El Rey “Bianco”
Giovanna Spinnato
EL REY BIANCO Y EL ESPECTRO SOLAR
Negro y brillante es el inmenso espacio.
Negro y sin brillo es el infinito.
En la Nada reside el Todo.
La Nada contiene el Todo y, en el Todo se esconde,
La Nada negra del inconmensurable Infinito.
Muy lejos de la Nada, en un perdido rincón del Todo, titilaba un punto, parecido a una
gota de rocío sobre terciopelo negro.
Ese puntito, que brillaba misterioso y juguetón, era un mundo milagroso, un mundo de
luz hundido en el espacio infinito.
Había otros mundos, sin embargo, ninguno tenía tanto brillo y tan intensa vida propia
como aquél, tanto que los restantes pasaban desapercibidos.
Su luz inflamaba cuanto tocaba, pero ningún objeto iluminado podía compararse con el
esplendoroso reino del Rey Bianco, que era emisario y fuente legítima de la
enceguecedora luz.
El reino blanco, gigantesco espectro, era gobernado por el indiscutido soberano Rey
Bianco.
Sobre la cima más alta de ese iridiscente mundo surgía, majestuoso, su blanco
castillo.
Todo era blanco en el palacio y en el reino del rey Bianco: blancas las calles, blancos
los campos, por que aquel era el reino de la pulcritud, del orden y de la armonía.
En ese reino, hecho de luz, se desconocían los ocios y se aborrecían los vicios; en él
palpitaban los sonidos puros, entretejidos en el espectro de los cuerpos blancos que,
como láminas del más preciado metal, transparentaban la perfección del orden
establecido.
1
En el palacio, sirvientes y chambelanes, danzaban de día y danzaban de noche,
gozando la alegría que significaba, para ellos, estar al servicio de tan magnifico y
honorable Rey.
Solamente a los artistas y a los científicos se les ocurría lanzarse en fervorosas luchas
para descubrir instrumentos y perfeccionar modos que pretendían, únicamente,
encontrar nuevas formas con que alagar al señor.
Estos privilegiados, manejando una mínima parte del secreto del imponderable rey
Bianco, arrojaban rayos ingeniosos que iban trenzándose en el cielo hondo y terso
para crear fantasmagorías caleidoscópicas.
Los rayos así lanzados se entrecruzaban, superponían y esquivaban componiendo y
descomponiendo imágenes de gran belleza y compostura.
Las transparencias se teñían, enmarcando acá y esfumándose allá, mientras que,
innumerables formas estáticas y dóciles, se escurrían y obedecían.
En ese reino hechizado jamás se conoció el tiempo y se percibía apenas la
consistencia del espacio, que servía de escenario a la luz.
Este espectro sempiterno se divertía fraccionándose a si mismo para formar verdes,
azules y rojos, en todas las gamas más variadas y ricas en intensidades luminosas.
Aquellos tres colores, llamados primarios, eran los encargados de representar a las
tres virtudes principales que se practicaban en el reino.
En efecto, para los habitantes del reino blanco la Fe: rayo rojo, era una virtud natural
que les permitía una plenitud total, desconocida en cualquier otro planeta, mientras
que la luz verde, símbolo de la Esperanza que albergaba en esos corazones simples,
les otorgaba un andar con la frente alta y la vista puesta en el punto de convergencia
del Ser con el Existir.
La Caridad, destellando azul intenso y brillante, era el toque final que hermoseaba el
espíritu de comunidad y les permitía, a todos por igual, compartir cuanto tenían, sin
regateos ni mezquindades.
De esos tres rayos esenciales partían múltiples matices que no parecían tener fin. Las
formas evanescentes eran solamente el reflejo fiel del gozo con que las gentes
cantaban las bienaventuranzas de vivir los renovados y libres encuentros con el
ecuánime Rey.
Este era el motivo y la fuente de las inagotables luces que, desde lo más secreto de su
Ser, él emanaba generosamente.
