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06 - Pan y Circo

Durante el reinado de Augusto, los romanos experimentaron un aumento significativo en los días festivos, pasando de 76 a 175. Las festividades incluían representaciones teatrales y espectáculos en el circo y anfiteatro, donde la lucha de gladiadores y las carreras de carros eran especialmente populares. Estos eventos no solo entretenían al pueblo, sino que también servían como herramientas políticas para los magistrados que buscaban ganar favor entre la plebe.

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06 - Pan y Circo

Durante el reinado de Augusto, los romanos experimentaron un aumento significativo en los días festivos, pasando de 76 a 175. Las festividades incluían representaciones teatrales y espectáculos en el circo y anfiteatro, donde la lucha de gladiadores y las carreras de carros eran especialmente populares. Estos eventos no solo entretenían al pueblo, sino que también servían como herramientas políticas para los magistrados que buscaban ganar favor entre la plebe.

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Así vivían los romanos www.librosmaravillosos.com J. Espinós, P.

Mariá,
D. Sánchez y M. Vilar

Capítulo 6
Pan y circo

Cuando Augusto fue proclamado Emperador, Roma sólo tenía en su calendario


setenta y seis dies festi (días de fiesta); al cabo de pocos años, los romanos
disfrutaban de 175 días festivos.
A la antigua austeridad, fruto de la pobreza y del trabajo continuo, siguió una etapa
de transformación de costumbres. Roma, tras conquistar innumerables territorios,
conoció otros pueblos y copió su modo de vivir, sus lujos, su arte y sus costumbres.
Esta nueva forma de vida fue apoderándose de todas las clases sociales, en especial
de las más elevadas.
Muchas de las fiestas las organizaban los magistrados, que las ofrecían al pueblo;
por ello se llamaban ludí publici. El erario público destinaba una cantidad para
sufragarlos, pero siempre era insuficiente, y eran los magistrados quienes
completaban los fondos de su propia fortuna.

Representaciones teatrales.
Todos los días de fiesta se celebraban representaciones teatrales en honor de los
dioses, destinadas a deleitar al pueblo. Estos espectáculos eran los menos costosos
y los más nobles de todas las fiestas, pero al pueblo le apasionaban bastante menos
que los juegos del circo y del anfiteatro.
Las obras que se representaban eran sencillas y cortas, tenían un solo acto y se las
llamaba atelanas. Al teatro podían asistir todos los ciudadanos, incluso las mujeres
y los niños. Los esclavos no podían presenciar estas representaciones, pero en
ocasiones, se les dejaba entrar.
El mimo era parecido a las atelanas, pero sin personajes fijos. Se representaba en
las plazas públicas al atardecer, en teatros o en las casas particulares. En él
participaban bufones, histriones y danzantes.

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El teatro nunca fue tan popular como los espectáculos cruentos representados en el
anfiteatro. Los grandes teatros se construían en las laderas de las montañas para
aprovechar el desnivel. Las gradas (cavea) estaban dispuestas en forma de
herradura, y frente a ellas estaba la escena. Entre ésta y las gradas se hallaba la
platea, donde se situaban los músicos. Las gradas se dividían en tres sectores: en el
primero se sentaban las autoridades y en el resto el pueblo. Toda la zona de gradas
estaba cerrada por un muro y en las representaciones se cubría el recinto del teatro
con un gran toldo para proteger al público del sol. Arriba, flauta de Pan hallada en
Pompeya.

También se representaban tragedias, pero los romanos preferían las comedias,


sobre todo, la pantomima, género típicamente latino. Entre la plebe eran
sumamente populares los personajes del astuto y jorobado que todo lo sabe
(doseno); el tragón (bucco); el bonachón (pappo) y el tonto que siempre salía
molido a palos (macco).
La mayor parte de los actores eran extranjeros, esclavos y libertos. Todos ellos
gozaban de poco prestigio social y eran considerados como gente sin honor.
Entusiasmaban a los espectadores con sus historias de doble sentido y llegaron a
ser imprescindibles en las grandes fiestas y banquetes de los ricos. Las mujeres

Colaboración de Sergio Barros 73 Preparado por Patricio Barros


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también intervenían en las representaciones, pero estaban mal consideradas y


gozaban de la misma reputación que las prostitutas.

