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BALCÓN

La adaptación de 'El Balcón' de Jean Genet presenta un escenario cargado de simbolismo y tensión, donde un obispo y una mujer discuten sobre la moralidad y los pecados en un ambiente opresivo. A medida que la trama avanza, se revelan las complejidades de la culpa y la hipocresía dentro de la iglesia, mientras los personajes lidian con la amenaza externa de la violencia. El diálogo entre los personajes refleja un juego de poder y deseo, cuestionando la naturaleza de la verdad y la apariencia.

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BALCÓN

La adaptación de 'El Balcón' de Jean Genet presenta un escenario cargado de simbolismo y tensión, donde un obispo y una mujer discuten sobre la moralidad y los pecados en un ambiente opresivo. A medida que la trama avanza, se revelan las complejidades de la culpa y la hipocresía dentro de la iglesia, mientras los personajes lidian con la amenaza externa de la violencia. El diálogo entre los personajes refleja un juego de poder y deseo, cuestionando la naturaleza de la verdad y la apariencia.

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1

ADAPTACIÓN DE “EL BALCÓN”


Jean Genet.

CUADRO PRIMERO
Colgando del techo, una araña que Permanecerá siempre en escena. El decorado representa una sacristía formada por tres
biombos de paño color sangre. En el biombo del fondo han hecho una Puerta. Encima, un enorme crucifijo, español. En el
tabique de la derecha, un espejo de marco dorado y esculpido refleja una cama deshecha que, si la habitación tuviera una
disposición lógica, se encontraría en la sala (en las Primeras filas de platea). Una mesa con un jarro. Una butaca amarilla.
Encima de la butaca, un pantalón negro, una camisa, una chaqueta. El Obispo, con su mitra y su capa dorada está sentado en
la butaca. Se ve claramente que es más alto de lo normal, El Papel lo representará un actor que calzará coturnos de trágico,
de unos cincuenta centímetros de tacón. Su espalda, en que descansa la capa, será lo más ancha Posible, para que aparezca
al alzarse el telón como un Personaje descomunal. Su cara está sumamente maquillada. A su lado una Mujer bastante joven,
pintadísima y vestida con un peinador de encaje, se seca las manos con una toalla.

EL OBISPO (sentado en la butaca, en medio del escenario, con voz sorda Pero fervorosa): La verdad es que ni la dulzura
ni la unción tendrían que caracterizar a un prelado, sino la más rigurosa inteligencia. El corazón nos pierde.
Creemos ser dueños de nuestra bondad: somos los esclavos de una serena molicie. Incluso tendríamos que hablar
de algo muy diferente que la inteligencia... (Lo duda) Habría que hablar de crueldad. Y más allá de esa crueldad y
gracias a ella un paso hábil y vigoroso hacia la Ausencia. Hacia la Muerte. ¿Hacia Dios? (Con una sonrisa) Te
veo venir (A su mitra). Tú, mitra, en forma de bonete de obispo, no te olvides que si mis ojos se cierran por
última vez, lo que veré detrás de mis párpados serás tú, mi bonito sombrero dorado... Serán ustedes, lindos
adornos, capas, encajes...

IRMA (Entra brutalmente una mujer de unos cuarenta años, morena, de cara austera, vestida con un traje sastre muy
sobrio. Es Irma. A lo largo del cuadro apenas se moverá, está situada muy cerca de la puerta) Lo dicho, dicho.
Las cuentas claras…
EL OBISPO (con mucha dulzura, apartando a Irma con un ademán): Y el chocolate...
IRMA: No. Dos mil, he dicho dos mil y se acabó. No tengo la costumbre de enfadarme... Pero si tiene dificultades...
EL OBISPO (con tono seco, tirando su mitra) Gracias
IRMA: No rompa nada. Eso tiene que servir para otra representación (A la Mujer). Guarda eso. (Pone la mitra sobre la
mesa al lado del jarro).
EL OBISPO (después de dar un profundo suspiro): Me han dicho que iban a cercar esta casa. Los rebeldes ya han pasado el
río.
IRMA: Para escapar tendrá que seguir la tapia del palacio arzobispal. Cogerá la calle de la Pescadería... (De repente se oye
un fuerte grito de dolor dado por una mujer a quien no se ve. Irritada) Con lo que les había recomendado
silencio. Menos mal que he tomado la precaución de tapar todas las ventanas con cortinas acolchadas. (De
repente, amable, insidiosa) Y… ¿qué hemos hecho esta noche? ¿Bendición? ¿Oración? ¿Misa? ¿Adoración
Perpetua?
EL OBISPO (grave): No hable de esto ahora. Ya se terminó. Sólo pienso en volver a casa…
LA MUJER: Hubo bendición, señora. Luego mi confesión…
IRMA: ¿Y después?
EL OBISPO: ¡Basta de una vez!
MUJER: Nada más. Al final, mi absolución.
IRMA: ¿Conque nunca podrá nadie asistir a ella? ¿Ni siquiera una vez?
EL OBISPO (asustado): No, no. Esas cosas tienen que permanecer y permanecerán secretas. Ya es indecente hablar del
asunto mientras se me desviste. ¡Nadie! ¡Que cierren todas las puertas! Pero bien cerradas...
IRMA: Sólo preguntaba...
EL OBISPO: Cerradas, señora.
IRMA (irritada): Por lo menos me permitirá que me inquiete... ¿profesionalmente? Le he dicho dos mil.
EL OBISPO (de repente su voz se aclara, se Precisa, como si se despertara. Deja ver un poco de irritación): No ha sido
satisfactorio. Apenas seis pecados y muy lejos de ser mis preferidos.
2

MUJER: Seis, ¡pero capitales! y me costó encontrarlos


EL OBISPO (inquieto): ¿Cómo? ¿Eran falsos?
MUJER: Todos auténticos. Me refiero á lo que me costó cometerlos. Si supiera lo que hay que atravesar y soportar para
llegar a la desobediencia.
EL OBISPO: Lo imagino, hija mía. El orden del mundo es tan anodino que todo está permitido en él, o casi todo. Pero si
tus pecados eran falsos, puedes decírmelo ahora.
IRMA: ¡Eso no! Ya estoy oyendo ahora mismo sus reclamaciones cuando vuelva. No, eran ciertos. (A la Mujer) Quítale
los cordones. Quítale los zapatos y mientras le vistes que no coja frío. (Al Obispo) ¿Quiere un ron caliente, una
bebida?
EL OBISPO: Gracias. No me da tiempo. Tengo que marcharme. (Soñador) Sí, seis, ¡pero capitales!
IRMA: Acérquese. Le vamos a desvestir.
EL OBISPO (suplicando casi de rodillas): No, no, aún no.
IRMA: Ya es la hora, deprisa. (Mientras habla le desvisten. O más bien le quitan los alfileres, desatan cuerdas que
Parecen sostener la capa, la estola, la sobrepelliz)
EL OBISPO (a la Mujer): Los pecados los has cometido, ¿verdad?
LA MUJER: Sí.
EL OBISPO: ¿Es cierto que has hecho los gestos, todos los ademanes?
MUJER: Sí.
EL OBISPO: Cuando te acercabas a mí con la cara tensa, eran los reflejos del fuego los que la iluminaban, ¿verdad?
MUJER: Sí.
EL OBISPO: Y cuando mi mano con su sortija se ponía sobre tu frente al perdonarla...
MUJER: Sí.
EL OBISPO: ¿Y cuando mi mirada se perdía en tus lindos ojos?
LA MUJER: Sí.
IRMA: En sus lindos ojos, Su Ilustrísima, por lo menos, ¿vio el remordimiento?
EL OBISPO (levantándose): fugazmente. Pero ¿buscaba en ellos el remordimiento? Vi en ellos el deseo goloso del
pecado. Al invadirla el mal de repente la bautizó. Sus grandes ojos se abrieron para ver el abismo... Una palidez
mortal encendía su cara. Pero nuestra santidad sólo consiste en poder perdonar los pecados. ¡Aunque sean
fingidos!
LA MUJER (de repente coqueta): ¿Y si fueran ciertos mis pecados?
EL OBISPO (con tono distinto y teatral): ¡estás loca! ¿Espero que no hayas hecho de verdad todo eso?
LA MUJER (con maldad): me ha dicho hace poco que usted no sería nadie si, frente a usted, yo no fuera la que pretendo
ser.
EL OBISPO: La que pretendes ser. Pero no la que eres. Y era una aventura que teníamos que experimentar juntos, dentro
de límites estrictos.
IRMA (al Obispo): Pero no le haga usted caso. En cuanto a sus pecados, tranquilícese. Aquí no hay quien...
EL OBISPO (interrumpiéndola): Ya lo sé. Aquí no existe la posibilidad de hacer el mal. Viven en el mal. Con ausencia
de remordimientos, ¿cómo podrían hacer el mal? El diablo representa un papel. Gracias a eso se le reconoce. Es
el gran Actor. Y por eso la Iglesia maldijo a los cómicos.
LA MUJER La realidad le asusta, ¿verdad?
EL OBISPO: Si fueran ciertos tus pecados serían crímenes, y yo sería tu cómplice.
LA MUJER: ¿iría a la policía?
(Irma sigue desvistiéndole. Sin embargo aún tiene la capa en los hombros)
IRMA: Déjele en paz con todas esas preguntas (Otra vez se oye el grito terrible de antes).
IRMA: ¡Otra vez ellos! Voy a hacer que se callen.
EL OBISPO: Este grito no era fingido.
IRMA: ¿Cómo saberlo? Y, además, ¿qué importancia tiene?
EL OBISPO (acercándose lentamente al espejo y Plantándose frente a él): Pero conteste, espejo, conteste, por favor.
¿Vengo yo aquí para descubrir el mal y la inocencia? (A Irma, con mucha dulzura) Salga, déjeme solo
IRMA: Es tarde. No podría irse sin peligro...
3

EL OBISPO (suplicando): Un minuto, nada más.


IRMA: Hace dos horas y veinte minutos que está usted aquí. Es decir, se ha pasado veinte minutos…
EL OBISPO (de repente enojado): Pero déjeme solo. Escúcheme detrás de la puerta si quiere, ya sé que lo hace, y vuelva
a entrar cuando haya terminado.
(Las dos mujeres salen suspirando con cara de fastidio. El Obispo permanece solo)
EL OBISPO (después de hacer un visible esfuerzo Para calmarse, frente al espejo y sujetando su sobrepelliz):
Contésteme, espejo, contésteme. ¿Vengo yo aquí para descubrir el mal y la inocencia? Y en sus espejos dorados,
¿qué era yo? Nunca, lo afirmo ante Dios que me está mirando, nunca deseé el trono episcopal. Llegar a ser
obispo, subir escalones -a fuerza de virtudes o de vicios-… (Coge el bajo de su sobrepelliz y lo besa) ¡Oh,
encajes, encajes, labrados por miles de manecitas, para ocultar tantos pechos jadeantes; me iluminan con ramos y
con flores! Sigamos por donde iba. Pero y esto es el hic et nunc. (Se ríe) Ahora resulta que hablo en latín una
función es una función. No es una manera de ser. Ahora bien: ser obispo es una manera de ser. Es un cargo. Una
carga. Mitras, encajes, telas de oro, genuflexiones... (Ráfagas de ametralladora) ¡La función se fue a la mierda!
IRMA (sacando la cabeza por la puerta entornada): ¿Ya ha terminado?
EL OBISPO: Déjeme en paz. Lárguese. Me interrogo. (Irma cierra la Puerta. Hablando al espejo) La majestad, la
dignidad que iluminan mi persona, no tienen su origen en las atribuciones de mi cargo. Ni tampoco, ¡por Dios!,
en mis méritos personales. La majestad, la dignidad que me iluminan, proceden de un resplandor más misterioso.
¿Está bien dicho, espejo, reflejo dorado, adornado con luces? Y quiero ser obispo en la soledad, por mera
apariencia...
IRMA (volviendo): Basta ya. Hay que irse.
EL OBISPO: Están locas, no he terminado. (Las dos mujeres han vuelto)
IRMA: No intento pelear con usted y lo sabe muy bien, pero no hay tiempo que perder...
EL OBISPO (irónico): Confiese que dentro de unos minutos alguien va a sustituirme y que es necesario preparar un
nuevo escenario.
IRMA (irritadísima): No son cosas suyas. Le he tratado con mucho respeto durante todo el tiempo que ha estado usted
aquí. Y le repito que es peligroso para todos salir a las calles.
(Ruido de ametralladora a lo lejos)
EL OBISPO (amargo): ¡Es falso! Mi seguridad le importa un comino. Cuando todo se acaba, a usted le trae sin cuidado la
gente.
IRMA (a la Mujer): No le hagas caso y desvístele (Al obispo que ha bajado de sus coturnos y que ahora tiene la estatura
normal del más corriente de los actores). Ayúdese. Está usted tieso
EL OBISPO (con cara de idiota): ¿tieso? ¿Estoy tieso? Rigidez solemne, inmovilidad definitiva...
IRMA (a la Mujer): Ponle la chaqueta.
EL OBISPO (mirando su disfraz que se va amontonando en el suelo): Adornos. Encajes, gracias a ustedes entro en mí
mismo. Reconquisto un dominio. Invado una fortaleza muy antigua de la que me echaron. Me instalo en el claro
de un bosque donde por fin es posible el suicidio. El juicio depende de mí y heme aquí a solas con la muerte.
IRMA Muy bonito, pero hay que marcharse. Ha dejado el carro en la puerta de la calle. Cerca al transformador...
El OBISPO (Metrallas afuera, a Irma) ¡Por qué nuestra jefe de policía, esa pobre incapaz, nos deja degollar por el
populacho! (Volviéndose al espejo en tono declamatorio) ¡Adornos! Mitras, encajes, y sobre todo tú, capa dorada,
me proteges del mundo. Capa rígida: permites que se elabore en el calor y dentro de la oscuridad la más tierna, la
más luminosa dulzura. Mi caridad, que va a inundar el mundo, la he ido destilando bajo este caparazón... ¡A
veces, igual que un cuchillo, mi mano aparecía para bendecir! ¿O para cortar, o para segar? Adornos, capas
doradas...

