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IBAA Consejería Pastoral - Pág 47-52

El capítulo aborda la disminución del matrimonio y los problemas matrimoniales en la sociedad actual, enfatizando la importancia del concepto cristiano del matrimonio como una unión monógama, íntima y permanente. Se destaca el papel del esposo y la esposa, donde ambos deben amarse y respetarse mutuamente, y se presenta el sexo como un don divino que debe ser reservado para el matrimonio. Además, se aconseja a los adolescentes sobre la importancia de la orientación en sus relaciones con el sexo opuesto para evitar problemas futuros.

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IBAA Consejería Pastoral - Pág 47-52

El capítulo aborda la disminución del matrimonio y los problemas matrimoniales en la sociedad actual, enfatizando la importancia del concepto cristiano del matrimonio como una unión monógama, íntima y permanente. Se destaca el papel del esposo y la esposa, donde ambos deben amarse y respetarse mutuamente, y se presenta el sexo como un don divino que debe ser reservado para el matrimonio. Además, se aconseja a los adolescentes sobre la importancia de la orientación en sus relaciones con el sexo opuesto para evitar problemas futuros.

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CAPÍTULO 7

MATRIMONIO, SEXO Y NOVIAZGO

Según una encuesta llevada a cabo hace algunos años,


aproximadamente el 50 % de los casos en que las perso-
nas recurrían a un consejero, se trataba de problemas ma-
trimoniales. Esta generación se caracteriza por el decai-
miento del matrimonio y del hogar. No hay más que ver
las encuestas de las separaciones matrimoniales, y las
que existen de hecho, sin necesidad de proceso legal de
separación. No tiene mayor importancia que ahora se ca-
sen a una edad más temprana que antaño, si la vida ma-
trimonial de los mismos se apaga y termina en los prime-
ros años. Ahora más que antes, el período matrimonial se
extingue en proporciones geométricas. Lamentable-
mente, se nota que esta tendencia no se limita a los ma-
trimonios de los inconversos; también ha invadido a la
iglesia. Es imprescindible que el Consejero tenga un claro
concepto del matrimonio cristiano y sepa los métodos,
tanto de evitar como de solucionar los problemas matri-
moniales.

1. EL CONCEPTO CRISTIANO DEL MATRIMONIO:

"El que los hizo al principio, varón y hembra los hizo" (Ma-
teo 19:4). El matrimonio es la primera institución consti-
tuida por Dios. En el relato de la creación en Génesis 1 y
2, se encuentra el estribillo: "Y vio Dios que era bueno."
Sin embargo, cuando el lector llega a 2: 18, halla la pri-
mera cosa que no era buena: la soledad del hombre: "No
es bueno que el hombre esté solo." Por eso, Jehová creó
a la mujer e instituyó el matrimonio. Luego Adán y Eva
tuvieron familia. Comenzando con la primera pareja, la
Biblia entera hace hincapié en la importancia del matrimo-
nio y de la familia. Describe los detalles de las familias de
los grandes líderes, tales como Abraham, Isaac, Jacob,
Moisés, Samuel y David.

Aunque Jesús nunca se casó, aprobó el matrimonio con


su presencia en las bodas de Caná y enseñó acerca de la
relación matrimonial. En Génesis 2 se encuentra en esen-
cia la enseñanza más avanzada sobre esta relación. El
propósito primordial del matrimonio es proporcionar com-
pañía y ayuda mutua: "No es bueno que el hombre esté
solo; le haré ayuda idónea para él," La palabra hebrea que
se traduce "idónea" sugiere en primer lugar "la similitud" o
"correspondencia" y luego "adecuada". Sería una persona
que podría tomar parte en la vida del varón, responder a
su naturaleza con entendimiento y amor, y cooperar con
él para realizar el plan divino. Dios le proporcionó una
compañera que satisfacía los anhelos no realizados del
hombre. Creado para tener comunión y compañía, el hom-
bre sólo tendría una vida plena cuando pudiera compartir,
confiar y amar en el círculo íntimo de la familia. Según el
plan divino, el matrimonio ha de tener ciertas característi-
cas.