Corte esquemático del Gran Teatro de Pompeya. 1) Escena; 2) Platea; 3) Ima


cavea; 4) Media cavea; 5) Sum- ma cavea; 6) Pasillo; 7) Entrada a la platea. A la
derecha arriba, plano del Gran Teatro. 1) Escena; 2) Platea; 3) Ima cavea; 4) Media
cavea; 5) Summa cavea.

Los actores romanos al igual que los griegos, se cubrían el rostro con máscaras en
las representaciones teatrales. Estas máscaras eran muy variadas, y los actores se
ponían una u otra según representaran el papel de un rey, una mujer, un esclavo,
un viejo, un niño o un animal. Un mismo actor cubría varios papeles.

Espectáculos en el circo
Mientras el teatro se iba convirtiendo poco a poco en un espectáculo de variedades,
el circo iba tomando cada día más auge. Grandes carteles con dibujos —como los
que anuncian en la actualidad los circos o las películas— anunciaban los
espectáculos que se iban a representar en el circo o en el anfiteatro. Este
acontecimiento constituía el tema preferido de todas las conversaciones: se discutía
en el hogar, en el Foro, en la escuela, en las termas e incluso en el Senado. Ese era
precisamente el objetivo del magistrado que los organizaba: despreocupar y divertir
al pueblo, a la vez que conseguía el favor de la plebe para alcanzar el puesto
político deseado.

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Las máscaras se modelaban en forma de rostro humano o de animal. Se hacían de


diversos materiales: madera, barro, pintura espesa, telas, cera... Su fabricación era
complicada y cada máscara era un símbolo y tenía una historia propia. En el
repertorio de los actores se incluían tragedias, mimo, comedias y farsas. Estas
últimas, las atellanae, eran muy populares. A veces, durante los descansos de las
representaciones teatrales, se rociaba agua perfumada sobre el público.

El erario público subvencionaba parte de estos juegos, pero como los magistrados
querían dar la mayor grandiosidad y atracción, ponían de su propia fortuna el resto,
ya que el pueblo juzgaba el valor de la persona según el dinero que derrochaba. Los
magni ludi romani llegaron a costar 760.000 sestercios.
La abundancia de juego y la seguridad de la annona (trigo y dinero), más o menos
abundante, despreocupaba a la población de cualquier otra cosa. Con el panen et
circenses, la plebe se consideraba feliz.
Los días que se celebraban juegos, acudían al Circo Máximo de 150.000 a 200.000
personas, ataviadas con diversos atuendos, según se celebrasen los ludi cereales
(en honor de Ceres), a los que iban todos vestidos de blanco, o los ludi florales
(fiesta de la primavera), en los que los asistentes se vestían de variados colores
para imitar los campos multicolores en primavera.

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El Circo Máximo de Roma en un principio fue una simple pista de carreras alrededor
de un seto o espina central; carecía de gradas y los espectadores presenciaban las
carreras de pie. Más tarde, los emperadores Augusto y Nerón lo ampliaron, llegando
a tener cabida para 200.000 personas. Augusto hizo traer un obelisco de Egipto
para decorar la espina. En el siglo III murieron 13.000 espectadores al derrumbarse
las gradas, que eran de madera.

En otras ocasiones, los espectadores lucían pañuelos con colores de su equipo


favorito —como los hinchas de hoy. Los hombres dejaban los burdeles, que se
alineaban junto al Circo, empeñaban hasta la ropa en las apuestas, se proveían de
comida y almohadillas y entraban a presenciar el espectáculo, que duraba todo el
día. Los dignatarios ocupaban los palcos con asientos de mármol y adornos de
bronce. El emperador y su familia tenían un palco que comunicaba con un palacete,
donde había dormitorios, baños y otras comodidades para poder descansar entre
competición y competición, dada la larga duración de los espectáculos.
Se iniciaban los juegos con un desfile de carácter religioso, que partía del Capitolio y
recorría en procesión el Foro y las principales calles de Roma, portando numerosas
estatuas de los dioses. Ya en el Circo la comitiva recorría toda la pista. En cabeza y
de pie sobre un carro iba el magistrado organizador de los juegos, ataviado de

