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La Libertad como Valor Innegociable

La libertad es un derecho innegociable y esencial para la dignidad humana, que debe ser respetada y valorada en todas las relaciones sociales. En un contexto de creciente individualismo y pérdida de valores éticos, la sociedad enfrenta desafíos que afectan el bienestar emocional y la creatividad. La digitalización y la automatización presentan oportunidades y riesgos, dependiendo de las decisiones políticas y sociales que se tomen en el futuro.
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La Libertad como Valor Innegociable

La libertad es un derecho innegociable y esencial para la dignidad humana, que debe ser respetada y valorada en todas las relaciones sociales. En un contexto de creciente individualismo y pérdida de valores éticos, la sociedad enfrenta desafíos que afectan el bienestar emocional y la creatividad. La digitalización y la automatización presentan oportunidades y riesgos, dependiendo de las decisiones políticas y sociales que se tomen en el futuro.
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INNEGOCIABLE LIBERTAD

La libertad no se negocia. Ante el favoritismo y la desigualdad tan


frecuentes o habituales en el trato y en las relaciones sociales de todo
tipo, lo que permanece es el ejercicio de la propia libertad. Ser sujetos
autónomos implica también que los demás respeten y valoren los
méritos y logros de las personas, algo que lamentablemente no suele
suceder. De todas formas, la realidad objetiva y la verdad siempre
triunfan, pese a quien pese. Ser libres no es algo sujeto a condiciones de
ningún tipo. La dignidad es la realización de la libertad, en todas las
situaciones. La diversidad no debe ser motivo de exclusión, sino de
enriquecimiento. Lamentablemente, vivimos en una sociedad en la que
se desprecia o infravalora la creatividad, la cultura y la originalidad. En el
siglo XXI, aunque es cierto que, una parte de los ciudadanos valoran la
capacidad creativa y crítica, la otra solo considera el beneficio material y
la diversión más superficial sin más, lo demás es como si no existiese,
aunque no es cierto.
Sócrates entendía la libertad como vida examinada y fue condenado a
muerte, por la práctica de esta con su conducta y enseñanzas. Epicteto,
un filósofo estoico, escribía y hablaba acerca de nuestra capacidad de
elegir cómo responder ante las circunstancias del mundo. Atreverse a
pensar por uno mismo presupone un evidente coraje, que es necesario
en la existencia, ante los imprevistos y adversidades de la vida, algo de lo
que nadie se libra mientras está vivo. Es también lo que propone Kant
desde su planteamiento ilustrado, con su confianza en el progreso
humano. Desde la perspectiva de Nietzsche el hombre libre es un
creador que consciente de la falta de sentido último del mundo, aun así,
es optimista y se muestra alegre ante el abismo de la muerte absoluta,
que a todos llega. El exceso vital es una muestra más de la capacidad de
ser libre con todas las consecuencias, desde la actitud dionisíaca del
pensador alemán.
Hannah Arendt pone el énfasis en la libertad como capacidad de
comenzar y es indudable, ya que siempre es posible lo nuevo, lo
inesperado con las acciones realizadas, en la construcción de una vida
autónoma, con creatividad personal sin límites ni condiciones. La única
barrera es la muerte. Según Foucault la libertad es el coraje de pensarse
de otro modo, como resultado de la evolución de toda persona al elegir,
en cada momento, lo que quiere hacer. En una realidad en la que los
estereotipos y el pensamiento único quieren imponer la uniformización
de la conducta en todas las personas, es evidente que esto no puede ser
realizado, ya que la libertad individual está por encima de la presión

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social y la destroza o pulveriza. Somos ontológicamente libres y la vida
no está escrita.
Vivimos en una sociedad cada vez más caótica. Los valores éticos se
están perdiendo y esto tiene consecuencias. La libertad, bondad,
perseverancia, constancia, tenacidad, empatía, compasión y solidaridad
parecen cosa del pasado y no es así, pero esta es la realidad de lo que
está sucediendo a nivel social, de forma mayoritaria. Todo esto lo que
causa o produce es una sociedad enferma, que solo se preocupa del
dinero y no del bienestar emocional.
No es extraño que haya tanta demanda de atención psicológica en todas
las franjas de edad en este siglo XXI. Estamos en una sociedad muy
individualista, con una clara desestructuración de la familia, en muchos
sentidos y aspectos. El cambio civilizatorio que se está observando es
acelerado desde, aproximadamente, hace un par de décadas. La
digitalización de la sociedad es una realidad innegable, pero si no se
conservan valores como el esfuerzo y la excelencia, se retrocede a una
existencia simplemente mecánica y sin sentido.
La era digital nos permite alcanzar logros impensables hace unas décadas
y esto es necesario valorarlo, lo que hace posible también una mejora de
la calidad de vida de los seres humanos. Se vive más intensamente que
en siglos pasados. Con la Inteligencia Artificial se automatizarán la mayor
parte de los trabajos en cuestión de unos lustros o decenios. Lo que
dejará, en teoría, mayor tiempo libre para las personas. Aunque esto
dependerá de cómo evolucione la política y las decisiones que tomen los
gobernantes.
Parece que ya estamos en un ambiente social, en la que los hechos
consumados injustos pueden justificarse, en base a la práctica de lo que
se suele hacer, aunque sea ilógico o irracional. La lógica da la impresión
de que ha sido superada por el interés, el capricho y la arbitrariedad. Se
justifica en muchas ocasiones lo injustificable, por el simple motivo de
que la gente lo hace, y eso no sirve desde un planteamiento coherente y
racional, como es lógico.
Argumentar es la base de la cultura humanística y también es lo que nos
caracteriza como especie pensante, a todos los niveles. Sin embargo, se
observa que, en bastantes situaciones o ambientes sociales, cada vez se
razona menos o directamente no se argumenta.

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