Los Que Se Van
Los Que Se Van
El malo..................................................................................................................................................................................
No. 1...............................................................................................................................................................................
El guaraguao..........................................................................................................................................................................
No. 2...............................................................................................................................................................................
El cholo que odió la plata......................................................................................................................................................
No. 3...............................................................................................................................................................................
El cholo de la atacosa............................................................................................................................................................
No. 4...............................................................................................................................................................................
Por guardar el secreto............................................................................................................................................................
No. 5...............................................................................................................................................................................
El cholo del cuerito e venao..................................................................................................................................................
No. 6...............................................................................................................................................................................
Cuando parió la zamba..........................................................................................................................................................
No. 7...............................................................................................................................................................................
El cholo que se vengó............................................................................................................................................................
No. 8...............................................................................................................................................................................
Montaña adentro....................................................................................................................................................................
No. 9...............................................................................................................................................................................
Al subir el aguaje...................................................................................................................................................................
No. 10.............................................................................................................................................................................
El tren....................................................................................................................................................................................
No. 11.............................................................................................................................................................................
El cholo que se castró............................................................................................................................................................
No. 12.............................................................................................................................................................................
La salvaje...............................................................................................................................................................................
No. 13.............................................................................................................................................................................
El malo
Enrique Gil Gilbert (1912-1973)
No. 1
1. ¿A quién y por qué le llaman er Moro?
2. ¿Cómo es la muerte del hermano pequeño?
3. ¿Qué decide la madre en cuanto a sus hijos?
4. ¿Cree usted que es malo quien no ha sido bautizado? (Argumente su respuesta de
acuerdo al texto).
El guaraguao
Joaquín Gallegos Lara (1911-1947)
Era una especie de hombre. Huraño, solo: con una escopeta de cargar por la boca i un
guaraguao.
Un guaraguao de roja cresta, pico férreo, cuello aguarico, grandes uñas i plumaje negro. Del
porte de un pavo chico.
Un guaraguao es, naturalmente, un capitán de gallinazos. Es el que huele de más lejos la
podredumbre de las bestias muertas para dirigir el enjambre.
Pero este guaraguao iba volando alrededor o posando en el cañón de la escopeta de nuestra
especie de hombre.
Cazaban garzas. El hombre las tiraba i el guaraguao volaba i desde media poza las traía en las
garras como un gerifalte.
Iban solamente a comprar pólvora i municiones a los pueblos. I a vender las plumas
conseguidas. Allá le decían "Chancho-rengo"
—Ej er diablo er mui pícaro pero siace er Chancho-rengo…
Cuando reunía siquiera dos libras de plumas las iba a vender a los chinos dueños de pulperías.
Ellos le daban quince o veinte sucres por lo que valía lo menos cien.
Chancho-rengo lo sabía. Pero le daba pereza disputar. Además no necesitaba mucho para su
vida. Vestía andrajos. Vagaba en el monte.
Era un negro de finas facciones i labios sonrientes que hablaban poco.
Suponíase que había venido de Esmeraldas. Al preguntarles sobre el guaraguao decía:
-—Lo recogí de puro fregao... Luei criao dende chiquito, er nombre ej Arfonso.
—¿Por qué Arfonso?
—Porque así me nació ponesle.
Una vez trajo al pueblo cuatro libras de plumas en vez de dos. Los chinos, le dieron cincuenta
sucres.
Los Sánchez lo vieron entrar con tanta pluma que supusieron que sacaría lo menos doscientos.
Los Sánchez eran dos hermanos. Medio peones de un rico, medio esbirros i "guardaespaldas".
I, cuando gastados ya diez, de los cincuenta sucres, Chancho-rengo se iba a su monte, lo
acecharon.
Era oscuro. Con la escopeta al hombro i en ella parado el guaraguao, caminaba.
No tuvo tiempo de defenderse. Ni de gritar. Los machetes cayeron sobre él de todos lados.
Saltó por un lado la escopeta i con ella el guaraguao.
Los asesinos se agacharon sobre el caído. Reian suavemente. Cogieron el fajo de billetes que
creían copioso.
De pronto Serafín, el mayor de los hermanos chilló:
—¡Ayayay! ¡Ñaño me ha picao una lechuza! Pedro, el otro, sintió el aleteo casi en la
cara. Algo alado estaba allí en la sombra. Algo que defendía al muerto.
Tuvieron miedo. Huyeron.
Toda la noche estuvo Chancho-rengo arrojado en la hojarasca. No estaba muerto: se moría.
Nada iguala la crueldad de lo ciego i el machete meneado ciegamente, le dejó un mechoncito
de hilachas de vida.
En el frío de la madrugada. Una cosa pesaba en su pecho. Movió —casi no podía— la mano.
Tocó algo áspero i entreabrió los ojos.
El alba floreaba de violetas los huecos del follaje que hacían encima un techo.
Le parecía un cuarto. El cuarto de un velorio. Con raras cortinas azules i negras.
Lo que tenía en el pecho era el guaraguao.
—¡Ajá ¿eres vos Arfonso? No... No... me comas... un hijo no... muesde... ar padre... loj ojos.
El día acabó de llegar. Cantaron los gallos de monte. Un vuelo de chocotas mui abajo:
muchísimas. Otro de chiques, más alto.
Una banda de micos de rama en rama cruzó chillando.
Un gallinazo pasó arribísima.
Debía haber visto.
Empezó a trazar amplios círculos en su vuelo. Apareció otro i comenzó la ronda negra.
Vinieron más. Como moscas. Cerraron los círculos. Cayeron en loopings. Iniciaron la bajada
de la hoja seca.
Estaban alegres i lo tenían seguro.
¿Se retardarían cazando nubes?
Uno se posó tímido en la hierba a poca distancia. El hombre es temible aún después de
muerto.
Grave como un obispo, tendió su cabeza morada. I vio al guaraguao.
Lo tomaría por un avanzado. Se halló más seguro i adelantóse. Vienieron más i se
aproximaron aleteando. Bullicio de los preparativos del banquete.
I pasó algo extraño.
