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Los Que Se Van

El documento presenta una serie de relatos que exploran la vida y las experiencias de personajes en un contexto rural. A través de historias como 'El malo' y 'El guaraguao', se abordan temas de inocencia, culpa y la lucha por la supervivencia. Los personajes enfrentan sus propios demonios y la percepción de los demás, revelando la complejidad de sus vidas y relaciones.

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Los Que Se Van

El documento presenta una serie de relatos que exploran la vida y las experiencias de personajes en un contexto rural. A través de historias como 'El malo' y 'El guaraguao', se abordan temas de inocencia, culpa y la lucha por la supervivencia. Los personajes enfrentan sus propios demonios y la percepción de los demás, revelando la complejidad de sus vidas y relaciones.

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Los que se van

El malo..................................................................................................................................................................................
No. 1...............................................................................................................................................................................
El guaraguao..........................................................................................................................................................................
No. 2...............................................................................................................................................................................
El cholo que odió la plata......................................................................................................................................................
No. 3...............................................................................................................................................................................
El cholo de la atacosa............................................................................................................................................................
No. 4...............................................................................................................................................................................
Por guardar el secreto............................................................................................................................................................
No. 5...............................................................................................................................................................................
El cholo del cuerito e venao..................................................................................................................................................
No. 6...............................................................................................................................................................................
Cuando parió la zamba..........................................................................................................................................................
No. 7...............................................................................................................................................................................
El cholo que se vengó............................................................................................................................................................
No. 8...............................................................................................................................................................................
Montaña adentro....................................................................................................................................................................
No. 9...............................................................................................................................................................................
Al subir el aguaje...................................................................................................................................................................
No. 10.............................................................................................................................................................................
El tren....................................................................................................................................................................................
No. 11.............................................................................................................................................................................
El cholo que se castró............................................................................................................................................................
No. 12.............................................................................................................................................................................
La salvaje...............................................................................................................................................................................
No. 13.............................................................................................................................................................................
El malo
Enrique Gil Gilbert (1912-1973)

¡Duérmase niñito, duérmase por dios;


duérmase niñito
que allí viene el cuco
ahahá! Ahahá!
I Leopoldo elevaba su destemplada voz meciéndose a todo vuelo en la hamaca,
tratando de arrullar a su hermanito menor.
—Er moro!
Así lo llamaban porque hasta mui crecido había estado sin recibir las aguas
bautismales.
—Er moro! Jesú, que malo ha de ser!
I nuá venío la mala pájara a gritajle?
Iz que cuando uno es moro la mala pájara pare…
—No: le saca los ojitos ar moro.
San José i la virgen
fueron a Belén
a adorar al niño
i a Jesús también.
María lavaba
José tendía
los ricos pañales
que el niño tenía,
ahahá! Ahahá!
I seguía meciendo. El cuerpo medio torcido, más elevaba una pierna que otra, sólo la
más prolongada servía de palanca mecedora. En los labios un pedazo de nervio de res: el
"rompe camisa".
Más sucio i andrajoso que un mendigo, hacía exclamar a su madre:
—Si ya nuai vida con este demonio! Vea: si nuace un ratito que lo hei vestío i ya
anda como de un mes!
Pero él era impasible. Travieso i malcriado por instinto. Vivo; tal vez demasiado
vivo.
Sus pillerías eran porque sí. —Porque se le antojaba
hacerlo.
Ahora su papá i su mamá se habían ido al desmonte. Tenía que cocinar. Cuidar a su
hermanito. Hacerlo dormir, i cuando ya esté dormido, ir llevando la comida a sus taitas. I lo
más probable era que recibiera su cueriza.
Sabía sin duda lo que le esperaba. Pero aunque ya el sol
"estaba bastante paradito", no se preocupaba de poner las ollas en el fogón. Tenía su cueriza
segura. Pero bah!
Qué era jugar un ratito?... Si le pegaban le dolería un ratito i... nada más! Con sobarse
contra el suelo, sobre la yerba de la virgen…
I viendo que el pequeño no se dormía se agachó hasta casi tocarle la nariz contra la de
él.
El bebe, espantado saltó, agitó las manecitas. Hizo un gesto que lo afeaba i quiso
llorar.
—Duérmete!- ordenó.
Pero el mui sinvergüenza en lugar de dormirse se puso a llorar.
Vea ñañito: duérmase que tengo que cocinar.
I empleaba todas las razones más convincentes que hallaba al alcance de su
mentalidad infantil.
El mal bebe no hacía caso.
Recurrió entonces a los métodos violentos.
¿No quieres dormirte? ¡ahora berás!
Cogióle por los hombritos i lo sacudió.
—Si no te duermes berás!
I más i más lo sacudía. Pero el bebe gritaba i gritaba sin dormirse.
—Agú! Agú! Agú!
Parece pito, de esos pitos que hacen con cacho e toro i ombligo de argarrobo.
I le parecía bonita la destemplada i nada simpática musiquita:.
Vaya! Qué gracioso resultaba el muchachito; así, moradito,contrayendo los bracitos i
las piernitas para llorar.
—Ji, ji, ji,! Como si ase! Ji!, ji!
Si él hubiera tenido senos como su mamá, ya no lloraría el chico, pero... Por qué no
tendría él?
...I él sería cuando grande como su papá... Iría.:
—Agú! Agú! Agú!
Lo bajó de la hamaca.
—Leopordo!
—Mande.
—Nuás visto mi gallina fina?
—Yo no hei visto nada!
I la Chepa se aleja murmurando:
—Si es malo-malo-malo como er mesmo malo!
Vieja majadera! Venir a buscar gallinas cuando él tenía que hacer dormir a su ñaño i
cocinar... I ya el sol "estaba más paradito que endenantes".
—Agú! Agú!
¡Qué gritón el muchacho! Ya no le gustaba la musiquita.
I se puso a saltar alrededor de la criatura. Saltaba. Saltaba. Saltaba.
I los ocho años que llevaba de vida se alegraron como, nunca se habían alegrado.
Si había conseguido hacerle callar, lo que pocas veces conseguía... I más todavía, se
reía con él... con él que nadie se reía!
Por eso tal vez era malo.
¿Malo ¿I qué sería eso? A los que les grita la lechuza antes de que los leven a la pila,
son malos... I a él dizque le había gritado!
Pero nadie se reía con él.
—No te ajuntes con er Leopordo-. Había oído que ler decían a los otros chicos. No te
ajuntes con ese qués malo!
I ahora le había sonreído su hermanito. I diz que los chiquitos son angelitos!
—Güio! Güio!
I saltaba i más saltaba a su alrededor.
De repente se paró.
— Ay!
Lloró. Agitó las manos. Lo mismo había hecho el chiquito.
—I de onde cayó er machete?
Tornaba los ojos de uno a otro lado.
—Pero de onde caería? No sería er diablo?
I se asustó. El diablo debía estar en el cuarto.
—Uy!
Sus ojos se abrieron mucho... mucho... mucho…
Tanto que de tan abiertos se le cerraron. Le entró tanto frío en los ojos. I por los ojos
le pasó al alma.
El chiquito en el suelo... i él viendo: Sobre los pañalitos... una mancha como de fresco
de pitahaya... no... si era... como: de tinta de mangle... i salía... qué colorada!
Pero ya no lloraba.
—Nañito!
No, ya no lloraba ¿Qué le había pasado? Pero de dónde cayó el machete? ¡El diablo!
I asustado salió. Se detuvo apenas dejó el últimó escalón de la escalera.
I si su mamá le pegaba? Como siempre le pegaban..!
Volvió a subir... Ota vez estaba llorando el chiquito... Sí! Si estaba llorando.. Pero
cómo lloraba! Si casi no se le oía!
—Oi! Como se ha manchao! I qué colorao! Que colorao questá! Si toito se ha'
embarrao!
Fue a deshacerle el bulluco de pañales. Con las puntas del
índice i del pulgar los cogía: tanto miedo le daban!
Eso que le salía era como la sangre que le salía a él cuando se cortaba los dedos
mientras hacía canoitas de palo e balsa.
Eso que le salía era sangre.
—Como caería er machete?
Allí estaba el diablo…
El diablo. El diablo. El diablo.
I bajó. No bajó. Se encontró sin saber como, abajo. Corrió en dirección "al trabajo" de
su papá.
—Yo no hei sío! Yo no hei sío.
I corría.
Lo vió pasar todo el mundo.
Los hijos de la Chepa. Los de Meche. Los de Victoria. Los de la Carmen. I todos se
apartaban.
—Er malo!
I se quitaban.
—Lo ves, llora i como habla? Se ha gorbido loco! No se ajunten con él que la lechuza
lo ha gritao!
Pero él no los veía.
El diablo... su hermanito... como fué? El diablo... El malo... El... El que le decían el
malo!
—Yo no juí! Yo no juí! Si yo no sé!
Llegó. Los vio lejos. Si les decía le pegaban... No: él les decía…
I avanzó:
—Mama! Taita!
—Que quieres vos aquí? No te dejé cuidando ar chico?
I lloró asustado, i vio:
El diablo.
Su hermanito.
El machete.
—Si yo no juí... Solito no más se cayó! Er diablo!
—Qué ha pasao?
—En la barriguita... pero yo no juí! Si cayó solito! Naiden lo atocó! Yo no juí!
Ellos adivinaron.
I corrieron. El asustado. Ella llorosa i atrás Leopoldo con un espanto más grande que
la alegría de cuando su hermanito le sonrió!
Para todos pasó como algo inusitado ver corriendo como locos a toda la familia.
Algunos se reían. Otros se asustaban. Otros quedaban indiferentes:
Los muchachos se acercaban i preguntaban:
Qué ha pasao?
Hablaban por primera vez en su vida al malo.
—Yo nuei sío! Jué er diablo!
I se apartaban de él.
Lo que decía!
I subieron todos i todos vieron i nunguno creyó en lo que veía. Sólo él —el malo—
asustado, tan asustado que no hablaba -cosa rara en él— desgreñado, sucio, hediondo a sudor
miraba i estaba convencido de que era cierto lo que veían.
I sus ojos interrogaban a todos los rincones. Creía ver al diablo.
La madre lloró.
Al quitarle los pañales vio con los ojos enturbiados por el llanto lo que no hubiera
querido ver…
Pero quien había sido?
Juan, el padre, explicó: como de costumbre él había dejado el machete entre las
cañas... él, nadie más que él, tenía la culpa.
acusaban
No. Ellos. no lo creían. Había sido el malo. Ellos lo acusaban.
Lopoldo llorando imploraba:
—Si yo no juí! Jué er diablo.
—Er diablo eres vos!
—Yo soi Leopordo!
—Tu taita ej er diablo, no don Juan.
—Mentira -gritó la madre ofendida.
I la vieja Victoria, bruja i curandera, arguyó con su voz cascada:
—Nuasido otro quer Leopordo, porque er ej er malo. I naiden más quer tiene que
haber sido!
Leopoldo como última protesta:
—Yo soi hijo e mi taita!
Todos hacían cruces.
Había sido el malo. Tenía que ser. Ya había comenzado: Después mataría más.
—Haí que decirle ar político er pueblo!
Se alejaban del malo. Entonces él sintió repulsión de ellos.
Fue la primera vez que odió.
I cuando todos los curiosos se fueron i quedaron solos los cuatro, María, la madre
lloró. Mientras Juan se restregaba una mano con otra i las lágrimas rodaban por sus mejillas.
María vio al muerto... Malo Leopoldo, malo! Mató a su hermanito, malo! Pero ahora
vendría el Político i se lo llevaría preso... Probecito. Como lo tratarían? Mal porque era malo.
I con lo brutos que eran los de la rural. Pero había matado a su hermanito! Malo, Leopoldo,
malo…
Lo miró. Los ojos llorosos de Leopoldo se encontraron suplicantes con los de ella.
—Yo no hei siío, mama!
La vieja Victoria subió refunfuñando:
—Si es qués malo de nasión: es ér, er malo, naiden, naiden más que ér!
María abrazó a su hijo muerto.... I el otro?. El Leopoldo?... No, no podía ser?
Corrió, lo abrazó i lo llevó junto al cadáver. I allí abrazó a su hijo muerto i al vivo.
—Mijito! Pobrecito!
El machete viejo, carcomido, manchado a partes de sangre, a partes oxidado, negro, a
partes plateado, por no se qué misterio de luz, parecía reírse.
Es malo, malo Leopordo!