CUADRO SEGUNDO
La misma araña. Tres biombos pardos. Paredes desnudas. El mismo espejo a la derecha en el que se refleja la
misma cama deshecha del primer cuadro. Una mujer joven y guapa parece encadenada, con las manos atadas. Su
vestido de muselina está rasgado. Se ven sus pechos. De pie delante de ella el verdugo. Es un gigante con e1 pecho al
aire. Muy musculoso. Su látigo está en la hebilla de su cinturón en la espalda, de manera que parece que lleva una cola.
4

Un Juez, que cuando se levante parecerá descomunal; él también lleva coturnos invisibles bajo su toga, y con la cara
pintada, se arrastra hacia la mujer, que retrocede a medida que él avanza.

LA LADRONA (tendiendo el pie): ¡Todavía no!, ¡He dicho que no!, ¡Que no, que no, que no!, ¡Lame! Lame primero,
lame aún más…
(El juez hace un esfuerzo para arrastrarse más, luego se incorpora y despacio, penosamente, aparentemente feliz, va a
sentarse en un taburete. Ladrona -la mujer descrita antes- cambia de actitud y de dominadora pasa a ser
humilde).
EL JUEZ (severo): ¡Porque eres una ladrona! Te han pillado in fraganti... ¿Quién? La policía... ¿Has olvidado que una red
sutil y sólida, mi policía secreta apresa tus gestos? ¿Qué puedes responder? Te pillaron. (Al verdugo) Mete la
mano debajo de sus enaguas, encontrarás el bolsillo, el famoso bolsillo canguro (A la ladrona) Qué llenas con
cuanto te cabe en la mano sin más miramientos. Porque eres insaciable y no tienes ningún discernimiento.
Porque además eres idiota… (Al verdugo) ¿Qué había en ese famoso bolsillo canguro? ¿En esa enorme tripa?
EL VERDUGO: Perfumes, señor juez, una linterna, un frasco, unas naranjas, varios pares de calcetines, erizos de mar,
una toalla, un pañuelo de seda (Al Juez) ¿Me ha oído?, he dicho un pañuelo.
EL JUEZ (sobresaltado): ¿Un pañuelo? ¿Y qué querías hacer con el pañuelo? Dime, ¿qué querías hacer? Estrangular, ¿a
quién? Contesta. ¿Eres una ladrona o una estranguladora? (Con mucha dulzura, con tono de súplica). Dime, hija
mía, te lo suplico, dime que eres una ladrona.
LA LADRONA. ¡Sí, señor juez!
EL VERDUGO. ¡NO!
LA LADRONA (mirándole sorprendida). ¿No?
EL VERDUGO. Eso luego.
LA LADRONA. ¿Cómo?
EL VERDUGO. Dije: la confesión vendrá en su momento. Por ahora niega.
LA LADRONA. ¿Para qué me pegues más?
EL JUEZ (meloso). Precisamente, hija mía: para que te pegue aún más. Primero tienes que negar, luego confesar y
arrepentirte. De tus lindos ojos quiero ver brotar el agua tibia. Quiero que estés empapada por ella. ¡El poder de
las lágrimas!
LA LADRONA. Ya he llorado. ..
EL JUEZ. Gracias a los golpes. Exijo lágrimas de arrepentimiento. Hasta ahora sólo me fijé en tus gritos sublimes
desgarradores. Pero lo que me interesa es tu dolor por la culpa. Cuando haya visto tus lágrimas, ¡me sentiré
satisfecho del todo!
LADRONA. No es fácil. Antes intenté llorar...
EL JUEZ (ya no lee, tono entre teatral y familiar). Eres muy joven. ¿Eres nueva? (Inquieto) ¿No serás menor, de edad,
imagino?
LA LADRONA. No, no, señor,..
JUEZ. Llámame señor juez. ¿Cuándo has llegado?
VERDUGO. Anteayer, señor juez.
JUEZ (otra vez leyendo y con tono teatral). Déjala hablar. Me gusta su voz. Óyeme: tienes que ser una ladrona modelo si
quieres que yo sea un juez modelo. Si eres una falsa ladrona, me convierto en un falso juez. ¿Está claro?
LA LADRONA: Sí, señor juez.
EL JUEZ (sigue leyendo) Bueno. Hasta ahora todo ha salido bien. Mi verdugo te pegó porque ella también tiene su
cargo. Estamos vinculados: tú, ella y yo. Por ejemplo, si no te pegara, ¿Cómo podría yo detener su brazo
castigador? Por lo tanto tiene que pegar para que yo intervenga y de prueba de mi autoridad. Y tú tienes que
negar para que ella te pegue (Se oye un ruido de metralla).
¿Qué pasa? ¿Están bien cerradas todas las puertas? ¿Nadie puede vernos ni oírnos?
El VERDUGO: No, no, tranquilícese. La puerta está cerrada (Va a examinar la puerta, y se oyen disparos). Y el corredor
está trancado.
EL JUEZ. ¿Estás segura?
El VERDUGO. Se lo juro. (El mismo ruido que antes)
5

EL JUEZ. Pero, ¿qué pasa? ¿No van a dejarnos en paz? (Se levanta) ¿Qué pasa?
El VERDUGO (seco). Nada. Es usted el que está nervioso.
EL JUEZ (tono natural). Puede ser, pero mis nervios me informan; me mantienen despierto (Se levanta y se acerca a la
puerta) ¿Puedo mirar?
El VERDUGO (encogiéndose de hombros). ¡No!
Juez (con tono aun más familiar). Pareces preocupada. ¿Dime qué pasa?
El VERDUGO: Esta tarde, poco antes de su llegada, tres sectores Importantes cayeron en manos de los rebeldes.
Hicieron varios incendios, ningún bombero salió. Todo ardió. El tribunal...
EL JUEZ: Y la jefe de policía, ¿qué? No es capaz de aplastar un miserable levantamiento popular.
LA LADRONA No hemos tenido noticias suyas durante cuatro días. Es probable que la hayan matado o secuestrado. Si
vive o Si puede escapar probablemente vendrá aquí.
EL JUEZ (a la ladrona, sentándose) De todos modos, que no espere pasar por el puente de la Reina. Lo han volado
anoche.
LA LADRONA. Estamos enterados. Oímos la explosión desde aquí.
EL JUEZ (de nuevo, con tono teatral. Lee el código): En fin. Comencemos otra vez. Conque aprovechando el sueño de
los justos, aprovechando el sueño de un segundo, los desvalijas, los despojas, hurtas y robas…
LA LADRONA: No, señor juez, nunca.
EL VERDUGO: ¿Empleo el látigo?
LA LADRONA (gritando): ¡Bárbara!
EL VERDUGO: ¿Qué te pasa? No me dirijas la palabra. Contesta al juez y llámame señor verdugo.
LA LADRONA: Sí, señor verdugo.
EL JUEZ (leyendo): vuelvo a empezar: ¿has robado?
LA LADRONA: Sí, sí señor juez.
EL JUEZ (leyendo): bueno. Ahora contesta de prisa y dime la verdad: ¿Qué más has robado?
LA LADRONA he robado pan porque tenía hambre.
EL JUEZ (se incorpora y deja el libro) ¡Sublime! ¡Profesión sublime! Tendré que juzgar todo esto. Hija mía, me
reconcilias con el mundo. ¡Voy a ser el juez de tus actos! El mundo es una manzana, la parto por la mitad: los
buenos, los malos. ¡Y tú aceptas, gracias, ser la mala! Pero es una ocupación dolorosa. Si se juzgara con seriedad
cada fallo, nos costaría la vida.
LA LADRONA. Me asusta, señor.
EL JUEZ (con mucho énfasis). Cálleseeeeee. En el fondo del Infierno, divido los humanos que se aventuran hasta allí.
Una parte a las llamas, la otra a los aburridos campos de asfódelos. A ti, ladrona, espía, perra, Minos te habla,
Minos te pesa. (Al verdugo) ¿Cancerbero?
EL VERDUGO (imitando a un perro). ¡Guau! ¡Guau!
EL JUEZ: ¡Qué hermoso! Y, la vista de una nueva víctima te embellece aún más. (Le tira de los labios) ¡Enseña los
colmillos! ¡Terribles! ¡Blancos! (De repente parece inquieto; a la ladrona) Supongo que esos crímenes los has
cometido, ¿verdad?
EL VERDUGO. Puede calmarse. Se lo aseguro, ella es una criminal. Y para que confiese la arrastraría si fuera necesario.
EL JUEZ. Soy casi feliz. Sigue. ¿Qué has robado? (De repente se oye la ametralladora.) Nunca va a terminar. Ni un
momento de descanso
LA LADRONA. Ya se lo hemos dicho. La rebelión ha alcanzado todos los barrios del norte...
VERDUGO. Cierra el pico.
EL JUEZ: (irritado). Vas a contestarme, ¿sí o no? ¿Qué más has robado? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Por
qué? ¿Para quién?
LA LADRONA: Muy a menudo entré en las casas cuando no estaban las criadas, pasando por la escalera de servicio...
Robaba en los cajones, en el orfanato rompía la alcancía de los niños. (Visiblemente está buscando las Palabras.)
Una vez me disfracé de mujer honrada, me había puesto un traje sastre, un sombrero negro, un velo y un par de
zapatos negros de tacón alto; entonces entré. ..
EL JUEZ (con prisa). ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde entraste?
LA LADRONA. Se me olvidó, perdóneme.
6

EL VERDUGO. ¿le pego?


EL JUEZ. Todavía no. (A la ladrona) Dime dónde, ¿Dónde entraste?
LA LADRONA (apurada). Se lo juro: se me olvidó.
EL VERDUGO. ¿Le pego? ¿Le pego, señor juez?
EL JUEZ (al verdugo, acercándose a él). Tu placer depende de mí. Te gusta pegar, ¿verdad? Te doy la razón, verdugo.
Magistral montón de carne, una decisión mía te hace mover! (Finge mirarse en el verdugo) ¡Espejo que me
glorifica! Imagen que puedo tocar, te quiero. Nunca tendré la fuerza ni la habilidad suficiente como para dejar en
sus espaldas rayas de fuego. Sin ti no sería nada... (A la ladrona) Tampoco lo sería sin ti. Son mis dos
complementos perfectos... ¡Vaya trío el que formamos! (A la Ladrona) Pero tú tienes un privilegio sobre ella,
sobre mí también: el de la anterioridad; el hecho de ser juez es una emanación de tu ladronicio. Bastaría con que
te negaras…Pero no se te ocurra… bastaría que te negaras a ser quien eres para que yo dejara de ser... y
desapareciera evaporado. Pero no te negarás, ¿verdad?, ¿no te negarás a ser una ladrona? Sería grave. Seria
criminal. ¡Me impedirías ser! (Suplicante) Dime, hija mía, amor mío, ¿no te negarás verdad?
LA LADRONA (coqueta). ¿Quién sabe?
EL JUEZ. ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Me lo negarás? ¿Dime dónde? Dime también lo que robaste.
LA LADRONA (con tono seco y levantándose). No.
EL JUEZ. Dime. No seas cruel. Te lo ruego (Se arrodilla ante ella). Ya ves, te lo suplico; no me dejes en esta postura,
esperando ser juez; si no hubiera jueces, ¿adónde iríamos a parar?; pero, ¿y si no hubiera ladronas?
LA LADRONA (irónica). Y si no hubiera ¿qué?
EL JUEZ. Sería terrible. Pero usted no me jugará esta mala pasada, ¿verdad? ¡Usted no hará que no los haya!
EL VERDUGO (al Juez). Arrástrese.
EL JUEZ. Tengo mi orgullo.
EL VERDUGO (amenazador). Arrástrese.
Juez, que estaba de rodillas, se cae de bruces y se arrastra lentamente hacia la LADRONA. Conforme va arrastrándose,
la LADRONA retrocede.
VERDUGO. Está bien, siga.
EL JUEZ (Al verdugo). ¡Que me ordenes que me arrastre después de ser juez!, bribona, haces muy bien, pero si me lo
negaras definitivamente, zorra, sería criminal…
LA LADRONA. Llámeme señorita y solicite las cosas cortésmente.
EL JUEZ. ¿Tendré lo que quiero?
LA LADRONA (coqueta). Sale caro robar.
EL JUEZ Pagaré. Pagaré lo que sea necesario. Pero si no tuviera que separar el bien del mal, ¿para qué serviría?, me lo
pregunto.
LA LADRONA. Me lo pregunto.
EL JUEZ (con tristeza infinita). Hace un momento iba a ser Minos. Ladraba mi cancerbero (al verdugo.), ¿te acuerdas?
(el verdugo interrumpe al juez restallando el látigo.) ¡Bien! Y yo inexorablemente, iba a llenar los infiernos de
condenados, llenar las cárceles. ¡Cárceles! benditos lugares donde el mal es imposible. No se puede cometer el
mal dentro del mal. Y conste que condenar no es lo que más deseo, sino juzgar... (Intenta incorporarse.)
EL VERDUGO. Arrástrese. Y dese prisa, tengo que ir a vestirme para otra representación.
EL JUEZ (a la ladrona) ¡Señorita! niña, acepte, se lo ruego. Estoy dispuesto a lamer con la punta de mi lengua sus
tacones, pero dígame que es una ladrona…
LA LADRONA (gritando). Todavía no, ¡He dicho que no! ¡Qué no, que no, que no! ¡Lame!, ¡Sigue lamiendo! ¡Lame!,
¡lame primero!
El escenario anterior y se hunde entre bastidores, Por la derecha. A lo lejos se oyen ametralladoras