2
Los dones, que de éste recibían los súbditos eran devueltos centuplicados con la
inmensa satisfacción de ver brillar, en el rostro del bondadoso rey Bianco, la sonrisa
de las incontables longitudes de sus incognoscibles milimicrones.
Sin embargo, nadie sospechaba siquiera que, muy en el fondo de si, allí donde jamás
ningún ser viviente posaría mirada alguna, el gran rey Bianco se aburría.
Los sirvientes, presurosos, corrían esmerándose en adivinar sus aspiraciones y
complacer los más triviales deseos; los políticos y los intelectuales competían entre sí,
buscando brillantes soluciones para resolver hasta los más pequeños problemas de
gobierno, sea que fueran previstos así como los imprevistos.
En realidad no había ni una mosca negra que rompiese el correr siempre igual de los
días.
Una mañana, particularmente deslumbrante de blanca tersura, después de seguir con
los ojos, por enésima vez, a los sirvientes que frotaban y limpiaban el impecable
palacio, levantó la mano bostezando con disimulo.
El movimiento hizo que el manto iridiscente difraccionara la blanca luz del espectro,
emanando de su Esencia Binamada. Las diminutas tramas del tejido descompusieron
las ondas uniformes en infinidad de vibraciones que se entrecruzaron y combinaron,
usando dimensiones y más dimensiones para transmitir los variados colores del
espectro, de una manera que solamente Él conseguía reproducir.
Se multiplicaron las maravillas colorísticas acompañadas por ciertas melodías
intransferible a los instrumentos de percusión, de cuerdas o a los electrónicos. El
mundo entero vibró bajo las deslumbrantes gamas de los efectos lumínicos.
Todo lo viviente enmudeció gozoso, porque el Rey acababa de regalar una pizquita de
Su admirable secreto.
El mismo Rey Bianco quedó sorprendido y , ya despabilado, bajó la mano en la que
sostenía su Cetro Real.
El extremo de este golpeó, sin querer, contra la hermosa bola transparente en la que
descansaba la simbólica llave del reino blanco.
Todos los cristales recogieron, uno detrás de otro, el chispeante FA transmitiendo el
asombroso advenimiento a lo largo y a lo ancho de todo el reino blanco.
El suave tintineo fue recogido por los ecos, estos se encargaron de reproducirlo con
adelantos y pequeño retrasos antes de formar incontables interferencias jamás oídas.
La lámina de oro delgadísimo recibió y transmitió las inusitadas inflexiones; el vibrante
repiqueteo asombró el aire que se encargó, a su vez, de responder como pudo, o sea,
abrazando con una fulgurante lengua de fuego púrpura.
3
-Por las barbas de mis antepasados!- exclamó azorado y sorprendido el Rey,
entrecerraba los ojos desacostumbrados a la visión de tan insólito personaje.
Pues, allí se encontraba, delante de su nariz estupefacta, el fruto de su Cetro Real.
El llameante hijo, erguido y altanero lo miró fijo, mientras los súbditos caían todos
tendidos, desmayados algunos y aterrorizados otros, frente al milagro de aquel sonido
sólido.
-Te llamaré ROSSO- le dijo el altivo genitor,
-y alegrarás con tu sola presencia mis largos días-.
De hecho, el príncipe Rosso era la personificación de la alegría; a su vista todos
sonreían porque lo que él rozaba, de inmediato, entraba en calor y todo lo blanco que
lo rodeaba se teñía.
Creció raudo el infante heredero y con el pasar de los días su espíritu inquieto siempre
más se enardecía y ya no le bastaba mirar, sino que, alargando sus manos púrpuras,
estrujaba, secaba y enloquecía. De tal manera que aún los más pacíficos del reino
comenzaban a reaccionar y en cuanto lo entreveían, rápidos se escabullían buscando
amparo a la sombra de cavidades inalcanzables.