No. 1
1. ¿A quién y por qué le llaman er Moro?
2. ¿Cómo es la muerte del hermano pequeño?
3. ¿Qué decide la madre en cuanto a sus hijos?
4. ¿Cree usted que es malo quien no ha sido bautizado? (Argumente su respuesta de
acuerdo al texto).
El guaraguao
Joaquín Gallegos Lara (1911-1947)

Era una especie de hombre. Huraño, solo: con una escopeta de cargar por la boca i un
guaraguao.
Un guaraguao de roja cresta, pico férreo, cuello aguarico, grandes uñas i plumaje negro. Del
porte de un pavo chico.
Un guaraguao es, naturalmente, un capitán de gallinazos. Es el que huele de más lejos la
podredumbre de las bestias muertas para dirigir el enjambre.
Pero este guaraguao iba volando alrededor o posando en el cañón de la escopeta de nuestra
especie de hombre.
Cazaban garzas. El hombre las tiraba i el guaraguao volaba i desde media poza las traía en las
garras como un gerifalte.
Iban solamente a comprar pólvora i municiones a los pueblos. I a vender las plumas
conseguidas. Allá le decían "Chancho-rengo"
—Ej er diablo er mui pícaro pero siace er Chancho-rengo…
Cuando reunía siquiera dos libras de plumas las iba a vender a los chinos dueños de pulperías.
Ellos le daban quince o veinte sucres por lo que valía lo menos cien.
Chancho-rengo lo sabía. Pero le daba pereza disputar. Además no necesitaba mucho para su
vida. Vestía andrajos. Vagaba en el monte.
Era un negro de finas facciones i labios sonrientes que hablaban poco.
Suponíase que había venido de Esmeraldas. Al preguntarles sobre el guaraguao decía:
-—Lo recogí de puro fregao... Luei criao dende chiquito, er nombre ej Arfonso.
—¿Por qué Arfonso?
—Porque así me nació ponesle.
Una vez trajo al pueblo cuatro libras de plumas en vez de dos. Los chinos, le dieron cincuenta
sucres.
Los Sánchez lo vieron entrar con tanta pluma que supusieron que sacaría lo menos doscientos.
Los Sánchez eran dos hermanos. Medio peones de un rico, medio esbirros i "guardaespaldas".
I, cuando gastados ya diez, de los cincuenta sucres, Chancho-rengo se iba a su monte, lo
acecharon.
Era oscuro. Con la escopeta al hombro i en ella parado el guaraguao, caminaba.
No tuvo tiempo de defenderse. Ni de gritar. Los machetes cayeron sobre él de todos lados.
Saltó por un lado la escopeta i con ella el guaraguao.
Los asesinos se agacharon sobre el caído. Reian suavemente. Cogieron el fajo de billetes que
creían copioso.
De pronto Serafín, el mayor de los hermanos chilló:
—¡Ayayay! ¡Ñaño me ha picao una lechuza! Pedro, el otro, sintió el aleteo casi en la
cara. Algo alado estaba allí en la sombra. Algo que defendía al muerto.
Tuvieron miedo. Huyeron.
Toda la noche estuvo Chancho-rengo arrojado en la hojarasca. No estaba muerto: se moría.
Nada iguala la crueldad de lo ciego i el machete meneado ciegamente, le dejó un mechoncito
de hilachas de vida.
En el frío de la madrugada. Una cosa pesaba en su pecho. Movió —casi no podía— la mano.
Tocó algo áspero i entreabrió los ojos.
El alba floreaba de violetas los huecos del follaje que hacían encima un techo.
Le parecía un cuarto. El cuarto de un velorio. Con raras cortinas azules i negras.
Lo que tenía en el pecho era el guaraguao.
—¡Ajá ¿eres vos Arfonso? No... No... me comas... un hijo no... muesde... ar padre... loj ojos.
El día acabó de llegar. Cantaron los gallos de monte. Un vuelo de chocotas mui abajo:
muchísimas. Otro de chiques, más alto.
Una banda de micos de rama en rama cruzó chillando.
Un gallinazo pasó arribísima.
Debía haber visto.
Empezó a trazar amplios círculos en su vuelo. Apareció otro i comenzó la ronda negra.
Vinieron más. Como moscas. Cerraron los círculos. Cayeron en loopings. Iniciaron la bajada
de la hoja seca.
Estaban alegres i lo tenían seguro.
¿Se retardarían cazando nubes?
Uno se posó tímido en la hierba a poca distancia. El hombre es temible aún después de
muerto.
Grave como un obispo, tendió su cabeza morada. I vio al guaraguao.
Lo tomaría por un avanzado. Se halló más seguro i adelantóse. Vienieron más i se
aproximaron aleteando. Bullicio de los preparativos del banquete.
I pasó algo extraño.
El guaraguao como gallo en su gallinero atacó, espoleó, atropelló. Resentidos se separaron,
volando a medias, todos los gallinazos. A cierta distancia parecieron conferenciar: ¡que egoísta! ¡Lo
quería para él solo!
Encendía la mañana. Todos los intentos fueron rechazados. Un chorro verde de loros pasó
metiendo bulla. Los gallinazos volaron cobardemente más lejos.
Al medio día la sangre del cadáver estaba cubierta de moscas i apestaba.
Las heridas, la boca, los ojos, amoratados.
El olor incitaba el apetito de los viudos. Vino otro guaraguao. Alfonso, el de Chancho-rengo
lo esperó cuadrándose. Sin ring. Sin cancha. No eran ni boxeadores ni gallos. Encarnizadamente
pelearon.
Alfonso perdió el ojo derecho pero mató a su enemigo de un espolazo en el cráneo. I
prosiguió espantando a sus congéneres.
Volvió la noche a sentarse sobre la sabana.
Fue así como…
Ocho días más tarde encontraron el cadáver de Chancho-rengo. Podrido i con un guaraguao
terriblemente flaco —hueso i pluma— muerto a su lado.
Estaba comido de gusanos i de hormigas; no tenía la huella de un solo picotazo.

No. 2
1. ¿Qué es un guaraguao?
2. ¿En qué se ocupa Chancho Rengo?
3. ¿Por qué lo atacan los hermanos Sánchez?
4. ¿Cree usted en la solidaridad de un animal? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto).
El cholo que odió la plata
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)

—¿Sabes vos Banchón?


—¿Qué don Guayamabe?
—Los blancos son unos desgraciaos.
—De verdá...
—Hei trabajao como un macho siempre. Mei jodío como naide en estas islas. Y nunca hei
tenío medio.
—Tenés razón.
—Y no me importaría eso ¿sabes vos? Lo que me calienta es que todito se lo llevan los
blancos... ¡Los blancos desgraciaos...!
—Tenés razón.
—¿Vos te acordás...? Yo tenía mis canoas y mis hachas... Y hasta una balandra... Vivía feliz
con mi mujer y mi hija Chaba.
—Claro. Tei conocío dende tiempisísimo...
—Pues bien. Los blancos me quitaron todo. Y —no contentos con esto— se me han tirao a mi
mujer...
—Sí, de verdá. Tenés razón... Los blancos son unos desgraciaos…
Hablaban sobre un mangle gateado, que clavaba cientos de raíces en el lodo prieto de la orilla.
Miraban el horizonte. Los dos eran cholos. Ambos fuertes y pequeños. Idéntico barro había modelado
sus cuerpos hermosos y fornidos…
Banchón trabajó. Banchón reunió dinero. Banchón puso una cantina. Banchón —
envenenando a su propia gente— se hizo rico. Banchón tuvo islas y balandras. Mujeres y canoas…
Compañeros de antaño peones suyos fueron. Humillólos. Robóles. Les estiró como redes de
carne, para acumular lisas de plata en el estero negro de su ambición…
Y un día...
—¿Sabe usté don Guayamabe? Don Banchón se está comiendo a la Chaba, su hija. La lleva
pa er Posudo... Creo que la muchacha no quería... Pero ér le ha dicho que si no lo botaba a
usté como a un perro...
Y otro día...
—¿Sabe usté don Guayamabe? Aquí le manda don Banchón estos veinte sucres. Dice que se
largue. Que usté yastá muy viejo. Que ya no sirve pa naa... ¡Y que ér no tiene por qué
mantener a naide...!
—Ajá. Ta bien...
Meditó.
No eran malos los blancos. No eran malos los cholos. Él lo había visto: Banchón. Su
compadre Banchón, lo bía ayudao antes. Se bía portao como naide con él…
Pero…
La plata. ¡La mardita plata! se le enroscó en el corazón, tal que una equis rabo de hueso.
¡Ah la plata!
Y después de meditar se decidió... Para que Banchón —su viejo amigo— no lo botara más
nunca. Para que Banchón se casara con su hija. Para que Banchón no tuviera más plata. Para que
Banchón fuera bueno...
Le prendió fuego a sus canoas y balandras. A sus casas y sus redes…
Y cuando en Guayaquil —ante un poco de gente que le hablaba de cosas que no entendía —le
pidieron que se explicara balbuceó:
—La plata esgracia a los hombres…

No. 3
1. ¿Quién es Banchón?
2. ¿Cómo se gana la vida Banchón?
3. ¿Por qué Guayambe sostiene que los blancos son unos desgraciados?
4. ¿Cree usted que la plata cambia a las personas? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto).
El cholo de la atacosa
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)

Tar que canción... prieto el cuerpo, los ojos brincadores, la carne elástica. Reía sobre las
balandras y las playas. Diz que le daban ataques. Unos ataques raros y sugestivos. En que pegaba a las
mujeres y besaba a los hombres. Tar que cancion…

***

La conoció en er Guayas. Cuando llevaba él —Nemesio Melgar— leña e tuco a la Eléctrica.


Al conocerla…
La misma noche la arrinconó sobre las cuadernas nudosas de la popa propicia. No había
nadie: Por eso —claro— estaban solos…
Roncó:
—Me gustás negra... Me gustás…
La chola lo miró:
—Me hincas, bestia... No, no quiero.
Ululaba el viento pendenciero y gritón. Mordían las olas el irónico vientre de la pobre
balandra. El enroscamiento de las carnes agitadas tenía algo de sagrado e inefable. Hacía frío...