Debe ser monógamo, pues Dios creó a una sola mujer


para el varón. (Después permitió la poligamia pero nunca
la aprobó, porque es incompatible con el ideal de Génesis
2:24: "Serán una sola carne,") Debe ser exclusivista, pues
"dejará el hombre a su padre y a su madre". Debe ser una
unión estrecha e íntima: "Se unirá a su mujer, y serán una
sola carne," Así, implica que la unión es tanto física como
espiritual. Los cónyuges deben estar unidos por amor
mutuo, intereses comunes y un propósito común. La unión
debe ser permanente, indisoluble. Jesús dijo: "Lo que Dios
juntó, no lo separe el hombre" (Mateo 19:6). Cualquier
rompimiento de la unión matrimonial, con la excepción de
la muerte, viola el plan divino. Dios instituyó la familia para
proporcionar un ambiente ideal, en el cual los hijos puedan
ser criados cabalmente en todo aspecto: físico, social y
espiritual. Se enseña también la igualdad y la dependen-
cia mutua entre los sexos: "Ni el varón es sin la mujer, ni
la mujer sin el varón" (1 Corintios 11:11). Así que el uno
sin el otro es incompleto16.

Para tener armonía y paz en la familia, Dios ha mandado


que la esposa haga dos cosas: sujetarse a su marido y
respetarlo. El apóstol Pablo aconseja: "Las casadas estén
sujetas a sus propios maridos, como al Señor" (Efesios
5:22). Esto no significa que la mujer es inferior al hombre,
pues Pablo también enseña respecto a la libertad e igual-
dad cristianas, e insiste en que las distinciones entre judío
y griego, entre esclavo y libre, entre hombre y mujer, ter-
minan en Cristo, y que todos son uno en privilegios y opor-
tunidades espirituales, así como en la posición que se
ocupa frente a Dios. Sin embargo, reconoce una diferen-
cia en cuanto se refiere a las funciones y a la responsabi-
lidad. Dios nombró al varón como cabeza de la familia. A
la mujer le toca someterse a su esposo, porque así se su-
jeta a Dios. La subordinación de la esposa no debe ser
motivada por obligación y temor, sino por su propia volun-
tad y amor. (Página 47)

16
Pablo Hoff, El Pentateuco, 1978, pp. 27,28
En segundo lugar, la mujer debe respetar a su marido
(Efesios 5:33). James Hamilton explica que la palabra
"respetar" quiere decir reconocer el valor y la autoridad del
esposo. Una de las necesidades sicológicas más profun-
das de un hombre es ser estimado por su esposa.

La imagen que la esposa tiene de su marido, es la que el


hombre tendrá de sí mismo. El respeto que recibe el varón
fuera de su casa no es sustituto del respeto que debe go-
zar en su hogar. Por esto Dios manda que la mujer respete
a su marido. En cambio, los maridos tienen gran respon-
sabilidad matrimonial: "Amad a vuestras mujeres, así
como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por
ella... así también los maridos deben amar a sus mujeres
como a sus mismos cuerpos (Efesios 5:25,28). Aunque el
marido es la cabeza de la familia, debe hacer todo con
amor; no tiene autoridad arbitraria ni dictatorial para go-
bernar a su esposa con una vara de hierro. No debe im-
poner su voluntad egoístamente para satisfacer sus pro-
pios deseos. Debe ser motivado por un amor desintere-
sado y un anhelo por el máximo bien de su esposa. Debe
considerar los deseos de ella y el bien de ambos. El bien
de la mujer es el bien de su marido, pues son una sola
carne.

"Amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la iglesia...”


¿Cómo amó Jesús a la iglesia? No era porque los seres
humanos son tan responsables, buenos y obedientes. En
efecto, no nos amó porque hubiera algo amable en noso-
tros; nos amó porque El es amor. Así debe ser el amor del
marido. Debe amar a su esposa a pesar de sus imperfec-
ciones y debilidades. Asimismo, Cristo amó a la iglesia sa-
crificialmente: "Se entregó a sí mismo por ella," Estuvo
dispuesto a ceder sus derechos y dar lo que le era más
precioso: su vida misma, por la iglesia. Al igual que Cristo,
el marido debe entregarse a sí mismo por su esposa.
Puede ser que tenga que sacrificar algunos amigos, su
tiempo, sus placeres, sus ambiciones y a sí mismo.

