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Lloyd DeMause

El capítulo analiza la evolución de la infancia y cómo las prácticas de crianza han influido en la personalidad adulta, destacando la violencia y el abandono que han sufrido los niños a lo largo de la historia. Se exploran los principios psicológicos que afectan las relaciones entre adultos y niños, incluyendo reacciones proyectivas e inversas, y cómo estas han llevado a un tratamiento inadecuado de los niños. Además, se discute la falta de empatía en la crianza histórica y cómo la percepción de los niños ha cambiado con el tiempo.

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Lloyd DeMause

El capítulo analiza la evolución de la infancia y cómo las prácticas de crianza han influido en la personalidad adulta, destacando la violencia y el abandono que han sufrido los niños a lo largo de la historia. Se exploran los principios psicológicos que afectan las relaciones entre adultos y niños, incluyendo reacciones proyectivas e inversas, y cómo estas han llevado a un tratamiento inadecuado de los niños. Además, se discute la falta de empatía en la crianza histórica y cómo la percepción de los niños ha cambiado con el tiempo.

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Lloyd de Mause: Historia de la infancia

Capítulo I: LA EVOLUCION DE LA INFANCIA


La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar
hace muy poco. Cuanto más se retrocede en el pasado, más bajo es el nivel de la
puericultura y más expuestos están los niños a la muerte violenta, el abandono,
los golpes, el terror y los abusos sexuales.
Y mientras los historiadores suelen buscar en las batallas de ayer las causas de
las de hoy, nosotros en cambio nos preguntamos cómo crea cada generación de
padres e hijos los problemas que después se plantean en la vida pública.
Los historiadores atribuyen a la escasez de fuentes la falta de estudios serios
sobre la infancia. Peter Laslett se pregunta por qué las masas y masas de niños
pequeños están extrañamente ausentes de los testimonios escritos... Hay algo
misterioso en el silencio de esas multitudes de niños en brazos, de niños que
empiezan a andar y de adolescentes en los relatos que los hombres escribían en
la época sobre su propia experiencia...
Esta convicción es tan firme entre los historiadores que no es de extrañar que el
presente libro se iniciara no en la esfera de la historia, si-no en la del psicoanálisis
aplicado.
Se demostró una y otra vez que las prácticas de crianza de los niños son la base
de la personalidad adulta; el origen de las mismas sumió en la perplejidad a todos
los psicoanalistas que se plantearon la cuestión.

Obras anteriores sobre los niños en la historia


Se resta importancia a los primeros años del niño, se estudia interminablemente el
contenido formal de la educación y se elude el contenido emocional haciendo
hincapié en la legislación sobre los niños y dejando a un lado el hogar
Louse Despert Payne, cuyo libro se publicó en 1916, fue el primero que estudió la
frecuencia del infanticidio y de la brutalidad con respecto a los niños en la historia,
en particular en la Antigüedad. El libro de Taylor, muy documentado, es una
interpretación psicoanalítica compleja del tema de la infancia y la personalidad en
la Inglaterra del siglo XVII. Hunt, al igual que Ariès, se centro fundamentalmente
en ese documento del siglo xvi, único en su género, que es el diario de Heroard
sobre la infancia de Luis XIII, pero lo hace con gran sensibilidad psicológica y con
conciencia de las implicaciones psicohistóricas de sus conclusiones. Y Despert
compara, desde el punto de vista psiquiátrico, los malos tratos infligidos a los
niños en el pasado y en el presente, estudiando la gama de actitudes emocionales
hacia los niños desde la Antigüedad, y expresa su creciente horror a medida que
va descubriendo pruebas de una implacable crueldad y dureza de corazón.
En las dos secciones siguientes de este capítulo examinaré algunos de los
principios psicológicos que se aplicaban a las relaciones adulto-niño en el pasado.
Los ejemplos que utilizo, aunque no dejan de ser típicos de la vida del niño en
otros tiempos, no están tomados por igual de todas las épocas, sino elegidos
como manifestaciones más claras de los principios psicológicos descritos.

Principios psicológicos de la historia de la infancia Reacciones proyectivas y de


inversión
Al estudiar la infancia a través de muchas generaciones es de suma importancia
centrarse en los momentos que más influyen en la psique de la siguiente
generación: esto significa, ante todo, lo que sucede cuando un adulto se halla ante
un niño que necesita algo. El adulto dispone, a mi juicio, de tres reacciones 1)
Puede utilizar al niño como vehículo para la proyección de los contenidos de su
propio inconsciente (reacción pro yectiva), 2) puede utilizar al niño como sustituto
de una figura adulta importante en su propia infancia (reacción de inversión), 3) o
puede experimentar empatía respecto de las necesidades del niño y actuar para
satisfacerias (reacción empática).
La reacción proyectiva es bien conocida de los psicoanalistas, que le aplican
términos que van desde proyección a identificación proyectivas, una forma más
concreta e incisiva de descargar sentimientos en otros. El psicoanalista, por
ejemplo, está muy acostumbrado a que se le utilice como recipiente de las
proyecciones masivas del paciente. Este ser utilizados como vehículos para las
proyecciones era lo que les solía ocurrir a los niños en otras épocas
De igual modo, la reacción de inversión es conocida de quienes han estudiado a
los padres que pegan a sus hijos. Los hijos existen únicamente para satisfacer las
necesidades de los padres, y es casi siempre el hecho de que el niño-como-padre
no demuestre cariño lo que provoca la paliza.
La tercera expresión, reacción empática, se emplea aquí en un sentido más
restringido que el que tiene en el diccionario. Es la capacidad del adulto para
situarse en el nivel de la necesidad de un niño e identificaria correctamente sin
mezclar las proyecciones propias del adulto. Este ha de ser capaz de mantenerse
a distancia suficiente de la necesidad para poder satisfacerla. Es una capacidad
idéntica al uso del inconsciente del psicoanalista llamado atención flotante o, como
lo llama Theodor Reik, el tercer oído.
Las reacciones proyectiva y de inversión se daban a veces simultánea mente en
los padres, produciendo un efecto que yo denomino doble imagen: se veía al niño
como un ser lleno de los deseos, hostilidades y pensamientos sexuales
proyectados del adulto y al mismo tiempo como figura del padre o de la madre,
esto es, a la vez malo y bueno.
Pero las propias señales contradictorias provienen de los adultos que se esfuerzan
en demostrar que el niño es a la vez muy malo (reacción proyectiva) y muy bueno
(reacción de inversión). Es función del niño reducir las ansiedades apremiantes del
adulto; el niño actúa como defensa del adulto.