***

—¿Querés ser mía, negra? Mía, sólo mía. ¿Querés? Tengo una barsa y una balandra. Soy
juerte pa las mujeres y pa los hombres. No te fartará nada. ¿ Querés?
—No…
Dominábala aún. Aún tenía su carne en carne de ella. Pensárase un mangle clavado cien
raíces en la orilla. Pero…
—Se mía, negra. Si querés vivir en la ciudad yo vendré. A trabajar como un burro pa vos.
¿Querés, negra, querés?
—No. Podés venir a verme cuando te dé la gana. Pero yo no me iré nunca contigo.
Nemesio sentía asco. El asco triste y cruel que dan las mujeres gozadas.

***

Y fue…
Fue a verla cien veces —quizá más. A las balandras. A las canoas. A las islas…
El pedazo de carne amada se le enroscó a la vida. Se alimentó más para ella. Se hizo más
fuerte para ella. Trabajó más para ella.

***

Pero un día…
—Nemesio Melgar, ¿sabés vos? Anoche mei comío a la atacosa. Caray que es buena hembra.
¿Sabés vos? Así no se cansa uno nunca. Sino juera porque no somo e jierro.
—Tenés razón.
Y pensó: Claro. La pobre mujer no lo había visto hacía dos días. Y como lo quería tanto...
Probablemente había pensao que era con él.

***

Pero otro día…


—¿Sabés vos? ¿Sabés vos Nemesio? Hemoj ejtao e suerte. Er martes andábamo po er Guayas
como diez echándonos unos tragos. Arguien dijo que ér conocía a una mujer que servía pa todos... Y
así jue... Nos llevó onde una que le decían la atacosa. ¡Y caray! Por poco nos mata...
—Ajá.
Las nubes agrupadas e innumerables se dijeran millones de dientes blancos de una boca
inmensa que se reía…

***

No pudo aguantarse:
—So... perra... Se que te revorcás con todo er mundo. Se que no valés pa que te quiera naide.
¡Más que perra! Quédate con tus carnes que queman. Me largo pa no vorver más…
La atacosa rió:
—¿Y qué? ¿Crees vos que me hacés fiero? Si así es mejor. Si así debiéramo ser toditas las
mujeres… Lárgate pues… Nunca me ha hecho farta naide.
Se dijera que el viento lo pateaba. Por todas partes. ¡Con patadas tan fuertes! Y como estaba
el agua tan cerca... Que saltó de la borda y se tiró al mar... Tar que canción.

No. 4
1. ¿Qué le ofrece Nemesio a la mujer?
2. ¿Cómo pretende conquistar Nemesio?
3. ¿Por qué le reclamó Nemesio a la atacosa?
4. ¿Cree usted que se muere de amor? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto)
Por guardar el secreto
Enrique Gil Gilbert (1912 - 1973)

¡Fue un desliz de juventud!


Una aventura cualquiera. ¡Quienquiera que sea la tiene más que sea una vez!
¡Y llegó a olvidarse por completo de ella. Le habían dicho que tenía un hijo... suponía que era
de él... pero ¡quién sabe!
Y don Pablo Briones repetía in mente:
—¡Si la vaca fuera honrada!
Con el tiempo se olvidó.

***

—¿Cómo te llamas?
—Manuer Briones.
Fue como un dinamitazo ese nombre en su cerebro:
—¿Cómo dices?
—¡Manuer Briones, patrón!
—¿De adónde eres?
—Mismamente no lo sé.
—¿Y en qué quieres trabajar?
—De vaquería entiendo un poco.
—Bueno, vas a ganar dos sucres.
—Ta bien.
Quedó cerrado el trato. Don Pablo con el cigarro en la boca pensaba... pensaba... "Si fuera...
¡pero no es posible...! ¡Qué va a ser! Pero... pero... ¡bah! son majaderías".
El mayordomo entró.
—Desde mañana va a trabajar este muchacho en la vaquería.
—Ta bien patrón.
—Y hay que ver si es solo o con familia. Hazlo entrar.
Manuel volvió a entrar en el despacho del patrón.
—¿Tienes familia?
—Nada masj que mi vieja, patrón.
—Ajá. Entonces Ud. Rafael le da la casita que está desocupada; allí donde vivía Teodomiro.
Salieron ambos. Don Pablo, solo, comenzó a silbar lentamente, saboreando el recuerdo de su
juventud.
¡La Zoila! Aquella muchacha de catorce años con quien había tenido relaciones. Pero ¿qué
importancia podía tener? Si era algo que se hacía sin que a nadie le llamara la atención.
Y se olvidó. No pensó más en ello.

***

Manuel Briones estaba solo. Sentía un malestar inmenso. Quizás estaba enfermo. Tal vez no
lo estaba.
¡Ese tal don Pablo! Que para desgracia tenía su mismo apellido, le estaba siendo algo
antipático. No sabía por qué pero así era.
Un pensamiento acuchillaba su mente. Quiso distraerlo…
Don Pablo... Don Pablo era un desgraciado le habían dicho... Pero él no podía creer... que don
Pablo — ese desgraciado— se entendía con su mamá!
¡Su madre! No podía ser… Pero todo el mundo lo decía. Con razón cuando él pasaba tenía un
gesto.
—"¡Ej el entenao der patrón!"
Cuando lo oyó sintió correr desenfrenado por sus venas un frío de rabia. Se puso lívido. Y su
manzana apabulló la nariz del difamador de su madre.
Sentía alrededor de sí un ambiente hostil. Algo así como la burla o el desprecio o el respeto o
la ironía. En fin, un nosequé parecía estar en todos los que le rodeaban.
Y sencillamente odió a don Pablo Briones.

***

La selva tropical silbaba su canción de verano. Los árboles danzaban al son de esa música.
Había una penumbra inmensa, más trágica aún que la oscuridad completa.
Los animales eran esputos de la inmensidad negra del cielo.
Los árboles danzarinas lujuriosas.
Había una casa de paja y en la casa había silencio. La casa estaba en la selva recién
desflorada.
La luz proyectó en un eclipse la sombra de una cabeza sobre la arboleda.
Manuel Briones se estremeció. Aquella sombra caricaturizaba las facciones de un hombre.
Volvió a sentir el desenfreno glacial dentro de sus venas.
Se sintió en el vacío. Perdió la noción de la conciencia exacta. No supo si era o no era.
Solo, como a lo lejos, como venido quizá de adónde, machacaba en su cerebro, en todo su ser
la comprensión de una palabra.
—¡Verdás! ¡Verdás!
Reaccionó. Todas sus células salvajes despertaron. Y se sintió bestia de repente. ¡Quiso no
supo qué!
—¡Lo mato! ¡Lo mato!
No se dio cuenta por qué quería hacerlo. Estaba frío. Quería moverse y no podía. Y en su
mente había un vértigo de ideas.
Su madre... haciendo lo que él no se hubiera imaginado nunca... su madre con don Pablo…
—¡Mátalo! ¡Mátalo!
Atribuyó la orden a su padre.
—¡Matarlo! ¡Matarlo! ¡Matarlo!
Y no supo más.
Después se dio cuenta.
—Hey matao... sangre... sangre... Soy asesino... Yo...

***

El Juez sentenció:
—Diez y seis años a la Penitenciaría de Quito.
Pero el juez no había visto lo que él vio. Vio a su ma dre y a don Pablo... Ella tendida sobre la
cama... Y él... Él. Cuando la madre lo visitó en la cárcel le dijo:
—Manuer, ¿por qué lo hiciste?
—Porque mi taita lo hubiera hecho.
Y Zoila se desencajó.
—Habís matado a tu taita... ¡Pablo era tu taita!
Manuel sintió algo peor que lo que había sentido cuando presenció el hecho de que él creía
culpable a su madre.
Había odiado a su padre... Había matado a su padre… Pero él no tenía la culpa... No... El era
culpable... Se mataría... Pero ¿para qué? ¿Qué había hecho? Él merecía la pena de muerte…
¿Su madre? No. Nada. Ella nada. No tenía la culpa. Era sólo él. Y lloró.
—Mamá ¿por qué no me dijieron?
— ¡Pa que naiden sepa! ¡Pa guardás er secreto! ¡Porque ér quería casarse!

No. 5
1. ¿Qué le ofrece Pablo a Manuel Briones?
2. ¿Quién era Zoila para Pablo?
3. ¿Por qué Pablo y Zoila guardaron el secreto?
4. ¿Cree usted que es mejor no hablar de ciertas cosas? (Argumente su respuesta de acuerdo al
texto)
El cholo del cuerito e venao
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)

La primera vez fue en el mar. Claro. Como que ér era pescador…


La bía sartao. De canoa a canoa. Rápido la bía apretao contra su cuerpo, la bía besao. Por más
que ella protestara…
—No, desgraciao. No...
Y él estrechándola más. Haciéndola sentir la fiebre de su cuerpo. Dominándola.
—Sí. ¿Sabés vos? Sí. Porque me habís fregao. Porque mei namorao e ti. Porque tenés que ser
mía…
El mar parecía ayudarlos. Daba vaivén de hamaca a las canoas. Temblaba con un temblor
polícromo de olas…
—¡No. Desgraciao. No...!

***

Y fue…
La canoa tuvo agitación de correntada. Los vestidos saltaron, tal que lisas cabezonas. Los
cuerpos florecieron. Arriba el sol —como una raya de oro— clavó sus dientes rubios en las carnes
brincadoras…
Y fue…
Sobre ella y sobre el mar. En el tálamo verde de las aguas. Ante los mangles enormes-bufeos
encadenados a las islas. Arropados con brisa y con horizonte.
Fue...

***

Después —final de marea— él —Nemesio Melgar, Chachito, como lo llamaban —habló.


—La primera y la úrtima…
Los mangles se hundían en empuje de aguaje. Los roncadores callaban. Los roncadores
callaban. Los ostiones pudorosos, vestíanse en las ñangas, con encajes de espuma. Hacía frío.
—La primera y la úrtima…
Y explicó.
Claro. Él quería que todo fuera así.
Tal que un sueño. La cosa rápida. Violenta: ¡el relámpago...! Odiaba la mardita vida siempre
iguar. No le gustaba la casa, ni la comida, ni la mujer de todos los días. Quería cambiar. Cambiar
siempre…
Sugirió:
—Vos debés hacer lo mesmo. Todo er mundo aquí te quiere. Podés cambiar de hombre como
e carzón.
La chola —la negra dura y vibrante como una canoa de pechiche— lo miró.
—No. ¿Sabés vos? Me habís fregao. Pues bien: o contigo o con naide. ¿Que la primera y la
úrtima? Ta bien… Si querés lárgate. Yo siempre te esperaré. Yo siempre te seré fier como er cuerito e
venao... Como er cuerito e venao que te espera bajo er tordo pa que tú lo cubras... Pa que tú lo
calientes...

II
Con la Nica —hembra recia de espaldas musculosas y de muslos de cepo. Una mujer que lo
hizo gritar...
Era en una balandra —cerca del mar al fin—... Tirados sobre las cuadernas nudosas. Más potente que
siempre y que nunca.
—Caray que tenés fuerza…
—Claro. Er verde y la lisa no me fartan nunca.
—Ajá.
Nemesio Melgar —Chachito como lo llamaban— no podía ya.
—Bueno pué.
-—¿ Qué?
—Me largo…
—No. Tuavía no.
—¿ Qué?
¡Ah! cómo le brincaba la frase azul de la Nerea. "Como un cuerito e venao"

***

Con Gertrudis —vejancona sabia en amor... Decíase que en Guayaquil se vendía a bajos
precios en su juventud.
Era en un galpón de San Ignacio —la isla que tenía agua dulce— bajo un toldo. Tranquilos y
serenos. Gozando como nunca.
—¿Sabés vos? Eres lo mejor que hei conocío…
—Ja, ja, ja... Ya me lo han dicho.
—Paece que me batieras como a un molinillo.
—Ajá.
—Me hacés gozar como naide....
—Ta bien.
Pero allá —mardita sea— allá no sabía dónde. Pero muy adentro de sí mismo. Le gritaba la
voz. La pobre voz de la Nerea.
"Como un cuerito e venao".

