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Reglas 2a Semana

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SEGUNDAS REGLAS DE DISCRECION DE ESPIRITUS

[NNº 328-336]

La consolación espiritual, dice el Padre Ignacio Casanovas, es el


lenguaje usado por Dios para hablar a las almas buenas; siendo esto
así, San Ignacio nos da preciosas reglas para poder discernir las
comunicaciones de Dios y los toques del enemigo del alma que quiere
también mezclarse para arruinar nuestra familiaridad con Dios.

El fin de estas segundas reglas para discernir espíritus es el


mismo que el de las primeras reglas [nnº 313-327], a saber "en alguna
manera sentir y conoscer las varias mociones que se producen en el
alma" [nº 313], pero entrañan una más fina discreción de espíritus.
Estos espíritus son el bueno y el malo, y el discernimiento versa sobre
las causas y sobre los efectos. El discernimiento es aquí más delicado
y sutil porque la tentación se presenta disfrazada bajo apariencia de
bien; cuando comienza a suceder así, la atención espiritual exige
mayor vigilancia que cuando el mal espíritu tienta groseramente [nº
9].

c) Las varias mociones. Las mociones son las inclinaciones,


insinuaciones, luces, ideas, tristezas, alegrías, deseos, gustos, miedos, rechazos, etc.,
que se experimentan en el alma, tanto en la inteligencia, como en la voluntad y en la
afectividad sensible. Estas pueden tener diversos orígenes:
-Dios, siempre bueno,cuyas mociones se encaminan a nuestro mayor bien.
-Los ángeles buenos, que actúan como ministros de Dios.
-Los ángeles malos “con cuyo consejo no podemos tomar camino para acertar”
[318]-
-Nuestra naturaleza herida por el pecado y por tanto inclinada al mal.
Todas éstas pueden reducirse a dos que San Ignacio llama: el buen espíritu y el
mal espíritu:
-El buen espíritu: es principalmente Dios por medio de sus ángeles.
-El mal espíritu es el demonio usando, exacerbando y aliándose con nuestra
naturaleza.

Advierte san Ignacio [nº 10] que cuando un ejercitante comienza a ser
turbado y combatido bajo apariencia de bien, es conveniente hablarle
de estas segundas reglas, porque el enemigo de la naturaleza humana
tienta más bajo razón de bien cuando el alma se adentra y ejercita en
la vía iluminativa (que corresponde a la segunda semana de EE) y no
tanto mientras está en la vía purgativa (más propia de la primera).

Primera regla [cf. nº 329].

Es propio de Dios y de sus ángeles, en sus mociones, dar


verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y
turbación que el enemigo induce; del cual es propio militar
1
contra la tal alegría y consolación espiritual, trayendo razones
aparentes, sutilezas y asiduas falacias (EE 329).

San Ignacio, como todos los santos, relaciona con Dios la “verdadera
alegría”. La tradición judeo-cristiana nos enseñó a desconfiar de las
“alegrías del pecado”,3 o simplemente de las “falsas alegrías de la
irresponsabilidad”.4 Pero, ¿cómo distinguir la “verdadera alegría” del
simple placer disfrazado de alegría?

Santa Catalina de Siena dice que la alegría es verdadera cuando va


unida a la verdadera humildad y al fuego de la caridad verdadera. Si el
alma, en la oración, experimenta la alegría “sin el deseo de la virtud,
sin humildad y sin arder en el fuego de la caridad”, la consolación, aun
teniendo la señal de la alegría, procedería del demonio y no de Dios5.

Lo que Ignacio explicita en las Reglas de la Segunda Semana es el


cambio de táctica del ME. En la situación de Primera Semana el ME
causaba tristeza y desolación; ahora, en la situación de Segunda
Semana, va a causar también una “falsa consolación”. Él se adapta a
la condición de la persona. Si se trata de un principiante, “con poca
experiencia en las cosas espirituales”, el ME lo tentará metiéndole
temor, vergüenza, deseos groseros, etc. Si se trata de alguien
aventajado en la vida espiritual, lo va a tentar con “razones aparentes,
sutilezas y asiduas falacias”.