El padre atribuye el accidente al hecho de que él había trabajado en un día de
fiesta. Lo importante no es únicamente que fuera común hasta el siglo xx la
costumbre de dejar solos a los niños. Más importante aún es que los padres no
puedan ocuparse de prevenir los accidentes al no haber sentimiento de culpa,
dado que consideran que el objeto del castigo son sus propias proyecciones de
adultos, Quienes así manejan sus proyecciones no inventan sistemas de
seguridad y en muchos casos ni si quiera se cuidan de que sus hijos reciban la
más mínima atención. Su proyección, por desgracia, asegura la repetición.
La utilización del niño como recipiente para las proyecciones del adulto subyace a
la idea del pecado original, y durante ochocientos años los adultos estuvieron de
acuerdo, en general, en que, como dice Richard Allestree (1676) el recién nacido
está mancillado y corrompido por el pecado que hereda de nuestros primeros
padres a través de nuestra carne...
El niño estaba tan cargado de proyecciones que muchas veces se exponía a ser
considerado un engendro si lloraba demasiado o tenía otras exigencias.
La creencia de que los niños estaban a punto de convertirse en seres
absolutamente malvados es una de las razones por las que se les ataba o se les
fajaba bien apretados y durante tanto tiempo. Se percibe la idea la tente en este
pasaje de Bartholomaeus Anglicus (alrededor de 1230).
Se faja al niño por estar lleno de las proyecciones peligrosas y perniciosas de los
padres. Las razones dadas para justificar la envoltura en vendas o fajas en otras
épocas son las mismas que dan hoy quienes la practican en Europa oriental: Hay
que sujetar al niño porque si no se arrancaría las orejas, se sacaría los ojos, se
rompería las piernas o se tocaría los genitales". Como veremos enseguida en la
sección relativa al fajado y a las restricciones, esto supone en muchos casos
embutir al niño en toda clase de fajas y corsés, fijarle tablas de sujección y
cuerdas e incluso atarle a sillas para impedir que se arrastre por el suelo como un
animal.
Ahora bien, si los adultos proyectan todos sus sentimientos inadmisibles en el
niño, es evidente que se han de tomar medidas radicales para mantener
controlado a este peligroso niño-recipiente cuando las bandas y ataduras ya no
sirven.
Las figuras fantasmales utilizadas para asustar a los niños a lo largo de la historia
son legión y los adultos recurrían a ellas sistemáticamente hasta hace muy poco.
Los antiguos tenían a Lamia y Striga, quienes, al igual-que su prototipo hebreo
Lilith, se comían a los niños crudos y que, jun-to con Mormo, Canida, Poine,
Sybaris, Acco, Empusa, Gorgona y Ephial tes, fueron inventados en beneficio de
un niño, para que fuera menos imprudente e ingobernable», según Dión
Crisostomo.
Cuando la religión dejó de ser el foco de atracción de la campaña de terror, se
utilizaron figuras más próximas al hogar; el hombre lobo te tragará, Barba Azul te
hará picadillo, Boney (Bonaparte) te comerá, el coco o el deshollinador se te
llevará por la noche". Estas prácticas no empezaron a cuestionarse hasta el siglo
xix.
Esta necesidad de personificar figuras punitivas era tan poderosa que con arreglo
al principio de concreción, los adultos llegaban a confeccionar máscaras para
asustar a los niños.
Hay algunas pruebas de que el uso de esas máscaras para asustar a los niños se
remonta a la Antigüedad. El tema del miedo de los niños a las máscaras es uno de
los preferidos de los artistas, desde los frescos roma-nos hasta los grabados de
Jacques Stella (1657), pero, dado que estos acontecimientos traumáticos en
épocas remotas eran sometidos a la más profunda represión, no he podido
determinar sus formas antiguas precisas.
Ahora bien, si se aterroriza a los niños con figuras enmascaradas cuando
simplemente lloran, quieren comer o quieren jugar, la magnitud de la proyección y
la necesidad de controlarla por parte del adulto ha alcanza-do proporciones
enormes que sólo se encuentran hoy en los adultos claramente psicóticos.
Sólo cuando se ve la lucha en que se debaten los padres para abandonar esta
costumbre de concretar imágenes terroríficas se pone de manifiesto la fuerza de la
necesidad de hacerlo así. Uno de los primeros defensores de la infancia en la
Alemania del siglo xıx fue Jean Paul Richter. En su libro titulado Levanna, que
gozó de gran popularidad, censuró a los padres que dominaban a sus hijos
mediante imágenes de terror, sosteniendo que la medicina aportaba pruebas de
que con frecuencia eran víctimas de la locura. Sin embargo, el impulso de repetir
los traumas de su propia infancia era tan fuerte que se vio obligado a inventar
versiones más moderadas para su propio hijo.
Hay otro sector de concreción de esta necesidad de aterrorizar a los niños que
implica el uso de cadáveres. Son conocidas de muchos las es-cenas de la novela
de la Sra. Sherwood, History of the Fairchild Family en las que se lleva a los niños
a visitar el lugar donde se exponía a los ajusticiados para inspeccionar los
cadáveres de los ahorca-dos que se pudrían allí mientras se les contaban relatos
moralizantes. Lo que no siempre se tiene en cuenta es que esas escenas estaban
tomadas de la vida real y constituían una importante parte de la infancia en la
época. Era costumbre sacar a los niños de la escuela para llevarlos a presen ciar
ejecuciones y los padres solían llevarlos a tales espectáculos azotándolos
después al regresar a casa para que recordaran lo que habían visto. Incluso un
educador humanista como Mafio Vegio, que escribió libros para protestar contra la
práctica de apalear a los niños, hubo de admitir que dejarles que presencien una
ejecución pública, en ocasiones no es ni mucho menos una mala cosa.
El efecto que esta continua contemplación de cadáveres tenía sobre los niños era,
naturalmente, muy grave. Una niña, a la que su madre le había mostrado como
ejemplo el cadáver de un amiguito suyo de nueve años que acababa de morir, iba
de un sitio a otro diciendo: Pondrán a la hija en el agujero, y ¿qué hará mamá?,
Otro niño se despertaba por la noche gritando después de haber visto ejecuciones
en la horca y practicó ahorcando a su gato.
