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IV

El documento analiza las elecciones de 1998 en Ecuador, donde Jamil Mahuad ganó la presidencia en un contexto de crisis económica y social, apoyado por la oligarquía y los medios de comunicación. A pesar de su discurso centrado en la inclusión de los pobres, su gobierno implementó políticas neoliberales que llevaron al país a una crisis financiera severa, culminando en el colapso del sucre y protestas masivas. La administración de Mahuad se caracteriza por una dualidad entre austeridad para la población y rescates financieros para el sector bancario, lo que generó un descontento generalizado.
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IV

El documento analiza las elecciones de 1998 en Ecuador, donde Jamil Mahuad ganó la presidencia en un contexto de crisis económica y social, apoyado por la oligarquía y los medios de comunicación. A pesar de su discurso centrado en la inclusión de los pobres, su gobierno implementó políticas neoliberales que llevaron al país a una crisis financiera severa, culminando en el colapso del sucre y protestas masivas. La administración de Mahuad se caracteriza por una dualidad entre austeridad para la población y rescates financieros para el sector bancario, lo que generó un descontento generalizado.
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IV.

MAHUAD: REHÉN DE LA BANCOCRACIA

Comicios 1998: el dilema entre Harvard y Wall Street

El telón de fondo de las elecciones de 1998 no podía ser más patético. La economía al garete,
la pobreza

instalada en la inmensa mayoría de hogares, la sociedad en su conjunto soportando


paladinamente la

mediocridad y mezquindad de sus dirigencias, los escándalos de corrupción convertidos en pan

cotidiano, la violencia delincuencial asolando campos y ciudades, los paros y las huelgas de

sindicalistas y gobiernos seccionales virtualmente institucionalizados, la región Litoral


inundada en

más de 100 mil kilómetros cuadrados, la moral y la autoestima en soletas.

Para las primarias presidenciales de mayo de 1998 se postularon seis candidatos: Jamil
Mahuad del eje

derechista DP-PSC-FRA; Álvaro Noboa del PRE; Rodrigo Borja de la ID; Freddy Ehlers del
ecléctico

Movimiento Ciudadanos Nuevo País, y María Eugenia Lima del marxista MPD.

El orden anterior refleja el éxito logrado por los candidatos en la primera ronda, luego de una
campaña

dominada por la insustancialidad de los mensajes, lo que determinó que el electorado nunca
despertara

de su modorra política.

El triunfo de Mahuad se perfiló desde el comienzo de la contienda, catapultado por el respaldo


de la

oligarquía patricial y la bancocracia, el apoyo virtualmente unánime de los grandes medios, la

multimillonaria publicidad, el protagonismo del candidato en la caída de Bucaram, la


plataforma que

se constituyera desde la alcaldía de Quito, su discurso light y, en fin, su capacidad para


transmitir ideas.

Graduado de Harvard y amigo personal de figuras del jet-set internacional, logró camuflar sus

concepciones económicas fundamentalistas de derecha relievando las políticas


compensatorias del

ajuste y la apertura económica, lo cual le permitió exhibirse como portavoz del nebuloso
“centro”

político. La estrategia funcionó y Jamil ganó holgadamente las primarias.


Álvaro Noboa llegó segundo gracias al “endoso” de gran parte de los votos del PRE por acción
del

prófugo Abdalá Bucaram, así como porque logró mimetizarse entre los pobres, especialmente
de la

castigada región costera, con la Biblia y la bandera nacional en ristre. La desesperación de la


gente y

los efectos de El Niño convirtieron a Noboa, heredero de la mayor fortuna amasada en el


Ecuador, en

adalid de los condenados de estas tierras, a despecho de sus limitadas capacidades


intelectuales. Fundó

su discurso en la apología del capitalismo liberal, en las diatribas y denuncias contra el


alarconato -

patrocinante de Mahuad-, así como en las ofertas populistas de vivienda gratuita y empleo
masivo.

La segunda vuelta resultó un reprisse de la primera: sosa, superficial, sentimentaloide.


Oscurecida,

además, por la preocupación del país por el mundial de fútbol Francia-98. Únicamente un
postrer ajuste

económico de Alarcón, la eliminación del subsidio al gas de consumo doméstico, animó la


aburrida

contienda y disminuyó grandemente el caudal electoral de Mahuad quien había respaldo la


impopular

medida.

