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El documento narra la lucha interna de un joven llamado Fran, quien se siente invisible y atrapado en un ciclo de dolor y soledad. A través de su experiencia con una psicóloga, comienza a explorar sus sentimientos de desesperanza y la búsqueda de conexión emocional. La narrativa refleja temas de sufrimiento, búsqueda de identidad y la necesidad de ser escuchado y comprendido.

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El documento narra la lucha interna de un joven llamado Fran, quien se siente invisible y atrapado en un ciclo de dolor y soledad. A través de su experiencia con una psicóloga, comienza a explorar sus sentimientos de desesperanza y la búsqueda de conexión emocional. La narrativa refleja temas de sufrimiento, búsqueda de identidad y la necesidad de ser escuchado y comprendido.

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Índice

Índice.................................................................................................1
Prólogo............................................................................................. 3
Primera Parte................................................................................... 6
Capítulo 1: “No soy invisible”........................................................ 7
Capítulo 2: “Perdido”................................................................... 17
Capítulo 3: “Pequeñas palabras”................................................30
Capítulo 4: “Detrás de la máscara”.............................................37
Capítulo 5: “Un rincón donde existir”.........................................49
Segunda Parte................................................................................ 57
Capítulo 6: “El sentido de las cosas”..........................................58
Capítulo 7: “Gracias”................................................................... 72
Capítulo 8: “Sin luz”.................................................................... 82
Capítulo 9: “El calor del invierno”............................................. 102
Capítulo 10: “Se terminó”........................................................... 118
Tercera Parte.................................................................................147
Capítulo 11: “Si los ángeles existen”.......................................... 148
Capítulo 12: “Verdades que duelen”.......................................... 163
Capítulo 13: “La despedida”.......................................................175
Capítulo 14: “Florencia”.............................................................190
Capítulo 15: “Nombre”............................................................... 199

1
“En lo más profundo del invierno,
finalmente aprendí que dentro de mí
había un verano invencible”
- Albert Camus

2
Prólogo

3
Voy conduciendo a 200 kilómetros por hora y mis frenos
están rotos. Estoy acostado en mi cama mirando el techo,
como es habitual antes de dormir, y no puedo dejar de
pensar en cómo llegué a este punto. Y es que, aunque lo
intenté evitar, siempre voy a llegar a lo mismo. Pareciera ser
que haga lo que haga, me esfuerce lo que me esfuerce, las
cosas siempre van a terminar mal, y el lastimado voy a ser
yo. El auto va a terminar estrellado.
A día de hoy sigo sin entender cómo fui capaz de cometer
tantos errores, cómo pude permitírmelo, si yo mismo me
había prometido que esto no iba a volver a pasar, ¿cómo es
que estoy acá otra vez? Juro que lo intenté, por Dios, hice
todo lo posible en serio. ¿Por qué no me quieren? ¿Por qué
las personas que me importan más son las que menos les
importó? ¿Acaso hay algo malo en mí? ¿Estoy acaso
condenado a vivir así? O quizás, este es el infierno, y estoy
pagando por algo que cometí. Ya no estoy seguro de nada.
De todas formas, pareciera ser que siempre que lo intento
fracaso, siempre.
Entonces, —pensé mientras fingía hacerme el dormido para
ocultar mis lágrimas cuando entró mi madre a agarrar una
frazada de mi placar—, ¿qué sentido tiene seguir haciendo
las cosas, seguir intentándolo, si aparentemente cuanto

4
más lo intento, solamente sigo fracasando y encima me
duele muchísimo más? ¿Qué sentido tiene la vida entonces?
Ninguno, absolutamente ninguno. Capaz sería mejor si todo
se terminara, así al menos, no tendría que sufrir hasta mi
muerte. Siento que este frío que me recorre, este dolor
punzante en el corazón, casi como si me estuvieran
clavando una estaca en el pecho, este vacío inmenso, esta
soledad, no son normales. No puede ser que haya sufrido
tanto, y soy consciente de que desde mi posición tengo
mucha suerte comparado a otras personas, pero aun así el
dolor que siento es infernal, necesito alguien o algo que me
haga sonreír, por favor Dios. Le decía suplicando mientras
lloraba, a pesar de nunca haber tenido una conexión con Él y
no estar muy seguro de si era creyente o no. Necesito paz,
porque no puedo más así, por favor, no puedo más, tarde o
temprano este dolor me va a matar, lo sé, voy conduciendo a
200 kilómetros por hora y mis frenos están rotos.

5
Primera Parte

6
Capítulo 1

“No soy invisible”

7
Buen día Fran,
Soy Flor, psicóloga del cole.
Recién tuvimos reunión con tus papás, y les comentamos que
habíamos acordado que empieces tratamiento, con el
contacto que yo les pasé la semana pasada.
Espero que tengas unas lindas vacaciones y cualquier cosa
me escribís!
Saludos,
Flor

El 22 de diciembre de 2021 recibí tu primer mail, el cual no


contesté, por supuesto. Aún no tenía suficientes razones
para confiar en vos y más con lo que había pasado la
semana anterior a nuestra primera charla.
Sigo pensando que no estuvo buena la forma en la que ese
profesor traicionó mi confianza y le dijo a mis padres lo que
me pasaba. Entiendo ahora que era muy importante debido
a la situación que me estaba atravesando, pero me hubiera
puesto más contento si hubiera sido por otros medios.
Al fin y al cabo, a mis padres les resultó igual de molesto que
a mí, o incluso más. Sus palabras, sus quejidos, su ira…
todavía hay partes en mi cabeza donde siguen apareciendo,

8
una y otra vez. Y es curioso porque, a pesar de que ya
pasaron muchos años, aún siguen doliendo.

Llegaste a mi vida por un mensaje. Un mensaje que envié a


mis amigos y ni siquiera yo entendí por qué lo había hecho. A
día de hoy todavía tengo mis dudas.
En ese momento no sentí que lo que estaba diciendo era
muy grave, solamente quería que me conocieran más, una
parte de mí que nunca había mostrado. No sé por qué lo
mandé, pero algo me llevó a compartirlo. Tal vez, una parte
de mí, la más agotada y asustada, necesitaba que alguien
más lo supiera.
Al leerlo ahora, es algo escalofriante. Es raro describirlo,
pero me quedo en un completo shock. Un frío me recorre el
cuerpo, un temblor se agita en mis manos, siento una
parálisis completa de mi mente al mismo tiempo que recibo
el mismo impacto que mis amigos recibieron al leer el
mensaje.

“No sé si quiero seguir viviendo”

Esa frase estaba ahí, flotando en medio de un texto largo,


lleno de confesiones y reflexiones sobre mi vida y mis

9
sentimientos. Y creo que fue la razón por la que mis amigos
se preocuparon tanto.
Así, una semana después, la conocí.

Estaba en clase, como siempre, distrayéndome mientras


dibujaba algo en mi cuaderno. De repente, uno de los
directivos entró y llamó mi nombre. Me levanté bastante
enojado, ya que sabía de qué se trataba todo esto y
sinceramente no tenía ganas de hablar de vuelta con ese
profesor, esa persona que me había traicionado.
Me llevaron a una habitación en la que nunca había entrado y
me hicieron esperar sentado.
La habitación era algo pequeña, había una gran mesa en el
medio y un par de sillas alrededor, parecía una de esas
habitaciones en donde tienen reuniones muy importantes en
las películas.
Creo que estuve muy poco tiempo solo en esa habitación,
sin embargo, yo lo sentí como una eternidad. El ambiente y
las razones por las que estaba ahí simplemente me hacían
sentir que no era mi lugar, y eso solamente empeoraba mis
nervios.
Mientras estaba sentado, miraba hacia abajo y pensaba en
cómo iba a liberar todo mi enojo cuando el profesor

10
apareciera por la puerta. En cómo le iba a reclamar lo que
había hecho, y en cómo iba a refregarle en la cara los
pésimos resultados que había tenido su forma de actuar.
Me llevé una sorpresa cuando la puerta se abrió. Pues
aquella persona que no quería ver no estaba, como si mi
deseo se hubiera cumplido. Al contrario, una mujer rubia y
con una elegancia impoluta entró a la habitación como si
fuera el lugar más cotidiano del mundo para ella, porque lo
era, y se adueñó de la misma en segundos.
Se sentó y me miró, tenía una sonrisa en la cara que
simplemente no puedo describir, como si no hubiera razón
alguna para estar triste.

—¡Fran! —dijo con naturalidad, como si no estuviera a punto


de hablar con una persona a la cual no conoce en absoluto.

Me limité a asentir con la cabeza. No sabía qué esperar de


todo eso, pero quería que terminara rápido.

—Yo soy Flor, la psicóloga del colegio —prosiguió—, ¿cómo


estás?

11
Esa pregunta, tan sencilla y común, me golpeó de una
manera extraña. Quise reírme, ignorarla, decir cualquier
cosa que terminara la conversación antes de empezar.

—Bien —mentí, con la mejor cara que pude poner.

Ella no respondió de inmediato. Ladeó la cabeza levemente,


como si hubiera esperado esa respuesta, y luego guardó
silencio. Un silencio raro, pero no incómodo, como si
quisiera que fuera yo quien hablara primero.

—¿Sabés por qué estás acá? —insistió, esta vez con un tono
más suave.

Sentí el nudo en mi garganta apretarse. No porque la


pregunta fuera complicada, sino porque la respuesta lo era.
¿Por qué estaba ahí? Porque los demás creían que algo en mí
no estaba bien. Porque nadie sabía qué hacer conmigo, ni
siquiera yo mismo.

—No sé —respondí finalmente, encogiéndome de hombros.

12
Ella asintió, como si esa respuesta fuera suficiente. No
había juicio en su expresión, ni reproches. Solo me miraba
con esa mezcla de paciencia y atención que me hacía sentir
incómodo, pero también un poco más seguro.

—¿Estás seguro de que no sabés? —continuó—. ¿No creés


que pueda tener que ver con el mensaje que mandaste? Tus
amigos se preocuparon mucho.

Quise soltar un suspiro, pero lo contuve. Algo en su tono me


hacía sentir menos a la defensiva, aunque no estaba seguro
de querer confiar en ella todavía. No sabía si estaba ahí
porque realmente quería estar o porque ya no sabía a dónde
más ir.

—Mirá, no espero que hoy me cuentes todo lo que pasa por


tu cabeza —dijo después de unos segundos de silencio—.
Pero quiero que sepas que este es un lugar seguro. Lo que
necesites decir, lo que sea, está bien.

Por un momento, no dije nada. Solo bajé la mirada hacia mis


manos y comencé a enredarlas entre ellas, para sentirme un
poco menos nervioso. Mis pensamientos estaban

13
desordenados, y mi garganta se sentía pesada. Tenía mucho
miedo de hablar. Pero había algo en su voz, algo que no
sonaba forzado ni condescendiente. Era como si de verdad
quisiera escucharme.

—A veces siento que todo está mal —admití al final, casi en


un susurro.

No me atreví a mirarla, pero sentí que su postura se relajaba


un poco.

—Eso debe ser muy difícil de llevar —respondió—. ¿Te sentís


así siempre?

Asentí, sin añadir nada más. Hablar de esto no era algo que
quisiera hacer, pero tampoco me sentía obligado. Había una
diferencia sutil pero importante en como Flor manejaba el
momento.

—Es normal que te sientas así a veces, Fran. Pero no todo el


tiempo. Quiero que sepas que no estás solo en esto. Estoy
acá para ayudarte, y no tenés que hacerlo todo por tu
cuenta.

14
Me quedé en silencio. Esas palabras resonaban en mí de una
manera extraña. No sabía si era otra mentira más de los
adultos o si esta vez esas palabras eran reales.

—No sé si quiero estar acá —confesé, pero esta vez mi tono


era más honesto que desafiante.

Ella asintió nuevamente mientras reía, lo que me hizo sentir


un poco más liberado.

—Eso también está bien. No tenés que saberlo todo ahora


mismo. Pero te voy a acompañar en lo que necesites, a tu
ritmo —dijo con una suavidad que, aún sin entender cómo,
me hizo sentir muy tranquilo—. Es importante que, si te
sentís así, empieces a hablar sobre esto y a trabajarlo, y
sabé que yo voy a estar acá para eso.

Levanté la vista por primera vez en varios minutos. Su


sonrisa seguía ahí, cálida y serena. Por extraño que
pareciera, empezaba a creerle.

Cuando el tiempo terminó, me levanté lentamente. No


estaba seguro de lo que había pasado, pero mientras salía

15
de la habitación, algo dentro de mí se sentía menos pesado.
Era una sensación pequeña, casi insignificante, pero estaba
ahí.

Al cruzar el pasillo, me encontré pensando en lo que Flor


había dicho. Por un segundo, sentí unas ganas inmensas de
volver hacia atrás y entrar de vuelta en esa habitación, pero
no lo hice. Solamente me fui y seguí pensando en lo extraño
que había sido todo eso. No sabía si iba a contarle algo
alguna vez, pero había algo en esa mujer que me hacía
querer intentarlo.
Por primera vez, sentí que alguien realmente me veía.

16
Capítulo 2

“Perdido”

17
Eran las diez de la noche. Estaba sentado en la mesa de mi
comedor, cenando. Siempre intentábamos cenar todos
juntos, sentarnos en la misma mesa y aunque casi no
habláramos entre nosotros, compartir una comida.
Lo curioso es que esa noche yo solo estaba comiendo, yo
solo estaba sentado en la mesa, el resto estaban parados
discutiendo.

Todavía recuerdo el llanto casi desgarrador de mi hermano,


que sentía que una culpa lo invadía, y los gritos y la
decepción de mi hermana, no solo contra mi hermano sino
contra toda mi familia.
Siempre me sentí invisible, y ahí mucho más, como si nadie
recordara que yo estaba ahí.
Ese suceso no habría sido una cosa de una noche, sino que
se repitió muchas veces a lo largo de mi vida. Cada
discusión era por un tema distinto. El enojo de, por qué mi
hermano no pudo hacer nada para evitar el bullying de sus
compañeros hacia mi hermana, la culpa que él sentía al
respecto, el hecho de que nuestros padres nunca nos habían
reconocido nada, la exigencia y la presión que ponían sobre
nosotros, y algunos temas que ya casi ni recuerdo.

18
La verdad es que mis padres siempre vivieron atacando a
las personas. Al principio el que se llevaba todo era mi
hermano, quien ni bien llegaba a casa, a la mesa para comer,
a cualquier lado, ya lo empezaban a avalanchar con
reclamos de todo tipo, desde manualidades de la casa o su
rendimiento académico, hasta su vestimenta o la forma en
la que agarraba los cubiertos.
La realidad es que fue muy difícil para él, pero cuando se fue
de casa y solo quedábamos mi hermana y yo, pasé a ser el
foco de atención, el maniquí al que podían tirarle piedras sin
que él pueda hacer nada.
Mi casa era muchas cosas. Pero nunca fue un hogar.
La pasaba mal en el colegio, fingiendo ser alguien que no era
solamente para encajar, y cuando llegaba a mi casa todo era
peor, como si pasara de estar en la cárcel directo al infierno.
Allí, me encerraba en mi soledad, en mis pensamientos, y
mientras los gritos y los reclamos de mi mamá retumbaban
por toda la casa me preguntaba: ¿Por qué no me quieren?

Que difícil me era imaginarme que alguna persona alguna


vez me podría llegar a querer. Dado que, si en el colegio
fingía algo que no era y no tenía muchos amigos, y en mi
casa las cosas iban de mal en peor, y constantemente se me

19
demostraba que yo no tenía un valor, ¿quién me iba a querer
entonces? Si mis propios padres, que se supone que
deberían ser las personas que me amen incondicionalmente,
no me aman, ¿quién va a querer hacerlo?
¿Qué es peor que no tener a tus padres para que te amen?
Tener a tus padres, y que no te amen. Porque yo muchas
veces preferí que no estuvieran más, que desaparezcan para
siempre, a tener que seguir conviviendo con ellos. Porque
fue un infierno.

Vivía atormentado por esos pensamientos. Por mis dudas,


por mis miedos, que nunca me iban a dejar en paz. Incluso
en los días en los que más ponía de mi voluntad, siempre
iban a estar ahí, acechándome de por vida.
Los días que no se oían gritos solamente había un profundo
silencio. Un silencio que invadía la casa entera y no era
principalmente de paz, sino que era como ese silencio en las
películas de terror cuando está a punto de pasar algo
horrible.

Mi madre siempre fue muy exigente, lo hizo con mi hermana


y con mi hermano, y nunca nos reconocieron ninguno de

20
nuestros logros, por lo que fue difícil para nosotros empezar
a creer en nosotros mismos.
Vivíamos en eternos desacuerdos, y la convivencia era
imposible. Lo que se suponía que debía ser una figura
hermosa y admirable en mi vida, resultaba ser un fantasma
que me acechaba por toda mi casa.
Y es que uno piensa que ciertas cosas son normales hasta
que empieza a ir a las casas de sus amigos, a salir al mundo
real, y se da cuenta de que no todas las madres se la pasan
gritando a sus hijos, que no todas las madres le recuerdan
constantemente que no sirven para nada, que algunas
incluso se emocionan y se ponen contentas por sus logros
en lugar de cada vez exigirles más y más. Incluso algunas les
dicen que los quieren, que los aman. Algo que nunca me
había pasado a mí. Y eso fue un golpe de realidad bastante
duro para mí. Porque me di cuenta de que me encontraba
completamente solo. No existía la familia en mi vida, y mis
amigos no iban a entender ni poder hacer nada respecto a lo
que sentía. Entonces estaba solo, profundamente solo.

Por más que me encerraba en mi habitación y en mis


pensamientos, los gritos, los llantos, las penas de mis
hermanos, que yo en aquel momento no comprendía, se

21
escuchaban y rebotaban primero en las paredes, y luego en
mi cabeza. Sus luchas fueron luchas que luego tuve que
pelear, pero yo lo hice solo. Me hubiera gustado tener un
mellizo también para poder luchar juntos.
Las relaciones con mi familia siempre fueron distantes y
saben más de mí las personas que están leyendo esto que
cualquier integrante de mi familia.
Esta distancia lo único a lo que llevó, no solo en este
momento, sino a lo largo de toda mi vida, fue a una soledad
tan profunda y tan desgarradora, que me conecta con el
mayor de los dolores que he podido sentir nunca.

Mi familia siempre se ha guiado por lo racional, y tengo que


admitir y reconocer que los integrantes que conforman mi
familia tiene un poder intelectual impresionante, pero
solamente llegan hasta ahí. Esto siempre lleva a lo mismo:
debates constantes en donde cada uno que está en la mesa
tiene que hacer lo posible por demostrar su amplia gama de
conocimiento y alardear frente al resto que no sabe ni de lo
que están hablando, como si fuera eso lo que vuelve valiosas
a las personas. La parte en la que difieren, es la emocional.
Pues estoy seguro de que no solo yo he sido el único incapaz
de conectar emocionalmente con mi familia. A veces me

22
parece un lugar tan pobre, tan vacío de sentimientos.
Preferiría cualquier otra cosa antes que vivir rodeado de
esas personas. Siempre me dijeron que era muy sensible,
como si sentir fuera una debilidad. Aprendí a callarme, a
esconder todo lo que pasaba por mi cabeza, porque sabía
que decirlo solo haría que me vieran como un problema más.
Fue desde ahí que empecé a guardarme todas las cosas
para mí solo, lo cual lo único que consiguió fue que sintiera
un vacío y una soledad profunda, que se alojó en mi cabeza y
que, por más que tuviera personas al lado mío, seguiría allí
presente en cada momento de mi vida.

Había tantas cosas que me marcaban en ese momento.


Recuerdo una cena en la que, como era habitual, mis padres
reclamaban mi bajo desempeño en el colegio.

—Sé que mis notas son bajas ahora, pero prometo que voy a
mejorar, que voy a aprobar todo—dije esperando que me
creyeran.

Me molestaba tener que discutir siempre que cenábamos.


Siendo sincero llegaba bastante cansado y solamente quería
comer en paz.

23
—Que vas a aprobar vos—decía mi padre con una soberbia
indescriptible—, si sos un fracasado, no vas a lograr nunca
nada en la vida.

La sensación de impotencia que me dio escuchar eso, sabía


que no podía responder porque si no las cosas iban a ser
peor, por lo que fingí que nada había pasado y seguí
comiendo. Un silencio había invadido la mesa, sin embargo,
mi madre seguía haciendo como si nada hubiera pasado.
Sentí que me costaba llevarme la comida a la boca, capaz
era porque mis manos estaban temblando, o porque ni
siquiera estaba concentrado en eso, lo único que estaba en
mi cabeza era lo que había escuchado. Pensé: Si esta es mi
familia, ¿alguna vez voy a ser capaz de encontrar algo
mejor?

Levanté la mirada hacia mi padre. Sentí una mezcla entre


tristeza y enojo al ver la cara y los ojos de mi padre
completamente opacados por la rabia, pero con un profundo
ruido de decepción, como si se arrepintiera completamente
de llamarme hijo. No lo sé, solamente me preguntaba, ¿qué
había hecho para merecer eso?

24
Cuando era más chico, me acuerdo que nos quedábamos a
comer en el colegio. Era algo normal, considerando que yo
vivía muy lejos y no me daba tiempo para regresar a mi casa
a comer, así que me llevaba una vianda y comía. Sin
embargo, el almuerzo era el desafío de todos los días. Vivía
con una ansiedad constante esperando que pasara, ya que
me causaba una presión insoportable en el cuerpo. Mi madre
siempre me reclamaba que nunca me terminaba la vianda
entera, y yo, con tanto miedo que tenía, no sabía cómo
explicarle que mi apetito no era el suficiente para comer
tanto.
Realmente no lo consideraba algo malo, simplemente no
tenía tanta hambre, comía un poco y ya está. Sin embargo,
los reclamos y los quejidos empezaron a hacerse
constantes, y la presión que me causaban se volvía cada vez
mayor.
Empecé a tirar la comida a la basura. Entera. Sin comer
absolutamente nada. Con el fin de deshacerme de ella. Con
el fin de que no hubiera nada en la vianda cuando llegara a
mi casa. La presión dominaba mi vida. Prefería no comer
antes que comerme el reclamo de mi madre cuando llegaba
a casa. Y al principio funcionó. Los reclamos cesaron. Pero
eventualmente mis compañeros se dieron cuenta de lo que

25
hacía y le dijeron a mi madre, lo que causó aún más
problemas.

Otro día, recuerdo que estaba discutiendo con mi madre por


haber llegado tarde a un lugar. Siempre la figura que
presentábamos tenía que ser perfecta. Para que la vista del
resto sea impecable. Para que pensaran que éramos
personas impresionantes. Yo en cambio, y creo que mis
hermanos también, sabíamos exactamente qué era todo
falso. Una fachada.

—Siempre haces lo mismo—gritaba mi madre mientras


conducía—. Siempre llegamos tarde por tu culpa.

Yo sabía que no era así. Literalmente había estado


preparado y esperándola a ella para salir de casa. Sin
embargo, a mi madre no había quien le ganara una pelea, así
que decidí desistir y no decir una palabra.

—A veces digo—dijo después de hacer una pausa de unos


segundos—, no sé para qué mierda te tuvimos.

26
La garganta se me cerró. Sentí como la había decepcionado,
como había decepcionado a todos. Capaz tenía razón. Capaz
era mi culpa.

A veces me quedaba en silencio, simplemente viendo a mis


padres discutir o recriminarme algo, y no podía evitar
pensar: ¿Tendrán razón? Quizás siempre la tuvieron, y yo soy
el problema. Quizás soy yo quien siempre les rompe las
pelotas, el que nunca hace nada bien, el que no puede darles
una satisfacción.
Esa idea me atormentaba. Si ellos estaban en lo cierto,
¿entonces quién soy yo realmente? ¿Una mala persona?
¿Alguien incapaz de hacer las cosas bien? No podía dejar de
darle vueltas, y cuanto más lo pensaba, más convencido
estaba de que, tal vez, todo lo que me estaba pasando era mi
culpa. Capaz me lo merezco. Todas esas noches sin dormir,
todo ese dolor en el pecho, esa sensación constante de
vacío… tal vez son el castigo que merezco por las cosas
malas que he hecho.
Porque sí, también he lastimado a otros. He hecho cosas de
las que no estoy orgulloso, cosas que intento olvidar. Y
aunque me esfuerzo por justificarme, por pensar que todo lo

27
que hice fue consecuencia de mi dolor, de mi soledad, al
final siempre vuelvo a lo mismo: Quizás el problema soy yo.
Es un pensamiento que se arraiga tan profundamente que
llega a ser parte de uno mismo. Como si fuera imposible
sacarlo, como si cada vez que intento convencerme de que
no es cierto, algo me lo recordara. Una palabra dura, un
reproche, una discusión, un golpe, un grito, un silencio
incómodo. Todo parece señalarme, todo parece decirme: El
equivocado sos vos. ¿Qué estás haciendo Fran? ¿Qué estás
haciendo?