El guaraguao como gallo en su gallinero atacó, espoleó, atropelló. Resentidos se separaron,
volando a medias, todos los gallinazos. A cierta distancia parecieron conferenciar: ¡que egoísta! ¡Lo
quería para él solo!
Encendía la mañana. Todos los intentos fueron rechazados. Un chorro verde de loros pasó
metiendo bulla. Los gallinazos volaron cobardemente más lejos.
Al medio día la sangre del cadáver estaba cubierta de moscas i apestaba.
Las heridas, la boca, los ojos, amoratados.
El olor incitaba el apetito de los viudos. Vino otro guaraguao. Alfonso, el de Chancho-rengo
lo esperó cuadrándose. Sin ring. Sin cancha. No eran ni boxeadores ni gallos. Encarnizadamente
pelearon.
Alfonso perdió el ojo derecho pero mató a su enemigo de un espolazo en el cráneo. I
prosiguió espantando a sus congéneres.
Volvió la noche a sentarse sobre la sabana.
Fue así como…
Ocho días más tarde encontraron el cadáver de Chancho-rengo. Podrido i con un guaraguao
terriblemente flaco —hueso i pluma— muerto a su lado.
Estaba comido de gusanos i de hormigas; no tenía la huella de un solo picotazo.
No. 2
1. ¿Qué es un guaraguao?
2. ¿En qué se ocupa Chancho Rengo?
3. ¿Por qué lo atacan los hermanos Sánchez?
4. ¿Cree usted en la solidaridad de un animal? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto).
El cholo que odió la plata
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)
No. 3
1. ¿Quién es Banchón?
2. ¿Cómo se gana la vida Banchón?
3. ¿Por qué Guayambe sostiene que los blancos son unos desgraciados?
4. ¿Cree usted que la plata cambia a las personas? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto).
El cholo de la atacosa
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)
Tar que canción... prieto el cuerpo, los ojos brincadores, la carne elástica. Reía sobre las
balandras y las playas. Diz que le daban ataques. Unos ataques raros y sugestivos. En que pegaba a las
mujeres y besaba a los hombres. Tar que cancion…
***
***
—¿Querés ser mía, negra? Mía, sólo mía. ¿Querés? Tengo una barsa y una balandra. Soy
juerte pa las mujeres y pa los hombres. No te fartará nada. ¿ Querés?
—No…
Dominábala aún. Aún tenía su carne en carne de ella. Pensárase un mangle clavado cien
raíces en la orilla. Pero…
—Se mía, negra. Si querés vivir en la ciudad yo vendré. A trabajar como un burro pa vos.
¿Querés, negra, querés?
—No. Podés venir a verme cuando te dé la gana. Pero yo no me iré nunca contigo.
Nemesio sentía asco. El asco triste y cruel que dan las mujeres gozadas.
***
Y fue…
Fue a verla cien veces —quizá más. A las balandras. A las canoas. A las islas…
El pedazo de carne amada se le enroscó a la vida. Se alimentó más para ella. Se hizo más
fuerte para ella. Trabajó más para ella.
***
Pero un día…
—Nemesio Melgar, ¿sabés vos? Anoche mei comío a la atacosa. Caray que es buena hembra.
¿Sabés vos? Así no se cansa uno nunca. Sino juera porque no somo e jierro.
—Tenés razón.
Y pensó: Claro. La pobre mujer no lo había visto hacía dos días. Y como lo quería tanto...
Probablemente había pensao que era con él.
***
***
No pudo aguantarse:
—So... perra... Se que te revorcás con todo er mundo. Se que no valés pa que te quiera naide.
¡Más que perra! Quédate con tus carnes que queman. Me largo pa no vorver más…
La atacosa rió:
—¿Y qué? ¿Crees vos que me hacés fiero? Si así es mejor. Si así debiéramo ser toditas las
mujeres… Lárgate pues… Nunca me ha hecho farta naide.
Se dijera que el viento lo pateaba. Por todas partes. ¡Con patadas tan fuertes! Y como estaba
el agua tan cerca... Que saltó de la borda y se tiró al mar... Tar que canción.
No. 4
1. ¿Qué le ofrece Nemesio a la mujer?
2. ¿Cómo pretende conquistar Nemesio?
3. ¿Por qué le reclamó Nemesio a la atacosa?
4. ¿Cree usted que se muere de amor? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto)
Por guardar el secreto
Enrique Gil Gilbert (1912 - 1973)
***
—¿Cómo te llamas?
—Manuer Briones.
Fue como un dinamitazo ese nombre en su cerebro:
—¿Cómo dices?
—¡Manuer Briones, patrón!
—¿De adónde eres?
—Mismamente no lo sé.
—¿Y en qué quieres trabajar?
—De vaquería entiendo un poco.
—Bueno, vas a ganar dos sucres.
—Ta bien.
Quedó cerrado el trato. Don Pablo con el cigarro en la boca pensaba... pensaba... "Si fuera...
¡pero no es posible...! ¡Qué va a ser! Pero... pero... ¡bah! son majaderías".
El mayordomo entró.
—Desde mañana va a trabajar este muchacho en la vaquería.
—Ta bien patrón.
—Y hay que ver si es solo o con familia. Hazlo entrar.
Manuel volvió a entrar en el despacho del patrón.
—¿Tienes familia?
—Nada masj que mi vieja, patrón.
—Ajá. Entonces Ud. Rafael le da la casita que está desocupada; allí donde vivía Teodomiro.
Salieron ambos. Don Pablo, solo, comenzó a silbar lentamente, saboreando el recuerdo de su
juventud.
¡La Zoila! Aquella muchacha de catorce años con quien había tenido relaciones. Pero ¿qué
importancia podía tener? Si era algo que se hacía sin que a nadie le llamara la atención.
Y se olvidó. No pensó más en ello.
***
Manuel Briones estaba solo. Sentía un malestar inmenso. Quizás estaba enfermo. Tal vez no
lo estaba.
¡Ese tal don Pablo! Que para desgracia tenía su mismo apellido, le estaba siendo algo
antipático. No sabía por qué pero así era.
