PANTONE 124 PANTONE 7553
RETRO
MANÍA
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Reynolds, Simon
Retromanía: la adicción del pop a su propio pasado
3a ed. - Buenos Aires: Caja Negra, 2024.
448 p.; 19x14 cm.
Traducido por Teresa Arijón
ISBN 978-987-1622-13-9
1. Ensayo. 2. Estudios Culturales. I. Arijón, Teresa, trad. II. Título
CDD 306
Título original: Retromania, Faber and Faber, 2011
© 2011, Simon Reynolds
© 2012, Caja Negra Editora
Caja Negra Editora
Buenos Aires / Argentina
info@[Link]
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Dirección editorial: Diego Esteras / Ezequiel A. Fanego
Diseño: Juan Marcos Ventura
Producción: Malena Rey
Impreso en Argentina / Printed in Argentina
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LA DÉCADA “RE”
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Vivimos en una era del pop que se ha vuelto loca por lo retro y fanática de
la conmemoración. Bandas que vuelven a juntarse y giras de reunión, ál-
bumes tributo y cajas recopilatorias, festivales aniversario y conciertos en
vivo de álbumes clásicos: cada nuevo año es mejor que el anterior para con-
sumir música de ayer.
¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura
musical sea… su pasado?
Es probable que estas palabras sean innecesariamente apocalípticas. Pero
el escenario que imagino no es un cataclismo sino un debilitamiento gra-
dual. Así termina el pop, no con un BANG sino con una caja recopilatoria
cuyo cuarto disco nunca llegamos a escuchar y una entrada sobrevaluada
para la puesta en escena, tema por tema, del álbum de los Pixies o de
Pavement que escuchábamos a morir el primer año de la universidad.
Alguna vez, el metabolismo del pop zumbaba de energía dinámica, pro-
duciendo esa sensación de sumergirse-en-el-futuro tan característica de pe-
riodos tales como los sesenta psicodélicos, los setenta postpunks, los ochen-
ta del hip hop y los noventa de la rave. Los años 2000 tienen otra impronta.
Tim Finney, el crítico de Pitchfork, advirtió “la curiosa lentitud con que
avanza esta década”. Finney se refería específicamente a la música dance
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electrónica, que a lo largo de los noventa había sido la vanguardia de la cul-
tura pop y producía un nuevo “Próximo Gran Éxito” cada temporada. Pero
la observación de Finney no solamente puede aplicarse a la música dance
sino también a la música pop en su conjunto. La sensación de estar avan-
zando se fue volviendo cada vez más lánguida con el transcurso de la dé-
cada. El tiempo parecía aletargado, como un río que comienza a serpen-
tear dejando aguas estancadas a su paso.
Si el pulso del AHORA se sentía más débil con cada año que pasaba, es
porque en los 2000 el presente del pop fue paulatinamente invadido por
el pasado, ya sea en forma de recuerdos archivados del ayer o de viejos es-
tilos pirateados por el retro-rock. En lugar de ser lo que eran, los 2000 se
limitaron a reproducir muchas de las décadas anteriores al unísono: una si-
multaneidad temporal del pop que termina por abolir la historia e impide
que el presente se perciba a sí mismo como una época dotada de identidad
y sensibilidad propias y distintivas.
En vez de ser un umbral hacia el futuro, los primeros diez años del siglo
12 XXI resultaron ser una década “re”. Los 2000 estuvieron dominados por el
prefijo “re”: revivals, reediciones, remakes, reescenificaciones. Retrospección
interminable: cada año traía una nueva racha de aniversarios, con su super-
abundancia de biografías, memorias, rockumentales, biopics y números
conmemorativos de revistas. Además estaban las reformaciones (nuevas for-
maciones) de las bandas, ya se tratara de grupos que se reunían para reali-
zar giras nostálgicas cuyo objetivo era reabastecer (o abultar todavía más)
las cuentas bancarias de sus integrantes (The Police, Led Zeppelin, Pixies…
la lista es interminable) o de una precuela para retornar al estudio de gra-
bación y relanzar sus carreras (Stooges, Throbbing Gristle, Devo, Fleetwood
Mac, My Bloody Valentine et al.).
