En este ensayo vamos a tratar la segunda hipóstasis de Plotino, explicando
la verdadera naturaleza de la Inteligencia o Espíritu, colocándolo en su lugar
dentro del esquema de la realidad y viendo su relación con las teorías de
otros filósofos.
Plotino elaboró su teoría de la Inteligencia recogiendo ideas de Platón, de los
pitagóricos y de Aristóteles, fundiéndolas y creando una síntesis. Del
primero recoge la idea de Inteligencia como irradiación del Bien, como un
destello similar al halo luminoso que rodea al sol. El Uno-Bien, la primera
hipóstasis, sería el centro del círculo, mientras que la Inteligencia, sería la
circunferencia que emana de él. La emanación de la Inteligencia sería una
consecuencia de la bondad del Uno, su propia plenitud se desbordaría,
dando lugar, no por voluntad, sino por necesidad ontológica, a la
Inteligencia.
De las doctrinas no escritas de Platón obtiene la idea de la génesis de la
Forma como conjunción de un principio doble: la Diada indefinida y el Uno,
el último como principio activo y la primera como materia. Siendo esta
Diada indefinida una idea tomada de los neopitagóricos. De Aristóteles,
finalmente recoge la idea de intelecto en potencia y en acto. Es decir, el
intelecto humano es inicialmente en potencia y pasa a ser en acto.
De esta manera, Plotino elabora su teoría de la génesis de la Inteligencia
distinguiendo dos fases: Inteligencia incoada e Inteligencia perfecta.
En la primera fase, la Inteligencia emana a modo de irradiación circular del
Uno-Bien, siendo todavía actividad indeterminada, vacía de contenido
(aunando las ideas de Diada indefinida con intelecto en potencia
aristotélico). Sin embargo, no es pura indeterminación, sino que es potencia
intuitiva y, además, está acompañada de deseo. Este deseo, o añoranza el
Uno, es el que frena su proceso de emanación del Uno y el que la empuja a
volverse a él, entrando en la segunda fase de su formación.
Consecuentemente, la segunda fase se desarrolla en tres etapas:
detenimiento, vuelta y visión, “se detiene para volverse, se vuelve para
mirar y mira para ver, y al ver, se convierte ya de Inteligencia incoada en
Inteligencia perfecta, en Ser y en Esencia.” En esta conversión, por lo tanto,
entran en acción dos agentes: el Uno-Bien, actuando como objeto de visión,
y la propia Inteligencia, que hace de sujeto. Esto hace que la segunda
hipóstasis sea auto constitutiva, ya que interviene activamente es su
perfeccionamiento llevada por su anhelo hacia el progenitor.
Además, la Inteligencia, cuando observa al Uno, no lo capta en toda su
unidad, no es capaz de retenerlo tal y como es, sino que lo contempla
pluralizado. Y estas son las Esencias-Formas que la Inteligencia produce
cuando se frustra su eterno intento de aprehender la trascendencia del Uno.
Tal y como dice Plotino: “Del Uno que es aquél brota la multiplicidad que hay
en ésta. Porque no pudiendo dar cabida a la potencia que tomó de aquél, la
fragmentó y de una la hizo múltiple a fin de poder sobrellevarla por partes”.
Es importante señalar que ambas fases del proceso no se desarrollan en el
tiempo, sino en un ahora eterno: la Inteligencia está eternamente
procediéndose, volviéndose al Uno y pluralizándolo.
Esta noción dual de la Inteligencia, entra en conflicto por ejemplo, con la
concepción aristotélica de Dios como pensamiento que se piensa a sí
mismo, porque esta idea compromete la unidad y trascendencia del primer
principio. Si Dios necesita pensarse para ser consciente de sí mismo,
entonces depende de algo otro para ser lo que es. Esto, para Plotino, es una
imperfección. El Uno-Bien debe ser autosuficiente, existir por sí mismo sin
necesidad de ninguna actividad. Además, la auto intelección implicaría un
cambio en Dios. Pues, si bien no es un cambio en el tiempo, como hemos
señalado anteriormente, sí es un paso de potencia a acto por un ser en acto,
algo no atribuible a un primer principio supremo. El principio de todas las
cosas no es ninguna de ellas, sino anterior a todas ellas. Para Plotino,
Aristóteles confunde a Dios con la Inteligencia, pues atribuye auto
intelección al primer principio.
Relacionando sus propuestas con otros filósofos, Plotino cree ver la
naturaleza de la Inteligencia en la filosofía de Parménides, cuando el
presocrático en su poema decía que lo mismo es ser y pensar, es decir,
cuando coinciden lo inteligente y lo inteligible. Además, interpreta la esfera
de Parménides como una alegoría también de la Inteligencia, cuando es su
esfericidad, ve la totalidad y la ausencia de límites que la caracteriza. La
Inteligencia se contiene a sí misma, pues no hay espacio donde
diferenciarse. Las Esencias-Formas se encuentran todas juntas en una
unidad (haciendo referencia a la unidad de Anaxágoras). Los Seres
Inteligibles se caracterizan por su inespacialidad, eternidad e identidad, no
están separados localmente como los del mundo sensible, “todo es todo y
cada uno es todo”.
Sin embargo, no deja de ser una interpretación plotiniana de Parménides, y
si el verso mencionado puede indicar la unimultiplicidad de la Inteligencia,
otros aspectos que Parménides atribuye a su Ser no se ajustarían a la teoría
de Plotino. Por ejemplo, el Ser es indivisible en inmóvil, características que
no cumple la segunda hipóstasis, ya que ésta es dual y pasa de un estado
potencial al otro en acto. Además, el Ser es autosuficiente, y la Inteligencia
necesita del Uno-Bien para su autoconstitución.
Por otro lado, el proceso de emanación comenzado por el Uno continúa con
la Inteligencia, pues siguiendo su naturaleza creadora, se desborda y da
lugar a la tercera hipóstasis o el Alma. Plotino define a la Inteligencia como
el Hacedor verdadero o el Demiurgo verdadero, que suministra las razones
al Alma para que ésta las envíe al sustrato material, formando de esta
manera el fuego, el agua, el aire… La Inteligencia sería, usando un ejemplo
plotiniano, como las artes que suministran a las almas de los artistas las
razones de su posterior creación.
Partiendo de posiciones platónicas, Plotino sostiene que los sensibles
participan de las Formas puras que el Alma (o tercera hipóstasis) suministra
a los cuerpos cambiantes, que solo pueden, por ejemplo, ser bellos, por la
presencia de la belleza. La belleza sin embargo, no reside en el alma, sino
que la Inteligencia (o segunda hipóstasis) es la que otorga sabiduría al Alma
para que ésta, contemplando las Ideas, cree el mundo físico.
De esta manera, se muestra como el proceso de emanación comienza con
el Uno, y se imperfecciona cuanto más lejos se encuentre del Uno, llegando
a la total alteridad y privación, la materia.