Un pensamiento acuchillaba su mente. Quiso distraerlo…
Don Pablo... Don Pablo era un desgraciado le habían dicho... Pero él no podía creer... que don
Pablo — ese desgraciado— se entendía con su mamá!
¡Su madre! No podía ser… Pero todo el mundo lo decía. Con razón cuando él pasaba tenía un
gesto.
—"¡Ej el entenao der patrón!"
Cuando lo oyó sintió correr desenfrenado por sus venas un frío de rabia. Se puso lívido. Y su
manzana apabulló la nariz del difamador de su madre.
Sentía alrededor de sí un ambiente hostil. Algo así como la burla o el desprecio o el respeto o
la ironía. En fin, un nosequé parecía estar en todos los que le rodeaban.
Y sencillamente odió a don Pablo Briones.
***
La selva tropical silbaba su canción de verano. Los árboles danzaban al son de esa música.
Había una penumbra inmensa, más trágica aún que la oscuridad completa.
Los animales eran esputos de la inmensidad negra del cielo.
Los árboles danzarinas lujuriosas.
Había una casa de paja y en la casa había silencio. La casa estaba en la selva recién
desflorada.
La luz proyectó en un eclipse la sombra de una cabeza sobre la arboleda.
Manuel Briones se estremeció. Aquella sombra caricaturizaba las facciones de un hombre.
Volvió a sentir el desenfreno glacial dentro de sus venas.
Se sintió en el vacío. Perdió la noción de la conciencia exacta. No supo si era o no era.
Solo, como a lo lejos, como venido quizá de adónde, machacaba en su cerebro, en todo su ser
la comprensión de una palabra.
—¡Verdás! ¡Verdás!
Reaccionó. Todas sus células salvajes despertaron. Y se sintió bestia de repente. ¡Quiso no
supo qué!
—¡Lo mato! ¡Lo mato!
No se dio cuenta por qué quería hacerlo. Estaba frío. Quería moverse y no podía. Y en su
mente había un vértigo de ideas.
Su madre... haciendo lo que él no se hubiera imaginado nunca... su madre con don Pablo…
—¡Mátalo! ¡Mátalo!
Atribuyó la orden a su padre.
—¡Matarlo! ¡Matarlo! ¡Matarlo!
Y no supo más.
Después se dio cuenta.
—Hey matao... sangre... sangre... Soy asesino... Yo...
***
El Juez sentenció:
—Diez y seis años a la Penitenciaría de Quito.
Pero el juez no había visto lo que él vio. Vio a su ma dre y a don Pablo... Ella tendida sobre la
cama... Y él... Él. Cuando la madre lo visitó en la cárcel le dijo:
—Manuer, ¿por qué lo hiciste?
—Porque mi taita lo hubiera hecho.
Y Zoila se desencajó.
—Habís matado a tu taita... ¡Pablo era tu taita!
Manuel sintió algo peor que lo que había sentido cuando presenció el hecho de que él creía
culpable a su madre.
Había odiado a su padre... Había matado a su padre… Pero él no tenía la culpa... No... El era
culpable... Se mataría... Pero ¿para qué? ¿Qué había hecho? Él merecía la pena de muerte…
¿Su madre? No. Nada. Ella nada. No tenía la culpa. Era sólo él. Y lloró.
—Mamá ¿por qué no me dijieron?
— ¡Pa que naiden sepa! ¡Pa guardás er secreto! ¡Porque ér quería casarse!
No. 5
1. ¿Qué le ofrece Pablo a Manuel Briones?
2. ¿Quién era Zoila para Pablo?
3. ¿Por qué Pablo y Zoila guardaron el secreto?
4. ¿Cree usted que es mejor no hablar de ciertas cosas? (Argumente su respuesta de acuerdo al
texto)
El cholo del cuerito e venao
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)
***
Y fue…
La canoa tuvo agitación de correntada. Los vestidos saltaron, tal que lisas cabezonas. Los
cuerpos florecieron. Arriba el sol —como una raya de oro— clavó sus dientes rubios en las carnes
brincadoras…
Y fue…
Sobre ella y sobre el mar. En el tálamo verde de las aguas. Ante los mangles enormes-bufeos
encadenados a las islas. Arropados con brisa y con horizonte.
Fue...
***
II
Con la Nica —hembra recia de espaldas musculosas y de muslos de cepo. Una mujer que lo
hizo gritar...
Era en una balandra —cerca del mar al fin—... Tirados sobre las cuadernas nudosas. Más potente que
siempre y que nunca.
—Caray que tenés fuerza…
—Claro. Er verde y la lisa no me fartan nunca.
—Ajá.
Nemesio Melgar —Chachito como lo llamaban— no podía ya.
—Bueno pué.
-—¿ Qué?
—Me largo…
—No. Tuavía no.
—¿ Qué?
¡Ah! cómo le brincaba la frase azul de la Nerea. "Como un cuerito e venao"
***
Con Gertrudis —vejancona sabia en amor... Decíase que en Guayaquil se vendía a bajos
precios en su juventud.
Era en un galpón de San Ignacio —la isla que tenía agua dulce— bajo un toldo. Tranquilos y
serenos. Gozando como nunca.
—¿Sabés vos? Eres lo mejor que hei conocío…
—Ja, ja, ja... Ya me lo han dicho.
—Paece que me batieras como a un molinillo.
—Ajá.
—Me hacés gozar como naide....
—Ta bien.
Pero allá —mardita sea— allá no sabía dónde. Pero muy adentro de sí mismo. Le gritaba la
voz. La pobre voz de la Nerea.
"Como un cuerito e venao".
***
***
Y esa noche, la historia vulgar. Los eslabones iniciales de la vieja cadena de la nueva vida…
Ah. Cómo calentó el cuerito e venao. Cómo lo cubrió. Cómo lo tornó incendio de carne. Vibración de
marejada…
No. 6
1. ¿Qué sucedió entre Chachito y Nerea?
2. ¿Qué sentía Nemesio en cuanto a las mujeres con quienes se relacionó?
3. ¿Por qué Nemesio sostenía que deberían cambiar de hombres y mujeres como de calzón?