Si sólo se tratara del regreso de la vieja música y de los viejos músicos,
en forma de archivo o como artistas reanimados… Pero los 2000 fueron
también la década del reciclado rampante: géneros del pasado revividos y
renovados, material sonoro vintage reprocesado y recombinado. Con de-
masiada frecuencia podía detectarse en las nuevas bandas de jóvenes, bajo
la piel tirante y las mejillas rosadas, la carne gris y floja de las viejas ideas.
A medida que transcurría la década, el intervalo entre la ocurrencia de
algo y el momento de revisitarlo parecía achicarse insidiosamente. La serie
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televisiva I Love the [Decade], creada por la BBC y adaptada por VH1 para
los Estados Unidos, depredó los setenta, los ochenta y los noventa, y luego
–con I Love the Millenium, que salió al aire en el verano de 2008– depre-
dó los 2000 incluso antes de que terminara la década. Mientras tanto, los
tentáculos de la industria de la reedición ya habían abarcado hasta el últi-
mo tramo de los años noventa con las cajas recopilatorias y las versiones
remasterizadas/aumentadas del minimal techno alemán, el britpop y hasta
los peores álbumes de Morrissey. La marea creciente del pasado histórico
está mojándonos los tobillos. Los revivals fueron la escena musical más in-
fluida por la “Regla de los veinte años del revivalismo”: los ochenta estu-
vieron “in” durante gran parte de los 2000 bajo la forma del postpunk, del
electropop y, más recientemente, del resurgimiento gótico. Pero también
hubo etapas precoces de revivalismo de los noventa, con el nu-rave fad y
el ascenso del shoegaze, el grunge y el britpop como puntos de referencia
para las nuevas bandas indie.
La palabra “retro” tiene un significado específico: refiere a un fetiche
autoconsciente por la estilización de un período (en cuanto a música, ropa 13
y diseño) que se expresa creativamente a través del pastiche y la cita. Lo
retro, en su sentido más estricto, tiende a ser la prerrogativa de los estetas,
los connoisseurs y los coleccionistas, personas que poseen una profundidad
de conocimiento casi académica combinada con un afilado sentido de la
ironía. Pero la palabra empezó a usarse de una manera mucho más vaga
para describir todo aquello que está relacionado con el pasado relativamen-
te reciente de la cultura pop. Siguiendo este uso común y menos estricto
de la palabra, Retromanía investiga el espectro completo de usos y abusos
contemporáneos del pasado pop. Esto incluye fenómenos tales como la
presencia cada vez mayor de la vieja cultura pop en nuestras vidas: desde
la accesibilidad de los discos de catálogo hasta el gigantesco archivo colec-
tivo de YouTube y los cambios masivos en el consumo de música que son
consecuencia directa de aparatos reproductores como el iPod (que muchas
veces funciona como una estación de radio personal donde sólo transmi-
ten “oldies”). Otro aspecto importante es el envejecimiento natural de la
música rock después de unos cincuenta años de existencia: artistas del pa-
sado que continúan vigentes y siguen haciendo giras y grabando discos,
pero también artistas del pasado que preparan su regreso después de un
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largo período de silencio. Por último, está la “nueva vieja” música de los
músicos jóvenes que buscan sustento en el pasado, y casi siempre lo hacen
de manera claramente ostentosa y arty.
Por supuesto que las épocas anteriores a la nuestra tuvieron sus propias
obsesiones con la Antigüedad, desde la veneración renacentista por el arte
clásico griego y romano hasta las invocaciones medievales del gótico. Pero
nunca existió en la historia humana una sociedad tan obsesionada por los
artefactos culturales de su propio pasado inmediato. Eso es lo que distingue
a lo retro del “anticuarismo” y de la historia: la fascinación por las modas,
las tendencias, los sonidos y las estrellas del pasado reciente. Cada vez más,
eso remite a una cultura pop que experimentamos por primera vez en su
momento (como individuos conscientes y conocedores del pop, a diferen-
cia de lo que vivimos sin tomar conciencia cuando éramos niños).
