segunda edición (1913):
“Esta obra es de las mías la que hasta hoy11 ha alcanzado más favor del público que me lee
[…]. Y me complazco en creer que a esta mayor fortuna de esta entre mis otras obras habrá
contribuido el que es una libre y personal exégesis del Quijote, en que el autor no pretende
descubrir el sentido que Cervantes le diere, sino el que le da él, ni es tampoco un erudito
estudio histórico. No creo deber repetir que me siento más quijotista que cervantista y que
pretendo libertar al Quijote del mismo Cervantes, permitiéndome alguna vez hasta discrepar
de la manera como Cervantes entendió y trató a sus dos héroes, sobre todo a Sancho. Sancho
se le imponía a Cervantes, a pesar suyo. Es que creo que los personajes de ficción tienen
dentro de la mente del autor que los finge una vida propia, con cierta autonomía, y obedecen
a una íntima lógica de que no es del todo consciente ni dicho autor mismo” (p. 20).
Obsérvese cómo Unamuno hace hincapié en la figura del escudero que, en su obra, no es
un elemento complementario del hidalgo, sino su primer discípulo y, finalmente, el
continuador de su espíritu. De modo que ambos protagonistas van a ser modelados por su
autor con una misma idea básica, la de que la voluntad representa la manifestación suprema
de la realidad y, bajo su dominio, se sitúan todos los demás aspectos de la personalidad del
individuo: conocimiento, sentimientos y dirección en la vida. Unamuno, apoyándose en
Schopenhauer, hará de este voluntarismo una de sus preocupaciones esenciales y lo llevará
a su máximo desarrollo en Del sentimiento trágico de la vida12. Don Miguel, sin embargo,
preferirá aplicar a esta teoría la denominación de quijotismo por ser el héroe cervantino
quien mejor la encarna. Pero esta calificación, al contrario de cuando la emplean la mayor
parte de los críticos, no es en don Miguel un marbete que se refiera a un simple estado de
locura más o menos transitoria y contagiosa (recuérdese aquí, más allá del tan citado caso
11
El prólogo está fechado en enero de 1913 y, por entonces, don Miguel —a sus cuarenta y ocho años de edad—
contaba ya con una dilatada bibliografía en la que, aparte sus numerosos artículos en prensa, destacan los
siguientes trabajos: Paz en la guerra (1897), Amor y pedagogía (1902), En torno al casticismo (1902), Mi
religión (1907), Poesías (1907), La esfinge (1909), Recuerdos de niñez y mocedad (1910), Rosario de sonetos
líricos (1911), Contra esto y aquello (1912), Del sentimiento trágico de la vida (1911-1912, por entregas).
12
Esta obra, cuyo título completo reza Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, fue
publicada en formato de libro en 1913, aunque apareció primero en doce entregas en la revista La España
moderna, desde diciembre de 1911 hasta el mismo mes del siguiente año (así se ha hecho constar en la nota
anterior). Cfr. Pedro Cerezo-Galán “Introducción” a Miguel de Unamuno, Del sentimiento…, cit., p. 9.
Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 147
de Sancho, el de todos los personajes que en la venta llegan a las manos por la disputa sobre
el baciyelmo o el de la dueña Doña Rodríguez cuando pide al caballero que solucione el
entuerto que afecta a su hija).
Por otra parte, Unamuno sabe entroncar esta defensa a ultranza de la voluntad con otra
de sus más claras influencias la del existencialismo propugnado por Kierkegaard. Este
controvertido filósofo y teólogo danés criticó el énfasis de Hegel en la razón y defendió el
poder de los sentimientos en el individuo, a la vez que una aproximación subjetiva a los
problemas de la vida. El individuo es capaz, según la teoría de Kierkegaard, de crear su
propia naturaleza mediante la capacidad de elección de la que está dotado, una elección
individual y no sometida, por tanto, a normas objetivas ni universales. El rector de
Salamanca defiende a su lado que los problemas fundamentales de la existencia humana
desafían una explicación puramente racional y objetiva; de manera que la mayor verdad es
siempre de carácter subjetivo.
“No es la inteligencia, sino la voluntad, la que nos hace el mundo, —dirá Unamuno— y al
viejo aforismo escolático de nihil volitum quin praecognitum, nada se quiere antes de
conocido, hay que corregirlo con un nihil cognitum, quin praevolitum, nada se conoce sin
haberlo antes querido. […] Todo es verdad, en cuanto alimenta generosos anhelos y pare
obras fecundas; todo es mentira mientras ahogue los impulsos nobles y aborte monstruos
estériles. Por sus frutos conoceréis a los hombres y a las cosas. Toda creencia que lleve a
obras de vida es creencia de verdad, y lo es de mentira la que lleva a obras de muerte. La vida
es el criterio de verdad, y no la concordia lógica, que lo es sólo de la razón. Si mi fe me lleva
a crear o a aumentar mi vida, ¿para qué queréis más prueba de mi fe? Cuando la matemáticas
matan, son mentira las matemáticas” (pp. 115-116).