A veces contaba algo con emoción y lo único que recibía del


otro lado era desinterés, falta de atención o caras de que no
confiaban en lo que podía hacer, en lo que decía.
Esas cosas me fueron marcando, y sin darme cuenta
empezaron a formar parte de mi personalidad. Era como si
cada palabra hiriente que me habían dicho se hubiera
quedado en mi piel, formando una capa que ya no podía
quitar. Me veía en el espejo y no reconocía a la persona que
estaba ahí. Era alguien roto, alguien que no sabía cómo
seguir adelante.
Esos temas son los que más grabados quedaron en mi
cabeza, y no lo sé la verdad, capaz sí soy un fracasado, al fin

28
y al cabo, mi padre era el inteligente de aquella cena, algo
tenía que saber. No sé, por más que lo que dijo no me gustó,
ya no estaba seguro de quién era en realidad, capaz, en el
fondo, siempre tuvo razón.
Mientras me acostaba esa noche, me preguntaba si alguna
vez lograría encontrar un lugar al que pudiera llamar hogar.
Porque, hasta ese momento, lo único que sentía era que
cada día me despertaba en un lugar desconocido, y no tenía
ningún rastro de donde estaba. Lo más doloroso es que
nadie parecía querer encontrarme, como si estuviera
destinado a vivir así: perdido.

29
Capítulo 3

“Pequeñas palabras”

30
No tenía ganas de estar ahí. Ni en esa silla ni en ninguna
otra. Últimamente no me sentía cómodo en ningún lugar.
Todo lo que me había pasado ese día —o esa semana, o ese
año, da igual— pesaba como un bloque de cemento atado a
mis pies. Me sentía vacío, sin fuerzas.
Entré en la sala y me dejé caer en el asiento frente a Flor.
Ella estaba ordenando unos papeles, pero al verme levantar
la mirada, sonrió.

—¡Hola, Fran! ¿Cómo va todo?—me dijo con esa voz que


parecía tener la capacidad de hacer que cualquier lugar se
sintiera un poco más alegre.

No le respondí enseguida. Me limité a encogerme de


hombros, sintiéndome ridículo por siquiera estar ahí. Al final,
murmuré:

—No sé, la verdad.

Ella dejó los papeles a un lado y se inclinó ligeramente hacia


mí.

31
—¿Algo pasó hoy?—preguntó, con un tono que no sonaba a
lástima ni a presión, sino a algo mucho más raro: genuino
interés.

Me revolví un poco en mi asiento, mirando mis manos. ¿Qué


no pasaba?, pensé. Pero en lugar de decirlo, dejé escapar
una risa amarga.

—Es que a veces siento que no sirve de nada, ¿sabes? Hago


todo lo que puedo, pero igual no cambia nada. Y por más que
lo intente, a nadie parece importarle. Siento que si no
estuviera, todo seguiría igual.

Sentí que la garganta se me cerraba un poco, pero no miré


hacia arriba. No quería ver cómo ella reaccionaba, aunque
me moría de miedo de que respondiera como todos los
demás, como mi padre. Pero no lo hizo.

—Fran—dijo después de un momento—, sé que ahora mismo


no lo ves. Pero te prometo que no es así.

Por instinto, levanté la vista. Su mirada era firme, pero no


invasiva.

32
—No sé si creés en mí, y entiendo si no lo hacés. Pero yo sí
creo en vos. ¿Sabés por qué? Porque tenés muchísimas
cosas valiosas. Quizás hoy no las puedas ver, pero yo las veo
cada vez que me contás cómo enfrentas cosas que otros ni
siquiera podrían imaginar. Las veo en tu capacidad de
empatizar con otros, en tu esfuerzo, en tu manera de seguir
adelante incluso cuando no querés.

Me quedé en silencio. La forma tan segura y tranquila con la


que me decía eso simplemente se apoderó de mí. Sentía que
por primera vez, alguien parecía querer responder por ese
llamado desesperante de ayuda al cual nadie más quería
acudir al rescate.

—Yo sé que te cuesta creerlo—agregó—, es muy difícil ver


esas cosas cuando lo único que te dijeron siempre fue lo
contrario. Cuando a uno le repiten mucho algo, se lo termina
creyendo. Pero créeme que no es así, yo sé que ahora no lo
ves, pero ya lo vas a ver.

—No sé qué decir—murmuré, encogiéndome un poco más en


mi silla.

33
—No tenés que decir nada—replicó, sonriendo suavemente—.
Solo quiero que sepas que esas cosas están ahí, aunque no
las veas todavía. Y que siempre voy a estar acá para
recordártelas.

Me limité a asentir con la cabeza. Quise decirle que no


estaba seguro de que tuviera razón, pero no lo hice. Algo en
mí quería, al menos por un momento, creerle.

La charla siguió un rato, pasando de un tema a otro con esa


facilidad que siempre tuvo Flor de hacer que todo pareciera
menos complicado. En algún momento, recordé algo que
quería contarle.

—Ah, hablando de lo que decías antes—empecé, dudando un


poco—, quería decirte algo que me hizo pensar el otro día.
¿Te acordás que te hablé de mi hermano?

Flor asintió casi al instante.

34
—Sí, me contaste cómo siempre cargaba con todo tipo de
comentarios cuando llegaba a casa. Cómo sentías que eso
te afectó a vos también después de que se vaya.

Me detuve, sorprendido. Entre todas las cosas hermosas que


recuerdo de nuestras charlas una es que nunca anotó nada.
Ni siquiera una palabra. Sin embargo, siempre tenía la
capacidad para recordar todo lo que le había contado. Por
más que no pareciera importante, siempre me dio una
sensación de que realmente le importaba, y que estaba ahí
para hacer lo que nadie más podía hacer: escucharme.
Era raro que alguien le diera tanta importancia a lo que
decía. Era raro sentir que alguien, finalmente, me veía.

Cuando me fui me puse a pensar en algunas cosas que


habíamos hablado. Siempre me quedé reflexionando sobre
lo que me decía, creo que de ahí, fue que aprendí tanto de
ella.
Lo que había dicho sobre que era más valioso de lo que yo
creía, esas pequeñas palabras que significaban grandes
cosas, poco a poco empezaban a tener cuerpo en mi mente.
Y, no lo sé, la seguridad con la que lo decía me hacía sentir
que capaz era verdad. Sonreí, mientras pensaba en eso.

35
Sonreír no era algo muy habitual en mí, así que fue otra
razón más para empezar a sentirme más a gusto con ella.

36
Capítulo 4

“Detrás de la máscara”

37
La cancha estaba llena. Como todos los sábados, me tocaba
disputar un partido del torneo de fútbol que jugábamos con
la selección del colegio. En aquel momento éramos pocos.
Las pocas personas que integraban el equipo eran buenos
jugadores. Recuerdo tener eso bien presente a la hora de
que me llegue la pelota. Era el momento en el que tenía que
hacer las cosas bien. O por lo menos no hacerlas mal. Y
como era ese pensamiento lo único que invadía mi cabeza,
terminaba cometiendo todo tipo de errores.
Automáticamente los gritos de todos llenaban mi cabeza.
Los reclamos de mi entrenador, de mi equipo, de mis
compañeros.

—¡¿Ni un pase vas a dar bien pelotudo?!—me gritaba uno de


mis compañeros luego de haber perdido la pelota.

Recuerdo el terror que me daba estar cerca de la pelota en


aquel entonces. Ni bien me llegaba quería sacármela de
encima para no tener que cargar con la responsabilidad de
hacer algo mal. Lo que había empezado como un deporte
donde podía disfrutar y ser feliz, se terminó convirtiendo en
un infierno donde el pánico me invadía cada segundo que
estaba en la cancha.

38
Y es que nunca entendí que me había pasado. Yo antes era
muy bueno. Es más, cuando hablamos de mi pasado en el
fútbol con mis amigos siempre me lo recuerdan.
Sin embargo, en algún momento empecé a jugar mal, y lo
único que recuerdo yo de todo eso, eran mis nervios
tremendos por poder cometer un error. A día de hoy sigo sin
entender que había cambiado para que me empezara a
sentir así. Supongo que, de alguna forma, los malos
comentarios se fueron apoderando de mí, poco a poco,
hasta llegar al punto donde era lo único por lo que jugaba, y
no por mi diversión. Pues me había olvidado del sentimiento
de disfrute por el deporte que alguna vez tanto llegué a
amar.

Jugué lo mejor que pude, o al menos hice todo lo posible


para no arruinarlo todo, aunque sabía que mi mejor esfuerzo
no sería suficiente. No lo era para mi entrenador, para mis
compañeros, y mucho menos para mi padre. Al final del
partido, cuando salí de la cancha, lo vi esperándome. Sabía
exactamente lo que venía.

—Jugaste como el orto—dijo, con una expresión que


mezclaba enojo y decepción.

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No respondí. ¿Qué podía decirle? Tenía razón. O al menos eso
era lo que yo pensaba.

Esa misma noche, mientras intentaba dormir, me encontré


dándole vueltas a la misma pregunta de siempre: “¿Qué hago
mal?”
Era como si todo lo que yo era, lo que hacía, y no solo en el
deporte, sino en toda mi vida, estuviera mal y nadie podía
aceptarme.
Con el tiempo, ese miedo a no ser suficiente se transformó
en otra cosa: un miedo más profundo, más oscuro. Un miedo
a mostrar quién era realmente. ¿Y si lo hacía y no les
gustaba? ¿Y si me rechazaban? Entonces iba a quedarme
solo, para siempre. Era más fácil esconderme, cambiar, ser
alguien que pudiera ser aceptado, aunque eso significara
dejar de ser yo.

Eventualmente dejé de jugar al fútbol, y cuando lo hice, ni a


mis padres, ni a mis compañeros, ni a mi entrenador les
importó. Como si hubieran estado esperando con ansias el
momento en el que yo tomara esa decisión. No lo sé,
recuerdo que eso me hizo sentir muy mal. Como si nadie se

40
diera cuenta de que estaba dejando de hacer algo que antes
amaba, o si se daban cuenta, no les importaba.
Pensé que dejar el fútbol iba a traer un poco de paz a mi
vida, que lo hizo. Pero rápidamente mi atención y mi mente
pasaron a estar en otro lado: el colegio.
En aquel momento me iba muy bien en las materias, y me
destacaba como uno de los más inteligentes de mi salón. En
ese momento tenía doce años, y los comentarios negativos
de mis compañeros se habían vuelto algo habitual en mi día
a día.
Siempre fui muy sensible, así como la presión en el fútbol
había destruido cierta parte de mí, esos comentarios
empezaron a romper con todo el resto que me quedaba.
Me hacía sentir tan mal y tenía tanto miedo que me propuse
hacer todo lo posible para que no volviera a pasar.
La risa de mis compañeros era ensordecedora, aunque en
realidad no fueran tan fuertes. Mi mente las amplificaba,
como si cada carcajada rebotara dentro de mi cabeza,
recordándome lo que era: el blanco de la broma, el chiste
viviente.
No recuerdo exactamente qué dijeron ese día, ni siquiera
por qué empezó todo. Pero recuerdo cómo me sentí. El calor
en mi cara, como si mi propia vergüenza me quemara. La

41
presión en mi pecho, como si el aire fuera un lujo que ya no
me pertenecía. Lo peor no era lo que decían, sino cómo lo
decían: con esa mezcla de desprecio y diversión que hacía
que cada palabra doliera más.
Lo que empezó como un chiste, y mi risa acompañadora
para fingir que no me molestaba, terminó llevando a que en
los momentos en los que me encontraba yo solo, esa risa
mía, se empezaba a reír de mí también, y ni siquiera yo
mismo sabía quién era.
El cambio no pasó de la noche a la mañana, pero poco a
poco empecé a construir un nuevo yo. Uno que no se
sonrojaba, que no se acobardaba, que sabía cómo reírse
antes de que lo hicieran los demás. Empecé a copiar gestos,
formas de hablar, incluso chistes que escuchaba de otros.
Era como si estuviera tomando pedazos de todas partes
para armar una versión de mí que fuera inmune a los
comentarios, a las miradas.
Y funcionó. Al menos al principio. Las risas se detuvieron,
los comentarios también. Incluso empecé a ser parte de las
conversaciones, de los grupos que antes me ignoraban o se
burlaban de mí.

Pero había un precio.

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Cada vez que decía algo, cada vez que hacía un gesto o
intentaba encajar, sentía que me alejaba un poco más de
quien realmente era. Como si cada palabra que salía de mi
boca no fuera mía, sino de ese personaje que había creado.
Era como si cada comentario hiriente que recibía en el
colegio se convirtiera en una pieza de la máscara que
estaba construyendo. Dejé de reírme de las cosas que
realmente me hacían gracia. Dejé de hablar de lo que me
interesaba. Todo lo que decía o hacía estaba calculado para
que nadie tuviera una razón para atacarme. Pero cuanto
más me escondía detrás de esa máscara, menos reconocía
al chico que había sido alguna vez. Aquel chico que me
encontraba cuando estaba solo en mi casa, en mis
pensamientos. El que me encontraba en mi espejo y me
miraba llorando preguntándose: ¿por qué?
Al igual que mi madre, me había convertido en un fantasma
más.
Lo que más me dolía era no saber si alguien realmente me
conocía. ¿A quién estaban aceptando? ¿Al que fingía ser, o al
que estaba enterrado debajo de toda esa actuación?
No importaba cuánto lo intentara, siempre terminaba con la
misma sensación: un vacío que no podía llenar con nada.

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En los años que siguieron, ese vacío nunca desapareció del
todo. A veces lograba ignorarlo, llenarlo con pequeñas
distracciones o momentos pasajeros de alegría. Pero
cuando estaba solo, cuando las luces se apagaban y el
silencio volvía, siempre regresaba.

"¿Quién soy?"

Era una pregunta que nunca podía responder.

En casa, la situación no era mejor. Mi madre tenía una


habilidad casi sobrenatural para hacerme sentir pequeño,
insignificante. Si cometía un error, en lugar de minimizarlo
como creía en mi cabeza que la figura de una madre era lo
que debía hacer, lo amplificaba, asegurándose de que todos
supieran lo que había hecho. Especialmente mi padre, quien
se enojaba mucho más.
Una vez, después de una discusión particularmente dura,
me encerré en mi cuarto y me prometí que no volvería a
intentar razonar con ella. “Es inútil,” pensé. “No importa lo
que haga, siempre voy a ser el malo, el idiota, el que está
equivocado.”

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Con el tiempo, esa ira que sentía hacia mi madre y mi padre
comenzó a extenderse. Me convertí en alguien irritable,
explosivo. Me la agarraba con cualquiera que estuviera
cerca, especialmente con mi familia. Lo que hizo que el
vínculo casi inexistente que teníamos, se volviera más
distante todavía.
Llegaba un momento en donde ni ellos confiaban en mí, ni yo
en ellos. Lo único que nos ligaba era el hecho de tener que
vivir en la misma casa, pero nadie sabía nada del otro, como
si diera igual si estuviéramos presentes en la vida del otro o
no. Juro que lo he intentado, pero parece ser que es
imposible. Y que haga lo que haga, hay algunas cosas que
nunca van a poder cambiar.
Al final, daba igual lo que hiciera. Dentro de mí, el vacío
seguía creciendo, como un agujero negro que absorbía todo
lo que hacía para intentar llenar mi vida.
Cada noche, al apagar la luz, me encontraba con el mismo
pensamiento: “No importa cuánto cambie, cuánto intente.
Nunca va a ser suficiente.”

Es tan triste. Todo el daño que me causó vivir. Cómo bien ha


dicho Rousseau, nacemos buenos y la sociedad nos
corrompe. Y a mí me corrompió tanto, que me llevó a lugares

45
inhabitables de mi ser, que me conectaron y me mostraron
el dolor más grande que sentí en mi vida. Vivimos en un
mundo en donde la gente, en vez de decir te quiero, te sube
una historia el día de tu cumpleaños. En donde esas
palabras, esos gestos, son poco comunes, son extraños, son
incluso inaceptados. Y es que lo único que buscamos es
encajar a toda costa. No ser víctimas de un sistema que
cada vez nos deja con menos felicidad y con más angustias.
¿Por qué tenemos tanto miedo de mostrar amor? ¿Por qué
parece que todo el mundo vive presionado por sus
sentimientos, por sus emociones? Más encima los
adolescentes, y más encima hoy en día, que parece ser que
cada vez el mundo nos enseña que mostrarnos es una
debilidad más. Que todo lo que muestres en la vida a quien
sea va a ser un motivo más para alejarte de un estatus social
que se implantó en esta sociedad tan rápido que ni nos
dimos cuenta. Por eso nos da tanta ansiedad mostrarnos,
hablar de nuestros deseos, de nuestros sueños, de nuestras
opiniones, de nuestros sentimientos. Porque son todos
motivos para destruirnos. Para permitirle al resto que nos
destruya.
Y es que es difícil. En una sociedad que carece de amor,
buscarlo. Es difícil buscar ese reconocimiento en un lugar

46
donde nunca lo vamos a encontrar. El amor es tan
complicado, pero se conforma de cosas simples, y es que
usualmente somos nosotros quienes lo complicamos.
Una de esas cosas es que aquel que ama acepta el poder y la
capacidad de destruir a la otra persona, para nunca jamás
usarlo. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. Porque
mostrarse vulnerable a alguien implica eso. Darle el poder al
otro para que nos lastime, como nunca antes nos han
lastimado. Es un acto que va más allá de simples palabras,
de gestos, de un simple acto de vulnerabilidad. Es un acto
que se realiza depositando la mayor de nuestra confianza, la
mayor de nuestra seguridad y de nuestro deseo de que esa
persona nos acepte y nunca nos lastime.
Y es tan triste que en la sociedad de hoy en día esas cosas
se estén perdiendo. Porque parece ser que cada vez
estamos más pendientes de encajar, que más seguros de
amar.

Y todos los días era igual.


Me miraba al espejo y no sabía quién era. Lo único que veía
era a alguien que había renunciado a sí mismo para tratar de
encajar en un lugar donde nunca iba a ser realmente
aceptado. Y ese pensamiento me hacía sentir todavía más

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vacío. Por más que intentara llenar ese vacío con risas falsas
y comentarios que no sentía, nada funcionaba.

Otra vez, me daba cuenta de que me había convertido en un


fantasma. Alguien que estaba presente físicamente, pero
que no dejaba ninguna huella en la vida de los demás. Al que
nadie recordaba. Era como si, al tratar de ser alguien más,
hubiera desaparecido por completo. Y lo más doloroso era
darme cuenta de que a nadie parecía importarle.

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Capítulo 5

“Un rincón donde existir”

49
No sabía por qué lo hacía. Mientras caminaba por el pasillo,
cada paso parecía más pesado que el anterior. Sentía que
estaba cometiendo un error, que esto era una pérdida de
tiempo. Apenas la conocía. ¿Qué podía saber ella de todo lo
que yo estaba atravesando? Y, sin embargo, ahí estaba,
deteniéndome frente a su puerta, con el corazón latiendo
con fuerza y una mezcla de nervios y vergüenza.
Quizá la estaba buscando por alguna razón que ni yo mismo
entendía. Un par de palabras, un gesto amable, algo que me
hiciera sentir menos perdido, aunque ni siquiera sabía si
Flor era capaz de darme eso. Tal vez solo estaba buscando
algo superficial. O tal vez, solo tal vez, estaba intentando no
quedarme solo. Porque si de algo estaba seguro, era que me
sentía absolutamente solo en ese momento de mi vida. Y no
sabía si estaba listo para que alguien, alguien que no
conocía bien, me diera la oportunidad de encontrarme en
sus palabras. Pero ahí estaba, frente a su puerta, como si
algo dentro de mí me empujara a seguir adelante, aunque no
tuviera claro qué buscar.
Me detuve un momento, mirando la madera con una extraña
sensación de miedo y alivio. Sabía que podía dar media
vuelta en cualquier instante. Que podía elegir regresar a mi
rutina, a mi vacío habitual, sin que nada cambiara. Pero algo

50
en mí me empujaba a seguir adelante, aunque no tuviera
claro qué esperaba encontrar. Quizá solo necesitaba romper
el ciclo. Solo quería que alguien me mirara, aunque fuera por
un par de minutos. Ni siquiera pensaba que fuera a ser algo
profundo, tal vez solo una conversación casual que me
distrajera de mis propios pensamientos oscuros.
Golpeé suavemente, casi con miedo de que respondiera.
Parte de mí esperaba que no estuviera, que me diera la
excusa perfecta para dar media vuelta y volver a mi rincón
habitual. Pero no. Su voz se escuchó del otro lado, clara,
tranquila, con un tono cálido que me tomó por sorpresa.

—¡Adelante!

Abrí la puerta con cuidado, como si no quisiera molestarla


demasiado. Ella estaba sentada enfocada en su escritorio,
rodeada de papeles y cuadernos. Parecía concentrada en
algo, pero en cuanto me vio, levantó la mirada y sonrió. Esa
sonrisa… No era la clase de sonrisa que uno recibe por
cortesía, sino una que realmente parecía sincera, como si le
alegrara verme, aunque no tuviera motivo alguno.

51
—¡Fran! —dijo, con un entusiasmo que me descolocó un
poco—. Qué lindo verte. Pasá, sentate.

No respondí de inmediato. Me senté frente a ella, sintiendo


la incomodidad en cada uno de mis movimientos. Mis manos
estaban tensas, como si no supiera qué hacer con ellas.
Pero Flor no hacía nada que me hiciera sentir más
incómodo. Simplemente me miraba con esa suavidad que no
pedía nada a cambio. Ella cerró el cuaderno frente a ella y
apoyó sus codos en la mesa, entrelazando las manos. Su
mirada centrada en mí me hizo sentir que, aunque yo no
estuviera listo para abrirme, ella ya estaba dispuesta a
escuchar.
La oficina estaba iluminada por una luz suave que entraba a
través de las cortinas abiertas. No era un lugar demasiado
grande, pero tenía una sensación acogedora, como si todo
estuviera en su lugar, a pesar del pequeño desorden. En un
rincón había una planta que había visto mejores días, y sobre
el escritorio, varias tazas apiladas junto a un par de libros. El
ambiente no era frío, como podría haber esperado, sino más
bien acogedor, cálido en su simpleza.

52
—¿Cómo estás? —preguntó, con esa mezcla de suavidad y
firmeza que parecía invitarme a ser honesto.

—Bien... supongo —mentí, aunque mi tono dejaba claro que


no era verdad.

Era difícil estar allí, con la sensación de que cualquier


palabra fuera de lugar podría romper ese momento. Estaba
acostumbrado a la desconfianza, a la evasión. Pero en algún
lugar, mientras hablaba con Flor, me di cuenta de que no
había juicio en su mirada, ni expectativas. Solo su presencia,
tranquila, como un refugio al que finalmente podía acceder,
aunque no tuviera idea de por qué había llegado hasta allí.
Mi padre siempre me vio como un pelotudo, incapaz de
hacer cualquier cosa. Me veía como una persona débil. Flor
nunca minimizó mis problemas, decía que sí eran
importantes para mí, si me angustiaban, entonces eran
importantes para ella.
Aquel dia no insistió. No me presionó para que hablara más
de lo que quería. Solo asintió con una comprensión
silenciosa que, extrañamente, me hizo sentir menos
expuesto.

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—No sé por qué vine —admití finalmente, después de unos
segundos de silencio incómodo—. Solo… necesitaba salir de
donde estaba. Estaba cansado de todo.

Ella apoyó el mentón en una de sus manos y me miró con


atención, como si estuviera procesando cada palabra que
decía.

—Hiciste bien en venir —añadió, con una pequeña sonrisa—.


Siempre es mejor hablar que quedarte encerrado con tus
pensamientos. Aunque sea solo para distraerte un rato.

Me sorprendí a mí mismo sonriendo levemente. Esa era


probablemente la primera vez en mucho tiempo que alguien
me decía algo sin intentar solucionarme, sin pretender que
entendía exactamente lo que me pasaba.

—¿Te puedo ofrecer algo? ¿Un mate? —preguntó, mientras


se inclinaba hacia un costado para alcanzar el mate que
estaba en su escritorio.

Negué con la cabeza, aunque el simple hecho de que me lo


ofreciera me hizo sentir un poco más cómodo.

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El silencio que se instaló entre nosotros no era incómodo.
Todo lo contrario. Sentí que no necesitaba decir nada más,
que mi presencia y la suya eran suficientes para llenar el
espacio.
Después de un rato, Flor volvió a hablar, con ese tono que
nunca juzgaba, solo acompañaba.

—Es difícil confiar, ¿no? —dijo, como si pudiera leer mis


pensamientos.

No supe qué decir. Solo asentí ligeramente, sintiendo un


nudo en la garganta.

—Bueno —continuó ella, con una sonrisa suave—, no pasa


nada. La confianza no aparece de la nada. Se construye.
Pero creo que vamos por buen camino.

No sé por qué, pero esas palabras me hicieron sentir menos


tonto por haber ido.
No me quedé mucho tiempo ese día. Apenas unos minutos,
pero fueron suficientes para que algo dentro de mí
empezara a cambiar. Salí de la oficina sin decir una palabra
más, dejando que la puerta se cerrara suavemente tras de

55
mí. Estuve de pie en el pasillo por unos segundos, sin
moverme, como si algo en mi interior estuviera empezando
a tomar forma. Lo que había sucedido allí, por más simple
que fuera, había tocado algo dentro de mí. No lo comprendí
del todo, pero sentí que no estaba tan solo. Era extraño. En
mi cabeza aún rondaban las mismas dudas, los mismos
temores, pero algo había cambiado. No podía identificar qué
era, solo que no me sentía tan perdido. Poco a poco,
empezaba a reconocer que tenía un lugar donde podía
sentirme seguro, aunque sea un ratito. Ella me estaba dando
esa oportunidad, ese regalo.