CUADRO TERCERO
Tres biombos. Dispuestos como los anteriores, pero de un verde oscuro. La misma araña. El mismo espejo, que refleja la
cama deshecha. Sobre la butaca un caballo de los que utilizan los bailarines folklóricos, con una faldita de
pliegues. En la habitación un señor con cara de tímido; es el GENERAL. Se ha quitado la chaqueta, luego el
bombín y los guantes. Irma está a su lado.
7

EL GENERAL (señala el sombrero, la chaqueta y los guantes): Que no dejen estas cosas por aquí.
IRMA. Vamos a doblarlas, a empaquetarlas…
EL GENERAL. Que las hagan desaparecer.
IRMA. Vamos a guardarlas, incluso a quemarlas.
EL GENERAL. Eso es, ¿sabe?, me gustaría que ardieran, como las ciudades al crepúsculo.
IRMA ¿Ha visto algo al venir aquí?
EL GENERAL. He corrido riesgos muy graves. El populacho ha volado los embalses y barrios enteros están inundados.
El arsenal en particular, y por lo tanto toda la pólvora está mojada. Y las armas oxidadas. Tuve que dar muchos
rodeos; para no tropezar con los rebeldes.
IRMA. No me tomaría la libertad de preguntarle cuáles son sus opiniones. Todos somos libres y yo no me ocupo de
política.
EL GENERAL. Hablemos de otra cosa. Lo importante es cómo me iré de esta casa. Será tarde cuando salga. ..
IRMA. A propósito de tarde...
EL GENERAL. Es cierto. (Busca en su bolsillo, saca billetes de banco, los cuenta y da unos cuantos a Irma. Ella los
conserva en la mano.) Decía, pues, que cuando salga no me interesa que me maten en la oscuridad. Porque,
naturalmente, no habrá nadie para acompañarme.
IRMA. Creo que no, desgraciadamente. (Larga pausa.)
EL GENERAL (bruscamente, impaciente). Pero, ¿no viene ella?
IRMA. No sé lo que estará haciendo. Le había aconsejado que todo estuviera preparado a su llegada. Ya está el caballo.
Voy a llamar.
EL GENERAL. Déjelo. Me encargo yo mismo. Me gusta llamar. Eso sí que es un acto de autoridad. ¡Ah! Llamar para
que cargue la caballería.
IRMA. Luego, mi general. ¡Oh! Perdone, acabo de darle título. Luego usted…
EL GENERAL. Callese, no hable de esto.
IRMA: ¡Qué fuerza tiene, qué juventud, qué petulancia!
EL GENERAL. ¿Y las espuelas? ¿Tendré espuelas? Mandé que me las sujetaran a las botas, Botas color caoba, ¿verdad?
IRMA, Si, mi general, color caoba y brillantes.
EL GENERAL: Brillantes, de acuerdo, pero con lodo.
IRMA: Con lodo y quizá con un poco de sangre. Mandé colocar las condecoraciones.
EL GENERAL: ¿Auténticas?
IRMA. Auténticas. (De repente, fuerte grito de mujer.)
EL GENERAL: ¿Qué es eso? (quiere acercarse a la pared de la derecha y va a mirar, pero Irma interviene.)
IRMA. Nada. Siempre hay actos irreflexivos por todas partes.
EL GENERAL. Pero ese grito, un grito de mujer, pidiendo socorro, quizá. Corro a liberarla, mi sangre se agita. Voy por
ella…
IRMA (muy fría) Aquí no quiero líos, cállese. De momento aún está usted de civil.
EL GENERAL: Es cierto. (Nuevo grito de mujer.) Pero es inquietante, Además, va a ser molesto.
IRMA. Pero, ¿qué estará haciendo? (Se prepara a llamar, pero por la puerta del fondo entra una mujer joven muy guapa,
pelirroja, con el pelo suelto desatado. Su pecho esta casi desnudo, sólo lleva un corsé negro, medias negras,
zapatos de tacón muy altos. Trae un uniforme completo de general, con la espada, un sombrero de dos picos y
las botas.)
EL GENERAL (severo). Por fin ha llegado. Con media hora de retraso. Por menos se pierde una batalla.
IRMA. Lo compensará, mi general, la conozco.
EL GENERAL (mirando las botas.) ¿Y la sangre?, no veo la sangre.
IRMA. Se secó. No se olvide que es la sangre de sus batallas de antaño. Está bien. Les dejo.
(Sale por el fondo. El General va hacia la puerta y la cierra con llave. Pero apenas ha cerrado la puerta, citando llaman
a ella. La Chica va a abrirla. Detrás y un poco apartado, El Verdugo, sudando la gota gorda, enjugándose con
la toalla.)
EL VERDUGO. ¿No está aquí Irma?
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LA CHICA (con tono seco). En la escena del jardín. (Rectificando.) Perdone, en la escena de la capilla ardiente. (Cierra
la puerta.)
EL GENERAL (irritado). Espero que me dejen en paz. Además te demoraste media hora. ¿Qué demonios estabas
haciendo? ¿No te habían dado tu saco de avena? ¿Sonríes? ¿Sonríes a tu jinete? ¿Reconoces su mano suave y
firme? (La acaricia.) ¡Mi bonito corcel! Mi linda yegua, ¡qué guerras ganamos entre los dos!
LA CHICA. Y no hemos terminado. Bien herrados mis cascos, con mis patas nerviosas puedo recorrer el mundo. Quítese
el pantalón y los zapatos para que le vista.
EL GENERAL (ha cogido la vara). Sí, pero primero de rodillas, de rodillas, dobla las corvas, dobla... (La CHICA se en-
cabrita. Relincha de gusto y se arrodilla como un caballo de circo ante el GENERAL.) ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Paloma!
No te has olvidado de nada. Y ahora vas a ayudarme y contestar a mis preguntas. Está exactamente en el orden de
las cosas que una buena potranca ayude a su amo a que se desabroche, a que se quite los guantes y que le conteste
rápidamente. Por lo tanto, empieza por desatar mis cordones,
(Durante toda la escena que viene a continuación, la CHICA va a ayudar al GENERAL a que se desnude y luego a
vestirle de general; cuando éste esté completamente vestido, los espectadores se darán cuenta que ha tomado
proporciones gigantescas gracias a un truco de teatro; coturnos invisibles, espaldas artificialmente anchas, cara
pintadísima.)
LA CHICA. ¿Sigue hinchado el pie izquierdo?
EL GENERAL. Si. Es el pie de la partida, el del pataleo.
LA CHICA. Desabróchese.
EL GENERAL. ¿Eres caballo o analfabeta? ¡Ayúdame! No eres un caballo de labranza.
LA CHICA. Hago lo que debo hacer.
EL GENERAL. Te rebelas, ya. Vas a ver cuando esté preparado. Cuando te meta el bocado en el hocico.
LA CHICA. No, eso no.
EL GENERAL. ¡Un general que recibe órdenes de su caballo! Tendrás el bocado y con las botas y el casco te pegaré
latigazos.
LA CHICA. Es terrible el bocado. Hace sangrar las encías y la comisura de los labios. Voy a echar babas de sangre.
EL GENERAL. ¡Echar espuma rosada y echar chispas! ¡Pero qué galope! Por entre los campos de centeno, entre la
alfalfa, en los prados, en los caminos polvorientos, en los montes, tumbados o de pie, desde la aurora al
crepúsculo y del crepúsculo...
LA CHICA. No es poca cosa vestir a un general vencedor a quien van a enterrar. ¿Quiere el sable?
EL GENERAL, El más brillante, que permanezca sobre la mesa. Muy en evidencia. Pero esconde la ropa. ¿Dónde? No lo
sé. Habrá un escondrijo previsto en algún sitio, (La CHICA hace un paquete con la ropa y lo escondo detrás de la
butaca.) ¿La guerrera? Bueno. ¿Están todas las medallas? Cuéntalas.
LA CHICA (después de contar muy de prisa), Están todas, mi general.
EL GENERAL. ¿Y la guerra? ¿Dónde está la guerra?
LA CHICA (con mucha dulzura). Se acerca, mi general. Es la noche. En un campo de manzanos. El cielo está tranquilo y
color de rosa. Una paz repentina que precede los combates, baña la tierra. El tiempo es suave. Las cosas
contienen su respiración. La guerra está declarada. Hace calor...
EL GENERAL. ¿Pero de repente?
LA CHICA. Estamos a orillas del prado. Hago un esfuerzo para no dar patadas y relinchar. Tus muslos son tibios y
hieren mis ijares. La muerte…
EL GENERAL. ¿Pero de repente?
LA CHICA. La muerte está atenta. Con un dedo en los labios incita al silencio. Una última bondad ilumina las cosas. Tú
mismo ya no estás atento a mi presencia.
EL GENERAL. ¿Pero de repente?
LA CHICA. El agua estaba inmóvil en las charcas. Hasta el viento esperaba una orden para hinchar las banderas.
EL GENERAL. ¿Pero de repente?
LA CHICA. De repente, ¿qué? ¿De repente? (Parece que busca las palabras.) Ya, de repente, ¡fue el hierro y el fuego!
¡Las viudas! Fue necesario tejer kilómetros de velo para ponerlo en los estandartes. Bajo sus velos las madres y
las esposas tenían los ojos secos. Las campanas se caían de los campanarios bombardeados. En la esquina de una
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calle un lienzo azul me asustó, me encabrité, pero domada por tu mano suave y pesada mi temblor cesó. ¡Cuánto
te quería, héroe mío!
EL GENERAL. Pero ¿y los muertos? ¿No había muertos?
LA CHICA. Los soldados se morían besando el estandarte. Eras todo victorias y bondades. Una noche, recuerda...
EL GENERAL. Me sentía tan dulce que me puse a nevar. A nevar encima de mis hombres, A sepultarlos bajo la más
tierna de las mortajas.
LA CHICA El estallido de una granada había partido las tropas. Por fin la muerte era activa. Ágil, iba de uno a otro,
cavando una llaga, apagando un ojo, arrancando un brazo, abriendo una arteria, dando a una cara el color del
plomo, cercenando un grito, un canto, la muerte estaba agotada. Por fin, agobiada, hasta ella misma muerta de
cansancio. Se durmió ligera en tus hombros.
EL GENERAL (embriagado por la alegría). Para, para, aún no ha llegado el momento pero presiento que será
magnífico. (Se mira en el espejo.) Soy general. Hombre de guerra y de desfile, heme aquí en mi pura apariencia.
Nada, tras de mí no arrastro ningún ejército. Aparezco y nada más, si atravesé miserias sin morir, si ascendí sin
morir, fue por este minuto próximo a la muerte. (Metrallas afuera. De repente se para, perece que le preocupa
una idea.) Dime, paloma.
LA CHICA. Sí, señor.
EL GENERAL. La jefe de la policía, ¿qué tal lleva el asunto? (La CHICA dice que no con la cabeza.) ¿Nada? ¿Nunca
nada? Total, todo fracasa entre sus manos y nosotros perdemos el tiempo.
LA CHICA (autoritaria) En absoluto. Y de todos modos, no son cosas nuestras. Sigamos. Usted decía: para este minuto
próximo a la muerte. .. Y luego, ¿qué?
EL GENERAL (dudando)... próximo a la muerte... en que no seré nada, pero reflejada hasta el infinito en esos espejos,
mi imagen..., tienes razón, peinate, cepíllate. Exijo una potranca bien vestida, Por lo tanto, dentro de poco a la
llamada de las trompetas, vamos a bajar yo cabalgándote hacia la gloria y la muerte, pues voy a morir. Por lo
tanto, se trata de bajar al sepulcro...
LA CHICA, Pero, mi general, usted está muerto desde ayer.
EL GENERAL. Ya lo sé…pero de una bajada solemne y pintoresca por escaleras inesperadas...
LA CHICA. Usted es un general muerto pero elocuente.
EL GENERAL. Por muerto, caballo parlanchín. Lo que está hablando y con tan bonita voz, es el Ejemplo. Ya no soy sino
el reflejo del que fui, A ti te toca ahora, vas a agachar la cabeza y taparte los ojos, porque quiero ser general en la
soledad. Ni siquiera para ti sino para mi reflejo, y mi reflejo para su reflejo y etcétera. En fin, estaremos entre
iguales. Paloma, ¿estás preparada? (La CHICA asiente con la cabeza.) ¡'En marcha! (Saluda su reflejo en el
espejo.) ¡Adiós, mi general! (Luego se tiende en la butaca, con los pies sobre la silla y saluda al público, tan
rígido como un cadáver; la CHICA se, coloca delante de la silla, y sin moverse esboza los movimientos de un
caballo en marcha.).
LA CHICA Ha empezado el desfile... Cruzamos la ciudad… Bordeamos el rio. Estoy triste... El cielo está anubarrado. El
pueblo llora a tan gran héroe muerto en la guerra...
EL GENERAL (sobresaltado). ¡Paloma!
LA CHICA: ¿Mi general?
EL GENERAL. ¡Añade que he muerto de pie! (Luego vuelve a guardar la postura.)
LA CHICA. A mi héroe muerto de pie. Sigue el desfile. Tus ordenanzas me preceden… Luego heme aquí, Paloma, su
caballo de batalla... (Salen, y suena marcha fúnebre).

