Explotación forestal: ¿el desarrollo de unos justifica la destrucción de todos?
La explotación forestal en el Perú ha sido, durante décadas, una fuente importante de
ingresos para empresas privadas y comunidades que dependen de ellas. Sin
embargo, el impacto ambiental de estas prácticas ha dejado una profunda huella en
nuestros ecosistemas, afectando el equilibrio natural, la biodiversidad y, a largo
plazo, la calidad de vida de todos los peruanos. Surge entonces una controversia
crucial: ¿el gobierno debería implementar sanciones efectivas ante la explotación
forestal, incluso si esto afecta económicamente a las comunidades que dependen de
las grandes empresas? La respuesta debe ser afirmativa, pues la protección del
medio ambiente no solo es una necesidad ética, sino también una estrategia de
desarrollo sostenible para todos.
Uno de los principales argumentos a favor de la implementación de sanciones
efectivas es el daño irreversible que la explotación forestal ocasiona al medio
ambiente. Según el Grupo de Investigación Ambiental Andino (2023), “más del 70%
de las actividades de deforestación en la selva peruana se relacionan con acciones
ilegales o negligentes de grandes empresas madereras, que operan bajo débiles
controles estatales”. Esta realidad demuestra que sin un marco sancionador firme,
las empresas continuarán destruyendo el entorno con total impunidad.
Además, proteger los recursos naturales a través de sanciones no significa
abandonar a las comunidades que dependen de esta actividad. Por el contrario,
permite abrir paso a alternativas más sostenibles y beneficiosas a largo plazo. Ramos
y Ticona (2022) afirman que “la implementación de programas de ecoturismo,
agricultura orgánica y fitorremediación permitiría a las poblaciones locales generar
ingresos sin comprometer los ecosistemas”. En este contexto, el rol del Estado es
doble: sancionar a quienes destruyen, pero también ofrecer a las comunidades
herramientas para transformar su economía hacia modelos más responsables.
Ahora bien, quienes se oponen a estas sanciones argumentan que muchas familias
quedarían desempleadas y que ello profundizaría la pobreza en regiones vulnerables.
No obstante, esta postura ignora que la pobreza ambiental también es una forma de
violencia. Destruir los bosques significa perder fuentes de agua, cultivos, especies
medicinales y servicios ecosistémicos esenciales. En palabras de la Red
Latinoamericana de Bosques (2021), “la justicia ambiental implica dejar de sacrificar
los territorios rurales en nombre del crecimiento económico”. Por lo tanto, proteger el
ambiente no es un lujo, sino una urgencia social.
En conclusión, el gobierno debe aplicar sanciones efectivas a las empresas que
practican la explotación forestal irresponsable, aun si esto implica una
transformación económica en ciertas comunidades. Es momento de comprender
que el desarrollo verdadero no puede construirse sobre la devastación de nuestros
recursos naturales. Apostar por modelos sostenibles, inclusivos y justos es el primer
paso para garantizar una vida digna para todos, hoy y en el futuro.
Nombres de los integrantes.
Molly Martínez
Kevin Abraham Castro Gonzales
Chunga Villegas Yadira Nicole Guadalupe
Deyvis Astahuaman Melendres