Por lo demás, igual que en 1996, la baza electoral devino en una típica puja populista
ecuatoriana.

Conforme a un testimonio periodístico: “...si el uno ofrecía casas, el otro ofrecía más casas; si
el uno

organizaba brigadas móviles de salud, el otro prometía hospitales y maternidad gratuitos; si el


uno

paseaba por los suburbios repartiendo alimentos, billetes y camisetas, el otro juraba empleo
para

todos”. 1/

36

El embajador estadounidense Leslie Alexander identificó cabalmente el carácter no antagónico


del
dilema Mahuad-Noboa, al declarar en vísperas de la vuelta definitoria: “Los dos candidatos
tienen

aspectos atractivos. El doctor Mahuad es un administrador admirable. Los inversionistas se


sienten

atraídos especialmente porque posee un masterado de la Universidad de Harvard... El abogado


Noboa,

por su parte, es conocido en Wall Street y tiene muchos amigos, a los cuales en un momento
dado

puede realizar pedidos personales, cosa que no debe ser menospreciada.” 2/

El apretado –y polémico- triunfo de Mahuad frente al “candidato de Bucaram”, con apenas


100 mil

votos, en un total de 5 millones de sufragantes, constituyó la gran sorpresa de Opción ‘98.

El discurso más racionalista del capital había logrado desplazar del plano visible de la política
nacional

a las acrecentadas masas de explotados y excluidos de la globalización corporativa.

Cosmogonías y realidades terrenales

Al jurar el cargo de presidente, el 10 de agosto de 1998, Jamil Mahuad, citando al Eclesiastés


en el

telepronter, recitó ante una mistificada audiencia parlamentaria: “Todo tiene su tiempo y todo
lo que

se quiere debajo del cielo, tiene su hora. Hay un momento para destruir y un momento para
construir”.

Más adelante, y refiriendo una vieja cosmogonía aymara, extrapoló: “Nuestros países deben
conseguir

estas siete armonías conducidos por gobiernos que busquen sanar heridas, encuentren
espacios para la

reconciliación y propongan nuevos caminos”. 3/

La traducción concreta de las “siete armonías” resultó en un discurso de sustancia neoliberal


inscrito

en un Consenso de Washington disfrazado con nuevas máscaras.

Específicamente se comprometió con definiciones como las siguientes:

° Respeto de las libertades públicas, combate a la corrupción y trabajo por la paz y la


democracia.

° Desarrollo y progreso material del país mediante el apoyo a la inversión privada;

° Impulso de la reforma educativa, la atención a la salud, la seguridad, la vivienda y el trabajo,


bajo la
economía social del mercado y la “tercera vía”, a través de la concertación;

° Reforzar la paz con los vecinos;

° Apoyarse en el pasado para avanzar;

° Descentralizar el país, la administración; sanear Ia economía: al final del gobierno la inflación


bajará

hasta menos del 10%...;

° Respeto a la diversidad cultural, los derechos de género, la diversidad étnica...4/

Cerró su alocución repitiendo uno de sus lemas de campaña: “Los pobres serán el eje de mi

gobierno”5/, dijo con voz estremecida.

En la política lo real es lo que no se ve. Para el caso, la frase de Martí no puede ser más
apropiada. Y

es que, poética y retórica al margen, el verdadero proyecto mahuadista no era otro que
culminar las

reformas ortodoxas iniciadas en 1982 por su coideario y tutor Osvaldo Hurtado y “armonizar”
el

reparto de prebendas económicas y políticas entre las distintas fracciones de la burguesía


doméstica.

Amén de servir dócilmente al Imperio.

Una Constitución a la medida de ese antipopular proyecto, fraguada en 1998 por la entente
Democracia

Popular-Partido Social Cristiano, un gabinete con figuras de vieja o reciente filiación


reaccionaria, una

mayoría retrógrada en el Congreso, el control de la función jurisdiccional por esas mismas


tiendas

políticas, el respaldo fundamentalista de CORDES y, en fin, el apoyo de la Gran Prensa


auguraban el

éxito de Mahuad y su alegre muchachada.

La realidad, sin embargo, siempre es más compleja.