Con su boca grande y risueña asustaba a los niños que ya no salían de los eneros
oscuros y fríos.
En cambio las doncellas, todas por igual, locas de desenfrenado ardor, corrían y
corrían para caer a sus pies con agónico frenesí.
La Fe ciega, en ellas aún dormida, estallaba incontenible frente al príncipe Rosso, que
frenéticamente prometía y prometía.
Las pobrecitas no sabían que, así como el recién nacido es dañado por el sol de
mediodía, igual ellas no podían sobrevivir al impacto del abrasador fuego de esa saeta
que las atraía.
Los trastornos fueron muchos y los estragos se hicieron manifiestos hasta en el mismo
palacio del Rey donde siempre menos eran los que permanecían.
Los consejeros llamados, tras largas reflexiones, contestaron que se sentían
incapacitados para resolver el grave dilema.
Por primera vez el Rey Bianco se halló solo en la difícil tarea de poner orden en su
reino, y debía hacerlo pronto antes que el espectro fuera transmutado encenizas.
-Tengo que encontrar otra cosa que tenga poder sobre este fogoso hijo,- iba
diciéndose perplejo. –Si vuelvo a golpear con la punta de mi cetro contra la bola
diáfana,- meditó en voz alta, -el FA volverá a darme otro hijo igualmente rojo y
travieso, pero si lo hago con el otro extremo saldrá otro sonido y, por lo tanto, también
el resultado deberá ser diferente y opuesto al primero-.
Y como no disponía de mucho tiempo para pensar se animó a dar el golpe.
4
Levantó la blanca mano y con decisión dio contra la bola, que contenía, desde
siempre, la llave de las puertas del reino del espectro luminoso.
Un conjunto de notas MI – SOL dominantes escapó de aquél decidido toque y allí
estaba su segundo hijo encarnando un vibrante Amarillo.
Las campanas, las del palacio primero y del reino después, se estremecieron y
temblaron, todas juntas, repitiendo el advenimiento insólito.
Los súbditos, que curiosos espiaban, quedaron boquiabiertos; jamás habían visto
condensarse y fijarse un tono tan desconcertante. Ellos estaban acostumbrados a las
iridiscencias perladas de todos los colores en constante movimiento, por lo tanto
miraron sorprendidos ese color que, era vivísimo y resplandeciente en la estabilidad de
si mismo.
-Te llamaré GIALLO,- le dijo el exultante genitor, y las doncellas empalidecerán en él:
a diferencia del primero, el cual confluía en si, llamando sin llamar y atando sin querer
ligar, éste otro sería tolerante y resistente.
Volvió a posar la mirada honda en la fuerza del segundo y en su incipiente capacidad
de frenar los impulsos alocados del primero.
Quedó satisfecho y lo alejó de sí, para que pudiera desarrollar libremente su verdadera
personalidad sin las inhibiciones que voluntariamente se crearían a su lado.
El príncipe Giallo, con sus ojazos abiertos o entornados, tenía el poder de ver a
muchas leguas todo cuento acontecía, aún cuando pareciera estar ausente o dormido,
todo lo descubría. Su escurridizo y nómade hermano fue sujetado a normas precisas,
así cuando Rosso tocando quemaba, aparecía Giallo y con su sola presencia, enfriaba
lo que el primero había inflamado.
Naturalmente se produjeron inevitables remolinos porque el primero soplaba y el
segundo recogía y enfriaba, luego cuanto se hallaba entre ellos enloquecía a causa
del desconcertante y denso anaranjado que no pertenecía al espectro del reino blanco.
Ese consistente color intermedio creó una confusión de sombras que desolaba. A los
súbditos les era imposible comprender el fantasma de esa convergencia, por lo tanto
se esmeraban en querer servir a esa aparición anaranjada, aparición mágica que para
ellos era un personaje real testimonio de la presencia de los hijos del bienamado rey
Bianco.
