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La Llorona (Nicolas Schuff)
El relato narra la angustiante situación de Julio, un hombre que regresa de atender a un paciente y queda en un estado de shock, aparentemente afectado por una experiencia traumática relacionada con una figura sobrenatural conocida como La Llorona. Su amigo Mariano intenta ayudarlo a través de la hipnosis, descubriendo que Julio está atormentado por la visión de una mujer que llora y busca a su hijo perdido. A pesar de las explicaciones racionales que intenta ofrecer, la leyenda de La Llorona persiste, dejando una sensación de inquietud y misterio en el ambiente.
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La Llorona (Nicolas Schuff)
El relato narra la angustiante situación de Julio, un hombre que regresa de atender a un paciente y queda en un estado de shock, aparentemente afectado por una experiencia traumática relacionada con una figura sobrenatural conocida como La Llorona. Su amigo Mariano intenta ayudarlo a través de la hipnosis, descubriendo que Julio está atormentado por la visión de una mujer que llora y busca a su hijo perdido. A pesar de las explicaciones racionales que intenta ofrecer, la leyenda de La Llorona persiste, dejando una sensación de inquietud y misterio en el ambiente.
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‘Fé | NICOHaS SCHUTT
La llorona
Hasta ayer, mi amigo Julio Bernardez era otro hombre.
Tenia la mente lucida y la cara despejada, serena y sonrien-
te. Ahora lo veo aqui, sentado en el living de su casa, y ape-
nas lo puedo creer.
Esta en piyama, hundido en su sill6n de cuero, sin mover-
se, con la mirada perdida y la boca torcida en un gesto de
temor. No habla, no sé si escucha, y las manos le tiemblan
un poco.
—Julio —le digo, tomando sus manos y tratando de en-
contrar su mirada.
—No hay caso, Mariano —me avisa Adela.
Adela es la mujer de Julio. Fue ella quien me llamo y me
pidio que viniera. Yo vivo en la ciudad. Adela y Julio se ins-
talaron en el pueblo hace unos meses, porque van a tener
un hijo y quieren llevar una vida mas tranquila.
—Ya no sé qué hacer, Mariano —me dice Adela—. Ayer
Julio fue a atender a un paciente, Lo !lamaron de urgencia.
Era de noche, recién termindbamos de comer. El ensillé elPOnstruos argenvinos | to
caballo y se fue para alla. Tenia que ir a un rancho que esta
a media hora de aqui, mas o menos. Volvid a la madrugada.
Yo dormia, pero cuando se metid en la cama, el contacto de
su cuerpo me desperté. Estaba frio como un hielo. Lo miré
y vi que tenia los ojos muy abiertos. Miraba el techo. Le
pregunté qué pasaba, pero no respondié... Y esta asi desde
entonces... No duerme... Tampoco habla...
Adela se puso a llorar. Traté de calmarla. Le dije que se
acostara a descansar un rato. De paso, yo podria quedarme
a solas con Julio para descubrir qué le pasaba.
Cuando empezamos a estudiar Medicina, muchas veces
nos entrendbamos asi: uno describia los sintomas y el otro
intentaba acertar el nombre de la dolencia. Pero ahora Julio
estaba privado de la palabra, presente y ausente a la vez.
Revisé sus reflejos oculares, le tomé el pulso, pero no
encontré nada anormal. Fisicamente estaba sano. Todo pa-
recia indicar que habia sufrido una conmocién muy fuerte.
Tal vez, algo que habia visto.
“Quizds”, pensé, “pueda hacerlo reaccionar inyectando-
le algin farmaco”. Pero para eso, yo tendria que volver a
la ciudad a conseguirlo y tomar de nuevo el tren hasta el
pueblo. Todo esto iba a llevar mucho tiempo, para el estado
desesperante en que se encontraba Julio.44 | Nicolas ochult
Me quedaba una opcidn: la hipnosis. Era una técnica que
Julio y yo habiamos aprendido juntos hacia afios, pero que
habfamos usado muy pocas veces. Sin embargo, a esa altu-
ra de las circunstancias, no perderia nada con intentarlo.