Y es que, durante la administración mahuadista, no sólo que “explotó” la represada crisis


económica -

conforme se analiza más adelante- sino que el país se convirtió en campo de experimentación
del

capital internacional y en víctima de la depredación de la burguesía criolla, especialmente de


su

fracción financiera.
Crisis múltiple y fuga esquizofrénica

Al inaugurarse el régimen mahuadista, el Ecuador soportaba la articulación de tres crisis


graves: la

crisis de un capitalismo “tardío” y subordinado, expresada en la debilidad y vulnerabilidad de


sus

mecanismos de autosustentación de la inversión; el agotamiento de la estrategia desarrollista-

intervencionista que tenía su mayor ilustración en los desarreglos de las finanzas estatales,
hipotecadas

a una deuda oficial externa de unos 13 mil millones de dólares; y, finalmente, la crisis de las
terapias

monetaristas, extendidas por dos décadas, cuyas directrices de la apertura, la desregulación y


los ajustes

recesivos -dados los bajos niveles de productividad y los altos grados de concentración de la
propiedad

y los ingresos- habían terminado por extenuar a la “economía real”, miniaturizar el mercado
interno y

empujar a la pobreza a la mayoría de ecuatorianos, sin que siquiera cristalicen los famosos
equilibrios

macroeconómicos.

El cuadro clínico se había agudizado desde 1997 por la concurrencia de diversos factores: a) la
ruina

de la agricultura e infraestructura del Litoral a consecuencia de la corriente de El Niño, b) los


déficit

comerciales y fiscales como efecto de la caída del precio internacional del crudo hasta 8
dólares el

barril y de la demanda y precios de los productos agrícolas tradicionales (banano, café, cacao)
y no

tradicionales (flores), así como por la crisis de la producción y exportación camaronera debido
al

aparecimiento de la “mancha blanca”, c) la interrupción de los flujos de capital fresco a los


países

periféricos debido a las tormentas financieras en el Asia Oriental, Rusia y Brasil, y d) el


deterioro de

la inversión y el crecimiento con su correlato en la diseminación del desempleo y la miseria.


Enfrentados a este panorama, Mahuad y sus estrellas neoliberales -Jeffrey Sachs, Domingo
Cavallo,

Fidel Jaramillo, Ana Lucía Armijos-, enemigos de soluciones genuinamente estructurales,


pretendieron

enjugar los problemas apostando a un acuerdo con el FMI, para lo cual insistieron en su
conocido

recetario buscando lograr el aval del organismo para renegociar con los tenedores privados de
la deuda

y con el Club de París. Desde la óptica oficial, la renegociación constituiría el factor clave para
que el

capital externo fluyera caudalosamente a suplir al virtualmente inexistente ahorro interno.

Aliado inicialmente con los socialcristianos, Mahuad dispuso, en septiembre del 98, un
paquete de

medidas que dio al traste con los subsidios al gas, el diesel y la electricidad; elevó el precio de
las

gasolinas y devaluó el sucre. Siguiendo el mismo guión fondomonetarista, despidió a miles de

burócratas y procedió al congelamiento de salarios. El paquete llegó edulcorado con el llamado


bono

de la pobreza.

La contrapartida de este machismo liberal fue una política pródiga a favor del Gran Dinero. En
plena

austeridad fondomonetarista dispuso la entrega de 740 millones de dólares de la reserva


monetaria para

un operativo de salvataje-estatización del Filanbanco (Grupo Isaías), llevado a la quiebra por


una

38

constelación de exacciones de los propietarios y sus adláteres. Este comportamiento dual,


propiamente

esquizofrénico, será la tónica de la política económica del tristemente célebre mahuadato.

A fines de 1998, y por presión de la derecha, el Congreso aprobó la eliminación del Impuesto a
la

Renta, sustituyéndolo por el impuesto del 1 por ciento a la circulación de capitales (ICC o
impuesto

Nebot). La implantación del ICC acicateó el éxodo de capitales especulativos (“golondrinas”),


fuga
que adquirió ribetes de estampida cuando en febrero del 98, por presiones del FMI que había
decidido

convertir al Ecuador en “conejillo de Indias”, el Banco Central dispuso la liberalización


completa del

tipo de cambio (“flotación del dólar”) en reemplazo del esquema previo de las bandas
cambiarias.

Acción servil del régimen que agudizó la sangría financiera provocando un drenaje de unos 2
mil

millones de dólares únicamente en los dos primeros meses del 99. 6/

Si al devastador impacto de la liberalización del tipo de cambio en la reserva monetaria se


añade la

obsesión mahuadista por “honrar” la deuda externa e interna -esta última también
denominada en

dólares en alta proporción- se comprenderá que la debacle era únicamente cuestión de


tiempo.

