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Hume

El empirismo es una filosofía que sostiene que el conocimiento se origina en la experiencia sensible, rechazando la existencia de ideas innatas y la validez del conocimiento racionalista. David Hume, uno de sus exponentes más destacados, argumenta que las impresiones son la base del conocimiento y critica la noción de causalidad, sugiriendo que esta se basa en la costumbre más que en una conexión necesaria. Hume también niega la existencia de sustancias y del 'yo', proponiendo que nuestras creencias sobre el mundo externo son meramente instintivas y no racionales.

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Hume

El empirismo es una filosofía que sostiene que el conocimiento se origina en la experiencia sensible, rechazando la existencia de ideas innatas y la validez del conocimiento racionalista. David Hume, uno de sus exponentes más destacados, argumenta que las impresiones son la base del conocimiento y critica la noción de causalidad, sugiriendo que esta se basa en la costumbre más que en una conexión necesaria. Hume también niega la existencia de sustancias y del 'yo', proponiendo que nuestras creencias sobre el mundo externo son meramente instintivas y no racionales.

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3. EL EMPIRISMO.

CARACTERÍSTICAS GENERALES
La filosofía empirista, como la racionalista, se pregunta cuál es el criterio que
permite saber con seguridad que las ideas que poseemos son verdaderas y responden a
algo objetivo.
Sin embargo, para responder a este problema, el camino que sigue es radicalmente
diferente al racionalista. No trata tanto de buscar el método que permita llegar a
adquirir verdades absolutas, sino de conocer los límites del entendimiento que
permitan ejercer legítimamente su actividad: si el entendimiento se sale de esos
límites, no tiene ninguna posibilidad de alcanzar la realidad.
Y todos los filósofos empiristas coinciden en afirmar que los límites de la actividad
legítima del entendimiento vienen dados por la experiencia.

Solo son válidas las ideas que tienen su origen en la experiencia sensible. Por eso, el
camino que utilizan para señalar si los conocimientos son válidos o no es el de analizar
cómo se forman esos conocimientos. Inauguran, así, un método de análisis del
conocimiento que es histórico y psicológico al mismo tiempo, y con el que se proponen
encontrar los datos de la experiencia sensible a partir de los cuales la mente constituye
el conocimiento y la manera en que opera la mente después de la recepción inicial de
esos datos.

Esta filosofía empirista se desarrolló básicamente en Reino Unido en los siglos XVII y
XVIII a partir de las filosofías de Thomas Hobbes, John Locke, George Berkeley y, sobre
todo, David Hume, que la llevó hasta sus más radicales consecuencias.

Características del empirismo

Se opone al racionalismo.

No existen ideas innatas. Al nacer, la mente es una página en blanco que se va


llenando con la experiencia.

El conocimiento no procede de la razón.


Confianza en la información de los sentidos. Conocemos la realidad a través de las
percepciones. El único conocimiento cierto procede de la experiencia.

Intuición entendida como conocimiento sensorial directo.

Primacía del razonamiento inductivo.

Critica de la metafísica como conocimiento. Niega la existencia de lo suprasensible,


de lo no verificable empíricamente.

Las proposiciones, incluso las de las teorías científicas, deben verificarse


empíricamente.

4. EL EMPIRISMO DE HUME
La filosofía de David Hume supone la crisis de las filosofías metafísicas y racionalistas.
Locke pretendía no aceptar más que aquello que pudiera obtenerse por la experiencia.
Pero su «realismo razonable» le hizo seguir admitiendo la existencia de las cosas
externas, del propio «yo» y de Dios. Hume, más consecuente y radical, llega a la
conclusión de que la experiencia no proporciona más que puras impresiones y, por lo
mismo, ni existe Dios ni existen las cosas y, ni siquiera, existe el «yo».

Hume quiere ser el Newton de las ciencias humanas. Este había muerto no hacía
mucho y, en su obra Principios matemáticos, había consumado el proyecto de la
revolución científica iniciado por Copérnico dos siglos antes. Su teoría de la gravitación
universal explicaba las órbitas y los movimientos de los planetas, el flujo de las mareas,
la caída de los cuerpos, etc. Y todo ello gracias al empleo del método empírico.

