sonetos
William Shakespeare
sonetos
Compilación y traducción de
Edgardo Scott
Colección ZONA de TESOROS
Shakespeare, William
Sonetos / William Shakespeare ; compilado por Edgardo Scott. - 1a
ed. - Buenos Aires : Interzona Editora, 2018.
60 p. ; 17 x 11 cm. - (Zona de tesoros)
Traducción de: Edgardo Scott.
ISBN 978-987-3874-77-2
1. Poesía Inglesa Clásica. I. Scott, Edgardo, comp. II. Scott, Edgardo,
trad. III. Título.
CDD 821.3
Sonetos fue publicado por primera vez en 1609.
© de la traducción y prólogo, Edgardo Scott
© interZona editora, 2018
Pasaje Rivarola 115
(1015) Buenos Aires, Argentina
www.interzonaeditora.com
[email protected] Diseño de tapa: Florencia Gabrás | Estudio KPR
Traducción y prólogo: Edgardo Scott
Corrección: Bettina Villar
Cuidado de edición: Brenda Wainer
Producción: Mariel Mambretti
Libro de edición argentina.
Impreso en India. Printed in India
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el
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Prólogo
1.
Justamente en la contratapa de una de las últimas
ediciones de los Sonetos, uno de los últimos etí-
licos sabios ingleses, Peter Ackroyd, dice que
Shakespeare es el más consumado genio de
todos los tiempos; no hace tanto, el siempre un
poco desmesurado Harold Bloom lo nombraba
“inventor de lo humano”. Nuestra summa literaria
y fuera de conjunto, Borges, en el final de su vida y
de su obra, le dio a Shakespeare el estatuto o
lugar de la creencia; y a propósito de los sonetos
dice que la obra es “intrincada y oscura, precisa-
mente porque es íntima. Nos depara fragmentos
cuyo contexto no será revelado, nos deja oír
respuestas a preguntas cuya respuesta siempre
será dudosa”. Es decir que mientras Borges
también se persigna y alaba a Shakespeare,
no arriesga interpretaciones, no entrega expli-
caciones ni hipótesis; y como es astuto, nos dice
que tampoco hacen falta: “El lector puede
prescindir del incierto sentido de los sonetos,
y deleitarse con su música y sus imágenes”. Tal
es su parálisis o su inhibido desconcierto frente
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a Shakespeare, que Borges –sí, Borges– admite
y declina la posibilidad o imposibilidad de
traducción: “Transcribamos otro pasaje, que no
me animo a traducir”, dice y cita en inglés los
cuatro primeros versos del soneto CXXIII. Por
último, en un arrebato de honestidad, por fin
se rinde, por fin confiesa y al confesar, acierta:
“Los sonetos de Shakespeare son confidencias
que nunca acabaremos de descifrar, pero que
sentimos inmediatas y necesarias”. Es eso, esa es
la clave: descifrar. Cuatro siglos más tarde, todavía
menos leemos a Shakespeare que seguimos desci-
frándolo. Descifrar como el acto supremo, como
la mayor proeza de lectura. Como vanguardia.
2.
El soneto isabelino consta de tres cuartetos deca-
sílabos de rima cambiante y de un dístico rimado.
La traducción de los sonetos ha corrido suertes
diversas, de estilo, de calidad, de método, de
forma. Si bien ha habido intentos de trasladar
la métrica inglesa al español, adecuarlo a las
formas del soneto y del verso en castellano, ya en
1877 Matías de Velasco y Rojas, marqués de Dos
Hermanas, hace una buena traducción en prosa
(tal vez no sea casual el mestizaje: Velasco y Rojas
era un español nacido en La Habana); de modo
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que no se pierde en la búsqueda de trasladar o
imitar métricas o rimas y privilegia el sentido, el
color, el gusto. Pero como bien se sabe, así como
la obra clásica no necesita actualizarse, la traduc-
ción de la obra clásica, sí. Numerosas (no incon-
tables) han sido las versiones de los Sonetos. Yo he
trabajado con varias traducciones españolas, con
la flamante del colombiano William Ospina,
con la rimada y notable de Andrés Ehrenhaus,
pero sobre todo con los sonetos que tradujo el
nunca del todo reconocido, aunque tan recono-
cible, Mujica Láinez. “La respiración espiritual de
su creador”, decía Manucho a comienzos de los
sesenta sobre el conjuro, el propósito a conseguir,
su propósito al traducir poesía –siempre sospe-
chada de intraducible–, y especialmente para
traducir los Sonetos. Recrear, entonces, la respi-
ración espiritual de su creador, es lo que intentó
con gran eficacia Manucho. La distancia, y
distinción, quizá entre Creador-Shakespeare
(suspender el fantasma, el ominoso nombre
propio, como sombra tutelar y terrible) es la
que también busqué yo mismo. Apenas recrear
a un creador. Y en ese decasílabo o endecasílabo
e infernal paraíso shakespeariano, Manucho no
solo me ha asistido sino que me ha guiado con
sabiduría.