***

¿Cuántas fueron...? La Merela, la Margarita, la Nicasia, la Mamerta, la Cusumba... No las


recordaba todas. Se le metieron en la vida. Tal que un relámpago. Lo chuparon. Lo aniquilaron.
Sentíase débil y pequeño. Tal que sonámbulo. Arrastrando la tortuga volteada de una canoa
de chirigua sobre la uniformidad de los esteros…
Pero un día.
Sin saber cómo ni por qué llegó donde ella. Su Nerea. Su cuerito e venao.

***

Y esa noche, la historia vulgar. Los eslabones iniciales de la vieja cadena de la nueva vida…
Ah. Cómo calentó el cuerito e venao. Cómo lo cubrió. Cómo lo tornó incendio de carne. Vibración de
marejada…

No. 6
1. ¿Qué sucedió entre Chachito y Nerea?
2. ¿Qué sentía Nemesio en cuanto a las mujeres con quienes se relacionó?
3. ¿Por qué Nemesio sostenía que deberían cambiar de hombres y mujeres como de calzón?
4. ¿Cree usted que Chachito valoraba a Nerea? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto)
Cuando parió la zamba
Joaquín Gallegos Lara (1911-1947)

Era un hecho. Estaba preñada. Andrés no había vuelto por la casa de ella desde que se lo dijo.
¡Le daban tanto asco las mujeres así!
—Ej abusión que tengo pa mí: la mujer embarazada ej pior quer muerto di amaliadora: lo
pone pujón a uno.
¡Era todo eso! Y era también la imagen gentil de su negra que se le deformaba. ¡Cómo se
perderían esas caderas y ese talle en el montón de carne templada!
—¿Pa qué vesla hecha una botija?
Había también... El pensar si fuera suyo el hijo que estaba en la barriga de Lucha.
El negro Manuel —el marido— por su parte lo creía de él. Andrés dudaba.
—Yo monto al anca... ¿Pero cuar la empreñó?
Porque sabía que no era posible que fuese de los dos, como burlonamente decían. Del uno o
del otro.
—Si es mío sale amestizao... Si es dér carbón entero… vamos a ver.

***

La zamba Lucha se vio con Jacinto, el amigo más próximo de Andrés.


Era Jacinto un blanco venido a menos. Antes, en la ciudad, fue alguien. Ahora era vaquero en
una hacienda cercana al pueblo. Ahora era "Er colorao"; sobrenomore traído por el pelo, de un rubio
llameante.
Se vieron en la pulpería.
"El colorao" había dejado el macho romo que montaba amarrado a una argolla del portal.
Al ir entrando se enredó la uña del dedo grande del pie en la herradura clavada en el umbral
"pa que dentre la suerte".
—¡Mardecida sea! —dijo y entró.
Entonces, entre el olor penetrante de los víveres metidos en las perchas o apilados en sacos
entrecubiertos —olor de sebo, de cacao, de panamitos y mayorca— la vio.
Estaba al pie del mostrador. Sin zapatos, los polvosos pies apoyados inquietamente en las
tablas del piso.
Con una bata colorada, sucia de mugre en las prominencias breves de los pechos y en la gran
loma de la barriga.
Jacinto se susurró:
—¡Qué preñadota questá!
La pereza de las largas siestas y las ojeras del mucho vomitar se veían en la cara de la zamba.
Y en su pelo casi sin peinar, que parecía escarbado de gallinas.
"El colorao" venía a llevar arroz esaaaro al alacienda don-
de trabajaba. Ella hacía su comprado. Se saludaron:
-Güenas tarde Lucha ¿comostá? ¿Y mi compadre Manuer?
—Er ta güeno ¿y usté?
—Así así; de usté nada le pregunto porque la veo medio embuchadita... ¿De qué jué el
empacho?
Lucha se rió y callaron. La miraba. Si el pasado estuviese escrito en la cara de las gentes
¡cómo se correrían los dos! No se decían nada. La pulpera preguntó:
—¿A ver, qué jué?
—Una cuartilla di arroz.
Lucha bajando la voz le dijo de pronto:
—¿Qués de su amigo Andrés?
—Ahi está.
Volvió a quedar silenciosa un instante.
—Igamele que qué le ha pasao... Que por qué no va. Que vaya...
—Bueno.
Y fue todo. Ella recogió la hoja de maíz en que le habían despachado su manteca. La unió en
la vieja canasta serrana al resto de la compra, Pesada, pipona, salió de la pulpería.

***

El negro Manuel estaba encantado con la preñez de su mujer. Le blanqueaban los ojos de
gusto. Y pelaba el coco de los dientes en carcajadas de muchacho.
-Ja, ja, ja... ¿ Va ser como er padre un negrazo güen mozo!
Y se miraba el torso áspero de guayacán quemado.
Los hombros y los brazos como raíces nudosas.
De noche en la talanquera se revolvía sobre el cuero e venao y ponia su mano calluda, que
queria ser ligera, encima de la barriga Levantada, y le decia:
—¡Negra quiero que te acuides pa que no me albortes a mijo!
Desde que tuvo los tres meses, Manuel, que antes no dejara pasar una noche sin caer sobre
ella, con ardientes ansias, cesó de molestarla.
Cuando el calor del cuerpo próximo o el roce de sus pechos o de sus nalgas lo enardecía,
escapábase afuera. Con pretexto de orinar.
Lucha encontraba a veces —y se reía manchas pegajosas como de mullullo, en la parte baja
de las cañas de la pared. En la cocina.

***

-¡Ay! ¡Ay! Manuer, andavete tráite a ña Pancha, jay! vomo muero, cores también a la vieja
curandera que sabía hacer parir.
Se cerró la puerta. Fue un rato. En el cuarto casi a oscuras sólo se oía quejarse a la zamba. Y
la voz velada del negro Manuel:
—Pare nuestro questás en er cielo...

***

Otro amigo se lo contó esa misma tarde a Andrés.


En la chingana de la plaza del pueblo. Entre chicha y chicha.
El día bejuqueaba de amarillo las casas de enfrente yéndose. Un chancho ron carraspea
limpio, en media calle, como un cantor la historia vienea limpiando el pecho.
todo tras el cristal ochavado de los vasos.
Andrés oyó la historia viendo turbio. Cual si mirara
—¡Izque jué la der diablo en esa casa!
—Ajá, cuenta, vos.
—Er negro rezando, creo que hasta hincao. Ella abiesta e patas y la vieja Pancha jalándole ar
chico. ¡Cuando Lucha dejó e berriar y la vieja lavó a la criatura vino la güena! Manuer dice: A ver ña
Pancha. Empriesteme pa ver a mijo. Y er que lo coge: ¿Pero qués esto? No es negro como er padre
esta criatura... Na Pancha izque le dijo quer crestiano ej mismamente como er ratón y como er zorro,
que nace pelao y colorao y más después güerve a la color natural...
Andrés pensó: Es mío. La iré a ver. Conoceré a mi chico. Las chichas le bailaban adentro.
Veía adelante muchas cosas. Se sentía padre.
—¿Entonce er chico nués negro? ¿Ej de color montuvio? ¿Ej amestizao?
—No. Er muchacho nués negro ni amestizao tampoco. Ej blanco como potrillo talamoco. Y er
pelito catiro.
Como el único blanco e po aqui amigo e la zamba y catiro ej er colorao Jacinto der tiene que
ser er bendecio chico.
—Ajá... ¿Y qué cara pondría la zamba? ¡Caracho!
¡Eso tiene er ser perra!
El sol se había ido. La ropa de la tarde se rompía en andrajos de claridad.
Soplaba un viento que olía a aguacero. Los platanales que estaban a la entrada del pueblo,
curvos ante la tacha sonaban. Andrés anchó las narices respirando la liu. Y de allá del monte vino un
sonido. Un sonido de punta áspera rayando un vidrio. Largo de un solo aliento de cinco o diez
minutos que de pronto avienta las orejas de un empellón en la poza del silencio.
—La cigarra pide agua. Va a llover. Va a lore...
¡Y eso tiene er ser perra! ¡Eso tiene er ser perra!

No. 7
1. ¿Qué piensa Manuel sobre el embarazo de Lucha?
2. ¿Quién era el padre de la criatura?
3. ¿Por qué las personas correrían si el pasado estuviese escrito en la cara de la gente?
4. ¿Cree usted que las mentiras tienen patas cortas? (Argumente su respuesta de acuerdo al
texto)
El cholo que se vengó
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)

—Tei amao como naide ¿sabés vos? Por ti mei hecho marinero y hei viajao por otras tierras...
Por ti hei estao a punto a ser criminal y hasta hei abandonao a mi pobre vieja: por ti que me habís
engañao y te habís burlao e mi... Pero mei vengao: todo lo que te pasó ya lo sabía yo dende antes. ¡Por
eso te dejé ir con ese borracho que hoi te alimenta con golpes a vos y a tus hijos!
La playa se cubría de espuma. Allí el mar azotaba con furor, y las olas enormes caían, como
peces multicolores sobre las piedras. Andrea lo escuchaba en silencio.
—Si hubiera sío otro... ¡Ah!... Lo hubiera desafiao ar machete a Andrés y lo hubiera matao...
Pero no. Er no tenía la curpa. La única curpable eras vos que me habías engañao. Y tú eras la única
que debía sufrir así como hei sufrío yo…
Una ola como raya inmensa y transparente cayó a sus pies interrumpiéndole. El mar lanzaba
gritos ensordesedores. Para oir a Melquíades ella había tenido que acercársele mucho. Por otra parte el
frío…
—¿Te acordás de cómo pasó? Yo, lo mesmo que si juera ayer. Tábamos chicos; nos habíamos
criao juntitos. Tenía que ser lo que jué. ¿Te acordás? Nos palabriamos, nos íbamos a casar... De
repente me llaman pa trabajá en la barsa e don Guayamabe. Y yo, que quería plata, me juí. Tú hasta
lloraste creo. Pasó un mes. Yo andaba po er Guayas, con una madera, contento e regresar pronto… Y
entonces me lo dijo er Badulaque: vos te habías largao con Andrés. No se sabía nada e ti. ¿Te
acordás?
El frío era más fuerte. La tarde más oscura. El mar empezaba a calmarse. Las olas llegaban a
desmayar suavemente en la orilla. A lo lejos asomaba una vela de balandra.
—Sentí pena y coraje. Hubiera querido matarlo a ér. Pero después vi que lo mejor era
vengarme: yo conocía a Andrés. Sabía que con ér sólo te esperaban er palo y la miseria. Así que er
sería mejor quien me vengaría... ¿Después? Hei trabajao mucho, muchísimo. Nuei querido saber más
de vos. Hei visitao muchas ciudades; hei conocido muchas mujeres. Sólo hace un mes me ije: ¡andá a
ver tu obra!
El sol se ocultaba tras los manglares verdinegros. Sus rayos fantásticos danzaban sobre el
cuerpo de la chola dándole colores raros. Las piedras parecían coger vida. El mar se dijera una llanura
de flores polícromas.
—Tei hallao cambiada ¿sabés vos? Estás fea; estás flaca, andás sucia. Ya no vales pa nada.
Solo tienes que sufrir viendo como te hubiera ido conmigo y como estás ahora ¿sabés vos? Y
andavete que ya tu marido ha destar esperando la merienda, andavete que sinó tendrás hoi una
paliza…
La vela de la balandra crecía. Unos alcatraces cruzaban lentamente por el cielo. El mar estaba
tranquilo y callado y una sonrisa extraña plegaba los labios del cholo que se vengó.