Esta escena del cariñoso padre ayudando a su hija a vencer el miedo a los
cadáveres es un ejemplo de lo que llamo atención proyectiva, para distinguirla de
la verdadera atención empática que es el resultado de la reacción empática. La
atención proyectiva requiere siempre como primer paso la proyección del
inconsciente del adulto en el niño, y puede distinguirse de la atención empática
porque es inadecuada o insuficiente en relación con las necesidades reales del
niño.
No obstante, la atención proyectiva es suficiente para criar a los niños. En realidad
es lo que los antropólogos que estudian la infancia en los pueblos primitivos
suelen llamar buena puericultura, y hasta que un antropólogo con formación
psicoanalítica vuelve a estudiar la misma tribu no se advierte que lo que se mide
es la proyección y no la verdadera empatía.
Incluso un acto tan simple como sentir empatía hacia los niños que sufrían golpes
era difícil para los adultos en otras épocas. Los pocos educadores que antes de la
época moderna aconsejaban que no se pegara a los niños, generalmente se
valían del argumento de que ello tendría malas consecuencias, no que haría daño
al niño.
Cien generaciones impasibles envolvieron a sus hijos en apretadas fajas y les
vieron impasibles protestar a gritos porque carecían del mecanismo psíquico
necesario para sentir empatía por ellos. Sólo cuando en el lento proceso histórico
de la evolución padres-hijos se adquirió por fin esta facultad, a través de la
interacción de sucesivas generaciones de padres e hijos, se advirtió que la
envoltura en fajas era totalmente innecesaria.
No he encontrado una descripción con tal grado de empatía, en ninguna época
anterior al siglo XVIII. Poco después se puso fin a dos, mil años de envoltura en
fajas.
Por su puesto, la primera que se puede consultar es la Biblia; en ella se ha de
hallar ciertamente empatía respecto de las necesidades de los niños, pues ¿no se
representa siempre a Jesús rodeado de niños?
Hay muchas sobre el sacrificio de niños, sobre la lapidación de niños, sobre la
administración de azotes a los niños, sobre su obediencia estricta, sobre su amor
a sus padres y sobre su papel como portadores del nombre de la familia, pero ni
una sola que revele empatía alguna respecto de sus necesidades. Incluso la
conocida frase: «Dejad que los niños se acerquen a mí resulta ser la práctica
habitual en el Oriente Medio de exorcizar por imposición de las manos, práctica
que aplicaban muchos santones con el fin de erradicar el mal inherente a los
niños: Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las
manos y/orase... Y habiéndoles impuesto las manos, se fue de allí (Mt. 19, 13).
Todo esto no quiere decir que los padres de otras épocas no amaran a sus hijos,
pues sí que los amaban. Tampoco los padres de hoy que pegan a sus hijos son
sádicos; los quieren, en ocasiones y a su manera, y a veces son capaces de
manifestar ternura, sobre todo cuando los niños no exigen demasiado de ellos.
Ciertamente no era la capacidad de amar la que le faltaba al padre de otras
épocas, sino más bien la madurez afectiva necesaria para ver al niño como una
persona distinta de sí mismo. Es difícil calcular la proporción de padres que
alcanzan hoy con cierta coherencia el nivel empático. Una vez hice un sondeo
entre una docena de psicoterapeutas preguntándoles cuántos de sus pacientes al
comienzo del análisis eran capaces de mantener imágenes de sus hijos como
individuos con Independencia de sus propias necesidades proyectadas; todos
ellos dijeron que eran muy pocos los que tenían esa capacidad. Con palabras de
uno de ellos, Amos Gunsberg: Eso no ocurre hasta que el análisis está ya algo
avanzado, siempre en un momento concreto, cuando llegan a una imagen de sí
mismo como entidades distintas de su propia madre omnipresente.
Paralela a la reacción proyectiva es la reacción de inversión, en la que el niño y el
padre invierten sus papeles, a menudo con unos resultados grotescos. La
inversión comienza mucho antes de nacer el niño; es el origen del vivo deseo de
tener hijos que se advierte en otras épocas y que se expresa siempre en función
de lo que los hijos pueden deparar a los padres, nunca de lo que éstos les pueden
dar a ellos.
Una vez nacido, el niño se convierte en el padre de su madre y de su padre, en el
aspecto positivo o negativo, sin que se tenga en cuenta en absoluto su edad. Al
niño, sea cual fuere su sexo, se le viste con ropas de estilo parecido a las que
lleva la madre del padre, es decir, no sólo con un vestido largo, sino anticuado, por
lo menos de una generación anterior. La madre renace literalmente en el hijo; no
sólo se viste a los niños como adultos en miniatura, sino visiblemente como
mujeres en miniatura, a veces incluso son trajes escotados.
Los niños siempre han cuidado de los adultos en formas muy concretas. Desde la
época romana, niños y niñas servían a sus padres a la mesa, y en la Edad Media
todos los niños excepto los de sangre real, actuaban de sirvientes, en sus hogares
o en casas ajenas, y muchas veces tenían que volver corriendo de la escuela a
mediodía para atender a sus padres. No voy a tratar aquí del tema del trabajo de
los niños, pero conviene recordar que realizaban una gran parte de las faenas del
mundo, mucho antes de que el trabajo infantil se convirtiera en un problema en el
siglo xix, por lo general, desde los cuatro o cinco años.
La necesidad de cariño maternal que sentían los padres suponía una enorme
carga para el niño en pleno crecimiento. A veces incluso le ocasionaba la muerte.
Una de las causas más frecuentes de la muerte de niños pequeños era la asfixia
en la cama al echarse el adulto sobre el niño, y aunque a menudo esta causa era
una excusa para ocultar el infanticidio, los pediatras admitían que cuando se
trataba de un accidente, éste se producía porque la madre se negaba a acostar al
niño en otra cama cuando ella iba a dormir; no queriendo separarse del niño, le
aprieta aún más fuerte cuando duerme. Su pecho oprime la nariz del niño". Esta
imagen inversa del niño como cobijo era la realidad subyacente a la advertencia
común en la Edad Media de que los padres debían cuidar de no mimar demasiado
a sus hijos como la hiedra que ciertamente mata al árbol en el que se enreda, y el
mono que estrecha en sus brazos a sus crías hasta matarlas por mero cariño.
Principio psicológico: La doble imagen
El desplazamiento continuo entre proyección e inversión, entre el niño como
demonio y como adulto produce una doble imagen a la que se debe gran parte del
extraño carácter de la infancia en otras épocas. Ya hemos visto cómo este paso
de la imagen del adulto a la imagen proyectada es condición previa de la práctica
de los azotes.
