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Genocidio y Conquista en la Patagonia

El documento analiza la 'conquista del desierto' en Argentina, un proceso histórico que implicó la expansión territorial y la eliminación de pueblos originarios en Patagonia durante las presidencias de Mitre, Sarmiento y Avellaneda. Se describe cómo las autoridades argentinas llevaron a cabo una campaña de limpieza étnica, resultando en la muerte de miles de indígenas y la reducción de su población, así como el traslado forzado de sobrevivientes a condiciones de servidumbre. Se concluye que este proceso refleja un genocidio cultural y físico, en el que se niega la humanidad de los pueblos originarios y se busca su asimilación o exterminio.

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Genocidio y Conquista en la Patagonia

El documento analiza la 'conquista del desierto' en Argentina, un proceso histórico que implicó la expansión territorial y la eliminación de pueblos originarios en Patagonia durante las presidencias de Mitre, Sarmiento y Avellaneda. Se describe cómo las autoridades argentinas llevaron a cabo una campaña de limpieza étnica, resultando en la muerte de miles de indígenas y la reducción de su población, así como el traslado forzado de sobrevivientes a condiciones de servidumbre. Se concluye que este proceso refleja un genocidio cultural y físico, en el que se niega la humanidad de los pueblos originarios y se busca su asimilación o exterminio.

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El final de los habitantes del desierto

Profesora en Historia Yamila Elisabeth Fioramanti Bertazzo (UNCo - FAHU-CRUB)