Los sucesos más dramáticos ocurrieron a partir de marzo del 99.

El crack financiero

Entre el 1 y 5 de ese mes, la Semana Negra, el sucre se desplomó desde una relación de 7 mil
por dólar

hasta los surrealistas niveles de 18 y 19 mil. A semejante descalabro de la moneda nacional


siguió el

anuncio oficial de un feriado bancario dispuesto para el 8 de ese mes pero que terminó
ampliándose

hasta el 12. Medida inédita sugerida abiertamente por la Fundación Mediterráneo y


sibilinamente por

el FMI y adoptada con el propósito de camuflar los problemas de liquidez del guayaquileño
Banco del

Progreso (Grupo Aspiazu) y otras entidades financieras conducidas al desastre por los manejos

gansteriles de sus propietarios y ejecutivos.

Dentro de la misma lógica de ocultamiento de los malabarismos de la bancocracia, el


mandatario hizo

pública, el día 11, su decisión de congelar el 50 por ciento de los depósitos, medida con la cual
difirió

obligaciones de la banca por aproximadamente 3 mil millones de dólares, monto sobre el cual
las

entidades financieras fueron eximidas del pago de intereses.


De esta suerte, los ahorros y las inversiones de 1.5 millones de agentes económicos -incluida la
gente

más humilde y desprotegida- serían canalizados para socorrer a crapulosos banqueros. En el


marco de

la galopante inflación que vivía el país, el manejo mahuadista de la crisis permitió que el sector

financiero “licue” sus compromisos. Para coronar el sesgado manejo del crack, el jefe del
Ejecutivo

dispuso alzas de hasta el 170 por ciento en el precio de las gasolinas.

La indignación recorrió el país de punta a punta. El lunes 15 de marzo, las principales ciudades

amanecieron paralizadas por un bloqueo impuesto por los taxistas, angustiados por la
elevación de los

combustibles y por sus inmanejables deudas en divisas extranjeras. En cuestión de horas, la


“revuelta

amarilla” se extendió a todo el gremio del transporte, al tiempo quo el Frente Patriótico
anunciaba una

huelga general y la CONAIE cerraba las carreteras provocando el desabastecimiento de las


urbes. Las

barricadas, las intifadas, las balaceras y la desesperación de la gente coparon los escenarios
públicos.

El Ecuador se hundía literalmente frente a un desesperante silencio oficial. Recién en la


madrugada del

19 de marzo el gobierno hizo pública una flexibilización del ajuste maximalista y declaró la
suspensión

del estado de emergencia.

39

El aflojamiento de las medidas antipopulares se viabilizó por un acuerdo legislativo entre la


bancada

oficialista y los bloques de centroizquierda e izquierda. Reacomodo político que le significó a


Mahuad

un distanciamiento del Partido Social Cristiano, acérrimo enemigo de las “medidas fiscalistas”,
como

el reestablecimiento del Impuesto a la Renta y la creación del Impuesto al Patrimonio,


aprobados por

la nueva mayoría para salvar a la hacienda pública de un naufragio definitivo.


Producto de desajustes profundos de la economía y de una venalidad protegida, el
congelamiento de

los depósitos y de las inversiones fiduciarias no resultaron en una acción suficiente para
contener la

debacle del sector financiero cumplida, en una primera fase, con las quiebras fraudulentas del
Banco

Continental en 1994 y de los bancos de Préstamos y Filanbanco en 1998.

La segunda fase del desplome bancario se inició con la emblemática caída del Banco del
Progreso, al

calor de extravagantes sucesos.

El domingo 21 de marzo, Fernando Aspiazu Seminario, principal accionista y presidente


ejecutivo, a

través de un canal televisivo de su propiedad, anuncio el cierre de esa entidad. El banquero


culpó de la

quiebra a la política discriminatoria de las autoridades monetarias nacionales, orientada -


según él- a

favorecer con los depósitos oficiales al Banco del Pichincha y al Produbanco, entidades ligadas
a

grupos oligárquicos serranos. Al día siguiente, Aspiazu encabezó una macondiana


manifestación, en

la cual, al frente de miles de sus perjudicados clientes, llegó hasta el edificio de la alcaldía de

Guayaquil, desde cuyos balcones León Febres despotricó contra el Estado centralista y la
“burocracia

dorada” (alusión a los tecnócratas del Banco Central), y conminó a Mahuad a que, en plazo
perentorio,

resuelva los problemas del “banco guayaquileño”.

