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Eadyth instruye a Moraine y Siuan sobre la importancia de la jerarquía y la deferencia entre las Aes Sedai, enfatizando que deben ceder ante aquellas de mayor poder. A pesar de sus temores, ambas se dan cuenta de que están más cerca de alcanzar su máximo potencial de lo que pensaban. La interacción con otras Aes Sedai revela las complejidades de su nuevo entorno y la necesidad de adaptarse rápidamente a las normas establecidas.

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Eadyth instruye a Moraine y Siuan sobre la importancia de la jerarquía y la deferencia entre las Aes Sedai, enfatizando que deben ceder ante aquellas de mayor poder. A pesar de sus temores, ambas se dan cuenta de que están más cerca de alcanzar su máximo potencial de lo que pensaban. La interacción con otras Aes Sedai revela las complejidades de su nuevo entorno y la necesidad de adaptarse rápidamente a las normas establecidas.

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demostrarlo abiertamente sería extraño, pero también Eadyth imitó esa expresión casi

con exactitud cuando las hizo pasar y las condujo a unos sillones mullidos, delante de
la chimenea de la sala de estar, donde danzaban las llamas de un agradable fuego. Y
después se quedó de pie, calentándose las manos, como si se sintiera reacia a hablar.
No les ofreció té ni vino ni les dio ningún tipo de bienvenida. Siuan rebulló con
impaciencia en el borde del asiento, pero Moraine se obligó a permanecer inmóvil.
Con dificultad, pero lo hizo. La presión de los Tres Juramentos resultaba
especialmente incómoda al estar sentada. Guardar silencio, oír y observar.
La sala de Eadyth era más grande que las suyas, con una cornisa tallada en forma
de olas y dos tapices de flores y pájaros de vivos colores en las paredes, aunque las
lámparas de pie eran igualmente sencillas. El macizo mobiliario era de madera
oscura, con incrustaciones de marfil y turquesa, excepto la delicada mesita que
parecía tallada en marfil o hueso. Llevara mucho o poco tiempo ocupando esos
aposentos, Eadyth les había dado unos cuantos toques personales, como por ejemplo
un alto jarrón de brillante porcelana amarilla de los Marinos, un ancho cuenco de
plata batida y un par de figurillas de cristal —un hombre y una mujer tendiéndose la
mano— sobre la repisa de la chimenea. Todo ello no le revelaba nada, salvo que la
mujer de cabello blanco tenía buen gusto y compostura. Callar, oír y observar.
Siuan rebullía en el mullido asiento y parecía a punto de levantarse cuando
finalmente Eadyth volvió el rostro hacia ellas. Se cruzó de brazos y respiró hondo.
—Durante seis años se os ha enseñado que la segunda grosería mayor es referirse
a la fuerza de alguien en el Poder Único. —De nuevo los labios se fruncieron
levemente—. A decir verdad, me resulta difícil hablar de ello, por muy necesario que
sea. Durante seis años se os ha disuadido contundentemente de pensar en vuestra
propia fuerza en el Poder o de la de cualquier otra. Ahora tenéis que aprender a
comparar vuestra fuerza con la de cada hermana con la que os encontréis. Con el
tiempo, será un acto reflejo y lo haréis sin pensar, pero debéis ir con mucho cuidado
hasta que lleguéis a ese punto. Si otra hermana está por encima de vosotras en el
Poder, sea del Ajah que sea, debéis ceder ante ella. Cuanto más alta se encuentre, más
ha de ser vuestra actitud deferente. No hacerlo es la tercera grosería mayor, y es
tercera sólo por un pelo. La razón más habitual de que las hermanas nuevas reciban
un correctivo es un paso en falso en ese sentido; y, puesto que la penitencia la
establece la hermana ofendida, rara vez es leve. Un mes o dos de Trabajos
Domésticos o de Privación es lo más liviano que podéis esperar. La Mortificación del
Espíritu o la Mortificación de la Carne no son castigos insólitos.
Moraine asintió lentamente con la cabeza. Por supuesto. Eso explicaba la
deferencia de Elaida hacia Meilyn y que Rafela cediera ante Leane. Y Cabriana;
Cabriana no era fuerte en absoluto. Aquella idea resultaba muy dura. Cuando la Torre
Blanca quería poner freno a algo, lo ponía de forma contundente y absoluta. Luz, la