CUADRO CUARTO
La habitación de Irma. Muy elegante. Es la misma habitación que se reflejaba en los espejos en los tres Primeros
cuadros. La misma araña. Grandes adornos de encaje caen de la techumbre. Tres butacas. Gran ventanal a la
izquierda. Puerta a la derecha. Está haciendo cuentas delante de su coqueta. Cerca de ella una chica, Carmen.
Se oyen las ametralladoras.

CARMEN (Entra angustiada): Dos mil del obispo... dos mil del juez (Levanta la cabeza.).
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IRMA (irritada): Carmen...


CARMEN: Dos mil del general... dos mil del marinero... tres del nene...
IRMA: Ya se lo he dicho, Carmen, eso no me gusta nada.
CARMEN (agria):Señora, les doy los títulos únicamente para diferenciarlos, es todo.
IRMA: ¡sin insolencias! Y exijo que se respete a las visitas. ¡Visitas! Ni siquiera yo me permito, yo (insiste en la palabra),
decirles clientes. Bueno, todavía éstos se pueden aguantar, pero cuando se trata de aquel a quien hay que atar al poste.
CARMEN: Que asco. Lo llamo la Cabra.
IRMA (como entre sueños): Asco? Claro, se te olvida lo bien que te pago por él.
CARMEN (dura; se ha vuelto y clava la mirada en Irma): No se atreva a reprochármelo.
IRMA (quiere hacerse transigente): ¡Esa mirada! No seas injusta. Desde hace algún tiempo eres irritable. Ya sé que los
acontecimientos nos ponen nerviosos a todos, pero la cosa va a calmarse. Tu tristeza me inquieta sobremanera.
(Con tono docente.) Has cambiado, Carmen.
CARMEN: No valgo nada en su casa, doña Irma.
IRMA (desconcertada): Pero... Te he confiado la contabilidad.
Te instalas ante mi escritorio y de repente mi vida entera se abre ante ti. ¿Ya no tengo secretos y no te sientes feliz?
CARMEN: Desde luego; le agradezco su confianza, pero, no es lo mismo.
IRMA: ¿Qué te falta? (Silencio de Carmen.), ¿Dime, Carmen?
(Breve silencio)
CARMEN: Una vez terminadas las sesiones, usted no permite nunca que se hable de ellas, doña Irma. Por lo tanto, no
conoce usted nada de nuestros verdaderos sentimientos. Todo eso lo observa usted de lejos, patrona. Pero si una
sola vez se pusiera el vestido y el velo azul, o si fuera la yegua del general, o la campesina violada en la paja...
IRMA (Pasmada): ¡Yo!
CARMEN: Sí, usted, doña Irma. No voy a enumerarle la lista, sabría usted lo que eso deja en el alma y que es necesario
deshacerse de ello con un poco de ironía. Pero no, usted no quiere siquiera que hablemos de eso entre nosotras.
Una sonrisa, una broma, le asustan.
IRMA (muy severa): Una carcajada o una sonrisa, incluso lo echan todo abajo. Los clientes quieren ceremonias serias. Mi
casa es un lugar severo. Sólo tolero jugar a las cartas.
CARMEN: En ese caso no debe sorprenderle nuestra tristeza. En fin, yo me voy, buscaré a mi hija.
IRMA: Cada vez que te hago una pregunta un poco íntima, me echas en cara tu hija. ¿Sigues deseando verla? Pero,
imbécil, entre esta casa y el pueblo donde esta tu hija hay fuego, agua. Está la rebelión y el acero.
CARMEN. Para llegar a esta casa de ilusiones, esos señores son capaces de atravesar la metralla sin temor, y yo para ver
a mi hija…
IRMA: ¿Sin temor? Es algo que les excita. Con las ventanas de la nariz dilatadas, detrás de la cortina de fuego y de acero
olfatean la orgía. Pero, y Tú?
CARMEN. No son un obstáculo. Mi hija me necesita.
IRMA. Mi burdel es la gloria, te da de comer, y a ella. Si te vas tendrás que hacer de ella una puta!
CARMEN. ¡Doña Irma!
IRMA. Es verdad. ¿Me crees cruel? A mí también esta sublevación me ha trastornado los nervios; sin embargo, todo lo
intenté, incluso rezar. (Sonríe.). ¿Te hiero?
CARMEN. ¿Y qué Más da? Pero usted comprenderá que este mundo de ilusión me pesa y que todo en mí se vuelve hacia
mi hija, doña Irma. Ella está en un verdadero jardín...
IRMA. No te costará reunirte con ella. Y dentro de poco el jardín estará en tu corazón. Estaremos muertas.
CARMEN. Cállese. No logrará detenerme.
IRMA (Cambia el tono) Oye, puedo hacer algo por ti. Puedo concederte lo que quieras si aceptas quedarte, naturalmente.
(Silencio.) ¿No dices nada?
CARMEN: Usted es buena doña Irma. Su casa tiene la ventaja de traer consuelo a todos. Preparamos sus teatros
clandestinos, pero nosotras sufrimos las representaciones... Usted tiene los pies en la tierra y es la que cobra. Sin
embargo, para todos nosotros volver a la realidad es brutal. La gente se está matando en las calles y yo estoy lejos
de mi hija.
11

IRMA: Felizmente la revolución no ha triunfado. En el mundo entero es conocido mi burdel, el Gran Balcón. Es la más
sabia, pero la más honrada casa de ilusiones...
CARMEN: No puedo volver a empezar otra representación, la angustia por mi hija no me lo permite.
IRMA: No comprendes nada. Lo veo en tus ojos: Cuando terminan las sesiones de repente todos quieren a sus hijos y a su
patria. Pero unos minutos después quieren volver a empezar. Piensa que el general, el obispo y el juez en la vida
de afuera no son nada... lo único que importa es la representación. Aquí la Comedia, la Apariencia, se conservan
puras, intacta la Fiesta.

(Suena el timbre, Irma se acerca impaciente a la ventana)


