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Cap 32

El capítulo analiza los cambios en la fonología del español durante los siglos XVI y XVII, destacando la transición hacia el español moderno y la combinación de revolución y estabilización en el sistema fonológico. Se identifican alteraciones en las vocales y consonantes, así como variaciones en la pronunciación y escritura, reflejando la evolución del idioma en un contexto sociolingüístico. Estos cambios marcan un período de variación y desarrollo que sienta las bases del español contemporáneo.

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El capítulo analiza los cambios en la fonología del español durante los siglos XVI y XVII, destacando la transición hacia el español moderno y la combinación de revolución y estabilización en el sistema fonológico. Se identifican alteraciones en las vocales y consonantes, así como variaciones en la pronunciación y escritura, reflejando la evolución del idioma en un contexto sociolingüístico. Estos cambios marcan un período de variación y desarrollo que sienta las bases del español contemporáneo.

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CAPÍTULO 32

CAMBIOS EN LA FONOLOGÍA DEL ESPAÑOL


DURANTE LOS SIGLOS XVI Y XVII
RAFAEL CANO AGUJLAR
Universidad de Sevilla

O. Planteamiento general

En los siglos xv1 y xvn, época de los Austrias, conocida por su esplendor litera­
rio como «Siglo(s) de Oro», suele fijarse, para el plano fonético-fonológico, el naci­
miento del español «moderno». En este sentido, los cambios en el sistema fonológi­
co diferenciarían claramente esta época de la medieval: derrota de [f-] frente a [h-]
primero y más tarde [�]. desaparición de fonemas sibilantes y palatales sonoros, de­
sarrollo de unidades fónicas tan características del español moderno como /8/ y /xi,
desarrollos divergentes entre Castilla y Andalucía... Todo ello constituiría una se­
cuencia de cambios vertiginosos en la estructura fónica del idioma, para acabar en un
sistema (o en dos) más trabado, que con modificaciones cuyo alcance aún se ignora
(yeísmo, alteraciones de /s/ implosiva) permanecería inalterado hasta hoy. Frente a la
lengua medieval y a la moderna, el español de los siglos XVI y xvn combinaría «re­
volución» y estabilización: revolución de las estructuras medievales y estabilización
de las surgidas de esa revolución. Todo ello le daría personalidad propia y lo confor­
maría como un período bien delimitado sobre bases lingüísticas.
En realidad, los siglos XVI y xvn marcarían la transición entre distintas situacio­
1
[
l
nes de variación, las típicamente medievales y las modernas, más que la consecución
de una situación de estabilidad y «fijación» del sistema: de los cambios que condu­
cen a situaciones estables ninguno nace en este período; y los que parecen originarse
en él son los constitutivos de las modernas situaciones de variación. Constituyen es­
tos siglos un período, pues, porque en ellos cambian las variaciones y las variantes
del sistema fonológico español.

1. Alteraciones en las vocales ,

Como es bien sabido, la conformación del sistema vocálico castellano estaba ya


realizada en la época de fijación escrita del idioma (s. XIII). Las modificaciones que
826 HISTORIA DE LA LENGUA ESPA1"0LA

pueden historiarse en los ss. xv1 y xvn, como las de la Baja Edad Media, se refieren
casi sólo a la distribución en el léxico de determinados fonemas, o combinaciones,
vocálicos. Por otro lado, afectan de forma casi exclusiva a la sílaba átona. Ninguna
de ellas, además, es originaria de este período. Finalmente, aunque tales situaciones de
variación van disminuyendo a lo largo del período, en especial durante el XVII, ello se
da sobre todo en la lengua escrita, especialmente la literaria, y más aún en la más
«elevada»: muchas de esas variaciones perdurarán hasta hoy incluso, pero restringi­
das a los niveles sociolingüísticos «bajos», en particular los rurales, de todo el mun­
do hispánico.
La variación vocálica de esta época puede agruparse en las siguientes categorías:

1) Residuos de la alternancia medieval /ie/-/i/ en determinadas palabras. Fuera


de los romances, donde la transmisión desde época antigua y el arcaísmo es­
tilístico hacen surgir castiellos y cabdiellos (así, todavía en los que recoge
Francisco Navarrete en 1662), sólo hay muestras esporádicas: riestra (Ló­
pez de Gómara 1553 [en CORDE]; Marcos Femández 1655 [ibid.]), sieglo
(un caso en Feliciano de Silva 1534 [ibid.]), mierlas, con varios casos en el
XVI y uno de mierlo en Correas (Vocabulario de refranes, 1627 [ibid.]), ar­
ziella, amariello, en una traducción médica de 1509 [ibid.],' kapiello y Kas­
tiella en los refranes de Correas (1627). Sólo en pries(s)a /ie/ en lugar de /i/
no es esporádico: se documentan en CORDE 3.142 casos de la forma ·con
diptongo, frente a 1.319 con monoptongo. La inmensa mayoría de casos de
pries(s)a se concentra en el xv1, pero también Covarrubias, en su Tesoro
(1611), remite en prisa a priesa, forma bajo la que se define la palabra.2- ' 1
2) Hay alternancia /e/-/i/ y /o/-/u/ átonas, por motivos no sólo fonéticos sino
también por incompleta fijación de los paradigmas de la raíz verbal en la
conjugación -ir. Tomando como base las muestras ejemplificadas por La­
pesa para el XVI ( 19819: 368), hallamos, en el xv11, -e- en formas de verbos
-ir ante diptongo: seguiente (Estebanillo González [en CORDE], o en pre­
téritos fuertes como hecimos, hecistes (así, en el Quijote), o en verbos -ir
donde la disimilación de la vocal radical no triunfó al final: las formas de
recebir son muy abundantes (552 casos en el xvn, según el CORDE), y tam­
bién, aunque menos, las de escrebir. Por el contrario, se encuentra /i/ en for­
mas de verbos -er ante diptongo: en el XVII son aún muy habituales qui­
¡ . .• riendo (pero no hay *quirieron o semejantes), tiniendo y tiniente. Las alter­
nancias en los verbos con vocal radical velar son mucho más raras en el
.,. ' xv11: algunos casos de cobrir, muestras aisladas de puniendo, pero ya sin
bollir y otros señalados por Lapesa para el XVI. Con rarísimas excepciones,
estas formas sólo se documentan en la primera mitad del xvn; la fijación del

l. El arcaísmo con que se sentían tales fonnas se muestra claramente en fray Antonio de Guevara,
quien recuerda en una de sus Epfstolas familiares cómo antiguamente llamaban en España /adriello al la­
drillo. O en Lucas Gracián Dantisco (Ga/ateo español, 1593 !CORDEi), quien cita cochiello como una
de las formas rústicas que todavía puede oír el viajero en las aldeas españolas.
2. En el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española, ya en el XVIII, prisa no figu­
ra como lema.
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS 827
vocalismo verbal, al menos en la escritura, debió avanzar mucho a lo largo
del siglo.
3) Las variaciones vocálicas en los cultismos siguen produciéndose, aunque va­
rios de los casos señalados por Lapesa ya no se documentan, al menos en
CORDE (envernar, mormorar, sujuzgar, risidir). Sí hay en el xvn algún caso
de intelegible (disimilación), también notomfa (por anatomfa: asimilación).
Tales fenómenos se repiten, si bien las disimilaciones son más esporádicas
(sepoltura y sepolturero, cerimonia: con nueva asimilación, cirimonia3). Las
asimilaciones se producen más habitualmente en los cultismos ante un dip­
tongo siguiente (particularmente, en la terminación -i6n): así, de lic(c)i6n se
documentan en CORDE 58 casos (frente a 429 de lec(c)i6n), de perjic(c)i6n
38 (frente a cerca de 1.500 de perjec(c)i6n), de lisi6n 28 (frente a 73 de le­
si6n), y sólo quisti6n es francamente minoritario, con 6 muestras. Tales for­
mas se dan en ediciones del XVII de los más notables autores de su primera
mitad (Mateo Alemán, Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina, Salas Bar­
badillo, Céspedes y Meneses, el Estebanillo González, etc.); la documenta­
ción, en cambio, vuelve a ser mínima referida a la segunda mitad del siglo.
4) Finalmente, pueden citarse algunas otras variantes esporádicas no encajables
en ninguno de los grupos anteriores: abondar usado por Correas en su Vo­
cabulario de refranes y por Lope de Vega, entre otros; sigún, en Quevedo;
siguro, en Quevedo y en otros textos de la época (en la documentación re­
cogida en CORDE).

2. Cambios en las consonantes


,•
2. ) • Los RESIDUOS DE LA «LENICIÓN» ROMÁNICA

2.1.1. Las labiales sonoras (By V) >

La situación inicial para el período histórico que consideramos queda perfecta­


mente reflejada en la información que proporciona Nebrija en 1517 (en sus Reglas de
Orthographfa):
_.,
El qual error [escreuiendo vna cosa y pronunciando otra], por la mayor parte acon­
tece a causa del parentesco y vezindad que tienen vnas letras con otras, como entre la
«b» y la «u» consonante; en tanto grado que algunos de los nuestros apenas las pueden
distinguir, assí en la escriptura, como en la pronunciación, siendo entre ellas tanta diffe­
rencia, quanta puede ser entre qualesquier dos letras (fol 7r)

Nebrija, como maestro de preceptos recogidos «del uso de aquellos que tienen
autoridad para lo poder hazer» (Gramática, fol. 4r), defiende nítidamente la diferen-

3. El vulgarismo rústico de esta fonna lo notó muy bien Cervantes en el Quijote: «la flor de las ce­
remonias, o cirimonias, como vos decís», espeta la Duquesa a Sancho, con evidente afán caracterizador
(y estereotipizador).
828 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

cia entre las realidades fónicas representadas por ambos grafemas (si bien recomen­
dará v para la «u consonante»), según el repetido principio de «escreuir como habla­
mos y hablar como escriuimos» (Reglas, fol. 3v). Pero igualmente reconoce que mu­
chos hablantes no la hacen, lo cual es un error, aunque justificado por la proximidad
entre ambos elementos: quizá se refiera con ello a una difícil discriminación acústica
a causa de su semejanza articulatoria. Tal realidad fónica estaría en la base de la va­
riación interna del castellano de la época: distinción vs. confusión de ambas unidades.
No hay, sin embargo, en Nebrija pistas para establecer una co-variación entre tal di­
ferenciación lingüística interna y realidades «externas», geográficas, sociales o de
uso. Por la práctica escrituraría de Nebrija, el reparto de una y otra grafías, y de sus
referentes fónicos, era el mismo que cierta escritura castellana había consagrado ya
desde el siglo xm: b para la herencia de /8-/ y /-P-/ latinas, u, v para la de /W/, /-8-/
y /-F-/ (con todas las situaciones particulares que puedan establecerse). Apenas un si­
glo más tarde, la situación parecía ser muy distinta: Sebastián de Covarrubias, en su
Tesoro de la lengua castellana o española (1611), aparte de señalar al definir la letra
«B» que «muchas vezes le damos el sonido y aun la figura de la V», sin hablar por
ello de error, en las entradas de «V consonante» remite continuamente a las formas
correspondientes incluidas en «B» (así, en vayo, valadí, vaneo, vaño, varda, var6n,
vezo, etc.; y bajo «V consonante» incluye, por ejemplo, benablo).
Ante ello hemos de planteamos tres cuestiones: hasta cuándo duró tal diferen­
ciación de lo representado por by u, v; qué subgrupos de hablantes se incluían en una
variante u otra; cuál era la naturaleza de la diferenciación fónica de esas dos supues­
tas unidades.
Al igual que en las otras posibles distinciones de la época, las pistas para rastrear
la pervivencia de una distinción fónica correspondiente a la gráfica entre b y v, u son
pocas y poco fiables: consistencia, o no, de tal diferenciación gráfica, testimonios ex­
plícitos de gramáticos y otros, rimas, pervivencias en épocas posteriores (incluso en la
actualidad). Como se ha visto en los capítulos correspondientes, la confluencia de dos
labiales sonoras en un solo fonema (el «betacismo» castellano) era fenómeno antiguo,
bastante extendido en la Baja Edad Media y con raíces muy anteriores (es posible que
tal distinción no llegara siquiera a producirse en amplias zonas de los primitivos ro­
mances hispánicos). Por tanto, no es relevante plantear para el xv1 las «causas» de la
igualación: el supuesto «ablandamiento del consonantismo» (A. Alonso 19672: 61) que
fricatizó la /b/ oclusiva y aflojó la «aproximación dentolabial» de /v/ haciéndola tam­
bién bilabial fricativa, de haber sido una realidad efectiva,4 habría de retrotraerse muy
atrás.s Las razones estructurales aducidas: que /b/ / /v/ fuera la única oposición entre