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Torre las despojaba de algo, y después les hacía utilizar eso mismo para determinar la
jerarquía. Qué enredo. Al menos Siuan y ella eran casi iguales en fuerza y
seguramente lo seguirían siendo cuando alcanzasen todo su potencial. Hasta ese
momento habían avanzado al mismo paso. No habría parecido natural que Siuan
tuviera que ceder ante ella.
—¿Hemos de obedecerlas? —preguntó Siuan, que por fin no había aguantado
sentada y se había puesto de pie. Eadyth suspiró sonoramente.
—Creía haber hablado con claridad, Siuan. Cuanto más por encima de ti esté una
Aes Sedai, mayor ha de ser tu deferencia. Me desagrada sobremanera hablar de esto,
así que por favor no me hagas repetir las cosas. Funciona igual en el otro sentido,
naturalmente, pero debéis recordar que la norma no se aplica si el Ajah o la Torre
sitúa a alguien por encima de vosotras. Si se os incluye en una embajada, por
ejemplo, debéis obedecer a la emisaria de la Torre como me obedeceríais a mí aunque
la fuerza de esa mujer apenas llegara para someterla a la prueba de Aceptada. Bien.
¿Os ha quedado claro esto? Estupendo, porque, al menos en lo que a mí respecta,
siento la urgente necesidad de limpiarme los dientes. —Y las hizo salir de sus
aposentos como si realmente fuera a frotárselos con sal y bicarbonato.
—Tenía un miedo horrible —comentó Siuan cuando se encontraron en el pasillo
—, pero eso no está nada mal. Había pensado que tendríamos que empezar desde
abajo, pero resulta que ya no estamos lejos del nivel superior. Dentro de cinco años
nos encontraremos más cerca aún. —Se pensara en ello o no, todas lo sabían cuando
llegaban al máximo de fuerza; la extensión de tiempo podía variar considerablemente
de una mujer a otra, pero siempre era un ascenso suave, en línea recta.
—Yo también estaba asustada —admitió Moraine con un suspiro—, pero la cosa
no es tan sencilla como puede parecer según lo explicas tú. ¿En qué punto la
deferencia se convierte en obediencia? Aunque ella no lo llamó así, es eso lo que
significa. Hemos de observar atentamente a las otras hermanas y, hasta que estemos
seguras, más vale pecar de prudentes. Dentro de un mes tengo intención de
encontrarme a leguas de Tar Valon, no sudando en una granja al otro lado del río.
Siuan resopló.
—Así que iremos con precaución. ¿Y qué otra cosa hemos hecho los últimos seis
años? Aunque todavía puede ser peor. ¿Qué te parece si llevo mi bandeja a tus
aposentos y desayunamos juntas?
Sin embargo, antes de que llegaran a su alojamiento las interceptó otra Aes Sedai,
una mujer alta, de cara cuadrada y el cabello de color gris acerado tejido en multitud
de trencillas, rematadas con cuentas azules, que le llegaban a la cintura. Llevaba un
vestido azul cielo. Moraine había dado por sentado que todas las hermanas Azules
habían estado presentes para darles la bienvenida, pero no recordaba haber visto a
ésta. Se obligó a captar la habilidad de la mujer, su fuerza, y comprendió que era casi

