Sesión 9 - Shapin - La Revolución Científica
Sesión 9 - Shapin - La Revolución Científica
La revolución científica
Una interpretación alternativa
PAIDÓS
Barcelona «Buenos Ajres» México
Titulo original
The Scientific Revolution
Publicado en ingles en 1996
por The University of Chicago
Press Chicago (Illinois) y
Londres Licensed by The Um-
versity of Chicago Press
Traducción de
José Romo Feito
Cubierta de
Mano Eskenazi y
Diego Feijoo
©
1996 by The Umversity of Chicago
©
2000 de la traducción José Romo Feito
©
2000 de todas las ediciones en
castellano
Ediciones Paidos Ibérica S A
Mariano Cubi 92 08021 Barcelona
y Editorial Paidos SAICF
Defensa 599 Buenos Aires
http //w w w paidos com
ISBN 84-493-0881 X
Deposito legal B -10 034/2000
Impreso en Novagrafik S L
Vivaldi 5 - Foinvasa
Monteada i Reixac (Barcelona)
La máquina natural
8 . Los historiadores han llamado también hilozoistas a estas pautas de creencia un termi
no compuesto que se deriva de los términos griegos para «materia» y «vida» La referencia
a la naturaleza antropomorfica de la física aristotélica refleja parcialmente una caracteriza
ción polémicamente desarrollada por sus oponentes del siglo xvii Aunque la observación
acerca de la resonancia entre las categorías explicativas humanas y naturales esta bien
fundamentada es importante notar que el mismo Aristóteles previno contra la idea de que
«la naturaleza delibera»
máquina desem peñaba un papel tan fundam ental en tendencias
im portantes de la nueva ciencia que a muchos de sus exponentes
les gustaba referirse a su práctica com o la filosofía mecánica. Los
filósofos modernos disputaban sobre los límites y la naturaleza de
la explicación mecánica, pero las explicaciones de la naturaleza
propiam ente mecánicas eran reconocidas generalm ente como el La Revoiucion
científica
objetivo y el premio Sin embargo, la idea misma de interpretar la
naturaleza como si fuera una máquina y de utilizar el conocim ien
to derivado de las máquinas para interpretar la estructura física de
la naturaleza, equivalía a una violación de una de las distinciones
más básicas de la filosofía aristotélica Se trata del contraste entre
lo natural y lo artificial
La concepción que ve en la naturaleza un artífice no era des
conocida en absoluto para el pensamiento griego y romano y, en
realidad, era una idea prominente en la Física de Aristóteles La
naturaleza lleva a cabo un plan, lo mismo que el arquitecto que
construye una casa, o el armero que fabrica un escudo, ejecuta in-
tencionalm ente un plan Ya que tanto el trabajo humano como el de
la naturaleza se pueden considerar com o artífices, hay razones
para una comparación específica uno puede decir, con los griegos,
que el arte (que aquí significa «artificio» o «tecnología») imita a la
naturaleza El arte humano puede ayudar, com pletar o m odificar la
naturaleza —como es el caso de la agricultura— o puede imitar deli
beradamente a la naturaleza, como la hilandera o el tejedor emulan
el trabajo de la araña (Otros filósofos antiguos decían que el arte
culinario imitaba al Sol y que la construcción de máquinas estaba
inspirada en la observación de la rotación de las esferas celestes.)