4. A. Alonso, aunque bajo esa e1iqueta logra in1errelacionar un buen número de cambios fónicos,
no explica las razones de tal fenómeno general, ni el porqué de su aparición precisamenle en el xv1. Tam­
poco aclara si tal «ablandamienlo» ha de limitarse a su supues1a área inicial: Cas1illa la Vieja, con Bur­
gos como cen1ro, por lo que lo sucedido en el res10 del mundo de habla cas1ellana fue un simple cambio
de norma, o si el fenómeno se repilió por todas partes.
5. En esa época primi1iva podrían situarse los hipotéticos suslralos y contaclos lingUíslicos, cuya ac­
tuación en esle cambio es muy discutible. El «eúscaro», supues10 por Martinet (1974119551: 442 y sigs.),
ya fue negado por D. Alonso ( 1972 1J9621: 289-290) debido a la gran exlensión románica de la igualación
de labiales sonoras; sólo que su idea de una «costumbre articula1oria de los antiguos habitan1es de todo el
norte de la Península y el suroeste de la Galia», de la que el vasco no sería «sino una pieza», es aún más
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS 829
sonoras sobre la base de 'oclusivo' vs. 'fricativo', y que distinguiera muy pocos pares
mínimos (Phillips jr. 1975: 217-218), también habrían operado desde antiguo, aunque
cabe preguntarse por qué una distinción con tan débiles fundamentos sobrevivió tanto
tiempo. Tampoco el lapso de un siglo parece suficiente para contemplar el inicio, ex­
tensión y triunfo de un cambio como este, que afecta al paradigma fonológico y que
prácticamente no dejó residuos de la situación anterior.6
Lo que más bien hay que plantear aquí es si en el s. XVI la distinción de labiales
sonoras todavía estaba viva en amplias capas de hablantes, por lo que seguía como
regla de escritura, o si era simplemente un fenómeno residual. A. Alonso, Martinet,
Phillips jr., en cierto modo Lapesa (19819: 370-373), y Alarcos (1988: 49-50) man­
tienen la primera postura; D. Alonso7 y Ariza (1989: 84 y ss.; 1994: 47-63), entre
otros, son partidarios de la segunda. En este punto, para A. Alonso el testimonio de
los gramáticos es fehaciente: son varios, después de Nebrija, los que afirman la dife­
rencia en la pronunciación de by u, v, bien afirmándola frente a quienes confunden
(Bernabé Busto, Francisco de Vergara y otros en la primera mitad del siglo, López de
Velasco y otros en la segunda mitad), bien comparándola, por ejemplo, con el fran­
cés (Antonio de Corro, en 1560), bien describiéndola como más o menos labiodental,
según se verá. De todo ello concluye que la confusión, limitada localmente en los pri­
meros años del XVI, se generalizó a lo largo de su segunda mitad, para hacerse ya ab­
soluta a principios del xvn. Muy otra es la postura adoptada por D. Alonso, quien a
la vista de las contradicciones entre la descripción como labiodental de la v y las evi­
dentes dificultades para distinguirla por diversos autores, rebaja radicalmente la cre­
dibilidad de tales gramáticos.
Poco se ha avanzado, desde el estudio de D. Alonso, en la aportación de datos
de la escritura, manuscrita e impresa, y su cuantificación para valorar el proceso. En
este punto hay que tener en cuenta, en lo que se refiere a los manuscritos (sobre todo,
los de letra cursiva procesal), la extrema dificultad de distinguir las letras b de v. Y en
lo que hace a la imprenta, es relevante que esta tomara en general desde sus inicios
el modelo «nebrisense»; pero tal cosa podía ser sólo una inercia tradicional, sobre
todo cuando hay impresos modélicos en la supuesta distinción en época ya tan tardía
como 1605 (edición de la Primera Parte del Quijote), o 1634 (edición de las Anti­
güedades de Rodrigo Caro). 8 No obstante, que la imprenta tampoco se mantenía al
margen de los cambios lo muestra, por ejemplo, la edición (Baeza, 1614) del Epíto-

difícil de aceptar. Pero además, Martinet había mezclado inadecuadamente la cronología del cambio de
A. Alonso (cree que /b/ y /v/ hasta finales del XVI sólo se confundían en Castilla la Vieja y zonas aleda­
ñas) con la de las repoblaciones vascas propias de la Reconquista medieval, inaplicables al XVI.
6. Ya lo había dicho D. Alonso (1972 [1962J: 223-224): «Imaginar que lo que se ha propagado
desde Burgos, en muy pocos ai'ios, es el fenómeno de la igualación, nos resulta ya muy violento...» Es
verdad que en situaciones de mezcla y nivelación dialectales («koineización») el cambio puede tardar 100
años o menos (cfr. Tuten 2003: 231, sobre la expansión del seseo), pero no parece que fueran esas las
condiciones de toda Espai'ia (o de Castilla, junto con León y Aragón) a lo largo de todo el siglo XVI (ni
siquiera en su segunda mitad).
7. «... en el siglo xv1 (salvo puntos muy aislados) la distinción de v y b era ya cosa de eruditos ati­
borrados de latines, o del arte poética de exquisitos aristócratas literarios» (1972 (19621: 268).
8. No obstante, no faltan las notas discordantes: en la citada edición del Quijote, vando o reberen­
cia. En la de Caro, cabado (de cavar), debido.
830 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

me de Ximénez Patón, donde la confusión gráfica (sauer, escrebir, faltaban, vbiera,


etc.) es constante.9 Pero mientras no haya análisis más pormenorizados (tipos de tex­
tos, lugares de impresión, escuelas y sagas de impresores, etc.) de poco valdrán, para
una visión global y progresiva, estas pinceladas descriptivas.
De los manuscritos parece hoy que, frente a una escritura (la notarial, la vulgar)
llena de transgresiones del viejo sistema de uso de b y v, sólo los autores más cultos
y cuidadosos mantenían la distinción gráfica (¿también la fonética?). Así, el sevilla­
no Femando de Herrera (Macrí 1972: 454-455) distingue escrupulosamente, como
había hecho Nebrija y como era la norma de Garcilaso de la Vega o los hermanos Val­
dés. Pero ya en la segunda mitad de siglo, las transgresiones aumentan: conocidas son
las de Santa Teresa (en el Libro de la vida: trauaja, cavello, etc.: véase Herrero 1997:
271-275); en el manuscrito del Libro de la Montería, de Barahona de Soto (1580-
1600): buestra, sauer, trauajo, arriua, etc.; en una copia salmantina de fines del XVI
del Jardín de Venus, de fray Melchor de la Serna, proliferan los saue, vella, niebe,
vbiste, etc.; y, ya en el xvn, los manuscritos de los más excelsos literatos muestran el
claro olvido de las reglas gráficas que se aplicaban en sus impresos (D. Alonso re­
cuerda cómo Lope escribe refiua, y sus libros recibe). De la abundantísima muestra
de confusión en la escritura notarial, repartida por todo el ámbito castellano, puede
ser buena muestra el granadino Inventario de bienes moriscos (1549-1568): bale, no­
bia, debo, sabanas I sauanas, etc. De nuevo, sin embargo, son necesarios un mayor
acopio de datos y una precisa cuantificación, debidamente estructurada, para llegar a
conclusiones válidas.
En cuanto a las rimas, ya D. Alonso hizo un pormenorizado estudio de la cues­
tión, no mejorado hasta el momento (1972 [1962]: 242-252). La distinción en las con­
sonantes (cabe no podía rimar con suave o llave), aún norma general a fines del XV,
es seguida en el XVI sólo por algunos excelsos poetas: Garcilaso, Herrera, buena par­
te de la escuela sevillana (Juan de la Cueva, incluso los tardíos Arguijo, Medrano y
Rioja). Pero la mayoría, desde Diego Hurtado de Mendoza o Cristóbal de Castillejo
hasta las generaciones barrocas de Cervantes, Lope y Góngora, confunde de manera
cada vez más intensa.
Todo lo expuesto parece abonar la hipótesis de una variación interna en el cas­
tellano del XVI marcada sociocultural y estilísticamente: ciertas élites cultas manten­
drían una distinción, abandonada ya hacía tiempo por la inmensa mayoría, a lo largo
de todas las capas sociales. A fines del XVI, y por supuesto en el xvn, el recuerdo y
la defensa de la distinción eran sólo cuestión de «dómines y de la pedantería» (D.
Alonso). Sin embargo, cuando en la época se alude a la variación interna castellana,
más allá de vagas referencias como la de Nebrija («algunos de los nuestros»), se hace
en forma geográfica, diatópica: Burgos y Vasconia son los lugares, a principios del
XVI, citados para la confluencia (según declaran Busto, Bovelles o Vergara), lo que
llevó a A. Alonso a situar ahí el inicio del fenómeno (hipótesis mantenida por Marti­
net, que la completa con el sustrato eusquérico); desde mediados de siglo, ya será
toda Castilla la sede de la confusión (Villalón, López de Velasco, aunque este aún in-

9. Ya D. Alonso (1972 1 J 962)) había citado el Cancionero de López Maldonado ( 1586): acaua,
sauer , cauellos; o La Angélica de Barahona de Soto (Granada, 1586): derriua y derriba, resciue y resci­
be, cauello y cabello.
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS 831

sista en Burgos), y otras noticias la extienden a León (Torquemada) y norte de Por­


tugal (Nunes de Liao). Nadie, sin embargo, cita un lugar donde la distinción se man­
tenga (ni como norma que haya que seguir, ni como antigualla): A. Alonso, a partir
de la noticia de Villalón («ningún puro castellano sabe hazer differen�ia»), y pensando
que Castilla se contrapone ahí al Reino de Toledo, da por sentado que en Toledo per­
vivía la diferencia; de ahí que Lapesa (1981 9: 372) incluya la igualación b = v entre
los cambios que la nueva norma madrileña irradió por todo el Reino. a costa del an­
tiguo patrón toledano. Pero ningún dato empírico apoya tal suposición: ni los hábitos
escriturarlos de Toledo ni noticias coetáneas. D. Alonso, basándose en la escrupulo­
sidad con que los poetas sevillanos distinguían en sus rimas b y v, en una supuesta
labiodental subsistente en Andalucía, 10 y en la persistencia meridional de /v/ labio­
dental en los ámbitos portugués y catalán, supuso, sin mucha seguridad, que en el xv1
Sevilla sobre todo, y quizá Badajoz. podrían haberse mantenido como focos de dis­
tinción (y aun de labiodental); a ello ayudaría la confusa diferenciación establecida
por Mateo Alemán a principios del XVI. 11 Tampoco para ello hay ningún apoyo ex­
plícito contemporáneo. ,.
Algún apoyo real en el habla, no obstante, debía tener la distinción en esta épo­
ca: por ello, algunas hablas judeoespañolas o cacereñas la conservaron hasta el siglo
xx. 12 Las primeras sólo confirman que a fines del xv la igualación aún no debería ser
general (con independencia de que en la fricativa entrara también la herencia de -P-).
Las segundas,.cuya extensión -se limita en la actualidad a la localidad de Serradilla
(Ariza 1994: 65-70), mantienen la antigua oposición, con /b/ oclusiva diferencial en
interior de palabra procedente de -P-; el carácter aislado de este residuo no permite
vincularlo a áreas antiguas más extensas (¿el Centro? ¿Toledo? ¿León?), y nos sitúa
ante la paradoja de que un área rural recóndita mantenga lo que en el XVI parece que
era la distinción de unos pocos exquisitos. ;
Cuestión muy controvertida sigue siendo la base fonética de la posible distinción
de b y u, v (para la igualación, parece claro que se trataba, como hoy, de una /b/ bila­
bial, oclusiva o continua según el contexto, independientemente de su origen). La po­
sibilidad de una articulación más o menos labiodental para u, v se basa en las siguien­
tes premisas: las lenguas que diferencian dos labiales sonoras (como 'oclusiva' / 'fri­
cativa') realizan normalmente la fricativa como labiodenta1; 13 los gramáticos_ del XVI
parecen atestiguar. ampliamente dicha articulación; ciertos indicios (confusiones gráfi­
cas de v con/ y viceversa: véase Lapesa 1985); pervivencia actual de /v/ en dialectos
españoles en la actualidad (hoy sólo algunas hablas sefardíes); comparación con otras
zonas peninsulares con /v/ labiodental. En ningún caso pueden obtenerse datos que lle-