No. 8
1. ¿Por qué Melquíades aseguraba haber amado a Andrea?
2. ¿Quién es Andrés?
3. ¿Cuál es la venganza del Cholo?
4. ¿Cree usted que el futuro está dicho? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto)
Montaña adentro
Enrique Gil Gilbert (1912-1973)

“Yo hei matao… soy asesino… pero estoy contento!


¡No! No soy asesino... Hey matao porque a él le llegó la hora. ¡Nada más..! ¡Yo soy un
desgraciao! ¡Un desgraciao! ¡Un desgraciao!"
Un perro aulló a la noche. La noche sollozó hiriente, con sarcasmo, a la alegría del hombre
que acababa de matar.

***

—¡Leonardo, ya no puedo masj!


—¡Pero los rurales me persiguen!
—¡Taita, dame agüita! ¡Tengo sés!
Y todo por matar a un hombre. Es que los jueces viven bien y no saben lo que son ellos.
Leonardo huía, porque todo el que mata y tiene hijos tiene que huir.
La montaña brava lo amparó. Pero él tenía que llevarse a su hija y a su compañera. Y como
una tumba inmensa abrió su boquerón una montaña de plazartes.

***

¡Cómo asustan los plazartes traicioneros...!


Y Leonardo, hediondo, sudado, repugnante, nauseabundo, arrastrando a su mujer y cargando
a su hija intentó la travesía.
Cuando con el vértigo de huir profanaba con su machete aquellos jeroglíficos escritos por la
muerte, parecían culebras que se le enrollaran al brazo. ¡Y cómo alzaba la montaña su látigo enorme
para castigar al profanador!
Y cómo sus raices grilletes lo sujetaban... lo sujetaban.
—¡Mardecida sea! ¡Por mí no m'importa!
Y era interrumpido el pensamiento.
—¡Taita dame agua!
—¡Desgraciaos! ¡Ya me la han de pagar: conmigo están!
Entonces sufría. Sufría inmensamente.
¡Su hija! ¡Su hija! ¡Su hija con sed! ¡Y él no podía darle agua!
—Leonardo ¿cuándo salimos de esto? ¡Yo tengo miedo!
Un coleóptero gigante de un cuerno en la cabeza, pasó airoso, satisfaciendo su sed en un pozo
de orines.
¡Ah! ¡Si el fuera como un bicho!
¡Mardecida sea! ¡Nacer hombre!

***

Una tarde.
Se estremeció la montaña.
Un ulular que corta la circulación en las venas, un ulular que aterra. Se embriagó el ambiente
tranquilo.
Se vio cruzar veloz a un venado; una ardilla se paralizó e inmóvil, quieta, parecía esperar la
muerte. Un perico-ligero se quejo aún con más tristeza. Y corrieron no sé qué cuadrúpedos.
El espacio fue invadido por un millón de trinos asustados. Los pájaros volaron. Y hasta los
insectos brutos se guardaron en sus casas y huecos. Las iguanas pasaron temerosas remedando
serpientes con sus colas.
Las culebras zig-zaguearon veloces. Los árboles agitaban sus ramas como llamando la
protección del cielo.
Leonardo estaba en el seno de la montaña. Sintió sobre sí el vaho del miedo. Sudó tan frío que
palideció.
Y confusamente comprendió:
—¡Er tigre! ¡Er tigre!
Quiso correr. Lo mejor era salvarse. Pero... ¿Su mujer? ¿Su hija...?
Tuvo valor.
Lo mataría... iría hacia donde él. Lo mataría... lucharía con él.
Otro rugido.
Mejor era huir... ¡El tigre es grande! ¡La zarpa destroza el pecho! ¡Y gusta beber la sangre
cuando todavía está viva la presa...! ¡Más que sea él se salvaría... mejor que murieran ellas! ¡No! ¡Si
era su hija! ¡Si era su negra.
—¡Leonardo, er tigre!
—¡Ay! ¡Ay! Taita, me come...
¡Mentira, qué miedosas eran! Lo hacían para que él fuera... Pero ya iría... No había necesidad
de que lo llamen...
Apareció, bello en su fealdad, manchado, no tigre sino jaguar: el pelo hirsuto y sucio de lodo.
¡Apestaba! A vómito, a sudor, a agrio, a defecación.
—¡Leonardo, mija! ¡Mija! ¡Mija!
El señor de la traición y la sangre con dos saltos como dos golpes abofeteó el espacio y las
distancias se derrumbaron humilladas.
Pero no cayó sobre ellos. La víctima fue un venado.
—¡ Ya no llores mija!
—¡Bendito Dios que nos hizo gente!
— ¡Quién sabe, mujer, quién sabe!

***

Siguieron internándose en la montaña.


Ya no había bejucos. Ahora si era la montaña brava con toda su majestad traidora.
Los mosquitos en miles, ventosas mínimas del gran pulpo de la selva, mar verde, succionaron
su carne.
Se cumplía la gran ley: devoraban para ser devorados.
Y la negra, la compañera, pensaba: "Pero ¿para qué mató...? Mejor hubiera sido dejarlo,
hacerse el chino, dejarlo... ¿Acaso ella no sabía defenderse...? ¡Pero er no era un cuarquier cosa! ¡Si ér
se robó a su negra no se la había robao pa otro! ¡A cuenta e que juera blanco... ¡Porque ella era de él!
¡Era de él…!
Pasaron bajo robles gruesos de oliente madera y po. rotillos de cabellera riza y espinoso
cuerpo. Gelíes de de sarticulados miembros y de los mil brazos que llaman al sol. vunto a los
centenarios cascoles de rugoso cuerpo y musculoso tronco.
Pisaron sobre la grama y la paja blanca; se abanicaron con la llorona; comieron la tuna y
apagaron su sea con la pitahaya.
Y todo entretejido por no sé qué misteriosa tejedora que enlaza la muerte y la belleza.
…Y en aquella maraña verde los árboles danzan y se retuercen al compás de los vientos… Se
dijera bailarinas que se cansan y son obligadas a bailar. Y es él, el viento el que hace de música y de
látigo...
Pasaron: Leonardo como viejo baquiano, recordaba su niñez de bajador de alfajías. Iba
adelante, guiándose por el sonido del viento. O por las telarañas.
—¡Taita tengo hambre!
—Vite negra ¿tenés por ahi argun maduro e los que no hemos comío...?
—Ni eso. ¡Toito se ha acabao!
—¡Taita tengo hambre!
—Espera un rato.
Pegó la oreja al suelo.
—Sí, sí es. Parece que no.... No... sí es... sí es...
Se levantó radiante.
—Camina un poco más... P'arribita hay un esterón...
La esperanza les dio fuerza y llegaron.
—¡Toma agua!
—No taita... tengo hambre... Quiero comer...
—¡Toma agua pa que aguantes un poco más!
—¡Yo tengo hambre! ¿Bos no tienes? Yo no quiero agua... ¡Quiero comer!
Y lloraba.
Leonardo miró a su mujer. Pálida, flaca, rotosa, desencajada la cara…
Y todo por él. Porque él había matado...
Miró a su hija: ¡angelito del Señor! Tan chiquita... tan flaquita que estaba... ¡Si él se dejara
coger nomás! Pero entonces seguro que lo mandarían a Quito, al Panóptico...
—Taita deme argo pa comés... Yo quiero comés casne.
—¿Casne? ¡Pobrecita! Coma agua...
—No tengo sed.
Miró los árboles. Una vez más la tunas servirían de alimento. Alzó el machete para tumbar
una.
Una equis rabo de hueso pequeñita saltó entre la yerba e incrustó sus colmillos en la pierna de
Leonardo.
—¡Barajo negra, me morí! ¡Una equis rabo e güeso aquí en toa la guayabita, negra! ¡Me
morí!
—No Leo... Dios. ¡San Jacinto lindo!
—¡Be negra, las uñas ya se me pusieron negras! ¡Ni masque me moche la piena!
Se ponía pálido. Livido, con una lividez de fondo verde. La sangre le salía.
—Negra... Mi... ja... Mija...
Ya no podía hablar. El veneno obraba.
—Bea mijita a su taita... Ya tan más negras las uñas. ¡Bea la piejna morada! ¡Y no haber
fóforo!
El día murió. La negra y su hija querían enterrar el cadáver.
Durmieron.
Cuando despertaron los gallinazos no se atrevían a devorarlo. Tal vez conocían el veneno. Las
hormigas lo invadieron.
—¡Mama, tengo hambre!
—Tu taita se murió. Rézale a San Jacinto pa que lo tenga con bien.
—Tengo hambre, mama.

***

Comentaban cuando se supo la noticia en la hacienda.


—¿Y el Leonardo izque se murió?
—Sí mijo.
—¿ Y la hija y la mujer qué se hicieron?
—Como ér le sacaba la madera e la viuda er tamarindo, tarbés...
—¿Se las quitó?
—Sí.
Seguían conversando el abuelo y el nieto.
—Agüelo ¿y por qué se jugó el Leonardo?
—Porque mató ar patrón y lo hubieran puesto preso...
—Agüelo ¿y es malo matar?
El viejo chupó el cigarro.
Clavó la mirada en los ojos del futuro sabanero y contestó:
—¡Quién sabe, mijo, quién sabe!
El sol llegaba al cenit. No sé qué en su claridad reía y no sé qué en su claridad sollozaba.
Mientras acariciaba el viejo al nieto entre dientes murmuraba.
—¡Quién sabe, mijo, quién sabe!
No. 9
1. ¿Cómo es adentrarse en la montaña?
2. ¿A quién asesina Leonardo y por qué?
3. ¿Por qué tiene que huir todo el que mata y tiene hijos?
4. ¿Cree usted que es malo matar? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto).
Al subir el aguaje
Joaquín Gallegos Lara (1911-1947)

—Te quiero y nuai mas...