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tan grande como lo serían la suya propia y la de Siuan cuando llegaran al máximo. A
buen seguro que en este caso era algo más que deferencia lo que se requería.
¿Deberían hacer una reverencia? Decidió esperar en actitud cortés, con las manos
enlazadas en la cintura.
—Soy Cetalia Delarme —se presentó la hermana con un fuerte acento tarabonés
mientras miraba a Moraine de arriba abajo—. Por la descripción que me han hecho de
ti, «la bonita muñequita de porcelana», debes de ser Moraine.
Moraine se puso tensa. ¿Una bonita… muñequita de porcelana? Sólo merced a un
ímprobo esfuerzo fue capaz de conservar el gesto sereno y no apretar los puños. La
ayudó a no hacerlo la idea de esa granja de trabajo. Sin embargo, Cetalia ya no tenía
centrada su atención en ella.
—Lo cual significa que tú eres Siuan, ¿verdad? Me han contado que eres muy
buena resolviendo acertijos y enigmas. ¿Qué te parece este pequeño rompecabezas?
—preguntó al tiempo que le tendía una pequeña rima de páginas.
Siuan frunció el entrecejo a medida que leía, al igual que Moraine, que había
vuelto la cabeza hacia los papeles que sostenía su amiga y también leía. Siuan pasaba
las hojas demasiado deprisa y a Moraine no le daba tiempo a pillarlo todo, pero le
daba la impresión de que sólo eran nombres de naipes que no guardaban orden
alguno a su modo de ver. Al Soberano de Copas le seguía el Caballero de Vientos; al
Soberano de Llamas, la Dama de Cetros; aunque también al cinco de Monedas le
seguía el cuatro de Copas. ¿Un acertijo? Una estupidez, es lo que era.
—No estoy segura —dijo finalmente Siuan mientras le devolvía las hojas. Eso
resolvía el asunto. Si hubiese sido un acertijo, habría encontrado la solución.
—¿No? —El monosílabo estaba cargado de decepción, pero al cabo de un
momento Cetalia continuó al tiempo que ladeaba la cabeza con un gesto pensativo
que hizo tintinear suavemente las cuentas de las largas trencillas—. No has dicho que
no lo sabes, lo que significa que has captado algún indicio. ¿De qué no estás segura?
—Existe un juego sobre el que leí algo —respondió lentamente Siuan—. Un
juego de cartas con el que se distraen las mujeres acaudaladas y que se llama
Ringleras. Hay que colocar los naipes en orden descendente siguiendo una serie de
pautas, pero sólo algunos palos de la baraja pueden ponerse sobre otros. Creo que
alguien apuntó en esas hojas cómo jugó cada naipe. En una partida ganadora.
—¿Y eso lo sabes sólo por haber leído algo sobre el juego? —Cetalia tenía una
ceja enarcada.
—La hija de un pescador no puede permitirse el lujo de jugar a las cartas —
repuso secamente Siuan.
En los ojos de Cetalia asomó una expresión peligrosa, y Moraine temió que iba a
caerle una penitencia.
—Apostaría a que Moraine ha jugado a Ringleras —se limitó a decir la hermana

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tarabonesa, sin embargo—. No obstante, sospecho que ella habría supuesto que sólo
era una lista incoherente de naipes o algo por el estilo. La mayoría pensaría eso. Pero
tú, que sólo has leído algo sobre el juego, dedujiste la respuesta correcta.
Acompáñame. Tengo unos cuantos acertijos más con los que quiero tantear tu
capacidad.
—Todavía no he desayunado —protestó Siuan.
—Ya desayunarás después. Ven. —Obviamente, Cetalia pensaba que se le debía
algo más que una mera deferencia.
Moraine siguió con la vista a Siuan, que fue de mala gana en pos de Cetalia
corredor adelante, y dirigió a la espalda de esta última una mirada irritada. Ese
comportamiento rayaba en la grosería. Por lo visto existían gradaciones. Bueno,
también en el Palacio del Sol había matices en todo. Pero sólo tendrían que soportarlo
poco tiempo. Al cabo de una semana se habrían marchado y, en lo que a ella
concernía, no pensaba regresar hasta haber alcanzado el máximo de su fuerza.
Excepto para informar a Tamra dónde se encontraba el niño, claro. Que fueran ellas
quienes lo encontraran sería realmente maravilloso.
Las gachas del desayuno todavía se conservaban lo bastante calientes como para
resultar comestibles, y Moraine se acomodó melindrosamente en un sillón mullido,
delante de la mesa; pero, antes de que hubiese probado dos bocados, entró Anaiya,
que era casi tan fuerte en el Poder como Cetalia, de manera que Moraine soltó la
cuchara de plata y se puso de pie.
—Te diría que siguieras sentada y comieras —empezó la mujer de aspecto
maternal—, pero Tamra ha enviado a una novicia a buscarte. Le dije a la pequeña que
yo te comunicaría el mensaje porque quería ofrecerte la Curación. En ocasiones
puede ayudar con la presión de los Juramentos.
Moraine enrojeció. Todas sabían lo incómoda que se sentía ahora, por supuesto.
¡Luz!
—Gracias —dijo después, tanto por la Curación (pues, aunque la presión no
menguó un ápice, sí resultaba más «cómoda» de soportar) como por la pista. Si no
tenía que ponerse de pie en presencia de Anaiya, seguramente tampoco tenía que
obedecerla. A menos que Anaiya sólo estuviera mostrándose cortés, desde luego.
Faltó poco para que Moraine suspirara. Era preciso observar más a fondo para llegar
a cualquier conclusión.
Salió del sector Azul con el chal ceñido firmemente sobre los hombros —no
estaba dispuesta a salir sin él todavía; para empezar, protegía del frío— y se preguntó
qué querría Tamra de ella. Sólo se le ocurría una posibilidad. Ahora que Siuan y ella
eran hermanas de hecho, quizá Tamra se proponía incluirlas entre las rastreadoras.
Después de todo, ya lo sabían. Ninguna otra cosa tenía sentido. Aceleró el paso
empujada por el anhelo.

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