-Es imposible distinguir si es el príncipe Rosso o el Príncipe Giallo el que precede y la
gente ya no sabe si debe tirarse o retirarse. A veces se tira y se encuentra inflamado y,
otras se abstrae y después se arrepiente por no haberse tirado.
Una vez más, el Rey se encontró en dificultades y en la necesidad de considerar
seriamente la situación de sus hijos que, siendo su alegría, porque el entendía a esos
5
pigmentos, se transformaban en tristezas para su pueblo simple, pues debía encontrar
un remedio a tanto desatino.
Miró su cetro y comprendió que no le quedaba más que una posibilidad. Decidido tomó
el bastón con las dos manos por las puntas extremas y luego, con la parte del medio,
golpeó la gran bola transparente.
El golpe sonó profundo, sin embargo la resonancia la resonancia provocada llenó el
mundo entero.
Las trompetas recibieron el impacto conmovidas y con incontable gaudio (gozo),
cantaron en SI el milagro de la nueva aparición.
El conciliador había llegado, por fin, para formar la nueva y esperada alianza.
Todos corrieron apresurados para ver lo que había sucedido.
El tercer hijo los dejó estupefactos, había en él algo de león alado, con aquellas dos
cejas que como pabellones recogían el más pequeño soplido.
-Es la encarnación del espacio,- murmuraron admirados.
Tú serás el príncipe Azzurro,- dijo el Rey mientras escuchaba en el aire las
coordinadas sinfonías Ens. –LA que lo alegraban en sobremanera. –Si bien el último
en el tiempo serás el primero en las alturas,- profetizó y selló el hecho trascendental
con solemnidad desacostumbrada.
“El que inflama primero y el que enfría segundo serán controlados por el tercero que
los conciliará para alcanzar y determinar el perfecto equilibrio del gran Reino”. Esto se
murmuraba desde las más alejadas regiones del Universo.
El príncipe Azzurro, el que era todo oídos y voluntad, tenía la virtud de la persistencia.
Tomando en sí las leyes del segundo y la resistencia del primero los reunió insuflando
en ellos nueva vida, llena de ideales firmes.
Los tres juntos transmutaron, presionaron y decidieron, haciendo crecer una fuerza
ambicional que obligaría a los descendientes a hacer historia.
El reino blanco se vio impactado por los tres príncipes que exigían ideas,
pensamientos y sonidos precisos y claros. Pero la gente no estaba acostumbrada,
pues los habitantes, simples e ingenuos, no habían sido entrenados para decidir por si
mismos y no concebían la idea que pudiese existir diferencia entre apariencia y
esencia.
El príncipe Azzurro los disponía para los altos vuelos; para el estandarte que los obliga
a mantenerse derechos en el ansia de hacer, de realizar y de cumplir.
Más su presencia densa se cubría de apariencias cuando iba junto a sus hermanos.
Con el príncipe Giallo formaban un verde que todos confundían con la luminosa
esperanza, mientras no era más que maya.
6
Entonces quedaban con las manos vacías, mientras el corazón cambiaba aquella
visión en ilusiones y sueños.
Para qué hablar cuando se juntaban el príncipe Azzurro y el príncipe Rosso! Entre
ellos se condensaba una forma violeta que encendía a los habitantes de ardores
amorosos, pero irreales, porque eran sentimientos que desafiaban la buena confianza
para entregarlos al absurdo.
Aún peor cuando los tres andaban juntos, porque sus sombras superpuestas formaban
marrones y grises que dejaban, a los ingenuos habitantes del reino blanco, aniquilados
por la angustia y por el miedo que aquellos colores sugerían y representaban.
El equívoco de aquellas sombras, tomadas como realidades, los hería profundamente
y ya no escuchaban razones, sus conciencias se hundían en aberraciones y no
conseguían salir de éstas jamás.
-¿Qué es lo cierto?-
-¿Dónde está la verdad?- se preguntaban con insistencia, impotentes frente a la
dualidad o a la multiplicidad de las manifestaciones.