Sin embargo, no es legítimo suponer que el arte de la naturaleza y
el arte de los humanos están en el mismo plano La naturaleza,
aunque se puede equivocar, es muy superior al artífice humano, y 52
es im posible que los hum anos com pitan con ella También se
podría considerar que esta ambición es inmoral, pues el orden del
mundo es divino y no es lícito que los humanos pretendan emular
a la divinidad Los escritores rom anos relataban historias de la
Edad de Oro, cuando los humanos vivían feliz y satisfactoriam ente
sin arquitectos, tejedores o, en algunas versiones, incluso sin agri
cultura. El arte humano y el natural resultaban opuestos en la
misma medida en que se comparaban Y en el pensamiento tradi
cional, las razones de esta oposición eran otras tantas razones que
servían para negar que fuera legítimo utilizar ingenios artificíales
¿Que se sabia'5 para interrogar o modelar el orden natural
Sin embargo, una condición previa de la inteligibilidad de la
filosofía mecánica de la naturaleza, y de su posibilidad practica,
era la eliminación de esa distinción aristotélica, tal y como había
sido desarrollada y salvaguardada a lo largo de la Edad Media y
el Renacimiento A lgunos escritores, como por ejemplo Bacon,
hicieron de ese rechazo la base de una historia natural reform a
da - d e manera que ahora incluyera los productos del arte hum a
no— y de una actitud mas optim ista hacia el potencial del arte
hum ano «Lo artificia l no difie re de lo natural por su form a o
esencia [ .] ni importa, con tal de que las cosas estén dispuestas
para producir un efecto, que este resulte producido por medios
hum anos o de otra manera» Esta con cepción bacom ana fue
generalm ente aprobada por los filósofos mecamcistas del siglo
xvn En Francia, el atomista Pierre Gassendi (1 5 9 2 -1 6 5 5 ) escri
bió que «en lo que respecta a las cosas naturales, las investiga
mos del mismo modo que investigam os las cosas que hemos
hecho nosotros mismos» Y el filó s o fo y m atem ático fra ncés
René Descartes (1 5 9 6 -1 6 5 0 ) proclamó que «no hay diferencia
entre las máquinas que construyen los artesanos y los cuerpos
diversos que solo ía naturaleza compone», excepto que las pri
meras deben guardar necesariamente proporcion con el tamaño
de las manos de los que las construyen, mientras que las máqui
nas que producen los efectos naturales pueden ser tan pequeñas
53 que resulten invisibles «Es seguro», escribió Descartes, «que no
hay reglas en mecánica que no se cumplan en física, de la cual la
mecánica es una parte o un caso particular (de modo que todo lo
que es artificial es tam bién natural), pues no es menos natural
que un reloj, que está com puesto del número necesario de rue
das, indique las horas, que un árbol que ha crecido de una u otra
semilla, produzca un fru to particular.» Se puede com parar legíti
m am ente el calor del Sol con el fue go terrestre; el oro supuesta
m ente producido por el alquim ista es el m ism o que el que se
encuentra en la Tierra de form a natura!; la física apropiada para
com prender las máquinas hechas por los hum anos puede ser la
misma que la que se requiere para com prender los m ovim ientos LaRevoiuaon
científica
celestes; y, como veremos, se puede considerar que las causas
de tod os los e fe cto s natura les p e rc e p tib le s provienen de las
acciones de «micromáquinas». En el siglo xvn estaba muy exten
dida la convicción de que los hum anos sólo pueden conocer con
se g urid ad lo que ellos m ism os c o n stru ye n con sus m anos o
modelan con su mente.