Esta clase de retromanía se ha transformado en una fuerza dominante
de nuestra cultura, a tal extremo que parecemos haber llegado a una suer-
te de punto de inflexión. ¿La nostalgia obstaculiza la capacidad de avanzar
14 de nuestra cultura? ¿O somos nostálgicos precisamente porque nuestra cultu-
ra ha dejado de avanzar y por lo tanto debemos mirar inevitablemente hacia
atrás en busca de momentos más potentes y dinámicos? ¿Pero qué ocurrirá
cuando nos quedemos sin pasado? ¿Nos estaremos dirigiendo a una suerte de
catástrofe cultural-ecológica, en la que los recursos de la historia pop se habrán
agotado? Y de todas las cosas que ocurrieron durante la década pasada, ¿cuá-
les podrían alimentar la locura nostálgica y las tendencias retro del mañana?
No soy el único que se siente perplejo ante estas perspectivas. Ya perdí
la cuenta del número de columnas periodísticas y posteos en blogs que se
preguntan dónde quedaron la innovación y la rebeldía en la música. ¿Dónde
están los nuevos grandes géneros y las subculturas del siglo XXI? A veces son
los propios músicos los que hacen vibrar la nota de un cansado déjà vu. En
una entrevista de 2007, Sufjan Stevens declaró: “El rock and roll es una
pieza de museo. […] Hoy existen grandes bandas de rock: me encantan los
White Stripes, me encantan los Raconteurs. Pero es una pieza de museo.
Ir a esos clubes es como mirar el History Channel. Lo único que hacen es
volver a poner en escena un viejo sentimiento. Canalizan los fantasmas de
aquella era: los Who, el punk rock, los Sex Pistols, lo que sea. Ya fue. La
rebelión ha terminado”.
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Esta enfermedad no se restringe a la música pop, por supuesto. Es la
misma manía de Hollywood por las remakes de películas que fueron un
éxito de taquilla algunas décadas atrás: Alfie, La gran estafa, Casino Royale,
La pantera rosa, Hairspray, Viaje al centro de la tierra, Fama, Tron, Temple
de acero… En el futuro cercano nos esperan remakes de La mosca (sí, ya
van por la tercera), El increíble hombre menguante, Doce del patíbulo…,
mientras Russell Brand se dispone a protagonizar las remakes de Arthur y
Mi amigo especial. Cuando no está reciclando los grandes éxitos de taqui-
lla del pasado, la industria cinematográfica se dedica a adaptar admiradas
e “icónicas” series televisivas para la pantalla grande, como Los Duques de
Hazzard, Los ángeles de Charlie y Superagente 86, junto con viejos dibujos
animados para niños como El oso Yogui y Los pitufos. En algún lugar entre
ambos extremos se encuentra Viaje a las estrellas, que conquistó las panta-
llas cinematográficas a mediados de 2009: no es una remake en el sentido
estricto sino una precuela (el eslogan publicitario chorrea ironía involun-
taria: “El Futuro Comienza”) protagonizada por el joven Spock y Kirk. Esta
película aprovecha el afecto del público, acumulado durante varias gene- 15
raciones y que fue producto de la serie televisiva original de los sesenta, de
las versiones cinematográficas de los ochenta y de la subsiguiente serie te-
levisiva Viaje a las estrellas: la nueva generación.
El teatro tiene una larga tradición de revivir obras canónicas y vene-
rados musicales, pero aquí también podemos ver que las remakes y las
reposiciones conviven con producciones como Spamalot (basada en la
película Monty Python y el Santo Grial ) y “musicales de rocola” escritos
en torno a “golden oldies” de bandas legendarias o expropiados de géne-
ros vintage: We Will Rock You (Queen), Good Vibrations (Beach Boys),
The Times They Are A-Changin’ (Bob Dylan) y Rock of Ages (hair metal
de los ochenta). Incluso tenemos “TV de rocola” con programas como
Glee y Pop Idol/American Idol (con sus Beatles nights, sus Stones nights,
etc.), que devuelven el rock y el soul a la tradición para nada amenazan-
te del showbiz/liviano de la industria del entretenimiento. La televisión
también entró en la era del remake, aunque casi siempre con menos éxito
que Hollywood. Los que trabajan en la industria definen la versión con-
temporánea de las series televisivas clásicas como “un concepto preven-
dido”, pero hasta ahora los intentos –ostentosas remakes de El prisione-
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ro, Los sobrevivientes, Los archivos Rockford, Los ángeles de Charlie, Dragnet,
La dimensión desconocida, El fugitivo, Kojak, La mujer biónica, Hawaii
Cinco-0, Beverly Hills 90210, Dallas, más algunos favoritos británicos
como Minder, Reggie Perrin y The Likely Lads– no han “funcionado” par-
ticularmente bien en términos de rating (por cierto, en los Estados Unidos
estas remakes suelen cancelarse antes de que termine la temporada). No
obstante, lo siguen intentando: la lógica de renovar lo probado-y-bueno,
de aprovechar hasta la última gota el estatus de culto del original, pare-
ce una tentación irresistible.
