Teseo, Minotauro y Ariadna
Dos veces Atenas había entregado el terrible tributo y la fecha se acercaba nuevamente. Hacía veintisiete
años que el monstruo de Creta se alimentaba con carne de jóvenes atenienses. El pueblo comenzaba a
murmurar contra el rey. Los hombres hubieran preferido morir luchando antes que entregar a sus hijos. ¿Y
por qué el rey no destinaba a su propio hijo al Minotauro? —Iré a Creta —dijo entonces Teseo—. Y mataré al
Minotauro. Egeo trató por todos los medios posibles de disuadir a su único hijo. Pero Teseo sentía que esa
era su obligación y su misión, y no se dejó convencer. Como siempre, el barco que llevaba la triste carga de
catorce jóvenes para alimento del horror partió con velas negras. Pero el padre de Teseo hizo cargar velas
blancas, porque si su hijo lograba el triunfo, quería saberlo cuanto antes, sin esperar a que el barco tocara
puerto. En Creta, los jóvenes fueron recibidos con banquetes y festejos. Las víctimas del sacrificio debían ser
honradas y era fácil hacerlo con alegría cuando no se trataba de parientes ni amigos. Teseo se destacaba
entre los demás por su altura, su porte, su gentileza y su buen humor, que contrastaba con la actitud
temerosa y afligida de los otros. Una de las hijas del rey Minos, la rubia princesa Ariadna, se enamoró
perdidamente de él. —No temas —le decía Teseo, viendo las lágrimas correr por la cara de Ariadna, que lo
visitaba en secreto—. Luché contra criminales más feroces que el Minotauro y los vencí. Pero Ariadna sabía
que el monstruo no era el único desafío que esperaba a Teseo. Aunque lograra matarlo, ¿cómo podría salir
de ese palacio maldito, inventado para perder a sus ocupantes? Había una sola persona en Creta capaz de
ayudarla: Dédalo, el constructor del laberinto.
La ciudad griega de Atenas fue condenada a pagar un tributo al rey Minos de la isla de Creta, que consistía
en siete doncellas y siete jóvenes que eran entregados para ser devorados por el Minotauro, monstruo con
cuerpo de hombre y cabeza de toro que habitaba en un laberinto. Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, se
ofreció como parte del sacrificio con la intención de matar al monstruo.
Una noche, justo antes de la consumación del sacrificio, Ariadna puso en la mano de Teseo un ovillo de hilo.
El joven la miró desconcertado. —Lo atarás a la entrada del laberinto —dijo ella. Y Teseo comprendió. —Pero
debes prometer que me llevarás contigo a Atenas —le rogó Ariadna. Mi padre me matará si sabe que te
ayudé a escapar. Al día siguiente, los catorce jóvenes atenienses entraron al laberinto. Empujados por las
lanzas de los soldados, se vieron obligados a avanzar hasta perderse en los infinitos corredores. Pero no se
separaron. Y Teseo iba adelante. Sin que nadie lo notara, iba soltando el hilo del ovillo que le había dado
Ariadna. Pronto escucharon una respiración estruendosa y poco después un mugido gigantesco,
estremecedor, como el rugido de una fiera. El Minotauro apareció ante ellos, en todo su horror, hambriento
y feroz. La lucha fue breve. El Minotauro arremetía con toda su fuerza animal, pero manejaba con torpeza su
cuerpo de humano. Y Teseo luchaba con su enorme fuerza, pero también con su inteligencia. Cuando
consiguió matar al Minotauro, los jóvenes atenienses lo rodearon, desconsolados. — ¿Y ahora? ¡Moriremos
de hambre y sed, perdidos en el laberinto! ¿No hubiera sido mejor que nos matara el Minotauro? —se decían.
Pero Teseo no tuvo más que caminar directamente hacia la salida, guiándose por el hilo que Ariadna le había
entregado. Así salieron al exterior. Era de noche. Ariadna los estaba esperando a la salida del laberinto y se
abrazó a Teseo con pasión, con inmensa alegría.
Shua, A. M. (2012). Teseo, Minotauro y Ariadna. En Dioses y héroes de la mitología griega. México, D. F.: Alfaguara. (Fragmento).