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general victorioso, con toga bordada en oro. Sobre la cabeza lucía una corona de
hojas de roble. En la mano portaba un cetro de marfil. Precedía al magistrado una
gran comparsa de músicos vestidos con togas blancas. Detras desfilaban las
imágenes de los dioses, transportados por carros engalonados (tensae),
lujosamente decorados con marfiles, oro y piedras preciosas, tiradas por briosas
cuadrigas, dirigidas por vigorosos jóvenes que las conducían con una sola mano. La
muchedumbre, puesta en pie, aclamaba con grandes voces a las divinidades. Todo
era grandioso. En Roma, los juegos tenían lugar en el Circo Máximo o en el Circo
Flaminio, así como en el Anfiteatro Flavio, reservado a los espectáculos más
grandiosos. Había incluso combates navales.

El Anfiteatro fue una creación típicamente romana. Allí tenían lugar las luchas entre
gladiadores y fieras. El primer anfiteatro se construyó en Roma en el siglo i a. C.
Con posterioridad se erigieron en casi todas las ciudades importantes (Itálica,
Mérida, Tarragona...). En el Coliseo de Roma, además de la lucha de los
gladiadores, se celebraban las venationes o lucha de fieras. Como el espectáculo
duraba todo el día, el anfiteatro se cubría con un gran toldo para tamizar la luz y
evitar el calor del sol a los espectadores. Arriba izquierda, ruinas del Coliseo. Arriba
derecha, interior del Coliseo

Carreras de carros
En el circo se celebraban también otros muchos espectáculos, tales como las
carreras al galope, que alternaban con las de al trote, con dos, tres o cuatro
caballos. Los aurigas, casi todos esclavos, portaban yelmos metálicos; con una

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mano sujetaban las riendas y con la otra la fusta. Tenían que recorrer siete circuitos
en torno a la pista elíptica tomando las curvas muy cerradas; era el momento más
dramático, pues los carruajes colisionaban con facilidad y hombres y caballos
rodaban por los suelos y eran aplastados por los que llegaban detrás.
Los espectadores, con sus aullidos, espantaban a los animales y colaboraban a
estos desastres. Este espectáculo despertaba una rivalidad apasionada entre las
cuadras y los espectadores, surgiendo los seguidores de unos y otros, que se
identificaban por sus colores: rojos, blancos, verdes y azules. Calígula era seguidor
apasionado de los verdes.
Llegó a ser normal que se corrieran veinticuatro carreras al día. El auriga ganador
recibía una recompensa y era coronado con laurel.

Los aurigas eran los conductores de los carros usados en las carreras. Algunos de
ellos se convirtieron en personajes famosos y fueron tratados como auténticos
héroes. Llegaron a tener sus propios clubs de seguidores, que se identificaban con
su auriga a través del color del vestido, que era rojo, blanco, verde o azul, según la
cuadra a la que pertenecían.

Lucha de gladiadores
De todos los juegos, el preferido por los romanos era la lucha de gladiadores, ludi
gladitori. Era una institución nacional. Su origen se remontaba a tiempos de los

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etruscos y formaba parte de las ceremonias fúnebres de este pueblo, costumbre


que perduró largo tiempo.
Pronto se extendió por la Campania y de allí paso a toda Roma, donde en el siglo III
a.C., por primera vez, lucharon en el Foro tres parejas de gladiadores. La afición
creció y el pueblo pedía su celebración. Ante esta demanda, el Senado incluyó estos
combates en los espectáculos públicos.
Los gladiadores luchaban por parejas, en grupos o en formaciones como verdaderos
ejércitos. Los participantes eran prisioneros de guerra, esclavos adiestrados o los
condenados a muerte por homicidio, robo, sacrilegio o motín.

La indumentaria del gladiador, cuando salía a la arena, era pesada y protegía gran
parte de su cuerpo. Se componía de un yelmo, que podía llegar a tener una
decoración muy elaborada, incluso rematado con un penacho de plumas, como era
el caso de los gladiadores Samnitas. Además del casco llevaban un protector en el
brazo derecho, así como protectores de tobillos y grebas. Portaban un escudo
rectangular y una espada corta o una red, según la forma de lucha que fuesen a
practicar. Arriba derecha, vaso con gladiadores, del siglo I.