Días después, en abril, las cámaras patronales de la provincia del Guayas convocaron a la
marcha de

los “crespones negros”, que se cumplió con la concurrencia de miles de enardecidos


ciudadanos que

blandían consignas anticentralistas, antifiscalistas y autonómicas. La crisis bancaria y su


expresión en

la lucha entre la bancocracia costeña y la serrana colocaron a la nación al borde del colapso.

Las reacciones de distinto signo al tratamiento mahuadista de la crisis financiera no impidieron


que el

Banco del Progreso terminara de derrumbarse, arrastrando en su caída a sus 700 mil clientes.
Derrumbe premonitorio de una ola de quiebras que, luego de las auditorias internacionales
que se viera

obligado a contratar el gobierno, se .materializara en la caída en dominó de entidades en


apariencia

solventes y poderosas como el Banco Popular, Banco del Pacífico, La Previsora. Amén de un
crecido

número de financieras, que habían proliferado como hongos al socaire de la “modernización”


del sector

financiero prohijada por Sixto Durán y el “mago” Alberto Dahik.

El auxilio gubernamental, a cargo del Banco Central y la Agencia de Garantía de Depósitos


(AGD),

terminó en la estatización del 75 por ciento del sector financiero a un costo estimado en 5 mil
millones

de dólares, conforme a revelaciones de un ex superintendente de Bancos. Este atraco a los


fondos

públicos había sido preparado con premeditación por la bancocracia, que, antes de la
autoliquidación

del Filanbanco, había logrado la creación de la AGD, entidad encargada de responder “sin
límites” por

las obligaciones de las instituciones financieras que no pudiesen resistir los rigores del
mercado o la

impudicia -también sin límites- de múltiples banqueros.

Consumado el “atraco del siglo”, Jamil Mahuad insistirá en los ajustes. En julio dispuso un alza
de los

combustibles a efectos de nivelar el presupuesto. Al igual a lo acontecido en marzo, la


resistencia social

40

no se hizo esperar. Marchas callejeras de los sindicalistas, choferes y estudiantes, bloqueo de


carreteras,

huelgas y paros. La CONAIE inició el nuevo ciclo de protestas con una simbólica “toma de
Quito”.

Moratoria: un salto al vacío.

El crack bancario y el estatismo reaccionario de Mahuad detonaron una nueva crisis de la


deuda

externa. El hecho es que las mermas de los recursos fiscales y de la reserva monetaria con
anterioridad
y posterioridad a la Semana Negra habían dejado al Ecuador en una situación de virtual
insolvencia, al

punto que, en agosto de 1999, el país estuvo incapacitado para cumplir con un pago de 96
millones de

dólares correspondientes al servicio de los bonos Brady. El 26 de septiembre, el gobierno


oficializó la

moratoria de la deuda Brady que ascendía a 6 mil millones de dólares.

Lejos de representar un acto de soberanía y repudio del colonialismo financiero, la decisión de

Carondelet comportó una acción desesperada ya que ni siquiera fue concertada a escala de los
países

andinos. Conforme se conoció ulteriormente, habríase tratado de un acto inducido por el FMI
como

medio de aplacar las críticas al organismo derivadas de sus estruendosos fracasos en distintas
partes

del mundo. La aventurada decisión dejó al país inerme frente a sus poderosos acreedores, tipo
Chase

Manhattan Bank, Banco di Roma, City Bank, cuando no de las operaciones especulativas de los

inversionistas “buitres”.

El calvario de las negociaciones con estos últimos aparece reflejado en el siguiente


comentario: “El

inversionista Marc Hélie vio en agosto pasado una excelente oportunidad de inversión:
Ecuador... Así

que compró bonos de descuento ecuatorianos, que se cotizaban con un descuento de más del
75% sobre

su valor nominal... La firma de Hélie, Gramercy Advisors, es lo que se llama un ‘fondo buitre’,
un

fondo de inversión que recorre el mundo en busca de bonos o acciones que nadie quiere, de
países o

empresas al borde del abismo, para comprarlos a precio de ganga. Insistiendo en hacer valer
sus

derechos de inversionista y amenazando con ir a juicio, estos fondos tratan de extraer lo


máximo

posible del malhadado país o negocio. Y pueden obtener rendimientos muy altos. Es usual que
compre

un bono al 25% de su valor nominal, vaya a juicio exigiendo el pago total y luego acepte una
solución

negociada con un perdón de un 50%, duplicando su inversión”. 7/


A decir verdad, tampoco faltaron las posiciones reflexivas y solidarias como la del analista
Kunifer