—Y yo me río e vos...
Estaban frente a frente. Desafiante ella, él ardiendo. La balsa sufría el lento balanceo del
aguaje.
Desaparecían los barrancos. Los árboles tenían el agua a la rodilla. La hierba se ahogaba.
Celebraban los rayos verdes de la fuga inquieta de las iguanas. Los alacranes de monte se refugiaban
en las rendijas.
"La Manflor" y "Er Cuchucho" se miraban.
Era una balsa con ramada cuyo bijao ensopado parecía querer agobiarse.
Él vivía allí. Solo, soltero. La "Manflor" había venido. ¿A qué? ¿A provocarlo? No: había
venido a lavar.
—Hei "Cuchucho" vo a lavar este quipe e ropa...
—Ta bien.
Pero no se contuvo. Dejó ella el sombrero de paja a un lado. Con una bateita sacaba agua e
iba lavando agachada. "Cuchucho" seguía ávidamente el dibujo de las caderas y de las nalgas, casi
transparentadas por la pollera, en la posición forzada.
Crujía la balsa. El aguaje seguía avanzando. La balsa subía con sacudidas que se dijeran
nerviosas.
Algo tenía lavado y exprimido con esos brazos redondos de músculos medio varoniles,
cuando un crujido más recio conmovió la carcasa. Se volvió:
—¿Qué jue? ¿Siunde el almastrote?
Muy adentro en los campos se veía el agua crecida hasta más arriba de la mitad en los troncos
conocidos.
—Tamo solitos... Y no podemo salís de la barsa.
—¿ Y la canoa?
—Nuai canoa.
Miró a "Cuchucho" dándose cuenta. ¡Qué cara de bruto tenía! ¡Cómo la miraba! ¿ Qué se
creería?
El saltó; un salto vago, por saltar, como salta el camarón en las orillas, para hacerse ver.
Le puso una mano en el hombro:
—Te quiero, Zoila, te quiero...
—¿Vos? Vos no eres hombre pa mí... Yo me río e vos...
La voz de "Cuchucho" tomó vibraciones duras y dolorosas:
—Te quiero y nuai más...
—Y yo me río e vos... ¿Nuentiendes?

***

Entonces "Cuchucho" se acordó del apodo y de la leyenda. Así como a él le decían


"Cuchucho" por enamorado, ella tenía su historia...
—Aja ya sé por qué... A vos izque no te gustan loj hombres sino las mujeres como vos
mesma... ¡Voj eres tortillera!
—¡Y más que juera! ¿A vos que t'importa...?
Iba a saltarle encima.
La "Manflor" reía nerviosa. Mostrando la peinilla de sus dientes dinos y parejos.
Un golpe muelle resonó arriba. Un cabeza e mate aislado de su banda y perseguido por el
aguaje saltaba al techo desde uno de los mataserranos de la orilla.
Miraron a lo alto. El pequeño felino se resbalaba sujetándose con las uñas por una guadua.
Quería llegar a uno de los palos de balsa de abajo. El techo crujiente y móvil no le agradaba..
—¿Vej ar cabeza e mate?— soltó ella con acento preciso.
—Sí y ¿quiai?
—Ve.
Con un ademán breve y seguro —uno solo— arrancó el puntal donde estaba clavado un rabón
y lo lanzó.
Tan fuerte fue cogido el gato salvaje que la punta del machete se hundió vibrante en el palo
de balsa, prendiéndolo como a una mariposa con alfiler.
"Cuchucho" se rió y le escupió su aliento encima:
—Yo no soy un cabeza e mate...
Y se aventó sobre ella tratando de alzarle las faldas.
Lucharon. Ella estaba furiosa y era fuerte. Él la deseaba y era hombre.
Cayeron debatiéndose.
—¡Mardecido!
Sentía la mano apretarle adentro, pellizcando la carne y el puñado de íntimos vellos.
Lo mordió en el hombro. Babeándole la camiseta. Y en una vuelta lo pateó. Un seco puntapié
a lo prohibido.
—¡Culebra!
Y la soltó con ganas de brincarle de nuevo.
La "Manflor" se llevó la mano al bajo vientre adolorido y retrocedió.
El aguaje parecía subir aún. Los campos seguían inundados hasta lejos.
—¡Pa las dos vacia...! ¡Y antes que vire l'agua vos tiras conmigo so perra!
Le contestó con una carcajada:
—Vamo peliándolo ar jierro... Si me ganas ta noche me quedo con vos... Duermo con vos en
la barsa'sta mañana... Si te gano no friegas más... ¿ Quieres?
—Yastá.
—Jura que si te gano no me molestas más!
—Por esta cruz, negra. Y jura vos que me lo das esta noche si te gano...
—Ta jurao, por San Jacinto mi patrón...

***

A los cuatro campanazos de los machetes la marimacho hizo saltar al estero el rabón de
"Cuchucho".
—¡Ah! ¡Mardita sea!
Tenía que cumplir. Se quedó quieto. Después se metió en el cuarto y se acostó en la hamaca.
No decía una palabra. Y luego ella también había callado.

***

Bajó la marea como baja en aguaje. Antes de que hubiera caminos "Cuchucho" asó un
bagresito y un verde y le brindó. Ella aceptó y comió seria, sin desafiarlo ya.
Al fin salió de la balsa.
—Ta otro día...
Caminó por la tierra enlodada de la que salían húmedas evaporaciones de caliente sol.
"¡Ta otro día! ¡Ta otro día!"
Y él sabía que no volvería más. Porque odiaba a los hombres y su contacto con la mujer esa;
era la "Manflor"...
"Cuchucho" empezó a arreglar sus cosas. Al día siguiente se iba para Guayaquil.
Ahora el estero estaba tan vacío que la balsa descansaba en firme sobre su cama de lodo.
Y no se veía sino un surco, una herida llena de lodo —pus de la carne de la tierra— en cuyo
fondo chorreaba un hilo de agua turbia…

No. 10
1. ¿Cuáles eran los motivos de ser conocidos como el "Cuchucho" y la "Manflor"?
2. ¿Qué acuerdo hacen el "Cuchucho" y la "Manflor" después de la pelea?
3. ¿Piensa que la"Manflor" provoca al "Cuchucho"?
4. ¿Cree usted que los deseos de los hombres justifican todas las acciones? (Argumente su
respuesta de acuerdo al texto).
El tren
Enrique Gil Gilbert (1912-1973)

Ellos los veían trabajar todos los días. Eran hombres venidos de la ciudad y gringos de
sombrero alón, pantalones de montar y pipa en la boca.
Iban a ver cómo trabajaban. Pasaban horas y más horas contemplando cómo rompían la tierra
con sus picos o echaban cascajo encima del relleno para poner unos palos acostados.
—Es el tren que va a venir.
Explicaban.
De entre ellos algunos, que habían estado por arriba, lo conocían.
Era un carro enorme que corría más duro que un parejero y parecía animal.
Arrastraba rabiatados una porción de carros. A veces gritaba "como chico llorón". Cuando
avanzaba sobre los rieles —contaban los que lo conocían— nada respetaba. Por allá arriba había
matado cuanto chivo y borrego encontraba. ¡Y nadie les pagaba nada!
Así decían. Los otros escuchaban absortos.
Pero los gringos decían que iban a traer la civilización.
¿La civilización? ¿Y qué sería eso? Todos discernían y cada cual emitía su opinión.
—¡Er tren! ¡Er tren!
Ya sabían el nombre. Por lo pronto era bastante.
Los que sabían algo explicaban a los que recién venían, atraídos por la novedad.
Y los picos seguían rompiendo.
Habían traído unos aparatos... ¡"más fregaos"...!
Eran unos tubos que los ponían sobre unas cosas de tres patas, largas como de gallaretas. Por
ahí aguaitaban…
¿Qué verían?
¡Ah! Pablillo había visto. Era para aguaitar unos palos colorados y blancos que los ponían
para verlos.
Pablillo se reía de los gringos.
¿No tendrían qué hacer? ¿O serían locos? ¿O brujos?
Una vez se le había ocurrido aguaitar y un gringo alto le había dado un sopla mocos que no le
dejó más ganas. Solamente de lejitos iba a ver.

II

—¿Qué te parece a bos?


—Pa mi questo ni me ba ni me biene…
—¿No te han quitao nada e tu terreno?
—He oído argo de eso. Izque lo ban a aspropiadás.
—Despropiadás, hombre.
—Güeno, yo qué sé.
—A mí ya me hicieron eso.
—Ajá ¿y cómo jué?
—Binieron cuatro gringos con un pilo e blancos…
—Ajá.
—Y me preguntaron cómo me llamaba.
—¿Pa qué?
—Yo qué sé... Y yo les dije... Que a quien le había comprao esto... Yo les dije que era e mi
mesmo taita ya finao, que mi dejunto agüelo se lo había dejao, que me lo había dejao pa mí, que era
eredasión…
—¡Qué preguntones!
—Después, que qué no más tenía... Yo les dije que mi mujer y mis hijos y se rieron toditos...
Entonces me digieron que qué animales y qué propiedás... Tube que decisjles todito... ¡se pusieron a
hablar y habla que habla! Después di un ratisísimo salieron dándome unos papeles y disiéndome que
estaba despropiedao y que cobrara en la gobernación. Si yo no quiero bender —les dije, porque eso
era lo que más mejor arroz me daba. Si es pa bien de ustedes me digieron y se juegon sin hacesme
caso. Lo necesitamo, dijo un gringo y se jué dejándome con los papeles.
—¡Gringos desgraciaos! Abusan porque son gringos.
—Sí, compadre.
—Si biera lo trabajosísimo quési er papel pa cobrá. Si hay que pagar un pilo e cosas pa podés
cobra.
—Así son: cobran pa pagar.
—¿Y todo eso pa que benga un tren con la sebilización?
—¿ Y cómo será eso?
—Dende ahora que a mí no me gusta.
—Como ha empezao...

III

Pasó algún tiempo. Los trabajos avanzaban. Las expropiaciones continuaban y el tren no
venía.
Habían colocado las líneas. Al fin un día dijeron que ya iba a llegar.
—¡ Ya biene! ¡Ya biene!
Salían todas las mañanas a mirar por si acaso viniera. Pero no venía. Un día…
Vinieron unos señores elegantemente vestidos, con un cura y bastantes señoras. Hubo fiesta.
—La inauguración— les explicaron.
—La nagurasión— se decían unos a otros—. Esto es la nagurasión…
Y se quedaban como si no les hubiesen dicho nada.
Pero a los pocos días ya no trabajaban.
Las mujeres pusieron el grito en el cielo. Ya no había trabajadores sedientos que consumieran
la chicha preparada por ellas. Ya iba a llegar el tren. Una curiosidad por ver algo que no habían visto
se apoderó de todos poseyéndolos con furia.
Seguían desgranándose los días y el tren no venía.
La espera había engendrado la duda y estaba a punto de nacer la incredulidad.
¿Cuándo vendría?
Salían a ver cómo las paralelas a modo de dos largos brazos de un ladrón desconocido se
tendían sobre los terrenos que les habían obligado a vender. Contemplaban el sendero interminable
con una angustia tonta. Se preocupaban más de lo que debían por conocer aquella máquina. Era una
espera igual a la de los chicos en la nochebuena.
— ¡Ya biene! ¡Ya biene!
Se oyó un rugido espantoso. Los terneros balaron y huyeron. Los toros se miraron espantados.
Las vacas quedaron enclavadas en el pasto. Los caballos tras un relincho galoparon. Los chanchos
gruñeron de susto. A las serpientes se las vio pasar rápidas, como una lengua que lamiera, asustadas
asustando a la gente.
Los hombres sintieron el temor innato que se siente ante lo desconocido. El rugido furioso
apostrofó el silencio de la montaña cultivada.
El carro de hierro, negro, inmenso, arrollador, pasó tosiendo bulla y estornudando humo.
—Cuánta gente si ha tragao…
Todos sintieron la caricia del viento que dejaba tras de sí. Los viejos contemplaban con los
ojos desorbitados tamaña cosa.
— ¡Eso esj cosa er diablo!
Cuando pasaron el tren y el estupor vieron…
...Querían ver con serenidad... Y no querían creer en lo que veían…
Al fin... Como saliendo de un sueño… Un harapo... Un estropajo, un despojo…
¿No sería la defecación del monstruo?
Se acercaron más y más.
Un hombre se adelantó. Tocó: estaba ensangrentado.
Era carne. Carne humana. ¡Por Dios! ¿Podía ser? Era un muchacho. ¿Cómo estaba allí?
—¡Pablito! —gritó una mujer— ¡Pablito, mijito! ¡Mira a tu mama...! ¡Oy...! ¡Pablito...!