10. Que no es sino la alteración que una labial inicial puede· sufrir de una aspirada anterior: las bo­
tas llah fóta(h)I. desbaratar= f(d)e(h)faratá].
11. O la seguridad con que el sevillano Corro, en 1560, igualó las pronunciaciones española y fran­
cesa de ambas labiales.
12. Lapesa (19819: 370) recuerda el diferente resultado que en el mapuche chileno dieron nabos
(> 110pur) y ca�·allo (> cahua/111).
13. No es condición imprescindible: el caso de Serradilla mostraría que es posible diferenciar fo­
nológicamente dos bilabiales, oclusiva y fricativa. Pero es una distinción menos controlable articulatoria
y acústicamente, y fácilmente superable en entornos apropiados (aflojamiento de la oclusiva en contextos
intervocálicos, refuerzo de la fricativa en otros).
832 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

ven a una conclusión segura. A. Alonso mostró una larga lista de gramáticos cuyas
descripciones de v la mostraban como «labiodental floja»: descartando los testimonios
inaceptables, ahí figurarían prácticamente todos los defensores de la distinción, Nebri­
ja, Vanegas, Busto, Corro... ; por el contrario, la descripción como bilabial sería propia
de los igualadores: Villalón, López de Velasco... Los testimonios de labiodentalidad
ofrecen en el s. xvn dos casos interesantes, al margen de «disparatados», «meros re­
petidores» y «artificiosos arcaizantes»: Mateo Alemán (1609) y Gonzalo Correas
(1626). El testimonio del sevillano tiene valor por tratarse del primer «intelectual» que
se declaró practicante del «ceceo»: reconoce y condena la habitual igualación («[la b]
tiene cierta similitud con la v, con que haze pecar a muchos, que inadvertidamente la
truecan»), y da la solución («pues la v, se pronuncia, hiriendo el labio de abajo, acom­
pañado de la lengua, en los dientes altos»); ¿hábito local, social, individual?, ¿resabio
libresco? También es interesante el de Correas, máximo defensor de la más estricta co­
rrespondencia entre grafía y sonido: critica la confusión («Algunos descuidados con­
funden [ ...] i lo hazen muí mal») y describe la labiodental («La v se forma casi mor­
diendo el labio de abaxo axuntando i clavando en él los dientes de arriba»); ¿pervi­
vencia de la distinción en un área cacereña cuyo último residuo es hoy Serradilla? En
cuanto a los demás, ya D. Alonso (1972 [1962]: 269-276) criticó su supuesto valor
probatorio: la mayoría pensaba en el latín, incluso Nebrija, 14 o realmente describe una
bilabial (Vanegas), o es absolutamente autocontradictorio (Torquemada). Sus testimo­
nios, pues, no tendrían más valor que el de los muchos «dómines» que siguieron ha­
blando de v labiodental en español hasta el mismo siglo xx. 15
Han llamado la atención las confusiones de Santa Teresa entre/ y v: Faliadolid,
provesar, enverma, vavorecían, profincial (en su manuscrito de las Moradas). Lape­
sa (1985) y Herrero (1997) las relacionan con el intento de distinción de b y v y la
ultracorrección en reproducir una pronunciación labiodental que ella no tenía (como
señala Herrero, es curioso que estos casos se den en un texto, las Moradas, donde la
autora se esforzó por repartir según el viejo sistema las letras by v, y donde también
se hallan confusiones entre p y b). Pero tampoco ello demuestra que tal pronuncia­
ción tuviera realidad social y no libresca.
El único apoyo lingüístico que una /v/ castellana tendría sería el paralelismo con
la situación en los dominios lingüísticos portugués y catalán, donde la /v/ labioden­
tal, con la consiguiente distinción frente a /b/, se halla en sus zonas meridionales y
laterales. En cuanto al judeoespañol balcánico, la existencia de /v/ y el hecho de que
incluya a la herencia de -P- no implican ninguna cronología, ni ninguna seguridad
sobre Jo que ocurría en casteJlano a comienzos de la época «clásica»: tanto podían te­
ner los judíos, como otros castellanos, /v/ de -e- y v, a la que se unió la-� fricati­
zada (<-P-: es conocida la difícil convivencia de [B] y [v]), como haberla desarro­
llado en la diáspora, quizá por contacto lingüístico, tras la fricatización de-b- < -P-.

14. Nebrija describe la v como labiodental en la Gramática castellana, pero cuando lo hace, en se­
guida pasa a una situación antigua, latina. Curiosamente. en las Reglas de Orthograph(a, donde sólo ha­
bla del castellano, establece la distinción, pero no describe v.
JS. Claro que estos últimos lo hacían sobre un reparto gráfico absolutamente convencional, mien­
tras que el del xv1 tenía una base fonética. Pero aun así unos y otros podían coincidir en la prescripción
y falsa descripción de una pronunciación aprendida sólo en los libros y válida para otra realidad.
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRJAS 833

Por último, si efectivamente hubiera existido en castellano (¿hasta principios del


xv11?) una /v/ labiodental, su desaparición, con la consiguiente igualación con /b/, po­
dría explicarse de dos maneras: o por simple abandono, frente al otro tipo de caste­
llano que no poseía ninguna de esas dos características; o por evolución interna,
«ablandamiento fonético», como quería A. Alonso, pues el paso de una /v/ labioden­
tal fricativa a una /B/ bilabial continua es un caso claro de disminución de tensión ar­
ticulatoria (García Santos 2002: 101-104).

2.1.2. La. caída de las «des»

, · La igualación de oclusivas y continuas en las sonoras había ocurrido mucho an­


tes en dentales y velares: en 1500 sólo había un fonema /di y uno /g/, con la antiquí­
sima variación contextual que pervive hoy. Pero la dental mostraba una particulari­
dad, apenas presente en las otras sonoras: 16 su tendencia a la pérdida en posición «dé­
bil» (intervocálica interior), hecho que sólo había afectado en la época medieval a la
procedente de -o- latina, y a la de -T- únicamente, desde fines del XIV, en el limita­
do contexto de la terminación verbal -des.
En el XVI no hay ya nada que haga pensar en dentales sonoras distintas, salvo
como meras variantes, tal como se desprende de los gramáticos, sobre todo extranje­
ros, que se ocupan de ellas (A. Alonso 19672: 63-77). Por otro lado, la desaparición
empieza a afectar a la -d- (< -T-) en entornos progresivamente crecientes, en una
clara muestra de cambio fonético con gradual difusión léxica y con marcada conno­
tación valorativa negativa. Los ejemplos principales fueron ya citados por Lapesa
(19819: 389): quedao (Canc. de Pedro del Pozo, 1547), perdío, to, ca/saos, prozé, de­
seá (escritos de sevillanos desde Indias). No se han aportado nuevos datos que con­
firmen esta distribución sociolingüística, ni que apoyen una mayor consistencia del
sur peninsular (Andalucía) en la intensificación, que no génesis, del proceso.

2.2. DE LAS SIBILANTES Y PALATALES ANTIGUAS A LAS «CES», «ESES»


Y «JOTAS» MODERNAS

2.2.1. La. pérdida de las sonoras

Como ya se ha expuesto en capítulos anteriores, el castellano medieval presen­


taba la correlación de sonoridad en una serie de fonemas dentales, ápicoalveolares y
palatales, cuyo único rasgo común era la vibración adicional de los órganos articula­
torios (denominada por los antiguos filólogos hispánicos rehilamiento), o, en térmi­
nos acústicos, la 'estridencia'. Los de los dos primeros grupos son conocidos como
sibilantes, dada la impresión acústica de silbido producto de esa fuerte fricación. Pero
también es sabido que la presencia, o no, de tal correlación en estos fonemas dividía
al castellano en una variación interna cuya génesis y correlatos (geográficos, socia­
les, etc.) no resultan fáciles de establecer.

16. Carecemos alÍll de una explicación clara para este distinto comportamiento de tales fonemas sonoros.
834 · · HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

Tal situación llega al XVI, para acabar, con muy pocos residuos, en este siglo. Por
ello, resulta también aquí ocioso plantear, para esta época, las causas del cambio. La
hipótesis del «ablandamiento articulatorio» de A. Alonso (19672: 312-313). según la
cual ese relajamiento hizo que la glotis tuviera que suministrar más aire para mante­
ner la vibración articulatoria, a costa de las vibraciones laríngeas, 17 no puede, pues,
describir un fenómeno ocurrido en este siglo; tampoco queda claro en A. Alonso si
el ablandamiento se dio primero en Castilla la Vieja (y León y Aragón) y luego sus
resultados fueron adoptados por el resto ( «cambio de norma»), o si el proceso se fue
repitiendo de forma continuada hasta 1580, aproximadamente, a lo largo de la Penín­
sula de habla castellana. Del mismo modo, han de retrotraerse también a la Edad Me­
dia las explicaciones basadas en razones estructurales (distribución defectiva de las
sonoras, escasos pares mínimos opuestos con estas parejas de fonemas), con las que
se intenta resolver la paradoja de que sonidos sonoros ensordecieran incluso en con­
textos intervocálicos (Catalán 1989 [1957]: 20; Martinet 1974 [ l 955]: 448 y ss.; Alar­
cos 1988: 49, 51-53); y más aún, las de quienes hallan en el contacto con el mundo
eusquérico las razones de la ausencia de sibilantes sonoras en el área reducida del
castellano primitivo, ausencia extendida al resto con las sucesivas migraciones me­
dievales y consagrada, según se verá después, con la migración de las gentes del nor­
te (Cantabria, Vasconia, Castilla la Vieja) a la nueva corte madrileña después de 1562
y el dominio del modelo «castellano viejo» por el prestigio de la Corte y el de sus
portadores {Martinet, Catalán, Lapesa; también Lantolf 1979).
Con claridad, el modelo distinguidor, el que repartía ce, ci, �. frente a z, ss entre
vocales frente a s, x frente a ge, gi, j (y todavía i), en distribuciones que la Lingüís­

)
tica histórica ha identificado como de resultados sordos frente a sonoros, es el que
puede considerarse modélico, patrón de la escritura «elevada». Nacido en el s. XIII,
fue el consagrado por Nebrija, en la Gramática y en las Reglas de Orthographía (más
por la práctica escritural que por la descripción de unas y otras), el defendido por bue­
na parte de los gramáticos, y el enseñado a los extranjeros, así como el adoptado por
la imprenta desde sus inicios. A. Alonso aporta un extenso y exhaustivo análisis de
gramáticos españoles y extranjeros, de los que concluye (19672: 300-301) cómo va­
rios (Vanegas, Corro, Trissino, etc.) apuntan a la sonoridad (comparaciones con las zz
italianas, sorda y sonora, de la z castellana con el zay árabe, el zain hebreo, la zeta
griega) como elemento distinguidor en las dentales, lo que todavía se halla en la se­
gunda mitad del XVI (Velasco, Cuesta, aunque con menos seguridad); en las alveola­
res, la distinción explícita de Nebrija (s inicial y posconsonántica, y ss, «apretada», s

J7. Tesis que ha vuelto a contar con el apoyo de diversos lingüistas actuales, aunque con desarro­
llos claramente contradictorios entre sí: Pensado (1993), quien argumenta que más bien se trató de un re,­
forzamiento y aumento de tensión en estos sonidos fricativos que, por la «ley de compensación» de Rous­
selot, implicó la pérdida de sonoridad, a la vez que convirtió a las otras sonoras en «aproximantes»; Wid­
dison (1995), quien apunta que la duración, rasgo concomitante para distinguir sordas (más largas) de
sonoras (más breves), pudo verse afectada por la posición silábica; García Santos (2002: 115), quien asu­
me la idea misma del «ablandamiento», pues en realidad no habría que hablar de «ensordecimiento» (que
implica «refuerzo»): «...no se trata en realidad de un fenómeno de ensordecimiento, sino de un fenóme­
no histórico más de ablandamiento: la transformación de unos sonidos "rehilados", es decir, tensos, que
pasan a los correspondientes flojos, que concomitantemente resultan ser también sordos» (en suma, «dis­
minución de energía o fuerza física, que se traduce en una pérdida de duración»).
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS 835
«floxa») es seguida, además de las comparaciones con otras lenguas, hasta el último
tercio del XVI; hasta la misma época, o más lejos, llegan las descripciones y compa­
raciones de las palatales.
· , De nuevo la imprenta, como en el caso de bes y uves, perpetúa la distribución
gráfica tradicional, hasta el mismo s. xvm. 18 Igual ocurre con la escritura cuidada,
como se puede ver desde Garcilaso a Fernando de Herrera. Y en las rimas, donde los
grandes poetas de la primera mitad del XVI no riman cabefa con grandeza, lo que sí
se da sin reparo desde Cervantes (A. Alonso 19672: 3 I 3), al igual que las de jixa e
hija, dexa y vieja.
Es muy probable, no obstante, que ello ya no respondiera al uso, si no general,
sí ampliamente extendido por el mundo castellano. A. Alonso, partiendo de lo escrito
por gramáticos como Villalón y otros (que intentan mantener las viejas distinciones
gráficas, pero al ser incapaces de hallarles correspondencias en la pronunciación, sólo
pueden dar reglas mnemotécnicas para su uso), y por las confusiones en rimas de poe­
tas burgaleses, considera nuevamente que Castilla la V ieja fue el foco inicial de la
confusión en la primera mitad del XVI, y que esta se precipitó en los últimos años de
ese siglo, según las denuncias de López de Velasco y Juan de la Cuesta, y la absolu­
ta confusión e igualación testimoniada, implícita o explícitamente, por los que vinie­
ron después. Hoy se sabe que la igualación viene de mucho más atrás, desde la Edad
Media muchos castellanos habían abandonado la distinción (o no la habían practica­
do nunca). En la escritura, tal igualación se manifiesta a lo largo de todo el XVI, aun­
que en principio como formas minoritarias, «disidentes»: en 1509 y 1510 se hallan,
en documentos reales de Valladolid y Madrid, hixos y mexor (Frago 1981: 55 19); en
las Ordenanzas de Jerez (1526) hiciere, diciendo (Ariza 2002: 125); en los Inventa­
rios de bienes moriscos (1549-1568) ajuar I axuar, Yf0, panifuelos, aparte del uso ge­
neral de -s- por -ss-; en documentos de la Corte madrileña de 1568 y 1569 hacer,
clabafon, cabeza, caza (Catalán 1989 [1957]: 29); en la escritura de Santa Teresa,
donde -ss- y -x- ya no se usan (solo hay viesen,fuesen, etc., vaja, pajaros, etc.), y z
sólo se halla en final de sílaba o palabra (con acer, defir, vefinos, etc.) (Herrero 1997:
268-271); y en muchos otros testimonios escriturales (cortesanos, notariales o priva­
dos). Falta, no obstante, aquí también un repertorio exhaustivo y cuantificado de los
usos gráficos, tanto de la imprenta como manuscritos, en todas sus variedades.
Para la correspondencia entre la variación lingüística (distinguir vs. no distinguir
estos fonemas) y «externa», existen dos indicios: uno, la defensa de la distinción, in­
cluso cuando ya no era viva y sólo se aplicaba a la escritura, muestra que esta era la
variante «culta», sociolingüísticamente «alta»; pero la indistinción no llega a califi­
carse de «baja» o «inculta».20 El otro es la ubicación geográfica de una y otra normas,
.. .
· 18. No sin contravenciones: en la traducción de los Diálogos de León Hebreo por el Inca Garcila­
so (Madrid, 1590): trad11cion I 1raduzio11; en la I ª edición del Quijote (Madrid, 1605): ro,ie, maese, alo­
xar I alojado; en las Antigiiedades de Rodrigo Caro (Sevilla, 1634): jirmefa, suciedades, rojo, haza.
· ,, -19.· No nos sirven sus testimonios para las sibilantes, dado que no se tiene en cuenta el uso de la
grafía o (usada para las teóricamente distintas /z/, /si y /"li desde fines del xm), según notó J. A. Pascual
( 1988), con respuesta claramente insatisfactoria (frago 1989a).
-20. Velasco In halla «no sólo entre gente sin letras, pero entre curiosos y obligados a saberlo».
Y tanto Velasco como Cuesta culpan a los maestros de no ser capaces de inculcar la distinción a los ni­
ños (era, pues, desconocida incluso de la escasa población alfabetizada en la época).
836 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

que la Lingüística histórica hispánica ha venido repartiendo, la igualación para Cas­


tilla la Vieja (posible área inicial). Aragón y. más dudosamente, León;21 y la distin­
ción para Toledo, guía del idioma en la época, y con ella el sur peninsular, en espe­
cial Andalucía. Para ello, se ha basado en el supuesto predominio de las grafías con­
2
fundidoras en el norte de España, ya a fines de la Edad Media,2 en la procedencia
geográfica de los gramáticos distinguidores y confundidores en el XVI (los primeros.
casi sin excepción, andaluces y toledanos, los segundos castellanos viejos. aragone­
ses y leoneses) y. sobre todo, en el citadísimo testimonio del dominico fray Juan de
Córdoba. en escrito de 1578, pero válido para antes de 1540, fecha de su asenta­
miento en la Nueva España:

