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Valoración Educativa

La educación en valores busca formar individuos que comprendan la importancia de los valores morales y su aplicación en la vida cotidiana, promoviendo el respeto y la dignidad. Se enfatiza la necesidad de una educación coherente que integre la competitividad con la solidaridad, adaptándose a las nuevas realidades sociales y culturales. Además, se destaca la importancia de la formación docente y la creación de un ambiente educativo que fomente la aceptación y práctica de valores universales.

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Valoración Educativa

La educación en valores busca formar individuos que comprendan la importancia de los valores morales y su aplicación en la vida cotidiana, promoviendo el respeto y la dignidad. Se enfatiza la necesidad de una educación coherente que integre la competitividad con la solidaridad, adaptándose a las nuevas realidades sociales y culturales. Además, se destaca la importancia de la formación docente y la creación de un ambiente educativo que fomente la aceptación y práctica de valores universales.

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4.

PROCESOS DE VALORACIÓN EDUCATIVA

4.1 Educación en valores en el quehacer educativo

La educación en valores es sencillamente educar moralmente porque los


valores enseñan al individuo a comportarse como hombre, a establecer
jerarquías entre las cosas, a través de ellos llegan a la convicción de que
algo importa o no importa, tiene por objetivo lograr nuevas formas de
entender la vida, de construir la historia personal y colectiva, también se
promueve el respeto a todos los valores universales.

Educar en valores es también educar al alumnado para que se oriente y sepa


el valor real de las cosas; las personas implicadas creen que la vida tiene un
sentido, reconocen y respetan la dignidad de todos los seres.

Los valores pueden ser realizados, descubiertos e incorporados por el ser


humano, por ello reside su importancia pedagógica, en la incorporación, la
realización y el descubrimiento. Son tres pilares básicos de toda tarea
educativa y necesitan la participación de toda la comunidad educativa en
forma coherente y efectiva.

La formación en valores es un trabajo sistemático a través del cual y


mediante actuaciones y prácticas en las instituciones educativas, se pueden
desarrollar aquellos valores que están explícitos en nuestra constitución
como base para cualquier sociedad que esté en armonía y sintonía
Una vez que los alumnos interioricen los valores, éstos se convierten en
guías y pautas de conducta, son asimilados libremente y nos permiten definir
los objetivos de vida que tenemos, nos ayuda a aceptarnos y estimarnos
como somos,.

La escuela debe ayudar a construir criterios para tomar decisiones correctas


y orientar nuestra vida, estas tomas de decisiones se da cuando nos
enfrentamos a un conflicto de valores, otro de los objetivos de esta educación
es ayudar al alumno en el proceso de desarrollo y adquisición de las
capacidades para sentir, pensar y actuar; como vemos tan solo no es una
educación que busque integrarse en la comunidad sino que va mas allá
busca la autonomía, la capacidad crítica para tomar decisiones en un
conflicto ético.

Los valores son realidades dinámicas, relativas al complejo cultural en que se


dan y siempre expresión viva de la interacción presente entre los individuos,
los grupos y las instituciones sociales en un momento dado y en una
sociedad concreta. El hecho es que las concepciones éticas y morales tienen
que abordar nuevos problemas y deben responder a nuevas realidades con
nuevas formulaciones y valores.

Sin embargo, el discurso de muchos educadores está anclado en un pasado


desbordado por hechos nuevos e irreversibles, de carácter social y
económico.

El problema no es de las nuevas generaciones sino de las personas adultas.


Hay que rechazar una visión estática de los valores por estar alejada del
dinamismo de la vida social.
La pretendida permanencia de los valores, la imaginaria permanencia del
sistema de valores de "siempre" (muchos se remontan unas décadas atrás),
es un grave error y una dificultad añadida al proceso en que estamos
sumidos de pleno.

Afirmar la historicidad de los valores y sus referentes culturales no lleva


necesariamente, como algunos pretenden, a un relativismo moral radical. En
todo caso plantea el problema de la fundamentación misma del sistema, de
las opciones últimas que dan soporte a la filantropía o la altero fobia, como
maneras de entender las relaciones entre los seres humanos. El tema puede
resultar apasionante pero escapa, evidentemente, a la finalidad de este
escrito.