Ignacio había experimentado la “falsa consolación”. En Barcelona,


cuando comenzó a estudiar, no podía concentrarse, porque le venían
muchos pensamientos y gustos espirituales, mayores de los que tenía
cuando oraba o participaba en la Misa. “Así poco a poco vino a conocer
que aquello era tentación.”6

Esta regla tiene analogía con la segunda y la tercera de la primera


semana [cf. nnº 315 y 316], y en cierto modo las resume. Es propio del
buen ángel cuando inspira a las almas buenas, darles alegría y gozo
espiritual. Es propio del malo procurar causar en ellas tristeza y
turbación. Lo propio de esta segunda semana es que el malo busca
producir esta tristeza y turbación mediante razones aparentes,
sutilezas y asiduas falacias.

-Razones aparentes: son las razones destituídas de todo


fundamento. Dependen casi totalmente de nuestra imaginación. Y
desaparecen cuando las enfrentamos a la realidad. Así por ejemplo, si
nos empezamos a asustar de lo que Dios nos puede pedir llevados por
al imaginación (fantasear sobre las increíbles e insuperables
dificultades de lo que Dios podría pedirme que deje y abandone para
cambiar vida; o sobre las dificultades del nuevo género de vida que
quiere que siga; las enormes dificultades para vivir cristianamente en
2
el medio ambiente que me es propio, contra la corriente del mundo,
de mi familia; el "no sé si podré, conociéndome como me conozco"...
todas tentaciones de futuro, o sea sobre algo que todavía no existe y
que no sé si existirá, pero que haciendo caso a las tentaciones desde
ya me estoy achicando ante ellas).

-Sutilezas: son razones sutiles como hilos finísimos y


traídas por los pelos; es lo que llamamos vulgarmente escrúpulos. San
Ignacio ha elaborado también una serie de reglas para discernir los
escrúpulos puestos por nuestro enemigo [cf. nnº 345-351]. Las
sutilezas nos hacen hilar muy fino y apocan al alma. Así cuando doy
vueltas y vueltas sobre mis propios pecados; sobre las inseguridades
de haberlos confesado bien o mal; sobre las dudas de que el confesor
me haya entendido o no; sobre si pronuncié bien o mal tal palabra al
confesarme...). Puede haber muchas sutilezas también sobre lo que
creo que son comunicaciones especiales de Dios al alma, o gracias
especiales, y como se ve que en la vida de los grandes santos han
sufrido incomprensión, creo que estoy en igual situación. Pero me
igualo a ellos en lo que me gustaría (comunicaciones, ser distinto, etc)
y no en la virtud que ellos vivieron, ni en su humildad, ni en su
obediencia. Sutilezas que, sin embargo, no resisten la más simple
aplicación de discernimiento, pero en lo cual uno puede
entozudecerse.

-Falacias o continuos engaños: son razones envueltas en


palabras a las que se le da un sentido que no hace al caso. El demonio
es un gran maestro del "doble sentido", así como es padre de la
mentira. Por ejemplo, quien tiene un falso concepto de la humildad y
guiándose por él no es sicero con el director espiritual, porque cree
que si le habla de los toques de Dios, se estaría mandando la parte; y
por eso pierde la alegría y anda con un entripado dentro. O el que dice
"la caridad empieza por casa" y por eso no es capaz de ir de misionero
a un lugar lejano. También el que lee que la corrección fraterna es un
acto de la caridad y por eso se convierte en el "gran corrector" que
anda todo el día persiguiendo defectos para "hacer la caridad". Hay
que buscar la claridad y la serenidad en el entender las grandes
verdades morales y de fe.