Porque entre nosotros y en nuestra España es lo mesmo, que los de Castilla la Vie­
ja dizen hacer y en Toledo hazer, y dizen xugar y en Toledo jugar... (Del arte en len­
gua ;,apoteca...• fol. 68v)

No queda claro, sin embargo, si con Toledo se hace ahí referencia a una varian­
te dialectal geográfica, considerada superior, o es simplemente símbolo y paradigma
del habla culta y cortesana; tampoco la referencia a Toledo ha de arrastrar necesaria­
mente a toda la mitad sur peninsular. Ahora bien, que falte ahí toda referencia a la
distinción de las eses ápicoalveolares no ha de verse como argumento que desmonta
el testimonio (ni siquiera la utilización en los autógrafos del dominico de sólo -s-,
con ausencia de -ss-),23 sino quizá como indicación de que la igualación se consumó
antes en ese par de fonemas que en los demás. En efecto, la mayoría de los estudio­
sos ha seguido en este punto el parecer de A. Alonso ( 1969: 23) («...la historia de las
parejas s-ss, z-f y j-x está coordenada casi en todas partes, la de s-ss y z-f en todas»),
por lo que comprobar la distinción en, al menos, una pareja implicaba la distinción
generalizada, así como los indicios de confusión en alguna de ellas conllevaba la ex­
tensión de la igualación a todo el conjunto. Pero quizá sea más adecuado lo que su­
giere Ariza (1989: 162; 1994: 224): el ensordecimiento de /z/, con la consiguiente
igualación en las ápicoalveolares, fue anterior, quizá ya bastante general desde me­
diados del XIV, dada la escasa vitalidad de la distinción gráfica -ss- / -s-;24 algo más
tardío sería el proceso en las otras dos parejas.
Lo que con estos fonemas ocurrió en la segunda mitad del xv1 no fue, con toda
probabilidad, la producción, o reproducción, de un cambio fonético, ni siquiera un

21. La conservación en puntos del occidente asturiano, Sanabria, Salamanca y Cáceres de una o
ambas sibilantes sonoras (Lapesa 19819 : 517; Alarcos 1988: 53) suscita dudas sobre la generalidad del fe­
nómeno en León, pese a lo antiguo de las confusiones gráficas en sus documentos. Tampoco está aún cla­
ro si el ensordecimiento leonés es paralelo al castellano, motivado por él o uno de sus factores causantes.
Finalmente, es sólo una hipótesis que en la generalización del ensordecimiento en Castilla entre los siglos
xv y xv1, la convergencia lingüística de lo castellano, lo leonés y lo aragonés en el nuevo «español» fue­
ra un elemento catalizador del proceso.
22. Sin embargo, Lapesa (19819: 371-372) señala casos antiguos de igualación meridional: abaja­
do en el Cancionero de Baena; maxuelo en el testamento de Femando de Rojas.
23. La descalificación de Frago (1993: 258) es. pues, claramente inaceptable.
. 24. No hay que olvidar, sin embargo, la advertencia de A. Alonso (1969: 8-9) sobre la precaución
de tomar como igualación fónica lo que sólo se debe a problemas gráficos (de manera más general, cf.
A. Alonso 19672: 365).
LA LENGUA EN LA ESPAl'IA DE LOS AUSTRIAS 837

cambio fonológico con las consecuencias fonéticas vistas, sino el abandono definitivo
de lo que hasta entonces había venido siendo el modelo, la «norma», quizá ya sólo
válida en la escritura. Tal revolución en la norma y en la conciencia lingüísticas ha
venido siendo achacada al establecimiento de la Corte en Madrid desde la década de
1560. La hipótesis, emitida por D. Catalán en 1957, fue apuntalada demográficamen­
te por Menéndez Pidal en 1962 (fuerte emigración norteña a Madrid, muchos norte­
ños en el ámbito cortesano y burocrático, con notable presencia de vizcaínos y mon­
tañeses ... ), por Lantolf (1979: 307-308) y por Lapesa (1996: 58), quien alude al ver­
tiginoso crecimiento de la población madrileña en la segunda mitad del XVI, lo que
originó una amalgama de gentes de orígenes varios, con predominio de la norteña (si­
tuación propicia a una «koineización», con implantación rápida y general de las for­
mas mayoritarias). Lapesa (1996: 59-60) alude a una concausa más profunda: el vie­
jo modelo «toledano» fue también abandonado, en una época de rigidez y de enco­
namiento en el conflicto de castas en España, «al menos en parte [porque] se había
convertido en indicio de criptojudaísmo u oriundez judaica», dada la vieja tradición
judía de la capital del Tajo, manifestada en el notable aumento de los procesos in­
quisitoriales desde 1540 a 1600.25
En todo caso, lo que Madrid propagaría no sería la nueva pronunciación por el
resto del mundo de habla castellana (sería poco probable una propagación tan rápi­
da y tan general en un ámbito lingüístico tan extenso); esta ya sería general hacía
tiempo. Lo que Madrid consagró fue el olvido de querer buscar razones de pronun­
ciación en la diferencia de letras: gramáticos y escritores las seguirán manteniendo
(más o menos), pero ello ya no tendrá ninguna relevancia de otro tipo. No caben me­
jores ejemplos que los de Covarrubias, que en 1611 se limita a decir a propósito de
la Z: «Muchos vocablos de la zeta están declarados arriba, en la <;, y assí en este lu­
gar no haremos más que remitillos», y Correas, quien, olvidando los residuos de dis­
tinción en su Extremadura natal, se esfuerza denodadamente en 1626, 1627 y 1630
por negar cualquier valor diferente para e, f y z y en usar ya exclusivamente el gra­
fema z.
No obstante, la diferencia no � perdió del todo. Que a finales del xv aún la igua­
lación no era general, lo muestra el judeoespañol, que conserva sistemáticamente la
correlación de sonoridad en términos semejantes a los del castellano antiguo. Y que
la igualación sistemática del xv1 se hizo sobre la pervivencia real de la distinción lo
muestra la conservación de sonoras en Cáceres (con alveolar y dental distinguidas,
como en Serradilla, o igualadas como en Malpartida).26 Ahora bien, el judeoespañol
conserva tanto sibilantes como palatales sonoras, pero Serradilla sólo las sibilantes:
¿implica esto que la igualación de palatales fue anterior?; si recordamos lo dicho para
la ápicoalveolar, parecería que el orden de ensordecimiento fue: l O /z/; 2° Fil; 3° /z/.
Sin embargo, nada de ello es seguro.

25. En 1577 el jerezano Baraona y Padilla engloba a Toledo con las dos Castillas, Aragón y Na­
varra en las igualaciones f'1., ssls, de las que salva a Andalucía; ello contrasta con su peculiar condena de
la igualación andaluza en S de las tres letras C, s, Z (Kiddle 1':177).
26. Para la historia, descripción y discusión del fenómeno cacereño, en lo antiguo y en la actuali­
dad, véase Ariza (1994: 179-201).
j •
838 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

2.2.2. «Ce» y «zeta»: ¿africadas o fricativas?

Dentro del proceso general de «ablandamiento» habría de situarse la fricatiza­


ción de las sibilantes africadas (hecho claro de «lenición» ), fenómeno que sólo afec­
taría a las dentales, pues la palatal sonora, de la que se sabe había tenido realizacio­
nes y variantes africadas en la Edad Media, era ya solo fricativa,27 como lo indica que
su confluencia, única y sistemática en castellano, fuera con la fricativa /s/ (= x). . . ·
Que las sibilantes dentales fueran africadas en el xv1 lo demuestran, según
A. Alonso, las comparaciones de gramáticos españoles y extranjeros con las zz italianas,
el tsade hebreo, o la z griega; así como las descripciones de algún hábil gramático
como Corro (1560). No obstante, dicha africación, en la f, era «blanda y caduca», y
desde el último cuarto de siglo se describe claramente como fricativa. La z debió fri­
catizarse antes: A. Alonso sospecha que ya en Nebrija, por andaluz, podría serlo
(19672: 96), y en la época de Juan de Valdés mostraría su amplia extensión la denun�
cia de este sobre el no hacer «aquella asperilla pronunciación de la z» con las consi_ ­
guientes confusiones entre hazer y haser, razón y rosón, rezio y resio (ibid.: 310-
312), sin que con ello quede claro que sea algo más que «vicio particular de las len­
guas de los tales» ni que se refiera ahí a un «seseo» como variante propia del idioma.
Hoy la mayoría de los investigadores está de acuerdo en situar la fricatización
mucho antes: igualaciones gráficas de -z y -s implosivas, en especial finales (ya lo ha­
bía señalado A. Alonso); ocasionales confusiones entre sibilantes dentales y alveola­
res en zonas luego ni ceceantes ni seseantes; confusiones hechas luego sistemáticas
(las andaluzas); uso de la grafía apara dental sonora y alveolares; carácter fricativo de
las sibilantes en judeoespañol (con restos esporádicos de la africada, en especial tras
nasal), así como en todas las hablas hispánicas, conserven, o no, la sonoridad ... Nin­
guno de estos hechos apoya la idea de A. Alonso de una fricatización anterior en la z
que en la f; y no pasa de ser un supuesto que /z/ se aflojara primero, tal como hacían
todos los demás fonemas sonoros, con su juego de variación 'oclusivo' ~ 'fricativo',
para extender luego la fricación a la sorda /s/ por paralelismo interno (de todos modos,
el aflojamiento de las sibilantes africadas en fricativas es fenómeno común en gran
parte de la Romanía occidental) (Alarcos 1988: 50-51; Ariza 1989: 163-164).
La relación cronológica entre fricatización y ensordecimiento en estas sibilantes
dentales resulta casi imposible de definir: la fechación tardía del ensordecimiento, al
modo de A. Alonso, hacía suponer anterior la fricatización. Hoy, al haber adelantado
el inicio del ensordecimiento, la situación se presenta mucho menos clara. Quizá,
como señala Ariza ( J 994: 225), «en unas zonas fuese antes la fricatización y en otras
el ensordecimiento». De todos modos, ambos fenómenos no se necesitan mutuamen-
te para producirse. • . .
Lo que sí se da hoy por descartado es la posibilidad de que, perdida la correla­
ción de sonoridad, sibilante dental sorda y sonora pasaran a diferenciarse como 'oclu­
siva' / 'fricativa', según supuso A. Alonso, a partir de lo dicho por ciertos gramáti-
.,
27. · Que todavía mantenía restos de su carácter africado a fines del xv lo mostraría el judeoespa­
ñol. con africada inicial o tras nasal. Pero en España, en el XVI la africación de la palatal sólo viviría en
el área castellano-aragonesa. de acuerdo con los Chuan, chente, condenados, pero sin localizar, por gra­
máticos valencianos como Martín de Viciana.
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE WS AUSTRIAS 839

cos, en especial Juan Pablo Bonet (1620). Pero ya el mismo A. Alonso (19672: 318-
321 ) reconoce que tal cosa sería sólo la reacción culta de algunos hablantes conser­
vadores, sin ninguna correspondencia en el habla general, la cual, una vez perdida la
sonoridad de fil, no hizo ningún intento por seguir distinguiendo la antigua pareja con
alguna otra diferencia concomitante; y Catalán (1989 [ 1957]: 30-36) señala cómo el
mismo Bonet en otros lugares no considera relevante la distinción, y cuando lo hace,
al igual que algunos otros gramáticos, es por puro «prejuicio etimológico y ortográ­
fico», sin tener idea de cuál había sido el «verdadero» sonido de z. · e.
. ' , . ' ... ' .,