Entonces, apagué una lampara para que hubiera menos
luz en el ambiente, arrimé una silla y me senté frente a Ju-
lio. Con tono suave y seguro, le pedi que me escuchara y se
dejara guiar por mi voz hacia un suefio profundo. Le dije
que imaginara que una nube blanca y tibia le envolvia el
cuerpo y los pensamientos. Le pedi que aflojara los miscu-
los, que sintiera los parpados pesadbos, las piernas ligeras, el
corazon tranquilo. Repeti estas érdenes varias veces, siem-
pre con voz clara, calma y monocorde.
Finalmente, la induccién surtié efecto y Julio se relajé.
Sus ojos se fueron cerrando; la expresion de su cara cam-
bid. Cuando su respiracién se hizo mas profunda, supe que
estaba preparado.
—Julio —susurré—, ahora vas a dejar que te ayude a estar
bien. Y cuando despiertes, te vas a haber olvidado de lo que
paso anoche cuando fuiste a ese rancho, vas a sentirte otra
vez sano y fuerte, sin ningdn problema, sin ningtin temor...
Julio apreté los dientes. Sus ojos empezaron a moverse
bajo los parpados cerrados.Monstruos argentinos | 45
—Decime qué ves, Julio...
La voz de Julio era profunda, y salié quebrada por el temor:
—Esa mujer... —dijo.
—Qué mujer, Julio?
—La mujer que llora...
—éPor qué llora? EQuién es?
—Esta muerta... Llora... Esta sola...
Las manos de mi amigo se cerraron con fuerza sobre los
brazos del sill6n. Mirando sus sienes se podia ver cémo se
hinchaban sus venas. Dijo:
—Quiere llevarme con ella...
—éAdonde quiere llevarte esa mujer, Julio?
En el largo silencio que hizo Julio, se podian adivinar
sombras.
—Quiere que la acompafie a buscar a su hijo...
—Nadie te lleva, Julio. Esa mujer se va. Es un sueno, deja
que se vaya.
—Esté fria... Palida... Llora.
—Escuchame bien, Julio —dije con voz firme—. Ahora voy
a contar desde diez hasta cero. Voy a contar muy despacio.
Y cuando diga “cero”, vas a estar otra vez despierto, vas a
salir de este estado... No hay mujer, no hay frio, no hay mie-
do. Estas bien.46 | Nicolas Schuff
Diez... nueve... ocho... siete... seis...
Cuando llegué a cero, Julio abrié los ojos. Me miré un
instante sin reconocerme, como desde muy lejos. Después,
sus ojos volvieron a cerrarse y cay6 en un suefio profundo.
Fui a buscar a Adela.
—Julio duerme —le expliqué—. Cuando se despierte, va a
estar como nuevo. No creo que se acuerde de lo que pasé
anoche, y tampoco de que yo estuve aqui.
Pasamos a la cocina. Adela preparé té.
—cY qué fue lo que paséd anoche, Mariano? —me pre-
gunto.
—No lo sé exactamente. Pero supongo que Julio quedd
muy impresionado por la paciente que fue a ver. No sé qué
tendria, pero es evidente que él nunca se hab/a topado con
un caso asi.
Le conté a Adela lo poco que Julio habia dicho: la mujer
que lloraba, el frio.
Adela dejé lo que estaba haciendo y me miro.
—iLa llorona! —dijo.
Supe que se estaba refiriendo a una leyenda de la zona.
Se contaba que La llorona era una mujer que andaba de
noche, gimiendo y llorando, enloqueciendo a los perros y
enfermando a la gente.Monstruos argentinos | 4/
—Dicen que es alta —me explica Adela—, que tiene el pelo
negro, largo hasta la cintura; va vestida de blanco y se des-
plaza al ras del suelo, volando...