Segunda regla: [cf. nº 330]


Sólo es de Dios nuestro Señor dar consolación a la ánima sin causa
precedente; porque es propio del Criador entrar, salir, hacer moción en
ella, trayéndola toda en amor de la su divina Majestad. Digo “sin
causa”, sin ningún previo sentimiento o conocimiento de algún objeto,
por el cual venga la tal consolación mediante sus actos de
entendimiento y voluntad. (EE 330)

La consolación sin causa es solo propia de Dios, porque Él es el dueño


3
del alma y el único que puede entrar, salir, tocarla, y llevarla a un
enorme grado de amor de Dios, sin que haya habido ejercicio alguno
preparatorio para ello. Son consolaciones buenas porque su efecto es
el inflamarse en el amor divino. No tienen causa porque no suceden en
el alma como efecto de una meditación o contemplación o porque he
tenido una experiencia favorable. Son movimientos sin causa de
nuestra parte; son toques de la gracia divina.

Tercera regla: [cf. nº 331]

Con causa puede consolar al ánima así el buen ángel como el malo,
por contrarios fines: el buen ángel, por provecho del ánima, para que
crezca y suba de bien en mejor; y el mal ángel para el contrario, y
adelante para traerla a su dañada intención y malicia (EE 331).

Con causa pueden consolar tanto el buen espíritu como el malo.


Hay aquí una novedad en relación a las Reglas de la Primera Semana.
Allá la consolación provenía siempre del BE, porque el ME estaba
siempre asociado a la desolación. Aquí, los dos espíritus o “ángeles”
pueden consolarnos, más “por fines contrarios”.

Con causa significa que antes de que se produjese la consolación ha


habido una intervención de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad,
o también de nuestros sentidos: he estado meditando en algo, o bien
he contemplado un paisaje que me levanta el alma a Dios creador.

Si la consolación sin causa precedente es frecuente, lo serán todavía


mucho más las consolaciones con causa, de las cuales todos tenemos
experiencia: las alegrías familiares, la experiencia de amistades
sinceras, las conquistas académicas y profesionales, las celebraciones
litúrgicas, las fiestas, las vacaciones, los grandes espectáculos, las
buenas lecturas, la música, etc.

Pero varían los fines: el buen ángel produce consolación para


hacernos mejores. El fin del malo es hacernos peores. ¿Cómo? Tal vez
distrayéndonos; tal vez haciéndonos apegar a dichos consuelos y no
tanto al Dios consolador. En las reglas de la primera semana se dijo
que lo propio del mal espíritu es causar turbación [cf. nº 315]. Aquí
agrega Ignacio que esa es su característica ordinaria; aunque a veces
puede obrar de modo contrario.

Así por ejemplo, uno meditando sobre la bondad de las obras de


caridad, se empieza a entusiasmar y a enfervorizar y ya se pone a
imaginar todas las obras de caridad que haría si tuviera dinero, y de
ahí pasa a pensar cómo ganar ese dinero para convertirse en un "rico
santo", y de ahí pasa a pasarse la película... y deja de meditar en lo
que tenía que meditar.

4
Si el mal se presentara abiertamente como tal, las personas
espirituales no caerían en sus engaños. Para hacerse aceptable por los
buenos, el “ángel malo” – nombre que da también Ignacio al ME- se
disfraza de “ángel de luz” (cf. 2Cor 11, 14).

Sin embargo, todo disfraz acaba cayendo más pronto o más tarde. En
el mito griego las alas de Ícaro se derretían con el calor del sol. Así el
disfraz del “ángel malo” acabará cayendo delante del sol de la verdad.

En las reglas siguientes Ignacio presenta la táctica que el ME usa con


las personas que están en la “vía iluminativa” y la forma de
reconocerlo.

Cuarta regla: [cf. nº 332]

Propio es del ángel malo, que toma la apariencia de ángel de


luz, entrar con el ánima devota, y salir consigo; es a saber,
traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal ánima
justa, y después, poco a poco, procura de salirse, trayendo al
ánima a sus engaños cubiertos y perversas intenciones (EE
332).