Después está la moda, donde la depredación del guardarropas del pa-
sado ha sido parte integral de la industria durante un tiempo, pero cuyo
reciclado de viejas ideas no obstante pareció alcanzar un nivel de rotación
frenético en la última década. Diseñadores como Marc Jacobs y Anna Sui
saquearon los estilos de épocas anteriores casi inmediatamente después de
que concluyeran. El mercado de la indumentaria vintage vivió un boom
(“vintage” refiere ahora a un período tan cercano como la década del ochen-
16 ta, con diseñadores como Azzedine Alaia) que tuvo su paralelo en la “an-
ticuarización” de los muebles y artefactos de la segunda mitad del siglo XX,
cuando las revistas de diseño de interiores enloquecieron por el mobiliario
moderno de mediados de siglo.
Estas son sólo algunas de las zonas más visiblemente febriles de la re-
tromanía. Pero también hay juguetes retro (impera la locura general por
todo lo que vaya del View Master a la muñeca Blythe de comienzos de los
setenta) y retrovideojuegos (la onda es utilizar y coleccionar videojuegos
para computadoras y arcades de los años ochenta). Hay comida retro (la
cadena de sandwiches Pret á Manger ofrece el “retro Prawn on Artisan”,
una suerte de versión aplastada en sandwich de aquel favorito de los se-
tenta: el cocktail de camarones) y también hay diseño de interiores retro,
dulces y caramelos retro, ring-tones retro, viajes retro y arquitectura retro.
Incluso existen comerciales estilo retro en la televisión de vez en cuando,
como el de las alubias Heinz Baked Beans que mega mezcla fragmentos
de publicidades vintage británicas de los años sesenta, setenta y ochenta
y las remata con el imperecedero eslogan “Beanz Meanz Heinz”. Pero lo
más raro de todo es la demanda de porno retro: coleccionistas especiali-
zados en revistas eróticas y pornográficas de determinados períodos; pá-
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ginas web con listas de categorías especiales como “sentada en la cara retro”,
“tetas grandes retro”, “naturales” (pechos anteriores a la difusión masiva
de los implantes) y “vello vintage” (pornografía anterior a la depilación
con cera). Los avisos telefónicos en los canales de cable porno son pun-
tuados de tanto en tanto por interludios de películas para adultos en blan-
co y negro y cintas de desnudos de los años cincuenta (o incluso anterio-
res) que suscitan la melancólica idea de que las señoritas lascivas que allí
retozan deben estar ahora en un hogar para ancianos o –glup– alimentan-
do a los gusanos.
Más allá de su ubicuidad a lo largo y a lo ancho de la cultura, la con-
ciencia retro prevalece crónicamente en la música. Esto quizás pueda deber-
se a que, en cierto modo, su presencia parece especialmente errada allí. El
pop debería ser el reino del tiempo presente, ¿no? Se lo sigue considerando
el territorio de los jóvenes, y se supone que los jóvenes no son nostálgicos:
todavía no han andado lo suficiente como para construir un rezago de re-
cuerdos preciosos. Del mismo modo, la esencia del pop es la exhortación
a “estar aquí ahora”, lo que significa “vivir como si el mañana no existiera” 17
y “romper las cadenas del ayer”. La conexión de la música pop con lo nuevo
y con el ahora explica su capacidad inigualable para destilar la atmósfera
de una etapa histórica. En las películas y los programas televisivos de época
no hay nada que conjure la vibra de un determinado período histórico con
mayor eficacia que las canciones populares de aquel momento. Nada… ex-
cepto tal vez la moda, que, misteriosamente, es la otra área de la cultura
popular donde cunde lo retro. En ambos casos esa misma actualidad, esa
cualidad epocal, les impone una fecha de vencimiento. Pero luego, después
de un intervalo decente, las vuelve poderosamente evocadoras y totalmen-
te aptas para el revival.