Nada debe tener prioridad sobre la responsabilidad de su-


plir las necesidades de su mujer. Y no hay sustituto para
la entrega de sí mismo. Muchas mujeres infelices confie-
san que sus esposos están dispuestos a darles todo, salvo
a sí mismos. Las cosas materiales no pueden sustituir el
amor del marido.4 ¿Cómo puede tener el marido ese amor
para con su esposa? El amor humano no basta; se nece-
sita el amor divino. En la medida en que el esposo se su-
jeta a Cristo, se hace digno de ser cabeza de la esposa.
Entonces, la gracia divina podrá saturar su vida y capaci-
tarlo para amarla como a sí mismo.

Muchas personas ponen en tela de juicio el concepto cris-


tiano del matrimonio y el papel de la mujer en el hogar.
Dicen que es anticuado, y abogan por los derechos feme-
ninos. Sin embargo, tal actitud ha producido una cosecha
de infelicidad y de problemas matrimoniales. Al despojar
al padre de su autoridad, hay un aumento notable de de-
lincuencia juvenil, de rebelión y de divorcios. Es el plan de
Dios que el hombre sea la cabeza de la familia. Si no
acepta su responsabilidad y permite que su mujer domine,
pronto sus hijos lo sabrán y no lo respetarán, y aun su es-
posa no lo respetará tampoco. El resultado es funesto
para todos.

2. EL CONCEPTO CRISTIANO DEL SEXO: Se encuen-


tran tres ideas referentes al sexo:
a) Es el tema de chistes verdes, un fin en sí mismo, un
placer para ser explotado dentro o fuera del matrimo-
nio. En el último caso, las personas involucradas tienen
supuestamente el derecho de evitar la responsabilidad
de sus actos.
b) Es algo sucio pero permisible en el matrimonio para
perpetuar la raza humana.
c) Es una parte del plan divino, algo bueno y sagrado,
reservado para la relación matrimonial. Este último
concepto es el cristiano. Dios mismo creó el sexo, ha-
ciendo a los seres humanos varón y mujer.

Estableció el matrimonio presentando a Eva a Adán y


mandándoles que fructificaran y llenaran la tierra. Hizo
todo esto antes de que la primera pareja cayera. El sexo,
incluso toda la atracción que existe entre el varón y la mu-
jer, tiene el noble propósito de unir a dos personas del
sexo opuesto para formar una pareja, y así, un hogar. Es
el cemento que liga el uno al otro para ser "una sola
carne"; luego, es el medio para traer vida humana al
mundo. Por lo tanto, cualquier otro uso del sexo es extra-
viarse de su propósito y pecar contra Dios y contra la fa-
milia. Tim LaHaye, consejero y escritor evangélico, lo
llama acertadamente "el acto del matrimonio". Es un don
divino que recompensa a las dos personas por hacer el
sacrificio de adaptarse la una a la otra, y por negarse a sí
mismas a fin de ministrar una a la necesidad de la otra.
(Página 48)
Para los animales el emparejamiento temporal es algo
meramente biológico, como expresión de su instinto re-
productor; es algo tan mecánico como ingerir alimento o
eliminar desechos. Pero el hombre es mucho más que ani-
mal; es también espiritual, y su naturaleza es compleja.
Cuando una persona se relaciona con Dios, hasta las fun-
ciones biológicas más fundamentales reciben nuevo sig-
nificado y valor.

Por ejemplo, el comer puede tener significado social (Apo-


calipsis 3:20) y la función del sexo tiene significado psico-
lógico, social y espiritual. La Biblia considera que el sexo
es una función de la personalidad con el fin de cumplir un
propósito espiritual. Llega a ser una expresión simbólica
de otros valores además de la función biológica. Expresa
que dos personas desean compartir completamente su
vida, la una con la otra en una unión perdurable. Es un
símbolo de que se es "una sola carne" en todo aspecto.
Es el acto más íntimo posible entre dos personas, un acto
en que la una se entrega a la otra y así expresa su amor
y confianza.