Hume pretende aplicar el mismo método a las ciencias humanas y morales. Para ello,
elabora una teoría de la mente —el «asociacionismo»— con la que trata de explicar el
conocimiento humano de la misma manera que Newton había explicado los fenómenos
físicos con su teoría de la gravitación universal. Las ideas serían como los átomos de la
mente y estaría gobernadas por el «principio de asociación», formando un sistema de
mecánica mental auténticamente newtoniano. El intento no era tan sencillo y las
dificultades que fue encontrando le obligaron a ir dejándolo hasta casi olvidarlo.
David Hume (1711-1776)
Nace en Edimburgo en el seno de una rica familia de terratenientes. Después de
trabajar un tiempo con su padre en Bristol, se traslada a Francia —a La Flèche, donde
había estudiado Descartes—, y permanece allí de 1734 a 1737. Lleva una vida austera y
es un decidido defensor de la libertad personal. Gran parte de su vida transcurre fuera
de su país, ya que tiene cargos en diversas legaciones, lo que explica que su obra tenga
más repercusión en otros países que en Inglaterra. Acuciado por el deseo de celebridad
literaria —su «pasión dominante» como él mismo la llama—, escribe su primera y
fundamental obra: Tratado de la naturaleza humana (1738). Además, escribe Ensayos
políticos y morales (1741), Historia natural de la religión (1757) y Diálogos sobre la
religión natural (1779).

4.1 IMPRESIONES E IDEAS

Para Descartes, y también para Locke, todos los conocimientos eran en principio
«ideas» de la mente. Todo lo demás solo era conocido secundariamente a través de las
ideas. Hume, aceptando el mismo planteamiento, encuentra, sin embargo, el
término idea impreciso y lo sustituye por percepción. Los conocimientos son, pues, para
él primariamente percepciones.

Ahora bien, no todas las percepciones, no todos los conocimientos, son iguales.
Hume se fija en que unos son más intensos que otros, más vivaces, que en ellos se
perciben más detalles y, además, se imponen sin que el sujeto pueda evitarlo (la mesa
sobre la que se encuentra, por ejemplo). A este tipo de percepciones Hume las
llama impresiones. Estas pueden ser de dos tipos: de sensación (aquellas causadas por
una sensación externa, como, por ejemplo, ver algo) o de reflexión (aquellas causadas
por una sensación interna, como, por ejemplo, sentir amor).

¿Qué ocurre cuando esa persona abandona la mesa y se va a otro lugar? Si recuerda
la mesa, su percepción ha perdido intensidad y vivacidad; ya no percibe con la misma
claridad todos los detalles. Es como una imagen debilitada de la impresión que tenía
antes. A este segundo tipo de percepciones las llama ideas. De modo que, para Hume,
las ideas son imágenes debilitadas de las impresiones. Toda idea deriva de una
impresión y no existen ideas de las que no se haya tenido anteriormente una
impresión.

Locke, después de proclamar que todos los conocimientos tenían que venir de la
experiencia, acabó admitiendo la realidad de las cosas, la existencia de Dios y del yo
sustancial más allá de la experiencia. Hume se mantiene, en cambio, irreductible: todo
el conocimiento se reduce a impresiones y a las copias debilitadas de estas impresiones
—las ideas—. En este planteamiento, está ya en germen su escepticismo —no se puede
conocer con certeza nada más allá de las percepciones— y su fenomenismo —la
pretendida realidad, las cosas, el yo mismo, son una pura colección de percepciones
unidas por la imaginación—.

Todos los conocimientos que el ser humano posee, sean impresiones o ideas, se le
presentan con «orden y regularidad». Siempre la misma mesa, la misma habitación, el
mismo compañero… Ello se debe a unos principios que unen y asocian entre sí las
impresiones, las llamadas «leyes de la asociación» y que Hume reduce a tres: la
semejanza, la contigüidad espacio-temporal y la causalidad. Una fotografía hace
pensar en la persona fotografiada —semejanza—; el recuerdo de una clase, en el
pasillo de la entrada —contigüidad—, y el dolor de una quemadura, en el fuego que la
produjo —causalidad—.
El conocimiento en Hume

Tipos de conocimiento según Hume

La relación de ideas. Se rige por el principio de contradicción: su contrario es


imposible porque implica contradicción. Es el campo de los conocimientos matemáticos
y de la lógica.

El conocimiento de hechos. Depende de las relaciones de contigüidad espacio-


temporal y de causalidad. Su justificación última solo puede estar en la experiencia. Su
contrario es posible porque no implica contradicción.