56
Segunda Parte

57
Capítulo 6

“El sentido de las cosas”

58
Ya habían pasado casi tres años desde la primera vez que vi
a Flor. Y muchas cosas habían cambiado. Pude, después de
tanto tiempo, construir un yo, una personalidad que me
empezara a gustar un poco. Empezaba a tener apodos y
nombres que me hacían ver como una persona más dentro
del resto de la sociedad. Y aunque eso me hacía un poco
feliz, todavía no era suficiente. Seguía habiendo tantas
cosas que no comprendía y que me perseguían. Y se ve que
todavía no era lo suficientemente rápido para escapar.
Se supone que cuando termina el año deberías estar feliz. Y
más aún siendo un estudiante. Ya que te espera un largo
verano lleno de anécdotas hermosas e inolvidables. Viajes y
descansos largos en los cuales tu única preocupación es
relajarte y disfrutar.
Mi caso difería completamente de todo esto. Pues estaba
terminando mi quinto año escolar, a punto de pasar a mi
último año en el secundario, con una ira y un desprecio
descomunal hacia el resto.
La falsedad y la actitud insoportable de las personas
carentes de gratitud y de empatía incapaces de tratarte bien
cuando lo único que hiciste fue ayudarlos fue algo que me
descolocó completamente en el verano.

59
Me la pasé peleando todo el tiempo, primero con conocidos,
luego con mis amigos, y terminé conmigo.
Y esta última fue la peor, ya que la carga que venía
acumulada del resto pasó a ser muy precipitante cuando
llegó a mí.
Me empezó a perseguir esta idea de ser recordado en los
demás. De marcar la diferencia en algo. Porque, ¿qué
sentido tiene ser una buena persona, estar ahí para los
demás, ayudarlos, si al final del día todos te tratan como
basura? Y me siento completamente soberbio y egoísta
pensando en que merezco algo de reconocimiento, pero de
ahí viene la frustración en realidad. De sentir que merezco
algo que no estoy consiguiendo. Y lo único que hizo todo eso
fue que sintiera que cada vez iba perdiendo más del poco
valor que tenía.

Es tan triste ver como nadie para por vos. Mostrarte al resto,
intentarlo, dar lo mejor de vos, y sin embargo, el mundo pasa
por delante y nadie te ve, como si no importaras, como si no
fueras nada. Como si me faltara algo para que el resto me
valore. Y sinceramente no sabía que era, pero hacía todo lo
posible para poder conseguirlo. Y es que en el fondo
siempre buscaba eso: el amor de los demás. Porque fue lo

60
que me faltó durante toda mi vida, y lo único que siempre
había querido.

No lo sé, capaz nunca fui lo suficientemente bueno para los


demás. Y lo siento realmente si fue así. Juro que intenté
todo lo que pude. Lo di todo de mí. Perdón.

Me considero una persona que nunca olvida las cosas. Si


realmente me intentaste ayudar cuando me encontraba mal,
o si hiciste algo por mí, son gestos que sé que nunca voy a
olvidar. Pero, lamentablemente, no siento que sea igual para
el resto. Pues me he cruzado con tanta gente a la que le he
estirado la mano, incluso cuando yo estaba en peores
momentos, y sin embargo, luego no reconocen tu cara, o si
la reconocen, no paran a saludarte, ni a agradecerte, ni a
hacer absolutamente nada. Al contrario, te desprecian,
hablan mal de vos, y solamente en público, porque cuando
tienen que mostrar su cara en privado, son completamente
otras personas. Te tratan como un rey. Pero uno no es idiota,
y se da cuenta de que la corona es bastante falsa. Como si
importara más encajar en la sociedad de mierda en la que
vivimos, que los sentimientos de una persona que pudo
haber sido importante para tu vida.

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Pero si, me tocó la hora de, como a todos, darme cuenta de
que el mundo es una mierda completamente injusta. Las
personas nunca reciben lo que se merecen.

Empecé a pensar todo el día, a reflexionar sobre todo,


incluso sobre mi existencia. Y me empecé a adentrar cada
vez en lugares más oscuros.
A diferencia de mis amigos, no me fui a ningún lado de
vacaciones, pues no me lo merecía. Me la pasaba solo, en mi
casa todo el día. Salía siempre a hacer un par de cosas, pero
no serían más de tres horas diarias. El resto del día me la
pasaba encerrado, a oscuras, ya que el calor no podía entrar
a la casa. El infierno ya era demasiado caliente como para
abrir las persianas y dejar entrar más calor todavía.
Lo único que conseguí con todo eso fue sentirme tan solo, y
tan perdido, como nunca me había sentido antes. Además,
sin darme cuenta, estaba construyendo el escenario
perfecto para, poco a poco, perderle el sentido a la vida.

Empecé a aburrirme de todo. Los días cada vez eran más y


más largos. Hasta que empecé a terminarlos yo mismo,
acostándome temprano, y no porque estaba cansado y
necesitaba dormir. Si no porque lo que si necesitaba era que

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se termine el día y que mi rutina empiece otra vez, qué era lo
único que le daba sentido a mi vida en esos días. Y ni
siquiera era lo que quería. Ya que, al levantarme al día
siguiente me veía obligado a enfrentar otra lucha:
levantarme de la cama. Que suena ridículo, pero
sinceramente lo único que tenía ganas de hacer era
quedarme ahí para siempre. Ya no tenía fuerzas ni deseo
para hacer absolutamente nada.
Me la pasaba pensando y me encontré con una
insatisfacción muy profunda acerca de todo lo que yo era.
Pues me di cuenta de que lo que alguna vez me había exigido
en un pasado, ya lo había conseguido en el presente, y sin
embargo no me hacía feliz. Es más, me exigía mucho más. Y
no estaba seguro si eso funcionaba así para todos, o si había
sido otro síntoma más que me dejaba la tóxica relación con
mi familia.
Entonces, si nunca voy a estar conforme con las cosas que
consiga. Si ni siquiera yo voy a poder disfrutar de mis logros.
La felicidad nunca va a existir para mí. Voy a vivir en una
insatisfacción permanente que me va a acechar de por vida.
Por otro lado, estaba constantemente pensando en si estaba
haciendo las cosas bien, o si, como en un pasado, no me

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estaba dando cuenta de cómo lo único a lo que estaba
llegando era a un lugar peor del que ya estaba.
Miraba hacia el futuro y lo único que veía era una cosa:
sufrimiento constante. No estaba seguro de estar haciendo
las cosas bien, o de que me fueran a salir bien. Entonces,
¿Por qué arriesgarme a todo eso? ¿Realmente vale la pena?
¿No sería mejor simplemente evitar todo eso? Al fin y al
cabo, lo único que me espera es sufrimiento, y
sinceramente no tengo ganas de seguir viviendo en eso.
Llevo seis años viviendo perseguido por sufrir y las cosas
siempre terminan mal. Entonces devuelta: ¿realmente vale
la pena? ¿Qué sentido tiene la vida? Si solamente voy a sufrir
constantemente. Y si no es así, no sé si tengo fuerzas para
querer averiguarlo.
Durante este verano una melancolía absoluta invadió mi
mente y a lo único que siempre vivía conectado era mi
pasado o el futuro. Y me estaba olvidando de cómo estar
presente.
Sé que me seguía juntando con mis amigos, que seguía
saliendo, que seguíamos haciendo planes. Sin embargo no
recuerdo ninguno de ellos. Lo único que sí recuerdo es que
cuando estaba en esas situaciones, me sentía
completamente desconectado del mundo. Como si fuera

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incapaz de estar presente. El mundo pasaba y yo no podía
agarrarlo, subirme al barco, estar ahí.
Una sensación se empezó a apoderar de mi cabeza. Ni
siquiera puedo explicarlo. Pero era como si la mente
estuviera a punto de explotar. Un cansancio y un dolor
mental insoportable con el que tenía que vivir las
veinticuatro horas del día empezó a alojarse en mi cabeza
cada vez más y no sabía qué hacer para pararlo. Lo único
que sentía era que me iba a volver loco. En cualquier
momento. No podía seguir viviendo así, porque
sencillamente, no estaba viviendo.

Y eso también fue algo que me di cuenta. Dejé de vivir y


empecé a existir. Las cosas que me causaban placer ya no lo
hacían. Las cosas que me daban risa me causaban
amargura. Poco a poco sentía que me estaba convirtiendo
en un viejo amargado de sesenta años, sin familia, sin
amigos, sin felicidad.

Y es duro. Darte cuenta de que cada vez te movés más lento,


que no tenés ganas de hacer las cosas que antes te
gustaban, que lo único que deseas es que los días se
terminen. Que vas perdiendo, poco a poco, el deseo de vivir.

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Y es verdad, cuando uno pierde el deseo, no hace nada, no
piensa, no se queja, no llora, no sonríe, no vive, solo existe.
Una indiferencia por todo se empezó a desarrollar en mi
mente y cada vez se volvía más presente en mí.
Ni siquiera las cosas que antes me motivaban lograban
sacarme de ese estado. Siempre había vivido los días
esperando algo, un momento, una chispa que me hiciera
sentir vivo. Cuando era chico, podía ser la hora de jugar ese
jueguito que tanto me gustaba, o cuando crecía, la idea de
ver a alguien que me importaba, o ir a un lugar que me
emocionaba. Esos momentos eran los que le daban un
propósito a mi día, una razón para soportar todo lo demás.
Pero ahora… ahora no esperaba nada.

No había juegos que me emocionaran, ni lugares que


quisiera visitar, ni personas que me hicieran correr el
corazón. Nada me movía. Vivía nomás, como si mi cuerpo
estuviera programado para funcionar, pero mi alma hubiera
dejado de hacerlo. Esa falta de expectativa me estaba
matando de a poco, como un veneno que se acumula en la
sangre hasta que ya no podés moverte más.
A veces me sentaba frente a la computadora, mirando la
pantalla, pensando que debería hacer algo. Jugar algo,

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escribir algo, aunque fuera mirar una serie. Pero nada de
eso me interesaba. Lo intentaba, me forzaba a empezar,
pero no tardaba más de cinco minutos en darme cuenta de
que todo eso estaba igual de vacío que yo.
Empecé a sentirme como un espectador en mi propia vida.
Los días pasaban, uno tras otro, todos iguales, y yo me
limitaba a observarlos desde lejos, incapaz de participar
realmente en ellos. Era como si estuviera atrapado en una
película en la que ya no quería estar.
Incluso las tareas más simples, como bañarme o comer,
parecían inútiles. Me recordaba a esas máquinas viejas, que
siguen funcionando, pero que ya no tienen un propósito
claro. Y era esa máquina. No podía apagarme, pero tampoco
podía seguir.
Era como si todo lo que alguna vez me daba, al menos un
rayo pequeño de felicidad, hubiera desaparecido, y en su
lugar quedara solo una niebla pesada que no me dejaba ver
más allá. Había momentos en los que estaba tan cansado de
luchar, que empezaba a pensar que capaz era mejor no
hacer nada en lo absoluto. Vivir así y listo. Permitirle a mi
mente y al tiempo que me maten y que me saquen todo.
Había días en los que salía a caminar, pensando que el aire
fresco podría limpiar algo dentro de mí. Pero cada paso se

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sentía como cargar una piedra, y el paisaje que antes
encontraba reconfortante ahora era solo un fondo vacío. Me
percataba que cada vez escuchaba mucho más los sonidos
del ambiente. Los pájaros. Las gotas cayendo sobre alguna
manguera lejana. Las agujas del reloj. Mis respiraciones. Lo
que hacía que cada segundo del día se sintiera realmente
presente, haciendo los días eternos.
Tenía la mente completamente vacía. Y era raro, dado que
no paraba de pensar ni siquiera un segundo. Salir a caminar
nunca resultaba útil. Volvía a casa más cansado de lo que
había salido.

Y fue un día de verano. Cuando me levanté destrozado, con


la mente completamente irrumpida por la tristeza y el dolor.
Pues no fue fácil levantarse, y me quedé esperando durante
horas. Esperando algo, alguien que me venga a buscar, que
me saque con una sonrisa de la cama. Una espera inútil,
porque sabía que nunca iba a llegar ese algo, ese alguien, y
sin embargo no podía dejar de esperarlo.
Fue ahí cuando en el momento en que me rendí, me dispuse
a jugar ese día con una condición. Apague el celular, y viví, o
al menos existí, durante el resto del día. Pues el resultado de

68
aquel juego, de aquel experimento, saldría a la luz a la hora
de encender de nuevo el teléfono durante la noche.
Y allí me llevé una de mis mayores decepciones de la vida.
Incluso aunque ya me lo esperaba, no había ninguna
notificación. Esa persona no había acudido a mí rescate, y
nunca lo iba a hacer. Y otra vez, me di cuenta de lo
profundamente solo que me había quedado. Por más que fue
un experimento absurdo y en vano, fue suficiente para
recordarme las razones por las que me sentía así. Agravando
cada vez más mi desesperante deseo de ayuda y mí
interminable dolor.
Así que lo siento si me ilusiono, lo siento si me emociono con
simples gestos cotidianos, lo siento si me pone tan feliz que
me busquen, que me hablen, lo siento si mi sonrisa es
demasiado grande cuando me abrazan o cuando me dicen
que me quieren. Lo siento. Pues he vivido desligado de
todos esos gestos durante tanto tiempo, que me había
olvidado como algunas cosas se sentían. Lo siento si mi
ilusión por lo que tanto había esperado arruina la ignorancia
de los gestos cotidianos.
Esos gestos que para la gente normal, para los vivos, no
representan nada más que un día más en este mundo. Y que

69
para los muertos, los destrozados, esos gestos no tendrán
otro sentido más que el darle sentido a nuestros días.
Pues en un profundo dolor logré entender eso, que una de
las virtudes de los derrotados era ver lo extraordinario de lo
cotidiano. Las cosas se valoran en la falta, no en la
abundancia.

Había algo que me rondaba la cabeza constantemente. Algo


que luego en terapia aprendí a nombrar como: desesperanza
aprendida. Era como si, con cada fracaso, con cada rechazo,
mi mente hubiera ido aprendiendo que no valía la pena
intentarlo. Lo que hiciera, lo que intente, siempre iba a
terminar igual: en nada. Como si ya estuviera escrito que
cada esfuerzo iba a ser inútil.
Mirarme al espejo era un recordatorio de lo que había
perdido. Mis ojos estaban vacíos, apagados. Era como si el
tiempo hubiera hecho desaparecer cualquier rastro de
esperanza en ellos.
Y creo que esa fue la lección más cruel que aprendí con el
tiempo: que no importaba cuánto lo intentara, el resultado
nunca iba a cambiar. ¿Por qué esforzarme si todo termina
igual? Había aprendido a rendirme antes de empezar. A no

70
esperar nada, porque así dolía menos cuando el mundo me
recordaba que no era suficiente.
Y lo peor de todo, es que los pensamientos negativos tenían
razón. Nada cambió, nada mejoró, desde hacía seis años que
todo seguía igual, y todo me había salido mal. Logre cambiar
un par de cosas sí, pero seguía sin sentirme completamente
satisfecho. Siempre estaba exigiendo más, igual que hacía
hace seis años. Entonces no cambió absolutamente nada,
no sirvió de nada, todo lo que hice fue en vano.
Había llegado al punto donde ni siquiera deseaba que las
cosas mejoraran. Porque, ¿de qué servía soñar con algo
mejor si el mundo siempre encontraba la forma de
aplastarte?

Eso era lo que más me dolía. No la ausencia de felicidad,


sino el hecho de que había dejado de buscarla. Porque
cuando ni siquiera te importa si las cosas mejoran, te das
cuenta de que algo dentro de vos ya se apagó para siempre.

71
Capítulo 7

“Gracias”

72
Un año nuevo comenzaba y junto con él un último primer día
en el secundario. No podía creer lo rápido que había pasado
el tiempo. Y me sorprendía, dado que lo que más sentía en
ese entonces era que el tiempo y los días se hacían infinitos.
Llegué al colegio cargando el peso de un verano que había
sido todo menos un descanso. Me sentía apagado,
desconectado de todo lo que alguna vez me había movido. El
mundo se veía gris, y la escuela no era la excepción.
Todo se veía tan muerto ese día. Y así empezaron a ser todos
los días.
Llegaba al colegio y nada parecía importarme, nada parecía
atraer mi atención. Por más que empecé a estar más atento
en el colegio, más atento a la realidad, sentía que lo hacía
porque me aburría el simple hecho de no hacer nada. Esto
logró hacer que me empezará a ir muy bien
académicamente. Pero eso no era tan beneficioso para mí
como yo creía, ya que esas cosas no lograban llenarme, y lo
único que siempre estuvo ahí, desde el primer hasta el
último día, fue ese vacío gigante que me acompañaba, y que
le sacaba el sentido a todo. Sin embargo, mis amigos
lograban ser un gran sostén para todo eso. Había días que
iba sin ganas de nada, pero con ellos podía reírme un rato y

73
olvidarme de todo. Eso me mantenía un poco a flote. Aunque
nunca fue suficiente del todo.
Me cuestionaba tantas cosas de mi vida. Vivía arraigado al
pasado y a como habían salido las cosas antes. Y entre todo
eso me di cuenta de algo. Dentro de toda esa oscuridad, de
toda esa miseria que me rodeaba, de todos esos vínculos
que me hicieron tanto daño, siempre hubo una persona que
destacó sobre las otras. Que eligió, y sigo sin saber por qué,
estar delante de todo el resto: Flor. Y me di cuenta de que
realmente ella había sido la única que había estado desde el
principio, y que me había ayudado mucho más de lo que yo
creía. Entre todo el caos emocional, me di cuenta de que
nunca le había agradecido todo lo que había hecho por mí.
Así que me pareció pertinente planteárselo la primera vez
que nos vimos ese año.

Me dirigí hasta su oficina. Ella estaba sentada frente a la


computadora, no recuerdo si estaba respondiendo mails o si
estaba haciendo otra cosa. Mi corazón se aceleró
levemente. No sabía por qué, pero siempre me pasaba lo
mismo cuando iba a verla. Era como si su sola presencia
tuviera la capacidad de calmar mis tormentas, aunque no
dijera una sola palabra. En todo el verano no había sabido

74
nada de ella. Todavía nuestro vínculo no era lo
suficientemente fuerte para que eso me importase, pero
igualmente me causó placer verla de nuevo.
Golpeé suavemente la puerta, y ella levantó la mirada.

—¡Fran!—dijo con una sonrisa en su cara que me hacía


pensar que estaba entrando a una habitación donde podía
sentirme uno más. --¡Tanto tiempo!

Entré despacio, como si la habitación tuviera una especie de


aura que no quería romper. Nunca entendí por qué, pero
siempre tenía una sonrisa en su cara. Es ese tipo de
personas que solo con verla te dan ganas de acercarte,
transmitía una vibra y una energía positiva que era
inigualable a cualquier otra persona que conocía.
La saludé. Nos sentamos, y empezamos a platicar.

—Hola—murmuré mientras me sentaba frente a ella.

—¿Cómo arrancaste el año?—preguntó, inclinándose un poco


hacia adelante, completamente enfocada en mí.

75
Antes de responder, decidí sacar lo que tenía guardado
desde hacía semanas. Respiré hondo, como si las palabras
necesitaran un empujón extra para salir.

—Antes de decirte cualquier cosa, quería darte las gracias.

Ella frunció levemente el ceño, no por molestia, sino por


curiosidad.

—¿Gracias? ¿Por qué?

—Por todo. Por estar ahí cuando nadie más lo hizo. Por
escucharme, por preocuparte. No sé cómo explicarlo, pero
siento que si no hubieras estado, no sé dónde estaría hoy.
Pero estoy seguro de que sería un lugar mucho peor.

Flor me miró con una mezcla de sorpresa y ternura. Era una


cara, una mirada, que no conocía de ella, pero que me
encantaba. No dijo nada enseguida, solo se inclinó un poco
hacia mí, como si quisiera asegurarse de que entendiera que
realmente estaba escuchando.

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—Fran…—dijo finalmente, con una sonrisa que era más
suave que de costumbre—. No hace falta que me
agradezcas. Sabes que me encanta ayudarte, y que siempre
voy a estar acá para vos.

Quería decirle que en realidad si hacía falta. Que, no podía


explicarle cómo, pero que realmente apreciaba todo lo que
había hecho por mí, porque nadie más lo había hecho, a
nadie más le había importado. Sin embargo, no me animé.
Solamente me limité a sonreírle a la par que ella me sonreía.

—Bueno, ¿cómo estás?—agregó—¿cómo arrancaste el año?

Al principio me costó arrancar. Pues no estaba muy seguro


si contarle esto o no. No me parecía un tema tan importante.
Pero terminé haciéndolo.

—La verdad—comencé—, me siento raro. No sé, me está


aburriendo todo, no le encuentro sentido a nada. No tengo
ganas de hacer casi nada.

Vi cómo su expresión cambió al instante. Su sonrisa se


desvaneció un poco, y su mirada se llenó de preocupación.

77
—¿Qué querés decir con eso?

—No sé… —empecé a explicar, aunque las palabras se me


escapaban—. Es como si todo lo que antes me hacía feliz ya
no lo hiciera. Las cosas que solía disfrutar ahora no me
importan. Y siento que todo es una lucha constante. Hasta
levantarme de la cama se siente imposible a veces.

Flor asintió lentamente, dejando que las palabras fluyeran


sin interrumpirme.

—Eso es muy importante, Fran —dijo después de un


momento—. No podemos dejar que eso crezca más.

No lo entendía, pero sonaba realmente preocupada.

—Necesito que por favor, sigas haciendo las cosas. Que por
más que no tengas ganas, sigas intentando hacer lo que te
hace feliz, o lo que te gusta.

78
La forma en la que lo decía, me llevó a pensar que cierta
parte de mí no estaba entendiendo por completo lo que me
estaba pasando.

—Y escúchame—agregó—, me parece que sería muy útil que


arranques terapia.

Me miró incómoda. Y yo respondí igual. Era un tema que ya


habíamos hablado mucho y sinceramente no me atraía nada
la idea de empezar terapia. Pero le hice la promesa de que lo
iba a pensar, solo porque me lo decía ella.

—Es importante que estas cosas se trabajen lo más


temprano posible—dijo con una voz que mezclaba el cariño
que me tenía con una leve preocupación que estaba
invadiendo la charla—. Si no lo trabajamos desde ahora
puede llegar a empeorar. Yo voy a estar siempre para lo que
necesites, sabelo.

Cuando terminó la charla y me tocaba despedirla e irme


paso algo que siempre voy a recordar. Mientras me despedía
de Flor, en un impulso que no esperaba, ella se levantó y me
abrazó. Fue breve, pero lo sentí como si el tiempo se

79
detuviera. No recordaba cuándo había sido el último abrazo
que había recibido, pero sabía que habían pasado años. Y
ese simple gesto despertó algo dentro de mí.
Mientras salía de la oficina, no podía dejar de pensar en eso.
En lo mucho que sentía que me faltaba el amor, en lo poco
que se me había demostrado afecto durante tanto tiempo. Y
en lo poco valioso que eso me hacía sentir para el resto.
Pero con ella sentía justo lo contrario. No era solo el abrazo,
era su forma de mirarme, de escucharme, de preocuparse
por mí. Realmente me hacía sentir que le importaba a
alguien. Y no puedo explicarlo del todo, pero ese sentimiento
me llenaba el corazón.
Ese abrazo no cambió todo, pero sí cambió algo. Fue un
recordatorio de que, aunque el mundo podía ser frío y
distante, todavía existían gestos capaces de atravesar esa
barrera. Ese pequeño momento, aunque breve, quedó
grabado en mi mente.
Los días luego de eso seguían siendo tristes, apagados y
exhaustivos. Todo parecía una cadena interminable de
momentos grises que se repetían, uno tras otro, sin
ofrecerme un respiro. Cada noche me acostaba sintiéndome
más agotado que el día anterior, y cada mañana me
levantaba con menos ganas de enfrentar lo que venía. Pero

80
había algo que rompía esa monotonía, algo que lograba
iluminar, aunque fuera por un instante, la penumbra en la
que me encontraba: verla a ella.
Los días en los que podía sentarme frente a Flor eran
distintos. No sé cómo describirlo, ni siquiera estoy seguro
de entenderlo. Pero cuando entraba a esa oficina, cuando
veía su sonrisa cálida y escuchaba su voz, algo dentro de mí
cambiaba. Por un momento, el peso que cargaba se hacía un
poco más liviano. No era solo lo que me decía, aunque sus
palabras siempre me ayudaban. Era su presencia, su forma
de mirarme como si realmente importara, como si fuera
alguien digno de ser escuchado y comprendido.

No puedo explicar cómo lo hacía, pero lo hacía. Me daba una


razón para seguir adelante, para soportar un día más, para
levantarme aunque no tuviera fuerzas. Había algo en ella que
me hacía sentir que, quizás, todo esto no era en vano. Que
tal vez, con el tiempo, las cosas podían mejorar.
Cuando salía de su oficina, el mundo seguía siendo el mismo.
Los días seguían siendo largos, y el vacío todavía me
acompañaba. Pero por unos minutos, incluso a veces por
unas horas, me sentía un poco más humano. Y eso, aunque
pequeño, era suficiente para seguir.