Ese individuo preconizado que es capaz de eximirse de cualquier tipo de
convencionalismo tiene que adoptar una posición fideísta extrema que lo instala en un
sentimiento de angustia permanente por el temor a la nada. Así se comprende mejor el
Quijote que nos presenta a lo largo de su ensayo don Miguel: un personaje que decide su
posición en el mundo y que, frente a barberos, bachilleres, clérigos y familia, se atreve a
pronunciar su rotundo “yo sé quién soy” en el capítulo V de la Primera Parte. Esta frase es,
sin lugar a dudas, la piedra angular sobre la que se fundamenta la actitud del héroe en la
obra cervantina13; y Unamuno, siempre atento a su labor profética de revelar a sus
semejantes la comprensión del protagonista, le dedica una especial atención en su
comentario:
“Puede el héroe decir: “yo sé quién soy”, y en esto estriba su fuerza y su desgracia a la vez.
Su fuerza, porque como sabe quién es, no tiene por qué temer a nadie, sino a Dios, que le
hizo ser quien es; y su desgracia, porque sólo él sabe, aquí en la tierra, quién es él, y como los
demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se
conoce, por un loco” (p. 48).
Pero no basta con decir esa frase y dejarla sonando en el aire como si de una pose más o
menos afectada se tratara. Pronunciarla es una profesión de fe, de fe en Dios y de fe en el
hombre; en el hombre que quiere de veras serlo. La verdadera naturaleza humana es, para
Unamuno, fruto de la voluntad. No se nace hombre, más allá del aspecto aparencial, se hace
uno hombre y este hacerse es siempre ir en pos de un desiderátum que lo liga a la idea de
13
Cfr. Manuel Romero Luque, “Libertad y locura en El Quijote”, en Esteban Torre (ed.): Medicina y Literatura
V, Sevilla, Padilla Libros, 2006.
148 Manuel Romero Luque
Dios. Las palabras de don Miguel son meridianas en este sentido, y las dirige directamente
al lector, a ese lector que, cuando oye la tremenda declaración quijotesca, manifestación
pura y desnuda del ser del personaje, se atreve a reírse de él y a calificarlo de arrogante,
presuntuoso o loco:
“Te equivocas tú, el que dice eso; Don Quijote discurría con la voluntad, y al decir “¡yo sé
quién soy!”, no dijo sino “¡yo sé quién quiero ser!”. Y es el quicio de la vida humana toda:
saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo
que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la
tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea de Dios, Conciencia
del Universo: es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y el espacio” (p. 49).
La risa que provocan en el espectador las aventuras del héroe es, para Unamuno, no sólo
testimonio de la incomprensión que Don Quijote despierta en cuantos conocen sus hechos,
sino manifestación palmaria de la ignorancia de éstos con respecto a su auténtico destino. El
personaje cervantino se convierte en el alter ego del rector de Salamanca, sus ideales se
igualan a los del hidalgo, la defensa de aquél en reivindicación de sus propios postulados
filosóficos y vitales. Frente a las acusaciones que él mismo recibió de la sociedad de su
época: ególatra, heterodoxo, rebelde..., el actuar del caballero le sirve de escudo y, de ahí,
la reivindicación de sus palabras y de sus actuaciones a los largo de toda la obra. Podría
decirse que, con la defensa de Don Quijote, Unamuno se protege a sí mismo de aquellos
conciudadanos que, afectando no entenderle, lo acusan constantemente de paradójico. En
definitiva, esa posición radical de autoafirmación del yo es algo que sólo pertenece a quien
con ahínco lucha por su ser frente a toda adversidad:
“Sólo el héroe puede decir “¡yo sé quién soy!”, porque para él ser es querer ser; el héroe sabe
quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo saben, y los demás hombres apenas saben ni
quién son ellos mismos, porque no quieren de veras ser nada, ni menos saben quién es el
héroe” (p. 50).
Si Don Quijote cumple en el ensayo de Unamuno la función que se acaba de exponer, la
figura de Sancho adquiere también connotaciones precisas, no reflejadas hasta entonces por
ningún exégeta de la obra original. Ni siquiera el propio Cervantes, a juicio del escritor
bilbaíno, supo acertar a descubrir la esencia del personaje fruto de su creación. No debe
extrañar este presupuesto, repetidamente manifestado por Unamuno en diversos lugares,
pues, en su personal visión creadora, “los personajes de ficción tienen dentro de la mente
del autor que los finge una vida propia, con cierta autonomía, y obedecen a una íntima
lógica de que no es del todo consciente ni dicho autor mismo”14. Por ello, corrige a
Cervantes cuando, en la misma presentación de Sancho, decía de él que tenía “muy poca sal
en la mollera”, indicando que esa afirmación es gratuita y que, no sólo la desmiente su
actuación en la novela, sino que aporta, además, un argumento de tipo ético, pues “en rigor
no cabe hombría de bien, verdadera hombría de bien, —dirá Unamuno— no habiendo sal
en la mollera, visto que en realidad ningún majadero es bueno” (p. 51).