Otro ejemplo de la doble imagen es el que ofrece la circuncisión. Como es bien
sabido, los judíos, los egipcios, los árabes y otros pueblos circuncidaban el
prepucio de los niños. Las razones dadas para justificar esta práctica son
múltiples, pero todas ellas quedan englobadas en la doble imagen de proyección e
inversión. En primer lugar, esas mutilaciones de los niños por los adultos siempre
implican proyección y castigo para controlar las pasiones proyectadas. Como ya
dijo Filón en el siglo 1, la circuncisión se hacía para extirpar las pasiones que atan
el espíritu. Pues como de todas las pasiones la de la cópula entre hombre y mujer
es la más fuerte, los legisladores han recomendado que ese instrumento que sirve
para esa cópula sea mutilado, señalando que esas poderosas pasiones deben
refrenarse y pensando que no sólo ésa sino todas las pasiones se dominarían a
través de ella.
El elemento de inversión en la circuncisión puede observarse en el tema del
glande como pezón implícito en los detalles de una versión de este rito. Se frota el
pene del niño para provocar la erección y el mohel rasga el prepucio con la uña o
con un cuchillo y lo corta circularmente. Después chupa la sangre que sale del
glande. Esto se hace por la misma razón que besaban todos el pene del pequeño
Luis, porque el pene, y concretamente el glande, es el pezón materno recuperado,
y la sangre es la leche materna. Quisiera centrame en la idea principal de la
circuncisión como revelación del glande-como-pezón.
Infanticidio y deseos de muerte respecto a los niños
En un par de libros que contienen abundante documentación clínica, el
psicoanalista Joseph Rheingold ha examinado los deseos de muerte de las
madres con respecto a sus hijos y comprobado que no sólo están mucho más
generalizados de lo que comúnmente se cree, sino también que derivan de un
poderoso impulso de anular la maternidad para evitar el castigo que imaginan que
sus propias madres les infligirán. Rheingold nos muestra a algunas madres que
dan a luz y ruegan a sus propias madres que no las maten, y rastrea el origen de
los deseos infanticidas y de los estados de depresión después del parto
atribuyéndolos, no a hostilidad hacia el hijo, sino más bien a la necesidad de
sacrificar al hijo para aplacar a la propia madre.
Los impulsos filicidas están muy generalizados entre las madres contemporáneas
y que en las madres psicoanalizadas son comunes las fantasías relativas a
puñaladas, mutilaciones, malos tratos, decapitación y estrangulamiento. Yo creo
que cuanto más se retrocede en la historia más numerosas son las
manifestaciones de impulsos filicidas por parte de los padres.
El infanticidio de hijos legítimos e ilegítimos se practicaba normalmente en la
Antigüedad, que el de los hijos legítimos se redujo sólo ligeramente en la Edad
Media, y que se siguió matando a los hijos ilegitimos hasta entrado ya el siglo xix.
Al infanticidio en la Antigüedad se le ha solido restar importancia pese a los
centenares, literalmente, de claras referencias por parte de los auto-res antiguos
en el sentido de que era un hecho cotidiano y aceptado.
En primer lugar, a todo niño que no fuera perfecto en forma o tamaño, o que
llorase demasiado o demasiado poco, o que fuera distinto de los descritos en las
obras ginecológicas sobre «Cómo reconocer al recién nacido digno de ser criado.,
generalmente se le daba muerte. Aparte de esto, al primogénito se le solía dejar
vivir, sobre todo si era varón.
Si; como puede suceder, das a luz un hijo, si es varón consérvalo; si es mujer,
abandónala. Consecuencia de ello era un notable desequilibrio con predominio de
la población masculina que fue característico de Occidente hasta bien bien
entrada la Edad Media, época en que probablemente se redujo mucho el
infanticidio de hijos legítimos.
Hasta el siglo iv, ni la ley ni la opinión pública veían nada malo en el infanticidio en
Grecia o en Roma. Los grandes filósofos tampoco.
En los dos siglos siguientes a la época de Augusto se hicieron algunos intentos
encaminados a pagar a los padres para que conservaran vivos a sus hijos a fin de
aumentar la población romana en descenso, pero hasta el siglo iv no fue visible el
cambio. El dar muerte a los niños no empezó a ser considerado como asesinato
en las leyes hasta el año 374.
En otros países la evolución fue muy parecida. No obstante, pese a la abundancia
de testimonios literarios, los medievalistas su suelen negar la persistencia del
infanticidio generalizado en la Edad Media, puesto que no consta en los registros
eclesiásticos ni en otras fuentes cuantitativas.
Lo que sí es cierto es que cuando la documentación es mucho más completa,
hacia el siglo xvi, resulta incuestionable que la tasa de infanticidio era bastante
elevada en todos los países de Europa. Al abrirse más casas de expósitos en
todos los países, llegaban a ellas niños de to-das partes, y pronto se quedaron sin
espacio para acogerlos. A fines del siglo xix Louis Adamic cuenta que le criaron en
una aldea de «nodrizas infanticidas, situada en el este de Europa, donde las
madres enviaban a sus hijos pequeños para que los eliminaran exponiéndolos al
frío después de un baño caliente; dándoles de comer algo que les provocaba
convulsiones en el estómago y los intestinos; mezclando yeso con la leche, lo que
literalmente les, emplastaba las entrañas; atiborrándolos repentinamente de
comida después de haberles tenido dos días sin comer.
El niño de otras épocas estaba rodeado desde su nacimiento de una atmósfera de
muerte y de medidas contra la muerte. Desde la Antigüedad, los exorcismos,
purificaciones y amuletos mágicos se han considerado necesarios para ahuyentar
a la multitud de fuerzas mortíferas que se suponía que acechaban al niño, y se le
aplicaban, a él y a lo que le rodeaba, agua fría, fuego, sangre, vino, sal y orina,
Las aldeas aisladas de Grecia conservan todavía esta atmósfera de defensa frente
a la muerte
El recién nacido duerme bien fajado en una cuna de madera envuelta de extremo
a extremo en una manta, de modo que el niño yace en una especie de tienda a os
curas y sin ventilación. Las madres temen los efectos del aire frío y de los espíritus
malignos... Cuando anochece, la cabaña o la casa es como una ciudad sitiada, los
postigos de las ventanas cerrados, la puerta atrancada y sal e incienso en pun tos
estratégicos, como el umbral, para rechazar cualquier invasión del Diablo.