Fuera del contexto del amor mutuo y del compromiso ma-


trimonial, el sexo pierde su valor. Hamilton comenta que
uno de los males del sexo ilícito es que se disfraza de in-
timidad, cuando en realidad está lejos de serlo. Se piensa
que tal intimidad física es la intimidad emocional. Por lo
tanto, esos encuentros sexuales quedan vacíos; se usa el
más dramático medio físico para simbolizar una relación
que no existe. Aun en el matrimonio, cuando la intimidad
emocional no existe, la expresión física no solamente está
hueca, sino que también carece de autenticidad. Una es-
posa lo expresó así: "Nuestros problemas me hacen sentir
como una prostituta; doy sexo sin amar." La Biblia en-
seña claramente: "Honroso sea en todos el matrimonio, y
el lecho sin mancilla" (Hebreos 13:4).

No se encuentra en las Sagradas Escrituras la idea de que


el único uso legítimo y satisfactorio de la facultad sexual
sea con miras a procrear hijos. El apóstol Pablo dice: "El
marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo
la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre
su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el ma-
rido potestad sobre su cuerpo, sino la mujer. No os ne-
guéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo
consentimiento, para ocuparos sosegada mente en la ora-
ción; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Sa-
tanás a causa de vuestra incontinencia" (1 Corintios 7:3-
5).

Los esposos y esposas deben cumplir con sus mutuas


obligaciones, y si dejan de practicarlas por algún tiempo,
no deben considerarlo como algo meritorio; deben hacerlo
de mutuo consentimiento y por alguna razón práctica, tal
como un período de oración especial. La mujer que se
niega a su marido no solamente lo defrauda; sino también
lo expone a la tentación de buscar satisfacción con otra
mujer. Además, el continuo rechazo sexual de parte de la
esposa es algo que hiere profundamente el ego mascu-
lino. El marido se siente indigno e inferior. En muchos ca-
sos se produce un fuerte resentimiento contra su cónyuge.
La mujer sabía, que realmente ama a su marido, coope-
rará entregándose a él con cariño y gozo.
La Biblia presenta un concepto claro de la relación ma-
trimonial. Le toca al consejero aplicar las verdades gene-
rales de la Palabra divina a las situaciones que se presen-
tan en la vida de sus feligreses.

3. ACONSEJAMIENTO DE ADOLESCENTES RES-


PECTO A RELACIONES HETEROSEXUALES, RO-
MANCE Y MATRIMONIO:

Al principio de la adolescencia, las relaciones amistosas


son mayormente con personas del mismo sexo. Más ade-
lante se desarrolla el interés en el sexo opuesto. No es
prudente que a una temprana edad las parejas salgan so-
las. Sus instintos sexuales están comenzando a cobrar
fuerza, y cuando los jóvenes se encuentran solos, a veces
se besan y se acarician el uno al otro excesivamente. La
influencia de la televisión, las revistas y la propaganda que
presentan el libertinaje sexual como algo deseable, tam-
bién los lleva a ideas muy torcidas sobre cómo compor-
tarse.

Los dos solos pueden llegar a una situación en que no


sean capaces de controlar sus pasiones. Tal comporta-
miento conduce a menudo a embarazos y casamientos
durante su tierna juventud, de los cuales alrededor de la
mitad terminan en separaciones. A los padres les atañe
instruir a sus hijos y encaminarlos bien para que no caigan
en tentación. Los adolescentes necesitan orientación re-
ferente a tratar con miembros del sexo opuesto y a actuar
en situaciones sociales.

(Página 49)
Sin embargo, hay padres que no cumplen con su res-
ponsabilidad; a veces los jóvenes tienen vergüenza de
preguntarles acerca de tales cosas, o si lo hacen, los pa-
dres, desconcertados, se retiran a menudo a la seguridad
de dar respuestas cómodas, y dejan a los jóvenes en la
ignorancia. Los padres deben prepararse para ayudar a
sus hijos. Si carecen de información, deben obtenerla le-
yendo libros cristianos sobre el tema o hablando con per-
sonas que sepan de la materia.

