DEBATE:
Al reflexionar sobre la situación de pobreza y desigualdad en la República Dominicana,
me encuentro en una posición de profunda coincidencia con los párrafos mencionados. A
pesar de que el Producto Interno Bruto (PIB) del país ha mostrado un crecimiento
sostenido en los últimos años, la realidad es que este crecimiento no se ha traducido en
una mejora equitativa en la calidad de vida de todos los ciudadanos. La pobreza extrema,
tal como se define, afecta a un sector significativo de la población que se encuentra
excluido no solo del proceso productivo, sino también de las actividades sociales que son
fundamentales para el desarrollo comunitario.
En mi experiencia, he observado que en lugares como la región suroeste y algunas áreas
de la capital, Santo Domingo, la pobreza extrema es palpable. En estas comunidades, las
carencias son evidentes: falta de acceso a servicios básicos como agua potable, educación
de calidad y atención médica. Esta situación limita las oportunidades de las personas para
integrarse plenamente en la sociedad y participar en el crecimiento económico del país.
Además, estoy de acuerdo en que la desigualdad en la distribución del ingreso tiene
consecuencias profundas. La acumulación de riqueza en manos de unos pocos no solo
desalienta la inversión en capital humano, sino que también crea un ambiente de tensión
social. He visto cómo esta desigualdad puede llevar a conflictos y descontento, lo que a
su vez afecta la estabilidad política y económica del país. La falta de inversión en
educación para los grupos de bajos ingresos perpetúa un ciclo de pobreza que es difícil
de romper, ya que sin educación, las oportunidades de empleo y desarrollo son limitadas.