.'
2.2.3. · Velares y viejas y nuevas aspiradas ,. • .l '' •
1

' ,. . . 1 •
· · · Los movimientos de este conjunto de fonemas no concluyeron en la pérdida de
las sonoras. Hubo notables desplazamientos en algunos de ellos. En el caso de las pa­
latales, ello significó el cambio de lugar articulatorio: las antiguas 1'-1 y /z/ se convir;.
tieron a una articulación _velar, de modalidades muy variadas, fricativa y sorda. Este
proceso de velarización sí es propio de la época que analizamos: es posible que se ini.­
ciara en la Baja Edad Media, en especial a fines del xv,22, pero los datos inequívocos
son del XVI, y el triunfo definitivo del nuevo sonido no debió darse sino en el XVII •
. · .. Los testimonios de la articulación palatal, con o sin diferencia de sonoridad, lle­
gan en los gramáticos hasta finales del XVI, a través de descripciones o comparacio­
nes con palatales extranjeras (ch francesa, se italiana, sh inglesa, ge, gi de todos ellos,
etc.); todavía Aldrete, en 1614, las iguala con se italiana, y tan tarde como en 1659
el francés Dupuis ha de decir que la igualación ge, gi castellana = ch francesa no es
propia de los «verdaderos castellanos» (Kiddle 1975: 96).29 Pero, según Lapesa
(19819: 378), ya en el mismo Nebrija se daría la primera indicación por un gramáti­
x
co de la. velarización: la comparación de x con griega ante vocal palatal (la misma
comparación en Vergara); A. Alonso (1949: 74-75) había desechado esa posibilidad,
así como la de que se refiriera a una medioprepalatal (como el ich-laut alemán), ·so­
bre la base de la repetidísima comparación nebrisense entre x castellana y :fin árabe,
y suponiendo que Nebrija conocía alguna pronunciación dialectal de x (improbable)
o hacía una equivalencia acústica con el sonido más próximo (lo que cree también
Santiago 1994: 328). Indicios más claros de velaridad hay en la segunda mitad del
xvr (Torquemada, ·López de Velasco, etc.) hasta hacerse evidentes a principios del XVII
(Owen, inglés, en 1605, Oudin, francés, en 1610, etc.); algunos gramáticos distinguen
la velarización según se trate de una u otra palatal: el italiano Miranda y Velasco pa­
recen• verla más en la sorda, las Casas en la antigua sonora; otros, como los ingleses
Percyvall y Minsheu, ven· aún palatalidad en el castellano común, pero velarización
(¡con distinción sorda / sonora en x / g, j!) en Andalucía, Sevilla en concreto (Kidd­
le 1975: 78-79, 81, 83, 85). La traducción alemana del Quijote (1621) usó grafía cla-
... : "- ! . \ ,. • f
J

28. De todos modos, los datos aducidos para el xv en Frago (1977-1978; 1981; 1983a: 1985a y
1993) y Mondéjar (2001: 287) no pueden seguir admitiéndose: véase Ariza (1994; 1996 y 2003).
29. Rivarola (1989: 229) recoge dos testimonios contradictorios en relación con /U del quechua:
uno (1644) dice que no es igual ax castellana sino portuguesa (i.e. la castellana no es palatal), pero otro
de 1649 sí que identifica el fonema indígena con la x castellana. • .
840 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

ramente velar: Don Kichote (frente a las adaptaciones francesa: Quichotte, e italiana:
Chisciotto, que parecen mostrar aún palatalidad). En algunos casos, la descripción pa­
rece la de un sonido intermedio entre palatal y velar, semejante al ich-laut alemán (es
la de Correas, según Kiddle), una palatal no coronal que, según Rivarola (1989; 1997:
550-551, aquí sobre la descripción del galés Rhys), podría haber pervivido en diver­
sas zonas americanas.
Ahora bien, en algunos gramáticos, pero sobre todo en textos de índole muy va­
ria, los indicios de velarización surgen de los cruces, intercambios e igualaciones en­
tre las grafías de las antiguas palatales (x, g, J) y la h, signo de usos múltiples en la
época, pero que cuando representaba algún sonido valía por la aspirada /h/ proceden­
te de F latina. En efecto, h podía tener valor diacrítico (he/ e, ha/ a), evitar «feos so­
nidos» o malas lecturas (en huerto, huevo, etc.), recordar al latín (honor, hombre), ser­
vir de adorno (hordenanfa) o no tener explicación clara (hermano, helar). Los erudi­
tos más atenidos a la pronunciación (Nebrija, Valdés) admitían los dos primeros usos,
no los demás, y la reservaban para aquellos casos en que «hería en la garganta» (Ne­
brija). En este uso desde fines del xv se había consagrado para referir a lo que pare­
cía el triunfo definitivo de la aspiración resultante de F de tan antiguo arraigo en el
castellano: la Gramática (1492) y las Reglas (1517) de Nebrija, la escritura de la im­
prenta, los manuscritos, más o menos elevados, literarios o notariales, se habían de­
cantado por hijo, hembra, humo, hazer, etc., relegando la/ a formas más o menos
cultas, recientes o no (fama,fortuna,familia), a antiguallas jurídicas (fallar,falta,fe­
cha), y a los casos donde la aspiración fonética no se había dado (ante consonante:
frente,flor, o diptongo: fuerte,30 fiesta). Perduró la/, pero ya como variante arcaica,
casi limitada al ámbito notarial y progresivamente abandonada. La aspirada patrimo­
nial y su signo h, parecían haber ganado la batalla, y es lo que los gramáticos segui­
rán prescribiendo en la ortografía y en la enseñanza del idioma. Pero la pérdida de la
aspiración, conocida desde antiguo en Castilla, siguió avanzando, tal como muestran
gramáticos, sobre todo de Castilla la Vieja, como Villalón (al creer que hombre, hom­
bro son aspiradas) o López de Velasco, que la ve desaparecer de la pronunciación y
la escritura «en algunas partes»: que intenten mantenerla indica que la aspirada es to­
davía el «modelo». La explicitación más nítida de la variación interna castellana, cla­
ramente localizada, vuelve a ser el dominico fray Juan de Córdoba: «... y dizen [Cas­
tilla la Vieja] yerro y en Toledo hierro. Y dizen alagar y en Toledo halagar»; y con­
secuentemente con ello, muchos manuscritos castellanos (por ejemplo, los de Santa
Teresa) o documentos notariales omiten la h de cualquier origen. La aspirada se había
independizado como fonema: /f/ y /h/ podían distinguir pares mínimos, aunque pocos
(forma/ horma,fondo I hondo), y ya la variación f~h se había suprimido en los cultis­
mos (VíJlalón, aunque consciente de la proximidad entre ambas, cree que «no suena
tambien dezir, hortuna, como fortuna: ni hatiga, como fatiga»). Pero su ausencia de
buena parte del habla castellana iba a hacerse lo general en el idioma desde las últi­
mas décadas del xv1: Catalán, Menéndez Pidal, Lapesa, etc. consideran que su desa­
parición de la «norma» idiomática fue otra de las irradiaciones de la nueva Corte ma­
drileña, moldeada lingüísticamente sobre el hablar castellano viejo. Sin embargo, su

30. La literatura de tema o personajes rústicos muestra como rasgo propio del habla vulgar la as­
piración ante -ue-: huerte, huente, etc., resto de la vieja variación medieval.
LA LENGUA EN LA ESPAl'lA DE LOS AUSTRIAS 841
resistencia fue mayor: Covarrubias, que había olvidado por completo otras caracterís­
ticas del «sistema toledano», y aunque incluye con h cultismos o formas castellanas
donde esta no sonaba (hydra, hombre, Hiperión, etc.), se siente obligado a rebelarse
contra su pérdida («...los que son pusilánimes, descuydados y de pecho flaco suelen
no pronunciar la h en las dicciones aspiradas como eno por heno y umo por humo,
etc.»). No obstante, el área de influencia de Toledo en el centro y sur peninsular (por
razones eclesiásticas llegaba hasta Jaén y otras zonas del oriente andaluz recién re­
conquistado) siguió al norte en esta pérdida. Hacia el oeste (Extremadura), y el sur
(Andalucía occidental y sus prolongaciones malagueñas y granadinas), en cambio, el
fonema aspirado se mantuvo, uso que en esta época aún no se considera vulgar3 1 (lo
prueba la cerrada defensa que Mateo Alemán hace de ella, cuando es «letra con que
se aspira»), lo cual explicaría su interferencia con el proceso de velarización.
Lo que, en efecto, se sintió vulgar fue la igualación fónica de esta antigua /h/ con
la herencia de /'f./, por medio de los cruces gráficos h - g, j (también, aunque menos,
con x): cohechando (Carmona 1512; Mondéjar 2001: 116), amoxinar (por amohinar,
en carta del médico zamorano López de Villalobos: Lapesa 1997 [1985]: 17) y los
aducidos por Lapesa (19819: 379-380) para el xv1: hentil, hermanía (este, dudoso),
gazía, golgara, gerera, gaser (y formas del verbo), gasta, garta, y xvu: paharito,
muher, rrehistro, mahestad, Hosed, más los testimonios Literarios de Medrano o Que­
vedo. A ellos podrían añadirse otros muestras del lenguaje del hampa de 1616 (Hoan,
pelleho, husto) y 1617 (baraha) (Kiddle 1975: 92). Como vulgarismo es denunciado
por el sevillano Juan de Robles (1631): «... el barbarismo de poner la h por ella [la x]
diciendo habon, y llevandose tras si laj y lag, con que dicen algunos, Huan y muher,
especialmente los negros bozales y los que vilmente los imitan». Más tarde, en 1651,
el jiennense padre Villar dará la equivalencia como andaluza general, y sin condena:
«Tambien convierten las jotas en gees y equis en aches; diciendo por joya hoya, por
girón hirón y por xabón habón.» No puede asegurarse que en todos los casos se tra­
te de articulación aspirada de la nueva velar igualada con h < F (no había otro signo
para «velar» que h), aunque cuando las referencias son a Andalucía (sobre todo a Se­
villa) ello es mucho más probable.32
Han sido muy discutidos los motivos y lugar originario de la velarización, así
como su diferenciación en «velar» frente a «aspirada»; también su relación con el en­
sordecimiento. Respecto de esto último, todo depende de la fecha que se suponga a
cada fenómeno: la mayor antigüedad, probable, del ensordecimiento lo haría, al me­
nos en algunas zonas (¿el norte?) anterior a la velarización; en otras zonas (¿Toledo?
¿el sur?) podrían ser coetáneos (Alarcos 1988: 56). El hecho de que durante el. XVI los
intercambios gráficos sean casi solo entre h y g, j (los grafemas de la palatal sonora)

31. Todavía en 1719, un tal Juan Curiel pronuncia en la Real Academia Española una «Disenacion
Apologética por los Andaluzes en la Guttural pronunciacion de la H. aspirada». Y en el primer tomo del
primer Diccionario académico (1726) no parece haber precisamente censura: «pues los Castellanos jamás
usan de la letra H, y aunque precisamente la pidan diferentes palabras, en su boca no se oye el mas leve
indicio de aspiración: lo que no sucede en Andalucía, y en casi toda la Extremadúra...».
32.. A principios del xvn se cita incluso la pérdida de dicha aspirada (por su extremadamente rela­
jada pronunciación: Erez, arro, por Jerez, jarro, propios de la «gente menuda» de Sevilla y denotadores
de «bravosidad» (González-Ollé 1987: 385-386).
842 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

ha hecho pensar (Ariza 1994: 243 y sigs.) que quizá la velarización fuera anterior en
la palatal sonora y. por tanto, anterior al ensordecimiento (¿pero una palatal sonora
velarizada no hubiera confluido con /g/ fricativa?). Por otro lado, dada la proceden­
cia geográfica de estas igualaciones gráficas, ·se ha afirmado en numerosas ocasiones
que la velarización comenzó en el sur, en Andalucía; no es seguro, pues al documen­
tarse el paso a velar sólo por los cruces con h, ello no podía sino ocurrir donde esta
representara algún sonido (Andalucía, Extremadura, Toledo), no donde ya no era
nada (Castilla la Vieja) (Ariza 1994: 237, con cita de Lapesa en n. 72; pero también
Frago 1983a: 225). En cuanto a los motivos suele aducirse la necesidad de diferen­
ciación con las eses alveolares, sorda y sonora (sonidos muy próximos, como mues­
tran los trueques antiguos: Xuarez-Suarez, ximio, xastre, etc.; quijo, relisión, colesio,
etc.); y se hizo velar precisamente para llenar la «casilla vacía» de este orden (com­
puesto solo de /k/ y /g/); pero en Andalucía tales motivos no valen, pues las eses al­
veolares se estaban perdiendo, adelantándose hacia el orden dental, y no había «casi.:.
lla vacía» en las velares, dada la consistente presencia de /h/ (< F).33 Podría tratarse
de una nueva manifestación del «ablandamiento», o debilitamiento, articulatorio (Ri-.
varola 1989; Pensado 1996 y García Santos 2002: 135-13634 ). Finalmente, en cuan­
to al reparto «velar» / «aspirada», no parece que hubiera ni un paso s > h > x, ni un
paso s > x > h, ambos indemostrables; lo más razonable es pensar que en el atrasa­
miento articulatorio, cuando el nuevo sonido se encontraba en algunas zonas con /h/
acababa igualado con él, y donde no, se hacía más propiamente velar: lo muestran
tanto la distribución geográfica actual (donde queda h < F, esta es también la articu­
lación de la velar3s) como el hecho de que en ninguna zona hispánica se diferencien
fonológicamente «velar» y «aspirada».