El proceso histórico que consolidó el Estado Nacional Argentino, encabezado por las “presidencias del
orden”: Mitre (1862-1868), Sarmiento (1868- 1874) y Avellaneda (1874-1880), llevaron adelante un
ordenamiento de las instituciones de nuestro país, sentaron las bases para el desarrollo económico,
beneficiando a la elite local y sus vínculos con los capitales extranjeros.
Uno de los hitos fue el avance sobre los territorios de la Patagonia, con el objetivo de ampliar las
tierras productivas y eliminar a los pueblos originarios que se consideraban indeseables. “La
relevancia histórico-política de la denominada “conquista del desierto” involucrará la puesta en marcha
de una verdadera campaña de limpieza étnica cuya finalidad será resolver definitivamente el problema
representado por la población originaria considerada como decididamente inepta para la construcción
del progreso material y moral del país.” (Diez, 2016: 92).
El avance sobre el territorio de la Patagonia no sucede en un único momento sino que se pueden
observar múltiples avances que culminan con la “Campaña del Desierto” denominación que intentó un
ocultamiento de la población que se quería eliminar.
Desde en la década de 1820 comenzaron a realizarse expediciones a la Patagonia, en el Gobierno de
Rivadavia 1826 el avance sobre estas tierras se contabilizaba en 8600000 hectáreas pertenecientes a
los pueblos pampas. En 1829 se continuó por el sur de la provincia de Buenos Aires y usurpación de
territorios donde habitaban los pueblos ranqueles. Los avances combinaban apropiación de territorios
y negociaciones donde se les ofrecía a los pueblos originarios diferentes víveres, pero muchas veces el
gobierno argentino no cumplía y los pueblos organizaban malones para garantizar su abastecimiento.
En 1867 se prosiguió por los territorios de Río Negro y Río Neuquén, para culminar con la Campaña
del desierto entre 1878 y 1879.
Quienes habitaban este "desierto" eran los pueblos mapuches, tehuelches, ranqueles y pampas, los
cuales habitaban ambos lados de la cordillera antes de la llegada de los españoles. Pueblos con amplios
conocimientos de la zona, la flora y la fauna, cazadores y recolectores, nómades, pero no errantes, ya
que conocían los ciclos de la naturaleza y a la perfección "el país de las manzanas". Pueblos que
contaban con una organización en asamblea. Sus autoridades se caracterizaban por reunir diferentes
capacidades como la experiencia de los ancianos, la habilidad para la guerra y negociación, las
espirituales de las machis, entre otras.
Estos pueblos representaban una amenaza para la naciente Nación Argentina, ya que poseían una
forma de vida antagónica, cuando se vieron acorralados y sin poder sobrevivir comenzaron a
organizar malones, para robar ganado.
El desenlace
El final al parecer no estaba planificado, no estaba claro que hacer con los que sobrevivieron a la
guerra, los que se rindieron, las mujeres y los niños. Los autores señalan “En los años que siguieron
inmediatamente al despliegue final de las partidas armados sobre los espacios ocupados por las
sociedades indígenas patagónicas, las autoridades militares tienen respuesta temporarias al problema
de qué hacer con los indígenas cautivo. El caso del campamento de prisioneros montado en Valcheta
representa un ejemplo muy claro de esa respuesta militar al problema representado por los indígenas
ahora sometidos.” (Mases- Gallucci, 2007: 129)
Luego de debates de sobre qué hacer con los vencidos: “Los sobrevivientes fueron civilizadamente
trasladados caminando encadenados 1400 kilómetros, hacia los puertos de Bahía Blanca y Carmen de
Patagones. De allí partiría en una larga y penosa travesía, cargada de horror para personas que
desconocían el mar, el barco y los mareos, hacia el Puerto de Buenos Aires. Los niños se aferran a sus
madres, que no tenían explicaciones para darles ante tanta barbarie.” (Pigna, 2009: 388)
En Buenos Aires se define el destino final, y cobra un rol protagónico “La sociedad de Beneficencia”
formada por mujeres de la alta sociedad porteña, se encargan de repartir a estos seres humanos
privados de derechos, las mujeres serán mucamas, cocineras y sirvientas para explotar, los niños
regalados y separados de sus familias. Los hombres enviados al norte como mano de obra esclava en
obrajes madereros o azucareros. (Pigna, 2009: 388)
En líneas generales “El saldo de la campaña fue de miles de indios muertos, 14000 reduce la
servidumbre, y ocupación de 15000 leguas cuadradas que se destinarán teóricamente a la agricultura y
la ganadería” (Pigna, 2009: 385)
En el plano de lo simbólico, se puede ver cómo a los sobrevivientes no se les otorgaba la categoría de
personas, y por eso fueron llevados al Museo para ser estudiarlos, observados. Así lo relata Pigna: “A
Inacayal, Foyel y su familia -unas quince personas- les espera otro destino. Fueron trasladados a Buenos
Aires y de allí al campo de concentración montado en la isla Martín García. Meses después fueron
‘rescatados’ por el perito Moreno y enviados al Museo de La Plata, para ser exhibidos y estudiados como
piezas vivas.” Para terminar agrega “El último guerrero había decidido dejar el mundo que ahora era de
los blancos. No quería llevarse en su viaje hacia la otra vida ningún vestigio de su derrota. Se iba como
había llegado, desnudo y con una dignidad que ninguno de los jefes de la masacre podía ni siquiera
comprender, porque no estaba dentro de su menú de opciones. Era el 24 de septiembre de 1888.
Inacayal había ganado su última batalla.” (Pigna, 2009: 401)
Es por este desenlace que es pertinente nombrar la autora Mónica Espinoza cuando esboza la noción
de genocidio primero pensándolo como crímenes de lesa humanidad que hasta el momento no hemos
debatido como sociedad, ni en la justicia. Segundo pensando al “genocidio como práctica violencia y
efecto de poder” y “el concepto de genocidio cultural (o etnocidio) no se refiere simplemente a asesinatos
en masa, sino, sobre todo, al acto de eliminar la existencia de un pueblo y silenciar su interpretación del
mundo”. (Castro-Gómez- Grosfoguel, 2007:274)
Entonces en “la conquista del desierto” y en la construcción de la Nación Argentina se pondrán en
juego las nociones de civilización- barbarie “Rojas plantea que las narrativas de civilización y barbarie
jugaron un papel central en la formación de identidades raciales, de género, religión y clase, así como en
la función del Estado como organizador de la nación y del proyecto de expansión capitalista en la
periferia. Una de las mayores causas de violencia surgió del deseo de civilizar al Otro, asimilarlo dentro
de una imagen homogénea o, en su defecto, de aniquilarlo” (Ídem)
Estas nociones de civilización- barbarie son claras en la llamada generación del ‘80, que se enlaza con
lo antes desarrollado sobre la idea del Conquistador recuperado de Dussel. Se destaca de esta
generación a Sarmiento quien dice “¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América
siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios
asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios
piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y
grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al
hombre civilizado” (El Nacional, 25 de noviembre de 1876).

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