Sancho, conviene repetirlo, no es ningún tonto. Tiene, normalmente, buen juicio; a
veces, y esto lo nota muy bien don Miguel, peca por exceso y, entonces, sí puede disentir de
14
Del prólogo a la segunda edición en 1913 (VDQS, p. 20). También en las palabras preliminares a la tercera
edición (1930), volverá a insistir de nuevo: “[…] Don Quijote y Sancho son —no es sólo que lo fueron— tan
independientes de la ficción poética de Cervantes como lo es de la mía aquel Augusto Pérez de mi novelaNiebla”
(p. 22).
Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 149
su amo o enfrentarse abiertamente a él. Pero, en cualquier caso, aquel calificativo debe ser
reservado a otros: los duques, por ejemplo. Estos antipáticos personajes gastan tanto tiempo
y esfuerzo en fabricar burlas a los protagonistas que el propio narrador cervantino afirma
que “tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los
Duques a dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de los tontos”15,
pero el rector salmantino, mucho menos condescendiente aún, no se para en barras y corrige
de nuevo, con cierta brusquedad, al autor primigenio:
“Alto aquí, que ni a Don Quijote ni a Sancho puede llamárseles tontos y sí a los Duques, que
lo eran, y de remate y capirote, y tontos, como todos los tontos suelen serlo, maliciosos y
bellacos. No hay, en efecto, tonto bueno; el tonto, y más si es amigo de burlas, rumia el pasto
amargo de la envidia” (p. 264)16.
Sancho es, para el ensayista comentador, el complemento necesario del caballero; pero
no tanto con la intención de dar cabida en la obra a un elemento que se le oponga con sus
actuaciones, sino para construir un sujeto con el que pueda dialogar en voz alta,
ofreciéndonos, de primera mano, sus pensamientos más íntimos o la justificación de su
modo de proceder, sin necesidad de que el lector los conozca ya digeridos previamente por
la figura del narrador omnisciente. Don Quijote se explica a sí mismo a través de sus
parlamentos con Sancho y en Sancho escucha, antes que en ningún otro, la voz de toda la
humanidad17.
El lector avisado tal vez quiera recordar aquí que fue el deseo de medrar el que arrastró
al labriego a salir de su patria, pero, incluso admitiéndolo, habría ya que reconocer en
Sancho un asomo de idealismo. De lo contrario, cómo aspirar al gobierno de una ínsula. Por
ello, Unamuno señala este rasgo desde el principio de su comentario: “De la parte de
Sancho empecemos a admirar su fe, la fe que por el camino de creer sin haber visto le lleva
a la inmortalidad de la fama, antes ni aun soñada por él siquiera y al esplendor de su vida”
(p. 52). De este modo, si en Sancho hay codicia y sed de oro, no hay menos ansia de fama y
de gloria, —como se pondrá de manifiesto cada vez más acusadamente en la segunda parte
de la obra—, y será, finalmente, este anhelo de inmortalidad el que acabará uniendo a
ambos personajes.
Es fácil, pues, observar cómo Unamuno se centra por completo en lo que podríamos
denominar el trasfondo vivencial de estas dos figuras. Así, si Cide Hamete Benengeli cuenta
la historia de ellos, el rector salmantino la analiza desde el interior de los personajes. El
primero refiere lo que hacen, el segundo sabe por qué lo hacen. El escritor arábigo se
interesa por la verdad histórica, Unamuno por su intrahistoria.
Siguiendo este camino, se acaba por llegar a otra de las tesis más interesantes y
provocadoras de don Miguel: su afirmación de que Don Quijote y Sancho han tenido una
15
Cap. LXIX de la Segunda Parte.
16
Unamuno se atreve a ir más allá y a ofrecernos una razón de la actitud aviesa de estos innobles personajes
ducales: “En el fondo no perdonaban los Duques a Don Quijote el renombre por este adquirido y aspiraban a unir
su nombre al nombre inmortal del Caballero. Pero bien los castigó el sabio historiador pasando en silencio sus
nombres, con lo cual no lograron su propósito. En “los Duques” a secas se quedarán, y como cifra y compendio
de Duques sandios y malintencionados” (p. 264).
17
“Ya está completado Don Quijote. Necesitaba a Sancho. Necesitábalo para hablar, esto es, para pensar en voz
alta sin rebozo, para oírse a sí mismo y para oír el rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fue su coro, la
humanidad toda para él. Y en cabeza de Sancho ama a la humanidad toda” (pp. 51-52).
150 Manuel Romero Luque
18
Valiéndose de una de sus geniales paradojas, continuará este planteamiento del siguiente tenor: “Ese investigar
si un sujeto existió o no existió proviene de que nos empeñamos en cerrar los ojos al misterio del tiempo. Lo que
fue y ya no es, no es más que lo que no es, pero será algún día; el pasado no existe más que el porvenir ni obra
más que él sobre el presente. ¿Qué diríamos de un caminante empeñado en negar el camino que le resta por
recorrer, y no teniendo por verdadero y cierto sino el recorrido ya? Y ¿quién os dice que los sujetos cuya
existencia real negáis no han de existir un día, y, por tanto, existen ya en la eternidad, y hasta que no hay nada
concebido, lo cual en la eternidad no sea real y efectivo?” (p. 118).