También los sonidos se alteraban, aún éstos tenían sombras que penetraban
profundamente en las conciencias inocentes bajo forma de confusión, atontándolos y
aniquilando la operatividad espontánea.
Así es como fueron perdiendo interés; no deseaban participar ni cantar, ni reír porque
no podían discernir la diferencia entre luz y sombra, entre causa y efecto en que se
manejaban los príncipes – pigmentos.
Estos herederos de sangre real empezaron a remover y agredir contra la inercia de
aquel vivir vegetativo, se esforzaron inyectando nuevos ideales, que tenían que ser
tomados y cultivados voluntariamente para que pudieran dar frutos positivos.
-Aquello que quemaba ya no quema y aquello que helaba ya no hiela,- reportaron los
cortesanos al gran Rey Bianco, sólo que ahora se ha descubierto que existe el
aniquilamiento y la muerte y, se sufre el sentimiento de lo que es perecedero.
El Rey Bianco los miró incrédulo.
-Si la muerte no existe cómo puede sentirse temor por lo que no es?- contestó el
soberano.
-Tu reino está sembrado de manchas grises y de otras verdes rojizas que no son
garantía del bienestar otrora conocido por los habitantes de tu reino, mi Señor.
El Rey sugirió a sus chambelanes que prepararan sus cuestionarios para descubrir
donde residía el descontento y si era general.
Las preguntas se redujeron a pocas
“¿Qué es lo que más te gusta?”
“¿Qué es lo que te disgusta?”
7
“¿Qué es lo que deseas que sea cambiado?”
Las respuestas llegaron y fueron realmente sorprendentes, algunos querían que las
vacas fueran rojas y otros las querían amarillas, mientras que no faltaba el que las
deseaba francamente azules no manchas amarillas y rojas y los matices del arco iris.
También respecto a las cosas desagradables no conseguían ponerse de acuerdo, y
mientras algunos exigían se mantuviesen intactos los sueños, otros reclamaban
nuevas ilusiones, mientras que unos pocos pedían que se los eliminara; lo decían por
que les temían.
Todos se hallaban de acuerdo en que era mejor escapar al amor verdadero porque
tenían más sabor los sustitutos. Había quienes rehusaban el “ser” y quienes
renegaban del “existir”.
En el único punto en que se encontraban de acuerdo era en que el reino blanco ya no
era el mismo de antes y la confusión los martirizaba porque impedía que se
mantuvieran constantes dentro de si mismos.
La incoherencia había dividido, seccionado y confundido sus existencias simples.
Frente a tal desparpajo de ideas y de fantasías, el Rey decidió llamar a sus tres
herederos.
-Hijos míos,- los apostrofó con firmeza, -los tres lleváis mis vibraciones en vuestras
esencias sin embargo sois motivo de desorden y locura; explicadme vuestras posición
de manera tal que se pueda hallar lo que conviene hacer para resolver los
inconvenientes-.
-Padre, empezó el primogénito, -he gritado con todo el aliento que tenía en el cuerpo
de no tocar lo que quema y lo que ata.
-Yo también,- agregó el segundo, -he cuidado atentamente para fijar en ellos la
importancia de la resistencia y el porque se deben desatar y alejarse de los engaños,
puesto que parecen estar viendo lo que no “es” pero tampoco yo tuve multados.-
-En verdad,- empezó este último, -mis hermanos tienen razón, hemos usado todos los
medios para disuadirlos de la tentación de aferrarse a utopías, más no sirvió de nada,
pues nadie le importó quedarse en el equívoco. La gente no tiene ganas de tomar el
buen camino porque dicen: la simplicidad es desoladora y demasiado pobre. Quieren
solamente realizar las propias ambiciones aún cuando, para tales ilusiones tengan que
romper todo cuanto se entromete y pretende impedirlo.