Esta regla completa la anterior. Es propio del mal ángel entrar con la
nuestra y salir con la suya. Es astuto y mal intencionado. Se disfraza
como ángel de luz; inspira cosas buenas y termina arrastrándonos a
sus propias intenciones. Puede traer pensamientos buenos y santos,
hasta hacerlos desviar a lo que él quiere. Él sabe esperar; sabe dar
largos rodeos; consiente que las almas practiquen algunas buenas
obras y aparenta al principio mucha devoción. Como cuando coloca en
el alma de una buena mujer piadosos y fervorosos deseos de estarse
largas horas ante el Santísimo y casi la arrebata en éxtasis, hasta que
consigue que esa mujer adquiera el hábito de rezar largas horas ante
el Sagrario... descuidando a su esposo y a sus hijos que mientras tanto
se mueren de hambre en la casa.

Quien haya acompañado alguna vocación al sacerdocio y/o a la vida


consagrada sabe que toda vocación suele comenzar con gran
consolación. Después surgen diversas tentaciones, con frecuencia
“bajo apariencia de bien”, que empujan al joven a desistir del camino
emprendido. Recuerdo un caso real.

Fernando (nombre ficticio) era un adolescente brillante que estudiaba


en un colegio católico y participaba en un grupo de jóvenes de la
Parroquia. Había hecho conmigo dos retiros vocacionales, en los cuales
sintió mucha consolación. Vio la película Hermano Sol, Hermana Luna
(Zeffirelli, 1972) y quedó entusiasmado con el ideal franciscano.

5
Al terminar la segunda enseñanza, Fernando entró en la Orden de los
Frailes Menores y comenzó a cursar filosofía. En ese tiempo los
seminaristas estaban muy involucrados en trabajos sociales, en el
caminar de la Iglesia de los pobres, etc.

Un hermoso día recibí una llamada de Fernando. Había salido de la


Orden Franciscana porque los frailes eran “burgueses” y él quería vivir
con los pobres. Le pregunté dónde y cómo realizaría ese proyecto de
vida y me dijo que aún no lo sabía. Por eso quería hacer los Ejercicios
Espirituales de treinta días en Itaicí. Le dije que para eso necesitaba
antes hacer Ejercicios de ocho días, pero él tenía prisa y quería
resolver su vida luego. (La prisa es señal del ME. El BE es más
paciente.)

Apresurado, Fernando inició una experiencia de vida al lado de un


eremita. Aquello no funcionó y él terminó viajando al Nordeste, desde
donde me escribió pidiendo ayuda. Lo ayudé en lo que pude y lo perdí
de vista. Años más tarde tuve noticias de que Fernando había ganado
un concurso público, trabajaba para el gobierno y estaba viviendo muy
bien.

Otras historias vocacionales tienen un final más triste, como fue el


caso de un candidato al sacerdocio a quien la familia no dejó entrar al
seminario; acabó adicto a las drogas y traficando con ellas.

Pongamos un ejemplo: la película Silencio de Scorsese. En esa


película, el protagonista sufre esas tentaciones sibilinas: “Si pisas el
crucifijo, salvarás tu vida y la vida de muchos cristianos perseguidos
que morirán si no lo haces”. Salvar vidas es un bien. Evitar el
sufrimiento del prójimo es un bien. Preservar tu propia vida es un bien.
El problema es que la apostasía es un pecado mortal que te condena
al infierno.

Pues bien, el supuesto “silencio” de Dios ante el martirio de los


cristianos japoneses se rompe al final de la película con lo que San
Ignacio llamaría una “moción” que recibe el P. Rodrigues, justo en el
momento álgido de tener que optar entre el martirio y la apostasía. En
esa “moción”, el jesuita siente que el Señor le dice lo siguiente (y se
oye una voz en off que supuestamente es la de Nuestro Señor):

“Adelante. ¡Vamos! No pasa nada. Písame. Entiendo tu dolor. Yo nací


en este mundo para compartir el dolor de los hombres. Cargué con
esta cruz por tu dolor. Tu vida ya está conmigo. ¡Pisa!”