CARMEN: ¿Es la jefe de policía?
IRMA: No.
CARMEN: Nunca va a llegar, debe estar muerta.
IRMA. No digas nada en contra de la jefe de policía, sin ella estaríamos jodidas. Sí, nosotras, tu, yo, tu hija. Dependemos
de ella, esta ciudad depende de ella.
(Larga pausa. Las dos mujeres permanecen inmóviles. Nuevos golpes más autoritarios.)
IRMA: ¡Pase!
(Se abre la puerta. Entra el Verdugo, a quien de ahora en adelante llamaremos Bárbara.)
IRMA: ¿La escena se ha terminado? No ha tardado nada.
BÁRBARA: Sí. El juez se está vistiendo. Está agotado (A Carmen) Dos sesiones en media hora.
IRMA: ¿No has pegado demasiado fuerte? La última vez la pobre chica tuvo que quedarse dos días en la cama.
BÁRBARA: No te hagas la buena chica. Ni la falsa zorra. La última vez y esta noche ha tenido lo merecido: en dinero y
en golpes. Como mandan los cánones. Si el juez quiere golpes, yo golpeo.
IRMA: Espero que no disfrutes haciéndolo.
BÁRBARA: Con ella, no; tan sólo te quiero a ti. Y el trabajo es el trabajo. Lo hago con austeridad.
IRMA (autoritaria): No tengo celos de esa chica. Pero no me gustaría que maltrataras al personal, que es cada vez más
difícil de renovar, hasta Carmen se quiere ir. De todas maneras, sé prudente. Que la casa está amenazada.
BÁRBARA: Ya lo sé. Todos los barrios del norte se han rendido esta noche. Es una lástima: el juez se excita con los
gritos.
IRMA: El obispo es menos peligroso. Se contenta con perdonar los pecados.
CARMEN: El mejor es aquel a quien ponemos los pañales, a quien azotamos, a quien damos pecho.
BÁRBARA ¿y Quién lo amamanta? (A Carmen.) ¿Tú? ¿Le das teta?
CARMEN (seca): Yo también conozco el oficio.
BÁRBARA ¿La señorita quiere darme una lección?
IRMA: Déjala, Bárbara; ella sufre.
BÁRBARA: (A Irma.) ¿Cuánto has cobrado hoy?
IRMA (a la defensiva): Carmen y yo aún no hemos terminado las cuentas.
BÁRBARA: Yo, sí. Según mis cálculos, la cosa andará por los veinte mil.
IRMA: Es posible. De todas maneras, no temas nada. No hago trampas.
BÁRBARA: Te creo, amor mío. Pero es más fuerte que yo. Las cifras se alinean en mi cabeza. ¡Veinte mil! La guerra, la
rebelión, la metralla, el hielo, el granizo, la lluvia, la mierda a chorros, nada los atemoriza. Al revés. Los rebeldes
matan en las calles, el burdel está sitiado, y los nobles arriesgan su vida por venir donde las putas.
IRMA (tajante): Qué hacemos si entran los rebeldes?
BÁRBARA: (ambigua): No sé, amor mío, deben estar ocupados intentando entrar al palacio de la reina.
IRMA: No estamos seguras, los disparos suenan demasiado cerca. La poca información que llega es muy confusa, si
pudieramos salir sabriamos a qué atenernos.
CARMEN: Si yo salgo trataría de ir a buscar a mi hija.
BÁRBARA: Entonces yo voy. A mi el miedo no me paraliza, además te tengo a ti aquí, es suficiente motivo para volver.
IRMA: Serías capaz?
BÁRBARA. Por ti lo haría, sí.
IRMA: Entonces trata de averiguar si vendrán al burdel, nos escaparíamos hacia el palacio arzobispal.
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BÁRBARA: Esa no es una buena idea, ya lo deben haber tomado. Ustedes terminen las cuentas. No olvidarás mi pequeño
porcentaje, ¿verdad?
IRMA: Te doy más de la cuenta. Ya veremos.
BÁRBARA: Ya me dirás cuando vuelva. Confío en ti.
IRMA (severa):.Esta noche tienes otra sesión, ¿lo sabes?
BÁRBARA: (iba hacia la puerta) ¿Esta noche? ¿Otra? ¿Qué es?
IRMA: ¿No te lo he dicho ya? Un cadáver.
BÁRBARA ¡Qué divertido! ¿Y qué tengo que hacer con él?
IRMA: Nada. Permanecerás inmóvil, y te amortajarán. Podrás descansar.
BÁRBARA: Conque soy yo la que... ¡Muy bien! ¿Y el cliente? ¿Es uno nuevo?
IRMA (misteriosa): Una personalidad, y no me hagas más preguntas.
BÁRBARA (se prepara para salir, luego vacila): ¿No le dan un beso a uno?
IRMA Cuando vuelva «uno», si vuelve.
BÁRBARA ¡Zorra! (Se vuelve y sonríe.) ¡Adorable zorra! (Sale.)
IRMA (a Carmen, después de un silencio): Volvamos a hacer las cuentas, ¿quieres?
CARMEN: Bien calculado todo, incluyendo al marino y las visitas sencillas, llegamos a treinta y dos mil.
IRMA: Muy bien, Cuanto más se matan en las calles, tanto más entran los hombres en mis salones… Si ganan los
rebeldes estamos perdidas; son obreros, desprovistos de dinero y de imaginación. Mojigatos y posiblemente
castos.
CARMEN: Pronto se acostumbrarán a las orgías. Basta con un poco de aburrimiento...
IRMA: Te confundes. O bien no tolerarán el aburrimiento. Pero soy yo la que corre mayor peligro. Para ustedes es muy
diferente. En toda revolución, hay una puta exaltada que canta la Marsellesa y se virginiza. Tú serás ésta. Las
otras darán piadosamente de beber a los moribundos. Con los cascos y las botas puestas, con gorras y sin camisa,
nos harán perecer a sangre y fuego. Será muy bonito. No tenemos que desear otro final. Y tú piensas en irte...
CARMEN: Pero, doña Irma...
IRMA: Sí, Sí. Cuando la casa va a arder, cuando la rosa va a ser apuñalada, tú, Carmen, sólo piensas en huir.
CARMEN: Si quería ausentarme, sabe usted muy bien cuál era el motivo.
IRMA: ¿Por tu hija? Pero si tu hija ha muerto...
CARMEN: ¡Señora! (Vuelve a llorar) Me gustaría volverla a ver...
IRMA: ¿Te ofrezco la mejor de las muertes y vacilas? ¿Eres cobarde? La rebelión alcanza su apogeo. Es la horda. Pero
nosotros tenernos nuestras cohortes, nuestros ejércitos, nuestras milicias, nuestras legiones, batallones, barcos,
heraldos, clarines, trompetas, nuestros colores, banderas, estandartes, gallardetes... ¿y tiemblas? Pero, querida,
aún no se ha perdido todo. Vamos a machacarlos. George aún es todopoderosa. De todos modos espero que pueda
venir. La jefe de la policía siempre encuentra el medio de pasar. Vísteme con mis mejores galas, si he de morir
quiero estar esplendida.
CARMEN: ¿Qué se va a poner?
IRMA: El deshabillé beige. (Carmen abre la puerta de una alacena y saca de ella el deshabillé, mientras Irma desabrocha
su traje sastre.)
CARMENN: ¿qué joyas se va a poner?
IRMA: Las perlas. Mis joyas. La única cosa auténtica que tengo. Con la certeza de que todo el resto es falso. Tengo mis
joyas como otras tienen una hija en el campo.
(Llaman a la puerta. Carmen abre. Irma grita.)
IRMA: Por fin llegas. (A Carmen.) Salga usted. (Carmen sale)
JEFE DE LA POLICÍA: ¡Qué calores tan dulces, qué olores tan ligeros!... (Besándole la mano a Irma.) ¡Gran belleza!
Afuera todo está lleno de sangre y humo.
IRMA (sofocada): Ponga la mano aquí. (Sobre su pecho.) Estoy emocionada, trastornada. Aún me muevo. Sabía que
usted estaba en camino y por lo tanto expuesta al peligro. Estremecida esperaba...
JEFE DE LA POLICÍA: Cállate. Basta de juegos. La situación es cada vez más grave aún no es desesperada, pero va
siéndolo. ¡Han sitiado el castillo real! La Reina se esconde. La ciudad, que atravesé por milagro, está desolada
por la matanza y el fuego, la rebelión en ella es trágica y alegre, al contrario que en esta casa donde todo
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transcurre tranquilamente. Ahora mismo me juego la última carta. Esta noche estaré en la tumba. Usted también.
Al amanecer todos estaremos muertos. Mi cuerpo ya se descompone, mientras tanto usted huele a limpio ¿Va
bien el negocio, ahora?
IRMA: ¡A las mil maravillas! He tenido algunas grandes funciones.
JEFE DE LA POLICÍA (impaciente): ¿De qué clase?
IRMA: Siempre los mismos pilares del Imperio.
EL JEFE DE LA POLICÍA (irónico): Nuestras alegorías, nuestras insignias parlantes. Y afuera todo incendiado, ¿Algo
nuevo...?
IRMA: Como cada semana, un tema nuevo. (El Jefe de la policía hace un ademán de curiosidad.) Ahora es al bebé a
quien le dan una palmada, una bofetada, a quien mecen, y por su parte llora.
JEFE DE LA POLICÍA (nerviosísimo): No entiendo esos simulacros...
CARMEN (estúpida): ¿simulacros?
JEFE DE LA POLICÍA: Claro, idiota, el simulacro que reemplaza la realidad. (Silencio tendido.)
IRMA: Es una forma de liturgia, el burdel nos aleja de la rebelión.
JEFE DE LA POLICÍA: ¿Quiénes se hace representar aquí?
IRMA: Los conoces. Hay dos reyes de Francia con ceremonias de coronación, un obispo durante la adoración perpetua,
un juez ejerciendo sus funciones, un general a caballo, un bombero apagando un incendio, un ladrón, un
campesino en su granero..., nada de jefe de la policía..., pero sí un misionero y una imagen miserable del
mismísimo Cristo arrastrandose con su cruz
JEFE DE LA POLICIA: Al contrario mi imagen crece cada vez más. Llega a ser colosal. Todo en torno mío me la
devuelve y me la refleja. ¿Y nunca la hemos visto representada en esta casa? Pero con mi muerte obligaré a mi
imagen a que se despegue de mí, a que penetre por la fuerza en tus salones, a que se refleje, a que se multiplique,
Irma. Mi cargo me abruma. Aquí se me aparecerá con el sol terrible del placer y de la muerte.
IRMA: Si mueres el burdel será aplastado, la rebelión nos arrastrará a todos a la tumba. Ahora entiendo que son ellos o
nosotros. Hay que matar de nuevo, mi querida George.
EL JEFE DE LA POLICÍA: Hago lo que puedo, te lo aseguro. Sólo podrías contar los muertos por toneladas. No
alcanzaría la tierra entera para cavar tantas tumbas.
IRMA: No es suficiente. Tienes que hundirte en la noche, en la mierda y en la sangre.
JEFE DE LA POLICÍA (irritadísima): Te repito que hago lo que puedo. (Irma se encoge de hombros.) Pero en este
suntuoso teatro, en que a cada minuto se representa un drama, alguien podría saber algo del lider de los rebeldes.
Bastaría con un solo muerto, solo uno, pero no tenemos su nombre.
IRMA: (Un silencio, durante el cual se miran a los ojos gravemente.) Dime, George... (Ella duda.)
JEFE DE POLICÍA (un poco irritado): ¡Habla!
IRMA: ¿Te sigue interesando este juego? ¿No estás cansada?
EL JEFE DE LA POLICÍA: ¿qué quieres decir?
IRMA: El tedio que produce el juego de estar vivo
JEFE DE POLICÍA: Irma, estás loca. O juegas a estarlo. Hasta la rebelión es juego. Desde aquí no puedes ver nada de lo
de fuera, pero todo rebelde juega. Y le gusta su juego.
IRMA: Aquí también se juega, es un juego que reemplaza la realidad, como tu dices. Pero, por ejemplo, si las
representaciones se pasaran de la raya, quiero decir, si tomaran este juego en serio hasta destruirlo todo y
cambiarlo todo... Ya, ya sé, siempre en toda representación hay el detalle falso que les recuerda que en
determinado momento, en determinada parte del drama tienen que pararse e incluso retroceder... Pero si llevados
por su pasión, no reconocen nada y saltan sin darse cuenta en...
JEFE DE LA POLICÍA: Quieres decir, ¿en la realidad?. ¿Y que pasen de la ilusión a la realidad? Yo no hago lo que ellos,
ellos simulan, yo penetro en la realidad que el juego nos propone y como tengo el papel airoso, debo acabar con
el populacho, terminar el levantamiento. Pero ya no puedo sola.
IRMA: Si abandonas la lucha ellos serán los más fuertes. Los rebeldes, cómo te lo diría, tienen una especie de gravedad
triunfante.
JEFE DE LA POLICÍA: Así lo exige su papel.
IRMA: No, no, una especie de determinación. Pasan debajo de las ventanas amenazadores. La amenaza está en sus ojos.
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JEFE DE LA POLICÍA: ¿Crees que debo desistir y dejar de esconderme en tu casa?


IRMA: No, además no creo que sea demasiado tarde. Hablemos de otra cosa.

EL JEFE DE LA POLICÍA (irritadísimo): Si te parece, hablemos de Bárbara. Échala a la calle.


IRMA: No. Me la impusiste tú. Exigiste que se instalara aquí contra mi voluntad y mi parecer, en un dominio que tenía
que quedar virgen... Imbécil, no te rías. Virgen, es decir, para ti. Pero tú querías un pilar, un eje, entero, erguido,
de pie. Aquí está. Me impusiste este montón de carne congestionada, esa ursulina con brazos de luchador porque
si tú conoces su fuerza en la cama, ignoras su fragilidad. Me la has impuesto con estupidez porque te sentías
envejecer. El poder te atareaba. Sin satisfacerte. Y descansabas aquí por mediación de ella.
JEFE DE LA POLICÍA: El peligro de la situación ha suprimido el aburrimiento y el gusto de los placeres ha regresado.
Actuando vuelvo a ser activo y te necesito. Échala.
IRMA: Se queda. Tengo necesidad de ella. No me hago ilusiones. Tengo necesidad de este trapo, musculoso, lleno de
nudos agarrado a mis faldas…
JEFE DE LA POLICÍA: Tengo celos.
IRMA: ¿De esa muñecaza que se las da de verdugo para satisfacer a un juez recortado en el vacío?
JEFE DE LA POLICÍA: Cállate.
IRMA: No. Tengo ganas de hablar. La catástrofe está a mis puertas. Un sueño esta noche me lo previno, pero...
JEFE DE LA POLICÍA: Cuéntamelo.
IRMA: No
JEFE DE POLICÍA: No tienes nada que temer. La casa está protegida por la policía.
IRMA (encogiéndose de hombros): ¿Y quién protege a la policía? Pero tengo ganas de hablar porque en la situación tan
tensa en que vivimos, es lo único que puedo hacer para tomar parte en tu patetismo. Y para empezar y ver las
cosas más claras, voy a volverte a contar la representación de nuestra noche de bodas...
JEFE DE LA POLICÍA (abofetea a Irma, que cae en el sofá): Trágate eso. Y no llores o te rompo la boca. Si me entero
que cuentas lo que sucedió, prendo fuego a tu tugurio. Iluminaré la ciudad con putas incendiadas. (Con dulzura.)
Crees que soy capaz de hacerlo, ¿verdad?
IRMA (suspirando): Sí, cariño.
JEFE DE LA POLICÍA: Entonces, hazme las cuentas, dame mi parte. Resta si quieres lo del crespón de China de Apolo.
Y date prisa. Tengo que volver a mi puesto. Por ahora tengo que actuar. Después todo saldrá bien. Mi nombre
actuará en mi lugar. ¿Tienes noticias? ¿alguna información útil?
IRMA: Gracias a Carmen. La central eléctrica la ocuparán a eso de las tres de la madrugada.
EL JEFE DE LA POLICÍA: ¿Estás segura? ¿Quién se lo ha dicho?
IRMA: Los partidarios del sector número cuatro. El sector Andrómeda.
JEFE DE LA POLICÍA: Puede ser. ¿Cómo se enteró?
IRMA: Fue ella la única a estar al corriente del chivatazo. No vayas a desprestigiar mi casa...
JEFE DE LA POLICÍA: Tu burdel, amor mío.
IRMA: Burdel, Antro, Casa de putas, Casa de citas, Tugurio. Todo lo acepto. Chantal, pues, es la única que pertenece al
otro bando... Ha huido, pero antes ha hecho confidencias a Carmen y Carmen es fiel.
EL JEFE DE LA POLICÍA: Pero ¿cómo lo sabía ella?
IRMA: Gracias al fontanero. Un lío tonto. Los hombres pobres no entran aquí fácilmente: es un convento. Había
aceptado, pues, que viniera a arreglar la cañería. Gasto mucho: diez mil francos por mes en tuberías... ¿Te
interesa?
EL JEFE DE LA POLICÍA: ¿Tus servicios sanitarios? Te enviré a alguien.
IRMA: Prosigo. Dejé que viniera el fontanero. ¿Cómo le imaginas? ¿joven, guapo? Pues, no. Cuarenta años.
Achaparrado. Con la mirada irónica y grave. Chantal le habló. Le eché demasiado tarde. Forma parte de la célula
Andrómeda. Luego Chantal le contó a Carmen
JEFE DE LA POLICÍA: ¡Bravo! La rebelión se exalta y se exilia de este mundo. Si da a sus sectores nombres de
constelación va a evaporarse y a metamorfosearse en cantos. Deseemos que sean bonitos.
IRMA: ¿Y si sus cantos dan ánimo a los rebeldes? ¿Y si quieren morir por ellos?
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JEFE DE LA POLICÍA: La belleza de sus canciones les ablandará. Desgraciadamente, aún no han llegado ni a este grado
de belleza ni de blandura. De todos modos, los informes de Carmen fueron providenciales.
IRMA: No metas a Dios...
JEFE DE LA POLICÍA: ¿Por qué? ¿Tú también?
IRMA (riéndose): Sí. (Ríen durante mucho tiempo los dos. Carmen vuelve sofocada.)
CARMEN: Son... tres chicos jóvenes, señora... Están en la escalera.
IRMA: ¿Qué dices? Pero si no había nadie.
CARMEN: Sí. Acababan de entrar, estaban en los escalones dispuestos a asaltar...
IRMA: ¿Jóvenes? Si son menores no les dejes que suban.
JEFE DE LA POLICÍA: ¿Qué pasa? ¿Hay soldados?
CARMEN: No han dicho ni una sola palabra. (A Irma.) Creo que vienen a verla a usted.
IRMA: ¿A mí? Pero ¿qué aspecto tienen?
CARMEN (buscando las palabras): ¡Son guapos! Pero guapos como los hombres que se ven en los sueños.
IRMA (gritando): ¡Mi sueño!
JEFE DE LA POLICÍA: Le había pedido que me lo contara.
IRMA: No puedo.
EL JEFE DE LA POLICÍA: Inténtalo, por lo menos.
IRMA: No me había dormido pero estaba muy cansada y me había amodorrado en una butaca. Hacía un gran bochorno, el
aire estaba pegajoso. Me derretía. Incluso durante un momento temí verme convertida en una minúscula charca
de agua templada que más tarde encontrarían debajo de la butaca. A lo lejos se oía el traqueteo de las
ametralladoras. Quizá para escapar al fuego me veía convertida en una charca liquida. De repente, una música...
(Se oye una música.)... Una especie de nube se desgarró... (Los encajes de arriba se rasgan. En este momento la
escena queda oscura, pero se enciende una luz en las arañas. Después de cada música distinta se oye)
¡La sangre!
¡Las lágrimas!
¡El esperma!
(Carmen y jefe de policía desaparecen. Desde la techumbre parece que bajan tres muchachos muy guapos, rebeldes del
pueblo; personifican a la Sangre, las Lágrimas, el Esperma. Los tres están heridos.)
Cuando vuelva la luz, Carmen, Irma y el Jefe de la policía estarán en los mismos sitios que antes)
CARMEN (llamando): Corran el cerrojo de la entrada. Eliane, dese prisa. Y haga bajar el salón... (De repente llaman a la
puerta.) No, no, espere. (Se abre la puerta y aparece Bárbara, temblando, con un traje roto, ensangrentada.)
BÁRBARA (jadeante): Toda la ciudad está iluminada por los incendios. Los insurrectos se han hecho los dueños de casi
todo. Y dudo que puedan salir de aquí. Pude alcanzar a ver el palacio real, están a punto de incendiarlo. He
corrido y tropezado con los cadáveres, he caído en charcos de sangre. Las mujeres son las que están más excita-
das. Incitan al saqueo y a la matanza. Pero la más terrible es una chica que gritaba que los poderosos de la ciudad
están escondidos en el burdel, todos se dirigen aquí con antorchas y
JEFE DE LA POLICÍA: Al suelo, hay que apagar las luces...
(El escenario se mueve de izquierda a derecha, como en los cuadros anteriores, pero en este último y el que viene a
continuación tiene lugar un largo momento oscuro, lleno de relámpagos, de tiroteos, de ametralladoras, de
gritos confusos, de suspiros.)