19
Véase la reproducción fotográfica que figura en la edición de Alberto Navarro, p. 132.
Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 151
Unamuno viene a subrayar con su atinada corrección que su interés se centra, frente a
Cervantes, en la vida auténtica que desbordan aquellos personajes que, a su juicio,
sobrepasaban ampliamente a su creador, quien nunca llegaría a conocerlos en su más íntima
esencia, reduciendo el papel del alcalaíno al de mero historiador que deja noticia de unos
hechos que ha conocido. Tampoco quiere que el término explicadas que aparece en el
mencionado borrador se malinterprete por parte del lector y le atribuya a su creación
personal un sentido académico próximo a su quehacer docente universitario, de manera que
se confundiera su ensayo con un tratado al uso.
Respecto de la segunda modificación sufrida hasta llegar al marbete definitivo del libro,
la supresión del artículo y el paso del sustantivo a su forma definitiva en singular, obedece
también a ese amor radical por los protagonistas de la obra cervantina y al carácter de
existencia real que les atribuye. El sustantivo obtiene así su mayor grado de potencialidad,
evitando cualquier delimitación del nombre, todo valor deíctico. El término vida marca la
progresiva separación entre los acontecimientos que se narran en el original cervantino y el
valor espiritual que dicho término alcanza en la producción unamuniana. Por otra parte, la
misma singularización del vocablo parece unir más aún a Don Quijote y a Sancho en su
discurrir existencial, no ya como si ambos fueran las dos caras de una misma moneda, sino,
mejor incluso, como un auténtico tejido cuya trama y urdimbre son difíciles de distinguir a
simple vista en el paño que sale del telar. Don Quijote y Sancho son, nadie lo duda,
personajes distintos; no se trata de esos personajes geminados y planos de otro tipo de
relatos que siempre van juntos, de manera que lo que uno dice o hace resulta fácilmente
intercambiable con lo de su pareja. Cada uno mantiene su propia identidad, pero, y aquí
radica la fuerza medular que los desarrolla, cada uno se nutre de la palabra y de las acciones
del otro20. Sancho está tentado en ocasiones a abandonar a su amo y Don Quijote, por su
parte, desea verse libre de su locuaz escudero; pero, cuando el primero se ve rechazado por
el caballero, no puede sino llorar amargamente y pide ser perdonado y readmitido, y,
cuando el segundo no tiene a mano a su escudero, lo lamenta profundamente hasta sentirse
perdido. La fe de ambos se sostiene recíprocamente, porque Sancho es también
representante de la fe, de la fe en su señor y de la fe que duda —única fe posible para
Unamuno—.
También en este aspecto cabe plantear una importante diferencia entre Cervantes y
Unamuno. Don Quijote, al inicio de la novela original, es un personaje caracterizado por
una fe diamantina que, sin embargo, conforme avanza la segunda parte, se irá debilitando y
el protagonista estará obligado a hacer concesiones cada vez mayores al poder de los
encantadores o al propio Sancho. Por el contrario, en la obra unamuniana, el hidalgo
manchego se muestra cada vez más enfebrecido por su inmarcesible ideal. Incluso en su
derrota caballeresca, le hará idear ese futuro Quijotiz con una proyección que está ausente
en el texto cervantino y de la que participará, finalmente, el mismo Sancho, cuando estando
aquél en su lecho de muerte ya no vea sino por los ojos de su señor. Por ello, el rector de
Salamanca, más exaltado conforme se acerca el final de su ensayo, comentará acerca de esta
proposición última:
20
Para Ricardo Gullón: “Situar a Sancho en el título de la novela (sic) implicaba ya una toma de posición autorial
beneficiosa para el escudero y en nada reductora para el caballero. Según progresa el texto irá declarándose la
correlación de los actantes, su complementariedad y el movimiento que siendo inverso, les acercará tan
visiblemente a lo llamado por Unamuno quijotización se Sancho y sanchificación de Don Quijote”
(“Introducción”, VDQS, p. VIII-IX).
152 Manuel Romero Luque
“El ansia de gloria y de renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, su esencia y su razón
de ser, y si no se puede cobrarlos venciendo gigantes y vestiglos y enderezando entuertos,
cobrárselos endechando a la luna y haciendo de pastor. El toque está en dejar nombre por los
siglos, en vivir en la memoria de las gentes. ¡El toque está en no morir! ¡En no morir! ¡En no
morir! Esta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡No
morir! Ansia de vida; ansia de vida eterna es la que te dio vida inmortal, mi señor don
Quijote; el sueño de tu vida fue y es sueño de no morir” (p. 250).
Esto es, mientras el Don Quijote de Cervantes se va empequeñeciendo y apocando
conforme se acerca el final de la novela, el hidalgo unamuniano se va creciendo en la
adversidad que, aunque cierta, no le impide una trascendencia muy cercana a la de la
actividad profética, una actuación que conlleva tanto la predicación de un modelo de vida
como la incomprensión que recibe de aquellos a los que entrega sus palabras y sus hechos.
