"Ollie, el pulpo que jugaba con las estrellas"
Muy lejos, en las profundidades del océano Índigo, vivía un pulpo diferente a todos los
demás. Su nombre era Ollie, y no era un pulpo cualquiera: mientras los demás se escondían
entre las rocas o cazaban cangrejos, Ollie solo quería hacer una cosa... ¡jugar!
Desde pequeño, Ollie había sido curioso y juguetón. No había corriente marina, burbuja
gigante o banco de peces que no lo viera saltar, girar y reír. Pero lo que más le gustaba era
inventar juegos. Tenía un talento natural para convertir cualquier cosa en diversión: algas
que se volvían cuerdas para saltar, conchas que usaba como fichas de dominó, e incluso
estrellas de mar que se ofrecían como árbitros para sus partidos acuáticos.
Su juego favorito era el escondite de burbujas. Consistía en lanzar un montón de burbujas
mágicas al agua —que brillaban con luz propia— y esconderse antes de que se disolvieran. El
que lograra verlas todas antes de que explotaran, ganaba. Los peces payaso, las tortugas
marinas e incluso algunas medusas participaban cada tarde, haciendo del rincón de Ollie el
lugar más animado del arrecife.
Pero no todo era diversión para nuestro amigo tentacular. Había quienes no entendían su
amor por el juego. El viejo coral Roquefort, que era el más sabio (y más gruñón) del arrecife,
siempre decía:
— ¡Ollie, deja ya esas tonterías! ¡Nunca crecerás si solo piensas en jugar!
Y aunque esas palabras le dolían un poco, Ollie no podía evitar ser quien era. "Jugar me hace
feliz", pensaba. "Y cuando soy feliz, los demás también lo son."
Un día, mientras jugaba a atrapar luces con un grupo de delfines, una corriente fuerte
arrastró a Ollie hacia un túnel oscuro que ninguno conocía. Nadie había entrado jamás,
porque decían que allí vivía el legendario Kraken Dormido, un pulpo gigante que despertaría
si alguien osaba interrumpir su eterno sueño.
Pero Ollie, lejos de asustarse, pensó: “¿Y si está solo? Tal vez lo que necesita es… ¡un buen
juego!”
Con cuidado, Ollie se adentró en el túnel, dejando un rastro de burbujas brillantes para no
perderse. Al llegar al fondo, lo vio: una criatura enorme, con tentáculos que parecían ramas
de árbol, dormía sobre un lecho de corales rotos.
Ollie, sin pensarlo mucho, sopló una burbuja luminosa que flotó hasta la cara del Kraken. Al
tocarla, explotó con un suave “pop”, como una caricia. El Kraken abrió un ojo. Luego el otro.
— ¿Qué… qué es esto? —gruñó con voz profunda, como el rugido del mar.
— ¡Hola! Me llamo Ollie. ¿Quieres jugar?
El Kraken, desconcertado, observó al pequeño pulpo. Nadie le había hablado con tanta
alegría en siglos. Y sin saber por qué, algo dentro de él hizo "click". Era como si una vieja
puerta olvidada se abriera.
— ¿Jugar? ¿Yo? —preguntó.
— ¡Sí! Yo puedo enseñarte. Mira, este es el juego de las burbujas danzantes. Tienes que
atraparlas antes de que desaparezcan.
Ollie lanzó docenas de burbujas al agua, y el Kraken, torpe al principio, empezó a moverse.
Primero lento… luego más rápido… ¡y finalmente reía! ¡Sí, el Kraken se reía como un niño!
Desde ese día, el túnel oscuro se volvió un parque submarino. Ollie y el Kraken jugaban cada
día con nuevas ideas: carreras de remolinos, escondites en cuevas, teatro de sombras con
peces linterna… Y poco a poco, todos los habitantes del océano empezaron a acercarse. Ya no
temían al Kraken. Descubrieron que también podía ser tierno, amable y sobre todo… ¡muy
divertido!
Incluso el viejo coral Roquefort se animó una tarde a jugar al ajedrez de conchas con el
Kraken, y aunque perdió en diez movimientos, rió como no lo hacía desde hacía cien años.
El arrecife cambió. La alegría de Ollie se había contagiado a todos. No era solo un lugar para
sobrevivir, sino para vivir. Y así, Ollie demostró que el juego no es solo para pasar el tiempo…
sino para crear lazos, para soñar despiertos, y para hacer del mundo un lugar mejor.
Cada noche, cuando las estrellas brillaban sobre el agua, Ollie subía a la superficie y lanzaba
una burbuja gigante hacia el cielo, como si dijera:
— Gracias por otro día de juego.
Y las estrellas, en secreto, le guiñaban un ojo.