2.2.4. Las «ces», «zetas» interdentales

Los cambios vistos hasta ahora no supusieron ninguna ruptura interna del idio­
ma, incluso en la velarización, pues las distintas realizaciones, tan diferentes, no lo
son sino de una única entidad fonémica válida para el conjunto del español. En cam­
bio, el proceso ulterior en las sibilantes dentales sí introdujo una clara escisión en el
mundo hispánico.
· Tras ensordecer y relajarse en fricativo,· el sonido resultante de /si y /z/ acabó
convirtiéndose en una interdental de fricación plana. Se trata de un mero cambio fo­
nético (modificación de la articulación), pero debido, en principio, a motivos fonoló­
gicos: la distinción plena con /si, claramente en peligro en muchas zonas hispánicas

33. La creencia de Eddington (1990: 243-244) en un adstrato arábigo para explicar la velarización
andaluza, es, por razones históricas bien conocidas, sencillamente irreal.
34. Estos dos últimos autores, tras comparación con fenómenos románicos semejantes y análisis de
laboratorio, consideran que se trata de un «proceso de desoralización 1 •.• 1 pérdida de la constricción oral,
resultado del proceso de lenición».
35. Todo ello con independencia de que, por seguimiento de la norma «estándar», percibida lexe­
ma a lexema, las hablas urbanas y cultas de Extremadura o Andalucía hayan ido eliminando el sonido de
hambre o hembra; pero donde se percibe el sonido aspirado como mera variante de /x/ (muhé, diho), ahí
sobrevive sin problemas.
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS 843
según veremos. Es además un cambio sólo rastreable· en las descripciones y compa...
raciones de los gramáticos (con las dificultades que ello conlleva, dadas las habitua­
les inercias y tendencias miméticas de estos). Los primeros indicios claros (compara­
ciones ocasionales con /8/ griega) se sitúan en la segunda mitad del xv1: Corro (J 560:
para la sorda c, y quizá también para la sonora z), López de Velasco (1578: para la
sorda), Cuesta (J 584: para la sonora); a principios del xvn. las descripciones del fran­
cés Oudin (1619) y el español Bonet ( 1620), entre otros, parecen certificar claramen­
te la interdentalidad de c-f y z, También serían indicios las repetidas declaraciones de
gramáticos españoles y extranjeros, desde mediados del xv1, que insisten en la difi­
cultad y rareza del sonido español propio de estas letras. No obstante, dada la falta de
identificaciones nítidas con /8/ griega y, sobre todo, th inglesa (incluso en gramáticos
ingleses) hasta, al menos, principios del xvm, A. Alonso (19672: 332 y ss.) extrajo la
conclusión de que en los siglos XVI y XVII se trataría de un ciceo «incipiente», no tan­
to como esporádica presencia aún entre los hablantes sino como un desarrollo lento y
gradual desde una articulación acanalada, «siseante», a otra plana, «ciceante» (situación
comparable al ceceo andaluz descrito por Navarro Tomás: ibid.: 333-334). Desde una
perspectiva metodológica completamente distinta, Guitarte (1992b) considera que to­
dos esos testimonios lo son de «ciceo» (i.e. interdentalidad) pleno; la ausencia de
equivalencias con th inglesa, aparte de a la inercia de los gramáticos. se debería a que,
en realidad, las interdentales española e inglesa presentan notables diferencias. ·
Como es obvio, la interdentalización tuvo que producirse con posterioridad a la
conversión de las sibilantes dentales en fricativas. Pero, en principio, nada hay que
la sitúe antes o después de la pérdida de la sonoridad: de hecho, como parecen indi­
c� los testimonios de Corro o Cuesta, pudo producirse cuando aún tal correlación
existía; más claramente aún lo confirma la perduración de las sonoras en ámbitos sal­
mantinos y cacereños (Ariza J 994: 179-201), con diferencia entre interdental sorda y
(cuasi)-interdental sonora. . ·· ·
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2.2.5: Igualación de «ces» y «eses»: «ceceos» (¿y «zezeos»?) y «seseos» '..I , �
Frente a la distinción entre las sibilantes dental y alveolar, afianzadas como /8/
vs. /s/,.en la zona meridional de la Península, más concretamente en el reino de Se­
villa y también en el de Córdoba, desde fines de la Edad Media hay indicios sufi­
cientes de que tal oposición estaba abandonándose. Ni siquiera la aparición de la in­
terdental salvó la distinción, p�es esta acabó uniéndose al variopinto conjunto de rea­
lizaciones fonéticas del único fonema en que confluyeron dentales y alveolares. · . · ·
En efecto, los datos ofrecidos en su día por Lapesa (1985 [1957]), Catalán (1989
[1958]) y Menéndez Pidal (1962) mostraron claramente el desarrollo y difusión de la
igualación de dentales y alveolares (con o sin presencia de la correlación de sonori­
dad) desde aproximadamente el segundo tercio del s. xv, por lo que en 1500 se trata­
ba de un fenómeno bien establecido,36 cuyo grado de difusión ignoramos, pero que
,_
36. No han tenido suene, por el contrario, los intentos de retrasar aún más la igualación. En algún
caso, porque el ejemplo aducido ha resultado ser lectura errónea (nuezes, no quezo (Mondéjar 2001:
304)). Por otro lado, Ariza (1994: 226-231 y 248-251; 1996:. 45-47 y 52-57; 1997b: 126-133) ha mostra-
844 HISTORIA DE LA LENGUA ESPA1"0LA

debería penetrar ya todos los segmentos sociales, pues hay datos procedentes incluso
de las capas sociales más elevadas. Así, se documentan trueques gráficos significati­
vos: Lapesa (1985 [ I 957]: 253-255), en textos de Sevilla o de su entorno, atestigua
sinbolio y symborio («cimborrio») y ser6 («cerró») en 1506, resebí, parese, resela,
acaeser, etc. en 1549, Medina Cidonia y Za,yavedra en 1566, sercando, siruelo, ca­
zada («casada»), segar («cegar»), etc. en 1560-1570, bezaría, abraza («abrasa»), etc.
en 1578; Catalán (1989 [1958]: 63-64), sanja, ensima, simientos, rompedisa, plaso,
etc. en 1519, Esija, comenso, sinco,parese, mosos, etc. y razo («raso»), vizitando en
1522; Menéndez Pidal (1962) cita además algunos casos cordobeses, más esporádi­
cos y tardíos: entre los más seguros, Servantes (1531 y 1539), Sorita (1540 = 9ori.;.
ta), selozos (I 540). Las confusiones en la rima constituyen un indicio aún más segu­
ro: en el sevillano Juan de Padilla, en 1518, riman ginoveses, meses y arneses con ve­
zes, dehesa con realeza y reza, recibiesses con padeces y mereces (Lapesa 1985
(1957]: 253-254; pero véase, para tales rimas, la crítica de A. Alonso (1969: 99-
102)); en la segunda mitad del siglo, el sevillano Juan de la Cueva rima dizes y avi­
ses, empresas y proesas, atraviesa con pieza y empieza, y el cordobés Barahona de
Soto voces con dioses (Menéndez Pidal 1962). El mismo A. Alonso, partidario de una
cronología tardía del fenómeno, aduce datos documentales no solo de comienzos del
XVI sino muy anteriores, cuya autenticidad, no obstante habría que comprobar (1969:
79 y ss.).37 Más recientemente, Ariza (2002: 125) ha presentado nuevos datos que
confirman la difusión andaluza occidental de la confusión: quifiere, afistir, perfona,
otrofÍ, ce face, acontesse, etc. (Ordenanzas de Jerez, 1526). A todo ello, habría que
añadir la primera referencia explícita del fenómeno, la caracterización del capitán
Luis Marín, originario de Sanlúcar de Barrameda, hecha por Bemal Díaz del Casti­
llo: «�va un poco como sebillano», que para A. Alonso (1969: 54) ha de· situar­
se en 1568, fecha de redacción de su Historia, frente a lo cual Catalán (1989 [1958]:
61-62) y Menéndez Pidal (1962) argumentan que la vinculación entre «cecear» y «se­
villano» debió estar presente ya en 1519.38
Ciertamente, las noticias explícitas de esta confluencia son tardías, y en ellas,
y en el silencio indiscutible de todos los gramáticos hasta la década de 1580,39 y en
la falta de reflejos literarios del fenómeno (por ejemplo, en Lope de Rueda) se basó
A. Alonso para establecer una cronología tardía del fenómeno, tanto en España como
en América, y así afirmar la independencia genética de ambos procesos. En efecto, el

do contundentemente la inaceptabilidad de los datos medievales de seseo-ceceo propuestos por Frago


(véase en especial Frago 1993, como síntesis de sus pretendidos hallazgos); consideraciones teóricas y
metodológicas en las que no se puede entrar aquí confirman lo inasumible de sus propuestas hasta 1993.
Para todo ello, véase además Tuten (2003: 245-256).
37. Son de sobra conocidas las dificultades de lectura e interpretación planteadas por las grafías
bajomedievales y áureas para /ti y /z/ (de las que destaca la u, usada para ambos fonemas así como
para /si).
38. La documentación americana del fenómeno es también muy temprana: véase Lapesa (1956;
1981': 376-377; y 1985 [1964]), con los datos y bibliografía allí aducidos.
39. No obstante, frente a lo sostenido por A. Alonso, para quien Nebrija jamás aludió a un «ceceo»
regional andaluz "(sólo a los «ceceosos» por defecto fisiológico), ni hay en él huellas del fenómeno, Ca­
talán (1989 (1958]; 66-68) afirma que con la extraña ecuación entres greco-latina, samech hebreo y s =
f de los ceceosos hispanos, Neb rija se refería a la pronunciación regional sevillana.
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIA$ 845

primer testimonio claro es ofrecido por Arias Montano, quien en 1588 señala cómo
en los años de su llegada a Sevilla (1546-1547) andaluces y sevillanos pronunciaban
igual que los demás castellanos, pero 20 años después casi nadie distinguía ya s de f
o z, a no ser «viejos graves» y «jóvenes mejor educados» (A. Alonso 1969: 48-51).
Desde 1600 las denuncias se generalizan, cifrando el fenómeno, por lo general, en el
trueque entre C y S y al revés (Alemán, 1609; Covarrubias, 1611; Aldrete, 1614; Co­
rreas, 1630; Robles, 1631; Villar, 165 l ), o fijando el paso S > C como lo propio se­
villano, frente al valenciano C > S (Ximénez Patón, 1614); la confluencia se consi­
dera «sevillana» (Ximénez Patón, Correas� o andaluza (Aldrete, Alemán, Covarru­
bias, Villar). Cuando recibe nombre, el fenómeno se denomina zezear (Ximénez
Patón, quien creó el neologismo sesear para la confusión valenciana), zezeo (Corre­
as), zecear (Villar); y ceceo y sus derivados aparecen en diversos textos que se refie­
ren en esta época al fenómeno andaluz o sevillano (cf. A. Alonso 1969: 76; Lapesa
1985 (1957): 256-257; Guitarte 1992a: 135-137). Con este empleo, ceceo y cecear
adquieren una nueva aplicación, después de las más antiguas de «habla torpe, con fre­
nillo» (defecto fisiológico) y de «habla graciosa» (cecear por gracia), donde entre
otras alteraciones, se incluía la confusión de sibilantes alveolares y dentales en un
solo sonido interdental (Lapesa 1985 (1957): 256; Catalán 1989 (1958]: 56-60; Qui­
tarte 1992a). Finalmente, relacionado con el «cecear por gracia» o con el dialectal se­
villano está el ceceo con que se caracteriza a los gitanos desde principios del XVI: para
.A. Alonso (1969: 132-140) nada tienen que ver el ceceo gitano y el andaluz (o sevi­
llano), a lo que se opone frontalmente Catalán (1989 [1958): 60-61), quien considera
el ceceo gitano «un testimonio indirecto de la existencia en España, a principios del
s. xv1, de comunidades ceceosas limitadas geográfica y socialmente».
· Comprobada la amplia presencia de la igualación de sibilantes ya a comienzos
del XVI, no tiene sentido plantear para esta época (y tanto en España como en Amé­
rica) la hipótesis de A. Alonso de las tres etapas del seseo: a) igualación de -z y -s
finales; b) igualación de z y s sonoras; c) igualación de e y ss sordas. La confluencia
alcanza a cualquier contexto y a cualquier origen etimológico (con independencia de
que en otras zonas hispanas -z y -s finales siguieran neutralizándose) (véase Guitar­
te (1983 (1976]: 63-98, para un análisis crítico de dicha hipótesis). En cuanto a los
motivos del cambio y de su difusión, parece evidente que siguieron actuando los fac­
tores que habían provocado su inicio en la Baja Edad Media: la proximidad entre las
dentales (c, f, z) y las alveolares (ss, s), tras el aflojamiento de las primeras, se re­
solvió en indistinción, tal como presagiaban los abundantes «trueques» entre unas y
otras, constatables en el castellano general (A. Alonso 1947: l-2 y 8-9), hasta el pun­
to de que Alonso llegó a pensar que la crisis fonemática (indistinción, ya no trueque)
apuntaba en el Reino de Toledo entre los siglos xv y XVI, si bien sólo entre las sono­
ras, y que con la entrada en la confusión de las sordas Toledo (y algunas zonas an­
daluzas) junto con Castilla reaccionaron marcando más claramente la distinción (A.
Alonso 1969: 99, 105 y 141-142). El proceso lingüístico es, por otra parte, indesliga­
ble de las alteraciones demográficas habidas en Andalucía desde el s. xm, intensifi­
cadas a fines del xv con la conquista y repoblación de Granada, y en el XVI con el ex-