4. ¿Cree usted que Chachito valoraba a Nerea? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto)
Cuando parió la zamba
Joaquín Gallegos Lara (1911-1947)
Era un hecho. Estaba preñada. Andrés no había vuelto por la casa de ella desde que se lo dijo.
¡Le daban tanto asco las mujeres así!
—Ej abusión que tengo pa mí: la mujer embarazada ej pior quer muerto di amaliadora: lo
pone pujón a uno.
¡Era todo eso! Y era también la imagen gentil de su negra que se le deformaba. ¡Cómo se
perderían esas caderas y ese talle en el montón de carne templada!
—¿Pa qué vesla hecha una botija?
Había también... El pensar si fuera suyo el hijo que estaba en la barriga de Lucha.
El negro Manuel —el marido— por su parte lo creía de él. Andrés dudaba.
—Yo monto al anca... ¿Pero cuar la empreñó?
Porque sabía que no era posible que fuese de los dos, como burlonamente decían. Del uno o
del otro.
—Si es mío sale amestizao... Si es dér carbón entero… vamos a ver.
***
***
El negro Manuel estaba encantado con la preñez de su mujer. Le blanqueaban los ojos de
gusto. Y pelaba el coco de los dientes en carcajadas de muchacho.
-Ja, ja, ja... ¿ Va ser como er padre un negrazo güen mozo!
Y se miraba el torso áspero de guayacán quemado.
Los hombros y los brazos como raíces nudosas.
De noche en la talanquera se revolvía sobre el cuero e venao y ponia su mano calluda, que
queria ser ligera, encima de la barriga Levantada, y le decia:
—¡Negra quiero que te acuides pa que no me albortes a mijo!
Desde que tuvo los tres meses, Manuel, que antes no dejara pasar una noche sin caer sobre
ella, con ardientes ansias, cesó de molestarla.
Cuando el calor del cuerpo próximo o el roce de sus pechos o de sus nalgas lo enardecía,
escapábase afuera. Con pretexto de orinar.
Lucha encontraba a veces —y se reía manchas pegajosas como de mullullo, en la parte baja
de las cañas de la pared. En la cocina.
***
-¡Ay! ¡Ay! Manuer, andavete tráite a ña Pancha, jay! vomo muero, cores también a la vieja
curandera que sabía hacer parir.
Se cerró la puerta. Fue un rato. En el cuarto casi a oscuras sólo se oía quejarse a la zamba. Y
la voz velada del negro Manuel:
—Pare nuestro questás en er cielo...
***
No. 7
1. ¿Qué piensa Manuel sobre el embarazo de Lucha?
2. ¿Quién era el padre de la criatura?
3. ¿Por qué las personas correrían si el pasado estuviese escrito en la cara de la gente?
4. ¿Cree usted que las mentiras tienen patas cortas? (Argumente su respuesta de acuerdo al
texto)
El cholo que se vengó
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)
—Tei amao como naide ¿sabés vos? Por ti mei hecho marinero y hei viajao por otras tierras...
Por ti hei estao a punto a ser criminal y hasta hei abandonao a mi pobre vieja: por ti que me habís
engañao y te habís burlao e mi... Pero mei vengao: todo lo que te pasó ya lo sabía yo dende antes. ¡Por
eso te dejé ir con ese borracho que hoi te alimenta con golpes a vos y a tus hijos!
La playa se cubría de espuma. Allí el mar azotaba con furor, y las olas enormes caían, como
peces multicolores sobre las piedras. Andrea lo escuchaba en silencio.
—Si hubiera sío otro... ¡Ah!... Lo hubiera desafiao ar machete a Andrés y lo hubiera matao...
Pero no. Er no tenía la curpa. La única curpable eras vos que me habías engañao. Y tú eras la única
que debía sufrir así como hei sufrío yo…
Una ola como raya inmensa y transparente cayó a sus pies interrumpiéndole. El mar lanzaba
gritos ensordesedores. Para oir a Melquíades ella había tenido que acercársele mucho. Por otra parte el
frío…
—¿Te acordás de cómo pasó? Yo, lo mesmo que si juera ayer. Tábamos chicos; nos habíamos
criao juntitos. Tenía que ser lo que jué. ¿Te acordás? Nos palabriamos, nos íbamos a casar... De
repente me llaman pa trabajá en la barsa e don Guayamabe. Y yo, que quería plata, me juí. Tú hasta
lloraste creo. Pasó un mes. Yo andaba po er Guayas, con una madera, contento e regresar pronto… Y
entonces me lo dijo er Badulaque: vos te habías largao con Andrés. No se sabía nada e ti. ¿Te
acordás?
El frío era más fuerte. La tarde más oscura. El mar empezaba a calmarse. Las olas llegaban a
desmayar suavemente en la orilla. A lo lejos asomaba una vela de balandra.
—Sentí pena y coraje. Hubiera querido matarlo a ér. Pero después vi que lo mejor era
vengarme: yo conocía a Andrés. Sabía que con ér sólo te esperaban er palo y la miseria. Así que er
sería mejor quien me vengaría... ¿Después? Hei trabajao mucho, muchísimo. Nuei querido saber más
de vos. Hei visitao muchas ciudades; hei conocido muchas mujeres. Sólo hace un mes me ije: ¡andá a
ver tu obra!
El sol se ocultaba tras los manglares verdinegros. Sus rayos fantásticos danzaban sobre el
cuerpo de la chola dándole colores raros. Las piedras parecían coger vida. El mar se dijera una llanura
de flores polícromas.
—Tei hallao cambiada ¿sabés vos? Estás fea; estás flaca, andás sucia. Ya no vales pa nada.
Solo tienes que sufrir viendo como te hubiera ido conmigo y como estás ahora ¿sabés vos? Y
andavete que ya tu marido ha destar esperando la merienda, andavete que sinó tendrás hoi una
paliza…
La vela de la balandra crecía. Unos alcatraces cruzaban lentamente por el cielo. El mar estaba
tranquilo y callado y una sonrisa extraña plegaba los labios del cholo que se vengó.
No. 8
1. ¿Por qué Melquíades aseguraba haber amado a Andrea?
2. ¿Quién es Andrés?