Cuando éstos escaseaban, los tribunales condenaban a muerte por delitos mucho
menos graves. En ocasiones, participaban los hombres libres —que se inscribían en
escuelas de adiestramiento, tras haber jurado dejarse azotar, quemar o apuñalar—

Colaboración de Sergio Barros 79 Preparado por Patricio Barros


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atraídos por las excelentes recompensas que se les daban a los vencedores —un
cuarto de la suma de las entradas, si era hombre libre, y un quinto si era liberto—,
y por la gloria que suponía ser vencedor y convertirse en héroe popular a quien
cantarían los poetas y levantarían estatuas.
El espectáculo comenzaba con una gran parada; los gladiadores vestidos de oro y
púrpura montados sobre carros, desfilaban por la arena del circo o anfiteatro. Les
seguía una gran cohorte de músicos con instrumentos de metal y de viento, así
como un órgano hidráulico. Al llegar frente a la tribuna del emperador, le dirigían el
fatídico saludo «Ave Cesar, morituri te salutant» y luego, se dirigían hacia el
promotor de la fiesta para que examinase las armas.

Un buen combatiente podía llegar a ser muy popular y conseguir de este modo su
libertad. No obstante, la esperanza de vida de un gladiador se podía contar por
semanas, nunca por años. Izquierda, luchador dacio.

Los luchadores pertenecían a categorías diferentes e iban provistos de armas y


vestimentas distintas según su condición. Los retiarii iban semidesnudos y armados
solamente de una red, un tridente y un puñal; su contrincante, callus, llevaba
escudo, hoz y casco. Los samnitas vestían el atuendo de los soldados samnitas:
casco con alas, escudo grande de forma rectangular, un protector en el brazo
derecho y una espada corta.

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La lucha era a muerte; si no vencían, tenían la obligación de morir con sonriente


indiferencia; si el perdedor caía exhausto o levemente herido, se dejaba al arbitrio
del público si debía matarlo o perdonarle la vida. Si se le indultaba, el público
agitaba pañuelos al aire; si se bajaba el pulgar abajo, vertere pollicem, era señal de
que el vencedor debía rematarlo y gritaban: ¡iugula!
En un combate ofrecido por Octavio Augusto, que duró ocho días, intervinieron
10.000 gladiadores. A medida que se desarrollaba la lucha, los esclavos apilaban los
cadáveres y traían arena limpia para los siguientes combates. Fue un espectáculo
atroz.

Todos los espectáculos que se realizaban en Roma eran anunciados y acompañados


por músicos que interpretaban piezas con diversos instrumentos, entre los que
predominaba el metal. El público reconocía el momento del espectáculo a través de
los sones diferenciados. En la parte izquierda, trompa utilizada en los espectáculos,
idéntica a las trompas militares usadas por las legiones, cuyo desfile por las calles
de Roma constituía a su vez uno de los espectáculos más apreciados por el puebloG
G

Lucha de fieras

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También las venationes o luchas de fieras tuvieron gran aceptación en Roma. Fieras
raras y exóticas eran traídas de países lejanos, transportadas en barcos o carros
para ser sacrificadas en estos cruentos espectáculos.

Durante las fiestas masas ingentes se dirigían hacia el Coliseo para asistir a una
jornada de juegos. Suetonio escribía que «tal cantidad de gente acudía a estos
juegos, que muchos extranjeros se veían obligados a alojarse en tiendas de
campaña a lo largo de las calzadas». La muchedumbre era a veces tan grande que
muchos morían aplastados.

Llegaban hipopótamos y cocodrilos del Nilo, elefantes de Libia, leones de Tesalia,


tigres de Hircania, osos del Danubio y un sinfín de variadas especies de otros
lugares.
Las luchas eran terribles y el pueblo seguía con emoción estas peleas de ataque y
defensa, que enfrentaban elefantes con rinocerontes, osos contra toros, tigres
contra leones... Para despertar más la fiereza de estos animales se les acuciaba con
aguijones y fuego. Al final del espectáculo, sólo sobrevivían la mitad de las fieras, la
otra mitad había desaparecido devorada. En los juegos organizados por el
emperador Tito para conmemorar la inauguración del Coliseo, se sacrificaron en un
sólo día 5.000 bestias salvajes.

Colaboración de Sergio Barros 82 Preparado por Patricio Barros

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