Es más, para don Miguel, incluso el momento final del hidalgo en el que manifiesta haber
recuperado la cordura no es una prueba del error en que se mantuvo en vida, sino una
prueba más de heroísmo:
“Tu muerte fue más heroica que tu vida, porque al llegar a ella cumpliste la más grande
renuncia, la renuncia de tu gloria, la renuncia de tu obra. Fue tu muerte encumbrado
sacrificio. En la cumbre de tu pasión, cargado de burlas, renuncias, no a ti mismo, sino algo
más grande que tú: a tu obra. Y la gloria te acoge para siempre” (p. 273).
Y Unamuno, una vez más, enmienda la plana a Cervantes, pues con la muerte de Don
Quijote no se pone fin a esa manera de proceder por la que se condujo durante toda su vida.
Sin esperarlo, tal vez, ha pasado el testigo a su heredero. Sancho se ha inoculado de la
locura vivificante del idealismo quijotesco y será su continuador.
“¡Oh heroico Sancho y cuán pocos advierten que ganaste la cumbre de tu locura cuando tu
amo se despeñaba por el abismo de la sensatez y que sobre su lecho de muerte irradiaba tu fe,
tu fe, Sancho, la fe en ti, que ni has muerto, ni morirás! Don Quijote perdió su fe y muriose;
tú la cobraste y vives; era preciso que él muriera en desengaño para que en engaño vivificante
vivas tú” (pp. 274-275).
Por Sancho, que queda vivo y llorando a su amo en la novela, se cumplirán,
definitivamente, las promesas del hidalgo y será, asimismo, el artífice de la resurrección del
caballero. A éste último invocará don Miguel en un largo parlamento con palabras de
consuelo, aunque no sepamos bien si ese consuelo pretende aliviarle al hidalgo el dolor de
su renuncia o confortar al propio Unamuno que quiere hacerse fuerte en la esperanza:
“Sancho, que no ha muerto, es el heredero de tu espíritu, buen hidalgo, y
esperamos tus fieles en que Sancho sienta un día que se le hincha de quijotismo el alma […].
Y entonces, Don Quijote mío, entonces es cuando tu espíritu se asentará en la tierra. Es
Sancho, es tu fiel Sancho, es Sancho el bueno, el que enloqueció cuando tú curabas de tu
locura en tu lecho de muerte, es Sancho el que ha de asentar para siempre el quijotismo sobre
la tierra de los hombres. Cuando tu fiel, Sancho, noble caballero, monte en tu Rocinante,
revestido de tus armas y embrazando tu lanza, entonces resucitarás en él, y entonces se
realizará tu ensueño” (p. 276).
Esta esperanza final en Sancho justifica, de manera clara, por qué Unamuno se centra
sólo en estos dos personajes y los iguala en su consideración hasta el punto de hacer
mención del escudero en el propio título de su ensayo. Si Don Quijote es el iniciador de la
empresa, el profeta de la regeneración que España necesita, Sancho es su heredero y el
Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 153
mesías en el que se cumplirá la promesa. Frente a ellos dos, que representan la vida, la vida
auténtica —a la que se hace referencia, conviene recordarlo una vez más, desde el mismo
título: Vida de Don Quijote y Sancho—, el resto de personajes de la obra cervantina queda
sumergido en esa niebla que invade también los discursos tan celebrados por los eruditos,
los hechos que nada aportan al trasfondo vivencial del héroe y su acompañante o los relatos
ajenos al personaje central. Pero, si alguno de aquéllos personajes sale a relucir, no saldrá
bien parado, como le ocurrirá a Antonia Quijana, la sobrina, en las páginas finales21.
Y es que los antagonistas del héroe lo son también de la propia España. Si Don Quijote
y su escudero encierran, para Unamuno, la fuerza del ideal, la voluntad como estandarte, el
deseo de hacerse a sí mismos; ellos serán también el modelo en que debe mirarse la patria
en ese estado de postración en que está sumida. Don Miguel, al que tampoco le era ajeno
nada de lo humano, y al que preocupa lo trascendente sin olvidar lo inmediato del acontecer
diario, salpica su ensayo de constantes proposiciones referidas a la situación española
contemporánea; pero que, como siempre ocurre con las obras cimeras, son de una
inmediatez conmovedora para el hombre de hoy. No debe olvidarse que Unamuno se sabía
herido por un mal tremendo que acabaría siendo la causa desencadenante de su muerte en el
fatídico 1936, un mal que él había sintetizado con la desesperación de un grito formidable:
“¡Me duele España!”. Y así, dirá de Don Quijote, cuyo ánimo inconcuso le lleva a las más
desaforadas aventuras, que:
“Ese es el valor que necesitamos en España, y cuya falta nos tiene perlesiada el alma. Por falta
de él no somos fuertes, ni ricos, ni cultos; por falta de él no hay canales de riego, ni pantanos,
ni buenas cosechas […] ¿Qué también os parece paradoja? Id por esos campos y proponed a
un labrador una mejora de cultivo o la introducción de una nueva planta o una novedad
agrícola y os dirá: “Eso no pinta nada aquí.” “¿Lo habéis probado?”, preguntaréis, y se
limitará a repetir: “Eso no pinta nada aquí.” Y no sabe si pinta o no pinta, porque no lo ha
probado, ni lo ensayará nunca” (p. 129).