Y el P. Rodrigues pisa y apostata. ¿Es el Buen Espíritu quien le habla al


jesuita o el Mal Espíritu? ¿Puede Cristo pedir a un jesuita que apostate,
que pise su cruz? El fin es bueno: salvar la vida y salvar la vida de
otros muchos cristianos perseguidos. El precio es la apostasía:
6
renunciar a Cristo, dejar de predicar la verdad. ¿El fin justifica los
medios? ¿Puede Dios justificar el pecado tremendo de la apostasía? ¡

Quinta regla: [cf. nº 333]

Debemos mucho advertir el discurso de los pensamientos; y si


el principio, medio y fin es todo bueno, inclinado a todo bien,
señal es de buen ángel; mas si en el discurso de los
pensamientos que trae, acaba en alguna cosa mala o
distractiva, o menos buena que la que el ánima antes tenía
propuesta de hacer, o la enflaquece o inquieta o conturba a la
ánima, quitándola su paz, tranquilidad y quietud que antes
tenía, clara señal es de que procede del mal espíritu, enemigo
de nuestro provecho y salud eterna (EE 333).

¿Cuál es la regla práctica para discernir de quien viene un


pensamiento o inspiración? Dice Ignacio que hay que examinar todo el
proceso de nuestros pensamientos. Los que vienen de Dios son
buenos en su principio, su medio y su fin. Lo que viene de Dios es
"todo bueno e inclinado a todo bien".

En cambio, lo que viene del mal espíritu, en alguno momento del


proceso no es bueno: ya sea su principio o su medio o su fin. San
Ignacio nos advierte que es propio del demonio no solo las cosas
malas sino también las no tan buenas; ya es para él "buena cosecha"
el que no seamos tan buenos como podríamos y deberíamos. Cuando
en nuestros pensamientos se mezcla algo distractivo
(intencionadamente distractivo, se entiende), o de inquietud,
desfallecimiento y perturbación, denota la influencia del mal espíritu.

El árbol se conoce por los frutos y la serpiente por la cola

Sexta regla: [cf. nº 334]

Cuando el enemigo de natura humana fuere sentido y conocido


por su cola serpentina el mal fin a que induce, aprovecha a la persona
que fue de él tentada, mirar luego en el discurso de los buenos
pensamientos que le trajo, y el principio de ellos, y cómo poco a poco
procuró hacerla descender de la suavidad y gozo espiritual en que
estaba, hasta traerla a su intención depravada; para que con la tal
experiencia conocida y notada, se guarde para adelante de sus
acostumbrados engaños (334).

Esta regla está respaldada por la experiencia del autor. La


Autobiografía cuenta cómo Ignacio se vio libre de una pesada
tentación de escrúpulos:
7
Como ya tenía alguna experiencia de la diversidad de espíritus con las
lecciones que Dios le había dado, empezó a mirar por los medios con
que aquel espíritu era venido, y así se determinó con grande claridad
de no confesar más ninguna cosa de las pasadas; y así, de aquel día
adelante, quedó libre de aquellos escrúpulos18.

El símbolo de la “serpiente”, de resonancia bíblica (cf. Gn 3, 1.14-15),


se basa también en la propia experiencia de Ignacio, que, desde
Manresa hasta el final de sus estudios, fue tentado muchas veces por
la visión de una serpiente, que luego aprendió a rechazar19.

En Vão Grande, municipio de Barra de Bugres (MT), oí hablar por


primera vez de la anaconda. La anaconda es una culebra enorme, que
llega a medir hasta diez metros de longitud; no es venenosa, pero
puede engullir un buey entero y después triturar sus huesos. La
anaconda no ataca de frente; ataca únicamente a las víctimas
desprevenidas.

Como la anaconda, el enemigo de la naturaleza humana no ataca de


frente (por lo menos en la situación de Segunda Semana). Su modo de
actuar es astuto y traicionero como el de las serpientes. De ahí la
referencia a la “cola de serpiente” (cola serpentina), símbolo de una
actitud tortuosa.