81
Capítulo 8

“Sin luz”

82
Así se sentía mi vida últimamente. Como estar atrapado en
una habitación oscura, acercarme al interruptor, tocarlo con
la esperanza de encender la luz, y que no pase nada. No
importaba cuántas veces intentaba accionar ese pequeño
botón; la oscuridad seguía ahí, inmóvil, eterna.
Todo en mi vida parecía haber perdido ese ritmo, ese sabor
que alguna vez tenía. Antes, incluso en los momentos más
difíciles, había algo que me movía, aunque fuera una chispa
mínima de energía, de esperanza. Ahora, todo era plano,
monótono, insípido.
Cuando estaba solo, era peor. Como si todo en la vida
estuviera mal. Las paredes parecían cerrarse a mi alrededor,
y la única compañía que tenía era mi propia mente, que
nunca dejaba de recordarme todo lo que había perdido, todo
lo que había fallado. Era en esos momentos donde el dolor
en mi pecho se hacía más fuerte, como si mi corazón
estuviera a punto de romperse en mil pedazos.

Un día, durante una conversación con Flor, no pude evitar


sacar un tema que había empezado a rondar mi mente:
“¿Qué va a pasar cuando termine el año?”.

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Ella me miró con curiosidad, pero también con un atisbo de
preocupación. Al principio, intentó bromear. “Bueno,
supongo que terminás el colegio y no nos vemos nunca
más”, dijo con una sonrisa. Pero cuando notó que yo no
sonreía, su expresión cambió.

“Fran, no lo sé”, dijo finalmente. “Falta un montón para eso.


Ya veremos cuando llegue el momento”.

Sus palabras eran sinceras, pero no bastaban para


calmarme. Aunque traté de dejar el tema ahí, algo dentro de
mí ya estaba inquieto. La idea de perderla cuando termine el
año fue una semilla que se plantó aquel día, y que tarde o
temprano empezaría a crecer.

La historia se repetía todos los días. Me despertaba, miraba


el techo durante minutos que parecían horas, y me obligaba
a levantarme de la cama. Me obligaba a ir al colegio, a reír, a
fingir que todo estaba bien. Intentaba hacer chistes,
mantener conversaciones, esconder ese peso enorme que
me estaba aplastando. Pero era solo eso: un acto. Algo que
hacía para que nadie notara lo mal que estaba realmente.

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Intentaba ser lo menos irritable posible, no quería molestar
al resto con mis escasas ganas de vivir. Sabía que no era
justo para ellos, aunque en el fondo, yo mismo sentía que no
era justo para mí. Fingía tanto durante el día que, para
cuando llegaba a casa y cerraba la puerta de mi habitación,
ya no quedaba nada de mí.
Era en ese momento cuando todo caía. Cuando el peso que
había estado esquivando durante el día me golpeaba con
toda su fuerza. Mis piernas empezaban a temblar. Mi
corazón entero se apretaba. Un frío polar me atravesaba el
cuerpo en segundos. Y lo único para lo que tenía fuerza en
ese momento era para dejarme caer. A veces, las lágrimas
salían solas, como si mi cuerpo intentara expulsar algo de
esa tristeza. Pero otras veces, por más que lo intentara, ni
siquiera podía llorar. Estaba demasiado agotado, demasiado
apagado.
Me sentía profundamente derrotado. La vida me había
ganado. Y lo peor era que parecía gustarle repetir esa
victoria una y otra vez.
Con el tiempo, esa sensación de vacío que solía aparecer
solo en mi habitación empezó a seguirme a otros lugares. Al
principio, la sentía en mi casa, cuando estaba solo. Luego,
comenzó a colarse en el colegio. Me encontraba rodeado de

85
amigos, personas que siempre lograban distraerme, pero
incluso en esos momentos, me sentía ajeno, como si no
perteneciera a ese lugar.
Era como si estuviera ahí físicamente, pero mi mente
estuviera en otro lado, en un lugar que no podía alcanzar ni
entender. Era aterrador. Y lo peor fue cuando esa sensación
dejó de limitarse a ciertos lugares. Empezó a aparecer en
todos lados: en la calle, en casa, en el colegio. Ya no había
ningún lugar en el que quedarán esperanzas.
La rutina se sentía cada vez más asfixiante. Me daba cuenta
de que, aunque hacía cosas, aunque trataba de mantenerme
ocupado, todo seguía igual. No importaba cuánto intentara
llenar mis días con actividades, conversaciones o risas
fingidas, nada lograba llenar ese vacío que llevaba dentro.

Fue en este punto cuando Flor insistió en que empezará


terapia. Aunque la idea no me atraía en lo más mínimo,
acepté hacerlo porque venía de ella. Me recomendó a un
hombre que, aunque no conocía personalmente, le habían
dicho que era bueno. Pensé que tal vez eso podía ser algo
positivo, un cambio, una salida.
Pero no lo fue.

86
Cada sesión con él era un nuevo peso que se añadía a mi ya
cargada mente. No salía con respuestas, ni con un alivio que
me invitara a reflexionar o a entenderme mejor. Salía con
más dudas, pero no las que te empujan a crecer, sino las que
te hunden. Esas que te hacen odiarte un poco más cada vez.
Las preguntas que me hacía, la forma en que abordaba mis
problemas, solo lograban que me sintiera más perdido. Me
hacía pensar que todo lo que había hecho, todo lo que había
intentado, estaba mal. Era como si, en lugar de ayudarme a
encontrar una salida, estuviera sellando todas las puertas.
Recuerdo una sesión en particular en la que me fui
sintiéndome peor que nunca. Había llegado con la esperanza
de al menos entender por qué me sentía tan vacío, pero él
me había dicho que sentía que estaba hablando con un
personaje de una película de terror por la forma en la que me
expresaba. No lo sé, capaz tenía razón, pero solamente me
hizo sentirme como un monstruo. Ya me costaba verme y
eso nomás lo empeoró. A veces me daba tanto miedo a mi
mismo. Tenía una irá dentro que era capaz de cosas
terribles, sentía que cada día estaba descendiendo más
hacia la locura.
Lo que sí hizo, durante el poco tiempo que asistí con él a
terapia, fue introducir nuevos conceptos a mi vida.

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Palabras como "desesperanza aprendida" y "existencialismo"
empezaron a aparecer en nuestras conversaciones.
Recuerdo que al principio no entendía bien qué significaban,
pero había algo en ellas que parecía capturar exactamente
lo que sentía.
Un día, en una de las sesiones, la pregunta que llevaba
haciéndome por tanto tiempo salió de mi boca casi sin
pensar:

—¿Qué me está pasando?—pregunté con desesperación


cuando recién había llegado a la sesión.—Necesito
respuestas.

Había un silencio incómodo, casi insoportable. Y entonces


llegó su respuesta, corta pero devastadora:

—Para mí, estás atravesando una depresión.

Me quedé en silencio. Esa palabra, "depresión", nunca había


sido algo que asociara conmigo. Siempre la había visto
como algo lejano, algo que les pasaba a otros, no a mí. Pero
ahora, escucharla de su boca, aplicada a mi vida, fue como
un golpe directo al pecho.

88
—Creo que lo que estás viviendo diría que es una depresión
existencial —añadió, con un tono que intentaba ser
comprensivo, pero que para mí únicamente enfatizaba lo
que acababa de decir.

No podía creerlo. ¿Yo, en depresión? Siempre había pensado


que estaba mal, sí, pero ¿tan mal? Empezaron a aparecer
imágenes en mi cabeza, recuerdos de los días sin ritmo, de
las noches sin sueños, de la sensación constante de estar
atrapado. Y de repente, todo parecía encajar.
A pesar de que finalmente tenía un nombre para lo que
estaba sintiendo, eso no alivió nada. De hecho, lo empeoró.
Las dudas sobre mí mismo, las preguntas sobre si había
hecho algo mal, si siempre había estado destinado a
fracasar, ahora tenían un nuevo peso. Salía de las sesiones
sintiéndome más confundido y roto que antes.
Por momentos, sentía que la terapia no me estaba
ayudando, que en lugar de ser una luz, era otra sombra más
que cargaba conmigo. Pero seguía yendo, porque no quería
decepcionar a Flor. Había prometido intentarlo, y aunque
cada sesión se sentía como una batalla perdida, no quería
fallarle a ella.

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Al fin y al cabo, ella era la única que no me había fallado. Y se
lo debía. Se lo sigo debiendo.

Con el tiempo la palabra "existencialismo" comenzó a


aparecer con más frecuencia en mi vida. Era como si
describiera perfectamente lo que estaba atravesando. Todo
parecía carecer de sentido. Mi vida, mis relaciones, mis
esfuerzos. Todo parecía girar en torno a la misma pregunta:

"¿Qué sentido tiene?"

Y cuanto más lo pensaba, menos respuestas encontraba.


Había días en los que sentía que simplemente no podía más.
Intentaba mantenerme ocupado, hacer cosas que me
distrajeran, pero nada funcionaba. Todo seguía igual de
vacío. Y lo peor era que esa sensación de vacío parecía
expandirse, abarcando cada rincón de mi vida.
La terapia, en lugar de ser un salvavidas, parecía un
recordatorio constante de lo perdido que estaba. Pero a
pesar de todo, seguía yendo. Seguía intentándolo. Porque
aunque fuera mínima, aunque apenas pudiera sentirla,
todavía quedaba una pequeña chispa de esperanza dentro
de mí.

90
Esa chispa era lo único que me mantenía fuera de la cama,
lo único que me hacía levantarme cada mañana, aunque no
tuviera fuerzas. Era la ilusión, por pequeña que fuera, de que
tal vez, algún día, las cosas podrían cambiar.
Pero cada día que pasaba, esa chispa se hacía más débil. Y
yo, me cansaba cada vez más.

Otra cosa que aprendí durante la terapia fueron las


distorsiones. Tendemos a distorsionar la realidad, debido a
una creencia que ya tenemos formada. Interpretamos
situaciones de forma errónea, lo que únicamente nos lleva a
otro lugar erróneo, a emociones negativas que destruyen de
a poco nuestro ser.
Mirando hacia atrás, me pregunto cuántas cosas fueron
reales y cuántas fueron producto de mi propia mente. Tal
vez distorsioné algunas situaciones. Tal vez los gestos que
interpreté como rechazo no eran realmente eso, y los
silencios que llené de significados dolorosos no tenían
intención alguna detrás. Pero aun así, el daño y la angustia
que sentí eran reales. Eso era indiscutible.
El peso en mi pecho, el nudo en mi garganta, la sensación de
estar atrapado en un lugar del que no podía escapar. Todo
eso se sentía tan real como el aire que respiraba. No

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importaba si las cosas realmente ocurrieron como las
recuerdo; lo que importaba es cómo viví esas experiencias,
cómo se imprimieron en mí, cómo moldearon mis creencias.
Porque eso es lo que hacemos. Interpretamos el mundo a
través de los filtros que ya llevamos dentro. Filtramos las
palabras, los gestos, las miradas, basándonos en lo que
creemos. Y yo creía que no era suficiente. Esa idea estaba
tan profundamente arraigada en mí que cualquier cosa
podía ser una prueba más de ello. Un comentario sin
importancia, una mirada desviada, un silencio prolongado.
Todo confirmaba lo que ya sospechaba: No soy suficiente.
Nunca lo fui. Soy una mala persona. Nadie me quiere.
Que este concepto de “distorsiones” entre en mi vida fue
algo inquietante. Pues no podia parar de pensar en si las
cosas habían ocurrido así, o si yo las había interpretado de
otra forma, y eso me llevó a actuar de manera incorrecta,
convirtiéndome en una mala persona. Capaz mis padres
tenían razón. No puedo culparlos. ¿Merezco tu amor Flor, o
merezco perderlo?

A veces pienso que, más que la realidad, era mi


interpretación de ella la que me hundía. Y lo más cruel de
todo es que, aunque en el fondo sabía que podía estar

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equivocado, no podía escapar de esas creencias. Como si mi
mente estuviera programada para ver lo peor, para
encontrar evidencias de que todo estaba mal. Y cuanto más
lo hacía, más real se sentía, más se apoderaba de mi
corazón y de mi mente.
Quizás, en algún lugar, la verdad era diferente. Quizás había
amor en lugares donde yo solo veía indiferencia. Pero,
¿cómo podía saberlo? ¿Cómo podía creerlo, cuando todo en
mí me decía lo contrario?

Pero lo que más me dolía de entender todo esto, fue que me


di cuenta que quizás, todo este tiempo, me estuve
destruyendo a mí mismo. Creé una película en mi cabeza,
unos anteojos con los que ver la realidad, que parecían
mostrar y pintar todo de gris. Y capaz yo estaba equivocado.
Capaz siempre estaba equivocado. Capaz el resto tenía
razón.

No sabía qué hacer con todas estas emociones, con todo


este peso. Con los traumas que habían quedado en mí, que
me habían marcado. No sabia como solucionar las cosas.
Tenía tantas dudas y tan pocas respuestas. A veces,
pensaba en hablarlo con mis amigos, en sacar todo lo que

93
llevaba dentro. Pero me paralizaba. No sabía cómo empezar,
ni si ellos querrían escucharme. Sentía que no tenía el
derecho de cargar a otros con mi tristeza.
Y entonces volvía a lo mismo: a fingir durante el día, a
derrumbarme en la noche, y a repetirlo todo al día siguiente.
Era difícil poner en palabras lo que sentía. A veces, era un
dolor en el pecho, como si mi corazón estuviera a punto de
romperse. Otras veces, era una sensación de frialdad que
recorría todo mi cuerpo, dejándome inmóvil. Y otras,
simplemente era vacío.
Había perdido tantos vínculos en los últimos años, y el factor
común siempre era yo. Me daba cuenta de que no era
suficiente, ni para mis amigos, ni para mis padres, ni para
nadie. Sentía que no había dejado una marca en nadie, que
no había sido memorable, que no había sido importante para
nadie.
¿Por qué las personas se van de mí vida? A lo largo de los
años perdí tantos vínculos, y admito que varias veces hice
las cosas mal, me equivoque, lastimé a los demás. Pero
también muchas veces lo di todo, en serio lo intenté, intenté
que se quedarán, hacer todo lo posible, y sin embargo,
siempre deciden no tener más relación conmigo. ¿Por qué?
¿Qué es lo que me falta? Tengo miedo. Miedo de no ser

94
suficiente para los demás. Miedo de no ser suficiente para
mí. Miedo de que las despedidas sean mí culpa. Miedo de que
todo sea mí culpa.
¿Qué sentido tiene seguir intentándolo? Me preguntaba una
y otra vez. La vida ya me había demostrado que, haga lo que
haga, siempre iba a fracasar. Y si ese era el caso, ¿para qué
seguir luchando?
Pero había algo que todavía me mantenía fuera de la cama.
Algo que, aunque pequeño, seguía encendiendo una chispa
en mi interior: el amor. La ilusión de que, tal vez, si seguía
intentándolo, si seguía esforzándome, podría encontrar a
alguien que me amara, que llenara ese vacío.
Pero incluso eso empezaba a desvanecerse. Me sentía
egoísta al pensar así, porque no quería dar solo para recibir.
Pero era agotador. Amar tanto y recibir tan poco a cambio.
Había noches en las que me quedaba despierto, con un dolor
en el pecho tan fuerte que sentía que mi corazón iba a
detenerse. Lo único que deseaba era que alguien me mirara
a los ojos y me dijera: "Te quiero. Me importás".
Porque, en el fondo, eso era lo que más me dolía: la ausencia
de amor. Sentía que no importaba lo que hiciera, nunca iba a
ser suficiente para que alguien me amara realmente. Que
nadie era capaz de amarme. Y sentía que algo me faltaba a

95
mi, que el problema era yo. Al final, si ni mis padres me
querían, ¿porque lo iban a hacer otras personas?

Fueron tantas noches llorando en la ducha, dejando que el


agua se llevara mis lágrimas para que nadie las viera.
Escondiéndome detrás de las sábanas, fingiendo que todo
estaba bien cada vez que alguien se acercaba demasiado a
descubrirme. Era un juego constante de ocultarme, de
protegerme de miradas curiosas, de preguntas incómodas
que jamás llegarían. Pero ese silencio era como un eco en mi
cabeza, una voz que repetía incansablemente: No te van a
entender. No les importa. Y con el tiempo, yo también
empecé a creerlo.
Fue tanto tiempo en la oscuridad, tanto tiempo solo, que
llegó un punto en el que ya no sabía cómo sería vivir de otra
manera. Mi cuerpo se acostumbró al vacío, pero mi corazón
no. El dolor era tan constante, tan omnipresente, que se
convirtió en una parte de mí. Y Dios, cómo dolía. Dolía de una
forma que no puedo explicar, una forma que no se refleja en
palabras, pero que se sentía como un puñal constante en el
pecho, un peso que nunca se aliviaba.
Lo único que necesitaba era algo tan simple y, al mismo
tiempo, tan complicado: amor. Yo solo quería su amor. Lo

96
buscaba en cada mirada, en cada palabra, en cada gesto
que jamás llegaba. Me esforzaba tanto. Llevaba buenas
notas a casa, pensando que eso los haría orgullosos, que
finalmente me verían, que me valorarían. O cuando era niño,
que les pedía que jugaran conmigo, que me escucharan, que
me prestaran atención aunque fuera por un rato. Eso era
todo lo que quería. Un rato. Pero nunca era suficiente.
Ese anhelo, esa necesidad insatisfecha, se fue
transformando con el tiempo. Lo que empezó como un
deseo de amor se convirtió en algo más oscuro, en un odio
profundo hacia mí mismo, hacia ellos, hacia el mundo. Era
una desconfianza absoluta, un muro que me protegía, pero
que también me aislaba. Y aun así, en el fondo, esa
necesidad seguía ahí. Ese niño que fui, que sigue siendo
parte de mí, nunca dejó de desear lo mismo: Que me amen.
Que me vean. Que me elijan.
Lo necesitaba. Esa mirada que me dijera: "Sos importante,
valés la pena, estoy orgulloso de vos". Esa mirada distinta,
cargada de un orgullo sincero, de un reconocimiento que yo
no sabía si merecía, pero que anhelaba con todo mi ser.
Quería que alguien me viera de esa manera. Que celebraran
mis logros, que me amaran por lo que era, con todos mis

97
defectos y virtudes. Que, con sus ojos, me dijeran: "Sos
diferente al resto, y por vos lo haré todo".
Pero nunca llegaba. Por más que me esforzara, por más que
buscara destacar o complacer, esa mirada no aparecía.
Podía llevar la mejor nota, ayudar a alguien, lograr algo que
me costara muchísimo esfuerzo, y aun así no había
reconocimiento. Era como si nada de lo que hacía fuera
suficiente para que alguien me mirara así, como yo
necesitaba que lo hicieran.
Esa falta de reconocimiento empezó a pesar. A volverse una
carga tan grande que, con el tiempo, dejó de dolerme tanto
lo que otros no veían y empezó a dolerme lo que yo tampoco
podía reconocer. Porque eso es lo que ocurre cuando nadie
valida tus logros, tus esfuerzos, tus progresos: llega un
punto en el que vos tampoco podés hacerlo. No sabía cómo
mirarme al espejo y ver algo digno de orgullo. Todo lo que
veía eran las fallas, los errores, las cosas que me faltaban.
Recuerdo mí emoción por las cosas que me gustaban, mí
ilusión porque cierto momento llegase, mí futuro el cual veía
lleno de deseos y de esperanzas.
¿Qué le hicieron a ese chico?
¿Qué le hicieron?

98
Flor me daba esa mirada. Ponía toda su atención en mí, y yo
solo podía mirarla. Una mirada que nunca le expliqué, pero
que llevaba encima un profundo amor y una inmensa
gratitud. Ella siempre me lo preguntaba.

—¿Qué es esa carita?—me decía riendo luego de que me


quedara segundos enteros mirándola mientras le
sonreía.—¿Por qué me miras así?

—¿Asi como?—contestaba.—No sé Flor, es mi cara


normal.—le respondía riéndome.

Sorpresa. No era mi cara normal. Nunca lo fue claramente.


No sé por qué no se lo dije, pero hoy en día le diría que esa
carita, esa mirada, es la mirada que devuelvo a la mirada
que nunca tuve y que me encanta recibir.

“No todo lo que queremos lo vamos a poder tener". Es lo que


solemos escuchar cuando nos frustramos, cuando las cosas
no nos salen, cuando fallamos. Y sí, es cierto, no podremos
lograr todo lo que deseamos, necesitamos de cierta
insatisfacción para vivir. También porque no existe tal cosa
como la satisfacción plena en la vida.

99
El problema es cuando esa insatisfacción, esa frustración se
vuelve constante, y tu mente empieza a cambiar esa frase a
una peor: "nunca voy a tener lo que quiero".
Nuestro cerebro tiende a exagerar muchas cosas.
Agravarlas tanto que parezcan catástrofes para nosotros.
Las cosas más simples derivan en el fin de la vida tal y como
la conocemos.

Esas palabras: "nunca", "siempre" nos muestran claramente


que estamos exagerando las cosas, que allí hay presente
algo mayor, alguna patología que deberá ser trabajada en
algún consultorio. Algún rincón de cuatro paredes que se
dedique a resolver los enigmas más oscuros de nuestra
psiquis. Porque en estos casos siempre estamos
equivocados. Nos frustramos tanto, creemos que las cosas
nunca nos van a salir como queremos. Y eso nos hace sentir
tan tristes, tan agotados, que nos opaca los logros que sí
hemos conseguido y que ya no nos causan satisfacción.
Pues ha aparecido una nube de insatisfacción que tapa
cualquier rayo de orgullo que intente llegar a nuestro alma.

Pero, ¿qué pasa si es cierto? ¿Qué pasa si realmente no


hemos logrado nada? ¿Si realmente todas las cosas que

100
intentamos no nos han salido? Entonces esa frase si tendría
sentido: "nunca voy a poder tener lo que quiero". El único
sentido que tiene es sacarle el sentido a todo.
Así me sentía. Tan devastado, tan agotado. Felicidades. La
vida te ha derrotado. Lo has intentado todo y aún así, no has
podido vencerla. Debiste haber sido mejor. Lo diste todo y
aún así no fuiste suficiente. No fuiste suficiente.
Suficiente.

101
Capítulo 9

“El calor del invierno”

102
Habían pasado seis meses desde ese primer abrazo, y las
cosas entre Flor y yo habían cambiado mucho. Nuestro
vínculo, que había comenzado siendo algo más distante y
formal, se había transformado en algo profundamente
especial. Los abrazos se volvieron habituales, tanto en
nuestras charlas como en nuestros saludos. Al principio, me
sorprendía lo natural que se sentían, pero con el tiempo
llegaron a ser algo que esperaba con ansias.
Decirnos que nos queríamos también se había vuelto algo
normal. No en el sentido trivial, sino en uno lleno de
significado. Era como si, con cada “te quiero”,
reafirmáramos el lugar que cada uno ocupaba en la vida del
otro. Yo siempre encontraba la forma de recordarle que era
importante para mí, y ella trataba de hacer lo mismo. Me
hacía feliz saber que contaba con ella, que, aunque todo lo
demás en mi vida estuviera casi destrozado, siempre podía
acudir a Flor.
Había algo más que se había vuelto común en nuestras
charlas: el gesto de tomarnos de las manos. No era algo
planeado, simplemente surgía. A veces ella extendía su
mano hacia mí mientras hablábamos, otras veces era yo
quien lo hacía. Siempre con cuidado, con una calidez que me
desarmaba. Era un gesto simple, pero lleno de significado.

103
Algo que nadie más en mi vida me daba, y que por eso
valoraba tanto.
Capaz suene ridículo, pero para una persona que se siente
muy poco valiosa, muy poco importante, una persona que se
siente incorrecta, incapaz de ser amada, siente una falta de
amor total, estos pequeños gestos como un abrazo al
despedirnos o el simple hecho de sostener nuestras manos
mientras hablábamos, eran actos de amor que me llenaban
de una manera que nada más podía, porque nadie tenía esos
gestos conmigo, y eso los hacía más especiales de lo que ya
eran. Me hacían sentir importante, visto, querido. Y en una
vida donde a menudo sentía que nadie me valoraba
realmente, esos momentos eran como un refugio.
A pesar de todo, había días en los que ni siquiera esos
gestos lograban salvarme. Y ese día en particular, todo
parecía haberse derrumbado de golpe.

Había comenzado en la semana. El viernes por la noche le


escribí a Flor.
Creo que fue el mensaje más desesperanzador que había
escrito. Escribí que ya no tenía ganas de continuar con la
terapia, que no tenía ganas de levantarme, que no tenía
ganas de hacer nada en realidad, que no tenía ganas de vivir.

104
Y sinceramente no tenía ni ganas de verla a ella. Y eso era lo
que más me preocupaba, porque siempre estuvo todo muy
oscuro y vacío, carente de vida, de ritmo. Pero Flor era la
única que me hacía sentir distinto, que me hacía sonreír. Y
ese día, fue horrible, sentía que ni siquiera ella iba a poder
sacarme de ahí.

“Ya no sé que hacer, nada me está haciendo bien, estoy así


hace semanas y me estoy cansando de intentar”

Me sentía tan triste, y no sabía por qué. No sabía qué había


cambiado. Todo el año había estado muy triste, pero ese día,
esas semanas, era mucho peor, no entendía qué había
pasado. Recuerdo que lo único que se repetía en mi cabeza
constantemente era: “Ya está, se terminó”. Que ahora que lo
escribo y lo leo me parece ridículo, pero en ese momento era
suficiente para sacarme las ganas de todo. Para rendirme.
Se suponía que, como yo estaba ocupado durante la
semana, tenía que ser yo el que fuera a buscarla cuando mis
tiempos se acomodaran y que podamos hablar.
Sin embargo, no la busque. No quería. Simplemente ya no
tenía ganas de intentarlo. Pasaron los días y ella me buscó.