En términos del mainstream de la música pop, la mayoría de las ten-
dencias comercialmente dominantes de los 2000 incluían el reciclaje: el re-
surgimiento del garage-punk con The White Stripes, The Hives, The Vines,
Jet et al.; el estilo vintage-soul de Amy Winehouse, Duffy, Adele y otras
cantantes jóvenes blancas británicas que pasan por lady singers negras nor-
teamericanas de los sesenta; femmes inspiradas en el synth-pop de los ochen-
ta como La Roux, Little Boots y Lady Gaga. Pero donde lo retro verdade-
ramente reina como sensibilidad dominante y paradigma creativo es en la
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tierra de lo hipster,1 el equivalente pop de la alta cultura. Las mismas per-
sonas que uno esperaría que produzcan (en tanto artistas) o defiendan (en
tanto consumidores) lo no convencional y lo innovador: ese es justamente
el grupo más adicto al pasado. En términos demográficos, es exactamente
la misma clase social de avanzada, pero en vez de ser pioneros e innovado-
res han cambiado de rol y ahora son curadores y archivistas. La vanguar-
dia devino retaguardia.
Llegado a cierto punto, la voluminosa masa del pasado acumulado en
la música empezó a ejercer cierta fuerza de gravedad. La sensación de mo-
vimiento, de dirigirse hacia algún lugar, podía ser fácilmente satisfecha (más
fácilmente, de hecho) yendo hacia atrás, sumergiéndose en ese inmenso
pasado, que yendo hacia adelante. No dejaba de ser un impulso explora-
torio, pero transformado en arqueología.
Uno ya podía observar cómo este síndrome comenzaba a surgir allá por
los ochenta, pero alcanzó grandes proporciones en la década pasada. Los jó-
venes músicos que llegaron a la mayoría de edad en los últimos diez años
18 crecieron en un clima en el que el pasado musical es accesible hasta un grado
de saturación sin precedentes. El resultado es un método de composición
recombinante que por lo general conduce a una constelación meticulosa-
mente organizada de puntos de referencia y alusiones: tramas sonoras de ex-
quisito y con frecuencia sorprendente gusto que atraviesan las décadas y los
océanos. Yo acostumbraba llamar “rock hecho por coleccionistas” a este en-
foque, pero hoy en día ya no es necesario coleccionar discos; basta con tener
una buena cosecha de Mp3 y recorrer YouTube. Se puede acceder gratis a
todo el sonido, la imagen y la información que antes costaban dinero y es-
fuerzo físico: basta con pulsar algunas teclas y cliquear el mouse.
Esto no equivale a decir que no ha pasado nada en la música de los 2000.
En muchos sentidos, hubo una vorágine de microtendencias, subgéneros y
estilos recombinados. Pero las transformaciones más potentes estuvieron re-
1. Hip es un término del argot norteamericano que refiere a alguien que está atento
a la moda, plenamente consciente de sus últimas tendencias. Desde el movimiento
beatnik en adelante, se considera hipster a aquel bohemio que se mantiene margina-
do respecto de la American Way of Life, pero al día respecto de los fetiches culturales
del momento.
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lacionadas, de lejos, con nuestros modos de consumo y distribución. Y estos
modelos fomentaron la retromanía. Nos hemos vuelto víctimas de nuestra
siempre creciente capacidad de almacenar, organizar, acceder instantánea-
mente y compartir enormes cantidades de información cultural. No sólo
nunca antes hubo una sociedad tan obsesionada con los artefactos cultura-
les de su pasado inmediato; tampoco nunca antes hubo una sociedad que
pudiera acceder al pasado inmediato con tanta facilidad y abundancia.
No obstante, Retromanía no es una denuncia lisa y llana de lo retro en
tanto manifestación de regresión o decadencia cultural. ¿Cómo podría serlo,
cuando yo mismo soy cómplice? Así como he escrito artículos y reseñas pe-
riodísticas sobre la “música que abre nuevas fronteras” como la rave y la elec-
trónica, y así como he celebrado la existencia de movimientos que eran puro
futurismo como el postpunk, también he sido un ávido partícipe de la cul-
tura retro: como historiador, como reseñista de reediciones, como cabeza
parlante en documentales de rock y como escritor de booklets. Pero esto va
más allá del desempeño profesional. Como fan de la música, soy tan adic-
to a la retrospección como cualquiera: merodeo por las tiendas de discos de 19
segunda mano, estudio minuciosamente los libros de rock, vivo pegado a
VH1 Classic y YouTube, devoro documentales de rock. Añoro el futuro que
nos ha DEJADO ATRÁS, pero también siento la atracción del pasado.