No. 11
1. ¿Cómo se describe al tren?
2. ¿Cómo eran expropiados los dueños de las tierras?
3. ¿Por qué el tren era comprendido como “civilización”?
4. ¿Qué cree usted que la carne humana representa? (Argumente su respuesta de acuerdo al
texto).
El cholo que se castró
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)

—Tenes que ser mía…


—No.
—¿No...? Ja, ja... Ta bien…
Saltó —tal que mono— sobre cubierta. Corrió. Hacia la proa. Desapareció entre los dedos
fríos de la noche negra.
Sonaba el mar sus castañuelas. Gritaba el viento, tal que un roncador. Chirriaban las maderas
soñolientas.

***

—Tenés que ser mía…


—Ah.
Lo vio otra vez. Con algo en la mano. Algo como una blanca lengua luminosa.
—¡Desgraciao.
La lengua se hizo roja. Una extraña lengua que avanzó por la ramada. Que se prendió en la
cubierta. Que se arrimó a las velas y a los mástiles. Que se irguió desafiante sobre la soledad del mar.
—¡Desgraciao! Le habís pegao fuego…
La arrinconó. En la popa. Casi envueltos en el vestido rojo de las llamas. Ella gritó. Corrió.
Trató de arrojarse por la borda.
Pero…
El desgraciao se acercó más. El desgraciao la cogió. La apretó a su cuerpo. El desgraciao le
clavó dos ojos que eran dos machetazos...
—Tenés que ser mía…
Por odio —casi a pesar suyo— por odio le escupió en el rostro la palabra cortante:
—No.
—¿No? Ja, ja... Ta bien…

***

El humo la ahogaba. El humo la hacía perder noción de todo. Tornábale fiesta nupcial, la
llamarada de muerte.
Los brazos de él entre tanto la acogían propicios y potentes. Las llamas extendían sus labios
rojos para besar sus cuerpos duros de mangle.

***

Saltó con ella al mar. Tal que bufeo nadó. Brincó sobre las crestas de las aguas violentas.
Puso en sus labios la risa irónica del domador.
Pensó en los tiburones, en los catanudos, en las tintoreras.
Rió.
Miró a la chola inconsciente que su nervudo brazo sostenía.
Rió otra vez.
—Tenés que ser mía…
La balandra incendiada era apenas un punto luminoso en el horizonte.

***

Ya en la playa la chola volvió en sí. La miró. La miró intensamente. Profundamente. Sonrió.


一 iDesgraciao!
—Tenés que ser mía... ¿No verdá?
La chola se acomodó mejor en la arena de la orilla.
Y…
Nicasio Yagual, hombre joven y fuerte. Nicasio Yagual, domador de mujeres y canoas. De
atarrayas y tiburones.
Nicasio Yagual saludó a la mañana con la clarinada de su risa triunfal.
Nicasio Yagual tenía sed.

Tirado en el cuero de venado. Con dolor de recuerdo. Lo que no tuvo nunca. El pasado —tal
que luz en neblina— se arrinconaba en su pobre cerebro.
El pasado…
El mar reía. Los mangles se empinaban. Las tijeretas parecían querer cortar el vientre de la
mañana indolente.
Ah. El pasado…

***

¿Cómo fue?
Pué, dende chico…
La canoa. La canoa rápida. Incansable. Tendida como una caricia al horizonte. El olor a
pescao. El vestido de humo. La zarpa luminosa del sol. Fiesta de arroz y de lisas en el cotidiano
devenir. Agitación de nada que se alarga en los esteros... Encanto de inconsciencia. Ceguera triunfal
de no iniciación en los secretos de la carne.
Y un día…
Fruta en sazón al fin, el latigazo de esa carne. El temblor de la caricia ignota. La mujer, la
primera canoa de ver-dad. Para el violento estero de la vida.

***

Fue su prima.
Que un día arrinconó en una ñanga. Que un día abrazó brutalmente. Que un día tumbó sobre
la playa. Tras un girón de rocas soñolientas.
Tal que un machetazo sonó un grito. Unas chaparras corrieron asustadas. El viento se llevó el
secreto. El secreto ya propio de Nicasio Yagual.

***

Pero una tarde.


Bajo un sol de caricia. En el mismo rincón acogedor. Con la prima fragante.
Surgió el viejo de ella.
Y —claro— saltaron los machetes. Florecieron en relámpagos. Chocaron. Gritaron. Rugieron.
—¡Desgraciao! Tenés que casarte…
—No seas... No mei de casar con naide…
—Ya veremo e que te cuerguen las tripas…
—Ja, ja…
La chola vibraba como un machete de carne. Las ñangas se empujaban. Las rocas parecían
caminar.

***

Porque le abrió el cráneo al viejo. Porque lo buscaron por todas partes. Porque le dijeron que
de noche el muerto lo andaba buscando en los manglares solitarios.
Nicasio Yagual se fue po arriba.

***
Ah. Po arriba…
En visión de relámpago, se vio sobre potros y sobre mujeres. Tirando el lazo y el machete.
Desyerbando al arroz u ordeñando al ganado. Más hombre que siempre y que nunca.
—Pero…
¡Mardita sea!
La mujer der patrón. La blanca fuerte y joven, lo mareó. Tal que el mejor guarapo del río
Daule.
Y como ella no lo quería. Como ela ni siquiera lo miraba. Como ella lo trataba con
desprecio...

***

Esperó…
Días, meses, años…
Pero al fin —una tarde— el patrón le dijo:
—Nico, acompaña a la señora: va para "Dos Revesas".
—Ta bien patron.

***

Iban en silencio. Muy juntos y muy despacio.


Atravesando los enormes matorrales. Viendo de vez en vez la negra veta del carbón en
formación. Espantando los puyones fastidiosos.
Faltaba algo todavía. Acaso una hora o más.
El —de pronto— habló.
—Patrona…
—¿Qué? Hombre.
—Usté es linda.
La blanca lo miró. Se echó a reir.
—¿De veras?
El agachó la cabeza. Y casi entre dientes:
—Por usté... Todito... Dende la vida…
Ella rió más.
Los caballos aligeraban. Los tamarindos venerables parecían escucharlos y ofrecían sombra
amiga…

***

No recordaba bien... Acaso él intentó poseerla. Acaso ella protestó. Acaso él la tiró del
caballo. Acaso la golpeó. La golpeó demasiado. Acaso alguien la hizo daño despues…
Acaso…
Pero.
Lo cierto es que lo buscaron. Para matarlo. Para guardarlo en la cárcel. Para quien sabe qué.
Porque a la blanca la encontraron medio muerta. Bajo la sombra amiga de un enorme tamarindo.

III

Tal su pasado.
Su pasado de don Juan de las islas. ¿Ahora? La tranquilidad. La paz. El refugio bienhechor
del cuerito e venao. El silencio. La más preciada voz del que luchó.
Pescaría. Cogería lisas y parbos, roncadores y chapa-rras, corvinas y cazones. Tendería las
redes -en abrazo brutal- sobre la carne móvil de las aguas vibrantes. Donde nació moriría. Su amada
canoa —en marcha veloz- lleva-ríalo a los recovecos más oscuros de las ñangas…
Ah. Nicasio Y agual...
***

Pero…
¡Mardita sea!
De po arriba. Nacida ríos adentro. Extraña. Brava. Dominadora. Riéndose de mujeres y de
hombres…
Llegó una mujer.
La Peralta...
Que diz que manejaba el fierro como naide. Que diz que se había comido a varios. A varios de po
arriba.

***

Y —es claro— Nicasio Yagual brincó. Olvidó sus pescados y sus redes. Su silencio y su paz.
Exploró —con ojo avizor la selva monocorde de las ñangas. Se introdujo tal que anzuelo de angustia
en las agallas grises de las islas.

***

Y la encontró. Sola. En su canoa de pechiche. Tal que una aparición. Regadora de cromos y
de ruidos.
Pegábale el viento los vestidos tenues al cuerpo triun-fal. Los pechos saltones parecían
sonreir. Las caderas opulentas tenían desdenes de dominación.
—¿Querés que te acompañe?
—No
Las canoas se unían. Aunque ella tratara de evitarlo.
—¿Quién eres vos?
—Nicasio Yagual…
—Ah. ¿Nicasio Yagual? ¿Er que ha fregao a too er mundo por este lado?
—Sí.
Lo miró intensamente. Explorándolo.
—Bueno. Ta bien. Me largo…
—No. No te largas.
—¿No? Cuidao.
—¿Cuidao qué?
—Te va a pasar lo que ar defunto Banchón…
—¿ Qué le pasó?
—Lo encontraron muerto en su canoa.
—¿Dedeveras? Ta bien... Pero no te vas.
—¿No me vo? Ya verás…
Se echó a pique. Rápida. Violenta. En su mano vibró el fierro. Agil y luminoso.
—¿No me largo?
—No. No te largas... Pero espérate. Quiero ecirte argo…
Se acercó. Casi a tocarla. Le miró en los ojos.
—¿Sabés vos? Tú manejas er fierro mu bien. Yo lo mesmo. Hagamo un trato. Démono ar
fierro. Y si tú ganas hacés lo que quieras conmigo. Si yo gano serás mía.
La chola a su vez rió.
—Ta bien...

***

Se abrieron. Los pies en los bordes de las canoas agitadas. Con algo de sol en los ojos y de
viento en los brazos.... Los machetes arrojaron serpentinas de fuego. Tal que extrañas campanas
latiguearon el ambiente con sus sones.
—Vas a probar Nicasio Yagual... Vas a ver cómo es una hembra e po arriba.
—Sí. De que te tenga en mi tordo. Y te haga gritar…
—Ja, ja... Te vo a quitar lo que te cuelga…
—¿De verdá? ¿ Y entonces qué dejas pa vos?
—¡Desgraciao! Tápate este gorpe…
—Yastá.
Rojos los cuerpos vibrantes y los machetes brincado-
Rojo el cielo.
Rojo el mar.
Rojo el sol.

***

De pronto Nicasio se hizo atrás. Ella saltó. Le echó el mente To. le dio red el equilibrio.
Sintió un golpe en la
Cayó…

***

Volvió en sí. Tirada estaba al plan de la canoa. Nicasio al pie de ella la miraba. Casi
inconsciente se tocó la cabeza.
Nicasio rio.
—No hay nada. Sólo fue un planazo.
La Peralta medio se levantó.
—Me habís ganao... Y astá... Me quedo.
Nicasio la miró. Se inclinó. Le cogió los brazos. Y con una voz extraña. Sin saber cómo. Tal
que borracho.
—¿Sabés vos? Tei ganao.. Pero te vas... Yo hei fregao a too er mundo. Mei tirao a las mujeres
quei querío. Hei macheteao a too er que se atravesó en mi camino... ¿Pero vos? Yo quiero que te
largues... No quiero verte más.

***

La chola lo miró asombrada.