Al recién nacido se le regalan amuletos, general mente en forma de pene, o de
coral, también con formas fálicas, para protegerle de esos deseos de muerte.
Los impulsos de mutilar, quemar, congelar, ahogar, sacudir y arrojar violentamente
al niño se ponían por obra continuamente en otras épocas. Los hunos solían cortar
las mejillas de los varones recién nacidos. Rober Pemell cuenta que durante el
Renacimiento en Italia y en, otros países, los padres marcaban a fuego el cuello
con un hierro ardiente, o bien dejaban caer gotas de cera de una vela encendida
sobre los recién nacidos para evitar la epilepsia. A comienzos de la época partera
solía cortar el frenillo de los recién nacidos con la uña, en una especie de
circuncisión en miniatura. A lo largo de los siglos, la mutilación de los niños ha
suscitado compasión y risa en los adultos, y ha sido la base de la práctica
generalizada en todas las épocas de mutilar a los niños para mendigar, que se
remonta a la Polémica de Séneca, que llega a la conclusión de que no era
censurable mutilar a los niños expósitos.
Alguna veces se practicaba el lanzamiento del niño fajado. Un hermano de
Enrique IV murió porque le dejaron caer cuando jugaban con él pasándolo de una
ventana a otra. Lo mismo le ocurrió al pequeño conde de Marle: Uno de los
gentilhombres de cámara y la nodriza que cuidaba de él se divertían echándolo de
acá para allá por encima del alféizar de una ventana abierta... A veces fingían que
no le cogían... el pequeño conde de Marle cayó y se dio contra un escalón de
piedra. Los médicos se quejaban de que los padres rompían los huesos a sus
hijos pequeños con la costumbre de lanzarlos como pelotas. Las nodrizas decían
a menudo que los corsés en que iban embutidos los niños eran necesarios porque
sin ellos no se les podría lanzar de un lado a otro.
Los médicos denunciaban también la costumbre de mecer violentamente a los
niños pequeños que deja a la criatura atontada para que no moleste a los
encargados de cuidarla.
Había también una serie de costumbres en virtud de las cuales se sometía al niño
a la casi congelación, desde el bautismo por inmersión prolongada en agua helada
y el rodamiento por la nieve hasta la práctica del baño consistente en sumergir al
niño una y otra vez en agua helada, cabeza y todo, con la boca abierta y sin
aliento. Volviendo a la antigua costumbre de los germanos, los escitas, los celtas y
los espartanos (no los atenienses, que utilizaban otros métodos de
fortalecimiento), la inmersión en los ríos solía ser común, y la inmersión en agua
fría se ha considerado terapéutica para los niños desde la época romana. Incluso
el acostarlos envueltos en toallas húmedas frías se practicaba en ocasiones como
medio de fortalecerlos y como terapia.
Abandono, lactancia y empañadura
Aunque hubo muchas excepciones a la regla general, más o menos hasta el siglo
XVIII el niño medio de padres acomodados pasaba sus primeros años en casa de
un ama de cría, volvía a su hogar para permanecer al cuidado de otros sirvientes y
salía de él a la edad de siete años para servir, aprender un oficio o ir a la escuela,
de modo que el tiempo que los padres con medios económicos dedicaban a criar a
sus hijos era mínimo. Los efectos de esta y otras formas de abandono
institucionaliza-do por parte de los padres sobre el niño muy pocas veces se han
estudiado.
La forma de abandono más extremada y más antigua es la venta directa de los
niños. La venta de niños era legal en la época babilónica, y роsiblemente fue
normal en muchas naciones en la Antigüedad.
La Iglesia se, esforzó durante siglos por acabar con la venta, de niños Teodoro,
arzobispo, de, Canterbury, en, el siglo XII, decretó que un hombre no podía vender
a su hijo como esclavo después de la edad de siete años. En muchas regiones la
venta de niños continuo practicándo se esporádicamente hasta la época moderna,
y por ejemplo, en Rusia no se prohibió legalmente hasta el siglo XXI.
Otra forma de abandono era utilizar a los niños como rehenes políticos y como
prenda por deudas, práctica que se, remonta también a la época babilónica".
Sidney Painter describe su versión medieval, diciendo que era bastante usual
entregar como rehenes a niños pequeños en garantía de un acuerdo y asimismo
hacerles pagar la mala fe de sus padres.
Motivos parecidos sustentaban la costumbre de enviar a los niños a vivir con otras
familias que los educaban hasta los 17 años, edad en que volvían al hogar
paterno. Esta costumbre estaba muy generalizada entre los galeses, los
anglosajones y los escandinavos en todas las clases sociales. En Irlanda persistió
hasta el siglo xvii, y en la Edad Media.
Además de las prácticas de abandono institucionalizadas, la simple entrega de los
hijos a otras personas era bastante frecuente hasta el siglo XIX. Los padres daban
toda clase de explicaciones para justificar la cesión de sus hijos para aprender a
hablar (Disraeli), para vencer la timidez (Clara Barton), por razones de salud
(Edmund Burke, la hija de Mrs. Sherwood) o en pago de los servicios médicos
prestados (pacientes de Jerome Cardan y William Douglas).
La madre de Mrs. Hare pone de manifiesto la indiferencia general con que se
hacían estas entregas: Sí, desde luego, se enviará al niño en cuanto esté
destetado; y si alguien más quisiera uno, sírvase recordar que tenemos otros.
Naturalmente, se prefería a los niños varones; una mujer del siglo XVIII escribía a
su hermano pidiéndole su próximo hijo: Si es un varón, lo reclamo; si es una niña
prefiero esperar al siguiente.
No obstante, la forma de abandono institucionalizado predominante en el pasado
era enviar a los hijos a casa del ama de cría.
Sujetar al niño con diversos tipos de trabas era una práctica casi universal. La
empañadura era el hecho fundamental de los primeros años de la vida del niño.
Como hemos señalado, la sujección se consideraba necesaria porque el niño
estaba tan lleno de peligrosas proyecciones de los adultos que si se le dejaba
suelto se sacaría los ojos, se arrancaría las orejas, se rompería las piernas, se
deformaría los huesos, se sentiría aterrorizado al ver sus propios miembros e
incluso se arrastraría a cuatro patas como un animal. La envoltura tradicional es
muy parecida en todas las épocas y en todos los países; consiste en privar
totalmente al niño del uso de sus miembros envolviéndole con una venda
interminable hasta hacerle parecer un leño; con lo cual a veces se producen
excoriaciones en la piel; la carne está oprimida casi hasta la gangrena; la
circulación queda casi interrumpida; y el niño, sin la menor posibilidad de moverse.