105
Recuerdo que no tenía ganas de moverme. Cada paso que
había hecho ese día, desde que me levanté de la cama, era
completamente sin intención. Y la única razón por la que me
movía era porque había gente a mi alrededor, y no podía
permitir que me vieran distinto, que me vieran mal, que
vieran mi dolor. Pero en los momentos que estaba solo, me
quedaba quieto, durante unos segundos, a veces unos
minutos. Me quedaba quieto, cerraba los ojos y respiraba,
como si fuera el único momento del día donde podía
descargarme un poco.
Cada paso hacia ella, que me veía desde lejos llegar, era
pesado, como si el suelo bajo mis pies quisiera hundirme
aún más.
Su energía siempre era palpable, contagiosa, como si cada
paso suyo llevará consigo una chispa de vida que iluminaba
cualquier rincón por donde pasará. Caminaba con esa
naturalidad que la hacía única, acompañando sus
movimientos con una sonrisa que parecía grabada en su
rostro, aunque no por costumbre, sino porque simplemente
era parte de ella.
Ese día, sin embargo, yo no podía seguirle el ritmo. Mientras
ella hablaba, gesticulaba y buscaba conectar conmigo, mi
mente estaba en otro lugar, perdido en un terreno sombrío

106
que parecía imposible de atravesar. Asentía a lo que decía,
pero sin escuchar realmente. Mi cuerpo estaba allí,
caminando a su lado, pero mi espíritu parecía haberse
quedado atrás, atrapado en algún rincón que ni yo mismo
sabía donde quedaba.
A veces la veía de reojo, y esa sonrisa suya, esa luz que
siempre lograba alcanzarme, hoy no podía llegarme. La
distancia entre su energía vibrante y mi oscuridad interna se
sentía abismal. En otro momento, tal vez, habría hecho un
esfuerzo por igualar su paso, por sonreírle de vuelta y
compartirle algo de mí. Pero ese día no había nada que dar.
Perdón, pero me sentía demasiado mal para entrar en tu
burbuja de energía hermosa a la cual no pertenecía en ese
momento.
Cuando llegamos a la puerta de su oficina, ella abrió con esa
misma soltura, sin notar del todo, o quizás sin querer
hacerme notar, que yo estaba más callado de lo habitual.
Sentí un nudo en el pecho.
Pensé en decirle que no tenía ganas de hablar con ella, que
no tenía ganas de verla, que ya daba igual seguir haciendo
las cosas, seguir hablando, seguir intentándolo, ya no valía la
pena. Pero no lo hice. Porque incluso en ese estado, no
quería decepcionarla. No quería ser yo quien apagara su luz.

107
Por más que en ese momento sintiera que no había nada
dentro de mí que valiera la pena salvar, no podía arrastrarla
conmigo. Ella no merecía eso. La verdad es que incluso con
toda la confianza que le tenía, en ese momento dudaba de
que incluso Flor pudiera alcanzarme en el lugar donde
estaba.

Nos sentamos y empezó a hacer preguntas, como siempre.


La diferencia fue que ese día no podía responderle. Todo lo
que salía de mi boca era: “no sé”.
Me sentía completamente derrotado, no merecedor de que
la vida me diera otra oportunidad. Había hecho las cosas mal
durante toda mi vida, había lastimado a tantas personas, y
por más que siempre intentaba hacer las cosas bien, nunca
resultaban.

—¿Cómo estás, Fran? —preguntó sonriendo con su tono


cálido, inclinada hacia mí, como siempre lo hacía.

Abrí la boca para responder, pero no salió nada. Sentía que


mi voz se había apagado junto con todo lo demás. Bajé la
mirada, incapaz de sostener su mirada.

108
Ella me miraba y se reía un poco. Y creo que era porque
sinceramente no sabía qué hacer. Y no la culpo, nunca me
había visto así, y la verdad era que yo tampoco había estado
tan triste como ese día.

—No sé —respondí finalmente, en un susurro casi inaudible.

Flor se inclinó un poco más, tratando de captar mi atención.

—¿Qué pasa? Contame.

Pasaron minutos en esta secuencia en la que solo podía


responder eso. No puedo explicar la pena que me daba
mirarla, mirar sus ojos, sentir que quería hacer algo para
ayudarme y yo no le estaba dando las herramientas. Sentía
que la estaba lastimando, que la estaba preocupando. Me
sentía una mierda. Me quedaba pensando y en un momento
le dije:

—Perdón… no sé qué me pasa —murmuré. Mi voz temblaba, y


aunque intentaba mantenerme, sentía que todo dentro de mí
estaba a punto de romperse. Agaché la cabeza, sin saber
qué más decir. -- No quiero que me veas así.

109
Y fue en ese momento cuando todo se derrumbó. Las
lágrimas, que había estado conteniendo desde hace
semanas, desde hace meses, comenzaron a salir. Primero
despacio, y luego como una corriente que no podía detener.
Me llevé las manos al rostro, tratando inútilmente de
esconderme.

Flor, que hasta ese momento había mantenido cierta


distancia, extendió su mano hacia la mía y la sostuvo con
fuerza. No dijo nada al principio, solo estuvo ahí, dejando
que llorara.
Cuando tomaba mi mano, no era solo un gesto. Era un
recordatorio físico, tangible, de que no estaba solo. Había
algo tan natural, tan humano en la forma en que lo hacía, que
cada vez que nuestras manos se encontraban, sentía que el
peso que me venía atormentando hace días o semanas, se
hacía un poco más liviano. Me hacía olvidarme del caos que
era la vida fuera de esa oficina, y lo único que importaba es
que estaba ahí, con ella. En ese pequeño gesto, sentía que
no estaba sosteniendo solo mi mano, sino también las
partes de mí que yo sentía que se estaban desmoronando.
No era solo un acto de consuelo; era un mensaje silencioso

110
que decía: "Estoy acá. No estás solo". Y por más que suene
ridículo, era todo lo que necesitaba en ese momento.
Ese año, los pilares de mi vida que yo creía firmes y fuertes,
se empezaron a caer todos al mismo tiempo, y yo ya no tenía
fuerzas para intentar levantarlos. Y ella fue la única que día a
día me demostraba que tenía esa intención, de reconstruir lo
que se había destruido. Lo que yo había destruido.
Sus abrazos, aunque breves, eran un refugio. Me hacían
sentir un sentido de pertenencia que me era tan ajeno en
otros aspectos de mi vida. Era un recordatorio de que,
incluso cuando sentía que no había lugar para mí en el
mundo, al menos en esos momentos, en esa oficina, había
alguien que me hacía sentir importante, alguien que veía
valor en mí, aunque yo no pudiera verlo. Alguien que creía en
mí.
Sus palabras tenían el mismo efecto. Podía estar al borde del
abismo, con mi mente atrapada en una tormenta de
pensamientos oscuros, atormentada, carcomida por mis
dudas, pero cuando ella hablaba, parecía que todo iba a
estar bien. Transmitía una confianza y una seguridad que
realmente necesitaba, porque nadie más me daba eso,
nadie. No eran las palabras en sí lo que hacía la diferencia,
sino la forma en que las decía, con una sinceridad que no

111
dejaba espacio para las dudas. Era su manera de mirarme,
de inclinarse hacia mí como si fuera lo único que importara
en ese momento. Era todo lo que necesitaba. Después de
tanto tiempo sintiéndome una mierda, ella me hacía sentir
que no era así, y que yo merecía otra oportunidad.

Luego de taparme la cara empecé a respirar y en cuestión


de segundos ya había parado de llorar. Tenía mucha práctica
para saber como evitar llorar, o cómo frenarlo. Siempre lo
sentí como una debilidad, o al menos eso era lo que me hizo
sentir el resto. Yo antes lloraba mucho y con el paso de los
años dejé de hacerlo. Me repetía que así me estaba
volviendo más fuerte y capaz de enfrentar estas
situaciones, y no llorar y lamentarme al respecto. Pero la
realidad era que me estaba haciendo pedazos a mí mismo.

—Fran… —dijo finalmente, con una voz que reflejaba tanto


ternura como preocupación—. No pasa nada. Estoy acá. No
te tenés que aguantar. Si no llorás conmigo, ¿con quién más
vas a llorar?

Y mi llanto volvió a escaparse.

112
Había tantas cosas pasando por mi cabeza en ese momento.
La vergüenza, la culpa, la tristeza, el enojo, la felicidad de
que estuvieras ahí, de tenerte presente, de tenerte en mi
vida.
Sus palabras, tan simples pero sinceras, lograron atravesar
el muro de tristeza en el que estaba atrapado. Levanté la
mirada, todavía con lágrimas en los ojos, y la vi sonreír de
una manera que, aunque pequeña, lograba transmitirme
algo de paz. Ese sentimiento que poco a poco se iba
agrandando en nuestras charlas.

Seguimos charlando, o al menos lo intentamos, o lo intentó,


porque yo seguía sin poder responder.
Empezó a hacer foco en las cosas lindas que me pasaban.
Me dijo que le contara algo lindo, algo que me ayude a salir
de ahí, pero no hubo respuesta, dado que no había ninguna
cosa linda que se cruzara en mi cabeza en ese momento.
Empezó a bromear, para lograr, o al menos intentar,
sacarme una sonrisa. La realidad es que ella no sabía qué
hacer, pero quería hacer algo.
Al final, logró, luego de varias bromas, hacerme sonreír.

113
—Sos lindo cuando sonreís —dijo con una sonrisa propia, esa
que parecía querer contagiarme de su energía.

Las bromas, los comentarios, los gestos de amor. Eran todo


lo que necesitaba en ese momento. Con cada gesto, cada
palabra, me estaba recordando que, aunque me sintiera
roto, ella veía algo en mí que valía la pena.
Entendí que todo lo que estaba haciendo era para que me
sintiera mejor, para que me vea mejor, porque no quería
verme así, porque no podía. Se había preocupado mucho ese
día. Y esa semana en general. Todavía me lamento por eso,
no quería hacerla sentir mal a ella, ni angustiarla. Pues no
podía contagiarla de mi melancolía, porque verla triste me
hubiera partido el corazón. Pero por suerte no pasó. Ella
siempre fue muy fuerte para eso.
Esa resonó en mí de una manera que no esperaba. No era
solo un cumplido; era un intento sincero de devolverme algo
que sentía que había perdido hace mucho tiempo: la
capacidad de sentirme bien conmigo mismo, aunque fuera
por un momento. Y funcionó. Sentía que quería hacer todo lo
posible para verme bien. Quería envolverme en su energía
hermosa, en su magia, en su brillo. Y la verdad es que por
ella, me dejaba llevar y me dejaría llevar toda la vida.

114
Cuando la conversación terminó, Flor se levantó y se acercó
para despedirse. Me abrazó, esta vez con más fuerza.
Terminó el abrazo y nos separamos, a punto de despedirnos.

—Mañana te busco—dijo mientras seguía mirándome con ese


tono de preocupación—.

—Perdón—fue lo único que me salió de adentro. No quería


que ella me viera así, que se preocupe por mí.

Ella me miró, sonrió y se mordió los labios, como marcando


que lo que había dicho era una ridiculez. Y luego de eso se
acercó y me volvió a abrazar.

—Te quiero mucho, Fran —susurró con un tono que era tanto
una afirmación como un recordatorio.

Cuando Flor me abrazó por segunda vez, algo dentro de mí


se detuvo por un instante. Había muchas cosas de nuestro
vínculo, que con el tiempo se fueron incrementando y
llegaron a formar cosas tan hermosas, que hoy mismo soy
incapaz de explicar. Las palabras no llegan nunca a explicar

115
emociones, y me parece que mi vínculo con ella es el
ejemplo perfecto de eso. Toda la historia, todo el recorrido
que hicimos, llevó a un momento, a un gesto lleno de amor,
lleno de sentimiento. No era solo un abrazo más, era algo
mucho más especial que no puedo siquiera explicar. Ese
segundo abrazo fue distinto al primero. No fue un gesto de
despedida; fue un acto lleno de intención.
Había algo más en él, algo que no podía explicar. Era como si
quisiera juntar las piezas de mi corazón que sentía tan
dispersas, sostenerlas juntas por un instante más, para que
no se rompieran del todo.
Salí de su oficina todavía cargando con mi tristeza, pero
había algo diferente. El mundo seguía siendo el mismo, mi
mente seguía siendo un campo de batalla, pero había algo en
la forma en que me había dicho “te quiero” que resonaba
dentro de mí. No podía explicarlo, pero ese “te quiero” tenía
un peso diferente. Que sepas que me hiciste sentir un poco
mejor, no sé qué hubiera hecho sin vos.
Ese día, entendí algo que Flor me había mostrado sin
palabras: incluso en los días más oscuros, siempre hay algo,
o alguien, que puede hacer que valga la pena intentarlo de
nuevo. Y, aunque me costara creerlo, aunque mi mente me

116
gritara lo contrario, esa pequeña chispa seguía ahí. Y
mientras ella estuviera, yo debía tratar de encontrarla.

Todos tenemos esa persona que nos hace sonreír con solo
pensar en ella, que nos saca de los peores lugares en donde
estamos, que nos asegura que la vida puede ser linda a
veces, que nos cuesta creer que sean humanas, y que nos
convenzan de que hay personas que sí pueden ser
perfectas. Y son esas personas las que le dan sentido a
nuestra vida, ya que sin ellas, nada sería lo mismo. Nada.

Había llegado sin ganas de verla y me había ido con ganas de


que se quedara un rato más. Y la única que podía lograr eso
era ella, Flor. Me hizo extrañarla.
Cada vez que la tristeza parecía apoderarse de mí,
recordaba la forma en que me abrazó, la calidez de su voz.
Esas palabras se quedaron en mi mente intentando
convencerme de algo que no podía creer por completo: que,
quizás, yo también merecía y podía ser querido.

117
Capítulo 10

“Se terminó”

118
Bien. Ya no hay nada que pueda hacer. Listo. Ya está. Se
terminó. Me rindo. No voy a seguir más. Ya no tiene sentido,
todas las cosas que estuve haciendo, ninguna me llevó a
ningún lugar. Por más que lo intento las cosas siguen
empeorando en lugar de mejorar, como si la vida se estuviese
riendo de mí. Si estuviese disfrutando mi sufrimiento. Y es
que no lo entiendo. ¿Qué mierda hice para merecer esto?
Tanto tiempo. Sé que lastimé personas, sé que me equivoque,
pero estoy intentando hacer las cosas bien, ¿por qué me pasa
esto?
Siento que me estoy volviendo loco. Una presión constante me
abruma la cabeza, no me deja pensar y eso lo agradezco en
cierta parte porque ya no quiero pensar más. Basta, por favor,
basta. Quiero estar bien. Necesito estar bien. No puedo seguir
más así.

A veces llegaba a mi casa, después de fingir durante todo el


día, cerraba la puerta y me dejaba caer en el piso. Y ahí me
quedaba, durante un buen rato. Era todo lo que tenía ganas
de hacer. No quería moverme más, ya está, ya lo había
intentado y las cosas no resultaron. Toda mi vida me la había
pasado sufriendo y por más que Flor me decía que las cosas
iban a mejorar, qué carajo iba a saber ella, ya no le creía

119
más. Lo único que la vida me dio a conocer durante todos
esos años es que no voy a parar de sufrir, no tengo evidencia
contraria de eso, entonces qué mierda sé si las cosas van a
mejorar o no. Probablemente no lo hagan nunca. Entonces
ya está, ni quiero intentarlo, ya me canse. La vida me ganó,
eso fue lo que estuvo intentando todo este tiempo, y lo
logró, felicidades, ganaste. ¿Qué mierda más querés de mí?
Ya me sacaste todo, incluso a mí mismo. Me dejaste vacío,
roto, sin nada más que dar. ¿Qué carajo hice para merecer
esto? Decímelo. Porque si esto es todo lo que me queda,
prefiero que termines de una vez. Prefiero que me mates
ahora, antes de que tenga que ver cómo me arrancás lo
único que me hace sentir algo más que dolor. Pues, en mi
cabeza se había plantado otra realidad: el año llegaba a su
fin y Flor se iba a ir de mi vida.

No era solo Flor, no era solo ella. Era la idea de que algo
podía estar bien, de que hay alguien que podía verte,
entenderte y elegir quedarse. Perderla no era solo perderla a
ella, era perder esa ilusión. Porque, sin ella, ¿quién me iba a
demostrar que no estaba completamente solo en este
mundo de mierda? Nadie. Por eso no quería que se fuera. No
era solo por mí, era por todo lo que representaba en mi vida.

120
Esos días no se me cruzaba nada por la cabeza. Ya había
dejado de pensar, que era lo que quería hacer durante todo
ese tiempo, sin embargo, me sentía peor de lo que siempre
había estado.
Fue el momento en el que más triste y desanimado había
estado en toda mi vida. Sinceramente me sentía la persona
más triste del mundo. No creía que alguien pudiera estar
peor que yo. Lo único que hacía era existir. No quería ni
podía pensar en nada. Me movía tan lento, y hablaba tan
bajo, y es que me quedaban tan pocas fuerzas para vivir, que
era lo único que salía de mí. Verme era depresivo, era
horripilante. Por eso había días en los que intentaba evitar
las luces, los espejos, solamente para no verme. Porque me
daba pena verme, me daba miedo a veces, me daba asco.
¿Qué me había pasado? ¿Cómo es que llegué a este punto?
Caminaba por la calle y me sentía tan solo, tan triste, como
si caminara y para el resto de las personas que estaban ahí
fuera invisible, nadie notaba mi tristeza, nadie notaba mi
angustia, mi dolor. Muchas veces estuve a punto de llorar en
medio de la calle, en medio de la avenida. Y un día pasó, pero
rápidamente sequé mis lágrimas y me dije: ¿qué mierda
estás haciendo?, deja de ser tan maricón.

121
Y creo que esas palabras salían más de la boca de mi padre
que de la mía.
A veces siento que viví toda mi vida equivocado. Que fui
inmaduro, y que fui todas las cosas que dicen de mí. Que las
víctimas son ellos, y yo siempre estuve mal. Y si eso es
realmente así, no puedo enojarme con nadie. Al final, fui yo
el responsable de todo lo que pasó.
Siento que distorsione tantas situaciones por las cosas que
creía, y que eso me llevó a actuar de maneras incorrectas
muchas veces. No sé, ya no estaba seguro de nada. Pero
perdón, en serio pensaba que estaba haciendo las cosas
bien, nunca quise hacerle ningún mal a nadie, perdón si los
lastimé. Perdón.

Estaba muy triste y no sabía por qué. Cada vez que


caminaba me planteaba seriamente el detener a alguien en
la calle y decirle lo que me pasaba, como me sentía. Algún
anciano, algún viejito al que le pueda decir: me siento tan
triste. Alguno que me entienda, que me escuche, y que me
diga que todo iba a estar bien, porque era lo único que
necesitaba.
Sabía que Flor era la persona correcta para decirme eso,
pero no quería molestarla, sentía que eso hacía. No quería

122
que la persona que más feliz me hacía se quiera alejar de mí
como el resto. Todo por mi comportamiento inmaduro o
frágil. Así que empecé a ocultarle cosas también a ella.
Ni siquiera lo entiendo. Todos los ámbitos de mi vida se
encontraban más o menos bien. Las cosas estaban
mejorando y sin embargo yo seguía empeorando, me sentía
peor que nunca. ¿Si las cosas buenas que me estaban
pasando no me hacían sentir bien, entonces que lo iba a
hacer? La respuesta fue simple. Nada. No había forma de
que yo pudiera estar bien. Estaba destinado a estar así de
por vida. Ya está, se terminó.
Por más que las cosas estaban tan mal, siempre tenía la
sensación de que si podía viajar al futuro tres, cuatro o
cinco años, las cosas iban a estar mejor, yo podía ser feliz. Y
eso era lo que había cambiado. Que creía que nunca iba a
poder estar bien, y si así fuera, tendrían que pasar años para
eso, y yo ya no podía aguantar más, no podía esperar años,
necesitaba que las cosas mejoren en ese momento, porque
yo iba a morir, a morir de dolor.
Ya estaba harto de lo mismo. Cada día el pecho me dolía
más, cada día mi corazón latía más lento, cada día una parte
de mí moría. Y ya no podía hacer nada al respecto. No sabía
qué hacer.

123
Todo estaba mal, y algo que recorría mi cabeza esos días era
la famosa pregunta. ¿Qué iba a pasar con vos cuando
terminara el año?
Estuve pensando esos días. Pensé mucho. Y llegué a una
conclusión: la honestidad es la solución a la mayoría de
nuestros problemas.
¿Cuántas veces nos sentimos mal con alguien, tenemos
problemas que se solucionarían hablando, y por el simple
hecho de la vergüenza, del orgullo, nunca lo hablamos? Todo
sería tan simple si abrimos más nuestro corazón y
expresamos lo que sentimos. Por eso decidí que no tenía
sentido seguir ocultándole eso, teníamos que hablarlo. Así
que un día mientras charlábamos se lo dije.

—Flor—dije con una vergüenza tremenda, pero me había


convencido de que por más que fuera incómodo lo iba a
hacer—, tengo que decirte algo. Tengo miedo de perderte.

Se rio durante un segundo.

—Ya me lo imaginaba—dijo casi al instante—, desde la


primera vez que me lo preguntaste.

124
—Quedate tranquilo—agregó—. Mira, no sé cómo van a ser las
cosas cuando termine el año, pero estoy segura de que
vamos a encontrar la forma de que esto siga, y de que
funcione. No tiene que ser algo que te preocupe. Pero si te
hace mal hablémoslo, yo no quiero restarte.

Que curioso fue que digas eso. Que curioso fue que te
sientas así. Nunca me ibas a restar, es más, habías sido la
persona que más me había sumado en toda mi vida,
entonces no tenía ningún tipo de sentido. Pero es verdad
que el hecho de que las cosas iban a cambiar me asustaba
mucho.
No quería perderte Flor. No podía. Porque ella era el único
motivo por el que me levantaba de la cama, el único respiro
en un mundo que parecía asfixiarme cada día más. Me
hacías tan bien. Te necesitaba. Y me causó mucho dolor el
hecho de intentar aferrarme a que ella iba a quedarse, a que
no la iba a perder. Pero a medida que pasaban los días, cada
vez me daba más cuenta de que no iban a ser así las cosas, y
que yo vivía en un mundo de fantasía el cual no existía.
Y creo que desde la primera vez que se lo pregunté que me
daba una idea de que eso era lo que iba a pasar, y capaz por
eso empecé a demostrarle el enorme cariño que le tenía, no

125
sé si para que lo reconsidere o para que sepa, antes de que
termine el año, que la quería muchísimo, y que era una
persona que nunca iba a poder olvidar.
Sinceramente en cualquier otro momento de mi vida hubiera
hecho todo lo posible para que no te vayas, pero ahora ya
está, se terminó. Me cansé, sé que si lo intento voy a
fracasar y ya lo acepte, te voy a perder. Y ese era el dolor
más grande que tenía que atravesar.

Me daba tanta bronca pensar que las cosas que me hacían


tan mal iban a seguir en mi vida, y que algo que me hacía tan
bien, me hacía tan feliz iba a tener que desaparecer. Como si
fuera en serio que la vida quería verme sufrir, quería
sacarme todo lo que me hacía bien y dejarme solo con lo
malo. Y es que así lo veía en ese momento. Yo entendía que
había tantas cosas de por medio en nuestro vínculo. Pero
realmente, ¿qué tanto importaban? Fuiste la persona que
más feliz me hizo y no me importaba sinceramente todas las
cosas que no podían suceder. Ya no me importaban,
solamente quería ser feliz. Y estar con vos era lo que más se
acercaba en ese entonces a ese sentimiento.
No sé, creo que nunca voy a poder estar bien. Siempre me
busco un problema. Algo que me carcoma la cabeza todos

126
los días. Y es que llevo viviendo así hace tanto tiempo, que
seguramente no sepa vivir sin otra cosa. No sepa vivir
siendo feliz.
Hacía meses que de lo único que hablaba y lo que pensaba
era todo eso, todo lo que había pasado ese año, y que cosas
podía hacer, como me sentía. La verdad que llegó un
momento donde me harte completamente. Quería olvidarme
de todo eso nada más, no tenía más ganas de pensar en eso
ni siquiera un segundo.
Sinceramente no tenía ganas de seguir con la terapia. De
seguir intentándolo. Ya no tenía ganas de nada la verdad.
Mi vida ya había perdido todo el ritmo que alguna vez tuvo.
Todo estaba muerto completamente. La rutina se repetía
todo el tiempo, y por más que intentaba escapar, hacer
cosas fuera de ella, nada parecía llenarme, solamente me
recordaban que aunque lo intentara, ese vacío siempre iba a
acompañarme. Sentía que durante todo ese tiempo había
estado intentando escapar de mi sombra, de algo que nunca
me iba a abandonar, y que era imposible que alguna vez
pueda lograr que se fuera.
La vida me presentaba situaciones desfavorables todo el
tiempo, me demostraba que no había lugar para mí. Que yo
no iba a ser aceptado nunca. Me dolía tanto el pecho, y el frío

127
que me recorría hacía que me sintiera atrapado en un
invierno polar por más que estaba empezando la primavera.
Estaba perdiendo las pocas esperanzas que me quedaban.
Me estaba rindiendo. Todo se me venía abajo, todo se
desmoronaba. No sabía que tenía que agarrar primero, que
tenía que hacer para volver a poner las cosas de pie, no
sabía si tenía ganas o fuerzas para intentarlo siquiera. Ya ni
siquiera estaba enojado. Solamente rogaba porque las cosas
mejoren.