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3.
Los sonetos se publicaron por primera vez
en 1609. Shakespeare tenía –¿tendría, debería
tener?– 45 años. Siempre teniendo en cuenta que
murió a los 52. Cifras. Números. Supersticiones
de nuestra era. Los estudiosos proponen que
habría escrito los sonetos a lo largo de al menos
diez años. También sugieren un lector –una
lectora, un destinatario, una amante– privado.
Un lector privado, una mujer inspiradora y
receptiva de la que nunca sabremos el nombre.
Los sonetos como cartas. Como postales de
amor. Por eso hay ediciones donde se titulan de
ese modo, Sonetos de amor. Los sonetos no son
óperas ni conciertos, son, precisamente, una
música de cámara. Una larga y amorosa y devota
y sofisticada serie de nocturnos o sonatas breves.
4.
Todos nos hemos buscado y encontrado en
Shakespeare. Shakespeare es un gigantesco espejo
solar, una galaxia, una inagotable nave nodriza
que alguna vez inventó y definió nuestra tragedia
y nuestro canto. Y así seguirá siendo por mucho
tiempo. Por eso Víctor Hugo, por eso Joyce, por
eso Borges. Por eso Auden, por eso Idea Vilariño,
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por eso Allen Ginsberg. Por eso Morrissey, por
eso Rufus Wainwright. Todos en algún momento
van, han ido, irán hacia Shakespeare; escuchan el
llamado, pero no como si fuera el llamado de la
especie o de la sangre; no un llamado antiguo, por el
contrario, un llamado contemporáneo, un llamado
reciente. Todavía Shakespeare es la gran cifra de
nuestra experiencia, un misterio, un jeroglífico
que nos diseña y en el que todavía trabajamos,
y que por supuesto aún no hemos descifrado
del todo. “Todo lo existente es traducción”, dijo
Murena. Difícil, ardua, extenuante traducción.
Por eso siempre la comodidad –la objeción, la
necedad– de dudar de su existencia. Todavía en
Shakespeare perdura el enigma y su misterio. Por
eso, y como un desliz, muchos han puesto en cues-
tión su concreta, material, corpórea existencia; o la
han multiplicado. Otros, los académicos, persiguen
como espías el rumbo de ediciones y manuscritos.
Pero no encontrarán ahí ni el centro del laberinto
ni al minotauro. El misterio de Shakespeare, como
la carta de Poe, sigue estando a la vista, en la deli-
cada y compleja interlocución de su mensaje. En
el absoluto sentido de su palabra y de su lengua.
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5.
“Oh, el mejor hábito del amor es parecer verda-
dero” (O, love's best habit is in seeming trust). Soneto
CXXXVIII. Parecer verdadero. Ninguna otra
verdad. Ninguna otra apariencia. Ningún otro
amor. También Shakespeare parece verdadero,
lo sigue pareciendo, y por eso lo es. No hace falta
más. Con ese modesto prodigio estos sonetos
se vuelven insuperables. O como el amor:
imprescindibles.
Edgardo Scott
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Nota
Se reúnen en este volumen 45 sonetos de los 154
que integran la edición original. Se les ha dado
un orden a la vez caprichoso y aleatorio. Un orden
nada lineal –¿quién puede leer en forma lineal
un libro de poemas?– que trata de imitar ese ir
y venir, ese dejarse tentar, precipitarse y volver
–acaso faltaría repetir, releer–, tan propio de
la arrobada y curiosa lectura de poesía. Pero
también la selección es una antología en su
carácter o voluntad simbólica: reúne, o intenta
reunir, los sonetos más citados, estudiados y
admirados de William Shakespeare.
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I
De las más hermosas criaturas deseamos nacer
Así la belleza de la rosa no podría morir nunca,
Y cuando el ser maduro enfermara con el tiempo,
Su tierno heredero podría guardar su memoria:
Pero tú, ocupado en el brillo propio de tus ojos,
Alimentas la llama de tu luz con tu elemento,
Y hambre produces donde yace la abundancia,
De ti mismo, enemigo, demasiado cruel con tu
dulzura.
Tú que eres del mundo hoy fresco adorno,
Y heraldo solamente de la ordinaria primavera,
En tu propio capullo, sepultas tu alegría,
E, idiota tierno, te echas a perder en avaricia.
Del mundo ten piedad, o vorazmente,
Entre tú y la tumba, comerán del mundo
solo lo debido.
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