Pero la razón de esto él mismo la declara: no es el mero inmovilismo lo que la motiva o
la falta de interés en posibles mejoras, de cuyo resultado el emprendedor sería el primer
beneficiado; sino el terror que siente el español a que se burlen de él, el miedo al ridículo
que acaba por atenazarlo. De manera que la única solución es perder la vergüenza a
equivocarse poniendo los ojos en el resultado y, aunque éste fuera desfavorable, el consuelo
unamuniano ya es alentador: “Sólo el que ensaya lo absurdo es capaz de conseguir lo
imposible” (p. 130).
Lo que sobra a Don Quijote falta a nuestro pueblo: la valentía, el arrojo, la fe en sí
mismo por encima del qué dirán. De ahí que Unamuno lance un improperio general a la
España de su tiempo: “Sí, todo nuestro mal es la cobardía moral, la falta de arranque para
afirmar cada uno su verdad, su fe, y defenderla. La mentira envuelve y agarrota las almas de
esta casta de borregos, estúpidos por opilación de sensatez” (p. 130).
Ante estas afirmaciones, ciertamente revolucionarias —entonces y ahora—, los lectores
no pueden sentirse indiferentes. Cada uno de éstos, con la misma inmediatez que él los trata
de tú y con esa reminiscencia evangélica que siempre imprime a sus palabras, podría
preguntarle también a él directamente: “¿soy yo, acaso, uno de éstos, don Miguel?”. Y es
que ese receptor, al que Unamuno apela con un cordial “lector mío” —en singular y con
posesivo— es siempre una persona, un individuo concreto que sigue sus palabras como en
21
VDQS, pp. 279 y ss.
154 Manuel Romero Luque
un itinerario íntimo y al que hace partícipe de sus confidencias. No se dirige nunca don
Miguel a un conjunto más o menos uniforme, ni mucho menos a un determinado público. Si
él pudiera, imprimiría especialmente el nombre en cada lector en el ejemplar que éste tiene
entre sus manos y, como esto es imposible, agrega al sustantivo el posesivo mío. Ignora,
pues, nuestro nombre de pila, pero el uso de este adjetivo efectúa una labor especificativa y
claramente diferenciadora; los que se acercan a sus libros no son simplemente lectores,
masa de un colectivo inconexo, tampoco son receptores ocasionales que, como por
sorpresa, se enfrentan a su trabajo, ni responderían al apelativo mostrenco de “curioso
lector”. Menos aún, admitiría el rector salmantino la fórmula cervantina con la que se inicia
El Quijote, donde se solicita al “desocupado lector” que preste atención a la historia que se
sigue, pues Unamuno necesita destinatarios ocupados, y preocupados, para que sus
recurrentes ideas caigan como semillas en tierra capaz de dar fruto.
El autor de la Vida de Don Quijote y Sancho, como Sísifo, emprende una labor
sobrehumana, la de acompañar a cada lector por las páginas de su libro desde el inicio hasta
el final, y, como aquel rey mitológico, sabe que deberá comenzar de nuevo,
interminablemente, pues el lector sólo se sentirá conmovido, y confortado, al notar la mano
vigorosa de don Miguel que aprieta la suya a la vez que pronuncia sus terribles palabras, del
mismo modo que Dante se aventura a recorrer los nueve círculos infernales de la mano de
Virgilio.
Cómo, si no, se atrevería él a decir, y nosotros a escuchar, palabras tan duras como éstas
aplicadas a la situación de España:
“Se proclama que hay principios indiscutibles, y cuado se trata de ponerlos en tela de juicio
no falta quien ponga el grito en el cielo. […] Estoy harto de oír llamar inoportunas a las cosas
más oportunas, a todo lo que corta la digestión de los hartos y enfurece a los tontos. ¿Qué se
teme? ¿Qué se trabe y se encienda la guerra civil de nuevo? ¡Mejor que mejor! Es lo que
necesitamos.
Sí, es lo que necesitamos: una guerra civil. Es menester afirmar que deben ser y son yelmos
las bacías y que se arme sobre ello pendencia como la que se armó en la venta. Una nueva
guerra civil, con unas o con otras armas” (pp. 130-131).
Pero no es Unamuno ningún nihilista al uso que, por no creer en nada, se complace en la
destrucción. Al contrario, porque cree, y cree firmemente como Don Quijote, se atreve a
levantar pendencia. Es, eso sí, un provocador, un agitador de conciencias. Tomando por
modelo la figura del hidalgo, pone, y pide también que se pongan, las cartas boca arriba.