De todos los instrum entos m ecánicos cuyas características
pueden servir como modelo del mundo natural, el reloj es el que
más atrajo a muchos filósofos naturales de comienzos de la edad
moderna En realidad, aplicar la metáfora del reloj a la naturaleza,
en la cultura europea de comienzos de la edad moderna, equivale
a trazar los contornos principales de la filosofía mecánica y, por
consiguiente, de la mayor parte de lo que, según la interpretación
tradicional, desempeñó un papel central en la Revolución científi
c a Los relojes mecánicos aparecieron en Europa hacia finales del
siglo xiii y, hacia mediados del siglo siguiente, los que funcionaban
mediante pesos se habían convertido en una característica razo
nablem ente habitual de las grandes ciudades. Era típico que los
primeros relojes tuvieran su maquinaria a la vista y, por tanto, se
entendía muy bien la relación existente entre los movimientos de
las manecillas que marcaban la hora y los medios mecánicos que
producían dichos movimientos. Hacia el siglo xvi, sin embargo, se
comenzó a encerrar los relojes en cajas opacas, de modo que sólo
eran visibles los m ovim ientos de las manecillas, no los medios 54
mecánicos que los producían Los efectos que podían producir los
relojes públicos se hicieron cada vez más com plicados y cada vez
se integraron más en la vida práctica de la comunidad. Así, por
ejemplo, m ientras que las «horas» tem porales tradicionales que
medían los relojes de sol vanaban con la estación y la latitud, las
horas que medía el reloj mecánico eran constantes en el tiem po y
en el espacio, e independientes de los ritmos naturales del univer
so o de las variadas prácticas de la vida hum ana Ahora resultaba
posible que las pautas de la actividad humana se regularan según
el tiempo mecánico, en lugar de que el tiempo se midiera con los
0Oue se sabia’ ritmos de la vida humana o los movimientos naturales
Para aquellos sectores de la sociedad europea en los que el
reloj y sus funciones reguladoras eran aspectos importantes de la
experiencia diana, esta máquina llegó a ofrecer una metáfora de un
poder, comprensibilidad e importancia enormes El atractivo de la
máquina, especialmente el reloj mecánico, como metafora extraor
dinariam ente inteligible y adecuada para explicar los procesos
naturales, no sólo sigue a grandes rasgos los contornos de la expe
riencia cotidiana con este tipo de instrumentos, sino que ademas
reconoce la potencia y legitim idad de los instrum entos como
medios de ordenar los asuntos humanos Esto es, si queremos
entender totalmente el recurso a las metáforas mecánicas en las
nuevas prácticas científicas —y el consiguiente rechazo de la dis
tinción entre la naturaleza y el arte— tendremos que entender, en
última instancia, las relaciones de poder existentes en una socie
dad europea cuyas pautas de vida, producción y orden político
estaban experimentando, a comienzos de la edad moderna, cam
bios enormes a medida que el feudalismo daba lugar a un capita
lismo incipiente
En 1605, el astrónomo alemán Johannes Kepler (1571 -1 63 0)
proclamó el rechazo de su antigua creencia en que «la causa
motriz» de los movimientos planetarios «era un alma» «Estoy muy
ocupado con la investigación de las causas físicas Mi objetivo en
este aspecto es mostrar que la máquina del universo no es similar
55 a un ser animado divino, sino a un reloj» En la década de 1630,
Descartes elaboró un conjunto de amplias analogías causales
entre los movimientos de los relojes mecánicos y los de todos los
cuerpos naturales, sin exceptuar siquiera los movimientos del cuer
po humano «Vemos que los relojes [ ] y otras máquinas de este
tipo, aunque han sido construidas por el hombre, no carecen, por
Figura 6. El reloj de la catedral de Estrasburgo El segundo reloj de la catedral,
que es al que se reitere Boyle se termino de construir en 1574 Esta ilustración
muestra el reloj tal y como se reconstruyo en la decada de 1870 No se limita a
marcar la hora, ademas indica los ciclos lunares y solares, calcula los eclipses,