40. Correas, no obstante, señala ya el «ceceo» de dos lugares extremeños: Malpartida (Cáceres) y
Fuente del Maestre (Badajoz).
846 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

traordinario incremento poblacional de Sevilla por su función de metrópoli colonial:


las convergencias de gentes de orígenes dialectales variados en un nuevo entorno
constituyen una situación favorable a la «koineización» y a los procesos de simplifi­
cación estructural en los puntos conflictivos del sistema lingüístico (cf. Lapesa 1985
[1957); Menéndez Pida] 1962; Tuten 2003).
La documentación y las noticias explícitas de !a época sitúan a Sevilla como
centro del fenómeno andaluz de indistinción; no es seguro que fuera Sevilla el único
foco irradiador y difusor, pero sí parece claro que la aceptación y generalización de
la indistinción en la urbe sevillana fue factor decisivo para que este, y los demás fe­
nómenos «andaluces», fueran algo más que una disidencia baja y rural. Junto a Sevi­
lla, la «costa del Andalucía» (Huelva y Cádiz), y penetraciones hacia el interior (cam­
piñas y vegas sevillanas y gaditanas); menos nítidamente aparece la difusión del fe­
nómeno Guadalquivir arriba (Córdoba, no obstante, aporta datos). El Reino de Jaén,
de estrecha vinculación con Toledo, se vio libre del proceso, salvo en prolongaciones
como las que llegaron a Baeza o Alcalá la Real. Por su parte, la igualación fue lle­
vada por los repobladores sevillanos, gaditanos y cordobeses al recién incorporado
reino de Granada, y el asentamiento de unos y otros en la sierra de Ronda, en las cos­
tas, en la vega granadina y en las ciudades, frente a repoblaciones de otras proceden­
cias (Jaén, La Mancha, Murcia) explicarían el mapa lingüístico actual del viejo reino
granadino. Los datos son antiguos: ya en escritos de 1495, Actas capitulares de 1500
en adelante, etc. se documentan en Granada las confusiones (Menéndez Pida) 1962);
a este tipo de castellano igualador se asimilaron los moriscos más integrados (Lape-
sa 1985 [1957]: 261 );" ¡
Se ignora aún cuál fue la mecánica interna del proceso de igualación fonemáti­
ca, así como sus modalidades iniciales, y si estas ( «ceceo» vs. «seseo») se repartían
según los parámetros geográficos y sociales actualmente vigentes. A.. Alonso (1969:
140-144) creyó que lo que hubo en Andalucía en los siglos XVI y xvu fue un cons­
tante «trueque» de «c por s y al revés», identificando el primero con el «ceceo» y el
segundo con el «seseo»: este último era el camino de la igualación andaluza [Link]
(la de las sonoras). al igual que ocurrió en otras zonas románicas (parece olvidar
Alonso que, salvo en el ámbito catalán, el «seseo» románico es siempre con. dental),
antes de entrar las sordas en el proceso, lo cual produjo ese intercambio anárquico,
en el que lo más llamativo fuera de Andalucía era precisamente «c por s» (el «ce­
ceo»), de ahí que fuera este el único nombre aplicado entonces a la confusión anda­
luza. Por ello, Alonso se ve obligado a suponer un desplazamiento fonético en la
«ese»: de ápico-alveolar a predorsal (o coronal), como fruto de una asimilación hacia
la «ce» en ese trocar perpetuo; y a imaginar una reacción «urbana», de Sevilla y otros
enclaves (como Lucena o Cabra), que pasan (¿en el xv11?) de «ceceantes» a «sesean­
tes» (curiosamente, en ese «ceceo» antiguo identificado sin más con el moderno,
Alonso no menciona la articulación interdental como característica esencial). Más ve­
rosímil y coherente es la hipótesis de Lapesa (1985 [1957): 261-265): ceceo tenía en
/1

41. Por lo demás, los moriscos en general, de cualquier zona, siguieron la vieja práctica arábiga de
pronunciar como fl) las «eses» romances, pero ahora también las «ces» y «zetas»: Aldrete, en 1614, na­
rra cómo-a los moriscos granadinos se les reconocía por decir «xebolia» en lugar de «cebolla» (Gonzá-
lez-Ollé 1987: 357-358; véase también A. Alonso 1969: 111 y ss.). , .
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS 847

lo antiguo un sentido más amplio, pues englobaba los actuales «ceceo» y «seseo»;
históricamente, todas las realizaciones de la indistinción andaluza, como dentales, son
herederas de las e, f, z antiguas, con desaparición de las viejas alveolares, que pasan
a ser sustituidas por sus competidoras dentales; ello se condice, además, con la natu­
raleza fonética de la herencia de /s/, /z/, que, fricatizadas, recorrieron el camino del
«siseo» primitivo (fricación alargada y acanalada) al «ciceo» posterior (fricación pla­
na transversal):42 no ha de olvidarse que durante el xv1 todavía en Castilla e, f, z po­
dían responder a pronunciaciones «siseantes»; toda esa variedad es la que pervive hoy
en la Andalucía igualadora. Ideas semejantes se defienden, por ejemplo, en Alvar
(1990 [1974): 45-53), y son las de aceptación más general en la Lingüística híspáni�
pese a las críticas de Guitarte (1992a: 137 y ss.), para quien la elección del término
cecear para el fenómeno andaluz tenía que conllevar, no sólo pronunciar «c por s», sino
también hacerla interdental (como los más antiguos ceceos patológico o «por gra­
cia»), articulación esta que sería ya en el xv1 la habitual para c, f, z, por lo que los
españoles agrupaban con su «ese» las francesas o portuguesas, tan distintas a la suya
por naturaleza (pero semejantes, si no idénticas, a la andaluza). De todos modos, que
en los gramáticos de la época cecear valía tanto para «c por s» como para «s por e»
parece bien comprobado (Satorre 1995).
Todo ello, no obstante, no arroja luz ninguna sobre la mayor o menor antigüe­
dad relativa ·de las distintas modalidades del «ceceo-seseo». A. Alonso parece creer
más antiguo el «ceceo», pero no aclara si es «ciceante» (cronología radicalmente ne­
gada por Lapesa y Alvar). Dado que el «siseo»· domina en las tierras del reino gra­
nadino reconquistadas en la primera mitad del xv (Antequera), y el «ciceo» en las
conquistadas y pobladas después de 1481, podría pensarse que esa fue su cronología;
pero ya Menéndez Pida) ( 1962) recuerda la presencia de «ciceo» en zonas reconquis­
tadas en el XIV (Algeciras, Olvera� etc.). Es posible, por otra parte, que desde los ini­
cios operara la distinción sociolingüística. de modo que la confusión «siseante» fue­
ra la preferida en los ámbitos urbanos (Sevílla) y en las clases superiores, frente al
«ciceo» vulgar y rural; pero nada de ello es seguro. Finalmente, ya en el gramático
cordobés Juan Sánchez se observa (1584; cf. Lapesa 1985 [1957): 259) un compor­
tamiento que González-Ollé (1999) cree ver en la Sevilla del xvn y que hoy es usual
en ciertos niveles sociales. o registros en Andalucía: la reintroducción de la distinción
de sibilantes, pero oponiendo una interdental (para la herencia de e, f, z) a una «ese»
dental, predorsal o coronal.
Los dos procesos de confluencia de sibilantes: el más general de sordas y sono­
ras y el más localizado de dentales y alveolares, podrían considerarse distintos capí­
tulos de un mismo proceso de «ablandamiento», o «lenición» y, desde luego, de una
simplificación de un sistema muy cargado de unidades demasiado próximas. Pero son
procesos independientes entre sí: por ello pudo haber confluencia de los dos órdenes
manteniendo la distinción de sordas y sonoras, como quieren Lapesa (1985 [1957):
263) y Catalán (1989 [1957): 21-24), que diferencian así ceceo (fefeo), el de sordas,
de zezeo, el de _sonoras; o la igualación de los órdenes se dio sobre sibilantes ya en-
l - t.
42. Más tarde, desde el s. xvm, estabilizadas ya /8/ y /s/ en el castellano «estándar», las varieda­
des andaluzas se clasificaron · a partir de su parecido con uno u otro fonemas: las «ciceantes» se identifi­
caron a la /8t castellana y las «siseantes» a la /s/, pese a sus diferentes origen y articulación.
848 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

sordecidas (o al mismo tiempo). Ambas situaciones pudieron perfectamente coexistir,


al menos en la primera mitad del xv1, en Andalucía, dependiendo de zonas, estratos
sociales... Los datos actuales no permiten una decisión clara en este punto.

2.3. OTRA IGUALACIÓN ¿INCIPIENTE?: EL YEÍSMO

La igualación fonemática entre /J/ y /y/, y resultado final en esta última, con múl­
tiples paralelos románicos (orígenes distintos para cada fonema, según los casos), es,
como se ha visto en los capítulos correspondientes, un fenómeno ya datable en la
Edad Media (Lapesa 19819: 382-383; nuevos datos en Chamorro 1996: 104-10643). De
ahí que tampoco aquí pueda considerarse la época de los Austrias como el momento
inicial del proceso, ni tampoco en ella hayan de buscarse las claves explicativas.
No obstante, debía tratarse de un cambio poco «visible» en la población hispá­
nica: el silencio absoluto de los gramáticos, y su ausencia en la caracterización de ti­
pos regionales en la comedia, así parecen confirmarlo (Alonso 19763 [1951]: 164 y
ss.). Por el contrario, desde Lope de Rueda es un rasgo que tipifica el «habla de ne­
gros», y, con menos asiduidad, la de «moros» (moriscos: estos más bien convertían ll
en li, liama por llama, xebolia por cebolla, etc., y distinguían bien (así en la literatu­
ra aljamiada), /J/ de /y/: cf. Qalmés 1957): aqueya, cabeyos, etc. Pero que el cambio
existía lo muestran los trueques gráficos sacados a la luz por los investigadores: La­
pesa, recogiendo hallazgos suyos y de Quitarte o Qalmés, entre otros, cita humiyos,
caldiyo (Canc. de Pedro del Pozo, 1547), Cocallo (Barahona de Soto, 2ª mitad del
XVI), vallan, hayarés, etc. (Sebastián de Pliego, de Brihuega, 1581), yegándose, ya­
mando, alludalla, etc. (Doncella Arcayona, obra de un morisco andaluz, 1609), pa­
pagayo(= «para pagallo»: Covarrubias, 1611). Chamorro (1996) añade: bailan (Cór­
doba, 1554), triyar (morisco aragonés, 1557), /la(= «ya», Motril, 1558), yenase (car­
ta del marqués de Mondéjar a Felipe 11), alla (= «haya», Málaga, 1587). En un plano
de la sevillana Casa de Contratación ( l 587): hayaron. También podría aducirse la cu­
riosa grafía reylles (carta de un sevillano desde Indias, 1568). Como es sabido, la do­
cumentación americana del proceso es también muy temprana (Lapesa 19819: 384-
385; Chamorro 1996: 110-1 J J ). Por tanto, la cronología propuesta por A. Alonso:
yeísmo más temprano en América (hacia 1680), yeísmo peninsular a finales del xvm,
es hoy claramente insostenible.
En la génesis del yeísmo parecen implicados varios factores: continuación del
«ablandamiento» articulatorio del Siglo de Oro (A. Alonso I 9763 [ I 951]: 208); ca­
rácter aislado y escaso rendimiento funcional de la oposición /J/ / /y/, «rareza» de /J/
(Alarcos 19684: 279; Quitarte 1983 [1955]: 157-158); excesiva proximidad de /y/ al
reforzar su carácter consonántico, y ampliar su campo de difusión tras el ensordeci­
miento de la otra palatal sonora PJJ.44 Por otro lado, tampoco es seguro si hubo una

'
43. Trabajo este con el que ha de tenerse precaución, pues mezcla los datos del yeísmo castellano
con las confluencias medievales, en distintas zonas hispánicas, de la herencia de -LL- y -u- latinas.
44. Para Nebrija. la grafía y sólo servía para distinguir i vocal de consonante: raía, aio (si i con­
sonante= i, hoy raja, está claro que en la actual raya veía una vocal). También veía combinaciones de
vocales, triptongos, en aiais, hoiuelo, etc. (Gramática castellana, fols. 13v y 14r). En cambio, Covarru-
LA LENGUA EN LA ESPAl'ÍA DE LOS AUSTRIAS 849

zona de nacimiento del fenómeno, o si surgió en diversos focos más o menos inde­
pendientes: su consideración habitual como «andalucismo» podría· tener apoyo en el
mayor número de datos procedentes de esta región; pero también los hay de otras zo­
nas (con predominio, eso sí, de Toledo hacia el sur), y en todo caso, no parece que
estemos ante una difusión de sur a norte (por lo menos en esta época), sino en una
intensificación andaluza de un proceso iniciado tímidamente en diversos puntos his­
pánicos y generalizado allí por las bien conocidas condiciones de «koineización» sim­
plificadora. Finalmente, los datos aducidos hasta ahora niegan la hipótesis de un cam­
bio por sustrato (arábigo: mudéjar o morisco) (Pocklington 1986: 85-88), si bien el
yeísmo «negro» y el morisco podrían manifestar la fácil acogida de una desfonologi­
zación como esta en una situación de contacto lingüístico proclive a la simplificación;
pero no tienen por qué mostrar su nacimiento.