Sucede que en ellos ha tomado predominio el poseer, sin hacer; por lo tanto continúan
tomando y quemándose, gustando hasta las náuseas; mirar juzgando o escuchar
enloqueciendo. Y no basta, han sumado, mezclado y alterado, dando cuerpo de
realidad, a los engaños más absurdos y grotescos. –Calló un momento y volvió a
hablar antes que el genitor dictara sentencia:
8
-Creo que lo peor es que han perdido la verdadera “esperanza”, hecha de estaticidad
fecunda, de fluida espera y, en cambio, se han aferrado a la convicción que la unión
de “fuerza y ambición”, que es la sombra que se forma cuando estamos juntos Giallo y
yo, sea el único sendero verdadero, sostén de la existencia y del ser-.
Los demás hermanos afirmaron lo que Azzurro iba diciendo y agregaron que el miedo
y el desorden eran el fruto del error que se había alojado en sus corazones. Los que
habían sido simples y ahora se habían complicado desmesuradamente.
El Rey Bianco, cuya fama de justo no era en vano, escuchó atentamente y se
concentró, pensando y midiendo palabras y hechos; analizó y sintetizó hasta los
últimos detalles antes de pronunciarse.
-Me doy cuenta que, como dignos hijos míos,- dijo al fin, -habéis aprendido a pensar.
Pero ahora espero de vosotros la solución para resolver esta situación insostenible,- y
calló esperando.
-Tienen que aprender a detesta el error y a sentirse desolados-. Empezó el primero.
-Si, que sientan la desolación para así huir de las utopías y de las ataduras, que ellos
mismos han creado- terminó el segundo.
--Yo creo,- agregó el tercero, -que el pueblo debe decidirse y elegir si debe tomar el
camino falso de las ilusiones o el de la renuncia a las fantasías y a los sueños.
Evidentemente el Rey Bianco era el único en darse cuenta de que, el pueblo, simple y
transparente por naturaleza, no podía cambiar la propia realidad, receptáculo de las
reverberaciones recibidas, además los súbditos no podían coincidir con los reclamos
de aquellos personalísimos hijos suyos, los cuales, a causa de la pigmentación
definida, eran capaces de vivir una vida independiente. El sabía hasta qué punto los
dos mundos eran diferentes y que los unos y los otros podían o no hacer, por lo tanto
dio su veredicto con decisión y firmeza, como era su costumbre.
-Desde este momento viviréis en el palacio sin salir de los límites del castillo.
El silencio que siguió a su justa sentencia fue breve y el “NO” con que explotaron los
tres al unísono produjo un verdadero fragor,
El impresionante trío rompió la cúpula de la sala real y los herederos de sangre noble
fueron proyectados afuera lejos del gran reino blanco.
Para los descendientes reales también regía la misma ley y todo se fue cumpliendo
hasta el último punto.
Las primeras señales del último paso se notaron cuando nació la nostalgia que se hizo
pesada en ele cansancio.
Cansancio de continuar jugando siempre los mismos juegos, demasiados conocidos y
nostalgia de la avasallante blancura en la que habían nacido.
9
De común acuerdo decidieron volver a la casa del padre, dejando atrás los inmensos
espacios rutinales de encantada iridiscencias.
Así fue como, un buen día, el Rey Bianco vio llegar a sus res hijos seguidos por un
largo séquito que, en formación de abanico, era como una estela de graduados
colores, tonos, semitonos y manchitas hasta llegar al final donde eran todos iguales.
El Rey Bianco, conmovido, después de haber abrazado a los herederos, se quedó
mirando, admirando la horda de descendientes que enriquecían su reino blanco, sólo
se cuidó bien de dar nombres, pues se le hacía muy difícil distinguir si aquel mozalbete
era un mostaza proveniente del Rosso o del Giallo.
Al final de la larga fila se parecían todos, como gotitas de agua, con ligeras diferencias
que era imposible distinguir sin equivocarse.