Lo ideal es que el niño aprenda acerca de la reproducción


hablando con sus padres. Sus preguntas y dudas referen-
tes al sexo deben ser respondidas con sinceridad y natu-
ralidad.

El niño tiene que sentirse apoyado moralmente por sus


padres, para no necesitar buscar la comprensión y la
ayuda de algún amigo, que probablemente sea tan igno-
rante del sano concepto del sexo como él. La educación
sexual debe ser una iluminación gradual que comience
durante el tercer y cuarto año de vida, y alcance su culmi-
nación poco antes de la pubertad. La iglesia no debe es-
quivar su responsabilidad de enseñar a los adolescentes
y jóvenes en asuntos tan importantes para su vida espiri-
tual y su futura felicidad. Los líderes espirituales, o perso-
nas preparadas para enseñar sobre las relaciones entre
los sexos opuestos, pueden dar clases sobre temas tales
como: "¿Qué debe hacer la pareja cuando está sola?".

"El significado del amor y del sexo"; "Los factores a consi-


derar al elegir al futuro cónyuge"; y "El período del no-
viazgo". Naturalmente, se elige el tema según la edad del
grupo, y en ciertas clases es aconsejable separar los
sexos, a fin de que el consejero tenga más libertad para
hablar francamente tocante a detalles íntimos.

¿Cómo debemos impartir información referente al sexo?


Debe ser presentada desde el punto de vista cristiano y
con el propósito de inculcar principios morales y espiritua-
les. Un redactor de una revista evangélica traza algunas
líneas sobre el método de educación sexual que podemos
adoptar:

No es necesario ni se debe enseñar lo relativo al sexo


aisladamente. La enseñanza debe relacionarse con
toda la esfera completa del amor, del noviazgo, del ma-
trimonio, de la familia, y de la sociedad; el sexo debe
ser tratado como una parte de ese conjunto glo-
bal...Por otra parte, a los niños sólo deben enseñárse-
les las realidades de la vida cuando tengan suficiente
edad y madurez para aceptarlas, sin daños sicológicos
ni vergüenzas indebidas. Aun en el caso de los adoles-
centes, no es necesario proporcionar una información
detallada acerca de los aspectos de la relación sexual.
Algunas cosas pueden esperar hasta después que ha-
yan terminado los estudios secundarios y se estén
acercando al matrimonio17.

Antes de iniciar algunas clases sobre el sexo, el noviazgo


y el matrimonio, el líder espiritual debe explicar su propó-
sito a los padres y debe conseguir su permiso. Aunque
parezca increíble, todavía hay padres que no quieren que
sus hijos sepan la realidad referente a las cosas íntimas,

17
Collins, Hombre en Transición.
y es necesario convencerlos de la necesidad de permi-
tir que sus hijos asistan a las clases. El consejero puede
asimismo instruir en grupo a los padres sobre cómo ense-
ñar a sus hijos respecto al comportamiento con relación al
sexo opuesto, sobre el sexo mismo y sobre el noviazgo y
el matrimonio.

Puesto que no es prudente que a una temprana edad los


adolescentes formen parejas y salgan solos, conviene que
la iglesia proporcione actividades de recreo en que los jo-
vencitos puedan aprender a relacionarse sanamente con
el sexo opuesto.