Su pechito está rodeado por una faja... Se le aprieta la cabeza para darle la forma
que se le ocurra a la comadrona; y se le mantiene en ese estado mediante la
presión debidamente ajustada.
La envoltura del niño en fajas y pañales era tan complicada que se tardaba hasta
dos horas en vestirle. La comodidad que suponía para los adultos era enorme,
pues raras veces tengan que prestar atención a las criaturas una vez atadas.
Como ha demostrado un estudio médico reciente sobre la empañadura, los niños
enfajados son sumamente pasivos, el corazón les late más despacio, lloran
menos, duermen mucho más y, en general, son tan introvertidos e inactivos que
los médicos que hicieron el estudio se preguntaron si no debía ensayarse de
nuevo el fajamiento.
Casi todos los pueblos envolvían en fajas a los niños. Las pocas regiones en que
no se empleaban fajas, como la antigua Esparta y las tierras altas de Escocia,
eran también regiones en que las prácticas de fortalecimiento eran más rigurosas,
como si no hubiera otra alternativa que enfajar a los niños o llevarles de un lado a
otro desnudos y hacerles correr sobre la nieve sin ropas.
Los escasos datos que ofrecen las fuentes de los siglos XVI y XVII, más un
estudio del arte de la época, indican que en esos siglos a los niños se les fajaba
por entero durante un período de uno a cuatro meses; después se dejaban los
brazos libres permaneciendo fajados el cuerpo y las piernas de seis a nueve
meses más. Los ingleses fueron los primeros en suprimir el fajamiento, como
también en poner fin a la crianza fuera del hogar. En Inglaterra y Norteamérica la
costumbre de envolver en fajas estaba desapareciendo a fines del siglo XVIII, y en
Francia y Alemania en el XIX.
Una vez liberado el niño de sus vendas continuaban imponiéndosele trabas físicas
de todo tipo que variaban según los países y épocas. A veces se le ataba a sillas
para impedir que gateara. Todavía en el siglo xix se le unían a la ropa unos
tirantes para sujetarlo y llevarlo de un lado a otro. Era frecuente poner a niños y
niñas corsés y fajas de hueso, madera o hierro.
Hay dos prácticas que probablemente eran comunes a todos los países desde la
Antigüedad. La primera es llevar a los niños ligeros de ropa con el fin de
fortalecerlos; la segunda es el empleo de andadores cuya finalidad expresa era
ayudar a andar, pero que de hecho se usaban para impedir que el niño anduviera
a gatas, lo cual se consideraba propio de los animales.
Control de la evacuación, disciplina y sexo
Aunque sillas con orinales debajo han existido desde la Antigüedad, antes del
siglo XVII no hay dato alguno sobre el control de la evacuación en los primeros
meses de la vida del niño. La lucha entre padres e hijos respecto del control de la
orina y las heces en la infancia es un invento del siglo XVII, producto de una etapa
psicogénica tardía.
Los niños han sido identificados siempre con sus excrementos; a los recién
nacidos se les llamaba ecrême, y la palabra latina merda dio origen a la francesa
merdeux, niño pequeño. Pero con anterioridad al siglo XVII eran el enema y la
purga, no el orinal, los medios principales utilizados para relacionarse con el
interior del cuerpo del niño. A los niños se les administraban supositorios, enemas
y purgas por la boca estando enfermos y estando sanos. Una autoridad del siglo
xvii decía que era conveniente purgar a los niños antes de darles de mamar, a fin
de que la leche no se mezclara en las heces. La orina y orina y las heces de los
niños eran examinadas con frecuencia para determinar su estado interior.
En el siglo xix, los padres, por lo general, iniciaban seriamente la educación
higiénica en los primeros meses de la vida del niño, y a finales del siglo sus
exigencias de limpieza eran ya tan estrictas que el niño ideal era aquel que no
puede soportar suciedad alguna en su cuerpo, en su ropa o en lo que le rodea; ni
siquiera por un momento.
He examinado más de doscientos escritos anteriores al siglo XVI en los que se
formulan consejos sobre la crianza de los niños; en la mayoría de ellos se aprueba
el castigo corporal y en todos se admite en determinadas circunstancias, salvo en
tres de ellos, cuyos autores son Plutarco, Palmieri y Sadoleto y que estaban
dirigidos a padres y maestros, sin referencia alguna a las madres.
Entre los instrumentos de castigo figuraban látigos de todas clases, incluidos los
de nueve ramales, palas, bastones, varas de hierro y de madera, haces de
varillas, disciplinas e instrumentos escolares especiales como una palmeta que
terminaba en forma de pera y tenía un agujero redondo para levantar ampollas.
Siglo tras siglo, los niños zurrados crecían y a su vez zurraban a sus hijos. La
protesta pública era rara. Incluso humanistas y maestros que tenian fama de ser
muy muy bondadosos, como Petrarca, Ascham, Comenio y Pestalozzi, aprobaban
el castigo corporal de los niños. Ni siquiera la realeza se libraba de los golpes,
como confirma la infancia de Luis XIII. Su padre tenía junto a sí, en la mesa, un
látigo, y ya a los 17 meses el delfín sabía que no debía llorar cuando le
amenazaba con el látigo. A los 25 meses empezaron a azotarle sistemáticamente,
muchas veces desnudándole. Tenía frecuentes pesadillas relacionadas con los
azotes, que le administraban por la mañana al despertarse. Siendo ya rey seguía
despertándose de noche aterrorizado por la idea de la paliza matutina. El día de
su coronación, con ocho años, fue azotado y dijo: «Preferiría prescindir de tanta
pleitesía y tantos honores y que no me azotaran.
Dado que los niños a los que no se envolvía en fajas eran sometidos a prácticas
de fortalecimiento, quizá el fajamiento cumplía la función de reducir la propensión
del padre a maltratar al niño. Todavía no he encontrado ningún caso de un adulto
que golpeara a un niño fajado. En cambio, era muy frecuente que se pegara a
niños muy pequeños no vestidos de esa manera, signo cierto del síndrome de la
paliza.
Rousseau decía que a los niños de pecho se les pegaba con frecuencia desde sus
primeros días para mantenerlos callados.