Baste recordar y mantener que los valores son realidades simbólicas


históricas, relativas a las culturas en que se formulan y que están dotados del
dinamismo de los hechos sociales. El problema no es de ausencia o crisis de
valores, sino de concepción y planteamiento de la cuestión. Además, se trata
de un tema relevante por la virtualidad y el potencial transformador, a medio y
a largo plazo, que poseen referentes de las conductas sociales deseables.

4.2 Aceptación de un valor

En un contexto como el nuestro la competitividad es un valor importante.


Todos los educadores debemos plantearnos la cuestión de cómo educar para
vivir en una sociedad competitiva.
El hecho de la competitividad nos obliga a tener bien presentes las
consecuencias de la globalización, de la internalización de la economía y de
la influencia extraordinaria de los mercados en nuestra vida.

El tiempo libre no escapa, tampoco, de las reglas del mercado y del


consumo.

Se impone, en el punto de partida mismo, un duro realismo: nada más


contraproducente que esconder la cabeza bajo el ala o negar la existencia de
un serio problema de consumismo en la actitud de muchos padres y madres
cuando se acercan a los centros comerciales.

Es posible afirmar un modelo social que considere la competitividad como un


ejemplo positivo integrante de la sociedad en que vivimos.

Los criterios de una economía social de mercado son compatibles con la


consciencia de los límites del mercado, la aceptación del carácter
instrumental y subordinado de la racionalidad económica, el protagonismo de
los agentes sociales y el papel impulsor y dinamizador de las
administraciones públicas. Competitividad, solidaridad y cooperación son tres
valores que debemos saber combinar con lucidez.

Pareciera que estamos poco avezados aún a analizar las cosas desde esta
perspectiva. En el mundo educativo, muy especialmente, hay una explicable
resistencia a entrar en el tema. Nos hemos pasado la vida denotando el
individualismo imperante, impulsando experiencias solidarias y fomentando
unas relaciones sociales basadas en la paz y el respeto mutuo.
Pero tenemos que preguntarnos si ha sido correcta dicha actuación ya que el
cuestionarnos es una posibilidad ante la nueva situación, y si es legítimo el
abandono ante lo que constituye un reto de primera magnitud.

No sólo es factible plantear alternativas para la aceptación en valores, sino


que también es necesario. Es factible en cuanto a que todo planteamiento y
relación pedagógica tenga una correcta transmisión de valores.

Es necesario en cuanto a que la institución educativa tiene como función


formar en valores; aunque pueda cuestionarse la forma y el contenido de
dicho proceso, no se desconozca ni invalide, ni se desconecte de dicha
función.

La escuela como institución debe propiciar un marco valorativo congruente


con la legislación, en cuanto ámbito donde se establecen cuáles son los
valores considerados socialmente legítimos y con la política educativa, en
tanto expresión de una jerarquización particular acorde con la función
socializadora de la escuela y las necesidades de la coyuntura nacional, en el
contexto de la legislación y filosofía de la educación mexicana.

4.3 Preferencia por un valor

El predominio de las cuestiones microsociales no puede hacernos bajar la


guardia en la promoción de una cultura abierta; que se afirme serenamente
como una realidad con voluntad de ser y persistir; con capacidad de integrar,
en una identidad colectiva compleja y compartida, elementos exógenos de
otras culturas. Es más, el individualismo dominante puede llegar a ser un
excelente punto de partida si sabemos volverlo a formular en términos de
valoración de las personas y de la alteridad que ese concepto conlleva. Es
cuestión de ir ganando globalidad y amplitud social a partir de las personas y
sus interacciones sociales.

La única manera de superar el individualismo imperante es partiendo del


hecho personal y de la necesaria y progresiva proyección de la persona hacia
los demás.

Falta explicitar una pedagogía de la acción social que nos permita educar en
la solidaridad a partir de la experiencia de los individuos y de sus relaciones
sociales.