CUADRO QUINTO
Entran todas las mujeres, aterradas, corren de un lado para otro con noticias
LA LADRONA: Tenemos que huir. Al prelado, según dicen, le han decapitado, el palacio del arzobispo está saqueado, el
Palacio de Justicia, el Estado Mayor están en el camino de la derrota...
EL JEFE DE LA POLICÍA: Pero ¿y la Reina?
LA LADRONA: De momento, Su Majestad está a salvo (Explosiones, las mujeres se refugian en los brazos de Irma)
IRMA: Su Majestad se ha retirado a una habitación solitaria. La desobediencia de su pueblo la entristece. Está bordando
un pañuelo. He aquí el motivo del dibujo: las cuatro esquinas están adornadas con corolas de adormidera. En el
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centro, siempre bordado con seda de un azul pálido, habrá un cisne parado en el agua de un lago. Llegado a esto,
Su Majestad se inquieta: ¿será el agua de un lago, de un estanque, de una charca? ¿O sencillamente la de un cubo
o de una taza? Es un grave problema. Lo hemos escogido porque no tiene solución y así la Reina puede sumirse
en una meditación infinita.
JEFE DE POLICÍA: Desengáñense, ya no hay más ilusiones, estamos metidos en la pura realidad.
Hoy será lo contrario al sentido común de los pueblos acostumbrado a las ilusiones. La Reina, Irma, tengo la misión de
protegerla.

(Nuevos estallidos. Jefe de Policía a Bárbara) Usted me ha dicho que el palacio estaba en una situación peligrosa... ¿Qué
hay que hacer? Aún tengo a mi favor casi toda la policía, Los hombres que me quedan se dejarán matar por mí...
Saben quién soy yo y lo que haría por ellos... ¿Por dónde va la sublevación?.
BÁRBARA: Júzguelo mirando la situación en que se encuentra esta casa. Todo parece perdido.
IRMA: Puedo asegurarle que he conocido peores situaciones. La chusma aúlla bajo mis ventanas multiplicadas por las
bombas; mi casa resiste. Mis habitaciones no están intactas, pero aguantan. Mis putas, excepto una loca, siguen
trabajando. Si el centro del palacio es una mujer como yo... ¿A quién quiere usted salvar?
JEFE DE LA POLICÍA: ¡A la Reina!
IRMA: Si usted quiere salvar a la Reina y por encima de ella a nuestra bandera y todos sus flecos de oro y su águila y sus
cuerdas y su asta,
EL JEFE DE LA POLICÍA: (Para sí)¿Qué podemos hacer?
Las verjas de los jardines van a contener a la muchedumbre sólo un momento más, los guardias son fieles como nosotros,
de una oscura fidelidad. Se dejarán matar por su soberana; darán su sangre, pero, desgraciadamente, no habrá
bastante para sofocar la rebelión. Han amontonado sacos de tierra delante de las puertas para desorientar hasta la
misma razón. Su Majestad se traslada de una cámara secreta a otra, de la despensa a la sala del trono, de las
letrinas al gallinero, a la capilla, a la sala de banderas... Actúa para que no la encuentren y de esta manera recobra
una invisibilidad en peligro. Esto es lo que pasa dentro del palacio. Por fuera ha salido una estrella en el cielo de
la insurrección. Usted la conoce. La revuelta ha tomado proporciones espantosas. Ya tiene las dimensiones de la
muchedumbre que quizá va a devorarnos. Cualquiera sabe, es un juego de posiciones.
IRMA: No, es un juego de representaciones, usted lo ha dicho: al pueblo le encantan las ilusiones.
JEFE DE LA POLICÍA: Pero, vamos a ver, cuando usted dice eso, ¿piensa en algo preciso? ¿Tiene un plan? Dígalo.
IRMA: (tras un momento de silencio): Son ideas filosóficas las que me preocupan.
BÁRBARA: No importa, dígalas.
CARMEN: Podrían salvarnos a todos.
IRMA: Todos nosotros dependemos de la corte, estamos mezclados con sus esplendores y si ella cae, caemos con ella. Si
triunfa la rebelión estaremos mutilados, salpicados de sangre, ¿de qué sangre?, que sean manchas o nobles
hemorragias, estas huellas indican la tragedia. Me gusta la tragedia. Permite abandonar con mayor facilidad el
planteamiento elemental de un problema. Henos aquí, pues, en plena batalla heroica. Si, como lo parece, nos
dirigimos todos hacia la muerte, vamos aún más lejos que ella. Quiero decir que nuestra razón intenta ofrecernos,
a nosotros que estamos vivos, la imagen de lo que seremos en la muerte, es decir, en la conciencia de los
hombres. Tenemos una única salida: la de proponer a la posteridad una estatua definitiva, absurda o familiar,
tierna o severa, amable o brutal, siempre impresionante, eterna. La última representación. Desde hace años, a
través de toda la historia, estas chicas y yo, hemos inventado y perfeccionado esta amable farsa.

JEFE DE POLICÍA: ¿ Eso de que nos sirve?


IRMA: Nosotras con los clientes hemos fabricado una imagen que aspiraba a confundirse con lo real.
JEFE DE POLICÍA: Quiere decir que ofrezcamos una representación a los rebeldes?
IRMA: No sólo es a los rebeldes, es a la historia, la imagen del poder que se confunde con la realidad. El poder es eso
exactamente, una representación.
(De repente se oye una explosión tremenda. Todos, excepto Irma, se acurrucan y luego se levantan.)
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BÁRBARA: Podría ser que fuera el Palacio Real. Ha muerto el Palacio Real, viva el Palacio Real, (A Irma.) Tengo que
rendir homenaje, señora, a su sangre fría, y a su valor...
IRMA: Es verdad que regento un burdel, pero no he nacido de la unión de la luna y de un caimán; vivía en el pueblo, por
eso lo conozco.
JEFE DE POLICÍA: Todos la ayudaremos. En torno a esta idea delicada y preciosa, labraremos un sueño de oro y de
hierro. (A Carmen) ¿Y el obispo, el general, el juez?
CARMEN: Aquí están los tres...
JEFE DE POLICÍA: ¡Pero, cuidado! Hay que vencer al pueblo con su aparición. Es un juego peligroso. Si le adora, su
orgullo patético es capaz de sacrificarle. A usted le ve rojo, ya sea de púrpura, ya sea de sangre. Si mata a sus
ídolos y los empuja hasta la alcantarilla, nos arrastrará con ellos...
IRMA: No perderemos nada, al pueblo le encanta la representación.
JEFE DE LA POLICÍA: Salvemos lo que podamos. (A Carmen.) ¿Están todos aquí?
CARMEN: Sí, señor. Mientras esperan el momento de volver a sus casas, se miran en los espejos.
EL JEFE DE LA POLICÍA (a Carmen): ¿Sabrá usted convencerlos? Pero lo primero de todo: ¿es usted de los nuestros?
IRMA (como ofendida): ¡George! ¡Si Carmen me adora! (A Carmen.) Aceptas, ¿verdad, cariño?
CARMEN: Claro que sí.
JEFE DE LA POLICÍA (a Irma): En cuanto a usted, señora, creo que va siendo hora de que se prepare.
(Jefe de la policía se inclinan ante Irma; Carmen hace una reverencia, Irma sale por la izquierda.)
JEFE DE LA POLICÍA (a Carmen): ¡Vaya! Y sea elocuente.
(Carmen sale a su vez Por la izquierda. Largo silencio, durante el cual el Jefe de la policía parecen meditar. A Bárbara)
¿Qué arriesgamos? ¿Que aparezcan al público y mantengan la ilusión? Con esta sola aparición nos salvan. Después,
terminada la comedia, los devolveremos al burdel, donde seguirán dándola por su cuenta...

CUADRO SEXTO
Es el tercer cuadro, con el General. El General, que estaba tumbado, se levanta. Se abre la Puerta. Aparece Carmen.
Hace una señal. El General hace el saludo militar. Carmen parece satisfecha. Sale. Escena completamente
muda.

CUADRO SÉPTIMO
Es el segundo cuadro, con el juez. La Ladrona ya está presente. Está arreglando la toga del juez y luego le pone el
birrete.
EL JUEZ (quejicoso): No podré nunca. No he estudiado Derecho, No sabré juzgar según el código. Usted me obliga a
cometer un crimen...
LA LADRONA: Un juez juzga no según el código, sino según la dignidad de su cargo y Dios le inspira.
EL JUEZ: Mi orgullo me prohíbe...
CARMEN (hipócrita): Centenares de miles de culpables se le ofrecerán todos los días. Piénselo. Ya no tendrá que
arrastrarse en busca de su personaje de juez. Porque se lo traigo.
EL JUEZ: Usted escucha detrás de las puertas.
BÁRBARA: El mundo entero está al tanto de todo lo que ocurre aquí.
EL JUEZ: ¡Bárbara!
CARMEN (dirigiéndose hacia la salida): No se olvide: dentro de diez minutos en el salón de gala.
(Sale.)