Sabe que, en cuanto alguien escuche las palabras más arriba citadas, saldrán a su encuentro
para oponer a sus argumentos las ventajas de la paz. Pero él aclarará enseguida que el
problema no es de términos, sino de conceptos. Cuál es su guerra y cuál es la paz que se le
ofrece. Su guerra es la del sentimiento trágico de la vida, la del cristianismo quijotesco, la
que, en definitiva, pretende desterrar la mentira. La paz que le ofrecen es un falso lenitivo
de conformidad en la derrota, una atonía envilecedora de la vida, una ataraxia paralizante
del individuo y de la sociedad española o, en sus propias palabras, “una paz más mortal que
la muerte misma” (p. 130). Los que proponen esta paz son los nuevos bachilleres,
licenciados, sobrinas y cuadrilleros de la Santa Hermandad22 contra los que este nuevo
22
“¡Paz!, ¡paz!, ¡paz! Croan a coro todas las ranas y los renacuajos todos de nuestro charco. ¡Paz!, ¡paz!, ¡paz! Sí,
sea, paz, pero sobre el triunfo de la sinceridad, sobre la derrota de la mentira. Paz, pero no una paz de
Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 155
apóstol del quijotismo levanta la voz de una manera radical e intransigente. Frente a ellos, y
en abono de su teoría, Unamuno acude nada menos que a las palabras del mismo Cristo, en
nombre del cual muchos solicitan resignación y encogimiento:
“Y esos desdichados que gritan “¡paz!, ¡paz!” se atreven a tomar en labios el nombre de
Cristo. Y olvidan que el Cristo dijo que Él no venía a traer paz sino guerra, y que por Él
estarían divididos los de cada casa, los padres contra los hijos, los hermanos contra los
hermanos. Y por Él, por el Cristo, para establecer su reinado, el reinado social de Jesús […],
el reinado de la sinceridad y de la verdad y del amor y de la paz verdaderos; para establecer el
reinado de Jesús tiene que haber guerra.
¡Razas de víboras la de esos que piden la paz! Piden paz para poder morder y roer y
emponzoñar más a sus anchas” (p. 132).
Palabras de esta contundencia no debían agradar, sin duda, a aquéllos que él
consideraba como una especie de nuevos mercaderes del templo, máxime cuando el
argumento de autoridad que sirve de apoyo a don Miguel les resultaba irrevocable, ¿podrían
contradecir también al mismo Dios al que afirmaban seguir?23 Tenían que conformarse tan
sólo con aplicarle al rector salmantino el calificativo de heterodoxo, lo cual tampoco debía
hacer mucha mella en él, porque, más que enfrentarse a la ortodoxia, a Unamuno le
importaba proclamar su propia verdad. Sería, en todo caso, un “autodoxo”, esto es, alguien
que se preocupa en fijar y proclamar “su” verdad, independientemente del rechazo o la
adhesión que su doctrina consiga entre sus receptores. Esta fe en una verdad, creada por él y
sostenida con la fuerza de su brazo, será, como la de don Quijote, la única que puede
salvarlo24. También en esto don Miguel se nos muestra paradójico —calificación con la que
zaherían a menudo sus escritos—, pero en el mejor de los sentidos, es decir, en el de quien
manifiesta opiniones distintas al sentir general y que, aunque aparentemente puedan
envolver una contradicción, sin embargo de ellas se desprende un pensamiento nuevo y
fecundo.
No dejará Unamuno tranquila la conciencia de los hombres y su labor de agitador
espiritual de los españoles no conocerá la tregua25. La paz es radicalmente distinta de esa
especie de atonía mental que los envuelve y la vida verdadera no puede abordarse con la
táctica del avestruz. Al igual que don Quijote agitó la conciencia de Sancho Panza y le
impulsó a seguirlo entre sus dudas, él pretende con su ensayo despertar el adormecido
compromiso, no un miserable convenio como el que negocian los políticos, sino paz de comprensión. Paz, sí, pero
después que los cuadrilleros reconozcan a Don Quijote su derecho a afirmar que la bacía es yelmo; más aún:
después que los cuadrilleros confiesen y afirmen que en manos de Don Quijote el yelmo es bacía” (pp. 130-131).
23
“No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a
enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y sus propios familiares serán
los enemigos de cada cual” (Mt 10, 34-37). Unamuno, tan buen conocedor de los textos bíblicos, se presenta aquí
ante sus contemporáneos como el propio Jesús ante los hombres de su época, esto es, como señal de
contradicción. El texto evangélico que inspira sus palabras no ha podido estar mejor escogido. Unamuno, como el
Maestro, sabe que la radicalidad de su mensaje no admite componendas y ello provocará discordias y, en todo
caso, depende de la libre elección del individuo.
24
“Yo forjo con mi fe, y contra todos, mi verdad, pero luego de así forjada ella, mi verdad se valdrá y se sostendrá
sola y me sobrevivirá y viviré yo de ella” (p. 244).
25
La despedida que ofrece Del sentimiento trágico de la vida no puede ser más reveladora de esta inquietud
provocadora: “Espero, lector, que mientras dure nuestra tragedia, en algún entreacto, volvamos a encontrarnos. Y
nos reconoceremos. Y perdón si te he molestado más de lo debido e inevitable, más de lo que al tomar la pluma
para distraerte un poco de tus ilusiones me propuse. ¡Y Dios no te dé paz y sí gloria!” (ob. cit., p. 321).