Conocemos al enemigo también por el fin al que nos lleva. “Por sus
frutos los conocerán”, dice Jesús. “¿Acaso se cosechan uvas de los
espinos o higos de los cardos? (Mt 7, 16; cf. Lc 6, 44).

¿Qué hacer cuando descubrimos los engaños y “sutilezas” del


enemigo? Reaccionar pronto, sin dudas, “actuar en contra” de sus
insinuaciones, como aprendimos en las Reglas de la Primera Semana.
Ahora Ignacio insiste en que debemos observar el trayecto de los
pensamientos, para comprender cómo nos engañó el ME, y así no ser
engañados de nuevo.

Una vez que uno se ha percatado (regla quinta) de que en sus


pensamientos el demonio ha metido la cola (con cosas malas,
distractiva o menos buenas), debe tratar de examinar en qué
momento y de qué modo ha conseguido infliltrarse y perturbarnos,
para así tomar experiencia de qué pasos hemos de cuidar. Así nos
guardaremos en adelante de repetir nuestros viejos errores bajando la
guardia de un modo similar.

Modo contrario de actuar de los espíritus y necesidad de


prudencia

8
Séptima regla: [cf. nº 335]

En los que proceden de bien en mejor, el buen ángel toca a la


tal ánima dulce, leve y suavemente, como gota de agua que
entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido
e inquietud, como cuando la gota de agua cae sobre la piedra;
y a los que proceden de mal en peor, tocan los sobredichos
espíritus contrario modo; cuya causa es la disposición del
ánima ser a los dichos ángeles contraria o semejante; porque
cuando es contraria, entran con estrépito y son sentidos
perceptiblemente; y cuando es semejante, entran con silencio
como en propia casa de puerta abierta (EE 335).

-Los toques del buen espíritu se distinguen en que hacen que el


alma proceda de bueno en mejor, y se destacan en que son toques
suaves y dulces. Dios entra en su alma como en casa propia. En este
caso, la consolación es un habitar familiarmente con Dios, a la manera
de dos amigos que habitan en la misma casa. Por eso "Dios entra con
silencio, como en propia casa, a puerta abierta". Si alguien me ama,
también mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él
(Jn 14,23).

-Los toques del mal espíritu que corresponden a los que andan
de mal en peor son en cambio estrepitosas, sensibles y perceptibles.
Porque en el alma, el demonio es forastero.

La afirmación central es que los “ángeles” o “espíritus” se adaptan a la


diversa condición de las personas. Si la persona está en fase de
crecimiento espiritual, el ángel bueno la confirmará, en tanto que el
ángel malo la inquietará trayéndole “razones aparentes, sutilezas y
asiduas falacias” (EE 329). Mas si la persona fuera “de mal en peor”, el
enemigo se introducirá silenciosamente, sin necesidad de tumbar la
puerta, como quien entra en su propia casa. El ángel bueno, por el
contrario, inquietará su conciencia.

Pedro de Ribadeneyra, autor de la primera biografía ignaciana, cuenta


que, comentando el caso de una monja de Bolonia que manifestaba
fenómenos extraordinarios (éxtasis, estigmas y cosas por el estilo),
Ignacio dijo que Dios, generalmente, actúa en lo íntimo de los
corazones, mientras que Satanás, por no tener poder alguno sobre las
almas, recurre a intervenciones extraordinarias, sobre todo con
personas a quienes gustan las novedades.21

Necesidad de prudencia aún en la consolación sin causa


precedente

9
Octava regla: [cf. nº 336]

Cuando la consolación es sin causa, aunque en ella no haya engaño


por ser sólo de Dios nuestro Señor, como está dicho, sin embargo, la
persona espiritual a quien Dios da esa consolación debe mirar con
mucha vigilancia y atención dicha consolación, y discernir el tiempo
propio de la actual consolación, del tiempo siguiente en que el alma
queda caliente con el fervor y favorecida con los efectos que deja la
consolación pasada; porque muchas veces en este segundo tiempo,
por su propio discurrir relacionando conceptos y deduciendo
consecuencias de sus juicios, o por el buen espíritu o por el malo,
forma diversos propósitos y pareceres que no son dados
inmediatamente por Dios nuestro Señor; y por tanto hay que
examinarlos muy bien antes de darles entero crédito o ponerlos por
obra (EE 340).