4. ELECCIÓN DEL FUTURO CÓNYUGE: Un factor im-


portantísimo para lograr la armonía matrimonial es elegir
sabiamente al futuro cónyuge. Un refrán inglés dice:
"Más vale una onza de previsión que una libra de medi-
cina." Naturalmente, el creyente buscará la voluntad de
Dios en el asunto, pero si sabe los elementos que deben
ser considerados cuando elija, podrá reconocer mejor la
dirección divina. Conviene que el pastor-consejero dicte
clases de instrucción a los jóvenes que no han elegido
todavía a sus futuros consortes. Sabrá que la hora de
enseñarles es antes de que se enamoren, pues el amor
es ciego; los jóvenes no estarán dispuestos a recibir con-
sejos al llegar a esta etapa. Y después de casarse, no
podrán escaparse de las consecuencias de su decisión.
Algunos le dirán al pastor: "¿Por qué no nos aconsejó a
tiempo? Habríamos evitado una gran equivocación." Los
estudios sobre matrimonios felices señalan ciertos requi-
sitos que se encuentran en dichas uniones.
a) Los jóvenes deben tener motivos dignos para ca-
sarse.
(Página 50)
Algunos de los motivos insuficientes son:

 Compadecerse el uno del otro.


 Escaparse de la soledad.
 Casarse para no ser diferente de sus compañeros.
 Demostrar a su ex pretendiente, el cual lo dejó, que
es capaz de atraer a otra persona.
 Escaparse de un hogar infeliz o de otra situación des-
agradable.
 Casarse con una persona muy parecida a un pariente
allegado.
 Experimentar la vida conyugal, y si no resulta bien,
disolver la unión.

El amor que se desarrolla de tales motivos carece de pro-


fundidad y no servirá de fundamento para una unión ar-
moniosa y permanente. Proviene de deseos egoístas,
pues la persona piensa mayormente en satisfacer sus pro-
pias necesidades. El verdadero amor piensa en el bien de
la otra persona, desea compartir su vida con ella y hacerla
feliz. Considera la unión como algo permanente e inviola-
ble.

b) El (la) joven encontrará ciertas características en la


persona que podrá llegar a ser buen cónyuge.

 Será alguien que sea creyente y de la misma doctrina,


para que no haya conflicto tocante a la iglesia a la cual
asistir. Los casamientos mixtos acarrean muchos ma-
les. ¿Cómo puede una mujer que busca lo terrenal, ser
ayuda idónea para un hombre cuya mirada está puesta
en las cosas de arriba? En este "yugo desigual" el cre-
yente no puede participar de los mismos placeres que
su cónyuge. Estas dos personas vivirían en mundos
distintos con un abismo entre sí. También debe ser una
persona de la misma consagración al Señor.

 Será alguien a quien pueda respetar y admirar. No


basta la atracción física mutua.

 Será alguien con el cual se sienta cómodo y se com-


plazcan en estar juntos. Si ambos jóvenes no pueden
conversar bien entre sí y se divierten solamente
cuando están uno en los brazos del otro, es muy im-
probable que lleven una vida feliz en el futuro. El com-
pañerismo es mucho más importante y duradero en el
matrimonio que la atracción física.

 Será alguien con ideales parecidos. Si uno tiene idea-


les muy nobles y el otro no, habrá choques casi irre-
conciliables entre los dos. Por ejemplo, deben tener la
misma actitud hacia el trato con otros, los modales, la
manera de comportarse, los valores de la vida, el di-
nero, el sexo y la ética en los negocios.

 Será alguien con afinidad de gustos. Por ejemplo, a la


chica de ciudad probablemente no le gustaría la vida
del campo. Es ideal si a los dos les gustan las mismas
actividades, las mismas recreaciones y la misma ín-
dole de personas como amigos.
 Será alguien de más o menos la misma edad. Si hay
diferencia de edades, casi siempre lo preferible es que
el hombre sea el mayor. A veces, algunos hombres se
casan con mujeres que son mayores que ellos, pues
inconscientemente desean que su consorte sea una
madre para ellos; o una mujer se casa con un hombre
de muchos años más que ella, pues quiere tener a al-
guien que tome el lugar que antes tenía su padre. En
pocos de estos casos hay verdadera felicidad.

 Será alguien cuyos padres sean aceptables como


parte de la familia. Clyde Narramore observa que
cuando uno se casa, llega a formar parte de tres fami-
lias: la familia de sus padres, la familia de su cónyuge,
y la nueva familia que establecen los esposos. Si no le
gustan los parientes de la otra persona, y piensa que
no se llevaría bien con ellos, debe recapacitar en
cuanto a formar una unión con dicha persona. Las ac-
titudes de su familia, el nivel cultural, los valores, la re-
ligión, los intereses; todos estos aspectos de la familia
se reflejan en el carácter de la persona. También con-
viene que los padres de ambos jóvenes aprueben el
matrimonio. Los padres conocen a sus hijos y pueden
ver mejor que ellos los factores que producen armonía
o falta de armonía en el hogar.