3. ¿Cuál es la venganza del Cholo?
4. ¿Cree usted que el futuro está dicho? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto)
Montaña adentro
Enrique Gil Gilbert (1912-1973)
***
***
***
Una tarde.
Se estremeció la montaña.
Un ulular que corta la circulación en las venas, un ulular que aterra. Se embriagó el ambiente
tranquilo.
Se vio cruzar veloz a un venado; una ardilla se paralizó e inmóvil, quieta, parecía esperar la
muerte. Un perico-ligero se quejo aún con más tristeza. Y corrieron no sé qué cuadrúpedos.
El espacio fue invadido por un millón de trinos asustados. Los pájaros volaron. Y hasta los
insectos brutos se guardaron en sus casas y huecos. Las iguanas pasaron temerosas remedando
serpientes con sus colas.
Las culebras zig-zaguearon veloces. Los árboles agitaban sus ramas como llamando la
protección del cielo.
Leonardo estaba en el seno de la montaña. Sintió sobre sí el vaho del miedo. Sudó tan frío que
palideció.
Y confusamente comprendió:
—¡Er tigre! ¡Er tigre!
Quiso correr. Lo mejor era salvarse. Pero... ¿Su mujer? ¿Su hija...?
Tuvo valor.
Lo mataría... iría hacia donde él. Lo mataría... lucharía con él.
Otro rugido.
Mejor era huir... ¡El tigre es grande! ¡La zarpa destroza el pecho! ¡Y gusta beber la sangre
cuando todavía está viva la presa...! ¡Más que sea él se salvaría... mejor que murieran ellas! ¡No! ¡Si
era su hija! ¡Si era su negra.
—¡Leonardo, er tigre!
—¡Ay! ¡Ay! Taita, me come...
¡Mentira, qué miedosas eran! Lo hacían para que él fuera... Pero ya iría... No había necesidad
de que lo llamen...
Apareció, bello en su fealdad, manchado, no tigre sino jaguar: el pelo hirsuto y sucio de lodo.
¡Apestaba! A vómito, a sudor, a agrio, a defecación.
—¡Leonardo, mija! ¡Mija! ¡Mija!
El señor de la traición y la sangre con dos saltos como dos golpes abofeteó el espacio y las
distancias se derrumbaron humilladas.
Pero no cayó sobre ellos. La víctima fue un venado.
—¡ Ya no llores mija!
—¡Bendito Dios que nos hizo gente!
— ¡Quién sabe, mujer, quién sabe!
***
***
***
***
A los cuatro campanazos de los machetes la marimacho hizo saltar al estero el rabón de
"Cuchucho".
—¡Ah! ¡Mardita sea!
Tenía que cumplir. Se quedó quieto. Después se metió en el cuarto y se acostó en la hamaca.
No decía una palabra. Y luego ella también había callado.
***
Bajó la marea como baja en aguaje. Antes de que hubiera caminos "Cuchucho" asó un
bagresito y un verde y le brindó. Ella aceptó y comió seria, sin desafiarlo ya.
Al fin salió de la balsa.
—Ta otro día...
Caminó por la tierra enlodada de la que salían húmedas evaporaciones de caliente sol.
"¡Ta otro día! ¡Ta otro día!"
Y él sabía que no volvería más. Porque odiaba a los hombres y su contacto con la mujer esa;
era la "Manflor"...
"Cuchucho" empezó a arreglar sus cosas. Al día siguiente se iba para Guayaquil.
Ahora el estero estaba tan vacío que la balsa descansaba en firme sobre su cama de lodo.
Y no se veía sino un surco, una herida llena de lodo —pus de la carne de la tierra— en cuyo
fondo chorreaba un hilo de agua turbia…
No. 10
1. ¿Cuáles eran los motivos de ser conocidos como el "Cuchucho" y la "Manflor"?
2. ¿Qué acuerdo hacen el "Cuchucho" y la "Manflor" después de la pelea?
3. ¿Piensa que la"Manflor" provoca al "Cuchucho"?
4. ¿Cree usted que los deseos de los hombres justifican todas las acciones? (Argumente su
respuesta de acuerdo al texto).
El tren
Enrique Gil Gilbert (1912-1973)
Ellos los veían trabajar todos los días. Eran hombres venidos de la ciudad y gringos de
sombrero alón, pantalones de montar y pipa en la boca.
Iban a ver cómo trabajaban. Pasaban horas y más horas contemplando cómo rompían la tierra
con sus picos o echaban cascajo encima del relleno para poner unos palos acostados.
—Es el tren que va a venir.
Explicaban.
De entre ellos algunos, que habían estado por arriba, lo conocían.
Era un carro enorme que corría más duro que un parejero y parecía animal.
Arrastraba rabiatados una porción de carros. A veces gritaba "como chico llorón". Cuando
avanzaba sobre los rieles —contaban los que lo conocían— nada respetaba. Por allá arriba había
matado cuanto chivo y borrego encontraba. ¡Y nadie les pagaba nada!
Así decían. Los otros escuchaban absortos.
Pero los gringos decían que iban a traer la civilización.
¿La civilización? ¿Y qué sería eso? Todos discernían y cada cual emitía su opinión.
—¡Er tren! ¡Er tren!
Ya sabían el nombre. Por lo pronto era bastante.
Los que sabían algo explicaban a los que recién venían, atraídos por la novedad.
Y los picos seguían rompiendo.
Habían traído unos aparatos... ¡"más fregaos"...!
Eran unos tubos que los ponían sobre unas cosas de tres patas, largas como de gallaretas. Por
ahí aguaitaban…
¿Qué verían?
¡Ah! Pablillo había visto. Era para aguaitar unos palos colorados y blancos que los ponían
para verlos.
Pablillo se reía de los gringos.
¿No tendrían qué hacer? ¿O serían locos? ¿O brujos?
Una vez se le había ocurrido aguaitar y un gringo alto le había dado un sopla mocos que no le
dejó más ganas. Solamente de lejitos iba a ver.
II
III
Pasó algún tiempo. Los trabajos avanzaban. Las expropiaciones continuaban y el tren no
venía.