—iVolando! —exclamé
—Es que La llorona esté muerta —siguid Adela—. Pero no
descansa en paz, porque mato a su pequefio hijo y lo arrojd
al rio. Por eso esté condenada a vagar y por eso Ilora. Dicen
que a veces monta el caballo de los hombres que andan
de noche. Los abraza por detrds, les susurra al oido con su
aliento helado. Dicen que puede matarlos o enfermarlos... A
lo mejor, Julio, cuando volvia de ver a su paciente...
—iPor favor, Adela! —la interrumpi—. iNo puedo creer
que vos me vengas con una historia asi! Son supersticiones,
historias que la gente inventa para explicar lo que no puede
comprender.
—Puede ser —dijo Adela.
—Trata de averiguar qué tenia la paciente que atendié
Julio, Te aseguro que vas a encontrar una explicacién per-
fectamente ldgica. Quizas se haya contagiado algun virus 0
se haya impresionado mucho por alguna situacién... Ahora
disculpame, pero tengo que irme, es muy tarde.
Aunque era de noche y hacia frio, Adela insistid en llevar-
me hasta la estacion.Monstruos argentinos | 49
-Volvé pronto —me dijo.
—No te preocupes, que voy a tener que volver. Cuando
Julio sepa que lo hipnoticé sin su consentimiento, me va a
exigir explicaciones...
Refmos y nos despedimos. Adela me dejé en la vieja esta-
cién de pueblo. El andén estaba vacio y mal iluminado, pero
vi un reloj que marcaba las once. Faltaban diez minutos pa-
ra que llegara el tren.
Pensé en Julio y Adela. Son una linda pareja. Yo, en cam-
bio, soy un solterén. Me siento bien solo, aunque a veces,
como esa noche, lamento no tener una compafia.
Lejos, en la oscuridad, se divisé la luz palida del tren que
venia. Otro pasajero llegé al andén y se acercé a mi. No lo
vi bien. Pensé que seria el guarda, que venia a venderme el
boleto. Busqué mi billetera, pero cuando levanté de nuevo
la vista, no habia nadie; solo la densa oscuridad.
Senti un escalofrio. Algo se movia detras de mi. Alguien
Noraba detras de mi, Mis musculos se paralizaron... De pron-
to, un abrazo helado me oprimié el pecho... Quise moverme,
pero no pude. Grité, pero mi grito se mezclé con la poderosa
bocina del tren, y lo ultimo que oi fue un largo gemido en mi
oido, el horrible lamento de una mujer, que se transformaba
en una risa siniestra...La creencia en La Ilorona pertenece a Ia region de fa
pampa humeda. Sin embargo, algunos estudiosos de
los relatos folcléricos tienen indicios de que fa mis-
ma leyenda circula también en ef noroeste de nuestro
pais, con otro nombre. Alli, este fantasma de mujer es
conocido como “La viuda”. Sus hdbitos san fos mis-
mos: anda de noche —sobre todo, si hay funa llena—
gimiendo. Sus lamentos alborotan a fos perros, que
suman sus ladridos al tétrico sonido de su voz.
Esta aparicién femenina no tiene rostro, es alta y es-
pigada y viste de blanco, como todo fantasma que se
precie de tal. Parece que anda asi, penando sin reme-
dio, en castigo por haber arrojado a su hijito recién
nacido a fas aguas de un arroyo.
A los sanos, los enferma y a los enfermos, los empeo-
ra. Cruzérsela en el campo significa desgracia segura
y —a lo mejor— fa muerte del que la ve o de alguno
de sus parientes.
A veces, se sube af caballo de los varones jévenes y
fos abraza por detras, mientras fos congela con su
aliento, qué casi siempre es mortal. Y si no fo es... lay
del que haya podido escapar de su abrazol...