-La verdad,- dijo en voz alta y con acento lleno de orgullo paternal, -ellos se me
parecen mucho, no es cierto?-
A los últimos no les gustó la observación, ellos eran los más entusiastas defensores de
la propia personalidad e independencia y, respuesta dejaron escuchar un resonante:
“NO-NO” que los ecos se encargaron de tomar y alargar más de lo conveniente.
El viejo Rey Bianco tomó conciencia de aquella doble negación que lo hacía “Nono” de
numerosa prole.
Alegremente los hijos de sus hijos habían vuelto a negarlo, aunque esta vez hubiese
sido solo un intrascendente zumbido que al final lo consagraba abuelo.
Se instalaron todos en el gran palacio y, un poco por supremacía numérica y otro poco
por la natural inhibición de los súbditos, el hecho fue que ya no se vieron más
bailarines blancos pasar compungidos limpiando y lustrando el inmaculado palacio.
Los mismos funcionarios fueron substituidos paulatinamente y al poco tiempo el Rey
Bianco no vio más blanco, y la misma sala de conferencia fue transformada en un
montón de colorinches que entontecían.
El colmo fue cuando vio desaparecer le blancura de su mismo trono asaltado
briosamente por un personaje de color indefinido; sin embargo no fue causa de enojo
porque no podía ofenderlo ni fastidiarlo lo que la naturaleza se había ingeniado en
producir. Lo que le hizo perder los estribos fue el aullido con que fue recibido por un
grupito de esos malcriados.
No podía permitir tales irreverencias, herían sus oídos afinados en largas y
trascendentales dedicaciones.
-Los quiero a todos reunidos delante de mío- dijo al chambelán que consiguió
encontrar por los alrededores, -y no vengan con excusas,- agregó con conocimiento
de seres y cosas.
10
Cuando los tuvo delante suyo, con sus hijos en primera fila y los demás en línea
descendiente, sintió el pecho llenársele de justificado orgullo.
Se sentó sobre el trono coloreado de irreverentes colores y, ya decidido a poner
termino a determinados excesos de arrogancia, dijo:
-Quiero que se respete el blanco de mi rincón preferido y de mis sirvientes
personales,- su voz mantenía la conocida calma hecha de profunda sabiduría, -y que
en mi presencia se guarde silencio.- y calló el Rey.
No esperó mucho tiempo; ni fue necesario que se consultaran ente si. Como un solo
hombre gritaron, pronunciando las sílabas con ritmo hipnotizador:
-Nonno-no-
-Tres veces “no” es demasiado!- exclamó el viejo y sabio Rey Bianco.
Lo habían negado sus hijos como padre, los nietos como abuelo y los hijos de sus
nietos como bisabuelo.
Especialmente los últimos de los descendientes, los de color indefinible y las
impertinencias bien implantadas, mostraron el propio fanático disconformismo con
inflexibilidad irreductible.
Pero jamás terminarían de conocer al Rey Bianco; el patriarca emitió un inesperado
suspiro de alivio; para todos incomprensible. Lentamente se levantó sobre su
soberanía imponente y con una sonrisita misteriosa, que le bailoteaba en la comisura
de los labios, levantó los brazos para volverlos a bajar con inesperada rapidez; con un
manotazo bien ajustado hizo volar al aire la esfera transparente, que siempre se
encontraba al lado del trono real. La llave se quebró contra el suelo y se hizo mil
pedazos, mientras tanto el Rey Bianco se dio vuelta rápidamente. Por primera vez, en
su larga vida, mostró su majestad deretano.
Todos hasta el último de sus descendientes quedaron petrificados por el estupor.
El Rey Bianco, aquel que era todo blanco y que encerraba en si el espectro del
universo entero, aquel que de frente comprendía y podía, del otro lado era negro
azabache, era nada, inaferrable e irreprochable como el mismo cielo aterciopelado de
las noches más oscuras.-
11