Habían colocado las líneas. Al fin un día dijeron que ya iba a llegar.
—¡ Ya biene! ¡Ya biene!
Salían todas las mañanas a mirar por si acaso viniera. Pero no venía. Un día…
Vinieron unos señores elegantemente vestidos, con un cura y bastantes señoras. Hubo fiesta.
—La inauguración— les explicaron.
—La nagurasión— se decían unos a otros—. Esto es la nagurasión…
Y se quedaban como si no les hubiesen dicho nada.
Pero a los pocos días ya no trabajaban.
Las mujeres pusieron el grito en el cielo. Ya no había trabajadores sedientos que consumieran
la chicha preparada por ellas. Ya iba a llegar el tren. Una curiosidad por ver algo que no habían visto
se apoderó de todos poseyéndolos con furia.
Seguían desgranándose los días y el tren no venía.
La espera había engendrado la duda y estaba a punto de nacer la incredulidad.
¿Cuándo vendría?
Salían a ver cómo las paralelas a modo de dos largos brazos de un ladrón desconocido se
tendían sobre los terrenos que les habían obligado a vender. Contemplaban el sendero interminable
con una angustia tonta. Se preocupaban más de lo que debían por conocer aquella máquina. Era una
espera igual a la de los chicos en la nochebuena.
— ¡Ya biene! ¡Ya biene!
Se oyó un rugido espantoso. Los terneros balaron y huyeron. Los toros se miraron espantados.
Las vacas quedaron enclavadas en el pasto. Los caballos tras un relincho galoparon. Los chanchos
gruñeron de susto. A las serpientes se las vio pasar rápidas, como una lengua que lamiera, asustadas
asustando a la gente.
Los hombres sintieron el temor innato que se siente ante lo desconocido. El rugido furioso
apostrofó el silencio de la montaña cultivada.
El carro de hierro, negro, inmenso, arrollador, pasó tosiendo bulla y estornudando humo.
—Cuánta gente si ha tragao…
Todos sintieron la caricia del viento que dejaba tras de sí. Los viejos contemplaban con los
ojos desorbitados tamaña cosa.
— ¡Eso esj cosa er diablo!
Cuando pasaron el tren y el estupor vieron…
...Querían ver con serenidad... Y no querían creer en lo que veían…
Al fin... Como saliendo de un sueño… Un harapo... Un estropajo, un despojo…
¿No sería la defecación del monstruo?
Se acercaron más y más.
Un hombre se adelantó. Tocó: estaba ensangrentado.
Era carne. Carne humana. ¡Por Dios! ¿Podía ser? Era un muchacho. ¿Cómo estaba allí?
—¡Pablito! —gritó una mujer— ¡Pablito, mijito! ¡Mira a tu mama...! ¡Oy...! ¡Pablito...!
No. 11
1. ¿Cómo se describe al tren?
2. ¿Cómo eran expropiados los dueños de las tierras?
3. ¿Por qué el tren era comprendido como “civilización”?
4. ¿Qué cree usted que la carne humana representa? (Argumente su respuesta de acuerdo al
texto).
El cholo que se castró
Demetrio Aguilera Malta (1909-1981)
***
***
El humo la ahogaba. El humo la hacía perder noción de todo. Tornábale fiesta nupcial, la
llamarada de muerte.
Los brazos de él entre tanto la acogían propicios y potentes. Las llamas extendían sus labios
rojos para besar sus cuerpos duros de mangle.
***
Saltó con ella al mar. Tal que bufeo nadó. Brincó sobre las crestas de las aguas violentas.
Puso en sus labios la risa irónica del domador.
Pensó en los tiburones, en los catanudos, en las tintoreras.
Rió.
Miró a la chola inconsciente que su nervudo brazo sostenía.
Rió otra vez.
—Tenés que ser mía…
La balandra incendiada era apenas un punto luminoso en el horizonte.
***
Tirado en el cuero de venado. Con dolor de recuerdo. Lo que no tuvo nunca. El pasado —tal
que luz en neblina— se arrinconaba en su pobre cerebro.
El pasado…
El mar reía. Los mangles se empinaban. Las tijeretas parecían querer cortar el vientre de la
mañana indolente.
Ah. El pasado…
***
¿Cómo fue?
Pué, dende chico…
La canoa. La canoa rápida. Incansable. Tendida como una caricia al horizonte. El olor a
pescao. El vestido de humo. La zarpa luminosa del sol. Fiesta de arroz y de lisas en el cotidiano
devenir. Agitación de nada que se alarga en los esteros... Encanto de inconsciencia. Ceguera triunfal
de no iniciación en los secretos de la carne.
Y un día…
Fruta en sazón al fin, el latigazo de esa carne. El temblor de la caricia ignota. La mujer, la
primera canoa de ver-dad. Para el violento estero de la vida.
***
Fue su prima.
Que un día arrinconó en una ñanga. Que un día abrazó brutalmente. Que un día tumbó sobre
la playa. Tras un girón de rocas soñolientas.
Tal que un machetazo sonó un grito. Unas chaparras corrieron asustadas. El viento se llevó el
secreto. El secreto ya propio de Nicasio Yagual.
***
***
Porque le abrió el cráneo al viejo. Porque lo buscaron por todas partes. Porque le dijeron que
de noche el muerto lo andaba buscando en los manglares solitarios.
Nicasio Yagual se fue po arriba.
***
Ah. Po arriba…
En visión de relámpago, se vio sobre potros y sobre mujeres. Tirando el lazo y el machete.
Desyerbando al arroz u ordeñando al ganado. Más hombre que siempre y que nunca.
—Pero…
¡Mardita sea!
La mujer der patrón. La blanca fuerte y joven, lo mareó. Tal que el mejor guarapo del río
Daule.
Y como ella no lo quería. Como ela ni siquiera lo miraba. Como ella lo trataba con
desprecio...
***
Esperó…
Días, meses, años…
Pero al fin —una tarde— el patrón le dijo:
—Nico, acompaña a la señora: va para "Dos Revesas".
—Ta bien patron.
