Te presento el eco de Llallagua*
El viento azotaba esa mañana en Llallagua, un modesto pueblo enclavado en las
montañas bolivianas; las colinas parecían ser las antiguas guardianas del oscuro
pasado. Por sus calles polvorientas el eco de las viejas minas y la explotación de las
leyendas nunca cesaban del todo. En cada esquina irrumpe la historia, como si las
mismas piedras de este lugar fueran el legado de muchos secretos de mineros que, a
lo largo de muchos años, tuvieron por hogar la mina San José, una de las minas más
antiguas de la provincia.
Los estudiantes de arqueología, Alicia, Javier, Marta y Esteban, llegaron al pueblo con
una sola consigna: el estudio de los vestigios históricos de la zona, la célebre mina
que deforma se decía había sido la industria de la economía local, pero que fue
creciendo y decayendo a la par de una misteriosa tragedia por la exaltación que
provocó la muerte de muchos mineros. Alicia, entusiasta pero escéptica de las
leyendas, había asumido el liderazgo del grupo. Su mente lógica y científica no daba
valor a las historias de fantasmas ni a los mitos fundados. Javier, en cambio, se había
nutrido de las historias de la mina contadas por su abuelo, un minero en sus tiempos
de juventud. Marta y Esteban, los más racionales del grupo, se hallaban un poco más
distante, sin embargo, la atmósfera dilapidada de la pueblo empezaba a condimentar
su estado de ánimo. “Lo que tenemos que saber es ¿Cómo fue la mina la que puso en
marcha Llallagua para parar luego? No hay de qué comer miedo”, sostenía Alicia
desde la ventana en la vieja estación de tren. La mina se le aparecía de lejos como un
gran monumento gris que llanto.