Revisando mis viejos artículos mientras investigaba para este libro, me
sorprendió ver que los temas relacionados con lo retro han sido una preo-
cupación constante en mi vida. Entre la miríada de reseñas que celebran
expansivamente la próxima gran novedad en música, el polo opuesto –esa
carga peculiar que pesa sobre el rock, y que es su historia acumulada– se
presenta siempre como un factor de preocupación. Lo retro me ha perse-
guido desde siempre: es el opuesto fantasmal del “futuro” por el que tanto
abogo. Mirando hacia atrás, veo que muchas veces he invertido todos mis
recursos de fe y optimismo en el impulso inconsciente de hacer a un lado
esa sensación de “haber llegado tarde” que caracteriza a mi generación: el
derecho de nacimiento negativo de todos aquellos que nos perdimos, como
partícipes conscientes, los sesenta o el punk. Así como catalizaron la fe, los
movimientos de los noventa como el grunge y la rave también propagaron
una sensación de alivio: por fin estaba ocurriendo algo comparable a las
glorias del pasado en nuestra propia época, en tiempo real.
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He dedicado mucho tiempo y amor a ciertas bandas que podrían ser
fácilmente desestimadas como un mero pastiche retro. Tuve que recurrir a
argumentos ingeniosos y metáforas torturadas para explicar por qué más
de una banda particularmente adorada por mí no integra el grupo de los
necrófilos ladrones de tumbas. El ejemplo más reciente es Ariel Pink, pro-
bablemente mi músico favorito de los 2000, cuyo Before Today fue unáni-
memente aclamado como uno de los mejores álbumes de 2010. Sin el
menor rastro de vergüenza, Ariel describe su sonido –un entramado de ecos
borrosos de pop radial idílico de los sesenta, setenta y ochenta– como “re-
trolicioso”. ¡Y lo es! Después de todo, la nostalgia es una de las grandes
emociones pop. Y a veces, esa nostalgia puede encarnar la agridulce año-
ranza del pop por su propia edad dorada perdida. En otras palabras: algu-
nos de los grandes artistas de nuestra época están haciendo música cuya
emoción primordial se dirige hacia otra música, hacia una música anterior.
Pero una vez más, ¿no hay algo profundamente errado en el hecho de que
tanta de la mejor música de la última década suene como si hubiera sido
20 compuesta veinte, treinta o incluso cuarenta años atrás?
Hasta ahora, la introducción era lo último que escribía de un libro. Esta
vez empecé por el principio. No estoy tan seguro de lo que vaya a encon-
trar en el camino. Este libro es fundamentalmente una investigación: no
solo acerca de los comos y los porqués de lo retro en tanto cultura y en tanto
industria sino también acerca de otros temas más amplios relacionados con
vivir en, vivir fuera de y vivir con el pasado. Dado que yo mismo disfruto de
muchos aspectos de lo retro, ¿por qué sigo sintiendo, en el fondo, que es
vulgar y vergonzoso? ¿Qué tan nuevo es este fenómeno de la retromanía y
hasta dónde pueden rastrearse sus raíces en la historia del pop? ¿La retro-
manía llegó para quedarse o un buen día la dejaremos atrás y descubrire-
mos que no ha sido otra cosa que una etapa histórica? De ser así, ¿qué hay
más allá de ella?
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11 INTRODUCCIÓN
La década “re”
PRÓLOGO
23 No mires atrás. Nostalgia y retro
AHORA
39 1. El pop se repetirá a sí mismo
89 2. Recuerdo total
119 3. Perdidos en el shuffle
159 4. Good citations
189 5. Volverse japonés
ANTES
207 6. Cambios extraños
225 7. Volver el tiempo atrás
263 8. No hay futuro
297 9. El rock debe seguir (y seguir) (y seguir)
MAÑANA
331 10. Fantasmas de futuros pasados
377 11. Fuera del espacio
413 12. El shock de lo viejo