4.2 RELACIONES DE IDEAS Y CONOCIMIENTOS DE HECHOS


De acuerdo con esta clasificación, distingue Hume dos tipos de conocimientos:

El que establece relaciones de ideas, organizándolas según el principio de la


semejanza. Se rigen por el principio de contradicción. Es el campo de los conocimientos
matemáticos y la lógica. «Dos más tres son cinco» o «el todo es mayor que la parte»
son conocimientos verdaderos, rigurosos y válidos universalmente; constituyen
verdadera ciencia. Su verdad se puede descubrir por el simple análisis de los términos
que los componen. Son, por ello, verdades analíticas que están regidas por el principio
de contradicción.

El conocimiento de hechos, que depende de las relaciones de contigüidad espacio-


temporal y de la causalidad, cuya última justificación solo puede estar en la experiencia
y cuyo contrario es posible. Cuando depende de una relación espacio-temporal, como
esta puede ser percibida, no hay problema; el problema se plantea cuando el
conocimiento depende de la causalidad.

4.3 LA CRÍTICA A LA CAUSALIDAD

En efecto, cuando se afirma que una cosa es causa de otra, no existe impresión
alguna en la que basar esa afirmación. La mente, al hacerla, va más allá de lo que está
inmediatamente presente. En virtud de la causalidad se pretende inferir una cosa o un
acontecimiento de otra cosa o acontecimiento: se espera del fuego que queme y se
entiende que el fuego es causa de la quemadura. Para los filósofos clásicos y
racionalistas, la relación entre causa y efecto era necesaria.

La proposición «todo lo que empieza tiene una causa» era una proposición necesaria
y evidente, a la que se daba el nombre de principio de causalidad. Se creía que estaba
basada en la intuición y se suponía que era una de esas máximas que los seres
humanos no pueden poner realmente en duda.
Hume, sin embargo, considera que el llamado «principio de causalidad» no tiene
valor por sí mismo a priori. Su validez solo puede provenir de la experiencia y no existe
ninguna experiencia de la causalidad.

Si la hubiera, se podrían descubrir los efectos de una cosa, aunque esta se viera por
primera vez, y no es así. Como dice Hume: «Adán no hubiera podido inferir de la fluidez
del agua que podía ahogarse, o de la luz y el calor del fuego que podía abrasarle». Solo
la experiencia, que muestra la constante conjunción de dos clases de acontecimientos,
permite inferir uno de otro, estableciendo de este modo la relación de causalidad.
Esta constante unión lleva a pensar que hay una conexión necesaria entre la causa y
el efecto. Pero ¿existe realmente esta conexión necesaria? Hume, analizando la
relación que hay entre la causa y el efecto, descubre que en esa relación solo hay
contigüidad y sucesión. Cuando se produce un choque y el movimiento de un cuerpo es
considerado causa del otro, ambos cuerpos están próximos —contigüidad— y el
movimiento del primero es anterior al movimiento del segundo —sucesión—. Pero la
contigüidad y la sucesión no son causalidad. Un objeto puede ser contiguo y anterior a
otro sin que sea su causa. Dos relojes, por ejemplo, podrían dar la hora uno
inmediatamente después del otro sin que el primero fuera la causa del segundo. Para
que haya causalidad, tiene que darse una «conexión necesaria» entre el primero y el
segundo.

Cuando se admite el valor del principio de causalidad, se afirma que ese principio se
basa en una intuición, «que es una de esas máximas que los seres humanos no pueden
poner en duda»; pero, si se examina ese principio, se ve que no hay en él rastro alguno
de certeza intuitiva, que su valor solo se podría justificar a partir de la experiencia y que
esta no lo justifica en modo alguno.

La experiencia proporciona ciertamente fenómenos que son contiguos y de los que


uno precede al otro. Pero ¿hay realmente conexión necesaria entre ellos? Fijándose,
por ejemplo, en lo que ocurre cuando chocan dos bolas de billar, se puede ver que la
primera se mueve hacia la segunda y, al llegar a ella, se detiene y la segunda se pone en
movimiento. Se piensa, entonces, que el movimiento de la primera es causa del
movimiento de la segunda, pero ¿se capta eso realmente en la experiencia? La
experiencia únicamente atestigua que la primera bola se mueve, y que, al llegar a la
segunda, la primera se para y empieza a moverse la segunda. Nada más; no existe
ninguna impresión de «conexión necesaria».