CUADRO OCTAVO
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Es el del Obispo. Primer cuadro. Lleva un traje de burgués. Carmen está ya presente, voluntariosa
.
EL OBISPO: Pero usted, Carmen, ¡sabe muy bien que es una locura! Ha sido una estupidez volver aquí para
esconderme...
CARMEN: ¿Usted quiere a su Reina?
EL OBISPO: ¿Por qué me lo pregunta?
CARMEN: Porque lo dudo. Anoche podía usted volver a su casa. Las calles estaban llenas de peligros, pero con un poco
de habilidad otra vez encontraba su camino, su casa con su esposa y su hijo. Luego... luchaba contra nosotros... es
decir...
EL OBISPO: Los rebeldes hacían barricadas en las calles. Disparaban desde los tejados, desde los respiraderos...
CARMEN: Y usted ha preferido venir a refugiarse a casa de Irma sabiendo que la casa estaba en peligro y que iba a morir
en ella. Si no me confundo, ¿usted ha querido morir en medio de lo que tanto ama?
EL OBISPO: Le prohíbo...
CARMEN: Basta de bromas. Y sobre todo, nada de melindres, incluso hay que evitar el de la delicadeza. Nadie mejor que
yo conoce el teatro encantador, cuyo héroe es usted. No, no proteste. Yo tengo otro papel..., pero usted no sabrá
cuál. Volvamos a lo nuestro. Unas exigencias superiores que vienen de lejos han decidido entronizarle
definitivamente en su papel.
EL OBISPO: ¡Se vuelve loca!
CARMEN: Casi. Pero de cualquier manera, usted va a ponerse sus adornos... Tiene que meterse en el pellejo, en el alma,
en el espíritu, en todas las circunstancias del obispo. Exijo que lo haga perfectamente. Y durante el tiempo que
me parezca... (Llama.)
EL OBISPO: Me niego a representar este papel en público. ¿Qué es eso? ¿Revelar mi vergüenza?
CARMEN: puesto que nadie lo sabe sino nosotros...
EL OBISPO: Pero bastará con que lo sepa yo, que conozca la impostura...
CARMEN: ¿Qué impostura? ¿Por qué sería «usted más obispo o menos obispo que otro aquí o allá?
EL OBISPO: Pero hay que tener estudios. La ordenación, la unción. Y yo soy el empleado de la compañía del gas, y al fin
y al cabo sólo me encuentro a gusto con Rosita.
(Entra Bárbara con el traje del obispo.)
CARMEN (autoritaria): El traje de obispo y deprisa (lo visten. Al Obispo.) Su papel será fácil. Usted primero saludará a
la Reina...
EL OBISPO: ¿Está aquí?
CARMEN: Saludará a su soberana. El juez, el general y usted le rendirán homenaje. Lo aceptará. Después aparecerá el
héroe. La Reina y él, acompañados por usted, se presentarán en el Gran Balcón de esta casa. Resonarán las
ovaciones de la multitud. La Reina saludará. Saludará el héroe. Luego... (Duda.)
EL OBISPO: ¿Luego?
CARMEN: Irán en carroza hasta... por entre la muchedumbre atónita o rabiosa, hasta la basílica o hasta el cadalso.
EL OBISPO (horrorizado): ¿Qué muerte me reserva usted?
CARMEN: Cruzará en carroza la ciudad pacificada por su gesto o será pisoteado por los caballos.
EL OBISPO: Pero si nunca podré... Me reconocerán... Mi señal de la cara, mis tics... mi voz.
CARMEN: Sé cómo se transformarán: señales humanas y enternecedoras o figuras de blasón definitivo que será el
obispo.
EL OBISPO: Pero, no quiero.
CARMEN: Cállese. Toque el encaje. (Le pone el alba.) Mire, mire; usted se transforma a ojos vistas. ¡El obispo se
desdobla y se despliega, abre las alas... va a cantar el Kyrie Eleison!
(Carmen sale sigilosamente, tranquilizada.)
EL OBISPO: Adornos, preciosas galas, me protegéis de la vida, de la tierra y del cielo. A partir de vosotros, para poder
mejor poneros de manifiesto, dibujo mis ademanes. Luego, de mis ademanes nacidos de vosotros, de vuestras
telas, es mi pensamiento, es mi lenguaje, y por fin es mi mensaje al mundo. No vivo sino que bailo...

CUADRO NOVENO
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EL BALCÓN-ÚLTIMA CENA

Es el Propio balcón, que sobresale de una fachada de casa de citas. Postigos cerrados frente al público. De repente
todos los postigos se abren espontáneamente. El borde del balcón se encuentra exactamente en el borde de las
candilejas. Por las ventanas se distingue al Obispo, al General, al Juez, que se preparan. Por fin la ventana se
abre de par en par. Penetran en el balcón. Primero el Obispo, luego el General, luego el Juez. Luego el héroe.
Luego la Reina (doña Irma), con la frente ceñida de una diadema y un manto de armiño. Todos los Personajes se
acercan y se acomodan con gran timidez permanecen silenciosos, se dejan ver, nada más. Todos tienen
proporciones descomunales, gigantescas excepto el héroe, es decir, el Jefe de policíay todos van vestidos con
trajes de ceremonia, Pero rotos y polvorientos. Sentados a la mesa.

TODOS: Viva la Reina.

JEFE DE LA POLICÍA. Quiero que mi reflejo sea a la vez legendario y humano, que participe por cierto de los principios
eternos, pero que en él se reconozca mi cara. No se les olvide. Quiero atormentar la memoria de los hombres.
Vuelvan, pues, a sus oficios y puesto que son incapaces de hacer otra cosa, mírenme vivir. Y que les inspire. (al
Juez, al General y al Obispo): ¿Qué ocurre, señores, de nuestro lado? (Los tres hombres se levantan.)
EL OBISPO: Estábamos recuperando la mayor cantidad posible de muertos. Pensábamos momificarlos y depositarlos en
nuestro cielo.
JEFE DE LA POLICÍA: ¿Qué significa recuperar, Excelencia?
EL OBISPO: Nuestra grandeza y la suya, exigen...
JEFE DE LA POLICÍA (irritado y seco): Su grandeza exige la mía.
EL OBISPO (inclinándose): Su grandeza exige que haya hecho una hecatombe en el campo rebelde. Sólo conservaremos
para nosotros, caídos en nuestras filas, algunos mártires, a quienes rendiremos honores que nos honren.
JEFE DE LA POLICÍA: Muy bien. No vacile en multiplicar los cadáveres de los traidores.
EL JUEZ: Que no se toque a los niños.
EL JEFE DE LA POLICÍA: Al contrario. Tengo que actuar contra las nuevas generaciones. Y por el terror. Porque,
naturalmente, ¿nunca hay nada nuevo? (Silencio molesto.) ¡Contesten! ¿Nada?
EL JUEZ: Hemos ahorcado a setecientos ochenta. ¿No le parece suficiente? Tuve que juzgarlos a velocidad del rayo.
Déjeme un momento de descanso.
JEFE DE LA POLICÍA: Las matanzas son también una fiesta en la que el pueblo nos odia de todo corazón. Me refiero,
claro está, a «nuestro» Pueblo. Por fin, ha logrado levantar una estatua en su corazón para acribillar a cuchilladas.
Lo espero, por lo menos.
EL JUEZ: ¿Y eso no le inquieta?
JEFE DE LA POLICÍA: De momento, no; sólo he ahorcado a unos traidores y he brindado al pueblo un héroe: los
cadáveres está expuesto día y noche en el salón funerario, donde todos pueden deleitarse a su vista. El pueblo
tiembla.
EL JUEZ: Alterne el miedo y el odio con la esperanza.
EL GENERAL: Durante el período de esperanza, ¿qué haremos nosotros? ¿Nada?
EL JUEZ: Usted, nada. Pero el obispo y yo tendremos trabajo.
EL OBISPO: Yo, de todas maneras y en todas las ocasiones, tengo que actuar. En plena tempestad tengo que sosegar las
olas en el momento más desesperado del combate. Atraer sobre nuestros ejércitos la amable mirada de Dios. Y
después de la victoria, cantar un tedéum.
EL GENERAL: ¿Y después de la derrota?
JEFE DE LA POLICÍA: Silencio, mi general. Es una posición indigna, impensable.
EL JUEZ: ¿Costará mucho trabajo establecer los tribunales? Mataron a muchos magistrados.
EL GENERAL: Desengáñese. Los muy cobardes se escondieron. Dentro de unos días volverán a florecer.
EL JUEZ (con fuerza): La mayor parte ha sido asesinada. Habrá que nombrar a otros nuevos y volver a educar a los que
sobreviven... Temo mucho que la justicia tenga que sufrir de este miedo que ha experimentado y que se muestre
estúpidamente injusta.
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JEFE DE LA POLICÍA: ¿Usted teme, pues, la injusticia?