Cuando se trata de una consolación sin causa, la cual, como


hemos dicho, proviene de Dios, el alma debe estar atenta más bien al
segundo momento de dicho movimiento espiritual, a saber, cuando el
alma ha quedado enfervorizada por el toque de Dios. Porque Dios
puede tocar sin causa al alma y dejarla inflamada, y bien podría
mezclarse luego, la influencia del demonio o incluso nuestra propia
influencia.

No es fácil trazar la línea divisoria entre el tiempo inmediato de la


consolación sin causa y el tiempo posterior. Porque después de una
gran consolación la persona, entusiasmada con la consolación, podrá
atribuir a ésta lo que no tiene ya la garantía de proceder de Dios

La Sagrada Escritura dice que el rostro de Moisés, después de haber


hablado con Dios en el Sinaí, resplandecía (Ex 34, 29-30). Los Padres
de la Iglesia afirman que lo que aconteció con Moisés puede acontecer
con todo bautizado que no coloque obstáculo a la acción del Espíritu
Santo en él: “Como los cuerpos límpidos y transparentes, bajo la
acción de la luz, se tornan también extraordinariamente brillantes e
irradian un nuevo fulgor, de la misma manera también las almas que
reciben el Espíritu y son iluminadas por él se tornan espirituales e
irradian sobre los otros la gracia que les fue dada”23.

Como explica San Ignacio a Sor Teresa Rajadell, monja de Barcelona:


después que hemos recibido una consolación divina, bien puede
mezclarse nuevamente el mal espíritu y esto de muchas maneras:

-o bien, haciéndonos ver dificultades e inconvenientes en


10
cumplir lo que Dios nos ha mostrado como voluntad suya en la
consolación;
-o bien, haciéndonos perder todo el fervor recibido,
inclinándonos a hablar y a manifestar a los demás (sin pudor
espiritual) el toque recibido;
-o bien poniéndonos respetos humanos de obrar en consonancia
con las gracias recibidas durante la consolación.

Esta regla será útil en el discernimiento de supuestas apariciones y


revelaciones privadas

Criterio: Tenemos que estar atentos y hoy en día más cuando somos
tan propicios a actuaciones extraordinarias de Dios.

"Estando luego sentado en el monte de los Olivos, se acercaron


a él en privado sus discípulos, y le dijeron: «Dinos cuándo
sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del
mundo.» [Link]ús les respondió: «Mirad que no os engañe nadie.
[Link] vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo:
"Yo soy el Cristo", y engañarán a muchos. [Link]éis también
hablar de guerras y rumores de guerras. ¡Cuidado, no os
alarméis! Porque eso es necesario que suceda, pero no es
todavía el fin. [Link] se levantará nación contra nación y reino
contra reino, y habrá en diversos lugares hambre y terremotos.
[Link] esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento.
9.«Entonces os entregarán a la tortura y os matarán, y seréis
odiados de todas las naciones por causa de mi nombre.
[Link] se escandalizarán entonces y se traicionarán y
odiarán mutuamente. [Link]án muchos falsos profetas, que
engañarán a muchos. 12.Y al crecer cada vez más la iniquidad,
la caridad de la mayoría se enfriará. [Link] el que persevere
hasta el fin, ése se salvará. Y si aquellos días no se abreviasen,
no se salvaría nadie; pero en atención a los elegidos se
abreviarán aquellos días. 23.«Entonces, si alguno os dice:
"Mirad, el Cristo está aquí o allí , no lo creáis. [Link]
surgirán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes
señales y prodigios, capaces de engañar, si fuera posible, a los
mismos elegidos. 25.¡Mirad que os lo he predicho!"

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