La gente ya lo notaba. Amigos, conocidos, personas que veía


por primera vez en mi vida, me preguntaban
constantemente si estaba bien. Y sinceramente me estaba
quedando sin excusas. Ya me era imposible fingir mi
incapacidad de ver el mundo como algo bueno, como algo
vivo, como algo que valiera la pena. Capaz eran mis ojos que
parecían carentes de cualquier brillo de vida, o capaz mis
movimientos que eran casi tan lentos como los de una
tortuga, o capaz era lo perdido y lo poco presente que me
sentía. No lo sé, pero ya era imposible fingir. Me era
indiferente estar muerto, no lo deseaba, pero si de la nada
no despertaba más no era algo de lo que me hubiera
quejado. Creo que ya no me quejaba de nada. Había días en

128
los que simplemente todo estaba mal, y nada ni nadie podía
cambiarlo. Cada vez me iba más profundo en ese pozo y ya
no sabía cómo iba a terminar.
Había días que podía estar bien, aunque sea durante un rato,
y de la nada, sin razón alguna, llegaba ese vacío. Ese bajón,
ese recordatorio de que las cosas nunca iban a estar bien, y
todo el mundo se pintaba de gris. Dios, quería pasarla bien,
pero seguía teniendo eso que no me permitía disfrutar de las
cosas.
Nunca entendí que hice mal. Quizás todo. Quizás nací para
fallar. Quizás estoy programado para perder en cada
oportunidad que la vida me da. En serio, no sé qué mierda
era lo que estaba pagando, o capaz había hecho catástrofes
en otras vidas. No lo sé, pero sentía que estaba siendo
castigado constantemente.

Al no lograr ciertas cosas siempre me preguntaba, si hubiera


sido más inteligente, más lindo, más fuerte, si hubiera sido
mejor, las cosas serían distintas. Si hubiera sido lo
suficientemente bueno, capaz las cosas no habrían
terminado así, y por eso siempre intentaba superarme y
tratar de ser mejor, pero parecía ser que nunca era

129
suficiente. Y es que había veces que ni siquiera yo estaba
conforme con lo que logré.
Y no paraba de preguntarme si ella aplicaba a este caso. Me
daba tanta pena pensar en vos. Las cosas iban a terminar, y
no había nada que pudiera hacer. Capaz si hubiera sido
mejor, hubieras sido distinto. Supongo que por más que lo
intenté, nunca pude hacerla tan feliz como ella me hacía a
mí, nunca pude ser suficiente. Y me da tanta pena. Perdón
por no haber sido suficiente para vos. Me hubiera encantado
que las cosas fueran de otra manera.
Sabía que tenía que intentarlo, que tenía que seguir. Pero
tenía tanto miedo, porque sentía que si lo intentaba y las
cosas no resultaban, eso me iba a romper para siempre. Ahí
sí hubiera sido el final, porque habría gastado las pocas
fuerzas que me quedaban para que la vida me diera un
último golpe. Y tenía mucho miedo de que eso pasara.
Intentaba ser optimista, ver las cosas buenas de todo eso,
pero era tan difícil, sinceramente no creía que iba a poder
estar bien.
Y es que sabía exactamente lo que iba a pasar, y solo vivía
para intentar convencerme de lo contrario, pero en el fondo
sabía que ya se había terminado. Que el lugar que estaba

130
buscando en la vida nunca lo iba a conseguir. No importaba
lo que hiciera, nunca me iban a amar.
Hace tiempo que todo giraba en torno al amor. Creo que era
lo único que me mantenía despierto, el deseo de que capaz,
si seguía intentándolo, alguien me iba a amar, me iba a
reconocer, iba a volver por mí. Siempre sentí que nadie me
quería, nadie me amaba. Y creo que en todas mis relaciones
siempre busqué eso, que me hagan sentir amado. Quería
hacer sentir a la gente así, como me gustaría que me
hicieran sentir a mí. Que me hicieran sentir como mis padres
nunca me hicieron sentir. Y ante las acciones más
insignificantes, que no derivaban en cuanto amor le tenés a
una persona, me sentía tan olvidado, tan poco importante,
tan poco amado, por más que no fuera así, y eso me dolía
muchísimo. Y fue muy difícil luchar con eso. Porque sin el
amor de mis padres, nunca pude ser capaz de esperar el
amor de otros. Se suponía que los primeros tenían que ser
ellos, y no lo fueron. Supongo que no fui suficiente. Tuve que
haber sido mejor, un mejor hijo. Tuve que haberme
equivocado menos. Es mi culpa, siempre fue mi culpa.
Sentía un terrible dolor en el pecho. Sentía que se me iba a
partir el corazón, un corazón que ya de por sí estaba débil,

131
que no sabía cómo recuperarse, y que poco a poco dejaba
de latir.

Y es que la mente se engaña a uno mismo. No sé por qué,


capaz en el fondo me gustaba sufrir, pero esa vez no había
una mínima parte de mí que lo estuviera disfrutando. Solo el
hecho de pensar en ver la cara de Flor otra vez me destruía,
me sacaba las ganas de moverme, de tener que mirarla, a
ella y a su sonrisa, y decirle que no tenía ganas de hablar con
ella, que no quería verla, cuando en realidad todo lo que
quería era hablarle, y sobre todo verla. Por eso fue tan difícil
cuando la vi ese día. No esperaba largarme a llorar, me dio
tanta vergüenza que me viera así.

Y es que me solía pasar. Me encariñaba y amaba a las


personas incorrectas, personas que se iban a ir de mi vida
en algún momento. Y yo sabía y entendía que ella era
psicóloga, que era parte de la institución, que nuestro
vínculo se había dado en un contexto muy particular, y que
se suponía que las cosas tenían que ser así, pero no podía
evitar que de cierta forma me doliera. Porque dejó de ser
una persona con la que simplemente hablaba. En un
momento, no sé en qué momento, pasamos de simplemente

132
tener un espacio para hablar, a empezar a abrazarnos, a
demostrarnos amor, a marcarnos que nos importábamos el
uno al otro, a sentarnos y a volcar tantos sentimientos sobre
una mesa, a crear recuerdos que nunca se iban a borrar de
nosotros, o al menos de mí. No era nada fácil pensar en que
todo eso tenía que desaparecer, porque fue la única persona
que había hecho tantas cosas por mí, que nadie más pudo o
quiso hacer, y me dolía muchísimo el hecho de que las cosas
tenían que cambiar.
Y realmente tenía miedo de volver a querer a alguien, de
dejarme encariñar por otras personas. Porque sentía que en
algún momento podía llegar a perderlas, y no quería pasar
por ese dolor nunca más.
No podía parar de preguntarme si yo pude haber hecho que
las cosas fueran diferentes. Capaz si hubiera hecho otras
cosas, si hubiera actuado de forma más prudente o si
literalmente fuera otra persona completamente distinta en
mi misma situación, ¿habría tenido forma de que las cosas
salieran bien? Probablemente sí, y eso significaba que yo
pude haber hecho mejor las cosas, significaba que no fui lo
suficientemente bueno para afrontar esa situación, y me
dolía no haber sido suficiente para vos. En otro caso, si
hiciera lo que hiciera, fueran a salir las cosas igual, nunca

133
me podrían salir las cosas bien, porque desde que empecé
estaba destinado a que las cosas terminaran así, mal.
Entonces no tenía sentido, siempre iba a fracasar.

Yo sé que es muy raro. Al principio ni siquiera lo entendía,


me parecía tan normal. Un día hablamos de eso.

—Che, te quería preguntar una cosa—dije mientras me


acomodaba en la silla—. La otra vez en una sesión, hablamos
de que debería tener otros puntos de apoyo, que está bien
que podía hablar con vos, pero que tenía que buscarme otro
espacio también, porque vos eras alguien del colegio nada
más.

Recuerdo que eso me había parecido tan raro, y me daba


tanta bronca. El psicólogo lo dijo como si estuviera diciendo
una obviedad. Como si no tuviera ningún sentido que yo le
hubiera tomado tanto cariño, como si yo estuviera tan mal,
tan equivocado. Y es que no sé cómo explicarlo, pero es lo
que pasó. Y creo que no solo yo me sentía así, siento que ella
también pensaba lo mismo.

134
—Te quería preguntar—agregué—, ¿es raro esto?
¿Deberíamos hablar después de tantos años?

—No sé que es raro—, dijo Flor mientras reía—. La verdad,


nunca me había pasado con nadie más esto. Supongo que
siempre hay una primera vez.

Sentí que decía eso para hacerme sentir mejor, para no


hacerme sentir tan loco. Pero en el fondo sentía que a ella
también le gustaba que las cosas fueran así. Que nuestro
vínculo haya crecido tanto ese año.
Sin embargo me dolía muchísimo, porque sabía que las
cosas que yo esperaba nunca iban a pasar. Y que las cosas
iban a cambiar tanto. Dios, los demás me hacían sentir como
un loco cuando hablábamos de este tema. Como si no
pudieran entender como carajo es que yo me sentía así. No
sé, capaz yo estaba equivocado, pero es que qué podía
hacer, las cosas habían sido así, yo me sentía así, y me dolía
tanto todo. Supongo que ese es el motivo por el cual escribo,
para intentar ver si el resto de las personas pueden
entender mi locura. Para demostrarme que tan equivocado
estaba.

135
Ya no podía más. Había días en los que me despertaba a
mitad de la noche, como si algo invisible me estuviera
estrangulando, robándome el aire. Vivía bajo una tormenta
constante, con un cansancio físico y mental que me estaba
matando lentamente. Cada latido de mi corazón era una
mezcla de dolor y vacío, como si estuviera desgarrándose
por dentro. Me dolía el pecho, tenía tanto frío, ese frío que te
hace temblar, y todo se sentía muerto. Intentaba no pensar,
intentaba no sentir, pero eso solo hacía que todo fuera peor.
Y es que me despertaba cada día sintiéndome igual o peor
que el anterior, como si cada intento de seguir adelante solo
profundizara la herida.
Por favor, basta. Ya no puedo más. Todo lo que intenté
hacer, cada esfuerzo, cada paso que di, no me llevó a ningún
lado. Todo está muerto. No hay lugar para mí. La vida me lo
dejó claro: no importa cuánto lo intente, siempre voy a
fracasar. Y es que siento que estoy roto de una manera que
no tiene arreglo, como si estuviera destinado a este vacío
eterno.
Siento que la gente siempre se cansa de mí. No sé qué hago
mal, pero me duele demasiado. Es como si estuviera
condenado a no ser suficiente para nadie, y esa idea me
destruye. Intento dar todo de mí, entregarme, demostrar que

136
quiero y necesito a las personas, pero parece que nunca es
suficiente. ¿Qué tengo que hacer para que me amen? ¿Qué
tengo que hacer para que alguien me vea, me valore, me
elija?
No siento que estoy recibiendo ni siquiera el diez por ciento
del amor que doy. Y me da miedo admitirlo porque me hace
sentir egoísta. No doy para recibir, nunca lo hice, pero
¿cómo no cansarme? ¿Cómo no sentir que todo el amor que
entrego me deja vacío cuando nadie lo devuelve? Hay un
agujero enorme dentro de mí que no puedo llenar solo, y no
importa cuánto lo intente, siempre está ahí, recordándome
que algo en mí está roto.
Por eso tengo tanto miedo de perder personas. Si no puedo
vivir para amar, no tiene sentido vivir. El amor es lo único
que me mueve, y sin él no hay nada. Pero incluso cuando lo
doy todo, cuando pongo mi alma en las manos de alguien
más, siento que no lo ven, que no les importa. Eso me hace
sentir más solo, más pequeño. Siento que no le importo a
nadie, que nunca voy a importar. Es como si estuviera
destinado a estar solo, como si la vida estuviera decidida a
demostrarme que nunca voy a ser suficiente para nadie. Y
empezaba a sentirme así con Flor. Con la única persona que
había estado todo el tiempo intentando demostrarme lo

137
contrario. Pero es que la forma en la que lo hacía ya había
dejado de ser suficiente para mí. Porque estaba
acostumbrado a recibir tan poco, que lo poco que recibía no
me causaba nada. No me llenaba. Dios, me dolía tanto
pensar que era así con ella, no quería sentirme así, porque
yo sabía que no era así, pero no podía evitarlo.
El solo hecho de pensar en perderla me destruía. Tener que
imaginarme sin ella. Simplemente no puedo. No importa
cuánto me prepare, cuánto intente convencerme de que
todo eso iba a pasar, el dolor no disminuye. Al contrario,
crece. Fue la única persona que siempre estuvo, la única
que se preocupó por mí en serio. ¿Cómo se supone que siga
adelante sabiendo que ya no va a estar?
Le confié todo, cada pensamiento, cada dolor, cada
esperanza rota. Pero este miedo, este terror insoportable a
perderla, no pude contárselo. ¿Cómo iba a decirte que me
dolía tanto que nuestro vínculo tuviera un final? No quería
cargarla con eso, no quería hacerla sentir culpable, pero
guardármelo solamente empeoró todo.
Lo que más me duele es que esto no es como los otros
vínculos que perdí, las personas que dejaron de estar porque
yo no fui suficiente o porque las cosas simplemente
cambiaron. Con ella es distinto. Ella fue esa luz en medio de

138
tanta oscuridad, la persona que me hizo sentir algo parecido
a la felicidad, que me dio un motivo para levantarme de la
cama. ¿Y ahora qué? ¿Cómo se supone que siga adelante
cuando la única persona que me hizo sentir algo bueno en
tanto tiempo tiene que irse?
Intenté aferrarme a la idea de que te ibas a quedar, de que
íbamos a encontrar una forma de no perder esto. Pero cada
día que pasaba, la realidad me golpeaba más fuerte: no va a
ser así. Esto se termina. Y no importa cuánto intente
aceptarlo, no puedo. No puedo perderte.
Y es que la verdad me dolía tanto, que prefería seguir
mintiéndome.
Me da bronca, Flor. Me da bronca que las cosas que más
daño me hacen siempre se queden, como una maldición
imposible de romper, mientras que lo único que me hace
bien, lo único que me hace feliz, tenga que desaparecer. Es
como si la vida estuviera decidida a cagarme la existencia, a
sacarme lo poco que me da esperanza y dejarme con todo lo
que me destruye.
Te quería tanto, que no hay palabras para explicarlo. Y me
duele pensar que, quizás, para vos yo solo fui alguien más.
Y es que como no te voy a querer, si verte sonreír se
convirtió en una de mis cosas favoritas del mundo.

139
Siento que no importa lo que haga, siempre voy a perder.
Siempre voy a fracasar. Y ahora también te voy a perder a
vos.

La falta de reciprocidad fue algo que me persiguió toda mi


vida. No hay un vínculo en el que no haya sentido que
merecía más de lo que estaba recibiendo. Con mis padres,
con fracasos amorosos, con mis amigos, incluso con Flor. Sí,
incluso con ella.
No sé qué es lo que me falta. No entiendo por qué todo
parece terminar siempre de la misma forma. Como si
estuviera atrapado en un bucle interminable de expectativas
rotas y decepciones.
Ya ni siquiera me sorprendía, ni me dolía. En mi cabeza
solamente se repetía una vez más un: otra vez. Otra vez lo
mismo. Bueno. Lo intenté. Otra vez. Bien. La puta madre. La
puta madre. Dios. Otra vez.

Antes era un niño. Las cosas no dependían de mí. No sabía


qué hacer, no tenía herramientas. Solo podía mirar desde la
distancia mientras los vínculos, especialmente los
familiares, se desmoronaban. Pero ahora crecí. Ahora hay

140
cosas que sí dependen de mí. Y, sin embargo, ya está. Me
sacaron las ganas, sinceramente. Me quitaron el deseo.
El amor, el reconocimiento, el afecto… No solo hay que
saber que existen, que están ahí, que nos quieren de verdad,
que les importamos, también hay que sentirlos. No tiene
sentido que me recalques que me amas si yo no lo siento.
Porque las emociones son fenómenos que no se pueden
explicar con palabras, hay que sentirlas. ¿Qué sentido tiene
la vida si no podemos amar? ¿Qué sentido tiene si ese amor
nunca llega o, cuando lo hace, no es suficiente?
Porque agota, la falta de reciprocidad agota. Saca las ganas.
Quita el deseo. Qué feo es esperar algo que nunca llega. Qué
cruel es la decepción cuando golpea de nuevo, cuando
rompe los restos de esperanza que todavía intentabas
salvar.
No tienen idea la cantidad de cosas que he hecho. Ni
siquiera yo soy consciente. Tantas cosas. Todo para intentar
conseguir el amor de los demás, el amor que nunca tuve. Y
aun así, nunca he sido capaz de recibirlo. O si lo he hecho,
ese amor no logró ser suficiente para mí.
Mi falta era tan grande, tan inmensa, que ya no había quien
pudiera llenarla. Ni siquiera Flor pudo.

141
Al principio, no tenía ganas de vivir. Todo me era indiferente,
incluso esa misma indiferencia. Solo existía, sin esperar
nada, sin sentir nada. Pero con el tiempo, esa indiferencia se
transformó en una tristeza tan profunda que me consumía
por completo. No sabía de dónde venía ni qué hacer con ella.
Era como vivir bajo una tormenta perpetua, un vendaval que
no me daba tregua. Todo era gris, muerto, sin vida. Mi
cuerpo, mi mente, mi entorno… todo parecía perdido en un
desierto en el que no sabía donde estaba parado.
Me despertaba a las tres de la mañana, después otra vez a
las cuatro y luego no podía dormir más. Ni siquiera en el
sueño encontraba refugio.
El cansancio era insoportable. No solo el físico, sino el
mental. Ese era el que más me estaba matando. Cada día
pesaba más que el anterior. No tenía fuerzas para nada. Ni
siquiera para fingir. Ya no podía ocultar lo que me estaba
pasando; todos lo notaban. Mis movimientos lentos, mi
mirada vacía, mi falta de energía. Todo en mí gritaba que
estaba mal.
Y lo peor es que no estaba así por algo que me había pasado.
Estaba así porque me estaba destruyendo a mí mismo. Me di
cuenta de que siempre pensaba en lo mucho que había
lastimado a los demás, y no me daba cuenta de que a quien

142
más había lastimado era a mi mismo. Reprimí tanto, oculté
tantas cosas, me guardé todo para mí, que nadie realmente
me conoce. Nadie sabe cómo soy en realidad. Y no sé si
podrían aceptarlo.

Hubo momentos en los que mi mente se llenó de sombras,


de ideas que me aterrorizaban. Pensamientos macabros,
perversos, siniestros. Como si mi propia mente se
convirtiera en un lugar que no reconocía, un terreno extraño
y hostil. Eran como ráfagas, breves pero intensas, que
llegaban sin aviso y me dejaban paralizado, preguntándome
quién era realmente.
Me daba tanto miedo. No quería convertirme en eso. No
podía. Porque sabía que, si alguna vez esos pensamientos se
apoderaban de mí, no habría marcha atrás. Nadie me lo
hubiera perdonado. Yo no me lo hubiera perdonado. He
hecho cosas terribles. Cosas con las que tendré que vivir.
Son esas cosas las que me llevan a pensar que quizás, sí
merezco todo esto.
A veces me sentía atrapado en mi propia cabeza, como si
fuera un prisionero de algo que no podía controlar. Era
agotador luchar contra ello, resistir la tentación de creer
que esos pensamientos eran una parte de mí. Sentía que, si

143
bajaba la guardia aunque fuera un segundo, todo se
desmoronaría. Que perdería el control por completo. Y
entonces, ¿qué quedaría de mí?
Había noches en las que me acostaba con la certeza de que
me estaba volviendo loco. Porque, si aún no lo estaba, sentía
que estaba peligrosamente cerca de estarlo. Esa idea me
atormentaba casi tanto como los pensamientos en sí
mismos. ¿Qué pasaría si algún día eso me ganaba? Si mi
mente, tan frágil como la sentía, cedía ante esa oscuridad.
No quería descubrirlo. No podía. Pero cada día era una
batalla, y yo no sabía cuánto más podría resistir.

A veces sentía que no estaba en ningún lado. Caminaba por


la calle y me sentía ajeno a todo, como si no perteneciera a
este mundo, como si estuviera atrapado en un lugar que no
era mío. Incluso rodeado de gente, me sentía
completamente solo. Intenté tantas veces convencerme de
que las cosas podían mejorar, de que había una salida, pero
cada vez que lo hacía, la vida me demostraba lo contrario.
Era como si todo lo que había hecho, todo lo que había
intentado durante estos años, no tuviera ningún valor,
ningún sentido. ¿De qué servía seguir intentándolo? ¿Qué
sentido tenía seguir?

144
Todo esto, este vacío, esta tristeza, esta lucha constante
conmigo mismo, con la vida, con todo lo que no entiendo,
me dejó sin aire. Ya no sé cómo seguir, ni siquiera sé si
quiero hacerlo.
Estoy agotado. Agotado de intentar ser suficiente, de buscar
razones para seguir, de pelear contra una vida que parece
estar en mi contra. Me siento perdido, como si estuviera
atrapado en un laberinto sin salida, donde cada paso solo
me lleva más profundo en esta oscuridad que me envuelve.
Me duele el pecho, como si mi corazón estuviera colapsando
bajo el peso de todo.
No sé si la vida alguna vez quiso darme algo bueno, pero lo
único que parecía claro era que lo que me hacía feliz, lo que
me daba algo de esperanza, siempre desaparecía. Y eso,
más que nada, era lo que me rompía.
Porque, aunque no quisiera admitirlo, todo esto era sobre
vos, Flor. Ya la depresión que tenía me estaba consumiendo,
pero eso era lo que menos me importaba en ese momento.
Todo lo que me hacía sentir así ya me era indiferente por
completo, ya no me causaba nada. Ya había aceptado
muchas cosas, pero había otra cosa que me daba tanto
miedo. Lo que habitaba mi cabeza esos días eras vos. Vos,
que fuiste mi refugio, mi punto de luz en medio de tanta

145
oscuridad. Vos, que me hiciste creer, aunque fuera por un
momento, que podía estar bien, que podía ser amado, que
podía ser alguien importante.
Pero ahora, sabiendo que la iba a perder, no podía evitar
sentir que todo fue en vano. Que todo lo que construimos,
todo lo que compartimos, no iba a sobrevivir a la distancia.
Perderla era perder la única prueba que tenía de que algo
bueno podía existir en mi vida. Como si al irse, se llevara con
ella cualquier rastro de esperanza que pudiera quedarme.
Sin ella, todo esto no tenía sentido.
Y eso me dolía más que cualquier otra cosa. Y por más que
nunca se lo dije, porque no quería que se sintiera forzada a
quedarse, yo quería que nazca de ella, que a ella la haga
feliz, que ella esté bien, por eso nunca lo dije, pero era lo
único que pensaba y escribía en ese momento.
Por favor, no te vayas. No sé si voy a poder con esto sin vos.
Por favor.

146
Tercera Parte

147
Capítulo 11

“Si los ángeles existen”

148
Los días fueron difíciles. Era imposible no pensar en lo malo
que rodeaba mi vida todos los días. En la tristeza que me
invadía, en mi desesperanza. Era difícil que nada pudiera
distraerme. Una tarde me senté a reflexionar. Estuve
dándole muchas vueltas al asunto, a mi vida. Y luego de un
tiempo, me di cuenta de que no sabía nada. Muchas veces
sentía que tenía la solución, que sabía cómo iban a ser las
cosas o qué era lo que me esperaba. Y me di cuenta de que
estaba equivocado, de que no sabía nada en realidad, de que
no tenía ninguna certeza, de que me estaba comiendo la
cabeza solo, que me estaba matando a mí mismo.
Y muchas de las cosas que creía que yo era, eran verdad. Sin
embargo, esas cosas no definían totalmente quien era, y no
tenía que juzgarme a mí mismo por cómo me habían salido
las cosas, ni por si había fracasado o no. ¿Quién no fracasa
en la vida? Y sin embargo no vamos por ahí llamándonos
fracasados entre todos. Porque también había ciertas cosas
que me enorgullecían de mí y, si no hubiera vivido muchas
experiencias, hoy sería alguien completamente distinto. Me
di cuenta de que no había hecho las cosas bien, y que no las
estaba haciendo bien, estaba muy equivocado en
muchísimas cosas, y eso era algo bueno, porque me daba la

149
oportunidad de trabajar en empezar a ver las cosas desde
otro lado.
Vivía aferrado al pasado y pendiente de que iba a pasar al
futuro. Si las cosas que había hecho estaban bien, si el
futuro tenía esperanzas. Y la verdad que es imposible
trabajar en base a eso, es imposible vivir en base a eso. A
cosas que pasaron y no se pueden cambiar, o a cosas que
van a pasar y no sabemos como ni cuando. Las certezas no
existen. Y me di cuenta de que valía la pena intentarlo. Tenía
que hacer las paces con mi pasado, conmigo, y luchar por el
presente, el futuro. Intentar construir un futuro mejor y
dejar de lamentarme por las cosas que me habían pasado.
Porque no me estaban haciendo nada bien.
Además sí, capaz podía volver a fracasar, capaz podía volver
a perder, pero ¿y si no? ¿Y si las cosas resultaban bien? ¿Y si
yo ganaba por primera vez? Era algo que valía la pena
averiguarlo.
Esos días empecé a encarar la vida desde otro lado. Un lado
más positivo. A intentar agarrarme de las cosas que me
hacían bien, de lo que me mantenía de pie, y no tanto en lo
malo.
No fue fácil. Había días que por más que me esforzara todo
parecía teñirse de gris. Sin embargo, de a poco, empezaba a

150
sentirme un poco mejor. Empezaba a sonreír más seguido y
a dejar de pensar tanto en lo malo.
Dejar de sobrepensar fue algo muy útil. Cada vez que
reconocía situaciones que reforzaban ciertas ideas en mi
cabeza y que las mismas diferían completamente de la
realidad, intentaba parar, no empezar a darle vueltas,
cambiar de tema, distraerme. Y eso fue muy relajante para
empezar a, poco a poco, sentirme un poco mejor.
Y fue en esos días, cuando las cosas empezaban a cambiar
lentamente, que me di cuenta de algo importante: Flor había
sido la constante en medio de todo el caos.
Hablar con ella, compartir momentos, me hacía sentir una
paz que no encontraba en ningún otro lado. Había algo en su
forma de estar presente, de escuchar, que lograba calmar
incluso los peores demonios dentro mío. Con cada charla,
cada gesto, cada sonrisa, sentía que mi mundo, aunque
todavía roto, tenía un espacio donde todo parecía estar bien,
aunque sea por un rato. Sinceramente no tengo palabras
para explicarlo, a día de hoy me sigue pareciendo raro, pero
es impresionante como ella se convirtió en una persona tan
importante y significativa para mí.