La tarea de la educación en valores también exige, en los educadores y en


las entidades, coherencia y credibilidad. La coherencia entre lo que se dice y
lo que se hace, entre el modelo y la organización, hace creíbles los valores
que "mostramos" a quienes se dirige la acción educadora que se realiza.
Nuestra responsabilidad acaba aquí mismo. No debemos ahorrar a las
generaciones que nos siguen la tarea de hacer suyos, o no, unos u otros
valores. Tampoco podremos reformular por ellos nuevas síntesis de valores
que les ayuden a vivir en una sociedad que adivinamos bien diferente de la
nuestra. No podemos pretender privarles de una de las más nobles tareas de
la persona, que cada generación debe realizar por sí misma: dar y encontrar
sentido a lo que hacen y viven cada día. Debemos, eso sí, mostrarles cómo
lo hemos hecho nosotros con su colaboración y participación.

Para propiciar la aceptación de un valor, se deben contemplar


comportamientos que forman parte de la experiencia cotidiana del alumnado,
así como especificar el contenido de significación concreto con el que los
valores deben ser promovidos.

Se intentará promover los lineamientos metodológicos y didácticos del


programa por áreas, así como integrarlo con los componentes básicos de
intencionalidad, consistencia y formas de participación en el tratamiento de
los contenidos y en el vínculo personal. En éste punto se hace hincapié en
los valores detectados como instrumentales, es decir, aquellos que colaboren
como medios para aceptar otros valores (participación activa, actitud crítica,
reflexión individual y colectiva, etc.).

La formación y capacitación del maestro es una estrategia que se orientará al


trabajo en el aula, dirigido a la promoción y aceptación de valores universales
por encima de pseudo valores.

4.4 Caracterización de los valores en el aula

En nombre de una educación pensada desde el valor del trabajo cooperativo


y en equipo no puede olvidarse que la preparación de las nuevas
generaciones pasa por la eficacia en el trabajo.

Los recursos públicos invertidos en educación deben utilizarse con garantías


de rentabilidad, es decir, buscando la calidad en la prestación de los servicios
de utilidad pública que se financian.
El aspecto de mayor significación es el logro de cambios en el carácter de la
normatividad (contenidos y formas) que rige el comportamiento del aula. Por
ello el énfasis recae en la operación y ejecución del tipo de normatividad
vigente. Lo modificable se aplicará a la vivencia escolar cotidiana que tiene
gran incidencia en la formación en valores y no como un modelo acabado y
de implantación generalizable e inmediata a nivel nacional.

El éxito de las organizaciones y de las personas es una meta deseable. El


hecho de rechazar una visión de la vida centrada en el éxito y la eficacia no
justifica, en absoluto, que los valoremos como algo negativo o indeseable.

Tenemos que ser capaces de señalar su valor relativo y de educar para


asumir su presencia o su ausencia desde la dignidad y el respeto a los
demás. Uno de los retos educativos actuales es el de hacer compatibles la
rivalidad estimulante de que hablamos, con una vida formulada en términos
de solidaridad y cooperación.

Es posible vivir con dignidad en una sociedad competitiva como la nuestra,


sin aceptar críticamente la economía galopante que nos envuelve. La nueva
sociedad civil que parece emerger en los últimos años (una sociedad
fortalecida y autónoma) está exigiendo nuevas políticas sociales (alejadas del
clientelismo partidario) y una nueva visión de los valores considerados
fundamentales.

No es suficiente hablar de solidaridad, corresponsabilidad o espíritu crítico,


por necesario que ello siga siendo hoy. Además se impone educar para
gozar de la vida y de la naturaleza, del ocio y del trabajo; educar en el
esfuerzo personal y colectivo y en el afán de superación; en la realización
cuidadosa de las tareas; en la puntualidad y la responsabilidad.
La creatividad, la capacidad de realizar actividades de manera coordinada y
autónoma para lograr objetivos, la capacidad de relación con los demás y la
afabilidad en la comunicación con otros, así como otros tantos valores, son
indicadores de competitividad a los que ningún agente de socialización
(escuela, familia, etc.) puede tomarse el lujo de ser ajeno.

La consideración de indicadores de competitividad como los señalados es


plenamente compatible con la más firme defensa de un estilo de vida
presidido por la búsqueda de la solidaridad y la justicia en las relaciones
sociales. Nada tiene que ver con la idea neoliberal, ni con las relaciones
sociales. En muchos de los valores que hemos englobado con el término
competitividad, el espacio puede tener un protagonismo destacado y, quizás,
mucho mayor que la institución escolar.

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