Una ley del siglo XIII dio carácter público al castigo corporal de los niños: Si se
azota a un niño hasta hacerle sangre, el niño lo recordará, pero si se le azota
hasta causarle la muerte, se aplicará la ley, Con arreglo a la mayoría de las
descripciones medievales, las palizas eran muy considerables, aunque san
Anselmo, como en tantos otros aspectos, demuestra lo avanzado de su
mentalidad con respecto a su época diciéndole a un abad que no pegue con
fuerza a los niños, pues ¿Acaso no son humanos? ¿No son de carne y hueso
como tú? Pero hubo de llegar al Renacimiento para que se empezara seriamente
a aconsejar moderación en el castigo, si bien tal consejo iba generalmente
acompañado de la aprobación de los azotes sabiamente administrados.
En el siglo xvii se hicieron algunos intentos para limitar el castigo corporal de los
niños, pero fue en el siglo XVII cuando la reducción fue más notable. Las primeras
biografías que he encontrado de niños que tal vez no recibieran golpes nunca,
datan de 1690 a 17502. Hasta el siglo xix no empezó a desaparecer en la mayor
parte de Europa y América del Norte la vieja costumbre de los azotes.
A medida que empezaron a disminuir los azotes fue preciso buscar sustitutivos.
Por ejemplo, encerrar a los niños en lugares oscuros fue una práctica muy
generalizada en los siglos XVIII y XIX.
Aún así, en las fuentes que hemos podido consultar hasta ahora hay indicios
suficientes de que los abusos sexuales cometidos con los niños eran más
frecuentes en otros tiempos que en la actualidad, y que los severos castigos
infligidos a los niños por sus deseos sexuales en los últimos doscientos años eran
producto de una etapa psicogénica tardía en la que el adulto utilizaba al niño para
refrenar, en lugar de poner por obra, sus propias fantasías sexuales.
En la Antigüedad, el niño vivía sus primeros años en un ambiente de manipulación
sexual.
En Creta y Beocia, eran comunes los matrimonios y las lunas de miel entre
pederastas. Los abusos eran menos frecuentes entre los muchachos romanos de
la aristocracia, pero la utilización de los niños con fines sexuales era visible en
alguna forma en todas partes.
Musonio Rufo se preguntaba si uno de estos muchachos podía moralmente
oponer resistencia: Conocí a un padre tan depravado que, teniendo un hijo notable
por su belleza juvenil, lo vendió condenándole a una vida de ignominia. Si ese
muchacho que fue vendido y lanzado a esa vida por su padre, se hubiera negado
y no hubiera querido prestarse a ello, diríamos que era desobediente.
La observación de Plutarco es una entre las muchas que indican que los abusos
sexuales no se limitaban a los muchachos de más de 11 o 12 años, como
suponen la mayoría de los estudiosos. Es muy posible que pedagogos y maestros
abusaran sexualmente de niños más pequeños en todos los períodos de la
Antigüedad. Aunque se promulgaron toda clase de leyes para tratar de reducir los
ataques sexuales a los escolares por parte de los adultos, las largas y pesadas
palmetas que llevaban pedagogos y maestros servían a menudo para amenazar a
los niños.
Los datos que ofrecen la literatura y el arte confirman este hecho de la utilización
sexual de los niños más pequeños. Petronio gusta de describir a los adultos
palpando el pequeño instrumento inmaduro.
Incluso los judíos, que trataron de acabar con la homosexualidad de los adultos
mediante severos castigos, eran más indulgentes en el caso de los muchachos.
Pese al precepto mosaico en contra de la corrupción de los niños, la pena con que
se castigaba la sodomía con niños de más de nueve años era la lapidación, pero
la cópula con niños de menor edad no era considerada como acto sexual, y sólo
se castigaba con azotes por razones de disciplina pública.
Conviene recordar que no es posible que se cometan abusos sexuales con los
niños en forma generalizada sin la complicidad, por lo menos inconsciente, de los
padres. En otras épocas los padres ejercían el control más absoluto sobre sus
hijos y eran ellos quienes tenían que acceder a entregarlos a quienes los
ultrajaban.
Al igual que los adultos que hemos visto antes alrededor de Luís XIII niño, los
griegos y los romanos no podían evitar meter mano a los niños.
Pero la práctica sexual preferida tratándose de niños no era la fellatio o
estimulación oral del pene, sino la cópula anal.
Signos de castración rodeaban al niño en la Antigüedad. En todos los campos y
jardines veía un Príapo, con un gran pene en erección y una hoz que simbolizaba
la castración. Sus pedagogos y maestros podían estar castrados, por todas partes
había prisioneros castrados y los sirvientes de sus padres en muchos casos eran
castrados.
El cristianismo introdujo en el debate un concepto nuevo, la inocencia del niño.
Como dice san Clemente de Alejandría, cuando Cristo aconsejaba a las gentes
que se hicieran como niños para entrar en el reino de los cielos, sus palabras
debían entenderse rectamente. «No somos criaturas en el sentido de que rodemos
por el suelo o vayamos reptando como hacen las serpientes. Lo que Cristo quería
decir era que los mayores debían llegar a ser tan incontaminados como los niños,
puros, sin conocimiento carnal. A lo largo de la Edad Media, los cristianos
empezaron a reforzar la idea de que los niños ignoraban por completo toda noción
de placer y de dolor. Por desgracia, la idea de que los niños son inocentes e
inmunes a la corrupción es un argumento defensivo utilizado con frecuencia por
quienes abusan de los niños para no reconocer que con sus actos les hacen daño.
La campaña contra la utilización sexual de los niños continuó a lo largo del siglo
xvii, pero en el xvi tomó un giro totalmente nuevo: castigar al niño o niña por
tocarse los genitales.
Pero fue a comienzos del siglo xviii, y como culminación del empeño de controlar
los abusos cometidos 'con los niños, cuando los padres empezaron a castigar
severamente a sus hijos por masturbarse y los médicos empezaron a difundir el
mito de que la masturbación daba origen a la locura, la epilepsia, la ceguera y
causaba la muerte. En el siglo xix esta campaña llegó a extremos increíbles.
Médicos y padres aparecían a veces ante el niño armados de cuchillos y tijeras,
amenazándole con cortarle los genitales; la circuncisión, la clitoridectomía y la
infibulación se utilizaban en ocasiones como castigo, y se prescribían toda clase
de dispositivos restrictivos, incluso moldes de yeso y jaulas con púas. Hacia 1925
estos métodos habían desaparecido casi por completo, después de dos siglos de
agresiones brutales y totalmente innecesarias a los genitales de los niños.