etc El gallo autómata que esta situado en la parte superior de la torre izquierda
canta tres veces a mediodía en memoria de la tentación de San Pedro Fuente
Scientific American, 10 de abril de 1875
ello, del poder de moverse por sí mismas de maneras diversas»
¿Por qué no se debería explicar la respiración, la digestión, la loco-
mocion y la sensación de la misma manera que explicamos los
movimientos de un reloj, una fuente artificial o un molino7 En la
década de 1660, el filó so fo m ecam cista inglés R obert Boyle
¿Que se _>oc a ’ (1 6 2 7 -1 6 9 1 ) escribió que el mundo natural era «como si dijéra
mos, un gran reloj» Asi como el espectacular reloj de la catedral de
Estrasburgo (fig 6), que fue construido a finales del siglo xvi, utili
zaba mecanismos y movimientos para imitar los complejos movi
mientos del cosmos (geocéntrico), Boyle, D escartes y otros
filosofos mecamcistas recomendaban la metafora del reloj como
un medio, filosóficam ente legítimo para comprender la estructura y
el funcionamiento del mundo Para Boyle, la analogía entre el uni
verso y el reloj de Estrasburgo era tan fértil como exacta «Las
diversas piezas que forman esa curiosa maquina están tan bien
montadas y adaptadas entre sí, y tienen tales movimientos que
aunque las numerosas ruedas y otros mecanismos se mueven de
maneras distintas, lo hacen sin nada parecido al conocimiento o
designio, sin embargo, cada pieza realiza su cometido de acuerdo
con el fin para el que fue ideada, tan regular y uniform em ente
como si lo hiciera deliberadamente y con la preocupación de cum
plir con su deber»
Asi pues, muchos filósofos mecamcistas del siglo xvn quedaron
impresionados por varias características del reloj, y vieron en ellas
recursos metafóricos apropiados para la comprensión de la natura
leza En primer lugar, el reloj mecánico es un artefacto complejo,
diseñado y construido por personas para cumplir unas funciones
que otras personas han pensado El reloj, aunque es inanimado,
imita la complejidad e intencionalidad de los agentes inteligentes
Si no se conociera la existencia de un relojero inteligente que lo
construyó intencionadamente, se podría suponer que el reloj mismo
era inteligente y funcionaba deliberadamente La popularidad con
temporánea de los autómatas —máquinas que imitaban fielmente
los movimientos de los humanos y de los animales— impresionó
también a varios filósofos mecamcistas (vease el gallo autómata en
la fig 6). Que máquinas hábilmente diseñadas pudieran engañar a
los observadores ingenuos, haciéndoles creer que estaban viendo
algo natural y animado, contaba a favor de la legitim idad de la
metáfora mecánica. Sin embargo, la gente más avispada sabía con
seguridad que los relojes y autómatas no eran agentes inteligentes
Por lo tanto, el reloj, y otros instrum entos m ecánicos similares, La Revolución
científica
suministraban recursos valiosos a los que se esforzaban por pro
porcionar una alternativa convincente a los sistemas filosóficos que
utilizaban nociones de inteligencia y finalidad en sus esquemas del
fu n cio n a m ie n to de la naturaleza Las m áquinas pueden actuar
como los agentes intencionales, e incluso pueden sustituir el traba
jo humano intencional, y esta semejanza form aba parte de su atrac
tivo como metáforas Sin embargo, está claro que no son agentes
intencionales, y esta diferencia form aba parte de su poder explica
tivo Se puede conseguir la apariencia de designio complejo y fina
lidad en la naturaleza sin atribuir designio y finalidad a la naturaleza
material Como veremos en el capítulo 3, en el universo podría exis
tir un agente inteligente que tuviera la misma relación con la natu
raleza que la que tiene el relojero con sus relojes, pero no se debe
confundir el producto inanimado de la inteligencia con la inteligen
cia misma
El reloj era también un ejemplo de uniformidad y regularidad Si
los filósofos consideraban que el mundo natural exhibía pautas
ordenadas de movimiento, el reloj mecánico era un modelo accesi
ble de la producción mecánica de movimientos naturales regulares.