Raffer quien escribió: “El problema que se presenta actualmente en Ecuador constituye un
ejemplo

perfecto de cómo las reducciones de las deudas no son suficientes para permitir a los países
deudores

un nuevo comienzo. El control de los acreedores es el peor defecto que tiene la gerencia de la
deuda

externa. Ningún sistema legal civilizado permite que una de las partes involucradas decida
sobre su

propio caso. El Estado de Derecho prohíbe explícitamente lo que está pasando en los Estados
soberanos

del Sur. Todos los demás acreedores gozan de una mínima protección de su dignidad humana

garantizada mediante leyes de insolvencia que reserven una cierta cantidad de recursos a
favor de sus

necesidades básicas. Si el grito de ayuda de Ecuador pudiera ser el determinante que haga a
los

acreedores aplicar lo que predican, eso sería un gran servicio a la humanidad. Es justicia y
generosidad

lo que el Sur necesita”. 8/

Y en otro pasaje: “Los acreedores han venido infligiendo daños a las economías de los países
deudores,

han hecho concesiones demasiado reducidas y demasiado tarde, incrementaron el monto de


la deuda

mediante la capitalización de los atrasos de los pagos y añadieron ‘deudas fantasmas’. Esas
deudas se

han acumulado solo en los libros, van mucho más allá de la capacidad de pago de los países
deudores

y dan la falsa impresión de que la condonación sería más cara de lo que realmente es.
Económicamente,

las ‘deudas fantasmas’ son dinero ya perdido y en la práctica se usan como mecanismos de
control por

parte de los acreedores”. 9/

41
Dolarización: prueba de fuego para el conejillo

Los albores del 2000 encontraron a un Jamil Mahuad atrampado en agudas contradicciones en
la

ejecución de su libreto liberal esquizófrenico y deslegitimado por un”affaire” de corrupción


debido a

un aporte de tres millones de dólares otorgado bajo cuerda para su campaña presidencial por
Fernando

Aspiazu (posteriormente apresado por retención indebida de recursos fiscales, en una


reedición del

caso Al Capone). Los cuestionamientos al gobierno habían evolucionado a un grado tan alto
que voces

provenientes de todos los sectores clamaban por la renuncia del mandatario. Mientras la
derecha,

lideraba por Febres y Nebot, le cuestionaba por su falta de liderazgo para completar las
reformas

liberales (estaban pendientes los “platos fuertes” de la dolarización y la privatización de


empresas

como PETROECUADOR), los indígenas y demás contingentes del pueblo llano le impugnaban
por su

descalificación moral y su servidumbre a la bancocracia externa y nativa.

Al despuntar el 2000, el deterioro de la economía se expresó en una nueva y aparatosa caída


del sucre

que, en la primera semana de enero alcanzó nuevamente los exasperantes niveles de la


Semana Negra,

con un efecto paralizante sobre la producción y el comercio.

Abocado a semejante escenario, Mahuad intentará recuperar la gobernabilidad perdida a


través de un

“autogolpe”, frustrado por la renuencia de las Fuerzas Armadas a acompañarle en la aventura.


El

fracaso en la intentona no sería óbice para que se decidiera por la carta liberal maximalista de
la

dolarización.

El domingo 9 de enero, en cadena televisiva y previa declaratoria del Estado de emergencia, un

circunspecto Jamil Mahuad anunció la dolarización oficial de la economía (la dolarización de


facto se

encontraba bastante avanzada, entre otras razones, debido a su desastrosa gestión).