***
***
No recordaba bien... Acaso él intentó poseerla. Acaso ella protestó. Acaso él la tiró del
caballo. Acaso la golpeó. La golpeó demasiado. Acaso alguien la hizo daño despues…
Acaso…
Pero.
Lo cierto es que lo buscaron. Para matarlo. Para guardarlo en la cárcel. Para quien sabe qué.
Porque a la blanca la encontraron medio muerta. Bajo la sombra amiga de un enorme tamarindo.
III
Tal su pasado.
Su pasado de don Juan de las islas. ¿Ahora? La tranquilidad. La paz. El refugio bienhechor
del cuerito e venao. El silencio. La más preciada voz del que luchó.
Pescaría. Cogería lisas y parbos, roncadores y chapa-rras, corvinas y cazones. Tendería las
redes -en abrazo brutal- sobre la carne móvil de las aguas vibrantes. Donde nació moriría. Su amada
canoa —en marcha veloz- lleva-ríalo a los recovecos más oscuros de las ñangas…
Ah. Nicasio Y agual...
***
Pero…
¡Mardita sea!
De po arriba. Nacida ríos adentro. Extraña. Brava. Dominadora. Riéndose de mujeres y de
hombres…
Llegó una mujer.
La Peralta...
Que diz que manejaba el fierro como naide. Que diz que se había comido a varios. A varios de po
arriba.
***
Y —es claro— Nicasio Yagual brincó. Olvidó sus pescados y sus redes. Su silencio y su paz.
Exploró —con ojo avizor la selva monocorde de las ñangas. Se introdujo tal que anzuelo de angustia
en las agallas grises de las islas.
***
Y la encontró. Sola. En su canoa de pechiche. Tal que una aparición. Regadora de cromos y
de ruidos.
Pegábale el viento los vestidos tenues al cuerpo triun-fal. Los pechos saltones parecían
sonreir. Las caderas opulentas tenían desdenes de dominación.
—¿Querés que te acompañe?
—No
Las canoas se unían. Aunque ella tratara de evitarlo.
—¿Quién eres vos?
—Nicasio Yagual…
—Ah. ¿Nicasio Yagual? ¿Er que ha fregao a too er mundo por este lado?
—Sí.
Lo miró intensamente. Explorándolo.
—Bueno. Ta bien. Me largo…
—No. No te largas.
—¿No? Cuidao.
—¿Cuidao qué?
—Te va a pasar lo que ar defunto Banchón…
—¿ Qué le pasó?
—Lo encontraron muerto en su canoa.
—¿Dedeveras? Ta bien... Pero no te vas.
—¿No me vo? Ya verás…
Se echó a pique. Rápida. Violenta. En su mano vibró el fierro. Agil y luminoso.
—¿No me largo?
—No. No te largas... Pero espérate. Quiero ecirte argo…
Se acercó. Casi a tocarla. Le miró en los ojos.
—¿Sabés vos? Tú manejas er fierro mu bien. Yo lo mesmo. Hagamo un trato. Démono ar
fierro. Y si tú ganas hacés lo que quieras conmigo. Si yo gano serás mía.
La chola a su vez rió.
—Ta bien...
***
Se abrieron. Los pies en los bordes de las canoas agitadas. Con algo de sol en los ojos y de
viento en los brazos.... Los machetes arrojaron serpentinas de fuego. Tal que extrañas campanas
latiguearon el ambiente con sus sones.
—Vas a probar Nicasio Yagual... Vas a ver cómo es una hembra e po arriba.
—Sí. De que te tenga en mi tordo. Y te haga gritar…
—Ja, ja... Te vo a quitar lo que te cuelga…
—¿De verdá? ¿ Y entonces qué dejas pa vos?
—¡Desgraciao! Tápate este gorpe…
—Yastá.
Rojos los cuerpos vibrantes y los machetes brincado-
Rojo el cielo.
Rojo el mar.
Rojo el sol.
***
De pronto Nicasio se hizo atrás. Ella saltó. Le echó el mente To. le dio red el equilibrio.
Sintió un golpe en la
Cayó…
***
Volvió en sí. Tirada estaba al plan de la canoa. Nicasio al pie de ella la miraba. Casi
inconsciente se tocó la cabeza.
Nicasio rio.
—No hay nada. Sólo fue un planazo.
La Peralta medio se levantó.
—Me habís ganao... Y astá... Me quedo.
Nicasio la miró. Se inclinó. Le cogió los brazos. Y con una voz extraña. Sin saber cómo. Tal
que borracho.
—¿Sabés vos? Tei ganao.. Pero te vas... Yo hei fregao a too er mundo. Mei tirao a las mujeres
quei querío. Hei macheteao a too er que se atravesó en mi camino... ¿Pero vos? Yo quiero que te
largues... No quiero verte más.
***
IV
Pensó.
El era bueno. Ahora que se buscaba a sí mismo —sin saberlo— lo había conocido. Creía en
Dios, en la Virgen, en todos los santos... Creía que se iría al infierno... Claro...
Así le había enseñao su padre... Y así había de ser…
Pero había algo que lo había mandado. Que lo había obligado a ser malo. A volverse un
tiburón del mar de la vida. A matar hombres y a fregar mujeres.
Intentó rebelarse muchas veces. Pero todo fue en vano. Ese algo lo dominaba, lo poseía, lo
arrastraba…
Ah. Pero se vengaría…
Se imaginó a esos cerdos que perdida su potencia viril, sólo piensan en comer y dormir.
—Ja, ja, ja…
Se vengaría.
***
La mañana vibrante y luminosa. El sol como una mano de oro tocando en las guitarras
blancas de las nubes…
Un cholo en la playa. Y un machete en la mano del cholo…
De pronto hay un relámpago. Hilos rojos tejen enredaderas de angustia en el inmenso vientre
de la orilla…
El cholo corre con su trofeo inútil en la mano…
Corre.
Corre.
Corre.
Hasta que vacila y cae…
Una jaiba se acerca perezosamente. Un camarón brujo parece reir. Allá a lo lejos silba —con
su aleta cortante como un puñal de carne— la tintorera audaz,
***
No. 12
1. ¿Cómo reacciona la chola ante las intenciones de Nicasio Yagual?