151
No era solo lo que decía o hacía, era su esencia, su manera
de entender las cosas, de verme, de reflejar una versión de
mí que a veces ni yo podía reconocer.
Empecé a darme cuenta de cuánto había crecido nuestro
vínculo. Cuando nos conocimos casi ni podíamos hablar, yo
no podía hablarle, no quería, y ahora, era la persona que más
llenaba mis días de luz. Pensaba en ella constantemente, y
no porque la necesitara, sino porque su presencia me hacía
sentir algo que hacía mucho tiempo no experimentaba:
seguridad, gratitud, y una inmensa felicidad.
Las cosas no eran perfectas, claro que no. Todavía había
días en los que sentía que el peso de todo era demasiado,
días en los que me invadía el miedo de perderla, de que el fin
del año marcará el fin de todo. Pero en lugar de aferrarme a
esas ideas, empecé a valorar lo que teníamos en el presente.
A veces pensaba en cómo muchas veces la gente que me
rodeaba no parecía notar el vacío en mis ojos, la falta de
brillo, el cansancio. Nadie lo hacía, excepto Flor. Ella podía
mirarme y, de alguna manera, ver más allá de mi máscara.
Con ella no tenía que fingir. Con ella, ser vulnerable era
diferente. No había juicio, no había lástima, solo una
aceptación tan profunda que a veces dolía, pero en el mejor
de los sentidos. Dolía porque era real. Porque me veía por

152
completo, con todas mis imperfecciones y cicatrices, y aún
así decidía quedarse. Cosas que ni yo mismo lograba
aceptar de mí, y cuando ella las escuchaba ni siquiera
cambiaba la expresión de su cara. Esa expresión tan
calmada, esa mirada tan reconfortante, carente de cualquier
tipo de juicio y llena de un profundo deseo de comunicar un:
yo te entiendo. Mostrarse vulnerable frente a alguien es
como entregarle un mapa de tus heridas, confiando en que
no lo usarán para herirte más, sino para entenderte. Y con
Flor, cada vez que me mostraba, cada vez que dejaba caer
un poco más de mi armadura, cada vez que salía más de mi
caparazón, ella me mostraba cosas que nunca había
recibido antes, pero que a mi corazón roto le otorgaban una
inmensa paz.

Es un riesgo mostrarse así ante alguien. Pero con ella, valió


la pena. Y aunque a veces todavía siento miedo de lo que
implica abrirme de esa manera, sé que no podría haber
crecido, no podría haber sanado, sin haber dejado que me
viera tal como soy. Sabía cuándo estaba mal, incluso cuando
yo intentaba negarlo. Su presencia movía cosas en mí que no
podía controlar. Y con el simple hecho de tenerla cerca, todo
parecía mejorar por un rato.

153
Cada conversación era un refugio, un espacio donde podía
ser yo, sin miedo, sin máscaras. Flor tenía esa habilidad
mágica de hacer que las cosas difíciles parecieran un poco
más fáciles, de darme ganas de intentar, incluso cuando
todo en mí decía que no tenía sentido.
Me encontraba dándome cuenta de que, poco a poco, estaba
dejando de pensar tanto. Los comentarios negativos y
oscuros empezaron a desaparecer, y por más que a veces
buscaban volver yo mismo no lo permitía. Empecé a valorar
las cosas que tenía y a centrarme en buscar un espacio
mejor dentro de mi cabeza. Un espacio donde la tormenta
había cesado.
Flor siempre me decía que yo era fuerte, que tenía más
herramientas de las que creía. Durante mucho tiempo pensé
que lo decía por lástima, como quien le dice algo a un niño
para animarlo. Pero ahora, mirando hacia atrás, entendí que
tenía razón. No era que todo hubiera mejorado de la noche a
la mañana, pero había algo distinto en mí. Empezaba a ver
posibilidades donde antes solo había puertas cerradas. Y
aunque una parte de mí seguía sintiendo que le debía todo a
ella, otra parte empezaba a entender que ese cambio
también era mío.

154
Antes creía que el fracaso me definía, que todo lo malo que
me había pasado era mi culpa. Pero ahora empezaba a
cuestionar esos pensamientos. No se trataba de ignorar mis
errores o justificarme, sino de darme cuenta de que nadie
vive sin tropezar. Mis caídas no me hacían menos, me
estaban enseñando algo que, aunque no entendía del todo,
sentía que valía la pena descubrir. Además, me encontraba
inmensamente orgulloso de las herramientas que ahora
tenía comparado a años anteriores. Había crecido mucho y
aprendido tanto, que me hizo muy fuerte para afrontar
cosas que al resto les parecían imposibles. Y nada de eso
hubiera pasado si no me hubieran pasado todas esas cosas
por las que sufrí. Me di cuenta de que tenía un gran valor
para mis amigos, que mis palabras muchas veces los
ayudaban y les servían, que mis consejos los impulsaban,
que mis acciones los hacían sentir bien y que muchas
personas estaban agradecidas con lo que había hecho por
ellos. Me encontraba pensando en que capaz no era esa
mala persona que siempre creí que fui. Al final, Flor siempre
tuvo razón en todo. Y con ella las cosas también empezaron
a volverse, cada vez, más lindas.
Empezaron a acumularse esos momentos pequeños, pero
significativos, que nos marcaban. A veces era una charla

155
cualquiera que, sin darme cuenta, terminaba volviéndose
una conversación que no quería que terminara nunca. Otras
veces, eran cosas simples: la forma en que sonreía cuando
le decía algo lindo, el brillo en sus ojos cuando se
emocionaba o cuando me escuchaba con atención,
recordando incluso cosas que yo había olvidado haberle
contado, las caritas que ponía y que tanta ternura me daban
cuando le contaba algo.
Flor tenía esa habilidad única de hacerme sentir que
importaba, de verdad. No con palabras vacías, sino con
gestos genuinos. Me daba cuenta de cuánto le importaba, y
eso me conmovía profundamente. Después de tanto tiempo
sintiéndome invisible, su forma de estar presente era un
regalo que no sabía cómo devolver.
Y sabía que no era solo yo quien se sentía así. Ella me lo
recordaba también.

—Yo te vi en tus peores momentos Fran—dijo un día mientras


hablábamos—. Y es por eso que me pone tan feliz verte
contento.

Me hacía tan feliz escuchar esas cosas. Había veces que las
palabras se me quedaban en la cabeza y luego en mi casa

156
las recordaba y además de esbozarme una sonrisa, me
sacaban una lágrima. Una lágrima de felicidad. Una lágrima
de gratitud y de reconocimiento de la inmensa suerte de
haber tenido la oportunidad de conocerla, de conocer un
ángel en persona. Todos deberían tener una Flor en su vida.
Es hermoso. Me recalcaba todas las cosas lindas que tenía y
que yo era. Y la forma en la que lo hacía era hermosa. Se
sentía muy bien tener una persona así. Y más cuando lo
único que habías recibido durante toda tu vida fue lo
contrario.
Nuestro vínculo se había vuelto algo muy lindo. Un día
mientras hablábamos, le recordé que era muy importante
para mí, que la quería muchísimo, y que me hacía muy feliz
hablar con ella. Mientras decía todo eso, ella tomó mi mano y
sonreía. No era algo que no le había dicho antes, de hecho
creo que perdí la cuenta de cuantas veces se lo recordé. Sin
embargo esa vez me di cuenta de que, a medida que las
palabras iban saliendo de mi boca, sus ojos comenzaban a
brillar, como si estuviera a punto de llorar, algo que más
tarde hizo cuando le exprese en una carta lo que había
significado ese año para mí, y luego me contó, que no pudo
aguantar las lágrimas.

157
El simple hecho de hacerla llorar me pareció hermoso. No
porque me guste que ella llore por mí, obviamente no. Pero,
indirectamente eso era un reflejo de lo mucho que había
crecido nuestro vínculo y lo hermoso que se sentía para
ambos. Y eso me hacía muy feliz.
A medida que los días pasaban, nuestro vínculo se volvía
cada vez más especial. Ya no era solo una relación de
palabras, era algo que se sentía en los gestos, en los abrazos
que me daban una paz indescriptible, en las risas
compartidas que rompían la monotonía de mis días grises.
Había algo hermoso en lo que estábamos construyendo,
incluso sabiendo que el final del año traería cambios que
ninguno de los dos podía evitar. Pero en lugar de enfocarme
en eso, decidí que quería disfrutar cada momento que nos
quedaba. Quería llenarme de esa energía suya, de su manera
de ver el mundo, porque sabía que eso iba a quedarse
conmigo mucho más allá de cualquier despedida.
Por primera vez en mucho tiempo, empecé a sentir que
tenía algo por lo cual luchar, algo que valía la pena. Y no era
solo Flor; era lo que ella había despertado en mí. Me estaba
enseñando, sin darse cuenta, que yo también podía ser
alguien valioso. Que podía encontrar algo bueno, incluso en
medio de todo el caos.

158
La conexión que había crecido entre nosotros era difícil de
poner en palabras. Había días en los que, simplemente, me
encontraba pensando en ella sin querer, recordando alguna
frase suya, algún gesto, y no podía evitar sonreír. Había
logrado lo que nadie más había hecho: contagiarme de su
energía, de su forma de ver las cosas, y eso me llenaba de
esperanza en medio de esa guerra interna que estaba
teniendo.
Recuerdo un día que estábamos sentados tomando mate.

—¿Sabés que sos la persona que más feliz me hizo este


año?—dije—. Y lo digo en serio, Flor. Me hace muy bien esto.

Ella sonrió, con esa sonrisa que se quedaba grabada en mi


cabeza incluso horas después de haberla visto, y respondió
con su típica humildad.

—No creo que sea para tanto, Fran. Creo que sos vos el que
se está permitiendo estar mejor, y eso es todo mérito tuyo.
Yo solo te acompañé y me encanta haberlo hecho.

Pero yo sabía que no era así. O al menos, no del todo. Su


presencia, su apoyo, su forma de hacerme sentir visto y

159
querido, habían sido fundamentales para que pudiera
empezar a ver las cosas de otra manera. Y sentía que ella
también sentía que era así, solo que no quería admitírmelo.
Me dió un espacio para contar las cosas que nadie quería
escuchar. Desde los temas más serios y profundos que
recorrían mi ser, hasta las estupideces más absurdas e
irrelevantes de la vida. Pero en ambos casos siempre recibí
lo mismo: atención. Y una hermosa atención, que yo tanto
necesitaba. Gracias.

A medida que el final del año se acercaba, nuestros


encuentros se volvían cada vez más significativos. Había
una urgencia silenciosa en el aire, como si ambos
supiéramos que el tiempo se nos escapaba entre las manos.
Pero no hablábamos de eso, al menos no directamente. Era
como si quisiéramos protegernos de esa realidad inevitable.
Era en los pequeños momentos donde podía sentir la
profundidad de nuestro vínculo. En su forma de mostrar
afecto, en cómo guardaba las cartas que le había escrito, en
cómo recordaba detalles que incluso yo había olvidado
haber compartido, en cómo me sonreía cuando me veía, en
como me abrazaba.

160
Había días en los que me costaba aceptar que esto iba a
cambiar, que la forma en que estábamos compartiendo
nuestras vidas iba a ser distinta cuando terminara el año.
Pero me aferraba a la esperanza de que íbamos a encontrar
una manera de seguir conectados, de que esto no era el
final.
Y así pasaron las semanas, con una mezcla de gratitud por lo
que teníamos y melancolía por lo que inevitablemente iba a
cambiar. Pero una cosa era segura: Flor se había convertido
en una de las personas más importantes de mi vida, y eso no
iba a cambiar, sin importar lo que pasara después.
Realmente nunca entendí por qué hizo todo lo que hizo. Por
qué me ayudó tantísimo sin nunca recibir nada de mi parte.
Y es que las pocas cosas que le di, eran insignificantes
comparadas a lo que ella había hecho por mí. No lo entiendo
todavía, pero gracias. Gracias.
Siempre había sentido que mi valor dependía del
reconocimiento de los demás. Pero Flor me enseñó algo
distinto: no era necesario que todos me validaran, ni que el
mundo entero me aceptara. Bastaba con que yo creyera en
mí mismo, con que pudiera darme permiso para intentarlo,
para fallar, para ser humano. Ella fue la primera persona que
creyó en mí de una forma que me hacía sentir capaz de

161
cualquier cosa. Flor no solo fue un apoyo en los momentos
difíciles, fue un espejo. Uno que me mostró una versión de
mí mismo que yo había olvidado que existía, una que, aunque
imperfecta, era suficiente. Gracias a ella, empecé a
entender que el amor propio no era un destino, sino un
proceso. Y aunque todavía me quedaba mucho por recorrer,
ella me dio el impulso que necesitaba para empezar. Y por
ella valía la pena intentarlo.
No sabía qué iba a pasar después de ese año. No sabía si
íbamos a poder mantener el vínculo como hasta entonces, o
si las cosas iban a cambiar tanto que parecerían
irreconocibles. Pero lo que sí sabía era que Flor se había
convertido en una de las personas más importantes de mi
vida. Y aunque el tiempo nos separara, aunque la vida nos
llevara por caminos distintos, su impacto en mí sería eterno.
Porque no se trataba solo de recuerdos; se trataba de cómo
alguien podía entrar en tu vida y transformarla para siempre.

162
Capítulo 12

“Verdades que duelen”

163
Era una de esas sesiones que tenía con mi terapeuta. Una
amiga cercana de Flor con la que habría empezado a
trabajar hace relativamente poco. Hablamos de muchas
cosas de mi vida. Como se encontraba mi entorno familiar,
mi entorno escolar, mi propia percepción. Y al final, casi
como siempre, yo sacaba el tema que más sentía que me
importaba en el momento. Un tema que sentía que a ella no
le gustaba hablar o al menos le resultaba difícil porque sabía
que lo que ella me decía me iba a lastimar.
Ese día, mientras las palabras salían de mi boca, sentía
cómo el ambiente de la sala cambiaba. Era como si el aire se
volviera más denso, más difícil de respirar. No porque
hubiera enojo o incomodidad, sino porque lo que estábamos
por discutir no era algo que pudiera arreglarse. Era como
hablarle al tiempo, pedirle que se detuviera cuando ya
estaba corriendo hacia un futuro que yo no quería enfrentar.
Mi terapeuta me miraba con esa calma característica que a
veces me molestaba. Como si estuviera anticipando la
tormenta que yo todavía no quería ver. Hubo un silencio
largo entre nosotros, el tipo de silencio que no es incómodo,
pero que pesa. Finalmente, habló.

164
—Fran, lo que estás sintiendo es completamente válido. Pero
creo que es importante que hablemos sobre algo: este
vínculo es hermoso, sí, pero el contexto en el que nació y el
lugar que ocupa en tu vida hacen que tenga limitaciones.

Sabía lo que quería decir. Había oído esas palabras en mi


cabeza tantas veces antes. Pero ahora, al escucharlas en
voz alta, dichas por alguien más, tenían un peso
completamente diferente.
Ella suspiró y, por primera vez, apartó la mirada por un
segundo antes de volver a enfocarse en mí.

—El final del año va a traer un cambio, Fran. Este vínculo va a


transformarse. No digo que vaya a desaparecer, pero no va a
ser lo mismo. Y eso, aunque duela, no es necesariamente
algo malo.

Sentí como si algo dentro de mí se rompiera un poco más.

—Los contextos cambian. Las relaciones, para sobrevivir,


necesitan adaptarse. Y a veces, adaptarse significa dejar ir
ciertas cosas. El duelo va a ser inevitable.

165
Esa palabra, "duelo", se sintió como un puñal. No quería oírla,
no quería aceptarla. ¿Por qué tenía que perder algo que me
hacía tan feliz? Y además, ¿esto iba a ser un duelo? ¿Tanto
iba a perder para tener que duelar lo que era nuestro
vínculo? ¿Tanto iba a extrañar?

—No te puedo negar que me duele mucho escuchar


esto—dije mientras me daba cuenta que mi tono de voz
había bajado—. ¿Aunque lo intentemos? ¿No hay forma de
que las cosas sigan siendo así?

—Podés intentarlo, claro. Y si ambos están dispuestos a


hacerlo funcionar, tal vez encuentren un equilibrio. Pero no
podés ignorar la posibilidad de que no sea así. Además,
nunca va a volver a ser lo mismo. Por más que el vínculo siga
hay cosas que van a cambiar. Y prepararte para eso no
significa que no valoras lo que tienen. Al contrario, significa
que estás dispuesto a enfrentarlo con madurez.

Su voz era firme, pero había un tono de suavidad en ella. No


estaba siendo cruel, solo honesta. Pero la honestidad duele.
Y en ese momento, dolía más de lo que podía soportar.

166
Me quedé en silencio, mirando al suelo. Sentía un nudo en el
pecho que no sabía cómo desatar. Las palabras de mi
terapeuta daban vueltas en mi cabeza, mezclándose con
todos los recuerdos que tenía con Flor. Sus risas, sus
abrazos, sus palabras de aliento. ¿Cómo podía prepararme
para perder algo así?
Por más penoso que pueda sonar, nunca había amado tanto
a alguien, y nunca nadie me había amado tanto. Por más
que, quizás, ese amor no era muy grande, pues no quita el
hecho de que era el único amor que había recibido. Y perder
eso me hacía pedazos.
Solamente quería pensar en que ella iba a seguir siendo
parte de mi vida, y yo de la suya. Y por dios, que vueltas que
da la vida. Había estado tanto tiempo deseando ser especial,
en marcar la diferencia, y al final, lo único que quería era ser
uno más.
Quise discutir, quise buscarle una salida, pero no encontré
las palabras. Y entonces, ella dijo algo más. Algo que,
aunque en ese momento no quise aceptar, terminaría siendo
una de las verdades más importantes que escuché.

—Fran, las relaciones que más nos marcan no siempre están


destinadas a durar en la forma en que las conocemos. La

167
belleza de un vínculo no está en su permanencia, sino en lo
que nos enseña y en cómo nos transforma. Y no importa qué
pase después, este vínculo ya te cambió. Lo importante es
con todo lo bueno que te quedas, y no con lo que vas a
perder.
Sentí que las lágrimas querían salir, pero las contuve. No
quería llorar ahí. No quería mostrar cuánto me dolía. No
importaba cuanto intentaba enfocarme en las cosas buenas
que me había dado el vínculo, el solo hecho de pensar en que
se tenía que terminar, o al menos de la forma en la que lo
conocíamos, me rompía el alma.
Ese día, salí de la sesión con el corazón más pesado que
nunca. Pero también con la certeza de que, aunque no sabía
cómo, tenía que enfrentar lo que venía. Flor había sido el
capítulo más hermoso de mi vida hasta ahora, y no quería
que se terminara, porque tampoco sabía si los siguientes
iban a poder superarlo.
Esa noche, mientras estaba acostado, las palabras de mi
terapeuta seguían dando vueltas en mi cabeza. Cada frase
se repetía como un eco, más fuerte, más insistente.

"El duelo va a ser inevitable"

168
Lo entendía, lo juro, pero no podía evitar que me hiciera
pedazos por dentro. Quería odiarla por decirme esas cosas,
por romper la burbuja en la que me había refugiado, pero
sabía que no podía. Ella no tenía la culpa de que esto
estuviera pasando. Nadie la tenía.
Miré el techo de mi habitación, en silencio. Afuera, el viento
golpeaba suavemente las ventanas, y por un momento
pensé en cuántas cosas había cambiado Flor en mi vida.
Había llegado en un momento en el que todo parecía
perdido, como si fuera una especie de milagro, y ahora tenía
que enfrentar la posibilidad de que ese milagro se
desvaneciera.
No podía evitar pensar en lo que iba a perder. No solo iba a
perder las charlas, los abrazos, las risas. Iba a perder la
única certeza que había tenido en mucho tiempo: ella
siempre estaba ahí para mí. Y ahora, con el final del año
acercándose, esa certeza se sentía como arena
escapándose entre mis dedos.
Quise convencerme de que todo iba a estar bien. Me repetía
una y otra vez que íbamos a encontrar la forma, que íbamos
a mantener el vínculo, que nada iba a cambiar. Pero no era
suficiente. En el fondo, sabía que las cosas nunca serían
iguales. Y eso me aterraba.

169
A veces, cuando estábamos juntos, me encontraba
mirándola con más atención de lo normal, tratando de
grabar cada detalle en mi memoria. Su sonrisa, la forma en
que sus ojos brillaban cuando decía algo que la emocionaba,
el tono de su voz cuando me daba algún consejo. Tenía
miedo de que, con el tiempo, esos recuerdos se
desvanecieran, de que se convirtieran en imágenes borrosas
que ya no pudiera recuperar.
Había algo profundamente injusto en todo esto. No solo
porque estaba perdiendo a alguien tan importante, sino
porque sentía que nunca iba a encontrar a alguien como ella.
Y aunque sabía que las comparaciones eran inútiles, no
podía evitar pensar: ¿cómo se supone que alguien más llene
el vacío que ella iba a dejar?
Era una constante lucha entre la necesidad de irse, y el
deseo de quedarse.
Me preguntaba si ella sentía lo mismo. Si alguna vez se había
detenido a pensar en cómo sería todo cuando ya no
estuviéramos juntos en el mismo lugar, cuando nuestras
vidas tomaran caminos diferentes. A veces, me parecía que
ella estaba mucho más tranquila que yo, como si ya hubiera
aceptado lo que yo aún me negaba a ver. Eso me dolía, pero

170
también me daba un extraño tipo de consuelo. Quizás, si ella
podía manejarlo, yo también podría.
Pero había una verdad que no podía ignorar, por más que
quisiera: mi miedo no era solo perderla. Mi miedo era no
saber cómo vivir sin ella.
Había pasado tantos años ocultando tantas cosas, que ya
nadie conocía realmente como era. Nadie excepto ella. Era
la única que sabía por todo lo que había pasado y como era
realmente. Y pensar en eso era muy difícil. Ya que iba a
perder a la única persona que realmente me conocía.
En ese momento, me di cuenta de algo. No era solo tristeza
lo que sentía. Era amor. No el amor romántico que se ve en
las películas, sino un amor profundo, genuino, que no
necesitaba etiquetas. La amaba porque me había enseñado
cosas que nadie más había podido. Porque había creído en
mí cuando yo mismo no podía hacerlo. Porque me había
dado un lugar seguro en un mundo que siempre se sintió frío
y hostil.
Ese amor era lo que hacía todo tan difícil. Porque amar a
alguien también significa aceptar que no siempre vas a
poder quedarte con ellos, que a veces el amor más grande
es dejar ir.