5. EL NOVIAZGO:
(Página 51)
Las personas que piensan seriamente en el matrimonio,
se comprometen. La preparación emocional, espiritual y
sexual para el matrimonio es importante. Sin embargo,
la preparación será incompleta a no ser que se conozcan
bien el uno al otro. Cuanto más se conozcan, tanta más
probabilidad habrá de que tengan un matrimonio armo-
nioso. Las estadísticas demuestran claramente que las
parejas que se casan después de conocerse por largo
tiempo, son más felices y tienen menos problemas que las
parejas que se casan impulsivamente. El noviazgo es un
período en que los dos pueden poner a prueba su amor.
¿Es mera atracción física y superficial, o es amor verda-
dero? Una de las características del amor auténtico en el
pretendiente es el deseo de darse a sí mismo por la mujer
querida. ¿Están dispuestos los dos a hacer cualquier sa-
crificio el uno por el otro?

La pareja que tiene muchos conflictos en su noviazgo no


está lista para casarse. El noviazgo es el período en que
las dos personas pueden charlar acerca de sus ideas, va-
lores y metas.

Aprenderán a ajustarse el uno al otro. Se comprenderán


mutuamente y se acostumbrarán a ceder algo en sus pun-
tos de vista, para acordar en asuntos de importancia. Ha-
blarán francamente y harán planes en cuanto a formar su
hogar, elegir amigos, conseguir las cosas de su futura
casa, manejar el dinero y tener hijos. Tal vez sea necesa-
rio esperar un año o más, hasta que adquieran un lugar
para vivir, y compren los artefactos necesarios para su
casa, o estén en condiciones financieras para comenzar
la vida conyugal. No conviene comenzar la vida matrimo-
nial con agudas tensiones por falta de dinero, ya que hay
muchos ajustes que hacer sin añadir lo innecesario.
Muchos jóvenes piensan que hacerse novios es con-
seguir una "licencia para acariciarse". No se dan cuenta
de que uno puede divertirse y disfrutar de compañerismo
sin necesidad de acariciar a su compañera. No conviene
que se apuren demasiado en el plano físico. Desgraciada-
mente alguna parejas comprometidas pasan tanto tiempo
intercambiando caricias y besándose, que no aprovechan
la oportunidad de conocerse bien el uno al otro. El juego
de caricias despierta un apetito siempre creciente y puede
provocar gran infelicidad, si se practica sin control. Las ca-
ricias estimulan las pasiones de tal modo que, o producen
gran frustración si la pareja resiste la tentación de tener
relaciones sexuales, o desembocan en el acto sexual.

Algunos piensan: "Estamos comprometidos, y nos perte-


necemos uno al otro: ¿por qué esperar?" Deben recordar
que Dios ha mandado que el sexo sea algo reservado so-
lamente para las personas casadas. El control de los im-
pulsos sexuales antes del matrimonio es para nuestro
bien, y conduce a mejores relaciones sexuales y de otros
tipos dentro del matrimonio. Dios sabe que si las personas
han de disfrutar plenamente de la relación sexual, necesi-
tan la seguridad de que la una pertenece a la otra me-
diante el pacto permanente del matrimonio. También las
relaciones premaritales despojan a la pareja de algo que
debe disfrutar como una experiencia nueva después de
casarse; manchan su conciencia y son actos pecamino-
sos a la vista de Dios.

Cuántos enlaces matrimoniales han sido contraídos pre-


maturamente, pues la joven ya esperaba familia. En vez
de ser un suceso de supremo gozo, es una ocasión en
que los novios se sienten culpables y obligados a cambiar
sus votos. En contraste, cuán feliz es la pareja que se
casa con conciencia limpia y en el tiempo propicio.
(Página 52)

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