2. ¿Qué recuerda Nicasio sobre su vida?
3. ¿Qué incidencia tiene la Peralta en la vida de Nicasio?
4. ¿Cree usted que Nicasio se arrepiente? (Argumente su respuesta de acuerdo al texto).
La salvaje
Joaquín Gallegos Lara (1911-1947)
¡La salvaje!
Viviña tenía ganas de conocerla. Se burlaba de todas las historias sin creerlas. Esta le daba el
atractivo del incitante sensual: la salvaje raptaba a los hombres. Se los llevaba al monte. A tenerlos de
maridos.
¡Los otros cuentos eran nada! El descabezao. La gallina e los cien pollos. ¡El ventarrón der
diablo! ¡Bah!
No temía a los muertos. En cuanto a los vivos los había probado. Cuando peleo con Toribio al
machete. Por un pañuelo e la Chaba. Le rompió las costillas y delante de todos que gritaban:
—¡Cójanlo! ¡Cojanlo!
Lamió la negra hoja cubierta de coágulos.
Su ociosidad lo hacía vaguear. Acostumbraba irse a dormir al monte. Y se iba a Güerta
Mardita. Sin importarle una guaba la penación del moreno que estaba allí enterrado con la mujer y los
hijos, a los que mató. Los que la cruzaban de noche decían que oían salir gemidos de bajo la tierra.
Viviña oía únicamente el silbido del machete del viento tumbando ramas viejas y matas de plátano
secas. Las congas haciendo huecos en los palos podridos. Y la noche caminando.
***
***
***
Al cuarto día cruzó un río. Ríoverde —pensó. Era un canalón de verano. De invierno se
llenaba. Ahora estaba medio de agua lamosa. Cubierto de una capa de baba pestilente.
Del otro lado estaba la montana. Bejuco. Bejuco. ¡Qué arbolazos! Y el silencio negro debajo.
Viviña había estado allí sacando madera. Pero no solo. ¡Ahora le pareció un brusquero enorme y
cerrado! Donde no le daban muchas ganas de penetrar.
—¡Ahí tarbés ta la sarvaje!
Se quedó en la orilla de Ríoverde.
Toda su vida se acordaría de la tarde que pasó allí. Sentado en un tronco caído. En una
playita.
El silencio le daba miedo.
La quietud del brusquero gigante tras el cual había quien sabe qué…
Toda la gente tan lejos. El agua verde acostada con los brazos abiertos. Se aclimataba al
prodigio... o enloquecía.
¿Con quién hablar?
***
De noche oyó rugir al tigre. La bestia lo olía. Viviña lo olió también. A verraco. A perro
sarnoso. A meao podrido
En casa ajena no se hace bulla. Y allí se estuvo. Quedito. Sin palabras. Con la lengua seca y la
boca salada.
El matapalo de muchos troncos era espeso y rumoroso. Quizás eso lo salvó. El tigre se
contentó con un mono. Un mono alto, alto, que estaba agazapado más bajo de Viviña. Un mono igual
a un negro. De barbas temblorosas. Y que del miedo gemía como un niño.
Saltó el tigre. El bultazo rompió el ramaje. Le pareció grande como un chumbote o un burro.
A la madrugada lo despertaron gritos de pájaros que no conocía.
Empezaba a temer la montaña. Cuando clareó bajó al suelo a beber. El agua inmunda le dio
asco. No había otra cosa. ¡Y el susto da sed!
¿Y la salvaje? Nada.
Cada vez creía más que todo era un cuento. Rompió el bejuco a machete. Se cansó. Pisaba
con temor la hojarasca: "por si aca una rabo e güeso..." Avanzaría sin abrir camino. Deslizando su
cuerpo ágil. Entre las enrevesadas atarrayas vegetales.
Desayunó zapotes que sabían a yerba. Comió guabas y cáuges.
Al mediodía de un garrotazo mató un armadillo. Encendió una candelada y lo asó en su
misma concha.
Pensó que no pasaría otra noche como la anterior expuesto al capricho del tigre. Encendería
fuego y pasaría despierto.
***
¿Cómo se durmió en tierra? ¿Vino el sueño del olor agreste de las frondosidades de los
árboles desconocidos? ¿Fue sólo el cansancio?
Allí estaba. Caído como un tronco más. Rotas las raíces. Tumbado de espaldas en las hojas
secas. Inmóvil. Y al despertar…
¡La salvaje!
Unos brazos. ¡Qué brazos duros y blandos a la vez, como el caucho! Una boca. Un caimito
succionante y pegoso, que chupaba activo y de repente cesaba; se dejaba; parecía nada más ya que la
pulpa dulce de una rara guanábana sin pepas.
Y un peso encima. Se iba dando cuenta. Los pechos era verdad lo que contaban— eran
redondos y tibios. A Viviña le recordaban los de una longa, criada en el pueblo y que fue suya.
Se notó echado de espaldas. Apoyados los riñones en una raíz de higuerón.
Ese vientre en movimiento.
Y la sensación chupante y ruda del centro de esos muslos que lo envolvían con avideces de
culebra. Y vino el mareo de amor.
Pero entre esas caricias cada instante más multiplicadas y feroces, que en el extremo vibrátil
de su ser le dolían y las gozaba, ¿qué sentía?
¡Ah! ¿Por qué?
Los brazos amantes le apretaban el cuello. Se ahogaba. Había tenido todo el rato los dos ojos
de "ella" negros y llenos de luz llameante frente a los suyos. En la angustia los vio borrarse y perderse
en el apretón.
—No. Suerta... No.
Las palabras no sonaron. Tabletearon como martillazos dentro de su cerebro. Ya no se
defendió. Ella encima, cálida, lo envolvía. Se le entretejía con brazos y piernas.
Por los besos entraba en él el jugo de la montaña.
Y todo, todo, se le volvió confuso, turbio. Menos la palabra extendida, inacabable, que le
retumbaba dentro:
— ¡La salvaje!
No. 13
1. ¿Quién era la salvaje?
2. ¿Cómo es el trayecto de Viviña?
3.
4. (Argumente su respuesta de acuerdo al texto).