156 Manuel Romero Luque
ánimo de sus conciudadanos, pues no es verdadero hombre sino quien se sabe tal y ahí
radica la condición de su gloria26. Por ello, el vítor de Unamuno en su Casa Museo de
Salamanca lleva una divisa tan escueta como esclarecedora de su personalidad: “Primero la
verdad que la paz”27.
En la Vida de Don Quijote y Sancho se ponen de manifiesto, en definitiva, aspectos
fundamentales del existencialismo filosófico como son la libertad del ser humano y su
capacidad de elección atendiendo a la realidad concreta en la que se desarrolla cada
individuo. Esto implica, de un lado, el rechazo de modelos universales y objetivos; de otro,
la aceptación del subjetivismo plantea, dentro de esa libertad del individuo para construir su
existencia, continuos conflictos de elección, ya que aquél no puede escudarse en ninguna
doctrina prefijada. Unamuno, de la mano de Kierkegaard, admite que el bien más elevado
para el individuo es encontrar su propia y única vocación. Por eso, el hidalgo manchego
encarna sobremanera este ideal existencialista y le interesa tanto su glosa al rector de
Salamanca.
Este sentido de la libertad es el que le hará decir de Don Quijote enjaulado, al final de la
Primera Parte, que “será siempre libre el libre” (p. 136) y que “no hay hombre capaz de
enjaular a otro hombre” (p. 136), porque el secreto, nos avisa, reside en que todo individuo
sepa ejercitarse en esa capacidad de pensar que por naturaleza posee, como hace siempre el
caballero cervantino, y no se conforme con una mera petición de libertad lanzada al vacío.
Don Quijote es, pues, libre porque ha escogido serlo y, a partir de ahí, sus actos son fruto de
su responsabilidad, de su compromiso con el mundo que le rodea. Acepta sus riesgos y sabe
que sus acciones pueden volvérsele en contra, como cuando liberó a los galeotes; pero
Unamuno advierte que no se debe esperar gratitudes en la tierra28 y, menos aún, de quienes
no conocen el verdadero sentido de la libertad. A pesar de todo, el héroe cervantino, como
el hombre auténtico, no puede actuar sino ejerciendo su libertad y ofreciendo a los demás
esa misma posibilidad de obrar, aunque éstos la rechacen con violencia, porque el ejercicio
de la libertad genera angustia y algunos prefieren ignorarla, amparándose en la comodidad;
de manera que sugerir esta posibilidad es desasosegar sus acomodaticios espíritus29.
26
“Hay espíritus menguados —afirma Unamuno— que sostienen que es mejor ser cerdo satisfecho que no
hombre desgraciado, y los hay también para endechar a la que llaman santa ignorancia. Pero quien haya gustado
la humanidad, la prefiere, aun en lo hondo de la desgracia, a la hartura del cerdo. Hay pues, que desasosegar a los
prójimos los espíritus, hurgándoselos en el meollo, y cumplir la obra de misericordia de despertar al dormido
cuando se acerca un peligro o cuando se presenta a la contemplación alguna hermosura. Hay que inquietar lo
espíritus y enfusar en ellos fuertes anhelos, aun a sabiendas de que no han de alcanzar nunca lo anhelado” (p. 149-
150).
27
Cfr. Alberto Navarro, “Introducción”, cit., p. 53.
28
“Lo cual debe enseñarnos a libertar galeotes precisamente porque no nos lo han de agradecer, que de contar de
antemano con su agradecimiento, nuestra hazaña carecería de valor. Si no hiciéramos beneficios sino por las
gratitudes que de ellos habríamos de recoger, ¿para qué nos servirán en la eternidad? Debe hacerse el bien no sólo
a pesar de que no nos han de corresponder en el mundo, sino precisamente porque no han de correspondérnoslo.
El valor infinito de las buenas obras estriba en que no tienen pago adecuado en la vida, y así rebosan de ella. La
vida es un bien muy pobre para los bienes que en ella cabe ejercer.” (p. 97).
29
“Si les rompes las cadenas de la cobardía que les tienen presos; te apedrearán. Te apedrearán. Los galeotes
espirituales apedrean al que rompe las cadenas que les agarrotan. Y precisamente por esto, porque ha de ser uno
apedreado por ellos, es por lo que hay que libertarlos. El primer uso que de su libertad hacen es apedrear al
libertador. El más acendrado beneficio es el que se hace al que no nos lo reconoce por tal: la mayor caridad que
puedes rendir a tu prójimo no es aplacarle deseos ni remediarle necesidades, sino encenderle aquellos y crearle
éstas. Libértale, y luego que te apedree por haberle libertado y ejercite así sus brazos libres, empezará a desear la
Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 157
libertad. Te apedrearán porque se verán perdidos. Y dirán: ¿libertad? Bien, ¿Y qué hago yo con esto?” (p. 260).