Las máquinas tenían una estructura determ inada los materiales y
movimientos requeridos para construirlas, y para hacerlas fun cio
nar, eran familiares y, en principio, e s p e c ific a re s Esto es, se juzga
ba que las m áquinas eran to ta lm e n te in te lig ib le s Según esta
representación cultural, en una máquina no había nada misterioso 58
o mágico, nada impredecible o causalmente caprichoso. La metá
fora de la máquina podría ser, pues, un vehículo para «eliminar el
asombro» en nuestra comprensión de la naturaleza o, como lo fo r
muló el sociólogo Max Weber a comienzos del siglo xx, para «el
desencantam iento del mundo» De esta manera, las máquinas pro-
porcionaban un modelo de la form a y el alcance que el conoci
miento adecuado de la naturaleza podría tener, y de cómo podrían
ser correctamente formuladas las interpretaciones humanas de la
naturaleza Se trata de pensar la naturaleza como si fuera una
maquina, de atender a las uniform idades de sus movimientos,
¿Que se *aba9 desentendiéndose de las irregularidades ocasionales que se pue
den observar incluso en las máquinas que están mejor construidas,
de interpretar la naturaleza, en la medida de lo posible, como si
fuera una maquina causalmente especificable Las interpretacio
nes de la naturaleza que adoptan esta form a son filosóficamente
adecuadas, legitimas e inteligibles
Sin embargo, debe apuntarse que, por así decir, no hay nada
«en la naturaleza» de las máquinas que impida que se las conside
re misteriosas, y una línea de pensam iento que se rem onta al
período helenístico explicaba las máquinas como si fueran algo
más que la suma de sus partes materiales Boyle, por ejemplo,
escribió acerca de la variabilidad cultural de las apreciaciones de
las maquinas Relató una historia -p robablem ente a p ó c rifa - acer
ca de los jesuítas «que, según se dice, regalaron un reloj al rey de
China, el cual consideró que era una criatura viva» El mismo Boyle
aceptaba la adecuación de una explicación formulada enteram en
te en términos de «la forma, el tamaño, el movimiento, etc, de los
muelles, contrapesos y otras partes del reloj», pero reconocía que
«no podría haber expuesto un argumento que hubiera conseguido
convencer al monarca chino de que el reloj no estaba vivo» Una
metáfora mecamca de la naturaleza implicaba, como ocurre con
todas las metáforas que se consideran legítimas, que nuestra com
prensión de ambos términos cambia con su yuxtaposición La legi
timidad de una metáfora no está sujeta a prueba.
59 Para los filósofos que tenían la misma orientación que Boyle o
Descartes, ¡a explicación mecánica de la naturaleza contrastaba
explícitam ente con el antropom orfism o y el anim ism o de gran
parte de la filosofía natural tradicional Practicar la filosofía mecá
nica suponía, por consiguiente, separarse radicalmente de los que
atribuían finalidad, intención o sensibilidad a las entidades natura-
les Las exp lica cione s m ecánicas de los fen óm e no s naturales
variaban am pliam ente Algunos filósofos se atrevían a ir más lejos
que otros a la hora de especificar la constitución mecánica de la
naturaleza En secciones posteriores de este libro se discutirá lo
que implicaba proporcionar una explicación mecánica de los fen ó
menos naturales, cuáles eran los límites de este tipo de explica- LaRevoiuaon
aentrfica
ción, y cuáles eran los dom inios en los que las explica cione s
mecánicas resultaban apropiadas Sin embargo, a pesar de estas
diferencias, todas las explicaciones mecánicas que se propusieron
en el siglo xvn estaban enfrentadas a la tradición que adscribía a la
naturaleza y a sus com ponentes, las capacidades de finalidad,
intencionalidad y sensibilidad
En el siglo xvn era un hecho bien conocido que las bombas
aspirantes no podían elevar el agua a una altura superior a diez
metros aproximadamente (fig 7) Esta incapacidad se atribuía, en
parte, a las características de los materiales que se utilizaban —por
ejemplo, la porosidad de los tubos de madera— y en parte a la doc
trin a tradicional que consideraba que la naturaleza aborrece el
vacío9 Desde el punto de vista tradicional, el hecho de que una
bomba aspirante pueda elevar el agua se debe a que, como el agua