El cardenal Bernis, recordando que había sido objeto de manipulación sexual
siendo niño, advertía a los padres que no hay nada tan peligroso para la moral y
quizá para la salud como dejar a los niños demasiado tiempo al cuidado de
sirvientas o incluso de jóvenes criadas en los castillos. Añadiré que las mejores de
ellas no siempre son las menos peligrosas. Se atreven a hacer con un niño lo que
se avergonzarían de hacer con un joven. Un médico alemán decía que las
nodrizas y doncellas realizaban toda clase de actos sexuales con los niños para
divertirse.
Huelga decir que los efectos que producían en el niño los graves abusos físicos y
sexuales que he descrito eran enormes. Quisiera indicar aquí sólo dos de esos
efectos, uno psicológico y otro físico. El primero es la enorme cantidad de
pesadillas y alucinaciones sufridas por niños que he hallado en las fuentes. Los
que he descubierto suelen revelar la existencia de pesadillas repetidas e incluso
de verdaderas alucinaciones.
Un último punto que quiero simplemente tocar es la posibilidad de que los niños de
otras épocas sufrieran realmente un retraso físico a consecuencia de la falta de
cuidados. Aunque el enfajamiento por sí solo no suele afectar al desarrollo físico
de los niños primitivos, unido a la negligencia y a los malos tratos de que eran
objeto los niños en otras épocas parece haber dado lugar, en ocasiones, a lo que
hoy consideraríamos retraso. Un índice de este retraso es que mientras en la
actualidad la mayoría de los niños empiezan a andar a los 10 o 12 meses, en otras
épocas generalmente aprendían a andar más tarde.
1. Infanticidio (Antigüedad-siglo IV). La imagen de Medea se cierne sobre la
infancia en la Antigüedad, pues en este caso el mito no hace más que reflejar la
realidad. Algunos hechos son más importantes que otros, y cuando los padres
rutinariamente resolvían sus ansiedades acerca del cuidado de los hijos
matándolos, ello influía profundamente en los niños que sobrevivían. Respecto de
aquellos a los que se les perdonaba la vida, la reacción proyectiva era la
predominante y el carácter concreto de la inversión se manifestaba en la difusión
de la práctica de la sodomía con el niño.
2. Abandono (Siglos IV-XIII). Una vez que los padres empezaron a aceptar al hijo
como poseedor de un alma, la única manera de hurtarse a los peligros de sus
propias proyecciones era el abandono, entregándolo al ama de cría, internándolo
en el monasterio o en el convento, cediéndolo a otras familias de adopción,
enviándolo a casa de otros nobles como criado o como rehén o manteniéndolo en
el hogar en una situación de grave abandono afectivo.
3. Ambivalencia (Siglo XIV-XVII). Como el niño, cuando se le permitía entrar en la
vida afectiva de los padres, seguía siendo un recipiente de proyecciones
peligrosas, la tarea de éstos era moldearlo. De Dominici a Locke no hubo imagen
más popular que la del moldeamiento físico del niño, al que se consideraba como
cera blanda, yeso o arcilla a la que había que dar forma. Este tipo de relación se
caracteriza por una enorme ambivalencia.
4. Intrusión (Siglo XVIII). Una radical reducción de la proyección y la casi
desaparición de la inversión fueron los resultados de la gran transición que en las
relaciones paterno-filiales se operó en el siglo XVII. El niño ya no estaba tan lleno
de proyecciones peligrosas y en lugar de limitarse a examinar sus entrañas con un
enema, los padres se aproximaban más a él y trataban de dominar su mente a fin
de controlar su interior, sus rabietas, sus necesidades, su masturbación, su
voluntad misma. El niño criado por tales padres era amamantado por la madre, no
llevaba fajas, no se le ponían sistemáticamente enemas, su educación higiénica
comenzaba muy pronto, se rezaba con él pero no se jugaba con él, recibía azotes
pero no sistemáticamente, era castigado por masturbarse y se le hacía obedecer
con prontitud tanto mediante amenazas y acusaciones como por otros métodos de
castigo. Como el niño resultaba mucho menos peligroso, era posible la verdadera
empatía, y nació la pediatría, que jun-to con la mejora general de los cuidados por
parte de los padres redujo la mortalidad infantil y proporcionó la base para la
transición demográfica del siglo xvIII.
5. Socialización (Siglo XIX-mediados del XX). A medida que las proyecciones
seguían disminuyendo, la crianza de un hijo no consistió tanto en dominar su
voluntad como en formarle, guiarle por el buen camino, enseñarle a adaptarse,
socializarlo. El método de la socialización sigue siendo para muchas personas el
único modelo en función del cual puede desarrollarse el debate sobre la crianza de
los niños y de él derivan todos los modelos psicológicos del siglo xx, desde la
canalización de los impulsos de Freud hasta la teoría del comportamiento de
Skinner.
6. Ayuda (comienza a mediados del siglo XX). El método de ayuda se basa en la
idea de que el niño sabe mejor que el padre lo que necesita en cada etapa de su
vida e implica la plena participación de ambos padres en el desarrollo de la vida
del niño, esforzándose por empatizar con él y satisfacer sus necesidades
peculiares y crecientes. No supone intento alguno de corregir o formar «hábitos».
El niño no recibe golpes ni reprensiones y sí disculpas cuando se le da un grito
motivado por la fatiga o el nerviosismo. Este método exige de ambos padres una
enorme cantidad de tiempo, energía y diálogo, especialmente durante los primeros
seis años, pues ayudar a un niño a alcanzar sus objetivos cotidianos supone
responder continuamente a sus necesidades, jugar con él, tolerar sus regresiones,
estar a su servicio y no a la inversa, interpretar sus conflictos emocionales y
proporcionar los objetos adecuados a sus intereses en evolución. Son pocos los
padres que han intentado hasta ahora aplicar sistemáticamente esta forma de
crianza de los niños. De los cuatro libros en que se describe a niños criados con
arreglo a este método se desprende que su resultado es un niño amable, sincero,
que nunca está deprimido, que nunca tiene un comportamiento imitativo o
gregario, de voluntad firme y en absoluto intimidado por la autoridad.
Teoría psicogénica: Un nuevo paradigma para la historia
Con arreglo a esta teoría, el supuesto tradicional de la mente como tabula rasa se
invierte y es el mundo el que se considera como tabula rasa; cada generación
nace en un mundo de objetos carentes de sentido que sólo adquieren su
significado si el niño recibe un determinado tipo de crianza.

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