La lógica de la dolarización sería cabalmente identificada por A. Moreano cuando escribió: “La

‘dolarización’ es, sin duda, el mayor esfuerzo por consumar de manera irreversible y a
ultranza, el

modelo neoliberal. Durante el proceso devaluativo, forjado por una conjunción de fuerzas,
entre las

cuales el propio Mahuad, para legitimar la ‘dolarización’, estuvieron en juego menudos


intereses

económicos corporativos de las distintas clases y fracciones: banqueros en la mayor estafa que
registra

la historia, exportadores y otros tenedores de dólares, en particular los mismos bancos,


interesados en

promover la mayor devaluación posible, importadores ansiosos por un ancla definitiva del
dólar,

industriales de los sectores de punta ávidos por un nicho en el mercado mundial, grandes
empresarios

desesperados por licuar sus deudas”. 10/

La medida liberal maximalista había sido impulsada por la administración Clinton, conforme se

desprende de las declaraciones de Lyndon LaRouche, a la sazón precandidato demócrata a la


Casa

Blanca, quien apuntó por esos días: “Yo conozco la situación de Ecuador. A Ecuador se le está

destruyendo. Lo destruyen la OEA y el FMI. Lo destruye el Departamento de Estado


encabezado por

Madeleine Albright... El gobierno de los Estados Unidos respalda el que se imponga la


esclavitud, la

llamada dolarización, a Ecuador. Esto es genocidio. Hemos creado el caos. Ahora tenemos, por
ello,

una situación peligrosa, que puede propagarse como un contagio y empeorar la situación de
Colombia,

agravar la situación de Venezuela, extendiéndose a Perú... Esta dolarización de Ecuador se


calculó.

Fue adrede. Fue con la intención de destruir a la nación. No era meramente la imposición de

condiciones. La intención deliberada de la gente involucrada, como el Diálogo Interamericano,


es

eliminar al Estado Nacional del Ecuador...”. 11/

42
Conforme cabía esperar, el establecimiento financiero internacional no dejó de respaldar la
medida.

The Wall Street Journal escribió: “La tarea ahora es estabilizar la moneda tal como lo hizo
Argentina

en 1991. En el caso de Ecuador, la dolarización no resolverá todos los problemas, pero la


estabilidad

de los precios permitirá que los mercados fijen sus niveles mínimos y aplicará restricciones al

Gobierno... El FMI ya usó a Ecuador y al gobierno de Mahuad para experimentar con la


flotación del

tipo de cambio y la moratoria. El conejillo de Indias está actualmente en estado crítico. La


dolarización

se merece una oportunidad”. 12/

The Economist comentó: “En el tipo de caos financiero en que se encuentra Ecuador, la
dolarización

es menos radical de lo que suena. Como nadie tiene confianza en el sucre, el espacio para
relajar la

política monetaria sin estimular la inflación es escaso.. Por lo mismo, el Banco Central tiene
poco

campo de acción para actuar como prestamista de última instancia con el moribundo sistema
bancario.

Cualquier liquidez que se dé a los bancos simplemente causa un colapso de la moneda y mayor

inflación. Por ello, la dolarización no es, en los hechos, un cambio tan dramático. Muchos
activos y

pasivos en Ecuador están denominados en dólares. Así que hay poco que perder en matar al
sucre. Y

potencialmente mucho que ganar”. 13/

El ABN AMRO Bank trazó el siguiente panorama: “El éxito de la dolarización en Ecuador
depende de

las medidas complementarias que se tomen para resolver los viejos problemas del país: un
sector

público en quiebra y un sistema bancario muy débil... En cuestión de deuda externa, la


dolarización no

resolverá los problemas de insolvencia de Ecuador, ni tampoco mejorará, por sí misma, la


relación con

los acreedores oficiales y privados. Creemos que es muy temprano para entusiasmarse con el

experimento ecuatoriano”. 14/


Internamente, las ovaciones no se hicieron esperar: el completo espectro de la derecha
política, las

cámaras patronales, los banqueros, los empresarios, los tecnócratas liberales e, incluso,
amplios

sectores de la desdibujada clase media -atemorizados por el fantasma de la hiperinflación-


celebraron

la medida de Mahuad. El entusiasmo de la derecha ecuatoriana con la dolarización fue tanto


mayor

cuanto que llegó orquestada del anuncio de la remisión al Congreso de una macro legislación
ortodoxa

-privatizaciones, modificación del estatuto del IESS, flexibilización laboral- encaminada a borrar
hasta

los últimos vestigios del Estado social que cobrara alguna significación en el Ecuador como
proyección

de la Revolución Juliana (1925) que desalojó del poder a la bancocracia de la época. 15/

Cabe recordar, por otro lado, que la dolarización como receta a la inflación y la pregonada
hipertrofia

del Estado había sido propuesta meses atrás por el líder de la oposición parlamentaria, el
socialcristiano

Jaime Nebot Saadi, y asimismo, que tal fórmula cambiaria, bajo el molde de de la
convertibilidad,

había intentado ponerla en vigor el gobierno del PRE, régimen de la oligarquía plebeya que
presidiera

Abdalá Bucaram. Triunfo pírrico el de Mahuad, ya que pocos días después, el recordado 21 de
enero

del 2000, abandonado por el Imperio y las oligarquías locales por su desgaste para
instrumentar la

dolarización y las privatizaciones sería depuesto por una movilización ética y nacionalista

protagonizada por el sector indígena-popular y por mandos medios de las Fuerzas Armadas.