aborrece el vacío, intenta ascender para impedir que se form e el
vacío en la parte superior del tubo Asimismo, la altura limitada de la
columna se puede considerar como una medida cuantitativa de la
intensidad con que el agua aborrece el vacío Por consiguiente, la
explicación tradicional de un efecto bien conocido, y de importancia
práctica, adscribía características intencionales a una pequeña
parte de la naturaleza, en este caso, una cantidad de agua
Los problemas planteados por los fenóm enos de las bombas
aspirantes constituyeron un punto central en la distinción entre las
filosofías de la naturaleza «nuevas» y «viejas», «mecamcistas» y 60
«aristotélicas» En 1644, el matemático italiano Evangelista Torncelli
62
de aire atm osférico La columna de agua alcanza su altura de repo
so cuando su peso es igual al del aire atm osférico que empuja con
tra su base De esta form a, Torricelli pretendía utilizar el bien
conocido funcionam iento de la balanza como modelo para com
prender los fenómenos de las bombas En realidad, la idea misma
de que el aire tiene peso es un desafio a las creencias basadas en
la noción de «lugar natural», ya que los aristotélicos sostenían que
ni el aire ni el agua pesan en sus «lugares naturales», por ejemplo,
el aire en la atmósfera y el agua en el mar
Se sabía que el mercurio es, aproximadamente, catorce veces
¿Que se sarna9 más denso que el agua Por consiguiente, la explicación mecánica
predecía que si un tubo de vidrio, cerrado en un extremo, se llena
ba de mercurio y se invertía en un recipiente que contenía este
metal, la altura del nivel de mercurio en el tubo debería ser sólo una
catorceava parte de la altura que alcanzaba el agua en las bombas
aspirantes Y esto fue lo que se observó (fig 8) «Vivimos», procla
mó Torricelli, «en el fondo de un océano del elemento aire, el cual,
mediante una experiencia incuestionable, se demuestra que tiene
peso» En realidad, Torricelli había construido el primer barómetro —
de los términos griegos para «peso» y «medida»— y muchos lo vie
ron como una confirmación decisiva de la concepción mecamca de
la naturaleza Muchos, pero no todos La idea de que el horror al
vacío desempeñaba algún papel legítimo en la explicación de estos
resultados estaba muy arraigada, y muchos filósofos de la primera
mitad del siglo xvn, que sin embargo estaban bien dispuestos hacia
el mecanicismo, pensaban que la idea era plausible El mismo
Gahleo lo pensaba así
En Francia, Pascal consideró imcialmente que el experimento
torricelliano sólo probaba que la fuerza con la que la naturaleza
aborrecía el vacio era finita Torncelli había establecido, sim ple
mente, que diez metros de agua y setenta y tres centímetros de
mercurio medían esa fuerza igualm ente bien Ya que le faltaba
confianza para formular generalizaciones acerca de la naturaleza a
partir de unos pocos efectos producidos artificialmente, Pascal no
63 estaba dispuesto a aceptar la analogía con la balanza mecánica, a
menos que pudiera variar los pesos en ambos lados En 1647,
Pascal pidió a su cuñado Florín Péner que transportara el baróme
tro torricelhano a la cima del Puy-de-Dome, un pico volcánico de
Francia centra!, para observar los cambios, si es que había alguno,
producidos en el nivel de mercurio por una altura mayor Cuando
finalm ente se hizo la ascensión, en septiem bre de 1648, se dejó al
cuidado de un monje de un convento situado al pie de la montaña
un baróm etro igual, de modo que su nivel de m ercurio pudiera ser
vir de «control». El cuñado inform ó que la altura del nivel de mer
curio en la cim a —que estaba a unos novecientos m etros por
encima del punto de partida— era aproximadamente siete metros y LaRevoiuc»
científica
medio m enor Hay menos atm ósfera capaz de eje rcer su peso
sobre el baróm etro en la cum bre que en eí pie de la montaña Se
consideró que la causa de la conducta del baróm etro era el peso
del aire y, a su vez, que el baróm etro ofrecía una medida fiable de
dicho peso Pascal, en consecuencia, anunció su conversión a la
concepción m ecánica' «Todos los efectos atribuidos al [horror al
vacío] se deben al peso y a la presión del aire, que es su única