2.4. EL DEBILITAMIENTO DEL CONSONANTISMO IMPLOSIVO


Los cambios que se exponen a continuación tienen como rasgo común el debili­
tamiento de las consonantes situadas en la posición posnuclear silábica (dentro o al
final de palabra). Incluyen procesos de neutralización diversos, así como la elimina­
ción de algunas de las consonantes en tal posición. En este sentido, cumplen la «ley
fonológica» emitida por A. Alonso acerca de las consonantes españolas en dicho con­
texto (19743 [1945): 237 y ss.), así como la tendencia a la «sílaba abierta» (Catalán
1989 [1971): 77 y ss.). No obstante, los resultados posteriores de alguno de estos pro­
cesos (por ejemplo, la aspiración de -s implosiva) parecen desmentir los objetivos
tanto de «sílaba abierta» como de una mayor simplicidad fonética.

2.4.1. -R y -l : neutralizaci6n y pérdida .. ¡)

La neutralización de -r y -1, conocida desde el s. xn, y cristalizada, sobre todo


en situaciones de disimilación (MARMORE > mármol, etc.), sigue manifestándose en
casos semejantes en los siglos áureos, en diversas zonas de la Península. La novedad
va a consistir ahora en la intensificación del proceso, desgajado ya de constricciones
contextuales, en el sur de España, tal como manifiestan los datos aducidos por Lape­
sa (1981 9: 385-387): alfobispo, leartad, arcallería, Bercebú, Arco/ea, etc., en diver­
sos escritos de Granada, Córdoba o Ronda; en América la documentación del trueque
es igualmente temprana.45 Ahora bien, vuelve a tratarse aquí de un cambio no testi­
moniado en absoluto por los gramáticos (A. Alonso 19763 [1945): 264), aunque al­
guna vez aparezca para reflejar el habla de negros (entendel), si bien para este fin do­
mina la elisión de la consonante (vueve, Guiomá, etc.) (Lapesa (1981 9: 387). "

bias, en 1611, ya no se acuerda de la vocal y compara el sonido «más blando» de yo, ya, yesca, yerva,
con el de «j, jota», como en jamón. Y antes, Mateo Alemán niega su calificación tradicional como vocal
y la afirma como consonante.
45. Más datos andaluces, aunque mezclando épocas y confusiones -r = -1 con otras diversas, en
Frago ( 1993: 488-498). ,· · • • ·
850 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

La segunda novedad observable para esta neutralización desde el XVI es la eli­


minación de la consonante, normalmente en fin de palabra, con datos de semejante
procedencia meridional y americana: llorá (Canc. de Pedro del Pozo, 1547), servidó
(Arequipa, 1560), mujé (Quito, 1582), etc. (Lapesa, loe. cit.; también Frago, op. cit.).
La presencia en moriscos granadinos del trueque (alfobispo, etc. en Núñez Mu­
ley), así como la desaparición, intercambio o adición de estas líquidas, sobre todo en
posición final de palabra, en los arabismos no tienen por qué llevar a la hipótesis de
un sustrato arábigo para el fenómeno (y menos granadino) (Pocklington 1986: 84-85):
la antigüedad de este, los focos dispersos por buena parte de la Península, las distin­
tas condiciones del proceso en castellano y en los arabismos, y, finalmente, la casi
nula posibilidad histórica de que los moriscos granadinos pudieran transmitir algo lin-
güísticamente, hacen muy improbable tal suposición.

2.4.2. La-d

La debilidad de la -d final de palabra desde antiguo es bien conocida. En el Si­


glo de Oro fue observada por algunos gramáticos (Torquemada o Bonet; el primero
denuncia además «una de las principales faltas de la ortografía» consistente en casi
no sentirla y no escribirla: verdá, virtu1. Tal debilidad se manifiesta en la continua­
ción del trueque gráfico (-d ~ -z, etc.), conocido desde la Edad Media: Trinidaz, pa­
ternidaz (Canc. de Pedro del Pozo, 1547: formas que no necesariamente han de indi­
car 'interdental'). En el sufijo -adgo la neutralización se consumó a lo largo del XVI,
dando -azgo, así corno en judgar> juzgar, y otros.
Más notable es la normalidad con que se manifiesta la desaparición denunciada
por Torquernada: navidá, beldá, en Gil Vicente, mocedá, edá, maldá, en Lucas Fer­
nández, Olí en Bemal Díaz del Castillo, Madrí en Quevedo; junto a ello, la pérdida
en el imperativo plural (esecutá, etc.) fue normal desde Garcilaso, admitida por Val­
dés (quien reservaba la vírgula para distingui.r toma (sg.) de tomá (pi.), y usual aún
en el xvu: A Alonso 19672: _65-66).

2.4.3. La -s

De la aspiración y pérdida de -s, en interior o en final de palabra, los datos e in­


dicios procedentes de la época áurea son más que controvertidos. Corno en otros ca­
sos, los testimonios explícitos se limitan a Ja caracterización sistemática del habla de
negros con toda -s desaparecida. No hay ningún gramático que se refiera al fenóme­
no como hecho hispánico. Sólo contamos, pues, con «faltas» gráficas como indicios,
y prácticamente nada más que con la omisión del grafema s en posición implosiva, o
su aparición ultracorrecta. De este tipo son los datos aducidos en Lapesa (198 I 9: 387-
388), a los que habría que añadir los numerosos presentados por Frago en diversas
ocasiones (como síntesis, véase Frago 1993: 475-488), datos procedentes de forma
mayoritaria del mediodía peninsular, pero también de Toledo y otros lugares. Me­
néndez Pidal (1962) añadió la transcripción Sofonifa por Sophonisba, hecha por Her­
nando Colón a principios del XVI, suponiendo un paso sb > hb > (h)f (cp. hoy resba-

-
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE WS AUSTRIAS 851

lar > re/alá); es muy dudoso, sin embargo, que un nombre exótico como ese, quizá
nunca pronunciado en España, atestigüe un cambio tan profundo.
La crítica a estos datos se ha hecho en numerosas ocasiones: las omisiones y fal­
sas reposiciones de letras son comunes en los manuscritos antiguos y modernos, y en
los impresos, sin que necesariamente conlleven modificaciones fonéticas (Torreblan­
ca 1986 y 1989); en ocasiones, la falta aparente de concordancia (del tipo «sus pa­
•drino» y semejantes) va más allá de la posible pérdida de -s («el dicho examenes» o
«alguazil mayores» comentados en Ariza 1996: 50, y 2002: 127 respectivamente).
Apoya además la cronología tardía del fenómeno su ausencia en judeoespañol. En
cuanto a su variable difusión americana, lo mismo podría apoyar esa fechación tardía
que suponer su existencia ya en 1492, aunque aún limitada social y geográficamente.
Ahora bien, omisión o ultracorrección de -s sólo se referiría a uno de los aspectos del
fenómeno: la pérdida. La aspiración habría de verse oculta tras la grafía -s (como es­
taba oculta tras/ la procedente de F latina), pues representación directa con h o j no
se halla en esta época, a no ser que sean fidedignos los casos de «las jacciones» (Gra­
nada, 1610) y ehtanpado (Loja, 1675) aducidos por Chamorro (1998: 202 y 205).46
Es, pues, probable que la aspiración, y pérdida, de -s se diera ya en los siglos XVI y
xvu (¿desde cuándo?), pero aún no se ha presentado ningún testimonio incontrover­
tible de ello (salvo si consideramos que la extendida aspiración en nosotros, vosotros
remonta 11 una época, entre el xv y el xv1, en que los elementos de estos pronombres
aún no se habían fundido, como quiere Ariza (1999: 60), siguiendo a Walsh..
. _· , Por ello, tampoco es seguro que las explicaciones dadas hasta ahora a este fe­
nómeno deban referirse a este período histórico. Algunas, ciertamente, retroceden
mucho más en el tiempo: Frago (1993: 477) la cree de origen medieval (y aun quizá
latino), desarrollada en puntos diversos de la Península y llevada al sur en la recon­
quista y repoblación posteriores al s. xm. También Walsh (1985) pensó en .un origen
norteño, leonés en este caso, a partir de la palatalización -s > -s, tan habitual en el
occidente peninsular, llevada a Andalucía por los repobladores leoneses medievales,
y que atrasaría su articulación en la época de la velarización general de /s/.47 Sin pre­
.cisiones locales ni temporales, también Pascual (1998), partiendo de los «datos de as­
piración» (nuevamente omisiones de -s) hallados en los escritos de una monja de
principios del xvu originaria de zona abulense, hoy con aspiración, cree en una aspi­
ración general de -s, que retrocedió en el español «norteño» (más atenido a la forma
escrita), mientras se impuso en la mitad sur, en especial en Andalucía (mayor grado
de analfabetismo, menor sujeción a la norma escrita), dejando, eso sí, reductos en el

·
,; 46. Evidentemente, no pueden aceptarse como pruebas de aspiración de -s final de palabra las nu­
merosas palabras con h- ultracorrecta que transcribe (no todas, además, van detrás de-s en el discurso)
(Chamorro 1998 y 2001). · ·, · · · · •·
47. Las críticas a esta hipótesis han sido numerosas (Torreblanca 1987; Ariza 1999): contexto li­
mitado de dicha palatalización en castellano antiguo (en general, ante -k-), frente a lo general de la as­
piración de -s; presencia de la aspiración en tierras (Murcia, La Mancha. .. ) muy lejanas a León; la aspi­
ración andaluza parte de una /s/ dental, no apical, la más fácilmente palatalizable (claro que la aspiración
podía ser anterior al «ceceo-seseo», origen de dicha /s/). Por otra parte, la palatalización s > ! ha sido tam­
bién atribuida a influjo morisco (para esta cuestión, véase ahora del Valle 1996); pero un influjo directo
arábigo para-la aspiración de -s y sus ulteriores consecuencias (Pocklington 1986: 93-94) ha sido nega-
do, con razón, por Torreblanca (1989: 285-288). •. • , ... �
852 HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

norte (Santander, Salamanca, Ávila, etc.). Para las explicaciones foneticistas del pro­
ceso, válidas en cualquier época, véase García Santos (2002: 136-169).

2.4.4. Los grupos de consonantes

Ya a principios del xv1, el castellano resolvió algunos grupos consonánticos poco


acordes con el tipo de combinación preferida por el idioma: así, -bd- simplificó tras
vocal velar (cobdo > codo), y vocalizó en los demás casos (cabdal> caudal, debda
> deuda). Aún perduraron algo segund, sant y cient, pero ya no eran las preferidas de
Nebrija.
La variación, por el contrario, continuó en los grupos introducidos a través del
léxico tomado del latín escrito desde el s. xv. La contienda entre adecuarlos a las
constricciones fonotácticas propias del castellano o mantenerlos ( con ocasionales de­
formaciones, y aun ultracorrecciones) se mantuvo durante todo este período históri­
co. Y la preferencia por seguir una u otra corriente, en los escritores, o defender una
u otra opción, en gramáticos y ortógrafos, depende de muy variadas razones, aún no
estudiadas; como tampoco se ha estudiado de cerca la variación, tanto en manuscri­
tos como en impresos, con alguna excepción (Satorre 1989a), por lo que las visiones
globales dadas por Lapesa (19819: 390, donde cita efeto, seta, conceto, acetar, perfe­
ci6n, solenidad, coluna) o Lloyd (1993: 557-559, que añade perfeto, respeto, bautis­
mo, a.fici6n, lición, dino, maní.fico, sinificar, pronto) siguen siendo las únicas refe­
rencias.
Ahora bien, ni en todas las palabras ni en todos los grupos la variación presen­
taba la misma intensidad. Según los datos del CORDE, conceto o efeto son muy fre­
cuentes en los siglos xv1 y xvn,48 pero manífico (o derivados) sólo ofrece siete casos
en el XVII (frente a 105 en el xvl). De caturar y derivados no hay ningún caso. En
cuanto a otener, sólo lo cita Correas como resultado deseable, frente al más «duro»
outener, oujezion, formas todas siempre preferibles a las con -b-.
En cuanto a los gramáticos, la corriente más tradicional, iniciada con Nebrija, no
reconocía estos grupos como propios.49 Valdés es muy explícito: pronuncia, y escribe,
sinificar, manífico, dino; el Anón. de Lovaina de 1559 defiende también manifico y
mananimo (y escribe sinificar, ditongo, tritongo). Tales preferencias llegan al xvn: Ale­
mán afirma rotundo que la escritura latina no debe dominar la castellana, y así ha de
escribirse y decirse sétimo, y rechazarse, entre otras, exempto, contradictor, escriptura,
etc. Ximénez Patón también prefiere dotor y dotrina (pero docto), efeto (pero afecto y
afectado), precetor, conceto, sinificar, soleni<Jad, etc., mostrando así una variabilidad
según los casos léxicos concretos. Correas fue uno de los máximos defensores, en la
teoría y en la práctica, de la simplificación. Frente a ellos, muchos preceptistas utiliza-

48. Es imposible hacer porcentajes sobre la conservación vs. simplificación del grupo, dado la fre­
cuencia con que en el CORDE se recurre a ediciones modernizadas.
49. No obstante, Nebrija fue más estricto en la Gramática, donde esos grupos eran «peregrinos»,
es decir, extranjeros, que en la Orthographfa, donde admite docto, perfecto, digno, signo (sin embargo,
antes había dicho que en signo, magnánimo, benigno, magn(jico, se escribe g, pero no se pronuncia), so­
lemne, escriptura, ruptura, «diciones latinas de que vsamos en el castellano» (Reglas, fol. 11 v).
LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS 853

ban las grafías complejas «cultas»: escriptor, tractado, dictiones, significado, sexto,
septimo, octavo, etc. (Venegas); corrupta, scriptura, coniunction, etc. (Anón. de Lo­
vaina de 1555); ignorada, diction, puncto, exception, escripto, etc. (Corro).

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