La Base de Manta a órdenes del Pentágono

La política exterior de Mahuad fue otro ámbito donde esa administración dejó su impronta de
sumisión

al diktat de Washington. El fruto más amargo de esa performance constituye, sin duda, el

involucramiento del país en la guerra civil de nuestro vecino norteño, que comenzó a escalar
luego de

la oficialización del Plan Colombia con el apadrinamiento y financiamiento del Gran Hermano.
Esta herencia de Mahuad tiene su propia historia.

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El 26 de octubre de 1998, después de múltiples cabildeos diplomáticos respaldados, cuando no

impuestos, por los países garantes del Protocolo de Río de Janeiro, con los Estados Unidos a la
cabeza,

Jamil Mahuad y Alberto Fujimori firmaron los Acuerdos de Brasilia, que zanjaron al parecer

definitivamente la vieja controversia territorial ecuatoriano-peruana, controversia que habíase

reactivado desde la Guerra del Cenepa de 1995, Legítima aspiración de los dos pueblos, la Paz
de

Brasilia fue mayoritariamente aplaudida en el Ecuador, pese a que para su concreción nuestra

cancillería, bajo la titularidad de José Ayala Lasso, se vio forzada a ceder virtualmente en todas
sus

reivindicaciones y a que detrás de las presiones de la administración Clinton podía


vislumbrarse un

reajuste del viejo intervencionismo de la potencia unipolar. ¿A qué se alude con esto último?

Esencialmente a que, para la post-Guerra Fría, los Estados Unidos había decidido, al menos
para

América Latina, sustituir su divisa de la lucha contra el comunismo por la fementida cruzada
contra el

narcotráfico. Como se recordará, la invasión a Panamá de 1989 se hizo ya con la nueva


bandera. Para

los países andinos, la nueva estrategia fue cobrando carta de naturalización a lo largo de los
90, ya

mediante presiones para el endurecimiento de sus legislaciones antidrogas, ya mediante una

propaganda que asociaba mecánicamente la producción y el comercio de la marihuana, la


cocaína y la

heroína con las actividades de las guerrillas izquierdistas, ya a través de apoyos logísticos para

operativos contra carteles y minoristas de la pirámide del narcotráfico cuya vértice superior -
como se

conoce- se localiza en Wall Street.

Para los casos ecuatoriano y peruano, la implantación de la nueva estrategia norteamericana


presuponía

el arreglo de su añejo litigio territorial, arreglo tanto más necesario cuanto que el propósito
inmediato
no era otro que integrar los ejércitos de los dos países sudamericanos en una fuerza
multinacional para

intervenir contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de

Liberación Nacional (ELN).

La acción a dos puntas de la Casa Blanca se cumplió a cabalidad en el capítulo ecuatoriano. El


hecho

es que lograda la pacificación de la frontera sur, Mahuad puso todo su empeño para articular
al Ecuador

al remozado plan del Imperio. Propósito que lo logró cuando en noviembre del 99, con la
diligente

gestión del canciller Benjamín Ortiz y del diputado socialcristiano Heinz Moeller, puso a
disposición

del Pentágono la Base Aérea de Manta, con lo cual el Ecuador pasó a cumplir el desdoroso
papel de

“ojos y oídos” del Plan Colombia. La lógica servil del régimen demócrata cristiano habría sido

conseguir el respaldo de Washington para enjugar la insolvencia en que había caído el país tras
dos

décadas de liberalismo esquizofrénico.

La cesión de la Base de Manta inició la traslación del teatro de la guerra desde los altos del
Cenepa

hasta las provincias norteñas de Esmeraldas, Carchi y Sucumbíos. El cipayo Mahuad había

“comprado” una guerra ajena. Este deplorable logro diplomático se convirtió, poco después,
en un

nuevo detonante de la rebeldía que afloró en la Revolución del Arco Iris.

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