causa real»10 Ser un filósofo mecamcista significaba preferir expli
caciones en térm inos de factores inanimados, como el peso del
aire, a las que introducían factores intencionales, como el horror al
vacío presente en la materia
M uchos filóso fos m ecam cistas contrastaron favorablem ente
sus explicaciones de los fenóm enos naturales con las que invoca
ban poderes «ocultos» En la tradición «m ágico-naturalista» del
Renacimiento, por ejemplo, era común suponer que los cuerpos
podían actuar entre sí a distancia m ediante poderes ocultos de
simpatía, atracción y repulsión Aunque los efectos de estos pode
res eran observables, los medios por los que actuaban no lo eran
(por eso se llamaban ocultos) y no podían ser especificados en
térm inos de las ordinarias propiedades «manifiestas» de la materia
sensible Las influ encia s astrológicas de los cuerpos celestes,
com o los planetas, sobre los asuntos te rre stre s se explicaban
invocando poderes ocultos A sí se explicaba que el Sol tenga el
poder de blanquear, que el ruibarbo pueda actuar como laxante y 64
10. Otros filosotos repitieron varias veces, en otras montañas, el experimento del Puy-de-
Dome Aunque el experimento original fue evidentemente decisivo para Pascal otros no pu
dieron reproducir la disminución del nivel de mercurio Tampoco faltaron recursos que permi
tieran explicar la disminución observada sin aceptar completamente la explicación mecamca,
por ejemplo señalando la posible influencia de los cambios de temperatura En el próximo
capitulo se discutirá una distinción entre el peso y la presión del aire
que el imán atraiga al hierro Se afirmaba que los efectos de todos
estos poderes eran perceptibles, pero que los poderes mismos no
se podían inferir de la apariencia manifiesta de los planetas, el Sol,
el ruibarbo o los im a n e s " El cuerpo humano (el microcosmos)
estaba conectado con el universo (el macrocosmos) mediante una
6due se sabia? sene de influencias y correspondencias ocultas No es cierto en
absoluto que los nuevos filósofos intentaran desacreditar la legiti
midad de los poderes ocultos o rechazar todas las afirmaciones
de la tradición astrológica Entre los astrónomos, Kepler y Tycho
Brahe fueron adeptos a la astrologia Asimismo, Bacon y Boyle,
por ejemplo, aceptaron sinceramente el principio de las influen
cias celestes naturales, aunque simultáneamente expresaban su
escepticism o frente a algunas formas predictivas de astrologia
que eran más ambiciosamente especificas Boyle y otros miem
bros de la Royal Society de Londres, en la decada de 16 60 y en
la siguiente, no dudaban que espíritus incorpóreos, brujas y demo
nios ejercieran efectos en el mundo natural aunque, como vere
mos, tanto el lugar de estas entidades en ¡a filosofía mecánica
como los medios utilizados para establecer la veracidad de las
afirmaciones concretas relacionadas con ellas estaban sometidos
a discusión y control Sin embargo, era característico de la nueva
práctica que se expresaran sospechas sobre una gama de afirma
ciones empíricas relacionadas con las influencias ocultas o que,
en otros casos, se intentara traducirlas a términos mecánicos y
materiales.
13. Si Bacon era reticente a aceptar el hecho el balsamo de las espadas (o «polvos de
simpatía») tuvo influyentes abogados en el siglo xvn Sir Kenelm Digby (1603-1665) cor
tesano ingles filosofo y finalmente miembro de la Royal Society de Londres, estaba satis
fecho de su eficacia lo utilizo para curar a un duelista herido que los cirujanos del rey eran
incapaces de tratar Digby también ofrecio una explicación de como curaba el balsamo, en
la que se mezclan los recursos del mecanicismo y la simpatía oculta de una manera que no
era infrecuente en la filosofía del siglo xvn
paciente «efluvios curativos» materiales y, quizás, estos efluvios
eran los que efectuaban la cura. La emisión de los efluvios mate
riales y los efectos que producía se podían explicar totalm ente
mediante principios mecánicos No se necesitaba recurrir a nada
oculto o sobrenatural Lo maravilloso en las curas de Greatrakes
¿Que se saba0 eran las causas mecánicas que actuaban en la naturaleza creada
por Dios, no las cosas supuestamente misteriosas e inmateriales