EL JUEZ (hipócrita): No me comprende bien. Digo que mi propia crueldad cobra tanto más relieve cuanto más se
destaca sobre un fondo de clemencia.
EL OBISPO: Deje un poco de severidad a la Iglesia. Su intervención es necesaria.
EL JUEZ: Creía que usted era todo dulzura...
JEFE DE LA POLICÍA (muy autoritario): Ustedes serán, pues, clementes y duros a la vez y alternativamente. Exijo una
Iglesia todopoderosa. Pero, señores, tengo la impresión de que ustedes divagan. Es cierto que en un momento
decisivo, en determinadas coyunturas, tuve que recurrir a ustedes para subyugar al pueblo sublevado. Reconozco
que los unos y los otros se mostraron a la altura de la situación. Pero, señores, sus papeles eran honoríficos y
quiero que lo sigan siendo. Pero he aquí que ustedes confiesan sus deseos de actuar...
EL OBISPO: Usted mismo nos ha reunido para consultarnos.
JEFE DE LA POLICÍA: No ha sido para consultarles, sino para darles mis órdenes.
EL GENERAL: ¿Y usted ya no tolera que intervengamos en sus decisiones?
JEFE DE LA POLICÍA: De ninguna manera. Soy yo quien manda y quien lo organiza todo. Porque, al fin y al cabo, hay
que ser lógico. Aceptarán que los defina: si ustedes son lo que son...
EL JUEZ: Por favor, un poco de pudor.
JEFE DE LA POLICÍA: No se apuren. Decía que si ustedes son lo que son, es decir, general, obispo, juez, es porque han
deseado llegar a serlo. Y deseado que se sepa que lo han llegado a ser. Por lo tanto, han hecho todo lo necesario
para alcanzarlo y lograrlo a los ojos de todos. ¿No es eso?
EL GENERAL: Poco más o menos.
JEFE DE LA POLICÍA: De acuerdo. Por lo tanto, nunca han hecho un acto por el acto en sí mismo, sino siempre para
que ese acto, encadenado con otros, haga de ustedes lo que son: obispo, juez, general...
EL OBISPO: Es verdad y es falso. Es verdad, porque cada acto tenía que llevarnos hacia la Gloria buscada. Es falso,
porque cada acto contenía en sí mismo su fermento de novedad.
JEFE DE LA POLICÍA: No, señor.
EL OBISPO (ofendido): ¿Señor?
JEFE DE LA POLICÍA (con una sonrisa): Perdone, Excelencia. Pero ese fermento de novedad se veía inmediatamente
esterilizado por el hecho de que el acto se cerraba en sí mismo.
EL JUEZ: Eso nos hacía adquirir mayor dignidad.
JEFE DE LA POLICÍA: Desde luego, señor juez, pero esa dignidad que ha llegado a ser tan humana como el cristal, hace
que usted esté negado para llegar a gobernar a los hombres.
EL OBISPO: Lo que dice usted es bastante sensato, pero usted mismo no podría gobernar sin el prestigio que nuestra
dignidad nos concede.
JEFE DE LA POLICÍA: Por encima de ustedes, más sublime que ustedes, está la Reina. De momento, ella me concede el
poder y el derecho.
EL OBISPO: Por encima de Su Majestad, a quien veneramos, y de su bandera, está Dios, y habla por mi voz.
JEFE DE LA POLICÍA: ¿Y encima de Dios? (Silencio.), señores, ¿no contestan? ¡Por encima de Dios están ustedes,
porque sin ustedes Dios no sería nada! Y por encima de ustedes estoy yo, porque sin mí...
EL JUEZ: ¿Y el pueblo?
JEFE DE LA POLICÍA: Está de rodillas ante Dios, por lo tanto... (Los cuatro sueltan la carcajada.) por eso quiero que
ustedes me sirvan.
EL OBISPO (presumido): Aquí es donde se plantea el problema, y con mucha seriedad: ¿Se va a servir usted de lo que
representamos o nosotros (señala a los otros dos) vamos a hacerle servir lo que representamos?
JEFE DE LA POLICÍA (enfadado): A mi favor tengo la inteligencia y la fuerza.
EL OBISPO. Tenemos poderes quizá más eficaces. Con la inteligencia de usted y sus claras nociones, el pueblo puede
entablar un diálogo. Puede discutir. Nuestro poder es oscuro e indiscutible.
JEFE DE LA POLICÍA (levantándose): ¡Usted es tan charlatán!
EL OBISPO (levantándose) Puede gritar más fuerte que yo si quiere, pero no olvide mi dignidad.
JEFE DE LA POLICÍA: ¡No es gran cosa! Yo fui el que le nombró. Fui yo el que le encontró en una habitación de
burdel...
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EL OBISPO (fuera de sí): Mientras estábamos en una habitación de burdel, pertenecíamos a nuestra propia fantasía: ya
que la hemos expuesto, ya que la hemos nombrado, ya que la hemos publicado, ahora nos vemos comprometidos
con los hombres, comprometidos con usted, y nos vemos en la obligación de seguir adelante con esta aventura,
según las leyes de la visibilidad.
JEFE DE LA POLICÍA: Ustedes no tienen ningún poder.
[Link]: Nadie tiene poder. Pero usted quiere que lo tengamos sobre el pueblo, Para tenerlo sobre él, primero tiene
usted que reconocer que lo tenemos sobre usted.
ELJEFE DE LA POLICÍA: ¡Nunca!
EL OBISPO (de pie): Está bien. En este caso, volvamos a nuestras habitaciones, para seguir buscando en ellas una
dignidad absoluta. Más hubiera valido no salir de ellas jamás. Porque en ellas estábamos a gusto y usted vino a
extraernos. Porque, señor, era una situación agradable. Una condición muy tranquila: en la paz, en la dulzura,
detrás de los postigos, detrás de las cortinas acolchadas, protegidos por unas mujeres solícitas, protegidos por una
policía que protege los burdeles, podíamos ser general, juez y obispo hasta la perfección y hasta el gozo. De este
estado adorable, envidiable, sin desgracia, usted nos. ha sacado brutalmente, pero después hemos probado otras
dulzuras: las dulzuras amargas de la acción y de la responsabilidad. Éramos juez, general, obispo, para ser obispo,
juez, general, bajo una perfecta, total, solitaria y estéril apariencia. Usted ha querido, señor, que lo fuéramos esta
noche para contribuir a una revolución, o más bien a un Orden, y para perfeccionarlo, para asentarlo de cierto
modo. Nuestra aparición en público nos hizo, ya, tomar parte en la aventura. La pureza ornamental, nuestra lujosa
y estéril y sublime apariencia estaba roída. Ya no la recobraremos. De acuerdo. Pero esa dulzura amarga de la
responsabilidad de la que hablaba, su sabor permanece en nosotros y nos parece agradable. Ya nuestras
habitaciones no son secretas. Usted nos ha hecho daño al arrastrarnos hacia la luz, vamos a vivir en la luz, pero
con todo lo que eso implica. Juez, obispo, general, vamos a obrar ahora para reducir sin tregua esos adornos y
esas divinidades. Vamos a hacerlos servir. Pero para que nos sirva y le sirva puesto que hemos escogido defender
su orden (quiero decir, que nuestra dignidad sólo podía defender ese orden) , tiene usted que reconocer su poder y
rendirle homenaje. Por lo tanto, señor, no se olvide al hablarnos de valerse de un lenguaje que reconozca nuestro
poder. ¿Me comprende, verdad?
JEFE DE LA POLICÍA: Excelencia, señor juez, mi general... (Larga pausa, mientras tanto, Jefe de la policía parece
preocupado e intenta ver claro.) Ustedes han hablado muy bien y primero quisiera rendir homenaje a su
elocuencia, a su facilidad de elocución, a la limpidez de su timbre, al poder de su voz. Sólo soy un hombre de
acción enredado en mis palabras y en mis ideas cuando no son inmediatamente aplicables; por eso, durante unos
segundos, me pregunté si os mandaría volver a la perrera. No lo haré. Por lo menos, no por ahora, puesto que... ya
han vuelto ustedes allí.
EL GENERAL: ¡Caballero!
JEFE DE LA POLICÍA: ¡Tocado, mi general!. Es verdad; aún no puedo jugar con mi juego de peones. Ustedes están
solos. Necesito tiempo para reproducirlos. Sin embargo, están ustedes en un atolladero y yo no les prohíbo pensar
ni actuar, sino que se lo impiden sus propias dignidades.
EL JUEZ: ¡Es demasiado!
JEFE DE LA POLICÍA: No tanto. Ustedes han exigido que les rinda el homenaje debido a sus dignidades y que los llame
excelencia, mi general, etc. De acuerdo. ¿Esto significa, pues, que desean seguir siéndolo? ¿Sí o no?
EL GENERAL: Sí.
JEFE DE LA POLICÍA: Tocado! Puesto que desean que los reconozca por tales, ¿quieren seguir siéndolo según la idea
que tengo del hecho? Y siguiendo el sentido general que suelen implicar tales dignidades. Está bien. Por lo tanto,
es necesario que yo vaya siempre hacia el máximum de reconocimiento en sí mismo. Muy bien. ¿Sí o no? (Nadie
contesta.), señores. ¿Sí o no?
EL JUEZ (tímidamente): Podemos intentar, con prudencia, desde luego, torcer hacia una dirección ligeramente nueva...
EL GENERAL: ¿Está loco? Si pensamos, los hombres a lo mejor nos siguen en pensamiento y, en este caso, ¿dónde nos
pararemos?
JEFE DE LA POLICÍA: Muy bien dicho, mi general. Y ahora, ¡a la perrera! Pues bien, señores, si yo y gracias a mí, el
pueblo entero les reconocemos en su dignidad, y cada vez más en ella, y en el sentido más estricto de la palabra,
púes bien, señores... pero...¡aún están en el burdel!
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(Uno tras otro los tres hombres dejan escapar un inmenso suspiro.)
JEFE DE LA POLICÍA (prosiguiendo): Esto es un alivio para ustedes, ¿verdad? En realidad, a ustedes no les apetecía de
sí mismos y comunicar, aunque fuese con actos de maldad, con el mundo. Los comprendo. (Amistoso.) A mí
mismo, ¿saben?, me sucede cuando estoy demasiado cansado de inventar para los hombres, cuando estoy
demasiado rendido por el peso del poder y de la responsabilidad, me sucede, pues, desear huir en una de mis
imágenes. Desgraciadamente, mi imagen aún es demasiado agresiva. Aún es eficaz para la acción. No está
representada. Incita a un progreso cada vez mayor, Y si intento fundirme en ella, no encuentro descanso.
Desgraciadamente, mi imagen está en movimiento. Aún no está definida. En resumidas cuentas, como ustedes lo
sabrán, no pertenece a la nomenclatura de los burdeles. (De repente, muy cansado.) señores, ¿ustedes no se
compadecerán lo que soy yo? (Los mira alternativamente.), señores, ¿se les ha secado el corazón? (Los tres
hombres agachan la cabeza.) Ustedes se callan. ¿Qué tengo que decirles más? ¿Creen que en mi voluntad de
asumir todas las responsabilidades de la acción, no hay algo de ternura hacia ustedes? ¿Y mucha generosidad?
(Con mucha tristeza.) Y ustedes, en vez de agradecérmelo, de ayudarme, con una pasividad cada vez mayor, se
empeñaban en abandonar sus admirables y cómodos atavíos. Pero ¡desgraciados!, si actúan, dentro de poco
estarán desnudos. Señores, temen la desnudez. ¡Ah!, si pudiera adornarme... Porque, naturalmente, no hay nada
nuevo, ¿verdad?
EL JUEZ: Me lo temo. Nos habrían avisado.
JEFE DE LA POLICÍA (casi con ansiedad): ¿Han examinado bien todos los salones?
EL JUEZ: Todos, sí, señor. Si sucede el acontecimiento, todos los timbres nos informarán. He dado órdenes.
EL JEFE DE LA POLICÍA: Nada. Ya lo ven, la Gloria y la Muerte huyen de mí. Cuánto les envidio a ustedes, que
estando vivos conocen la una y la otra. Y sin embargo, lo he intentado todo: he calzado sus botas, mi general.
(Señala las botas.)
EL GENERAL: No me atrevo a echarlas de menos, y sin embargo...
EL JEFE DÉ LA POLICÍA: ¿Me lo reprocha? (Al Juez.) Señor juez, conservo en la mano el látigo de su verdugo, y usted,
Excelencia, me queda el rosario. Y aún con esto les rindo homenaje. Pero ¡nada, nada, nada, nada, nada!
EL OBISPO (al Juez y al General): Puede ser, en efecto, que no hayamos medido toda la profundidad de su tormento.
Hemos ido demasiado lejos y demasiado brutalmente. Pensemos en lo que vamos a perder si abandonamos
nuestras máscaras.
EL JUEZ: Es cierto que la justicia sólo puede. beneficiarse exaltándose en la soledad.
JEFE DE LA POLICÍA: Piénsenlo, señores. Para ustedes se precisaron, con exquisitos balbuceos, esos salones y esos
ritos ilustres. Necesitaron un largo trabajo, una larga paciencia. Una experiencia varias veces centenaria. Ustedes
tienen la suerte de sacar provecho de ellos; y sin embargo, ¿querrían volver hacia el aire libre? ¿En el combate?
EL GENERAL: Pero, usted mismo...
JEFE DE LA POLICÍA: Lo mío es distinto. Una especie de escozor me obliga a intentar realizar un nuevo tipo, una
nueva ilustración. Soy el Destino, pero ¡cuánto me cuesta! Incluso, ¿triunfaré un día?
EL OBISPO: Todos lo esperamos, ¿verdad, señores?
EL JUEZ Y EL GENERAL: Sí, de verdad, lo esperamos.
EL JEFE DE LA POLICÍA (emocionadísimo): Gracias, amigos míos. Gracias. (Un silencio bastante largo, durante el
cual; Jefe de la policía parece meditar.) Lo más difícil, ya ven no habrá sido intentar y conseguir, eso espero, una
aventura heroica, eso no, sino de dar al héroe que yo seré, su apariencia definitiva.
EL JUEZ: Le temen, sin embargo. Le tienen miedo y envidia.
EL OBISPO: ¿Incluso en la confesión?
EL JUEZ: En una confesión, usted sólo se enteraría, y nosotros, ¿qué?
EL OBISPO: Busco una manera de liberar una conciencia desdichada.
JEFE DE LA POLICÍA: Señores, tengo bastante confianza en su juicio y en su abnegación. Desde hoy cambiaremos los
estandartes y símbolos patrios: Me han aconsejado la forma de un falo gigante, de un sexo mayúsculo. (Los tres
hombres parecen atónitos.)
EL JUEZ: ¿Un falo? ¿Mayúsculo? ¿Quiere decir, enorme?
JEFE DE LA POLICÍA: ¿Qué opinaría de eso la Iglesia?
23

EL OBISPO (después de pensarlo): Nada definitivo puede fallarse esta noche. Desde luego, la idea es audaz, quizá
podríamos examinar el asunto. Sería, eso sí, temible si tuviera que transmitirse de esta forma de generación en
generación... (Hace un ademán, un gesto equívoco.)
EL JEFE DE LA POLICÍA: ¿Usted me lo desaconseja?
EL GENERAL (tímido): Quizá si pintáramos en él nuestros colores nacionales...
EL JUEZ: Y si escribiéramos en él un texto de ley...
EL OBISPO: Si de él se escapara la paloma del Espíritu Santo...
EL GENERAL (con fuerza): Tiene que ser un emblema patriótico.
EL JUEZ: Servirá a la magistratura. Vara de justicia...
EL OBISPO (autoritario): Llevará el testimonio del más venerable principio del mundo, pero surcado de arañazos,
azotado, cubierto de heridas.
EL GENERAL (con fuerza): Será el asta.
EL JUEZ: El fiel de la balanza.
EL OBISPO (tajante) El motivo de nuestro odio.
(De repente, como espontáneamente, se abre la puerta de par en par. Bárbara aparece primero y anuncia: "Señores, la
Reina".)
IRMA aparece con la corona puesta, una cola, joyas, etc.; la siguen, todas las putas con un enorme pene)
JEFE DE LA POLICIA. ¡De rodillas!
IRMA. George!
JEFE DE POLICIA. Irma. Y para la posteridad, (entra Carmen con una vieja cámara fotográfica, todos reproducen el
cuadro de la última cena)¡fuego! (Tres relámpagos casi simultáneos de magnesio.) ¡Otra vez! (Tres nuevos
relámpagos. Se vuelve hacia el público.) Y ahora que estamos completos podemos morir, abramos la puerta a la
eternidad (Permanecen inmóviles en medio del escenario, las llamas invaden el burdel, y con el canto de los
órganos que se acaban de oír, sus caras se iluminan)
LA REINA (a coro, con los demás). Pater noster, qui es in caelis, santificétur nomen tuum, advenían regnun tuum, fiat
volúntas tua, sicut caelo et in terra.
Música, trompetas a lo lejos.
TELÓN

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