Claro que se sabe, también por la experiencia, que suele ocurrir siempre de la misma
manera: cuando la primera bola llega a la segunda, esta se pone en movimiento. Suele
ocurrir que causas semejantes producen efectos semejantes.
Y esto es lo que lleva a hablar de causalidad, aunque no esté en absoluto justificada
por la experiencia. Es más bien una suposición, un supuesto de la experiencia. Es
imposible demostrar que el futuro será semejante al pasado. La experiencia no lo
garantiza en absoluto.
Es cierto que los seres humanos «creen» en la causalidad y que, además, esa
creencia es fundamental en sus vidas. Pero la causalidad, la «conexión necesaria» que
supone, no existe. El origen de la creencia no es otro que la costumbre y el hábito.
Cuando dos cosas van habitualmente unidas, los seres humanos se acostumbran a
esperar que, si ocurre la primera, ocurrirá a continuación la segunda. La costumbre les
hace esperar, por ejemplo, que al día siguiente vuelva a salir el sol o que el fuego les
queme si se acercan mucho a él. Es la costumbre la que les hace confiar en que el curso
de la naturaleza seguirá siendo como hasta el presente. En el fondo, el problema se
reduce, pues, a la cuestión: ¿se percibe alguna relación entre la causa y el efecto?
Hume cree que no. Y si no se tiene impresión de esa relación, no se puede afirmar la
existencia de la causalidad.

El principio de causalidad de Hume


4.4 CRÍTICA A LA SUSTANCIA. LA EXISTENCIA DEL MUNDO
EXTERNO

Locke había definido la sustancia como «no sé qué sujeto, totalmente desconocido
para mí, que se supone ser el sostén de las cualidades primarias que excitan mis
sentidos». La sustancia es el soporte de las cualidades —la forma, el color, la dureza,
etc.— de algo están unidas y forman ese algo porque existe una sustancia, que no
percibimos, que los mantiene unidos.

Pero ya sabemos que Hume solo admite la percepción, y, de esa desconocida y


supuesta sustancia, no tenemos percepción alguna. Para Hume, no existen
sustancias. Los seres humanos, normalmente, creemos en la existencia de un mundo
externo, de un mundo que está más allá de las impresiones y que es distinto de ellas,
de un mundo externo de cosas que tienen una existencia continuada e independiente
de ellos mismos y que es el origen de las impresiones. Pero ¿es legítima esta creencia?,
¿se puede demostrar?

Hume, que solo está dispuesto a aceptar aquello de lo que se posean impresiones o
que se deduzca necesariamente de ellas y no acepta la causalidad, no puede pasar de
las impresiones a algo diferente de ellas. La existencia de un mundo exterior en el que
existen cosas independientes del ser humano en las que se originan las impresiones es
fruto de una creencia poco racional. La existencia de cosas externas independientes de
los sujetos —la existencia de las sustancias— es algo que se acepta por puro
sentimiento o instinto, y no por argumentación racional: una creencia que proviene de
la gran intensidad y vivacidad de las impresiones. Por ello, él mismo afirma que,
cualquiera que sea la opinión del filósofo, «dentro de una hora estaré convencido de
que existen tanto un mundo externo como un mundo interno».

4.5 EXISTENCIA, UNIDAD E IDENTIDAD DEL YO

Hume trata de llevar a rajatabla el criterio empirista y está dispuesto a no aceptar


nada de lo que no se tengan impresiones. Ahora bien, ¿se posee experiencia del yo?
Aparentemente, sí. Cualquier persona ve cosas a su alrededor, siente calor o frío, está
alegre o triste, sufre un dolor de muelas… Cualquiera posee, pues, muchas impresiones.
Pero ¿es alguna de esas impresiones impresión de su yo? ¿Hay alguna impresión en la
que capte su yo como capta los colores o los sonidos?

Hume afirma, rotundamente, que no. Se tienen impresiones de cosas que pasan,
pero no del propio yo. Hay, es cierto, en cualquier ser humano una pluralidad de
impresiones ligadas entre sí por la semejanza y la causalidad. Y, en virtud de esta
última, se supone que esas impresiones son causadas por un yo que se mantiene
idéntico. Pero la causalidad no tiene valor para Hume. Se ha de considerar el yo como
una pura colección de impresiones, una gavilla o haz de impresiones. Hume lo compara
con un Estado, constituido por diversos ciudadanos, vinculados entre sí por unas leyes y
sometidos a un Gobierno. Pueden cambiar los ciudadanos —las impresiones— y las
leyes —las distintas relaciones entre impresiones—, pero el Estado sigue existiendo.

La sustancia en Hume

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