171
No sabía cómo iba a enfrentar el final del año. No sabía
cómo iba a manejar el vacío que iba a quedar cuando ella ya
no estuviera a mi lado todos los días. Pero esa noche,
mientras mis pensamientos se enredaban con mis
emociones, me prometí una cosa: iba a aprovechar cada
momento que nos quedara. No iba a desperdiciar el tiempo
lamentándome por lo que estaba por venir. Quería que,
cuando llegara el final, pudiera mirar atrás y saber que había
hecho todo lo posible por disfrutar lo que teníamos.
Y aunque el duelo fuera inevitable, aunque la despedida
doliera más de lo que podía soportar, iba a aferrarme a algo
que Flor siempre me había repetido: "Las cosas pueden ser
mejores".
Quería aferrarme a ella, tenía miedo. Miedo de que todo se
rompiera, de que el final del año trajera consigo una
despedida irremediable. A veces me decía a mí mismo que si
me aferraba a lo que teníamos, si no aceptaba lo que estaba
por venir, tal vez todo podría seguir siendo igual. Pero sabía
que no era así. ¿Por qué siempre trataba de luchar contra lo
inevitable? Si alguna vez me hubiera hecho una promesa a
mí mismo, tendría que haber sido que debía aprender a dejar
ir. Pero dejar ir algo que significaba tanto para mí, alguien

172
que me había enseñado lo que realmente era el amor, me
parecía imposible.
Aprendí que la vida no siempre te da lo que quieres, y eso
está bien. Aprendí que el dolor no es un enemigo, sino una
señal de que algo dentro de mí estaba cambiando. A lo largo
de todo este proceso, me di cuenta de que el miedo que
tenía a perderla no era solo miedo a la despedida, sino
miedo a enfrentarme a mí mismo, a reconocer que ya no era
el mismo. Flor me había dado más de lo que creía posible. No
me había mostrado solo lo que era capaz de sentir, sino lo
que era capaz de cambiar en mí mismo. Si ella se iba, lo que
se perdería no era solo su presencia, sino una versión de mí
que nunca habría existido sin ella.
Aunque el futuro estaba lleno de incertidumbre, sentía que
había aprendido algo importante: que las cosas no siempre
tienen que durar para siempre para ser valiosas. Flor me
enseñó a vivir el presente, a encontrar belleza en lo que era
y a valorar lo que había. El futuro ya no me asustaba tanto
como antes. Lo que viví con ella no se perdería, aunque
nuestras vidas tomaran rumbos diferentes. Y si alguna vez
llegara el momento de decir adiós, lo haría con el corazón
lleno de gratitud por todo lo que me dio. Porque, en el fondo,

173
sabía que lo que habíamos compartido nunca se iría. Nadie
puede quitar lo que ya está dentro de uno.
Esa noche, mientras las lágrimas se deslizaban por mis
mejillas, entendí algo que no había querido aceptar antes:
que la despedida no tiene por qué destruir lo que hemos
vivido. Aunque doliera, me di cuenta de que el amor y todo lo
que ella me había dado seguirían siendo parte de mí. Y
aunque no sabía qué iba a pasar con el futuro, sabía que, al
menos en ese momento, todo lo que tenía que hacer era
seguir adelante. Quizás lo más importante no era lo que
perdería, sino lo que aún tenía dentro de mí gracias a ella.

174
Capítulo 13

“La despedida”

175
El aire de aquel día tenía algo diferente, algo pesado y al
mismo tiempo liviano, como si el tiempo estuviera
suspendido en un delicado equilibrio entre el ayer y el
mañana. Mientras caminaba una parte de mí se negaba a
creer que ese momento realmente llegaba. Mi cuerpo estaba
allí, pero mi mente, mi corazón, se aferraban a los días que
habíamos compartido, a las sonrisas que aún resuenan en
mi memoria, a los abrazos que aún guardaba como tesoros.
Cada paso que daba me acercaba más al final de un capítulo
que había sido el más hermoso de mi vida. Y, sin embargo,
me sentía tan perdido como al principio. Como si el tiempo
se hubiera encogido y, a pesar de haber vivido tantas cosas,
nunca fuera suficiente. Porque siempre, cuando algo es tan
hermoso, uno desea que dure para siempre, aunque sepa
que eso no es posible. Lo que realmente dolía no era el fin en
sí mismo, sino la aceptación de que todo lo que habíamos
vivido debía transformarse, dejar ir lo que ya no podía
mantenerse.
Me encontraba pensando en los pequeños momentos, en los
gestos sencillos que, con el paso del tiempo, se habían
convertido en los más importantes. Ese primer abrazo,
cuando nuestras manos se encontraron por primera vez. Su
risa, esa que tenía el poder de despejar cualquier nube

176
oscura en mi cabeza. Las veces que, sin decir nada, nos
entendíamos, como si habláramos en un idioma propio, uno
que solo nosotros compartíamos.
Recuerdo sus ojos brillando cuando me decía algo bonito,
cuando me decía que creía en mí. Esos ojos que, a lo largo
del tiempo, se fueron llenando de confianza, de cariño, de
una comprensión que me tocaba el alma. No tenía que
buscar palabras para sentir lo que ella quería decirme; era
suficiente con verla, con estar ahí, compartiendo el mismo
espacio, respirando el mismo aire.
A veces, cuando nos quedábamos en silencio, yo la miraba y
sentía como si el mundo se detuviera. Las conversaciones
que nunca acababan, los momentos en los que nos
perdíamos en nuestras propias historias, y las veces que
simplemente estábamos allí, sin decir nada, pero con todo
siendo dicho en un solo gesto. No era necesario nada más,
no se necesitaba más. Estábamos en paz. O al menos yo lo
estaba.
Pero sabía que todo eso, por hermoso que fuera, tenía un fin.
Y me aterraba. Me aterraba porque me di cuenta de que, en
algún lugar de mi pecho, ya la había perdido. No porque ella
se hubiera ido, sino porque todo lo que había crecido entre
nosotros inevitablemente cambiaría. Aquel vínculo que tanto

177
me había dado debía transformarse en algo que no podía
predecir.
Aun así, el corazón me seguía dando una pequeña chispa de
esperanza. "Tal vez esto no sea el final. Tal vez podamos
encontrar una manera de seguir adelante". Pensaba en
todas las veces que Flor me había dicho que las cosas
podrían ser mejores, y no pude evitar aferrarme a esas
palabras. Porque en ese momento, mientras caminaba hacia
ella, todo lo que quería era que el tiempo se detuviera y no
tuviéramos que enfrentar la despedida.
Cuando llegué, la vi. Su figura, tan familiar y tan querida,
estaba ahí, esperándome. Me sonrió, y esa sonrisa fue
suficiente para que mi pecho se llenara de una paz que no
sentía desde hacía días.
Nos acercamos, y sin decir una palabra, nos abrazamos. Era
un abrazo lleno de todo lo que no se podía decir. De todas las
veces que me hizo sentir que valía la pena, que podía seguir
adelante. Era un abrazo lleno de amor, de agradecimiento,
de tristeza y de esperanza. Cada segundo dentro de ese
abrazo se sentía eterno.
Y fue entonces cuando, mientras el abrazo duraba, mi mente
comenzó a traer a la superficie los momentos más bellos.
Esos pequeños detalles, esos que parecían tan

178
insignificantes en su momento, pero que ahora se grababan
en mi corazón como si fueran las piezas más valiosas de un
rompecabezas.
El sonido de su risa en los días grises. La forma en que me
miraba cuando decía algo que realmente le importaba. Los
abrazos, los pequeños gestos de amor, los comentarios que
viniendo de ella significaban diez veces más de lo que
realmente eran, las palabras que nunca necesitaban ser
dichas. Todo eso pasaba por mi mente, y cada recuerdo se
iba fusionando con una sensación de amor profundo, de un
vínculo que, aunque en su forma estaba a punto de terminar,
nunca desaparecería.

—Flor... —susurré cuando nos separamos. No sabía qué más


decir. Las palabras se sentían pequeñas, insuficientes para
lo que realmente quería expresar.

Ella sonrió, esa sonrisa que nunca podría olvidar.

—Te quiero mucho, Fran —dijo, y en su voz había algo tan


genuino, tan lleno de ternura, que me rompió el corazón.

179
Mi garganta se cerró y no pude responder de inmediato. Solo
la miré, tratando de grabar ese momento en mi memoria.
Quería recordarlo para siempre. El último abrazo, la última
sonrisa, las últimas palabras compartidas antes de que todo
cambiara.
Sabía que no podíamos detener el tiempo, pero por un
segundo, quise que lo hiciéramos. Quería que ese momento
nunca terminara.
Pero la vida seguía su curso, y nosotros, también. La
despedida era inevitable, pero en mi corazón, siempre
habría un rincón para ella. No importaba lo que viniera
después, no importaba el tiempo ni la distancia. Lo que
había vivido con Flor ya era parte de mí, y eso, nadie podría
quitármelo.

Era un día más, o al menos eso intentábamos que pareciera.


Nos sentamos en el mismo lugar de siempre, con los mates
de por medio, como si la rutina pudiera protegernos del
peso del adiós que sabíamos inevitable. Tratábamos de
hablar de cualquier cosa menos de lo que realmente
importaba, como si esquivar el tema fuera suficiente para
detener el tiempo.

180
Hablábamos de cualquier tema, pasando de un lugar a otro
con esa gracia y facilidad que ella siempre tenía. Yo asentía,
sonreía, hacía comentarios, pero en mi cabeza todo era un
caos. Cada palabra suya, cada gesto, me parecía tan
importante, como si mi mente intentara grabarlo todo con la
desesperación de alguien que sabe que el tiempo se está
acabando.
En qué me metí. ¿Cómo carajo alguien te va a reemplazar?
Sabía que nadie podría ocupar el lugar que ella tenía en mi
vida. Y no quería reemplazarla, no quería que nadie más
intentara ser lo que ella era para mí.

—Estás muy callado —dijo suavemente—. ¿En qué pensás?

—En nosotros —respondí sin pensarlo demasiado.

Ella arqueó una ceja, con esa mezcla de curiosidad y ternura


que siempre me desarmaba.

—¿Y qué pensás? —preguntó, aunque parecía saber la


respuesta.

181
Quise decirle tantas cosas. Quise decirle que había noches
enteras en las que me preguntaba por qué había sido tan
afortunado de encontrarla. En su lugar, simplemente sonreí.

—Que sos increíble —dije finalmente—. Y que no tengo idea


de cómo voy a hacer para acostumbrarme a no verte todos
los días.

Sus ojos brillaron, pero no lloró. Yo tampoco. Todavía no.


Pero la tensión en el aire era palpable. Ambos sabíamos que
no podíamos evitar esta conversación por mucho más
tiempo.
Seguimos hablando por un rato más, recordando momentos,
riendo. Pero cada risa parecía estar teñida de melancolía. Me
encontré diciendo cosas que nunca pensé que diría en voz
alta. Le hablé de las veces que ella me había salvado sin
siquiera darse cuenta. Le hablé de cómo sus palabras me
habían dado fuerzas en mis peores días, de cómo me había
enseñado a creer en mí mismo.
Nos quedamos ahí, en silencio, como si las palabras no
fueran suficientes para abarcar todo lo que sentíamos. Flor
me miró con esa intensidad que tenía, como si intentara
leerme el alma, y me sentí tan vulnerable ante ella, tan

182
expuesto. Pero a la vez, su mirada me daba paz, como si
todo lo que había vivido, lo bueno y lo malo, tuviera algún
sentido. Y aunque la tristeza estaba ahí, flotando entre
nosotros, había algo más profundo que nos unía, algo que es
imposible explicarlo con palabras.
En sus ojos vi algo que ya conocía, una mezcla de
comprensión y cariño, algo que nunca podría explicarse con
facilidad. Ella siempre había tenido esa capacidad de
escuchar sin juicio, de ofrecer una calma que me hacía
sentir entendido, sin necesidad de hablar demasiado.
Hablamos, por supuesto, de cosas triviales, de recuerdos
graciosos, de aquellos momentos que nos hacían reír juntos
sin razón aparente. Pero incluso en esas pequeñas charlas,
había una carga implícita en cada palabra, como si
estuviéramos tratando de llenar el espacio que sabíamos
que quedaba vacío en el futuro. Recordamos cómo todo
comenzó, cómo al principio era difícil, pero con el tiempo
todo se hizo más natural. Y las risas se fueron tornando en
silencios más largos, momentos en los que solo estábamos
ahí, respirando el mismo aire, compartiendo lo que quedaba.

Luego de un buen rato charlando finalmente llegó el


momento.

183
—Bueno, no podemos quedarnos acá todo el día, por más
que queramos—dijo con una mirada compasiva de que sabía
lo que venía.—Vos te tenés que ir, y yo también.

Me quedé mirándola por un segundo, sin contestar. Hasta


que finalmente, mientras tome su mano y la acariciaba, dije:

—Te voy a extrañar muchísimo.

En ese momento mis ojos no pudieron aguantar. Las


lágrimas rodaron por mis mejillas, y aunque nunca había
querido mostrarlas, esa vez me sentí más libre que nunca.
Flor, con su ternura infinita, me abrazó nuevamente, como si
ella misma también supiera que ese abrazo era el último de
esa forma. Era un abrazo que decía todo lo que no habíamos
podido decir en palabras, un abrazo lleno de gratitud, de
amor y de despedida.

—Yo también—dijo, y lo único que logró es que mi llanto


empeorara.

184
No supe cuánto duró ese abrazo, ni cuántas veces nos
miramos en silencio, pero cada segundo fue eterno. Fue un
adiós en el que no nos despedíamos solo con palabras, sino
con la conciencia de que lo que había sido, lo que había
crecido entre nosotros, quedaría por siempre.
Finalmente, cuando nos separamos, ya no había nada más
que decir. Sabíamos que el amor que compartimos no iba a
desaparecer, pero que, como todo en la vida, tendría que
transformarse. Y aunque el futuro era incierto, había algo
que quedaba claro: el presente había sido más hermoso de
lo que jamás imaginamos.
Flor sonrió por última vez, y ese fue el último regalo que me
dio: su sonrisa, esa que me había acompañado en los días
más oscuros y que ahora se convertía en mi recuerdo más
preciado.
Y aunque no pude evitar que las lágrimas siguieran cayendo,
no sentí que fuera un final. Fue solo una transformación. Lo
que había sido, lo que fuimos, vivirá dentro de mí. Y aunque
no sabía lo que venía después, lo que sí sabía era que había
sido más que afortunado por haber compartido ese tiempo
con ella.

185
Mientras caminaba de regreso a casa, mi mente no dejaba
de dar vueltas. No podía dejar de pensar en Flor, en cómo
había cambiado todo, en cómo mi vida, antes tan vacía,
ahora tenía significado gracias a ella. El viento acariciaba mi
rostro, pero no podía apartar la sensación de vacío que me
acompañaba. Esa despedida no era solo el final de un
capítulo, era el cierre de algo que me había dado más de lo
que jamás imaginé. Pero también sabía que había sido un
regalo, un regalo que nunca podría olvidar.
El pensamiento de todo lo que habíamos compartido me
inundaba de una mezcla de amor y tristeza. Todo había sido
tan puro, tan genuino. La forma en que ella me veía, como si
realmente viera mi alma, no solo mi exterior. Y esas miradas,
esas caricias, esos abrazos, todo se quedaba guardado
dentro de mí, como un tesoro.
Nunca voy a olvidarte. No tenés idea de la cantidad de veces
que te llore. Nunca le dije todo lo que quería decir. Te amo.
Nunca te lo dije, y no porque no lo sintiera, siempre te amé.
Si no por el hecho de que, por más que no hacía falta que vos
lo dijeras, me dolía saber que capaz, en el fondo, yo era el
único que se sentía así. Y las mismas preguntas volvían a mi
cabeza: ¿por qué las personas que más quiero no me
quieren tanto como yo a ellos? Y yo sabía que no era así con

186
vos, pero no podía parar de pensar en eso, y me destruía
cada segundo que pasaba, porque fuiste tan importante
para mí, que prefería cualquier otra cosa antes que eso.
Capaz no es una historia llena de tragedias, capaz pude
haber hecho las cosas mejor en muchas ocasiones, capaz
no es una historia tan interesante. Pero así lo viví, así lo
sentí, y sinceramente fueron seis años de mi vida en los que,
de a poco, todo lo que conocía y lo que tenía se fue
destruyendo. Y eso justamente es lo que escribo, eso
justamente es lo que muestro en este libro: mi más
profundo dolor.
Y esta despedida, este final. No era solo el final de nuestro
vínculo. Era, en parte, el final de una parte de mí. Una parte
de mí que iba a morir, mi parte más feliz hasta ese
momento, y que tendría que abandonar junto con el vínculo
más hermoso que había llegado a mi vida para ese entonces.
Aquel vínculo que había transformado un rompecabezas
imposible de resolver, en una imagen preciosa que se
reflejaba al ser terminado. Aquel vínculo que arreglo a una
persona completamente rota.
Porque la lluvia moja. Siempre y cuando no sepas lo que es
un paraguas.

187
Y yo me la había pasado tanto tiempo expuesto, que estaba
completamente empapado. Y ni siquiera sabía de qué forma
cubrirme. De qué forma terminar con todo ese dolor. Y no
fue más que ella, quien llegó a mí vida y me tapo de la
tormenta. Me secó, me enseñó los momentos bellos de ese
refugio, y me mostró el arcoiris que se avecinaba. Y gracias
a ella aprendí lo que era ese paraguas, aprendí lo que era el
amor.
Fuiste, y serás, probablemente por mucho tiempo, lo mejor
que me pasó en la vida. Me dio tanta pena que las cosas
terminaran así. No sé qué esperaba la verdad. En el fondo no
sabía qué era lo que realmente vos esperabas de nuestro
vínculo. Y me daba tanto miedo que no sea lo mismo que yo
buscaba. Me escapé. No quería molestarte. Te hubiera
escrito todos los días, y por eso no te escribí nunca. Y
aunque ahora no estemos cerca, aunque ese capítulo haya
llegado a su fin, sigo llevando conmigo lo que me diste.
Fuiste mi luz, mi fuerza, mi inspiración, y siempre serás esa
persona especial que cambió mi vida. No lo olvidaré nunca,
porque marcaste una huella en mí que nunca dejaré ir. No
tengo palabras para agradecerte por todo lo que significas,
por todo lo que me diste. Me hubiese encantado que las
cosas fueran distintas. Y aunque no lo quería aceptar, todo

188
esto era lo que tenía que pasar. Lo intenté. Intenté todo,
porque vos valías la pena. Pero no logré ser suficiente. Otra
vez. Lo siento. Dí todo de mí.
Adiós, Flor.

Adiós.

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Capítulo 14

“Florencia”

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Era un sábado más, como cualquier otro. La mañana
comenzaba lentamente, la luz se filtraba tímidamente a
través de las ventanas, y afuera todo seguía su curso. Me
había despertado y preparado para salir. Desayuné, me
arreglé un poco, tomé mis cosas y partí rumbo a la
verdulería. Pues todos los fines de semana hacíamos las
compras en la feria.
Mi cuerpo, ya tan acostumbrado a la rutina, empujaba el
carrito a medida que iba poniendo en un cesto todo lo que
necesitábamos. Mientras lo hacía, me tomaba el tiempo de
mirarla y jugar con ella. A veces me gustaba hacer
movimientos bruscos y rápidos con el carrito. Ella se
asustaba un poco, pero a mí me parecía graciosa la cara que
ponía.
Nunca entendí por qué tres kilos de papas podían parecer
tan pesados. Levantar una mancuerna de diez kilos parecía
mucho más fácil, pero ahí estaba, con esa bolsa que parecía
desafiar toda lógica. Leí la balanza. Tres kilos. El mismo
peso que llevaba en las manos, y sin embargo, parecían más.
Supongo que son esas cosas de la física que por más que
me expliquen cien veces nunca las voy a entender.

191
El ambiente de la verdulería era el de siempre: bullicioso
pero de una manera agradable. Los gritos de los vendedores
que ofrecían sus productos con entusiasmo, los murmullos
de los clientes comparando precios o eligiendo entre frutas
y verduras. Pasé junto al mostrador de siempre y allí estaba
el verdulero, acomodando prolijamente un montón de
manzanas rojas brillantes.

—¡Buen día, Fran! —me saludó con una sonrisa amplia, como
si me hubiera estado esperando—. Lo de siempre, ¿no?

—¡Hola!, ¿Todo bien?. Sí, lo de siempre —respondí,


devolviéndole la sonrisa. Era un diálogo que habíamos
repetido tantas veces que ya parecía automático. Pero había
algo reconfortante en esa rutina, en la familiaridad de un
sábado por la mañana.

—¡Qué grande está la nena! —comentó mientras me


alcanzaba una bolsa de naranjas.

—Sí, crece rápido —dije, mirando de reojo al carrito. Su


mirada curiosa mientras señalaba las cosas que ponía en el
cesto me hacía sonreír.

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El verdulero soltó una carcajada. —Ya vas a ver cuando
empiece a correr por todos lados. No hay quién los alcance.

Asentí, riendo también. —Eso me dicen.

La charla continuó brevemente, entre comentarios sobre el


clima, lo buena que estaba la cosecha de mandarinas ese
año y la inevitable comparación de precios que parecía
formar parte de cada visita a la feria. Mientras tanto, seguía
llenando el cesto con lo necesario. Me detuve un momento
frente a los tomates y los observé como si fuera una
decisión crucial. Siempre me daba gracia la importancia que
a veces le daba a pequeñas cosas.
El tiempo avanzaba con tranquilidad, sin apuro, como si el
mundo estuviera perfectamente sincronizado en esa rutina
de sábado. El murmullo del mercado se mezclaba con el leve
crujido de algunos cajones de madera moviéndose.
El verdulero volvió a dirigirse a mí cuando ya estaba casi
listo para irme.

—¿Te ayudo con las bolsas? Hoy estás cargando de más,


¿eh?

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Sonreí, sacudiendo la cabeza. —No te preocupes, puedo
solo.

Tomé las bolsas y comencé a acomodarlas en el cesto,


asegurándome de que no se aplastaran los tomates.
Mientras lo hacía, el murmullo de la feria seguía siendo el
telón de fondo, una sinfonía de sonidos cotidianos que me
acompañaban cada sábado. Todo parecía en su lugar, como
siempre.
Empujé el carrito hacia la salida, con una mezcla de
cansancio y satisfacción por haber terminado. A veces, esos
momentos de simple rutina me parecían casi terapéuticos.
No pasaba nada extraordinario, pero tampoco hacía falta.
Era una mañana tranquila, y eso era suficiente.
El sol había comenzado a asomar entre las nubes, y la brisa
fresca traía consigo un aroma a tierra húmeda y frutas
recién cortadas. Giré para ajustar la dirección del carrito, y
justo en ese momento, escuché mi nombre.

—¿Fran?

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Al principio, fue como si la palabra se hubiera perdido entre
el ruido de la feria. Seguí moviéndome, pensando que tal vez
había sido una confusión. Pero entonces, la voz volvió a
sonar, más clara, más cercana.

—¡Fran!

Me detuve en seco. Era como si el tiempo se hubiera


congelado por un instante, como si todo a mi alrededor se
desvaneciera. Lentamente, levanté la mirada, y allí estaba.
Flor.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez
que la había visto, pero en ese instante, todo lo que creí
haber dejado atrás volvió a mí con una fuerza indescriptible.
La feria, el murmullo, el carrito… todo desapareció, dejando
solo a ella en mi visión.
Ya lo había olvidado. Ese brillo en sus ojos, esa sonrisa que
parecía haber nacido para iluminar cualquier rincón donde
estuviera, llena de esa calidez que tanto había extrañado. La
forma en que caminaba, como si la vida misma le
perteneciera, con una energía que no pedía permiso para
llenar el espacio a su alrededor.​
La brisa jugaba con su cabello, y por un momento me

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pareció estar atrapado en un sueño. ¿Cuántos años habían
pasado? ¿Cuántas veces había imaginado este momento,
temiendo que no volviera a suceder? Cada paso suyo parecía
borrar los años que nos habían separado.
Quise decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no
llegaban. Estaba paralizado, atrapado entre la incredulidad y
una oleada de emociones que apenas podía contener. Mi
pecho se llenaba con una mezcla de alegría, nostalgia y esa
punzada de tristeza que acompaña a los recuerdos que
nunca se fueron del todo. Porque los recuerdos son
hermosos, pero recordarlos es inmensamente doloroso.

—¡No puedo creerlo! —dijo con una risa suave cuando estuvo
lo suficientemente cerca. Me tocó el brazo ligeramente,
como si quisiera asegurarse de que yo también estaba allí.

Todavía mudo, apenas logré asentir, con una sonrisa


nerviosa que probablemente no decía nada de lo que sentía.

—Es increíble encontrarte acá después de tanto tiempo. —Su


voz seguía siendo la misma: cálida, cercana, como si
ninguna distancia pudiera cambiarla.

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Ella miró hacia el carrito, notando las bolsas, las frutas, y
luego bajó la mirada hacia ella, que estaba sentada
tranquila, observando todo con esa curiosidad que solo los
niños tienen. Flor se agachó un poco, acercándose con
delicadeza, como si el tiempo hubiera cambiado muchas
cosas, pero no su ternura.

—¿Y esta belleza? —preguntó, sonriendo mientras le hacía un


gesto juguetón. Luego levantó la mirada hacia mí, y
preguntó.—¿Cómo se llama?

Fue en ese momento cuando las palabras finalmente


encontraron su camino. Mi garganta se sentía cerrada, como
si cada emoción que había intentado contener durante años
se amontonara, empujando, luchando por salir. El peso en mi
pecho era abrumador, pero al mismo tiempo sentía una
especie de alivio, como si el simple hecho de estar ahí,
frente a ella, hubiera roto algo que me mantenía atrapado.
Mi mente era un torbellino: recuerdos, sentimientos, todos
ellos volviendo como una ola que amenaza con arrasarlo
todo.
La miré una vez más. Su sonrisa seguía ahí, cálida,
expectante, sin saber todo lo que esa pregunta había

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desatado en mí. Era como si estuviera cruzando un umbral
invisible, uno que cambiaría algo dentro de mí para siempre.
Sentí una lágrima resbalar por mi mejilla, y no hice nada por
detenerla. No tenía caso fingir, no frente a ella.
Y mientras mis ojos liberaban esa lágrima, finalmente
respondí:

—Florencia.

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Capítulo 15

“Nombre”

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Escribi aca. Te quiero :)

200

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