—No. No me voy. Me iré con vos... Onde quieras... Pa lo que quieras…
Nicasio saltó. Bogó. Bogó. Bogó con rabia. Sin mirar hacia atrás…
Los mangles se reían a carcajadas. Y las olas diminutas y parleras tenían un gesto irónico al
paso de la canoa triunfante…
Pensó.
¿Qué sería? Dábale asco a él mismo. ¿Por qué no la tumbó como a tantas? ¿Por qué no le
sorbió media vida sobre los pechos macizos y los muslos elásticos?
Ah.
Algo le gritaba adentro, no sabía dónde. Algo lo volvía un estúpido. Lo amarraba a la imagen
de esa mujer. Lo inmovilizaba en la prieta canoa de pechiche. Lo hacía rodar como una ola más entre
la fiesta de las olas chilladoras.
Lo hacía huir ante la Peralta que lo andaba buscando…
Y es que sabía que —para él— esa no era lo mismo que las otras. Que la deseaba de una
manera distinta. Con deseo perenne, extraño. Un deseo que no tuvo jamás…
Pero…
La Peralta lo arrinconó en un brusquero de ñangas. Se le acercó temblorosa. Aunque el otro
quiso huir…
—¿Qué te pasa Nicasio Yagual? ¿Acaso te han capao?
—No. Lo que pasa es que no me gustas…
—¿No te gusto?
Con gesto violento se rompió el vestido. Y se acercó más…
Nicasio cerró los ojos. Vio remolinos de soles... Tembló.
Pero…
Sintió que un cuerpo duro y ardiente lo arropaba como una llamarada. Hizo un esfuerzo más.
Quiso apartarla. Inconsciente golpeó.
Pero…
Sintió una mano atrevida que le exploraba partes íntimas... sintió que su carne le hacía
traición. Sintió que los soles se le adherían por todo el cuerpo... Incendiándolo… Y no pudo más...
Abrió los ojos…
—Ta bien, pué.
Se dijera que los mangles bailaban en la orilla. Las canoas parecían ayudar...

IV

Pensó.
El era bueno. Ahora que se buscaba a sí mismo —sin saberlo— lo había conocido. Creía en
Dios, en la Virgen, en todos los santos... Creía que se iría al infierno... Claro...
Así le había enseñao su padre... Y así había de ser…
Pero había algo que lo había mandado. Que lo había obligado a ser malo. A volverse un
tiburón del mar de la vida. A matar hombres y a fregar mujeres.
Intentó rebelarse muchas veces. Pero todo fue en vano. Ese algo lo dominaba, lo poseía, lo
arrastraba…
Ah. Pero se vengaría…
Se imaginó a esos cerdos que perdida su potencia viril, sólo piensan en comer y dormir.
—Ja, ja, ja…
Se vengaría.

***

La mañana vibrante y luminosa. El sol como una mano de oro tocando en las guitarras
blancas de las nubes…
Un cholo en la playa. Y un machete en la mano del cholo…
De pronto hay un relámpago. Hilos rojos tejen enredaderas de angustia en el inmenso vientre
de la orilla…
El cholo corre con su trofeo inútil en la mano…
Corre.
Corre.
Corre.
Hasta que vacila y cae…
Una jaiba se acerca perezosamente. Un camarón brujo parece reir. Allá a lo lejos silba —con
su aleta cortante como un puñal de carne— la tintorera audaz,

***

La Peralta ha encontrado el cadáver mutilado de Nicasio Yagual. Y no comprende —ni podrá


comprender nunca— la tragedia del pobre cholo que se castró.

No. 12
1. ¿Cómo reacciona la chola ante las intenciones de Nicasio Yagual?
2. ¿Qué recuerda Nicasio sobre su vida?
3. ¿Qué incidencia tiene la Peralta en la vida de Nicasio?
4. ¿Cree usted que Nicasio se arrepiente? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto).
La salvaje
Joaquín Gallegos Lara (1911-1947)

¡La salvaje!
Viviña tenía ganas de conocerla. Se burlaba de todas las historias sin creerlas. Esta le daba el
atractivo del incitante sensual: la salvaje raptaba a los hombres. Se los llevaba al monte. A tenerlos de
maridos.
¡Los otros cuentos eran nada! El descabezao. La gallina e los cien pollos. ¡El ventarrón der
diablo! ¡Bah!
No temía a los muertos. En cuanto a los vivos los había probado. Cuando peleo con Toribio al
machete. Por un pañuelo e la Chaba. Le rompió las costillas y delante de todos que gritaban:
—¡Cójanlo! ¡Cojanlo!
Lamió la negra hoja cubierta de coágulos.
Su ociosidad lo hacía vaguear. Acostumbraba irse a dormir al monte. Y se iba a Güerta
Mardita. Sin importarle una guaba la penación del moreno que estaba allí enterrado con la mujer y los
hijos, a los que mató. Los que la cruzaban de noche decían que oían salir gemidos de bajo la tierra.
Viviña oía únicamente el silbido del machete del viento tumbando ramas viejas y matas de plátano
secas. Las congas haciendo huecos en los palos podridos. Y la noche caminando.

***

Oía tanto de la salvaje. Muchos guapos le confesaron:


—Si juese más alentao... Palabra que me iba pa dentro a buscasla…
La describían con una mezcla de temor y de procacidad:
—¡Es güena caracho! Izque le relampaguean los ojos pior que ar tigre. ¡Tiene unos pechotes!
Y es peludisísima. Pero er crestiano varón que cae en su mano no vuerve más nunca pa lo poblao. Y
ej imposible seguisla er rastro: tiene los pies viraos ar revés…
Viviña se reía por dentro y contestaba:
—Ajá.

***

Y un día se marchó al monte. Compró unas chancletas serranas de cabuya. Se ciñó el


crucerito. Y caminó p' arriba por las huertas interminables. Atravesó sabanas y bejuqueros. Rodeó las
últimas haciendas. Hizo tres jornadas comiendo frutas, ardillas y conejos; bebiendo agua arenosa de
los ríos.
Dormía enhorquetado en los árboles altos. Buscando los que no son vidriosos para no ir a
derrumbarse en medio sueno.
La obsesión de la salvaje lo seguía.
De día nerviosamente la buscaba tras todos los brusqueros. O metida en el hueco del tronco
de los gigantescos higuerones. De noche soño dos veces con ella. Velluda y lasciva. Con su carne
prieta que imaginaba igual a la leña rojiza de los figueroas.
Tan vivamente soñó que al despertar —poniendo un poco en ello de su burla de siempre— se
acarició solitario.
—Bará que se mi ha parao. ¿Qué haría la saraje trancada con este pedacito?
Con furia. Como en el tiempo en que se metía debajo de la escalera a aguaitar bajo las faldas
de sus hermanas. Cuando era muchacho.
El árbol se estremeció. Cuando Viviña se sintió marear— “Ar fin casi es lo mesmo que er
sapo de ellas…” —una lechuza graznó. Follaje arriba su cabeza.

***
Al cuarto día cruzó un río. Ríoverde —pensó. Era un canalón de verano. De invierno se
llenaba. Ahora estaba medio de agua lamosa. Cubierto de una capa de baba pestilente.
Del otro lado estaba la montana. Bejuco. Bejuco. ¡Qué arbolazos! Y el silencio negro debajo.
Viviña había estado allí sacando madera. Pero no solo. ¡Ahora le pareció un brusquero enorme y
cerrado! Donde no le daban muchas ganas de penetrar.
—¡Ahí tarbés ta la sarvaje!
Se quedó en la orilla de Ríoverde.
Toda su vida se acordaría de la tarde que pasó allí. Sentado en un tronco caído. En una
playita.
El silencio le daba miedo.
La quietud del brusquero gigante tras el cual había quien sabe qué…
Toda la gente tan lejos. El agua verde acostada con los brazos abiertos. Se aclimataba al
prodigio... o enloquecía.
¿Con quién hablar?

***

De noche oyó rugir al tigre. La bestia lo olía. Viviña lo olió también. A verraco. A perro
sarnoso. A meao podrido
En casa ajena no se hace bulla. Y allí se estuvo. Quedito. Sin palabras. Con la lengua seca y la
boca salada.
El matapalo de muchos troncos era espeso y rumoroso. Quizás eso lo salvó. El tigre se
contentó con un mono. Un mono alto, alto, que estaba agazapado más bajo de Viviña. Un mono igual
a un negro. De barbas temblorosas. Y que del miedo gemía como un niño.
Saltó el tigre. El bultazo rompió el ramaje. Le pareció grande como un chumbote o un burro.
A la madrugada lo despertaron gritos de pájaros que no conocía.
Empezaba a temer la montaña. Cuando clareó bajó al suelo a beber. El agua inmunda le dio
asco. No había otra cosa. ¡Y el susto da sed!
¿Y la salvaje? Nada.
Cada vez creía más que todo era un cuento. Rompió el bejuco a machete. Se cansó. Pisaba
con temor la hojarasca: "por si aca una rabo e güeso..." Avanzaría sin abrir camino. Deslizando su
cuerpo ágil. Entre las enrevesadas atarrayas vegetales.
Desayunó zapotes que sabían a yerba. Comió guabas y cáuges.
Al mediodía de un garrotazo mató un armadillo. Encendió una candelada y lo asó en su
misma concha.
Pensó que no pasaría otra noche como la anterior expuesto al capricho del tigre. Encendería
fuego y pasaría despierto.

***

¿Cómo se durmió en tierra? ¿Vino el sueño del olor agreste de las frondosidades de los
árboles desconocidos? ¿Fue sólo el cansancio?
Allí estaba. Caído como un tronco más. Rotas las raíces. Tumbado de espaldas en las hojas
secas. Inmóvil. Y al despertar…
¡La salvaje!
Unos brazos. ¡Qué brazos duros y blandos a la vez, como el caucho! Una boca. Un caimito
succionante y pegoso, que chupaba activo y de repente cesaba; se dejaba; parecía nada más ya que la
pulpa dulce de una rara guanábana sin pepas.
Y un peso encima. Se iba dando cuenta. Los pechos era verdad lo que contaban— eran
redondos y tibios. A Viviña le recordaban los de una longa, criada en el pueblo y que fue suya.
Se notó echado de espaldas. Apoyados los riñones en una raíz de higuerón.
Ese vientre en movimiento.
Y la sensación chupante y ruda del centro de esos muslos que lo envolvían con avideces de
culebra. Y vino el mareo de amor.
Pero entre esas caricias cada instante más multiplicadas y feroces, que en el extremo vibrátil
de su ser le dolían y las gozaba, ¿qué sentía?
¡Ah! ¿Por qué?
Los brazos amantes le apretaban el cuello. Se ahogaba. Había tenido todo el rato los dos ojos
de "ella" negros y llenos de luz llameante frente a los suyos. En la angustia los vio borrarse y perderse
en el apretón.
—No. Suerta... No.
Las palabras no sonaron. Tabletearon como martillazos dentro de su cerebro. Ya no se
defendió. Ella encima, cálida, lo envolvía. Se le entretejía con brazos y piernas.
Por los besos entraba en él el jugo de la montaña.
Y todo, todo, se le volvió confuso, turbio. Menos la palabra extendida, inacabable, que le
retumbaba dentro:
— ¡La salvaje!

No. 13
1. ¿Quién era la salvaje?
2. ¿Cómo es el trayecto de Viviña?
3.
4. (Argumente su respuesta de acuerdo al texto).

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